Textos Introdutórios Obras Léon Denis o gênio Celta e o Mundo Invisível


Capítulo IX La religión de los celtas, el culto, los sacrificios, la idea de la muerte



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Capítulo IX

La religión de los celtas, el culto,
los sacrificios, la idea de la muerte


La obra de los druidas, cuyos puntos principales acabamos de describir, ya demuestra toda la extensión de su ciencia y de su erudición. Pero no es solo en su doctrina donde sopla poderosa la inspiración: es además en su religión, su culto que revela un sentido profundo del mundo invisible y de las cosas divinas. En ese punto de vista es preciso refutar las críticas y los errores bajo los cuales se ha querido enterrar el Druidismo.

Como informan los historiadores como A. Thierry, Henri Martin, Jean Raynaud, toda la grandeza del genio céltico se presenta en esa obra. En la base de la institución druídica se encuentran estos dos principios que se irradian sobre la sociedad gala, haciendo que funcionen todos sus engranajes: la igualdad y el derecho electoral.

Todo galo podía hacerse druida; el nacimiento no daba derecho alguno a ese título, porque la antigua Galia nunca conoció lo hereditario. Para adquirirlo, para obtener la iniciación, era preciso justificar los méritos personales, aparte de lentos y pacientes estudios, pues los celtas ponían la instrucción en primer lugar en la sociedad, y solo eso ya bastaría para alejar la acusación de barbarie que tan livianamente atribuyen a nuestros antepasados.

Las informaciones que damos sobre la organización del Druidismo provienen, en gran parte, de autores latinos y griegos, en número total de dieciocho, ya sean filósofos e historiadores, o bien geógrafos y poetas.

Aparte de César, de quien ya hemos hablado, citamos a Aristóteles y Cétion, Diógenes de Laertes, Posidonio, Cicerón,lvi en el año 44, Diodoro de Sicilia, año 30, Timógenes, en torno al año 14, en una Historia de la Galia, de la cual Ammien Marcellin nos dejó un extracto; Estrabón, en el año 20 d.C; Pomponius Mela, en el año 4º; Lucano, entre 60 y 64, Plinio, el naturalista, por el año 77; Tácito, por el año 96; Suetonio, a finales del siglo I; Díon Crisóstomo, a comienzos del siglo II. Nosotros concluiremos por las indicaciones de aquellos nuestros guías espirituales que vivieron en la época céltica.

El jefe de los druidas era elegido por toda la corporación e investido de un poder absoluto. Era él quien resolvía las divergencias entre las tribus turbulentas, agitadas, siempre dispuestas a recurrir a las armas. Estando por encima de las rivalidades de los clanes, esa institución representaba la verdadera unidad de la Galia. Toda la elite juvenil de la nación se agrupaba en torno a esos filósofos, ávida de recibir sus enseñanzas, impartidas lejos de las ciudades, en el interior de los recintos sagrados.

Los druidas no solo mantenían la justicia en las tribus, sino que además se pronunciaban sobre las causas graves, en una asamblea solemne que se reunía todos los años en el país de Chartres. Esa asamblea tenía al mismo tiempo un carácter político, y cada república gala le enviaba sus delegados.

El genio religioso de los celtas había establecido tres formas superpuestas de creencias y de culto según el grado de aptitud y de comprensión de los galos. El primero era el culto a los espíritus de los muertos, al alcance de todos y que todos practicaban, pues los videntes y médiums eran numerosos en esa época. Después venía el culto popular a los semidioses o espíritus protectores de las tribus, símbolos de las fuerzas de la naturaleza o de las facultades del espíritu; ese culto tenía sobre todo un carácter local. Finalmente estaba el culto al espíritu divino, fuente y creador de la vida universal, que domina y rige todas las cosas y cuyas obras son el principal objeto de los estudios y pesquisas de los druidas y de los iniciados.

En realidad, el politeísmo galo, que se condena como idolatría, no era más que la representación de los espíritus tutelares, guías, protectores de las familias y de las naciones, cuya existencia podemos constatar hoy día por los hechos y la intervención en los momentos necesarios. Lo mismo ocurrió en todas las religiones antiguas y en las creencias de los pueblos que situaban en la clase de los dioses a los espíritus de aquellos que se distinguían por sus méritos y sus virtudes. El pueblo tiene necesidad de creer en los intermediarios entre él y Dios infinito y eterno, que imagina muy alejado, aunque todos estemos inmersos en Él, según la palabra de San Pablo. En todos los países, varios seres simbólicos, concebidos por la imaginación de sus primeros hombres, son, bajo formas materiales, graciosas o terribles, la expresión viva de sus temores y de sus esperanzas.

Los druidas, decíamos, enseñaban la unidad de Dios. Los romanos, pervertidos en esas cuestiones, confundieron los personajes secundarios del cielo galo, las personificaciones simbólicas de las potencias naturales y morales, con sus propios dioses. El Panteón galo presenta más frescor y belleza que los dioses envejecidos del Olimpo. El Teutatés galo era una representación de las fuerzas superiores; Gwyon representaba la ciencia y las artes; Esus el símbolo de la vida y de la luz. Otros, como Hu-Kaddarn, jefe de la gran migración “kymris”, eran héroes glorificados. Sin embargo, en ese Panteón no se encontraban los dioses del mal, los ídolos de Egipto y de Roma. Allí no se veía a los dioses infames, un Júpiter adúltero, una Venus lasciva, un Mercurio corrompido. Tampoco se hallaba ese cortejo inmundo de los Bacos, los Príapos, es decir, los vicios endiosados. Se conocía tan solo la sabiduría, la virtud y la justicia. Y más alto, por encima de esas fuerzas intelectuales y morales, resplandecía el foco de donde emanan todas ellas, la potencia infinita y misteriosa que los druidas adoraban al pie de los monumentos de granito, en la soledad de los bosques. Ellos decían que aquel que ordenaba el inmenso Universo no podría permanecer sujeto entre las murallas de un templo, que el único culto digno de él debía cumplirse en los santuarios de la naturaleza, bajo las bóvedas sombrías de los grandes robles, a la orilla de los vastos océanos. Ellos afirmaban que Dios era demasiado grande para representarlo con imágenes, bajo formas modeladas por la mano del hombre. Por ello solo le consagraban monumentos de piedra bruta, diciendo que toda piedra tallada era una piedra mancillada.

Así, todos los símbolos religiosos de los druidas eran tomados prestados de la naturaleza virgen, libre. El roble era el árbol sagrado, su tronco colosal, sus pujantes ramas, representaban el emblema de la fuerza y de la vida. El muérdago, que era retirado con pompa, el muérdago siempre verde, aun cuando la naturaleza adormece, cuando los vegetales parecen muertos, era, a sus ojos, el emblema de la inmortalidad y, al mismo tiempo, un principio regenerador y curativo.

Esos ritos del Druidismo, ese culto sobrio y grande, ¿no tendrían algo de imponente? Las matas de roble, el muérdago renaciente sobre los troncos carcomidos, las grandes rocas erguidas, a la orilla del océano, eran, del mismo modo, símbolos de la eternidad de los tiempos y de lo infinito de los Espacios.

El Catolicismo parece haber tomado prestado del culto druídico lo que tiene de más noble y bello. Los pilares y las naves de las catedrales góticas son la imitación de los troncos esbeltos y las ramas de los gigantes de los bosques; el órgano, con sus sonidos, recuerda el susurro del viento en el follaje; el incienso es el vapor que se eleva de las llanuras y de los bosques al surgir los primeros rayos solares.

El Druidismo era el culto de lo inmutable, de lo que permanece, en una palabra, el culto de la naturaleza infinita, de esa naturaleza fecunda en cuyo seno todo espíritu recobra su vigor, se hace viril, vuelve a encontrar las fuerzas naturales.

Para nosotros, como para nuestros antepasados, los espectáculos que ofrece son las fuentes de meditación medicinales, de las enseñanzas con que se revela el Dios inmenso, eterno, al que los celtas adoraron, Dios, alma del mundo, “yo” consciente del Universo, foco supremo hacia el cual convergen todas las conexiones y de donde irradian, a través de los espacios sin límite y de los tiempos sin demarcaciones, todas las potencias morales: ¡el Amor, la Justicia, la Verdad y la Infinita Bondad!
* * *
Una sombra, no obstante, se tiende sobre el Druidismo. La Historia nos enseña que los sacrificios humanos se cumplían bajo los grandes robles, la sangre corría sobre las mesas de piedra. Quizá esté ahí el error capital, el lado imperfecto del culto, tan grande desde otros puntos de vista. No olvidemos, no obstante, que todas las religiones en su origen, todos los cultos primitivos, tenían el sacrificio de la sangre.

Todavía hoy, cada mañana y en todos los ambientes del mundo católico ¿no se derrama la sangre de Cristo sobre el altar, por la voz del sacerdote? En efecto, ante los ojos de los creyentes, esto no es una simple imagen, es el cuerpo y la sangre del gran crucificado lo que se ofrece. El dogma de la presencia real es, para ellos, absoluto. Si alguna duda subsiste en ciertos espíritus, meditemos en estas palabras de Bossuet:

“¿Por qué los cristianos ya no conocen el santo pavor de que eran tomados otrora ante el sacrificio? ¿Será que éste ha dejado de ser terrible? ¿Será que la sangre de nuestra víctima ya no corre, a no ser sobre el Calvario? lvii

Aparte del sacrificio sangriento de la misa, ¿es preciso además recordar los suplicios y las hogueras de la inquisición, todas esas inmolaciones que no son solamente atentados contra la vida, sino asimismo ultrajes a la conciencia?

Esos sacrificios ¿no son más odiosos que los que hacían los druidas, en los cuales solo figuraban criminales y víctimas voluntarias? Es preciso recordar que los druidas eran magistrados y ejecutores de la justicia. Los condenados a muerte, los asesinos, eran ofrecidos en holocaustos a aquel que era para ellos la fuente de la justicia.

Era un acto sagrado, y para hacerlo más solemne, para permitir al condenado reflexionar sobre sí mismo y prepararse para el arrepentimiento, ellos dejaban siempre un intervalo de cinco años entre la sentencia y la ejecución. Esas ceremonias expiatorias ¿no serían más dignas que las ejecuciones de nuestros días, en las cuales vemos un pueblo que pretende ser civilizado pasar las noches en torno a las guillotinas, atraído por el reclamo de un espectáculo horrible y de impresiones nocivas?

Los sacrificios voluntarios entre los galos también se revestían de cierto carácter religioso. Sus sentimientos profundos de inmortalidad hacían que nuestros antepasados se entregasen fácilmente. El hombre se ofrecía como una hostia viva por la familia, por la nación, por la salvación de todos. Pero todos esos sacrificios cayeron en desuso y se hicieron muy raros en el tiempo de Vercingétorix. En lugar de matar se contentaban con extraer algunas gotas de sangre de los fieles extendidos sobre la piedra de los dólmenes.
* * *

Una de las características de la filosofía céltica es la indiferencia ante la muerte. Desde ese punto de vista, la Galia era objeto de admiración para los pueblos paganos, que no poseían en el mismo grado la noción de la inmortalidad.

Nuestros antepasados, no temiendo a la muerte, seguros de vivir en la ultratumba, estaban libres de todo temor.

En ninguna creencia se encuentra un sentimiento tan intenso de lo invisible y de la solidaridad que une el mundo de los vivos al de los espíritus. Todos aquellos que dejaban la Tierra lo hacían cargados de mensajes destinados a los muertos. Diodoro de Sicilia nos dejó este pasaje precioso: “En los funerales, ellos depositaban las cartas escritas a los muertos por sus parientes, para que les fuesen transmitidas”. La comunicación entre los dos mundos era cosa común. Pomponius Mela, Valerio Máximo y todos los autores latinos que hemos citado dicen que entre los galos “se prestaba dinero para restituirlo en el otro mundo”.

Si, como en el ejemplo de nuestros ancestros, consideramos la muerte como un velo, una simple cortina que pende sobre el camino que recorremos, velo de gran efecto para nuestra mirada, que detiene, pero impotente para impedir nuestra marcha, que no para; si comprendemos que solo se trata de abandonar este cuerpo usado para encontrarnos en nuestro manto fluídico permanente, esa muerte, tan temible para aquellos que en ella ven el aniquilamiento, nada tendría de espantoso para nosotros.

Los druidas, decíamos, tenían un amplio conocimiento de la pluralidad de los mundos. Su fe en la inmortalidad les presentaba las almas, libertas de las ligaduras terrestres, recorriendo los espacios, reuniéndose con los amigos, los parientes que habían partido antes que ellas, visitando con ellos los archipiélagos estelares, las esferas innumerables donde florecen la vida, la luz y la felicidad.

¡Qué espectáculos, qué maravillas representan para nuestra vista esos mundos lejanos, qué variedad de sensaciones las que pueden recogerse de esos universos! Y esas almas prosiguen su viaje en la inmensidad, hasta que, sometidas a la ley eterna, retoman órganos nuevos, se establecen sobre uno de esos mundos para cooperar, a través del trabajo, en su propio adelanto, en su propio progreso. Ante esos horizontes inmensos, ¡cuán pequeña se queda nuestra Tierra! Y, ante tales perspectivas ¿se puede temer a la muerte?

Los galos no conocían, entonces, los infiernos siniestros ni los paraísos de inmovilidad. Las vidas de ultratumba estaban, para ellos, repletas de actividad, fecundadas por una faena constante, vidas en que la personalidad y la libertad del ser se desarrollaban y se perfeccionaban incesantemente.

Esto es lo que dice Lucano a los druidas, en el primer canto de La Farsalia:

“Para vosotros, las sombras no están enterradas en los reinos sombríos de Plutón, sino que el alma vuela para animar a otros miembros en mundos nuevos. La muerte no es más que la mitad de una larga vida. Felices los pueblos que no conocen el temor a la muerte. De ahí su heroísmo en el seno de las disputas sangrientas, su desprecio por la muerte.”

Horacio definía a la Galia en estos términos: La región donde no se sufre el terror de la muerte.

¿No habría un contraste chocante entre esta creencia varonil y poderosa y la idea de la eternidad de los suplicios, o de aquella no menos importuna, del aniquilamiento absoluto? La fe en la sobrevivencia era la esencia del Druidismo, y de este punto de vista resultaba un orden político y social fundado en los principios de igualdad, de libertad moral.

Esa misma fe inspiraba también las prácticas, las ceremonias fúnebres, tan diferentes de las nuestras. Nosotros, los modernos, tenemos hacia nuestro cuerpo una complacencia infinita; los galos consideraban a los cadáveres como herramientas rotas, se apresuraban a darles fin. Frecuentemente quemaban los cuerpos, recogiendo las cenizas en urnas. ¡Nosotros hemos extendido nuestra credulidad hasta creer, con el Catolicismo, que nuestra alma está ligada a esos residuos y que un día resucitará con ellos!

Pero el tiempo se burla de nuestra ceguera y ya sean nuestros restos enterrados bajo mármol o bajo piedra, siempre llega la hora en que ellos, polvo, retornan al polvo, y sus átomos son dispersados por la ley cíclica.

Un día, no muy lejano, cuando estemos más esclarecidos sobre nuestros destinos, ya no seremos capaces de soportar más ese aparato y esos cantos lúgubres, todas esas manifestaciones de un culto que responde tan poco a la realidad de las cosas.

Persuadidos como nuestros antepasados de la idea de que nuestra vida es infinita, de que ella se renueva incesantemente en diversos medios, veremos en la muerte tan solo una transformación necesaria, una de las fases de la existencia del progreso.

De los galos nos viene la conmemoración de los muertos, esa fiesta del día dos de noviembre que caracteriza a nuestro pueblo entre todos. Solo que, en vez de conmemorarla como nosotros, en los cementerios, entre tumbas, era en el hogar donde ellos celebraban el recuerdo de los amigos alejados, pero no perdidos, donde evocaban la memoria de los espíritus amados que algunas veces se manifestaban por medio de las druidesas y de los bardos inspirados.

Henri Martin, en su Histoire de France, volumen I, página 71, así se expresa:

“Todo lo que se relaciona con la doctrina de la muerte y del renacimiento periódico en el mundo y de todos los seres parece estar concentrado en la creencia y en los ritos del primero de noviembre.

Noche llena de misterios que el Druidismo legó al Cristianismo, que el toque de finados anuncia todavía hoy, a todos los pueblos católicos olvidados de los orígenes de esta antigua conmemoración. Cada una de las grandes regiones del mundo galo-kímrico tenía un centro o ambiente sagrado a cuya jurisdicción correspondían todas las partes del territorio confederado. En ese centro ardía un fuego perpetuo que era llamado “fuego-padre”.

La noche del primero de noviembre, según las tradiciones irlandesas, los druidas se reunían en torno al “fuego-padre”, guardado por un pontífice forjador, y lo extinguían. A esta señal, poco a poco, se apagaban todos los fuegos; por todas partes reinaba un silencio de muerte, la naturaleza entera parecía estar inmersa en una noche primitiva. De repente, el fuego brillaba nuevamente sobre la montaña santa y gritos de alegría estallaban por todas partes. La llama cedida por el “fuego-padre” corría de foco en foco, de una punta a otra, y reanimaba la vida en todas partes.”
* * *
A la cuestión del culto de los muertos entre los celtas está ligado el recuerdo de Carnac con sus monumentos megalíticos.

Todos los celtistas conocen esta inmensa necrópolis, que se extendía a lo largo de muchas leguas, desde Locmariaquer hasta Erdeven. Los menhires en alineación, hoy en parte destruidos, contaban con miles de piedras erectas, aún en la Edad Media. En esas largas filas sombrías ¿debemos ver otros tantos monumentos funerarios? Cabe la duda, porque, en las excavaciones practicadas al pie de los menhires solo raramente se han encontrado fósiles humanos. El espíritu de Allan Kardec nos asegura que, excavando más profundamente, se hubieran encontrado más osamentas. Las grutas sepulcrales de Locmariaquer, los dólmenes de Erdeven y de otros lugares, no dejan lugar a dudas en cuanto al destino de ese vasto campo fúnebre. Los menhires constituían los túmulos de jefes políticos o religiosos, mientras que las grutas y los dólmenes recibían los restos mortales de personajes menos elevados en el orden social.

En su Histoire de la Gaule, Camille Jullian escribió que los cortejos fúnebres que se dirigían a esa región eran provenientes de varios puntos de la Galia.

¿Cuál era, entonces, el pensamiento-guía que agrupaba a todos esos muertos en el punto extremo del continente? Muchos escritores han intentado descubrirlo, sin lograrlo. Con todo, la explicación parece ser la siguiente:

Ante los horizontes infinitos del mar y del cielo, según se creía entonces, era más fácil el vuelo de las almas hacia esos mundos que brillan en el más allá, en el seno de las noches, o hacia los lugares donde se hace sombra, durante el atardecer, en las brumas del poniente. Esas playas barridas por el oleaje, esas fronteras de una vastedad desconocida tenían, para nuestros antepasados, un carácter misterioso y sagrado.

Camille Jullien y otros historiadores atribuyen los monumentos megalíticos a pueblos anteriores a los celtas y en particular a los ligures, pueblo meridional de cabellos castaños y pequeña estatura. Ahora bien, esos escritores olvidan que tales monumentos se elevan en todo el occidente de Europa, incluso en las Islas Orcadas y Shetland, situadas en la punta extrema de Escocia, en las brumas del mar del Norte. Pueden contarse 145 monumentos en todo el archipiélago. El grupo de piedras de Stonehenge, en Cambria, Inglaterra, comprenden 144 piedras enhiestas, formando un conjunto que parece ser complemento de las alineaciones de Carnac (Francia).

También podemos señalar el “túmulo de Taliesin”, situado en la base del macizo de Plynlimmon, rodeado por dos círculos de piedras, y el gran dolmen de la península de Gower, en el País de Gales. En la entrada de Clyde todos los picos están rodeados de megalitos. Mencionamos además los monumentos de Escocia llamados “Casa de los Pictos”; y en Irlanda, en Donegal, 67 piedras erguidas formando un grupo comparable al de Stonehenge.

