Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



Descargar 1.19 Mb.
Página10/24
Fecha de conversión21.03.2018
Tamaño1.19 Mb.
Vistas383
Descargas0
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   24

CAPÍTULO


32

Viaje de ida y vuelta en un día a Ginebra para ver el dinero.

El avión del puente aéreo a Milán, un ruidoso reactor Aeroespatiale, trepó a los cielos de Florencia a primeras horas de la maña­na y se meció sobre los viñedos, cuyas separadas hileras parecían una torpe maqueta de la Toscana hecha por un especulador de terrenos. Algo extraño ocurría con los colores del paisaje; las piscinas de las nuevas villas de los extranjeros ricos tenían un azul raro. A Pazzi, que miraba por la ventanilla del avión, le parecían del azul lechoso de un ojo de inglés viejo, un tono fuera de lugar entre los oscuros cipreses y los plateados olivos.

Los ánimos de Rinaldo Pazzi ascendían con el avión al pensar que no se haría viejo allí, a expensas del capricho de sus superio­res, aguantando mecha para conseguir la pensión.

Lo había atormentado el temor a que Lecter desapareciera después de matar a Gnocco. Cuando volvió a ver encendida la lámpara de trabajo del doctor en Santa Croce, sintió un alivio enorme; el doc­tor pensaba que no corría peligro.

La muerte del gitano no produjo la menor agitación en la Questura, donde la atribuyeron a algún ajuste de cuentas entre trafican­tes de drogas; por suerte, se habían encontrado jeringuillas usadas cerca del cuerpo, cosa nada rara en Florencia, donde se distribuían gratis.

Un viaje para ver el dinero. Había sido exigencia suya.

La visualización interna de Pazzi era capaz de recordar algunas imágenes con pelos y señales: la primera vez que se vio el pene en erección; la primera que vio su propia sangre; la primera mujer que vio desnuda; el primer puño borroso que vio acercarse a su rostro. Recordaba cierta ocasión en que entró por casualidad en la capilla lateral de una iglesia de Siena y sus ojos toparon de pronto con el rostro de santa Catalina de Siena, una cabeza de momia enmarcada en una impoluta toca blanca y guardada dentro del relicario en for­ma de iglesia.

Ver tres millones de dólares estadounidenses le produjo un im­pacto semejante.

Trescientos fajos de billetes de cien con números de serie no con­secutivos.

En una habitación pequeña y desnuda, parecida a una capilla, en las oficinas del Crédit Suisse de Ginebra, el abogado de Mason Verger enseñó el dinero a Rinaldo Pazzi. Lo trajeron de la cámara aco­razada con un carrito, en cuatro cajas de seguridad profundas y nu­meradas con placas de cobre. El Crédit Suisse puso a su disposición una máquina de contar billetes, una balanza y un empleado para uti­lizarlas. Pazzi hizo salir al empleado. Puso las manos sobre el mon­tón de billetes una sola vez.

Rinaldo Pazzi era un investigador muy competente. Había des­cubierto y detenido a auténticos virtuosos del timo durante veinte años. Mientras estaba ante todo aquel dinero y escuchaba las ins­trucciones del abogado, no percibió la más mínima nota falsa; si les entregaba a Hannibal Lecter, ellos le entregarían el dinero.

Con la sangre agolpándosele en la cabeza, comprendió que aque­lla gente iba en serio; Mason Verger pagaría sin pestañear. Y no se hacía ilusiones respecto a la suerte del doctor. Estaba a punto de ven­derlo para que lo torturaran y lo mataran. Se ha de hacer justicia a Pazzi, que al menos reconocía en su fuero interno lo que estaba haciendo.

«Nuestra libertad vale más que la vida del monstruo. Nuestra fe­licidad es más importante que su sufrimiento», pensó con el frío egoísmo de los desesperados. Si el «nuestra» era mayestátíco o incluía a Rinaldo y a su mujer, sería difícil decirlo, y es posible que no exis­ta una única respuesta.

En aquel cuarto, fregado y suizo, inmaculado como una toca, Pazzi hizo el voto definitivo. Apartó la mirada del dinero y asintió. Entonces el abogado, el señor Konie, se acercó a una de las cajas, contó cien mil dólares y se los entregó.

El señor Konie habló brevemente por un teléfono móvil y luego se lo tendió a Pazzi.

—Es una línea terrestre, cifrada —le dijo.

Pazzi escuchó la voz de un norteamericano que hablaba con un ritmo peculiar; soltaba las frases en una sola espiración seguida de una pausa y se comía las oclusivas. El sonido lo angustiaba ligera­mente, como si estuviera pugnando por respirar a la vez que su in­terlocutor.

Sin otro preámbulo, la pregunta:

—¿Dónde está el doctor Lecter?

Pazzi, con el dinero en una mano y el teléfono en la otra, no ti­tubeó.

—Investigando en el Palazzo Capponi, en Florencia. Es el... con­servador.

—¿Tendría la bondad de mostrar su identificación a el señor Konie y pasarle el teléfono? No dirá su nombre por el aparato.

El señor Konie consultó una lista que se sacó del bolsillo y dijo a Mason unas palabras acordadas previamente como clave; luego, vol­vió a darle el teléfono.

—Tendrá el resto del dinero cuando el sujeto esté en nuestras manos, vivo —dijo Mason—. Usted no tiene que atraparlo, pero sí identificarlo para nosotros y ponerlo en nuestras manos. También quiero sus papeles, todo lo que tenga sobre el doctor. ¿Vuelve a Flo­rencia hoy mismo? Recibirá instrucciones esta noche para un en­cuentro cerca de Florencia. Tendrá lugar como muy tarde mañana por la noche. En él recibirá instrucciones del hombre que se hará cargo del doctor Lecter. Le preguntará si conoce a alguna florista. Respóndale que todas las floristas son unas ladronas. ¿Me compren­de? Quiero que le preste su cooperación.

—No quiero al doctor Lecter en mi... No lo quiero cerca de Florencia cuando...

—Comprendo su inquietud. No se preocupe, no lo estará —y se cortó la comunicación.

Tras unos minutos de papeleo, dos millones de dólares quedaron en custodia. Mason Verger no podría retirarlos, pero sí dar su autoriza­ción para que lo hiciera Pazzi. Un representante del Crédit Suisse acudió al despacho y lo informó de que el banco le cobraría una co­misión si convertía la suma en francos suizos, y le pagaría un tres por ciento de interés compuesto sólo por los cien mil primeros francos. El empleado entregó a Pazzi una copia del artículo 47 del Bundesgesetz über Banken und Sparkassen, que regula el secreto bancario, y se ofreció a realizar una transferencia al Royal Bank de Nueva Es­cocia o a las Islas Caimán tan pronto fueran liberados los fondos, si ése era su deseo.

En presencia de un notario, Pazzi autorizó la firma de su esposa como titular de la cuenta en caso de su fallecimiento. Finalizada la operación, el representante del Crédit Suisse fue el único que ofre­ció la mano a los demás. Pazzi y el señor Konie evitaron mirarse di­rectamente, aunque el abogado se despidió con un «adiós» desde el umbral de la puerta.

En el último tramo del viaje a casa, el vuelo del puente aéreo desde Milán hubo de sortear una tormenta, y Pazzi se quedó mi­rando el reactor de su costado, negro como una boca abierta contra el cielo gris oscuro. Los relámpagos y los truenos se desencadenaron cuando se balanceaban sobre la vieja ciudad, con el campanario y la cúpula de la catedral justó debajo, las luces encendiéndose en la temprana oscuridad, resplandores y detonaciones como los que Pazzi recordaba de su niñez, cuando los alemanes volaron los puentes so­bre el Arno y sólo perdonaron al Ponte Vecchio. Y por un instante tan breve como un relámpago, volvió a ver con los ojos del niño al francotirador encadenado a la Madonna de las Cadenas para que re­zara antes de ser fusilado.

Descendiendo entre el olor a ozono de los relámpagos, sintiendo el retumbar de los truenos en el fuselaje del avión, Pazzi, del linaje de los Pazzi, volvía a su vieja ciudad con designios tan viejos como el tiempo.

CAPÍTULO__33'>CAPÍTULO

33

Rinaldo Pazzi hubiera preferido vigilar ininterrumpidamente a su presa del Palazzo Capponi, pero no podía.

En lugar de eso, aún extasiado por la contemplación del dinero, no tuvo más remedio que enjaretarse el traje de etiqueta y asistir con su mujer al esperado concierto de la Orquesta de Cámara de Florencia.

El Teatro Piccolomini, construido en el siglo XIX como copia a media escala del glorioso Teatro La Fenice de Venecia, es un joyero barroco de dorados y terciopelo, con el espléndido techo abarrotado de querubines que desafían las leyes de la gravedad.

No está de más que el teatro sea tan hermoso, porque los intér­pretes suelen necesitar toda la ayuda que puedan obtener.

Es injusto, aunque inevitable, que la música sea juzgada en Flo­rencia con el mismo rasero que se aplica a su inigualable patrimonio artístico. El público florentino constituye un amplio y exigente gru­po de melómanos, lo cual no tiene nada de extraordinario en Italia; pero a menudo su hambre de música queda insatisfecha.

Pazzi se deslizó al asiento contiguo al de su mujer en medio de los aplausos que despidieron la obertura.

Ella le ofreció la fragante mejilla. Pazzi sintió que el corazón le henchía el pecho al admirarla en su traje de noche, lo bastante esco­tado como para que un tibio aroma surgiera desde el canalillo de los senos; sobre el regazo tenía la partitura en la elegante cubierta de Gucci que él le había regalado.

—Suenan infinitamente mejor con el nuevo viola —le susurró ella al oído.

El excelente viola da gamba había sido contratado para sustituir a otro, inepto hasta decir basta y primo de Sogliato, que había desapa­recido en extrañas circunstancias hacía unas semanas.

El doctor Hannibal Lecter contemplaba el patio de butacas desde uno de los palcos superiores, solo, inmaculado en su esmoquin, con la cara y la pechera flotando en la oscuridad del palco enmarcado por las barrocas molduras doradas.

Pazzi lo descubrió cuando se encendieron las luces brevemente después del primer movimiento, y en el instante en que iba a vol­ver la vista, la cabeza del doctor giró como la de un buho y sus ojos se encontraron. Pazzi apretó la mano de su mujer lo bastante fuerte como para que se volviera a mirarlo; a partir de ese momento, Pazzi no apartó los ojos del escenario, mientras sentía el muslo de su mujer contra el dorso caliente de la mano, que ella retenía entre las suyas.

En el descanso, cuando Pazzi volvió de la cafetería trayéndole un refresco, el doctor Lecter estaba de pie junto a ella.

—Buenas noches, doctor Fell —lo saludó Pazzi.

—Buenas noches, Commendatore —dijo el doctor. Aguardó con la cabeza levemente inclinada, hasta que Pazzi no tuvo más remedio que hacer las presentaciones.

—Laura, permíteme que te presente al doctor Fell. Doctor Fell, ésta es la signara Pazzi, mi esposa.

La signara Pazzi, habituada a que alabaran su belleza, encontró lo que ocurrió a continuación encantadoramente divertido, aunque su marido no pensara lo mismo.

—Le agradezco el privilegio que me concede, Commendatore —dijo el doctor.

Su lengua, roja y puntiaguda, apareció un instante entre los dientes antes de que se inclinara ante la mano de la signora Pazzi y acercara sus labios a la piel, tal vez más de lo acostumbrado en Florencia, cierta­mente lo bastante como para que la mujer sintiera la respiración en su piel.

Los ojos del hombre la miraron antes de alzar de nuevo la relu­ciente cabeza.

—Me parece que aprecia usted particularmente a Scarlatti, signora Pazzi.

—Así es, en efecto.

—Ha sido encantador verla seguir la partitura. Hoy en día apenas lo hace nadie. Espero que esto le interese —cogió el portafolios que llevaba bajo el.brazo y le enseñó una partitura antigua, manus­crita en pergamino—. Procede del Teatro Capranica de Roma, y es de 1688, el año en que se escribió la obra.

Meraviglioso! ¡Fíjate, Rinaldo!

—He marcado sobre papel de celofán algunas de las diferencias respecto a la partitura moderna a lo largo del primer movimiento —explicó el doctor Lecter—. Tal vez la divierta hacer lo mis­mo con el segundo. Por favor, cójala. Siempre puedo recuperarla del signor Pazzi; por supuesto, si el Commendatore no tiene inconve­niente...

El doctor lo miró con intensidad mientras aguardaba su respuesta.

—Si te apetece, Laura... —dijo Pazzi. De pronto lo asaltó una idea—. ¿Tiene intención de presentarse ante el Studiolo, doctor?

—Por supuesto, este mismo viernes por la noche. Sogliato está . impaciente por verme desacreditado.

—Yo estaré en el casco antiguo —le informó Pazzi—. Aprove­charé para devolverle la partitura. Laura, el doctor Fell tiene que cantar ante los dragones del Studiolo para ganarse la sopa.

—Estoy seguro de que canta de maravilla, doctor —dijo ella mirándolo con sus enormes ojos negros, dentro de los límites de la decencia, pero próxima a rebasarlos.

El doctor Lecter sonrió enseñando dos hileras de blancos dientecillos.

—Madame, si fuera el fabricante de Fleur du Ciel, le regalaría el diamante Cape para que lo luciera. Hasta el viernes por la noche, Commendatore.

Pazzi se aseguró de que el doctor regresaba a su palco, y no vol­vió a mirarlo hasta que se despidieron con un gesto de la mano en la escalinata del teatro.

—Te regalé el Fleur du Ciel para tu cumpleaños —dijo Pazzi.

—Sí, y me encanta, Rinaldo —respondió la signora Pazzi—. Tie­nes un gusto exquisito.

CAPÍTULO

34

Impruneta es una antigua ciudad toscana de donde proceden las tejas del Duomo. Desde las villas de las colinas que la rodean, a varios kilómetros de distancia, puede verse el cementerio por la noche gracias a las luces que arden constantemente en las tumbas. La luz que proporcionan es escasa, aunque suficiente para que los visitantes paseen entre los muertos; sin embargo, hace falta una lin­terna para leer los epitafios.

Rinaldo Pazzi llegó a las nueve menos cinco con un pequeño ramo de flores que tenía intención de depositar en una tumba cual­quiera. Entró en el recinto y caminó despacio a lo largo de uno de los senderos de guijarros bordeados de sepulturas.

Sentía la presencia del otro hombre, aunque no podía verlo.

Carlo habló desde detrás de un mausoleo que lo ocultaba por completo.

—¿Puede recomendarme alguna florista de la ciudad? «Aquel hombre tenía acento sardo. Bien, tal vez supiera lo que se hacía.»

—Todas las floristas son unas ladronas —contestó Pazzi.

Carlo surgió de su escondite de golpe, sin echar antes un vistazo. Era bajo, fornido y ágil de extremidades, y Pazzi pensó que tenía algo de salvaje. Llevaba una chaqueta de cuero y un sombrero con un colmillo de jabalí en la cinta. Pazzi calculó que le sacaba unos siete centímetros de envergadura y diez de altura. Debían de pesar poco más o menos lo mismo. Le faltaba un pulgar. Supuso que po­dría encontrar su ficha en el archivo de la Questura en cuestión de cinco minutos. El resplandor de las lamparillas de las tumbas los ilu­minaba desde abajo.

—El palacio tiene un buen sistema de alarma —dijo Pazzi.

—Ya le he echado un vistazo. Tendrá que decirme quién es.

—Hablará en una reunión mañana por la noche. ¿Podrá hacerlo tan pronto?

—Claro —Carlo quiso presionar al policía, demostrarle quién lle­vaba las riendas—. ¿Estará con él, o es que le da miedo? Usted hará lo que le pagan para hacer. Tendrá que señalármelo.

—Cierre la bocaza. Yo cumpliré mi parte, lo mismo que usted. O se jubilará en Volterra, de puto, lo que más le guste.

En el trabajo, Carlo era tan insensible a los insultos como a los gritos de dolor. Se dio cuenta de que había juzgado mal al policía. Extendió las manos abiertas en son de paz.

—Cuénteme lo que necesito saber.

Carlo se acercó a Pazzi y se quedaron uno junto al otro, como si rezaran ante el pequeño mausoleo. Por la senda se acercaba una pare­ja cogida de la mano. Carlo se quitó el sombrero y los dos hombres permanecieron inmóviles, con las cabezas inclinadas. El inspec­tor puso las flores en la entrada de la tumba. Del sudado sombrero de Carlo le llegó un olor rancio, como a embutido hecho de algún animal capado sin maña, e irguió la cabeza para evitarlo.

—Es rápido con la navaja. Y apunta bajo.

—¿Tiene pistola?

—No lo sé. Nunca la ha usado, que yo sepa.

—No quiero tener que sacarlo de un coche. Lo quiero en la calle con poca gente alrededor.

—¿Cómo piensa reducirlo?

—Eso es asunto mío.

Carlo se metió en la boca un colmillo de venado y mascó la ter­nilla haciendo sobresalir los dientes de vez en cuando.

—Y mío —replicó Pazzi—. ¿Cómo piensa hacerlo?

—Lo atontaré con una pistola de aire comprimido, le echaré una red y luego puede que le ponga una inyección. Tendré que mirar­le los dientes rápido, por si lleva veneno en una funda.

—Tiene que hablar en una reunión. Empieza a las siete en el Palazzo Vecchio. Si trabaja mañana en la Capilla Capponi, en Santa Croce, irá andando desde allí al Palazzo Vecchio. ¿Conoce Florencia?

—Bastante bien. ¿Podrá conseguirme un pase de vehículos para el casco antiguo?

—Sí.


—No lo cogeré al salir de la iglesia —dijo Carlo.

Pazzi asintió.

—Es mejor que aparezca en la reunión. Después puede que no lo echen en falta durante dos semanas. Cuando salga tengo una ex­cusa para acompañarlo hasta el Palazzo Capponi...

—No quiero cogerlo en su casa. Es su terreno. Lo conoce; yo, no. Estará alerta, mirará a su alrededor antes de entrar. Lo quiero en plena calle.

—Escúcheme. Saldremos por la puerta principal del Palazzo Vec­chio, porque la de la Via dei Leoni ya estará cerrada. Iremos por la Via Neri y cruzaremos el río por el Ponte alie Grazie. Al otro lado, frente al Museo Bardini, hay unos árboles que tapan las farolas. A esas horas la escuela está cerrada y hay mucha tranquilidad.

—Digamos entonces que en el Museo Bardini, pero podría hacerlo antes si se presenta la ocasión, más cerca del palacio, o durante el día, si se huele algo y trata de huir. Puede que estemos en una ambulancia. Quédese con él hasta que la pistola lo deje sin sentido, y luego lárguese deprisa.

—Lo quiero fuera de Toscana antes de que le hagan lo que sea.

—Créame, habrá desaparecido de la faz de la tierra, y con lo pies por delante —le dijo Carlo, e hizo asomar el diente de venado en­tre la sonrisa que le produjo su propia broma.



CAPÍTULO

35

Mañana del viernes. Una pequeña habitación en el ático del Palazzo Capponi. Tres de las paredes encaladas están desnudas. De la cuarta cuelga una Madonna del siglo XIII, de la escuela de Cimabue, enorme en el reducido espacio, con la cabeza ladeada hacia el án­gulo de la firma como la de un pájaro curioso y los ojos en forma de almendra posados sobre la menuda figura que duerme bajo el cuadro.

El doctor Hannibal Lecter, veterano de los catres de prisiones y manicomios, yace tranquilo en la estrecha cama, con las manos cru­zadas sobre el pecho.

Abre los ojos y, ya completamente despierto, el sueño sobre su hermana Mischa, muerta y digerida hace mucho tiempo, se trans­forma sin solución de continuidad en lúcida conciencia: peligro en­tonces, peligro ahora.

La certeza de estar en peligro no le quita el sueño, ni más ni me­nos que haber matado al carterista.

Vestido para la jornada, esbelto e impecable en su traje negro de seda, desconecta los sensores de movimiento al final de las escaleras del servicio y desciende hacia los amplios espacios del palacio.

Ahora es libre de moverse por el vasto silencio de las muchas es­tancias del edificio, libertad que nunca deja de subírsele a la cabeza después de tantos años de encierro en una celda subterránea.

Así como los muros cubiertos de frescos de Santa Croce o el Palazzo Vecchio están impregnados de intelecto, el aire de la Bibliote­ca Capponi vibra con presencias mientras el doctor Lecter camina a lo largo de la enorme pared llena de manuscritos. Elige unos rollos de pergamino, sopla el polvo, y las motas danzan en un rayo de sol como si los muertos, que ahora son polvo, pugnaran por contarle sus destinos y predecir el suyo. Trabaja de forma eficiente, pero sin apre­suramientos; guarda algunas cosas en el portafolios y selecciona unos cuantos libros e ilustraciones para su conferencia de esa noche en el Studiolo. Son tantas las cosas que le hubiera gustado leer...

El doctor Lecter abre su ordenador portátil y, a través del Departamento de Criminología de la Universidad de Milán, entra en el sitio web del FBI —www.fbi.gov—, como un particular más. Averigua que el Subcomité Judicial encargado de juzgar la operación anti­droga de Clarice Starling aún no ha fijado una fecha. No tiene los códigos de acceso al archivo de su propio caso en el FBI. En la pá­gina «Más buscados», su antiguo rostro lo mira fijamente, flanqueado por los de un terrorista y un pirómano.

El doctor Lecter rescata el periódico de entre un montón de per­gaminos, contempla la fotografía de Clarice Starling que aparece en la portada y recorre las facciones con el dedo. El acero brilla en su mano de improviso, como si hubiera brotado para sustituir al sexto dedo. La navaja, del tipo llamado «Arpía», tiene la hoja dentada y en forma de garra. Corta la página del National Tattler con la mis­ma facilidad con que seccionó la arteria femoral del gitano: la hoja entró en la ingle y volvió a salir tan deprisa que el doctor Lecter ni siquiera tuvo necesidad de limpiarla.

El doctor recorta la imagen de Clarice Starling y la encola sobre un trozo de pergamino en blanco.

Coge una pluma y, con artística desenvoltura, dibuja en el per­gamino el cuerpo de una leona con alas, un grifo con la cara de Starling. Debajo escribe con elegante letra redonda: ¿Se te ha ocurri­do preguntar alguna vez, Clarice, por qué no te comprenden los filisteos? Porque eres la respuesta a la adivinanza de Sansón: eres la miel en la boca del león.


A quince kilómetros de allí, con la furgoneta aparcada tras un muro de piedra en Impruneta, Carlo Deogracias comprobaba el ins­trumental, mientras su hermano Matteo practicaba una serie de lla­ves de yudo en la espesa hierba con los otros dos sardos, Fiero y Tommaso Falcione. Los Falcione eran fuertes y rápidos; Fiero había sido jugador del equipo de fútbol profesional de Cagliari, aunque por poco tiempo, y Tommaso, seminarista. Hablaba un inglés acep­table y a veces rezaba con sus victimas.

Carlo había alquilado legalícente la furgoneta Fiat blanca con matrícula de Roma. Los rótulos del OSPEDALE DELLA MISERICORDIA estaban listos para ser adheridos a los costados, y las paredes y el sue­lo del interior, cubiertos con mantas de mudanza, por si el sujeto se resistía una vez dentro del vehículo.

Carlo llevaría a cabo la operación tal como deseaba Mason; pero si algo fallaba y se veía obligado a matar al doctor Lecter en la pe­nínsula, lo que frustraría la filmación, no todo estaría perdido. Carlo se sabía capaz de acabar con el doctor Lecter y cortarle manos y ca­beza en menos de un minuto.

Si no dispusiera de todo ese tiempo, siempre podría cortarle el pene y un dedo, suficiente para la prueba del ADN. En una bolsa de plástico sellada al vacío y conservada en hielo, llegarían a manos de Mason en menos de veinticuatro horas, lo que haría acreedor a Carlo a una recompensa, además de a los honorarios acordados.

Bien colocados tras los asientos había una pequeña sierra mecáni­ca, palas de mango largo, un sierra quirúrgica, cuchillos bien afilados, bolsas de plástico con cierre de cremallera, un tornillo de mordaza Black and Decker para inmovilizar los brazos del doctor, y un con­tenedor de DHL Express con los gastos de envío por avión ya pa­gados, adecuado a una estimación de seis kilos para la cabeza y un kilo para cada mano.

Si tenia oportunidad de grabar en vídeo una matanza de urgen­cia, Carlo estaba seguro de que Mason pagaría por ver la amputación en vivo del doctor Lecter, incluso después de haber apoquinado un millón de dólares por la cabeza y las manos. A tal fin se había hecho con una buena cámara, una fuente de luz y un trípode, y había en­señado a Matteo lo imprescindible para usarla.

Su instrumental de caza se había beneficiado de la misma escru­pulosidad. Fiero y Tommaso eran expertos con la red, doblada de momento con tanto esmero como un paracaídas. Carlo disponía de una hipodérmica y de una pistola de dardos cargados con sufi­ciente tranquilizante para animales Acepromazine como para tum­bar a uno del tamaño del doctor Lecter en cuestión de segundos. Le había dicho a Rinaldo Pazzi que emplearía en primer lugar la pisto­la de aire comprimido, que estaba cargada y lista; pero si se le pre­sentaba la oportunidad de clavarle la hipodérmica en el culo o en las piernas, la pistola sería innecesaria.

Los secuestradores no pasarían más de cuarenta minutos en la pe­nínsula con su presa, el tiempo necesario para llegar al aeródromo de Pisa, donde los estaría esperando una avioneta-ambulancia. Aunque el de Florencia estaba más cerca, tenía menos tráfico, y un vuelo privado se hubiera hecho notar más.

En menos de hora y media estarían en Cerdeña, donde el comité de bienvenida del doctor se había vuelto insaciable.

Carlo lo había sopesado todo en su inteligente y hedionda cabe­za. Mason no era un idiota. Los pagos estaban calculados de forma que Rinaldo Pazzi no sufriera el menor daño; a Carlo le hubiera salido caro matarlo y reclamar la recompensa. Mason no quería pro­blemas por el asesinato de un policía. Más valia hacer las cosas a su manera. Pero al sardo le salían sarpullidos sólo de pensar en lo que hubiera conseguido con unos pocos pases de sierra si hubiera en­contrado al doctor Lecter por sí mismo.

Probó la sierra mecánica. Se puso en marcha a la primera.

Carlo conferenció brevemente con los otros, y salió hacia la ciu­dad montado en un pequeño motorino, armado tan sólo con una na­vaja, una pistola y una hipodérmica.


El doctor Hannibal Lecter abandonó la ruidosa calle para pe­netrar a primera hora en la Farmacia di Santa María Novella, uno de los sitios que mejor huelen de la Tierra. Se quedó unos instantes con la cabeza levantada y los ojos cerrados, aspirando los aromas de los exquisitos jabones, perfumes y cremas, y de los ingredientes de los obradores. El portero se había acostumbrado a sus visitas y los de­pendientes, desdeñosos por lo general, lo trataban con enorme respe­to. Las compras del obsequioso doctor Lecter en los meses que llevaba en Florencia no debían de superar las cien mil liras, pero ele­gía y combinaba las fragancias y esencias con una sensibilidad que asombraba y gratificaba a aquellos mercaderes de aromas, que vivían del olfato.

Para preservar aquel placer, había renunciado a alterar su nariz con otra rinoplastia que no fueran inyecciones de colágeno en la parte exterior. Para el doctor Lecter, el aire estaba pintado con olores tan vivos y nítidos como colores, que podía superponer y contrastar como si aplicara pigmentos sobre otros aún húmedos. No había lugar más distinto a una cárcel que aquel. Allí el aire era música, y estaba saturado de pálidas lágrimas de incienso esperando a ser ex­traídas, de bergamota amarilla, madera de sándalo, cinamomo y mimosa concertadas sobre un sustrato al que el genuino ámbar gris, la algalia, el castóreo y la esencia de cervatillo aportaban las notas dominantes.

A veces, se imaginaba que podía oler con las manos, con los bra­zos y las mejillas, que el olor lo impregnaba por completo. Que era capaz de oler con el rostro y con el corazón.

Por buenas razones anatómicas, el olfato sirve a la memoria con más prontitud que ningún otro sentido.

Recuerdos fragmentarios como fogonazos acudían a su memoria mientras permanecía bajo la suave luz de las hermosas lámparas mo­dernistas de la Farmacia, aspirando, aspirando... Allí no había nada que pudiera recordarle la cárcel. Excepto... ¿qué era aquel olor? ¿Clarice Starling? Sí, era ella. Pero no el Air du Temps que había percibido en cuanto la chica abrió el bolso junto a los barrotes de su celda en el manicomio. No era eso. En aquel establecimiento no vendían esos perfumes. Tampoco era su crema corporal. Ah... Sapone di mandorle. El famoso jabón de almendras de la Farmacia. ¿Dónde lo había olido? En Memphis, cuando ella estaba junto a la celda, cuando él le tocó un dedo durante un instante, poco antes de esca­parse. Starling, sí. Limpia y rica en texturas. Algodón tendido al sol y planchado. Clarice Starling, por supuesto. Agraciada y apetitosa. Aburrida de puro formal y absurda en sus principios. De ingenio vivo, como su madre. Ummm.

En contrapartida, los malos recuerdos del doctor Lecter estaban asociados con malos olores, y allí, en la Farmacia, tal vez se encon­traba tan lejos como era posible de las rancias mazmorras negras de su palacio de la memoria.

Contra su costumbre, aquel viernes gris el doctor Lecter compró un montón de jabones, lociones y aceites de baño. Se llevó consi­go unos cuantos; los demás los enviaría la Farmacia, con las etique­tas que él mismo redactó en su elegante letra redonda.

—¿Desearía el Dottore incluir una nota? —le preguntó el depen­diente.

—¿Por qué no? —contestó el doctor Lecter, y deslizó en la caja, doblado, el dibujo del grifo.

La Farmacia di Santa María Novella está adosada a un convento de la Via Scala, y Carlo, siempre tan piadoso, se quitó el sombrero mientras aguardaba cerca de la entrada al establecimiento, bajo una hornacina de la Virgen. Había notado que la presión de aire de las puertas interiores del vestíbulo hacía que las exteriores se movieran segundos antes de que alguien las empujara para salir. Eso le daba tiempo para esconderse y espiar cada vez que un cliente iba a aban­donar el edificio.

Cuando salió el doctor Lecter llevando el delgado portafolios, Carlo estaba bien oculto tras el puesto de un vendedor de postales. El doctor echó a andar. Al pasar bajo la imagen de la Virgen, alzó la cabeza y sus fosas nasales se dilataron mientras miraba la estatua y husmeaba el aire.

Carlo supuso que se trataba de un gesto devoto. Se preguntó si el doctor Lecter sería religioso, como suele ocurrir con los locos. Quizá pudiera conseguir que maldijera a Dios en el momento de la verdad; seguro que Mason sabría apreciarlo. Por supuesto, habría que mandar al piadoso Tommaso a donde no pudiera oírlo.


A última hora de la tarde, Rinaldo Pazzi escribió una carta a su mujer en la que incluía un soneto trabajosamente compuesto al prin­cipio de su noviazgo que nunca se había atrevido a enseñarle. Intro­dujo en el sobre los códigos necesarios para reclamar el dinero en cus­todia en Suiza, junto con una carta para que la enviara a Mason si éste se negaba a pagar. Dejó el sobre en un lugar en que sólo lo en­contraría si tenía que ordenar sus efectos personales.

A las seis en punto, condujo su pequeño motorino hasta el Museo Bardini y lo encadenó a una barandilla de hierro en la que los últi­mos estudiantes de la jornada estaban recogiendo sus bicicletas. Vio la furgoneta blanca con rótulos de ambulancia aparcada cerca del museo y supuso que sería la de Carlo. Dentro había dos hombres. Cuando se volvió, sintió que le clavaban los ojos en la espalda.

Tenía tiempo de sobra. Las farolas ya estaban encendidas y cami­nó despacio hacia el río bajo las sombras propicias que proyectaban los árboles del museo. Al cruzar el Ponte alie Grazie, se asomó un momento para contemplar el perezoso Arno, y se permitió las últi­mas reflexiones sosegadas. La noche sería oscura. Perfecto. Las nubes bajas se deslizaban veloces sobre Florencia en dirección este, rozando la cruel aguja del Palazzo Vecchio, y una brisa cada vez más fuerte levantaba una polvareda de arenilla y excrementos de paloma pulve­rizados en la plaza de Santa Croce. Pazzi se dirigió hacia la iglesia llevando en los bolsillos una Beretta 380, una porra de cuero basto y una navaja, dispuesto a usarlas con el doctor Lecter en caso de que fuera necesario matarlo.

La iglesia de Santa Croce cierra a las seis en punto, pero un sa­cristán dejó entrar a Pazzi por una pequeña puerta lateral. No quiso preguntarle si el «doctor Fell» estaba trabajando; prefirió compro­barlo por sí mismo y caminó a lo largo del muro con precaución. Los cirios que ardían en los altares de las capillas proporcionaban suficiente luz. Recorrió la extensión de la nave hasta tener una pers­pectiva del brazo derecho del crucero. Más allá de las velas votivas, costaba ver si el doctor Fell estaba en la Capilla Capponi. Avanzó por el crucero procurando no hacer ruido. Mirando. Una gran sOm-bra se alzó en el muro de la capilla y durante unos segundos Pazzi contuvo la respiración. Era Lecter, inclinado sobre su lámpara, que había colocado en el suelo para calcar las inscripciones. El doctor se incorporó, miró hacia la oscuridad como un buho, volviendo la cabeza en el cuerpo inmóvil e iluminado desde abajo, con su enor­me sombra vacilando tras él. Al cabo de un momento la sombra se encogió en el muro cuando el hombre se agachó para seguir tra­bajando.

Pazzi sintió que el sudor le recorría la espalda bajo la camisa, pero su cara permanecía impasible.

Faltaba una hora para el comienzo de la reunión en el Palazzo Vecchio, y Pazzi tenía intención de llegar tarde.

En su severa belleza, que reconcilia círculo y cuadrado, la capilla que Brunelleschi construyó en Santa Croce para la familia Pazzi es una de las obras maestras de la arquitectura renacentista. Es una estructura independiente a la que se accede atravesando un claustro con arcos.

Arrodillado en la piedra, Pazzi rezó en la capilla familiar mientras su propio rostro, más arriba, lo observaba desde el medallón de Della Robbia. Sentía sus plegarias constreñidas por el círculo de apósto­les del techo, y pensó que tal vez escaparían por el oscuro claus­tro al que daba la espalda y volarían hacia el cielo abierto, hacia Dios.

Se esforzó en visualizar algunas de las cosas buenas que podría hacer con el precio del doctor Lecter. Se vio en compañía de su mujer dando monedas a unos golfillos, y vislumbró una especie de artilugio sanitario que entregaban a un hospital. Vio las olas de Galilea, que se parecían enormemente a las de Chesapeake. Vio la mano rosa y bien torneada de su mujer en torno a su polla, apretán­dola para acabar de hinchar el capullo.

Miró a su alrededor para comprobar que seguía solo, y habló con Dios en voz alta:

—Gracias, Padre, por permitir que elimine a ese monstruo, monstruo de monstruos, de la faz de Tu Tierra. Gracias de parte de las almas a las que ahorraremos dolor.

Si aquel «nosotros» era mayestático o se refería a la sociedad que Pazzi había formado con Dios, sería difícil decirlo, y es posible que no exista una única respuesta.

La parte de Pazzi incapaz de contemporizar le dijo que él y el doctor Lecter habían matado juntos, que Gnocco había sido vícti­ma de ambos, desde el momento en que Pazzi no hizo nada por sal­varlo y sintió alivio cuando la muerte selló sus labios.

Era indudable que la oración proporcionaba consuelo, reflexionó Pazzi al abandonar la capilla. Mientras atravesaba el oscuro claustro tuvo la nítida sensación de que no estaba solo.

Carlo, que esperaba bajo el alero del Palazzo Piccolomini, cogió el paso del policía. Apenas se dijeron nada.

Dieron la vuelta al Palazzo Vecchio y confirmaron que la puerta de la Via dei Leoni estaba cerrada, y cerradas las ventanas de aque­lla fachada.

La única puerta que permanecía abierta era la de la entrada prin­cipal.

—Bajaremos la escalinata y doblaremos la esquina del palacio para coger la Via Neri —dijo Pazzi.

—Mi hermano y yo estaremos en el pórtico de la Loggia. Los se­guiremos a buena distancia. Los otros esperan en el Museo Bardini.

—Los he visto.

—Y ellos a usted —dijo Carlo.

—¿Hará mucho ruido la pistola de aire comprimido?

—No mucho, menos que una pistola normal; pero será oírla y verlo caer redondo.

Carlo no le dijo que Fiero la dispararía amparado en las sombras del museo mientras Pazzi y el doctor Lecter estaban aún en la zona iluminada. No quería que Pazzi se apartara del doctor y lo alertara antes del disparo.

—Tiene que confirmarle a Mason que lo han cogido. Tiene que hacerlo esta misma noche —dijo Pazzi.

—No se apure. Ese cabrón va a pasar la noche suplicándole a Mason por teléfono —respondió Carlo, mirándolo por el rabillo del ojo para ver si conseguía ponerlo nervioso—. Al principio le pedirá que le perdone la vida; después de un rato, le implorará que lo mate.



CAPÍTULO__36'>CAPÍTULO

36

Al caer la noche los últimos turistas tuvieron que abandonar el Palazzo Vecchio. Mientras se desparramaban por la plaza, muchos de ellos, sintiendo a sus espaldas el acecho de la fortaleza medieval, no pudieron resistir la tentación de volverse para echar un último vistazo a los dientes de calabaza de las almenas, que se recortaban sobre sus cabezas.

Los focos se encendieron, bañaron de luz los ásperos sillares y agu­zaron las sombras bajo las altas murallas. Al tiempo que las golondrinas se retiraban a sus nidos, hicieron su aparición los primeros murciéla­gos, a los que las luces molestaban menos para cazar que los chirri­dos de alta frecuencia de las máquinas eléctricas de los obreros.

En el interior del palacio, los trabajos de restauración y man­tenimiento se prolongarían otra hora, excepto en el Salón de los Lirios, donde en ese momento el doctor Lecter le consultaba algu­na cosa al encargado de la brigada de reparaciones.

Acostumbrado a la mezquindad y a las agrias exigencias del Comitato delle Belle Arti, al encargado el doctor Fell le pareció el colmo de la cortesía y la generosidad.

En cuestión de minutos, los trabajadores se pusieron a guardar su equipo, apartar pulidoras y compresoras arrimándolas a la pared y enrollar cuerdas y cables eléctricos. En un momento dispusieron en el Studiolo la docena de sillas plegables necesaria, y abrieron de par en par las ventanas para que el aire aventara el olor a pintura, barniz y estuco.

El doctor Lecter dijo que necesitaba un atril adecuado, y los obreros le encontraron uno tan grande como un pulpito en el an­tiguo despacho de Nicolás Maquiavelo adyacente al salón, de donde lo trajeron en un carro de mano alto junto con el proyector del palacio.

La pequeña pantalla que acompañaba al proyector no lo conven­ció y mandó retirarla. Para sustituirla, probó a proyectar las imágenes de tamaño natural sobre una de las lonas que protegían un muro ya restaurado. Después de ajustar las sujeciones y alisar las arrugas, en­contró la lona de lo más práctica para sus propósitos.

Marcó los pasajes que pensaba utilizar en los pesados volúmenes que había apilado sobre el atril; después permaneció frente a una ventana mientras los miembros del Studiolo, con sus polvorientos trajes negros, iban llegando y ocupaban sus asientos. El tácito es­cepticismo de los eruditos se hizo evidente cuando cambiaron la disposición en semicírculo de las sillas y las colocaron de forma que recordaban a los bancos de un jurado.

A través del alto ventanal, el doctor Lecter podía ver el Duomo y el campanario del Giotto, negros contra el occidente, pero no el Baptisterio tan caro a Dante, situado junto a ellos pero a menor al­tura. Los focos orientados hacia el edificio le impedían ver la plaza donde lo aguardaban sus asesinos.

Mientras aquellos sabios, los más renombrados especialistas en la Edad Media y el Renacimiento de todo el mundo, acababan de sen­tarse, el doctor Lecter compuso mentalmente su disertación. Nece­sitó poco más de tres minutos para organizar el material. El tema era el Infierno de Dante, y Judas Iscariote.
En consonancia con la predilección del Studiolo por el Prerrenacimiento, el doctor Lecter inició su exposición con el caso de Pier della Vigna, protonotario del Reino de Sicilia, cuya avaricia le había valido un lugar en el infierno dantesco. Durante la primera media hora, el doctor fascinó a los presentes con el minucioso rela­to de las intrigas que empujaron a della Vigna en su caída.

—Della Vigna perdió la vista y el favor de Federico II al traicio­nar la confianza del emperador movido por la avaricia —explicó el doctor Lecter, acercándose así a su tema principal—-. El peregrino dantesco lo encuentra en el séptimo círculo del infierno, el reser­vado a los violentos. En el caso que nos ocupa, a los violentos contra sí mismos; como Judas Iscariote, della Vigna eligió ahorcarse.

«Judas, Pier della Vigna y Ajitofel, el ambicioso consejero de Absalón, están unidos en Dante por la avaricia y su consiguiente muer­te por ahorcamiento.

«Avaricia y horca están indisolublemente unidas en las mentes antigua y medieval. San Jerónimo escribe que el mismo sobrenom­bre de Judas, Iscariote, significa "dinero" o "precio", mientras que el Padre de la Iglesia Orígenes afirma que Iscariote deriva del hebreo y significa "por ahogo", por lo que el nombre completo querría decir en realidad "Judas el Ahogado" —el doctor Lecter levantó la vista del atril y miró por encima de las gafas hacia la puerta—. Ah, Commendatore Pazzi, bienvenido. Ya que está junto a la puerta, ¿sería tan amable de reducir la intensidad de las luces? Esto le interesará, Commendatore, puesto que ya hay dos Pazzi en el Infierno de Dante... —los eruditos del Studiolo hicieron crujir sus papeles—. Me refie­ro a Camicion de' Pazzi, que asesinó a un individuo de su misma sangre y está esperando la llegada de un segundo Pazzi; pero no es usted, es Carlino, que irá a parar todavía más abajo, al noveno círcu­lo del Averno, por haber vendido a los güelfos blancos, el partido del propio Dante.

Un pequeño murciélago se coló por uno de los ventanales y dio unas cuantas vueltas por la sala sobrevolando las eruditas testas, un in­cidente habitual en Toscana al que nadie prestó mayor atención.

El doctor Lecter volvió a asumir su tono magistral.

—La avaricia y la horca, así pues, relacionadas desde la Antigüe­dad, y representadas conjuntamente en imágenes que aparecen y reaparecen una y otra vez en el mundo del arte —el doctor Lecter pulsó el mando a distancia y el proyector plasmó una imagen en la lona que cubría el muro. Las diapositivas se sucedieron con rapidez mientras el sabio proseguía su disertación—: Ésta es la representación más antigua que conocemos de la Crucifixión, tallada en un cofre de marfil de la Galia hacia el cuatrocientos después de Cristo. Uno de los paneles representa la muerte por ahorcamiento de Judas, que tiene el rostro vuelto hacia la rama de la que pende. Y aquí tenemos un estuche relicario de Milán, del siglo IV, y un díptico de marfil del siglo IX; en ambos se puede ver el ahorcamiento de Judas. Sigue mi­rando hacia arriba.

El murciélago aleteó contra la lona a la caza de insectos.

—En esta plancha de la puerta de la catedral de Benevento, vemos a Judas ahorcado y con las tripas colgando, tal como san Lucas, el médico, lo describe en los Hechos de los Apóstoles. En la siguien­te diapositiva pende hostigado por arpías; sobre él, en la luna, se puede ver la cara de Caín. Y aquí, pintado por nuestro querido Giotto, de nuevo con las visceras al aire.

»Por último, en esta edición del siglo XV del Infierno, la ilustración muestra el cuerpo de Pier della Vigna pendiendo de un árbol san­grante. No insistiré en el obvio paralelo con Judas Iscariote.

»Pero Dante no necesitaba ilustraciones. Su genio le permite ha­cer que Pier della Vigna siga vivo en el infierno y nos hable con angustiosos susurros y carraspeos sibilantes, ahogándose para siem­pre. Escuchémoslo mientras nos cuenta cómo, al igual que el resto

de los condenados, arrastra su propio cadáver para colgarlo en un árbol de espinas:



Surge in vermena e in planta silvestra:

l´Arpie, pascendo poi de le sue foglie,

fanno dolore, e al dolor fenestra.
El rostro habitualmente blanco del doctor Lecter enrojeció mien­tras creaba para el Studiolo las gorgoteantes y sofocadas palabras del agonizante Pier della Vigna, sin dejar de apretar el mando a distan­cia para que las imágenes de della Vigna y de Judas con las tripas al aire se sucedieran en el extenso campo de la lona colgante.
Come l'altre verrem per nostre spoglie,

ma non'pero ch'alcuna sen rivesta,

che non é giusto aver ció ch'otn si toglie.
Qui le strascineremo, e per la mesta

selva saranno i nostri corpi appesi,

ciascuno al prun de l'ombra sua molesta.
—Así recrea Dante, sin olvidar los sonidos, la muerte de Judas en la muerte de Pier della Vigna, por los mismos crímenes de avaricia y traición.

»Ajitofel, Judas, nuestro Pier della Vigna... Avaricia y horca, las dos caras inseparables de una misma autodestrucción. ¿Y qué dice el anónimo suicida florentino mientras sufre tormento al final del canto?


Lo fei gibetto a me de le mie case.
»"Yo convertí mi casa en mi cadalso." En una próxima ocasión es posible que deseen hablar del hijo de Dante, Pietro. Aunque parezca increíble, fue el único entre los primeros comentaristas del canto decimotercero que relacionó a Pier della Vigna con Judas. También creo que sería interesante abordar el asunto de la masticación en Dante. El conde Ugolino masticando el cogote del arzobispo, Satán con sus tres caras masticando a Judas, Bruto y Casio, todos ellos trai­dores, como Pier della Vigna...

»Les doy las gracias por su amable atención.

Los eruditos aplaudieron con entusiasmo, a su manera floja y so­lemne, y el doctor Lecter se despidió de ellos sin encender las lu­ces, llamando por su nombre a cada uno y llevando libros en ambos brazos para no tener que estrecharles la mano. Cuando abandonaban la tenue luz del Salón de los Lirios parecían arrastrar consigo el he­chizo de la conferencia.

El doctor Lecter y Rinaldo Pazzi, solos ya en el gran salón, oían discutir a los eruditos mientras bajaban las escaleras.

—¿Diría usted que he conseguido conservar el puesto, Commendatore?

—No soy un especialista, doctor Fell, pero no cabe duda de que los ha impresionado. Doctor, si no tiene inconveniente, lo acompa­ñaré a casa para recoger las pertenencias de su predecesor.

—Son dos maletas, Commendatore, y usted lleva ya su cartera. ¿Está seguro de que quiere recogerlas?

—Llamaré a un coche patrulla para que me recojan en el Palazzo Capponi.

Pazzi estaba dispuesto a insistir tanto como fuera necesario.

—De acuerdo —dijo el doctor Lecter—. Tardaré un minuto en recoger.

Pazzi asintió, se acercó a los ventanales y sacó el teléfono celular sin apartar los ojos de Lecter.

El inspector se daba cuenta de que el doctor estaba perfectamen­te tranquilo. Del piso inferior llegaban ruidos de maquinaria.

Pazzi marcó un número y cuando Carlo Deogracias contestó, el inspector dijo:

—Laura, amore, no tardaré en llegar a casa.

El doctor Lecter recogió sus libros del atril y los metió en un bol­so. Se volvió hacia el proyector, en el que el ventilador seguía zum­bando mientras el polvo danzaba en el haz de luz.

—Tenía que haberles enseñado ésta, no me explico cómo me ha pasado por alto —el doctor proyectó la imagen de un hombre des­nudo que colgaba bajo las almenas del palacio—. Usted sin duda la encontrará interesante, Commendatore Pazzi. Permítame que inten­te enfocarla mejor.

El doctor Lecter toqueteó el aparato; a continuación, se aproxi­mó a la pared, y su negra silueta creció sobre la lona hasta adquirir el mismo tamaño que el ahorcado.

—¿Puede verlo bien? No es posible aumentarla más. Éste es el momento en que le mordió el arzobispo. Y debajo está escrito su nombre.

Pazzi no llegó hasta donde estaba el doctor Lecter, pero al acercar­se a la pared percibió un olor químico, que por un instante atribuyó a algún producto de los que usaban los restauradores.

—¿Puede distinguir las letras? Dicen «Pazzi» al lado de un poema un tanto obsceno. Es su antepasado, Francesco, ahorcado en los mu­ros del Palazzo Vecchio, bajo estas ventanas —dijo el doctor Lecter, y sostuvo la mirada del policía a través del haz de luz que los sepa­raba—. A propósito, signor Pazzi, tengo que confesarle algo: estoy considerando seriamente la posibilidad de comerme a su esposa.

Apenas dicho aquello el doctor Lecter dio un tirón a la enorme lona, que se desplomó sobre Pazzi. Éste se debatía bajo ella, tratan­do de sacar la cabeza mientras el corazón le aporreaba en el pecho; pero el doctor Lecter se colocó rápidamente a su espalda, lo sujetó por el cuello con terrible fuerza y aplastó una esponja empapada en éter contra el trozo de lona que cubría el rostro de Pazzi.

El inspector, con los pies y los brazos arrapados en la lona, se agi­taba con todas sus fuerzas y, resollando y trastabillando, aún fue ca­paz de echar mano a la pistola. Los dos hombres cayeron al suelo y Pazzi intentó apuntar la Beretta hacia atrás por entre sus piernas, apretó el gatillo y se disparó en el muslo segundos antes de hundirse en una espiral de negrura...

El disparo de la pequeña bala calibre 380, que cayó en la lona, no había hecho mucho más ruido que los golpetazos y chirridos del piso inferior. Nadie subió h escalera. El doctor Lecter cerró las enormes hojas de la puerta del Salón de los Lirios y echó el pasador...
La sensación de ahogo y las náuseas asaltaron a Pazzi en cuanto empezó a volver en sí. Tenía el sabor del éter agarrado a la garganta y sentía una gran opresión en el pecho.

Comprobó que seguía en el Salón de los Lirios y que no podía moverse. Estaba de pie, envuelto en la lona y atado con cuerdas, rígido como un reloj de caja, firmemente amarrado al alto carro de mano que los obreros habían empleado para transportar el atril. Tenía la boca amordazada con cinta aislante. Un torniquete había detenido la hemorragia del muslo.

Observándolo, recostado contra el pulpito, el doctor Lecter se acordó de sí mismo inmovilizado en un carro de mano no muy dis­tinto cuando les daba por pasearlo por el manicomio.

—¿Puede oírme, signor Pazzi? Respire hondo mientras pueda y despéjese un poco.

Mientras hablaba, sus manos no dejaban de trabajar. Había traído al salón una gran máquina pulidora y manipulaba el grueso cable eléctrico de color naranja, en cuyo extremo estaba haciendo un nudo corredizo. El cable forrado de goma crujía mientras el doctor lo en­rollaba en las trece vueltas tradicionales.

Culminó la tarea pegando un fuerte tirón al nudo corredizo y dejó, el cable sobre el pulpito. El enchufe asomaba entre las vueltas de ca­ble al final del nudo.

La pistola de Pazzi, sus esposas de plástico, la navaja y la porra, todo lo que llevaba en los bolsillos y en la cartera estaba encima del atril.

El doctor Lecter buscó entre los papeles. Se guardó bajo la pe­chera de la camisa la documentación de los carabinieri, que incluía su permesso di sogiomo, su permiso de trabajo y las fotos y negativos de su rostro actual.

Allí estaba también la partitura que había prestado a la signora Pazzi. La cogió y se golpeó los dientes con ella. Sus fosas nasales se dilataron e inspiró con fuerza, con la cara pegada a la de Pazzi.

—Laura, si me permite que la llame por su nombre de pila, debe de usar una estupenda crema de manos por la noche, signore. Res­baladiza. Fría al principio y, al cabo de un momento, caliente —le susurró—. Con olor a azahar. Laura, «el aura». Ummm. Llevo todo el santo día sin probar bocado. De hecho, el hígado y los ríñones estarán perfectos para consumirlos enseguida, esta misma noche; pero el resto de la carne tendrá que colgar una semana al fresco, a la temperatura de costumbre. No he visto el pronóstico del tiempo, ¿y usted? Supongo que eso significa «no».

»Si me dice lo que necesito saber, Commendatore, me resultará muy conveniente marcharme sin mi comida. La signora Pazzi perma­necerá intacta. Le haré las preguntas y después ya veremos. Puede confiar en mí, ¿sabe? Aunque supongo que debe de costarle con­fiar en nadie, conociéndose a sí mismo.

»En el teatro me di cuenta de que me había identificado, Commendatore. ¿Se meó en los pantalones cuando me incliné a besar la mano de la signora Laura? Al ver que la policía no me detenia, me resultó evidente que usted me había vendido. ¿A Mason Verger, por casua­lidad? Parpadee dos veces para el sí.

«Gracias, es lo que pensaba. En cierta ocasión llamé al número que figura en ese aviso suyo que está por todas partes, lejos de aquí, por pura diversión. ¿Están esperándome fuera sus hombres? Ummm. ¿Uno de ellos huele a embutido de jabalí rancio? Ya veo. ¿Le ha hablado de mí a alguien de la Questura? ¿Ha parpadeado una vez? Eso me había parecido. Ahora quiero que piense durante un minu­to y a continuación me diga su código de acceso al archivo VICAP de Quantico.

El doctor Lecter abrió su navaja Arpía.

—Voy a quitarle la cinta aislante para que pueda decírmelo —el doctor Lecter le enseñó la navaja—. No intente gritar. ¿Cree que podrá aguantarse sin gritar?

Pazzi estaba ronco a causa del éter.

—Le juro por Dios que no sé el código. No puedo recordarlo entero. Podemos ir a mi coche, tengo papeles...

El doctor Lecter le dio la vuelta al carro para que Pazzi pudiera ver la pantalla, y pasó adelante y atrás las imágenes de Pier della Vigna ahorcado y Judas colgando con las tripas al aire.

—¿Cómo le gusta más, Commendatore? ¿Con las tripas dentro o fuera?

—El código está en mi agenda.

El doctor Lecter la cogió y pasó las hojas ante los ojos de Pazzi hasta encontrar el número, mezclado con los de teléfono.

—¿Y se puede acceder desde cualquier sitio, como un usuario autorizado?

—Sí —carraspeó Pazzi.

—Gracias, Commendatore.

El doctor Lecter inclinó el carro hacia atrás y empujó a Pazzi ha­cia los ventanales.

—¡Escúcheme, doctor! ¡Tengo dinero! Lo necesita para huir. Mason Verger no renunciará nunca. Nunca lo dejará tranquilo. No pue­de ir a su casa a por dinero, la están vigilando.

El doctor Lecter usó dos maderos de un andamio como rampa e hizo pasar el carro sobre el alféizar al balcón del otro lado.

Pazzi sintió la fría brisa en el rostro. Había empezado a hablar atropelladamente.

—¡No podrá salir vivo del edificio! ¡Tengo dinero! ¡Tengo ciento sesenta millones de liras en metálico, cien mil dólares! Déjeme lla­mar a mi mujer. Le diré que coja el dinero y lo meta en mi coche, y que lo traiga delante del palacio.

El doctor fue a buscar el cable al atril y lo llevó arrastrando hasta el balcón. Había asegurado el otro extremo con varios nudos alre­dedor de la enorme pulidora.

Pazzi no había dejado de hablar:

—Me llamará al teléfono celular cuando esté ahí fuera, y luego se marchará. Tengo el pase de la policía en el coche, podrá traer­lo hasta la plaza. Hará todo lo que yo le diga. Verá el humo del tubo de escape, doctor. Podrá mirar abajo y ver que está en marcha, con las llaves puestas.

El doctor Lecter apoyó a Pazzi contra la barandilla del balcón, que le llegaba a la altura de los muslos.

Pazzi miró la plaza y pudo distinguir entre el resplandor de los focos el lugar donde Savonarola fue quemado, donde se había pro­metido que vendería a aquel hombre a Mason Verger. Alzó la vista hacia las nubes bajas que se deslizaban deprisa, coloreadas por los re­flectores, y deseó con todas sus fuerzas que Dios pudiera verlo.

Intentó no mirar abajo, pero los ojos se le iban hacia la plaza, hacia su muerte, y escrutó el resplandor deseando contra toda razón que los haces de luz de los reflectores dieran consistencia al aire, que lo sostuvieran de algún modo, que pudiera agarrarse a sus rayos.

Sintió la fría goma naranja alrededor del cuello y vio al doctor Lecter por el rabillo del ojo.

Arrivederci, Commendatore.

La Arpía brilló a su alrededor hasta cortar la última ligadura que lo unía al carro, y Pazzi vaciló un instante antes de perder el equi­librio y cayó por la barandilla arrastrando el cable, viendo el suelo que ascendía a su encuentro, gritando con la boca por fin destapada, mientras dentro del salón la pulidora corría por el entarimado hasta chocar con la barandilla, que la inmovilizó. La cuerda dio un tirón y el cuerpo saltó hacia arriba, con el cuello partido y las tri­pas colgando.

Pazzi y sus intestinos se balancearon y giraron ante los rugosos muros del palacio inundado de luz; el hombre pataleó de forma espasmódica, pero ya no se ahogaba, estaba muerto. Los reflectores proyectaban una sombra desmesurada sobre los sillares mientras el cadáver se columpiaba con las visceras oscilando entre sus pies en un arco más amplio y lento, y por los pantalones rasgados su virilidad asomaba en una erección postuma.

Carlo salió como una exhalación del vano de una puerta con Matteo pisándole los talones, y atravesó la plaza hacia la entrada del palacio apartando turistas, dos de los cuales apuntaban el objetivo de sus videocámaras hacia los muros.

—Es un truco —dijo alguien en inglés cuando pasaban a su lado.

—Matteo, cubre la puerta de atrás. Si sale, mátalo y córtalo —dijo Carlo, manejando el teléfono celular en plena carrera.

Ya dentro del palacio, subió los peldaños como un poseso hasta el primer piso, hasta el segundo...

La enorme puerta del salón estaba abierta de par en par. En el interior, Carlo apuntó el arma hacia la figura proyectada en el muro;

luego, corrió al balcón. En unos segundos había inspeccionado tam­bién el despacho de Maquiavelo.

Usando el teléfono celular se puso en contacto con Fiero y Tommaso, que esperaban en la furgoneta aparcada ante el museo.

—Id a su casa, cubrid las dos fachadas. Si aparece, matadlo y cor­tadlo —Carlo volvió a marcar—: ¿Matteo?

El teléfono de Matteo sonó en el bolsillo de su chaqueta mien­tras trataba de recuperar el aliento ante la puerta posterior del pala­cio, cerrada a cal y canto. Había recorrido con la mirada el techo y las ventanas y comprobado que la puerta no cedía, con la mano en la pistolera del cinturón, bajo el abrigo.

Abrió el teléfono.

Pronto!

—¿Ves algo?

—La puerta está cerrada.

—¿El techo?

Matteo volvió a mirar hacia arriba, pero demasiado tarde para ver la contraventana que se había abierto justo sobre su cabeza.

Carlo oyó un crujido y un grito en el auricular, y echó a correr escaleras abajo, se cayó en un rellano, se levantó y siguió corrien­do, pasó junto al guardia de la puerta, que ahora estaba afuera, junto a las estatuas que flanqueaban la entrada, dobló la esquina y aceleró hacia la parte posterior del palacio atrepellando a unas cuantas pare­jas. Todo estaba oscuro y él corría con el teléfono chirriando en su mano como un animalillo herido. Una silueta blanca cruzó la calle a unos metros por delante y se interpuso en la trayectoria de un motorino, que la despidió contra el suelo; volvió a levantarse y se abalanzó hacia una tienda en la otra acera de la callejuela, chocó contra el escaparate, se dio la vuelta y corrió a ciegas, como un espantajo blanco, gritando «¡Carlo, Carlo!», mientras grandes manchas oscuras se extendían por la desgarrada lona que lo cubría. Carlo sujetó entre los brazos a su hermano, cortó las esposas de plástico que ataban la lona, como una máscara sangrienta, alrededor del cuello de Matteo y se la quitó de encima. Estaba cubierto de cuchilladas que le atrave­saban el rostro, el abdomen, lo bastante profundas en el pecho como para que la herida succionara el aire. Carlo lo dejó el tiempo impres­cindible para correr hasta la esquina y mirar en todas direcciones; luego, volvió junto a su hermano.

Mientras las sirenas se acercaban y la Piazza della Signoria se llenaba de destellos, el doctor Lecter se estiró las mangas de la cami­sa y caminó hasta una gelateria en la cercana Piazza de Giudici. Las motocicletas y los motorinos estaban alineados contra el bordillo de la acera.

Se acercó a un joven con mono de cuero que estaba poniendo en marcha una Ducati de gran cilindrada.

—Joven, estoy desesperado —dijo con una sonrisa apesadumbra­da—. Si no estoy en la Piazza Bellosguardo en diez minutos, mi mujer me mata —le enseñó un billete de cincuenta mil liras—. Fíjese si aprecio a mi mujer.

—¿Es todo lo que quiere? ¿Que lo lleve? —le preguntó el joven. El doctor Lecter le enseñó las palmas de las manos.

—Que me lleve.

La veloz motocicleta se abrió paso entre las hileras del tráfico que abarrotaba el Lungarno con el doctor Lecter acurrucado contra el joven motorista y cubierto con un casco que olía a espuma moldea­dora y perfume. El piloto, que sabía lo que se hacía, dejó la Via de' Serragli en dirección a la Piazza Tasso y avanzó por la Via Villani hasta torcer por el angosto pasaje junto a la iglesia de San Francesco di Paola que desemboca en la sinuosa carretera de Bellosguardo, el elegante barrio residencial asentado en la colina que domina el sur de Florencia. El motor de la potente máquina resonaba contra los muros de piedra produciendo un sonido como el de una lona que se desgarra, lo que agradó al doctor Lecter, que se inclinaba en las curvas y procuraba hacer caso omiso del olor a laca y perfume bara­to del casco. Pidió al motorista que lo dejara a la entrada de la Piazza Bellosguardo, cerca del domicilio del conde Montauto, donde ha­bía vivido Nathaniel Hawthorne. El joven se guardó el importe de la carrera en un bolsillo delantero de su chupa, y la luz trasera de la Ducati desapareció rápidamente carretera abajo.

Regocijado por el paseo, anduvo unos cuarenta metros hasta el Jaguar negro, recuperó las llaves del interior del parachoques trasero y puso en marcha el motor. Tenia en carne viva el pulpejo de la mano, que el guante había desprotegido al arrojar la lona sobre Matteo y saltar sobre él desde el primer piso del palacio. Se puso un poco de pomada italiana Cicatrine para prevenir la infección y sintió un alivio inmediato.

El doctor Lecter buscó entre los casetes mientras se calentaba el motor. Se decidió por Scarlatti.

CAPÍTULO

37

La ambulancia aérea turbopropulsada se elevó sobre los teja­dos rojizos y viró hacia el sudoeste, en dirección a Cerdeña, con la Torre Inclinada de Pisa sobresaliendo por encima del ala de la avio­neta, que el piloto inclinó más de lo que hubiera hecho de llevar un paciente vivo.

El frío cuerpo de Matteo Deogracias ocupaba la camilla pre­parada para el doctor Lecter. Su hermano mayor, Carlo, estaba sen­tado junto a él con la camisa tiesa de sangre.

Carlo Deogracias ordenó al enfermero que se pusiera unos auri­culares y subió el volumen de la música mientras hablaba por el teléfono celular con Las Vegas, donde un repetidor codificó su lla­mada y la transmitió a la costa de Maryland...


Para Mason Verger, noche y día venían a ser lo mismo. En aquel momento estaba durmiendo. Incluso las luces del acuario estaban apagadas. Tenía la cabeza ladeada sobre el almohadón y su único ojo abierto permanentemente, como los de la enorme anguila, que también dormía. No se oían más sonidos que los siseos y suspiros del respirador, y el suave burbujeo del acuario.

Por encima de ellos se oyó otro sonido, suave y urgente. El zum­bido del teléfono personal de Mason. Su pálida mano anduvo sobre

los dedos como un cangrejo y presionó el interruptor del aparato. El altavoz estaba bajo el almohadón; el micrófono, junto a la ruina de su rostro.

Primero oyó el ruido de fondo de los motores de la avioneta y, enseguida, una melodía empalagosa, Gli innamorati.

—Aquí estoy. Dime.

—Es un puto casino —se oyó decir a Carlo.

—Dime.

—Mi hermano Matteo ha muerto. Ahora mismo tengo la mano encima de su cadáver. Pazzi también está muerto. El doctor Fell los ha matado y ha huido.



Mason no respondió enseguida.

—Me debe doscientos mil dólares por Matteo —dijo Carlo—. Para su familia.

Los contratos con los sardos siempre incluían cláusulas para el caso de muerte.

—Lo comprendo.

—Pazzi se va a llenar de mierda.

—Mejor que se sepa que estaba sucio —dijo Mason—. Así les costará menos asimilarlo. ¿Estaba sucio?

—Aparte de esto, no lo sé. ¿Y si siguen el rastro desde Pazzi hasta usted?

—De eso ya me ocuparé yo.

—Pues yo tengo que ocuparme de mí —dijo Carlo—. Esto pasa de la raya. Un inspector jefe de la Questura muerto. Eso no es bue­no para mi negocio.

—Tú no has hecho nada, ¿o sí?

—No hemos hecho nada, pero si la Questura mezcla mi nombre con esto, porca Madonna! Me vigilarán para el resto de mi vida. Na­die hará tratos conmigo, no podré ni tirarme un pedo en la calle. ¿Y qué pasa con Oreste? ¿Sabía a quién tenía que filmar?

—No lo creo.

—La Questura habrá identificado al doctor Fell mañana o pasa­do mañana. Oreste atará cabos en cuanto vea las noticias, aunque sólo sea por la coincidencia.

—Oreste está bien pagado. No supone ninguna amenaza para nosotros.

—Para usted, puede que no; pero tiene que presentarse ante el juez por una acusación de pornografía el mes que viene. Ahora tiene algo con lo que negociar. Si no se lo habían dicho, debería empezar a patearle el culo a más de uno. ¿Tanto necesita a Oreste?

—Hablaré con él —dijo Mason cuidadosamente, con la profunda entonación de un anunciante de la radio saliendo de su rostro marti­rizado—. Carlo, ¿sigues con la caza, no? Ahora tendrás más ganas que nunca de cogerlo, me imagino. Tienes que encontrarlo, por Matteo.

—Sí, pero con su dinero.

—Pues manten la granja en marcha. Consigue certificados de va­cunación contra la peste y el cólera. Consigue jaulas para transporte aéreo. ¿Tienes un pasaporte en condiciones?

—Sí.

—Me refiero a uno bueno, Carlo, no a una de esas mierdas del Trastevere.



—Tengo uno bueno.

—Bien. Te llamaré yo.

Al ir a cortar la conexión en la ruidosa avioneta, Carlo apretó sin darse cuenta el botón de llamada automática. El aparato de Matteo sonó en la mano del muerto, que seguía aferrándolo con la tenaci­dad del rigor mortis. Por un instante, Carlo esperó que su hermano se llevara el auricular a la oreja. Alelado, pero comprendiendo que su hermano no contestaría, pulsó el botón de corte de llamada. Su cara se contrajo y el enfermero tuvo que desviar la mirada.




Compartir con tus amigos:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   24


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos