Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



Descargar 1.19 Mb.
Página17/24
Fecha de conversión21.03.2018
Tamaño1.19 Mb.
Vistas395
Descargas0
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   24

CAPÍTULO

55

La feria regional de armas blancas y de Fuego del Atlánti­co Medio se celebraba en el auditorio del War Memorial. Metros y metros cuadrados de armamento, una pradera de armas de fuego, sobre todo pistolas y fusiles de asalto. Los haces rojos de las miras láser se entrecruzaban en el techo.

Pocos auténticos amantes de la naturaleza visitan las ferias de ar­mas, por una cuestión de simple buen gusto. Las armas se han con­vertido en objetos siniestros, y las ferias de armas son tristes, desan­geladas, tan deprimentes como el paisaje interior de muchos de sus visitantes.

Es una muchedumbre astrosa, torva, irritable, estreñida como gallina que no acaba de poner el huevo, con el corazón negro como la pez a ojos vista. Y la mayor amenaza para el derecho de todo ciu­dadano a poseer un arma de fuego.

Lo que les chifla es el armamento de asalto fabricado en serie con bajos costes y materiales de desecho para proporcionar gran po­tencia de fuego a tropas ignorantes y sin entrenar.

En medio de tanta tripa de cerveza, tanta carne flaccida y tanta cara pálida y sebosa, el doctor Hannibal Lecter, conmovido por el espectáculo, parecía un figurín. Las armas de fuego no le interesaban. Se dirigió directamente al puesto del vendedor de armas blancas más importante del circuito de ferias.

El comerciante sé llamaba Buck y pesaba ciento cincuenta kilos. Buck tenía en exposición todo un arsenal de espadas de fantasía e imitaciones de armas medievales y antiguas; pero también porras, cuchillos y machetes de primera calidad, entre los que el doctor Lecter localizó enseguida la mayoría de los artículos que figuraban en su lista de objetos que había debido abandonar en Italia.

—¿Puedo ayudarle?

Buck tenía unos carrillos bonachones y una boca simpática, pero ojos ruines.

—Sí. Me quedaré esa «Arpía», por favor, y un Spyderco recto y dentado con hoja de diez centímetros. Y aquel cuchillo de despellejador de punta redonda que tiene ahí detrás.

Buck cogió los artículos.

—Quiero el cuchillo de caza que le he dicho, no ése, el bueno. Déjeme ver la porra de cuero, la negra... —el doctor Lecter com­probó el muelle del mango—. Me la quedo.

—¿Alguna cosa más?

—Sí. Quiero un Spyderco Civilian, no veo ninguno.

—No hay mucha gente que lo conozca, nunca tengo más de uno.

—Sólo quiero uno.

—Su precio normal es de doscientos veinte dólares. Podría de­járselo por ciento noventa incluido el estuche.

—Estupendo. ¿Tiene cuchillos de cocina de acero al carbono?

Buck meneó la cabezota.

—Tendrá que buscarlos de segunda mano en algún mercadillo. Es lo que hago yo. Afilándolos con el dorso de un platillo de postre quedan como nuevos.

—Hágame un paquete. Vendré a buscarlo dentro de unos mi­nutos.

A Buck no solían pedirle que hiciera paquetes. Pero lo hizo, aun­que con las cejas arqueadas.

Como era de esperar, aquella feria de armamento tenía más de bazar que de otra cosa. Había unas cuantas mesas de polvorientas antiguallas de la Segunda Guerra Mundial, que empezaban a pare­cer prehistóricas. Se podían comprar rifles M-l, máscaras de gas con los cristales de los ojos rotos, cantimploras... No faltaban los habituales tenderetes de reliquias nazis, donde uno podía comprar botes de auténtico gas Zyklon B, si sus gustos iban por ahí.

No había casi nada de las guerras de Corea y Vietnam, y abso­lutamente nada de la operación Tormenta del desierto.

Muchos de los visitantes vestían ropa de camuflaje, como si aca­baran de regresar del frente con un breve permiso para asistir a la feria, en la que no echarían en falta indumentaria de aquel tipo, incluido el conjunto de camuflaje total adecuado para un francoti­rador o un cazador con arco, pues una de las secciones más impor­tantes del salón era la dedicada a los arcos y la caza con arco.

El doctor Lecter estaba examinando el conjunto de camuflaje cuando vio por el rabillo del ojo los otros uniformes. Cogió un guante de arquero. Se giró hacia la luz para ver la marca del fabri­cante y comprobó que los dos agentes que se habían parado a su lado pertenecían al Departamento de Caza y Pesca Fluvial de Vir­ginia, que tenía un pabellón dedicado a la conservación del medio ambiente.

—Ahí tienes a Donnie Barber —dijo el más viejo de los dos guardias, señalando con la barbilla—. Si alguna vez consigues lle­varlo ante el juez, avísame. Me gustaría echar a ese hijo de puta de los bosques para siempre.

No le quitaban ojo a un hombre de unos treinta años que esta­ba en el otro extremo del pabellón de los arcos, vuelto hacia ellos pero con la cara levantada hacia un monitor de vídeo. Donnie Bar­ber vestía de camuflaje, con la cazadora atada a la cintura por las mangas. Llevaba una camiseta de color caqui y sin mangas, para enseñar los tatuajes, y una gorra de béisbol con la visera hacia atrás.

El doctor Lecter se alejó poco a poco de los guardias haciendo como que miraba distintos artículos. Se detuvo en un puesto de mi­ras láser para pistola, al otro lado del pasillo, y a través de una celo­sía llena de pistoleras observó las imágenes del vídeo que tenía em­belesado a Donnie.

Era un vídeo sobre la caza con arco de ciervos cariacú.

Al parecer, alguien fuera de cámara ahuyentaba a un ciervo para que corriera entre dos vallas y entrara en un corral de maderos. El cazador, que estaba tensando el arco, llevaba un micrófono de ambiente para captar sus propios sonidos. De pronto su respiración se hizo más agitada. Luego susurró al micrófono: «No conozco nada mejor que esto».

El ciervo dio un respingo al alcanzarlo la flecha y chocó dos ve­ces contra la cerca antes de conseguir saltarla y salir huyendo.

Sin dejar de mirar, Donnie Barber dio un salto acompañado de gruñidos cuando la flecha se clavó en el animal.

En esos momentos el cazador del vídeo, que había localizado al ciervo, se disponía a despiezarlo. Empezó con lo que llamó «la lomera».

Donnie Barber paró el vídeo y lo rebobinó hasta el instante en que la flecha se clavaba, una y otra vez, hasta que el concesionario le llamó la atención.

—Anda y que te den, tontorrón —dijo Donnie Barber—, que no vendes más que mierda.

En el puesto de al lado compró flechas amarillas de punta ancha provista de una aleta afilada como una navaja. Se sorteaban dos días de caza del ciervo, y por el importe de su compra a Donnie le co­rrespondió un boleto.

Barber lo rellenó, lo introdujo por la ranura y desapareció con su largo paquete y el bolígrafo del vendedor entre la muchedum­bre de comandos barrigudos.


Como los ojos de un batracio al acecho de insectos, los del ven­dedor percibían cualquier pausa en la multitud que desfilaba ante su puesto. El hombre que tenía delante estaba extraordinariamente in­móvil.

—¿Ésta es su mejor ballesta? —le preguntó el doctor Lecter.

—No —el hombre sacó un estuche de debajo del mostrador—. La mejor es ésta. Yo prefiero las que se pliegan a las que se desmon­tan a la hora de transportarlas. La polea se puede tensar manual­mente o con el motor eléctrico. Supongo que sabe que no se puede usar una ballesta en Virginia si no se es un inválido... —le infor­mó el vendedor.

—Mi hermano ha perdido un brazo y está impaciente por ma­tar algo con el otro —le explicó el doctor Lecter.

—Claro, lo entiendo.

En cosa de cinco minutos, el doctor compró una magnífica ba­llesta y dos docenas de saetones, las flechas cortas y gruesas que se usan con ese tipo de arma.

—Hágame un paquete —le dijo Lecter.

—Si llena este boleto puede ganar dos días para cazar ciervos. En una granja estupenda —le indicó el vendedor.

El doctor Lecter rellenó el boleto del sorteo y lo metió por la ra­nura de la urna.

El vendedor se puso a atender a otro cliente, pero el doctor vol­vió sobre sus pasos.

—¡Jefe! —exclamó—. Me he olvidado de poner el número de teléfono. ¿Puedo?

—Claro, hombre, usted mismo.

El doctor Lecter quitó la tapa de la caja y cogió los dos boletos de arriba. Añadió un número de teléfono falso al resto de la falsa in­formación de su papeleta y echó un buen vistazo a la otra, parpa­deando una sola vez, como el diafragma de una cámara de fotos.

CAPITULO

56

En el gimnasio de Muskrat Farm dominaban el negro y el cro­mo de la tecnología punta, y el espacioso recinto estaba equipado con todo el ciclo de máquinas Nautilus, aparatos de pesas, una pis­ta de aeróbic y un bar de zumos.

Barney casi había acabado la sesión y estaba enfriando los múscu­los en la bicicleta cuando se dio cuenta de que no, estaba solo. En una esquina, Margot Verger se estaba quitando el chándal. Llevaba pantalones cortos elásticos y un top sin mangas sobre el sujetador deportivo, y en ese momento se estaba poniendo un cinturón para levantar pesas. Barney las oyó resonar en el rincón. Al cabo de un momento la oyó respirar con fuerza mientras hacía unos levanta­mientos para calentar.

Barney seguía pedaleando con la resistencia al mínimo y secán­dose la cabeza con una toalla cuando la mujer se le acercó entre dos tandas de pesas.