En esos sepulcros – dólmenes, grutas funerarias y tumbas prehistóricas de todas las dimensiones – se encuentran objetos diversos mezclados con restos humanos calcinados o con esqueletos enteros. Son sílices en bruto o pulidos, urnas, armas e incluso hoces de oro que servían para el culto. Esos objetos pertenecían, por lo tanto, a todas las épocas, desde las más remotas eras: paleolíticas, neolíticas, edades del bronce y del hierro. Hay que atribuir entonces esos vestigios a los celtas, y no a los ligures o pelasgos, pueblos poco conocidos, de los cuales se ignora la lengua e incluso la localización exacta.

Creer que esos monumentos puedan ser obra suya sería pretender que los galos, tan laboriosos e ingeniosos en otras materias, no han dejado rastro alguno en el país que habitaron durante siglos.

Los megalitos no consisten únicamente en sepulcros, sino también en monumentos consagrados al culto. Los más importantes son los “crómlechs” o círculos de piedras, en cuyo centro se yergue por lo regular un gran menhir. Algunos son dobles y triples y representan, entonces, los tres círculos de la vida universal, según las indicaciones de las Tríadas. En esos lugares se practicaban los ritos divinos y se evocaba a las almas de los muertos.

De entre esas piedras, algunas representaban el mismo papel que el de las mesas hablantes de nuestros días y respondían, por sus movimientos, a las cuestiones de los asistentes. Así, el Manuel pour servir a l’étude de l’antiquité celtique, en su página 253, cita la piedra hablante “cloch labhrais”, que daba respuestas, como la “lech lavar” de los galos.

Añadimos, de memoria, que los autores antiguos atribuían a los druidas una potente magia, completamente olvidada actualmente, y de la cual solo se hallan vestigios en las prácticas del hipnotismo, del magnetismo y del faquirismo. Plinio denominaba “Magi” a los druidas, nombre que constantemente les es dado en los textos latinos e irlandeses, afirma D. Gougaud, benedictino inglés, en su libro Les Chrétientés Celtiques.lviii

Según ese autor, los druidas tenían los siguientes poderes: “condensaciones de neblina, precipitaciones atmosféricas, tormentas sobre el mar y sobre la tierra, etc.” Añade que “el druida Fraechan Mac Tenuisain protegía a la armada del rey de Irlanda, Diarmait Mac Cerbaill contra el enemigo, por medio de una barrera mágica (airbe druad) que él trazó delante de ella. Todos aquellos que atravesaban esa muralla fluídica quedaban heridos de muerte. Todos los viejos textos irlandeses están repletos de hechos semejantes.”

Casi siempre los círculos de piedras de que hemos hablado estaban dispuestos en los claros de los bosques, porque, en materia religiosa, el bosque siempre guarda para los celtas su prestigio augusto y sagrado.

En la época de los druidas la naturaleza aún no estaba alterada por la influencia nociva, por la corriente destructora de las pasiones. Ella era como el gran médium, el intermediario poderoso entre el Cielo y la Tierra. Los druidas, bajo la bóveda de los árboles seculares, cuyas altas copas eran como antenas que atraían las radiaciones del espacio, recibían más fácilmente las intuiciones, las inspiraciones, las enseñanzas de lo alto. Aún hoy, a pesar de tantas destrucciones como ha sufrido, ¿no nos causa el bosque una impresión medicinal y reconfortante por sus efluvios, una suerte de dilatación del alma? Eso, al menos, es lo que yo he experimentado tantas veces.

Ciertas personas, privadas de facultades mediúmnicas, me preguntan cómo hacer para entrar en relación con lo invisible. Sobre ello respondo: “Alejaos del ruido de las ciudades, adentraos en un bosque, pues en la soledad de los grandes bosques es donde se juzga mejor la vanidad de las cosas humanas y la locura de las pasiones. En esos momentos de recogimiento, parece establecerse un diálogo interior entre el alma humana y las potencias del más allá. Todas las voces de la naturaleza se unen, los murmullos que al oído atento susurran la Tierra y el espacio, todo nos habla de las cosas divinas, nos esclarece con consejos de sabiduría y nos enseña el deber. Eso es lo que decía Juana de Arco a sus interrogadores de Rouen, que le preguntaban si ella oía siempre sus voces: “El ruido de las prisiones me impide percibirlas, pero si me llevan a cualquier bosque yo las oiré bien.”

Lo mismo ocurre con la ciencia de los mundos; es una fuente incomparable de elevación, porque ella nos revela todo el genio del Creador. En el interior de los recintos sagrados, los druidas se dedicaban a observaciones cuidadosas y para ese objetivo poseían medios que provocaban la admiración de los antiguos.

Es un hecho que el desfile imponente de los astros, durante las noches claras de invierno, se convierte en uno de los espectáculos más impresionantes que el alma humana puede apreciar. Una paz serena desciende del espacio, parece que se está en un inmenso templo, el pensamiento, entonces, se eleva en un impulso más rápido hasta esas regiones superiores e interroga a esos miles de mundos cuyas sutiles radiaciones parecen responder a sus llamamientos.

La aplicación de las fuerzas radiantes a los usos terrestres permite creer que una transmisión, incluso física, no sería imposible a través de los abismos del espacio.

Los caminos del destino que se nos abren, nos ligan estrechamente a ese espléndido Universo, del cual somos, como espíritus, un elemento imperecedero; su futuro es el nuestro, nosotros continuamos con él y en él está nuestra evolución, nosotros formaremos parte de su obra, de su vida, de modo siempre creciente.



Capítulo X

Consideraciones políticas y sociales.
El papel de la mujer. La influencia céltica.
Las artes. Libertad y libre albedrío


Al comienzo de esta obra hemos esbozado, por alto, la organización de la Galia. Hemos subrayado las usurpaciones de la aristocracia, la división de los jefes, la rivalidad de las tribus, las diversas causas que la llevaron a la pérdida de su independencia.

Los druidas, como hemos descrito, vivían distantes de las ciudades ruidosas, en los santuarios de la naturaleza, y por eso mismo tenían más facilidad para entrar en relación con el mundo oculto y de él recibir inspiraciones. Ese hecho es lo que les hacía decir que no son las cosas visibles lo que nos conduce, sino preferentemente las cosas invisibles. A eso se debe que ellos investigasen sobre lo invisible y que a veces se alejasen del mundo real y de las contingencias humanas.

Su influencia no siempre era suficiente para reprimir la impetuosidad de las pasiones reinantes en esa raza gala, joven, ardiente, sin experiencia, arrebatada por el exceso de su vitalidad.

La libertad y el derecho electoral eran, por tanto, las propias bases del orden social, pero los jefes electos estaban rodeados por un grupo de hombres armados, caballeros, escuderos, vinculados a la suerte de aquellos y que morían también, caso sus caudillos fuesen muertos. Gracias a esa fuerza la aristocracia desempeñaba una autoridad que degeneraba, a veces, en opresión sobre las clases populares. Hemos visto antes como la discordia y la indisciplina provocaron la caída de la Galia, y no volveremos a esa cuestión. Resta ahora que hablemos sobre la mujer y su papel social, que era grande.

La mujer era objeto de honor y respeto entre los galos; considerada como igual al hombre, ella podía elegir esposo y disfrutaba de la mitad de los bienes en común. La educación de los niños le estaba confiada hasta que alcanzasen la edad militar. A veces, encargada de funciones oficiales, la mujer trabajaba en la diplomacia y lograba resolver problemas arduos, controlar conflictos graves, como relata la Historia con destaque.

Su castidad igualaba a su coraje; también se sabe que las mujeres galas no vacilaron en morir, tras la derrota de los “kymris” en Pourrières, a fin de no caer en manos de los soldados de Mario y convertirse en víctimas de sus excesos.

Pero lo que daba la real medida del respeto que rodeaba a la mujer en la Galia era la parte que le estaba reservada en el sacerdocio. Las druidesas realizaban oráculos y presidían las ceremonias del culto. Mientras que otra religión, mediante el dogma del pecado original, denigró a la mujer durante siglos, haciéndola responsable por la decadencia del género humano, los druidas veían en ella sus dones adivinatorios y la hacían intérprete natural del mundo dos espíritus.lix

En las islas del océano (Atlántico) había varios santuarios donde se practicaba la evocación de los muertos.

Han sido necesarios largos siglos para rehabilitar a la mujer y devolverle su papel predestinado; Juana de Arco y otras muchas ilustres inspiradas fueron llevadas a la hoguera por haber recibido los dones del cielo. Al espiritualismo moderno ha correspondido reconocer las facultades psíquicas de la mujer y, pese a ciertos abusos inherentes a las cosas humanas, la misión que ella ha podido llevar a cabo en la parte experimental y en las revelaciones del mundo invisible.
* * *

Sería pueril restringir la influencia céltica a los límites de los territorios habitados por los hombres de esa raza. La cuestión de las fronteras aquí no interesa, puesto que se trata de la irradiación de un gran pensamiento a través del mundo bajo formas diversas, de una colaboración eficiente a la obra general de la civilización y del progreso.

Ante todo, es una doctrina poderosa, susceptible de regenerar toda la Filosofía, resolviendo los difíciles problemas de la vida y de la muerte y abriendo para el alma las perspectivas de un futuro sin límites. Pero el genio céltico se manifiesta también en formas del arte, sobre todo en la poesía y en la música. En este último campo, los extranjeros, principalmente los alemanes, le han tomado numerosos préstamos, como estableció el Sr. Le Goffic.

La música gala expresa un sentimiento profundo de la naturaleza. Está marcada por una melancolía penetrante que le da cierta originalidad, cierto sabor particular. En cuanto a la poesía, ha de consultarse la voluminosa obra del Sr. H. de la Villemarqué,lx para certificarnos de su riqueza y variedad. Actualmente surge más allá de la Mancha un florecimiento del arte céltico, que tiene sus repercusiones en el continente.

En la poesía, los galeses pueden haber sido los inventores de la rima, si se toman por base los testimonios irlandeses. Sus cantos de guerra y de amor están marcados por una grandeza varonil.

Bosc y Bonnemère, en su Histoire des Gaulois, enumeran las obras teatrales y líricas que deben serles atribuidas. Sus cerámicas, sus armas, sus bisuterías, constituyen un arte real. La prueba de ello se ha verificado en los resultados de las excavaciones y pesquisas llevadas a cabo en los dólmenes y túmulos funerarios, que han revelado gran número de objetos de trabajo delicado.

Cuando se quiera verificar la participación del Celtismo en todo lo que ha ilustrado a Inglaterra, tanto en el dominio del pensamiento como en el de la aplicación, se comprobará, con sorpresa, la importancia de las contribuciones provenientes de esa parte. Entre los ingleses célebres, han sido muchos los influenciados. Se asegura que uno de sus mayores genios, Shakespeare, estaba fuertemente impregnado por el Celtismo, habiendo nacido y vivido largo tiempo en Stratford on Avon, es decir, en los confines de la Cambria (País de Gales).

Si, a pesar de todas las opresiones y de las persecuciones sufridas, el genio céltico ha podido expandirse en tantas obras importantes y graciosas, ¿qué no habrá que esperar de él cuando, habiendo recuperado su plena independencia, pueda dar libre impulso a sus esperanzas y sueños?

La mayor gloria del Celtismo será, tras haber guardado silenciosamente durante siglos el contacto con el mundo invisible, la de revelar a nuestras ciudades decadentes la existencia de ese inmenso depósito de fuerza y de vida que nos rodea, y los medios de abrevar en él con sabiduría y ponderación. ¡Pues solo haciendo comunes los recursos y las potencias de los dos mundos, el visible y el invisible, se abrirá una nueva era, y una civilización superior y más bella brillará para la humanidad!
* * *

Nuestros antepasados, decíamos, hicieron del principio de la libertad la base de sus instituciones sociales y, al mismo tiempo, la coronación de su filosofía, visto que la libertad social ocasiona, lógicamente, la libertad moral, la del alma en la Tierra y en el espacio. Aquí aparece la cuestión tan controvertida de la libertad y del libre albedrío, dos palabras para una misma idea, porque el libre albedrío es la aplicación individual del principio de libertad.

La libertad es la condición esencial del desarrollo, del progreso y de la evolución del hombre. La ley de evolución, dejándonos el cuidado de edificar, a través de los tiempos, nuestra personalidad, nuestra conciencia y, por tanto, nuestro destino, debe proporcionarnos los medios para ello, asegurándonos el ejercicio de nuestra libertad de elección entre el bien y el mal, visto que los méritos adquiridos constituyen el precio de nuestra elevación.

Lo mismo ocurre en cuanto a las consecuencias del los actos, el encadenamiento de las causas y de los efectos que recaen sobre nosotros. De ahí nuestra responsabilidad, inseparable de nuestro libre albedrío, sin el cual el ser no sería más que un juguete, una especie de marioneta en manos de una potencia externa, y por consiguiente, un ser desprovisto de originalidad y sin grandeza.

Teniendo en vista la inmensa trayectoria que el alma debe realizar a través del tiempo y del espacio, ella ha de estar en posesión del libre ejercicio de sus facultades, la entera disposición de las energías que Dios ha puesto en ella, con los medios para desarrollarlas. ¿Qué confianza podríamos tener en el futuro, si nos sentimos juguetes ciegos de una fuerza desconocida, sin voluntad, sin energía moral?

He aquí por qué los druidas afirmaban el principio de la libertad desde la primera Tríada y, más explícitamente, en las Tríadas 22, 23 y 24:

22 – Tres primeras cosas simultáneamente creadas: el hombre, la libertad, la luz.

23 – Tres necesidades del hombre: sufrir, renovarse (progresar), elegir.

24 – Tres alternativas del hombre: “Abred” y “Gwynfyd”, necesidad y libertad, mal y bien, estando todas cosas en equilibrio y teniendo el hombre el poder de ligarse a una o a otra, según su voluntad.

Van a objetarme, sin duda, la diferencia que entre los hombres hay en las facultades, las voluntades, los caracteres, la fuerza moral de unos y la flaqueza de otros. De cara a un acto desleal, pero ventajoso, o ante la seducción de las pasiones, un hombre podrá dejarse seducir, mientras que otro permanecerá firme, inconmovible. ¿Cómo medir la parte de la libertad atribuida a cada uno, cómo conciliar el problema del libre albedrío con las teorías del determinismo?

En esto, como en todo aquello que se relaciona con la naturaleza íntima del ser, es preciso elevarse por encima de los estrechos horizontes de la vida presente y considerar las enormes perspectivas de la evolución del alma. Es lo que supieron hacer los druidas mediante su doctrina, y lo que, a ejemplo suyo, repiten los espiritualistas modernos, por lo menos los de la escuela de Allan Kardec.

El círculo estrecho de los conocimientos, la exigüidad de nuestro campo de observación, la ignorancia general de los orígenes y de los fines son obstáculos para la solución de los grandes problemas. Es preciso, para resolverlos, elevarse bien alto mediante el pensamiento y considerar el conjunto de las vidas del alma, su lenta ascensión a través de los siglos; entonces, todo aquello que parecía confuso, oscuro, inexplicable, se esclarece, se dilucida.

Comprendemos cómo nuestra personalidad se engrandece, poco a poco, por las relaciones sucesivas de nuestras vidas, cómo la experiencia y el juicio se desarrollan, y cómo nuestra libertad se afianza, cada vez más, a medida que nuestra evolución se acentúa y que tomamos parte más íntimamente en la comunión universal.

Al comienzo de su inmensa trayectoria, el ser ignorante, sin experiencia, es sometido firmemente a las leyes universales que comprimen y limitan su acción. Es el período inferior. Pero a medida en que se va elevando en la escala de los mundos, su libre albedrío adquiere una amplitud siempre mayor, hasta que, habiendo alcanzado las alturas celestes, su pensamiento, su voluntad y sus vibraciones fluídicas se encuentran en armonía perfecta, es decir, en sincronía con el pensamiento y la voluntad divina; su libre albedrío es definitivo, porque él ya no puede fallar.

A los que exigen axiomas o fórmulas científicas, se les puede decir: el libre albedrío está, para cada uno de nosotros, en relación directa con las perfecciones conquistadas; el determinismo está en razón inversa con el progreso de la evolución.

Se nos presenta como oposición la previsión del futuro entre ciertas personas. Buceando profundamente en las causas del pasado, es posible deducir su porvenir y predecir los acontecimientos futuros en la medida en que éstos son la resultante lógica de los actos libremente cumplidos, el fajo de los acontecimientos anteriores que se despliegan, a través de los tiempos, en su orden lógico e implacable. Ahora bien, la reconstitución del pasado puede ser obtenida en los fenómenos de exteriorización,lxi y asimismo en las revelaciones de los espíritus que sean lo bastante evolucionados para reencontrar, en la memoria subconsciente de los pacientes, la secuencia de sus vidas anteriores.

Así es como el espiritualismo experimental nos demuestra, por hechos, la existencia del libre albedrío y nos proporciona la prueba de que, sobre ese punto como en tantos otros, nuestros antepasados no se equivocaban.

Con todo, es preciso reconocer que, ocupando nuestro planeta un grado poco elevado en la escala de la evolución, el ser humano – aunque disfrutando de una parte de libertad suficiente para acarrearle la responsabilidad por sus actos – no sabría hacer uso de un libre albedrío absoluto. Esto es lo que los druidas definieron en estos términos, desde la primera Tríada, haciendo figurar entre las tres unidades primitivas: “Un punto de libertad, donde se equilibran todas las oposiciones.”

Esta fórmula expresa la acción de las leyes universales que comprimen y restringen nuestros medios de acción. Ningún ser está abandonado a sí mismo; la influencia providencial actúa sobre él de dos maneras: por la conciencia nos comunica las inspiraciones, las intuiciones necesarias, que son tanto más claras y precisas cuanto más aptos estemos para recibirlas por la orientación de nuestro pensamiento y de nuestra vida; a continuación, por la acción de los invisibles, que se extiende sobre nosotros, a veces intensamente, para que se pueda decir que son los muertos quienes gobiernan a los vivos.

Cada uno de nosotros pertenece a un grupo espiritual, una familia de almas en la cual todos los miembros son solidarios y evolucionan en común. Todos esos espíritus, encarnados o desencarnados, desempeñan, los unos para con los otros, alternativamente, la función de protectores o de protegidos. Los que permanecen en el espacio ayudan, inspiran, sostienen a aquellos que viven y sufren en la Tierra. Si los hombres supiesen cuánta asistencia les viene de lo Alto y qué dulce solicitud los envuelve, tendrían más seguridad, más confianza en la ley superior de justicia y de armonía que rige los seres y los mundos. Prestarían más atención a las sugerencias benéficas de que son objeto, en vez de permanecer insensibles e indiferentes ante ellas, por efecto de una libertad mal empleada. Esas sugerencias han sido tales que se puede afirmar que, por medio de nuestra conciencia, entramos en contacto con las cosas divinas.

Cada grupo de almas está dirigido e inspirado por uno o más espíritus eminentes cuyos méritos los han hecho llegar a las alturas celestes, al círculo de “Gwynfyd”, desde donde la irradiación de su sabiduría y experiencia se extiende, a través de las distancias, hasta los miembros de su familia aún atrasados en los mundos de la materia.

En otra parte describimos, según las lecciones de nuestros guías, las condiciones de la vida celeste, las grandes tareas y las nobles misiones que ella comporta, el incremento gradual de las percepciones y sensaciones, la participación siempre más intensa en la obra eterna de poder y de belleza que es el Universo y las felicidades obtenidas al precio de numerosas existencias de trabajo, de estudio y de pruebas.

Dios, dicen las Tríadas, atribuye a cada alma nueva el “Awen”, parcela de genio que ella está llamada a desarrollar en la secuencia de los tiempos, de modo a transformar, poco a poco, ese destello primitivo en un foco radiante que dote al espíritu de una luz imperecedera.

Tercera Parte

El mundo invisible

Capítulo XI

La experimentación espírita


Hemos visto que los druidas solo concedían la iniciación a discípulos selectos, sometidos a una preparación intelectual y moral prolongada. Según afirmaciones de autores antiguos, esos estudios podían durar muchos años y comportar el conocimiento de veinte mil versos. Realmente, el verso, por su ritmo, se retiene más fácilmente en la memoria, no se altera ni se deforma como la prosa, y conserva durante más tiempo su sentido exacto, su primera originalidad.

Por tanto, solo tras una larga y paciente preparación podían los discípulos ser admitidos a participar en los ritos sagrados, que eran verdaderamente la comunicación con los espíritus superiores y la práctica de sus enseñanzas. Éstas eran transmitidas al pueblo bajo una forma más concreta y a veces metafórica, siempre aceptada con respeto, pues el druida era objeto de una gran veneración.

