Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


94

Starling había perdido la noción del tiempo. Por encima de los días y las noches estaban las conversaciones. Se oía hablar a sí mis­ma durante mucho tiempo, y también escuchaba.

A veces reía al escuchar sus propias confidencias, revelaciones sin malicia que antaño la hubieran mortificado. Las cosas que contó al doctor Lecter la sorprendían a menudo, y en algunos casos hubieran resultado desagradables para una sensibilidad normal; pero fueron auténticas en todo momento. Y el doctor Lecter también hablaba. En voz baja y uniforme. Expresaba interés y aliento, en ningún caso sorpresa ni censura.

Le habló de su niñez, de Mischa.

Algunas veces miraban juntos un mismo objeto brillante para ini­ciar sus conversaciones, casi siempre con una sola fuente de luz en la habitación. En cada sesión cambiaban de objeto brillante.

Ese día empezaron mirando el único reflejo en la pared de la tetera, pero conforme avanzaba el diálogo el doctor Lecter pre­sintió que se acercaban a una galería inexplorada de la mente de su compañera. Tal vez oía a seres sobrenaturales luchando al otro lado de un muro. Sustituyó la tetera con la hebilla de plata de un cinturón.

—Era de mi padre —dijo Starling dando una palmada como si fuera una niña.

—Sí —le confirmó el doctor Lecter—. Clarice, ¿te gustaría ha­blar con tu padre? Tu padre está aquí. ¿Te gustaría hablar con él?

—¡Mi padre está aquí! ¡Estupendo! ¡Sí!

El doctor Lecter puso las manos en los lados de la cabeza de Starling, sobre sus lóbulos temporales, capaces de proporcionarle todo lo que pudiera necesitar de su padre. Luego la miró profundamen­te a los ojos.

—Sé que prefieres hablar con él en privado. Ahora me iré. Si­gue mirando la hebilla, y dentro de unos minutos lo oirás llamar a la puerta. ¿De acuerdo?

—¡Sí! ¡Fantástico!

—Bien. Sólo tienes que esperar unos minutos.

La insignificante punzada de una aguja finísima, que ni siquiera hizo bajar la vista a Starling, y el doctor Lecter abandonó la habitación.

Ella se quedó mirando la hebilla hasta que oyó la llamada en la puerta, dos firmes golpes de nudillos, tras los cuales su padre apare­ció en el umbral tal como lo recordaba, alto, con el sombrero en las manos y el pelo húmedo y recién peinado, como cuando se sentaba a la mesa para cenar.

—¡Hola, cariño! ¿A qué hora se cena en esta casa?

No la había abrazado desde hacía veinticinco años, los que ha­bían transcurrido desde su muerte, pero cuando la recibió en su pecho los botones de perla de su camisa le produjeron la misma sensación de antaño, percibió los mismos olores a jabón fuerte y tabaco, volvió a sentir los latidos del enorme corazón de su padre.

—¿Cómo estás, pequeña? ¿Qué te pasa, corazón? ¿Es que te has caído?

Era igual que cuando la levantó del suelo del patio después de que ella se hubiera empeñado en cabalgar una cabra.

—Lo estabas haciendo muy bien hasta que la muy traidora ha dado ese respingo. Vamos a la cocina, a ver lo que encontramos.

Dos cosas en la mesa de la diminuta cocina de su infancia, un envoltorio de celofán de SNO BALLS y una bolsa de naranjas.

El padre de Starling abrió su navaja Barlow con la punta desmo­chada y peló un par de naranjas haciendo que la piel formara un largo rizo sobre el hule. Se sentaron en sillas con respaldo de trave­saños; él dividió las naranjas en cuatro y fue comiéndose un gajo y dándole otro a Starling. Ella escupía las semillas en la mano y las dejaba en la falda. Sentado seguía pareciendo muy alto, como John Brigham.

Su padre masticaba más por un lado que por otro, y uno de sus incisivos tenía una funda de metal blanco como era moda en la práctica de los odontólogos militares de los años cuarenta. Brillaba cuando se reía. Se comieron las dos naranjas y un SNO BALL cada uno, y se contaron unos cuantos chistes de los de «Llaman a la puerta y...». Starling había olvidado la maravillosa sensación del dulce y blando relleno bajo el coco. La cocina desapareció y se pu­sieron a hablar como dos adultos.

—¿Cómo van las cosas, cariño?

—Tengo muchos problemas en el trabajo.

—Ya lo sé. Son todos esos burócratas, corazón. No ha habido nunca un hatajo de sinvergüenzas más... grande. Nunca le has dis­parado a nadie por capricho.

—Ya lo sé. Pero hay otra cosa.

—No mentiste sobre lo que pasó...

—No, padre.

—Salvaste al niño.

—No sufrió el menor daño.

—Me sentí muy orgulloso.

—Gracias, padre.

—Cariño, tengo que irme. Ya hablaremos.

—¿No puedes quedarte?

Posó la mano en la cabeza de Starling.

—Nunca podemos quedarnos, hija. Nadie puede quedarse donde le gustaría.

La besó en la frente y salió de la habitación. Podía ver el agujero de bala en el sombrero mientras él le decía adiós con la mano, alto en el vano de la puerta.



CAPITULO

95

Era evidente que Starling quería a su padre tanto como se pueda querer a otra persona, y no hubiera vacilado en enfrentarse a cualquiera que intentara mancillar su recuerdo. No obstante, en con­versación con el doctor Lecter, bajo la influencia de una potente droga hipnótica, le contó lo siguiente:

—A pesar de todo, me cabrea lo que hizo. Quiero decir: ¿qué pin­taba él detrás de un puto drugstore en mitad de la noche? ¿Por qué tuvo que toparse con aquellos dos yonquis que lo mataron? Vació su vieja escopeta y se quedó indefenso. Ellos no valían una mier­da, pero pudieron con él. No sabía lo que estaba haciendo. Nunca aprendió nada.

Le hubiera gustado abofetear a alguien mientras lo decía.

El monstruo se recostó una miera en su asiento. «Ah, por fin he­mos llegado al meollo de la cuestión. Tanto recuerdo de colegiala empezaba a empalagarme.»

Starling intentó balancear las piernas bajo el asiento como una niña, pero le habían crecido demasiado.

—Tenía aquel trabajo, iba a donde le decían y hacía lo que le mandaban, salía de ronda con aquel maldito reloj de vigilante, hasta que lo mataron. Y mamá tuvo que lavar la sangre de su sombrero para enterrarlo con él. ¿Vino alguien a casa? Nadie. Después bien po­cos SNO BALLS hubo, ya se lo puede creer. Mamá y yo, limpiando habitaciones de motel. La gente que dejaba condones usados en las mesillas. Lo mataron y nos dejó solas porque era un jodido estúpido. Tenia que haberles dicho a los soplapollas del Ayuntamiento que se metieran el trabajo donde les cupiera.

Cosas que jamás habría dicho, cosas proscritas en la superficie de su cerebro.

Desde el comienzo de su relación, el doctor Lecter la había provocado llamando a su padre «el vigilante nocturno». Ahora se transformó en Lecter, el protector de la memoria paterna.

—Clarice, él nunca deseó otra cosa que tu bienestar y tu felicidad.

—Pon las buenas intenciones en una mano y la mierda en la otra, a ver cuál de las dos se llena antes —le espetó.

Aquella expresión del orfanato hubiera debido resultarle espe­cialmente chabacana viniendo de una mujer tan atractiva, pero el doctor Lecter parecía complacido, incluso satisfecho.

—Clarice, quiero pedirte que me acompañes a otra habitación —dijo—. Tu padre te ha hecho una visita, que ha dependido de ti. Ya has visto que, a pesar de tu intenso deseo de que se quedara contigo, no ha podido. Él te ha visitado a ti. Ahora te ha llegado el momento de visitarlo a él.

Un largo pasillo hacia una habitación de invitados. La puerta es­taba cerrada.

—Espera un momento, Clarice —le pidió el doctor, y entró. Starling se quedó en el pasillo con la mano en el pomo y oyó el roce de una cerilla.

