Textos trabajados hasta este momento con indicación del vocabulario que será objeto de control



Descargar 0.69 Mb.
Página1/13
Fecha de conversión04.05.2019
Tamaño0.69 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


TEXTOS TRABAJADOS HASTA ESTE MOMENTO CON INDICACIÓN DEL VOCABULARIO QUE SERÁ OBJETO DE CONTROL DURANTE EL CURSO 2008-2009

 

= = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = = =


Si yo fuera profesor de Historia o de Literatura diría a mis alumnos que, una vez digeridos Joyce, Proust y Kafka, leyeran todos los días el periódico donde a partir de la Primera Guerra Mundial se refugió el alma del siglo XX. En medio de las ciudades calcinadas1 por los bombardeos o entre los escombros que deja la naturaleza convulsa cuando se expresa diabólicamente con seísmos e inundaciones, hay unos tipos que están presentes, disparan sus cámaras o toman apuntes directamente de esas tragedias en un bloc sudado que luego guardan en el bolsillo de atrás del pantalón. Son unos tipos audaces, fríos y, a veces, desesperados. En efecto, unos periodistas se mueven a sus anchas en medio de las hecatombes, pero otros de su misma raza también dan lo mejor de su talento abriéndose paso en la selva de los políticos, en el secreto de los tiburones financieros, en las cloacas del Estado, en el tejido cotidiano de las horas y los días donde los crímenes ordinarios se mezclan con el latido de las pequeñas pasiones y la lucha por la vida de la gente tributable. [...]

Cuando pase el tiempo y el detritus2 de esta sociedad se eleve como un polvo sucio o dorado en el espacio de la memoria colectiva, ese polvo flotará acompañado sustancialmente de las palabras que fueron escritas en los periódicos, de las crónicas, los reportajes, los artículos y las fotos amarillas, que entonces ya no serán noticias, opiniones, pensamientos e imágenes concretas de la actualidad, sino la ficción de la vida que vivimos. Y ésa será nuestra verdadera historia literaria que hará soñar a los habitantes del futuro. [...]

… … … …


Por si alguien todavía no lo sabe, el periodismo, bautizado como el cuarto poder del Estado con cierta modestia -en algunas circunstancias se convierte en el primero-, ha sido, en su mejor expresión, un factor esencial de progreso y modernización, dinamitando prejuicios y aboliendo3 ignorancias que impedían la comunicación entre culturas, países e individuos, y contribuyendo de manera decisiva a denunciar y poner fin, o al menos atenuar4, a injusticias e iniquidades5 como la esclavitud, el racismo, la xenofobia6, y, en general, los crímenes y atropellos contra los derechos humanos, así como a impulsar la cultura democrática, ejercitando la libertad de información y el derecho de crítica.
El gen que los hace infieles JOAN CARLES AMBROJO EL PAÍS  03/09/2008

[…] Al final, puede resultar que engañar a la pareja sea simplemente cuestión de tener o no un gen. Al menos, en los hombres. Y tiene un nombre, la variante 334, que la ciencia acaba de encontrar.

Esta mutación es un enlace directo entre los genes del hombre y su aptitud para la monogamia7. Investigadores del Instituto Karolinska de Suecia han publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences los resultados de un estudio según el cual los hombres que carecen de la variante de un gen que influye en la actividad del cerebro tienen mayor capacidad de compromiso con la mujer.

[…] El efecto de esta variación genética es relativamente modesto, explica Hasse Walum, investigador del Instituto Karolinska y que ha participado en el estudio, "y no puede ser utilizado para predecir con ninguna precisión el comportamiento que tendrá un hombre en una futura relación", asegura.[…]

Y, ¿de qué manera influye la variante de este gen en los hombres? Técnicamente, dicho gen forma un receptor para la vasopresina, una hormona que se encuentra en muchos mamíferos. En general, las personas que presentan mayor preferencia por mantener una pareja estable tienen los niveles de dopamina, oxitocina y vasopresina aumentados. ¿Y esta hormona no podría afectar también al comportamiento de las mujeres? Los científicos estudiaron a los hombres porque se sabe que la vasopresina desempeña un papel más relevante en su cerebro que en el de las mujeres.[…]

El estudio lo han realizado con 1.100 personas (550 hombres gemelos suecos y sus correspondientes parejas o esposas). La variante del gen, el alelo 334, está presente en dos de cada cinco varones del estudio. […]

Los investigadores suecos han encontrado que los hombres que llevan una o dos copias de la variante del alelo 334 se comportan a menudo de forma diferente en las relaciones de pareja, que los hombres que carecen de esta variante del gen.

Como explicó a EL PAÍS Hasse Walum, el 40% de los individuos estudiados llevaban una o dos copias del alelo 334. Tener esa variante, ¿qué significaba? Pues que estos hombres duplicaban también la probabilidad de haber sufrido una crisis marital o de relación durante el último año, a diferencia de los hombres que carecían de esa variante. Las mujeres que se casaron o unieron con los hombres que llevaban esas copias del gen se mostraron menos satisfechas de su relación amorosa con relación a las que se unieron con hombres sin esa variante.

Afortunadamente, no hay que asustarse. Los mismos científicos nos tranquilizan: tener ese alelo no marcará nuestras vidas. "Todo comportamiento humano tiene tres esferas, la biológica, la psicológica y la social, y todas ellas influyen de una manera u otra. La existencia de un factor biológico no significa que lleve al hombre a tener un problema de relación", asegura.

Miguel Ángel Cueto, psicólogo y secretario general de la Federación Española de Sociedades de Sexología. "Los factores sociales y psicológicos o la interacción con el medio pueden ayudar o perjudicar en los conflictos de pareja", añade Cueto. […]


¿Quién echa un gen al aire? EL PAÍS   03/09/2008

El Instituto Karolinska, en Estocolmo, ha hecho un descubrimiento no se sabe si alarmante o sensacional. Alarmante porque, según sus resultados, el éxito de la vida en pareja dependería de un gen presente en dos de cada cinco varones. El director del estudio, Hasse Walum, sostiene que los hombres con el gen tienen más posibilidades de vivir una relación conflictiva que los que carecen de él, entre otras razones porque son más proclives8 a la infidelidad. No es que Walum lo cifre todo en la genética; piensa que, además, influyen factores que van desde la educación recibida a las creencias religiosas, pasando por los condicionantes del medio social. Pero el papel preponderante que, de acuerdo con sus investigaciones, desempeñaría ese gen en la estabilidad de las parejas podría sugerir que el amor hasta la muerte es, antes que un sueño poético, una mera determinación biológica.[…]

Hasta donde se sabe, no existen datos sobre si los hombres con el gen consideran el descubrimiento de Walum alarmante o sensacional. Pero podría aventurarse como premisa de trabajo que, en caso de ser sorprendido, todo hombre infiel estaría entusiasmado con la posibilidad de poder presentar su perfil genético como eximente9. Para los infieles, no es que el descubrimiento de Walum sea sensacional, es que el mismo Walum sería más, pero mucho más que un buen amigo.

Sobre el maltrato y el feminicidio RAFAEL SÁNCHEZ SAUS

DIARIO DE CÁDIZ 17/03/2008

CUANDO esto escribo, […] elevan hasta 226 las víctimas mortales desde la entrada en vigor de la Ley Integral contra la Violencia de Género en diciembre de 2004. No seré yo quien caiga en la tentación de hacer demagogia10 fácil contra una acción del Gobierno inspirada, sin duda, por las mejores intenciones, pero aun sin mayores armas que las que proporciona la observación cotidiana de la realidad social, me atreveré a hacer algunas consideraciones. Las que se oyen a hombres y mujeres a los que avergüenza y aterroriza por igual una estadística que es como el termómetro de una degradación colectiva que posee otros muchos indicadores, aunque este sea uno de los más escandalosos y sangrientos.

Somos muchos los que creemos que al hablar de violencia de género, doméstica, machista o como la queramos llamar, cargamos la suerte en el adjetivo y se nos olvida lo sustantivo, que es la violencia. Atroz y especialmente inaceptable, el maltrato hacia las mujeres por parte de sus parejas actuales o pasadas, cada vez más frecuente y más brutal, debiera considerarse no como un rasgo específico de la relación entre hombres y mujeres, sino como un exponente extremo de la violencia que poco a poco se va adueñando de parcelas enteras de la vida social ante la indiferencia de una mayoría que se considera al margen o preservada de ella hasta que le toca ser su víctima. La agresividad en las actitudes o en el lenguaje se ha convertido hoy en algo común en la calle, en la escuela, en los lugares de esparcimiento, en el trabajo o en el seno de las familias. Esa agresividad se alimenta cotidianamente a través de los comportamientos que se proponen desde las series de televisión o el cine. Predomina y se acepta con naturalidad el desprecio al otro, la continua falta de respeto hacia los mayores, las mujeres o los más débiles, incluso hacia los enfermos, como en el caso de ese Dr. House que sólo cura después de haber humillado y devastado11 al pobre que cae en sus manos o a sus familiares. Todos esos modelos, que hacen de la falta de educación y de los malos modos un rasgo del carácter exitoso, se trasladan a la mayoría generando relaciones egoístas, dominantes, desgarradas, desde las que es muy fácil escalar hacia el primer empujón o la trifulca. Una vez ahí, ya todo es posible, sobre todo cuando entre hombres y mujeres la vieja atracción ha sido sustituida por el odio y la malignidad.

No todo el problema se reduce a lo expresado, pero el fracaso de la Ley contra la Violencia de Género quizá radique en no querer afrontar el tipo de sociedad y de relaciones que estamos promoviendo. Desprestigiadas la bondad de carácter y la simple educación, ¿quién puede poner ahora el cascabel al gato de la violencia social?

La formación de pusilánimes JAVIER MARÍAS

Revista EL PAIS SEMANAL 04/05/2008

Se me escapa el porqué, pero resulta evidente que cada vez interesa más crear una sociedad de pusilánimes12. Se ha hecho raro que la gente dirima sus diferencias sin recurrir a alguna instancia superior o árbitro conminatorio13: policía, jueces, comités, leyes, ordenanzas. Lo cual tiene, como primera consecuencia nefasta14, la obsesión por reglamentarlo todo, cuando no todo ha de estar sujeto a reglamentos. Es más, cada vez que cualquier aspecto de la vida “sufre” una normativa, o algo que no lo era es convertido en delito, se está renunciando a una parcela de libertad. Intereses encontrados, desacuerdos, antipatías personales, individuos con afán de dominación, persuasores e intrigantes en busca de su provecho, todo eso lo ha habido siempre, y cada cual ha bregado con ello como ha podido o sabido, sin necesidad de elevar una denuncia, de recurrir a la autoridad, de chivarse al jefe, de implicar a otros en sus problemas. La cuestión principal es esa: hoy casi nadie está dispuesto a enfrentarse con sus problemas ni a resolverlos por su cuenta, sino que casi todo el mundo espera que “alguien” se los quite de encima.

Hace ya bastantes años que en las Universidades de los Estados Unidos empezó a hablarse del “acoso sexual visual”, lo cual llevó a la mayoría de profesores a impartir sus lecciones con la mirada perdida en el techo o en el infinito, no fuera a ser que, si la fijaban en alguien –quienes hemos enseñado sabemos que a veces uno la fija en un alumno o alumna de manera casual e involuntaria, sin en realidad mirarlos ni verlos, simplemente como “personificación” momentánea de la clase entera–, ese alguien los denunciara por “persistentes ojos lujuriosos15” o algo por el estilo. Ahora leo que el “acoso” o “intimidación” laboral –que sin duda existe, sobre todo por parte de un superior a un inferior, pero apenas entre iguales: quiero decir que entre iguales no debería llamarse así– puede darse en cosas tan sutiles y nimias16 como eso, una mirada. “Imagínese”, dice el pusilánime Joel Neuman, […], “que está sentado a una mesa de reuniones. Usted hace una propuesta y alguien lo mira y niega con la cabeza todo el rato”. Oh, santo cielo, qué terrible, y qué piel tan fina tienen tanto el señor Neuman como, por lo visto, buena parte de los trabajadores americanos y, por extensión, mundiales. Se trata, una vez más, de infantilizarlo todo: “Ay, Fulanito me ha mirado mal y no ha asentido mientras yo hablaba, y eso me ha intimidado un huevo”. Por favor. “Puede hacer mucho daño que a uno lo desprecien constantemente delante de sus iguales”, agrega el muy cursi señor Neuman. […]

¡Tormentos y humillaciones! El mundo está lleno de personas timoratas17 y acomplejadas, que “sufren” por cualquier cosilla, esto es, por las cosas normales de la vida. Es algo corriente que uno caiga mal a unos y bien a otros, y que ambos grupos se lo hagan notar de alguna manera.[…]

No caemos bien a todo el mundo, y a algunas personas les resultamos insoportables. Lo que decimos u opinamos le puede parecer idiota a cualquiera, y está en su derecho de hacérnoslo saber, o de hacérnoslo ver como mínimo. Eso no supone que nos estén “acosando” o “intimidando”, por caridad. Sino que forma parte, tan sólo, de las circunstancias de la vida. Pero ya se ve que, con tanta pamema18, lo que hoy tiende a formarse son individuos tan débiles y sensibles que resulten incapacitados para lo único fundamental, es decir, para andar por esta vida.


Extraño (con móvil) en un tren EDUARDO SAN MARTÍN

ABC 30/12/2006


ERA alto, rubio, con escaso pelo. Vestía un terno azul oscuro y camisa azul claro, un aceptable contraste para quienes entienden la corrección en el vestir como un juego de equilibrios que sólo rompen, de vez en vez, con algún detalle de aparente iconoclasia19 adquirido, a precio de oro, en algún comercio especializado en heterodoxias20 cool para asimilados. Completaba su irreprochable indumentaria una discreta corbata cuyo nudo no ajustaba en el cuello de una camisa desabrochada en su último botón, eso sí con estudiado descuido. Y hablaba sin parar por el móvil.

Quienes, por solidaridad con los fumadores pasivos, hemos aceptado disciplinadamente una ley antitabaco que fulmina a los fumadores a cañonazos, tenemos derecho a exigir a nuestro superprotector Ministerio de Sanidad, o a quien competa, algún tipo de escudo que nos ampare frente a otra contaminación no menos insoportable. Me refiero a la que padecemos quienes nos vemos obligados a escuchar, absolutamente pasivos, las conversaciones por móvil de ciudadanos (¿) desaprensivos y gritones propensos a entablar un diálogo inalámbrico, casi siempre intrascendente y completamente prescindible, en cualquier lugar público. Y, con especial ensañamiento, en el interior de un vagón de tren.

Mi compañero de viaje era ambas cosas; desaprensivo y gritón, quiero decir. La existencia del vacío legal aludido, por muchas razones deplorable, me fue compensada en este caso, sin embargo, con la oportunidad de obtener de primera mano el retrato-robot de un género de individuos cuya tipología buscaba hacía tiempo.

Al cuarto «cariño» y al quinto «corazón» averigüé que a quien se dirigía por el móvil de última generación no era a su mujer, o lo que fuera, sino a su secretaria. A la que encomendaba una y otra vez, a grito limpio para que el resto de viajeros lo escucháramos, mil gestiones, todas ellas más importantes que la anterior. Eso sí, pidiéndole disculpas -«¿te importa, cariño?»- a cada nuevo encargo. La naturaleza de su trabajo -de servicios, también de última generación- nos fue dada a conocer a golpe de alaridos.

Sirven los aperitivos. Ordena un inocuo21 zumo de tomate y solicita comida de régimen. «¿La ha pedido con antelación?». «Por supuesto, mi secretaria lo hizo ayer». «Voy a comprobarlo, señor». Gesto desabrido. Pasa el carrito de los periódicos. Requiere un título. No hay. Le ofrecen otros cinco (El País, ABC, La Razón, Herald Tribune y Le Monde), más los deportivos. «¿Es que aquí sólo tienen periódicos del PSOE»? (¡¡¡) Finalmente, acepta dos de los abominables diarios socialistas que le han sido ofrecidos. Pasa páginas, no lee absolutamente nada. ¿Síndrome de abstinencia?

Llega la comida. Finalmente, no hay de régimen. Ya ni siquiera protesta. Disimula su indignación con nuevas llamadas a la secretaria. «Soy yo otra vez, corazón. Estarás diciendo «vaya pesado». Disculpa, cariño, pero se me había olvidado...». «¿Algo de beber?». La camarera interrumpe. Sobredosis de odio en la mirada. «Fanta de naranja». Sí, habíamos oído perfectamente. ¡Fanta de naranja! Picotea algo de los platos, no mucho, pero se bebe el fanta en un suspiro. Da otro repaso ciego a los periódicos socialistas, pero antes de concluir ese recorrido por la nada, avisan por megafonía de la inminencia del próximo destino. «¿Alguna cosa más?». La camarera, otra vez. «Sí, otro fanta de naranja». Lo engulle como en una mañana de resaca y sale disparado, con el móvil colgado de la oreja, hacia la plataforma.

Filtré todas esas imágenes mientras anunciaban mi estación. Y formulé una sospecha: quizá esa sea la única emoción fuerte que el hombre de azul experimenta cada día de una vida probablemente tan descafeinada como la comida que ordena; […] inyectarse en vena cada mañana, a través de las ondas, una poderosa ración de adrenalina antes de iniciar una nueva y tediosa jornada dirigiéndose a la educada (y conmiserativa22) sonrisa que le espera en la antesala de su despacho […].

El banquero bonachón

RAFAEL ARGULLOL

EL PAÍS 05/10/2008

Rafael Argullol es escritor.

Hace un par de años conocí en Londres a un tipo que trabajaba para uno de esos bancos norteamericanos que ahora salen tanto en los periódicos (el Freddie Mac, el Lehmann, el Fannie Mae o alguno similar cuyo nombre no recuerdo). Fue un encuentro fugaz y circunstancial dado que era el marido de una amiga de la infancia a la que no había visto en años y no he vuelto a ver desde entonces.

Me invitaron a cenar en su casa de Chelsea y durante la cena salió a relucir lo caro que era el alquiler de aquella vivienda de cinco niveles y jardín trasero aunque algo angosta23, como acostumbran a ser muchas casas londinenses en las que uno se pasa el tiempo subiendo y bajando escaleras. Mis anfitriones24 añoraban su casa de Park Avenue en Nueva York, una auténtica mansión idílica según deduje. De todos modos, Robert, o Bob, no pagaba el alquiler de su vivienda de Chelsea ya que éste iba a cargo del banco para el que trabajaba. La cifra era considerable: algo así como 10.000 libras esterlinas al mes.

Creo que fue a partir de esta cifra que surgieron de la boca de Robert -Bob más allá del Atlántico- muchas otras cifras. Al contrario de tantos banqueros reticentes25 a hablar de dinero, me dio la impresión de que él disfrutaba exponiendo números. […] Lo que le apasionaba verdaderamente era el juego que había tras las asombrosas cantidades que se podían ganar o perder en una sola operación. Cuando me habló de las cantidades obtenidas por su banco en el último ejercicio, y a las que él había contribuido esforzadamente, mi capacidad de calcular se vio desbordada por el mismo mecanismo con que nos desbordan los astrónomos al hablarnos de las distancias siderales: las cifras demasiado grandes acaban siendo una pura abstracción.

[…] Tras la cena […] me quedé charlando a solas con Robert en el jardincito trasero, acogiéndonos ambos al inusual clima cálido de aquella noche primaveral londinense. […]

Robert siguió hablando de cifras y operaciones. A mí me intrigaba, sin embargo, la naturaleza de sus negocios. Cierto que entendía que las cosas se compraban y vendían, fueran industrias, bancos, navieras o bosques amazónicos; asimismo no me costaba comprender que el entero mundo era la parcela que estaba en venta y en compra […] Lo intrigante de ese gran negocio no era el conjunto sino la particularidad. ¿Qué había detrás de esa monumental cascada de cifras que brotaba de la boca de mi interlocutor?

Le trasladé esta pregunta a Robert lo más educadamente que pude. Por primera vez en toda la velada me dio la impresión de que se quedaba sorprendido. Por sus ojos observé que no entendía el significado de mi pregunta. La repetí, con otras palabras. La situación no mejoró. Robert estaba azorado26 pero no por el contenido de mi interrogación sino simplemente porque no la entendía. El desconcierto le hacía mostrarse más desaliñado y, en medio del breve silencio, el grandullón Bob trataba torpemente de meter su camisa medio salida dentro del perímetro de un cinturón que le oprimía de manera ostensible27.

Para Robert, pienso, ya no era comprensible que alguien se interesara por el detalle que alteraba aquella magnífica globalidad de su juego. Posiblemente en los lejanos días de Liverpool, cuando estaba en los inicios de su carrera de depredador, aún estaba en condiciones de pensar en el individuo que quedaba afectado por el vértigo de los beneficios y de la codicia. No obstante, en este punto del juego, tal imagen era imposible. Bob, el padrazo Bob, con su aire inofensivo y bonachón, estaba completamente incapacitado para representar en su cerebro la tragedia individual de esos seres humanos a los que él arruinaba en gigantescas e insípidas compraventas con sólo mover una tecla. Es posible que cada mes dejara sin trabajo y sin futuro a miles de personas en esas operaciones que se convertían en un lienzo abstracto desde lo alto del rascacielos donde estaba su despacho londinense. El buen Robert era, quizá sinceramente, incapaz de intuir el mal que propagaba.