Hoy es bastante diferente: los recién llegados, sin preparación, sin estudios, sin cuidados, creen poder entrar en relación con los seres invisibles que los rodean. No se teme aventurarse sin guía ni brújula en el océano de fuerzas y de vida en que estamos inmersos. Se ignora en demasía que una multitud de espíritus inferiores rodea el ambiente terrestre, al cual están ligados por sus fluidos materiales. Ellos son quienes contestan, de mejor grado, a las solicitudes de los hombres con fines de pasatiempo, y muy poco se puede esperar de ese ambiente donde reinan las más diversas influencias, a veces malas, como las muy conocidas de los mistificadores y obsesores. Y de ahí el descrédito que recae, en ciertos casos, sobre las prácticas desprovistas de regla, método y seriedad.

No se debe permanecer indiferente, sin duda, a las apelaciones misteriosas, a los ruidos, a los golpes que se oyen por la noche en nuestras viviendas, que parecen ser promesas de asistencia, de protección, a veces muy necesarias. Sí debemos prestarnos a invitaciones de ese género, ya que pueden provenir de amigos invisibles que nos piden socorro, o anunciar consejos, revelaciones, enseñanzas preciosas en los tiempos de probaciones que vivimos. Pero tan pronto como encontremos un medio de comunicación que se adapte a nuestras posibilidades psíquicas, no debemos vacilar en exigir a los que se nos manifiestan las pruebas formales de identidad, y hacer uso en todas nuestras relaciones con el más allá del riguroso espíritu de control y escrupuloso examen, que no deja lugar alguno a las trapacerías de los espíritus livianos.lxii Los espíritas mantienen una idea regeneradora, bella y fecunda, que no deben dejar ocultar ni depreciar bajo la acusación de credulidad que les es atribuida. Las verdades superiores no se adquieren sin dificultad. Solo mediante nuestros esfuerzos repetidos para librarnos de las incertidumbres, de las tinieblas, se levantan los velos de la materia y se abren las salidas hacia la vida espiritual, ¡la vida infinita!

El Espiritismo, tras 75 años de experimentación y de trabajos, se ha vuelto fuente de luz y de enseñanzas. Su doctrina resulta de mensajes espirituales obtenidos por todos los procedimientos mediúmnicos, en todos los países y se completan, se controlan unas a otras. Hasta el momento, las religiones y las filosofías solo presentaban simples hipótesis sobre las condiciones de vida en el Más Allá. Actualmente, los que allí viven describen por sí mismos esa vida, y nos hablan de las leyes de la reencarnación. En efecto, con algunas excepciones señaladas entre los anglosajones, cuyo número disminuye día a día, hay una cantidad enorme de documentos, de testimonios concordantes, recogidos desde América del Sur a las Indias y el Japón, a favor de la reencarnación.

Ya no es, como en el pasado, un pensador aislado o incluso un grupo de pensadores, que vienen a mostrar a la humanidad el camino que consideran verdadero; es el mundo invisible, todo él, que se agita y se esfuerza para sacar el pensamiento humano de sus rutinas, de sus errores, y para revelarle, como en los tiempos de los druidas, la ley divina de la evolución. Son nuestros propios familiares y amigos muertos quienes nos exponen su situación, buena o mala, consecuencia de sus actos, durante sesiones ricas en pruebas de identidad.

Se censura siempre a los espíritas por dar más importancia a la teoría que a la práctica experimental. En el Congreso Oficial de Psicología de 1900, un sabio nos objetaba: “El Espiritismo no es una ciencia, es una doctrina”. Ciertamente, la consideramos siempre como la base, el fundamento del Espiritismo.

Sabemos que la ciencia ve en la experimentación el medio más seguro para llegar al conocimiento de las causas y de las leyes, pero éstas permanecen obscuras, inaccesibles en muchos casos, sin una teoría que las esclarezca y precise. Cuántos investigadores han quedado desorientados en el enmarañado de los hechos, perdidos en el laberinto de los fenómenos, y han acabado por desanimarse y renunciar a toda pesquisa, debido a la falta de un fundamento general que religase y explicase esos hechos. El eminente Charles Richet, tras haber llevado a cabo experimentos durante toda su vida, registró los resultados de sus pesquisas en un gran volumen (Tratado de Metapsíquica), sin haber logrado obtener una conclusión.

¿Sería posible llegar, mediante el estudio de lo infinitamente pequeño, a una concepción general del Universo? ¿Sería posible, mediante manipulaciones de laboratorio, alcanzar la comprensión de la unidad de la sustancia? Si Newton no tuviese la idea previa de la gravitación, ¿habría dado alguna importancia a la caída de la manzana? Si Galileo no tuviese la intuición del movimiento de la Tierra, ¿habría prestado atención a las oscilaciones del candelabro de bronce de la catedral de Pisa? La teoría nos parece inseparable de la experimentación, incluso debe precederla, a fin de guiar al observador, a quien el experimento servirá de control.

¡Se nos censura por haber llegado a conclusiones de modo muy apresurado! Pues bien, he aquí fenómenos que se producen desde los primeros siglos de la Historia. ¡Han sido comprobados experimental y científicamente desde hace cerca de cien años, y aun así algunos consideran que nuestras conclusiones son prematuras! Pero dentro de mil años todavía habrá los retardatarios que creerán que aún es muy pronto para sacar conclusiones. La humanidad experimenta una necesidad imperiosa de saber, y el desorden moral que castiga nuestra época es debido, en gran parte, a la incertidumbre que todavía reina sobre esta cuestión esencial de la sobrevivencia.

Cuando un día, en mi lejana juventud, vi en el escaparate de una librería las dos primeras obras de Allan Kardec, enseguida las adquirí y devoré su contenido. En ellas encontré una solución clara, completa, lógica, para el problema universal, y mi convicción se hizo segura.

Con todo, pese a mi juventud, ya había pasado por las alternativas de la creencia católica y del escepticismo materialista, pero en parte alguna había encontrado la clave del misterio de la vida. La teoría espírita disipó mi indiferencia y mis dudas. Como tantos otros, estudié las pruebas, los hechos ciertos que pudiesen apoyar mi fe; pero esos hechos tardaron en aparecer. Al comienzo insignificantes, contradictorios, entremezclados de fraudes y de mistificaciones, estaban lejos de satisfacerme, y yo habría renunciado, una vez más, a toda investigación, si no me hubiese sostenido una teoría sólida y unos principios elevados.

Parece, de hecho, que lo invisible quería ponernos a prueba, medir nuestro grado de perseverancia, exigir cierta madurez de espíritu, antes de confiarnos sus secretos. Todo bien moral, toda conquista del alma y del corazón parece que ha de estar precedida por una iniciación dolorosa. En fin, los fenómenos llegaron, comprobables y notorios. Fueron las apariciones materializadas, en presencia de muchos testigos, cuyas sensaciones concordaban; los casos de escritura directa, a plena luz, que venía de lo Alto, fuera del alcance de los asistentes, y que contenían predicciones que, desde entonces, se han ido realizando.

Seguidamente fueron las entidades de valor que se manifestaron por todos los medios a su disposición, inicialmente por la mesa, después por la escritura automática, en fin, y sobre todo por las incorporaciones, procedimiento del que me ayudo para conversar con mis guías espirituales y asimismo con los hombres. Su colaboración fue preciosa para la redacción de mis obras, por las informaciones recogidas sobre las condiciones de vida en el Más Allá y sobre todos los problemas que he abordado.

Esos espíritus se comunicaron a través de diversos médiums que no se conocían. Cualquiera que fuese el intermediario elegido, ellos presentaban siempre caracteres personales muy contrastantes, algunos de una originalidad notable, aunque de gran elevación, con detalles psicológicos, pruebas de identidad que constituían un criterio de certidumbre de los más absolutos. ¿Cómo esos médiums, que no se conocían entre sí, o incluso sus subconscientes, podrían haberse puesto de acuerdo para imitar y reproducir caracteres tan distintos, y por tanto siempre idénticos a sí mismos, con una constancia y una fidelidad que persisten desde hace cincuenta años? Pues, desde hace casi medio siglo esos fenómenos se desarrollan en torno a mí con una regularidad matemática, salvo en casos de algunas lagunas, como por ejemplo, cuando uno de los médiums desaparece y es preciso cierto tiempo para encontrar otro sensitivo apropiado.

Tengo en mi poder siete grandes volúmenes de comunicaciones recibidas en el grupo que durante mucho tiempo he dirigido, las cuales responden a todas las cuestiones que la inquietud humana presenta a la sabiduría de los invisibles. Pues bien, todos cuantos han consultado posteriormente esos archivos han quedado impresionados por la belleza del estilo, así como por la profundidad de las ideas proporcionadas. Quizá un día esos mensajes puedan publicarse. Entonces se observará que en mis obras yo no he sido inspirado solo por mi propia vista, sino sobre todo por las del Más Allá. Se reconocerá, bajo la variedad de las formas, una gran unidad de principios y una perfecta analogía con las enseñanzas obtenidas de los espíritus guías, en todos los medios, en los cuales se inspiró Allan Kardec para trazar las líneas generales de su doctrina.

Después de la guerra (la 1ª Guerra Mundial) nuestros instructores continuaron manifestándose por varios médiums. A través de esos diversos mediadores, la personalidad de cada uno de ellos se confirmó por su carácter propio, de modo que se alejó toda posibilidad de simulación. Es posible acompañar, de año en año, en la Revue Spirite, la quintaesencia de las enseñanzas que nos han dado sobre cuestiones siempre sustanciales y elevadas.

Entonces, al acercarse el Congreso de 1925, fue el gran Iniciador, él mismo, quien vino a cerciorarnos de su concurso y esclarecernos con sus consejos. Actualmente aún es él, Allan Kardec, quien nos anima a publicar este estudio sobre el genio céltico y la reencarnación, como se podrá verificar por los mensajes publicados más adelante.

Pido disculpas a mis lectores por hacer intervenir tanto mi propia personalidad, pero ¿cómo hubiera podido dedicarme a un análisis de tal naturaleza sino sobre mí mismo y sobre mis trabajos?

Llego, ahora, a vivir con los espíritus casi tanto como con los hombres, a sentir su influencia y a distinguir su presencia por las sensaciones fluídicas que experimento. Sé que esas almas constituyen mi familia espiritual. Lazos muy antiguos me unen a ellas, lazos que se fortalecen todos los días, por la protección que ellas me conceden y el reconocimiento que les consagro.

El peso de los años se ha hecho sentir y mi cabeza blanca se inclina hacia el sepulcro, pero sé que la muerte es tan solo una salida que se abre a la vida infinita. Atravesando ese umbral, estoy seguro de encontrar a esas queridas almas protectoras, así como a los numerosos amigos con quienes he luchado aquí por una causa sagrada. Iremos juntos a visitar esos mundos maravillosos que he contemplado y admirado frecuentemente en el silencio de las noches, y que son, para mí, testimonios del poder, de la sabiduría y del genio del Creador.

En su obra Evolución Biológica y Espiritual del Hombre, Oliver Lodge habla con entusiasmo de “esas grandes estrellas que son un millón de veces más grandes que el Sol y escenarios de fenómenos prodigiosos”.

Más tarde reviviremos juntos en esos mundos, a fin de continuar nuestro trabajo, nuestra ascensión común hacia las regiones serenas de paz y de luz.

Y cuando recuerdo todas las bellezas de esa revelación, todas las promesas de un futuro sin fin, me siento tomado de una inmensa compasión hacia todos aquellos que, en sus probaciones, no son sostenidos por la perspectiva de las vidas futuras, y cuyo estrecho horizonte se limita a nuestro mundo de sangre, de fango y de lágrimas.


* * *
¿Debemos admirarnos si es pequeño el número de sabios oficiales que admiten la realidad de los hechos espíritas? No, si se considera que el prejuicio y el espíritu de rutina predominan en la mayoría de ellos. Todos cuantos han sabido liberarse de esos estorbos han reconocido la intervención de los espíritus en los fenómenos y la existencia de un mundo invisible, entre ellos están William Crookes, Russel Wallace, Myers, Oliver Lodge, el profesor Barrett, Lombroso, etc.

Los espíritas que no son científicos llevan una gran ventaja sobre los sabios de carrera. Si están, muchas veces, privados de conocimientos técnicos, en compensación conservan la libertad de pensamiento y la independencia de espíritu, tan necesarios para la interpretación de los hechos. Porque ellos consideran tales hechos en sí mismos y no a la luz difusa de teorías preconcebidas. Si han experimentado algunas decepciones en sus pesquisas, no les ha ido del todo mal, pues con esas decepciones su experiencia se ha formado. No se les puede ignorar el mérito de haber, desde el principio, explorado los dominios de la vida que otros, saturados de fórmulas y teorías, habían declarado inexistentes. Por ahí abrieron camino a descubrimientos que conducen a una verdadera revolución en todos los dominios de la ciencia.

Cuando la Historia investigue los orígenes del movimiento espírita, tras haber glorificado a los sabios cuyos nombres hemos mencionado con respeto, estará haciendo justicia a esa multitud anónima, a esos estudiosos obscuros que en todo el mundo han explorado las veredas de la vida invisible y han restablecido el contacto entre las dos humanidades, contacto que estaba perdido desde hacía siglos.

Ha sido el trabajo paciente y desinteresado de esos observadores desconocidos lo que ha obligado a los observadores oficiales a ocuparse de una cuestión tan importante como la prueba de sobrevivencia y la colaboración entre lo visible y lo invisible. Ellos han proporcionado a los técnicos los intermediarios necesarios, médiums y pacientes, sin los cuales dichos técnicos nada hubieran podido obtener, porque no es entre ellos donde se hallan las facultades psíquicas, los sentidos especiales que abren esos vastos dominios a nuestras investigaciones.

Se comprenderán nuestras reservas sobre el movimiento psiquista oficial en Francia. Después de años de tentativas y de la creación de centros de investigaciones, de institutos especiales, hay que constatar la mediocridad de los resultados obtenidos.

Todavía no podemos, en el presente momento, en nuestro país, citar un solo nombre de sabio oficial que esté relacionado con las altas verdades psíquicas, si bien en Inglaterra y en América haya decenas de estos sabios.

Ciertos psiquistas y metapsiquistas se han esforzado en reducir el conjunto de los fenómenos espíritas a una extensión anormal de las facultades mediúmnicas. Esto constituye una explicación arbitraria, tan abusiva cuanto la teoría espírita que consistiría en atribuir todos los hechos de orden oculto a la intervención de los espíritus. Hay cierta exageración, tanto de una parte como de la otra, y la verdad se halla en el término medio. Para todos cuantos han profundizado en la cuestión, los hechos del animismo, tanto cuanto las manifestaciones de los muertos, se relacionan y completan entre sí, y arrojan luz por igual sobre los aspectos obscuros y misteriosos de la naturaleza humana.

La teoría del subconsciente, de la cual tanto se ha usado y abusado en ciertos medios, no es otra cosa sino un dominio más amplio de la memoria, que envuelve los recuerdos de las anterioridades el alma y las adquisiciones de sus vidas pasadas, tal como hemos demostrado ampliamente en otra parte.lxiii

A través del paso de los siglos, la ciencia durante largo tiempo se ha inspirado en principios superiores del conocimiento, que la dominaban y la dirigían. Las contingencias no le interesaban a no ser en la medida en que venían a confirmar esos principios. Hoy la ciencia prefiere estudiar el fenómeno en sí mismo, de una manera completamente tierra a tierra y material. Ya no es por las altas facultades del ser por donde ella procura adquirir la verdad, es decir, por lo que hay de más noble en nosotros: la intuición y el juicio; sino por el testimonio de los sentidos, o sea, por lo que hay de más inferior, pues el testimonio de los sentidos es engañador, como lo han demostrado tantos descubrimientos del genio.
* * *

La fuerza del Espiritismo está, al mismo tiempo, en su enseñanza y en las pruebas que le sirven de apoyo.

Él pone de manifiesto a todos los hombres el objetivo de la vida terrestre, los medios de preparación de la vida espiritual que es su secuencia. Ese objetivo, esos medios, son comunes para todos los habitantes de la Tierra, y esto será un nuevo lazo que los unirá, lazo más pujante que todos los demás, porque la solidaridad, la paz y la armonía entre los pueblos solo podrán establecerse mediante la solidaridad de ideas, de creencias y de aspiraciones. Los hombres, en primer lugar, son espíritus, y solo el Espiritismo les revela las leyes superiores del espíritu; su enseñanza resume los principios esenciales de todas las religiones, las esclarece, las completa y las adapta a las necesidades de los tiempos modernos.

Gracias a la cooperación del mundo invisible, que se manifiesta sobre toda la Tierra, ofrece una base moral, una base común para la educación universal. La Sociedad de las Naciones está cualificada para presentar los primeros marcos de esa inmensa renovación. Ella ha creado, bajo el nombre de “Oficina de la Cooperación Intelectual Internacional”, una obra indicada para la realización de ese vasto programa, obra que dirigen o han dirigido eminentes espiritualistas, como los Sres. Bergson, de Jouvenel y la Sra. Curie.

Si, por razones políticas, esas dos instituciones no podían o no querían abrazar esa grandiosa obra de elevación moral, lo que ellas no han logrado hacer, incumbió a los espíritus concretizarlo.

Un Congreso Espiritual Internacional, compuesto por cerca de mil personas, representando a los numerosos grupos y sociedades, entre ellas los delegados de una treintena de naciones extranjeras, se reunió en París de 6 a 12 de septiembre de 1925, en la sala de la Sociedad de los Sabios, para constituir la Federación Espírita y Espiritualista Internacional. Esta sociedad, que posee representantes en todos los puntos del mundo, es una organización que se desarrollará con el tiempo y se convertirá en una palanca capaz de hacer progresar el mundo del pensamiento y de la ciencia.

Fue un espectáculo emocionante ver desfilar en la tribuna a hombres de todas las razas y colores: hindúes de turbante, negros, siendo uno de ellos abogado, ingleses, portavoces de una centena de asistentes de su nación; americanos del Norte y del Sur, representando a sociedades espiritualistas que cuentan con más de cien mil adeptos, españoles, griegos, rumanos, etc. Todos venían a afirmar, en diversas lenguas, la misma fe en la sobrevivencia y en la evolución indefinida del ser, en la existencia de una causa suprema cuyo pensamiento irradiante anima el Universo. Hombres eminentes en las ciencias y en las letras, como Sir Oliver Lodge, Sir Conan Doyle, el procurador general Maxwell, han dado su adhesión formal a los vibrantes discursos de los oradores. Se sentía pasar por la asistencia el soplo inspirador de una multitud invisible, y los videntes testimoniaron la presencia de muertos ilustres que tomaban parte activa en la elaboración de una gran obra.

Esa cooperación oculta se hace general. Incluso en los medios más refractarios, el mundo invisible está actuando. Pese al cuidado especial que hay en el Vaticano para ahogar el rumor en torno a las apariciones de Pío X, las indiscreciones de los eclesiásticos demuestran que esos fenómenos no han cesado. ¿Volverá la Iglesia a esa concepción más justa de la mediumnidad, que le ha hecho situar, en plena Capilla Sixtina, a las sibilas en el mismo orden que los profetas, bajo el pincel prestigioso de Miguel Ángel? Un gran escritor católico, Maurice Barrès, decía: “Las sibilas viven aún, porque representan la facultad eterna y desconocida de alcanzar lo invisible y de unirnos a él.” lxiv

Por todas partes la idea avanza y la comunión se estrecha poco a poco entre los dos mundos, entre las dos humanidades: la de la Tierra y la del espacio. Día vendrá en que las inteligencias y los corazones vibrarán bajo la acción de una fe común. Las tres grandes corrientes del pensamiento superior, diseminadas sobre la Tierra: el Budismo, el Cristianismo y el Druidismo, llegarán a reencontrarse y reunirse en el seno del Espiritismo moderno.

Solo entonces la onda de las pasiones y de los intereses materiales será detenida, y una liga de fraternidad se establecerá entre los pueblos. La paz y la armonía reinarán, sin restricciones, sobre la Tierra regenerada.



