Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO

59

El laboratorio de ADN era nuevo, olía a nuevo y el personal era mas joven que ella. A esto último tendría que ir acostumbrán­dose, pensó Starling con una punzada. Y muy pronto sería un año mas vieja.

Un» joven cuya tarjeta de identificación decía «A. BENNING» firmó el recibo de las dos flechas.

A. Benning había tenido algún que otro disgusto en la recep­ción de pruebas, a juzgar por su evidente alivio cuando vio los dos proyectiles fijados con esmero al tablero de pruebas de Starling con alambres forrados de plástico.

—No se imagina lo que me encuentro algunas veces cuando abro estas cosas —le confesó A. Benning—. Supongo que sabe que no podré decirle nada enseguida, esto no es cosa de cinco mi­nutos...

—Claro —la tranquilizó Starling—. No hay referencias sobre el RFLP* del doctor Lecter. Se escapó hace mucho tiempo y las muestras antiguas han pasado por un centenar de manos y ya no son fiables.

—El laboratorio tiene demasiado trabajo como para examinar todas las muestras, no podemos comparar catorce cabellos de una habitación de motel, como nos traen a veces. Si pudiera traerme...

—Escúcheme —la interrumpió Starling—, y luego hable. He pedido a la Questura italiana que me manden el cepillo de dien­tes que creen perteneció al doctor Lecter. Podrá conseguir células epiteliales de él. Haga tanto la prueba del RFLP como la de secuencias recurrentes de genomas. Esta flecha de ballesta ha estado bajo la lluvia, así que dudo que le sirva de mucho. Pero mire esto...

—Lo siento, no imaginaba que usted supiera... Starling consiguió sonreír.

—No se apure, A. Benning, ya verá como nos entendemos de maravilla. Fíjese, las dos flechas son amarillas. La de ballesta, por­que la han pintado a mano; no es un mal trabajo, pero se notan las pinceladas. Mire aquí, ¿qué le parece eso que se ve bajo la pintura?

—¿Un pelo del pincel?

—Puede. Pero fíjese que está curvado hacia un extremo y tiene una especie de bultíto al final. ¿Y si ruera una pestaña?

—Y si conserva el folículo...

—Exacto.


—Mire, puedo hacer las polimerasas y las secuencias del genoma, es decir, tres colores a la vez, en la misma línea de gel y aislar tres localizaciones de ADN al mismo tiempo. Harán falta trece para los tribunales, pero bastarán un par de días para saber con toda seguri­dad si es de él.

—A. Benning, estaba segura de que me ayudarías.

—Eres Starling, ¿verdad? Quiero decir la agente especial Starling. Perdona si he empezado con mal pie. Es que los polis mandan las pruebas en unas condiciones... No tenía nada que ver contigo.

—Ya lo sé.



* Restríction Fragment Length Potymorphism (Polimorfismo de la longitud del fragmento de restricción). (N. del T.)

—Creía que eras mayor. Todas las chicas... las mujeres te conocen, bueno, todo el mundo te conoce; pero para nosotras eres... —A. Benning apartó la mirada— algo especial —luego levantó el rechoncho pulgar y dijo—: Buena suerte con el Otro. No te im­porta que lo llame así, ¿verdad?



CAPÍTULO

60

El mayordomo de Mason Verger, Cordell, era un hombretón de rasgos excesivos que habría sido guapo de haberles dado un poco de animación. Tenía treinta y siete años, y no podría volver a tra­bajar en la sanidad suiza, ni en cualquier otro oficio que lo pusiera en contacto con niños en aquel país.

Mason le pagaba un salario generoso para que organizara aquella ala del edificio, y era responsable del cuidado y alimentación del inválido. Le había demostrado ser de absoluta confianza y capaz de cualquier cosa. Mientras Mason interrogaba a las criaturas, Cordell había presenciado a través de la pantalla actos de crueldad que hubieran provocado la rabia o las lágrimas de cualquier otro.

Ese día Cordell estaba un tanto preocupado por el único asunto que consideraba sagrado, el dinero.

Llamó a la puerta con los nudillos dos veces, como de costumbre, y entró a la habitación de Mason. Estaba completamente a oscuras excepto por el resplandor del acuario. La anguila se percató de su presencia y salió del agujero, esperanzada.

—¿Señor Verger?

Pasó un momento antes de que Mason se despertara.

—Necesito comentar algo con usted. Tengo que hacer un pago extra en Baltimore esta semana a la misma persona de la que habla­mos antes. No se trata de ninguna emergencia, pero sería prudente. Ese niño negro llamado Franklin comió veneno para ratas y es­taba en estado crítico a principios de semana. Le ha contado a su madre adoptiva que usted le sugirió envenenar a su gato para que la policía no lo torturara. Así que le dio el gato a un vecino y se tomó el veneno él mismo.

—Eso es absurdo —dijo Mason—. Yo no tuve nada que ver con semejante cosa.

—Por supuesto, señor Verger, es completamente absurdo.

—¿Quién se ha quejado, la mujer que te consigue los crios?

—A ésa hay que pagarle ya.

—Cordell, tú no le hiciste nada a ese pequeño bastardo, ¿verdad? No le verían nada en el hospital, ¿o sí? Ya sabes que lo acabaré des­cubriendo.

—No, señor. ¿En esta casa? Nunca, lo juro. Usted sabe que no soy ningún estúpido. Y adoro mi trabajo.

—¿Dónde está Franklin?

—En el Hospital General de la Misericordia de Maryland. Cuando salga irá a un hogar comunitario. Ya sabe que la mujer con quien vivía fue borrada de la lista de hogares adoptivos por fumar marihuana. Ella es la que se está quejando de usted. Tal vez convenga hablar con ella.

—Una negrata drogadicta, no será mucho problema.

—No conoce a nadie a quien ir con el cuento. En mi opinión hay que manejarla con cuidado. Guantes de seda. La asistente social quiere que la hagamos callar.

—Pensaré en ello. Adelante, págale a la asistenta.

—¿Mil dólares?

—Pero que se entere de que es lo último que va a sacarnos.
Tumbada a oscuras en el sofá de la habitación de Mason, con las mejillas manchadas de lágrimas secas, Margot Verger escuchaba la conversación entre su hermano y Cordell. Había intentado razonar con Mason, hasta que se quedó dormido. Era evidente que Mason la creía lejos de la habitación. Margot abrió la boca para respirar muy despacio aprovechando los siseos de la máquina. La luz del pa­sillo tiño de gris la penumbra de la habitación cuando salió Cor­dell. Margot siguió tumbada en el sofá. Esperó casi veinte minutos, hasta que el respirador se adaptó al ritmo del durmiente, y dejó la habitación. La anguila la vio salir, pero Mason no.

CAPÍTULO

61

Margot Verger y Barney pasaban el tiempo juntos. No habla­ban mucho, pero veían partidos de rugby en la sala de recreo, Los Simpsons y a veces conciertos en las cadenas educativas, y juntos si­guieron Yo, Claudio. Cuando el turno de Barney le obligaba a per­derse varios episodios, los grababan en vídeo.

A Margot le gustaba Barney, le gustaba la camaradería con que la trataba. Hasta entonces no había conocido a nadie con tan pocos prejuicios. Barney era listo, y había en él algo indefinible, como de otro mundo. Eso también le gustaba.

Margot tenía una sólida formación en Humanidades, además de su licenciatura en Informática. Barney, que era autodidacta, tenía opiniones que iban de lo pueril a lo penetrante. Ella podía propor­cionarle un contexto. Su propia educación era una meseta amplia y abierta, aunque acotada por la razón. Pero la meseta descansaba encima de su mentalidad como la Tierra plana de los antiguos so­bre una tortuga.

Margot le hizo pagar cara su broma sobre mear de pie. Estaba segura de tener las piernas más fuertes que él, y el tiempo le dio la razón. Fingiendo grandes esfuerzos con pesos moderados, lo convenció para hacer una apuesta sobre levantamiento con las pier­nas, y recuperó sus cien dólares. Además, aprovechando su menor peso, lo derrotó haciendo levantamientos con un solo brazo, el derecho, pues el izquierdo nunca se había recuperado de una lesión infantil originada en un forcejeo con Mason.

Algunas noches, cuando Barney había acabado su turno con Mason, se entrenaban juntos ayudándose mutuamente en el ban­co. Era un trabajo serio durante el que apenas emitían otro soni­do que el de sus respiraciones. A veces se limitaban a darse las bue­nas noches cuando ella guardaba sus cosas en la bolsa de deporte y desaparecía hacia las dependencias familiares, prohibidas al per­sonal.

Aquella noche Margot entró en el gimnasio negro y cromo pro­cedente de la habitación de Mason, con los ojos arrasados en lá­grimas.

—Pero, mujer —dijo Barney—, ¿qué te pasa?

—Nada, mierdas de familia, ¿qué te voy a contar? Estoy bien —respondió Margot.

Trabajó como una posesa, levantando más de la cuenta, más ve­ces de las adecuadas.

En una ocasión Barney se acercó a coger una barra de discos y meneó la cabeza.

—Te vas a romper algo —le advirtió.

Ella seguía acelerando en una bicicleta fija cuando Barney deci­dió parar, se fue al vestuario y dejó que la humeante ducha hiciera desaparecer por el desagüe la larga jornada. Era una instalación sin tabiques con cuatro alcachofas superiores y otras tantas a la altura de la cintura y los muslos. A Barney le gustaba abrir un par de du­chas y dejarlas converger sobre su oscuro corpachón.

En unos segundos quedó envuelto en una espesa niebla que lo aisló de todo salvo del agua que azotaba su cabeza. La ducha era uno de sus lugares de reflexión favoritos. Nubes de vapor. Las nubes. Aristófanes. Las explicaciones del doctor Lecter sobre el lagarto que se meó encima de Sócrates. Se le ocurrió que, antes de que lo aporreara el implacable martillo lógico del doctor Lecter, alguien como Doemling hubiera conseguido avasallarlo.

Cuando oyó el chorro de otra ducha, no le prestó mayor atención y siguió frotándose. Otros empleados usaban el gimnasio, aunque por lo general a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Forma parte de la etiqueta masculina no prestar mucha atención a los demás usuarios de las duchas comunes de un gimnasio; sin embar­go, Barney no pudo evitar preguntarse de quién se trataba. Esperaba que no fuera Cordell, que le ponía los pelos de punta. Era extraño que alguien hubiera acudido allí a aquellas horas. ¿Quién coño se­ría? Barney se dio la vuelta para que el agua le cayera sobre los hombros. Nubes de vapor, fragmentos del individuo que estaba a su lado, visibles entre los chorros como fragmentos de un fresco en una pared enyesada. Un hombro musculoso, una pierna... Una mano bien torneada restregando un grueso cuello y unas espaldas anchas, uñas rojo coral... Ésa era la mano de Margot. Los dedos de los pies, también pintados. La pierna de Margot.

Barney volvió a meter la cabeza bajo el potente chorro de la du­cha y respiró hondo. Al alcance de su mano, la figura se había vuel­to y se frotaba con energía. Ahora se estaba lavando la cabeza. Aquél era el liso abdomen de Margot, sus pequeños pechos erguidos so­bre los grandes pectorales, los pezones duros apuntando al chorro, las ingles de Margot, nudosas en el lugar donde el tronco se unía a los muslos, y eso tenía que ser la raja de Margot, enmarcada por una cresta rubia estrecha y desmochada con mimo.

Barney aspiró tanto aire como pudo y lo aguantó en los pulmo­nes. Notaba el crecimiento del problema. La mujer brillaba como una yegua, hinchada al límite por la dura sesión de entrenamiento. Cuan­do su interés se hizo demasiado evidente, Barney se dio la vuelta. A lo mejor conseguía desentenderse de ella hasta que se marchara.

La ducha de al lado paró. En cambio, la voz se puso a hablar.

—Oye, Barney, ¿cómo están las apuestas por los Patriots?

—Con... con mi colega puedes conseguir Miami y cinco y medio.

Barney miró por encima del hombro.

Margot se estaba secando a la distancia justa para que el agua de la ducha de Barney no la alcanzara. El pelo empapado se le pegaba a los hombros. Ahora tenía la cara sonrosada y el rastro de las lágri­mas había desaparecido. Tenía una piel preciosa.

—Entonces, ¿vas a aceptar los puntos? —le preguntó ella—. Las apuestas en la oficina de Judy están a...

Barney no podía mirar otra cosa. El vellón de Margot, perlado de góticas, enmarcando el rosa de los pliegues. Tenía la cara ardien­do y una erección de caballo. Se sentía confuso y avergonzado. Vol­vió a ocurrírsele aquella idea desagradable. Nunca se había sentido atraído por los hombres. Margot, a pesar de todos sus músculos, era muy distinta a un hombre, y le gustaba.

Y, además, ¿qué era aquella mierda de ir a la ducha con él?

Cerró su ducha y se quedó frente a ella, chorreando. Sin pararse a pensarlo, le puso la mano en la mejilla.

—Por amor de Dios, Margot... —dijo, con la voz alterada. Ella bajó los ojos.

—Maldita sea, Barney. No...

Barney estiró el cuello e, inclinándose hacia delante, intentó be­sarla en cualquier parte de la cara sin tocarla con el miembro, pero no pudo evitarlo. Ella se apartó y miró el hilillo de cristalino flui­do que salía del hombre y lo unía a su vientre liso; como un rayo, le plantó en el pecho un antebrazo digno de un defensa, que le hizo perder el equilibrio y lo dejó sentado sobre el suelo de la ducha.

—Jodido bastardo —farfulló Margot—. Tenía que habérmelo ima­ginado. ¡Cabrón! Coge tu cosa y métetela por el culo.

Barney se levantó y salió del vestuario. Se puso la ropa sin secar­se y se fue del gimnasio sin abrir la boca.

La habitación de Barney estaba en un edificio separado de la casa, unas antiguas cuadras con techo de pizarra convertidas en garajes con apartamentos en el piso superior. Por la noche se quedaba hasta tarde tecleando en su ordenador portátil. Estaba intentando con­centrarse en el curso que seguía por Internet cuando sintió temblar el suelo, como si alguien enorme subiera las escaleras.

Un ligero golpe en la puerta. Cuando la abrió, se encontró con Margot, envuelta en un jersey grueso y cubierta con un gorro de lana.

—¿Puedo entrar un momento?

Barney se miró los pies unos segundos y luego se hizo a un lado.

—Barney, oye, siento lo que ha pasado —le dijo—. Me ha en­trado el pánico. Quiero decir, la he cagado y después me he asus­tado. Me gustaba que fuéramos amigos.

—A mí también.

—Pensaba que podíamos ser, no sé, como colegas.

—Venga, Margot. Yo también dije que quería que fuéramos ami­gos, pero no soy un puto eunuco. Te has metido en la jodida du­cha conmigo. Y estabas impresionante, eso no es culpa mía. Entras desnuda en la ducha y me veo delante dos cosas que me gustan un montón.

—Yo y un coño —dijo Margot.

Se sorprendieron riéndose al mismo tiempo.

Margot se le acercó y lo atrapó con un abrazo que hubiera le­sionado a cualquiera menos fuerte que Barney.

—Escucha, si tuviera que haber un tío, serías tú. Pero no es lo mío. De verdad que no. Ni ahora ni nunca.

Barney asintió.

—Lo sé. Ha sido superior a mis fuerzas.

Se quedaron callados unos instantes sin deshacer el abrazo.

—¿Quieres que inténtenlos ser amigos?

Barney lo pensó por un momento.

—Claro. Pero tendrás que poner un poco de tu parte. A ver qué te parece el trato: voy a hacer un esfuerzo enorme para olvidar lo que he visto en la ducha, y tú no volverás a enseñármelo nunca más. Y tampoco me enseñes las tetas, ya puestos. ¿Qué te parece?

—Puedo ser muy buena amiga, Barney. Ven a casa mañana. Judy cocina y yo no me quedo atrás.

—De acuerdo, pero seguro que no cocinas mejor que yo.

—Ponme a prueba —lo retó Margot.



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62

El doctor Lecter sostuvo una botella de Cháteau Pétrus a contraluz. El día anterior la había sacado del botellero y dejado en posición vertical por si tenía posos. Miró el reloj y decidió que era el momento de abrirla.

Aquél era el tipo de cosas que el doctor Lecter consideraba un serio riesgo, superior a los que le gustaba correr. No quería ser brusco. Quería disfrutar el color del vino en una jarra de cristal. ¿Y si, por descorchar la botella demasiado pronto, descubría que no había ningún exquisito aroma que pudiera perderse al decantarla en el recipiente? La luz reveló un poco de sedimento.

Sacó el corcho con el mismo cuidado con que hubiera trepa­nado un cráneo, y dejó la botella en el escanciador, que median­te una manivela y un husillo inclinaba la botella milímetro a mi­límetro. Esperó a que el aire salino hiciera su trabajo; luego, de­cidiría.

Encendió un fuego de carbón vegetal y se sirvió una copa de Lillet con hielo y una rodaja de naranja mientras consideraba el fond en el que había trabajado durante días. Para preparar el caldo había seguido las inspiradas indicaciones de Alejandro Dumas. Tres días antes, a su regreso del bosque, había añadido a la cacerola un rollizo cuervo que se había estado atiborrando de bayas de enebro. Las pe­queñas plumas negras habían flotado en las aguas tranquilas de la bahía. Las remeras las había conservado para hacer plectros para su clavicémbalo.

El doctor Lecter machacó sus propias bayas de enebro y empezó a freír chalólas en una sartén de cobre. Ató un manojo de hierbas frescas haciendo un impecable nudo quirúrgico a un cordel de al­godón, y les echó encima el caldo utilizando un cucharón.

Sacó de la cazuela de cerámica un solomillo, que la salsa había vuelto oscuro y jugoso. Lo escurrió, lo enrolló sobre sí mismo y lo ató procurando que tuviera el mismo diámetro a todo lo largo.

Al cabo de un rato el fuego estuvo en su punto, con el carbón bien apilado formando una meseta. El filete siseó sobre la parrilla y el humo formó en el jardín una espiral azul que parecía danzar al compás de la música de los altavoces. El doctor Lecter estaba oyen­do la conmovedora composición de Enrique VIII Sí el puro amor nos gobernara.


Bien entrada la noche, con los labios tintos en Cháteau Pétrus y una copa pequeña de cristal coloreada por el tono miel del Cháteau d'Yquem reposando en el pedestal, el doctor Lecter interpretaba a Bach. En su mente Starling corría sobre las hojas caídas en el bosque. Los ciervos se espantaron y ascendieron la colina en la que permane­cía sentado, completamente inmóvil. Corriendo, corriendo, llegó a la segunda de las Variaciones Goldberg, mientras la llama de la vela lanza­ba reflejos sobre sus manos. Una sutura en la música, un atisbo de nieve manchada de sangre y dientes sucios, esta vez tan sólo unas décimas de segundo que acabaron con un chasquido nítido, el proyectil de una ballesta atravesando un cráneo, y volvió a ver el hermo­so bosque, fluyó la música, y Starling, nimbada de un halo de lu­minoso polen se perdió de vista con la cola de caballo agitándose como la de un ciervo blanco, y sin más interrupciones el doctor interpretó el movimiento hasta el final; el silencio aterciopelado que siguió estaba tan lleno de matices como el Cháteau d'Yquem.

El doctor Lecter sostuvo la copa ante la vela, que brillaba tras ella como el sol en el agua, y el vino adquirió el color del sol invernal en la piel de Clarice Starling. Faltaba poco para su cumpleaños, re­cordó el doctor. Se preguntó si le quedaría alguna botella de Chá­teau d'Yquem de la cosecha del año en que había nacido. ¿Por qué no hacer un regalo a Clarice Starling, que tres semanas más tarde habría vivido tanto como Cristo?



CAPÍTULO

63

En el momento en que el doctor Lecter levantaba su copa al trasluz de la vela, A. Benning, que se había quedado hasta tarde en el laboratorio de ADN, levantó su última emulsión hacia la luz y ob­servó las tinturas roja, azul y amarilla de las líneas de electroporesis. La muestra utilizada consistía en células obtenidas del cepillo de dien­tes del Palazzo Capponi enviado en la valija diplomática italiana.

—Vaya, vaya —murmuró, y llamó al número de Starling en Quantico.

Le respondió Eric Pickford.

—Hola, ¿puedo hablar con Clarice Starling, por favor?

—Ya se ha marchado. Yo estoy de guardia, ¿en qué puedo ayu­darla?

—¿Tiene un número de busca donde pueda localizarla?

—Mire, está aquí, pero en el otro teléfono. ¿Qué ha conseguido?

—¿Hará el favor de decirle que ha llamado Benning, del labora­torio de ADN? Por favor, dígale que lo del cepillo de dientes y la pestaña de la flecha coinciden. Es el doctor Lecter. Y dígale que me llame.

—Por supuesto, se lo diré enseguida. Déme su extensión. Mu­chas gracias.

Starling no estaba en la otra línea. Pickford llamó a Paul Krendler a su casa.

Al ver que Starling no la llamaba al laboratorio, la analista se sin­tió un tanto decepcionada. A. Benning había dedicado a aquello un montón de tiempo extra. Se fue a casa mucho antes de que Pickford se decidiera a llamar a Starling.

Mason estuvo al corriente una hora antes que la agente especial.

Habló brevemente con Krendler, tomándose su tiempo, dejan­do que la máquina le fuera mandando oxígeno. Tenía la mente muy clara.

—Es el momento de poner a Starling fuera de circulación, antes de que decidan preparar una encerrona y la pongan de cebo. Es viernes, tenemos todo el fin de semana. Mueve el culo, Krend­ler. Suelta lo del anuncio y échala a la calle, le ha llegado la hora. Y Krendler...

—Me gustaría que al menos...

—.. .limítate a hacer lo que te digo, y cuando recibas la próxi­ma postal de las islas Caimán tendrá un número completamente nuevo escrito debajo del sello.

—De acuerdo, yo... —empezó a decir Krendler, pero la comu­nicación se cortó.


La breve conversación había cansado a Mason más de lo normal. Para acabar, antes de hundirse en un sueño intranquilo, hizo ve­nir a Cordell y le dijo:

—Manda traer los cerdos.



CAPÍTULO

64

Exige mayor esfuerzo físico mover a un cerdo semisalvaje con­tra su voluntad que secuestrar a un hombre. Los cerdos son más di­fíciles de sujetar que los hombres, los grandes son más fuertes que cualquier hombre y no se los puede intimidar con un arma. Si se quiere conservar íntegros el abdomen y las piernas, no hay que per­der de vista los colmillos.

Por instinto, los jabalíes procuran eviscerar a su adversario cuan­do se enfrentan a las especies plantígradas, como el hombre y el oso. No desjarretan de forma espontánea, pero aprenden a hacerlo deprisa.

Si se necesita mantener vivo al animal, no se lo puede aturdir con un shock eléctrico, pues los cerdos son proclives a sufrir fibrilaciones coronarias fatales.

Carlo Deogracias, el porquero mayor, tenía paciencia de coco­drilo. Había probado a sedarlos usando la misma acepromacina que destinaba al doctor Lecter. Ahora sabía con exactitud la dosis nece­saria para dormir a un jabalí de cien kilos y los intervalos de admi­nistración para mantenerlo inmóvil hasta catorce horas seguidas sin efectos secundarios duraderos.

Dado que la empresa de los Verger era una importadora-expor­tadora a gran escala de animales y asociada permanente del Depar­tamento de Agricultura en la experimentación de programas de cría, los cerdos de Mason se encontraron el camino expedito. El formulario 17-129 del Servicio Veterinario se envió por fax a la Inspec­ción de Salud Animal y Vegetal de Riverdale, Maryland, en la forma reglamentaria, junto con los certificados veterinarios de Cerdeña y una tasa de treinta y nueve dólares con cincuenta por cincuenta tu­bos de semen congelado que Carlo iba a introducir en el país.

Los permisos correspondientes llegaron también por fax, junto con una dispensa de la usual cuarentena porcina de Key West y una confirmación de que un inspector enviado ex profeso evitaría que los animales encontraran problemas en el Aeropuerto Internacional Baltimore-Washington.

Carlo y sus ayudantes, los hermanos Fiero y Tommaso Falcione, habían construido las jaulas. Eran sólidas, tenían puertas de guillo­tina en cada extremo y estaban lijadas y acolchadas por dentro. En el último minuto se acordaron de embalar el espejo del burdel. Las fotografías que mostraban el reflejo de los cerdos enmarcado en mol­duras rococó habían hecho las delicias de Mason.

Con amoroso cuidado, Carlo drogó a los dieciséis cerdos, cinco jabalíes criados en el mismo corral y once hembras, una de ellas preñada, ninguna en celo. Una vez inconscientes, los examinó uno por uno con detalle. Comprobó los afilados dientes y las puntas de los colmillos con los dedos; sostuvo sus terribles cabezas con las manos; miró al interior de los ojillos entelados; afinó el oído para asegurarse de que los conductos respiratorios estaban despejados; y sacudió sus elegantes tobillos. Después los arrastró sobre lonas al interior de las jaulas de madera y dejó caer las puertas.

Los camiones descendieron ruidosamente de las montañas de Gennargentu hasta Cagliari. En el aeropuerto los esperaba un aero­bús de carga de la compañía Count Fleet Airlines, especializado en el transporte de caballos de carreras. Aquel aparato solía llevar y traer caballos norteamericanos que competían en Dubai. En esa ocasión transportaba sólo uno, recogido en Roma, y no hubo ma­nera de tranquilizarlo en cuando percibió el olor a salvajina; relinchó y coceó su estrecho pesebre acolchado hasta que la tripulación tuvo que sacarlo y dejarlo en tierra, lo que más tarde estuvo a punto de costarle a Mason una fortuna, pues se vio obligado a pagar el trans­porte del animal y una compensación a su dueño para evitar una querella.

Carlo y sus ayudantes volaron con los cerdos en la apretada bo­dega del carguero. Cada media hora, el porquero jefe hacía una vi­sita a cada uno de los animales, les ponía la mano en el áspero cos­tado y sentía los zambombazos de su salvaje corazón.

Por más que estuvieran sanos y tuvieran buen apetito, no podía pedirse a dieciséis cerdos que se zamparan al doctor Lecter de una sentada. Les había costado un día dar entera cuenta del cineasta.

En la primera sesión, Mason quería que el doctor Lecter viera cómo le comían los pies. Durante la noche lo mantendrían vivo con una solución salina intravenosa, a la espera del segundo plato.

Mason había prometido a Carlo que le permitiría pasar una hora con el doctor entre plato y plato.

El segundo día, los animales podrían vaciarlo y comerse la carne de las paredes del vientre y de la cara en una hora; cuando la primera tanda con los cerdos mayores y la cerda preñada se retirara ahita, la segunda ola correría a la mesa. Para entonces, la diversión se habría acabado de todos modos.

CAPÍTULO

65

Era la primera vez que Barney iba al granero. Entró por una puerta lateral practicada bajo las galerías de asientos que rodeaban las dos terceras partes de un viejo ruedo. Vacío y silencioso salvo por el zureo de las palomas en las vigas del techo, el lugar seguía con­servando un cierto aire de expectación. Tras el podio del subasta­dor se extendía el corral abierto. Grandes puertas dobles daban a las cuadras y la guarnicionería.

Barney oyó voces y gritó un «¡Hola!».

—En la guarnicionería, Barney, entra —dijo la profunda voz de Margot.

La guarnicionería era un lugar alegre, con las paredes llenas de arneses y hermosas sillas de montar, e impregnado de olor a cuero. Los cálidos rayos de sol que se colaban por las ventanas polvorien­tas, justo debajo de los tirantes, lustraban los aparejos y las pacas de heno. Un sobrado abierto a lo largo de uno de los lados daba al pajar del granero.

Margot estaba recogiendo las riendas y los cepillos de los caba­llos. Su cabello era más claro que la paja y sus ojos, tan azules como el sello de inspección de la carne.

—Hola —dijo Barney desde la puerta.

El lugar le parecía un tanto teatral, pensado para las visitas infan­tiles. Por su altura y la inclinación de la luz, recordaba a una iglesia.

—Hola, Barney. Echa un vistazo por ahí, la comida estará lista en veinte minutos.

La voz de Judy Ingram llegó del piso superior.

—Barneeeeeey. Buenos días. ¡Espera a ver lo que tenemos para comer! Margot, ¿quieres que probemos a comer fuera?

Los sábados Margot y Judy acostumbraban cepillar la variopinta recua de rollizos Shetlands adiestrados para que los montaran los niños de visita, y solían preparar una comida al aire libre.

—Vamos a probar en la fachada sur del granero, al sol —dijo Margot.

Las dos mujeres parecían demasiado predispuestas a gorjear. Cual­quier persona con la experiencia hospitalaria de Barney sabe que un exceso de gorjeos no presagia nada bueno para el agasajado.

La guarnicionería estaba presidida por un cráneo de caballo col­gado al alcance de la mano en una de las paredes, con la brida y las anteojeras puestas, y engalanado con los colores de la cuadra Verger.

—Te presento a Sombra fugaz, que ganó la carrera de Lodgepoles del cincuenta y dos, el único ganador que tuvo mi padre —dijo Margot—. Era demasiado roñoso para hacer que lo disecaran —se quedó mirando la calavera y añadió—: Es igualito que Mason, ¿no te parece?

En un rincón había una fragua y un fuelle. Margot había encen­dido un pequeño fuego de carbón para caldear el granero. En la lumbre hervía una cacerola que esparcía olor a sopa.

Sobre un banco de trabajo podía verse un juego completo de he­rramientas de herrero. Margot cogió un martillo de mango corto y abultada cabeza. Con sus fuertes brazos y su amplio tórax hubiera podido ganarse la vida haciendo trabajos de forja o herrando caba­llerías, aunque sus puntiagudos pectorales no hubieran pasado desa­percibidos.

—¿Podéis echarme las mantas? —les pidió Judy.

Margot cogió una pila de mantas de caballo recién lavadas y con un impulso del recio brazo la lanzó describiendo un arco al piso superior.

—Bueno, voy a lavarme y a sacar las cosas del jeep. Comemos en quince minutos, ¿vale? —dijo Judy, bajando la escalera de mano.

Barney, que se sentía vigilado por Margot, no prestó atención al trasero de Judy. Había varias balas de paja con mantas dobladas en­cima. Margot y Barney las utilizaron como asientos.

—Lástima que no puedas ver los ponis. Se los han llevado al es­tablo de Lester —dijo Margot.

—He oído los camiones esta mañana. ¿Cómo es eso?

—Cosas de Mason.

Se produjo un silencio. Siempre se habían sentido cómodos sin necesidad de hablar, pero esta vez fue distinto.

—Mira, Barney, llega un punto en que ya no hay mas que ha­blar, a menos que se esté dispuesto a hacer algo. ¿No crees que no­sotros hemos llegado a ese punto?

—¿Como en una aventura o algo así? —dijo Barney. La desafor­tunada comparación quedó flotando entre los dos.

—¿Una aventura? —dijo Margot—. Te estoy ofreciendo algo mil veces mejor que eso. Ya sabes de lo que hablo.

—Perfectamente —admitió Barney.

—Pero, si decidieras no hacer ese algo, y más tarde ocurriera de todos modos, ¿comprendes que no podrías venir a verme y sacarlo a relucir?

Se golpeó la palma de la mano con el martillo de herrero, tal vez de forma inconsciente, mientras lo miraba con sus azules ojos de carnicera.

Barney había visto toda clase de actitudes a lo largo de su vida, y había sobrevivido aprendiendo a interpretarlas. Ahora veía que aquella mujer hablaba en serio.

—Lo sé.


—Lo mismo que si hiciéramos algo. Seré muy generosa una vez y sólo una. Pero será más que suficiente. ¿Quieres saber cuánto?

—Margot, durante mi turno no le va a pasar nada. Al menos mientras esté recibiendo su dinero por cuidarlo.

—Pero ¿por qué, Barney?

Sentado en la bala de paja, Barney encogió los anchos hombros.

—Porque un trato es un trato.

—¿A eso lo llamas un trato? Esto sí que es un trato —dijo Mar­got—. Cinco millones de dólares, Barney. Los mismos que Krendler piensa conseguir por vender al FBI, si quieres saberlo.

—Estamos hablando de conseguir suficiente semen de Mason para que Judy se quede preñada, ¿no?

—Y de algo más que eso. Sabes que si le sacas su cosa y lo dejas vivo, te cogerá, Barney. No podrás huir lo bastante lejos. Irás a parar a los cerdos.

—¿Adonde?

—¿Qué significa eso, Barney, ese Semper fi que llevas en el brazo?

—Cuando acepté su dinero dije que cuidaría de él. Mientras, tra­baje para él no pienso tocarle un pelo.

—Pero si no tendrás que hacerle nada, excepto la parte médica, después de muerto. Yo no puedo tocarlo ahí. No puedo hacerlo otra vez. Y puede que necesite tu ayuda con Cordell.

—Si matas a Mason, sólo tendrás una ración —dijo Barney.

—Tendremos cinco centímetros cúbicos. Hasta el esperma más pobre, bien administrado, nos daría para cinco inseminaciones, po­dríamos hacerlo in vitro... La familia de Judy es muy fértil.

—¿No has pensado en comprar a Cordell?

—No. No cumpliría el trato. Su palabra no vale una mierda. Tar­de o temprano volvería pidiendo más. Lo mejor es que desaparezca.

—Veo que lo has pensado bien.

—Sí... Mira, Barney, no tienes más que controlar el cuarto del enfermero. Las constantes de los monitores quedan grabadas, hasta el último segundo. Pero el circuito de televisión sólo actúa en vivo, no hay cinta de vídeo en marcha. Nosotros... yo meto la mano en el armazón del respirador y le inmovilizo el pecho. El monitor re­flejará el funcionamiento del respirador. Cuando el ritmo cardiaco y la presión sanguínea muestren un cambio, entras a toda prisa y él estará inconsciente, y puedes intentar revivirlo tanto como quieras. Lo único que tienes que hacer es no darte cuenta de que yo estoy allí. Y yo sigo presionándole el pecho hasta que esté muerto. Has ayudado en un montón de autopsias, Barney. ¿Qué es lo primero que buscan cuando sospechan una asfixia provocada?

—Hemorragias tras los párpados.

—Mason no tiene párpados.

Margot había hecho los deberes, y estaba acostumbrada a com­prar cualquier cosa. Y a cualquiera..

Barney la miró a la cara pero mantuvo el martillo dentro de su ángulo de visión mientras contestaba.

—No, Margot.

—Si hubiera dejado que me follaras, ¿lo harías?

—No.

—Si te hubiera follado yo, ¿lo harías?



—No.

—Si no trabajaras aquí, si no tuvieras ninguna responsabilidad médica hacia él, ¿lo harías?

—Probablemente no.

—¿Es cuestión de ética o puro canguelo?

—No lo sé.

—Pues vamos a comprobarlo. Estás despedido, Barney.

Él asintió, no especialmente sorprendido.

—Y Barney... —la mujer se llevó un dedo a los labios—. Chis. ¿Me das tu palabra? ¿Hace falta que te diga que podría aplastarte con tus antecedentes de California? No es necesario, ¿verdad?

—No tienes por qué preocuparte —dijo Barney—. Soy yo el que tengo motivos. No sé qué forma tiene Mason de despedir a la gente. Puede que desaparezcan sin más.

—Tú tampoco tienes de qué preocuparte, le diré a Mason que has cogido la hepatitis. Y apenas sabes nada de sus asuntos; sólo que está intentado ayudar a la ley. Además, Mason sabe lo de tus antecedentes, te dejará marchar.

Barney se preguntó a quién habría encontrado más interesante el doctor Lecter durante las sesiones de terapia, si a Mason Verger o a su hermana.

CAPÍTULO

66

Era de noche cuando el largo camión plateado se detuvo ante el granero de Muskrat Farm. Llegaban con retraso y con los ner­vios de punta.

Los trámites en el Aeropuerto Internacional Baltimore-Washington habían ido como la seda al principio; el inspector del De­partamento de Agricultura selló la entrada de los dieciséis cerdos. Aunque tenía los conocimientos de un experto en la materia, era la primera vez que veía unos animales semejantes.

Luego, Carlo Deogracias echó un vistazo al interior del camión. Era un vehículo para el transporte de ganado y olía como tal, ade­más de mostrar la huella de sus anteriores inquilinos en las nu­merosas grietas. Carlo no estaba dispuesto a descargar sus cerdos. El avión tuvo que esperar hasta que el airado conductor, Carlo y Fiero Falcione encontraron otro camión más a propósito para transportar las jaulas, localizaron un lavadero de camiones con una manguera de vapor y limpiaron el interior de la caja.

Una vez ante la entrada principal de Muskrat Farm, se presentó el último inconveniente. El guarda comprobó el tonelaje del vehícu­lo y se negó a dejarles paso alegando que superaban el límite de un puente ornamental. Los encaminó hacia la carretera de servicio que atravesaba el parque nacional. Las ramas de los árboles arañaban el techo del vehículo mientras recorrían los tres últimos kilómetros.

Carlo contempló satisfecho el granero enorme y limpio de Muskrat Farm. Le hizo gracia el pequeño elevador de carga que trasladó las jaulas hasta las cuadras de los ponis con exquisita delicadeza.

Cuando el conductor del camión se acercó blandiendo una agui­jada eléctrica y se ofreció a azuzar a uno de los cerdos para com­probar hasta qué punto estaba drogado, Carlo le arrebató el instru­mento y lo asustó de tal modo que no se atrevió a pedirle que se lo devolviera.

Carlo pensaba dejar que los animales se recuperaran de los se­dantes en la semioscuridad, sin permitirles salir de las jaulas hasta que estuvieran sobre sus cuatro patas y alerta. Le preocupaba que los primeros en despertarse decidieran atacar a los que siguieran dro­gados. Cualquier bulto acostado atraía su atención cuando la piara no dormitaba al mismo tiempo.

Fiero y Tommaso se veían obligados a extremar las precauciones desde que la manada devoró a Oreste el cineasta y más tarde a su ayudante congelado. No podían estar en el corral o en los pastos con ellos. Los cerdos no los amenazaban, tampoco hacían rechinar los dientes como hacen los jabalíes; se limitaban a mirar a los hombres con la espeluznante terquedad propia de los cerdos, e iban aproxi­mándose de soslayo hasta que estaban lo bastante cerca para cargar.

Carlo, con la misma terquedad, no descansó hasta haber recorri­do linterna en mano la valla que rodeaba el prado boscoso adyacente a la gran masa forestal del parque nacional.

Cavó en la tierra con la navaja para examinar el mantillo y en­contró bellotas. Mientras se acercaban con el camión, había oído arrendajos graznando a las últimas luces y consideró que proba­blemente habría acebos. Sin duda, en aquel campo vallado crecían robles blancos, aunque esperaba que no demasiados. No quería que los animales encontraran su alimento en el suelo, como hubieran hecho con facilidad en el bosque abierto.

A todo lo largo del fondo abierto del granero, Mason había hecho construir una sólida barrera con una puerta holandesa como la de Cerdeña.

Tras la seguridad de aquella barrera, Carlo podría alimentarlos lanzándoles ropa rellena con pollos, patas de cordero y hortalizas al centro del corral.

No estaban domesticados, pero no tenían miedo de los hombres ni del ruido. Ni siquiera Carlo podía entrar en el corral. Los cerdos no son como otros animales. Hay en ellos una chispa de inteligencia y un terrible sentido práctico característicos de la especie. Aquellos no eran del todo hostiles. Simplemente, les gustaba la carne humana. Eran ligeros de patas como un miura, capaces de maniobrar como un perro pastor, y sus movimientos en torno a los cuidadores tenían el siniestro empaque de la premeditación. Tras uno de los ensayos, Fiero pasó un mal rato cuando intentó recuperar una de las camisas para volver a utilizarla.

Nunca se había visto unos cerdos como aquéllos, mayores que el jabalí europeo e igual de salvajes. Carlo se sentía su creador. Sabía que el trabajo que llevarían a cabo, el mal que destruirían, le pro­porcionaría más crédito del que pudiera necesitar en el más allá.

Hacia medianoche todo el mundo dormía en el granero. Carlo, Fiero y Tommaso descansaban libres de sueños en el altillo de la guarnicionería, mientras los cerdos roncaban en sus jaulas, empe­zando a trotar en sueños con sus elegantes patas y a intentar levan­tarse sobre la lona limpia en algunos casos. La calavera del caballo de carreras, Sombra fugaz, débilmente iluminada por las brasas del horno de herrero, no perdía detalle.



CAPÍTULO

67

Atacar a una agente del Burjeau Federal de Investigación con la prueba amañada por Mason era un salto enorme para Krendler. De hecho, lo dejó casi sin aliento. Si la fiscal general lo cogía, lo aplastaría como a una cucaracha.

Excepto por el riesgo personal, la cuestión de arruinar la carrera de Clarice Starling no le quitaba el sueño como lo hubiera hecho acabar con la de un hombre. Un agente tenía una familia que man­tener, como el propio Krendler, que mantenía la suya, por muy codiciosa y desagradecida que fuera.

Y estaba claro que Starling tenía que desaparecer. Si la dejaban a su aire, siguiendo las pistas con sus ridiculas habilidades femeninas, encontraría a Hannibal Lecter. Si eso ocurría, Mason Verger no le daría nada.

Cuanto antes la privaran de sus recursos y la pusieran de patitas en la calle, a hacer de cebo, tanto mejor.

En su ascensión al poder, Krendler había acabado con otras ca­rreras, primero como fiscal con ambiciones políticas, más tarde en el Departamento de Justicia. Sabía por experiencia que arruinar la carrera de una mujer es más fácil que perjudicar a un hombre. Si una mujer consigue un ascenso que ninguna mujer debiera obtener, lo más eficaz es decir que lo ha conseguido boca arriba.

Sería imposible acusar a Starling de eso, reflexionó Krendler. De hecho, no se le ocurría nadie más necesitado de un polvo salvaje en todo el escalafón. A veces imaginaba el abrasivo acto mientras se hurgaba la nariz.

Krendler no hubiera sido capaz de explicar su animosidad hacia Starling. Era visceral y procedía de una parte de sí mismo que no se atrevía a visitar. Un lugar con fundas en las sillas y una lámpara con pantalla abovedada, puertas con picaporte y persianas de ma­nubrio, y una chica con la pinta de Starling pero sin su sentido común, con las bragas alrededor de un tobillo preguntándole cuál era su jodido problema, y por qué no venía y se lo hacía, y que si era uno de esos maricas, uno de esos maricas, uno de esos maricas...

Si no se sabía la clase de ingenua que era Starling, reflexionó Krendler, su carrera tal como la habían reflejado los medios era mucho mejor de lo que sus escasos ascensos indicaban, tenía que admitirlo. Por suerte, había recibido pocas recompensas a su labor. Añadiendo la ocasional gota de veneno a su hoja de servicios a lo largo de los años, Krendler había conseguido influir en el comité de ascensos del FBI lo suficiente para bloquear varias misiones golosas que estuvieron a punto de asignarle; la actitud independiente y la falta de tacto de la mujer habían hecho el resto con eficacia.

Mason no estaba dispuesto a esperar la resolución del asunto del mercado de Feliciana. Además, no había garantía de que la mierda salpicara a Starling en una vista. La muerte de Evelda Drumgo y los demás había sido el resultado de una cadena de errores de seguridad, eso era indiscutible. Había sido un milagro que Starling consiguiera salvar al jodido negrito. Otra boca que alimentar con dinero públi­co. Arrancar la costra de tan feo asunto hubiera resultado fácil, pero era una forma poco gobernable de acabar con Starling.

La idea de Mason era mejor. Sería rápida y la dejaría fuera de combate. El momento era oportuno.

Un axioma de Washington, corroborado en la práctica más veces que el teorema de Pitágoras, afirma que en presencia de oxígeno un pedo sonoro con un culpable evidente hará pasar desapercibidas muchas emisiones menores en la misma habitación, con tal de que sean casi simultáneas.

Ergo, el juicio por impeachment estaba distrayendo al Departa­mento de Justicia lo suficiente para que él pudiera darle el pasapor­te a Starling.

Mason quería que la prensa cubriera la noticia para que el doc­tor Lecter se enterara. Pero Krendler debía hacer aparecer la cober­tura como un accidente desafortunado. Por suerte se le presentaba una ocasión que le venía como anillo al dedo: el cumpleaños del mismísimo FBI.

Krendler mantenía una conciencia domesticada con la que ab­solverse.

Ahora acudió a consolarlo: si Starling perdía su trabajo, en el peor de los casos el jodido antro de bolleras donde vivía Starling tendría que apañárselas sin antena parabólica para retransmisiones depor­tivas. Además, le estaría dando a un cañón suelto la oportunidad de caer al suelo y rodar hasta donde no pudiera volver a amenazar a nadie.

Un «cañón suelto» derribado dejaría de «mecer el barco», pensó, satisfecho y confortado como si dos metáforas navales constituyeran una ecuación lógica. Que el barco al mecerse moviera el cañón no le preocupaba en absoluto.

Krendler tenía una vida fantástica tan activa como su imaginación le permitía. Ahora, por puro placer, se imaginó a Starling vieja, con las tetas bamboleantes, las esbeltas piernas convertidas en masas celulíticas y varicosas, escaleras arriba y abajo con la colada, apartan­do la vista de las manchas de las sábanas, trabajando por el aloja­miento en una pensión propiedad de una pareja de tortilleras viejas y bigotudas.

Se imaginó lo primero que le diría para celebrar su triunfo, una frase acabada en «conejito de granja».

Armado con la penetración psicológica del doctor Doemling, deseó estar cerca de ella cuando se quedara sin armas, para decirle sin parpadear: «Eres un poco mayorcita para seguir jodiendo con tu padre, hasta para una muerta de hambre del sur». Se repetía la frase mentalmente, e incluso consideró la posibilidad de escribirla en su libreta.

Krendler tenía el instrumento, la oportunidad y la mala baba ne­cesarios para hundir la carrera de Starling, y cuando puso manos a la obra recibió la ayuda de la suerte y del servicio de correos italiano.

CAPÍTULO.

68

El cementerio de Battle Creer en las afueras de Hubbard es una pequeña cicatriz en el pelaje leonado del interior de Texas en di­ciembre. El viento silbaba, como silba siempre en aquel lugar. No merece la pena esperar que calle.

La nueva sección del cementerio tenía las losas a ras de tierra para facilitar la poda del césped. Aquel día un globo plateado en forma de corazón bailaba sobre la tumba de una niña que cumplía años. En la parte vieja cortaban la hierba de los caminos a menudo y los espacios entre las tumbas, tan a menudo como era posible. Trozos de cintas y tallos de flores secas se mezclaban con la tierra. Al fondo del cementerio había una montaña a donde iban a parar las flores marchitas. Entre el globo bamboleante y la montaña de deshechos, había una excavadora con el motor encendido y un jo­ven negro al volante, mientras otro, de pie junto a ella, encendía un cigarrillo con una cerilla que protegía del viento ahuecando las manos...

—Señor Closter, quería que estuviera aquí para que se diera cuenta de a qué nos enfrentamos. Estoy seguro de que usted no re­comendaría a los parientes del difunto que vieran esto —dijo el señor Greenlea, director de la funeraria Hubbard—. Ese féretro, y quiero volver a felicitarlo por su buen gusto, proporcionará una presentación de lo más digna, que es todo lo que necesitan ver. Me congratulo de poder hacerle el descuento profesional. Mi propio padre, que en paz descanse, reposa en uno exactamente igual.

Hizo una seña al conductor de la excavadora, cuya pala mordió la superficie herbosa y hundida de la tumba.

—¿No ha cambiado de parecer respecto a la lápida, señor Closter?

—No —respondió el doctor Lecter—. Los hijos quieren que esté bajo la misma que la madre.

Siguieron en el mismo sitio sin hablar, con el viento agitando las perneras de sus pantalones, hasta que la excavadora se detuvo a un metro de profundidad.

—Más vale que continuemos con las palas —dijo el señor Green­lea, y los dos trabajadores saltaron al hoyo y empezaron a cavar con un ritmo constante y eficaz—. Con cuidado. Ese primer ataúd no era gran cosa. Todo lo contrario del que tendrá a partir de ahora.

De hecho, la tapa del barato ataúd de madera prensada se había hundido sobre su ocupante. Greenlea hizo que sus empleados lim­piaran la tierra de alrededor y pasaran una lona por el fondo, que había permanecido intacto. Levantaron la caja con la lona y la car­garon en la parte trasera de una camioneta.

En el garaje de la funeraria, sobre una mesa de caballete, se pro­cedió a retirar los trozos de madera de la cubierta, que dejaron a la luz un esqueleto de buen tamaño.

El doctor Lecter lo examinó rápidamente. Una bala había asti­llado una costilla a la altura del hígado, y la parte izquierda de la frente presentaba una depresión fracturada y un agujero de bala. El cráneo, enmohecido pero bien conservado, tenía unos pómulos altos y prominentes, que el doctor había visto con anterioridad.

—La tierra no deja mucho —dijo el señor Greenlea.

Los restos podridos del pantalón y los jirones de una camisa va­quera tapaban los huesos. Los botones de perla habían caído entre las costillas. Un sombrero de ala ancha de fieltro marrón descansaba sobre el pecho. Tenía un rasguño en el ala y un agujero en la copa.

—¿Conocía usted al difunto? —le preguntó el doctor Lecter.

—Nuestro grupo de empresas compró este negocio y se hizo car­go del cementerio en 1989 —le informó el señor Greenlea—. Ahora vivo en la ciudad, pero las oficinas centrales están en Saint Louis. ¿Quiere ver si podemos conservar la ropa? O puedo proporcionarle un traje, pero no creo...

—No —dijo el doctor Lecter—. Cepillen los huesos y tiren todo lo demás excepto el sombrero, el cinturón y las botas, guarden las falanges de las manos y los pies en bolsas y envuélvanlos en el me­jor sudario de seda que tengan, con el cráneo y los demás huesos. No es necesario que los compaginen. ¿Quedarse con la lápida les compensa de volver a tapar la fosa?

—Sí, basta con que firme aquí, y le daré copias de esos otros cer­tificados —dijo el señor Greenlea, más que satisfecho por la venta realizada. Cualquier otro director de funeraria que hubiera llegado a por un cadáver habría facturado los huesos en una caja de cartón y vendido a la familia un ataúd de los suyos.

Los papeles de la exhumación cumplían escrupulosamente las nor­mas del Código de Salud y Seguridad de Texas, sección 711.004, como el doctor bien sabía, pues los había hecho él mismo, para lo que había extraído los requisitos y facsímiles de los impresos de las pági­nas web de la Biblioteca Legal de la Asociación de Condados de Texas.

Los dos trabajadores, agradecidos por la plataforma neumática de la parte posterior de la camioneta alquilada por el doctor Lecter, co­locaron el ataúd en su sitio y lo sujetaron a su plataforma con ruedas junto al otro único objeto cargado en el vehículo, un guardarropa de cartón.

—Qué buena idea llevar su propio armario. Así no se arruga el traje de ceremonias en la maleta, ¿verdad? —dijo el señor Greenlea.

En Dallas, el doctor sacó del ropero la funda de una viola y guar­dó en ella el bulto de huesos envueltos en seda, con el sombrero bien encajado en la parte de abajo y el cráneo dentro.

Sacó el ataúd de la camioneta y lo abandonó en el cementerio Fish Trap. Luego volvió al aeropuerto Dallas-Fort Worth, donde facturó la funda de la viola directamente a Filadelfia.
IV

FECHAS SEÑALADAS

EN EL CALENDARIO

DEL HORROR

CAPÍTULO

69

El lunes, Clarice Starling tuvo que comprobar las ventas de productos sofisticados del fin de semana, y su sistema tenía proble­mas que requerían la ayuda del técnico informático de la Unidad de Ingeniería. Incluso con listas drásticamente reducidas a dos o tres de las cosechas más selectas de cinco distribuidores de vinos caros, a dos proveedores de foie gras americano y a cinco colmados espe­cializados, la cantidad de compras era formidable. Las llamadas de licorerías individuales a través del número de teléfono que figuraba en el boletín del Bureau tenían que introducirse una por una.

Basándose en la identificación del doctor Lecter como autor del asesinato del cazador de ciervos de Virginia, Starling redujo la lista a las compras realizadas en la costa este, excepto para el foie gras Sonoma. En París, Fauchon se había negado a cooperar. Starling no consiguió comprender lo que el empleado de Vera dal 1926, de Florencia, le decía por teléfono, y envió un fax a la Questura para pedir su ayuda por si el doctor Lecter encargaba trufas blancas.

Al final de la jornada de trabajo de aquel lunes diecisiete de di­ciembre, a Starling se le ofrecían doce posibles líneas de acción. Se trataba de combinaciones de compras realizadas con tarjetas de cré­dito. Un hombre había comprado una caja de Pétrus y un Jaguar con compresor de sobrecarga, con la misma American Express.

Otro había encargado una caja de Bátard-Montrachet y una caja de ostras verdes de la Gironda.

Starling comunicó cada posibilidad a las oficinas locales del Bureau para que las investigaran.

Starling y Eric Pickford trabajaban en turnos distintos pero sola­pados para poder tener la oficina en activo durante el horario co­mercial.

En su cuarto día de trabajo allí, Pickford empleó parte del tiem­po en programar las llamadas automáticas de su teléfono. No puso etiquetas en los botones.

Cuando salió a tomar cafe, Starling pulsó el primer botón. Res­pondió el propio Paul Krendler.

Starling colgó y se quedó pensativa. Era hora de irse a casa. Ha­ciendo girar lentamente la silla contempló todos los objetos de la Casa de Hannibal. Las radiografías, los libros, la mesa puesta para uno. Después apartó las cortinas y salió.

El despacho de Crawford estaba abierto y vacío. El jersey que le había tejido su difunta esposa colgaba en el perchero del rincón. Starling alargó la mano hacia la prenda, pero no llegó a tocarla. Se echó el abrigo al hombro e inició el largo camino hasta su coche.

Nunca volvería a ver Quantico.



CAPITULO__70'>CAPITULO

70

Al atardecer del diecisiete de diciembre, sonó el timbre de Clarice Starling. En el camino de acceso al garaje vio el coche de un policía federal detrás de su Mustang.

Era Bobby, el mismo que la había traído a casa desde el hospital después del tiroteo en el mercado de Feliciana.

—Hola, Starling.

—Hola, Bobby. Entra.

—Me gustaría, pero antes tengo que decirte algo. Me han dado un pliego para que te lo entregue.

—Bueno, hombre, pues dámelo en casa, que se está mejor —le dijo Starling, helada en mitad de la corriente.

La comunicación, con el membrete del inspector general del Departamento de Justicia, la intimaba a aparecer ante una comisión a la mañana siguiente, dieciocho de diciembre, a las nueve en pun­to, en el edificio J. Edgar Hoover.

—¿Quieres que te lleve mañana? —ofreció el policía. Starling negó con la cabeza.

—Gracias, Bobby, iré con mi coche. ¿Quieres un café?

—Te lo agradezco, pero no puedo. Lo siento, Starling —dijo el hombre, con evidentes ganas de marcharse. Se produjo un silencio incómodo—. Veo que tienes mejor la oreja —dijo al fin.

Starling le dijo adiós con la mano mientras el coche retrocedía por el camino de acceso.

La notificación se limitaba a ordenarle que se presentara. No ofrecía ninguna explicación.

Ardelia Mapp, veterana de las guerras intestinas del Bureau y azo­te del corporativismo machista del organismo federal, se puso de in­mediato a preparar el té medicinal más fuerte que encontró, regalo de su abuela y famoso por levantar los ánimos. Starling temía aquel té, pero no había excusa que valiera.

Mapp dio golpecitos al membrete con el dedo.

—El inspector general no tiene una mierda que decirte —soltó entre dos sorbos—. Si nuestra Oficina de Responsabilidad Profe­sional tuviera algo de que acusarte, o lo tuviera la del Departamen­to de Justicia, tendrían que comunicártelo, tendrían que entregarte un pliego de cargos. Tendrían que darte un jodido 645 o un 644 con los cargos bien claros, y si la acusación fuera criminal tendrías un abogado, puertas abiertas, todo lo que se les da a los criminales, ¿verdad?

—Sí, claro.

—En cambio, de esta forma te acojonan por adelantado. El ins­pector general es un cargo político, puede encargarse de cualquier caso.

—Pues se ha encargado de éste.

—Con Krendler metiendo cizaña. Sea lo que sea, si decides que quieres ir con uno de los de Igualdad de Oportunidades, tengo to­dos los números. Ahora, escúchame, Starling. Tienes que decirles que quieres que se grabe. Al inspector general las declaraciones fir­madas se la traen floja. Lonnie Gains se llenó de mierda hasta el cuello por eso. Guardan un atestado de lo que dices, pero a veces cambia después de que lo has dicho. Ni siquiera ves una trans­cripción.

Cuando Clarice Starling llamó a Jack Crawford, la voz del hom­bre sonaba como si acabara de despertarse.

—No sé de qué se trata, Starling —le confesó—. Hare unas cuan­tas llamadas. Pero hay algo que sí sé; mañana estaré allí.



CAPITULO

71

Era de día, y la blindada jaula de hormigón del edificio Hoover se cernía amenazante bajo un cielo lechoso.

En la era del coche bomba, la entrada principal y el patío están cerrados la mayoría de los días y el edificio, rodeado de viejos auto­móviles del Bureau que forman una improvisada barrera de protec­ción.

La policía de Washington tiene la absurda política de dejar mul­tas en algunos de los coches de la barrera un día sí y otro también; bajo los limpiaparabrisas se van formando fajos que el viento agita y desparrama calle abajo.

Un mendigo que se calentaba de pie sobre una reja de la acera llamó a Starling y levantó la mano. Tenía una mejilla manchada de color naranja de la Betadina de alguna sala de urgencias. Le tendió un vaso de plástico roto por los bordes. Starling buscó un dólar en su monedero y le dio dos inclinándose sobre el viciado aire caliente y el vapor.

—Dios la bendiga —dijo el hombre.

—Falta me hace —contestó Starling—. Deséeme suerte.

Pidió un cafe en el Au Bon Pain que había en la fachada del edi­ficio que da a la calle Décima, como había hecho tantas veces a lo largo de los años. Lo necesitaba después de una noche en que apenas había pegado ojo, pero no quería que le entraran ganas de orinar durante la vista. Decidió no beberse más que la mitad. Vio a Crawford por la ventana y lo alcanzó en la acera.

—¿Quiere compartir este cafe? Pediré otro vaso.

—¿Es descafeinado?

—No.

—Entonces, mejor no, o me pondré a dar saltos.



Parecía viejo y consumido. Una gota clara le colgaba de la punta de la nariz. Se apartaron de la corriente de empleados que se dirigía a la entrada lateral del cuartel general del FBI.

—No sé de qué va esta reunión, Starling. No han llamado a nin­gún otro de los que participaron en el asunto del mercado de Feli­ciana, al menos que yo sepa. Pero estaré a tu lado.

Starling le dio un pañuelo de papel y se unieron a la ininte­rrumpida columna del turno de mañana.

Starling pensó que los oficinistas tenían un aspecto inusualmen­te elegante.

—Hoy es el noventa aniversario del FBI. Bush vendrá a soltar un discurso —le recordó Crawford.

En la calle lateral había cuatro furgonetas de televisión con an­tena de conexión vía satélite.

Un equipo de filmación de la cadena WFUL montado en la ace­ra grababa a un individuo joven con el pelo cortado a navaja que hablaba a un micrófono de mano. Un ayudante de producción su­bido al techo de la furgoneta vio acercarse entre la multitud a Star­ling y Crawford.

—¡Ahí está, es ésa del abrigo azul marino! —gritó a los de abajo.

—Vamos allá —ordenó el del corte a navaja—. Rodando.

El equipo provocó una marejada en la corriente humana hasta conseguir ponerle a Starling la cámara en la cara.

—Agente especial Starling, ¿puede hacer algún comentario sobre la investigación de la matanza en el mercado de pescado de Felicia­na? ¿Cuándo se emitirá el informe? ¿Se le han presentado cargos por matar a los cinco...?

Crawford se quitó el sombrero y, fingiendo protegerse la vista de los focos, consiguió bloquear la cámara unos instantes. Sólo la puer­ta de seguridad contuvo al equipo de televisión.

«A estos cabrones les han dado el soplo.»

Una vez dentro de Seguridad, se detuvieron en el vestíbulo. La neblina los había cubierto de gotas diminutas. Crawford se echó al coleto un comprimido de ginseng, a palo seco.

—Starling, puede que hayan elegido este día por el revuelo del impeachment y el aniversario. Sea lo que sea lo que pretenden, con este follón podría írseles todo al garete.

—Entonces, ¿por qué filtrarlo a la prensa?

—Porque en este asunto no todo el mundo cojea del mismo pie. Te quedan diez minutos, ¿quieres empolvarte la nariz?




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