Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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V

UNA LIBRA DE CARNE

CAPÍTULO

77

Lo bonito de la escopeta de aire comprimido consistía en que podía dispararse con el cañón dentro de la furgoneta sin dejar sor­do a nadie; no había necesidad de sacarlo por la ventanilla y arries­garse a que cundiera el pánico.

La ventanilla de espejo bajaría los centímetros imprescindibles y el pequeño proyectil hipodérmico volaría cargado con una dosis considerable de acepromacine hacia la masa muscular de la espalda o el trasero del doctor Lecter.

No se oiría otro ruido que el semejante al chasquido de una rama seca al partirse, ninguna detonación ni estallido del proyectil subsó­nico que pudieran atraer la atención.

Tal como lo habían ensayado, cuando el doctor Lecter empeza­ra a desplomarse Fiero y Tommaso, vestidos de blanco, lo «atende­rían» y lo trasladarían a la furgoneta, mientras aseguraban llevarlo al hospital a los posibles mirones. Tommaso era el que mejor inglés hablaba, pues lo había estudiado en el seminario, aunque la hache de «hospital» se le hacía un poco cuesta arriba.

Mason no se equivocaba asignando a los italianos las fechas clave para capturar al doctor Lecter. A pesar del fiasco de Florencia, eran con mucha diferencia los más dotados para la caza del hombre y los que más garantías ofrecían de atrapar vivo al doctor.

Para realizar su misión, Mason no les permitía llevar más arma, aparte del rifle de aire comprimido, que la del coriductor, Johnny Mogli, ayudante del sheriff en Illinois de permiso y miembro de la cuadra Verger desde siempre. Mogli se habia criado hablando ita­liano en casa. Era un individuo que solía estar de acuerdo con todo lo que decían sus víctimas hasta un segundo antes de matarlas.

Carlo y los hermanos Fiero y Tommaso disponían de una red, la pistola de aire comprimido, espray irritante y un buen surtido de ligaduras. Era más que suficiente.

Al amanecer estaban en su puesto, a cinco manzanas de la casa de Starling en Arlington, aparcados en una plaza para minusválidos de una calle comercial.

Ese día la furgoneta llevaba rótulos adhesivos en los que podía leerse: «TRANSPORTE MÉDICO PARA LA TERCERA EDAD». Una tarje­ta colgada del retrovisor y la matrícula falsa colocada en el paracho­ques la identificaban como vehículo para el transporte de minusvá­lidos. En la guantera guardaban el recibo de un taller de carrocería por el cambio reciente del parachoques, de forma que podían ale­gar una confusión del empleado del aparcamiento para salir del paso si alguien cuestionaba el número de la tarjeta. Los números de iden­tificación del vehículo y la documentación eran auténticos. Como lo eran los billetes de cien dólares doblados en su interior como so­borno.

El monitor, sujeto con velero al salpicadero y alimentado a tra­vés del hueco del encendedor, brillaba mostrando un plano del ba­rrio de Starling. El mismo satélite de posición global que ahora in­dicaba la situación de la furgoneta también señalaba el coche de Starling, un punto brillante frente a la casa.

A las nueve en punto de la mañana Carlo dio permiso a Fiero para comer algo. Tommaso podría hacerlo a las diez y media. No quería que los dos tuvieran el estómago lleno al mismo tiempo, por si era necesaria una larga persecución a pie. También a mediodía se hicieron turnos para comer. A media tarde, mientras Tommaso revolvía en la nevera portátil buscando un sandwich, sonó el pitido. La maloliente cabeza de Carlo se volvió con viveza hacia el mo­nitor.

—Se está moviendo —dijo Mogli, e hizo girar la llave del con­tacto.

Tommaso volvió a tapar la nevera.

—Vamos allá, vamos allá... Va por Tindal hacia la carretera prin­cipal —dijo Mogli sumándose al tráfico.

Podía permitirse el lujo de seguir a Starling a tres manzanas de distancia, con lo que no había forma de que la mujer los descu­briera. Eso impidió que Mogli viera la vieja camioneta gris que avanzaba una manzana detrás de Starling, con un árbol de Navidad sobresaliendo por la parte de atrás.


Conducir el Mustang era uno de los pocos placeres que nunca la decepcionaban. El potente vehículo, sin ABS ni dirección asistida, era impredecible en las calles resbaladizas la mayor parte del invier­no. Pero cuando las carreteras estaban secas era un placer bombear combustible a los ocho cilindros en uve sin pasar de segunda y oír el rugido del motor.

Mapp, imbatible coleccionista de cupones, le había dado un fajo de vales junto con la lista de la compra. Querían preparar jamón, ternera estofada y dos asados con verduras. Los invitados traerían el pavo.

Celebrar su cumpleaños con un banquete era lo último que le apetecía. Pero no le quedaba más remedio, porque Mapp y un sor­prendente número de agentes femeninas, a muchas de las cuales sólo conocía de vista o no apreciaba especialmente, se habían empeña­do en mostrarle su apoyo en aquellos momentos de infortunio.

Jack Crawford no se le iba de la cabeza. No podía visitarlo en cuidados intensivos ni tampoco llamarlo por teléfono. Le había ido dejando notas en el mostrador de la enfermera, simpáticas postales de perros con los mensajes más ligeros que se le habían ocurrido es­critos al dorso.

Starling procuró olvidarse de su situación jugando con el Mus­tang, reduciendo dos marchas con un solo toque del embrague, em­pleando la compresión del motor para aminorar antes de girar hacia el aparcamiento del supermercado Safeway y pisando el freno tan sólo para que los coches que la seguían vieran sus luces.

Tuvo que dar cuatro vueltas al aparcamiento para encontrar una plaza libre, aunque bloqueada por un carrito del supermercado. Se bajó a apartarlo. Cuando acabó de aparcar, otro comprador se había llevado el carrito.

Starling cogió uno junto a la puerta y lo empujó hacia la sec­ción de alimentación.

Mogli había visto que giraba y se detenía en la pantalla del mo­nitor, y a cierta distancia, a la derecha, distinguió el enorme Sa­feway.

—Está en el supermercado —dijo a los otros, y torció para en­trar en el aparcamiento.

En unos segundos localizaron el coche. Una mujer joven empu­jaba un carrito hacia la entrada. Carlo la enfocó con los prismáticos.

—Es Starling. Es la mujer de las fotografías —aseguró, y le pasó los prismáticos a Fiero.

—Me gustaría hacerle una foto —dijo éste—. Tengo el zoom aquí.

Había una plaza libre para minusválidos separada del coche de Starling por el espacio para circular. Mogli se metió en ella adelantándose a un gran Lincoln con matrícula de minusválidos. El con­ductor, iracundo, hizo sonar el claxon un buen rato.

Desde la parte trasera de la furgoneta veían la cola del Mustang. Tal vez porque los vehículos norteamericanos le eran más fami­liares, fue Mogli el primero que advirtió la vieja camioneta, esta­cionada en una plaza alejada, cerca del final del aparcamiento. Sólo se veía la parte trasera, de color gris. Enseguida se la señaló a Carlo.

—¿Lleva un torno en la parte de atrás? ¿Recuerdas lo que dijo el tío de la licorería? Enfócalo con los prismáticos, el puto árbol no me deja verlo. Carlo, c'é una morsa sul camione?

Certo. Sí, sí que lleva un torno. Está vacía.

—¿Entramos en el supermercado para vigilar a la mujer? —dijo Tommaso, que no solía hacer preguntas a Carlo.

—No, si lo hace será aquí fuera —respondió Carlo.


La lista empezaba por los productos lácteos. Starling, procuran­do aprovechar los cupones, eligió el queso y algunos panecillos pre­parados para calentar y servir. «Lo tienen claro si piensan que voy a hacer panecillos para una multitud», pensó. Al llegar al mostrador de la carnicería, se dio cuenta de que se había olvidado de la mante­quilla. Dejó el carrito y dio media vuelta.

Cuando volvió a la sección de carnes, el carrito había desapare­cido. Alguien había sacado los productos y los había dejado en un estante. Pero se había quedado con los cupones y con la lista.

—La madre que lo parió —dijo Starling, lo bastante fuerte para que lo oyeran los presentes.

Se puso a mirar a su alrededor, pero no vio a nadie con un fajo de cupones. Respiró hondo un par de veces. Podía quedarse junto a las cajas registradoras y tratar de reconocer su lista, si es que no la habían separado de los cupones. Bah, total por un par de dólares.

No iba a dejar que le estropearan el cumpleaños por tan poca cosa. No quedaban carritos libres dentro del supermercado. Salió a bus­car uno por el aparcamiento.
Ecco!

Carlo lo vio saliendo de entre los vehículos con el paso vivo y seguro que le recordaba. Vestía abrigo de pelo de camello y som­brero de fieltro de ala ancha y llevaba un regalo con caprichosa re­solución.

Madonna! Va hacia el coche de la chica.

El cazador que llevaba dentro se hizo cargo de la situación y Carlo empezó a controlar la respiración preparándose para el disparo. El diente de venado que mascaba apareció un instante entre sus labios.

Las ventanillas traseras eran fijas.

——Metti in moto! Retrocede y ponte de lado —ordenó Carlo.

El doctor Lecter sé detuvo junto a la ventanilla del acompañan­te del Mustang, luego cambió de idea y fue a la del conductor, pue­de que con la intención de olfatear el volante.

Echó un vistazo a su alrededor y se sacó la varilla de la manga.

Ahora la furgoneta estaba de costado y Carlo, dispuesto para dis­parar el rifle. Pulsó el botón para bajar la ventanilla. No pasó nada.

Mogli, il finestrino! —se oyó decir a Carlo con voz sobrecogedoramente tranquila ahora que estaba en plena acción.

Tenía que ser el seguro para los niños, y Mogli lo buscó a tientas.

El doctor metió la varilla por el espacio entre la puerta y la venta­nilla e hizo saltar la cerradura. Abrió la puerta y se agachó para entrar.

Soltando un juramento, Carlo descorrió lo justo la puerta lateral y levantó el rifle. Fiero hizo mecerse la furgoneta al apartarse unas décimas de segundo antes de que sonara el chasquido del rifle.

El dardo cortó el aire y con un crujido casi imperceptible atraveso la camisa almidonada del doctor Lecter y se le clavó en el cuello. La droga, una dosis abundante en un punto crítico, hizo su trabajo en cuestión de segundos. El hombre intentó erguirse pero las pier­nas no le respondieron. El envoltorio se le cayó de las manos y rodó bajo el coche. Aún pudo sacar la navaja del bolsillo y abrirla mien­tras se derrumbaba entre la puerta y el asiento con las piernas con­vertidas en agua por el tranquilizante.

—Mischa —murmuró mientras su visión se hacía borrosa.

Fiero y Tommaso se deslizaron hasta él como dos gatos enormes y lo inmovilizaron entre los coches hasta estar seguros de que las fuerzas lo habían abandonado.

Mientras empujaba el segundo carrito del día por el aparcamien­to, Starling oyó el chasquido y, al reconocerlo de inmediato como el ruido de un disparo, se agachó instintivamente mientras a su al­rededor la gente seguía su camino. Era difícil saber de dónde pro­cedía. Miró hacia su coche, vio las piernas de un hombre desapa­reciendo dentro de una furgoneta y pensó que se trataba de un secuestro.

Se golpeó la cadera huérfana de pistola y echó a correr hacia la furgoneta sorteando los coches aparcados.

El anciano del Lincoln había vuelto y estaba tocando el claxon para que la furgoneta se apartara de la plaza de aparcamiento que bloqueaba, ahogando así los gritos de Starling.

—¡Alto! ¡Deténganse! ¡FBI! ¡Alto o disparo! —gritó Starling, es­perando que al menos le diera tiempo a ver la matrícula.

Fiero la vio venir y, moviéndose a toda prisa, cortó la válvula del neumático del lado del conductor con la navaja de Lecter y corrió y se arrojó de cabeza al interior de la furgoneta. El vehículo pegó un bote sobre una mediana del aparcamiento y aceleró hacia la salida. Starling consiguió ver la matrícula. La apuntó con el dedo sobre una carrocería polvorienta.

Con las llaves ya en la mano, Starling oyó el silbido del aire que escapaba de la válvula antes de llegar al coche. Veía el techo de la furgoneta llegando a la salida.

Golpeó la ventanilla del Lincoln, que seguía tocando el claxon, ahora por ella.

—¿Tiene teléfono en el coche? FBI, por favor, ¿lleva teléfono en el coche?

—Arranca, Noel —dijo la mujer golpeando al conductor con la pierna y pellizcándolo—. No queremos problemas, esto es algún truco. Tú no te metas —y el coche salió disparado.

Starling corrió al teléfono público más cercano y marcó el no­vecientos once.

El ayudante del sheriff Mogli corrió al límite de velocidad a lo largo de quince manzanas.

Carlo arrancó el dardo del cuello del doctor Lecter, aliviado al ver que el agujero no sangraba. Bajo la piel se había formado un hematoma del tamaño de una moneda de veinticinco centavos. La inyección debía difundirse a través de una masa muscular grande. Aquel hijo de puta era capaz de morirse antes de que los cerdos pu­dieran acabar con él.

Nadie hablaba en el interior de la furgoneta; sólo se oían las res­piraciones y los graznidos de la radio de la policía bajo el salpica­dero. El doctor Lecter yacía en el suelo envuelto en su distinguido abrigo, con el sombrero atrapado bajo la lustrosa cabeza y una man­cha de sangre en el cuello de la camisa, elegante como un pavo en el escaparate del carnicero.

Mogli se metió en un garaje y subió hasta el tercer nivel, donde se detuvieron el tiempo justo para arrancar las pegatinas de los cos­tados de la furgoneta y cambiar las matrículas.

No valía la pena. Mogli rió para sus adentros cuando la radio de la policía emitió el boletín. La operadora del novecientos once, malinterpretando al parecer la descripción de Starling, que le había hablado de «una furgoneta O minibus gris», emitió una llamada a to­das las unidades para buscar un autobús de línea Greyhound. Se ha­bía de reconocer, no obstante, que había apuntado correctamente todos los números de la matrícula falsa excepto uno.

—Igual que en Illinois —dijo Mogli.

—Lo he visto sacar la navaja y he creído que se iba a matar para librarse de lo que le tenemos preparado —dijo Carlo a Fiero y Tommaso—. Va a lamentar no haberse rebanado el pescuezo.

Mientras comprobaba las otras ruedas, Starling encontró el pa­quete junto al coche.

Una botella de Cháteau d'Yquem de trescientos dólares y la tar­jeta, escrita con aquella letra que le era tan familiar: «Feliz cumplea­ños, Clarice».

En ese momento comprendió lo que había visto.



CAPÍTULO__80'>CAPÍTULO__78'>CAPÍTULO

78

Starling sabía de memoria los números que necesitaba. ¿Con­ducir diez manzanas hasta casa para usar su propio teléfono? No, mejor volver al teléfono público, donde le quitó el pegajoso auricu­lar a una chica que fue a buscar a un guardia de seguridad del supermercado a pesar de que Starling le había pedido disculpas.

Starling llamó a la brigada de intervención rápida de Buzzard's Point, el centro de operaciones de Washington.

En aquella brigada con la que había trabajado tantos años estaban al cabo de la calle sobre la situación de Starling, y la pusieron con el despacho de Clint Pearsall mientras ella se tentaba en busca de más monedas y discutía con el guardia de seguridad, emperrado en que se identificara.

Por fin oyó la voz de Pearsall al otro lado de la línea.

—Señor Pearsall, he visto a tres hombres, tal vez cuatro, secues­trar a Hannibal Lecter en el aparcamiento del Safeway hace cinco minutos. Me han pinchado una rueda y no he podido perseguirlos.

—¿Es lo del autobús, la llamada a todas las unidades de la po­licía?

—No sé nada de ningún autobús. Era una furgoneta gris, con matrícula para discapacitados —explicó, y le dio el número.

—¿Cómo sabe que era Lecter?

—Me... me ha dejado un regalo, estaba debajo del coche.

—Entiendo...

Pearsall se quedó callado y Starling perdió la paciencia.

—Señor Pearsall, usted sabe que es Mason Verger quien está de­trás de esto. No hay otra explicación. Nadie más podría hacerlo. Es un sádico, lo torturará hasta matarlo y querrá verlo. Tenemos que emitir un boletín sobre todos los vehículos de Verger y hacer que el fiscal de Baltimore consiga una orden de registro de su propiedad.

—Starling... Por amor de Dios, Starling. Mire, se lo voy a pre­guntar una sola vez. ¿Está segura de lo que ha visto? Piénselo un segundo. Piense en todo lo bueno que ha hecho usted aquí. Piense en lo que juró. Luego no habrá marcha atrás. ¿Qué ha visto?

«Qué tendría que decirle... ¿Que no soy una histérica? Eso es lo primero que diría una histérica.»

Comprendió en un instante lo bajo que había caído en la con­fianza de Pearsall, y de qué material tan perecedero estaba hecha su confianza.

—He visto a tres individuos, puede que a cuatro, secuestrar a un hombre en el aparcamiento del Safeway. En el lugar de los hechos he encontrado un regalo del doctor Hannibal Lecter, una botella de vino Cháteau d'Yquem, por mi cumpleaños, acompañada de una nota de su puño y letra. He descrito el vehículo. Ahora le estoy informado a usted, Clint Pearsall, director del centro de operaciones Buzzard's Point.

—Lo voy a llevar adelante como secuestro, Starling.

—Voy para allá. Puedo ser nombrada ayudante y acompañar a la brigada de intervención rápida.

—No venga, no la dejarán entrar.

Starling lamentó no haberse alejado de allí antes de la llegada de la policía de Arlington. Les costó quince minutos rectificar el bole­tín para las unidades sobre el vehículo. Una oficial obesa con bastos zapatos de suela gorda le tomó declaración. El cuadernillo de multas, la radio, el espray irritante, la pistola y las esposas sobresalían forman­do ángulos con su enorme trasero, y las costuras de la chaqueta pa­recían a punto de reventar. La oficial no sabía si rellenar la casilla sobre la profesión de Starling con «FBI» o «Ninguna». Cuando Starling consiguió irritarla anticipándose a sus preguntas, aminoró el rit­mo del interrogatorio. Cuando le llamó la atención sobre las huellas de neumáticos para nieve y barro en el lugar donde la furgoneta había saltado sobre la mediana, resultó que nadie tenía una cámara. Prestó la suya a los policías y les enseñó a usarla.

Una y otra vez, mientras respondía a las preguntas, Starling se re­petía mentalmente: «Tenía que haberlos perseguido, tenía que ha­berlos perseguido, tenía que haber echado a patadas a esos dos del Lincoln y haberlos perseguido».



CAPITULO

79

Krendler se enteró de la declaración de secuestro de inme­diato. Llamó a sus fuentes y después se puso en contacto con Mason por un teléfono seguro.

—Starling ha presenciado la captura; no habíamos contado con eso. Está armando jaleo en el centro de operaciones de Washington. Pidiendo una orden para registrar tu casa.

—Krendler... —Mason esperó que la máquina le proporcionara oxígeno, o tal vez estaba exasperado, Krendler no hubiera sabido decirlo—. Ya he puesto denuncias ante las autoridades locales, el sheriff y la oficina del fiscal por el acoso a que me está sometiendo esa Starling, que me llama a las tantas de la noche con amenazas ab­surdas.

—¿Lo ha hecho?

—Por supuesto que no, pero no podrá probarlo y servirá para enturbiar las aguas. Sobre lo otro, puedo invalidar cualquier orden en este condado y en este estado. Pero quiero que llames al fiscal de aquí y le recuerdes que esa puta histérica no me deja en paz. De los otros ya me ocupo yo, no sufras.



CAPÍTULO

80

Cuando consiguió librarse de la policía, Starling cambió la rue­da y volvió a casa, a sus teléfonos y su ordenador. Le hubiera venido de perlas el teléfono celular del FBI, al que aún no había encontrado sustituto.

En el contestador había un mensaje de Mapp: «Starling, sazona el estofado de ternera y ponió a fuego lento. No se te ocurra echar la verdura todavía. Acuérdate de lo que pasó la última vez. Estaré en una vista de exclusión hasta las cinco aproximadamente».

Starling encendió su portátil e intentó acceder al archivo VICAP de Lecter, pero se le denegó la entrada, no ya a ese archivo, sino a toda la red informática del FBI. Tenía menos acceso que el algua­cil del pueblo más perdido.

Sonó el teléfono. Era Clint Pearsall.

—Starling, ¿has estado incordiando a Mason Verger por teléfono?

—Nunca, se lo juro.

—Pues él asegura que lo has hecho. Ha invitado al sheriff a una visita por su propiedad, de hecho le ha pedido que acuda a reco­rrerla, y ahora mismo deben de estar haciéndolo. Así que no hay or­den de registro que valga, ni la habrá en el futuro. Y no hemos conseguido encontrar más testigos del secuestro. Sólo tú.

—Había un Lincoln blanco con una pareja de ancianos. Señor Pearsall, ¿por qué no comprueban las compras con tarjeta de crédito en el Safeway justo antes de los hechos? En los resguardos figu­ra la hora de la venta.

—Ya veremos, pero eso...

—Eso necesitará tiempo —completó Starling.

—¿Starling?

—¿Señor?

—Entre nosotros. La tendré informada de lo importante. Pero manténgase al margen. Mientras dure la suspensión no es una agen­te de la ley, y se supone que no tiene información. Es usted una particular mas.

—Sí, señor, ya lo sé.
¿Qué aspecto tenemos mientras intentamos tomar una decisión? La nuestra no es una cultura reflexiva, elevar la mirada no es nues­tro estilo. La mayoría de las veces decidimos sobre las cosas más graves mirando el linóleo de un pasillo de hospital, o susurrando apresuradamente en una sala de espera con una televisión farfullan­do memeces.

Starling, que buscaba algo, cualquier cosa, atravesó la cocina y se dirigió a la tranquilidad y el orden de las habitaciones de Mapp. Miró la fotografía de la menuda y orgullosa abuela de Ardelia, la especialista en infusiones. Miró la póliza del seguro de la anciana en­marcada en la pared. En cada rincón de la zona de Mapp se respi­raba la personalidad de su moradora.

Starling volvió a su parte de la casa. Tuvo la impresión de que allí no vivía nadie. ¿Qué había enmarcado ella? Su diploma de la Aca­demia del FBI. No le quedaba ninguna fotografía de sus padres. Ha­bía vivido sin ellos demasiado tiempo y sólo los conservaba en su mente. A veces, con los olores del desayuno o cualquier otro aroma, con un retazo de conversación o un coloquialismo apenas oído, Starling sentía las manos de sus padres posadas sobre ella. Se percataba de ello sobre todo con su sentido del bien y el mal.

¿Qué demonios era ella? ¿La había reconocido alguien alguna vez?

«Eres una guerrera, Clarice. Puedes ser tan fuerte como desees.»

Starling podía comprender la obsesión de Mason por matar a Hannibal Lecter. Lo hiciera con sus propias manos o por medio de alguien, ella lo hubiera comprendido. Mason tenía motivos.

Pero no podía soportar la idea de que torturaran al doctor Lec­ter hasta matarlo; la acobardaba como sólo lo había conseguido la matanza de los corderos y de los caballos hacía tantos años.

«Eres una guerrera, Clarice.»

Casi tan horrible como el hecho en sí, era que Mason lo haría con la tácita aprobación de hombres que habían jurado defender la ley. Así era el mundo.

Semejante pensamiento la ayudó a tomar una sencilla decisión:

«El mundo no será así hasta donde alcance mi brazo.»

De pronto se vio ante el armario, subida a un taburete, buscan­do en lo más alto.

Bajó la caja que le había dado el abogado de John Brigham en otoño. Parecía que había ocurrido en un pasado inmemorial.
Hay una larga tradición y una mística profunda asociadas a la en­trega de armas personales a un compañero de filas. Es un acto que tiene que ver con la continuidad de unos valores más allá de la muerte individual.

A los que les ha tocado vivir en unos tiempos en que su seguridad es salvaguardada por otros puede resultarles difícil de comprender.

La caja en la que las armas de John Brigham llegaron a las ma­nos de Starling era un regalo por sí misma. Debía de haberla com­prado en Oriente cuando estaba en la marina. Era un estuche de ébano con incrustaciones de madreperla en la tapa. Las armas eran puro Brigham, bien elegidas, bien conservadas e inmaculadamente limpias. Una pistola Colt 45 M1911A1, una versión Safari Arms del 45 recortada para ocultarla en el tobillo y un puñal de bota con uno de los filos dentados. Starling tenía sus propias fundas. La vie­ja insignia del FBI de John Brigham estaba montada en una placa de ébano. La de la DEA, suelta en la caja.

Starling arrancó la insignia del FBI con una palanca y se la echó al bolsillo. La 45 fue a parar a la pistolera yaqui, detrás de la cadera y cubierta por la chaqueta. Se metió la 45 corta en un tobillo y el puñal en el otro, dentro de las botas. Sacó su diploma del marco y se lo guardó doblado en el bolsillo. En la oscuridad podría pasar por una orden judicial. Mientras plegaba el grueso papel, se dio cuenta de que no era ella misma del todo, y se alegró.

Otros tres minutos ante el portátil. Tras navegar por Internet, im­primió un mapa a gran escala de Muskrat Farm y el parque nacio­nal que la rodeaba. Se quedó mirando el imperio del magnate de la carne unos instantes, recorriendo sus límites con el dedo.

Los gases de los enormes tubos de escape del Mustang aplanaron la hierba mientras salía del camino de acceso de su casa para hacer una visita a Mason Verger.



CAPÍTULO

81

Sobre Muskrat Farm reinaba una quietud que parecía el silen­cio del antiguo Sabbath. Mason estaba entusiasmado, terriblemente orgulloso de poder llevar a cabo aquel sueño. Para sí, comparaba su éxito con el descubrimiento del radio.

El libro de ciencias ilustrado era el que más recordaba de sus años de colegial; era el único lo bastante alto como para permitirle masturbarse en clase. Solía mirar una imagen de Madame Curie mien­tras se manipulaba, y ahora pensaba a menudo en ella y en las to­neladas de pechblenda que había hervido para obtener el radio. Los esfuerzos de aquella mujer habían sido muy semejantes a los suyos, estaba convencido.

Mason se imaginó al doctor Lecter, producto de todas sus inves­tigaciones y dispendios, reluciendo en la oscuridad como la redoma en el laboratorio de la Curie. Imaginó a los cerdos que se lo iban a comer yéndose después a dormir al bosque, con las panzas relucien­do como bombillas.

Era viernes por la tarde, casi de noche. Los obreros de manteni­miento se habían ido. Ninguno de los trabajadores había visto llegar la furgoneta, que no entró por la puerta principal, sino por el ca­mino forestal que atravesaba el parque nacional y hacía las veces de carretera de servicio de Mason. El sheriff y sus ayudantes habían completado su registro rutinario y estuvieron lejos de la propiedad antes de que el vehículo llegara al granero. Ahora la entrada prin­cipal estaba custodiada y sólo un mínimo retén de confianza per­manecía en Muskrat.

Cordell estaba en su puesto en la sala de juegos, donde lo rele­varían a medianoche. Margot y el ayudante Mogli, que se había puesto su placa para despistar al sheriff y no se la había quitado, es­taban con Mason. Y la banda de secuestradores profesionales se afa­naba en el granero.

Antes de la noche del domingo todo habría acabado y las prue­bas habrían ardido o estarían en proceso de digestión en las barri­gas de los dieciséis cerdos. Mason pensó que podía darle a la anguila alguna exquisitez del doctor Lecter, tal vez su nariz. Luego, en los años por venir, contemplaría a la voraz cinta trazando su eterno ocho y sabría que el signo del infinito representaba a Lecter muer­to para siempre, por los siglos de los siglos, amén.

No obstante, Mason sabía que es peligroso conseguir exacta­mente lo que se desea. ¿Qué haría después de haber matado al doc­tor? Podía malograr unos cuantos hogares adoptivos y atormentar a unos cuantos niños. Podía beber martinis hechos con lágrimas. Pero la diversión auténtica, ¿de dónde la sacaría?

Qué tonto sería si dejaba que el miedo al futuro le estropeara aquel tiempo de éxtasis. Esperó la rociada diminuta del ojo, esperó que se aclarara la lente, luego sopló en un tubo-conmutador: siem­pre que le apeteciera podría poner el vídeo y ver a su presa...

CAPÍTULO

82

El olor del fuego de carbón en la guarnicionería del granero de Mason y los olores más arraigados de los animales y los hom­bres. El resplandor sobre el alargado cráneo del caballo de carreras Sombra jugaz, vacío como la Providencia, mirándolo todo con las anteojeras.

Carbones al rojo en la fragua del herrero, resplandeciendo y avi­vándose con el siseo del fuelle mientras Carlo calentaba una barra que ya había adquirido un rojo cereza.

El doctor Lecter pendía bajo la calavera como un retablo atroz. Tenía los brazos estirados en ángulo recto, fuertemente atados con sogas a un balancín, una pieza de roble macizo del carro de los ponis. El balancín le recorría la espalda como un yugo y estaba fijado a la pared con una argolla fabricada por el propio Carlo. Las piernas no tocaban el suelo. Las tenía atadas por encima del pantalón como patas de cordero asado, con muchas vueltas de cuerda espaciadas y con sen­dos nudos. No había cadenas ni esposas, ninguna pieza de metal que pudiera dañar los dientes de los cerdos y hacérselo pensar dos veces.

Cuando el hierro del horno estuvo al rojo blanco, Carlo lo llevó al yunque con las pinzas y lo golpeó con el martillo para darle for­ma de grillete, salpicando la semioscuridad de brillantes chispas que rebotaban en su pecho y en la figura colgante del doctor Hannibal Lecter.

La cámara de televisión de Mason, extraña entre las viejas herra­mientas, escrutaba al doctor, Lecter desde su trípode metálico, que le daba aspecto de araña. En el banco de trabajo había un monitor apagado.

Carlo volvió a calentar el grillete y salió corriendo para colocar­lo en el elevador de carga mientras seguía candente y maleable. El martillo resonaba en el alto granero, el golpe y su eco, bang-bang, bang-bang.

Se oyó un áspero chirrido procedente del piso superior, donde Fiero trataba de sintonizar la retransmisión en diferido de un parti­do de fútbol en onda corta. El equipo de Cagliari jugaba en Roma contra la odiada Juventus.

Tommaso estaba sentado en un sillón de mimbre con el rifle de aire comprimido apoyado contra la pared. Sus oscuros ojos de sacer­dote no se apartaban del rostro del doctor.

Tommaso detectó una alteración en la inmovilidad del hombre amarrado. Era un cambio sutil, de la inconsciencia a un autodomi­nio sobrehumano, puede que tan sólo una diferencia en el sonido de su respiración.

Tommaso se levantó de la silla y gritó hacia el granero.

Si sta svegliando.

Carlo volvió a la guarnicionería con el diente de venado aso­mándole en la boca. Sostenía unos pantalones con las perneras llenas de fruta, verdura y trozos de pollo. Los frotó contra el cuerpo y las axilas del doctor.

Procurando mantener la mano lejos de su boca, lo agarró por el pelo y le levantó la cabeza.

Buona sera, Dottore.

Un chisporroteo en el altavoz del monitor de televisión. La pan­talla se iluminó y mostró la cara de Mason...

—Encended la luz de la cámara —dijo Mason—. Buenas noches, doctor Lecter.

El doctor abrió los ojos por primera vez.

Carlo hubiera jurado que en el fondo de los ojos del demonio volaban chispas, pero prefirió pensar que eran reflejos de la fragua. Se santiguó contra el mal de ojo.

—Mason —dijo el doctor a la cámara. Detrás de Mason podía ver la silueta de Margot, negra contra el acuario—. Buenas noches, Margot —añadió en un tono más cortés—. Es un placer volver a verte.

A juzgar por la claridad con que se expresó, se podría haber pen­sado que llevaba un rato despierto.

—Buenas noches, doctor Lecter —saludó la áspera voz de Margot.

Tommaso encontró el foco de la cámara y lo encendió.

La luz cruda los deslumbró a todos durante unos segundos. Al cabo, se oyeron los profundos tonos de locutor de Mason:

—Doctor, en unos veinte minutos vamos a servir a los cerdos del primer plato, es decir, sus pies. Después de eso celebraremos una fiesta en pijama, usted y yo. Para entonces, podrá ponerse unos pantaloncitos cortos. Cordell va a mantenerlo vivo mucho tiempo...

Mason siguió hablando mientras Margot se inclinaba para ver mejor la escena del granero.

El doctor Lecter miró el monitor para asegurarse de que Margot lo estaba viendo. Entonces, con voz metálica y tranquila, le susurró a Carlo en la oreja:

—Tu hermano, Matteo, debe de oler peor que tú ahora mismo. Se cagó encima mientras lo abría en canal.

Carlo llevó la mano al bolsillo de atrás y sacó la aguijada eléctrica. A la brillante luz de la cámara, golpeó con ella el lado de la cabeza de Lecter. Luego, asiéndolo del pelo con una mano, apretó el botón del mango y sostuvo el instrumento ante los ojos del doctor mientras el potente arco voltaico chisporroteaba entre los electrodos.

—Vas a joder a tu madre —dijo, y le hundió el arco en el ojo.

El doctor Lecter no emitió el menor sonido. El único ruido sa­lió del altavoz: Mason bramaba en la medida en que su respiración se lo permitía, mientras Tommaso, que se había abalanzado sobre Carlo, procuraba que soltara al doctor. Fiero bajó del piso superior para ayudarlo. Por fin consiguieron sentarlo en el sillón de mimbre. Sin soltarlo.

—¡Si lo dejas ciego no veremos un dólar! —le gritaban al uní­sono, cada uno por una oreja.

El doctor Lecter ajustó las celosías de su palacio de la memoria para aliviar el terrible resplandor. Ahhhhh. Apoyó el rostro contra el fresco mármol del costado de Venus.

Volvió la cara para mirar directamente a la cámara y dijo con voz serena:

—No voy a aceptar el chocolate, Mason.

—Este hijoputa está loco. Bueno, después de todo ya lo sabía­mos —dijo el ayudante del sheriff Mogli—. Pero ese Carlo está igual o peor.

—Baja ahora mismo y arréglalo —le ordenó Mason.

—¿Está seguro de que no tienen pistolas? —preguntó Mogli.

—Te pago para echarle cojones, ¿estamos? No. Sólo el rifle tran­quilizante.

—Déjame hacerlo a mí —pidió Margot—. No fastidies todo obligándolos a demostrar quién es más machote. Los italianos res­petan a sus mamas. Y Carlo sabe que manejo el dinero.

—Que saquen la cámara y me enseñen los cerdos —exigió Mason—. ¡La cena será a las ocho!

—Yo no pienso quedarme —replicó Margot.

—¡Vaya si te quedarás! —zanjó Mason.

CAPÍTULO

83

Margot respiró hondo antes de entrar en el granero. Si tenía la intención de matarlo, tenía que ser capaz de mirarlo. Pudo oler a Carlo antes de abrir la puerta de la guarnicionería. Fiero y Tommaso flanqueaban a Lecter. No le quitaban ojo a Carlo, sentado en el sillón.

Buona sera, signori —dijo Margot—. Sus amigos llevan razón, Carlo. Estropéelo ahora y se quedan sin dinero. Después de haber llegado tan lejos y de haberlo hecho tan bien.

Los ojos de Carlo no se despegaban del rostro del doctor Lecter.

Margot sacó un teléfono celular del bolsillo. Pulsó unos números en la carcasa iluminada y acercó el aparato al rostro de Carlo.

—Lea —y lo sostuvo en la trayectoria de su mirada. En la diminuta pantalla podía leerse: «BANCO STEUBEN».

—Ése es su banco de Cagliari, signor Deogracias. Mañana por la mañana, cuando todo haya acabado, cuando le haya hecho pagar por lo que le hizo a su valiente hermano, yo misma llamaré a este número, le diré a su banquero mi código y añadiré: «Entregue al señor Deogracias el resto del dinero que custodia para él». Su ban­quero se lo confirmará por teléfono. Mañana por la noche estará volando de vuelta a casa, convertido en un hombre rico. Como la familia de Matteo. Podrá llevarles los coglioni del doctor en una bolsa para que les sirvan de consuelo. Pero si el doctor Lecter no puede ver su propia muerte, si no puede ver a los cerdos cuando se acerquen para comerle la cara, usted se queda sin nada. Sea hombre, Carlo. Vaya a por sus cerdos. Yo me sentaré con ese hijo de puta. En media hora lo estará oyendo gritar mientras le devoran los pies.

Carlo echó atrás la cabeza y respiró con fuerza.

Piero, andiamo! Tu, Tommaso, rimani.

Tommaso ocupó su sitio en el sillón de mimbre junto a la puerta.

—Todo controlado, Mason —dijo Margot dirigiéndose a la cá­mara.

—Querré llevarme a casa la nariz. Díselo a Carlo —refunfuñó Mason, y la pantalla se oscureció.

Trasladarse fuera de su habitación suponía un esfuerzo extraor­dinario tanto para Mason como para los que lo rodeaban; había que volver a conectar sus tubos a unos contenedores instalados en su camilla con ruedas especial y conectar su macizo respirador a un transformador de corriente alterna.

Margot escrutó el rostro del doctor Lecter.

El ojo destrozado estaba hinchado y cerrado entre las quemadu­ras negras que le habían producido los electrodos en los extremos de la ceja.

El doctor Lecter abrió el ojo bueno. Fue capaz de retener en su cara la frescura del costado marmóreo de Venus.

—Me gusta ese olor a linimento fresco y a limón —dijo el doc­tor Lecter—. Gracias por venir, Margot.

—Eso mismo me dijo cuando la matrona me hizo pasar a su des­pacho el primer día. Cuando estaban deliberando sobre Mason la primera vez.

—¿Eso dije? —recién salido de su palacio de la memoria, donde había repasado sus entrevistas con Margot, sabía que era así.

—Sí. Yo estaba llorando, con miedo a contarle lo de Mason con­migo. También me daba miedo sentarme, pero usted en ningún momento me ofreció asiento, porque sabía que tenía suturas, ¿ver­dad? Paseamos por el jardín. ¿Se acuerda de lo que me dijo?

—Que no tenías más culpa por lo que había pasado...

—«...que si me hubiera mordido el trasero un perro rabioso», eso es lo que me dijo. Usted me hizo mucho bien en esa ocasión y du­rante las otras visitas, y le estuve agradecida durante algún tiempo.

—¿Qué más te dije?

—Que usted era mucho más raro de lo que yo sería nunca —le recordó Margot—. Dijo que ser raro estaba bien.

—Si lo intentaras, serías capaz de recordar todo lo que hablamos. ¿Te acuerdas...?

—Por favor, no me suplique —le salió, a pesar de que no tenía intención de decirlo de esa manera.

El doctor Lecter se movió ligeramente y las sogas crujieron. Tommaso se levantó y se acercó a comprobar los nudos.

Attenzione a la bocca, signorina. Cuidado con la boca.

Margot no supo si Tommaso se refería a la boca del doctor Lec­ter o a sus palabras.

—Margot, ha pasado mucho tiempo desde que te traté, pero me gustaría que habláramos de tu historial médico, sólo un momento, en privado —dijo señalando con el ojo bueno hacia Tommaso.

Margot lo pensó unos instantes.

—Tommaso, ¿podrías dejarnos solos un momento?

—No, signorina, lo siento mucho; pero me quedaré ahí con la puerta abierta —y salió con el rifle al granero, desde donde se que­dó vigilando a Lecter.

—Nunca te haría sentirte incómoda suplicando, Margot. Me gus­taría saber por qué haces esto. ¿Te importa explicármelo? ¿Es que has empezado a aceptar el chocolate, como le gusta decir a Mason, después de haber luchado contra él tanto tiempo? Entre nosotros no hace falta que finjamos que estás vengando la cara de Mason.

Y ella se lo contó. Lo de Judy, lo de que querían tener un hijo. No le costó mas de tres minutos; se quedó sorprendida de lo fácil que le resultaba resumir sus problemas.

Unos sonidos lejanos, un chillido y la mitad de un grito. Fuera, apoyado contra la valla que había levantado en el extremo abierto del granero, Carlo estaba probando la grabadora para convocar a los cerdos de los pastos del bosque con los gritos de angustia de vícti­mas muertas o rescatadas hacía mucho tiempo.

Si el doctor Lecter lo había oído, no dio muestras de ello.

—Margot, ¿crees que Mason te dará así como así lo que te ha prometido? Eres tú la que está suplicando a Mason. ¿Te sirvió de algo suplicarle cuando te desgarró? Es lo mismo que aceptar su cho­colate y dejarle salirse con la suya. Sabes que obligará a Judy a hacérselo. Y ella no está acostumbrada.

Margot no respondió, pero apretó las mandíbulas.

—¿Sabes lo que ocurriría si, en vez de arrastrarte ante Mason, simplemente le estimularas la próstata con la aguijada de Carlo? ¿La ves encima del banco de trabajo?

Margot empezó a levantarse.

—Escúchame —susurró el doctor Lecter—. Mason te lo nega­rá. Sabes que tendrás que matarlo, lo has sabido durante veinte años. Lo has sabido desde que te dijo que mordieras el almohadón y no hicieras tanto ruido.

—¿Está diciendo que lo haría por mí? No podría fiarme de us­ted en la vida.

—No, claro que no. Pero podrías confiar en que yo nunca ne­garía haberlo hecho. En realidad sería mucho más terapéutico para tí hacerlo tú misma. Recordarás que te lo recomendé cuando aún eras una niña.

—«Espera hasta que puedas solucionarlo tú misma», me dijo. Eso me alivió mucho.

—Profesionalmente, ése es el tipo de catarsis que tenía que acon­sejarte. Ahora eres lo bastante mayor. ¿Y qué más da otro cargo por asesinato contra mí? Sabes que tendrás que matarlo. Y cuando lo hagas, la ley seguirá la pista del dinero, que la llevará derecha hasta ti y el recién nacido. Margot, soy el único sospechoso que te queda. Si muero antes que Mason, ¿quién me sustituirá? Podrás hacerlo cuando más te convenga, y yo te escribiré una carta babeando sobre lo mucho que disfruté matándolo.

—No, doctor Lecter, lo siento. Es demasiado tarde. Ya tengo mis propios planes —observó el rostro del hombre con sus brillantes ojos azules de carnicera—. Puedo hacer esto y dormir después, sabe que soy capaz.

—Sí, sé que puedes. Eso es algo que siempre me gustó de ti. Eres mucho más interesante, mucho más... capaz que tu hermano.

Ella se levantó para marcharse.

—Si le sirve de algo, doctor Lecter, lo siento.

Antes de que llegara a la puerta, él volvió a hablarle:

—Margot, ¿cuándo volverá a ovular Judy?

—¿Cómo? Dentro de un par de días, creo.

—¿Tienes todo lo que necesitas? Extensores, equipo de conge­lación rápida...

—Tengo todo el instrumental de una clínica de fertilización.

—Haz algo por mí.

—¿Sí?

—Maldíceme y arráncame un mechón de pelo, lejos de la frente, si no te importa. Llévate un trozo de piel. Acuérdate de ponérselo en la mano a Mason. Después de matarlo.



»Cuando llegues a casa, pídele a Mason lo que te prometió. A ver qué contesta. Tú me has entregado, tu parte del trato está cumpli­da. Sujeta el mechón en la mano y pídele lo que quieres. Y a ver qué dice. Cuando se te ría en las narices, vuelve aquí. Todo lo que

has de hacer es coger el rifle tranquilizante y dispararle al que está ahí detrás. O golpearlo con el martillo. Tiene una navaja. Basta con que cortes las cuerdas de un brazo y me la des. Y te vayas. Yo me encargo del resto.

—No.

—¿Margot?



La mujer agarró el pomo de la puerta, dispuesta a rechazar otra súplica.

—¿Aún puedes cascar una nuez?

Se metió la mano en el bolsillo y sacó dos. Los músculos del an­tebrazo se arracimaron y las nueces reventaron.

—Excelente —dijo el doctor soltando una risita—. Con toda esa fuerza, y nueces. Puedes ofrecerle nueces a Judy para hacerle pasar el mal sabor de Mason.

Margot volvió sobre sus pasos con la expresión crispada. Le es­cupió al rostro y le arrancó una mata de pelo cerca de la coronilla. Era difícil saber con qué intención.

Mientras salía, Margot lo oyó tararear.

Mientras caminaba hacia la casa iluminada, la sangre pegaba el pequeño fragmento de cuero cabelludo a la palma de su mano, de la que el mechón colgaba sin que le hiciera falta cerrar los dedos a su alrededor.

Se cruzó con Cordell, que conducía un cochecito de golf car­gado con el equipo médico necesario para preparar al paciente.



CAPÍTULO

84

Desde el paso elevado a la altura de la salida treinta de la auto­pista, en dirección norte, Starling podía ver a un kilómetro de dis­tancia la caseta iluminada de la entrada principal, el puesto de vi­gilancia más adelantado de Muskrat Farm. Starling había tomado una decisión en el trayecto hasta Maryland: entraría por la parte de atrás. Si se presentaba en la puerta principal sin credenciales ni or­den judicial, la gente del sheriff la escoltaría fuera del condado, o hasta la cárcel del condado. Para cuando la soltaran, todo habría acabado.

No le preocupaba no tener permiso. Condujo hasta la salida 29, bien pasada Muskrat Farm, y volvió atrás por la carretera de servicio. El asfalto parecía muy oscuro después de las luces de la autopista. La carretera estaba limitada por la autopista a la derecha y a la izquierda por una cuneta y una alta valla de malla de alambre que la separaba de la sobrecogedora negrura del parque nacional. Starling descubrió en el mapa un camino forestal que se cruzaba con la carretera al­quitranada dos kilómetros más adelante, en un lugar invisible desde la caseta de la de entrada. Era donde se había parado por error en su primera visita. Según el mapa, el camino forestal atravesaba el parque nacional y llegaba a Muskrat Farm. Hacía los cálculos con el odómetro del coche. El rugido del Mustang, más ruidoso que nunca circulando en primera, repercutía en los árboles.

Allí estaba, ante las luces delanteras, una pesada verja de tubos metálicos soldados cotonada por alambre de espino. El cartel «EN­TRADA DE SERVICIO» que había visto la otra vez había desaparecido. Los hierbajos habían crecido delante de la verja y en el paso sobre la zanja, que tenía una alcantarilla.

A la luz de los focos pudo apreciar que las hierbas estaban api­sonadas por el paso reciente de algún vehículo. En un lugar en que la gravilla y la arena se habían desprendido del pavimento se dis­tinguían la marcas de neumáticos sobre el barro y la nieve. ¿Se­rían iguales a las que había dejado la furgoneta en el aparcamiento del Safeway? No hubiera podido asegurarlo, pero era muy pro­bable.

Una cadena y un candado de cromo aseguraban la verja. Nada de sudores. Starling miró en ambas direcciones de la carretera. No ve­nía nadie. Un allanamiento de morada sin importancia. Se sentía una criminal. Comprobó los tubos en busca de cables sensores. Ninguno. Empleando dos horquillas y con la pequeña linterna en­tre los dientes, en cuestión de quince segundos consiguió abrir el candado. Condujo el coche al otro lado de la entrada y se inter­nó entre los árboles antes de apearse para cerrar. Rodeó los tubos con la cadena y puso el candado por la parte de fuera. Todo parecía normal. Dejó los extremos sueltos por la parte de dentro de forma que pudiera abrir con facilidad embistiendo con el coche si era ne­cesario.

Midiendo el mapa con el pulgar, había unos tres kilómetros de bosque hasta la granja. Avanzó bajo el oscuro túnel que cubría el ca­mino forestal, con el cielo nocturno a ratos visible, a ratos oculto, cuando las ramas se cerraban en lo alto. Conducía en segunda, sin pisar apenas el acelerador, sólo con las luces de estacionamiento, procurando mantener el Mustang tan silencioso como podía, con las hierbas secas barriendo la parte baja del coche. Cuando leyó en el odómetro que había recorrido dos kilómetros y un tercio, paró. Con el motor apagado, podía oír la llamada de un cuervo en la os­curidad. El cuervo se quejaba de mala manera. Rogó a Dios que fuera un cuervo.




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