Capítulo XII

Resumen y conclusión


En resumen, se puede decir que, bajo su doble aspecto, filosófico y experimental, el Espiritismo o el Espiritualismo responden a las dos tendencias que caracterizan al hombre moderno: el idealismo o el realismo. Unos, es decir, todos aquellos que saben que el fin de la vida es el mejoramiento, el perfeccionamiento del ser, se ligan de preferencia a la Doctrina, porque ella les proporciona consuelo, esperanza y fuerza moral. Los otros prefieren la experimentación; pero ésta, según se ha verificado, necesita condiciones múltiples y cualidades raras, un conocimiento anticipado de las fuerzas y de las causas que actúan en los fenómenos – conocimiento que no se adquiere sino por medio de estudios serios y profundos.

Gracias a esos estudios se hace gran claridad sobre las condiciones de existencia en el más allá. Se establece la certidumbre de que el ser humano no es tan solo un agregado de átomos que se dispersan con la muerte, sino sobre todo un espíritu inmortal, provisto de una forma invisible a nuestros sentidos, de un envoltorio fluídico que es el esbozo del cuerpo material destinado a evolucionar y a perfeccionarse a través de sus vidas sucesivas y renacientes. La enseñanza de los espíritus, ensanchando nuestros horizontes, nos lleva a comprender el orden y el equilibrio perfectos que reinan en todas las cosas. La vida visible y la invisible forman un todo inseparable, y una no se explica sin la otra. La nueva revelación trae, entonces, un poderoso elemento, una extensión ilimitada en el dominio de los conocimientos humanos. Todos los pensadores que quieran reflexionar seriamente sentirán su importancia y necesidad.

En la parte experimental solo se obtienen resultados importantes con la asistencia y la aprobación de los espíritus elevados. Pero éstos solo intervienen con conocimiento de causa y cuando les presentamos las disposiciones que les son convenientes.

Está demostrado actualmente (véase mi libro En lo Invisible) que cada uno de nosotros está envuelto en una atmósfera fluídica, formada por las radiaciones de nuestros pensamientos y de nuestra voluntad, que varía de naturaleza y de brillo de manera a representar exactamente nuestro grado de evolución y el valor de nuestra alma. Estas radiaciones escapan a nuestros sentidos, pero los videntes las perciben y la fotografía reproduce sus efluvios.

La comunicación no se hace posible y la acción de los espíritus no puede realizarse más que cuando nuestro estado fluídico vibra en armonía con el de los manifestantes invisibles.

Es preciso un ejercicio espiritual, un prolongado y perseverante esfuerzo de la voluntad, para colocar nuestras radiaciones psíquicas en condiciones de sincronismo que permitan entrar en relación con las entidades de un cierto orden y obtener los fenómenos intelectuales que son la quintaesencia del Espiritismo.

Ese era el caso de los druidas, de las druidesas y de los bardos, cuya fe ardiente facilitaba las relaciones con los mundos superiores y les proporcionaba las revelaciones que servían de base a sus enseñanzas.

En nuestros días, la situación es otra. Los siglos de críticas y de escepticismo han privado al pensamiento de su potencia de irradiación. La fe ha retrocedido. En el seno del caos de las ideas y de las contradicciones, se ha vuelto más difícil hallar un punto de apoyo para toda creencia.

La mayoría de los psiquistas no parece poner en duda que su estado de espíritu, siempre impregnado de escepticismo, de desconfianza, de negación, es la causa principal de la esterilidad en los experimentos. ¿Cómo obtendrían la asistencia, la protección de los invisibles, si empiezan por negar su existencia y al respecto se entregan a críticas poco oportunas?

Sin duda no se debe desatender los fenómenos de orden inferior, nada de aquello que concurre para establecer la realidad de la sobrevivencia y las condiciones variadas de vida en el más allá; debemos estimular todas las pesquisas encaminadas a ese fin.

En la confusión de teorías y sistemas que reina en nuestra época, el hecho sigue siendo, a ojos de muchos investigadores, la única base sólida de toda certeza.
* * *

Llegados al fin de esta obra, recordaremos su objetivo esencial. Desde la guerra (la 1ª Guerra Mundial), el pensamiento francés explora el horizonte intelectual y, en general, solo consigue ver incertidumbres, obscuridades, contradicciones; y, en su angustia, indaga de dónde vendrá la luz que debe despejar el camino e indicar el objetivo de la vida. ¿Quién nos dará, entonces, la fe elevada que sostiene, consuela y reanima, la fuerza del alma que hace soportar con coraje las pruebas y los males, y permite triunfar en la lucha por la vida?

Ni la cultura universitaria ni la Iglesia han logrado, hasta el momento, dar a Francia la plena consciencia de su función y de su destino, un ideal moral que ofrezca un objetivo para los esfuerzos de todos. En muchos casos, han bloqueado su impulso, han reprimido su genio. ¿Deberá entonces nuestra nación zozobrar en la anarquía y en la confusión? ¡No! Aquello que los vivos no han podido llevar a cabo, los denominados muertos lo cumplirán. Sus voces aparecen en todas partes para recordarnos los sentimientos de nuestros orígenes, de nuestras tradiciones sagradas.

Los espíritus de los antiguos druidas, teniendo al frente a Allan Kardec, vienen a afirmarnos que el Espiritismo es una resurrección de sus doctrinas, y que ellos van a trabajar para difundirlas en todos los ambientes, añadiendo que, en su intervención, serán seguidos por todas las nobles y grandes almas que a lo largo de los siglos han conseguido, por la literatura, perpetuar la idea a fin de que no perezca totalmente.

De lo que antecede no se debe deducir que hayamos abandonado los principios de Cristo y renunciado a nuestro título de cristianos. No; indudablemente, tal como nos afirma Allan Kardec, las tres grandes revelaciones, oriental, cristiana y druídica emanan de una fuente única y se reúnen en su foco inicial.

La enseñanza de Jesús ha sido más o menos velada y desnaturalizada por los hombres; reconstituyéndola en esencia pura, la vamos a encontrar idéntica a las doctrinas de los druidas, con más mansedumbre y caridad. Su semejanza no puede sorprendernos, pues sabemos que ambas tienen un origen común, sobrehumano; pero hoy, para la rehabilitación de nuestro país las blanduras del Evangelio ya no son suficientes y es preciso añadirles la virilidad céltica.

Con el debido respeto a las doctrinas oriental, búdica y cristiana, y adecuándonos a lo que tienen de bello y grande, debemos ligarnos, preferentemente, a nuestras verdaderas tradiciones nacionales, porque éstas responden a nuestra naturaleza, a nuestro carácter, a nuestras necesidades intelectuales. Ellas han inspirado todo cuanto nuestra raza ha producido de noble y generoso en el pasado y constituyen el móvil esencial de nuestra evolución futura. Retornando a ellas es como reencontraremos la plena consciencia de nosotros mismos, nuestro equilibrio moral, la alegría de sentirnos en el camino verdadero trazado por las leyes superiores.

Tras las terribles pruebas de la guerra, en medio al arrebatamiento de las pasiones y de los intereses, la voz de los antepasados se ha hecho oír y la verdad ha salido de la sombra. Ella nos dice:

“Tú mueres para renacer, renaces para progresar, a fin de elevarte mediante la lucha y el sufrimiento. La muerte debe dejar de ser un motivo de pavor, porque detrás de ella vemos la ascensión en la luz.”

Lo mismo que, por encima del estrato sombrío de las nubes que a veces envuelven la Tierra, el cielo permanece eternamente azul, del mismo modo, más allá de las vidas terrestres agitadas y dolorosas, reina la vida calma y serena de “Gwynfyd”, la vida radiante del Espacio.



Capítulo XIII

Mensajes de los invisibles


Publicamos aquí la serie de mensajes dictados mediante incorporación mediúmnica por los grandes y generosos espíritus que han querido colaborar con nuestra obra. La autenticidad de estos documentos no solo reside en ellos mismos, por el hecho de sobrepasar, en muchos puntos, el alcance de las inteligencias humanas, sino en las pruebas de identidad que ofrecen. Así es como en el curso de nuestras charlas con el espíritu Allan Kardec, éste entró en ciertos preciosos detalles sobre su sucesión y sobre las discusiones que han surgido, acerca de esa cuestión, entre dos familias espíritas, con particularidades que el médium no podía en absoluto conocer, pues era tan solo una simple niña, hija de padres que ignoraban completamente el Espiritismo. Esos detalles se han borrado de mi memoria y no he podido reconstituirlos sino después de pesquisas e investigación.

En cuanto a su valor científico y moral, se verá que las cuestiones tratadas en esos mensajes alcanzan el más alto grado de la comprensión humana actual. E incluso lo sobrepasan, en ciertos casos, pero nos permiten, con todo, entrever la génesis de la vida universal. Considerando esta obra desde su punto de vista, los autores nos dicen que se podrá obtener una nueva orientación que, en el estado actual de evolución que hemos alcanzado, es la única compatible “con el grado de comprensión y de resistencia del cerebro humano”.

Recordemos, no obstante, a quienes lo hayan olvidado, que los espíritus experimentan a veces grandes dificultades para expresar, por medio de un organismo, de un cerebro ajeno, nociones e ideas poco familiares a este último. Pues bien, es precisamente el caso relativo a nuestro médium y la cuestión céltica. Allan Kardec lo verificó en el curso de sus mensajes, como se verá enseguida. Son necesarios esfuerzos persistentes de la voluntad para crear, en el cerebro de un médium, expresiones y mensajes inusitados. Esto explica las críticas que pudieran hacerse a ciertos muertos famosos, a propósito de las diferencias de estilo reveladas en sus comunicaciones.

Otra objeción consiste en pretender que Allan Kardec está reencarnado en El Havre desde 1897. Habría llegado, por tanto, a los treinta años de su nueva existencia terrestre.lxv Ahora bien, ¿se puede admitir que un espíritu tan valioso haya esperado tan largo tiempo para revelarse por obras o acciones adecuadas? Aparte de esto, Allan Kardec no se comunica únicamente en Tours, sino además en otros muchos grupos espíritas de Francia y de Bélgica. En todos esos lugares él se afirma por la autoridad de su palabra y la prudencia de sus observaciones.

He aquí, inicialmente, la presentación del espíritu Allan Kardec por el guía director de nuestro grupo:

“Yo os anuncio la visita del espíritu Allan Kardec. He constatado el aura pura y el bello color fluídico que envuelven a este espíritu, el brillo de su fe en la fuerza divina superior. Es lo que le ha permitido, en el transcurso de sus existencias, continuar una evolución que le da en cada vida los conocimientos, las intuiciones más precisas sobre las formas y las leyes de la vida universal.

Él se ligó particularmente a Francia, y la llama céltica, también llamada primera fe natural, siempre brilló sobre él. Allan Kardec se dedicó a reanimar esa fe en la conciencia y en la subconsciencia de los franceses, a fin de ayudarles a elevar su espíritu y a aproximarse del rayo celta.

El médium, ignorando completamente la cuestión céltica, nos ofrece una garantía perfecta contra la autosugestión.

El Celtismo representó la fe ardiente emanada de las corrientes superiores y transmitida en vuestra región por una radiación que ayudó, de modo poderoso, al desarrollo de la conciencia francesa. Es uno de los vínculos más vivaces al culto divino, al culto de la sobrevivencia y al de la patria. Así, la pequeña llama céltica que ilumina vuestras conciencias de franceses se eleva, en vuestras plegarias, brotando a medida que la sinceridad se sublima.

Debéis, en vuestra obra, hacer un llamamiento a las reminiscencias célticas para activar esa fe ardiente en la divinidad que provoca, sobre nuestro mundo, el envío de corrientes generadoras y bienhechoras. Esta alta aspiración, los corazones puros la tienen. Como otrora los celtas, las almas que tienen sed de ideal buscan en las fuentes de la naturaleza esa luz bienhechora que simboliza la grandeza divina. Allan Kardec os dirá cómo y por qué ese rayo céltico estaba ligado al suelo armoricano.lxvi

Si yo estuviese aún sobre la Tierra, me serviría de ese tema para demostrar que al destello transmitido por los celtas debemos, en grados diversos, la necesidad de creencia en el Más Allá, la satisfacción del florecimiento del alma y la percepción de la luz espiritual que nos prueba que todas las criaturas son obra de Dios.

Concluyo afirmando que el rayo céltico es el guía que os conduce hacia el supremo foco de luz. Por esta luz llegaréis a comprender la marca de la vida universal. En vuestras vidas, a medida que ascendáis hacia Dios, podréis saciaros en esas fuentes poderosas, aprenderéis a conocer las fuerzas insospechadas del éter y las vibraciones creadoras que demuestran la existencia del foco divino.”


1 – Fuente única de las tres grandes revelaciones:

búdica, cristiana y céltica.

15 de enero de 1926.

Soy feliz por venir hasta vosotros, pues experimento una satisfacción moral, un placer real, al sentirme bien adaptado a los seres que desarrollan radiaciones sensiblemente idénticas a las de mi periespíritu. Esto nos muestra que es necesaria la adaptación fluídica para poder comprender, intercambiar pensamientos y observaciones, según los lugares donde se quiere bajar. Cada individuo proyecta una radiación en relación al número de sus existencias; y la riqueza molecular de sus fluidos, los que componen su “yo” psíquico, está igualmente en razón directa de los trabajos, de las pruebas sufridas y del esfuerzo continuado durante sus existencias, ya sea en un mundo, o bien en el espacio.

Añado que me resulta particularmente agradable bajar en esta región de Francia, que amé y habité materialmente, desde la Armórica hasta Maurienne.

Cada terrón formó para mí imágenes que jamás se apagarán. Como celta, me impregné de esa mística que traía palpitante del espacio. Después, en mi penúltima existencia, en la Saboya, adquirí la resistencia moral que necesitaba para enseñar la doctrina que conocéis.

Pero inicialmente hablemos de la existencia en la cual me instalé en la Bretaña, que fue como la vida inicial, proyectando en mi ser el destello de la vida universal. Este destello brilló más o menos durante mis diferentes vidas, según buscase yo adquirir una u otra cualidad, aproximándome más o menos a la materia o al espíritu.

Hay personas que no pueden admitir las vidas sucesivas. Para ellas la chispa iniciadora queda velada, porque la vida material las absorbe por entero. Hay existencias de fe, hay existencias de trabajo, porque es una ley inmutable, uno de los principios fundamentales, que el ser se desarrolle a través de las alternativas para recoger los gérmenes bienhechores que deben ayudarle a progresar en los espacios.

Dios proyectó la parcela de luz que es el alma, y esta radiación del pensamiento divino debe llegar, a través de transformaciones y crecimientos sucesivos, a formar un foco radiante que contribuirá al mantenimiento y al equilibrio de la atmósfera de los mundos. Es este un precepto de orden general que indica la necesidad de la pluralidad de las vidas.

Las primeras sociedades humanas que poblaron nuestra Tierra trajeron el esquema de las civilizaciones futuras; en ciertos lugares la iniciación espiritual fue muy avanzada; los egipcios, los celtas, los griegos, por ejemplo, llevaron consigo los focos radiantes que paralizaban las fuerzas materiales. Los elementos del progreso ya fueron establecidos por ellos en vuestro globo. El vaivén de los seres que vivirán, ya en la superficie, ya en el espacio, podrá, desde entonces, continuar con regularidad. Los recién llegados, según su grado de evolución, procederán de grupos pertenecientes a mundos inferiores, existentes o desaparecidos. Estas consideraciones de orden general eran necesarias antes de referirnos más especialmente a Francia, a su influencia fluídica y a su irradiación en el mundo.

La idea céltica es su propia esencia; ella emana del foco divino y representa el espíritu de pureza en la raza; ella debe iluminar, a través de los siglos, el alma nacional. Es el impulso hacia las esferas superiores, el conocimiento inicial del foco divino, la sobrevivencia del pensamiento, la correlación de las almas y de los mundos, la orientación hacia un objetivo que debe hacerse claro y preciso, según nuestra evolución.

El Celtismo es el rayo que indica el camino a los estudios psíquicos futuros. Sobre él está injertado en vuestro país el pensamiento del Cristianismo, como el Cristianismo estaba impregnado de esa otra radiación: el misticismo oriental.

Hay en vuestro mundo ciertos puntos fluídicamente privilegiados, que son como espejos, condensadores y reflectores de fluidos, destinados a hacer vibrar las mentes y los corazones de los pueblos del planeta. Sobre esos puntos tres focos se han iluminado: el foco oriental, en las Indias; el foco cristiano, en Palestina y el foco céltico, en el occidente y en el norte.

Al estudiar la génesis de los fenómenos que concretizaron las doctrinas, se ve que la causa superior es siempre la misma y que vuestro planeta recibe esas corrientes, o haces de ondas superiores, que son las arterias verdaderas de la vida universal.

Para vuestra evolución, ahora se produce un nuevo foco radiante de pensamiento, que mostrará a la humanidad toda la belleza, grandeza y potencia de la obra divina.



Allan Kardec

2 – Evolución del pensamiento a través de los siglos.

12 de junio de 1926.

En nuestra última conversación, os hablé de los tres grandes focos espiritualistas irradiados sobre la Tierra para iluminar la marcha de la humanidad. El foco oriental fue puesto en acción por los espíritus de las esferas superiores, cuya misión era elegir seres que se ligasen al máximo con la naturaleza. Ellos querían demostrar que el ser carnal, liberándose de las pasiones, podía entrar en relación directa con las grandes corrientes superiores que deben ayudar a la evolución de las sociedades terrestres. De esto tendréis la prueba en el estudio de la vida de los grandes sacerdotes hindúes, de los lamas, que tomaban a Buda como ejemplo y procuraban, ante todo, inmunizarse contra los fluidos materiales que recorren la Tierra.

Los espíritus superiores habían actuado sobre una región donde la humanidad está menos sujeta a los deseos de la pasión. Me refiero a los monjes del Tíbet, y después a otros personajes ilustres de la India. He aquí entonces un punto seguro: el ser humano, en ciertas condiciones de aislamiento, de ascetismo y de aspiraciones elevadas, pude sentirse en constante relación con los mundos superiores. Ahí están los antepasados de los médiums; ellos llegarán a dar a conocer su existencia a la humanidad, pero no deberán dividirse ni malbaratar sus fuerzas, y por ello permanecerán en el círculo oriental.

Para alcanzar al pensamiento humano de modo más concreto, fue necesaria la venida de Cristo, que se mezcló profundamente entre las multitudes. El Cristo, tal como los iniciados de la India, traía consigo numerosos destellos de la fuerza divina; fuerza esta que se transmitía por su palabra y por la acción de los apóstoles. Pero sobre ciertos puntos de la Tierra, particularmente en vuestra Galia, los sacerdotes celtas, los druidas, transmitían igualmente las radiaciones del foco divino, simbolizándolas a su manera, es decir, inspirándose en la naturaleza.

El druida, como el lama, extraía de las fuentes generadoras del espacio las fuerzas que despertaban su fe y lo atraían hacia el foco superior. Las formas pueden variar, pero en el círculo de Oriente, en el Cristianismo y entre los druidas, hay un punto absolutamente idéntico: el ser humano, cuando sabe desligarse de las atracciones materiales, vibra lo suficiente como para percibir las emisiones en los grandes focos celestes. Los sacerdotes de Oriente, Cristo y los druidas estaban impregnados de esas ondas poderosas y, en consecuencia, podían producir fenómenos que impresionaban a las multitudes.

En vuestros tiempos modernos, el magnetismo, que es una de las formas del dinamismo universal, desempeña una función importante en todos cuantos constituyen polos de atracción y saben servirse de la oración.

Es preciso reconocer que entre los druidas se producían conmociones violentas, como por ejemplo los sacrificios humanos, últimos vestigios de una grosera barbarie, destinados a asombrar a las masas.

Desde el origen de esos tres grandes focos de difusión espiritualista, la fe y el ideal han sufrido, alternativamente, paradas y retornos; el impulso del misticismo despertó aquí y allí, bajo la acción de ondas correspondientes al estado de evolución de nuestra humanidad.

Por otra parte, la ciencia positiva ha marchado guarneciendo a la fe. El día en que un nuevo foco llegue a encenderse sobre la Tierra, suscitará una curiosidad muy natural. En el momento presente los centros parecen desplazarse. No me sorprenderá ver un día, en América, formarse un polo capaz de detener el positivismo del pueblo americano. Ese pueblo es, al igual que su composición étnica, muy matizado, bajo el punto de vista ideal. De la parte de la India es de donde se debe esperar que surjan, un día, los fenómenos que os interesarán al más alto grado. Esa región de la Tierra está siempre impregnada de misticismo tal como en Francia vuestra Bretaña conserva una fe ardiente en el espíritu del más allá.

Recientemente se han llevado a cabo experimentos con la participación de un ser que parecía poseer bellas cualidades de transmisión fluídica; él estaba rodeado de apóstoles muy realistas, con todo hay en ello una indicación, una dirección, un simple lazo de unión que se liga a los haces espirituales. ¡Es un ser evolucionado, pero no comparable a Buda ni a Cristo! lxvii

La espiritualidad debe evolucionar y, en ciertas épocas, reavivar la fe que se ahogaría en el materialismo. Buda, Cristo y los espíritus de los druidas representan las fuerzas superiores ligadas al foco divino, y trabajan para mantener a la Tierra en un grado de equilibrio necesario para proseguir en su evolución, porque si la espiritualidad fuese eliminada de vuestro planeta, la materia lo invadiría y acabaría por desgastarlo y disolverlo. La materia debe ser mantenida en suspensión por la acción superior del espíritu. En realidad, ella no es más que la mampara que refleja el rayo de la vida universal.



Allan Kardec
3 – Mismo asunto.

2 de marzo de 1926.

He hablado de tres focos: el budista, el cristiano y el druídico. Sabéis que el foco cristiano que, en suma, es una emanación de las doctrinas orientales, se ha difundido avanzando hacia Italia, después fue de encuentro a una esfera independiente que representaba un polo de atracción igual, constituido por el mundo céltico. Incluso en épocas remotas, grandes focos de atracción se habían creado, y llegaron seres en misión, tras haber habitado planetas más avanzados, más antiguos que el vuestro, a fin de sembrar ahí, al lado del trabajo material, la semilla que alimentaba la llama de las conciencias humanas.

El tiempo no existe; el destino y la vida universal se desarrollan eternamente. Cuando las moléculas gaseosas de calor, de vapor y de agua, que han formado vuestra Tierra, se condensaron para formar el protoplasma de la materia, era preciso que, entre los seres que debían poblar este mundo nuevo, los iniciados superiores viniesen a transmitir a las conciencias muy primitivas la aceptación de una ley de orden superior.lxviii

Con esa finalidad se formaron focos de atracción en Oriente, en Palestina y en la Galia. Si bien el principio fundamental que los inspiraba era el mismo, la forma ha podido variar en sus aplicaciones; pero analizando estos principios, se nota que la tesis de la sobrevivencia eterna es allí igualmente aceptada. Los druidas, establecidos en la costa, se inspiraron en elementos directos exteriores para la concepción de los tres círculos que sintetizaban las fuerzas naturales y morales. Había una iniciación de varios grados y se pueden reencontrar en las formas del culto; en el Cristianismo es donde la iniciación ha sido menos investigada. Me parece que la doctrina de Cristo era más pura que las otras, por ser más sencilla.

Los druidas eran tanto más iniciados cuanto más acentuado era su grado personal de mediumnidad. Entre ellos, el sacerdote y la sacerdotisa, viviendo en el seno de la naturaleza, recibían la iniciación por intuición de un modo más directo que en el culto cristiano. Al analizar el Druidismo encontramos una enseñanza esotérica muy desarrollada. Con todo, el Cristianismo le es superior bajo el punto de vista humano, porque se adapta más particularmente a las debilidades humanas, mientras que el Druidismo, con sus doctrinas de orden elevado, consideraba a la raza humana como inferior. Su enseñanza, mejor comprendida por los privilegiados, llevaba al pueblo a ciertas supersticiones.

En resumen, en el Celtismo solo se debe guardar el principio inicial; sus sacerdotes, viviendo en contacto con la naturaleza, se ligaban íntimamente con las fuerzas invisibles; pero debido a haber conservado, pese a todo, moléculas materiales, de esto resultaba que la transmisión de su enseñanza se deformaba, desatendiendo mucho las nociones de justicia y de amor, en el seno de una población todavía bárbara en aquella época.

Se advierte pues, que los tres focos, budista, cristiano y druídico se completan. Jesucristo personifica la luz de las esferas casi divinas, luz que por sus ondas bienhechoras debe esclarecer y vivificar la conciencia. El Druidismo, bebiendo en las fuentes vivas de la naturaleza, sentía las vibraciones del mundo y las emanaciones de la vida universal. Aquello que el Cristo recibía directamente de los seres superiores, el druida lo obtenía por medio de corrientes transmisoras del pensamiento de los seres desencarnados.

En el momento actual se forman nuevos agrupamientos fluídicos, que aún no se han condensado, destinados a formar un foco atractivo que será el cuarto ciclo. Éste aceptará la realidad de la vida superior, susceptible, en ciertas condiciones, de comunicarse con los seres humanos dotados de conocimientos científicos aliados a un ideal elevado. Sus convicciones ayudarán a restablecer el equilibrio necesario entre la existencia material y la inspiración espiritual.

Allan Kardec
4 – Celtas y atlantes.

23 de abril de 1926.

Vuestro grupo está inmunizado porque permanece fuera de las pasiones humanas. Incluso sois celtas gracias a vuestra voluntad de continuar en la consciencia primitiva de vuestra raza.

Una de las formas del Celtismo puro es el amor a la Naturaleza; y ¿no es ésta el reflejo de la belleza y de la grandeza divina? Ella proporciona a los hombres las más puras alegrías del espíritu y de los sentimientos; ella establece una comunicación a través de los globos celestes de las corrientes extraterrestres.

El Celtismo es además el amor de la familia, el conocimiento intuitivo de las anterioridades y de las afinidades; la dedicación al suelo cuyas radiaciones geológicas se asimilan a las radiaciones individuales.

Pregunta: ¿Hay, como pretenden algunos, una diferencia entre los celtas y los galos?

Respuesta: Hay entre los celtas, desde el punto de vista humano, dos orígenes: el origen normando y el anglo-normando.

Existen en la Bretaña personas de raza más bronceada, de pigmento más colorado; quizá hayan venido de la Atlántida, pero son casos aislados y raros.

Parece que ha podido haber, entre la Atlántida y la Bretaña francesa, una isla sobre la cual habrían vivido esos pueblos.

Recordad que el destello céltico es el elemento primordial que debe mantener el actual nacionalismo francés, porque el destello vital de la conciencia del francés se ha originado del celta.



Allan Kardec
5 – Sobre el origen de la corriente céltica.

22 de mayo de 1926.

La vida de los planetas, tal como la de los individuos, debe pasar por fases sucesivas y, según esas fases, la homogeneidad de los fluidos se ve más o menos destruida o respetada. Vuestra Tierra, en su recorrido, ha entrado en contacto con una de las grandes corrientes que constituyen las arterias de la vida universal. Esa corriente es extremadamente poderosa y va a producir efectos diferentes según la naturaleza de los seres. Los espíritus de orden inferior que permanecen entre vuestro planeta y esa corriente, no pueden soportar la atracción fluídica que de ella se desprende, dando lugar a que esos seres se alejen automáticamente hacia la materia. Su influencia motivará un recrudecimiento de las pasiones inferiores.

En cuanto a los terráqueos que se complacen en la meditación y recurren a las fuerzas y aspiraciones superiores, los efluvios de esa corriente los alcanzarán y por ella recibirán las intuiciones y las comunicaciones. Añadiré que esa corriente vital tiene la propiedad, en el Espacio, de mantener la vida espiritual y periespiritual y, sobre la Tierra, la de esclarecer a las conciencias evolucionadas.

Podéis entonces constatar sobre vuestra Tierra, en el momento actual, una caída de todas las creencias elevadas y además un aflujo de misticismo. Ocurre porque vuestros estudios sobre el Celtismo vienen en el momento oportuno y espero que la corriente de que hablo pueda ayudar, reanimando las conciencias, a hacer brillar el destello de las anterioridades.

Sabéis que uno de los principales elementos de vuestra raza es el Celtismo, que se formó en la época de la constitución de la Tierra, cuando surgieron los primeros seres humanos. El Celtismo es, en realidad, una proyección de destellos provenientes de uno de los haces de la vida universal.

Cada raza está influenciada por un haz diferente, haz cuyas radiaciones se adaptan a ciertas partes del suelo según su naturaleza.

Cuando vuestro planeta aún estaba en formación, sus diferentes estratos ya se encontraban en relación directa, por vibraciones, con ciertos haces de las arterias que animan el gran todo.

Por ese motivo cada raza ha conservado en lo interior de su subconsciencia el destello generador que anima a las primeras manifestaciones de la vida. Cada raza posee entonces cualidades diferentes. El ser debe adquirirlas todas en la secuencia del tiempo, en un orden sucesivo, y para ello debe pasar por los medios dominados por tal virtud o tal pasión. Notemos que la pasión ya no es una virtud y que la virtud se altera cuando la emanación fluídica es mancillada por ondas que pueden empañar su brillo.

No os hablaré de la composición química de las ondas que han originado el destello primario que anima a cada pueblo y a cada ser. Francia siempre ha conservado su destello primitivo. Según el estudio de vuestra Historia y de vuestra prehistoria, Francia, pese a ciertas deformaciones, ha visto persistir a través de los siglos las virtudes de la raza. Éstas son:

Actividad cerebral sostenida;

Consciencia en el individuo de su automatismo integral;

Necesidad de misticismo y de ideal, aun cuando la conciencia del individuo se ha desviado;

Lucha constante entre la pasión y el ideal.

Tales son las características de vuestra raza. Esas cualidades fundamentales se encuentran sobre todo el territorio, y las pasiones ahí son más o menos idénticas. En su origen, fueron las radiaciones provenientes del Oeste las que ejercieron su influencia sobre vuestro país.

Si desde el espacio hubieseis podido seguir la génesis de un mundo, veríais que antes de que ser liberado estaba envuelto en una especie de red fluídica, cargada de esencia nutritiva. El polo vibratorio que nutre vuestra raza se ligó a vuestro planeta en el sur de la Bretaña. En esa época, es verdad, en que no había ni Bretaña ni Galia, sino tan solo una capa gaseosa y homogénea, las vibraciones se extendían de sur a norte, en forma de abanico, y entraron en contacto en esa dirección con la capa gaseosa. Ese estado de cosas duró todo el período de transformación de la corteza y, cuando los primeros seres humanos aparecieron, quedaron impregnados por esas radiaciones.

Esa radiación primaria que alcanzó a vuestro país se transmitió a través de las generaciones y de las existencias, porque cada ser lleva consigo, en su subconsciente, la chispa vital producida por el primer impulso.

Actualmente, ya sea en la Bretaña o sobre las costas inglesas del sudeste, se encuentran las mismas características de aspiraciones y de apego al suelo, lo cual demuestra que las vibraciones son las mismas en toda esa región, mientras que cuanto más nos alejamos del centro-oeste, es mayor la constatación de que la pureza del sentimiento celta se debilita.

En resumen, el Celtismo corresponde, entonces, al punto de llegada de una corriente extraída de las arterias de la vida universal, que ha penetrado en el envoltorio terrestre desde su formación, precisamente en el centro-oeste. De ahí los destellos vitales que dormitan siempre en la conciencia francesa.

Allan Kardec
6 – La corriente céltica y el carácter francés.

4 de junio de 1926.

La raza céltica que, de un modo general, apareció sobre vuestro globo en el oeste de Francia, con extensiones hacia el nordeste, se aprovechó de las radiaciones transmitidas por el haz vibratorio de que os hablé. Todo celta puro debía entonces estar impregnado de virtudes y pensamientos provenientes directamente de los focos superiores. Ellos se traducen, entre los inspirados, druidas y bardos, en un impulso y un retorno a la luz del espacio, en un chorro de amor, de reconocimiento de las alegrías sentidas en las esferas vibratorias del astral.

A medida que uno se aleja del punto de partida de ese rayo vibratorio, las virtudes primarias que transmite se debilitan; pero los seres que van a aparecer en la corteza terrestre continuarán recibiendo, por haces complementarios e intermitentes, aunque menos intensos, las radiaciones del pensamiento superior.

Cuanto más se desprenda el ser humano de la influencia material, desde el punto de vista vibratorio, más regresará su comprensión, intuitivamente, a la vida extra-terrestre. Intentemos reconocer lo que resta, a través de los siglos, del destello primitivo transmitido por reflejo a la época de la creación de vuestro globo.

En vuestra raza francesa el misticismo ha derivado del destello céltico con la generosidad particular de esa raza; después, a medida que se sube de sur a norte, adquiere un sentido cada vez más reflexivo, mas atemperado.

A través de los siglos esas diversas cualidades se han fundido para formar vuestra raza francesa. Analizada detenidamente esa raza tiene subdivisiones y, si pudieseis ver al microscopio lo que resta del destello individual, de la esencia divina, podríais constatar el misticismo es lo que más fuertemente la ha impregnado.

Hay causas y leyes que rigen cada individuo. Todo ser humano debe poseer sus cualidades propias, sus vibraciones particulares, a fin de recibir y permutar intuiciones con los mundos superiores. Si analizáis el alma de un bretón cuando está orando, veréis vibrar el pequeño destello de su conciencia de modo intenso, bajo el efecto de los rayos refractados del suelo, que deben mantener la creencia mística.

Si ese bretón, fuera de su ambiente, es puesto en contacto con un médium sincero, su educación esotérica se hará fácil y un gran número de ellos hallará en poco tiempo, en su subconsciencia, la creencia pura de las vidas pasadas.

Allan Kardec
7 – Analogía del ideal japonés con el Celtismo.

25 de junio de 1926.

Mi país está lejos del vuestro. Escribí en mi lengua maternalmente humana. No me habéis comprendido; los caracteres estaban de arriba abajo, son fonéticos (el espíritu, antes de hablar, había trazado sobre la mesa signos incomprensibles para nosotros). Esto os dirá un poco sobre mi origen. He sido enviado por Allan Kardec para deciros que la esencia espiritual que anima al pueblo japonés es idéntica a la que impresionó a los primeros celtas. La espiritualidad es bebida en las mismas fuentes de luz del espacio. Así como vosotros habéis recibido un rayo que se ligó al planeta en la Bretaña, tal como os ha sido explicado, un rayo de la misma esencia se unió sobre la parte del globo que comprende el Japón y se irradió hasta la Manchuria. Nosotros, los japoneses, hemos adquirido gracias a eso la impresión indeleble de la vida en el Espacio. La vida terrestre es un sueño y la vida superior, majestuosa y luminosa vida, está en el seno del éter.

El japonés, preocupado por su elevación moral, conserva siempre en el fondo de su conciencia el recuerdo íntimo del vínculo que lo liga a la vida superior. De ahí nuestro culto a Dios y a los seres evolucionados que pueblan el Universo bajo formas diferentes. De ahí nuestro culto al pensamiento, en homenaje a los desencarnados que de lejos o de cerca han formado nuestra familia espiritual y humana.

Cuando el espíritu va directamente y sin segundas intenciones a los focos eminentemente espiritualizados, siente como retorno otros pensamientos que son el intercambio de puntos de vista que debe producir la evolución moral y preservar de la influencia del materialismo. Por eso los orientales han conservado el culto a los muertos. Y por eso, por vuestra parte, los druidas evocaban siempre en los círculos de piedra a los seres que viven en los diversos planos. De ahí proviene el instintivo coraje frente a la muerte, el espíritu de sacrificio y de amor a la naturaleza.

La naturaleza japonesa en el momento actual parece haber perdido la llama mística de los siglos pasados. Esto tiene relación con las tinieblas que envuelven vuestra Tierra. Tal como en los orígenes las grandes corrientes alcanzaban la nebulosa en su formación, en el momento presente esta Tierra, que ya no es una nebulosa, se convierte en mampara frente a las radiaciones del espacio, y en consecuencia, se deja prender por la materialidad en lugar de la iniciación y de la fe mística. He aquí lo que me está permitido deciros hoy para vuestra documentación personal. Tengo dificultades para expresar mi pensamiento, porque no conozco vuestro idioma. Ha sido necesario el auxilio de un espíritu asistente para que mis formas-pensamiento se hiciesen claras en el cerebro del médium y pudiese traducirlas.

Yo vuelvo al espacio, libre y satisfecho, por haber podido volver a la Tierra para comunicaros un pensamiento que pueda iluminar la flor cuyo perfume se esparcirá entre las hojas de vuestro futuro libro.

Kasuli

(Antiguo preceptor en la corte imperial del Japón)


8 – Procedimientos espirituales de los druidas.

25 de junio de 1926.

Sería interesante haceros conocer el punto de contacto y las diferencias existentes entre las religiones orientales y el Celtismo. Se reencuentran en el Japón los puntos fundamentales idénticos a las corrientes vibratorias lanzadas en la Bretaña.

Tenéis nociones precisas respecto del Celtismo y sabéis que los druidas y ciertos iniciados sentían esas vibraciones que, menos analizadas que hoy, se traducían entre ellos como simples intuiciones.

Durante las ceremonias druídicas los sacerdotes y las sacerdotisas pasaban a un estado de éxtasis. La druidesa era la médium de los druidas, mejor resguardada, habitando en medio de la naturaleza. Frecuentemente se mantenía casta.

Las poblaciones de esa época estaban al abrigo del materialismo y por eso era preciso sacudir su imaginación por medio de sacrificios. Los sacrificios, ya fuesen de seres humanos o bien de animales, formaban la base de las ceremonias druídicas y eran precedidos de cantos que constituían llamamientos vibratorios, apropiados para facilitar las intuiciones. Ciertos druidas tenían el poder de provocar la exteriorización de pacientes, de modo que éstos, bajo la influencia del sueño magnético, marchaban voluntariamente a la muerte.

En esa época y en esa parte de Francia, la atmósfera terrestre, bajo la radiación vibratoria de que os he hablado, era más fluídica que la atmósfera de nuestros días.

Vibraciones más fuertes llegaron a alcanzar vuestra Tierra y, a medida en que su corteza se engrosaba, la naturaleza de las vibraciones se transformó. Nosotros no podemos siempre, desde el punto de vista vibratorio, actuar sobre el suelo como se hacía en tiempos de los druidas; debemos limitarnos a influir sobre ciertos temperamentos susceptibles de almacenar las fuerzas fluídicas, vehículos del pensamiento. Siguiendo la evolución de vuestro planeta, constataréis que los efluvios pierden su carácter volátil para servirse de más fuerzas vibratorias, y es por ahí por donde el cerebro humano llegará, por adaptación científica, a descubrir las fuentes del alma universal.

Digo la adaptación científica y no la ciencia pura, a secas, porque se debe poner la ciencia en el camino de la orientación espiritualista, y es la conciencia, esclarecida por la fe, quien la guiará hacia un conocimiento más alto y más amplio.

Volviendo a los druidas, éstos recurrían a las invocaciones de la naturaleza para ponerse en un estado de equilibrio capaz de hacerles sentir las vibraciones de los pensamientos superiores. De ahí resultaba para ellos que el soplo superior existe, que la Tierra está rodeada de fuerzas creadoras y que la vida no se detenía en los límites de los bosques bretones. Ciertamente esas fuerzas no desarrollaban, en los cerebros de los habitantes de entonces, inventos geniales que pudiesen conducir a una civilización material casi espontánea. Pero lo que enseñaban los druidas era que la Tierra es una estación que se formó fluídicamente, debiendo evolucionar y después desaparecer.

Los pensamientos de los espíritus que alcanzaban a los druidas eran los de seres que habitaban ya fuese en el Espacio o bien en los mundos ya formados. Cuando un planeta está en formación y han de poblarlo seres conscientes, el primer aflujo que reciben es el que les dará, de modo imperecedero, la creencia en la vida superior e invisible. Esa creencia debe transmitir a través de las generaciones la luz de la conciencia que, desde el punto de vista carnal, es necesaria para la evolución y la transferencia en la pluralidad de las existencias.

Somos, aquí, llevados a hablar de las razas. Dejamos al druida que proceda a toda iniciación espiritual de los habitantes de una parte de Francia. El campesino bretón en esa época es naturalmente un primitivo, desde el punto de vista de la civilización humana. A través de la Historia nosotros lo hemos hallado siempre inmutablemente ligado a tres grandes principios: amor a lo sobrenatural, amor a su tierra, amor a su raza. El amor a lo sobrenatural le vino por ese aflujo de las radiaciones transmitidas por los médiums de los druidas, que desde el punto de vista humano impregnó la materia carnal de cierto misticismo, sostenido por una imaginación religiosa y una fe ardiente por todo lo que es oculto. De ahí cierto temor a la vida futura en el caso de una impiedad hacia el Creador. De ahí derivan la ingenuidad mística de las masas y además la elevación sincera que inspira la abnegación entre los marineros y la resignación de casi todos los habitantes de la península de Armor.

La piedad, para el bretón, es la provisión que sostiene el eslabón de la cadena de las vidas. El envoltorio carnal del bretón aspira los efluvios nutritivos transmitidos por el suelo. Si en su conciencia mantiene siempre el misticismo y la confianza en la fuerza divina, experimenta una especie de placer al penetrarse del aura que se desprende de su Bretaña. Este fenómeno le dará el equilibrio, forzándolo instintivamente a permanecer sobre ese suelo. La naturaleza de su tierra se asemeja a los brazos de una madre afectuosa, cuyo corazón está representado por la fe mística transmitida por los rayos del Espacio.

En resumen, el amor a lo sobrenatural y el amor al suelo nativo son los dos principales factores que forman la raza bretona. En ese ambiente de suelo ardiente y misterioso, rodeado por el mar, el habitante adquirirá las cualidades superiores desde el punto de vista de la sensibilidad mística.

La raza bretona es por veces sensible y robusta. La sensibilidad vibratoria le vino del espíritu, y del suelo le vienen el ardor y un punto de fiereza que se reflejarán en su temperamento.

La naturaleza armoricana mantiene en su imaginación el culto a la leyenda y a los antiguos ritos y, a pesar de las existencias sucesivas y de las deformaciones inherentes a la civilización, al llegarle la muerte el desencarnado bretón lleva consigo los mismos estigmas en él impresos desde hace siglos.

La marca del Celtismo tocó entonces, como he dicho, a la raza bretona por capilaridad a través del suelo y, mediante las migraciones humanas la chispa céltica será y es uno de los focos que animan e iluminan a toda Francia.

Allan Kardec
9 – La variedad de las razas humanas.

9 de julio de 1926.

Los celtas fueron los primeros padres de la espiritualidad. Estas fueron las palabras de uno de los grandes dignatarios de la Iglesia, León XIII, a quien tuve ocasión de encontrar en el espacio, y fue quien me comunicó este pensamiento; doy a estas palabras mucha importancia, y ellas demuestran que la visión del Espacio es más clara que la de la Tierra.

Respecto de los pretendidos orígenes orientales de los celtas, ciertos historiadores se han equivocado. Os he dicho que un rayo fluídico tocó a Occidente en las cercanías de la Bretaña, en tiempos de la formación de la Tierra, rayo que transmitió los elementos necesarios de la vida universal. Más de uno de esos rayos alcanzaron a vuestro planeta.

Muchas de esas corrientes tenían fundamentos distintos, aunque la velocidad de las vibraciones fuese la misma. Notad que, si por la parte occidental existe la bella luz espiritual céltica, no se debe dejar de constatar que en Oriente, e incluso en Extremo Oriente, hay un misticismo muy elevado que puede asemejarse, entre los japoneses por ejemplo, a ciertas creencias célticas.

Desde el punto de vista de la raza, tenéis elementos terrestres que se relacionan con los de Bretaña. Debido al doble fenómeno de las radiaciones, los seres humanos, igualmente tocados por las radiaciones del espacio y por las de su suelo nativo, pueden presentar las mismas características, aunque en grados diferentes a los de otras razas. Así es como existen, entre el campesino bretón y el campesino del sur de Rusia, en Ucrania, por ejemplo, características análogas: veneración de la Naturaleza, vínculo con el suelo, confianza nativa en lo sobrenatural. No hay entonces nada de sorprendente en que ciertos escritores, que no conocen los fenómenos de la vida magnética y extra-terrestre, hayan quedado simplemente impactados por esas analogías y hayan sido llevados a clasificar a muchas razas en un único tipo.

Sin embargo, puede ocurrir que entre dos rayos elevados se verifique el nacimiento de seres casi salvajes, u organizados de modo rudimentario. Tenéis una prueba en la presencia de razas salvajes, como los hunos, afincados en Hungría, y más al Norte los pueblos germánicos; al comienzo, esas tribus se hallaban situadas a igual distancia entre el rayo celta y el rayo oriental.

Cada raza evolucionada se halla bajo la acción del rayo regenerador, después se extiende en ondas humanas en torno a ese rayo hasta que éste encuentre las ondas provenientes de otro rayo. Y esto explica las diferencias de razas, porque entre el rayo céltico (lo cito porque es más cercano a vosotros), de un orden espiritual muy elevado, y el rayo oriental, de igual orden, existen, aparte de ellos, otros rayos con otras características, cuya luminosidad es rica en número de colores y cuyas vibraciones son más pesadas.

Esos rayos representan el coraje brutal, la fuerza dominadora, y tenéis el testimonio de ello entre los germanos y los húngaros. De ahí los choques entre las corrientes, y por consiguiente, la lucha de las razas. Esas corrientes siempre existen, pero se transforman con el correr de los siglos; ellas proporcionan a los hombres el alimento y la asimilación del pensamiento, según su grado de evolución y la naturaleza de su suelo.

Ciertamente los seres humanos puestos entre los dos rayos superiores pueden llegar, ya individualmente o en grupo, a afirmarse y a asimilar más elementos vibratorios superiores que al comienzo. Es una cuestión de consciencia en el sentido absoluto de la palabra, y también de elevación personal.

La naturaleza de los rayos ha evolucionado mucho también, desde el comienzo de la vida autónoma de vuestro planeta. Los grandes rayos espirituales elevados ya no tienen la fuerza regeneradora de otrora, e incluso los rayos primarios menos espiritualizados han sido transformados; de ahí las fluctuaciones de cada raza. Encontráis en cada pueblo épocas de evolución espiritual, alternadas con períodos de influencias materiales. Es la ley de trabajo absoluto y sin coacción.

Francia, en la actualidad, nos parece, desde el Espacio, siempre envuelta en rayos provenientes de esferas muy elevadas, pero que parecen encubiertos por una especie de vapor procedente de las emanaciones terrestres materiales. Ese es el motivo de que tengáis, en el momento actual, en vuestro país, choques que no se producían entre los celtas, quienes se impregnaban en las propias fuentes de la naturaleza y obtenían de ellas sus directrices.

Los dos grandes rayos de que he hablado siguen enviando sus fluidos vitales, que deben mantener en las conciencias humanas la creencia en lo invisible, en la sobrevivencia y además en la fuerza divina creadora de la gran vida. En Inglaterra existe una doble corriente que siempre nos indica la cercanía del rayo origen del Celtismo:

1ª) confianza de la sociedad culta en la existencia del ser invisible;

2ª) misticismo en la clase popular.

Los seres refractarios a esta doble corriente permanecen presos a los gozos materiales y repelen la doctrina superior.

He hallado últimamente, en Inglaterra, familias que poseen una fe sincera y profunda en la bondad divina, aceptando la sobrevivencia superior y orando en el silencio de la naturaleza. Esas familias mantenían aún viva la llama céltica, no mancillada por las generaciones. Me he sentido muy impresionado por los espíritus que acudían alrededor de esas personas para sostener la llama de su consciencia.

En la Bretaña Francesa también existe una pequeña llama, pero ésta es más vacilante, porque el ambiente de las radiaciones vecinas perjudica su elevación hacia lo Alto. En el centro de Francia subsisten entre vuestros campesinos parcelas de fe céltica, arraigadas en el subconsciente; ellas se revelan entre ciertos pacientes por una expresión de candor y de sinceridad en la oración, único elemento que ha quedado de las radiaciones célticas. En vuestras ciudades este elemento ha desaparecido debido a la influencia materialista.

El rayo céltico y el oriental no son los únicos rayos elevados que deben transmitir la alta espiritualidad a los hombres. Hay uno muy bueno en Escandinavia, otro más en Egipto, proveniente del golfo Pérsico, que se prolonga por el norte de África hasta el Atlántico. Los rayos céltico, escandinavo y oriental son los más puros. El rayo celta es el más fluídico, pero el escandinavo tiene más color. El rayo oriental está compuesto al mismo tiempo por el color azul del celta y el color dorado del sol, representando la fuerza en la creencia mística.

Vuestros filósofos e historiadores han quedado asombrados por las analogías existentes entre las influencias de las diversas corrientes y han puesto la cuna de los celtas en puntos diferentes.



Allan Kardec
10 – El rayo céltico (continuación).

25 de julio de 1926.

El rayo céltico de que os he hablado se mantuvo a través de los tiempos en vuestra conciencia francesa, bajo la forma de amor al suelo. Los druidas poseían, en alto grado, esta radiación que hacía de ellos polos magnéticos que, por refracción, podían transmitir a los seres circunvecinos la llama mística y superior que habían recibido. Su poder sobre las masas ignorantes fue grande. En determinado momento, por intuición, un cierto número de druidas recibió la misión de ir más allá en las tierras. Provistos de poderes ocultos, ellos impresionaban a los bárbaros y transmitían su magnetismo por su encantamiento bajo la forma de culto y, por eso, la cubierta fluídica se extendía más aún sobre la Galia.

El paso de los druidas por el centro de Francia y la Lorena es incuestionable. Se podría decir que el Celtismo es el fuego radiante de donde surgió la raza nacional gala. Bajo la influencia de los ritos célticos el hombre se impregnó de misticismo, su cuerpo se refinó y pudo recibir ciertas vibraciones del espacio. Esas vibraciones no han podido desarrollarse gradualmente porque las generaciones no poseían todas las cualidades de absorción necesarias para la asimilación de tales fluidos.

Las vibraciones primarias célticas han quedado impresas en las almas. Adormecidas durante la vida en algunos, se revelaron entre los descendientes según sus aptitudes.

Por ello habéis podido constatar en vuestra Historia avances y retrocesos, que se han traducido por la ascensión hacia el ideal o la caída a la materia.

Seres provenientes del mismo grado de evolución y habiendo almacenado el mismo número de vibraciones célticas, no las han exteriorizado en el mismo momento, en los mismos lugares. Un bretón, habiendo recibido en su país natal la chispa céltica directamente de los druidas, la transmitirá a sus hijos, que la conservarán en estado de ignición hasta el momento en que vuelva a encenderse bajo la forma de una llama insospechada.

Este momento se acerca. Pronto comprobaréis un movimiento de espiritualidad constante y durable. Dios tiene proyectos para la Tierra. Presentimos grandes cosas, porque la parte espiritual debe hacer avanzar a la humanidad.



Allan Kardec
11 – Métodos de comunicación entre los espíritus y los hombres.

20 de agosto de 1926.

Desde nuestra última charla ha sido necesario estudiar el método más fácil para infundir en el cerebro del médium y en los seres humanos la solución de los problemas sobre los cuales me interrogáis. He entrado en contacto con los espíritus de las esferas superiores, quienes me han hablado de la transmigración de los seres desde su origen.

En el espacio nos estabilizamos en una esfera de densidad media, y desde allí llamamos a los seres superiores. Ellos no vienen siempre porque su rayo no puede ser mantenido por nosotros, pero su pensamiento nos alcanza como las ondas de la Tierra alcanzan al resonador telefónico.

Cuando la llamada ha sido oída y los dos seres desencarnados se ponen en sintonía, los pensamientos se intercambian bajo la forma de colores transmitidos por vibraciones. Pero cuando se preguntan las soluciones de los problemas, en un grado de elevación superior a la comprensión humana, nosotros, los desencarnados, nos asemejamos a los encarnados correspondientes al último plano de su evolución terrestre.

Tomad, sobre la Tierra, a dos individuos de inteligencia y comprensión diferentes, y abordad una cuestión desconocida para ellos. Ésta será comprendida de inmediato por uno y no así por el otro, y será necesario un esfuerzo de adaptación. Lo mismo ocurre en el espacio. Ya os he explicado, por tanto, el problema de la vida psíquica, desde el punto de vista de las reencarnaciones, la correlación entre la vida humana planetaria y la vida de los encarnados.

Pero lo que pedís es la mayor precisión posible sobre la molécula primitiva, es decir, el punto inicial de la vida. Ahora es preciso que os traiga el rayo superior que enseña el misterio. Cuando ese rayo llegue hasta vosotros, tendréis la posibilidad de informaros.

Los misterios de la Creación no pueden ser revelados a toda criatura humana. Para eso los seres deben ponerse en disposiciones especiales a fin de que sus vibraciones se armonicen con las vibraciones superiores.

Es preciso que os reunáis en una sala cerrada, con las ventanas cerradas. Tomad las instrucciones a la luz de una lámpara resguardada por una pantalla. Antes de la reunión bañaréis la frente del médium con un paño embebido en un poco de agua fresca. Al ligarme con el médium, magnetizaré la capa de agua y esto servirá de fluido amortiguador.

Recibiré entonces del Espacio las vibraciones que me harán comprender los problemas. Yo os prometo una ayuda seria desde el Espacio, y tendréis la documentación que deseáis; pero debéis reunir los medios para ello. Ya que habéis consagrado vuestra vida a la difusión de una creencia, lo mismo que yo, os habéis hecho colaboradores míos en la Tierra. Yo os concedo toda mi personalidad fluídica para obtener la clave de un problema misterioso. Si bien para ello es preciso que los rayos de las grandes esferas vengan a tocaros directamente.

La humanidad no debe transgredir, desde el punto de vista evolutivo, las normas colocadas como base de la vida universal. Para comprender la menor parte de esa vida universal es preciso desarrollar vuestra voluntad, vuestro deseo de elevarse hacia lo ideal, penetrarse de un baño fluídico puro y regenerador.

Hay grandes espíritus incapaces de comprender de dónde y cómo han venido y hacia dónde van. Aunque lo han comprendido en el Espacio, lo olvidan al incorporarse en el médium, y con más razón al encontrarse en la Tierra para una nueva vida.

Cuando pienso y reflexiono en el espacio, las vibraciones psíquicas de todo mi ser pueden realizar la plenitud de mis facultades, pero una vez me he ligado al médium, estas vibraciones disminuyen y mi poder pierde mucha de su amplitud. Hay mundos fluídicos donde la comprensión es más nítida que entre vosotros. A medida en que la materia pierde su poder, el estado psíquico se hace más sutil y se impregna más fácilmente de las radiaciones de la vida universal.

En su período de formación, vuestra Tierra fue impregnada con grandes corrientes, de las cuales ya os he hablado, cuyas vibraciones directas los celtas y los druidas percibieron, porque vuestro planeta estaba todavía vibrante por obra de una acción superior que se ha ido atenuando con el paso del tiempo.



Allan Kardec
12 – Origen y evolución de la vida universal

3 de septiembre de 1926.

Habéis pedido esclarecimiento sobre ciertos puntos oscuros de la doctrina druídica. Para ello me he puesto en relación con las esferas elevadas a fin de obtener algunos índices sobre el foco superior regenerador de vida y de amor. Tres círculos, como sabéis, forman las bases de la doctrina céltica; por consiguiente, el más elevado corresponde al foco divino.

Las explicaciones proporcionadas por los espíritus superiores indican que la inteligencia humana no debe conocer el secreto de la fuente suprema de la vida. He aquí lo que puedo decir según las radiaciones que me llegan. Existe, aparte de los planos formados por las criaturas según su evolución a través de su propia vida, una esfera enteramente vibratoria, sin límites, inmersa en la inmensidad del Universo, que no es posible sentir a no ser a partir de cierta evolución. Esa esfera vibra, y la criatura terrestre que de ella salió todavía la percibe en forma de vibraciones de la consciencia en el “yo interior”.

Las vibraciones del gran foco están en comunicación con la conciencia, y cuando ésta es desarrollada, el sentido místico lo es asimismo. Esto ocurre en razón directa de la evolución de la conciencia.

El gran foco vibratorio anima a todo el Universo y, de grado en grado, cada ser recibe las inspiraciones e impresiones directas de ese foco que, en la Tierra, llamáis Dios.

Un día tendréis la definición exacta de la palabra Eterno y comprenderéis la célula viva inicial de ese gran círculo superior vibratorio. Pero vuestro cerebro humano se rompería si en él se colocase la clave del misterio. Ahora, he aquí el punto establecido sobre el objetivo, y la admisión del gran círculo superior en que reside la potencia creadora. Las moléculas que de él emanan se difunden por el espacio como un ramo de fuegos de artificio. Ellas se extienden en ondas que van a formar las centellas creadoras de los seres. En torno a esas moléculas fundamentales circulan las vibraciones que van a formar los focos que representan los mundos. Constantemente son creados nuevos mundos.

Todo sistema creado tiene su vida propia y se subdivide, por sí mismo, en un sistema particular. Los planetas tienen su vida, sus transformaciones. Los soles, a su vez, lanzan ondas. Inicialmente se forma el sistema gaseoso, después el mineral y el vegetal, para llegar a la criatura humana. Ésta, ser pensante, es movida por la centella proveniente del gran foco, mientras que los sistemas minerales y vegetales son creados por los reflejos de la generación secundaria.

Tal es la evolución de la materia resultante en el envoltorio carnal, al cual se adaptará la vibración inicial de la consciencia en conexión directa con la centella suprema. Así es como se establece la proyección.

Las vibraciones del gran Todo no son exclusivas de una región común, como se cree generalmente, sino que colman todas las regiones del Universo. No son perceptibles para los seres, a no ser en la medida de su crecimiento y sensibilidad. Las religiones, en sus concepciones de paraíso y de regiones celestes, solo presentan imágenes, mientras que es verdadero que las vibraciones del pensamiento divino animan a todo el Universo.

No todos los espíritus están en condiciones de penetrar en el azul vibratorio, porque es preciso un grado suficiente de perfeccionamiento para percibir y apreciar la belleza y la grandeza de la vida superior. Cada sistema planetario tiene su grado de elevación y llega un momento en que todos los seres evolucionados, los que habitan los planetas en vías de progreso, se verán inmersos más directamente en el azul celeste. Los espíritus inferiores pasan al lado de los espíritus luminosos sin verlos, pero, en ciertas condiciones, los espíritus superiores pueden hacerse visibles, a fin de esclarecer a los espíritus menos evolucionados.

Cuando el espíritu en vías de evolución puede, por sus méritos, entrar en relación con el mundo superior y recibir la luz vibratoria del gran foco, recoge una impresión de fuerza, de potencia, y tan pronto como cesa el impulso, le resta la percepción de la luz que se liga a su grado de evolución. Esa luz se traduce en millones de centellas vibratorias, dotadas de una radiación imposible de traducir para los sentidos humanos, que enriquecen su periespíritu.



* * *

Regresemos a la molécula vibratoria que salió del círculo de Ceugant, creadora de la vida. Ella es toda pureza y luz, es la fuente de las creaciones inferiores, la animadora de las vidas sucesivas, tales son los elementos que constituyen la vida superior.

Los druidas fueron puestos en vuestro globo para llevarle lo máximo posible de luz de este plano superior que reflejaba su conciencia. En los primeros tiempos la iniciación fue directa, pues dicha conciencia era pura.

Esta palabra, conciencia, significa para nosotros centro vibratorio aún no mancillado y que puede comunicarse con el plano divino. Eso porque, en el estudio de los seres humanos, aunque sus actos os parezcan reprensibles, si su conciencia no está destruida queda en ellos un pequeño centro vibratorio susceptible de rehabilitación. Al comienzo de su religión los druidas gozaron de los beneficios de una comunión vibratoria muy intensa, lo cual les valió el título de iniciados. Pero en contacto con la materia, por refracción, las enseñanzas druídicas han sido deformadas por los hombres. Las conciencias fueron oscurecidas y las intuiciones fueron cubiertas con un velo, las iniciaciones fueron cerradas.

Entonces, en grados diversos, la conciencia humana está muy impregnada de la gracia divina. ¿Será capaz de conservar ese patrimonio? En la desencarnación el alma humana se sitúa en la luz que le es posible asimilar, según su grado de recepción y de conservación de las vibraciones divinas.

Si al salir de una vida terrestre la molécula divina es paralizada por la materia, la progresión queda en suspenso, el recuerdo de las pasiones materiales turba la conciencia y conduce a una especie de entorpecimiento del ser espiritual. Es lo que los druidas llamaban “principio de la destrucción”, porque la evolución queda en suspenso.

Para que la evolución retome su curso es preciso que los espíritus luminosos disuelvan esa especie de cáscara pasional fluídica, a fin de reavivar la centella consciente, y el ser espiritual, reanimado, retomará su andadura a través de sus existencias. Numerosos son los espíritus desencarnados que se hallan detenidos en su evolución.

Al igual que la chispa pierde su llama cuando está recubierta de ceniza, la conciencia espiritual vuelve a la nada cuando está muy recargada de materia, siendo ésta, desde el punto de vista material, el soporte de la esencia espiritual.

Sabéis que esa materia es producida por la mayor o menor velocidad de las vibraciones entre los diferentes estratos de ondas emanadas desde un punto vibratorio. Cuando, desde ese punto, emanan ondas espirituales para la formación de un mundo que deberá contener las centellas conscientes, es preciso, como consecuencia, que las moléculas vibratorias más pesadas se conviertan en materia.

En el curso de la evolución llega un momento en que la molécula material evoluciona lo suficiente para convertirse, a su vez, en una molécula vital consciente, y esto se produce cuando esa materia se desprende de un mundo inferior para retornar al espacio y ligarse a las moléculas vitales de luz. Los druidas tenían la intuición de esto, visto que consagraban un culto a ciertos objetos materiales.

Terminaré diciendo que la centella vital consciente, una vez lanzada al inmenso ruedo, debe recorrer un ciclo de vidas sucesivas a través de los mundos y de los espacios variados, porque todo lo que cambia de forma cambia de medio. La marcha de su evolución está en razón directa a la conservación y desarrollo de la molécula vital consciente. Cuando ésta ha realizado cierto número de etapas en un sistema planetario, ya se ha purificado y sigue subiendo en la escala de los mundos, en paralelo con otras centellas vitales conscientes.

Hay, pues, dos creaciones paralelas: la creación de la centella vital consciente, que corresponde al ser humano, y la evolución de la materia constitutiva de los mundos.



Allan Kardec
13 – Las fuerzas radiantes del Espacio.

El campo magnético vibratorio.

15 de octubre de 1926.

A propósito de una cuestión de un artículo del periódico Le Matin (3 de octubre de 1926), anunciando el descubrimiento de ciertas radiaciones del Espacio,lxix ese descubrimiento o experimento solo es una orientación, pues debéis, desde el punto de vista psíquico, recibir las enseñanzas gradualmente, a fin de no ser perturbados.

Los druidas ya conocían esas ondas. En medio de la naturaleza las pasiones materiales no ejercen una influencia parasitaria.

El druida era iniciado teniendo en vista dejar para la Historia futura los documentos que se aproximasen, un día, a las doctrinas científicas. Éstos podían, así, servir para la elaboración de fórmulas, constituyendo, en su conjunto, una enseñanza superior idealista (alusión a las Tríadas).

El druida recibía, intuitivamente, los efluvios provenientes de seres y focos superiores, y esto por medio de ondas. Pero hacían falta siglos para que el ser humano, por su trabajo personal, por su adaptación científica, pudiese asimilar todas las consecuencias de fenómenos que no hubieran podido admitirse en la época druídica. Era preciso, al menos, que la doctrina pura fuese registrada por el ser humano que vivía en aquella época en el seno de la naturaleza, y conservada a través de los tiempos, a fin de que, en el momento oportuno, al comparar la doctrina ideocéltica y la doctrina ideocientífica moderna, hubiese entre ellas un vínculo imperecedero.

Muy pronto se observará la producción de fenómenos, extremadamente curiosos para los no iniciados y cautivadores para los iniciados. Si los diferentes ciclos de la doctrina céltica representan diferentes escalas en la ascensión de la vida espiritual, el descubrimiento de las diversas especies de ondas os concretará la composición de los diferentes medios, y día vendrá en que recibiréis, a través de un lenguaje convencional, las gamas de colores que se asemejan al pensamiento.

Cuanto más llegue a estudiarse y a analizarse el medio vibratorio, mayores posibilidades tendréis de conocer y captar las fuerzas exteriores de vuestro globo.

Nosotros, los que estamos en el Espacio, concebimos la marcha de la vida de una manera bastante diferente de la vuestra. Sabemos que las vibraciones os son transmitidas, que el ser humano recibe y almacena algunas de ellas, pero vuestros sentidos particulares son muy inferiores para permitiros exteriorizarlas. El campo magnético vibratorio se os irá revelando poco a poco. No es preciso que busquéis obtener la clave del problema de una sola vez, porque vuestro cerebro físico se disgregaría. El druida, inmunizado hasta cierto punto, estaba en relación casi directa con las fuerzas superiores, que por aquella época tenían un aflujo mayor que en los tiempos modernos. Era preciso que en ese momento la vida fuese sencilla, rústica, y que la base espiritual se estableciese sólidamente a fin de que, gradualmente, el arte y la ciencia viniesen a ayudaros a desarrollar el cuadro que os muestra algunos aspectos de la organización universal.

La ciencia no tendría razón de existir sin que la centella generadora cayese de lo alto, visto que todo problema artístico o científico tiene como base una parte de intuición, siendo ésta de orden divino.

El druida respiró la atmósfera pura en el seno del bosque; la copa de los árboles atraía los estratos vibratorios que envolvían y envuelven siempre nuestro planeta. Frente al bosque estaba el mar, que servía de conductor para el otro polo magnético, es decir, desde el punto de vista psíquico, para reforzar y estabilizar el conjunto. Era preciso, por otra parte, que la gran masa fluídica hallase su equilibrio sobre la tierra y sobre las aguas.

El druida, cuando observaba el mar, se bañaba al mismo tiempo en ondas provenientes del bosque, que se reflejaban como un espejo sobre el manto líquido. Así es como le vino la intuición de la existencia de los ciclos que vosotros conocéis. En resumen, sabéis que la onda es una sucesión de círculos, desde el punto de vista vibratorio.

Un día se os dirá por qué el druida tenía esa intuición y por qué ésta, en la obra divina, no ha llegado a concretarse sino muchos miles de años más tarde. Podéis notar que el movimiento céltico por un lado, los movimientos cristiano y budista-hindú por otro, se produjeron en países al mismo tiempo montañosos, cubiertos de bosques y vecinos al mar.

Si el druida adoraba al bosque, Cristo amaba la colina. Entonces podéis por ahí evidenciar el fenómeno científico real de que la onda se presta más a la captación sobre un lugar elevado que en vaguadas, y que la vecindad del mar ayuda poderosamente en la sensación de los estratos vibratorios. El agua capta el pensamiento y después lo transmite; ella es necesaria para la fecundación de la tierra, este es un hecho que vosotros consideráis desde el punto de vista material y nosotros desde el punto de vista espiritual.

Las fuerzas provenientes del Espacio son absorbidas por vuestra Tierra gracias a los mantos acuíferos, a la vegetación lujuriante, a las montañas, a las colinas, a las llanuras, y cada ser humano puede ser impresionado por esas ondas. Vosotros habéis tenido constancia de eso estudiando con detalle la doctrina céltica. Os he hablado de rayos que han venido a bañar la charneca y el bosque bretón, rayos, mantos de ondas que son igualmente dispersadas en diferentes partes de vuestra Tierra. Pero he de añadir que vuestra raza francesa debe en gran parte su orientación a las franjas de ondas recibidas del oeste de vuestro país.

El druida, por sus encantamientos, por la forma de su culto, atraía a las fuerzas invisibles cuyos efectos notaba bajo la forma de ligeros toque fluídicos. Hoy esa sensibilidad ha desaparecido para la mayoría de los seres humanos. Es preciso hallarse en condiciones especiales para poder, como el druida, sentir el aflujo exterior.

Podéis decir que la palabra Celtismo representa, para el hombre moderno, la forma concreta de una doctrina cuya base es la asimilación, concentración, desarrollo y aparición de fuerzas que forman parte integral del movimiento cósmico.

Yo viví en esa época y puedo afirmaros que en los tiempos druídicos el ser humano sentía esa fuerza radiante que, en el curso de los siglos, hubo de adaptar científicamente – este es el único término que encuentro – a su envoltorio carnal. Así, él podía aprender a leer, analizar y disociar las partes impalpables y vibratorias susceptibles de darle algún esclarecimiento sobre el misterio de la creación. El druida, debido a su iniciación, era capaz de comprender la función de las franjas de ondas, pero él estaba rodeado de una masa humana primitiva, muy poco evolucionada para percibir la acción. Conforme a la voluntad superior, convenía, en esa época, depositar una centella que, entre los druidas, se traducía en la comprensión de la evolución universal.

Y la majestad de esa evolución, habiéndose grabado primitivamente con intensidad, la esencia de la doctrina, ha permanecido latente a través de los siglos. Tal era el objetivo del Druidismo, que debía ser el detentador del conocimiento de las fuerzas superiores.

Faltaba propagar entre el mayor número posible de personas la autenticidad de esa revelación. Dos factores han contribuido a su difusión: la teoría de las vidas sucesivas y los desórdenes materiales y morales que se extienden a través de la vida de los seres y de los mundos.

Hoy habéis podido ver, en el curso de la Historia, cómo nacen, crecen y menguan las pasiones, según las alternativas de progreso y de retroceso, y, por consiguiente, la elevación del ser humano desde el estado salvaje hasta el estado actual.

Las artes han florecido, pero su desarrollo fue obstaculizado por la atrocidad de las guerras. En suma, tras flujos y reflujos innumerables, llegaréis hoy a hacer que ciertos hombres comprendan que la naturaleza y lo humano son campos de observación magnética, que en ciertas condiciones vibran y comandan de tal forma, que constituyen las máquinas estáticas del orden universal.

El hombre moderno evolucionado obtendrá sus directrices por la acción de fuerzas superiores y será comparable a la antena de vuestros telégrafos sin hilo. No está lejano el día en que seréis convencidos de que lo infinito es el propio Dios y de que la vida universal circula por todas partes, siendo los Espacios los campos vibratorios radiantes.

Allan Kardec
14 – El Celtismo y la Naturaleza. La evolución del pensamiento.

29 de octubre de 1926.

El Celtismo es el símbolo de un pensamiento que emana de lo infinito y es transmitido por corrientes tomadas en préstamo a las arterias de la vida universal. Es una de las formas evolutivas de la vida vibratoria del Espacio. Los árboles han ayudado poderosamente en la absorción de esas vibraciones. El suelo y las plantas, que ahí están adaptados, han actuado en el mismo sentido.

El ser humano ¿también absorberá esas vibraciones? El druida, viviendo en lo íntimo de la Naturaleza, al adaptarse por lo que había absorbido, a la vida en el Espacio, fue uno de los primeros seres que registró las vibraciones bajo la forma de intuiciones. Pero el druida era un ser algo especial, animado de una fe ardiente. Él se exteriorizaba en una gran amplitud de la vida material ambiente. Era un ser evolucionado, pero los seres rudimentarios que vivían a su alrededor, tardaron siglos antes de ser capaces de absorber las ondas del espacio.

Recorriendo la Historia, podréis constatar que las fluctuaciones morales se han alternado con las fluctuaciones materiales. Al igual que los druidas tenían en cuenta el flujo y el reflujo del mar, las civilizaciones humanas se han inspirado en el flujo y reflujo del pensamiento.

Según la ley de las reencarnaciones, las masas humanas no han llegado a la misma evolución, pues no absorben en un mismo grado las ondas del espacio. Hubo, entonces, un retroceso después de los tiempos druídicos. Era preciso civilizar al ser humano, infundiéndole inicialmente el Cristianismo y después el culto a la belleza por las Artes y las Letras. Finalmente, cuando el punto de vista científico se desarrolle, el Celtismo y la ciencia, fatídicamente, habrán de unirse.

La doctrina céltica, en su pureza y belleza, es como la esencia de la enseñanza inspirada por la fe en la vida superior. A lo largo de la Historia el ser humano ha sido conmovido, en épocas diferentes, por inspiraciones geniales, y si comparáis la enseñanza de los druidas con la recepción intuitiva de pensamientos superiores más o menos modernos, podréis verificar que hay cierta correlación.

Haciendo caminar en igualdad la civilización humana y la elevación del pensamiento, partiendo del punto de vista céltico, veréis que, en todos los grandes momentos de la Historia, la chispa más o menos genial de vuestra raza se alimenta de las fuentes puras del Celtismo. Si bien, con el flujo y el reflujo del pensamiento, esa chispa ha quedado encubierta en diferentes momentos por la falta de homogeneidad de los seres que vivieron en determinadas épocas. Hay una ley que exige que el progreso de la encarnación no sea siempre constante. Aunque en la creación de un mundo haya siempre elementos imperecederos tomados prestados de la vida universal.

Los primeros druidas inculcaron en las poblaciones una fe muy viva, por medio de ejemplos extraídos de la naturaleza, pero en determinado momento la fe quedó oscurecida y fue discutida. Su forma ha cambiado a través de los tiempos, pero si analizáis todas las religiones, ahí encontraréis siempre la esencia de lo divino que anima, incontestablemente, la doctrina céltica pura.

Por eso el Celtismo reconoce la existencia de un foco superior que ejercerá influencia en las condiciones racionales sobre el ser humano que habita vuestro globo. Tal como el druida fue afectado por las ondas del espacio, la fe, bajo múltiples formas, ha tocado a los seres a través de los tiempos, y ahora fe y ciencia deben reencontrarse.

En el presente, puedo deciros que el ser humano, tras cierto número de encarnaciones, y cuando posee una sensibilidad constante y equilibrada, recibe directamente los pensamientos transmitidos por ondas del espacio, que completan su libre albedrío, pero es preciso que llegue a un desarrollo superior para recibir esas vibraciones. Ha de estar exento de las emanaciones materiales que se desprenden de su ser y paralizan la marcha del fenómeno de la recepción. Si el druida recibía casi directamente las intuiciones, se debe a que él bebía en las propias fuentes de la naturaleza.

Él era, por destino, un iniciado. Con el correr de los tiempos esos iniciados fueron reencontrados; se les podría llamar neodruidas. No adelantaré mucho diciéndoos que en el futuro, si la fe ardiente no penetra en lo íntimo de ciertos individuos, al menos vosotros registraréis, con auxilio de vuestro trabajo científico, fenómenos sorprendentes. Publicaréis la marcha ascendente y descendente de las huellas de ondas extra-planetarias.

Los druidas enseñaron la existencia de esas fuerzas desconocidas. Las vibraciones de amor hacia el foco divino, la figuración de la naturaleza siempre animada, fueron los primeros signos de que todo en el Universo está regido por leyes superiores. Las vibraciones armónicas mantienen la vida y hacen discurrir a través de sus anillos la luz que esclarecerá el misterio de la vida superior y divina.

La doctrina materialista basada únicamente en la ciencia zozobrará. La doctrina espiritualista basada en la fe y en la experiencia debe auxiliar en la iniciación progresiva. Es preciso que la inspiración gradual dada por la fe espiritualista vaya a la par con la ciencia. La ciencia es el faro y la fe es la luz que lo hace alumbrar.

Allan Kardec
15- Juana de Arco, espíritu céltico, anunciada por Jules Michelet.

Amé a Francia y mi alma ha sido iluminada por un ideal superior. He consignado mi modo de ver en mi obra Histoire de France. Con el auxilio de Juana de Arco, a quien he glorificado, este ideal me ha ayudado a desencarnar, a hallar mi camino en la luz celeste. Este espíritu, que hasta el momento llamáis “Espíritu Azul” es sinónimo para vosotros de espíritu de luz, de patriotismo y de amor. Al pronunciar su nombre, he sentido efluvios radiantes que me indican que Juana de Arco tenía la posibilidad de venir hasta vosotros y participar en vuestra próxima sesión.

El Celtismo, a mi parecer, es la centella embrionaria absolutamente necesaria para la irradiación de la vida nacional francesa. Gracias a ese esplendor de la esencia divina no está aniquilada la molécula que se transmite a través de las generaciones francesas. La alternancia de los retornos de escepticismo y de materialismo con las efusiones de luz idealista constituye un juego de leyes de la reencarnación.

Juana de Arco encarna en su más alto grado esta alma céltica, que de modo fundamental se inspira en tres grandes elementos: la fe en la fuerza divina, la fe en la vida renaciente a través del espacio y la sensación de sus reflejos sobre la criatura francesa. Lo cual se traduce en el patriotismo nacional y el amor de Dios Creador. Juana de Arco recibió durante toda su vida de misionera la irradiación proveniente de las moléculas de orden divino. Si los ojos de su cuerpo rehusaban mirar la luz astral, su subconsciente estaba esclarecido por la vía celeste. Por eso ella tuvo una fuerza genial, cuya inspiración fue un ideal de belleza y amor. Juana, como misionera y como francesa, vino a traer a los pueblos bárbaros, desorientados y disgregados, la iniciación que les debía servir de ayuda indispensable.

En el transcurso del tiempo y de las generaciones es preciso que, de vez en cuando, un polo tan poderoso como puro reciba las vibraciones que forman la corriente de la vida universal. Desde las épocas más remotas, grandes iniciados han venido a los mundos; vosotros habéis tenido sobre vuestra Tierra a: Buda, Cristo y Juana de Arco.

El Celtismo es una de las formas de la voluntad divina, visto que su doctrina emana directamente de los focos superiores; y que los druidas fueron, sobre vuestro suelo, los primeros seres capaces de comprender y transmitir las impresiones y las enseñanzas recibidas por la iniciación, capaces, también, por la irradiación, de propagar una enseñanza saludable para las masas populares.

Juana de Arco fue inspirada por sus voces del Bosque Chenu. Ella recibió de espíritus superiores las enseñanzas que hicieron de ella la heroína sagrada. El druida, con su guadaña de oro en las manos, no veía los ángeles del bosque de Chenu, pero recibía su pensamiento a través de la luz divina, en una sola palabra, he aquí la impresión que sentía el druida. Él caía en éxtasis inspirándose en la naturaleza y veía, en cierto momento, a todo su ser entrar en vibración. Él se sentía como por encima del suelo, y su personalidad física estaba rodeada de una aureola de efluvios, a veces calientes, suaves o fuertes, y esto lo podéis traducir en lenguaje moderno como atracción extática, vibración constante y recepción de ondas radiantes en todo ser humano. El druida era, en realidad, un médium dotado de facultades psíquicas y morales bastante desarrolladas.

En ciertos momentos, el druida no solo sentía la influencia astral, sino que además veía luces, vapores y condensaciones fluídicas. Si viviese en nuestra época actual, y gracias al progreso de la ciencia, él podría explicar mejor y asimilar todos esos fenómenos, pero en su tiempo todo le parecía maravilloso.

Cuando veía solamente condensaciones de vapores, tenía la impresión de que un primer círculo ocultaba otras luces. Y cuando sentía una transmisión desde el punto de vista de la iniciación, le parecía que un ciclo encubierto daba por terminada la presencia de la fuerza de las fuerzas y que él debía inclinarse ante esa voluntad desconocida. Con la desaparición de esas impresiones, una especie de aturdimiento, de desaliento, de embotamiento, sucedía al éxtasis, y la voluntad del ser humano, animada por un deseo formado antes de su nacimiento, llevaba al druida la fuerza de continuar la enseñanza y de propagar a su alrededor la fe naciente. Además, en general, el druida tenía el don de exteriorizar las radiaciones que ejercían influencia sobre los seres que lo rodeaban. Juana de Arco recibió las mismas impresiones que el druida, pero en un sentido todavía más elevado.

El reconocimiento de los tres ciclos se alternaba en planos bastante distintos: el plano de orden divino, que esparce su luz y anima a los grandes espíritus; el todo envuelto en una luz más o menos viva, que toca a las criaturas bajo la forma de la gracia; el tercer plano, próximo a la Tierra, el más humano. Juana de Arco fue, entonces, en su época, la gran iniciadora celta, pues había venido en misión para diseminar en su entorno la fe que debía salvar por la abnegación, el dolor y la renuncia; su irradiación humana fue grande, su irradiación espiritual es inmensa. Cada parcela fluídica que emana de su alma tiene el don de guardar, a través de los espacios, los rayos de luz superior que representan lo astral divino; y cuando el pensamiento de Juana toca un ser humano, ella se queda como adornada de un tocado de oro sobre el cual brilla una gota de luz divina.

