Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


43

Cordell, el secretario de Mason Verger, empleando una mues­tra enmarcada sobre su escritorio, reconoció la elegante letra de inmediato. El papel era del Hotel Excelsior de Florencia, Italia.

Como un creciente número de ricos en la era de Unabomber, Mason hacía pasar su correspondencia por un fluoroscopio seme­jante al de la central de Correos.

Cordell se puso unos guantes y comprobó la carta. El fluorosco­pio no detectó cables ni baterías. De acuerdo con las estrictas ins­trucciones de Mason, fotocopió la carta y el sobre manejándolos con pinzas, y se cambió de guantes antes de recoger las copias y entregárselas a Mason.

La inconfundible letra redonda de Lecter decía lo siguiente:
Querido Mason:

Gradas por ofrecer una recompensa tan sustanciosa por mi cabeza. Me gustaría que la aumentaras. Como sistema de localizarían a distancia, una recompensa es más efectiva que un radar. Inclina a las autoridades de todas partes a olvidarse de su deber y perseguirme por cuenta propia, con los resultados que has podido ver.

En realidad, te escribo para refrescarte la memoria en lo referente a tu antigua nariz. En tu inspirada entrevista en el Ladies' Home Journal sobre la represión de la droga aseguras que diste tu nariz, junto con el resto de tu cara, a unos chuchos, Skippy y Spot, que meneaban sus colitas a tus pies. Estás muy equivocado: te la comiste tú mismo, como aperi­tivo. Por el sonido crujiente que hacías mientras la masticabas, yo diría que tenia una consistencia similar a la de las mollejas de pollo. «¡Sabe apollo!», fue tu comentario en aquel momento. Me recordó los ruidos que hacen los franceses en los bistrots cuando se atiborran de ensalada de gésier.

¿A que ya no te acordabas, Mason?

Hablando de pollos, durante la terapia me contaste que, mientras per­vertías a los niños desfavorecidos en tu campamento de verano, te diste cuenta de que el chocolate te irritaba la uretra. Tampoco te acordabas de eso, ¿a que no?

¿No se te ha ocurrido pensar que me contaste un montón de cosas de las que ahora no te acuerdas?

Hay un paralelismo indudable entre tu, Mason, y Jezabel. Como agudo estudioso de la Biblia que eres, te acordaras de que los perros se comieron el rostro de Jezabel, junto con todo lo demás, después de que los eunucos la arrojaran por la ventana.

Tu gente podía haberme asesinado en la calle. Pero me querías vivo, ¿verdad? Por el aroma de tus sicarios, es obvio cómo planeabas tratarme. Mason, Mason. Ya que tienes tantísimas ganas de verme, deja que te de­dique unas palabras de consuelo. Y ya sabes que no miento nunca.

Antes de morir, me verás la cara.

Todo tuyo,

Hannibal Lecter, DM


PD. Me preocupa, sin embargo, que no vivas hasta entonces, Mason. Debes evitar las nuevas cepas de neumonía. Tienes que cuidarte, propen­so como eres (y seguirás siendo) a contraerla. Te recomiendo vacunación inmediata, así como inyecciones para inmunizarte ante la hepatitis Ay B. No quiero perderte antes de tiempo.

Mason parecía un tanto sofocado cuando finalizó la lectura. Es­peró, esperó y cuando cogió el ritmo del respirador dijo alguna cosa, que Cordell no consiguió entender.

El secretario se inclinó junto a su boca y fue recompensado con una lluvia de saliva.

—Ponme al teléfono con Paul Krendler. Y con el porquero.


CAPÍTULO


44

El mismo helicóptero en el que Mason recibía a diario los perió­dicos extranjeros trasladó a Muskrat Farm al ayudante del inspector general, Paul Krendler.

La siniestra presencia de Mason y el cuarto a oscuras con los siseos y suspiros de la máquina y las danzas de la incansable anguila basta­ban para que Krendler se sintiera incómodo; por si fuera poco, tuvo que tragarse el vídeo de la muerte de Pazzi una y otra vez.

Siete veces contempló a los Viggert posando alrededor de la vi­rilidad del David, y otras tantas, la caída de Pazzi y el desborda­miento de sus visceras. A la séptima, Krendler creyó que también al David se le saldrían las tripas.

Por fin se encendieron las potentes luces de la zona de visitas, que empezaron a achicharrar el cuero cabelludo de Krendler, bri­llante bajo el corte al cepillo.

Los Verger tenían un sexto sentido para la rapacidad, así que Mason empezó por lo que Krendler quería para sí. Su voz salió de la oscuridad ajusfando las frases al ritmo del respirador.

—No quiero que me expliques... todo tu programa político... ¿Cuánto hace falta?

Krendler quería hablar con Mason en privado, pero no estaban solos. Una figura de hombros anchos y magnífica musculatura re­cortaba su oscura silueta contra el resplandor del acuario. La idea de que un guardaespaldas escuchara la conversación lo ponía ner­vioso.

—Preferiría que estuviéramos solos... ¿Te importa decirle a tu amigo que se vaya?

—Es Margot, mi hermana —dijo Mason—. Puede quedarse.

Margot salió de la oscuridad haciendo sisear su culotte de ciclista.

—Oh, cuánto lo siento... —se disculpó Krendler, levantándose a medias del asiento.

—Qué hay —dijo ella.

Pero en lugar de aceptar la mano que le ofrecía el hombre, co­gió un par de nueces del cuenco de la mesa y, apretándolas en el puño hasta reventarlas con un crac, volvió a la penumbra del acua­rio, donde era de suponer que se las comió. Krendler oyó caer al suelo las cascaras.

—Muy bien, te escucho —dijo Mason.

—Por echar a Lowenstein del distrito veintisiete, diez millones de dólares mínimo —Krendler, que no estaba seguro de la ubicación de la cama, cruzó las piernas y dirigió la vista»a un punto de la oscuri­dad—. Lo necesitaré sólo para los medios de comunicación. Pero te garantizo que es vulnerable. Estoy en condiciones de saberlo.

—¿Qué problema tiene?

—Diremos simplemente que su conducta no...

—Bueno, pero ¿qué es, dinero o un chochete? Krendler no se sentía cómodo diciendo «chochete» delante de Margot, por más que a Mason no parecía importarle.

—Está casado y hace años que tiene un asunto con una jueza del Tribunal de Apelación del estado. La juez ha fallado a favor de varios de los contribuyentes a su campaña. Lo más probable es que sea pura casualidad, pero cuando la televisión lo condene estará acabado.

—¿El juez es una mujer? —preguntó Margot. Krendler asintió. Sin saber si Mason podía verlo, añadió:

—Sí, una mujer.

—Qué lástima —dijo Mason—. Hubiera sido mejor que fuera un invertido, ¿no te parece, Margot? De todas formas, no pue­des echarle esa mierda encima tú mismo, Krendler. No puede salir de tí.

—Hemos diseñado un plan que ofrece a los votantes...

—Tú no puedes arrojarle esa mierda —repitió Mason.

—Me limitaré a asegurarme de que el Comité de Inspección Ju­dicial sepa adonde mirar, de forma que se le echen encima cuando salte la liebre. ¿Dices que puedes ayudarme?

—Te ayudaré con la mitad.

—¿Cinco?


—No seas tímido, Krendler. ¿Qué es eso de «cinco»? Vamos a decirlo con el respeto que merece: cinco millones de dólares. El Se­ñor me ha bendecido con mi dinero. Y con él pienso hacer Su san­ta Voluntad. Lo tendrás sólo si Hannibal Lecter llega limpiamente a mis manos —Mason respiró el tiempo de unos pocos latidos—. Si es así, te convertirás en el señor congresista Krendler del distrito veintisiete, libre y limpio, y todo lo que te pediré en el futuro será que te opongas al Acta de Derechos de los Animales. Si el FBI coge a Lecter, la pasma lo encierra donde sea y se libra de él con una in­yección letal, despídete de mí.

—Si lo capturan dentro de una jurisdicción local, no podré ha­cer nada. Ni si la gente de Crawford lo atrapa en un golpe de suer­te. Eso no lo puedo controlar.

—¿En cuántos estados con pena de muerte hay cargos contra Lecter? —preguntó Margot con una voz áspera pero tan profunda como la de su hermano a causa de las hormonas.

—En tres, por asesinato múltiple en primer grado en todos.

—Quiero que lo juzgen en el estado donde lo detengan —dijo Mason—. Nada de secuestro, ni violación de los derechos civiles, ni ningún otro cargo supraestatal. Quiero que se libre de la pena de muerte, y lo quiero en una prisión estatal, no en una jaula federal de máxima seguridad.

—¿Hace falta que pregunte por qué?

—No a menos que quieras que te lo explique. No tiene nada que ver con el Acta de Derechos de los Animales, te lo aseguro —dijo Mason, que no pudo contener la risa.

Tanta charla lo había extenuado. Hizo una seña a Margot.

La mujer cogió una libreta, se acercó a la luz y leyó sus propias anotaciones.

—Queremos toda la información que se consiga y la queremos antes que los de Ciencias del Comportamiento. Queremos los informes de la Unidad de Ciencias del Comportamiento en cuan­to los introduzcan en la base de datos, y queremos los códigos de acceso al VICAP y al Centro Nacional de Información sobre el Crimen.

—Sólo se puede acceder al VICAP llamando desde un teléfono público —dijo Krendler, que seguía hablando hacia la oscuridad como si no tuviera delante a la mujer—. ¿Cómo piensa hacerlo?

—Es que no pienso hacerlo —replicó Margot.

—Lo hará —susurró Mason—. Crea programas para las máquinas de los gimnasios. Es su pequeño negocio, para no tener que vivir a expensas de su hermanito.

—El FBI tiene un sistema cerrado y parte de él está cifrado. Ten­drá que acceder desde una localización autorizada, exactamente como yo le diga, y bajar la información a un portátil programado en el Departamento de Justicia —explicó Krendler—. De esa forma, si el VICAP introduce un virus trazador en la información, irá directamente al Departamento de Justicia. Compre un portátil po­tente y un buen módem con dinero en metálico a un mayorista, y no envíe la garantía por correo. Compre también una tarjeta descompresora. Y no lo utilice para navegar en Internet. Lo necesitaré de un día para otro y lo quiero de vuelta cuando todo haya acaba­do. Me pondré en contacto con ustedes. Entonces, ya está, eso es todo —y se puso en pie recogiendo sus papeles.

—No, no es todo, señor Krendler... —replicó Mason—. Lecter no tiene ningún motivo para asomar las orejas. Tiene dinero para esconderse eternamente.

—¿De dónde lo ha sacado? —preguntó Margot.

—A su consulta de psiquiatra iban unos cuantos viejos muy ri­cos —explicó Krendler—. Consiguió que lo nombraran heredero de un montón de dinero y acciones, y los escondió bien. Hacien­da no ha sido capaz de dar con ellos. Exhumaron los cuerpos de una pareja de benefactores para comprobar si los había matado, pero no pudieron probar nada. El escáner no encontró toxinas.

—Así que no lo cogerán en un atraco, tiene dinero de sobras —dijo Mason—. Hay que engañarlo para que salga de su escondi­te. Empieza a pensar en maneras de hacerlo.

—Se imaginará de dónde le vino el golpe de Florencia —dijo Krendler.

—No me digas.

—Y te querrá a ti.

—No estoy tan seguro. Yo le gusto tal como soy. Anda, Krendler, sigue pensando —dijo Mason, y se puso a tararear.

Todo lo que el inspector general adjunto oyó mientras salía fue el mosconeo de Mason, que tenía costumbre de canturrear himnos religiosos mientras tramaba algo: «Ya tienes tu cebo, Krendler. Pero ya hablaremos cuando hayas hecho un ingresó banCarlo que te in­crimine. Cuando me pertenezcas».

CAPÍTULO

45

En el cuarto de Mason no queda más que la familia, el hermano y la hermana.

Música y luz suave. Música del Magreb, laúd y tambores. Margot está sentada en el sofá, con la cabeza baja y los codos en las rodillas. Hubiera podido tratarse de una lanzadora de martillo olímpico es­perando su turno, o de una levantadora de pesas descansando en el gimnasio después de un entrenamiento. Respira un poco más deprisa que el respirador de Mason.

La canción termina y Margot se levanta y se acerca a la cabecera de la cama. La anguila asoma la cabeza por el agujero de la roca ar­tificial y mira hacia su ondulado cielo de plata por si barrunta otro chaparrón de carpa para esta noche. Margot se esfuerza por dulci­ficar su áspera voz.

—¿Estás despierto?

En un instante Mason está presente tras su ojo siempre abierto.

—¿Ha llegado la hora de hablar de... —un siseo de inhalación— lo que quiere Margot? Anda, siéntate aquí, en las rodillas de Santa Claus.

—Ya sabes lo que quiero.

—Dímelo otra vez.

—Judy y yo queremos un niño. Queremos un Verger, nuestro propio hijo.

—¿Y por qué no compráis un chinito? Están más baratos que los lechones.

—Sería una buena obra. Podríamos hacer eso también.

—¿Y qué dirá papá? «...A un familiar directo, confirmado como mi descendiente por el laboratorio Cellmark o uno similar median­te la prueba del ADN, todas mis propiedades una vez desaparecido mi querido hijo Mason.» Su querido hijo Mason: ése soy yo. «En caso de no existir tal heredero, el único beneficiario será la Con­vención Baptista Sureña, con cláusulas específicas a favor de la Uni­versidad Baylor de Waco, Texas.» A papá le jodio un montón lo de tus tortillas, Margot.

—Puedes pensar lo que quieras, Mason, pero no es por el dinero; bueno, un poco sí, pero ¿es que no quieres un heredero? También sería tu heredero, Mason.

—¿Por qué no te buscas un buen semental y le das un poco de metesaca? No puede decirse que no sepas hacerlo.

La música marroquí vuelve a sonar, y el exasperante bordoneo del laúd parece azuzar la ira contenida de Margot.

—Me he jodido yo misma, Mason. Se me han secado los ova­rios con todo lo que me he metido. Además, quiero que Judy par­ticipe. Quiere ser la madre. Mason, dijiste que si te ayudaba... Me prometiste tu esperma.

Los dedos de araña de Mason le hicieron un gesto.

—Sírvete tu misma. Si es que sigue ahí.

—Mason, lo más probable es que tu esperma siga siendo viable, y te aseguro que es muy fácil cosecharlo sin que sufras molestias...

—¿Cosechar mi esperma viable? Me parece que has estado ha­blando con alguien.

—Sólo con la clínica de fertilidad, es confidencial —las facciones de Margot se suavizaron, incluso a la luz fría del acuario—. Sería­mos unas madres estupendas, Mason. Hemos ido a clases de paternidad, y Judy viene de una familia numerosa y unida. Además, existe un grupo de apoyo para parejas de madres.

—Solías conseguir que me corriera cuando éramos niños, Margot. Me hacías descargar como si tuvieras un motor en la muñeca. Y a toda hostia.

—Me hiciste daño cuando era pequeña, Mason. Me hiciste daño y me dislocaste el codo obligándome a lo otro. Sigo sin poder le­vantar más de cuarenta kilos con el brazo izquierdo.

—Es que no querías comerte el chocolate. Y ya te dije que ha­blaríamos de lo del niño algún día, hermanita, cuando acabe este trabajo.

—Sólo te pido que te hagas el análisis —dijo Margot—. El mé­dico te sacará una muestra sin hacerte daño...

—¿Qué daño me va a hacer, si no puedo sentir nada ahí abajo? Podrías chupármela hasta ponerte azul, y te aseguro que no sería lo mismo que la primera vez. Ya me lo han hecho otros y no ha pa­sado nada.

—El médico te sacará un poco, sólo para ver si tu esperma da señales de motilidad. Judy ya está tomando Clomid. Estamos con­trolando su ciclo, hay un montón de cosas por hacer...

—En todo este tiempo, no he tenido el gusto de conocer a Judy. Cordell dice que es patizamba. ¿Cuánto hace que os lo montáis tú y ella, Margot?

—Cinco años.

—¿Por qué no la traes un día? Podríamos... hacer algo juntos, por decirlo así.

Los tambores magrebíes acaban con un seco manotazo que deja un silencio resonante en los oídos de Margot.

—¿Por qué no te apañas con el Departamento de Justicia tú sóli­to? —le susurró pegando la boca a su oreja—. ¿Por qué no intentas llegar a una cabina telefónica con el jodido portátil? ¿Por qué no pagas a unos cuantos espaguetis más para coger al tío que convirtió tu cara en comida para perros? Dijiste que me ayudarías, Mason.

—Y lo haré. Sólo tengo que pensar en el mejor momento.

Margot reventó dos nueces y dejó caer las cascaras sobre la sábana.

—No te lo pienses mucho, preciosidad.

Su culotte de ciclista siseó como el vapor de una olla exprés mien­tras abandonaba el cuarto.




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