Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO

74

El doctor Lecter aparcó su camioneta a una manzana del Hos­pital de la Misericordia de Maryland y limpió las monedas con un paño antes de introducirlas en el parquímetro. Vestido con el mono acolchado que usan los trabajadores para protegerse del frío y con una gorra de visera larga para protegerse de las cámaras de seguri­dad, entró al edificio por la puerta principal.

Habían pasado mas de quince años desde la última vez que el doctor Lecter estuviera en el Hospital de la Misericordia, pero la dis­posición básica del centro no había cambiado. Encontrarse de nue­vo en el lugar donde había iniciado su carrera médica no le produ­jo la menor emoción. Las áreas restringidas de los pisos superiores habían sufrido una renovación cosmética, pero debían de conservar prácticamente la misma distribución que en sus tiempos si las cianocopias de los planos que había visto en el Departamento de In­muebles no mentían.

Un pase de visitante obtenido en el mostrador de la entrada le permitió acceder a las plantas de habitaciones. Recorrió el pasillo leyendo los nombres de los pacientes y los médicos en las puertas. Se encontraba en la unidad de convalecencia postoperatoria, a don­de se trasladaba a los enfermos que habían sufrido una intervención cardiaca o craneal una vez que salían de cuidados intensivos.

Cualquiera que hubiera observado al doctor Lecter avanzar por el pasillo habría pensado que le costaba leer; movía los labios sin producir sonidos y se rascaba la cabeza de vez en cuando como un retrasado. Al cabo de un rato, se sentó en la sala de espera, desde donde podía ver la entrada al pasillo. Esperó hora y media entre an­cianas que contaban tragedias familiares y soportó El preáo justo en la televisión. Por fin vio lo que había estado esperando, un ciruja­no que aún tenía puesta la bata verde del quirófano haciendo en solitario su ronda de visitas. Aquél era... El cirujano entró en una de las habitaciones para ver a un paciente... del doctor Silverman. El doctor Lecter se levantó rascándose la cabeza. Cogió un perió­dico desarmado de una mesita y salió de la sala de espera. Dos puer­tas más allá había otra habitación ocupada por otro paciente del doctor Silverman. El doctor Lecter se deslizó adentro. La habitación estaba en penumbra, el paciente, completamente dormido, con la cabeza y un lado de la cara aparatosamente vendados. En el moni­tor un gusano de luz daba brincos con regularidad.

El doctor Lecter se quitó a toda prisa el mono aislante y se quedó en bata quirúrgica. Se puso rundas de plástico en los zapatos, gorro, mascarilla y guantes. Se sacó del bolsillo una bolsa blanca para la ba­sura y la desplegó.

El doctor Silverman abrió la puerta con la cabeza vuelta hacia el pasillo mientras hablaba con alguien. ¿Lo acompañaría una enfer­mera al interior del cuarto? No.

El doctor Lecter cogió la papelera y se puso a echar su conteni­do en la bolsa de la basura dando la espalda a la puerta.

—Perdone, doctor, enseguida me voy —dijo.

—No se preocupe —respondió el doctor Silverman, cogiendo la tablilla a los pies de la cama—. Continúe con su trabajo, por favor.

—Gracias, así lo haré —dijo el doctor Lecter al tiempo que le propinaba un golpe en la base del cráneo con la porra de cuero, poco más que un capirotazo atizado con un simple giro de la muñeca, en realidad, y lo sujetaba por el pecho mientras se desplomaba. Siem­pre sorprendía ver al doctor Lecter sosteniendo un cuerpo; tamaño por tamaño, era tan fuerte como una hormiga. Arrastró al doctor Silverman hasta el cuarto de baño y le bajó los pantalones. Lo dejó sentado en la taza del inodoro.

El cirujano se quedó con el torso doblado sobre los muslos. El doctor Lecter lo incorporó el tiempo suficiente para mirarle las pu­pilas y hacerse con las diversas tarjetas de identificación prendidas en la pechera de la bata quirúrgica.

Reemplazó las credenciales del cirujano con su propio pase de visita, invertido. Se colocó el estetoscopio alrededor del cuello en­roscado al estilo de los profesionales y las complejas lentes quirúr­gicas de aumento en la frente. Se guardó la porra de cuero en la manga.

Ahora estaba listo para internarse en el corazón del Hospital de la Misericordia.

El centro cumplía estrictamente las directrices federales en cuan­to al manejo de drogas narcóticas. En la enfermería de cada planta se guardaban en un armario bajo llave. Para abrirlo eran necesarias dos llaves, en poder de la enfermera jefe y su primer ayudante. Ade­más, se llevaba un estricto libro de registro.

En la zona de quirófanos, la más segura del hospital, cada sala re­cibía las drogas necesarias para la siguiente intervención unos mi­nutos antes de que se introdujera al paciente. Las del anestesista se guardaban en una vitrina con una zona refrigerada y otra a tempe­ratura ambiente, cerca de la mesa de operaciones.

Las existencias se almacenaban en un dispensario quirúrgico apar­te, próximo a la sala de esterilización, que contenía cierto número de preparados que no era posible encontrar en el dispensario general del primer piso: poderosos tranquilizantes y exóticos sedantes hip­nóticos que permiten realizar operaciones a corazón abierto y practicar cirugía cerebral sobre pacientes conscientes con los que es po­sible mantener una conversación.

El dispensario quirúrgico siempre estaba vigilado durante la jor­nada laboral y los armarios no estaban cerrados con llave cuando el farmacéutico se encontraba allí. En un emergencia de cirugía car­diovascular no hay tiempo para buscar llaves. El doctor Lecter, con la mascarilla puesta, empujó las puertas de vaivén que daban paso a la zona de quirófanos.

En un intento de desdramatizar el ambiente, habían pintado las pa­redes con distintas combinaciones de colores brillantes que hubieran dado la puntilla a cualquier moribundo. Junto al mostrador, unos cuantos cirujanos firmaban la entrada e iban desfilando hacia la sala de esterilización. El doctor Lecter levantó la tablilla de firmas y mo­vió la pluma sobre ella sin llegar a escribir.

El horario del tablero informaba de que la primera intervención de la jornada, la extirpación de un tumor cerebral en el quirófano B, comenzaría dentro de veinte minutos. En la sala de esterilización el doctor Lecter se quitó los guantes, se lavó escrupulosamente hasta la altura de los codos, se secó las manos, se las empolvó y volvió a ponerse los guantes. Salió de nuevo al vestíbulo. El dispen­sario debía de ser la puerta siguiente de la derecha. La puerta, ro­tulada con una A y pintada de color albaricoque, tenía el rótulo GENERADORES DE EMERGENCIA. A continuación se encontraba la puerta de doble hoja del quirófano B. Una enfermera se colocó a su lado.

—Buenos días, doctor.

El doctor Lecter carraspeó bajo la mascarilla y murmuró un bue­nos días. Dio media vuelta hacia la sala de esterilización farfullando, como si hubiera olvidado alguna cosa. La enfermera se lo quedó mirando un momento y entró en el quirófano B. El doctor Lecter se quitó los guantes y los tiró al contenedor aséptico. Nadie le prestó atención. Cogió otro par. Su cuerpo seguía en la sala de esteriliza­ción, pero en realidad estaba recorriendo a toda velocidad el vestí­bulo de su palacio de la memoria, pasando de largó junto al busto de Plinio y subiendo las escaleras que llevaban al Salón de Arqui­tectura. En una zona bien iluminada que dominaba la maqueta de Christopher Wren para la catedral londinense de San Pablo, las cianocopias del hospital lo esperaban sobre una mesa de dibujo. Los planos de los quirófanos del Hospital de la Misericordia, alineados uno junto a otro como en el Departamento de Inmuebles de Baltimore. Él estaba allí. El dispensario, ahí. No. Los planos estaban equivocados. La distribución debía de haber cambiado después de que se archivaran las cianocopias. Sobre el papel, los generadores aparecían al otro lado del vestíbulo, trente al quirófano A. Tal vez las etiquetas estuvieran confundidas. Tenía que ser eso. No podía per­mitirse dar vueltas de aquí para allá.

El doctor Lecter salió de la sala, empujó la primera puerta de la de­recha y avanzó por el corredor que llevaba al quirófano A. La puer­ta de la izquierda. El rótulo decía «IRM». No, adelante. La siguiente puerta era el dispensario. Habían dividido el espacio en un labora­torio para imágenes por resonancia magnética y una zona separada para el almacenamiento de drogas.

La pesada puerta del dispensario estaba abierta, inmovilizada con una cuña. El doctor Lecter se coló en el interior rápidamente y cerró la puerta tras sí.

Un farmacéutico rechoncho ordenaba cajas acuclillado junto a los aparadores.

—¿Puedo ayudarlo, doctor?

—Sí, por favor.

El joven empezó a erguirse, pero no pudo completar el movi­miento. El falso cirujano le asestó un mamporro, y el farmacéutico se desplomó soltando una ventosidad.

El doctor Lecter se levantó el faldón de la bata quirúrgica y se lo remetió en el mandil de jardinero que llevaba debajo.

Recorrió con la mirada los aparadores de arriba abajo leyendo las etiquetas a la velocidad del rayo: Ambien, amobarbital, Amytal, clorohidrato, Dalmane, fluracepán, Halcion... Se guardó docenas de frascos en los bolsillos. Luego registró el refrigerador: midazolán, Noctec, escopolamina, Pentotal, quacepán, solcidem... En menos de cuarenta segundos, el doctor Lecter estuvo de vuelta en el pasillo cerrando tras sí la puerta del dispensario.

Volvió a la sala de esterilización y se miró en el espejo para ase­gurarse de que no se notaban los bultos. Sin prisa, cruzó de nuevo la puerta de vaivén con las tarjetas de identidad vueltas deliberada­mente del revés, la mascarilla puesta y las lentes sobre los ojos con los cristales levantados; no sobrepasaba las setenta y dos pulsaciones mientras cambiaba saludos ininteligibles con otros médicos. Bajó en el ascensor, un piso, y otro, otro más, sin quitarse la mascarilla y con la vista en la tablilla que había cogido al azar.

Es posible que los visitantes que se aproximaban al hospital se extrañaran de que aquel médico llevara la mascarilla puesta hasta ba­jar la escalinata y estar lejos de las cámaras de seguridad. Y puede que los desocupados que remoloneaban por la calle se sorprendie­ran al ver que un médico conducía una camioneta tan vieja y des­tartalada.

En la planta de quirófanos, un anestesista, después de aporrear la puerta del dispensario, encontró al farmacéutico aún inconscien­te; pasaron otros quince minutos antes de que echaran en falta las drogas.

Cuando el doctor Silverman volvió en sí, se encontró tumbado junto al inodoro con los pantalones bajados. No recordaba haber entrado en la habitación y no tenía la menor idea de dónde estaba. Se le ocurrió que podía haber sufrido un desvanecimiento, tal vez

un pequeño ataque ocasionado por la presión de un violento retor­tijón de tripas. Dudaba si moverse por miedo a que se desprendiera un coágulo. Se arrastró despacio hasta que consiguió asomarse al pa­sillo haciendo gestos con la mano. Un examen reveló una ligera con­moción.

El doctor Lecter hizo otro par de visitas antes de volver a casa. Se detuvo en una oficina de correos de los suburbios de Baltimore el tiempo necesario para recoger un paquete que había encargado a tra­vés de Internet a una empresa funeraria. Era un esmoquin con la ca­misa y la corbata cosidas a la chaqueta y la parte posterior abierta.

Todo lo que necesitaba ahora era el vino, algo muy, muy festivo. Para eso tenía que trasladarse a Annapolis. Hubiera sido estupendo poder hacer el viaje con el Jaguar.

CAPÍTULO__75'>CAPÍTULO

75

Krendler se había abrigado pata correr en la calle y había teni­do que desabrocharse el chándal para evitar sobrecalentarse cuando Eric Pickford lo llamó a su casa de Georgetown.

—Eric, vaya a la cafetería y llámeme desde un teléfono público.

—¿Cómo dice, señor Krendler?

—Haga lo que le digo.

Krendler se quitó los guantes y la cinta del pelo, y los dejó sobre el piano del salón. Con un dedo tocó el tema principal de Dragnet hasta que volvió a sonar el teléfono.

—Starling ha sido agente técnica, Eric. A saber lo que ha hecho con los teléfonos de su despacho. Hay que proteger los asuntos del gobierno.

—Sí, señor. Starling me ha llamado, señor Krendler. Quería re­coger su planta y sus otras cosas, como ese pájaro del tiempo ridícu­lo que bebe de un vaso. Pero me ha explicado algo que funcio­na. Me ha dicho que me olvidara del último dígito de los códigos postales de las suscripciones a revistas si la diferencia es de tres o menos. Dice que el doctor Lecter podría estar usando varios apar­tados de correos que estuvieran convenientemente cerca unos de otros.

—¿Y?

—He conseguido un acierto de esa manera. La Revista de Neurofisiología va a una oficina de correos y el Physica Scripta y el ICARUS a otra. Están a unos quince kilómetros de distancia. Las sus­cripciones son a distintos nombres, pagados por giro postal.



—¿Qué es ICARUS?

—Es la revista internacional de estudios sobre el sistema solar. Lecter fue uno de los primeros suscriptores hace veinte años. Las oficinas postales están en Baltimore. Suelen recibir las publicacio­nes alrededor del diez de cada mes. Tengo otra cosa; hace un minuto se ha vendido una botella de Cháteau... ¿cómo es, Yiquin?

—Sí, se pronuncia «IH-kán». ¿Qué pasa con eso?

—Ha sido en una de las mejores licorerías de Annapolis. Intro­duje la venta en la base de datos y coincide con la lista de fechas significativas que elaboró Starling. El programa identificó el año de nacimiento de Starling. El año que hicieron ese vino es el mismo que nació Starling. El sujeto pagó trescientos veinticinco dólares en metálico y...

—¿Eso ha sido antes o después de que hablaras con Starling?

—Justo después, hace un minuto...

—Así que ella no sabe nada...

—No. Debería llamar...

—¿Me estás diciendo que el vendedor te ha llamado por la ven­ta de una sola botella?

—Sí, señor. Ella tiene un montón de notas, sólo hay tres bo­tellas de ese vino en toda la costa este. Starling las tenía localizadas. La verdad, hay que quitarse el sombrero.

—¿Quién las ha comprado? ¿Qué aspecto tenía?

—Varón blanco, altura mediana, con barba. Iba muy arropado.

—¿Tiene cámara de seguridad esa tienda?

—Sí, señor, eso es lo primero que les pregunté. Les dije que en­viaríamos a alguien para recoger la cinta. Pensaba hacerlo ahora. El dependiente que atendió a ese individuo no había leído el boletín, pero fue a decírselo al dueño por tratarse de una venta poco habitual. El dueño corrió afuera a tiempo para ver al sujeto, al menos cree que era él, subiendo a una camioneta vieja y marchándose. Gris con una prensa de tornillo en la parte trasera. Si se trata de Lecter, ¿cree usted que intentará entregarle la botella a Starling? Debería­mos ponerla sobre aviso.

—No —lo cortó Krendler—. No le digas nada.

—¿Puedo avisar a los del VICAP y actualizar el expediente Lecter?

—No —lo atajó Krendler, pensando deprisa—. ¿Ha habido res­puesta de la Questura sobre el ordenador de Lecter?

—No, señor.

—Entonces no puedes poner al día el VICAP hasta que estemos seguros de que Lecter no puede acceder a él. Podría tener el códi­go de acceso de Pazzi. O Starling podría leerlo y darle el soplo otra vez de alguna forma, como hizo en Florencia.

—Vaya, es verdad, no había caído en eso. La oficina federal de Annapolis podría recoger la cinta.

—De eso me encargaré yo personalmente.

Pickford le dictó la dirección de la licorería.

—Sigue con lo de las suscripciones —le ordenó Krendler—. Puedes informar a Crawford de esto cuando vuelva al trabajo. Yo or­ganizaré la vigilancia de las oficinas de correos a partir del día diez.

Krendler marcó el número de Mason; luego salió de su residencia de Georgetown y trotó hacia el parque Rock Creek.

En la penumbra cada vez más densa sólo se veían la cinta Nike blanca para el pelo, las zapatillas Nike blancas y la raya blanca a lo largo del costado de su oscuro chándal Nike, como si no hubiera nadie bajo los emblemas comerciales.

Fue una carrera a paso vivo de media hora. Oyó el zumbido de las hélices cuando tuvo a la vista la pista de helicópteros próxima al zoo. Se agachó bajo las aspas y alcanzó la cabina sin necesidad de interrumpir el trote. El ascenso del aparato lo emocionó, la ciudad, los monumentos iluminados empequeñeciéndose mientras subía a las alturas que se merecía, en dirección a Annapolis para recoger la cinta y llevársela a Mason.



CAPÍTULO

76

—¿Quieres enfocar el aparato de una puta vez, Cordell? —en la profunda voz de locutor de Mason, con sus consonantes sin labialidad, «aparato» y «puta» sonaban más bien como «ajaiato» y «juta».

Krendler estaba a su lado en la parte oscura de la habitación para ver mejor el monitor elevado. En el calor de aquel cuarto de en­fermo, se había atado la chaqueta de su chándal de yuppie a la cin­tura y lucía su camiseta de Princeton. La cinta del pelo y las zapa­tillas destacaban a la luz del acuario.

En opinión de Margot, Krendler tenía hombros de pollo. Cuan­do él entró, apenas intercambiaron un saludo.

No había contador de revoluciones ni de tiempo en la cámara de la licorería, y el ajetreo del negocio en vísperas de las Navidades era considerable. Cordell hizo correr la cinta de un cliente a otro a lo largo de un montón de ventas. Mason mataba el tiempo mortificando a todo el mundo.

—¿Qué dijiste cuando entraste en la tienda con tu chándal y en­señaste la chapa de hojalata, Krendler? ¿Que te estabas entrenando para la seguridad de las Olimpiadas? —Mason había acabado de per­derle el respeto desde que Krendler había empezado a ingresar los cheques.

Krendler era incapaz de ofenderse cuando sus intereses estaban en juego.

—Dije que iba de incógnito. ¿Qué vigilancia le has puesto a Starling?

—Margot, explícaselo —dijo Mason, que al parecer prefería aho­rrar su escaso aliento para los insultos.

—Hemos traído a doce hombres de nuestro servicio de seguridad de Chicago. Están en Washington. Han formado tres equipos, un miembro de cada uno es ayudante del sheriff en el estado de Illinois. Si la policía los sorprende cogiendo a Lecter, dirán que lo reconocie­ron y que es una acción cívica y bla, bla, bla. El equipo que lo capture se lo entrega a Carlo. Se vuelven a Chicago y aquí no ha pasado nada.

La cinta de vídeo seguía corriendo.

—Un momento... Cordell, retrocede treinta segundos —dijo Mason—. Mirad eso.

La cámara de la licorería cubría el área que iba de la entrada a la caja resgistradora.

En la borrosa, imagen sin sonido de la cinta, se veía entrar a un individuo con una gorra de visera larga, chaqueta de leñador y ma­noplas. Tenía las patillas largas y llevaba gafas de sol. Dio la espalda a la cámara y cerró la puerta cuidadosamente.

El comprador explicó al dependiente lo que quería en cuestión de segundos y lo siguió fuera de cámara, hacia los botelleros.

Pasaron tres minutos. Por fin, regresaron al encuadre. El depen­diente limpió el polvo de la botella y la rodeó de borra antes de me­terla en una bolsa. El cliente sólo se quitó la manopla derecha y pagó en metálico. La boca del dependiente se movió diciendo «gracias» a la espalda del hombre, que se dirigía hacia la salida.

Una pausa de unos segundos, y el dependiente llamó a alguien que estaba fuera de cámara. Un individuo corpulento apareció a su lado y corrió hacia la puerta.

—Ése es el propietario, el que vio la camioneta —explicó Krendler.

—Cordell, ¿puedes hacer una copia y aumentar la cabeza del cliente?

—Estará en un segundo, señor Verger. Pero será borrosa.

—Hazlo.

—No se quita la manopla izquierda —dijo Mason—. Puede que me hayan tomado el pelo con la radiografía que compré.



—Pazzi dijo que se había operado la mano, ¿no?, que ya no te­nía el dedo de mas —dijo Krendler.

—Puede que Pazzi tuviera el dedo metido en el culo, ya no sé a quién creer. Tú lo conoces, Margot, ¿qué dices? ¿Era Lecter?

—Han pasado dieciocho años —respondió Margot—. Sólo asis­tí a tres sesiones con él y siempre se quedaba detrás de su escrito­rio, no daba paseos por el despacho. Era muy tranquilo. De lo que más me acuerdo es de su voz.

Se oyó la de Cordell en el interfono.

—Señor Verger, ha venido Carlo.

Carlo olía a cerdo, o peor. Entró en la habitación sosteniendo el sombrero contra el pecho y el hedor a embutido de jabalí rancio que emanaba de su cabeza obligó a Krendler a expulsar aire por la nariz. En señal de respeto, el secuestrador sardo inmovilizó en la boca el diente de venado que masticaba.

—Carlo, mira esto. Cordell, rebobina hasta el momento en que entra en la licorería.

—Ése es el stronzo hijo de la gran puta —dijo Carlo antes de que el sujeto del vídeo hubiera dado cuatro pasos—. La barba es re­ciente, pero tiene la misma forma de moverse.

—¿Le viste las manos en Firenze, Carlo?

Certo.

—¿Cinco dedos en la izquierda, o seis?

—...Cinco.

—Has dudado.

—Porque tenía que decir cinque en inglés. Eran cinco, estoy se­guro.

Mason separó las descarnadas mandíbulas, única forma de sonri­sa que le quedaba.

—Me encanta. Lleva las manoplas para que los seis dedos sigan en su descripción —dijo.

Puede que la fetidez de Carlo hubiera penetrado en el acuario a través de la bomba de aireación. La anguila salió a echar un vistazo y se quedó fuera, dando vueltas y más vueltas, trazando su infinito ocho de Moebius, enseñando los dientes al respirar.

—Carlo, puede que acabemos este asunto pronto —dijo Mason—. Tú, Piero y Tommaso sois mi primer equipo. Confio en voso­tros, aunque no pudisteis con él en Florencia. Quiero que tengáis a Clarice Starling bajo constante vigilancia el día anterior a su cum­pleaños, el día de su cumpleaños y el siguiente. Os relevarán cuando esté dormida en su casa. Os daré un conductor y una furgoneta.

Padrone —dijo Carlo.

—¿Sí?


—Quiero un rato en privado con el dottore, por mi hermano Matteo —Carlo se santiguó al pronunciar el nombre del difunto—. Usted me lo prometió.

—Comprendo tus sentimientos perfectamente, Carlo. Tienes toda mi comprensión. Mira, quiero dedicarle al doctor Lecter dos se­siones. La primera noche, quiero que los cerdos le coman los pies con él viéndolo todo desde el otro lado de la barrera. Y lo quiero en buena forma para eso. Tráemelo en perfecto estado. Nada de golpes en la cabeza, ni huesos rotos ni lesiones en los ojos. Luego esperará una noche sin pies, para que los cerdos acaben con él al día siguiente. Hablaré con él un ratito, y después lo tendrás para ti solo durante una hora, antes de la última sesión. Te pediré que le dejes un ojo y que esté consciente para verlas venir. Quiero que les vea las caras cuando le coman la suya. Si tú, por decir algo, de­cides caparlo, lo dejo a tu discreción; pero quiero que Cordell esté presente para cortar la hemorragia. Y lo quiero filmado.

—¿Y si se desangra el primer día en el corral?

—No se desangrará. Ni morirá durante la noche. Lo que hará esa noche es esperar mirándose los muñones. Cordell se ocupará de eso y reemplazará sus fluidos corporales, supongo que necesitará un go­tero intravenoso para toda la noche, puede que dos.

—O cuatro si hace falta —se oyó decir por los altavoces a la voz desencarnada de Cordell—. Puedo hacerle incisiones en las piernas.

—Y tienes mi permiso para escupir y mear en los goteros al final, antes de que lo lleves al corral —dijo Mason a Carlo con su tono más cordial—. O correrte en ellos, si lo prefieres.

El rostro de Carlo se iluminó al imaginarlo; luego se acordó de la musculosa signorina y le dirigió una mirada culpable de reojo.

Grazie mille, padrone. ¿Podrá venir a verlo morir?

—No lo sé, Carlo. El polvo de los graneros me sienta fatal. Qui­zá tenga que verlo por la tele. ¿Me traerás a alguno de los cerdos? Quiero tocar uno.

—¿A esta habitación, padrone?

—No, ya me bajarán un momento conectado a la fuente de ali­mentación.

—Tendré que dormirlo, padrone —dijo Carlo dubitativo.

—Mejor una cerda. Tráela al césped, delante del ascensor. Puedes usar el elevador de carga sobre la hierba.

—¿Piensan hacerlo con la furgoneta o con la furgoneta y un co­che? —preguntó Krendler.

—¿Carlo?

—Con la furgoneta sobra. Necesito un conductor.

—Tengo algo mejor para usted —dijo Krendler—. ¿Se puede dar más luz?

Margot accionó el interruptor y Krendler dejó su mochila sobre la mesa, junto al frutero. Se puso guantes de algodón y sacó lo que parecía un pequeño monitor con antena y una repisa para elevarlo, además de un disco duro externo y un compartimiento para las baterías recargables.

—Es difícil vigilar a Starling porque vive en un callejón sin sali­da y no hay donde esconderse. Pero tiene que salir, es una fanática del ejercicio al aire libre —los informó Krendler—. Ha tenido que apuntarse a un gimnasio privado porque no puede seguir usando el del FBI. La pillamos aparcada ante el gimnasio el jueves y le pusi­mos una baliza debajo del coche. Es una de ésas con ánodo de ní­quel y cátodo de cadmio, y se recarga cuando el motor se pone en marcha, así que no la descubrirá por quedarse sin batería. El pro­grama informático incluye estos cinco estados contiguos. ¿Quién va a manejarlo?

—Cordell, ven aquí —dijo Mason.

Cordell y Margot se arrodillaron junto a Krendler, y Carlo se quedó de pie junto a ellos, con el sombrero a la altura de las nari­ces de los otros.

—Miren esto —dijo Krendler accionado el interruptor—. Es como el sistema de navegación de un coche, excepto que muestra dónde está el coche de Starling —en la pantalla apareció un pla­no del centro de Washington—. Se hace zoom y se mueve el área con las flechas, ¿lo ven? Ahora no indica nada. Una señal de la ba­liza en el coche de Starling encendería este piloto y se oiría un pi­tido. Entonces se busca la fuente en la vista general y se utiliza el zoom. El pitido va más rápido conforme nos acercamos. Aquí está el barrio de Starling a escala de plano callejero. No hay señal del co­che porque estamos fuera de cobertura. En cualquier punto del Washington metropolitano o de Arlington estaríamos dentro. Lo he sacado del helicóptero que me ha traído. Esto es el convertidor para el enchufe de corriente alterna de la furgoneta. Una cosa. Tienen que garantizarme que este aparato no caerá en las manos equivo­cadas. Podría tener un montón de problemas, esto aún no se vende en las tiendas de espías. O me lo devuelven o lo tiran al fondo del Potomac. ¿Entendido?

—¿Lo has entendido, Margot? —preguntó Mason—. ¿Tú tam­bién, Cordell? Que cojan a Mogli de conductor y lo ponéis al corriente.




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