Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


72

Starling apenas había pisado el séptimo, el piso ejecutivo del edificio J. Edgar Hoover. Ella y el resto de los miembros de su clase de graduación se habían reunido allí siete años antes para ver al di­rector felicitar a Ardelia Mapp como primera de su promoción, y en una ocasión un director adjunto la había hecho llamar para entre­garle su medalla de campeona de pistola de combate.

Pero pisar la alfombra del despacho del director adjunto Noonan estaba mucho más allá de su experiencia. En la atmósfera de club masculino con sillones de cuero de la sala de juntas flotaba un fuer­te olor a tabaco. Starling se preguntó si habían apagado las colillas y renovado el aire a toda prisa antes de que entrara.

Tres hombres se levantaron al entrar Crawford y Starling, y uno, no. Los educados eran el antiguo jefe de Starling, Clint Pearsall, de Buzzard's Point, el centro de operaciones de Washington, el direc­tor adjunto Noonan y un individuo alto y pelirrojo con traje de seda natural. Pegado a su asiento estaba Paul Krendler, de la oficina del inspector general. Krendler hizo girar la cabeza sobre su largo cuello como si la hubiera localizado por su olor. Cuando la miró, Starling pudo ver sus dos orejas redondas al mismo tiempo. Lo más extraño era la presencia en un rincón de un policía federal al que no conocía.

El personal del FBI y del Departamento de Justicia suele mimar su aspecto, pero aquellos hombres se habían acicalado para la tele­visión. Starling comprendió que tendrían que comparecer abajo, en la ceremonia que se celebraría más tarde en presencia del ex pre­sidente Bush. De no ser así, en lugar de llamarla al edifico Hoover, la habrían hecho acudir al Departamento de Justicia.

Krendler frunció el ceño al ver a Crawford al lado de la agente.

—Señor Crawford, su presencia no es necesaria en este procedi­miento.

—Soy el supervisor inmediato de la agente especial Starling. Éste es mi lugar.

—No lo creo así —replicó Krendler, y se volvió hacia Noonan—. Clint Pearsall es su jefe oficial, sólo está cedida temporal­mente a Crawford. En mi opinión la agente Starling debería res­ponder a nuestras preguntas en privado. Si necesitamos información adicional, podemos pedir al jefe de unidad Crawford que espere donde podamos localizarlo.

Noonan asintió.

—Ciertamente tu aportación nos será de mucha utilidad, Jack, una vez que hayamos escuchado el testimonio independiente de esta... de la agente especial Starling. Jack, quiero que esperes fuera. Si quieres quedarte en la sala de lectura de la biblioteca, ponte có­modo, ya te llamaré.

Crawford se puso en pie.

—Director Noonan, ¿puedo decir...?

—Puede salir, eso es lo que puede hacer —lo atajó Krendler.

Noonan se levantó.

—Guarde las formas, señor Krendler; hasta que decida cedérselo, está usted en mi despacho. Jack, tú y yo nos conocemos hace mu­chos años. El caballero del Departamento de Justicia ha recibido el nombramiento hace demasiado poco para entenderlo. Podrás decir lo que quieras. Ahora, déjanos y deja que Starling hable por sí misma —dijo Noonan, que se inclinó hacia Krendler y le susurró al oído algo que le sacó los colores.

Crawford miró a Starling. Todo lo que podía hacer era salir con el rabo entre las piernas.

—Gracias por venir, señor —le dijo ella.

El policía abrió la puerta a Crawford.

Al oír la puerta cerrarse a sus espaldas, Starling enderezó la es­palda y se dispuso a enfrentarse sola a los tres hombres.

A partir de ese momento el procedimiento siguió adelante con la celeridad de una amputación del siglo XVIII.

Noonan era la autoridad del FBI de mayor rango en el despacho, pero el inspector general estaba por encima, y al parecer había en­viado a Krendler como plenipotenciario.

Noonan cogió el expediente que tenía sobre la mesa.

—¿Quiere hacer el favor de identificarse para el atestado?

—Agente especial Clarice Starling. ¿Es que hay un atestado, di­rector Noonan? Porque me gustaría que lo hubiera —al ver que no contestaba, añadió—: ¿Le importa que grabe la sesión?

