Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


46

Ardelia Mapp cocinaba cuando le apetecía, pero una vez metida en harina el resultado era excelente. Su escuela era mitad jamaica­na, mitad de la costa de Carolina del Sur, y en aquel momento se disponía a preparar pollo al estilo sureño. Estaba quitando las pepi­tas a un pimiento que sostenía con cuidado por el tallo mientras re­gañaba a Starling, atareada con los pollos, la cuchilla de carnicero y la tabla de cortar.

—Si dejas los trozos enteros, Starling, no van a coger el mismo gusto que si los cortas —le explicó, y no por primera vez—. Así —dijo cogiendo el hacha y golpeando una pechuga con tal fuerza que las esquirlas de hueso se le clavaron en el delantal—. ¿Has vis­to? Pero ¿cómo se te ocurre tirar las cabezas? Vuelve a echarlas ahí ahora mismo, anda —y un minuto más tarde—: He estado en la oficina de correos, facturando los zapatos para mi madre.

—Yo también he ido. Podía haberlos llevado yo.

—¿Y no te han dicho nada?

—No.


Mapp, nada sorprendida, asintió.

—Los tambores dicen que están controlando tu correo.

—¿Quién lo ha ordenado?

—Una directiva confidencial del inspector de Correos. No lo sabías, ¿verdad?

—No.

—Pues di que te has enterado por otro conducto, no quiero que mi amigo de correos pague el pato.



—Vale —Starling dejó la hachuela un momento—. ¡Dios, Ardelia!

Mientras estaba ante el mostrador de la oficina de correos com­prando sellos, no había notado nada en las caras inexpresivas de los atareados funcionarios, la mayoría afroamericanos y varios conoci­dos suyos. Estaba claro que alguien quería ayudarla, aunque hacerlo suponía arriesgarse a ser acusado de un delito y perder la pensión. Estaba claro que ese alguien confiaba más en Ardelia que en ella. Aunque angustiada, Starling se sintió feliz por haber recibido un fa­vor de la comunidad afroamericana. Tal vez debiera interpretarlo como un reconocimiento tácito de que había actuado en defensa propia en el asunto de Evelda Drumgo.

—Ahora coges las cebolletas, las machacas con el mango del cu­chillo y las vas echando aquí. Machaca también lo verde —le indi­có Ardelia.

Finalizados los trabajos preparatorios, Starling se lavó las manos. Luego fue al cuarto de estar de Ardelia, tan ordenado como de cos­tumbre, y se sentó. Ardelia llegó al cabo de un minuto secándose las manos en un paño de cocina.

—¿Qué coño de mierda es ésta, joder? —dijo Ardelia.

Tenía la costumbre de soltar una sarta de juramentos justo antes de enfrentarse a algo que tuviera auténtica mala pinta, una versión moderna del clásico silbido en la oscuridad.

—No tengo ni puta idea —contestó Starling—. ¿Quién será el cabrón que anda mirándome las cartas?

—Mis amigos no pueden llegar más arriba del inspector de Correos.

—Esto no tiene nada que ver con el tiroteo, ni con Evelda —aseguró Starling—. Si me están leyendo el correo, tiene que ser por el doctor Lecter.

—Pero si siempre les has enseñado todo lo que te ha mandado... Tienes que aclarar esto con Crawford.

—Pero cagando leches. Si me está controlando la Oficina de Res­ponsabilidades Profesionales del Bureau, puedo averiguarlo. Creo. Si es la de Justicia, no lo sé.

El Departamento de Justicia y su filial, el FBI, tienen Oficinas de Responsabilidades Profesionales separadas, que en teoría coope­ran y a veces entran en conflicto. Esos conflictos se conocen puer­tas adentro como «competiciones de a-ver-quién-mea-mas-alto», y los agentes que se ven cogidos entre los dos chorros se ahogan en bastantes ocasiones. Para colmo, el inspector general del Departa­mento de Justicia, un cargo político, puede intervenir cuando le parezca oportuno y zanjar un caso peliagudo.

—Si saben que Hannibal Lecter está planeando algo, si creen que anda cerca, tienen que comunicártelo para que puedas tomar precau­ciones. Starling, ¿alguna vez... lo has sentido a tu alrededor?

—No suelo pensar en él —dijo Starling sacudiendo la cabeza—. No de esa manera. Antes pasaba mucho tiempo sin acordarme si­quiera. ¿Sabes esa sensación como de plomo, esa sensación gris y pesada, cuando algo te da miedo? Ni siquiera siento eso. Sólo pien­so que, si estuviera en peligro, lo sabría.

—¿Qué harías, Starling? ¿Qué harías si te lo encontraras frente a frente? ¿Sin esperártelo? ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Te le echarías encima?

—Si consiguiera encontrármelo, se la metería por el culo.

Ardelia se rió.

—Y luego, ¿qué?

La sonrisa desapareció de los labios de Starling.

—Se le habría acabado el cuento.

—¿Podrías dispararle?

—¿Estás de broma? ¿Para evitar que convirtiera mi hígado en foie gras? Dios mío, Ardelia, espero que no ocurra nunca. Me alegraré si lo encierran sin que nadie más salga herido, incluido él. Pero a veces pienso que si alguna vez lo acorralan, me gustaría ser yo la que estuviera allí.

—No digas eso ni en broma.

—Conmigo tendría más posibilidades de salir vivo. No le dispa­raría por estar asustada. No es el hombre lobo. Lo que pasara de­pendería de él.

—¿Es que no te asusta? Más vale que te asuste un poco.

—¿Sabes lo que me asusta de él, Ardelia? Que te dice la verdad. Me gustaría que se librara de la inyección. Si lo consigue y lo man­dan a una institución, los especialistas están lo bastante interesados en estudiarlo como para proporcionarle el tratamiento adecuado. Y no tendrá problemas con compañeros de celda. Si estuviera en chirona le hubiera agradecido su carta. No puedo menospreciar a un hombre lo bastante loco como para decir la verdad.

—Por el motivo que sea alguien anda metiendo la nariz en tu correo. Consiguieron una orden judicial y está bien guardada en algún sitio. No están vigilando la casa todavía, porque nos hubiéra­mos dado cuenta —dijo Ardelia—. No me extrañaría que esos hi­jos de puta supieran que Lecter viene hacia aquí y no te hubieran avisado. Vigila mañana.

—El señor Crawford nos lo hubiera dicho. No pueden organi­zar nada importante contra el doctor Lecter a espaldas de Crawford.

—Jack Crawford es historia, Starling. En ese punto estás ciega. ¿Y si están montando algo contra ti? Por tener una boquita tan grande, por no dejar que Krendler se te metiera en la cama. ¿Y si hay alguien que está intentando acabar contigo? Oye, ahora sí que hablo en serio con lo de ocultar mi fuente.

—¿Hay algo que podamos hacer por tu amigo el de correos? ¿Podemos corresponderle?

—¿Quién crees que viene a cenar?

—Ésta sí que es buena, Ardelia... Espera un momento, creía que era yo la que estaba invitada a cenar.

—Puedes llevarte un poco a casa.

—Muy agradecida.

—De nada, cariño. Será un placer.

CAPÍTULO

47

Cuando Starling era niña tuvo que mudarse de una casa de ma­dera que hacía crujir el viento al sólido edificio de ladrillos rojos del Orfanato Luterano.

El destartalado domicilio de su primera infancia tenia una coci­na caliente donde podía compartir una naranja con su padre. Pero la muerte sabe el camino a las casas humildes, en las que vive gen­te con trabajos peligrosos y sueldos de miseria. Su padre salió de aquella casa en su vieja furgoneta para hacer una patrulla nocturna de la que nunca regresaría.

Starling escapó de su hogar adoptivo en un caballo destinado al matadero mientras sacrificaban a los corderos, y encontró algo pa­recido a un refugio en el Orfanato Luterano. Desde aquella época, las grandes y sólidas estructuras institucionales la hacían sentirse se­gura. Puede que los luteranos anduvieran escasos de calor y naran­jas, y sobrados de Jesús, pero las normas eran las normas, y si las comprendías todo iba como la seda.

Mientras el reto consistiera en superar pruebas competitivas pero impersonales o en hacer trabajos de calle, sabía que su lugar estaba seguro. Pero Starling carecía de aptitudes para los cabildeos de des­pacho.

Ahora, mientras salía de su Mustang a primera hora de la ma­ñana, las altas fachadas de Quantico ya no eran el gran regazo de ladrillos donde refugiarse. Vistas desde el aparcamiento, a través de las ondulaciones del aire, hasta las puertas de entrada parecían torcidas.

Hubiera querido ver a Jack Crawford, pero no le daba tiempo. La filmación en Hogan's Alley empezaría en cuanto el sol estuviera lo bastante alto.

La investigación de la matanza en el mercado de Feliciana requería una reconstrucción de los hechos filmada en la pista de tiro de Hogan's Alley, donde habría que justificar cada tiro y cada trayectoria.

Starling tuvo que interpretar su papel. La furgoneta camuflada que usaron era la original, con los agujeros de bala más recientes taponados con masilla sin pintar. Una y otra vez saltaron del co­chambroso vehículo, una y otra vez el agente que hacía de John Brigham cayó de bruces y el que hacía de Burke se retorció en el suelo. El simulacro, en el que se empleó munición de fogueo, la dejó molida.

Acabaron bien pasado el mediodía.

Starling guardó su equipo especial y encontró a Jack Crawford en el despacho.

Había vuelto a llamarlo «señor Crawford», y el hombre, que parecía cada vez más distraído, se mostraba distante con todo el mundo.

—¿Quiere un Alka-Seltzer, Starling? —le ofreció cuando la vio en la puerta.

Crawford tomaba unos cuantos específicos a lo largo del día, ade­más de ginseng, palmito sierra, hierba de san Juan y aspirina infantil. Las iba cogiendo de la palma de la mano con un cierto orden, y echa­ba atrás la cabeza como si se estuviera atizando un lingotazo.

En las últimas semanas había empezado a colgar la chaqueta del traje en la percha del despacho y ponerse un jersey tejido por su difunta esposa. Ahora a Starling le parecía más viejo que cualquier recuerdo que conservara de su propio padre.

—Señor Crawford, alguien está abriendo parte de mi corres­pondencia. No lo hacen muy bien. Parece que despegan la cola con el vapor de una tetera;

—Comprobamos tu correo desde que Lecter te escribió.

—Hasta ahora se limitaban a pasar los paquetes por el fluoroscopio. Eso es estupendo, pero soy capaz de leer mis propias cartas. Na­die me ha dicho nada.

—No es cosa de nuestra Oficina de Responsabilidades Profesio­nales.

—Tampoco del adjunto Dawg, señor Crawford. Es algún pez lo bastante gordo como para conseguir una orden de suspensión del título tercero debidamente autorizada.

—¿No dices que parecen aficionados? —se quedó callada lo sufi­ciente como para que él añadiera—: Mejor que te hayas dado cuen­ta así, ¿no te parece, Starling?

—Sí, señor.

Crawford frunció los labios y asintió.

—Me ocuparé del asunto —guardó los frascos en el cajón supe­rior del escritorio—. Hablaré con Carl Schirmer del Departamento de Justicia y pondremos las cosas en claro.

Schirmer era un infeliz. Según los rumores se jubilaría a final de año. Todos los colegas de Crawford estaban a punto de jubilarse.

—Gracias, señor.

—¿Qué?, ¿hay alguien en tus clases de la policía que prometa? ¿Alguien con quien debieran hablar los de reclutamiento?

—En la de técnicas forenses, aún no lo sé, les da vergüenza pre­guntarme sobre crímenes sexuales. Pero hay un par de buenos tira­dores.

—De esos tenemos de sobra —alzó la vista hacia ella con pron­titud—. No me refería a ti, Starling.

Al final de aquel día en que había representado la muerte de John Brigham, Starling fue a su tumba en el Cementerio Nacional de Arlington.

Posó la mano en la lápida, que aún conservaba partículas de pie­dra arrancadas por el cincel. De pronto volvió a tener la nítida sen­sación de besar su frente fría como el mármol cuando lo visitó por última vez en su ataúd y dejó en su mano, bajo el guante blanco, su última medalla de campeona en el Abierto para pistola de combate.

Las hojas habían empezado a caer en Arlington y cubrían el cés­ped sembrado de tumbas. Con la mano en la losa de Brigham, con­templando las hectáreas de lápidas, se preguntó cuántos de aquellos muertos habrían caído como él víctimas de la estupidez, el egoísmo y las componendas de viejos cínicos.

Creyente o descreído, si uno es un guerrero, Arlington es un lugar sagrado; la tragedia no es morir, sino que te sacrifiquen.

El vínculo que la unía a Brigham no era menos fuerte por el he­cho de no haber sido su amante. Apoyada sobre una rodilla ante la piedra, Starling recordó que el hombre le había preguntado algo con timidez y ella había contestado que no; que a continuación le pre­guntó si podían ser amigos, con evidente sinceridad, y ella le con­testó, con no menos sinceridad, que sí.

Arrodillada en Arlington, pensó en la tumba de su padre, tan leja­na. No la había visitado desde que se graduó la primera de su clase en la facultad y fue allí para contárselo. Se preguntó si no sería el mo­mento de volver.

Vista a través de las ramas oscuras de Arlington, la puesta de sol era tan anaranjada como las naranjas que compartía con su padre; el distante toque de corneta le produjo un escalofrío, y la losa siguió fría bajo su mano.



CAPÍTULO

48

Podemos verlo entre el vaho de nuestro aliento. En la noche serena sobre Terranova, distinguimos un punto de luz brillante jun­to a Orion; luego, pasando lentamente sobre nuestras cabezas, un Boeing 747 que encara un viento de ciento sesenta kilómetros por hora en dirección oeste.

Atrás, en tercera clase, donde viajan los paquetes turísticos, los cincuenta y dos miembros de «El Fantástico Viejo Mundo», un re­corrido por once países en diecisiete días, regresan a Detroit y Windsor, Canadá. El espacio para los hombros es de cincuenta cen­tímetros. El espacio para las caderas entre los reposabrazos, de otros tantos. Lo que hace cinco centímetros más de los que tenían los esclavos en los barcos que los sacaban de África.

Los pasajeros se deleitan con sandwiches congelados de carne resba­ladiza y queso de plástico gentileza de la compañía, y aspiran las ven­tosidades y demás emanaciones de sus prójimos en el aire econó­micamente reprocesado, una variante del principio del licor de cloaca establecido por los mercaderes de reses y cerdos en los años cincuenta.

El doctor Hannibal Lecter ocupa un asiento en las hileras cen­trales, flanqueado por dos niños. Al final de su hilera hay una mu­jer con una criatura. Después de tantos años de celdas y mordazas, el doctor no soporta que lo confinen. Uno de los niños nene en el regazo un juego de ordenador que no para de soltar pitidos.

Como muchos pasajeros repartidos por las plazas baratas, el doc­tor Lecter lleva una brillante insignia amarilla con un monigote son­riente y «CAN-AM TOURS» escrito en grandes letras rojas, y viste un chanda! de mercadillo. El suyo lleva los colores de los Toronto Maple Leáis, un equipo de hockey sobre hielo. Debajo, una suma con­siderable de dinero, pegada al cuerpo.

El doctor Lecter ha pasado tres días con el grupo tras comprar su billete a un revendedor parisino de cancelaciones de última hora por enfermedad. El hombre que debía ocupar su asiento había vuel­to a Canadá en una caja después de que le fallara el corazón mientras subía a la cúpula de San Pedro.

Cuando llegue a Detroit, tendrá que afrontar el control de pasa­portes y la aduana. Sabe de sobra que los oficiales de seguridad y los de inmigración de todos los aeropuertos importantes de Occidente habrán recibido órdenes de abrir bien los ojos en su honor. Allí donde su fotografía no cuelgue tras el control de pasaportes, estará esperando que alguien apriete una tecla en el ordenador de la adua­na o la oficina de inmigración.

Con todo, piensa que tal vez lo favorezca una circunstancia afor­tunada: puede que las autoridades sólo dispongan de fotografías de su antiguo rostro. En Brasil no existe expediente alguno que co­rresponda al pasaporte falso con el que entró en Italia, ni copias por tanto de su imagen actual; en Italia Rinaldo Pazzi intentó simplifi­carse la vida y satisfacer a Mason Verger consiguiendo el expedien­te de los carabinieri, incluidos las fotografías y negativos empleados en el permesso di soggiorno y permiso de trabajo del «doctor Fell». El doctor Lecter los había encontrado en la cartera del policía y los había destruido.

A menos que Pazzi hubiera tomado fotos del doctor Fell a es­condidas, es probable que no exista en todo el mundo un retrato ac­tualizado del doctor Lecter. No es que su rostro sea muy distinto al anterior; un poco de colágeno alrededor de la nariz y los pómulos, el pelo teñido y peinado de otra forma, gafas... Pero sí lo bastante como para pasar inadvertido si consigue no atraer la atención. Para la cicatriz del dorso de la mano ha usado un cosmético duradero y un agente bronceador.

Espera que en el Aeropuerto Metropolitano de Detroit el Servi­cio de Inmigración divida a los recién llegados en dos filas, pasa­portes estadounidenses y otros. Ha elegido una ciudad fronteriza con el fin de que la fila de los «otros» sea larga. El avión está lleno de canadienses. Lecter confía en que podrá colarse entre la mana­da, siempre que la manada lo admita como uno de los suyos. Los ha acompañado a varios museos y visitas históricas, y ha volado con ellos en la sentina del avión, pero todo tiene sus límites; no se sien­te capaz de comer la misma bazofia que ellos.

Cansados y con los pies doloridos, hartos de su ropa y sus com­pañeros, los turistas hozan en sus bolsas de la cena y abren sus sand­wiches para retirar la lechuga ennegrecida por el frío.

Para no llamar la atención, el doctor Lecter espera hasta que los otros pasajeros dan cuenta de la repulsiva pitanza, acuden al retre­te y se quedan, en abrumadora mayoría, dormidos. En la parte de delante ponen una película ñoña. Sigue esperando con la pacien­cia de una pitón. A su lado el niño se ha quedado dormido sobre el juguete informático. A lo largo del ancho avión las luces de lec­tura se van apagando.

Entonces y sólo entonces, lanzando miradas furtivas a su alrede­dor, el doctor Lecter saca de debajo del asiento de delante su propia cena, una elegante caja amarilla con adornos marrones de Fauchon, el restaurador parisino. Está atada con dos cintas de seda de colores complementarios. El doctor ha hecho acopio de un páté de foie gras con trufas deliciosamente aromático e higos de Anatolia que aún lloran por sus tallos cortados. Tiene media botella de un Saint Estephe por el que siente especial predilección. El lazo de seda cede con un susurro.

El doctor está a punto de comerse un higo; lo sostiene ante los labios con las fosas nasales dilatadas por el aroma, dudando entre convertirlo en un único y glorioso bocado o morder sólo la mitad, cuando el juego de ordenador suelta un pitido. Otro. Sin volver la ca­beza, oculta el higo con la palma de la mano y mira al niño dormi­do. Los aromas a trufa, foie gras y coñac ascienden de la caja abierta.

El crío husmea el aire. Sus ojillos entreabiertos, brillantes como los de un roedor, espían de reojo la cena del doctor Lecter. Y con la voz de pito de un hermano envidioso, dice:

—Oiga, señor. Oiga, señor.

Está claro que no tiene intención de parar.

—¿Qué quieres?

—Esa es una de esas comidas raras, ¿verdad?

—No, qué va.

—Entonces, ¿qué es eso que tiene ahí? —el chaval vuelve el ros­tro hacia el de Lecter con expresión zalamera—. ¿Me da un poco?

—Me encantaría hacerlo —le contesta el doctor, fijándose en que, bajo la cabezota infantil, el cuello es apenas más grueso que un solo­millo de cerdo—, pero no te gustaría. Es hígado.

—¡Pastel de hígado! ¡Síiiiiii! A mi mamá no le importa... ¡Mamáaa!

«Demonio de niño —piensa el doctor—, le gusta el hígado y cuando no gimotea, chilla.»

La mujer con el niño de pecho sentada al final de la hilera se des­pierta sobresaltada. Los viajeros de la fila anterior, que habían recli­nado sus asientos hasta el punto que el doctor Lecter podía olerles el pelo, miran hacia atrás por el espacio que queda entre las butacas.

—Estamos intentando dormir.

—¡Mamáaaaaaa! ¿Puedo probar el sandwich de este señor?

La criatura acostada en el regazo de la mujer se despierta y em­pieza a llorar. La madre mete un dedo por la parte de atrás del pañal, lo saca indemne y le endilga un chupete al rorro.

—¿Qué quiere darle a mi hijo, señor?

—Es hígado, señora —responde el doctor Lecter intentando no perder la compostura—. Pero yo no...

—Es pastel de hígado, mi favorito, quiero un poquito —gimo­tea el niño—. ¿Puedo probarlo, eh, mamá? —y alarga la última pa­labra en una queja que perfora los tímpanos.

—Señor, si quiere darle algo a mi hijo, me gustaría verlo antes.

La azafata, con la cara congestionada por un sueñecito inte­rrumpido, se acerca al asiento de la mujer con la criatura llorando a moco tendido.

—¿Va todo bien? ¿Puedo traerle alguna cosa? ¿Le caliento un biberón?

La mujer saca un biberón cerrado con un tapón y se lo da. Lue­go enciende la luz de lectura, y mientras busca una tetina grita en dirección a Lecter:

—¿Le importaría pasármelo? Si quiere que lo pruebe mi niño, quiero verlo antes. No se ofenda, pero es que tiene la tripita de­licada.

Dejamos rutinariamente a nuestros hijos en las guarderías, entre extraños. Al mismo tiempo, sintiéndonos culpables, manifestamos paranoia ante los extraños e inoculamos nuestros miedos a los niños. En los tiempos que corren, un auténtico monstruo no puede olvi­darlo, ni siquiera un monstruo al que los niños le resulten tan indi­ferentes como al doctor Lecter.

El doctor pasa su caja de Fauchon a la escrupulosa madre.

—¡Qué buena pinta tiene el pan! —exclama hurgando con el dedo de comprobar pañales.

—Señora, permítame ofrecérselo.

—Bueno, pero el «licor» no lo quiero —exclama buscando a su alrededor la complicidad de los pasajeros—. Pensaba que no dejaban traer alcohol. ¿Es whisky? ¿Dejan beber esto en el avión? Me gus­taría quedarme la cinta, si no la va a usar.

—Señor, no puede abrir bebidas alcohólicas en el avión —la aza­fata amonesta a Lecter—. Permítame que se la guarde. Podrá recla­marla a la llegada.

—Faltaría más. Se lo agradezco mucho —responde el doctor.

El doctor Lecter es capaz de aislarse de la situación. Es capaz de hacer que todo desaparezca. Los pitidos de la consola, los ronqui­dos y las ventosidades no son nada comparados con el griterío in­fernal que soportó en el corredor de los violentos. La butaca no es más estrecha que los asientos de fuerza. Como tantas veces en su celda, cierra los ojos y busca la tranquilidad en su palacio de la memoria, un lugar irreprochablemente hermoso en su mayor parte.

Por una vez, el cilindro de metal que aulla contra el viento en di­rección este contiene un palacio con mil estancias.

Así como en cierta ocasión visitamos al doctor Lecter en el Palazzo Capponi, lo acompañaremos ahora al interior del palacio de su mente...

El vestíbulo es la Capilla Normanda de Palermo; severa, hermosa y eterna, contiene un solo recordatorio de la mortalidad, representa­da por la calavera grabada en el suelo. A menos que haya acudido al palacio para retirar información a toda prisa, el doctor Lecter suele hacer una pausa, como en esta ocasión, para admirar la capilla. Más allá, remota y compleja, luminosa y sombría, se extiende la vasta es­tructura construida por el doctor.

El palacio de la memoria era un sistema mnemotécnico bien conocido por los sabios del mundo antiguo, que a lo largo de la Alta Edad Media preservaron en sus mentes un enorme acopio de información mientras los bárbaros se dedicaban a quemar libros. Como los eruditos que lo precedieron, el doctor Lecter almacena un asombroso cúmulo de datos asociados a objetos de estas mil es­tancias; pero, a diferencia de los antiguos, su palacio cumple una segunda función: a temporadas le sirve de residencia. Ha pasado años rodeado por sus exquisitas colecciones de arte, mientras su cuerpo yacía inmovilizado en el corredor de los violentos, donde los alaridos hacían vibrar los barrotes como si fueran el arpa del infierno.

El palacio de Hannibal Lecter es inmenso, incluso juzgado según el patrón medieval. Traducido al mundo tangible rivalizaría con el Palacio Topkapi de Estambul en tamaño y complejidad.

Alcanzamos al doctor cuando las ágiles babuchas de su mente lo están trasladando del vestíbulo al Gran Salón de las Estaciones. El pa­lacio ha sido construido siguiendo las reglas establecidas por Simónides de Ceos y expuestas por Cicerón cuatrocientos años más tar­de; es airoso, alto de techos y está decorado con objetos y cuadros extraordinarios y sorprendentes, a veces extravagantes y absurdos, a menudo hermosos. Las urnas están bien iluminadas y distribuidas espaciadamente, como las de un gran museo. Pero las paredes no están pintadas con los colores neutros de los museos. Como Giotto, el doc­tor Lecter ha cubierto de frescos los muros de su mente.

Aprovechando que está en el palacio, decide recoger las señas del domicilio de Clarice Starling; pero no tiene prisa, así que se detie­ne al pie de una gran escalinata presidida por los bronces de Riace. Los enormes guerreros de bronce atribuidos a Fidias, rescatados del fondo del mar en nuestra época, presiden un espacio pintado con frescos que podría contener todas las historias narradas por Hornero y Sófocles.

El doctor Lecter podría hacer que los rostros de bronce recita­ran a Meleagro con sólo desearlo, pero hoy se Umita a admirarlos.

Un millar de estancias, kilómetros de corredores, cientos de datos ligados a cada uno de los objetos que decoran cada una de las salas, aguardan al doctor Lecter en este inabarcable y placentero refugio cada vez que necesita tomarse un respiro.

Pero hay algo que el doctor comparte con nosotros: en las crip­tas de nuestros corazones y nuestros cerebros, el peligro acecha. No todo son salas agradables, luminosas y altas. En el suelo de la mente hay agujeros semejantes a los de las mazmorras medievales, calabozos hediondos, celdas excavadas en la roca, con forma de botella y la trampilla en la parte superior. Por suerte nada escapa de ellas silenciosamente. Un movimiento de tierras, una traición de nuestros guardianes despejan el camino a horrores reprimidos durante años, y las chispas del recuerdo inflaman los malsanos ga­ses en una explosión de dolor que nos empuja a comportamien­tos suicidas...

Temerosos y maravillados, lo seguimos mientras avanza con paso vivo e ingrávido a lo largo del corredor que él mismo ha construido, percibiendo un aroma de gardenias y vagamente conscientes de la magnífica factura de las estatuas y de la luminosidad de las pinturas.

Tuerce a la derecha pasado un busto de Plinio y asciende las esca­leras hasta el Salón de las Direcciones, una estancia llena de estatuas y cuadros dispuestos en estudiado orden, bien espaciados e ilumi­nados, como recomienda Cicerón.

Ah... el tercer gabinete de la derecha está presidido por un cua­dro que representa a san Francisco de Asís dando de comer una po­lilla a un tordo.* En el suelo, a los pies de la pintura, el mármol re­presenta a tamaño natural la siguiente escena:



* En inglés, starling. (N. del T.)

Un desfile en el Cementerio Nacional de Arlington encabezado por Jesús, treinta y tres años, conduciendo una camioneta Ford modélo T del 27, una de aquellas «mariconas de hojalata», con J. Edgar Hoover de pie en la caja del vehículo vistiendo un tutu y saludan­do con la mano a una multitud invisible. Desfilando tras él vemos a Clarice Statting con un rifle Enfield 308 al hombro.

El doctor Lecter parece animarse al ver a Starling. Hace tiem­po, consiguió la dirección particular de la mujer a través de la Aso­ciación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Virginia. La conserva asociada a esta imagen, y ahora, por puro placer, recuer­da el nombre de la calle y el número de la casa donde vive Star­ling:

Tindal 3327

Arlington, Virginia 22308

El doctor Lecter puede recorrer los vastos salones de su palacio de la memoria a una velocidad sobrenatural. Con sus reflejos y su fuerza, con su penetración y agilidad mentales, el doctor Lecter está perfectamente armado contra el mundo físico. Pero hay lugares den­tro de sí mismo a los que no puede entrar sin sentirse amenazado, sitios en los que las reglas de Cicerón sobre lógica, ordenación es­pacial y luz no pueden aplicarse...

Decide hacer una visita a su colección de tapices antiguos. Quie­re escribir una carta a Mason Verger, y necesita revisar un texto de Ovidio sobre aceites faciales aromáticos asociado a los tejidos.

Camina sobre una interesante alfombra de pelo corto que lleva al salón de los telares y los tejidos.

En el mundo del 747, el doctor Lecter tiene los ojos cerrados y la cabeza, que se balancea despacio cuando las turbulencias agitan el avión, recostada en el asiento.

Al final de la hilera, la criatura, que se ha tomado el biberón, aún no se ha dormido. La cara se le está poniendo roja. La madre sien­te tensarse el cuerpecillo arrebujado en la manta, y relajarse al cabo de un momento. No cabe duda de lo que ha ocurrido. No necesita hundir el dedo en los pañales. En los asientos de delante alguien suelta un «¡Madre de Dios!».



Al tufo de gimnasio a última hora de la tarde se ha añadido otra pincelada olorosa. El niño sentado junto a Lecter, habituado a las ju­garretas del bebé, sigue engullendo la comida de Fauchon.

Bajo el palacio de la memoria, las trampillas revientan, las mazmorras exhalan su espeluznante hedor...
Un puñado de animales consiguió sobrevivir bajo el fuego de la arti­llería y las ametralladoras en la guerra que acabó con las vidas de los padres de Hannibal Lecter y arruinó el extenso bosque de su propiedad.

El abigarrado contingente de desertores que convirtió la remota cabana de caza en su rejugio se mantuvo de lo que encontró a mano. En una oca­sión, los prófugos dieron con un pobre cervatillo, esquelético y herido por una flecha, que había conseguido encontrar pasto bajo la nieve y sobrevivir. Lo arrastraron al campamento para no tener que cargar con él.

Hannibal Lecter, que tenía seis años, espiaba a través de una grieta del granero cuando llegaron con el animal, que sacudía la cabeza y pegaba ti­rones a la soga enrollada alrededor de su cuello. No les convenía pegarle un tiro, así que consiguieron que doblara las escuálidas patas de alambre, le ases­taron un hachazo en el pescuezo y se maldijeron unos a otros en distintos idiomas para que alguno trajera un barreño antes de que se perdiera toda la sangre.

El raquítico animal no tenía mucha carne alrededor de los huesos, y en dos días, quizá tres, cubiertos con sus largos abrigos y despidiendo por las bocas un vaho de putrefacción, los desertores salieron de la cabana y cami­naron sobre la nieve que la separaba del granero, que desatrancaron para ele­gir entre los niños acurrucados en la paja. Ninguno se había congelado, así que se dispusieron a escoger uno vivo.

Tantearon el muslo, el brazo y el pecho de Hannibal Lecter, pero en lugar de a él cogieron a su hermana Mischa y se la llevaron. Para jugar, dijeron. Ninguno de los que se llevaban para jugar había vuelto.

Hannibal se agarró a Mischa tanjuerte, se agarró a ella con tal deses­peración, que tuvieron que cerrar de golpe la enorme puerta del granero, le fracturaron un brazo y perdió el conocimiento.

Se la llevaron a rastras por la nieve, manchada todavía con la sangre del ciervo.

Rezó con taljuerza para volver a ver a Mischa que la oración consu­mió su cabeza de seis años, pero no consiguió acallar los golpes del hacha. Sus súplicas para volver a verla no quedaron sin respuesta por entero: vio unos cuantos dientes de leche de Mischa en el maloliente pozo ciego que sus captores habían excavado entre la cabana donde dormían y el granero donde guardaban a los niños cautivos que fueron su sustento tras el desas­tre del frente oriental en 1944.

Desde aquella respuesta parcial a sus plegarias, Hannibal Lecter había dejado de hacer cabalas sobre cualquier divinidad, aparte de reconocer que sus propias modestas predaciones palidecían al lado de las de Dios, cuya ironía es inescrutable, y cuya voluble ferocidad está mas allá de toda medida.
En el inestable avión, con la cabeza rebotando suavemente con­tra el respaldo, el doctor Lecter permanece en suspenso entre su úl­tima imagen de Mischa arrastrada sobre la nieve ensangrentada y el sonido del hacha. Se ha atascado en ese punto y no lo puede so­portar. En el ámbito del avión se oye un breve grito procedente de su rostro sudoroso, un grito débil y agudo, estremecedor.

Los pasajeros de delante se vuelven, algunos se despiertan. En las primeras filas algunos refunfuñan.

—¡Por amor de Dios! ¿Es que no se va a poder estar tranquilo en este avión?

El doctor Lecter abre los ojos y mira al frente. Siente una mano en el brazo. Es la mano del niño.

—Ha tenido una pesadilla, ¿a que sí?

El niño no está asustado, ni hace caso de las protestas en los asientos delanteros.

—Sí.

—Yo también tengo muchas pesadillas, por eso no me río de usted.



El doctor Lecter respira varias veces con la cabeza reclinada en el respaldo. Luego recupera la compostura como si la calma le ba­jara desde el nacimiento del cabello hasta la cara. Inclina la cabeza hacia el niño y, en un tono confidencial, le dice:

—Haces bien en no comerte esa bazofia. No te la comas nunca.

Las compañías aéreas ya no proporcionan a sus usuarios papel de escribir. El doctor Lecter, calmado del todo, saca del bolsillo interior de la chaqueta papel con el membrete de un hotel y se dispone a redactar una carta dirigida a Clarice Starling. En primer lugar, di­buja su rostro. Ese retrato se conserva en la actualidad en una fun­dación dependiente de la Universidad de Chicago, a disposición de los estudiosos. Starling tiene el aspecto de una niña y el pelo, como Mischa, pegado a las mejillas por las lágrimas...

Distinguimos el avión a través del vaho de nuestro aliento, un punto de luz brillante en el sereno cielo nocturno. Lo vemos sobre­pasar la Estrella Polar, más allá del punto de no retorno, iniciando un gran arco de descenso hacia otro amanecer del Nuevo Mundo.



CAPÍTULO__49'>CAPÍTULO

49

Los montones de papeles, expedientes y disquetes amenazaban con venirse abajo y sepultar a Starling en su cubículo. Sus peticiones de espacio no obtenían respuesta. «Hasta aquí hemos llegado», decidió un día. Y con la desfachatez de los que no tienen nada que perder se adueñó de un amplio despacho en el sótano de Quantico. Se su­ponía que aquel lugar estaba destinado a convertirse en el cuarto oscuro de la Unidad de Ciencias del Comportamiento en cuanto el Congreso asignara fondos. No tenía ventanas, pero sí muchas es­tanterías y, dada la función que cumpliría en el futuro, una doble cortina opaca en vez de puerta.

Algún anónimo vecino de despacho imprimó un cártel en letra gótica que decía «LA CASA DE HANNIBAL» y lo clavó a la cortina con alfileres. Temiendo perder el sitio, Starling lo retiró y lo guardó dentro.

Casi enseguida encontró un tesoro de efectos personales en la biblioteca de la Facultad de Derecho de Columbia, donde tenían una Sala Hannibal Lecter. En ella se conservaba documentación ori­ginal de su carrera médica y psiquiátrica, y transcripciones del jui­cio y de procesos civiles emprendidos en su contra. En su primera visita a la biblioteca Starling tuvo que esperar cuarenta y cinco mi­nutos mientras los empleados buscaban las llaves sin éxito. En la segunda, se encontró con el responsable de la sala, un indolente becario que tenía todo el material sin catalogar.

La paciencia de Starling no había mejorado al cruzar la barrera de los treinta. Gracias a las gestiones del jefe de unidad Jack Crawford en la oficina del fiscal, obtuvo una orden judicial para llevarse toda la colección a su despacho en los sótanos de Quantico. La poli­cía federal se encargó del traslado en una sola furgoneta.

Como Starling había supuesto, la orden produjo cierto revuelo, y lo ocurrido acabó llegando a oídos de Krendler.

Al final de dos largas semanas, Starling había conseguido organi­zar la mayoría del material en su improvisado centro Lecter. A últi­ma hora de la tarde de un viernes, se lavó la cara y las manos para quitarse el polvo y la mugre de los libros, bajó la intensidad de la luz y se sentó en un rincón del suelo mirando las estanterías abarrota­das de papeles. Quizá se quedara dormida un momento...

Un olor la despertó y se dio cuenta de que no estaba sola. Era olor a betún.

La habitación estaba en penumbras, y el ayudante del inspector general, Paul Krendler, paseaba despacio a lo largo de las estanterías, hojeando libros y bizqueando ante las fotos. No se había molestado en llamar; no había dónde hacerlo en las cortinas, pero por lo demás Krendler no acostumbraba llamar, sobre todo en las agencias subor­dinadas. Y allí, en aquellos sótanos de Quantico, se sentía entre las clases bajas.

Una de las paredes estaba dedicada al doctor Lecter en Italia, con una gran fotografía de Rinaldo Pazzi ahorcado con las tripas fuera ante el Palazzo Vecchio colgada como un póster. La pared de en­frente contenía lo referente a sus crímenes en Estados Unidos, y es­taba presidida por una fotografía policial del cazador con arco que Lecter había asesinado hacía años. El cuerpo pendía de un tablero para herramientas y tenía todas las heridas que aparecen en las ilus­traciones medievales del «Hombre herido». En las correspondientes estanterías había numerosos expedientes de los casos apilados junto a los sumarios civiles de procesamientos por muerte dolosa entabla­dos contra Lecter por las familias de las víctimas.

Los libros de medicina procedentes de la consulta del doctor Lec­ter seguían un orden idéntico al que habían guardado en su antiguo despacho de psiquiatra. Starling los había organizado examinando con lupa las fotografías policiales de la consulta.

Casi toda la luz del penumbroso cuarto procedía de una radio­grafía de la cabeza y el cuello del doctor colocada en un soporte luminoso instalado en la pared. El resto, de la pantalla de un ordena­dor situado sobre una mesa auxiliar en una esquina. El salvapantallas era «Criaturas peligrosas». De vez en cuando, el altavoz soltaba un gruñido.

Amontonados junto a la pantalla estaban los resultados de las pes­quisas de Starling. Las notas, recetas, facturas clasificadas por temas, penosamente reunidas y reveladoras del modo de vida de Lecter en Italia, y en Estados Unidos antes de que lo confinaran en el hospital psiquiátrico. Era un catálogo provisional de sus gustos.

Usando un escáner plano como soporte, Starling había dispuesto un servicio de mesa individual con lo que había sobrevivido de su hogar en Baltimore: porcelana, plata, cristal, mantelería de un blanco radiante y un candelabro; un metro cuadrado de elegancia que con­trastaba con el grotesco decorado del despacho.

Krendler cogió el ancho vaso de vino e hizo sonar el cristal gol­peándolo con la uña de un dedo.

El ayudante del inspector no había tocado nunca a un criminal, ni había rodado por el suelo con ninguno, y se imaginaba al doctor Lec­ter como a una especie de demonio inventado por los medios de co­municación, y como una oportunidad de medrar. Se imaginaba su propia fotografía formando parte de un despliegue como aquél en el museo del FBI una vez muerto Lecter. Se imaginaba las sumas astro­nómicas de su campaña. Krendler tenía la cara pegada a la radiografía del espacioso cráneo del doctor, y cuando Starling abrió la boca, dio un respingó y manchó la placa con la grasa de la nariz.

—¿Puedo ayudarlo, señor Krendler?

—¿Qué hace sentada ahí, a oscuras?

—Estaba pensando, señor Krendler.

—Los del Capitolio quieren saber qué estamos haciendo respecto a Lecter.

—Esto es lo que estamos haciendo.

—Hágame un resumen, Starling. Póngame al día.

—¿No prefiere que el señor Crawford...?

—Y ése, ¿dónde anda?

—El señor Crawford está en los juzgados.

—Tengo la impresión de que anda un poco perdido, ¿no le parece?

—No, señor, a mí no me lo parece.

—¿Qué está haciendo? Los de la universidad nos llamaron he­chos una furia cuando usted se llevó todo esto de su biblioteca. Este asunto podía haberse manejado con más delicadeza.

—Hemos reunido todo lo que hemos podido encontrar sobre Lecter en este despacho, tanto objetos como documentación. Sus armas están en Armas de Fuego y Herramientas, pero tenemos dupli­cados. Y tenemos lo que queda de sus papeles personales.

—Y todo esto, ¿a santo de qué? ¿Usted qué quiere, capturar a un criminal o escribir una tesis doctoral? —Krendler hizo una pausa para almacenar aquella estupenda rima en su polvorín mental—. Imagínese que un peso pesado de los republicanos en la Comisión de Segui­miento Judicial me pregunta lo que usted, agente especial Starling, está haciendo para capturar a Hannibal Lecter. A ver, ¿qué le digo?

Starling dio todas las luces. Comprobó que Krendler seguía gastán­dose el dinero en trajes caros y ahorrándolo en camisas y corbatas. Los huesos de sus velludas muñecas le asomaban por las mangas.

Starling se quedó un momento mirando la pared, atravesándola con la mirada y tratando de no perder los estribos. Se obligó a ver a Krendler como a un alumno de la Academia de Policía.

—Sabemos que el doctor Lecter tiene una identidad sólida —em­pezó diciendo—. Lo más probable es que tenga otra igual de bue­na, tal vez más. Respecto a eso siempre ha sido muy escrupuloso. No cometerá un error tonto.

—Al grano.

—Es un hombre de gustos refinados, algunos bastante exóticos, en comida, vino, música... Si vuelve, querrá esas cosas. Tendrá que apañárselas para conseguirlas. No estará dispuesto a privarse de ellas.

»E1 señor Crawford y yo hemos examinado las facturas y papeles que se han podido recuperar de su vida en Baltimore, antes de que lo detuvieran, y todas las que la policía italiana ha podido propor­cionarnos, así corno las denuncias de sus acreedores presentadas tras su detención. Hemos elaborado una lista de algunas de las cosas que le gustan. Aquí la tiene. El mismo mes en el que el doctor Lecter sirvió las lechecillas del flautista Benjamín Raspail a los miembros del patronato de la Orquesta Filarmónica de Baltimore, compró dos cajas de burdeos Cháteau Pétrus a tres mil seiscientos dólares la caja. Además, compró cinco cajas de Bátard-Montrachet a mil cien dó­lares la caja, y distintos vinos más baratos.

«Después de su huida, pidió el mismo vino al servicio de habita­ciones del hotel de Saint Louis, y volvió a comprarlo en Vera dal 1926, en Florencia. Es un producto nada corriente. Estamos investi­gando las ventas de cajas de los mayoristas e importadores.

»Encargó foie gras de categoría A a doscientos dólares el kilo al Iron Gate de Nueva York, y a través del Oyster Bar de la estación Grand Central consiguió ostras verdes de la Gironda, Francia. La comida para el patronato de la Filarmónica empezó con esas ostras, a las que siguieron lechecillas, un sorbete y luego, como puede leer en este artículo de Town & Country —leyó en voz alta rápidamen­te—, "un notable ragú oscuro y brillante, cuyos ingredientes no nos fue posible descubrir, con acompañamiento de arroz al azafrán. Su sabor era deliciosamente inefable, con exquisitos tonos bajos que sólo la exhaustiva y cuidadosa reducción au fond puede proporcio­nar". Nunca se ha podido identificar a la víctima que aportó la ma­teria prima del ragú. Bla, bla, bla... y sigue describiendo el elegan­te servicio de mesa y demás zarandajas con todo detalle. Estamos comprobando las compras con tarjeta de crédito en los proveedores de porcelana y cristalería.

Krendler resopló por la nariz.

—Mire, en este pleito civil le reclaman el pago de un candela­bro Steuben, y el concesionario de coches Galeazzo de Balrimore lo demandó para que devolviera un Bentley. Estamos controlando las ventas de Bentleys, tanto nuevos como de segunda mano. No pue­de decirse que sean muchas. Y las ventas de Jaguars con compresor de sobrecarga. Hemos enviado faxes a los proveedores de restaurantes especializados en caza para que nos informen de sus ventas de ja­balíes, y emitiremos un boletín la semana previa a la llegada de Esco­cia de las perdices patirrojas —tecleó en el ordenador y consultó una lista, después se separó de la pantalla al sentir el aliento de Krend­ler en el cuello—. He solicitado fondos para comprar la coopera­ción de algunos revendedores de estrenos, los buitres culturales, en Nueva York y San Francisco; hay un par de orquestas y unos cuan­tos cuartetos de cuerda por los que siente especial predilección, le gustan las filas seis o siete y siempre compra asientos de pasillo. He distribuido las mejores fotografías de que disponemos en el Lincoln Center y en el Kennedy Center, y en la mayoría de las salas de conciertos. Tal vez con su intervención, señor Krendler, el Depar­tamento de Justicia podría aportar dinero —al ver que no se daba por aludido, prosiguió—: Estamos comprobando las suscripciones recientes a publicaciones culturales que Lecter recibía hasta ahora, de antropología, lingüística, matemáticas, música, la Physical Review...

—¿Y qué me dice de putas sadomasoquistas? ¿No contrata chaperos?

Starling era consciente del placer que experimentaba Krendler haciéndole semejante pregunta.

—No que nosotros sepamos, señor Krendler. Fue visto hace años en conciertos con distintas mujeres muy atractivas, un par de ellas personalidades prominentes de la vida social de Baltimore que par­ticipaban en obras benéficas y esa clase de cosas. Tenemos las fechas de sus cumpleaños para comprobar los regalos que les envían. Por lo que sabemos ninguna de ellas sufrió el menor daño, y ninguna ha querido hablar sobre él nunca. No sabemos absolutamente nada sobre sus preferencias sexuales.

—Siempre he pensado que era homosexual.

—¿Algún motivo en especial, señor Krendler?

—Todas esas sandeces artísticas que se gasta. Música de cámara y comida de vernissage. No es nada personal, si es que siente usted al­gún tipo de simpatía por ese tipo de gente, o tiene amigos así. Lo principal, lo que quiero que se le meta en la cabeza, Starling, es que más vale que empiece a ver cooperación por aquí. No admitiré secretismos ni camarillas. Quiero una copia de cada 302, quiero cada línea de investigación, cada pista. ¿Lo ha entendido, agente especial Starling?

—Sí, señor.

—Asegúrese de hacerlo —dijo Krendler ya en la puerta—. Ésta es su oportunidad de mejorar su situación aquí. Su carrera, por llamar­la de algún modo, necesita toda la ayuda que pueda conseguir.

El futuro cuarto oscuro ya estaba equipado con un extractor de aire. Mirándolo a la cara, Starling presionó el interruptor y el apa­rato empezó a succionar el olor de su loción para el afeitado y su betún. Krendler desapareció tras las cortinas sin decir adiós.

El aire vibraba ante los ojos de Starling como el calor reverbe­rando en la galería de tiro.

En el vestíbulo, Krendler oyó la voz de Starling a sus espaldas:

—Saldré con usted, señor Krendler.

A Krendler lo esperaba un coche con conductor. Seguía estan­do en el nivel de transporte ejecutivo, pero se daba importancia con un Mercury Grand Marquis sedán.

—Aguarde un momento, señor Krendler —le dijo Starling an­tes de que subiera al coche.

Krendler se volvió sorprendido. Aquello podía ser el comienzo de algo. ¿Una rendición a regañadientes? La antena se le enderezó.

—Ahora estamos en plena calle —dijo Starling—. Sin chatarra que nos grabe, a no ser que la lleve usted.

Empezó a apoderarse de ella un impulso que no pudo resistir. Para trabajar entre los polvorientos papeles se había puesto una ca­misa vaquera holgada sobre un top ajustado.

«No debiera hacerlo —se dijo—. Que se joda.»

Tiró de las presillas de la camisa hasta abrirla del todo.

—¿Lo ve?, yo no llevo micrófonos —tampoco llevaba suje­tador—. Es posible que ésta sea la única vez que hablemos en privado, y me gustaría hacerle una pregunta. Durante años me he limitado a hacer mi trabajo y, en cuanto ha podido, usted me ha clavado una puñalada por la espalda. ¿Cuál es su problema, señor Krendler?

—Le agradezco la sinceridad... Buscaré un hueco en mi agenda si quiere revisar...

—¿Qué le parece ahora mismo?

—Todo son figuraciones suyas, Starling.

—¿Es porque no quise salir con usted? ¿Empezó esta mierda cuan­do le dije que volviera a casa con su mujer?

Krendler le echó otro vistazo. Desde luego, micrófonos no lle­vaba.

—No sea tan creída, Starling... Esta ciudad está llena de conejitos de granja.

Entró en el coche, se sentó junto al conductor y dio unos golpecitos en el salpicadero. El cochazo se puso en marcha. Krendler movió los labios con los que hubiera querido decirle: «Conejitos de granja como tú». Tenía por delante, estaba convencido, un montón de discursos que pronunciar, y quería perfeccionar su karate verbal y adquirir el dominio de la pulla que va derecha a los titulares.

CAPÍTULO

50

—Te digo que podría funcionar —repitió Krendler frente a la susurrante oscuridad en que yacía Mason—. Hace diez años hubiera sido imposible, pero hoy en día puede barajar listas de clientes en el ordenador con una mano mientras se toca el chichi con la otra —aseguró, y se removió en el son bajo las brillantes luces de la zona de visitas.

Krendler veía la silueta de Margot recortada contra la pared del acuario. Ya se había acostumbrado a decir obscenidades en su pre­sencia, y le estaba cogiendo gusto. Hubiera apostado cualquier cosa a que a Margot le hubiera gustado tener polla. Le entraron ganas de decir «polla» delante de ella, y se le ocurrió una forma de hacerlo:

—Así es como ha conseguido acotar el terreno y determinar las preferencias de Lecter. No me extrañaría que supiera incluso a qué lado se pone la polla el doctor.

—Tanta sabiduría me recuerda, Margot, que estamos haciendo esperar al doctor Doemling —dijo Mason.

El doctor Doemling había hecho tiempo entre los animales de peluche de la sala de juegos. Mason lo veía por la pantalla de vídeo examinando el suave escroto de la enorme jirafa, como habían hecho los Viggert con los del David. En el vídeo parecía mucho más pequeño que los juguetes, como si se hubiera comprimido, tal vez para abrirse paso como un gusano hacia una infancia mejor que la suya.

Visto a la luz de los focos, el psicólogo era un individuo seco, extremadamente pulcro aunque cubierto de caspa, con el pelo pei­nado de un lado sobre el cuero cabelludo cubierto de pecas y un dije de los Phi Beta Kappa en la cadena del reloj. Se sentó al otro lado de la mesa de cafe, frente a Krendler, que tuvo la impresión de que aquélla no era la primera visita del doctor.

La manzana que estaba en su lado del frutero tenía un agujero de gusano. El doctor Doemling hizo girar el cuenco para que el aguje­ro mirara hacia otro lado. Tras las gafas, sus ojos siguieron a Margot, que se acercó a por un par de nueces y volvió junto al acuario, con un grado de asombro que bordeaba la grosería.

—El doctor Doemling es catedrático de Psicología en la Universi­dad Baylor. Ocupa la cátedra Verger —explicó Mason a Krendler—. Le he pedido que nos ilustre sobre el vínculo que podría haberse establecido entre el doctor Lecter y la agente especial Clarice Starling. Doctor...

Doemling miró hacia delante como si estuviera prestando testi­monio en un tribunal y volvió la cabeza hacia Mason como si éste fuera el jurado. Krendler reconoció las estudiadas maneras y la hábil parcialidad del individuo acostumbrado a deponer como experto por dos mil dólares al día.

—Como es lógico, el señor Verger está al tanto de mis cualificaciones. ¿Desea usted conocerlas?

—No —dijo Krendler.

—He examinado las notas tomadas por la señorita Starling du­rante sus entrevistas con el doctor Lecter, las cartas que éste le ha enviado y el material que ustedes me han proporcionado sobre los antecedentes de ambos —empezó Doemling.

Al oír aquello Krendler tuvo un sobresalto, pero Mason lo tran­quilizó.

—El doctor Doemling ha firmado un compromiso de confiden­cialidad.

—Cordell pondrá sus diapositivas en la pantalla cuando lo desee, doctor —dijo Margot.

—Antes de eso, quisiera hacer una pequeña introducción —Doemling consultó sus notas—. Sabemos que el doctor Lecter na­ció en Lituania. Su padre tenía un título de conde que data del si­glo X, y su madre procedía de una familia de la nobleza italiana, los Visconti. Durante la retirada alemana de Rusia, un grupo de pánzers nazis bombardeó su propiedad próxima a Vilna desde la carretera y acabó con las vidas de sus padres y de la mayoría de la servidum­bre. Después de aquello, los niños desaparecieron. Eran dos, Hannibal y su hermana. Desconocemos lo que ocurrió con la hermana. Lo que cuenta es que Lecter es huérfano, como Clarice Starling.

—Eso ya se lo conté yo —dijo Mason, que empezaba a impa­cientarse.

—Sí, pero ¿qué conclusiones sacó usted de esa información? —le replicó Doemling—. Yo no propongo una especie de simpatía en­tre huérfanos, señor Verger. Esto no tiene nada que ver con la sim­patía. La simpatía no viene a cuento y, en cuanto a la piedad, usted sabe mejor que nadie lo piadoso que llega a ser. Ahora préstenme atención. Lo que la común experiencia de la orfandad proporciona a Lecter es ni más ni menos que una mayor capacidad para com­prender a esa mujer y, en definitiva, para controlarla. Esto es una cuestión de control.

»La señorita Starling pasó su infancia en instituciones públicas y, por lo que ustedes me han explicado, no parece mantener ninguna relación estable con un hombre. Vive con una antigua compañera de universidad, una joven afroamericana.

—Lo más probable es que tengan un rollo —afirmó Krendler.

El doctor Doemling le lanzó una mirada tan elocuente que Krend­ler tuvo que mirar a otro lado.

—Nadie puede saber con certeza los auténticos motivos por los que dos personas viven juntas.

—Es uno de los misterios de que habla la Biblia —remachó Mason.

—Esa Starling tiene su aquel, si les gusta el trigo entero —apuntó Margot.

—En mi opinión el atraído es Lecter, no ella —dijo Krendler— Ya la han visto, es fría como el hielo.

—¿Está seguro, señor Krendler? —Margot parecía divertida.

—¿Crees que es lesbiana, Margot? —le preguntó Mason.

—¿Cómo quieres que lo sepa? Sea lo que sea, lo lleva como si fuera asunto suyo y de nadie más, ésa es la impresión que me dio. Creo que es fuerte, y que lleva puesta una máscara, pero el día que la conocí no me pareció fría. No hablamos mucho, pero eso sí me quedó claro. Entonces no necesitabas mi ayuda, ¿verdad, Mason? Me echaste de la habitación, ¿te acuerdas? No estoy en absoluto de acuerdo en que sea fría. Las chicas con el aspecto de Starling nece­sitan mantener las distancias, porque siempre hay algún tonto del culo revoloteando a su alrededor.

Llegados a este punto Krendler tuvo la sensación de que Margot lo miraba más tiempo de lo normal, aunque sólo podía distinguir la silueta de la mujer.

Resultaba curiosa la colección reunida en aquella habitación: el tono cuidadosamente burocrático de Krendler; la seca pedantería de Doemling; los resuellos cavernosos de Mason, expurgados de oclusi­vas y nitrados de sibilantes; y la voz áspera y grave de Margot, lista para morder en cualquier momento pero amordazada por el bocado como un poní de alquiler. Y por debajo, los jadeos de la maquina­ria que producía el oxígeno de Mason.

—He podido hacerme cierta idea sobre su vida privada a la luz de su aparente fijación con el padre —continuó Doemling—. La expondré con brevedad. Hasta ahora disponemos de tres documen­tos del doctor Lecter relacionados con Clarice Starling. Dos cartas y un dibujo. El dibujo es el reloj de la crucifixión que ideó mientras estaba en el manicomio —el doctor Doemling levantó la vista ha­cia la pantalla—. La diapositiva, por favor.

Desde algún lugar fuera de la habitación, Cordell hizo aparecer el extraordinario esbozo en el monitor elevado. El original estaba hecho con carboncillo sobre papel basto. En la cianocopia obteni­da por Mason los trazos habían adquirido el color de los moratones.

—Intentó patentarlo —dijo el doctor Doemling—. Como pueden ver, Jesucristo aparece crucificado en la esfera de un reloj y sus bra­zos van girando para marcar la hora, como en los relojes del ratón Mickey. Pero lo más interesante es que la cara, la cabeza caída sobre el pecho, es la de Clarice Starling. Hizo el dibujo durante las en­trevistas que mantuvieron. Ahora vamos a ver una fotografía de la mujer, y podrán comparar. Cordell, pónganos la foto, por favor.

No cabía duda, el Jesucristo de Lecter tenía la cabeza de Clarice Starling.

—Otra particularidad es que el cuerpo está clavado en la cruz por las muñecas en vez de por las palmas de las manos.

—Eso es correcto —intervino Mason—. Hay que poner los clavos en las muñecas y usar grandes cuñas de madera. Idi Amín y yo lo descubrimos a fuerza de probar cuando representamos la Pa­sión en Uganda una Semana Santa. Fue así como crucificaron a Nuestro Señor. Todos los cuadros de la Crucifixión están equivo­cados. La culpa la tuvo un error de traducción del hebreo al latín de la Vulgata.

—Gracias —dijo el doctor Doemling, picado—. Sabemos que la Crucifixión representa un objeto de veneración destruido. Observen que el minutero está en las seis, cubriendo castamente los genitales. La manecilla de las horas marca las nueve, o pasa un poco. Ese nueve es una clara referencia a la hora en que según la tradición fue cruci­ficado Jesucristo.

—Y si juntamos el seis y el nueve, observen que obtenemos se­senta y nueve, una cifra muy popular en las relaciones interpersona­les —tuvo que decir Margot.

En respuesta a la rencorosa mirada de Doemling, hizo crujir un par de nueces y dejó caer las cascaras al suelo.

—Ahora pasemos a considerar las cartas del doctor Lecter a Clarice Starling. Cuando quiera, Cordell —el doctor Doemling se sacó un puntero láser del bolsillo—. Vean ustedes que la escritura, una le­tra redonda y fluida trazada con una estilográfica de plumin cuadra­do, parece obra de una máquina en cuanto a su regularidad. Este tipo de escritura es habitual en las bulas de los papas medievales. Es muy hermosa, pero regular hasta lo grotesco. No tiene absolutamente nada de espontánea. Quien escribe así, planea alguna cosa. Esta primera la envió inmediatamente después de su fuga, durante la cual acabó con la vida de cinco personas. Leamos parte del texto:
Y bien, Clarice, ¿han dejado de chillar los corderos?

Me debes cierta información, ¿lo recuerdas?, y te voy a decir lo que me gustaría.

Un anuncio en la edición nacional del Times y en el International Herald-Tribune el primer día de cualquier mes sería lo ideal. A ser po­sible, incluyelo también en el China Mail.

No me sorprenderé si la respuesta es «sí y no». Los corderos callarán por el momento. Pero, Clarice, te juzgas con la misma piedad que la balanza de la mazmorra de Threave; tendrás que ganarte la bendición de ese silencio una y otra vez. Porque lo que te empuja a actuar es el su­frimiento, ver sufrimiento a tu alrededor, y el sufrimiento no acabará nunca.

Hacerte una visita no forma parte de mis planes, Clarice; el mundo es más interesante contigo dentro. Asegúrate de tener conmigo la misma cortesía...
El doctor Doemling se ajustó las gafas sin montura nariz arriba y se aclaró la garganta.

—Éste es el clásico ejemplo de lo que en mis publicaciones he dado en llamar avunculismo y en la literatura especializada empieza a ser ampliamente conocido como «avunculismo de Doemling». Es muy probable que aparezca en el nuevo Manual de diagnóstico y esta­dística. Para los profanos puede definirse como el hecho de presentarse a sí mismo como un mentor experimentado y benévolo con el fin de sacar partido de alguna debilidad del pupilo.

»Deduzco a partir de las notas del caso que el asunto de los cor­deros hace referencia a un episodio de la infancia de Clarice Starling, el sacrificio de los animales en el rancho de Montana que fue su hogar adoptivo —continuó Doemling sin abandonar la sequedad de su tono.

—Era un toma y daca de informaciones entre Lecter y ella —pun­tualizó Krendler—. El sabía algo sobre el asesino en serie Buffalo Bill.

—La segunda carta, siete años posterior, es, a primera vista, de condolencia y apoyo —continuó Doemling—. Empieza provocán­dola con alusiones a sus padres, a los que al parecer ella adoraba. Lla­ma al padre «el difunto vigilante nocturno» y a la madre, «fregona». Y a continuación los adorna con las mismas cualidades excepcio­nales que ella les ha atribuido siempre, y acaba utilizándolas para disculpar los fracasos profesionales de la agente. Esto no tiene otro objetivo que congraciarse con ella para poder manipularla.

»En mi opinión la señorita Starling podría haber desarrollado un fuerte vínculo con su padre, una imago, que le impide entablar re­laciones sexuales con normalidad y podría inclinarla hacia el doc­tor Lecter en una especie de transferencia que, dada la perversidad de este hombre, él no desaprovechará ni por un instante. En esta segunda carta vuelve a animarla a ponerse en contacto con él a tra­vés de las secciones de anuncios personales de la prensa, para lo que le proporciona un nombre en clave.

«¡Por los clavos de Cristo, este tío no para de hablar!», pensó Mason, para quien la impaciencia y el fastidio eran tanto más insopor­tables cuanto que no podía moverse.

—¡Excelente, brillante, doctor, realmente asombroso! —exclamó Mason—. Margot, abre un poco la ventana. Tengo una nueva fuen­te de información sobre Lecter, doctor Doemling. Alguien que co­noce tanto a Starling como al doctor y los ha visto juntos. Es la per­sona que más tiempo ha pasado con nuestro hombre. Quiero que hable usted con él.

Krendler se removió en el sofá con un incipiente retortijón de tri­pas al comprender los derroteros que empezaba a tomar el asunto.




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