Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


51

Mason habló por el interfono y al cabo de un momento una figura alta entró en la habitación. Era tan musculosa como Margot y vestía de blanco.

—Les presento a Barney —dijo Mason—. Durante seis años fue el responsable de la sección de violentos en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, en la época en que Lecter estuvo allí. Ahora trabaja para mí.

Barney iba a quedarse de pie delante del acuario, junto a Mar­got, pero el doctor Doemling le pidió que se acercara a la luz. Se sentó al lado de Krendler.

—¿Barney, no es así? Veamos, Barney, ¿qué titulación tiene usted?

—Tengo un TAE.

—Así que es auxiliar de enfermería. Bien, me alegro por usted. ¿Qué más?

—Tengo un título de diplomado en Humanidades por la Uni­versidad Nacional a Distancia —dijo Barney impertérrito—. Y un certificado de asistencia a la Escuela Cummins de Ciencias Foren­ses, que me cualifica para participar en autopsias. Iba por las noches cuando estaba en la escuela de enfermería.

—¿Se pagó los estudios en la escuela de enfermería como auxi­liar del forense?

—Eso es, retirando cadáveres del escenario de algún crimen y ayudando en las autopsias.

—¿Y antes?

—Estuve en los marines.

—Ya veo. Y cuando estaba en el hospital psiquiátrico vio a Clarice Starling y a Hannibal Lecter juntos. Dígame, ¿asistió a alguna de sus conversaciones?

—Me pareció que ellos...

—Vamos a empezar con lo que vio, no con lo que pensó sobre lo que vio. ¿Le parece?

—Es lo bastante listo como para dar su opinión —interrumpió Mason—. Barney, tú conoces a Clarice Starling.

—Sí.

—Y viste al doctor Lecter durante seis años.



—Sí.

—¿Y cómo era su relación?

Al principio a Krendler le costó entender la voz áspera y aguda de Barney; sin embargo, fue él quien hizo la pregunta pertinente.

—¿Se comportaba Lecter de una forma especial durante sus en­trevistas con Starling, Barney?

—Sí. La mayoría de las veces ni siquiera se molestaba en contes­tar a los que lo visitaban —dijo Barney—. Otras abría los ojos lo justo para humillar a algún psiquiatra que estaba intentando com­prender el funcionamiento de su cerebro. Hizo llorar a un catedrá­tico que lo visitó. Con Starling era duro, pero le contestaba a casi todo. Ella le interesaba. Lo intrigaba.

—¿Cómo?


Barney se encogió de hombros.

—Prácticamente no veía mujeres. Ella es bastante atractiva...

—No me interesa su opinión al respecto —lo cortó Krendler—. ¿Eso es todo lo que sabe?

Barney no respondió. Lo miró como si los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro de Krendler fueran dos perros enganchados.

Margot reventó otras dos nueces.

—Continúa, Barney —dijo Mason.

—Eran sinceros el uno con el otro. Él te desarma con esa acti­tud. Tienes la sensación de que no se rebajará a mentir.

—¿Que no se «qué»? —lo interrumpió Krendler.

—Rebajará —respondió Barney.

—Erre, e, be, a, jota... —se oyó decir a Margot Verger desde la oscuridad—. O se avendrá. O condescenderá, señor Krendler.

—El doctor Lecter —prosiguió Barney— le contó a Starling cosas desagradables sobre sí misma, y luego le dijo algunas agrada­bles. Ella aguantó el tipo con las malas, y después pudo disfrutar más de las buenas sabiendo que no eran palabrería barata. Él la conside­raba encantadora y divertida.

—¿Quién es usted para juzgar lo que el doctor Lecter encontra­ba divertido? —dijo el doctor Doemling—. ¿Cómo ha llegado a semejantes conclusiones, celador Barney?

—Oyéndolo reír, loquero Doemling. Nos lo enseñaron en la es­cuela de enfermería, en una conferencia titulada «La sanación por el descojone».

O era Margot aguantándose la risa o es que el acuario burbujea­ba más de la cuenta.

—Tranquilo, Barney. Cuéntanos el resto —lo animó Mason.

—Sí, señor Verger. A veces el doctor Lecter y yo hablábamos por la noche, cuando había tranquilidad. Hablábamos de los cursos que yo hacía y de otras cosas. Él...

—¿Estaba usted siguiendo algún curso de psicología a distancia, por casualidad? —tuvo que preguntarle Doemling.

—No, señor, no considero la psicología una ciencia. Ni el doctor Lecter tampoco —Barney continuó rápidamente, sin dar tiempo a que el respirador permitiera a Mason intervenir para reprenderlo—: Me limito a repetir lo que me dijo. El doctor era capaz de ver en qué se estaba convirtiendo la chica. Era encantadora de la misma forma que un cachorro, un pequeño cachorro que cuando crezca se habrá convertido en uno de esos tigres enormes. Con el que ya no podras jugar. Tenía la testarudez de un cachorro, decía el doctor. Tenía todas las armas, en miniatura y en continuo crecimiento, y él sabía cómo luchar con cachorros como ella. Eso divertía a Lecter.

»Creo que la forma en que empezó todo entre ellos puede de­cirles mucho. La primera vez el doctor fue cortés, pero no le dio la menor importancia; entonces, cuando ella iba a marcharse, otro interno le tiró semen a la cara. Aquello avergonzó al doctor Lec­ter, lo sacó de sus casillas. Fue la única vez que llegué a verlo real­mente enfadado. Ella también se dio cuenta y trató de usarlo a su favor. Tengo la impresión de que el doctor Lecter la admiraba por su coraje.

—¿Cuál fue la actitud de Lecter hacia el otro interno, hacia el que arrojó el semen? ¿Tenían algún tipo de relación?

—No exactamente —respondió Barney—. El doctor Lecter se limitó a matarlo aquella misma noche.

—¿No estaban en celdas separadas? —preguntó Doemling—. ¿Cómo pudo hacerlo?

—Estaban separados por tres celdas y en distintos lados del co­rredor —puntualizó Barney—. En mitad de la noche el doctor Lec­ter le habló un rato y luego le dijo que se tragara la lengua.

—Así que Clarice Starling y Hannibal Lecter se llevaban bien, ¿no es eso? —preguntó Mason.

—Tenían una especie de acuerdo —matizó Barney—. Inter­cambiaban información. El doctor Lecter le proporcionaba pistas sobre el asesino en serie tras el que andaba Clarice, y ella le co­rrespondía con información personal. El doctor Lecter llegó a decirme que Starling daba la impresión de tener más nervio del que le convenía, un «exceso de celo», lo llamó. En su opinión la chica era capaz de trabajar demasiado próxima al filo si pensaba que su misión lo exigía. Y en cierta ocasión dijo que Starling tenía «la maldición del buen gusto». Sigo sin saber lo que quiso decir con aquello.

—Doctor Doemling, ¿quiere follársela, matarla, comérsela o qué coño quiere? —preguntó Mason, procurando agotar las posibili­dades.

—Probablemente las tres cosas —respondió Doemling—. No me gustaría tener que predecir el orden en qué le gustaría llevar­las a cabo. Pero hay algo que sí estoy en condiciones de decirles. Da igual que la prensa amarilla, y los que tienen mentalidad de prensa amarilla, quieran darle al asunto un toque romántico y traten de convertirlo en «La Bella y la Bestia»; el objetivo de Lecter es la degradación de esa mujer, su sufrimiento y, en último término, su muerte. Ha salido en su defensa dos veces: cuando la ultrajaron arrojándole semen a la cara y cuando se le echaron encima los me­dios por disparar a aquella gente. Se presenta con el disfraz de un padre, pero lo que lo excita es la desgracia. Cuando se escriba la his­toria de Hannibal Lecter, y se escribirá, será presentada como un caso de «avunculismo de Doemling». Clarice Starling sólo conseguirá atraerlo estando en desgracia.

En el ancho y elástico entrecejo de Barney había aparecido un profundo surco.

—Señor Verger, ¿puedo decir algo, ya que me lo ha preguntado antes? —no esperó a obtener permiso—. En el manicomio, el doc­tor Lecter cambió de actitud hacia ella cuando vio que conservaba la calma, se limpiaba la leche de la cara y seguía haciendo su tra­bajo. En las cartas la llama una guerrera, y le recuerda que salvó a aquel niño durante el tiroteo. Admira y respeta su coraje y su disciplina. Dice por propia voluntad que no tiene intención de ir a por ella. Y una de las cosas que nunca hace es mentir.

—Ahí tienen exactamente el tipo de mentalidad de periódico basura de la que les hablaba —dijo Doemling—. Hannibal Lecter carece de emociones como la admiración y el respeto. No es capaz de sentir aprecio o afecto. Ésa es una equivocación romántica, muy propia de quienes han recibido una educación deficiente.

—Doctor Doemling, ¿no me recuerda, verdad? —dijo Barney—. Yo era el responsable del corredor de los violentos cuando usted intentó hablar con el doctor Lecter, como mucha otra gente. Pero si no recuerdo mal fue usted el que salió llorando. Después el doctor Lecter escribió una reseña de su libro para el American Jour­nal of Psychiatry. No puedo culparlo si el artículo volvió a hacerle llorar.

—Ya está bien, Barney —dijo Mason—. Ve a encargarme el al­muerzo.

—Desde luego no hay nada peor que un autodidacta de tres al cuarto —dijo Doemling cuando Barney salió de la habitación.

—No me había contado usted que había entrevistado a Lecter, doctor —dijo Mason.

—En aquella época estaba catatónico, fue imposible obtener de él la menor colaboración.

—¿Y por eso se echó a llorar...?

—Eso no es cierto.

—¿...y contradice en todo a Barney?

—Ese hombre está tan engañado como la chica.

—Seguro que a Barney también le gustaría tirársela —dijo Krendler.

Margot se aguantó una risita, pero no lo bastante como para evi­tar que Krendler la oyera.

—Si quieren que Clarice Starling le resulte atractiva, consigan que Lecter la vea en apuros —dijo Doemling—. Que el daño que sufra le sugiera el daño que él mismo podría infligirle. Verla herida de cualquier forma simbólica lo excitará tanto como si la viera aca­riciarse. Cuando el lobo oye balar a la oveja herida, llega corrien­do, pero no para ayudarla.



CAPÍTULO__52'>CAPÍTULO

52

——No puedo entregarte a Clarice Starling ——dijo Krendler cuando Doemling los dejó solos—. Puedo tenerte constantemente al corriente de dónde está y de todo lo que hace, pero no controlar las misiones que le asigne el Bureau. Y si el Bureau la saca a la intem­perie para que haga de cebo, la protegerán, te lo garantizo —para reforzar su argumentación, Krendler apuntó el índice hacia el lugar de la oscuridad en que suponía a Mason—. No puedes colarte en una cosa así. No podrías adelantarte a su cobertura e interceptar a Lecter. El grupo de vigilancia localizaría a los tuyos en un visto y no visto. En segundo lugar, el Bureau no tomará esa iniciativa a me­nos que Lecter vuelva a ponerse en contacto con ella o sea evidente que está cerca; ya le ha escrito otras veces y no se ha presentado. Haría falta un mínimo de doce personas para vigilarla, saldría de­masiado caro. Todo sería más fácil si no le hubieras echado un cable cuando lo del tiroteo. Ahora ya es tarde para cambiar de opinión, no podrías volver a colgarle el sambenito.

—Sería, podría, debería... —rezongó Mason, haciendo un buen trabajo con las oclusivas, dicho sea de paso—. Margot, coge el pe­riódico de Milán, el Corriere della Sera... el número del sábado, el día siguiente al asesinato de Pazzi... Busca el primer mensaje en la sección de anuncios personales... Léenoslo.

Margot levantó el apretado texto hacia la luz.

—Está en inglés, dirigido a A. A. Aaron. Dice: «Entregúese a las autoridades más próximas, los enemigos están cerca. Hannah». ¿Quién es esa Hannah?

—Es el nombre de la yegua de Starling cuando era niña —dijo Mason—. Es un aviso de Starling a Lecter. Lecter le había explica­do en la carta cómo ponerse en contacto con él.

Krendler se puso en pie de un salto.

—¡Maldita hija de puta! No podía saber lo de Florencia. Si lo sabe, sabrá también que te he estado pasando información.

Mason suspiró y se preguntó si Krendler era bastante listo como para ser un político de provecho.

—Ella no sabe nada. Fui yo quien puso el anuncio en La Nazione, el Corriere della Sera y el International Herald-Tribune, para que saliera al día siguiente de nuestra operación contra Lecter. De esa forma, si fallábamos, Lecter creería que Starling estaba intentan­do ayudarlo. Y seguiríamos teniendo un vínculo con él a través de Starling.

—Pues nadie se ha enterado.

—No. Excepto tal vez Hannibal Lecter. Y puede que quiera darle las gracias. Por correo, en persona, ¿quién sabe? Ahora, escú­chame: ¿sigues controlando sus cartas?

—Escrupulosamente —dijo Krendler, asintiendo con la cabeza—. Si le manda algo, lo verás antes que ella.

—Escucha con atención lo que voy a decirte: encargué y pagué ese anuncio de forma que Starling no tenga posibilidad de probar que no lo puso ella. Eso es un delito mayor. Es pisar la raya roja. Con eso es toda tuya, Krendler. Y sabes mejor que yo que el FBI no da una mierda por ti una vez que estás fuera. Por ellos, como si te convierten en comida para perros. No serán capaces ni de hacer la vista gorda con el permiso de armas. No le importará a nadie más que a mí. Y Lecter sabrá que está más sola que la una. Pero antes intentaremos otras cosas —Mason hizo una pausa para respirar y prosiguió—: Si no funcionan, haremos lo que dice Doemling y usa­remos el anuncio para dejarla con el culo al aire, qué digo con el culo... Con el culo y todo lo demás. Estará tan jodida que podrás partirla en dos con la mierda de ese anuncio. Quédate la parte del coño, ése es mi consejo. La otra es más aburrida que el copón. Vaya, no quería blasfemar.



CAPÍTULO

53

Clarice Starling corría sobre las hojas caídas en un parque na­tural de Virginia situado a una hora de su casa, uno de sus lugares favoritos. Aquel día laborable de otoño que tanto necesitaba to­marse libre, el parque no ofrecía el menor rastro de otra presencia humana. Recorría un camino que le era familiar entre las colinas boscosas a orillas del Shenandoah. El primer sol caía sobre las lo­mas y entibiaba el aire, pero aún no alcanzaba las umbrías depresio­nes, en las que el aire era cálido a la altura de su rostro y frío en sus piernas al mismo tiempo.

Esos días la tierra no le parecía inmóvil bajo sus pies; sólo co­rriendo tenía la sensación de pisar terreno firme.

La mañana era espléndida y Starling avanzaba bajo los resplando­res que danzaban entre las hojas, pisoteando las manchas de luz del camino, que unas zancadas más adelante estaba barrado por las som­bras que el sol todavía bajo arrancaba a los troncos. A unos metros, dos ciervas y un macho de encrespada cornamenta saltaron fuera del camino con un brinco unánime que aceleró el corazón de la mujer, echaron a correr y desaparecieron en la umbría profundidad del bosque, donde sus blancas y erguidas colas siguieron destacando al ritmo de su trote. Contenta, Starling se puso a dar saltos sobre el terreno.

Inmóvil como un personaje de tapiz medieval, Hannibal Lecter siguió sentado sobre las hojas caídas en la ladera que dominaba el río. Podía ver ciento cincuenta metros del camino con unos pris­máticos, que había protegido contra los reflejos poniéndoles una visera de cartón. Primero vio la espantada de los ciervos, que as­cendieron la colina y pasaron de largo, y luego, por primera vez en siete años, a Clarice Starling de cuerpo entero.

Bajo los gemelos el rostro no cambió de expresión, pero las fosas nasales se dilataron al aspirar aire con fuerza, como si pudiera captar el olor de la mujer a aquella distancia.

El aire le trajo olor a hojas secas matizado por una insinuación de cinamomo, las emanaciones del mantillo y las bayas en lenta putre­facción, un leve efluvio de excrementos de conejo a muchos metros de distancia, el intenso almizcle de una piel de ardilla hecha jirones bajo las hojas, pero no el aroma de Starling, que hubiera identificado en cualquier lugar. Los ciervos que habían emprendido la huida al verla siguieron trotando mucho después de que la mujer los per­diera de vista.

Starling, que corría con soltura, sin luchar contra el suelo, per­maneció a la vista menos de un minuto. Una mochila diminuta con una botella de agua le colgaba de la espalda, sobre la que caía el sol difuminando la silueta como si de su cuerpo emanara un polvo de polen. Mientras la seguían a lo largo del camino los binoculares captaron un resplandor del río por delante de Starling, y durante unos instantes el doctor Lecter tuvo la vista llena de manchas de luz. Starling desapareció donde el camino hacía bajada, y lo último que vio de ella fue su nuca con la cola de caballo balanceándose como la cola blanca de un ciervo.



El doctor permaneció inmóvil, sin hacer el menor movimiento para seguirla. La imagen de la mujer seguía corriendo en su mente con extraordinaria nitidez. Lo seguiría haciendo hasta que él la hi­ciera parar. Era la primera vez que la veía después de siete años, sin contar las fotografías de prensa, ni los fugaces atisbos de su cabeza en el interior de un coche. Se tumbó en las hojas con las manos entrelazadas bajo la nuca, y se quedó mirando el escaso follaje de un arce, que se estremecía contra el cielo, oscureciéndolo hasta que le pareció casi morado. Morado, como el racimo de uva labrusca que había cogido cuando trepaba hasta allí; los granos polvorientos em­pezaban a arrugarse, y se comió unos cuantos, estrujó el resto con­tra su palma y lamió el jugo como un niño, con la mano bien abier­ta. Morado, morado...
Las berenjenas del huerto eran moradas.

El agua caliente se había acabado a mediodía en la elevada cabana de caza, y la niñera de Mischa tuvo que arrastrar la abollada bañera de cobre hasta el huerto para que el sol calentara el baño de la criatura. Mischa se sentó entre los reflejos, rodeada de plantas, con las blancas mariposas de la col revoloteando alrededor de su cuerpecillo de dos años. El agua apenas le cubría las regordetas piemos, pero su solemne hermano Hannibal y el enor­me perro recibieron el encargo de no perderla de vista mientras la niñera vol­vía a la cabana para buscar una toalla.

Para algunos criados Hannibal Lecter era un niño inquietante, anormal­mente intenso, prematuramente listo; pero no asustaba a la vieja nodriza, que tenía muchas cosas que hacer, ni tampoco a Mischa, que le ponía las mónitas en forma de estrella sobre la cara y se echaba a reír. Mischa estiró los brazos por encima de los hombros de Hannibal y alcanzó la berenjena, que le encantaba mirar al sol. Sus ojos, que no eran marrones como los de su hermano, sino azules, miraban la berenjena y parecían absorber su color, oscurecerse con ella. Hannibal Lecter sabía que los colores eran la pasión de su hermana. Cuando la llevaron adentro y el ayudante del cocinero salió refunfuñando a vaciar la bañera, Hannibal se arrodilló junto a la hilera de berenjenas, que irisaban de reflejos morados y verdes las burbujas antes de que reventaran sobre la tierra de cultivo. Sacó su pequeño cortaplumas y seccionó el tallo de una berenjena, le sacó brillo con su pañuelo, y con la hortaliza adíente de sol en las manos como un animal, la llevó al cuarto de Mischa y la dejó donde ella pudiera verla. A Mischa le encantaba el mora­do oscuro, a lo largo de su corta vida adoró el color berenjena.
Hannibal Lecter cerró los ojos para volver a ver los ciervos tro­tando, asustados de Starling, para ver a la mujer trotando camino adelante, aureolada por el sol que le daba en la espalda... Pero aquél era el ciervo equivocado, el cervatillo con la flecha clavada, que ti­raba, tiraba de la soga que le apretaba el cuello y lo arrastraba hacia el hacha, el cervatillo que se comieron antes de hacer lo mismo con Mischa, y ya no pudo permanecer inmóvil, tuvo que levantarse, con las manos y la boca manchadas de jugo morado, con la mueca caí­da de una máscara de tragedia griega. Buscó a Starling a lo largo del camino. Aspiró profundamente por la nariz y dejó que los aro­mas del bosque lo purificaran. Fijó la vista en el repecho tras el que había desaparecido Starling. El camino destacaba entre los árboles como si la mujer hubiera dejado un rastro luminoso a su paso.

Trepó con rapidez a la cima y bajó la otra vertiente de la colina hacia una zona de acampada cercana, en cuya área de aparcamiento había dejado la camioneta. Quería estar fuera del parque antes de que Starling volviera a su coche, que la esperaba a tres kilómetros de allí, en el aparcamiento principal de la entrada, cerca de la gari­ta del guarda forestal, cerrada hasta el comienzo de la temporada.

Starling tardaría al menos quince minutos en llegar al coche.

El doctor Lecter aparcó junto al Mustang y dejó el motor en marcha. Había podido examinar el coche en el aparcamiento de un supermercado próximo a la casa de Starling. La pegatina del abono anual en el parabrisas del viejo Mustang fue lo que llamó la aten­ción del doctor hacia el parque; sin pérdida de tiempo compró un mapa de la reserva natural y la exploró detenidamente.

El coche, agazapado sobre sus anchas ruedas como si durmiera, estaba cerrado con llave. Aquel vehículo resultaba divertido. Era a un tiempo extravagante e increíblemente eficaz. Por más que se aga­chara junto al pomo cromado no consiguió oler nada. Desplegó una estrecha lámina de acero y la deslizó entre el cristal y la puerta por encima de la cerradura. ¿Alarma? ¿Sí? ¿No? Clic. No.

El doctor Lecter subió al coche y penetró en una atmósfera que era, intensamente, la de Clarice Starling. El volante era grueso y fo­rrado de cuero, y en su centro podía leerse la palabra «MOMO». La miró ladeando la cabeza como un loro y formó con los labios las dos sílabas: «MO-MO». Se recostó en el asiento, cerró los ojos y em­pezó a aspirar arqueando las cejas, como si estuviera escuchando un concierto.

Entonces, como si tuviera voluntad propia, el puntiagudo extre­mo rosa de su lengua asomó entre los dientes como una pequeña serpiente que intentara escapar de su boca. Sin cambiar de expre­sión, como si no fuera consciente de sus propios movimientos, se inclinó hacia delante, encontró el cuero del volante guiándose por el olfato, posó en él la lengua y la enroscó sobre las depresiones para los dedos de la parte inferior. Saboreó las zonas desgastadas donde la mujer posaba las palmas de las manos. Luego volvió a reclinarse en el respaldo mientras la lengua se retiraba a su nido, y movió la boca cerrada como si estuviera paladeando un vino. Respiró con fuerza y retuvo el aire mientras salía y cerraba el Mustang. No espiró aún, conservó a Starling en la boca y los pulmones hasta, que su vieja ca­mioneta estuvo fuera del parque.

CAPÍTULO

54

Uno de los axiomas de la unidad de Ciencias del Comporta­miento dice que los vampiros son territoriales, mientras que los caníbales atraviesan el país de punta a punta.

Sin embargo, la vida nómada no atraía especialmente al doctor Lecter. Su éxito en eludir a las fuerzas del orden se debía sobre todo a la consistencia de sus identidades falsas, ideadas para durar y adop­tadas con suma prudencia, y a su facilidad de acceso al dinero. Los desplazamientos frecuentes y erráticos no formaban parte de su modus operandi.

Gracias a dos identidades alternativas, consolidadas hacía mucho tiempo y provistas de excelente crédito, más una tercera para el ma­nejo de vehículos, no le resultó difícil procurarse un cómodo nido a la semana de su regreso a Estados Unidos.

Había elegido un lugar de Maryland a una hora de coche al sur de Muskrat Farm y razonablemente cerca de los ambientes musica­les y teatrales de Washington y Nueva York.

Nada de lo relacionado con las ocupaciones visibles del doctor Lecter podía atraer la atención ajena, y cualquiera de sus identida­des principales hubiera sobrevivido a una verificación corriente. Tras una visita a su caja de seguridad de Miami, alquiló por un año una casa hermosa y aislada en la bahía de Chesapeake a un cabildero alemán.

Desviando las llamadas a través de dos teléfonos con distinto sonido instalados en un apartamento barato de Filadelfia, podía con­seguir inmejorables referencias siempre que las necesitara sin tener que abandonar la comodidad de su nuevo hogar.

Asistía a los conciertos, ballets y óperas que le interesaban com­prando entradas excelentes a revendedores, a los que siempre pagaba en metálico.

Una de las ventajas de su nuevo domicilio era que disponía de un amplio garaje doble con taller y una puerta levadiza excelente. En el interior guardaba sus dos vehículos, una camioneta Chevrolet con un bastidor de tubos y un torno fijo en la parte trasera, que tenía seis años de antigüedad y había comprado a un fontanero y pintor de brocha gorda, y un Jaguar sedán con sobrealimentador alquilado a través de un grupo de empresas de Delaware. La camioneta ofre­cía un aspecto diferente de un día para otro. El equipo que alter­naba en la parte trasera incluía una escalera de mano, tuberías, PVC, una barbacoa portátil y una bombona de butano.

Una vez arreglados los asuntos domésticos, se concedió una se­mana de música y museos en Nueva York, y envió los catálogos de las exposiciones más interesantes a su primo, el gran pintor Balthus, a Francia.

En Sotheby's adquirió dos instrumentos musicales extraordina­rios, ambos piezas raras. El primero era un clavicémbalo flamenco de finales del XVIII, prácticamente idéntico al Dulkin de 1745 del museo Smithsoniano, con un teclado suplementario en la parte superior para tocar las composiciones de Bach, digno sucesor del gravicembalo que había disfrutado en Florencia. Su otra adquisición era un pionero de los instrumentos electrónicos, un theremin construi­do en los años treinta por el mismo profesor Theremin. Aquel ins­trumento había fascinado siempre al doctor Lecter, que se había hecho uno siendo niño. Se toca moviendo las manos desnudas sobre un campo electrónico, de forma que los simples gestos producen el sonido.

Ahora estaba cómodamente instalado y tenía con qué entrete­nerse...


El doctor Lecter conducía la camioneta de regreso a su nuevo hogar en la costa de Maryland tras pasar la mañana en el bosque. La visión de Clarice Starling corriendo entre las hojas de otoño por el camino forestal estaba a buen recaudo en su palacio de la memo­ria. A partir de ahora sería una fuente de placer a la que el doctor podría acceder en cuestión de segundos partiendo del vestíbulo. Vería correr a Starling, y era tal la calidad de su memoria visual que podría examinar las imágenes y encontrar detalles que había pasado por alto, oír de nuevo a los grandes y fuertes ciervos trotando colina arriba hasta perderse de vista, ver los callos de sus jarretes, y una cardencha verde enredada en el vientre del que pasó más cerca. Guardó aquel recuerdo en una estancia soleada del palacio, tan lejos como pudo del cervatillo asaeteado...

Llegó a casa, a su nueva casa, y la puerta del garaje descendió con un zumbido uniforme tras la camioneta.

Cuando el portón volvió a alzarse a mediodía, el Jaguar negro salió del interior llevando al doctor vestido para la ciudad.

Al doctor Lecter le encantaba ir de compras. Se dirigió directa­mente a Hammacher Schlemmer, el proveedor de accesorios de pri­mera calidad para el deporte y el hogar, y allí se tomó su tiempo. Influido por su excursión matinal, sacó una cinta métrica y se puso a medir tres cestas de picnic enormes hechas de mimbre lacado, con sólidos compartimientos de cobre y correas de cuero cosido a mano. Al final se decidió por la de tamaño intermedio, dado que sólo con­tendría un servicio individual.

La caja de la cesta incluía un termo, prácticos vasos de distintos tamaños, porcelana resistente y cubiertos de acero inoxidable. Sólo se vendía con los accesorios, así que no tuvo más remedio que com­prar el lote.

En sucesivas visitas a Tiffany y Christofle, el doctor pudo sustituir los pesados platos por otros de porcelana francesa Gien con escenas de caza, hojas y pájaros de montaña. En Christofle dio con un jue­go de su cubertería de plata del siglo xix preferida, con diseño Car­dinal, la marca del fabricante grabada en la concavidad de las cu­charas y la palabra «París» bellamente estilizada en la parte posterior de los mangos. Los tenedores tenían los dientes muy espaciados y en pronunciada curva, y los cuchillos pesaban agradablemente en la palma. Las piezas se adaptaban a la mano como pistolas de duelista. Cuando le llegó el turno a la cristalería, el doctor tardó en decidir el tamaño de las copas de aperitivo, y compró un bailón para el coñac. En cambio, no titubeó en cuanto a los vasos de vino; escogió unos Riedel, que compró en dos tamaños, ambos con las bocas lo bas­tante anchas para dejar espacio a la nariz.

En Christofle también encontró mantelillos individuales de sua­ve lino blanco y unas hermosas servilletas de damasco con una rosa diminuta como una gota de sangre bordada en una esquina. El efec­to le resultó sorprendente y compró seis, de forma que, ante cual­quier eventualidad, siempre dispusiera de algunas limpias.

Compró dos buenos hornillos portátiles de gas de 35.000 unida­des de calor, de los que se emplean en los restaurantes para cocinar a la vista de los comensales; una exquisita sartén para salteados y una cacerola fait-tout para salsas, ambas fabricadas en cobre por Dehillerin, de París; también adquirió dos batidores. No consiguió encon­trar cuchillos de cocina de acero al carbono, que prefería a los de acero inoxidable, ni el resto de los cuchillos especiales que se había visto obligado a dejar en Italia.

Por último, visitó una tienda de suministros médicos próxima al Hospital General de la Caridad, donde descubrió una ganga en for­ma de sierra para autopsias Stryker casi nueva, que encajaba perfec­tamente en el fondo de la cesta de picnic, en el espacio destinado al termo. La garantía no había caducado y los accesorios incluían hojas normales y craneales, y una llave craneal, con lo que el doc­tor Lecter casi había completado su batterie de cuisine.

Las puertas vidrieras estaban abiertas al fresco aire de la noche. La luna asomaba entre las nubes en movimiento y teñía la bahía de hollín y plata. El doctor se sirvió un vaso de vino para estrenar la cristalería y lo dejó sobre un pedestal colocado junto al clavicémbalo. El bouquet se mezcló con el aire salino y el doctor Lecter pudo disfrutarlo sin necesidad de apartar las manos del teclado.

A lo largo de su vida había tenido clavicordios, espinetas y otros instrumentos de teclado antiguos. Sin embargo, prefería el sonido y la sensación de tocar un clavicémbalo; como no es posible con­trolar el volumen del sonido que los plectros arrancan a las cuerdas, la música llega al intérprete como una experiencia impredecible, repentina y entera.

El doctor Lecter no apartaba los ojos del instrumento mientras abría y cerraba las manos. Se enfrentó al clavicémbalo recién ad­quirido como hubiera abordado a una desconocida atractiva, con un comentario ligero pero interesante, tocando una canción compues­ta por Enrique VIII, Verde crece el acebo.

Satisfecho, probó con la Sonata en si bemol mayor de Mozart. El doctor y el clavicémbalo necesitaban tiempo para intimar, pero las respuestas del instrumento a sus manos le decían que se le entrega­ría pronto. La brisa había aumentado y las velas vacilaban, pero el doctor Lecter tenía los ojos cerrados a la luz, y seguía tocando con el rostro alzado. Las burbujas volaban de las manos en forma de es­trella de Mischa, que las agitaba en la brisa que sobrevolaba la bañera, y al atacar el tercer movimiento era Clarice Starling la que volaba con ligereza a través del bosque, la que corría y corría, ha­ciendo crujir las hojas bajo sus pies, mientras el viento hacía sonar el follaje de los árboles y los ciervos echaban a correr al verla, un ciervo joven y dos ciervas que brincaron fuera del camino como brinca un corazón queriendo salirse del pecho. El terreno se enfrió de repente y los desharrapados salieron del bosque arrastrando al cervatillo, que tenía una flecha en el costado y se resistía a la soga que tenía apretada alrededor del pescuezo; los hombres tiraron del animal herido para no tener que cargar con él hasta el hacha y, de pronto, la música acabó con un violento mazazo, la nieve se llenó de sangre y el doctor Lecter se aferró al taburete con ambas manos. Respiró hondo una vez, y otra, y otra más, volvió a poner las ma­nos sobre el teclado y forzó una frase, luego dos, que resonaron hasta morir en el silencio.

El doctor emitió un débil chillido que subió de tono y cesó tan abruptamente como la música. Se quedó sentado largo rato con la cabeza inclinada sobre el teclado. Luego se levantó sin hacer ruido y salió del salón. Hubiera sido imposible saber en qué parte de la casa a oscuras se encontraba. El viento de la bahía cobró fuerza, consumió las llamas de las velas, hizo sonar las cuerdas del clavi­cémbalo en la oscuridad arrancándoles ya un aire accidental, ya un débil chillido que llegaba de un pasado muy lejano.





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