Así que acabamos la noche hablando de la época dorada del Liverpool y ya no volví a hacerle preguntas. Recientemente me ha llamado mi amiga, la mujer de Robert. Han regresado a Nueva York y a la mansión de Park Avenue. Me ha invitado a visitarles cuando quiera. Me ha dicho que su marido en la actualidad trabaja por su cuenta. Dejó el banco hace seis meses y le indemnizaron con cinco millones de dólares. "Uno de esos bancos que ahora se ha hundido, ya sabes". ¡El buenazo de Bob!
Ciencia demente

JUAN MANUEL DE PRADA

Revista XL SEMANAL Número: 1093. Del 5 al 11 de octubre de 2008

Un grupo de científicos americanos ha publicado un estudio en el que se afirma que los incendios forestales, en contra de lo que parece dictar el sentido común, pueden paliar28 los efectos del cambio climático. Según estos buenos señores, el humo que liberan tales incendios «reduce la cantidad de radiación solar que alcanza la superficie», contrarrestando «el calentamiento provocado por la acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero». La lectura de la noticia me ha producido una sensación mixta de estupor29 e hilaridad 30 no menor a la que me hubiese provocado leer que los médicos aconsejan a sus pacientes castrarse, para prevenir el cáncer de testículo. Pero estoy seguro de que, detrás de tan rocambolesca noticia, existe un concienzudo informe, elaborado tras años de minuciosísima investigación, plagado de datos que corroboran las conclusiones y de alambicados31 razonamientos que refuerzan con aplastante lógica tan desquiciada hipótesis.

Recuerdo que, cuando era niño, se impuso la idea –también fundada en estudios científicos– de que el aceite de girasol era benéfico para la salud, en oposición al perjudicial aceite de oliva; hoy la ciencia nos dice exactamente lo contrario. Y lo mismo podría predicarse de multitud de alimentos: en nuestros días, por ejemplo, se ha impuesto la creencia de que la leche de vaca y sus derivados son poco menos que veneno inyectado en vena; y cada día se urden en los laboratorios sucedáneos de leche, o leches reducidas a la radiografía, que suplen las aportaciones minerales de alimento tan básico. Los niños de generaciones anteriores a la actual crecimos con la convicción de que beber un vaso de leche era garantía de un crecimiento saludable; y en épocas de hambruna32, la leche llegó a ser el emblema de una utopía de estómagos satisfechos (el Plan Marshall, por ejemplo, incluyó entre sus productos estelares la leche en polvo y la mantequilla). Tal vez dentro de unos años, otro estudio científico vuelva a decirnos que sin leche no existe dieta equilibrada; y entonces volveremos a beber leche como si en ello nos fuera la vida. La ciencia parece dispuesta a demostrar esto y lo otro, siendo lo otro lo contrario; y mañana podrá sin empacho alguno desdecirse y demostrar que lo opuesto a lo contrario es lo cierto, en un tirabuzón enloquecido y sin fin.

Y todo ello bajo un manto de inapelable respetabilidad; si alguien osa poner en duda tan contradictorias conclusiones, de inmediato es tachado de retrógrado33 y medieval. […]

Cada año se conceden los premios IgNobel, a semejanza paródica de los Nobel, que distinguen las investigaciones más desquiciadas o inútiles, más descacharrantes o absurdas. No se trata de investigaciones perpetradas por discípulos descarriados de aquel doctor Franz de Copenhague que ilustraba las páginas del TBO, sino por científicos adscritos a universidades de rancio abolengo34. Más allá de su intención jocosa35, tales premios nos revelan que la ciencia, encumbrada en los altares del Progreso, empieza a parecerse peligrosamente a una sucursal de la locura. Y, ciertamente, si repasamos el elenco36 de investigaciones galardonadas con el IgNobel, podemos llegar a la conclusión de que la ciencia se está convirtiendo a velocidad de vértigo en un concurrido manicomio; pero si hacemos un seguimiento de la prensa de cada día y de las noticias de índole científica que acoge, nuestra impresión no es muy diferente. Es como si la ciencia, empeñada en satisfacer una demanda creciente que le asigna el papel de oráculo, hubiese entrado en una fase de cortocircuito neuronal; como si, sobrepasada por la promesa que nos hizo de desvelar hasta el más recóndito37 repliegue del universo, hubiese empezado a pegarse topetazos con una pared en la que no puede abrir brecha y, lejos de cejar en su loco empeño, estuviese dispuesta a descornarse, hasta convertir su fracaso en una suerte de orgullosa demencia. Que, por supuesto, se nos vende como sacrosanta cordura, aunque lo repudie38 nuestro sentido común.

Las palabras JULIO LLAMAZARES

EL PAÍS   20/01/2007




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad