Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


42

La identificación del doctor Hannibal Lecter como asesino de Rinaldo Pazzi proporcionó a Clarice Starling algo serio que hacer, a Dios gracias. Se convirtió en el enlace inferior defacto entre el FBI y las autoridades italianas. Merecía la pena aunar fuerzas para un ob­jetivo común.

La vida de Starling había cambiado después del tiroteo en la ope­ración antidroga. Ella y los otros supervivientes de la matanza en el mercado de Feliciana flotaban en una especie de limbo adminis­trativo, a la espera de que el Departamento de Justicia cursara su informe a un oscuro Subcomité Judicial del Congreso.

Tras el hallazgo de la radiografía, Starling había matado el tiempo como interina altamente cualificada, cubriendo suplencias de ins­tructores de baja o vacaciones en la Academia Nacional de Policía de Quantico.

A lo largo del otoño y del invierno, todo Washington perdió la chaveta a causa de un escándalo en la Casa Blanca. Los babosos refor­mistas gastaron más saliva de la que se había empleado en el insig­nificante pecadillo, y el presidente de Estados Unidos se tragó públi­camente más basura de la que le correspondía tratando de evitar el impeachment.

En medio de semejante circo, algo tan baladí como una matanza en el mercado de Feliciana cayó en el olvido de la noche a la mañana.

Día a día una sombría certeza iba cobrando fuerza en el fuero in­terno de Starling: el servicio federal nunca volvería a ser lo mismo para ella. Estaba marcada. Cuando hablaban con ella, sus compañeros tenían la desconfianza pintada en los rostros, como si hubiera contraí­do una enfermedad contagiosa. Starling era lo bastante joven como para que aquel comportamiento la sorprendiera y le hiciera daño.

Lo mejor era mantenerse ocupada. Las peticiones de información sobre Hannibal Lecter procedentes de Italia llovían sobre la Unidad de Ciencias del Comportamiento, la mayoría de las veces por par­tida doble, pues el Departamento de Estado les transmida las copias cursadas por vía diplomática. Starling respondía con celeridad ali­mentando las líneas de fax y enviando los archivos sobre Lecter por correo electrónico. Le sorprendió comprobar hasta qué punto se ha­bía desparramado el material complementario en los siete años que mediaban desde la huida del doctor.

Su pequeño cubículo en los sótanos de la Unidad de Ciencias del Comportamiento era un maremágnum de papeles, borrosos faxes transatlánticos, ejemplares de periódicos italianos...

¿Qué podía enviar a los italianos que les fuera de utilidad? La pis­ta a la que se habían agarrado con más desesperación era el único acceso desde el ordenador de la Questura al archivo VICAP unos pocos días antes de la muerte de Pazzi. Basándose en ello, la pren­sa italiana intentó rehabilitar al difunto dando por supuesto que el inspector trabaja en secreto para capturar al doctor Lecter y limpiar de ese modo su reputación.

En contrapartida, Starling se preguntaba qué información del caso Pazzi podría aprovechar el FBI si el doctor decidía regresar a Estados Unidos.

Jack Crawford no aparecía mucho por la Unidad, así que no po­día pedirle consejo. Acudía con frecuencia a los tribunales, pues, a medida que se acercaba su jubilación, se veía obligado a deponer en muchos de los casos abiertos. Se tomaba cada vez más días por en­fermedad, y cuando estaba en su despacho parecía cada vez más distante.

La imposibilidad de consultarle sus dudas provocaba en Starling periódicos ataques de pánico.

En los años que llevaba en el FBI, Starling había visto todo tipo de cosas. Sabía que si el doctor Lecter volvía a asesinar en Estados Unidos, las trompetas de la vacuidad atronarían en el Congreso, una algarabía de recriminaciones cruzadas se desataría en el Departamen­to de Justicia y el aquí-te-pillo-aquí-te-mato empezaría en serio. Los de Aduanas y Vigilancia de Fronteras serían los primeros en pagar el pato por haber permitido que entrara.

Las autoridades en cuya jurisdicción se cometiera el primer cri­men exigirían toda la documentación relativa a Lecter, y los es­fuerzos del FBI se concentrarían en la oficina local del Bureau. Más tarde, cuando el doctor atacara de nuevo, en cualquier otro lugar, todo se trasladaría allí.

Si conseguían capturarlo, las autoridades lucharían por adjudicarse el mérito como osos polares alrededor de una foca ensangrentada.

Era responsabilidad de Starhng prepararlo todo para la eventuali­dad del temido regreso, se produjera o no, olvidándose de su depri­mente lucidez sobre lo que pasaría con la investigación.

Se hizo unas sencillas preguntas que hubieran parecido ridiculas a los trepadores que mosconeaban en las antesalas de los despachos. ¿Cómo podía hacer ni más ni menos que lo que había jurado ha­cer? ¿Cómo podía proteger a los ciudadanos y capturar al monstruo si le daba por regresar?

Era obvio que el doctor Lecter tenía excelente documentación y dinero a espuertas. Era brillante a la hora de esconderse. No ha­bía más que recordar la original sencillez de su primer escondite tras su huida de Memphis; se registró en un hotel de cuatro estrellas de

Saint Louis contiguo a una clínica de cirugía plástica. La mitad de los huéspedes llevaban la cara vendada. Hizo lo propio con la suya y vivió a cuerpo de rey con el dinero de un muerto.

Entre sus centenares de notas, Starling tenía las facturas del ser­vicio de habitaciones. Astronómicas. Una botella de Bátard-Montrachet a ciento veinticinco dólares la unidad. Debió de saberle a gloria después de tantos años de rancho carcelario...

Clarice había pedido copias de todo lo relacionado con su es­tancia en Florencia, y los italianos no se habían hecho de rogar. Por la calidad de la impresión, supuso que debían de hacerlas con una fotocopiadora antediluviana.

Entre la documentación, recibida sin ningún orden, estaban los papeles personales del doctor Lecter encontrados en el Palazzo Capponi. Unos cuantos apuntes sobre Dante redactados con la letra que tan familiar le era a Starling, una nota para la señora de la limpieza, una factura del famoso colmado florentino Vera dal 1926 por dos botellas de Bátard-Montrachet y unos tartufi bianchi. La misma mar­ca de vino; pero ¿qué era lo otro?

El Bantam New College Italian & English Dictionary de Starling le informó de que tartufi bianchi eran trufas blancas. Se puso en con­tacto con el chef de un buen restaurante italiano de Washington para hacerse una idea más exacta. Al cabo de cinco minutos tuvo que in­ventarse una disculpa porque el individuo había perdido la noción del tiempo explicándole su gusto exquisito.

El gusto. El vino, las trufas. El buen gusto en todo era una cons­tante de las vidas norteamericana y europea del doctor Lecter, en su vida como psiquiatra de prestigio y como monstruo fugitivo. Puede que su cara fuera diferente, pero no ocurría lo mismo con sus gus­tos, y no era hombre que se privara de nada.

El buen gusto era un tema delicado para Starling, porque en ese terreno el doctor Lecter consiguió herirla en lo más vivo, al elogiarla por su agenda y burlarse de sus zapatos. ¿Cómo la había llamado? Una paleta ambiciosa y bien lavada, con una pizca de gusto.

Era buen gusto lo que echaba en falta en la rutina diaria de su vida laboral, mientras manejaba un equipo puramente funcional en aquel entorno utilitario.

Al mismo tiempo, su fe en la «técnica» estaba empezando a enco­gerse para dejar espacio a otra cosa.

Starling estaba cansada de tanta técnica. La fe en ella es la religión de los que trabajan en el filo de la navaja. Para enfrentarse a un cri­minal armado o luchar con él cuerpo a cuerpo se necesita creer que una técnica perfecta, que un duro entrenamiento garantizan que uno es invencible. Lo cual no es cierto, en especial por lo que res­pecta a los tiroteos. Se pueden reducir los riesgos, pero cuando se participa en suficientes tiroteos, lo más probable es acabar muerto en uno de ellos.

Starling lo había visto de cerca.

Ahora que había empezado a dudar de la religión de la técnica, ¿adonde podía volver los ojos?

En plena desorientación, en medio de la exasperante homoge­neidad de sus días, empezó a prestar atención a la forma de las co­sas. Empezó a dar crédito a sus reacciones viscerales ante las cosas, sin cuantíficarlas ni reducirlas a palabras. Por la misma época advir­tió un cambio en sus hábitos de lectura. En otros tiempos tenía la costumbre de leer el pie de una imagen antes de mirarla. Ahora no. A veces ni siquiera las leía.

Durante años había hojeado revistas de moda a escondidas y con sentimientos de culpa, como si se tratara de pornografía. Ahora em­pezaba a reconocer en su fuero interno que algo en aquellas foto­grafías la hacía sentirse hambrienta. Dentro de la estructura de su mente, forjada por los luteranos para resistir al óxido de la ociosi­dad, estaba empezando a ceder a una deliciosa perversión.

Hubiera llegado a concebir aquella táctica de cualquier otro modo, pero el cambio de marea que se estaba produciendo en su interior aceleró el proceso. Le inspiró la idea de que el gusto del doctor Lecter por las cosas raras, por los productos con un mercado reducido, podía ser la aleta dorsal del monstruo, con la que cortaba la superfi­cie haciéndose, al mismo tiempo, visible.

Starling estaba convencida de que podría descubrir alguna de sus identidades alternativas obteniendo y comparando listas informatizadas de clientes. Para ello tenía que conocer sus preferencias. Necesi­taba conocerlo mejor que nadie en el mundo.

«¿Qué cosas sé que le gustan? Le gusta la música, el vino, los libros, la comida... Y yo.»

El primer paso para el desarrollo del propio gusto es estar dis­puesto a valorar la propia opinión. En las áreas de la comida, el vino y la música, Starling tendría que estudiar los antecedentes del doc­tor y determinar lo que solía preferir en el pasado; pero había un campo en el que, como mínimo, era su igual. Los automóviles. Starling era una fanática de los coches, como cualquiera que hubiera visto su coche podía deducir.

Antes de su condena, el doctor Lecter había tenido un Bentley equipado con sobrealimentador. Con compresor de sobrealimenta­ción, no con turbocompresor. Un coche trucado con un compresor de desplazamiento positivo tipo Roetes, es decir, sin retardador tur­bo. Starling comprendió de inmediato que el mercado de los Ben­tley trucados era tan reducido que el doctor no correría el riesgo de volver a entrar en él.

¿Qué compraría en la actualidad? Starling intuía el tipo de sensa­ción que Lecter apreciaba. Un coche con motor sobrealimentado de ocho cilindros en uve, potente pero muy estable. ¿Qué compraría ella en el mercado actual?

Sin ninguna duda, un Jaguar XJR sedán con sobrealimentador. Envió faxes a los distribuidores de Jaguar de las costas este y oeste pidiéndoles listas semanales de sus ventas.

¿Qué otra cosa le gustaba a Lecter, de la que Starling supiera un montón?

«Le gusto yo», recordó.

Con qué presteza había respondido Lecter al saberla en apuros... Sobre todo teniendo en cuenta la demora que implicaba usar un ser­vicio de reenvío para escribirle. Lastima que la pista de la máquina de franqueo automático no hubiera dado frutos; el aparato estaba en un sitio tan público que cualquier ladrón hubiera podido usarlo.

¿Cuánto tardaba en llegar a Italia el National Tattler? Por él se ha­bía enterado Lecter de que Starling tenía problemas, como demos­traba el ejemplar que se había encontrado en el Palazzo Capponi. ¿Tenía una página web el diario sensacionalista? También era posible que hubiera leído el resumen de lo ocurrido en la web abierta al pú­blico del FBI, si disponía de ordenador en Italia. ¿Qué podría sacar­se en claro a partir del ordenador del doctor Lecter?

Entre los objetos personales incautados en el Palazzo Capponi no figuraba ningún ordenador.

Pero Starling había visto algo. Buscó las fotos de la biblioteca del palacio. Ahí estaba la imagen del hermoso escritorio en el que Lec­ter le había escrito la carta. Encima había un ordenador. Un Phillips portátil. En las fotografías posteriores había desaparecido.

Haciendo uso del diccionario, redactó con dificultad un fax diri­gido a la Questura en Florencia: «Fra le cose personali del dottor Lecter, c'é un computer portatile?».

De esta forma, pasito a paso, Clarice Starling inició la persecu­ción del doctor Lecter por los vericuetos de sus gustos, con más confianza en sus piernas de la razonablemente justificada.





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