Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


40

El piloto de la ambulancia aérea no estaba dispuesto a tomar tierra en la pista de Arbatax, corta y sin controladores, en plena no­che. Aterrizaron en Cagliari, repostaron y esperaron hasta el ama­necer; luego volaron a lo largo de la costa ante una espectacular salida del sol, que tino de un rosa postizo el rostro sin vida de Matteo.

En el pequeño campo de Arbatax los esperaba un camión con un ataúd. El piloto se quejó de su paga y Tommaso tuvo que interpo­nerse para evitar que Carlo lo abofeteara.

Al cabo de tres horas de camino por la zona montañosa, llegaron a casa.

Carlo anduvo solo hasta el cobertizo de troncos sin desbastar que había construido con Matteo. Todo estaba listo, con las cámaras en su sitio para filmar la muerte de Lecter. Carlo se quedó de pie bajo la estructura y contempló su imagen en el gran espejo rococó colga­do sobre el corral. Recorrió con la mirada los troncos que habían talado juntos, vio las manazas cuadradas de Matteo sosteniendo la sierra y de su garganta salió un grito salvaje, un alarido que el do­lor le arrancaba de las entrañas, lo bastante fuerte como para resonar entre los árboles. Los colmilludos hocicos asomaron en el límite del prado.

Fiero y Tommaso, hermanos como él, prefirieron dejarlo solo.

La algarabía de los pájaros llenaba el prado de la montaña. Oreste Pini se acercó desde la casa abrochándose la bragueta con una mano y agitando el teléfono celular con la otra.

—Asi que perdisteis a Lecter. Mala suerte. Carlo hizo como que no lo había oído.

—Mira, no todo está perdido. Esto aún puede funcionar —opi­nó Oreste—. Tengo a Mason al aparato. Quiere que hagamos un simulacro. Algo para enseñárselo a Lecter cuando lo cojamos. Ahora lo tenemos todo. Hasta un cuerpo de verdad; Mason dice que no era más que un matón que contrataste. Dice que podemos... en fin, echarlo al corral cuando vengan los cerdos y poner el sonido graba­do. Toma, habla con él.

Carlo se volvió y miró a Oreste como si acabara de llegar de la luna. Por fin, cogió el teléfono. Mientras hablaba con Mason su ros­tro se relajó y dio la impresión de que recuperaba cierta paz.

—Preparadlo todo —dijo Carlo apagando el teléfono. Carlo habló con Fiero y Tommaso, que, con ayuda del cámara, transportaron el ataúd hasta el cobertizo.

—No necesitáis un encuadre demasiado detallado —dijo Ores­te—. Vamos a hacer unas tomas de los animales y luego vendremos desde allí.

Al ver actividad en torno al cobertizo, los primeros cerdos salieron de la espesura.

Giriamo! —chilló Oreste.

Los cerdos salvajes, marrones y plateados, altos hasta la cintu­ra de un hombre y bajos de pecho, llegaron a la carrera, ligeros como lobos sobre sus pequeñas pezuñas, con los ojillos inteligentes reluciendo en sus diabólicas jetas y los gruesos músculos del cuello, que sobresalían bajo la cordillera de erizadas cerdas de los lomos, capaces de alzar a un hombre apresado por los enormes y aguzados colmillos.

Prontí! —advirtió el cámara.

No habían'comido en tres días. Tras los primeros, apareció el grueso de la tropa, y avanzaron en linea cerrada hacia la meta, sin miedo a los hombres apostados tras la cerca.

Motore! —ordenó Oreste.

Partito! —respondió el cámara.

Las bestias se detuvieron a diez metros del cobertizo hozando y arremolinándose, un matorral de pezuñas y colmillos, con la cerda preñada en el centro. Saltaban hacia delante y volvían atrás como una mélée de rugby, mientras Oreste los encuadraba con las manos.

Azione! —chilló a los sardos.

Carlo, que se había acercado a él por la espalda, le dio un tajo en las celulíticas nalgas y dejó que gritara. Lo cogió por la cintura y lo metió de cabeza al corral. Los cerdos cargaron. Oreste, tratando de ponerse en pie, se apoyó en una rodilla, pero la cerda lo golpeó en las costillas y cayó de bruces. Los otros se le echaron encima, gruñendo y chillando; dos jabalíes que se disputaban su cara le arrancaron la mandíbula y se la repartieron como un hueso de la bue­na suerte. Aun así Oreste casi consiguió incorporarse. Pero ense­guida estuvo boca arriba, con la barriga desprotegida y desgarrada, contorsionando brazos y piernas por encima del remolino de lomos, gritando pero incapaz de producir palabras sin la mandíbula.

Carlo oyó un disparo y se volvió. El ayudante del director había soltado la cámara, que seguía rodando, e intentaba huir; pero no lo bastante deprisa como para escapar a la escopeta de Fiero.

Los cerdos, más calmados, empezaron a retirarse con sus trofeos.

—¡Torna azione, maricón! —soltó Carlo, y escupió al suelo.
III

REGRESO AL NUEVO MUNDO

CAPÍTULO


41

Un escrupuloso silencio rodeaba a Mason Verger. Sus emplea­dos lo trataban como si acabara de perder a un hijo. Cuando le pre­guntaron cómo se sentía, respondió:

—Como si hubiera pagado un montón de dinero por un espa­gueti muerto.

Después de un sueño de varias horas, Mason ordenó que lleva­ran niños a la sala de juegos próxima a su habitación para hablar con uno o dos de los más traumatizados; pero no había niños con trau­mas disponibles a corto plazo, ni tiempo para que su proveedor de los barrios pobres le traumatizara a un par.

A falta de otras víctimas, hizo que su ayudante Cordell cortara las aletas a unas cuantas carpas y se las fuera echando a la anguila. Cuando el bicho se hartó, se escondió en su roca dejando el agua teñida de rojo y gris, y llena de iridiscentes jirones dorados.

Mason intentó martirizar a su hermana, pero Margot se retiró al gimnasio e hizo caso omiso de los mensajeros que le envió durante horas. Era la única persona de Muskrat Farm que se atrevía a de­sairar a Mason.

El sábado, en el noticiario vespertino de la televisión, pasaron una grabación de vídeo breve y mal editada obtenida de un turis­ta, que mostraba la muerte de Rinaldo Pazzi antes de que se hubiera imputado el crimen al doctor Lecter. Áreas borrosas ahorraban a los telespectadores ciertos detalles anatómicos.

El secretario de Mason cogió el teléfono de inmediato para con­seguir una copia sin editar, que llegó por helicóptero cuatro horas más tarde.

La grabación tenía un origen curioso.

De los dos turistas que estaban filmando el Palazzo Vecchio en el momento de los hechos, uno perdió la sangre fría y su cámara le quedó colgando de la muñeca mientras Pazzi se precipitaba al vacío. El otro, de nacionalidad suiza, sostuvo la suya con firmeza a lo lar­go de todo el episodio; incluso hizo un barrido a lo largo del ca­ble, que no dejaba de agitarse y balancearse en la pantalla.

El videoaficionado, que se llamaba Viggert y trabajaba en una oficina de patentes, temió que la policía secuestrara su cinta y la RAI la obtuviera gratis. Llamó enseguida a su abogado en Lausana, hizo los trámites necesarios para asegurarse el copyright de las imáge­nes y, tras reñida puja, vendió los derechos de difusión a la cadena televisiva ABC News. Los derechos para publicar una serie de artículos en Estados Unidos fueron a parar en primer lugar al New York Post y después al National Tattler.

La grabación ocupó de inmediato el puesto que merecía entre los clásicos del terror televisivo: Zapruder, el asesinato de Lee Harvey Oswald y el suicidio de Edgar Bolger; pero Viggert habría de la­mentar amargamente una venta tan prematura, es decir, anterior a que el crimen se imputara a Lecter.

La copia de las vacaciones de los Viggert obraba en poder de Mason en su integridad. Entre otras cosas mostraba a la familia sui­za gravitando en torno a los cataplines del David de la Academia horas antes de los sucesos del Palazzo Vecchio.

Mason, que no apartaba el ojo encapsulado de la pantalla, sentía escaso interés por el trozo de carne que se balanceaba al final del cable eléctrico. La sucinta lección de historia que La Nazione y el Corriere della Sera dedicaron a los dos Pazzi ahorcados desde la mis­ma ventana con quinientos veinte años de diferencia tampoco le importaba. Lo que consiguió mantenerlo en tensión, lo que pasó una, y otra, y otra vez, fue el barrido cable arriba hasta el balcón en el que una figura delgada recortaba su borrosa silueta contra la débil luz del interior, saludando con la mano. Haciendo señas a Mason. El doctor Lecter saludaba a Mason doblando la mano por la muñeca, como si dijera adiós a un niño.

—Hasta luego —replicó Mason desde la oscuridad—. Hasta lue­go —farfulló la profunda voz de locutor, temblorosa de rabia.




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