Thomas harris I washington, D. C. Capítulo


CAPÍTULO 4 Puedes enamorarte del Bureau, pero no esperes



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CAPÍTULO


4

Puedes enamorarte del Bureau, pero no esperes


que el Bureau se enamore de ti.

Máxima de la asesoría para


separados del servicio

El gimnasio del FBI en el edificio J. Edgar Hoover estaba casi vacío a primera hora. Dos hombres maduros daban cansinas vueltas en la pista cubierta. El ruido de una máquina de pesas en una de las esquinas y los gritos y los impactos de la pelota en la sala de squash resonaban en el enorme recinto.

Los corredores hablaban de forma entrecortada. Tunberry, el di­rector del FBI, había pedido a Jack Crawford que corriera con él. Habían hecho tres kilómetros y se estaban quedando sin fuelle.

—Blaylock, del BATF, se ha quedado con el culo al aire después de lo de Waco. No será de la noche a la mañana, pero está acaba­do y lo sabe —-dijo el director—. Ya puede ir avisando al reveren­do Moon para que se busque otro inquilino.

El hecho de que el BAFT alquilara su sede en Washington al reve­rendo Sun Myung Moon era motivo de todo tipo de chistes en el FBI.

—Y a Farriday le van a dar con la puerta en las narices por lo de Ruby Ridge —añadió Tunberry.

—No lo entiendo —confesó Crawford. Había servido en Nue­va York a las órdenes de Farriday en los setenta, cuando la muche­dumbre se manifestaba ante el centro de operaciones del FBI en la Tercera Avenida con la calle Sesenta y nueve—. Farriday es un buen hombre. No fue él quien estableció el sistema de contratación.

—Se lo comuniqué ayer por la mañana.

—¿Y se va a ir así, sin decir esta boca es mía? —preguntó Craw­ford.

—Digamos que no pierde los derechos adquiridos. Vivimos tiem­pos peligrosos, Jack.

Ambos corrían con la cabeza echada hacia atrás. El ritmo de sus zancadas aumentó levemente. Crawford miró al director por el ra­billo del ojo y se dio cuenta de que estaba intentando poner a prue­ba su resistencia.

—¿Cuántos años tienes, Jack? ¿Cincuenta y seis?

—Justos.

—Te falta un año para el retiro obligatorio. Muchos se van a los cuarenta y ocho, cincuenta... cuando aún están en condiciones de encontrar otro trabajo. Pero tú no has querido. Preferiste mante­nerte ocupado después de la muerte de Bella.

Al ver que Crawford no contestaba durante media vuelta, el di­rector comprendió que había hablado más de la cuenta.

—No quería hablar a la ligera, Jack. Doreen me decía el otro día lo mucho que...

—Quedan algunas cosas por hacer en Quantico. Queremos lan­zar el VICAP* en Internet, para que cualquier policía pueda usar­lo; ya lo habrás visto en el presupuesto.

—¿Has querido ser director alguna vez, Jack?

—Nunca he creído que fuera el tipo de trabajo adecuado para mí.
* Violent Criminal Apprehension Program (Programa para la Captura de los Criminales Violentos). (N. del T.)

—No lo es, Jack. Tú no tienes madera de político. No hubieras podido ser director en la vida. No hubieras sido un Eisenhower, Jack, o un Ornar Bradley —hizo un gesto a Crawford para que se detuviera, y se quedaron resollando al borde de la pista—. Sin em­bargo, sí hubieras podido ser un Patton, Jack. Tú puedes hacer atra­vesar el infierno a un grupo de hombres y conseguir que te sigan queriendo. Es un don que yo no tengo. Yo tengo que obligarlos.

Tunberry echó un rápido vistazo a su alrededor, recogió la toa­lla del banco y se la echó por los hombros como si fuera la toga del juez de la horca. Le brillaban los ojos.

Hay quien tiene que echar mano de la ira para ser duro, refle­xionó Crawford mientras veía moverse los labios de Tunberry.

—En cuanto al asunto de la difunta señora Drumgo, la del MAC 10 y el laboratorio de meta, muerta a tiros mientras llevaba en brazos a su hijo, la Comisión de Vigilancia Judicial quiere un sacrificio humano. La carne y la sangre del cordero. Y lo mismo los medios de comunicación. La DEA tendrá que soltarles carnaza. El BATF, ídem de ídem. Pero en nuestro caso, puede que se con­formen con una gallina. Krendler dice que si les damos a Clarice Starling nos dejarán tranquilos. Y yo pienso lo mismo. El BATF y la DEA la cagaron al planear la operación. Y Starling, al apretar el gatillo.

—Sobre una asesina de policías que, además, le disparó primero.

—Son las fotos, Jack. No lo entiendes, ¿verdad? El público no vio a Evelda Drumgo disparar a John Brigham. No vio a Evelda disparar a Starling en primer lugar. No lo ves si no sabes lo que es­tás mirando. Doscientos millones de personas, de las que una décima parte votan, vieron a Evelda Drumgo sentada en la calle en una postura que parecía la más a propósito para proteger a su hijo, con los sesos desparramados por los alrededores. No, Jack, no lo digas; ya sé que hubo un tiempo en que pensaste en Starling como en tu protegida. Pero tiene la boca demasiado grande, Jack, y empezó con mal pie para alguna gente...

—Krendler es un mierda.

—Escucha lo que voy a decirte y no me interrumpas hasta que haya acabado. La carrera de Starling estaba en el dique seco de to­das formas. Le caerá un despido administrativo sin detrimento de sus derechos adquiridos, el papeleo no tendrá peor aspecto que una suspensión de empleo y sueldo; podrá conseguir otro trabajo. Jack, has hecho una labor extraordinaria en el FBI, la Unidad de Cien­cias del Comportamiento ha sido obra tuya. Hay quien opina que, si hubieras puesto por delante tus propios intereses, hoy serías mu­cho más que un simple jefe de unidad, que te mereces mucho más que eso. Y yo seré el primero en afirmarlo. Jack, puedes jubilarte como director adjunto. Te lo garantizo yo mismo.

—Es decir, ¿si no me meto en esto?

—Quiero decir si los acontecimientos siguen su curso normal, Jack. Con todo el reino en paz eso es lo que sucedería. Jack, mírame.

—Sí, señor director.

—No te lo estoy pidiendo, te estoy dando una orden directa. Mantente al margen. No la cagues, Jack. A veces no hay más re­medio que mirar a otro lado. Yo lo he tenido que hacer más de una vez. Oye, sé que es duro, créeme si te digo que sé perfectamente cómo te sientes.

—¿Cómo me siento? Me siento como alguien que necesita du­charse —dijo Crawford.



CAPITULO

5

Starling era un ama de casa eficiente, aunque no meticulosa. Tenia su mitad del dúplex limpia y no le costaba localizar las cosas, que sin embargo tendían a formar montones: ropa limpia que ha­bía que ordenar, más revistas que lugares donde colocarlas... Era una planchadora fuera de serie, pero no cogía la plancha hasta el último minuto; como no necesitaba acicalarse, salía adelante sin problemas.

Cuando quería orden, atravesaba el territorio neutral de la cocina y entraba en la zona de Ardelia Mapp. Si su compañera de piso esta­ba en casa, podía pedirle algún consejo, que solía ser acertado, aun­que a veces más sincero de lo que hubiera deseado. Si no estaba, se sobreentendía que Starling podía sentarse en medio del orden abso­luto de aquellas habitaciones para pensar, siempre que lo dejara todo como estaba. Es lo que hizo ese día. Aquél era uno de esos espa­cios que parece contener a su ocupante incluso cuando está ausente.

Starling se sentó y posó la mirada sobre la póliza del seguro de vida de la abuela de Mapp, colgada en la pared en un marco de ar­tesanía, después de haberlo estado en la granja que la abuela había habitado como aparcera y en el pisito de protección oficial de los Mapp cuando Ardelia era una niña. Su abuela vendía verduras y flo­res, y pagaba la prima con las ganancias; usando la póliza como ga­rantía una vez saldada, había pedido un préstamo para ayudar a su nieta a acabar la universidad. También había una foto de la diminuta anciana, que no se había esforzado en sonreír por encima del cuello blanco almidonado, pero cuyos negros ojos brillaban con una sabi­duría ancestral bajo el ala plana del rígido sombrero de paja.

Ardelia no había olvidado sus raíces, de las que sacaba fuerzas a diario. Starling procuró serenarse y sacarlas de las suyas. El Hogar Luterano de Bozeman le había proporcionado alimento, vestido y un adecuado modelo de conducta; pero, para lo que necesitaba en aquellos momentos, tenía que consultar a su propia sangre.

¿De qué puede presumir alguien que procede de una familia blanca de la clase trabajadora, y de un lugar en el que las heridas de la guerra de Secesión no acabaron de cicatrizar hasta los años cin­cuenta? ¿El retoño de una gente a la que en los campus considera­ban un hatajo de patanes muertos de hambre y racistas o, de forma más condescendiente, de peones blancos y pelagatos de los Apala­ches? Si hasta la dudosa aristocracia sureña, que no reconoce la me­nor dignidad al trabajo manual, se refiere a tu gente como ganapa­nes, ¿a qué tradición puedes acudir en busca de un modelo? ¿Que les zurramos la badana aquella primera vez en Bull Run? ¿Que el tatarabuelo se portó como un hombre en Vicksburg? ¿Que un rin­cón de Shiloh será para siempre Yazoo City?

Se puede sentir legítimo orgullo por haber salido adelante con el propio esfuerzo, sacando partido de las malditas quince hectáreas y la jodida mula, pero hay que ser capaz de darse cuenta. Porque na­die te lo enseñará.

Starling había salido adelante en la Academia porque no tenía dónde caerse muerta. Había pasado la mayor parte de su vida en instituciones públicas, cuyas reglas había respetado al tiempo que las aprovechaba para jugar limpio pero fuerte. Siempre había progresado, hasta obtener la beca y estar entre los mejores. Su incapacidad para ascender dentro del FBI después de unos comienzos brillantes era una experiencia nueva y dolorosa para ella. Zumbaba contra los muros de cristal como una mosca en una botella.

Había tenido cuatro días para llorar a John Brigham, abatido a ti­ros ante sus ojos. Tiempo atrás Brigham le había preguntado algo a lo que Clarice había contestado que no. Entonces, el hombre le ha­bía preguntado si podían ser amigos, con evidente sinceridad, y ella le había contestado, con no menos sinceridad, que sí.

Tenía que digerir el hecho de que ella misma había matado a cinco personas en el mercado de Feliciana. Veía una y otra vez al Tullido con el pecho atrapado entre los dos coches, arañando el techo del Cadillac mientras la pistola resbalaba fuera de su alcance.

En busca de alivio, había acudido al hospital para ver al hijo de Evelda. La madre de la mujer estaba allí, sosteniendo en los brazos a su nieto, al que se disponía a llevarse a casa. Reconoció a Starling por las fotografías de los periódicos, le dio el niño a la enfermera y, antes de que Starling comprendiera sus intenciones, la abofeteó con toda su fuerza en la parte vendada.

Starling no devolvió el golpe, pero inmovilizó a la anciana con­tra la ventana de la sala de maternidad doblándole el brazo hasta que dejó de debatirse, con la cara contorsionada contra el cristal man­chado de saliva. La sangre resbalaba por el cuello de Starling y el do­lor hacía que la cabeza le diera vueltas. Le volvieron a coser la oreja en la sala de urgencias, pero no quiso poner una denuncia. Un auxi­liar de urgencias dio el soplo al Tattler y recibió trescientos dólares.

Había tenido que salir otras dos veces. Para cumplir las últimas voluntades de John Brigham y para asistir a su entierro en el Ce­menterio Nacional de Arlington. Brigham tenía poca familia, que además vivía lejos, y había dejado constancia escrita de que quería que Starling se ocupara de sus exequias.

El estado de su rostro había hecho necesario un ataúd cerrado, pero Starling se había preocupado de que tuviera el mejor aspecto posible. Lo había vestido con su inmaculado uniforme azul de infantería de marina, con la estrella de plata y el resto de sus condecoraciones.

Tras la ceremonia, el oficial superior de Brigham entregó a Starling una caja que contenía las armas del agente; sus insignias y otros objetos de su caótico escritorio, incluido el absurdo pájaro del tiem­po que bebía de un vaso.

Faltaban cinco días para que Starling tuviera que presentarse ante una comisión que podía arruinar su carrera. Aparte de la llamada de Jack Crawford, el teléfono celular había permanecido mudo. Ya no había ningún Brigham a quien pedir consejo.

Llamó a su representante en la Asociación de Agentes del FBI. Su consejo fue que no se pusiera pendientes llamativos ni zapatos que dejaran los dedos al descubierto.

Cada día la televisión y los periódicos cogían el asunto de Evelda Drumgo y lo sacudían como si fuera una rata.

En el orden absoluto de la sala de estar de Ardelia, Starling in­tentaba pensar.

El gusano que te corroe es la tentación de dar la razón a tus crí­ticos, de querer obtener su aprobación..

Un ruido la molestaba.

Starling intentó recordar sus palabras exactas mientras estaba en la furgoneta. ¿Había hablado más de la cuenta? El ruido la seguía molestando.

Brigham le había dicho que pusiera al corriente a los demás. ¿Dejó entrever cierta hostilidad? ¿Soltó alguna inconveniencia...?

El ruido, molesto, impidiéndole pensar.

Bajó de las nubes y cayó en la cuenta de que estaba sonando el timbre de la puerta de al lado. Seguro que era un periodista. Tam­bién esperaba una citación civil. Apartó los visillos de la ventana que daba al frente y vio al cartero, que volvía a su furgoneta. Abrió la puerta del apartamento de Mapp a tiempo para alcanzarlo, y permaneció con la espalda vuelta hacia al coche de prensa aparcado al otro lado de la calle y a su teleobjetivo, mientras firmaba el recibo de la carta certificada. Era un sobre malva con fibras de seda en el papel de fino hilo. A pesar de su estado de aturdimiento, le recordó alguna cosa. Una vez dentro y a cubierto del resplandor, miró la di­rección. Una pulcra letra redonda.

Sobre el monótono temor que zumbaba en su cabeza, saltó la alarma. Sintió un estremecimiento en la piel del estómago, como si gotas heladas le resbalaran por el cuerpo.

Starling sostuvo el sobre por las puntas y se dirigió a la cocina. Saco del bolso los omnipresentes guantes blancos para manipulación de pruebas. Apretó el sobre contra el tablero de la mesa y pasó la mano por su superficie con cuidado. Aunque el papel era grueso, hubiera podido notar el bulto de una pila de reloj lista para hacer explotar una hoja de C-4. Sabía que lo mejor era que lo examinaran con el fluoroscopio. Si la abría podía tener problemas. Problemas. Por supuesto. A la mierda.

Abrió el sobre con un cuchillo de cocina y sacó la única hoja de papel sedoso que contenía. Sin necesidad de mirar la firma, supo de inmediato quién le había escrito:


Querida Clarice:

He seguido con entusiasmo el desarrollo de los acontecimientos que han provocado tu caída en desgracia y pública vergüenza. Las mías nunca me molestaron, salvo por el inconveniente de que me llevaron a la cárcel; pero es muy probable que a ti te falte la necesaria perspectiva.

Durante nuestras conversaciones en la mazmorra, me resultó evidente que tu padre, el difunto vigilante nocturno, es una de las vigas maestras de tu sistema de valores. Estoy convencido de que tu éxito en poner fin a la carrera de sastre de Jame Gumb te satisfizo, sobre todo porque te per­mitió imaginar a tu padre haciéndolo.

Ahora estás en malos términos con el FBI. ¿Te has imaginado algu­na vez a tu padre como superior tuyo en el Bureau, como jefe de sección o, mejor aún que Jack Crawford, como DIRECTOR ADJUNTO, viéndote progresar lleno de orgullo? ¿Lo ves ahora avergonzado y hundido por tu desgracia? ¿Por tu fracaso? ¿Por el lamentable y mediocre final de una prometedora carrera? ¿Te ves haciendo las mismas tareas humildes que tu madre cuando los drogadictos le reventaron la cabeza a tu PAPÁ? ¿Eh? ¿Se reflejará en ellos tu fracaso, pensará la gente injusta y definitivamente que tus padres eran basura blanca, carne de patio de remolques? Sincérate conmigo, agente especial Starling.

Piensa un poco en ello antes de que entremos en materia.

Ahora voy a señalarte una virtud que te ayudará en este trance: las lágrimas no te ciegan, tienes suficientes redaños para seguir leyendo.

Y a continuación, un ejercido que puede resultarte útil. Quiero que hagas esto conmigo, como terapia:

¿Tienes una sartén de hierro negro? Eres una muchachita de las mon­tañas sureñas, así que no puedo imaginar que la respuesta sea no. Ponla sobre la mesa de la cocina. Enciende la luz del techo.
Mapp había heredado una de aquellas sartenes de su abuela y la usaba a menudo. Tenía una superficie negra y lustrosa que el jabón no había conseguido eliminar. Starling la puso en la mesa, ante sí.
Mira dentro de la sartén, Clarice. Inclínate y mira el interior. Si fuera la sartén de tu madre, y bien podría serlo, sus moléculas conservarían las vibraciones de todas las conversaciones que se desarrollaron en su presencia. Todas las discusiones, los enfados insignificantes, las revelaciones mortífe­ras, los indistintos presagios de desastre, los gruñidos y la poesía del amor.

Siéntate a la mesa, Clarice. Mira dentro de la sartén. Si está bien cu­rada, será como un pozo negro, ¿no es así? Es como mirar al fondo de un pozo. Tu reflejo no está en el fondo, pero estás allí arriba, ¿verdad?

La luz te llega de detrás y tu rostro esta oscuro, con un halo de luz, como si te ardiera el pelo.

Somos combinaciones de carbono, Claríce. Tú, la sartén, tu padre muerto y enterrado, tan frío como la sartén. Todo sigue ahí. Escucha. Cómo hablaban, cómo vivían realmente tus padres, que tanto se afanaron. Los recuerdos concretos, no los fantasmas que habitan tu corazón.

¿Por qué no llegó tu padre a ayudante del sheriff, ni a codearse con la piara de los juzgados? ¿Por qué tuvo tu madre que limpiar moteles para manteneros, aunque no consiguió evitar que os desperdigarais antes de ser mayores?

¿Cuál es tu recuerdo mas vivido de la cocina? No del hospital, de la cocina.
Mi madre lavando el sombrero ensangrentado de mi padre.
¿Cuál es tu mejor recuerdo de la cocina?
Mi padre pelando naranjas con su vieja navaja, que tenía la pun­ta partida, y repartiendo los gajos entre nosotros.
Tu padre, Clarice, era un vigilante nocturno. Tu madre, una fregona.

Hacer carrera en el FBI, ¿era tu ilusión o la de ellos? ¿Cuánto se hubiera rebajado tu padre para medrar en una burocracia que apesta? ¿Cuántos culos hubiera lamido? ¿Lo viste alguna vez hacer la pelota o ser rastrero?

¿Han mostrado tus superiores tener alguna clase de valores, Clarice? y tus padres, ¿te enseñaron alguno? Si fué asi, ¿son los mismos?

Mira dentro de la sartén, que no engaña, y respóndeme. ¿Les has fallado a tus muertos? ¿Querrían ellos que se la chuparas a tus jefes? ¿Cual era su punto de vista respecto a la fortaleza de carácter? Tú pue­des ser tan fuerte como lo desees.

Eres una guerrera, Clarice. El enemigo ha muerto, la criatura está a salvo. Eres una guerrera.

Los elementos más estables, Clarice, aparecen en el centro de la tabla periódica, más o menos entre el hierro y la plata.

Entre el hierro y la plata. Creo que eso te cuadra a la perfección.

Hannibal Lecter



PD. Sigues debiéndome cierta información, ¿recuerdas? Cuéntame si aún te despiertas oyendo a los corderos. Cualquier domingo pon un anuncio en la sección de contactos del Times, el International Herald-Tribune y el China Mail. Dirígelo a A. A. Aaron, asi irá en primer lugar, y firma Hannah.
Mientras leía, Starling tuvo la sensación de estar oyendo la mis­ma voz que se había burlado de ella y la había desgarrado, que ha­bía hurgado en su pasado y la había iluminado sobre sí misma en la celda de máxima segundad del hospital psiquiátrico, cuando tuvo que comerciar con sus recuerdos más dolorosos a cambio de los insustituibles conocimientos de Hannibal Lecter sobre Buffalo Bill. La aspereza metálica de aquella voz que tan poco se prodigaba seguía persiguiéndola en sueños.

Había una telaraña nueva en una esquina del techo de la cocina. Starling fijó la vista en ella mientras sus pensamientos se atrepellaban. Contenta y triste. Triste y contenta. Contenta por la ayuda, con­tenta al vislumbrar lo que podía sanarla. Contenta y triste porque el servicio de reenvío de Los Angeles que había empleado el doctor Lecter parecía poco cuidadoso en la selección de su personal; esta vez habían utilizado una máquina de franqueo automático. Jack Crawford se frotaría las manos al ver la carta, lo mismo que las autoridades pos­tales y el laboratorio.



CAPITULO

6

La habitación en que Mason pasaba los días era silenciosa, pero tenia su propio, suave pulso, los siseos y suspiros del respirador que le proporcionaba oxígeno. Era oscura excepto por el resplandor del enorme acuario, en cuyo interior una exótica anguila daba vueltas y más vueltas, trazando continuos ochos que parecían siempre el mismo y haciendo ondular su sombra como una cinta por las pare­des del cuarto.

El pelo trenzado de Mason formaba una gruesa rosca sobre el caparazón del respirador que cubría su pecho en la cama elevada. Suspendido ante él, había un sistema de tubos semejante a una flau­ta de Pan.

La larga lengua de Mason asomó entre los dientes. La pasó alre­dedor del final del tubo del extremo y sopló aprovechando un sus­piro del respirador.

Al instante, una voz procedente de un altavoz de la pared le res­pondió.

—¿Sí, señor?

—El Tattler —la te inicial se había perdido, pero la voz era pro­funda y resonante como la de un locutor de radio.

—En portada viene...

—No quiero que me lo leas. Ponió en el monitor —las emes y la pe también habían desaparecido de las frases de Mason.

Se oyó crepitar la amplia pantalla del monitor elevado. El res­plandor verde azulado se volvió rosa conforme iba apareciendo la roja cabecera del Tattler.

——«EL ÁNGEL DE LA MUERTE: CLARICE STARLING, LA MÁQUINA ASESINA DEL FBI» —leyó Mason entre tres lentas exhalaciones del respirador.

El aparato permitía ampliar las fotografías. Mason tenia un bra­zo fuera de la colcha, y esa mano conservaba algo de movimiento. Como una araña de mar blancuzca, avanzó arrastrada por los dedos más que gracias a la fuerza del brazo contrahecho. Como apenas podía girar la cabeza para mirar, el índice y el corazón tantearon como si fueran antenas, mientras pulgar, anular y meñique tiraron con fuerza de la mano por la ropa de la cama. Por fin, encontró el mando a distancia, con el que podía ampliar y pasar las páginas.

Mason leyó despacio. El protector de cristal que cubría su único ojo producía un siseo dos veces por minuto, al vaporizar humedad sobre el globo ocular, que no tenía párpado, y a menudo empaña­ba la lente. Necesitó veinte minutos para leer el artículo principal y la columna lateral.

—Pon las radiografías —ordenó, acabada la lectura.

Hubo que esperar unos instantes. Había que colocar la ancha placa de rayos X sobre una mesa luminosa para que pudiera verse adecuadamente en el monitor. La primera radiografía mostraba una mano, al parecer dañada. La otra, la misma mano y todo el brazo. Una flecha dibujada en la placa señalaba una antigua fractura de hú­mero a medio camino entre el codo y el hombro.

Mason la contempló durante muchas inhalaciones.

—Pon la carta —ordenó al fin.

La elegante letra redonda apareció en el monitor, absurdamente magnificada.

—«Querida Clarice —leyó Mason—: He seguido con entusiasmo el desarrollo de los acontecimientos que han provocado tu caída en desgracia y pública vergüenza...» —El ritmo de su propia voz despertó viejos pen­samientos que hicieron girar su cabeza, la cama, la habitación, arrancaron la costra que cubría sus sueños más ocultos y dieron a su corazón un ritmo más rápido que el de la respiración. La má­quina detectó su agitación y bombeó oxígeno a sus pulmones aún .más deprisa.

Leyó la carta de cabo a rabo a un ritmo penoso por encima de los movimientos de la máquina, como si leyera a lomos de un ca­ballo. Mason no podía cerrar el ojo, pero cuando acabó la lectura su mente se retiró unos instantes para poder pensar. El respirador fun­cionó más despacio. Al cabo de un rato, Mason sopló en el tubo.

—Dígame, señor.

—Pégale un toque al congresista Vellmore. Tráeme los auricula­res del teléfono. Cierra el altavoz.

—Clarice Starling —dijo con la siguiente inhalación que le con­cedió la máquina.

Aquel nombre no tenía sonidos implosivos, así que pudo emitir­lo completo. Fonema tras fonema. Mientras esperaba que le trajeran el teléfono, dormitó unos instantes, con la sombra de la anguila des­lizándose por la colcha, por su rostro, por el pelo enroscado.



CAPÍTULO

7

Buzzard's Point, el centro de operaciones del FBI para Wa­shington y el Distrito de Columbia, recibe ese nombre a causa de una reunión de buitres celebrada en el hospital que se alzaba en ese lugar durante la guerra de la Secesión.

La reunión de ese día estaría constituida por burócratas de la DEA, el BATF y el FBI, dispuestos a decidir la suerte de Clarice Starling.

Starling estaba sola, de pie sobre la espesa alfombra del despacho de su jefe. La sangre le palpitaba contra el vendaje de la cabeza. Por encima de los latidos, le llegaban las voces de los hombres, amorti­guadas por la puerta de cristal esmerilado de la sala de reuniones contigua.

Sobre el cristal, en estilizado pan de oro, destacaba el emblema del FBI, con su divisa de «Fidelidad, Bravura, Integridad».

Tras el emblema, el tono de las voces subía y bajaba con cierta pasión; Starling oía su nombre a menudo, aunque no pudiera en­tender otra cosa.

El despacho ofrecía una hermosa vista sobre la dársena para ya­tes; al fondo se distinguía Fort McNair, donde fueron ahorcados los acusados de conspirar para el asesinato de Lincoln.

Starling recordó haber visto las fotos de Mary Surratt pasando al lado de su propio ataúd camino del patíbulo levantado en el fuerte; de pie sobre la trampilla, con una capucha sobre la cabeza y la falda atada sobre las piernas para evitar un espectáculo indecoroso cuan­do cayera con el cuello roto hacia la oscuridad total.

Starling oyó ruido de sillas al otro lado de la puerta; los hom­bres se estaban levantando. Al cabo de un instante empezaron a en­trar en el despacho y pudo reconocer algunas de las caras. Dios, allí estaba Noonan, el director adjunto de toda la división de investigación.

Y allí estaba su Némesis particular, Paul Krendler, del Departa­mento de Justicia, cuellilargo y con orejas de asa que le nacían más arriba de lo normal y le daban aspecto de hiena. Krendler era un trepa, la eminencia gris detrás del hombro del inspector general. Desde que Starling se le adelantó en atrapar al asesino en serie Buffalo Bill en un caso que se había hecho célebre siete años atrás, Krendler no había perdido ocasión de verter veneno en la ficha personal de Starling, ni dejado de cuchichear en su contra en los oídos del Comité de Ascensos.

Ninguno de aquellos individuos había participado con ella en ninguna operación, ni había ejecutado con ella una orden de arresto, ni se había arrojado al suelo para protegerse de las mismas balas, ni se había quitado del pelo las esquirlas de la misma lluvia de cristales.

No la miraron hasta que todos levantaron la vista al mismo tiem­po, como la manada que clava los ojos de repente en el animal en­fermo.

—Siéntese, agente Starling —le indicó su jefe, el agente especial Clint Pearsall, que se frotaba la gruesa muñeca como si le hiciera daño el reloj.

Sin mirarla a los ojos, le señaló un sillón encarado al ventanal. La silla del interrogado nunca es el lugar de honor.

Los siete hombres permanecieron de pie, con sus siluetas negras recortadas contra las ventanas. Starling no podía distinguir las facciones, pero veía sus piernas y sus pies por debajo de la línea de luz. Cinco de ellos calzaban los mocasines de suela gruesa con borlas que suelen llevar los charlatanes de pueblo que han conseguido lle­gar a Washington. Un par de Thom McAn con puntera en forma de ala y suelas Corfam y unos Florsheim con idéntica puntera com­pletaban la hilera de pies. El aire olía a betún recalentado por pies sudados.

—Por si no conoce a alguno de los presentes, agente Starling, éste es el director adjunto Noonan, estoy seguro de que no necesita presentación; éste es John Eldredge de la DEA; Bob Sneed, del BATF; Benny Holcomb, ayudante del alcalde; y Larkin Wainwright, inspector de nuestra Oficina de Responsabilidades Profesionales. Paul Krendler, lo conoce, ¿verdad?, está aquí de forma oficiosa en repre­sentación del inspector general del Departamento de Justicia. Paul está y no está aquí, ha venido para hacernos un favor, para ayudar­nos a atajar los problemas, no sé si me entiende.

Starling sabía lo que decían en el servicio: un inspector federal es alguien que llega al campo de batalla cuando la batalla ha acaba­do para rematar a los heridos.

Las cabezas de algunas siluetas se movieron a guisa de saludo. Aquellos individuos estiraron los cuellos y escrutaron a la joven a cuyo alrededor se habían congregado. Durante unos instantes nadie dijo nada.

Bob Sneed rompió el silencio. Starling lo recordaba como el mago de la oficina de prensa del BATF que intentó desodorizar el desastre de los davidianos en Waco. Era un compinche de Krend­ler y todo el mundo lo consideraba un lameculos.

—Agente Starling, imagino que es usted consciente de la cober­tura que los periódicos y la televisión han dado a este asunto. Se la ha identificado sin la menor duda como la persona que acabó con la vida de Evelda Drumgo. Por desgracia, los medios de comunica­ción han decidido poco menos que demonizarla.

Starling no replicó.

—¿Agente Starling?

—No tengo nada que ver con la prensa, señor Sneed.

—La mujer tenía a una criatura en brazos; no es difícil com­prender el problema que ello nos crea.

—No lo llevaba en brazos, sino en un arnés cruzado sobre el pe­cho, con los brazos y las manos ocultos y sujetando un MAC 10 debajo de una toquilla.

—¿Ha visto usted el informe de la autopsia? —le preguntó Sneed.

—No.

—Pero nunca ha negado que fue usted quien le disparó...



—¿Creía que lo iba a negar porque ustedes no han encontrado la bala? —Starling se giró hacia su jefe—. Señor Pearsall, ésta es una reunión informal, ¿me equivoco?

—En absoluto.

—Entonces, ¿por qué el señor Sneed lleva un micrófono? La División de Electrónica dejó de fabricar esos micrófonos de alfiler hace años. Lleva un F-Bird en el bolsillo de la americana y está gra­bándome. ¿Es una moda nueva eso de ir con micrófonos ocultos a los despachos de los demás?

Pearsall se puso de todos los colores. Si aquello era verdad, se tra­taba de una vileza de lo más chapucera; pero nadie estaba dispues­to a que lo grabaran diciendo a Sneed que apagara aquel cacharro.

—No es el momento para salidas de tono ni acusaciones —dijo Sneed, pálido de ira—. Todos estamos aquí para ayudarla.

—¿Para ayudarme a qué? Fue su gente la que llamó a este des­pacho y consiguió que me asignaran a la operación para que yo les ayudara a ustedes. Le di a Evelda Drumgo dos oportunidades para entregarse. Empuñaba un MAC 10 por debajo de la toquilla del bebé. Acababa de dispararle a John Brigham. Ojalá se hubiera ren­dido. Pero no lo hizo. En vez de eso, me disparó. Fue entonces cuando disparé yo. Y ahora está muerta. ¿No quiere comprobar el contador de su cásete, señor Sneed?

—¿Sabía de antemano que Evelda Drumgo estaría allí? —quiso averiguar Eldredge.

—¿De antemano? Una vez dentro de la furgoneta, el agente Brigham me explicó que Evelda Drumgo estaba preparando la dro­ga en un laboratorio de metanfetaminas vigilado por sus hombres. Y me encargó que me ocupara de ella.

—No olvide que Brigham está muerto —intervino Krendler—, y también Burke, ambos magníficos agentes. Ya no tienen la posi­bilidad de confirmar o negar nada.

Oír el nombre de John Brigham en labios de Krendler le revol­vía el estómago.

—No hay muchas posibilidades de que olvide que John Brigham está muerto, señor Krendler. Y, en efecto, era un magnífico agente, y un magnífico amigo. Y es un hecho que me ordenó encargarme de Evelda.

—Brigham le encargó semejante cosa a pesar de que usted y Evelda Drumgo ya se habían tirado de los pelos con anterioridad, ¿no es eso? —ironizó Krendler.

—Vamos, Paul... —terció Clint Pearsall.

—Fue un arresto pacífico —dijo Starling—. Se había resistido a otros agentes en anteriores ocasiones. Pero aquella vez no ofreció resistencia, e incluso hablamos un poco... No era ninguna idiota. Nos comportamos como dos personas. Ojalá hubiéramos hecho lo mismo el otro día.

—¿No es cierto que sus palabras textuales fueron «déjala de mi cuenta»? —preguntó Sneed.

—Me limité a darme por enterada de la orden.

Holcomb, el hombre de la oficina del alcalde, y Sneed acercaron las cabezas para conferenciar en petit comité.

Sneed se estiró las mangas de la camisa.

—Señorita Starling, tenemos declaraciones del oficial Bolton, del Departamento de Policía de Washington, según las cuales usted hizo gala de notable hostilidad verbal hacia Evelda Drumgo en la furgo­neta que los conducía al lugar de autos. ¿Qué tiene que alegar a eso?

—A indicación del agente Brigham, expliqué a los demás agen­tes que Evelda tenía un amplio historial de violencia, que solía ir armada y que era seropositiva. Añadí que le daríamos la oportuni­dad de entregarse pacíficamente. Y pedí su apoyo en caso de que fuera necesario reducirla. No hubo muchos voluntarios para hacer ese trabajo, se lo puedo asegurar.

Clint Pearsall hizo de tripas corazón:

—Después de que el coche de los Tullidos chocara y uno de los delincuentes saliera huyendo, ¿pudo ver que el coche se agitaba y oír a la criatura llorando en su interior?

—Chillando —puntualizó Starling—. Levanté la mano y orde­né a todo el mundo que dejara de disparar; luego me acerqué sin ninguna protección.

—Eso va contra las normas —cortó Eldredge.

Starling no se molestó en replicar.

—Avancé hacia el coche en posición de alerta, con los brazos extendidos y el cañón apuntando al suelo. Marquez Burke agoni­zaba en la calzada a unos pasos de mí. Alguien se acercó corriendo y trató de pararle la hemorragia. Evelda salió del coche con el niño. Le pedí que me enseñara las manos; dije algo como «Evelda, no lo hagas».

—Ella disparó y usted lo hizo a continuación. ¿Cayó al suelo en­seguida?

Starling asintió.

—Se le doblaron las piernas y quedó sentada en la calle, inclina­da sobre, el niño. Estaba muerta.

—Usted cogió al niño y corrió hacia la manguera. Su angustia era evidente —afirmó Pearsall.

—No sé si era o no era evidente. La criatura estaba cubierta de sangre. Yo no sabía si era o no seropositivo. Pero sí que lo era su madre.

—Y pensó que su disparo podía haber herido al niño... —le apuntó Krendler.

—No. Sabía adonde había disparado. ¿Puedo hablar claramente, señor Pearsall? —como el hombre rehuía su mirada, Starling con­tinuó—: La operación fue una auténtica chapuza. Me vi abocada a una situación en la que la alternativa era dejarme matar o disparar a una mujer con un niño. Elegí, y lo que me vi obligada a hacer me está quemando las entrañas. Disparé a una madre que tenía a su hijo en brazos. Ni los que llamamos «animales» hacen una cosa seme­jante. Señor Sneed, puede que quiera volver a asegurarse de que le queda cinta, ahora que estoy admitiendo esto. Estoy pasando un in­fierno por lo que ocurrió. No pueden imaginarse cómo me sien­to... —vio la imagen de Brigham boca abajo en la acera, y no pudo contenerse—: Los veo a todos ustedes intentando escurrir el bulto, y me dan ganas de vomitar.

—Starling... —Pearsall, visiblemente nervioso, la miró a la cara por primera vez.

—Sabemos que todavía no ha tenido ocasión de redactar su 302 —dijo Larkin Wainwright—. Cuando podamos estu...

—Sí, señor, la he tenido —lo atajó Starling—. Ya he enviado una copia a la Oficina de Responsabilidades Profesionales, y llevo otra encima por si no quieren esperar. En ella consta todo lo que vi e hice durante la operación. Ya ve, señor Sneed, que no hacía falta grabarme.

Starling veía las cosas con claridad meridiana, una señal de peli­gro que no le costó reconocer, y bajó la voz consciente de que lo hacía:

—La operación se fue al garete por un par de motivos. El infor­mador del BATF mintió sobre el niño porque estaba desesperado por que la operación se llevara a cabo antes de presentarse ante un gran jurado federal en Illinois. Y, además, Evelda Drumgo sabía que íbamos a por ella. Salió con el dinero en una bolsa y la droga en otra. Su busca seguía teniendo el número de la cadena de televisión WFUL. Le dieron el chivatazo cinco minutos antes de que llegára­mos. El helicóptero de la WFUL llegó al mismo tiempo que noso­tros. Pidan una orden para requisar las grabaciones telefónicas de la cadena y sabrán el origen de la filtración. Es alguien con intereses lo­cales, caballeros. Si hubiera sido el BATF, como en Waco, o la DEA, lo habrían filtrado a los medios nacionales, no a la televisión local.

Benny Holcomb salió en defensa de la ciudad.

—No hay la más mínima evidencia de que nadie del Ayunta­miento o del Departamento de Policía de Washington filtrara abso­lutamente nada.

—Pidan la orden y lo sabrán —insistió Starling.

—¿Tiene usted el busca de la Drumgo? —le preguntó Pearsall.

—Está registrado en el depósito de pruebas de Quantico.

El busca del propio director adjunto Noonan empezó a pitar. Arrugó la nariz al ver el número y salió del despacho tras pedir que lo disculparan. Al cabo de un instante, requirió a Pearsall para que se reuniera fuera con él.

Wainwright, Eldredge y Holcomb se pusieron a mirar por el ventanal hacia Fort McNair con las manos en los bolsillos. Viéndo­los cualquiera habría dicho que estaban esperando en la sala de ur­gencias de un hospital. Paul Krendler captó la atención de Sneed y le señaló a Starling.

Sneed apoyó una mano en el respaldo del sillón de la agente y se inclinó sobre ella.

—Si su testimonio en una audiencia es que, mientras estaba ce­dida por el FBI para una operación concreta, su arma mató a Evelda Drumgo, el BATF está dispuesto a firmar una declaración en la que conste que John Brigham le pidió que... prestara una atención especial a Evelda con el fin de detenerla de forma pacífica. Fue su arma la que acabó con ella, y su servicio es el que tiene que cargar con la responsabilidad. No habrá intercambio de mierda entre las agencias sobre las respectivas responsabilidades, y no nos veremos obligados a sacar a la luz sus declaraciones hostiles en la furgoneta sobre Evelda.

Starling vio a Evelda por un instante, saliendo por la puerta del mercado, saliendo del coche, con la cabeza erguida y, a despecho de los desatinos y la nulidad de su vida, dispuesta a defender a su hijo y a hacer frente a sus enemigos en vez de huir de ellos.

Starling se inclinó a la altura del micrófono clavado en la corba­ta de Sneed y dijo alto y claro:

—No tengo ningún reparo en declarar qué clase de persona era, señor Sneed; era bastante mejor que usted.

Pearsall volvió al despacho solo y cerró la puerta.

—El director adjunto ha tenido que volver a su despacho. Ca­balleros, voy a declarar concluida esta reunión. Me pondré en con­tacto con ustedes individualmente, por teléfono —los informó.

Krendler levantó la cabeza. Husmeó la intervención de alguna instancia política.

—Aún tenemos que tomar algunas decisiones —repuso Sneed.

—No, no tenemos.

—Pero...


—Bob, créeme, no tenemos que tomar ninguna decisión. Me pondré en contacto contigo. Y Bob...

—¿Sí? —Pearsall cogió el hilo por detrás de la corbata de Sneed y tiró hacia abajo con fuerza; saltaron los botones de la camisa y se oyó la cinta adhesiva al despegarse de la piel—. Vuelve a entrar en mi despacho con un micrófono y te juro que te lo meto por el culo.

Ninguno miró a Starling al salir, excepto Krendler. Mientras avanzaba hacia la puerta arrastrando los pies para no tener que mi­rar dónde los ponía, hizo girar su largo cuello, como una hiena que recorre un rebaño con la vista hasta localizar su presa, y le clavó los ojos. En su rostro se mezclaban los deseos; su ambigua naturaleza le permitía admirar las piernas de Starling al tiempo que pensaba en cómo desjarretarlas.

CAPÍTULO

8

Ciencias del comportamiento es la unidad del FBI que in­vestiga los asesinatos en serie. En sus dependencias, situadas en los sótanos del edificio, el aire está quieto y fresco. Los decoradores con sus muestrarios de colores han intentado en los últimos años iluminar ese espacio subterráneo. El resultado no ha sido mejor que el de los cosméticos que emplean las empresas de pompas fúnebres.

El despacho del jefe de unidad conserva los tonos marrones y ca­nela originales, y las cortinas a cuadros de color café en sus altas ventanas. Allí, rodeado de sus infernales archivos, estaba sentado Jack Crawford, escribiendo sobre la mesa.

Oyó un golpe de nudillos en la puerta y, al levantar los ojos, se encontró con una vista que siempre le resultaba agradable; Clarice Starling estaba en el umbral.

Crawford sonrió y se puso en pie. Starling y él hablaban de pie a menudo; era una de las formalidades tácitas que habían acabado por imponer a su relación. No necesitaban estrecharse la mano.

—Me han dicho que fue al hospital —dijo Starling—. Me hu­biera gustado verlo.

—Me alegro de que te soltaran tan pronto —contestó Craw­ford—. Y la oreja, ¿cómo va?

—Estupendamente, si le gusta la coliflor. Me han dicho que la mayor parte se me caerá.

El cabello se la cubría y Starling no se ofreció a enseñársela. Se produjo un momento de silencio.

—Querían que cargara con el muerto por lo de la operación, se­ñor. Lo de Evelda Drumgo, para mí solita. Se estaban comportan­do como un hatajo de hienas y de pronto todo acabó y se fueron con el rabo entre las piernas. Algo o alguien les quitó la idea de la cabeza.

—Puede que tengas un ángel de la guarda, Starling.

—Puede que sí. ¿Qué tuvo que hacer, Jack?

Crawford meneó la cabeza.

—Por favor, Starling, cierra la puerta —encontró un kleenex arru­gado en el bolsillo y se limpió las gafas con él—. Habría hecho algo si hubiera podido. Pero no tenía suficiente fuerza por mí mismo. Si el senador Martin siguiera en activo, te habría conseguido apoyo... Se cepillaron a John Brigham en esa operación. Como si lo hu­bieran tirado a la basura. Hubiera sido una vergüenza que hicieran lo mismo contigo. Me he sentido como si os estuviera cargando en un jeep a John y a ti.

Las mejillas de Crawford enrojecieron y la mujer se acordó de su rostro al viento cortante que soplaba sobre la tumba de John Bri­gham. Crawford nunca le había hablado de su experiencia de guerra.

—Usted ha hecho algo, Jack.

Él asintió.

—Algo he hecho. Pero no sé si te vas a alegrar. Es un trabajo.

Un trabajo. «Trabajo» era una palabra positiva en sus respectivos diccionarios. Significaba una actividad inmediata y específica, y ser­vía para despejar el aire. Si podían evitarlo, no solían hablar de la turbia burocracia central del FBI. Crawford y Starling eran como los médicos de una misión, con poca paciencia para la teología, concentrados en el niño que tienen delante, sabedores, por más que se lo callen, de que Dios no moverá un puto dedo para ayudarlos. Que no se molestará en hacer que llueva ni para salvar las vidas de cin­cuenta mil niños nigerianos.

—Aunque de forma indirecta, Starling, tu benefactor ha sido tu reciente corresponsal.

—El doctor Lecter.

Starling se había dado cuenta desde hacía tiempo de la repug­nancia de su superior a pronunciar aquel nombre.

—Sí, el mismo. Nos ha eludido durante todos estos años, pare­cía que se lo hubiera tragado la tierra y ahora te escribe una carta. ¿Por qué?

Habían pasado siete años desde que el doctor Hannibal Lecter, verdugo de al menos diez seres humanos, había burlado las medi­das de seguridad en Memphis y acabado con otras cinco vidas du­rante su huida.

Era como si se hubiera volatilizado. El FBI mantenía abierto el caso, y lo mantendría abierto por los siglos de los siglos, o hasta que lograran capturarlo. Lo mismo ocurría en Tennessee y otras juris­dicciones; pero ya no había ningún efectivo asignado a su búsque­da, aunque los familiares de las víctimas habían llorado lágrimas de rabia ante las autoridades del estado de Tennessee pidiendo que se emprendieran acciones.

Al cabo de los años, se disponía de toda una biblioteca de mo­nografías académicas que intentaban desentrañar los entresijos de la mente del doctor, la mayor parte escritas por psicólogos que nun­ca se habían visto las caras con el hombre de carne y hueso. Unas cuantas se debían a psiquiatras que Lecter había ridiculizado en las publicaciones profesionales, al parecer convencidos de que ahora podían alzar la voz sin peligro. Algunos de ellos afirmaban que sus aberraciones lo conducirían ineluctablemente al suicidio y que era posible que ya estuviera muerto.

El interés por el doctor no había decaído, al menos en el ciberespacio. Las teorías sobre Lecter brotaban en el terreno abonado de Internet como champiñones, y los que afirmaban haberlo visto en los sitios más peregrinos rivalizaban en número con los que decían otro tanto de Elvis. Los impostores plagaban los chats, y en la ciéna­ga fosforescente que constituía el lado oscuro de la Red los colec­cionistas de rarezas siniestras podían adquirir ilegalmente las fotogra­fías policiales de sus aberraciones. Sólo las superaba en popularidad la ejecución de Fou-Tchou-Li.

El único rastro del doctor en siete años había sido la carta reci­bida por Starling en plena crucifixión mediática.

A pesar de no haber encontrado huellas digitales en la misiva, el FBI se sentía razonablemente seguro de que era auténtica. Clarice Starling no tenía la menor duda.

—¿Por qué lo ha hecho, Starling? —Crawford parecía casi enfa­dado con ella—. Nunca he pretendido comprenderlo más de lo que lo comprenden esos psiquiatras burriciegos. Pero tú puedes expli­cármelo.

—Lecter pensaba que lo ocurrido podía desengañarme... desi­lusionarme respecto al Bureau, y él disfruta contemplando la des­trucción de la fe, es su pasatiempo favorito. Es como las fotos de iglesias desplomadas que coleccionaba. La montaña de escombros de aquella iglesia de Italia que se vino abajo sobre las abuelas que asistían a una misa especial, y el árbol de Navidad que después colo­có alguien encima de ellos... Aquello lo entusiasmó. Le divierte mi situación, juega conmigo. Cuando lo entrevistaba, le gustaba seña­lar las lagunas de mi educación; está convencido de que soy una ingenua.

Crawford habló desde la experiencia que le proporcionaban sus años y su soledad:

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá le gustes, Star­ling?

—Simplemente le divierto. Las cosas lo divierten o no. Y si no...

—¿Has sentido alguna vez que le gustabas? —Crawford insistía en la diferencia entre pensar y sentir como un baptista hubiera insisti­do en la inmersión integral.

—Basándose en unos pocos encuentros, fue capaz de descubrir­me un puñado de verdades sobre mí misma. En mi opinión es muy fácil confundir la perspicacia con la simpatía, por la desesperada necesidad de simpatía que todos sentimos. Puede que aprender a distinguirlas forme parte del proceso de hacerse adulto. Es duro y desagradable darse cuenta de que alguien puede comprenderte sin que ni siquiera le gustes. Y cuando ves la comprensión usada como arma por un depredador, no te queda por ver nada peor. Yo... yo no tengo la menor idea de qué sentimientos le inspiro al doctor Lecter.

—Pero ¿qué tipo de cosas te dijo, si no te molesta la pregunta?

—Me dijo que era una paleta ambiciosa y testaruda y que mis ojos brillaban como quincalla. Que calzaba zapatos baratos, pero que tenía algo de gusto, una pizca de buen gusto.

—¿Y ésa fue la verdad que tanto te sorprendió?

—Pues sí. Y quizá sigue siéndolo. Aunque he mejorado en lo de los zapatos.

—En tu opinión, ¿podría estar interesado en saber si lo delata­rías después de enviarte una carta de ánimo?

—Él ya sabía que lo iba a delatar, más vale que lo supiera.

—Mató a seis personas después de que el tribunal lo mandara en­cerrar —dijo Crawford—. Se cargó a Miggs en el manicomio por echarte esperma a la cara, y a otros cinco en la huida. En el actual clima político, si lo cogen no se librará de la inyección.

La idea hizo sonreír a Crawford. Había sido un pionero en el es­tudio de los asesinos en serie. Ahora se enfrentaba a la jubilación forzosa, mientras el monstruo que lo había llevado por el camino de la amargura seguía en libertad. La perspectiva de ver muerto al doc­tor Lecter lo regocijaba sin paliativos.

Starling sabía que Crawford había mencionado el incidente con Miggs para sacudir su atención, para hacerla retroceder a aquellos días terribles en que intentaba interrogar a Hannibal el Caníbal en los calabozos del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore. Cuando Lecter jugaba con ella al gato y al ratón mientras una mu­chacha aterrorizada se agazapaba en el pozo del sótano de Jame Gumb esperando a que la mataran. Crawford solía provocar a su in­terlocutor para galvanizar su atención cuando estaba llegando al meo­llo de la cuestión, como ocurrió en aquella oportunidad.

—¿Sabías, Starling, que una de las primeras víctimas de Lecter si­gue viva?

—El chico rico. La familia ofreció una recompensa.

—Sí. Mason Verger. Vive conectado a un pulmón artificial en Maryland. Su padre ha muerto este año y le ha dejado una fortuna amasada en el negocio de la carne. También ha heredado un con­gresista y un miembro del Comité de Supervisión Judicial que no sabían ni atarse los cordones de los zapatos sin pedir permiso al vie­jo Verger. Mason dice tener algo que puede ayudarnos a atrapar a Lecter. Quiere hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Contigo. Eso es lo que quiere, y de repente todo el mundo está de acuerdo en que es una idea estupenda.

—Es lo que quiere... después de que usted se lo sugiriera, ¿me equivoco?

—Estaban dispuestos a acabar contigo, Starling, iban a lavarse las manos y a tirarte como si fueras un trapo. Te hubieras sacrificado en vano, igual que John Brigham. Sólo para salvar a un puñado de bu­rócratas del BATF. Miedo. Presión. Ya no entienden otro lenguaje. Mandé a alguien a que hiciera una visita a Verger y le explicara lo mucho que perjudicaría a la caza de Lecter que te dieran el pasa­porte. Lo que pasó a continuación, a quién llamó Verger después, ni lo sé ni me importa. Supongo que le dio un toque a nuestro re­presentante en el Congreso, el señor Vellmore.

Un año antes, Crawford no hubiera jugado aquella carta. Starling escrutó el rostro de su superior en busca de alguno de los signos de la demencia temporal que suele asaltar a los jubilados en ciernes. No percibió ninguno, pero Crawford parecía hastiado.

—Verger no es agradable, Starling, y no me refiero sólo a su cara. Averigua lo que sabe y vuelve con la información. Trabajaremos so­bre ella. Por fin.

Starling sabía que durante años, desde que se graduó en la Aca­demia del FBI, Crawford había intentado que la destinaran a Cien­cias del Comportamiento.

Ahora que era una agente veterana, veterana en muchas misio­nes de segunda categoría, se daba cuenta de que su temprano éxito en capturar al asesino en serie Jame Gumb era el origen de sus pro­blemas en el Bureau. Había sido una estrella en alza que se partió la crisma a media ascensión. En las semanas previas a la captura de Gumb, se había ganado al menos un enemigo poderoso y los celos de buen número de sus colegas masculinos. Eso, y una cierta falta de mano izquierda, la habían reducido a pasar años en brigadas de choque, brigadas de intervención rápida en atracos a bancos y bri­gadas encargadas de ejecutar órdenes de arresto, viendo Newark por encima del cañón de una escopeta. Al final, considerada demasiado irascible para trabajar en grupo, la habían convertido en agente téc­nica encargada de pinchar teléfonos y poner micrófonos en los co­ches de gángsteres y traficantes de pornografía infantil, y se había vis­to obligada a pasar noches de solitaria vigilancia atendiendo escuchas telefónicas autorizadas por el título tercero. Y en cuanto una agen­cia hermana solicitaba a alguien competente para una operación, la cedían. Tenía una fuerza sorprendente y era rápida y segura con el arma.

Crawford veía aquello como una oportunidad para Starling. Es­taba seguro de que la agente siempre había querido atrapar a Lecter. Pero la verdad era bastante más complicada.

El hombre la miraba con curiosidad.

—Sigues teniendo la cara manchada de pólvora.

Los granos de pólvora quemada del revólver del difunto Jame Gumb le habían dejado una marca negra en la mejilla.

—No he tenido tiempo de quitármelo —le respondió Starling.

—¿Sabes cómo llaman los franceses a un lunar así, una mouche como ésa, en la parte superior de la mejilla? ¿Sabes lo que simboliza?

Crawford tenía toda una biblioteca sobre tatuajes, simbología, mutilación ritual...

Starling negó con la cabeza.

—La llaman «coraje» —le explicó Crawford—. Tú puedes lle­varla. Yo que tú no me la quitaría.




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