Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


85

Cordell entró en la Guarnicionería con la viveza del verdugo y botellas de suero bajo los brazos, de los que colgaban las vueltas de los goteros.

—¡El doctor Hannibal Lecter! —exclamó—. Deseaba tanto aque­lla máscara suya para nuestro club de Baltimore. Mi chica y yo te­nemos en casa una pequeña mazmorra, llena de argollas y arneses de cuero.

Dejó sus cosas en el soporte del yunque y puso un atizador a ca­lentar en el fuego.

—Buenas noticias y malas noticias —dijo Cordell con su alegre voz de enfermero y su leve acento suizo—. ¿Le ha comunicado Mason el orden del día? El programa es el siguiente: dentro de un ratito bajaré a Mason aquí y los cerdos le comerán los pies. Luego esperará hasta mañana y entonces Carlo y sus hermanos lo meterán de cabeza entre los barrotes, para que los cerdos le puedan comer la cara, igualito que hicieron los perros con Mason. Yo lo mantendré vivo con intravenosas y torniquetes hasta el final. Está realmente jodido, ¿eh? Esas son las malas noticias.

Cordell miró hacia la cámara de televisión para asegurarse de que estaba apagada.

—La buena noticia es que no tiene por qué ser mucho peor que una visita al dentista. Eche un vistazo a esto, doctor —Cordell sostuvo una jeringuilla hipodérmica con una larga aguja ante la cara del doctor Lecter—. Hablemos como profesionales de la sanidad. Podría ponerme detrás de usted e inyectarle una epidural que le im­pediría sentir nada ahí abajo. Podría limitarse a cerrar los ojos y ha­cer oídos sordos. Lo único que sentiría serían sacudidas y tirones. Y una vez que Mason tenga bastante juerguecita por esta noche y se vaya a la casa, yo podría inyectarle algo para que le diera un ata­que al corazón. ¿Quiere que se lo enseñe?

En la palma de Cordell apareció una botellita de Pavulon que sostuvo cerca del ojo sano del doctor Lecter, pero no lo bastante como para que pudiera morderlo.

El resplandor de la fragua jugaba en una de las mejillas de Cor­dell, que tenía una expresión ávida y un brillo de felicidad en los ojos.

—Usted, doctor Lecter, tiene montones de dinero. Todo el mundo lo dice. Yo sé cómo funcionan esas cosas, también yo colo­co dinero aquí y allí. Sáquelo, muévalo, gástelo ahora que tanta falta le hace. Yo puedo mover el mío por teléfono, y apuesto a que usted también.

Cordell se sacó un teléfono celular del bolsillo.

—Llamaremos a su banquero, le dirá un código, él me dará la conformidad y yo lo arreglaré a usted en un periquete —levantó la inyección epidural—. Mire que chorrito. ¿Qué me dice?

El doctor Lecter murmuró algo con la cabeza hundida en el pe­cho. «Cartera» y «consigna» fue todo lo que Cordell pudo oír.

—Vamos, vamos, doctor, y después podrá dormir...

—Billetes de cien sin marcar —dijo el doctor Lecter, y su voz se apagó.

Cordell se inclinó más cerca, y el doctor Lecter estiró el cuello hacia abajo tanto como pudo, atrapó una ceja de Cordell con sus pequeños y afilados dientes y le arrancó una buena porción aprovechando el tirón de Cordell. Luego le escupió la ceja a la cara como si fuera el pellejo de una uva.

Cordell se secó la herida y se puso dos tiras de esparadrapo que dieron a su cara una expresión de sorpresa. Luego guardó la jeringa.

—Todo este alivio, mal empleado —dijo—. Antes de que ama­nezca lo verá de otro modo. Puede imaginarse que tengo estimu­lantes para llevarlo justo por el otro camino. Y no se preocupe, no se me morirá antes de tiempo —aseguró mientras recogía el atizador del fuego—. Voy a engancharlo —terminó Cordell—. Si se resiste, lo quemaré. Mire, así es como se sentirá.

Aplicó el extremo candente del atizador al pecho del doctor Lecter y le tostó la tetilla a través de la camisa. Tuvo que apagar el círcu­lo de fuego que se ensanchaba en la pechera del doctor.

El doctor Lecter no emitió el menor sonido.


Carlo hizo retroceder la carretilla elevadora hasta la guarnicionería. Fiero y él descolgaron al doctor mientras Tommaso le apuntaba con el rifle; lo colocaron sobre la horquilla de carga y sujetaron el ba­lancín a la parte delantera del vehículo. El doctor Lecter quedó sen­tado en el centro de la horquilla elevadora, con los brazos atados al balancín y las piernas extendidas, cada una atada a uno de los dien­tes de la horquilla.

Cordell le insertó un catéter en el dorso de cada mano. Tuvo que subirse a una bala de paja para colgar las bolsas de plasma a ambos lados de la máquina. Luego retrocedió para admirar su obra. Era di­vertido ver al doctor Lecter allí tendido con una intravenosa en cada mano, como la parodia de algo que Cordell no acababa de recordar. Cordell amarró torniquetes con nudos corredizos justo encima de cada una de las rodillas con extremos lo bastante largos como para poder apretar los torniquetes por encima de la valla e impedir que el doctor Lecter muriera desangrado. De momento, los dejó flo­jos. Mason se pondría hecho un basilisco si a Lecter se le dormían los pies.

Había llegado el momento de bajar a Mason y meterlo en la fur­goneta. El vehículo, aparcado tras el granero, estaba frío. Los sardos habían dejado su comida dentro. Cordell juró y arrojó fuera su ne­vera portátil. Tendría que pasar el aspirador al jodido montón de chatarra en la casa. También tendría que ventilarlo. Los putos sardos habían estado fumando allí dentro, y mira que se lo tenía prohibi­do. Habían vuelto a instalar el encendedor en el salpicadero, del que aún colgaba el cable eléctrico del monitor de la baliza.

CAPÍTULO

86

Starling apagó la luz interior del Mustang y apretó el botón que abría el maletero antes de abrir la puerta.

Si el doctor Lecter estaba allí, si conseguía apoderarse de él, tal vez pudiera esposarlo de pies y manos y llevarlo metido en el male­tero por lo menos hasta la cárcel del condado. Tenía cuatro juegos de esposas y bastante cuerda como para amarrarle los pies a las manos e impedir que pataleara. Más valía no pensar en lo fuerte que era.

Cuando puso los pies sobre la grava, se dio cuenta de que estaba cubierta por una fina escarcha. El viejo coche había crujido cuando Starling se apeó.

—Tenías que quejarte, ¿no, chatarra hija de puta? —susurró por debajo de su respiración.

De pronto se acordó de cuando le hablaba a Hannah, la yegua que montó la noche de su huida, cuando quiso alejarse de la ma­tanza de los corderos. Se limitó a entornar la puerta del coche. Se guardó las llaves en un apretado bolsillo del pantalón para que no sonaran.

La noche era clara y la luna en cuarto creciente le permitía ca­minar sin encender la linterna cuando los árboles no ocultaban el cielo. Comprobó el borde de la grava y vio que estaba suelta y de­sigual. Lo más silencioso sería caminar sobre la huella de una rueda, donde la grava estuviera apisonada, con la cabeza ligeramente ladeada hacia la cuneta y manteniendo la carretera en la periferia del ángulo de visión para observar su trazado. Era como atravesar la blanda negrura; oía cómo sus pies hacían crujir la grava pero no po­día verlos.

El momento más duro se produjo cuando estuvo lejos del Mus­tang pero podía seguir sintiendo su presencia tras ella. No quería de­jarlo allí.

De pronto era una mujer de treinta y tres años, sola, con una ca­rrera arruinada, sin rifle, caminando en medio de un bosque por la noche. Se vio con claridad meridiana, vio las patas de gallo que em­pezaban a formarse en las comisuras de sus ojos. Deseó desesperada­mente volver a su coche. El siguiente paso fue más lento; luego se quedó inmóvil y pudo oír su respiración.

El cuervo volvió a graznar, la brisa agitó las ramas desnudas sobre su cabeza y en ese momento el grito desgarró el aire de la noche. Un alarido horrible y desesperado, que creció, decayó y murió con­vertido en una súplica pidiendo la muerte, prorrumpido por una voz tan torturada que podía ser la de cualquiera.

Uccidimi! —y un nuevo grito.

El primero le heló la sangre, el segundo la lanzó al galope con la 45 aún enfundada, una mano sosteniendo la linterna y la otra ex­tendida por delante hacia la negrura. «No, Mason, no lo hagas. No lo conseguirás. Rápido. Rápido.» Se dio cuenta de que podía seguir el surco de grava apisonada si se guiaba por el sonido de sus pisadas y por las piedras sueltas de los bordes. El camino giraba y seguía a lo largo de una valla. Una buena valla, de tubos, de tres metros de altura.

Le llegaban sollozos aterrados y ruegos, el grito que crecía, y más adelante, al otro lado de la valla, percibió movimientos entre los matorrales, que se convirtieron en un trote, más ligero que el de un caballo y de ritmo más vivo. Oyó gruñidos que no tardó en reconocer.

Los gritos de agonía llegaban ahora de más cerca, claramente hu­manos aunque distorsionados, dominados por un solo alarido du­rante un segundo, y Starling supo que estaba oyendo una grabación o bien una voz amplificada con retroalimentación por un micrófo­no. Luz entre los árboles y la silueta del granero. Starling apretó la cabeza contra el frío hierro para mirar a través de la valla. Formas oscuras que corrían, largas, altas hasta la cintura de un hombre. A cuarenta metros de terreno despejado, el extremo de un granero, con las enormes puertas abiertas de par en par y una barrera con una puerta holandesa sobre la que pendía un espejo de marco recargado, que reflejaba la luz del granero proyectando un charco de claridad en el suelo. De pie en el césped sin árboles cercano al granero, un hombre corpulento con sombrero y un descomunal radiocasete. Se tapaba un oído con la mano mientras una retahila de aullidos y so­llozos salía por los altavoces.

De pronto, salieron de entre los arbustos. Cerdos salvajes con pa­vorosas jetas, rápidos como lobos, con largas patas y anchos pechos, peludos, cubiertos de grises cerdas puntiagudas.

Carlo volvió atrás a toda prisa y cerró la puerta holandesa tras sí cuando las bestias estaban todavía a unos treinta metros. Se pararon en un semicírculo y quedaron expectantes, con los grandes colmillos curvos arremangando los morros en un refunfuño permanente. Como delanteros esperando el lanzamiento del balón, echaban a correr, se paraban, entrechocaban, gruñendo y haciendo rechinar los dientes.

Starling había visto toda clase de ganado, pero nada parecido a aquellos cerdos. Una belleza terrible emanaba de ellos, todo gracia y velocidad. Vigilaban la portezuela, chocaban entre sí y echaban a correr, y después retrocedían, sin dejar de escudriñar la barrera que cerraba el extremo del granero.

Carlo dijo algo por encima del hombro y desapareció en el in­terior del granero.

La furgoneta retrocedió por el interior del granero hasta quedar a la vista. Starling reconoció el vehículo gris al instante. Se detuvo en ángulo junto a la barrera. Cordell salió de ella y abrió la puerta corrediza del costado. Antes de que apagara la luz superior, Starling pudo ver a Mason bajo el duro caparazón de su respirador, medio incorporado mediante almohadones y con el pelo enroscado sobre el pecho. Un asiento junto al ring. La luz de los focos se derramó sobre la portezuela.

Carlo cogió del suelo un objeto que Starling no consiguió reco­nocer al principio. Parecían unas piernas humanas, o toda la mitad inferior del cuerpo de una persona. Si se trataba de eso, Carlo tenía que ser tremendamente fuerte. Por un momento temió que fueran los restos del doctor Lecter, pero las piernas se doblaron de una for­ma que las articulaciones hubieran hecho imposible.

Sólo podían ser las piernas de Lecter si lo hubieran atado a una rueda y descoyuntado, pensó durante un segundo funesto. Carlo gri­tó hacia el interior del granero. Starling oyó un motor poniéndose en marcha.

La carretilla elevadora apareció en el ángulo de visión de Star­ling conducida por Piero, con el doctor Lecter alzado en alto por la horquilla, los brazos extendidos en el balancín y las botellas de plasma balanceándose por encima de sus manos con el movi­miento del vehículo. Levantado para que pudiera ver a los vora­ces cerdos, para que pudiera contemplar lo que estaba a punto de ocurrirle.

La carretilla avanzaba con una espantosa lentitud procesional, mien­tras Carlo caminaba a un lado y Mogli, armado, al otro.

Starling se fijó en la insignia de ayudante de Mogli. Una es­trella, a diferencia de las insignias de aquel condado. Pelo blanco, camisa blanca, como el conductor de la furgoneta de los secues­tradores.

La profunda voz de Mason resonó desde la furgoneta. Tarareó Pompa y circunstancias y se carcajeó.

Los cerdos, avezados a los ruidos, no se asustaron de la máquina, que más bien pareció excitarlos.

La carretilla se detuvo junto a la barrera. Mason dijo algo al doc­tor Lecter que Starling no pudo oír. Lecter no movió la cabeza ni mostró el menor signo de haber oído. Estaba más alto que el mismo Fiero al volante del vehículo. ¿Miraba en dirección a Starling? Ella nunca lo sabría, porque había empezado a avanzar a toda prisa a lo largo de la valla, a lo largo de un lado del granero, hasta encontrar la gran puerta de dos hojas por la que la furgoneta había entrado marcha atrás.

Carlo arrojó los pantalones rellenos por encima de la barrera. Los animales se abalanzaron sobre el incompleto maniquí. Desgarraban, gruñían, tironeaban y rompían, sacaban pollos de los pantalones y hacían ondear las entrañas sacudiendo las cabezas con violencia. Una mélée de lomos erizados.

Carlo les había preparado un aperitivo ligero, sólo tres pollos y un poco de ensalada. En unos instantes habían hecho trizas los pan­talones y con las fauces inundadas de saliva volvieron sus ávidos oji­llos hacia la barrera.

.Fiero hizo descender la horquilla hasta casi el nivel del suelo. La mitad superior de la puerta holandesa mantendría a los cerdos lejos de los puntos vitales del doctor Lecter, por el momento. Carlo le quitó al doctor los zapatos y los calcetines.

—«Este cerdito lo encontróooo, éste encendió el fueeeego, éste lo vigilóooo —entonó Mason desde la furgoneta—, éste echó la saaaal y éste tan gordito... ¡se lo comióoooo!».

Starling se estaba acercando a ellos por detrás. Todos miraban ha­cia el otro lado, hacia los cerdos. Pasó la puerta de la guarnicione­ría y avanzó hacia el centro del granero.

—No vayáis a dejar que se desangre —dijo Cordell, que estaba limpiando la lente de Mason con un paño, desde la furgoneta—. Es­tad atentos para apretar los torniquetes cuando yo os diga.

—¿Unas palabras antes del espectáculo, doctor Lecter? —dijo la profunda voz de Mason.

La cuarenta y cinco retumbó dentro del granero y de inmediato se oyó la voz de Starling:

—¡Las manos arriba y quietas! Apaga el motor.

Fiero parecía no entender.

Fermate il motore —dijo el doctor Lecter, siempre dispuesto a ayudar.

Ya sólo se oían los apremiantes chillidos de la piara.

Starling no veía más que un arma, en la cadera del hombre ca­noso de la estrella, inmovilizada en la pistolera por una correa de cuero de las que se desabrochan con el pulgar. «Lo primero de todo es hacer que se tumben», dijo la voz del instructor de la Academia en la mente de Starling.

Cordell se deslizó detrás del volante con rapidez y la furgoneta se puso en marcha, con Mason gritando dentro. Starling empezó a gi­rar, pero captó el movimiento del sujeto canoso con el rabillo del ojo, se volvió hacia él, que gritó «¡Policía!» y desenfundó, y le alcanzó dos veces en el pecho, que al instante vertió copiosos chorros de sangre.

La 357 de Mogli disparó dos veces contra el suelo, y él dio me­dio paso atrás mirándose el pecho, con la insignia agujereada por el grueso proyectil del 45 que, desviado por ella, había horadado el corazón al bies.

Luego se desplomó hacia atrás y quedó inmóvil en el suelo.

En la guarnicionería, Tommaso había oído los disparos. Empu­ñó el rifle de aire comprimido y subió al pajar, se dejó caer sobre las rodillas en la paja suelta y gateó hacia el costado que dominaba el interior del granero.

—¡El siguiente! —amenazó Starling con un tono que no se co­nocía. Tenía que actuar deprisa para aprovechar el efecto de la muer­te de Mogli—. Al suelo, con la cabeza hacia la pared. Tú, al suelo, con la cabeza hacia aquí. Hacia aquí.

Girati dall'altra parte —explicó el doctor Lecter desde la carre­tilla elevadora.

Carlo alzó la vista hacia Starling, comprendió que lo mataría y se quedó quieto en el suelo. Ella los esposó deprisa con una mano, con las cabezas apuntando en direcciones opuestas, la muñeca de Carlo con el tobillo de Fiero y el otro tobillo de Fiero con la otra muñeca de Carlo, sin dejar de apoyar el cañón de la 45 en la oreja de éste.

Se sacó el puñal de la bota y dio la vuelta a la carretilla elevado­ra para ponerse detrás del doctor Lecter.

—Buenas noches, Clarice —dijo cuando pudo verla.

—¿Puede andar? ¿Lo sostienen las piernas?

—Sí.

—¿Puede ver?



—Sí.

—Voy a cortar las cuerdas. Con el debido respeto, doctor, si in­tenta joderme le volaré la tapa de los sesos aquí mismo. ¿Lo ha en­tendido?

—Perfectamente.

—Sea bueno y no le pasará nada.

—Sigues hablando como una luterana.

Starling no había dejado de ocuparse de las ligaduras. El puñal estaba bien afilado. Se dio cuenta de que el filo dentado cortaba de­prisa la resbaladiza cuerda nueva.

Lecter tenía el brazo derecho libre.

—Puedo hacer el resto si me das el puñal.

Starling dudó. Retrocedió fuera del alcance de su brazo y se lo dio. Ahora tenia que vigilarlo a él y a los dos hombres tumbados en el suelo.

—Mi coche está a unos doscientos metros en el camino forestal.

El doctor se había soltado una pierna. A continuación se puso a cortar la cuerda que retenía la otra, nudo a nudo.

—Cuando acabe de soltarse, no intente correr. No llegaría a la puerta —le dijo Starling—. Hay dos hombres esposados en el suelo detrás de usted. Hágalos arrastrarse hasta la carretilla y espóselos a ella para que no puedan llegar a un teléfono. Luego espósese usted con éstas.

—¿Dos? —preguntó él—. Cuidado, tendría que haber tres.

Al tiempo que decía aquello el dardo disparado por el rifle de Tommaso trazó una línea plateada bajo los focos y se quedó vi­brando en mitad de la espalda de Starling. Ella giró, ya un poco ma­reada y con la visión turbia, vislumbró el cañón al borde del pajar y disparó, disparó, disparó... Tommaso rodó hacia el interior con las astillas clavándosele en el cuerpo, mientras el humo giraba a la luz de los focos. Starling disparó otra vez con la vista completa­mente oscurecida y se llevó la mano a la cadera intentando coger un cargador, aunque las piernas ya no la sostenían.

El alboroto parecía haber excitado aún más a los cerdos, que viendo a los hombres en tan atractiva posición chillaban y gruñían empujando la barrera.

Starling se derrumbó de bruces y el cargador suelto cayó de la pistola y rebotó contra el suelo. Carlo y Fiero levantaron las cabezas y empezaron a reptar unidos por las esposas, a arrastrarse torpe­mente como un murciélago enorme hacia el cadáver de Mogli, la pistola y las llaves de las esposas. Se oyó a Tommaso montar el rifle en el pajar. Le quedaba un dardo. Se levantó y se acercó al borde mirando por encima del cañón, buscando al doctor Lecter al otro lado del carro elevador.

Tommaso avanzó a lo largo del borde del sobrado; en cuestión de segundos no quedaría ningún lugar donde esconderse.

El doctor Lecter cogió en brazos a Starling y retrocedió rápida­mente hasta la portezuela holandesa procurando mantener el eleva­dor entre ellos y Tommaso, que avanzaba con precaución, vigilando sus pisadas por el borde del pajar. El sardo disparó el dardo, que, di­rigido al pecho de Lecter, golpeó el hueso de la espinilla de Starling. El doctor Lecter tiró de los cerrojos de la puerta holandesa.

Fiero, frenético, agarró la cadena con las llaves de Mogli, mien­tras Carlo reptaba hasta la pistola y los cerdos trotaban en desbanda­da hacia la pitanza que intentaba erguirse. Carlo consiguió disparar la 357 una vez y uno de los animales rodó por el suelo, pero los otros saltaron por encima de su compañero sobre Carlo y Fiero, y sobre el cadáver de Mogli. Otros atravesaron el granero y se perdieron en la noche.

El doctor Lecter, llevando a Starling, estaba detrás de la puerta holandesa cuando los cerdos pasaron como una exhalación.

Resde el pajar, Tommaso podía ver el rostro de su hermano en medio de la piara; al cabo de unos segundos, sólo fue una masa san­guinolenta. Dejó caer el rifle sobre el heno. El doctor Lecter, tie­so como un bailarín y sosteniendo en sus brazos a Starling, salió de detrás de la puerta y atravesó descalzo el granero, bordeando el mar de agitados lomos y chorros de sangre. Una pareja de grandes cochi­nos, uno de ellos la cerda preñada, cuadraron las patas y bajaron las testuces para embestirlo.

Cuando el hombre los miró y no pudieron husmear el miedo, vol­vieron grupas y regresaron trotando a los sencillos manjares del suelo.

El doctor Lecter no vio refuerzos procedentes de la casa. Una vez bajo los árboles del camino forestal, se paró para arrancarle los dar­dos a Starling y succionó las dos heridas. La punta clavada en la es­pinilla se había doblado contra el hueso.

Los cerdos agitaron los matorrales a poca distancia.

Le quitó las botas a Starling y se las puso él. Le apretaban un poco. Dejó la 45 en el tobillo de la mujer para poder alcanzarla sin tener que soltarla.

Diez minutos más tarde, el guarda de la entrada principal levantó la vista del periódico y la dirigió hacia un sonido distante, un ruido de desgarro, como el de un caza con motor de explosión en vuelo rasante. Era un Mustang de cinco litros que atravesaba el paso superior de la interestatal a cinco mil ochocientas revoluciones por minuto.



CAPÍTULO__87'>CAPÍTULO

87

Mason gimoteaba y berreaba para que lo llevaran a su habita­ción, igual que en el campamento cuando alguno de los chicos o chicas más pequeños se le resistían y conseguían escapar unos cuan­tos lametones antes de que pudiera aplastarlos bajo su peso.

Margot y Cordell lo subieron a su ala en el ascensor y lo deja­ron a buen recaudo en su cama, conectado a las fuentes de alimen­tación fijas.

Mason estaba tan encolerizado como Margot no recordaba ha­berlo visto, y las venas hinchadas le latían con fuerza sobre los huesos desnudos de la cara.

—Más vale que le dé algo —dijo Cordell cuando estuvieron en la sala de juegos.

—Aún no. Déjalo que piense un rato. Dame las llaves de tu Honda.

—¿Por qué?

—Alguien tiene que bajar y ver si hay alguien vivo. ¿Quieres ir tú?

—No, pero...

—Puedo llegar con tu coche hasta la guarnicionería, la furgone­ta no cabe por la puerta. Ahora, dame las jodidas llaves.

Margot estaba delante del garaje cuando Tommaso salió corrien­do del bosque y atravesó el prado, volviendo la cabeza de vez en cuando. «Piensa, Margot.» Miró su reloj. Las ocho y veinte. «A me­dianoche llegará el relevo de Cordell. Hay tiempo para hacer venir hombres desde Washington y que lo limpien todo.» Fue al encuen­tro de Tommaso conduciendo sobre el césped.

—He intentado alcanzar a ellos, un cerdo me golpea. Él... —Tom­maso hizo la pantomima de Lecter cargando con Starling— la mu­jer. Van en el gran coche. Ella tiene due —le enseñó dos dedos— freccette —se señaló la espalda y la pierna—. Freccette. Dardi. Clavadas. Bam —hizo el gesto de disparar.

—Dardos —dijo Margot.

—Dardos, puede que demasiado narcótico. Puede que sea muerta.

—Entra —dijo Margot—. Tenemos que ir a comprobarlo.
Margot, acompañada por el sardo, condujo hasta la puerta de doble hoja por donde Starling había entrado en el granero. Chi­llidos, gruñidos y agitación de lomos erizados. Margot avanzó tocando el claxon e hizo recular lo suficiente a los cerdos como para comprobar que había tres despojos humanos, ninguno reco­nocible.

Entraron con el coche en la guarnicionería y cerraron las puertas.

Margot se dijo que Tommaso era la única persona viva que la había visto en el granero, aparte de Cordell.

Puede que aquella idea también se le pasara por la cabeza a Tom­maso. Se mantuvo a prudente distancia sin apartar de ella sus inte­ligentes ojos oscuros. En sus mejillas había rastro de lágrimas.

«Piensa, Margot. No quieres ninguna mierda con los sardos. En el fondo saben que tú eres quien manejas el dinero. Te dejarán sin blanca en un segundo.»

Los ojos de Tommaso siguieron los movimientos de su mano mientras la metía en el bolsillo.

El teléfono celular. Marcó Cerdeña, donde eran las dos y media de la madrugada, y luego el número del domicilio particular del banquero Steuben. Le habló brevemente y pasó el teléfono a Tommaso. Éste asintió, dijo algo, volvió a asentir y le devolvió el telé­fono. El dinero era suyo. Trepó al pajar y recogió su mochila, junto con el abrigo y el sombrero del doctor Lecter. Mientras recogía sus cosas, Margot cogió la aguijada eléctrica, comprobó la corriente y se la guardó en la manga. También cogió el martillo de herrero.

CAPÍTULO

88

Tommaso, al volante del coche de Cordell, se despidió de Margot delante de la casa. Dejaría el Honda en la zona de aparcamien­to prolongado en el Aeropuerto Internacional Dulles. Margot le prometió que enterraría lo que quedaba de Fiero y Carlo tan bien como fuera posible.

Había algo que él creía su deber decirle; se mentalizó y echó mano de su mejor inglés:

Signorina, los cerdos, tiene que saberlo, los cerdos ayudan al doc­tor Lecter. Se apartan de él, dan un rodeo. Matan a mi hermano, matan a Carlo, pero no tocan el doctor Lecter. Yo creo lo respetan —Tommaso se santiguó—. No debería usted volver perseguirlo.

Y a lo largo de toda su larga vida en Cerdeña, Tommaso lo con­taría de esa forma. Cuando tenía sesenta años, decía que el doctor Lecter, llevando en brazos a la mujer, dejó el granero llevado por una piara de cerdos.

Cuando el coche desapareció en el camino forestal, Margot se quedó mirando las ventanas iluminadas de la habitación de Mason varios minutos. Veía la sombra de Cordell moverse por las paredes mientras se atareaba alrededor de la cama, instalando de nuevo los monitores que mostraban el pulso y la respiración de su hermano.

Deslizó el mango del martillo de herrero en la parte posterior del pantalón y pasó la falda de la chaqueta por encima de él.

Cordell dejaba la habitación con una brazada de almohadones cuando Margot salió del ascensor.

—Cordell, prepárale un martini.

—No sé si...

—Yo sí lo sé. Prepáraselo.

Cordell dejó los almohadones en el confidente y se arrodilló ante el frigorífico del bar.

—¿Queda zumo? —le preguntó Margot, acercándosele por la espalda.

Blandió el martillo y golpeó con fuerza la base del cráneo, que produjo un chasquido seco. La cabeza chocó contra el frigorífico, rebotó y el hombre cayó hacia atrás sobre los glúteos y se quedó mi­rando al techo con los ojos abiertos, una pupila dilatada, la otra no. Le ladeó la cabeza contra el suelo y con otro martillazo le hundió la sien mientras una sangre espesa le brotaba de las orejas.

Margot no sintió nada.

Mason oyó abrirse la puerta de su habitación e hizo girar el ojo bajo el protector. Había dormitado unos minutos con la luz al mí­nimo. También la anguila dormía bajo su roca.

Los macizos hombros de Margot llenaban el umbral. Cerró la puerta.

—Hola, Mason.

—¿Qué ha pasado allá abajo? ¿Por qué coño has tardado tanto?

—Abajo están todos muertos, Mason.

Margot se acercó hasta la cama, desconectó el cable del teléfono de Mason y lo dejó caer al suelo.

—Piero, Carlo y Johnny Mogli, todos están muertos. El doctor Lecter se ha ido llevándose a esa Starling con él.

Entre los dientes de Mason apareció un espumarajo mientras mal­decía.

—He mandado a Tommaso a su casa con su dinero.

—¿Que has, quéeee? ¡Jodida puta estúpida! Ahora, escucha lo que voy a decirte, vamos a limpiarlo todo y a empezar de nuevo. Tenemos todo el fin de semana. No tenemos por qué preocuparnos de lo que ha visto Starling. Si la tiene Lecter, es como si ya estuviera muerta.

—A mí no me ha visto —replicó Margot encogiéndose de hombros.

—Llama a Washington y haz venir a cuatro de esos bastardos. Mándales el helicóptero. Enséñales la excavadora, enséñales... ¡Cordell! Ven aquí...

Mason soplaba en su zampona. Margot apartó los tubos y se in­clinó sobre su hermano, de forma que pudiera verle la cara.

—Cordell no va a venir, Mason. Cordell está muerto.

—¿Cómo?


—Acabo de matarlo en la sala de juegos. Ahora, Mason, vas a darme lo que me debes.

Quitó las barandillas de la cama y, levantando la gran rosca de pelo trenzado, dio un tirón a la ropa. Sus piernecillas no eran más gruesas que rollos de pasta para hacer bizcochos. La mano, única extremidad que podía mover, aleteó hacia el teléfono. El caparazón del respirador soplaba arriba y abajo a su ritmo regular.

Margot se sacó del bolsillo un condón sin espermicida y lo sos­tuvo ante las narices de su hermano. Se extrajo de la manga la agui­jada eléctrica.

—¿Te acuerdas, Mason, de que solías escupirte en la polla para lubricarla? ¿Crees que podrías salivar un poco? ¿No? A lo mejor yo puedo.

Mason bramaba cuando la respiración se lo permitía emitiendo toda una gama de escalofriantes rebuznos, pero todo había acabado en medio minuto, y con completo éxito.

—Date por muerta, Margot —el nombre sonó más bien como «Nargot».

—Oh, Mason, todos lo estamos. ¿No lo sabías? Pero éstos, no —dijo remetiéndose la blusa sobre la bolsita caliente—. Están vivitos y coleando. Te lo enseñaré. Te enseñaré cómo colean... Vamos a jugar a imitar animales.

Margot cogió los espinosos guantes para coger pescado que ha­bía junto al acuario.

—Puedo adoptar a Judy —dijo Mason—. Podría ser mi herede­ra, y podríamos crear un fideicomiso.

—Claro que podríamos —dijo Margot sacando una carpa del vivero. Trajo una silla de la zona de visitas, se subió a ella y quitó la tapa del acuario—. Pero no lo haremos.

Se inclinó sobre el acuario con sus gruesos brazos dentro del agua. Sujetaba la cola de la carpa cerca de la gruta, y cuando la an­guila asomó la aferró por debajo de la cabeza con su mano libre y la sacó limpiamente del agua. La robusta anguila se sacudía, gruesa y tan alta como Margot, haciendo relucir su hermosa piel. La agarró también con la otra mano y, cuando el animal empezó a dar sacu­didas, Margot tuvo que emplear todas sus fuerzas para sujetarla con los guantes espinosos clavados en el cuello.

Bajó con cuidado de la silla y se acercó a Mason. La anguila, que no dejaba de contorsionarse, tenía la boca parecida a una cizalla en cuyo interior rechinaban aquellos dientes curvados hacia dentro de los que ningún pez escapaba nunca. Margot la dejó caer sobre el pecho de su hermano, encima del respirador, y sujetándola con una mano le enrolló con la otra la larga trenza.

—Colea, Mason, colea —dijo Margot.

Mientras sostenía a la anguila por detrás de la cabeza, tiró de la mandíbula de Mason con la otra mano y lo forzó a abrirla echan­do todo su peso sobre la barbilla del hombre, que se resistía con las fuerzas que le quedaban, hasta que la boca se le desencajó con un crujido.

—Debiste haber aceptado el chocolate —dijo Margot, y le me­tió en la boca las fauces de la anguila, que atrapó la lengua con sus dientes afilados como navajas como si fuera un pez y no la soltó, mientras el cuerpo se agitaba enredado en la coleta de Mason. La sangre brotó por sus fosas nasales y empezó a ahogarlo.

Margot los dejó así, a Mason con la anguila, y a la carpa nadando a sus anchas en el enorme acuario. Se adecentó en el despacho de Cordell y observó los monitores hasta que las constantes vitales se convirtieron en lineas continuas.

La anguila seguía agitándose cuando Margot volvió a la habita­ción. El respirador subía y bajaba inflando su vejiga natatoria y bom­beando espuma sanguinolenta de los pulmones de Mason. Margot lavó la aguijada en el acuario y la guardó en su bolso.

Se sacó de un bolsillo la bolsita que contenía el mechón y el frag­mento de cuero cabelludo del doctor Lecter. Cogió los dedos de Mason y pasó las uñas por la sangre del cuero cabelludo, un traba­jo difícil con la anguila aún agitándose, y le cerró los dedos sobre el pelo. Por fin, metió un pelo suelto en uno de los guantes para el pescado.

Margot salió de allí sin mirar siquiera el cadáver de Cordell y vol­vió a casa, donde la esperaba Judy, con su trofeo, guardado en un sitio que lo había mantenido caliente.

VI





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