Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


38

La armadura del diablo es un magnífico ejemplar de coraza italiana del siglo XV con yelmo provisto de cuernos que cuelga de un muro en el interior de la iglesia parroquial de Santa Repara­ta, al sur de Florencia, desde 1501. Además de los airosos cuer­nos, torneados como los de un antílope, presenta la particularidad de que los puntiagudos guanteletes ocupan el lugar de los escar­pes, al final de las espinilleras, sugiriendo las pezuñas hendidas de Satán.

Según la leyenda local, el joven que portaba la armadura tomó en vano el nombre de la Virgen cuando pasaba ante la iglesia, y no consiguió quitársela hasta que suplicó el perdón de Nuestra Señora. Luego, la ofrendó a la iglesia como exvoto. Es una pieza impresio­nante que hizo honor a sus forjadores cuando una bomba de artillería cayó sobre el templo en 1942.

La armadura, cuya superficie exterior está cubierta por una capa de polvo que podría tomarse por fieltro, parece contemplar la nave mientras se celebra la misa. El incienso que se eleva del altar penetra a través de la visera.

Sólo tres personas asisten al oficio. Dos ancianas, ambas de rigu­roso luto, y el doctor Hannibal Lecter. Los tres comulgan, aunque el doctor parece un tanto reacio a rozar el cáliz con los labios.

El párroco les da la bendición y se retira. Las mujeres sé encaminan hacia la puerta. El doctor Lecter prosigue con sus devociones hasta que se queda sólo en el interior del templo.

Desde la galería del órgano, el doctor se inclina sobre la baran­dilla y haciendo un esfuerzo pasa el brazo entre los cuernos y alza la polvorienta visera del yelmo. Dentro, un anzuelo enganchado a la lengüeta del guardapapo sujeta un sedal anudado a un envoltorio sus­pendido en el interior de la coraza a la altura que habría ocupado el corazón. El doctor Lecter tira del hilo y saca el paquete con sumo cuidado.

Dentro, pasaportes brasileños de inmejorable factura, carnets, di­nero en metálico, libretas de ahorros, llaves. Se lo pone bajo el bra­zo, dentro del abrigo.


El doctor Lecter no suele perder el tiempo con lamentaciones, pero siente tener que abandonar Italia. En el Palazzo Capponi quedan cosas que le hubiera gustado encontrar y leer. Le hubiera gustado se­guir tocando el clavicordio y, tal vez, componer; hubiera podido cocinar para la viuda Pazzi cuando se hubiera sobrepuesto a su dolor.

CAPÍTULO

39

Mientras la sangre que seguía cayendo del cuerpo suspendido de Rinaldo Pazzi se freía y humeaba al calor de los reflectores dis­puestos al pie del Palazzo Vecchio, la policía llamó a los bomberos para que lo bajaran.

Los pompieri extendieron la escalera de su camión. Siempre prác­ticos, y seguros de que el ahorcado estaba muerto, se tomaron su tiempo para bajarlo. Era una operación delicada que exigía volver a introducir en el cadáver las visceras colgantes y rodearlo con una red antes de bajarlo con una cuerda.

Cuando el cuerpo alcanzaba los brazos extendidos de los bombe­ros que lo esperaban abajo, La Nazione obtuvo una fotografía estu­penda que recordó a muchos lectores las grandes obras maestras que representan el Descendimiento.

La policía no retiró el nudo corredizo hasta que fue posible to­mar las huellas dactilares; después cortaron el grueso cable eléctrico de manera que no se deshiciera el nudo.

Muchos florentinos estaban empeñados en sostener que había sido un suicidio, eso sí, espectacular, y opinaban que Rinaldo Pazzi se había atado las manos como en los suicidios carcelarios; no los sacaba de sus trece el hecho de que, al parecer, también se hubiera atado los pies. Durante la primera hora, las emisoras de radio locales informaron de que, además de ahorcarse, se había hecho el harakiri con una navaja.

Pero la policía no es tonta, y enseguida tuvo motivos para ver las cosas de otro modo. Las ligaduras cortadas en el balcón y en el carro de mano, la desaparición de la pistola de Pazzi, los testigos que ha­bían visto a Carlo entrar corriendo en el palacio y la figura envuelta en la lona ensangrentada corriendo a ciegas en la parte posterior del edificio, eran pruebas elocuentes de que Pazzi había sido asesinado.

Así las cosas, el público italiano decidió que el asesino de Pazzi era Il Mostro.

La Questura inició la investigación con el pobre Girolamo Tocca, condenado tiempo atrás por los crímenes del famoso asesino en serie. Lo arrestaron en su casa y se lo llevaron, mientras su mujer volvía a quedarse aullando en la carretera. Su coartada era sólida. A la hora del crimen, se estaba tomando un Ramazzotti en un cafe a la vista de un cura. Soltaron a Tocca en Florencia y tuvo que volver a San Casciano en autobús, pagando el billete de su bolsillo.

Se había interrogado al personal del Palazzo Vecchio durante las primeras horas, procedimiento que se extendió a los componentes del Studiolo.

La policía no pudo localizar al doctor Fell. A mediodía del sá­bado se decidió intensificar su búsqueda; en la Questura se habían acordado de que Pazzi tenía asignada la desaparición del predece­sor de Fell.

Un chupatintas de los carabinierí informó de que Pazzi había examinado recientemente un permesso di soggiorno. El recibo de la documentación, que incluía fotografías, los negativos correspon­dientes y huellas dactilares del doctor Fell, estaba firmado con nom­bre falso y una letra que parecía la de Pazzi. En Italia no se ha produ­cido aún la centralización informática de los documentos, de forma que los permessi se archivan localmente.

Los archivos de inmigración proporcionaron el número de pasa­porte del doctor Fell, que hizo sonar la alarma en Brasil.

No obstante, la policía seguía sin sospechar la verdadera identidad del doctor Fell. Tomaron las huellas dactilares del nudo corredizo y del atril, del carro de mano y de la cocina del Palazzo Capponi. Con tanto artista por kilómetro cuadrado, el retrato robot estuvo listo en cuestión de minutos.

El domingo por la mañana, hora italiana, un especialista de Florencia, después de examinarlas punto por punto, determinó que las huellas dactilares encontradas en el atril, la horca y los uten­silios de cocina del Palazzo Capponi pertenecían a una misma persona.

La huella del pulgar del doctor Lecter que figuraba en el anuncio colgado en la jefatura superior de la Questura no fue examinada.

El domingo por la noche se enviaron las huellas halladas en el es­cenario del crimen a Interpol, y siguiendo los trámites habituales acabaron llegando al cuartel general del FBI en Washington, D.C., junto con otros siete mil juegos de huellas procedentes de otros tan­tos escenarios de crímenes. Sometidas al sistema de clasificación automatizada, las huellas de Florencia produjeron un revuelo de tal magnitud que hicieron sonar una alarma en el despacho del director adjunto de la Unidad de Identificación. El oficial que hacía guardia esa noche se quedó mirando el rostro y los dedos de Hannibal Lec­ter conforme emergían de la impresora; a continuación llamó a casa del director adjunto, que a su vez llamó al director y, acto seguido, a Krendler, del Departamento de Justicia.

El teléfono de Mason sonó a la una y media de la madrugada. Se hizo el sorprendido y mostró el interés que se le suponía.

El teléfono de Jack Crawford sonó a la una treinta y cinco. Soltó unos gruñidos en el auricular y rodó hacia el lado vacío, aunque vi­sitado por fantasmas, de su cama de matrimonio, donde su difunta esposa, Bella, solía reposar. Estaba más fresco y lo ayudaba a pensar con claridad.

Clarice Starling fue la última en enterarse de que el doctor Lecter había vuelto a matar. Colgó el teléfono y se quedó inmóvil en la oscuridad durante un buen rato, con los ojos escociéndole por al­gún motivo que fue incapaz de comprender; pero no lloró. Se que­dó mirando el techo, absorta en el rostro que flotaba en la densa oscuridad. Por supuesto, se trataba del rostro inconfundible del doc­tor Lecter.





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