El doctor Lecter abrió la puerta.

—Clarice, sabes que tu padre está muerto. Lo sabes mejor que nadie.

—Sí.


—Entra y míralo.

Los huesos de su padre estaban en una de las dos camas gemelas, y el contorno del tórax y los huesos largos destacaban bajo la sábana blanca, como el ángel de nieve de un niño.

El cráneo, que habían dejado limpio los diminutos carroñeros oceánicos de la playa del doctor Lecter, reseco y blanco, descansa­ba sobre el almohadón.

—¿Dónde está su estrella, Clarice?

—Se la quedó el condado. Dijeron que valía siete dólares.

—Esto es él, esto es todo lo que queda de él. A esto lo ha re­ducido el tiempo.

Starling miró los huesos. Se dio la vuelta y dejó el cuarto con viveza. No era una retirada, y Lecter no la siguió. Esperó en la semioscuridad. No tenía miedo, pero la oyó volver con los oídos tan alerta como los de una cabra atada a una estaca. Algo metálico y brillante en la mano de la mujer. Una insignia, la placa de John Brigham. La puso sobre la sábana.

—¿Qué te importa una insignia, Clarice? Le hiciste un agujero de bala a una en el granero.

—A él le importaba más que ninguna otra cosa. Eso fue todo lo que aprendió.

La última palabra salió distorsionada de su boca, que se curvó ha­cia abajo. Cogió el cráneo de su padre y se sentó en la otra cama, mientras lágrimas calientes le afloraban a los ojos y resbalaban por las mejillas.

Como una criatura, cogió el faldón de su jersey, se lo llevó a la cara y sollozó; las amargas lágrimas golpeteaban en la parte supe­rior del cráneo, que reposaba en su regazo con el diente enfundado reluciendo.

—Quiero a mi papá, fue tan bueno conmigo como supo. Fue la mejor época de mi vida.

Y era cierto, no menos cierto que antes de que dejara fluir su cólera.

Cuando el doctor Lecter le dio un pañuelo de papel, se limitó a cogerlo y apretarlo en el puño, y fue él quien le secó la cara.

—Clarice, voy a dejarte a solas con estos restos. Restos, Clarice. Si gritas tu dolor dentro de esas órbitas, no te contestará nadie —puso las manos sobre las sienes de Starling—. Lo que necesitas de tu padre está aquí, en tu cabeza, y sometido a tu juicio, no al suyo. Ahora te dejaré sola. ¿Quieres que deje las velas?

—Sí, por favor.

—Cuando salgas, trae sólo lo que necesites.

La esperó en la sala, ante el fuego. Pasó el rato tocando su theremin, moviendo las manos en el campo electrónico para crear la mú­sica, haciendo planear las manos que había puesto en la cabeza de Clarice Starling como si estuviera dirigiendo la música. Adivinó que ella estaba de pie a sus espaldas momentos antes de acabar la me­lodía.

Cuando se volvió, vio que su sonrisa era suave y triste, y que tenía las manos vacías.
El doctor Lecter siempre buscaba un patrón.

Sabía que, como toda criatura sensible, a partir de sus experien­cias tempranas Starling había creado matrices, estructuras mediante las cuales comprendía las percepciones posteriores.

Cuando habló con ella a través de los barrotes de su celda del manicomio, hacía ya tantos años, descubrió una de las más impor­tantes para Starling, la matanza de los corderos y los caballos en el rancho que fue su hogar adoptivo. El sufrimiento de aquellos anima­les la había dejado marcada para siempre.

El aguijón que la había estimulado durante su obsesiva y vic­toriosa persecución de Jame Gumb no había sido otro que el su­frimiento de su víctima.

No era otro el motivo por el que lo había salvado a él de la tortura.

Estupendo. Comportamiento según un patrón.

Buscando como siempre la reproducción de roles, el doctor Lecter llegó a la conclusión de que Starling había visto en John Brigham las cualidades positivas de su padre; además de heredar las virtudes paternas, el infortunado Brigham había sido investido con el tabú del incesto. Brigham, y probablemente Crawford, tenían los buenos atributos del padre. ¿Dónde estaban los malos?

El doctor Lecter buscaba el resto de aquella matriz partida. Me­diante drogas y técnicas de hipnosis elaboradas por su experiencia terapéutica, estaba descubriendo en la personalidad de la mujer no­dulos duros y resistentes, como nudos en la madera, y antiguos re­sentimientos tan inflamables como la resina.

Dio con escenas de implacable brillantez, muy antiguas pero cui­dadas con mimo y llenas de detalles, que hacían relampaguear una ira primaria a través del cerebro de Starling, como rayos recorrien­do la masa de cúmulos que precede a una tormenta.

La mayor parte tenían que ver con Paul Krendler. El resentimien­to por las injusticias reales que había sufrido a manos de aquel indi­viduo estaba cargado con la cólera que sentía hacia su padre y que nunca podría reconocer. Nunca podría perdonarle que hubiera muerto. Había abandonado a su familia, había dejado de pelar na­ranjas en la cocina. Había condenado a la madre al plumero y la fre­gona. Había dejado de estrechar a Starling contra su pecho con su enorme corazón retumbando como el de Hannah cuando yegua y muchacha cabalgaron hacia la noche.

Krendler era el icono del fracaso y la frustración. La persona más a propósito para cargar con las culpas. Pero ¿sería ella capaz de desafiarlo? ¿O tenía Krendler, y cualquier otra autoridad o tabú, el poder suficiente para confinar a Starling en lo que el doctor Lecter consideraba una vida insignificante y falta de horizontes?

Pero habia un signo de esperanza. Aunque estaba marcada por la insignia, Clarice era capaz de agujerear una de un disparo y matar a su portador. ¿Por qué? Porque había decidido actuar, había iden­tificado a quien la llevaba con un criminal y emitido la sentencia, sobreponiéndose al tabú que la estigmatizaba. Flexibilidad poten­cial. La corteza cerebral gobernaba. ¿Significaba aquello que dentro de Starling había sitio para Mischa? ¿O era tan sólo una buena cua­lidad más del sitio que Starling tendría que desalojar?


CAPÍTULO


96

Barney, de regreso a su apartamento de Baltimore, de vuelta a su rutinario trabajo en el Misericordia, tenía el turno de tres a once. Se detuvo para comer un plato de sopa en un bar que le cogía de camino y poco antes de medianoche entró en el apartamento y encendió la luz.

Ardelia Mapp estaba sentada a la mesa de la cocina. Apuntaba una pistola negra semiautomática al centro de su rostro. Por la boca del cañón, Barney calculó que se trataba de un calibre 40.

—Siéntate, enfermera —le ordenó Mapp. Tenía la voz ronca y los ojos color naranja alrededor de las negras pupilas—. Pon una silla en aquel rincón, inclínala contra la pared y siéntate.

Lo que más lo asustó no fue el enorme quitapenas que empuña­ba, sino la otra pistola, posada en el tapete individual que la mujer tenía ante sí. Era una Colt Woodsman 22 con una botella de plás­tico, como silenciador, sujeta al cañón con cinta aislante.

La silla crujió bajo el peso de Barney.

—Si se parten las patas no vaya a dispararme, yo no tengo la culpa —le dijo.

—¿Sabes algo de Clarice Starling?

—No.

Mapp cogió la pistola de pequeño calibre.



—Mira, tío, no he venido aquí para jugar a médicos contigo. En cuanto me huela que me estás mintiendo, enfermera, te pinto la cocina de rojo, ¿te enteras?

—Sí —Barney se dio perfecta cuenta de que no fanfarroneaba.

—Voy a preguntártelo otra vez. ¿Sabes algo que pudiera ayudar­me a encontrar a Clarice Starlíng? En la oficina de correos aseguran que te mandaron la correspondencia a la choza de Mason durante un mes. ¿Qué coño significa eso, Barney?

—Trabajé allí. Cuidaba a Mason Verger, y también le conté lo que sabía sobre Lecter. No me gustó el sitio y me largué. Mason era bastante hijo de puta.

—Starling ha desaparecido.

—Lo sé.


—Puede que se la llevara Lecter, o puede que se la comieran los cerdos. Si hubiera sido él, ¿qué le habría hecho?

—Voy a ser completamente sincero: no lo sé. Ayudaría a Star­ling si pudiera. ¿Por qué no iba a hacerlo? A mí ella siempre me ha caído bien, y además iba a conseguir que borraran mis anteceden­tes. Busque en sus informes o en sus notas, o...

—Ya lo he hecho. Quiero que entiendas una cosa, Barney. Ésta es una oferta única. Si sabes algo, más te vale que me lo digas ahora. Si descubro alguna vez, da igual dentro de cuánto tiempo, que te guardaste algo que podría haberme ayudado, volveré aquí y esta pistola será lo último que veas. Te la meteré por tu asqueroso culo negro. ¿Te has enterado?

—Sí.


—¿Sabes alguna cosa?

—No.


El silencio más largo que Barney pudiera recordar.

—Quédate ahí bien sentadito hasta que me haya ido.

A Barney le costó hora y media dormirse. Se quedó tumbado mirando el techo, con la frente, ancha como la de un delfín, a ratos perlada de sudor, a ratos seca. Barney pensaba en futuras visitas. Antes de apagar la luz, entró en el cuarto de baño y cogió un es­pejo de acero inoxidable de su estuche de aseo, uno de sus recuer­dos del cuerpo de marines.

Fue a la cocina, abrió el cajetín de los fusibles y pegó el espejo en el interior de la tapa.

Era todo lo que podía hacer. Pataleó en sueños como hacen los perros.

Al finalizar la siguiente jornada laboral, se llevó a casa una bolsita de las que entregaban a las mujeres violadas.



CAPÍTULO

97

El doctor Lecter no podía mejorar mucho la casa del alemán conservando el mobiliario. Las flores y los biombos ayudaban. Los toques de color producían efectos sorprendentes sobre los muebles macizos y la oscuridad del techo; era un contraste antiguo y sobrecogedor, como el de una mariposa posada en la manopla de una ar­madura.

Según todas las evidencias, su lejano casero tenía una fijación con Leda y el Cisne. El bestial acoplamiento estaba representado en no menos de cuatro bronces de distinta calidad, el mejor de los cuales era una reproducción de Donatello, y en ocho pinturas. Una de ellas, la debida a Anne Shingleton, le encantaba por su extraordi­naria precisión anatómica y su calenturienta versión de la jodienda. Las otras las cubrió con sábanas, y también la horrible colección de bronces cinegéticos del alemán.

A primera hora de la mañana el doctor Lecter puso la mesa para tres personas con sumo cuidado, la observó desde distintos ángulos con un dedo apoyado en una aleta de la nariz, movió los candela­bros un par de veces y sustituyó los tapetes individuales de damasco por un mantel pequeño con el fin de reducir a un tamaño más ade­cuado la enorme mesa oval.

El oscuro y amenazador bufete dejaba de parecerse a un porta­aviones al ponerle encima piezas de servicio altas y relucientes calentadores de cobre. Además, el doctor Lecter había abierto varios cajones y los había llenado de flores para conseguir un efecto de jar­dines colgantes.

Se dio cuenta de que había demasiadas flores en la habitación, y decidió que convenía añadir más para corregir el efecto. Dema­siado era demasiado, pero más que demasiado estaba bien. Dispuso dos centros de mesa florales: un montículo bajo de peonías blancas como SNO BALLS en una bandeja de plata y un amplio y alto ramo de apretadas campanillas de Irlanda, lirios holandeses, orquídeas y tulipanes papagayo que ocultaban la parte vacía de la mesa y crea­ban un espacio más íntimo.

La cristalería se alzaba ante los platos como una pequeña tormen­ta de hielo, pero la cubertería de plata estaba en un calentador es­perando ser llevada a la mesa en el último momento.

Como cocinaría el primer plato en la mesa, dejó preparados los infiernillos de alcohol y dispuso a su alrededor el fait-tout de cobre, la sartén, la sartén para salteados, los condimentos y la sierra para autopsias.

Podría coger más flores a la vuelta. Clarice Starling no se inquie­tó cuando le dijo que iba a salir. El doctor le sugirió que siguiera durmiendo.

CAPÍTULO


98

En la tarde del quinto día después de los asesinatos, Barney aca­baba de afeitarse y estaba frotándose las mejillas con alcohol cuando oyó pasos en las escaleras. Casi era la hora de salir hacia el trabajo. Unos nudillos aporreando la puerta. Margot Verger estaba en el descansillo. Llevaba un bolso grande y una pequeña mochila. Pare­cía cansada.

—Hola, Barney.

—Hola, Margot. Pasa.

Le ofreció una silla ante la mesa de la cocina.

—¿Quieres una Coca?

Entonces recordó que habían encontrado a Cordell con la cabeza metida en el frigorífico, y lamentó el ofrecimiento.

—No, gracias —respondió.

Se sentó a la mesa frente a ella. La mujer recorrió sus brazos con la mirada como si fuera un culturista rival, y luego volvió a mirarlo a la cara.

—¿Estás bien, Margot?

—Eso creo —respondió.

—Parece que no tienes de qué preocuparte, al menos por lo que he leído.

—A veces recuerdo nuestras conversaciones, Barney. Y me ha dado por pensar que tal vez tuviera noticias tuyas cualquier día de éstos.

Barney se preguntó dónde llevaría el martillo, si en el bolso o en la mochila.

—Sólo las tendrías si alguna vez me apetece saber qué tal te va, si es que te parece bien. No porque quisiera meter las narices en nada. Margot, yo te aprecio.

—Ya me conoces, Barney, nunca me han gustado los cabos suel­tos. Y no es que tenga nada que ocultar...

En ese momento Barney supo que había conseguido el semen. Cuando el embarazo se anunciara, si es que se producía, Margot tendría motivos para preocuparse por él.

—Quiero decir que su muerte fue un regalo de Dios, no pienso mentir al respecto.

La velocidad con que hablaba sugirió a Barney que estaba inten­tando tomar impulso.

—Creo que sí quiero una Coca —dijo Margot.

—Antes de que te la traiga, déjame que te enseñe una cosa que tengo para ti. Créeme, puedo tranquilizarte por completo y no te costará un dólar. Es un segundo. No te vayas.

Cogió un destornillador de una lata llena de herramientas que había en la encimera. Consiguió hacerlo sin darle la espalda.

En una pared de la cocina había lo que parecían dos cajetines de fusibles. En realidad uno de ellos había reemplazado al otro al cam­biar la instalación y sólo el de la derecha estaba en servicio.

Al encararlos Barney no tuvo más remedio que dar la espalda a Margot. Abrió el de la izquierda tan deprisa corno pudo. Ahora podía verla por el espejo empotrado en la tapa. Ella metió la mano en el bolso grande. La metió, pero no la sacó.

Después de desenroscar los cuatro tornillos, Barney pudo quitar el panel desconectado. Tras él había un hueco en el muro.

Metió la mano con cuidado y sacó una bolsa de plástico.

Percibió un alto en la respiración de Margot cuando extrajo de la bolsa el objeto que contenía. Era un rostro tan famoso como brutal: la máscara que ponían al doctor Lecter en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore para impedir que mordiera a alguien. Aquel era el último y más valioso artículo del botín de recuerdos de Lecter que Barney conservaba.

—¡Guau! —dijo Margot.

Barney depositó la máscara en la mesa, boca abajo sobre un papel encerado, bajo la brillante lámpara de la cocina. Sabía que al doctor Lecter nunca le habían permitido limpiarla. La saliva seca estaba incrustada en la parte interior de la abertura para la boca. En uno de los remaches que fijaban las correas a la máscara había tres pelos arrancados de raíz.

Un vistazo a Margot le permitió comprobar que la mujer estaba pendiente del objeto.

Barney sacó la bolsita para mujeres violadas del armario de la cocina. Contenía bastoncillos de algodón, agua esterilizada, gasas y frascos de pildoras vacíos.

Con infinito cuidado limpió las escamas de saliva con un baston­cillo húmedo. Metió el bastoncillo en uno de los frascos. Arrancó los cabellos de la máscara y los guardó en otro.

Imprimió el pulgar en la parte pegajosa de dos trozos de cinta ad­hesiva dejando una huella dactilar nítida en ambas ocasiones, y selló los tapones de los frascos. Los metió en la bolsita y se los entregó a Margot.

—Supongamos que me meto en algún lío, pierdo la cabeza e in­tento sacarte pasta. Pongamos que intentara contar a la policía algu­na historia tuya para librarme de unos cuantos cargos. Ahí tienes pruebas de que fui al menos un cómplice en la muerte de Mason Verger, y hasta puede que lo hiciera todo yo solo. Como mínimo te habría proporcionado el ADN.

—Te concederían la inmunidad para que me traicionaras.

—Por complicidad, tal vez. Pero no por tomar parte físicamen­te en un asesinato tan sonado. Me prometerían inmunidad como cómplice y después me joderían en cuanto se figuraran que había par­ticipado. Estaría jodido para siempre. Lo tienes ahí, entre tus manos.

Barney no estaba seguro de lo que decía, pero sonaba bien.

Además, Margot tenía la posibilidad de colocar el ADN de Lecter en la ficha con los antecedentes de Barney en caso de necesi­dad, y ambos lo sabían.

Se lo quedó mirando con sus brillantes ojos azules de carnicera durante unos instantes que a Barney le parecieron eternos.

Luego dejó la mochila sobre la mesa.

—Aquí dentro hay un montón de dinero —dijo—. Suficiente para ver todos los Vermeer del mundo. Una vez —parecía un fanto aturdida, y extrañamente feliz—. Tengo el gato de Franklin en el coche, he de irme. Franklin, su madre adoptiva, su hermana Shirley, un tipo llamado Stringbean y Dios sabe cuánta gente más van a venir a Muskrat en cuanto el crío salga del hospital. Me ha cos­tado cincuenta dólares conseguir el puto gato. Estaba viviendo en la casa de sus antiguos vecinos con un nombre falso.

No guardó la bolsita de plástico en el bolso. Se la llevó en la mano libre. Barney supuso que prefería no enseñarle las otras opciones que contenía el bolso.

—¿Crees que me merezco un beso? —le preguntó Barney en la puerta.

Ella se puso de puntillas y le dio un beso rápido en los labios.

—Tendrás que conformarte con eso —dijo Margot, muy formal. Las escaleras crujieron mientras bajaba.

Barney cerró la puerta con llave y se quedó varios minutos con la frente apoyada contra la frescura del frigorífico.



CAPÍTULO

99

Al despertarse, Starling oyó lejana música de cámara y aspiró los penetrantes olores de la cocina. Se sentía como nueva y con ape­tito. Un golpecito en la puerta, y el doctor Lecter entró vestido con pantalones oscuros, camisa blanca y una corbata inglesa. Le traía un vestido largo en una bolsa y un cappuaino caliente.

—¿Has dormido bien?

—De miedo, gracias.

—El chef me comunica que comeremos en hora y media. Los cócteles se servirán dentro de una hora; ¿le parece bien a la señora? He pensado que tal vez te guste esto; mira a ver cómo te está —dijo el doctor Lecter; luego colgó la bolsa en el armario y salió sin hacer ruido.

Starling no miró en el armario hasta después de darse un lar­go baño, pero cuando lo hizo se sintió muy complacida. Encon­tró un vestido largo de seda color crema, con un escote estrecho pero profundo, debajo de una exquisita chaqueta adornada con cuentas.

En el tocador había un par de pendientes con colgantes de esme­raldas pulidas pero sin tallar. Las piedras despedían un intenso fuego verde a pesar de no tener facetas.

El pelo nunca le había dado problemas. Físicamente se sentía muy cómoda con aquella ropa. Aunque no estaba acostumbrada a vestir con tanta elegancia, no se entretuvo ante el espejo; se limitó a mi­rarse en él para comprobar que todo estaba en su sitio.

El casero alemán había hecho construir unas chimeneas despro­porcionadas. En la sala de estar ardía un único tronco enorme cuan­do Starling se acercó a la calidez del hogar haciendo suspirar la seda.

Música proveniente del clavicémbalo de un rincón. Sentado al instrumento, el doctor Lecter, en esmoquin.

El doctor alzó los ojos y, al verla, contuvo el aliento. Sus manos también se detuvieron, abiertas sobre el teclado. Las notas del cla­vicémbalo apenas duran y, en el repentino silencio de la sala, Starling pudo oírlo inspirar.

Ante el fuego los esperaban dos copas. Lillet con una rodaja de naranja. El doctor se acercó a cogerlas y le tendió una.

—Aunque pudiera verte cada día, siempre recordaría este mo­mento —le dijo él, mientras sus oscuros ojos la envolvían.

—¿Cuántas veces me ha visto, que yo no sepa?

—Sólo tres.

—Pero aquí...

—Esto está fuera del tiempo, y lo que haya podido ver mientras cuidaba de ti no compromete tu intimidad. Está guardado en el lugar que le corresponde, con las mediciones de tu temperatura y tu tensión arterial. Aunque tengo que confesarte que es un placer verte dormida. Eres muy hermosa, Clarice.

—El aspecto es un accidente, doctor Lecter.

—Si el atractivo fuera un premio a los merecimientos, seguirías siendo hermosa.

—Gracias.

—No me des las gracias.

Un movimiento imperceptible de la cabeza le bastó para expre­sar su incomodidad tan bien como si hubiera arrojado la copa al fuego.

—Lo he dicho como lo siento —aseguró Starling—. ¿Hubiera preferido que dijera «Me alegro de que me vea así»? Hubiera sido más original, e igual de cierto.

Starling se llevó la copa a los labios bajo su tranquila mirada de campesina, que no ocultaba nada.

En ese momento el doctor Lecter comprendió que, a pesar de todos sus conocimientos y su perspicacia, nunca sería capaz de pre­decir sus reacciones totalmente, o de poseerla por completo. Podía alimentar la oruga, podía susurrar a través de la crisálida, pero lo que surgiera después obedecería a su propia naturaleza y estaría fuera de su control. Se preguntó si llevaría la 45 en la pierna, bajo el vestido.

Clarice Starling le sonrió, las esmeraldas captaron el resplandor de la chimenea y el monstruo, desarmado, se felicitó por su exquisito gusto y su astucia.

—Clarice, la cena llama al gusto y al olfato, los sentidos más anti­guos y los más próximos al centro de la mente. El gusto y el olfato tienen su asiento en zonas de la mente que preceden a la piedad, y la piedad no tiene cabida en mi mesa. Al mismo tiempo, las ceremo­nias, imágenes y conversaciones de la cena juegan en la cúpula de la corteza cerebral como milagros pintados en el techo de una iglesia. Puede ser mucho más atractivo que el teatro —acercó su rostro al de ella y leyó en sus ojos—. Quiero que comprendas qué riquezas aportas tú a todo eso, y cuáles son tus títulos. Clarice, ¿has observado tu reflejo últimamente? Me parece que no. Dudo que lo hayas hecho alguna vez. Ven al vestíbulo, ponte ante el espejo de cuerpo entero.

El doctor Lecter cogió un candelabro del mantel.

—Mira, Clarice. Esa imagen encantadora eres tú. Esta noche vas a verte desde una cierta distancia durante un rato. Verás lo que es justo, verás lo que es verdadero. Nunca te ha faltado el coraje para decir lo que pensabas, pero las restricciones te impedían ver claro. Te lo diré una vez más, la piedad no tiene cabida en esta mesa.

»Si oyes cosas que pudieran resultarte desagradables, enseguida te darás cuenta de que el contexto puede hacer de ellas algo entre absurdo e irresistiblemente cómico. Si se dicen cosas dolorosamente ciertas, comprenderás que son verdades pasajeras que cambiarán —el doctor Lecter tomó un sorbo de su copa—. Si sientes que el dolor germina dentro de ti, no tardará en florecer convertido en alivio. ¿Me comprendes?

—No, doctor Lecter, pero recordaré todo ese rollo sobre la jodida autosuperación. Ahora me gustaría disfrutar de una cena agradable.

—Eso, te lo prometo —dijo el doctor sonriendo, una visión capaz de poner los pelos de punta a muchos.

Ninguno de los dos volvió la vista hacia la imagen de la mujer en el cristal, que se había empañado; se miraron mutuamente entre las brillantes llamas del candelabro mientras el espejo los miraba a ambos.

—Mira, Clarice.

Ella contempló las rojas chispas que giraban en la profundidad de sus ojos y sintió la impaciencia de un niño que avizora una feria lejana.

El doctor Lecter buscó en el bolsillo de su chaqueta, sacó una je­ringuilla con la aguja tan fina como un cabello y, sin mirar, guiándo­se sólo por el tacto, la hundió en el brazo de la mujer. Cuando la extrajo, la diminuta herida ni siquiera sangró.

—¿Qué estaba tocando cuando entré?

Si el amor nos gobernara.

—¿Es muy antiguo?

—Enrique VIII la compuso hacia 1510.

—¿La tocará para mí? —le pidió—. ¿La acabará ahora?

CAPÍTULO


100

La brisa que produjeron al entrar en el comedor agitó las llamas de las velas y los calentadores. Starling no había visto aquella sala más que de pasada y era maravilloso contemplar la transformación. Brillante, acogedora. La esbelta cristalería reflejaba las llamas de las velas sobre la mantelería color crema, y una pantalla de flores crea­ba un espacio íntimo y lo aislaba del resto de la gran mesa.

El doctor Lecter había sacado la plata de los calentadores poco antes y cuando Starling se puso a juguetear con sus cubiertos per­cibió un calor parecido a la fiebre en el mango del cuchillo.

El doctor le sirvió vino y un pequeño amuse-gueule como entran­te, una sola ostra Belon y una porción de embutido; luego entretu­vo la espera ante media copa de vino, admirando a Starling en el marco de la mesa que había decorado.

La altura de los candelabros era perfecta. Las llamas iluminaban las profundidades del escote y el vestido no tenía mangas que vigilar.

—¿Qué comeremos?

Él se llevo un dedo a los labios.

—Nunca preguntes, estropea la sorpresa.

Hablaron de la mejor manera de cortar plumas de cuervo y de su efecto sobre el sonido del clavicémbalo, y por un instante ella se acordó del cuervo que le robó a su madre los productos de limpie­za en el balcón de una habitación de motel. Contemplándolo desde cierta distancia, juzgó el recuerdo irrelevante en un momento tan agradable, y lo apartó de su mente.

—¿Tienes hambre?

—¡Sí!

—Entonces, vamos con el primer plato.



El doctor Lecter cogió una bandeja del bufete y la colocó en la mesa; luego acercó un carrito que transportaba sus sartenes, infier­nillos y pequeños cuencos de cristal con los condimentos.

Encendió los infiernillos, echó un buen pedazo de manteca de Charente en la fait-tout de cobre y la hizo girar para que se derri­tiera y adquiriera la tonalidad avellana de una beurre-noisette. Luego la retiró del fuego y la dejó sobre un salvamanteles de metal.

Sonrió a Starling dejando ver sus dientes inmaculados.

—Clarice, ¿recuerdas lo que hemos dicho sobre comentarios agra­dables y desagradables, y sobre cosas que en su debido contexto re­sultan divertidas?

—Esa mantequilla huele de maravilla. Lo recuerdo, sí.

—Y ¿recuerdas a la persona que has visto en el espejo, y lo es­pléndida que parecía?

—Doctor Lecter, no se lo tome a mal, pero esto empieza a pare­cerse a Dick and Jane* Lo recuerdo perfectamente.

—Estupendo. El señor Krendler nos va a acompañar durante el primer plato.

El doctor Lecter cogió el centro de mesa grande y lo dejó sobre el bufete.


* Popular libro de texto con el que los niños norteamericanos aprendían a leer hasta no hace mucho. Los protagonistas son una niña y un niño que conversan con la ingenuidad que cabe suponer. (N. del T.)

El ayudante del inspector general, Paul Krendler en carne y hue­so, estaba sentado a la mesa en un sillón de roble macizo. Krendler abrió los ojos de par en par y miró a su alrededor. Tenía puesta la cinta para el pelo que usaba cuando corría y un elegante esmoquin funerario, con la camisa y la corbata cosidas a la chaqueta. Como el traje estaba abierto por la parte de atrás, al doctor Lecter no le ha­bía costado mucho ponérselo de forma que ocultara los metros de cinta aislante que lo sujetaban al sillón.

Puede que los párpados de Starling se movieran un milímetro y que sus labios se contrajeran imperceptiblemente, como solían hacer en la galería de tiro.

A continuación el doctor Lecter cogió un par de pinzas de plata del bufete y arrancó la cinta que amordazaba a Krendler.

—Buenas noches otra vez, señor Krendler.

—Buenas noches.

Krendler no parecía el de otras veces. Su servicio de mesa tenía una pequeña sopera.

—¿No le gustaría dar las buenas noches a la señorita Starling?

—Hola, Starling —dijo, y pareció animarse—. Siempre deseé ver­te comer.

Starling lo consideró a distancia, como hubiera hecho el viejo y sabio espejo de cuerpo entero.

—Hola, señor Krendler —lo saludó, y volvió la mirada hacia el doctor Lecter, que seguía atareado con sus sartenes—. ¿Cómo ha conseguido capturarlo?

—El señor Krendler se dirige a una importante entrevista rela­cionada con su futuro en la política —dijo el doctor Lecter—. Margot Verger lo ha invitado como un favor hacia mí. Algo así como un toma y daca. El señor Krendler trotaba hacia la pista para helicópteros del parque Rock Creek para subir al de los Verger. Pero en lugar de eso ha decidido dar un paseíto conmigo. ¿Le gustaría bendecir la mesa antes de que cenemos, señor Krendler? ¿Señor Krendler?

—¿Bendecir la mesa? Sí, claro —Krendler cerró los ojos—. Padre, te damos las gracias por los alimentos que estamos a punto de re­cibir, y los dedicamos a Tu servicio. Starling es una chica dema­siado mayor para estar jodiendo con su padre, por más que sea del sur. Por favor, perdónala por ello y empújala a mi servicio. En el nombre de Cristo, amén.

Starling observó que el doctor Lecter mantenía los ojos piadosa­mente cerrados durante la oración.

—Paul —dijo Starling, que se sentía tranquila y rápida de refle­jos—, tengo que reconocer que el apóstol Pablo no lo hubiera hecho mejor. Odiaba a las mujeres tanto como usted.

—Esta vez la has cagado del todo, Starling. Nunca te readmitirán.

—¿Era una oferta de trabajo lo que ha colado en la bendición? Nunca había visto semejante tacto.

—Voy a ir al Congreso —Krendler sonrió desagradablemente—. Acércate por el cuartel general de la campaña, tal vez encuentre algo para ti. Podrías ser chica de oficina. ¿Sabes escribir a máquina y lle­var un archivo?

—Por supuesto.

—¿Y escribir al dictado?

—Utilizo un programa de reconocimiento de voz —replicó Star­ling, y continuó en tono más serio—: Si me perdona por hablar de negocios en la mesa, no es usted lo bastante rápido para colarse en el Congreso. Jugar sucio no basta para compensar una inteligencia de segunda. Duraría más como chico de los recados de un mafioso.

—No nos espere, señor Krendler —le urgió el doctor Lecter—. Vaya probando el caldo antes de que se enfríe —y levantó el potager, de cuya tapa sobresalía una pajita, hacia los labios de Krendler.

—Esta sopa no está buena —se quejó Krendler poniendo cara de asco.

—En realidad tiene más de infusión de perejil y tomillo que de otra cosa —le explicó el doctor—, y es más para nosotros que para usted. Sorba un poco más y déjelo circular.

Starling parecía sopesar algo remedando con las manos los pla­tillos de la Justicia.

—¿Sabe, señor Krendler? Cada vez que usted me miraba de sos­layo, tenía la incómoda sensación de que había hecho algo para me­recerlo —movió las palmas arriba y abajo muy seria, como si estu­viera haciendo pasar un Muelle Mágico de una a otra—. Y no lo merecía. Cada vez que escribía algo negativo en mi expediente, conseguía hacerme daño y que me sintiera culpable. Dudaba de mí misma un momento, e intentaba aliviarme ese picor insidioso que no dejaba de decirme: «Papá sabe lo que te conviene».

»Pero usted no sabe lo que me conviene, señor Krendler. De he­cho, no sabe nada de nada —Starling bebió un sorbo del excelen­te borgoña blanco, y se volvió hacia el doctor Lecter—: Me encanta este vino. Pero creo que deberíamos sacarlo de la cubitera —y se volvió, como una anfítriona atenta, hacia el invitado—. Siempre será usted un... patán, y carente de atractivo —dijo con un tono bené­volo—. Y ya hemos hablado bastante de usted en esta mesa tan agradable. Ya que es el invitado del doctor Lecter, espero que dis­frute de la cena.

—Pero ¿quién eres tú? —dijo Krendler—. Tú no eres Starling. Tienes la misma mancha en la cara, pero no eres Starling.

El doctor Lecter echó cebollinos a la mantequilla caliente y dora­da y en el instante en que el aroma empezó a flotar en el aire añadió alcaparras desmenuzadas. Sacó la sartén del fuego y puso en su lugar la sartén para salteados. Cogió un gran cuenco de cristal con agua helada y una bandeja de plata y los dejó al lado de Krendler.

—Tenía planes para esa boquita tan grande —dijo Krendler—, pero ya no te contrataré en la vida. ¿Quién crees que te dará trabajo ahora?

—No espero que cambie completamente de actitud, como hizo el otro Pablo, señor Krendler —dijo el doctor Lecter—. No lo veo en el camino de Damasco, ni siquiera en el camino hacia el heli­cóptero de los Verger.

El doctor Lecter le quitó la cinta del pelo como hubiera retirado la etiqueta de una lata de caviar.

—Todo lo que le pedimos es que mantenga la mente abierta.

Con cuidado, empleando ambas manos, el doctor Lecter levan­tó la tapa de los sesos de Krendler, la dejó sobre la bandeja y tras­ladó ésta al bufete. Apenas cayó una gota de sangre de la limpia incisión, pues previamente el doctor había soldado los vasos principales y sellado escrupulosamente los otros utilizando anestesia local. Había aserrado el cráneo en la cocina media hora antes de la cena.

El método que había utilizado para retirar la parte superior del cráneo de Krendler era tan antiguo como la medicina egipcia, claro que el doctor Lecter disponía de una sierra para autopsias con una hoja especial para el cráneo, una llave craneal y mejores medios anes­tésicos. El cerebro propiamente dicho no había sufrido.

La cúpula gris y rosa del cerebro de Krendler sobresalía del crá­neo truncado.

De pie al lado de Krendler con un instrumento que parecía una cuchara para las amígdalas, el doctor Lecter cortó una tras otra cua­tro rebanadas del lóbulo prefrontal. Los ojos de Krendler miraban hacia arriba como si estuviera siguiendo la operación. El doctor Lecter introdujo las rebanadas en el cuenco de agua helada, acidu­lada con zumo de limón, para que adquirieran solidez.

—«Qué bonito, mecerse en una estrella —cantó Krendler de re­pente—, y llenar con luz de luna una botella.»

En la cocina clásica, los sesos se empapan, se aplastan y se dejan a la intemperie durante la noche para que se endurezcan. Cuando uno ha de vérselas con el producto fresco, el reto es conseguir que la materia no se desintegre y se convierta en un puñado de grumosa gelatina.

Con una destreza apabullante, el doctor colocó las rebanadas en­durecidas en un plato, las rebozó levemente con harina sazonada y luego las empanó con migajas de brioche tierno.

Ralló una trufa negra sobre la salsa de la sartén y dio el toque final con un chorrito de zumo de limón.

Sin perder tiempo, pasó las rodajas por la sartén lo justo para que se doraran por ambos lados.

—¡Huele que resucita! —soltó Krendler.

El doctor Lecter las depositó sobre sendas rodajas de pan tostado en los platos recién sacados de los calentadores, las bañó con la salsa y espolvoreó trochos de trufa. Las decoró con perejil y alcaparras con sus tallos, y con un capullo de berro para darles un poco de al­tura, completó la presentación.

—¿Cómo está? —preguntó Krendler, que hablaba a voz en cue­llo tras las flores, como suele ocurrir con los lobotomizados.

—Verdaderamente exquisito —dijo Starling—. Es la primera vez que pruebo las alcaparras.

Al doctor Lecter el brillo de la salsa de mantequilla en los labios de Starling le pareció irresistible.

Krendler cantaba oculto tras los ramos, en general canciones de guardería, y los animaba a pedirle la que quisieran oír.

Sin prestarle atención, el doctor Lecter y Starling hablaban de Mischa. Starling estaba al tanto del destino que había corrido la her­mana del doctor Lecter por sus conversaciones sobre el dolor de la pérdida; pero en esa ocasión él habló de forma esperanzada sobre la posibilidad de hacerla regresar. En medio de semejante velada, a Starling no le pareció descabellado que Mischa consiguiera volver, y expresó su esperanza de llegar a conocerla.

—Nunca podrías contestar los teléfonos de mi oficina —gritó Krendler entre las flores—. Suenas como un conejito de granja.

—Fíjate a ver si sueno como Oliver Twist cuando pida un poco más —le replicó Starling, y el doctor Lecter apenas pudo contener su regocijo.

Una segunda ración consumió casi por entero el lóbulo frontal y se aproximó por la parte posterior hasta el córtex premotor. Krendler se vio reducido a observaciones irrelevantes sobre objetos de su campo de visión inmediato y al monótono recitado de un poema obsceno e interminable.

Absortos en su charla, Starling y Lecter no se sentían más incó­modos que si un grupo en la mesa vecina de un restaurante hubiera cantado; pero cuando el volumen del poema empezó a ser excesivo el doctor Lecter se levantó y fue a por la ballesta, que estaba en un rincón.

—Me gustaría que escucharas el sonido de este instrumento de cuerda, Clarice.

Esperó a que Krendler se callara un momento y disparó una sae­ta que voló sobre la mesa y atravesó las flores.

—Si vuelves a oír este particular vibrato de la cuerda de ballesta en cualquier situación futura, ten por seguro que significa tu com­pleta libertad, paz e independencia —dijo el doctor Lecter.

Las plumas y parte del astil asomaban entre las flores y se movían más o menos al ritmo de una batuta dirigiendo un corazón. La voz de Krendler calló de golpe y al cabo de unos pocos latidos la batu­ta se inmovilizó.

—¿Es más o menos un re por debajo de medio do?

—Exacto.

Al cabo de un momento Krendler emitió un gorgoteo al otro lado del telón vegetal. No era más que un espasmo en la laringe debido a la creciente acidez de su sangre a causa de lo reciente de su muerte.

—Vamos con el segundo plato —propuso el doctor—. Pero an­tes, un pequeño sorbete para refrescarnos el paladar antes de la co­dorniz. No, no, no te levantes. El señor Krendler me ayudará a des­pejar la mesa, si eres tan amable de disculparlo.

Dicho y hecho. Tras la pantalla de flores, el doctor Lecter se li­mitó a vaciar los platos sucios en el cráneo de Krendler y luego los amontonó en su regazo. Volvió a taparle el cráneo y, cogiendo la cuerda atada al pie rodante que sostenía el sillón, lo llevó hasta la cocina.

Una vez allí el doctor Lecter volvió a montar la ballesta. Usaba el mismo tipo de pilas que la sierra para autopsias, lo cual no dejaba de ofrecer ventajas.

Las codornices tenían la piel crujiente y estaban rellenas de foie gras. El doctor Lecter habló de Enrique VIII como compositor y Starling, de diseño asistido por ordenador para crear sonidos sinté­ticos, de la réplica de los víbralos.

Tomarían el postre en la sala de estar, anunció el doctor Lecter.

CAPÍTULO


101

Un soufflé y copas de Chateau d'Yquem ante la chimenea de la sala de estar, con el cafe preparado en una mesita en la que Starling apoyaba un codo. El fuego bailaba en el vino dorado, que difundía su aroma sobre las profundas tonalidades del tronco incandescente. Hablaron de tazas de té y del discurrir del tiempo, y sobre las leyes del desorden.

—Y así fue como llegué a creer —concluyó el doctor Lecter— que debía haber un lugar en el mundo para Mischa, un buen lu­gar que alguien dejaría vacante para ella, y llegué a pensar, Clarice, que el mejor lugar del mundo era el que tu ocupabas.

El resplandor del fuego no sondeaba las profundidades de su es­cote tan satisfactoriamente como la luz de las velas, pero era mara­villoso verlo jugar sobre los' huesos de su cara.

Starling se quedó pensativa unos instantes.

—Déjeme preguntarle algo, doctor Lecter. Si Mischa necesita un lugar de primera calidad en el mundo, y no digo que no sea así, ¿por qué no el suyo? Está bien ocupado y sé que usted no se lo negaría. Ella y yo podríamos ser como hermanas. Y si, como usted dice, hay espacio en mí para mi padre, ¿por qué no hay sitio en usted para Mischa?

El doctor Lecter parecía complacido, si por la idea o por la as­tucia de Starling, sería imposible decirlo. Tal vez sintiera una vaga preocupación al comprender que sus esfuerzos habían dado mejores frutos de lo que nunca hubiera imaginado.

Al dejar la copa en la mesita que tenía al lado, Starling empujó su taza de cafe, que se rompió contra el hogar. Ni siquiera la miró.

El doctor Lecter observó los fragmentos, que permanecieron in­móviles.

—No creo necesario que tome una decisión en este mismo ins­tante —dijo Starling.

Sus ojos y las esmeraldas brillaban a la luz del fuego. Un suspiro del fuego, la tibieza que atravesaba su vestido, y un recuerdo repentino acudió a la mente de Starling. El doctor Lecter, hacía ya tanto tiempo, preguntando a la senadora Martin si había amamantado a su hija. En la calma sobrenatural de Starling se produjo un movimiento rodeado de destellos: por un instante innumerables ventanas se alinearon en su mente y pudo ver mucho más allá de su propia experiencia.

—Hannibal, ¿tu madre te dio de mamar?

—Sí.

—¿Sentiste alguna vez que habías tenido que ceder el pecho a Mischa? ¿Sentiste alguna vez que te lo arrebataban para dárselo a ella?



Un latido.

—No lo recuerdo, Clarice. Si se lo cedí, lo hice con alegría.

Clarice Starling se llevó la mano al profundo escote de su vesti­do y liberó sus pechos. El aire endureció los pezones al instante.

—No tienes por qué renunciar a éstos.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, humedeció el dedo de apretar el gatillo en el Cháteau d'Yquem caliente de su boca y una gota gruesa y dulce quedó suspendida del pezón como una joya dorada, tem­blando al ritmo de la respiración.

Él abandonó la silla sin dudarlo, dobló una rodilla ante ella e in­clinó la cabeza, reluciente al resplandor de la chimenea, sobre el coral y la crema del busto indefenso.



CAPÍTULO

102

Buenos Aires, Argentina, tres años más tarde.

Barney y Lillian Hersh paseaban cerca del Obelisco de la aveni­da 9 de Julio al atardecer. La señorita Hersh, profesora en la Univer­sidad de Londres, disfrutaba su año sabático. Ella y Barney se habían conocido en el Museo Antropológico de la ciudad de México. Se habían gustado y llevaban dos semanas viajando juntos, aprendiendo a conocerse día a día. Cada vez se lo pasaban mejor y no parecía que fueran a cansarse el uno del otro.

Habían llegado a Buenos Aires demasiado tarde para ir al Mu­seo Nacional, donde se exponía un Vermeer en préstamo. A Lillian Hersch, la misión de ver todos los Vermeer del mundo que Barney se había impuesto le resultaba simpática, y no era un obstáculo para divertirse. Barney había visto una cuarta parte de los cuadros, así que quedaban un montón de sitios a los que ir.

Estaban buscando un sitio agradable en el que pudieran cenar en la terraza.

Las limusinas estaban aparcadas ante el Teatro Colón, el espectacu­lar teatro de la ópera de Buenos Aires. Se detuvieron un momento para admirar a los amantes del bel canto que entraban.

Se representaba Tamerlán con un reparto extraordinario, y los asis­tentes a una noche de estreno en Buenos Aires son una multitud digna de ver.

—Barney, ¿te mola la ópera? Estoy segura de que fliparías. Anda, invito yo.

A Barney lo divertía oírla usar las palabras de argot que aprendía de él.

—Si consigues que entre ahí, ya lo creo que ñiparé —le dijo—. ¿Crees que nos dejarán entrar?

En ese momento, un Mercedes Maybach, azul oscuro y plata, se deslizó como un suspiro hasta estacionarse junto al bordillo. Un portero se apresuró a abrir la puerta.

Un hombre con esmoquin, delgado y elegante, salió del coche y ofreció la mano a una mujer. Al verla, la multitud que se apretaba junto a la entrada emitió murmullos de admiración. Su pelo for­maba un gracioso casco de platino y llevaba un suave vestido ajus­tado color coral y un chai de tul blanco, como una capa de escar­cha sobre los hombros. Las esmeraldas despedían destellos verdes alrededor de su garganta. Barney sólo la vio un instante entre las cabezas de la gente antes de que la corriente de los que entraban la arrastraran a ella y a su pareja.

Sin embargo, había podido ver mejor al hombre. Su cabeza era lustrosa como la piel de una nutria y la nariz tenía el mismo arco imperioso que la de Perón. Su compostura le hacía parecer más alto de lo que era.

—¿Barney? Eh, Barney —estaba diciendo Lillian—, cuando ba­jes de las nubes, si es que lo consigues, ya me dirás si quieres que entremos. Si nos dejan entrar de ropilla. Bueno, ya lo he dicho, aunque no sea muy apropiado. Siempre había querido decir que iba de ropilla.

Cuando vio que Barney no le preguntaba qué quería decir «de ropilla», lo miró de arriba abajo. Siempre se lo preguntaba todo.

—Sí —dijo Barney, ausente—. Invito yo.

Barney tenía mucho dinero. No era un manirroto, pero tampoco mezquino. De todas formas, los únicos asientos disponibles estaban en el paraíso, entre los estudiantes.

Previendo la distancia, Barney alquiló anteojos en el vestíbulo.

El enorme teatro es una mezcla de Renacimiento italiano y es­tilos clásico y neoclásico, pródigo en latón, dorados y felpa roja. Las joyas relucían en la muchedumbre como los flashes en un partido de fútbol.

Lillian le explicó el argumento antes de que empezara la ober­tura susurrándole al oído.

Justo antes de que las luces de la sala se apagaran e hicieran desa­parecer el patio de la vista de los asientos baratos, Barney localizó a la rubia platino y su acompañante. Acababan de atravesar las cortinas doradas de un decorado palco próximo al escenario y se disponían a tomar asiento. Las esmeraldas de la garganta femenina destellaron heridas por las luces de la sala cuando se inclinó.

Barney no había podido más que vislumbrar su perfil derecho cuando entraba en el teatro. Ahora había visto el izquierdo.

Los estudiantes que le rodeaban, veteranos de las alturas operís­ticas, se habían provisto de todo tipo de artüugios para no perder detalle. Uno tenía un catalejo tan largo que despeinaba al especta­dor de delante. Barney se lo cambió por sus anteojos para enfocar el lejano palco. Era difícil volver a localizarlo con el reducido cam­po de visión de aquella antigualla, pero cuando lo consiguió la pa­reja parecía sorprendentemente cercana.

La mujer tenía un antojo en la mejilla en la posición que los fran­ceses llaman «coraje». Mientras Barney la espiaba, la mujer paseó la vista por la sala, la detuvo un momento sobre el gallinero y luego siguió su recorrido. Parecía contenta y su boca coralina se movía en animada charla. Se inclinó hacia su acompañante, le dijo algo y am­bos se echaron a reír. Puso su mano sobre la de él y se quedó cogiéndole el pulgar.

—Starling —dijo Barney conteniendo el aliento.

—¿Qué? —susurró Lillian.

A Barney le costó un triunfo seguir el primer acto de la ópera. En cuanto se encendieron las luces para el primer intermedio, vol­vió a dirigir el catalejo hacia el palco. El caballero cogió una copa de champán de la bandeja que le tendía un camarero y se la pasó a la señora; después cogió otra para él. Barney enfocó el catalejo en su rostro y observó la forma de sus orejas.

Lo deslizó a lo largo de los brazos desnudos de la mujer. No te­nían marcas, y sus ojos de experto apreciaron el buen tono muscular.

Mientras Barney estaba mirando, el hombre volvió la cabeza como para captar un sonido lejano y miró hacia el paraíso. Se llevó los gemelos a los ojos. Barney hubiera jurado que le apuntaban. Se puso el programa de mano ante la cara y se arrellanó en el asiento intentando quedar por debajo de los que lo rodeaban.

—Lillian —dijo—, me gustaría pedirte un favor muy grande.

—Uy —le respondió ella—, si es tan grande como alguno de los otros, más vale que lo oiga antes.

—Nos iremos en cuanto apaguen las luces. Vuela conmigo a Río esta misma noche. Sin preguntas.

El Vermeer de Buenos Aires es el único que Barney no llegó a ver nunca.

CAPÍTULO

103

¿Seguimos a esta pareja tan atractiva fuera de la Ópera? De acuer­do, pero con sumo cuidado...

A finales del milenio, Buenos Aires sigue poseido por el tango, y sus noches tienen un encanto especial. El Mercedes, con las ven­tanillas bajadas para dejar entrar la música de las salas de baile, ron­ronea a través del barrio de La Recoleta hacia la avenida Alvear, y desaparece en el patio de un exquisito edificio modernista próximo a la embajada francesa.

El aire es suave y en la terraza del ático los espera una cena tar­día, pero la servidumbre ya se ha ido.

Entre los criados de la casa reina un excelente estado de ánimo, pero también una disciplina férrea. Tienen prohibido entrar en el piso superior de la mansión antes de mediodía. O después de haber servido el primer plato de la cena.

El doctor Lecter y Clarice Starling suelen hablar durante la cena en idiomas distintos al inglés materno de la mujer. Clarice adqui­rió las bases del francés y el español en la universidad, y se ha dado cuenta de que tiene buen oído. Durante las comidas hablan sobre todo italiano; ella se siente extrañamente libre con los matices vi­suales de esa lengua.

En ocasiones nuestra pareja baila a la hora de la cena. Otras veces no acaban de cenar.

Su relación tiene mucho que ver con la perspicacia de Clarice Starling, que la acepta y la cultiva con avidez. Tiene mucho que ver con la sabiduría de Hannibal Lecter, que va mucho más allá de los límites de su experiencia. Es posible que Clarice Starling lo asuste un poco. El sexo es una magnífica estructura que añaden a cada día.

Clarice Starling ha empezado a erigir su propio palacio de la me­moria. Comparte algunas habitaciones con el doctor Lecter, que la ha sorprendido en ellas varias veces, pero crece a su propio ritmo. Está lleno de cosas nuevas. En él puede visitar a su padre. Hannah pace allí. Puede encontrar en él a Jack Crawford cada vez que de­sea verlo inclinado sobre su escritorio. Al mes de haber recibido el alta del hospital, los dolores de pecho le volvieron durante la noche. En lugar de llamar una ambulancia y volver a pasar por el mismo calvario, prefirió darse la vuelta y buscar refugio en el lado de la cama que había ocupado su esposa.

Starling se enteró del fallecimiento de Jack Crawford durante una de las visitas regulares del doctor Lecter al sitio web del FBI abierto al público para contemplar su imagen entre los «Diez más buscados». El Bureau sigue usando una fotografía que lleva dos cómodos ros­tros de retraso.

Tras leer la esquela de Crawford, pasó la mayor parte del día ca­minando sola, y se alegró de volver a casa a la caída de la tarde.

Un año antes había hecho engastar una de sus esmeraldas en un anillo. En la parte interior hizo grabar la inscripción AM-CS. Ardelia Mapp lo recibió en un envoltorio que no revelaría nada, con una nota. «Querida Ardelia: Estoy bien, mejor que bien. No me bus­ques. Te quiero. Siento haberte asustado. Quema esta nota. Starling.»

Mapp fue con el anillo a la orilla del río Shenandoah, donde Starling solía correr. Anduvo largo rato apretándolo en el puño, co­lérica, con los ojos ardiendo, dispuesta a arrojarlo al agua, imagi­nando la curva que describiría en el aire y el pequeño ¡plop! Al final se lo puso en el dedo y forzó al puño a meterse en el bolsillo. Mapp no acostumbra a llorar. Caminó largo rato, hasta que consi­guió calmarse. Cuando volvió al coche, había oscurecido.

Es difícil saber lo que Starling recuerda de su antigua vida, lo que ha elegido guardar. Las drogas que la sostuvieron durante los pri­meros días no han formado parte de sus vidas desde hace mucho tiempo. Ni las largas conversaciones con una sola fuente de luz en la habitación.

Ocasionalmente y a propósito, el doctor Lecter deja caer una taza de té para que se haga añicos contra el suelo. Se siente satisfecho al comprobar que la taza no se recompone. Hace meses que no ha soñado con Mischa.

Tal vez algún día una taza se recomponga. Tal vez en algún sitio Starling oiga vibrar la cuerda de una ballesta y despierte sin querer, si es que ahora duerme.

Ahora nos retiraremos, mientras ellos bailan en la terraza; el pru­dente Barney ya ha abandonado la ciudad y a nosotros nos conviene seguir su ejemplo. Pues si cualquiera de los dos nos descubriera el resultado sería fatal para nosotros.

Podemos estar contentos de seguir vivos después de lo que he­mos visto.



Agradecimientos

Para intentar comprender la estructura del palacio de la memoria del doctor Lecter, me fue de inestimable ayuda el notable libro de France A. Yates The Art of Memory, así como The Memory Palace of Matteo Ricci de Jonathan D. Spence.

La traducción del Robert Pinsky del Infierno de Dante fue un re­galo y un placer como lectura, así como las notas de Nicole Pinsky. La expresión «festiva piel» procede de la traducción de Pinsky.

«En el jardín del ojo del huracán» es una frase de John Ciardi y el título de uno de sus poemas.

Los primeros versos que Clarice Starling recuerda en el hospital psiquiátrico pertenecen al poema «Burnt Norton» de T. S. Eliot, de su libro Cuatro cuartetos.
Doy las gracias a Pace Barnes por sus ánimos, apoyo y sabios consejos.

Carol Barón, mi editora y amiga, me ayudó a hacer de éste un libro mejor.

Athena Varounis y Bill Trible en Estados Unidos, y Ruggero Peru-gini en Italia me enseñaron lo mejor y más brillante de las fuerzas del orden. Ninguno de ellos es un personaje de este libro, como no lo es ninguna otra persona viva. La maldad que hay en él es de mi propia cosecha.

Niccolo Capponi compartió conmigo su profundo conocimiento de Florencia y de sus tesoros artísticos, y autorizó al doctor Lecter a usar el palazzo de su familia. Igualmente, agradezco a Robert Held haber puesto sus muchos conocimientos a mi disposición, y a Carolina Michahelles su agudeza.



El personal de la biblioteca pública Carnegie, en el condado de Coahoma, Mississippi, buscó todo tipo de información para mí durante años. Gracias.

Mi deuda con Marguerite Schmitt es impagable. Con una trufa blanca y la magia de su corazón y sus manos, nos enseñó las mara­villas de Florencia. Es demasiado tarde para darle las gracias; en este momento de culminación, quiero decir su nombre.


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