Sacó una pequeña grabadora Nagra de su bolso.

A Krendler le faltó tiempo para saltar:

—Por lo general este tipo de encuentro preliminar debería tener lugar en el despacho del inspector general en el Departamento de Justicia. Lo celebramos aquí porque nos conviene a todos a causa de la ceremonia de hoy, pero rigen las reglas de la Inspección Ge­neral. Es cuestión de un mínimo de sensibilidad diplomática. Nada de grabaciones.

—Comuníquele los cargos, señor Krendler —le indicó Noonan.

—Agente Starling, se la acusa de revelación ilegal de material reservado a un criminal en busca y captura —dijo Krendler, con el rostro bajo cuidadoso dominio—. Específicamente, se la acusa de poner este anuncio en dos periódicos italianos advirtiendo al fugitivo Hannibal Lecter de que se hallaba en peligro de ser apre­sado.

El policía federal entregó a Starling una fotocopia borrosa del pe­riódico La Nazione. Ella la volvió hacia la ventana para leer lo que habían enmarcado con un círculo: «A. A. Aaron: Entréguese a las autoridades más próximas, los enemigos están cerca. Hannah».

—¿Cómo se declara?

—Yo no lo he puesto. Es la primera noticia que tengo.

—¿Cómo explica usted que el anunciante utilice un nombre en clave, «Hannah», que sólo conocen el doctor Hannibal Lecter y este Bureau? ¿El nombre en clave que Lecter le pidió que usara?

—No lo sé. ¿Quién encontró esto?

—El Servicio de Documentación, en Langley, lo vio por casua­lidad mientras traducían la información sobre Lecter que venía en La Nazione.

—Si el nombre es un secreto dentro del Bureau, ¿cómo pudie­ron reconocerlo los del Servicio de Documentación? Ese servicio depende de la CÍA. Preguntémosles quién les llamó la atención sobre «Hannah».

—Estoy seguro de que el traductor estaba familiarizado con el expediente del caso.

—¿Tan familiarizado? Lo dudo mucho. Preguntémosle quién le sugirió que se fijara en eso. ¿Cómo iba a saber yo que el doctor Lecter estaba en Florencia?

—Usted fue quien descubrió que habían entrado en el archivo VICAP de Lecter desde la Questura de Florencia —dijo Krendler—. El acceso se produjo varios días antes del asesinato de Pazzi. No sabemos cuándo lo descubrió usted. ¿Por qué iba la Questura de Florencia a interesarse por Lecter, si no?

—¿Y qué razón iba a tener yo para avisar al doctor Lecter? Di­rector Noonan, ¿qué tiene de particular este asunto para que lo lleve la Inspección General? Estoy dispuesta a hacer la prueba del polí­grafo en cualquier momento. Tráiganlo cuando quieran.

—Los italianos han presentado una protesta diplomática por el intento de advertir a un conocido criminal mientras se encontraba en su país —explicó Noonan, e indicó al individuo pelirrojo sen­tado a su lado—. Éste es el señor Montenegro, de la Embajada de Italia.

—Buenos días, caballero. ¿Y cómo lo averiguaron los italianos? —preguntó Starling—. Supongo que no por los de Langley.

—La queja diplomática ha lanzado la pelota a nuestro tejado —in­tervino Krendler antes de que Montenegro pudiera abrir la boca—. Queremos dejar esto aclarado a satisfacción de las autoridades ita­lianas, y a mi satisfacción y la del inspector general, y lo queremos ya. Será mejor para todos si estudiamos juntos los hechos. ¿Qué pasa con usted y el doctor Lecter, señorita Starling?

—Interrogué al doctor Lecter en varias ocasiones a las órdenes del jefe de sección Crawford. Después de la huida del doctor, he recibido dos cartas suyas en siete años. Ambas están en su poder —resumió Starling.

—De hecho, hay más cosas en nuestro poder —dijo Krendler—. Conseguimos esto ayer. Qué más haya podido recibir, lo desco­nocemos.

Krendler se dio la vuelta para coger una caja de cartón cubierta de sellos y maltratada por correos. Hizo como que se deleitaba con las fragancias que salían de la caja. Señaló la etiqueta de embarque con el dedo, sin molestarse en enseñársela a Starling.

—Dirigida a usted en su domicilio de Arlington, agente espe­cial Starling. Señor Montenegro, ¿quiere decirnos qué son estos artículos?

El diplomático italiano removió los objetos envueltos en papel de seda haciendo destellar sus gemelos.

—Veamos, esto son lociones, sapone di mandarle, el famoso jabón de almendras de Santa María Novella, en Florencia, de la farmacia del convento, y algunos perfumes. Es el tipo de cosa que se regala la gente cuando está enamorada.

—Han sido escaneados para comprobar las toxinas y los irritantes, ¿no, Clint? —preguntó Noonan al anterior supervisor de Starling.

Pearsall parecía avergonzado.

—Sí —respondió—. No tienen nada malo.

—Una prenda de amor —dijo Krendler con cierto regodeo—. Ahora vayamos a la epístola amorosa —desplegó la hoja de perga­mino y la sostuvo haciendo visible la foto de periódico de Starling en el cuerpo de la leona alada; luego, le dio la vuelta para leer la letra redonda del doctor Lecter—. «¿Ha pensado alguna vez, Star­ling, en por qué los filisteos no la comprenden? Porque es usted la respuesta al acertijo de Sansón: usted es la miel en la boca del león.»

Il miele dentro la leonessa, me gusta —dijo Montenegro, archi­vando la frase en la memoria por si se le presentaba la ocasión de usarla.

—¿Que le gusta? —se asombró Krendler.

Con un gesto de la mano, el italiano declinó contestarle, al darse cuenta de que Krendler era incapaz de oír la música dé la metáfora de Lecter, o de percibir las evocaciones táctiles del regalo.

—El inspector general quiere que demos prioridad a esta cues­tión, a causa de las ramificaciones internacionales —dijo Krendler—. El camino que se siga, el que los cargos sean administrativos o cri­minales, depende de lo que descubramos en nuestras pesquisas. Si el asunto toma la vía criminal, será visto por la Sección de Integridad Pública del Departamento de Justicia, que lo llevará a juicio. Se la informará con tiempo más que suficiente para que se prepare. Di­rector Noonan...

Noonan respiró hondo y se dispuso a asestar el mazazo.

—Clarice Starling, queda en suspensión administrativa hasta el momento en que esta materia sea juzgada. Deberá entregar sus ar­mas y su identificación del FBI. Se le revoca el acceso a cualquier dependencia del Bureau excepto a las públicas. Se la escoltará para salir del edificio. Por favor, entregue su arma reglamentaria e iden­tificación al agente especial Pearsall. Adelante.

Al acercarse a la mesa, Starling vio a los hombres por un mo­mento como bolos en una partida de campeonato. Hubiera podido cargarse a los cuatro antes de que ninguno llegara a echar mano a su arma. El momento pasó. Sacó su 45 y miró fijamente a Krendler mientras dejaba caer el cargador en la palma de la mano, lo deposi­taba sobre la mesa y hacía saltar el cartucho de la recámara. Krendler lo cogió en el aire y lo apretó en la mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

La placa y la identificación fueron detrás.

—¿Tiene una segunda arma? —preguntó Krendler—. ¿Y un rifle?

—¿Starling? —la urgió Noonan.

—Bajo llave en mi coche.

—¿Otro equipo táctico?

—Un casco y un chaleco.

—Oficial, recupérelos cuando acompañe a la señorita Starling a su vehículo —dijo Krendler—. ¿Tiene un teléfono celular cifrado?

—Sí.

Krendler se volvió hacia Noonan con las cejas arqueadas.



—Devuélvalo también —dijo Noonan.

—Quiero decir algo, creo que estoy en mi derecho.

—Adelante —dijo Noonan mirándose el reloj.

—Esto es un montaje. Creo que Mason Verger intenta capturar al doctor Lecter por motivos personales. Creo que fracasó en Flo­rencia. Creo que el señor Krendler puede estar actuando en com­binación con Verger y quiere que los esfuerzos del FBI contra el doctor Lecter beneficien a Verger. Creo que Paul Krendler, del De­partamento de Justicia, está obteniendo dinero de esto y que quiere destruirme para conseguir sus propósitos. El señor Krendler se ha comportado conmigo de una forma impropia con anterioridad y está actuando ahora movido por el despecho además de por intereses económicos. Esta misma semana me ha llamado «conejito de gran­ja». Reto al señor Krendler a someterse conmigo a un detector de mentiras ante esta comisión. Estoy a su disposición. Podríamos ha­cerlo ahora mismo.

—Agente especial Starling, tiene usted suerte de no estar bajo ju­ramento hoy... —empezó a decir Krendler.

—Pues tómemelo. Y jure usted también.

—Quiero asegurarle que, si no hay pruebas contra usted, tendrá derecho a reincorporarse a su puesto sin que quede constancia al­guna en su expediente —dijo Krendler con su tono más amable—. Mientras tanto seguirá cobrando su sueldo y disfrutando de sus be­neficios sanitarios y de su seguro. El cese administrativo no es en sí mismo punitivo, agente Starling, aproveche sus ventajas —continuó Krendler en un tono que se había vuelto confidencial—. De hecho, si quisiera aprovechar este lapso para que le quitaran esa mancha de la cara, estoy seguro de que nuestros médicos...

—No es ninguna mancha —dijo Starling—. Es pólvora. Aun­que no me extraña que no sea capaz de reconocerla.

El policía federal esperaba con la mano tendida hacia ella.

—Lo siento, Starling —dijo Clint Pearsall, con el equipo de la agente en las manos.

Starling lo miró y él apartó la vista. Paul Krendler se le aproximó mientras los otros dejaban paso al diplomático para que saliera en primer lugar. Krendler empezó a decir algo entre dientes, la frase que tenía preparada:

—Starling, eres muy mayor para seguir...

—Perdone.

Era Montenegro. El esbelto diplomático se había dado la vuelta y se acercó a ella.

—Perdone —repitió Montenegro mirando a Krendler a los ojos hasta que éste se apartó con el rostro alterado—-. Lamento lo que le ha ocurrido. Y le deseo que la declaren inocente. Le prometo que presionaré a la Questura de Florencia para que investiguen cómo se pagó la inserzione, el anuncio, que apareció en La Nazione. Si se le ocurre algo... que merezca la pena investigar en mi esfera de competencias, por favor, dígamelo e insistiré personalmente en que se haga.

Montenegro le dio una tarjeta, pequeña, gruesa y con las letras en relieve, e hizo como que no veía la mano que le ofrecía Krend­ler cuando abandonaba el despacho.


Los reporteros, a los que se había permitido cruzar la entrada principal para asistir a la inminente ceremonia, abarrotaban el pa­tio. Unos pocos parecían saber dónde estaba la auténtica noticia.

—¿Es necesario que me coja el codo? —le preguntó Starling al alguacil.

—No, señora, no lo es —respondió el policía, que le abrió paso entre la avalancha de micrófonos y el chaparrón de preguntas a voz en cuello.

Esta vez el del corte a navaja parecía estar al cabo de la calle. Las preguntas que le gritó fueron: «¿Es cierto que la han apartado del servicio por el caso Hannibal Lecter? ¿Espera imputaciones cri­minales? ¿Qué tiene que decir sobre las acusaciones de los italianos?».

En el garaje, Starling entregó su chaleco antibalas, su casco, su rifle y su segunda pistola. El alguacil esperó mientras ella descargaba la pequeña pistola y la limpiaba con un trapo húmedo de aceite.

—La vi disparar en Quantico, agente Starling —le dijo—. Yo llegué a los cuartos de final representando a mi cuerpo. Limpiaré su 45 antes de guardarlo.

—Gracias, oficial.

Se quedó remoloneando cuando Starling ya había entrado en el coche. Entonces dijo algo que el motor del Mustang le impidió oír. Starling bajó la ventanilla y el hombre se lo repitió:

—No sabe cómo siento lo que le han hecho.

—Gracias, oficial. Es muy amable de su parte.

Un coche de la prensa esperaba a la salida del garaje. Starling aceleró el Mustang para dejarlo atrás y le pusieron una multa por exceso de velocidad a tres manzanas del edificio J. Edgar Hoover. Los fotógrafos hacían fotografías mientras el policía de tráfico la redactaba.
El director adjunto Noonan estaba sentado ante la mesa de su despacho después de la reunión, frotándose las señales que le habían dejado las gafas en el caballete de la nariz.

El hecho de acabar con la carrera de Starling no lo preocupaba demasiado; siempre había pensado que había un elemento emocio­nal en las mujeres que a menudo las invalidaba para el trabajo en el Bureau. Pero le dolía ver menospreciado a Jack Crawford. Jack había sido uno de los mejores. Puede que sintiera debilidad por aquella chica, pero la vida tenía esas cosas, y además la mujer de Jack esta­ba muerta y todo eso. Noonan recordaba cierta semana en que no había podido quitarle los ojos de encima a una estenógrafa y tuvo que librarse de ella antes de que pudiera llegar a causar problemas.

Volvió a ponerse las gafas y bajó en el ascensor hasta la biblioteca.

Crawford estaba sentado en la sala de lectura, con la cabeza apoyada en la pared. Noonan creyó que estaba dormido. Tenía la cara páli­da y perlada de sudor. Abrió los ojos y resolló con la boca abierta.

—¿Jack? —Noonan le palmeó el hombro y le puso la mano en la pegajosa frente. Al instante resonó su voz en la biblioteca—: ¡Eh, bibliotecario, llame a un médico!

Se llevaron a Crawford a la enfermería del edificio, y de allí a la Unidad de Vigilancia Intensiva de Cardiología del Memorial Jefferson Hospital.



CAPÍTULO

73

Krendler no hubiera podido desear una cobertura más amplia. El nonagésimo cumpleaños del FBI incluía un recorrido de pro­fesionales de los medios de comunicación por el nuevo centro de gestión de crisis. Los noticiarios televisivos aprovecharon al máximo aquella insólita posibilidad de acceso al edificio J. Edgar Hoover. La C-SPAN transmitió en directo la totalidad de las declaraciones del ex presidente Bush, junto con las del director. La CNN emitió resú­menes de todos los discursos, y el resto de las cadenas cubrieron la información para las noticias de la noche. Cuando los dignatarios des­cendieron del estrado, Krendler tuvo su oportunidad. El del corte a navaja, que esperaba junto al escenario, le hizo la pregunta del millón:

—Señor Krendler, ¿es cierto que la agente especial Clarice Starling ha sido relevada de la investigación en torno a Hannibal Lecter?

—Creo que sería prematuro, e injusto para la agente, hacer co­mentarios al respecto en este momento. Me limitaré a decir que la oficina del inspector general está estudiando el asunto relacionado con Lecter. Por ahora no se han puesto cargos contra nadie.

La CNN también se hizo eco del asunto:

—Señor Krendler, algunos medios de comunicación italianos es­peculan con la posibilidad de que el doctor Lecter haya recibido infor­mación de una fuente gubernamental, que le habría avisado para que huyera. ¿Es ése el motivo para la suspensión de la agente Starling? ¿Es ésa la razón por la que la oficina del inspector general ha toma­do cartas en un asunto que parece más bien competencia de la Ofi­cina de Responsabilidad Profesional?

—No puedo hacer comentarios respecto a lo aparecido en la prensa extranjera, Jeff. Lo que sí puedo afirmar es que la oficina del inspector general está investigando alegaciones que hasta el mo­mento no han sido probadas. Tenemos tantas responsabilidades con respecto a nuestros agentes como con respecto a nuestros amigos europeos —dijo Krendler, poniendo el índice tieso como un Ken­nedy—. El caso Hannibal Lecter está en buenas manos, no sólo en las de Paul Krendler, sino también en las de expertos de todas las unidades del FBI y del Departamento de Justicia. Hemos puesto en marcha un proyecto que revelaremos a su tiempo, cuando haya dado los frutos apetecidos.
El casero alemán del doctor Lecter había equipado la casa con un enorme aparato de televisión Grundig, y había colocado un peque­ño bronce de Leda y el Cisne encima de la ultramoderna caja del aparato, en un intento de integrarlo en el decorado de la sala.

El doctor Lecter estaba viendo una película titulada Breve historia del tiempo, sobre el gran astrofísico Stephen Hawking y su obra. La había visto muchas otras veces y aquélla era su parte favorita, el mo­mento en el que la taza de té se cae de la mesa y se hace añicos con­tra el suelo.

Hawking, retorcido en su silla de ruedas, comenta las imágenes con su voz generada por ordenador:

«¿En qué consiste la diferencia entre el pasado y el futuro? Las le­yes de la ciencia no distinguen entre ambos. Y sin embargo, existe una enorme diferencia entre pasado y futuro en la vida corriente.

»Hemos visto muchas veces una taza de té que cae de una mesa y se rompe en mil pedazos al llegar al suelo. En cambio, nunca he­mos visto que los pedazos se unan de nuevo y vuelvan a la mesa de un salto.»

La película muestra la misma secuencia de imágenes rebobinada, y los fragmentos de la taza se reúnen y saltan a la mesa. Hawking continúa hablando:

«La continua progresión del desorden, o entropía, es lo que dis­tingue al pasado del futuro y proporciona de ese modo una direc­ción al tiempo».

El doctor Lecter sentía gran admiración por la obra de Hawking y la seguía tan de cerca como le era posible a través de las revistas especializadas en matemáticas. Sabía que Hawking había creído en sus comienzos que el universo dejaría de expandirse y volvería a encogerse, y que la entropía podría dar marcha atrás. Más tarde Hawking afirmó que se había equivocado.

Lecter era bastante competente en el área de las ciencias exactas, pero Stephen Hawking se encuentra en un plano inalcanzable para el resto de los mortales. Durante años Lecter le había dado mil vueltas al problema deseando con todas sus fuerzas que Hawking hubiera estado en lo cierto al principio; que el universo dejara de expandirse, que la entropía se enmendara a sí misma, que Mischa, devorada, volviera a estar entera.

El tiempo. El doctor Lecter detuvo la cinta de vídeo y puso las noticias.

Todos los días aparece una lista de los reportajes de televisión y las noticias de prensa referentes al FBI en el sitio web del Bureau abierto al público. El doctor Lecter lo visitaba a diario para asegu­rarse de que seguían utilizando su fotografía antigua en «Los diez más buscados». De esta forma se enteró del aniversario del FBI con suficiente antelación para no perderse la cobertura televisiva. Se sentó en el gran sillón con su esmoquin y su corbata inglesa y vio mentir a Krendler. Lo miraba con los ojos entrecerrados, haciendo girar con suavidad la copa de coñac bajo la nariz. No había visto aquel pálido rostro desde que Krendler estuvo ante su jaula en Memphis, siete años atrás, justo antes de su huida.

En la cadena local de Washington vio a Starling recibiendo una multa de tráfico con los micrófonos metiéndose por la ventanilla del Mustang. Para entonces la televisión ya acusaba a Starling de «ha­ber abierto una brecha en la seguridad nacional» con relación al caso Lecter.

Los ojos marrones del doctor se abrieron de par en par cuando las cámaras la enfocaron, y en la profundidad de sus pupilas las chis­pas volaron en torno a la imagen del rostro femenino. Retuvo en­tera y perfecta su apariencia mucho después de que desapareciera de la pantalla, y procuró fundirla con otra imagen, Mischa; las apretó una contra otra hasta que, del corazón de rojo plasma de su fusión, las chispas ascendieron llevando consigo una sola imagen en dirección este, hacia el cielo nocturno, para que girara con las estrellas sobre el mar.

A partir de ese momento, si el universo decidía contraerse, si el tiempo revertía y las tazas de té rotas se reintegraban, existiría un hueco en el mundo para Mischa. El lugar más valioso que el doc­tor Lecter era capaz de imaginar: el lugar de Starling. Mischa podría ocupar el lugar de Starling en el mundo. Si eso ocurría, si aquel tiempo retrocedía, la desaparición de Starling habría dejado libre a Mischa un espacio tan puro y radiante como la bañera de cobre en el jardín.





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