Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


9

Muskrat Farm, la propiedad de los Verger en el norte de Maryland, cerca del río Susquehanna, es de una belleza inquietan­te. La dinastía familiar la adquirió en los años treinta, cuando sus miembros decidieron trasladarse al este desde Chicago para estar más cerca de Washington, mudanza que bien podían permitirse. La ap­titud para los negocios y el olfato político de los Verger les habían permitido llenarse los bolsillos suministrando carne al ejército des­de los tiempos de la Guerra de la Secesión.

El escándalo de «la ternera embalsamada» durante la guerra con España apenas los salpicó. Cuando Upton Sinclair y otros meto­mentodo como él investigaron las peligrosas condiciones de trabajo en las plantas de empaquetado de carne de Chicago, descubrieron que varios empleados de los Verger, convertidos en tocino por inadvertencia, habían sido enlatados y vendidos como pura manteca de cerdo Durham, la favorita de los panaderos. Pero las averiguaciones exculparon a los Verger, que no perdieron ni un solo contrato con el gobierno.

Los Verger evitaron aquellos atolladeros potenciales y otros mu­chos comprando políticos; de hecho, su único tropiezo serio se pro­dujo en 1906, cuando tuvieron que pasar el Acta de Inspección de la Carne.

En la actualidad el imperio familiar sacrifica ochenta y seis mil vacunos y aproximadamente treinta y seis mil cerdos al día, canti­dades que oscilan levemente dependiendo de la temporada.

El césped recién podado de Muskrat Farm y los arriates cuaja­dos de lilas mecidas por el viento despiden un olor que no se pare­ce en nada al de los mataderos. No hay más animales que los ponis adiestrados para que los monten los grupos de niños, y simpáticos grupos de gansos que picotean la hierba contoneando el trasero. No hay perros. La casa, el granero y los terrenos ocupan el centro de un parque nacional de quince kilómetros cuadrados de bosque, y se­guirán allí a perpetuidad gracias a una dispensa especial otorgada por el Departamento de Interior.

Como muchos enclaves de los muy ricos, Muskrat Farm no es fácil de encontrar la primera vez que uno la visita. Clarice Starling abandonó la autopista una salida más allá de la que correspondía. Al volver por la carretera de servicio, encontró en primer lugar la en­trada de los proveedores, una gran verja asegurada con cadena y candado en la alta valla que rodeaba el bosque. Al otro lado, un ca­mino forestal desaparecía bajo el arco que formaban los árboles. No había interfono. Tres kilómetros más adelante vio la entrada principal, situada al final de un cuidado camino de acceso de unos cien metros de longitud y flanqueada por una caseta. El guarda uniformado tenía apuntado su nombre en una tablilla con sujeta­papeles.

Otros tres kilómetros a lo largo de una carretera irreprochable la condujeron hasta la granja.

Starling detuvo el ruidoso Mustang para dejar que un grupo de gansos cruzara el camino. Vio una hilera de niños montados en re­chonchos Shetlands que salían de un hermoso granero a unos tres­cientos metros de la casa. El edificio principal era una mansión magnífica diseñada por Stanford White que se alzaba entre colinas bajas. El lugar rebosaba solidez y abundancia, como un reino de hermosos sueños. Starling no pudo evitar que el espectáculo la im­presionara.

Los Verger habían tenido el buen gusto de conservar la casa tal como era originalmente, con la excepción de un añadido que Star­ling no podía ver aún, una moderna ala que salía de la parte supe­rior de la fachada este, como un apéndice extra injertado en un grotesco experimento médico.

Starling aparcó bajo el pórtico central. Cuando apagó el motor, pudo oír su propia respiración. Por el retrovisor vio que alguien se acercaba a caballo. Las herraduras resonaron contra el pavimento cercano al coche cuando Starling salió de él.

Un jinete de anchos hombros y corto pelo rubio saltó de la silla y entregó las riendas a un mozo de cuadra sin mirarlo.

—Llévalo a las cuadras —ordenó con voz profunda y áspera—. Soy Margot Verger.

Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Mar­got Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padecie­ra escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas.

—¿Qué coche es ése? —preguntó—. ¿Un viejo Mustang?

—Del ochenta y ocho.

—¿De los de cinco litros? Parece como si se agachara sobre las ruedas.

—Sí. Es un Mustang Roush.

—¿Y le gusta?

—Mucho.


—¿A cuánto se pone?

—No lo sé. A bastante, creo.

—¿Le da miedo comprobarlo?

—Mas bien respeto. Yo diría que lo uso con respeto —explicó Starling.

—¿Sabía lo que hacía cuando lo compró?

—Sabía lo bastante cuando lo vi en una subasta de objetos in­cautados a unos traficantes. Y aprendí más después.

—¿Cree que podría con mi Porsche?

—Depende del Porsche. Señorita Verger, necesito hablar con su hermano.

—Habrán acabado de arreglarlo en cinco minutos. Podemos em­pezar a subir.

Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva.

A Starling, que había pasado la mayor parte de su infancia en un orfanato luterano, la vastedad de los espacios, las vigas pintadas de los techos y las paredes llenas de retratos de muertos de aspecto im­portante le hicieron pensar en un museo. En los rellanos había ja­rrones chinos y los pasillos estaban cubiertos por largas alfombras marroquíes.

Al llegar al ala nueva de la casa se producía un corte brusco en el estilo. Tras cruzar una puerta de dos hojas de cristal esmerilado, que desentonaba con el vestíbulo abovedado, se accedía a un anexo moderno y funcional.

Margot Verger se detuvo ante la puerta y dirigió a Starling una de sus miradas brillantes e irritadas.

—Hay personas a las que les cuesta hablar con Mason —le ad­virtió—. Si se siente incómoda, o no puede soportarlo, yo puedo informarle más tarde de lo que se le haya olvidado preguntarle.

Existe una emoción que todos conocemos pero a la que nadie ha sabido dar nombre: el regocijo que experimentamos cuando creemos inminente una ocasión de despreciar al prójimo. Starling percibió aquello en el rostro de Margot Verger.

—Gracias —fue todo lo que contestó.

Para sorpresa de Starling, la primera habitación del ala era una sala de juegos enorme y bien equipada. Dos niños afroamericanos jugaban entre animales de peluche de tamaño gigante, uno monta­do en una pequeña noria y el otro empujando un camión por el suelo. En las esquinas había todos los triciclos y coches imaginables, y en el centro, un amplio parque infantil con el suelo acolchado.

En una esquina de la sala, un individuo alto vestido de enferme­ro leía el Vogue sentado en un confidente. En las paredes había un buen número de cámaras, unas por encima de la cabeza y otras a la altura de los ojos. La situada en lo alto de la esquina más próxima siguió los pasos de Starling y Margot Verger mientras las lentes gi­raban para enfocarlas.

Starling ya había dejado de sufrir cada vez que veía a un niño de color, pero no podía apartar la vista de aquellos dos. Su alegre afán en torno a los juguetes la conmovió mientras cruzaba la sala si­guiendo a Margot Verger.

—A Mason le gusta mirarlos —le explicó la mujer—. Y como a ellos les asusta verlo, a todos menos a los muy pequeños, ha idea­do este sistema. Luego montan los ponis. Son niños de la guardería de los servicios sociales de Baltimore.

Sólo era posible llegar a la habitación de Mason Verger atrave­sando su cuarto de baño, una estancia que ocupaba todo el ancho del ala y no desmerecía de un balneario. El acero, el cromo y la al­fombra industrial le daban un aire institucional, y estaba llena de du­chas con puertas correderas, bañeras de acero inoxidable sobre las que pendían poleas, mangueras enrolladas de color naranja, saunas y enormes armarios de cristal llenos de ungüentos de la farmacia de Santa María Novella de Florencia. El aire del cuarto de baño conservaba el vaho de un uso reciente y olía a bálsamo y a lini­mento de gaulteria.

Starling vio luz bajo la puerta de la habitación de Mason Verger. Se apagó en cuanto su hermana puso la mano sobre el pomo.