Margot miró los brazos del hombre y a continuación los suyos. Tenían más o menos el mismo grosor.

—¿Cuánto eres capaz de levantar echado en el banco? —le pre­guntó ella.

—No lo sé.

—Yo creo que lo sabes, y perfectamente.

—Puede que ciento setenta y cinco, o una cosa así.

—¿Ciento setenta y cinco? Venga ya, grandullón. Cómo vas a le­vantar todo eso...

—Puede que tenga razón.

—Tengo un billete de cien dólares que dice que no eres capaz de levantar ciento setenta y cinco.

—¿Contra qué?

—¿Contra qué cono va a ser? Otros cien. Y yo te pondré la marca.

Barney la miró frunciendo el entrecejo, elástico como goma.

—Vale.


Colocaron las pesas. Margot sumó las que Barney había puesto en su lado como si creyera que iba a hacer trampas. Él respondió contando las del lado de Margot aún con más cuidado.

Se tumbó en el banco y los ajustados pantalones de la mujer, de pie junto a su cabeza, quedaron a un palmo de su cara. La articula­ción de los muslos con el abdomen formaba nudos como un marco barroco y el macizo torso parecía llegar casi al techo.

Barney se acomodó sintiendo el banco contra la espalda. Las piernas de Margot olían a linimento fresco y sus manos, con las uñas pintadas de color coral, se posaban suavemente en la barra, bien tor­neadas a pesar de su fuerza.

—¿Listo?


—Sí.

Barney empujó la barra hacia la cara de la mujer, inclinada sobre él. No tuvo que esforzarse demasiado. Dejó la barra un soporte más arriba que el elegido por Margot. Ella sacó el dinero de su bolsa de deporte.

—Gracias —le dijo Barney.

—Puedo hacer más flexiones que tú —replicó Margot.

—Ya lo sé.

—¿No me crees?

—Sí, pero yo puedo mear de pie.

El grueso cuello de la mujer se puso rojo.

—Yo también.

—¿Cien pavos? —propuso Barney.

—Hazme un combinado —le ordenó ella.

En el bar de zumos había un frutero. Mientras Barney prepara­ba los combinados de fruta en la licuadora, Margot cogió dos nue­ces y las reventó cerrando el puño.

—¿Eres capaz de romper una sola, sin nada contra lo que hacer presión? —le preguntó Barney, que rompió dos huevos contra el borde de la licuadora y los echó adentro.

—¿Y tú? —dijo Margot, y le tendió una nuez.

Barney se quedó mirando la nuez en su palma abierta.

—No lo sé —despejó el trozo de barra que tenía delante y una naranja rodó por ella y cayó al suelo al lado de Margot—. Vaya, lo siento —se disculpó Barney.

Ella la recogió y volvió a ponerla en el frutero.

El enorme puño de Barney se cerró con fuerza sobre la nuez. La mirada de la mujer iba del puño al rostro de Barney, que tenía el cuello hinchado por el esfuerzo y la cara cada vez más roja. Em­pezó a temblar y al cabo de unos segundos se oyó un débil crujido procedente del puño. Margot se quedó con la boca abierta mien­tras Barney acercaba el tembloroso puño a la licuadora. El crujido se oyó con más fuerza. La yema y la clara de un huevo cayeron den­tro de la licuadora con un ¡plop! Barney pulsó el interruptor y se la­mió las yemas de los dedos. Margot se rió contra su voluntad.

Barney vertió los combinados en los vasos. Vistos desde el otro extremo del gimnasio hubieran parecido dos luchadores o dos le­vantadores de pesas de distintas categorías.

—A ti te gusta hacer todo lo que hacen los hombres, ¿no? —le preguntó Barney.

—Menos las estupideces.

—¿Quieres que hagamos cosas de hombres juntos?

La sonrisa de Margot se esfumó.

—No tengo ganas de oír ningún chiste de pollas, Barney.

El hombre sacudió la cabezota.

—Tú ponme a prueba —dijo.



CAPÍTULO__57'>CAPÍTULO

57

En la «CASA DE HANNIBAL» el material recopilado sobre el doc­tor crecía conforme Clarice Starling se internaba a tientas por los vericuetos de sus gustos.

Rachel DuBerry era algo mayor que Lecter en la época en que había actuado como activa mecenas de la Sinfónica de Baltimore, y muy hermosa, como Starling pudo comprobar en las fotografías de Vogue de aquellos años. Eso había sido dos maridos ricos atrás. En la actualidad era la señora de Franz Rosencranz, de los famosos Textiles Rosencranz. Su secretaria para actividades sociales la puso con ella.

—Ahora me limito a mandar dinero a la orquesta, querida. Es­tamos fuera demasiado tiempo como para participar activamente —explicó a Starling la señora Rosencranz, nacida DuBerry—. Si es algo relacionado con impuestos, puedo darle el número de mis con­tables.

—Señora Rosencranz, cuando participaba en el patronato de la Sinfónica y de la Escuela Westover, conoció usted al doctor Hannibal Lecter, ¿no es así?

Un silencio prolongado.

—¿Señora Rosencranz?

—Me parece que es mejor que me dé su número y la llame a tra­vés de la centralita del FBI.

—Como quiera.

Cuando se reanudó la conversación, Rachel dijo:

—Sí, tuve trato social con Hannibal Lecter hace años y desde en­tonces la prensa se ha dedicado a acampar en mi césped. Era un hombre con un encanto extraordinario, completamente fuera de lo habitual. De los que le ponen la piel de gallina a una chica, no sé si me explico. Me costó años creer lo que se contaba de él.

—¿Le hizo regalos en alguna ocasión, señora Rosencranz?

—Solía enviarme una nota el día de mi cumpleaños, incluso des­pués de que lo detuvieran. A veces un regalo, antes de que lo con­denaran. Tiene un gusto exquisito para los regalos.

—Y el doctor Lecter dio la famosa cena de cumpleaños en su honor. Con las cosechas de los vinos elegidas de acuerdo con la fe­cha de su nacimiento.

—Sí —admitió ella—. Suzy la llamó la fiesta más extraordinaria desde el baile en blanco y negro de Capote.

—Señora Rosencranz, si tuviera noticias suyas, ¿podría llamar al número del FBI que voy a darle? Querría preguntarle algo más si no es molestia. ¿Celebraba usted aniversarios especiales con el doctor Lecter? Y también tengo que preguntarle su fecha de nacimiento.

Al otro lado del teléfono la temperatura había bajado varios grados.

—Ésa es una información que debe de ser fácil conseguir.

—Sí, señora Rosencranz, pero hay ciertas incoherencias entre las fechas de la seguridad social, de su partida de nacimiento y de su permiso de conducir. De hecho, ninguna de ellas coincide. Le pido que me disculpe, pero estamos controlando compras de artículos de lujo para los cumpleaños de personas relacionadas con el doctor Lecter.

—¿«Personas relacionadas»? De modo que eso es lo que soy aho­ra, qué denominación tan horrorosa —la señora Rosencranz rió entre dientes. Pertenecía a una generación de cócteles y cigarrillos, y su voz era profunda—. Agente Starling, ¿qué edad tiene?

—Treinta y dos, señora Rosencranz. Cumpliré treinta y tres dos días antes de Navidad.

—Permítame que le diga, con la mejor intención del mundo, que le deseo que cuente con al menos un par de «personas relacio­nadas» en su vida. Le aseguro que ayudan a matar el tiempo.

—Sí, señora. ¿La fecha de su nacimiento?

Al final la señora Rosencranz se dignó a revelar la informa­ción correcta, que clasificó como «la fecha que conoce el doctor Lecter».

—Si no le molesta que se lo pregunte, señora, puedo entender que cambie el año, pero ¿por qué cambiar el mes y el día?

—Quería ser Virgo, porque es el signo mas compatible con el del señor Rosencranz. Por aquella época empezábamos a salir juntos.

La gente que había conocido al doctor Lecter cuando vivía en una jaula lo veía de una forma un tanto diferente.

Starling había liberado a Catherine, la hija de la ex senadora Ruth Martin, del infierno del sótano donde el asesino en serie Jame Gumb la mantenía oculta, y, de no haber sufrido una derrota en las siguientes elecciones, la senadora hubiera podido hacer mucho bien a Starling. Se notaba su agradecimiento al otro lado del teléfono, le dio recuerdos de Catherine y se interesó por ella.

—Nunca me ha pedido nada, Starling. Si alguna vez necesita otro empleo...

—Gracias, senadora Martin.

—Y sobre ese maldito Lecter, no, si hubiera tenido noticias su­yas, por supuesto que se lo habría comunicado al Bureau, y ahora mismo voy a apuntar su número aquí, junto al teléfono, Starling. Charlsie sabe lo que tiene que hacer con el correo. No espero te­ner noticias de ese hombre. Lo último que me dijo ese degenerado en Memphis fue «Me encanta su traje». Me hizo lo más cruel que nadie me haya hecho nunca. ¿Sabe qué fue?

—Sé que procuró mortificarla.

—Cuando Catherine estaba desaparecida, cuando estábamos de­sesperados y él dijo que tenia información sobre Jame Gumb, y yo le estaba suplicando, me preguntó, me miró a la cara con esos ojos de serpiente suyos y me preguntó si le había dado el pecho a Catherine. Quería saber si le había dado de mamar. Le contesté que sí. Entonces dijo aquello: «Un trabajo que da sed, ¿verdad?». Y eso hizo que lo reviviera todo de golpe, tenerla en brazos cuando era una criatura, sedienta, esperando a que se saciara... Aquello me des­garró como nada que hubiera sentido hasta entonces, y él se limi­tó a absorber mi dolor.

—¿Cómo era, senadora Martin?

—¿Cómo era...? Perdone, no la entiendo.

—Cómo era el traje que llevaba, el que le gustó al doctor Lecter.

—Déjeme pensar... Un Givenchy azul marino, de muy buen corte —dijo la senadora Martin, un tanto molesta por las priorida­des de Starling—. Cuando haya vuelto a ponerlo entre rejas, Starling, venga a verme, daremos un paseo a caballo.

—Gracias, senadora, lo tendré en cuenta.


Dos llamadas telefónicas, una a cada lado del doctor Lecter; una daba fe de su encanto, la otra, de sus escamas. Starling tomó unas notas: «Cosechas relacionadas con cumpleaños», lo que ya estaba cubierto en su pequeño programa. Añadió «Givenchy» a su lista de artículos de lujo. Después de dudarlo, escribió igualmente «Dar el pecho» sin que supiera a cuento de qué, y no tuvo más tiempo para pensar en ello porque el teléfono rojo empezó a sonar.

—¿Ciencias del Comportamiento? Estoy intentando ponerme en contacto con Jack Crawford, soy el sheriff Dumas del condado de Clarendon, Virginia.

—Sheriflf, soy la ayudante de Jack Crawford. El ha tenido que ir a los juzgados. ¿En qué puedo ayudarlo? Soy la agente especial Starling.

—Necesito hablar con Jack Crawford. Tenemos a un tipo en el depósito al que le han cortado unas cuantas tajadas. ¿Hablo con la unidad correcta?

—Sí, señor, ésta es el la unidad de car... Sí, señor, ha hecho bien en llamar aquí. Si me dice exactamente dónde se encuentra, saldré para allí enseguida y pondré al tanto al señor Crawford en cuanto acabe de testificar.

El Mustang de Starling salió de Quantico lo bastante deprisa como para hacer que el marine de guardia le pusiera mala cara, me­neara la cabeza y procurara reprimir una sonrisa.



CAPÍTULO

58

El depósito de cadáveres del condado de Clarendon, al norte de Virginia, está unido al hospital del condado por una pequeña esclusa neumática con un ventilador extractor en el techo y amplias puertas de dos hojas en cada extremo para facilitar la entrada y sa­lida de cadáveres. Un ayudante del sheriff de pie ante ellas impedía el acceso a cinco reporteros y cámaras arremolinados a su alrededor.

Starling se puso de puntillas detrás del corro y levantó la placa. Cuando el policía la vio y asintió con la cabeza, Starling se abrió paso entre los periodistas. Los flashes la deslumhraron y un fogonazo re­lumbró a sus espaldas.

En la sala de autopsias reinaba un silencio que sólo interrumpía el ruido del instrumental al ser depositado en la bandeja metálica.

El depósito del condado tenía cuatro mesas de autopsia de acero inoxidable, con sendas balanzas y piletas. Dos de ellas estaban cubier­tas con sábanas extrañamente moldeadas por los restos que ocul­taban. En otra, la más próxima a las ventanas, se estaba llevando a cabo una autopsia rutinaria. El patólogo y su ayudante estaban en­frascados en alguna operación delicada y no levantaron la vista cuan­do Starling entró.

El insidioso chirrido de una sierra eléctrica llenó la sala y al cabo de un momento el patólogo apartó la parte superior de un cráneo, levantó un cerebro en el hueco de las manos y lo depositó en la balanza. Susurró el peso al micrófono de su solapa, examinó el órgano en el platillo de la balanza y lo hurgó con un dedo enguantado. Cuando advirtió la presencia de Starling por encima del hombro de su ayudante, puso el cerebro en la cavidad torácica abierta del cadáver, encestó los guantes de goma en una papelera como un crío lanzando gomas elásticas y dio la vuelta a la mesa para acercarse a la mujer. A Starling, estrechar aquella mano le daba repelús.

—Clarice Starling, agente especial, FBI.

—Doctor Hollingsworth, forense, patólogo, jefe de cocina y limpiabotellas —los ojos de Hollingsworth, de un azul intenso, relucían como huevos duros. Se dirigió a su ayudante sin apartar la vista de Starling—: Marlene, llame al sheriff, está en la UVI de Cardiolo­gía, y destape esos cuerpos, por favor.

Según la experiencia de Starling, los forenses solían ser inteli­gentes pero también juguetones y atolondrados en las conversacio­nes informales, y les gustaba presumir. Hollingsworth siguió la mi­rada de Starling.

—¿Le llama la atención lo que he hecho con el cerebro?

Ella asintió, pero le enseñó las manos, abiertas en son de paz.

—Aquí no somos descuidados, agente especial Starling. No he vuelto a meterlo en el cráneo por hacerle un favor al de la funera­ria. En este caso tendrán un ataúd abierto y un largo velatorio, y no hay forma de evitar que parte del cerebro se escurra al cojín; así que llenamos el cráneo con gasas o lo que tengamos a mano, vol­vemos a cerrarlo y lo grapo por encima de las orejas para que no vuelva a abrirse. La familia tiene el cuerpo entero y todos felices.

—Lo entiendo.

—Dígame si entiende esto otro —dijo.

Detrás de Starling la ayudante del doctor Hollingsworth había destapado las mesas de autopsia.

Starling se dio la vuelta y lo vio todo en una sola imagen que se le quedaría grabada el resto de su vida. Uno al lado del otro, sobre las dos mesas de acero inoxidable, yacían un ciervo y un hombre. Del cuerpo del primero sobresalía una flecha amarilla. La flecha y las astas del animal habían sostenido la sábana como los mástiles de una tienda de campaña.

El hombre tenía una flecha más corta y gruesa atravesándole la cabeza justo encima de las orejas. Llevaba una sola prenda, una gorra de béisbol calada del revés y clavada a la cabeza por la flecha.

Al verlo, a Starling le entró la risa, pero se reprimió tan rápido que los demás debieron de interpretar el ruido como expresión de su sobresalto. La similar colocación de los dos cuerpos, con el hu­mano también de costado en lugar de en posición anatómica, re­velaba que los habían sacrificado de forma casi idéntica; les habían extirpado el solomillo y los ijares con destreza y precisión, y ha­bían rebanado los pequeños filetes de debajo de la columna.

Una piel de ciervo sobre acero inoxidable. La cabeza alzada sobre las astas en el cojín de metal, vuelta y con el ojo en blanco, como si intentara mirar hacia atrás, hacia el brillante astil que lo había ma­tado; tumbado sobre el costado y su propio reflejo en aquel lugar de obsesivo orden, el animal parecía más salvaje, más ajeno al hombre de lo que nunca lo habría parecido en el bosque.

El hombre tenía los ojos abiertos y de la comisura le salía un hilillo de sangre, como lágrimas rojas.

—Produce extrañeza verlos juntos —dijo el doctor Hollingsworth—. Los dos corazones pesan exactamente lo mismo —miró a Starling y comprobó que se encontraba bien—. Hay una diferen­cia en el hombre. Mire esto: le han separado de la columna las cos­tillas cortas y le han sacado los pulmones por la espalda. Casi pare­cen alas, ¿verdad?

—Un «Águila sangrienta» —murmuró Starling, que se había que­dado pensativa.

—No lo había visto en mi vida.

—Tampoco yo —confesó Starling.

—¿Hay un nombre para eso? ¿Cómo lo ha llamado?

—El «Águila sangrienta». Está documentada en la biblioteca de Quantico. Es un antiguo sacrificio noruego. Desgajar las costillas cortas y extraer los pulmones por la espalda, luego aplastarlos de esa forma para darles la apariencia de alas. En los años treinta hubo un neovikingo que lo hizo en Minnesota.

—Usted verá un montón de cosas así, no como ésta, pero de este tipo...

—A veces, sí.

—Se sale un poco de mi terreno. Aquí nos traen sobre todo ase­sinatos corrientes, gente a la que han disparado o apuñalado... Pero ¿quiere saber lo que pienso?

—Me encantaría, doctor.

—Creo que este hombre, Donnie Barber según su carnet de identidad, mató al ciervo ilegalmente ayer, un día antes de que se levantara la veda. Sabemos que murió entonces. La flecha coinci­de con el resto de su equipo. Lo estaba despiezando a toda prisa. No he examinado los antígenos de la sangre de sus manos, pero es sangre del ciervo. Sólo pensaba llevarse lo que los cazadores de cier­vos llaman la «lomera», y se puso a hacer una faena bastante tor­pe, vea este desgarrón a medio hacer, aquí. Entonces se llevó una sorpresa tremenda, esta flecha atravesándole la cabeza. Del mismo color, pero de otro tipo. Sin muesca en la parte de abajo. ¿Sabe lo que es?

—Parece una flecha de ballesta —dijo Starling.

—Otra persona, puede que el individuo de la ballesta, acabó la faena con el ciervo, y lo hizo mucho mejor; luego, aunque pa­rezca increíble, hizo lo mismo con el hombre. Fíjese con qué pre­cisión la ha despellejado lo imprescindible, lo decididas que son las incisiones. Ningún estropicio, ningún desperdicio. Michael DeBakey no lo hubiera hecho mejor. No hay indicios de actividad sexual con ninguno de los dos. Los han sacrificado por la carne, eso es todo.

Starling se presionó los labios con los nudillos. Por un segundo el patólogo creyó que se besaba un amuleto.

—Doctor Hollingsworth, ¿ha encontrado los hígados?

Silencio. Antes de contestarle, el hombre la escrutó por encima de las gafas.

—Falta el del ciervo. Al parecer el del señor Barber no cumplía las normas de calidad de ese individuo. Le cortó una porción para examinarlo, hay una incisión justo a lo largo de la vena porta. El hí­gado está cirrótico y descolorido. Sigue en el cuerpo, ¿quiere verlo?

—No, gracias. ¿Qué me dice del timo?

—Las lechecillas, sí, faltan en los dos casos. Agente Starling, na­die ha pronunciado el nombre todavía, ¿no es así?

—No —dijo Starling—, todavía no.

Se oyó el bufido de la cámara neumática y un individuo curtido con chaqueta deportiva de tweed y pantalones caqui apareció en el umbral.

—¿Cómo está Carleton, sheriff? —le preguntó Hollingsworth—. Agente Starling, éste es el sheriff Dumas. Su hermano está ingresa­do en la UVI de Cardiología.

—Parece que aguanta. Dicen que se ha estabilizado, que lo tienen «en observación», sea lo que sea lo que signifique eso —explicó Du­mas. Llamó a alguien—: Entre, Wilburn.

El sheriff estrechó la mano de Starling y le presentó al otro hombre.

—Éste es el oficial Wilburn Moody, guarda de caza.

—Sheriff, si quiere estar con su hermano, podemos volver arri­ba —ofreció Starling.

El sheriff Dumas negó con la cabeza.

—No me dejarán entrar otra vez hasta dentro de hora y media. No se ofenda, señorita, pero yo pregunté por Jack Crawford. ¿Va a venir?

—Sigue en los juzgados. Cuando usted llamó estaba declarando. Espero que se ponga en contacto con nosotros a no mucho tardar. Le agradecemos que llamara tan pronto.

—El bueno de Crawford dio clase a mi promoción de la Aca­demia Nacional de Policía de Quantico hace la tira de años. Un tío grande. Si la ha enviado a usted es que es buena. ¿Qué, empezamos?

—Cuando usted diga, sheriff.

Dumas sacó un bloc de notas del bolsillo de su chaqueta.

—Este individuo de la flecha en la cabeza es Donnie Leo Barber, varón blanco de treinta y dos años, con domicilio en un re­molque del parque de caravanas de Cameron. Sin empleo conoci­do. Licenciado con deshonor de las Fuerzas Aéreas hace cuatro años. Tiene un certificado de especialista en fuselaje y grupos mo­tores del ejército. Trabajó algún tiempo como mecánico de avio­nes. Pagó una multa por un delito menor, empleo de arma de fue­go dentro los límites urbanos. Se declaró culpable de caza furtiva en el condado de Summit, ¿cuándo fue eso, Wilburn?

—Hace dos temporadas, acababan de devolverle la licencia. Era muy popular en el departamento. Nunca se molestaba en seguir al animal después de dispararle. Si no lo abatía, a esperar el siguiente. Una vez...

—Cuéntanos lo que te has encontrado hoy, Wilburn.

—Bueno, yo iba por la comarcal cuarenta y siete, a unos dos ki­lómetros al oeste del puente, hacia las siete de esta mañana, cuando el viejo Peckman me hizo señas de que parara. Iba con la lengua fuera y la mano en el pecho. Sólo conseguía abrir y cerrar la boca señalando hacia el bosque. Anduve unos... puede que no más de ciento cincuenta metros por la maleza y allí estaba ese tío de ahí, Barber, apoyado en un árbol con una flecha atravesándole la cabe­za, y ese ciervo, con otra flecha. Estaban rígidos, de un día antes por lo menos.

—Ayer por la mañana temprano, si tenemos en cuenta que ha hecho frío —puntualizó el doctor Hollingsworth.

—Pero la temporada ha empezado esta mañana —continuó el guarda—. Este Donnie Barber tenía un aguardo elevado sin mon­tar. Parece que llegó para prepararse con tiempo, o para cazar ilegalmente. Si no, ¿para qué iba a llevar el arco si sólo quería montar el acecho? Entonces aparece este ciervo imponente y el tío no se puede aguantar. Lo he visto montones de veces. Es más frecuente que la mierda de jabalí. Y entonces llega el otro cuando se ha puesto a sacar tajadas. No sabría decir nada por las huellas, porque había estado lloviendo muy fuerte, empezaba a escampar cuando llegué...

—Por eso hicimos un par de fotos y retiramos los cuerpos —ex­plicó el sheriff Dumas—. El viejo Peckman es el dueño de ese bos­que. El tal Donnie tenía un permiso de dos días para cazar allí, a contar desde hoy, con la firma de Peckman. Peckman solía hacerlo una vez al año, lo anunciaba en los periódicos y hacía que se lo mo­vieran unos intermediarios. Donnie también llevaba una nota en el bolsillo de atrás que decía: «Mi enhorabuena por esos dos días para cazar ciervos». Los papeles están húmedos, señorita Starling. No tengo nada contra nuestros chicos, pero quizá convenga que exa­minen las huellas los de su laboratorio. Y las flechas. Todo estaba empapado cuando llegamos. Procuramos no tocar nada.

—¿Quiere llevarse las flechas, agente Starling? ¿Cómo quiere que las extraiga? —le preguntó el doctor Hollingsworth.

—Si es posible, me gustaría que las sujetara con retractores y las serrara por el lado de las plumas; luego empuje la otra mitad afuera. Así podré fijarlas con alambre al panel de pruebas —le pidió Starling, abriendo su cartera.

—No creo que tuviera tiempo de ofrecer resistencia, pero ¿quie­re una muestra de las uñas?

—-Prefiero que se las extraiga para hacer la prueba del ADN. No hace falta que las etiquete dedo por dedo, sólo separe las de las dos manos, ¿le importa, doctor?

—¿Podrán examinar la reacción en cadena de la polimerasa, y la repetición de secuencias cortas de los genomas haploides?

—En el laboratorio central sí. Le informaremos dentro de tres o cuatro días, sheriff.

—¿Pueden examinar la sangre del ciervo? —preguntó el guarda.

—No, basta con saber que es sangre animal —contestó Starling.

—¿Y si acabamos encontrando la carne del ciervo en el frigorí­fico de alguien? —sugirió Moody—. Sería importante determinar si pertenece a este ciervo, ¿no le parece? A veces necesitamos distin­guir a un ciervo de otro mediante análisis de sangre, para los casos de caza furtiva. Cada ejemplar es distinto. No había pensado en eso, ¿verdad? Mandamos las muestras a Portland, Oregón, al Departa­mento de Caza y Pesca de allí; ellos le darán la información, si es que se puede esperar. Te contestan diciendo: «Éste es el ciervo nú­mero uno», o lo llaman «el ciervo A», con un número bien largo para el caso, porque supongo que sabe que los ciervos no' tienen nombre... Aquí de eso sabemos un poco.

A Starling le gustaba la cara de Moody, curtida por las muchas horas pasadas a la intemperie.

—Pues a éste lo vamos a llamar «John Doe»,* guarda Moody. Le agradezco que me


* Nombre ficticio que se da en Estados Unidos a los cadáveres sin identificar, algo así como Juan Pérez, con la particularidad de que doe significa además «cierva». (N. del T)

haya informado de lo de Oregón, puede que tengamos que hacer negocios con ellos alguna vez. Gracias —dijo, y le sonrió hasta que el hombre se ruborizó y se puso a jugar con el sombrero.

Mientras estaba inclinada revolviendo en su bolso, el doctor Hollingsworth se la quedó mirando embelesado. La cara de la mujer se había animado tras la charla con el pobre Moody. El antojo de la mejilla parecía más bien una quemadura de pólvora. Estuvo a pun­to de preguntárselo, pero se lo pensó dos veces.

—¿Dónde han guardado los papeles? No los han metido en bolsas de plástico, ¿verdad? —le preguntó Starling al sheriff.

—En bolsas de papel. Una bolsa de papel nunca le ha hecho daño a una prueba —el sheriff se frotó la nuca y miró fijamente a Starling—. Supongo que se imagina por qué llamé a su oficina, por qué quería que viniera Jack Crawford. Me alegro de que viniera usted, ahora que me he dado cuenta de quién es. Nadie ha pro­nunciado la palabra «caníbal» fuera de esta sala, porque la prensa saldría de estampida hacia el bosque y lo pondrían todo patas arri­ba. Lo único que saben es que podría tratarse de un accidente de caza. Han oído rumores de que el cuerpo sufre alguna mutilación. Pero no saben que a Barber le han dejado las costillas al aire. No hay muchos caníbales entre los que elegir, agente Starling.

—No, sheriff, no demasiados.

—Y es un trabajo jodidamente limpio.

—Sí, señor, una obra de arte.

—Puede que me se me haya ocurrido por haberlo visto tanto en los periódicos... pero ¿cree usted que esto puede ser obra de Hannibal Lecter?

Starling se quedó mirando una araña que se colaba por el desa­güe de la mesa de autopsias vacía.

—La sexta víctima del doctor Lecter fue un cazador con arco —dijo.

—¿Se lo comió?

—A ése, no. Lo dejó colgado en un panel para herramientas con todas las heridas imaginables. Le dio el mismo aspecto que un gra­bado médico conocido como el «Hombre herido». Le interesan las cosas de la Edad Media.

El patólogo señaló hacia los pulmones extendidos sobre la espal­da de Donnie Barber.

—Usted ha dicho que se trataba de un ritual antiguo.

—Eso creo —respondió Starling—. No sé si esto es obra del doctor Lecter. Si lo es, la mutilación no tiene nada que ver con nin­gún fetichismo, y lo de las alas no forma parte de un comporta­miento compulsivo.

—Entonces, ¿qué es?

—Un capricho —dijo Starling, mirándolos para comprobar si la definición, que le parecía exacta, los había desconcertado—. Es un capricho, parecido al que hizo que lo atraparan la última vez.





Compartir con tus amigos:
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   24


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos