Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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UNA CUCHARA LARGA



Si dan a esa mujer una cuchara larga,

la meterá en el plato de un demonio.

Geoffrey CHAUCER,



Los cuentos de Canterbury,

«El cuento del mercader»



CAPÍTULO

89

Clarice Starling yace inconsciente en una gran cama bajo una sábana de lino y una colcha. Los brazos, cubiertos por las mangas de un pijama de seda, están sobre la colcha, atados con pañuelos de seda, sólo lo bastante para que no pueda tocarse la cara ni el caté­ter del dorso de su mano.

Hay tres fuentes de luz en la habitación, la lámpara baja con tu­lipa y las puntas de aguja rojas en el centro de las pupilas del doctor Lecter, que la observa.

Está sentado en un sillón, con las palmas de las manos juntas y las puntas de los dedos sujetando la barbilla. Al cabo de un rato se le­vanta y le toma la tensión. Le examina las pupilas con una linterna de bolsillo. Mete la mano bajo las ropas de la cama y le encuentra uri pie, lo saca fuera y, vigilándola de cerca, estimula la planta con el extremo de una llave. Se yergue un momento, al parecer absorto en sus pensamientos, sosteniendo el pie con delicadeza, como si tu­viera un animalillo en su mano.

Ha averiguado la composición del tranquilizante poniéndose en contacto con el fabricante del dardo. Dado que el segundo la alcan­zó en el hueso de la espinilla, cree muy probable que no recibiera dos dosis enteras. Le está administrando estimulantes con infinita precaución.

Entre cuidado y cuidado, se sienta en el sillón coh un fajo de papel basto, haciendo cálculos. Las hojas están llenas de símbolos, tan­to de astrofísica como de física subatómica. Se repiten una y otra vez los esfuerzos por encadenar los símbolos en una teoría cohe­rente. Los pocos matemáticos que podrían seguirlo dirían que sus ecuaciones comienzan con brillantez y luego decaen, lastradas por una quimera: el doctor Lecter está empeñado en hacer revertir el tiempo, en lograr que la entropía en aumento deje de marcar la di­rección del tiempo. En vez de eso, quiere que un orden en aumento señale el camino. Quiere que los dientecillos de leche de Mischa regresen del pozo ciego. Tras sus cálculos febriles hay un deseo de­sesperado de hacer sitio en el mundo para Mischa, tal vez el sitio ocupado hasta ahora por Clarice Starling.



CAPÍTULO

90

Es por la mañana y un resplandor amarillo inunda la sala de juegos de Muskrat Farm. Los enormes animales de peluche contem­plan con los botones que les hacen de ojos el cuerpo de Cordell ahora cubierto con una sábana.

A pesar de que estamos en pleno invierno, una moscarda ha lo­calizado el cadáver y se pasea por las zonas de la sábana en las que la sangre ha calado.

Si Margot Verger hubiera imaginado el efecto de degaste que un homicidio tan cacareado por los medios podía tener sobre las ac­ciones del asesino, puede que no hubiera introducido la anguila en la garganta de su hermano.

La decisión de no intentar arreglar el desastre de Muskrat Farm y limitarse a capear el temporal había sido un acierto. Ningún su­perviviente la había visto en Muskrat mientras Mason y los demás eran asesinados.

Su versión fue que la frenética llamada del enfermero del relevo de medianoche la había despertado en la casa que compartía con Judy. Se puso en camino hacia el lugar de autos y llegó poco des­pués que los primeros ayudantes del sheriff.

El investigador principal del departamento del sheriff, detective Clarence Franks era un jovenzuelo con los ojos un poco más juntos de lo normal, pero no tan estúpido como a Margot le hubiera gustado.

—¿Es que cualquiera puede subir como si tal cosa en este ascen­sor? Hace falta una llave, ¿me equivoco? —le había preguntado Franks.

La mujer y el detective estaban incómodamente sentados en el confidente.

—Supongo que sí, si es que entraron de esa forma.

—¿Ellos, señorita Verger? ¿Cree que podía tratarse de más de uno?

—No tengo la menor idea, señor Franks.

Había visto el cuerpo de su hermano soldado aún a la anguila y cubierto con una sábana. Alguien había desenchufado el respirador. Los criminalistas estaban tomando muestras del agua del acuario y de la sangre del suelo. En la mano de Mason pudo distinguir el me­chón del pelo del doctor Lecter. Aún no lo habían visto. Los cri­minalistas le parecían idénticos como gotas de agua.

El detective Franks no paraba de garrapatear en su bloc de notas.

—¿Saben quiénes son las otras víctimas? —preguntó Margot—. Pobrecillos, ¿tenían familia?

—Lo estamos investigando —le respondió Franks—. Hemos en­contrado tres armas que podremos rastrear.

De hecho, el departamento del sheriff no estaba seguro del nú­mero total de personas que habían muerto en el granero, pues los cerdos habían desaparecido en la profundidad del bosque llevándo­se los escasos restos para más tarde.

—En el curso de la investigación podríamos tener que pedirle a usted y a su... compañera que pasen la prueba del polígrafo; se trata de un detector de mentiras, ¿se prestaría a hacerlo, señorita Verger?

—Señor Franks, haré cualquier cosa para que capturen a esa gen­te. Para contestar más específicamente a esa pregunta, le diré que puede llamarnos a Judy y a mí cuando le parezca. ¿Debo hablar con el abogado de mi familia?

—No si no tiene nada que ocultar, señorita Verger.

—¿Ocultar? —Margot consiguió soltar unas lágrimas.

—Por favor, no tengo más remedio que hacer estas cosas, seño­rita Verger —se disculpó Franks, que había alargado la mano hacia el robusto hombro de la mujer, pero se lo pensó mejor.



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91

Starling despertó en la olorosa semioscuridad sabiendo de una forma instintiva que estaba cerca del mar. Se movió ligeramente en la cama. Sintió un profundo escozor en todo el cuerpo y ense­guida volvió a caer en la inconsciencia. Cuando volvió a despertar, una voz suave le hablaba ofreciéndole una taza caliente. Tomó unos sorbos y el sabor le recordó los tés curativos que la abuela de Mapp mandaba a su nieta.

Pasó la mañana, y luego la tarde, y entre el aroma a flores recién cortadas apenas fue consciente de otra cosa que la débil punzada de una aguja. Como el silbido y la explosión de distantes fuegos artifi­ciales, los residuos de miedo y dolor estallaban en el horizonte, pero no cerca, nunca cerca. Estaba en el jardín del ojo del huracán.

—Despierta. Despierta, tranquila. Despierta en esta hermosa habi­tación —dijo una voz.

Oyó una suave música de cámara.

Se sentía muy limpia y la piel le olía a menta, alguna crema que procuraba un profundo y agradable calor.

Starling abrió los ojos de par en par.

El doctor Lecter estaba de pie a poca distancia, muy quieto, tan­to como lo había estado en su celda la primera vez que lo vio. No­sotros ya nos hemos acostumbrado a verlo libre. No nos sorprende encontrarlo en un espacio abierto con otra criatura mortal.

—Buenas noches, Clarice.

—Buenas noches, doctor Lecter :—respondió ella en consonan­cia, sin tener una idea real del momento del día.

—Si te sientes incómoda, son sólo cardenales que te hiciste en una caída. Te pondrás bien. Pero me gustaría asegurarme de una cosa. Por favor, ¿podrías mirar hacia aquí?

El doctor Lecter se inclinó sobre ella con una pequeña linterna. Olía a seda limpia.

Hizo un esfuerzo para mantener abiertos los ojos mientras él exa­minaba sus pupilas antes de volver a erguirse.

—Gracias. Hay un cuarto de baño muy bien equipado, justo ahí. ¿Quieres probar a levantarte? Las zapatillas están junto a la cama, me temo que tuve que tomar prestadas tus botas.

Estaba y no estaba despierta. El cuarto de baño era realmente có­modo y no faltaba de nada. En los días que siguieron disfrutó de lar­gos baños en él, pero no se molestó en contemplarse en el espejo, tan ajena a sí misma se sentía.

CAPÍTULO

92

Días de conversaciones, a veces oyéndose a sí misma y pregun­tándose quién era aquella mujer que hablaba con un conocimien­to tan íntimo de sus pensamientos. Días de sueño, caldos espesos y tortillas.

Y un día el doctor Lecter dijo:

—Clarice, debes de estar harta de las batas y los pijamas. En el armario hay varías cosas que tal vez te gusten. Puedes ponértelas, aunque sólo si te apetece —y en el mismo tono añadió—: He pues­to tus cosas, el bolso, la pistola y la cartera, en el cajón de arriba de la cómoda, por si las necesitas.

—Gracias, doctor Lecter.

En el armario había ropa de todo tipo, vestidos, trajes chaque­ta, un brillante vestido de noche con la parte superior de cuentas. Los pantalones de cachemira y los jerséis la atraían. Eligió un con­junto de cachemira marrón claro y mocasines. En el cajón estaba su cinturón con la pistolera yaqui, vacía desde la pérdida de la 45, pero la funda del tobillo estaba allí, junto al bolso, con la pistola recor­tada. El cargador estaba repleto de gruesos cartuchos y la recámara, vacía, tal como solía llevarla en la pierna. Y allí estaba también el puñal para la bota, en su vaina. Dentro del bolso encontró las llaves del coche.

Starling era y no era ella misma. Cuando pensaba en todo lo ocurrido, era como si lo contemplara tras una barrera, y se veía a sí misma a distancia.

Se sintió feliz al ver su coche en el garaje cuando el doctor Lecter la acompañó afuera. Echó un vistazo a los limpiaparabrisas y decidió que debía cambiarlos.

—Clarice, ¿a que no sabes cómo nos siguieron los hombres de Mason hasta el aparcamiento del supermercado?

Starling se quedó mirando el techo del garaje, pensativa.

Le costó menos de dos minutos encontrar la antena atravesada entre los asientos traseros y el portaequipajes, y no tuvo más que se­guir el cable para encontrar la baliza.

La apagó y la llevó hasta la casa cogiéndola por la antena como hubiera podido llevar una rata sujeta por la cola.

—Buena calidad —dijo—. Muy moderno. Bastante bien insta­lado, también. Apostaría a que tiene las huellas del señor Krendler. ¿Puede darme una bolsa de plástico?

—¿Podrían localizarla desde un avión?

—Ahora ya está apagada. No podrían rastrearla con un avión a menos que Krendler haya admitido que la ha empleado. Y ya sabe que no lo ha hecho. Pero Mason sí podría hacerlo con su heli­cóptero.

—Mason está muerto.

—Vaya —dijo Starling—. ¿Podría tocar para mí?

CAPÍTULO

93

Paul Krendler osciló entre el fastidio y un pánico en aumen­to durante los días que siguieron a los asesinatos. Se las arregló para obtener informes directos del centro de operaciones local de Maryland.

Se sentía razonablemente a salvo en caso de una auditoría de los libros de Mason, porque el trasvase de dinero a su cuenta nu­merada disponía de una tapadera casi infalible en las Islas Caimán. Pero con Mason muerto, era un hombre con grandes planes y sin mecenas. Margot Verger sabía lo de su dinero, y que había com­prometido la seguridad de los expedientes del FBI sobre Lecter. Cruzaba los dedos para que tuviera la boca cerrada.

El monitor para la baliza del coche no se le iba de la cabeza. Lo había sacado del edificio de Ingeniería Electrónica de Quantico sin firmar la salida, pero su nombre figuraba en el libro de registro de visitas al edificio en esa fecha.

El doctor Doemling y el enorme enfermero, Barney, lo habían visto en Muskrat, pero sólo en un papel legítimo, hablando con Mason Verger sobre la mejor manera de atrapar a Hannibal Lecter.

El alivio general se produjo la cuarta tarde posterior a las muer­tes, cuando Margot Verger hizo escuchar a los investigadores del sheriff un mensaje grabado recientemente en su contestador auto­mático.

En el dormitorio, los policías escucharon en éxtasis la voz del demonio con los ojos sobre el lecho que Margot compartía con Judy. El doctor Lecter se regodeaba contando la agonía de Mason y aseguraba a su hermana que había sido extremadamente dolorosa y prolongada. Ella sollozó tapándose la cara con las manos, mientras Judy la sostenía por los hombros.

—Lo mejor es que no vuelva a oírlo —le aconsejó Franks sacán­dola de la habitación.

Con los buenos oficios de Krendler, el contestador fue traslada­do a Washington y un analizador de voz confirmó que se trataba de Lecter.

Pero el mayor alivio le llegó a Krendler en forma de llamada te­lefónica la noche de aquel cuarto día.

El comunicante no era otro que el congresista por Illinois Parten Vellmore.

Krendler había hablado con el político en contadas ocasiones, pero la voz le era familiar por sus apariciones en televisión. El sim­ple hecho de la llamada ya era tranquilizador; Vellmore estaba en el Subcomité Judicial de la Cámara y olía la mierda a kilómetros; hubiera huido de Krendler como de la peste si el ayudante del ins­pector general estuviera jodido.

—Señor Krendler, tengo entendido que conocía bien a Mason Verger...

—Así es, señor.

—Lo que ha ocurrido es vergonzoso. Ese sádico hijo de puta le había arruinado la vida a Mason, lo había mutilado, y ahora vuelve y lo mata. No sé si tiene conocimiento de ello, pero uno de mis electores murió también en esa tragedia. Johnny Mogli, que sirvió al pueblo de Illinois durante años en las fuerzas de la ley.

—No, señor, no tenía conocimiento de ello. Lo siento.

—La cuestión es, Krendler, que debemos mirar hacia adelante. El legado de filantropía de los Verger y su agudo interés por los asuntos públicos sobrevivirán. Trascienden la muerte de un hombre. He estado hablando con varias personas del distrito veintisiete y con la familia Verger. Margot Verger me ha puesto al corriente de que está usted interesado en el servicio público. Extraordinaria mujer. Tiene un innegable sentido práctico. Nos vamos a entrevistar muy pronto, una reunión informal y tranquila, para hablar de lo que po­demos hacer el próximo noviembre. Queremos que esté presente. ¿Cree que podrá encontrar un hueco en su agenda para asistir?

—Por supuesto, señor congresista. Sin la menor duda.

—Margot lo llamará para darle los detalles, será en los próxi­mos días.

Krendler colgó el auricular con el alivio pintado en el rostro.


El descubrimiento en el granero de la Colt 45 registrada a nom­bre del difunto John Brigham, y propiedad actual de Clarice Starling, como todo el mundo sabía, puso al Bureau en una situación realmente incómoda.

Starling figuraba como desaparecida, pero el caso no se estaba in­vestigando como secuestro, pues no quedaba nadie vivo para confir­mar que la habían raptado contra su voluntad. Ni siquiera se trataba de una agente que se hubiera ausentado del servicio activo. Starling era una agente suspendido cuyo paradero se desconocía. Se hizo circular un boletín con la matrícula y el número de identificación de su vehículo, pero no se hizo especial hincapié en la identidad del propietario.

Un secuestro exige de las fuerzas del orden muchos más esfuerzos que un caso de persona desaparecida. La clasificación puso tan rabio­sa a Mapp que escribió una carta de renuncia al Bureau; después lo pensó mejor y consideró preferible esperar y trabajar desde dentro.

Se dio cuenta de que iba una y otra vez a la parte de Starling en la casa para buscarla.

Mapp examinó el archivo VICAP de Lecter y los expedientes del Centro Nacional de Información sobre el Crimen y los encontró enloquecedoramente insustanciales, con adiciones puramente trivia­les: la policia italiana había conseguido por fin localizar el orde­nador de Lecter; al parecer, los carabinieri habían estado jugando a Super Mario en su sala de descanso. Para cuando los investigadores pulsaron la primera tecla, la máquina se había purgado a sí misma.

Mapp importunaba a cualquiera con influencia en el Bureau que se le pusiera a tiro desde que Starling había desaparecido.

Sus repetidas llamadas a casa de Jack Crawford no habían obteni­do respuesta. Llamó a la Unidad de Ciencias del Comportamiento y le dijeron que Crawford seguía ingresado en el Memorial Jefferson Hospital con fuertes dolores en el pecho. No quiso llamarlo allí. En el Bureau, él era el último ángel de la guarda que le quedaba a Starling.




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