Un sofá situado en una esquina recibía una luz cruda proceden­te del techo. Sobre él colgaba una aceptable reproducción del gra­bado El anciano de los días, de William Blake, que representa a Dios midiendo con un compás. La imagen estaba orlada de negro en me­moria del reciente fallecimiento del patriarca de los Verger. El resto de la habitación estaba a oscuras.

De la negrura llegaba el sonido de una máquina que trabajaba rítmicamente, silbando y suspirando a compás.

—Buenas tardes, agente Starling —resonó una voz amplificada electrónicamente. La be se había esfumado.

—Buenas tardes, señor Verger —dijo Starling a la oscuridad, con el calor de la luz cayéndole sobre la cabeza.

Pero la tarde estaba en otra parte. La tarde no entraba en aquel reducto.

—Siéntese, por favor.

«Tengo que hacerlo. Es lo mejor. Es lo que toca.»

—Señor Verger, la conversación que mantendremos será una de­claración formal y tendré que grabarla. ¿Tiene algún inconveniente?

—En absoluto —las palabras sonaron entre dos suspiros de la má­quina, expurgadas de la be y la ese—. Margot, creo que ya puedes dejarnos solos.

Sin mirar a Starling, Margot Verger dejó la habitación haciendo sisear sus pantalones de amazona.

—Señor Verger, si no le importa, quisiera ponerle este micrófo­no en la ropa o en el almohadón, o puedo ir en busca del enfer­mero si lo prefiere.

—No es necesario —dijo, a excepción de las dos eses. Esperó a recibir oxígeno de la siguiente exhalación mecánica—. Hágalo us­ted misma, agente Starling. ¿Puede ver dónde estoy?

Starling no consiguió encontrar ningún interruptor. Pensó que vería mejor si salía del resplandor y se internó en la zona oscura con una mano por delante, guiándose por el olor a bálsamo y linimento.

Estaba más cerca de la cama de lo que había creído cuando el hombre encendió la luz.

El rostro de Starling permaneció impasible. La mano que soste­nía el micrófono hizo un amago de retroceder, apenas un par de centímetros.

Lo primero que pensó no tenía relación con lo que sentía en pe­cho y estómago; se dio cuenta de que las anomalías de su forma de hablar se debían a que no tenía labios. Después, comprendió que no estaba ciego. Su único ojo azul la miraba a través de una especie de monóculo al que estaba conectado un tubo que mantenía húmedo el globo sin párpado. En cuanto al resto, años atrás los cirujanos ha­bían hecho todo lo humanamente posible aplicando amplios injer­tos de piel sobre los huesos.

Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acos­tumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal.

El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba mirar. Moreno con mechones grises, estaba tren­zado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcan­zar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.

Bajo la sábana, el cuerpo completamente paralizado de Mason Verger se consumía como una vela en la cama elevada de hospital.

Ante el rostro tenía los controles, que parecían una zampona o una armónica de plástico blanco. Enroscó la lengua alrededor del extremo de uno de los tubos y sopló aprovechando el siguiente golpe de aire del respirador. La cama respondió con un zumbido, giró ligeramen­te dejándolo frente a Starling y aumentó la elevación de su cabeza.

—Agradezco a Dios lo que pasó —dijo Verger—. Fue mi salva­ción. ¿Ha aceptado usted a Jesús? ¿Tiene usted fe?

—Me eduqué en un ambiente de estricta religiosidad, señor Ver­ger. Supongo que algo me habrá quedado —le contestó Starling—. Ahora, si no tiene inconveniente, voy a fijar esto en la funda del al­mohadón. Aquí no le molesta, ¿verdad? —la voz sonó demasiado vivaz y maternal para ser la suya.

Tener la mano junto a la cabeza del hombre, ver las dos carnes casi en contacto, no ayudaba a Starling, como tampoco lo hacía el latido de las venas injertadas sobre los huesos de la cara; su rítmica dilatación hacía que parecieran gusanos engullendo.

Aliviada, soltó cable y anduvo de espaldas hacia la mesa, donde tenía la grabadora y otro micrófono independiente.

—Habla la agente especial Clarice M. Starling, número del FBI 5143690, recogiendo la declaración de Mason R. Verger, número de la Seguridad Social 475989823, en su domicilio y en la fecha que figura en la etiqueta, bajo juramento y en forma de atestado. El se­ñor Verger está al tanto de que se le garantiza inmunidad por parte del fiscal del distrito treinta y seis, y por las autoridades locales en un memorando adjunto, bajo juramento y en la forma establecida. Y ahora, señor Verger...

—Quiero hablarle del campamento —la interrumpió aprove­chando una exhalación de la máquina—. Fue una maravillosa ex­periencia de mi infancia, a la que en esencia he vuelto.

—Hablaremos de ello más adelante, señor Verger, primero...

—Vamos a hablar de ello ahora, señorita Starling. ¿Sabe?, en esta vida todo consiste en aguantar. Así fue como encontré a Jesús, y nada que pudiera contarle será más importante que eso —hizo una pausa a la espera de que la máquina le bombeara oxígeno—. Era un campamento cristiano pagado por mi padre. Lo pagaba todo, los gastos de ciento veinticinco campistas a orillas del lago Michigan. Algunos de ellos eran unos muertos de hambre que hubieran he­cho cualquier cosa por un pirulí. Tal vez me aproveché de esa cir­cunstancia, quizá fui grosero con ellos cuando no querían aceptar el chocolate y hacer lo que les decía; ya no tengo interés en ocul­tar nada, ahora todo está en regla.

—Señor Verger, discutamos ciertas cuestiones con la misma...

Pero Verger no la escuchaba; tan sólo esperaba que la máquina volviera a proporcionarle oxígeno.

—Tengo inmunidad, señorita Starling, todo está en regla. Jesús me garantiza inmunidad, el fiscal del distrito me garantiza inmu­nidad, las autoridades de Owings Mills me garantizan inmunidad, aleluya... Soy libre, señorita Starling, todo está en regla. Estoy en paz con el Señor, todo en regla. Él es Nuestro Redentor, y en el campamento lo llamábamos Red. Nadie puede con Red. Lo con­vertimos en un contemporáneo, ¿se da cuenta? Lo serví en Áfri­ca, aleluya, lo serví en Chicago, alabado sea, y lo sirvo ahora, y Él me elevará sobre esta cama y vencerá a mis enemigos y los pondrá ante mí, y oiré el llanto de sus mujeres. Y todo estará en regla.

Empezó a tragar saliva y calló, con las venas de la cara oscuras e hinchadas.

Starling se levantó para ir a buscar al enfermero, pero la voz del hombre la detuvo antes de que llegara a la puerta.

—Estoy bien, todo arreglado.

Starling pensó que quizá una pregunta directa surtiera más efec­to que intentar dirigir el rumbo de la conversación.

—Señor Verger, ¿había visto usted al doctor Lecter alguna vez, antes de que el tribunal se lo asignara como terapeuta? ¿Tenían tra­to social?

—No.

—Sin embargo, los dos formaban parte del patronato de la Fi­larmónica de Boston.



—No. Tenia un asiento en el consejo por la contribución eco­nómica de mi familia. Pero cuando había que votar algo, enviaba a mi abogado.

—Usted no declaró en el juicio contra el doctor Lecter. ¿Por qué?

Estaba aprendiendo a espaciar las preguntas para acompasarlas al ritmo del respirador.

—Dijeron que tenían más que suficiente para condenarlo seis ve­ces, nueve veces. Y los engañó recurriendo y declarándose enfer­mo mental.

—Fue el tribunal el que lo declaró enfermo mental. El doctor Lecter no recurrió.

—¿Le parece importante la distinción? —le preguntó Mason.

Aquella pregunta permitió a Starling vislumbrar el funciona­miento de su cerebro, prensil y tortuoso, que se compadecía mal con el vocabulario que utilizaba con ella.

Acostumbrada a la luz, una enorme anguila de la especie de las morenas salió de las rocas del acuario e inició su incansable danza cir­cular; parecía una cimbreante cinta marrón con un hermoso diseño de manchas claras distribuidas irregularmente.

Starling era consciente de su presencia en todo momento, pues se movía en la periferia de su campo de visión.

—Es una Muraena kidako —dijo Mason—. Hay una todavía ma­yor en cautividad, en Tokio. Ésta es la segunda en tamaño. Su nom­bre vulgar es «murena asesina». ¿Le gustaría ver por qué?

—No —dijo Starling, y pasó la hoja de su libreta—. De forma que, mientras seguía la terapia decretada por el juez, señor Verger, invitó al doctor Lecter a su casa.

—Ya no me avergüenzo de nada. Estoy dispuesto a contárselo todo. Ahora todo está en regla. Me libraría de todos aquellos car­gos amañados por abusos si hacía quinientas horas de servicios a la comunidad, trabajaba en la perrera municipal y asistía a las sesiones de terapia del doctor Lecter. Pensé que si conseguía complicar al doctor de alguna manera, él haría la vista gorda con la terapia y no me delataría si faltaba de vez en cuando o si cuando iba estaba un poco distraído.

—Fue entonces cuando compró la casa en Owings Mills.

—Sí. Le había contado al doctor Lecter todo lo refeíente a Africa, Idi y lo demás, y le había prometido enseñarle algunas cosas.

—¿Algunas cosas?

—Parafernalia. Juguetes. En aquel rincón está la guillotina por­tátil que usábamos Idi Amín y yo. Se puede cargar en un jeep y lle­varla a cualquier parte, al poblado más remoto. Se monta en quince minutos. El condenado tarda diez minutos en tensarla con un torno, un poco más si es una mujer o un niño. Ya no me avergüenza todo aquello, porque ahora estoy purificado.

—El doctor Lecter fue a su casa.

—Sí. Le abrí la puerta vestido de cuero, ya me entiende. Lo ob­servé esperando descubrir alguna reacción, pero no vi ninguna. Me preocupaba que pudiera asustarse, pero no parecía asustado en ab­soluto. Asustarse de mí... Qué divertido suena eso ahora. Lo invité a acompañarme arriba. Le enseñé los perros que había adoptado en el depósito. Había encerrado en la misma jaula a dos que eran muy amigos, con agua fresca en abundancia pero sin comida. Sen­tía curiosidad por ver lo que acabaría pasando.

»Luego, le enseñé mi instalación de lazos corredizos, ya sabe, as­fixia autoerótica; uno se ahorca, pero no en serio, es estupendo mientras... ¿Me sigue?

—Lo sigo.

—Bien, pues él no parecía seguirme. Me preguntó cómo funcio­naba y yo le contesté que era un psiquiatra un tanto raro si no lo sa­bía; y él dijo, y nunca olvidaré su sonrisa: «Enséñemelo». Entonces pensé: «Ya eres mío».

—Y se lo enseñó.

—No me avergüenzo de nada de ello. Nuestros errores nos ha­cen crecer. Ahora estoy purificado.

—Por favor, señor Verger, continúe.

—Bajé la horca a la altura del enorme espejo y me la pasé por el cuello. Tenía el trinquete en una mano mientras me la meneaba con la otra, y observaba su reacción, pero no podía adivinar lo que pensaba. Por lo general soy bueno leyendo la mente de los demás. Él estaba sentado en una silla, en una esquina del cuarto. Tenía las piernas cruzadas y las manos entrelazadas alrededor de la rodilla. De pronto se levantó y se metió la mano en el bolsillo, todo elegancia, como James Mason buscando el encendedor, y dijo: «¿Quieres una cápsula de amilo?». Y yo pensé: «Guau, si me da una ahora, tendrá que seguir dándomelas siempre, si no quiere perder la licencia. Esto va a ser el paraíso de las recetas». Si ha leído el informe, sabrá que había mucho más que nitrato de amilo.

—Polvo de ángel, metanfetaminas, ácidos... —recitó Starling.

—Una pasada, créame. Se acercó al espejo al que me estaba mi­rando, le pegó una patada y cogió una esquirla. Yo flipaba en colóres. Se me acercó y me dio el trozo de cristal. Me miró a los ojos y me preguntó si no me apetecía rebanarme la cara con el cristal. Soltó a los perros. Les di trozos de mi cara. Pasó un buen rato hasta que me la vacié del todo, según dijeron. Yo no me acuerdo. Lecter me partió el cuello con el lazo. Recuperaron mi nariz cuando les lavaron el estómago a los perros en la perrera, pero el injerto no agarró.

Starling empleó más tiempo del necesario en ordenar los pape­les sobre la mesa.

—Señor Verger, su familia ofreció una recompensa después de que el doctor Lecter escapara de Memphis.

—Sí, un millón. Un millón de dólares. Lo anunciamos en todo el mundo.

—Y además ustedes ofrecieron pagar por cualquier información relevante, no sólo por la captura y condena. Se suponía que com­partirían esa información con nosotros. ¿Lo han hecho siempre?

—No exactamente, pero nunca hubo nada lo bastante bueno para compartirlo.

—¿Cómo lo sabe? ¿Es que siguieron ustedes mismos algunas de las pistas?

—Sólo lo suficiente para comprobar que no tenían valor. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Ustedes nunca nos contaron nada. Con­seguimos una pista sobre Creta que resultó falsa, y otra sobre Uru­guay que nunca pudimos comprobar. Quiero que comprenda que no se trata de una venganza, señorita Starling. He perdonado al doctor Lecter, lo mismo que Nuestro Señor perdonó a los soldados romanos.

—Señor Verger, usted informó a mis superiores de que ahora podría tener algo.

—Mire en el cajón de la mesa del fondo.

Starling sacó de su bolso los guantes blancos de algodón y se los puso. En el cajón había un gran sobre de papel manila. Era rígido y pesado. Sacó una radiografía y la puso contra la luz procedente del techo. Contó los dedos. Cuatro más el pulgar.

—Fíjese en los metacarpianos, ¿sabe a qué me refiero?

—Sí.

—Cuente los nudillos.



Cinco.

—Contando el pulgar, esa persona tenía seis dedos en su mano izquierda. Como el doctor Lecter.

—Como el doctor Lecter.

La esquina donde debían aparecer el número del paciente y el origen de la radiografía había sido recortada.

—¿De dónde procede, señor Verger?

—De Río de Janeiro. Para averiguar más tendré que pagar. Una fortuna. ¿Puede decirme si es el doctor Lecter? Tengo que saber si merece la pena pagar.

—Lo intentaré, señor Verger. Haremos todo lo que podamos. ¿Tiene el sobre en el que llegó la radiografía?

—Margot lo ha guardado en una bolsa de plástico, ella se lo dará. Si no le importa, señorita Starling, estoy un poco cansado y nece­sito atenciones.

—Nos pondremos en contacto con usted, señor Verger.

Apenas había salido Starling, cuando Mason Verger sopló en el tubo del extremo y llamó a Cordell. El enfermero llegó de la sala de juegos y le leyó el contenido de una carpeta rotulada «DEPARTA­MENTO DE TUTELA INFANTIL DE LA CIUDAD DE BALTIMORE».

—Se llama Franklin, ¿eh? Tráemelo —ordenó Mason, y apagó su luz.
El niño se quedó de pie, solo bajo la brillante luz que se derra­maba desde el techo sobre el sofá, intentando penetrar con la vista la jadeante oscuridad.

—¿Eres Franklin? —preguntó la profunda voz.

—Franklin —dijo el niño.

—¿Con quién vives, Franklin?

—Con mamá, con Shirley y con Stringbeam.

—Y Stringbeam ¿siempre está con vosotros?

—Viene y va.

—¿Has dicho «Viene y va»?

—Sí.

—Mamá no es tu verdadera mamá, ¿verdad, Franklin?



—Es mi mamá adoptiva.

—Pero no es la primera que has tenido, ¿a que no?

—No.

—¿Te gusta tu casa, Franklin?



La cara del niño se iluminó.

—Tenemos un minino. Y mamá hace pasteles en el horno.

—¿Cuánto tiempo hace que vives allí, en casa de mamá?

—No sé.


—¿Has celebrado algún cumpleaños allí?

—Una vez. Shirley hizo polos.

—¿Te gustan los polos?

—Los de fresa.

—¿Quieres a mamá y a Shirley?

—Aja, sí que las quiero. Y al minino, también.

—¿Te gusta vivir allí? ¿Tienes miedo cuando te vas a la cama?

—Aja. Duermo en el cuarto con Shirley. Shirley es grande.

—Franklin, ya no puedes vivir allí, con mamá, Shirley y el mi­nino. Tienes que irte.

—¿Quién dice eso?

—Lo dice el gobierno. Mamá ha perdido su trabajo y el dere­cho a adoptar. La policía encontró un cigarrillo de marihuana en tu casa. Cuando acabe esta semana ya no volverás a ver a mamá. Tampoco a Shirley ni al minino.

—No —dijo Franklin.

—O a lo mejor es que ya no te quieren, Franklin. ¿Tienes algu­na cosa mala? ¿Tienes alguna llaga o algo sucio? ¿Crees que tu piel es demasiado oscura para que ellos te quieran?

Franklin se tiró de la camisa y se miró la tripilla morena. Sacu­dió la cabeza. Estaba llorando.

—¿Sabes lo que le pasará al minino? ¿Cómo se llama el minino?

—Se llama Minino, ése es su nombre.

—¿Sabes lo que le pasará al minino? Los policías lo llevarán al depósito y el médico que hay allí le pondrá una inyección. ¿Te han puesto alguna inyección en la guardería? ¿Te ha pinchado la enfer­mera? ¿Con una aguja muy brillante? Pues al minino le pondrán una inyección. Cuando vea la aguja se asustará mucho, mucho. Le pincharán y le dolerá, y luego el minino se morirá.

Franklin cogió la falda de la camisa y se la llevó a la cara. Se me­tió el dedo gordo en la boca, algo que no había hecho en un año, desde que mamá le pidió que dejara de hacerlo.

—Ven aquí —dijo la voz desde la oscuridad—. Acércate y te diré lo que puedes hacer para que no le pongan una inyección al mini­no. ¿Tú quieres que le pinchen? ¿No? Entonces, ven, Franklin.

Franklin, llorando a moco tendido y chupándose el dedo, avanzó despacio hacia la oscuridad. Cuando estaba a cinco metros de la cama, Mason sopló en. su armónica y la luz se hizo.

Por un coraje innato, o por sus ganas de salvar al minino, o por­que intuía que no le quedaba ningún sitio al que huir, Franklin no hizo el menor movimiento. No corrió. Se quedó donde estaba, mi­rando el rostro de Mason.

Mason hubiera arqueado las cejas, si las hubiera tenido, ante se­mejante decepción.

—Puedes salvar al minino de la inyección dándole tú mismo ve­neno para las ratas —le dijo Mason. La uve se había perdido, pero el niño comprendió perfectamente, y se sacó el dedo de la boca.

—Eres un viejo malo —le soltó—. Y también feo.

Dio media vuelta y salió de la habitación, atravesó la sala de las mangueras enrolladas y volvió a la sala de juegos.

Mason lo observó en la pantalla de vídeo.

El enfermero levantó la vista y se quedó vigilando al niño mien­tras hacía como que hojeaba el Vogue.

Franklin había perdido el interés por los juguetes. Fue hacia un extremo de la sala y se sentó bajo la jirafa, de cara a la pared. Era todo lo que podía hacer para no chuparse el dedo.

Cordell lo observó atentamente a la espera de que empezara a llorar. Cuando vio que los hombros del niño empezaban a sacudir­se, fue hacia él y le enjugó las lágrimas con gasas estériles. Luego puso las gasas húmedas en la copa de martini de Mason, que se en­friaba en el frigorífico de la sala de juegos, junto al zumo de naranja y las Coca-Colas.




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