Juana había venido en aquel momento para restaurar una atmósfera viciada por la flojedad, por el placer y por el materialismo. Si el druida dio el toque inicial, Juana de Arco revivificó, en su tiempo, el brillo de una luz que se oscurecía, tamizada por vidrieras, oscurecida por el ribete de la pasión y la materia.

Es preciso, entonces, asociar la luz de Domremy a las luces de la Armórica. Por cierto, los druidas no solo permanecieron en la Bretaña, sino que fueron hasta las vertientes de los Vosgos.

Yo concluyo prosternándome ante Juana, puesto que ella obtuvo de su suelo regional la herencia céltica transmitida por generaciones.

La fe divina está por encima de todo; los grandes misioneros deben haceros comprender que el amor de Dios, el amor a la humanidad y el amor a la patria son las esencias de las vibraciones célticas.



Jules Michelet
16 – El Celtismo en la conciencia francesa.

(Mensaje del “Espíritu Azul”)

10 de octubre de 1926.

No sin emoción vuelvo a esta tierra donde viví dedicándome a mi patria, y de donde partí para las esferas divinas. Hacéis un libro sobre el Celtismo y debo daros mi opinión sobre esta cuestión, puesto que os estoy agradecida por haber escrito sobre mi modesta vida.lxx

Como reconocimiento, oro a Dios y a sus elegidos, de todo mi corazón, para bendeciros y para daros intuiciones que permitan al alma regocijarse en la belleza y en la luz de los cielos.

El Celtismo es la centella animadora de la fe superior junto al ser sobre el cual actúa; este ser es, particularmente, el francés. Él representa la molécula inicial que hizo nacer en nuestros antepasados el conocimiento de lo infinito. Fue uno de los rayos que llevó a la Tierra el recuerdo del pasado creador. Fe religiosa, fervor en la evolución del ser, trabajo de la conciencia a través de la Historia, tales son los principios recibidos por los druidas y transmitidos por la palabra, a las familias que los rodeaban.

Bajando al fondo de nuestras conciencias, encontramos la raíz del bien y del mal; y también al Celtismo debemos el libre albedrío, en el sentido de que, recibiendo la iniciación superior y no pudiendo ya negar el conocimiento de Dios, nuestro ser será impregnado de ese fluido superior que afectó al druida y se esparcirá sobre las criaturas. Según la marcha de la Historia, hubo deformación de la iniciación primaria, pero no se debe negar que fue el druida quien transmitió el rayo superior sobre la parte del planeta que nos interesa. Cantando la gloria de las esferas invisibles y recibiendo la luz, el doble sentimiento del amor divino y del patriotismo integral fueron revelados.

Si el Celtismo nos reveló la luz divina, si esta luz hace vibrar nuestras conciencias y nuestros corazones, se debe a que estos corazones, bañados en una fe mística, deben esparcir en torno a sí las virtudes y los beneficios recibidos.

El rayo céltico nos enseña además a amar la tierra nativa, y un sentimiento que los resume a todos nació desde ese tiempo; éste no se desarrollará a no ser más tarde y según los siguientes eventos: el amor por el país, el patriotismo.

Luz divina que descendiste sobre nosotros por el mismo rayo que tocó a los druidas, tú has llegado para agilizar en el ser humano el sentido más resplandeciente. Los corazones han tenido un impulso maravilloso para sumergirse en el éter astral. Del primer rayo que tocó al druida, a los impulsos desinteresados y generosos que animan a la criatura, hay una correlación muy estrecha.

Era preciso que el suelo de Francia fuese bañado por vibraciones cósmicas. El rayo céltico dio el impulso y la forma, como una de las mallas de la red que envuelve a la Tierra, y debe mantener entre ella y el espacio una comunión intervibratoria que es la prueba de la vida universal.

Luz de Dios, que has venido a tocar el suelo de Francia, tú que fuiste transmitida por el antiguo druida, disemínate sobre las criaturas e infunde en sus corazones las virtudes nobles; libera sus sentimientos de las moléculas materiales que oscurecen su espíritu y paralizan su elevación hacia lo infinito. Desde el punto de vista idealista, luz del espacio, copos de amor desprendidos del corazón del Altísimo que el druida recogió: que tus radiaciones permanezcan íntimamente ligadas a las criaturas de Francia. Desde la época del primer contacto, el rayo céltico siempre vibra, pero la materia, desgraciadamente, lo ha oscurecido. Vendrá, ciertamente, el día en que las conciencias se libertarán de la ganga material. El Celtismo retomará entonces, como en tiempos de los druidas, toda su actividad; pero mientras espera, es preciso alabar a las almas generosas que, felizmente, por la intuición, diseminan en torno a sí el amor de Dios transmitido por las vibraciones del espíritu céltico.

¡Oh, mi Francia bienamada, respira este azul fecundo! Que Dios jamás te abandone; que las naturalezas de elite te den su alma y su corazón. Que un movimiento de desinterés generoso abra al ser humano horizontes de luz ilimitados. Las ondas que a cada segundo abordan el planeta, emanan del rayo que sobre todo el territorio de Francia se puede llamar céltico. Que el maná divino, que las ondulaciones creadas por las esferas de luz se propaguen sobre todos los corazones franceses. Muchas conciencias los sienten, pero me gustaría que el número se generalizase y que Dios comulgase por las vibraciones de su corazón con el corazón de mis hermanos amados que serán un día los iniciados en el reino de Dios.

¡Bendito sea el druida, el primer sacerdote, el primer apóstol de Francia! Gracias a su inspiración los espíritus desencarnados han podido abrevar en las tazas que difunden la luz de Dios. Que las vibraciones del espíritu céltico nunca se interrumpan, que el horizonte se ilumine sobre nuestro bello país; que las almas más dóciles, más suaves, tengan más impulso en dirección a vos, ¡oh, Dios mío!

Que este libro, escrito con sinceridad y elevación de conciencia absolutas, permita a todos los franceses volver sus almas hacia lo infinito. Que la luz céltica se alíe a la fe en Dios Todopoderoso y al suelo nutricio, símbolo de la patria que representa el reino de Dios sobre la Tierra.

Dios es la luz superior, la vida inicial, la grandeza eterna. Estudiando y analizando el Celtismo, esta fuerza aumenta; un deseo de comprender las leyes de la vida universal se apodera de la criatura humana. Yo deseo, de todo mi corazón, que la fe céltica reavive la esperanza en cada corazón humano y, si el autor de este libro logra hacer comprender que la fe es uno de los misterios de la Creación, una centella de la luz divina tocará al lector y le hará comprender que Dios no lo abandonará jamás.



Juana de Domremy

(Espíritu Azul)

FIN –

Notas:

Se trata de la obra de Léon Denis, Juana de Arco, Médium.


D’Arbois de Jubainville, en su curso del Colegio de Francia, a veces se dedicaba a una demostración en la pizarra a fin de establecer el grado de parentesco de las lenguas indoeuropeas. Tomaba una palabra que traducía en gaélico, alemán, ruso, sánscrito, grieto, latín, y descubría que, bajo aquellas diferentes traducciones, esa palabra tenía una misma raíz.


Arverno – individuo de los arvernos (formación latina “arvernil”), pueblo de la Galia Central o Galia Céltica que habitaba la región montañosa (Puy de Dôme, Mont-Dore y Cantal) hoy denominada Auvernia, una antigua provincia francesa. (Nota de la Revisora. Sus notas subsiguientes contendrán solamente las iniciales N.R.)
Ver, en el capítulo XIII, al final de esta obra, los mensajes números 5 y 6 de Allan Kardec.

Lictor – oficial que en la antigua Roma, provisto de un manojo de varas y un hacha, acompañaba a los magistrados para las ejecuciones de la justicia. (N.R.)
Burgundios – Antiguo pueblo germánico que invadió la Galia, estableciéndose en la Cuenca del Ródano. (N.R.)
Reproducido en Braille, en Lumière, de 15 de enero de 1926. Ese artículo fue inspirado por testigos de la época y, principalmente, por el escritor Lactance.
Le Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo I, p. 370, Editora Champion.

Le Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo II, p. 289.

Le Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo II, p. 371.

S. Téry – L’Ile des Bardes. Editor Flammarion.

S. Téry, L’Ile des Bardes, p. 113.

Librería Payot, Boulevard Saint-Germain, 106 y en las Ediciones Jean Meyer, Calle Copérnico, 8, París.

Ver, al final del volumen, los mensajes de Allan Kardec sobre la corriente céltica.

Le Goffic – L’Àme Bretonne, 2ª serie, p. 273.

Le Goffic, L’Âme Bretonne, p. 203.

Ver el cuadernillo Une Visite Nocturne à Holyrood.

Ver la revista La Bretagne Touristique, de 15 de octubre de 1924.

Ver Le Goffic, en L’Âme Bretonne, volumen I, p. 4 y siguientes, Champion, editor, y H. de la Villemarqué, en Le Barzaz-Breiz, Perrin y Cía. editores.

Se trata, probablemente, de René Viviani, político francés nacido en 1863, en Sidi-bel-Abbès, que fue Presidente del Consejo al inicio de la Gran Guerra. Murió en 1925 (N.R., según el Nouveau Petit Larousse Illustré.)

Ver Vercingétorix, de Camille Jullian, p. 93, Editora Hachette.

Editor Albin Michel, calle Huyghens, 22, París.

Ver L’Initiation de Vercingétorix, André Lebey, pp. 191, 201, 205.

Comentarios de la Guerra Gálica, César.

Obra citada, p. 133.

Brumario – Segundo mes del calendario republicano francés. (N.T.)

Ver Les Grandes Légendes de France, p. 65.

Maurice Barrés, Au service de l’Allemagne, cap. VI.

Les Grandes Légendes de France. Ed. Perrin.

Tumulus – construcción de piedras en forma de cono, que los antiguos elevaban por encima de las sepulturas. (N.R., según el Nouveau Petit Larousse Illustré.)

Ver la obra Les Vosges Pittoresques.

Ver Parisot, Histoire de Lorraine.

Maurice Barrès, Le Mystère en pleine Lumière, pp. 189 e 190.

Página 200 de la obra citada.

Las druidesas, según Dupiney de Vorepierre, predijeron el futuro de Aureliano, de Alejandro Severo y de Diocleciano.

Ver mi libro Juana de Arco, Médium.



Crónica del Cerco de Orleáns.

Jean Reynaud, L’Esprit de la Gaule, pp. 13 e 14.

Obra citada, tomo VI, capítulo XIV.

Ver mensaje del espíritu Allan Kardec al final de esta obra.

Ver escala druídica y espírita en la Revue Spirite, abril de 1858, ítem “El Espiritismo entre los Druidas”. (N.T.)

Ocurre lo mismo respecto de otras materias, por ejemplo, en cuanto al americanismo o a la historia de América antes de Cristóbal Colón.

Un caso semejante es el de Sócrates, que era médium y recibía directamente la gran doctrina sin recurrir a viajes, como declara al final de la obra Gorgias, según Platón.

Ver mensaje nº 1, en el capítulo XIII.

Traducción de Llevelyn Sion.

Ver en L’Esprit de la Gaule, de Jean Reynaud, pp. 96 e 100.

Según Barddas, cad. Goddeu, en traducción del gaélico.

Ver en L’Esprit de la Gaule, p. 61.

En la obra A Camino de la Luz, Francisco C. Xavier, FEB, el autor espiritual, Emmanuel, da a entender que Jesús sólo tuvo una vida en la Tierra (capítulo I, p. 18 y capítulo XXIV, p. 210, 9ª edición). Ver también La Génesis, Allan Kardec, capítulo XVII, pp. 45 y 58. (N.T.)

Ver mis libros Cristianismo y Espiritismo y El Problema del Ser y del Destino. Según el Bhagavad-Gita (traducción de Emile Burnouf, C. Schlegel y Wilkins, Krishna así se expresa: “Vosotros y yo hemos tenido varios nacimientos. Los míos son conocidos únicamente por mí, pero vosotros no conocéis los vuestros. Aunque yo ya no esté, por mi naturaleza, sujeto a nacer o a morir, todas las veces que la virtud declina en el mundo, y que el vicio y la injusticia vencen, entonces yo me hago visible, y así me presento, de tiempos en tiempos, para la salvación del justo, el castigo del malo y el restablecimiento de la virtud.”

Según Le Cycle Mythologique Irlandais et la Mythologie Celtique. Ver también Annales de Tigernach, de Whitley Stokes, con casos de reencarnación, y el Cours de Littérature Celtique, de d’Arbois de Jubainville.

Ver encuesta ordenada por el Marajá de Bhartpur, confiada al Dr. Rao Bahadur que la llevó a cabo con una perfecta consciencia científica; la revista Kàlpaka publicó cuatro casos circunstanciados y detallados de recuerdos de vidas pasadas en niños. Ver Revue de Métapsychique de París, julio y agosto, 1924.

Editado en portugués, por la FEB, bajo el título La Reencarnación. (N.T.)

Compárese con la Revue Spirite, abril de 1858, Edicel, 1ª edición. (N.T.)

Traducción del gaélico, por Llevelyn Sion.

Después de la Muerte, Cristianismo y Espiritismo y El Problema del Ser y del Destino.

En sus escritos, Cicerón alaba la ciencia profunda de Divitiac, el único druida que fue a Roma.

Citado por Jean Reynaud en L’Esprit de la Gaule.

Edición Gabalda, París, y Edición Lecoffre, 1911, París, 410 páginas.

Ver sobre ese asunto los testimonios de Tácito, Diodoro de Sicilia, Pomponius Méla, Estrabón, Aristóteles, etc., citados por Jean Reynaud en su obra L’Esprit de la Gaule. (*)



(*) Ver también la obra magistral de J. Markale, La Femme Celte. (N.T.)

Barzaz-Breiz, Chants Populaires de la Bretagne, Editor Perrin.

Ver El Problema del Ser y del Destino, capítulo XIV.

Ver mi libro En lo Invisible, Espiritismo y Mediumnidad.

Ver En lo Invisible, Espiritismo y Mediumnidad, cap. XXIII.

Ver, de este autor, Le Mystère en Pleine Lumière, p. 21, obra póstuma, Librería Plon.

Este libro fue escrito en 1927. (N.T.)

De Armórica, parte la antigua Galia, hoy Bretaña. (N.T.)

Sería Jiddu Krishnamurti (1895-1986), filósofo y escritor hindú. (N.T.)

Debe tratarse de un error de transmisión mediúmnica, visto que el calor es una energía calorífica y, por tanto, formada de ondas. (N.T.)



Debe tratarse de los rayos cósmicos, radiación penetrante que provoca la ionización del aire. Están formados de iones de hidrógeno y helio. (N.T.)


iD’Arbois de Jubainville, en su curso del Colegio de Francia, a veces se dedicaba a una demostración en la pizarra a fin de establecer el grado de parentesco de las lenguas indoeuropeas. Tomaba una palabra que traducía en gaélico, alemán, ruso, sánscrito, grieto, latín, y descubría que, bajo aquellas diferentes traducciones, esa palabra tenía una misma raíz.


iiArverno – individuo de los arvernos (formación latina “arvernil”), pueblo de la Galia Central o Galia Céltica que habitaba la región montañosa (Puy de Dôme, Mont-Dore y Cantal) hoy denominada Auvernia, una antigua provincia francesa. (Nota de la Revisora. Sus notas subsiguientes contendrán solamente las iniciales N.R.)


iiiVer, en el capítulo XIII, al final de esta obra, los mensajes números 5 y 6 de Allan Kardec.



iv  Lictor – oficial que en la antigua Roma, provisto de un manojo de varas y un hacha, acompañaba a los magistrados para las ejecuciones de la justicia. (N.R.)


vBurgundios – Antiguo pueblo germánico que invadió la Galia, estableciéndose en la Cuenca del Ródano. (N.R.)


viReproducido en Braille, en Lumière, de 15 de enero de 1926. Ese artículo fue inspirado por testigos de la época y, principalmente, por el escritor Lactance.


viiLe Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo I, p. 370, Editora Champion.

viiiLe Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo II, p. 289.

ixLe Goffic, en L’Âme Bretonne, tomo II, p. 371.

xS. Téry – L’Ile des Bardes. Editor Flammarion.

xiS. Téry, L’Ile des Bardes, p. 113.

xiiLibrería Payot, Boulevard Saint-Germain, 106 y en las Ediciones Jean Meyer, Calle Copérnico, 8, París.

xiiiVer, al final del volumen, los mensajes de Allan Kardec sobre la corriente céltica.

xivLe Goffic – L’Àme Bretonne, 2ª serie, p. 273.

xvLe Goffic, L’Âme Bretonne, p. 203.

xviVer el cuadernillo Une Visite Nocturne à Holyrood.

xviiVer la revista La Bretagne Touristique, de 15 de octubre de 1924.

xviiiVer Le Goffic, en L’Âme Bretonne, volumen I, p. 4 y siguientes, Champion, editor, y H. de la Villemarqué, en Le Barzaz-Breiz, Perrin y Cía. editores.

xixSe trata, probablemente, de René Viviani, político francés nacido en 1863, en Sidi-bel-Abbès, que fue Presidente del Consejo al inicio de la Gran Guerra. Murió en 1925 (N.R., según el Nouveau Petit Larousse Illustré.)

xxVer Vercingétorix, de Camille Jullian, p. 93, Editora Hachette.

xxiEditor Albin Michel, calle Huyghens, 22, París.

xxiiVer L’Initiation de Vercingétorix, André Lebey, pp. 191, 201, 205.

xxiiiComentarios de la Guerra Gálica, César.

xxivObra citada, p. 133.

xxvBrumario – Segundo mes del calendario republicano francés. (N.T.)

xxviVer Les Grandes Légendes de France, p. 65.

xxviiMaurice Barrés, Au service de l’Allemagne, cap. VI.

xxviiiLes Grandes Légendes de France. Ed. Perrin.

xxixTumulus – construcción de piedras en forma de cono, que los antiguos elevaban por encima de las sepulturas. (N.R., según el Nouveau Petit Larousse Illustré.)

xxxVer la obra Les Vosges Pittoresques.

xxxiVer Parisot, Histoire de Lorraine.

xxxiiMaurice Barrès, Le Mystère en pleine Lumière, pp. 189 e 190.

xxxiiiPágina 200 de la obra citada.

xxxivLas druidesas, según Dupiney de Vorepierre, predijeron el futuro de Aureliano, de Alejandro Severo y de Diocleciano.

xxxvVer mi libro Juana de Arco, Médium.

xxxviCrónica del Cerco de Orleáns.

xxxviiJean Reynaud, L’Esprit de la Gaule, pp. 13 e 14.

xxxviiiObra citada, tomo VI, capítulo XIV.

xxxixVer mensaje del espíritu Allan Kardec al final de esta obra.

xlVer escala druídica y espírita en la Revue Spirite, abril de 1858, ítem “El Espiritismo entre los Druidas”. (N.T.)

xliOcurre lo mismo respecto de otras materias, por ejemplo, en cuanto al americanismo o a la historia de América antes de Cristóbal Colón.

xliiUn caso semejante es el de Sócrates, que era médium y recibía directamente la gran doctrina sin recurrir a viajes, como declara al final de la obra Gorgias, según Platón.

xliiiVer mensaje nº 1, en el capítulo XIII.

xlivTraducción de Llevelyn Sion.

xlvVer en L’Esprit de la Gaule, de Jean Reynaud, pp. 96 e 100.

xlviSegún Barddas, cad. Goddeu, en traducción del gaélico.

xlviiVer en L’Esprit de la Gaule, p. 61.

xlviiiEn la obra A Camino de la Luz, Francisco C. Xavier, FEB, el autor espiritual, Emmanuel, da a entender que Jesús sólo tuvo una vida en la Tierra (capítulo I, p. 18 y capítulo XXIV, p. 210, 9ª edición). Ver también La Génesis, Allan Kardec, capítulo XVII, pp. 45 y 58. (N.T.)

xlixVer mis libros Cristianismo y Espiritismo y El Problema del Ser y del Destino. Según el Bhagavad-Gita (traducción de Emile Burnouf, C. Schlegel y Wilkins, Krishna así se expresa: “Vosotros y yo hemos tenido varios nacimientos. Los míos son conocidos únicamente por mí, pero vosotros no conocéis los vuestros. Aunque yo ya no esté, por mi naturaleza, sujeto a nacer o a morir, todas las veces que la virtud declina en el mundo, y que el vicio y la injusticia vencen, entonces yo me hago visible, y así me presento, de tiempos en tiempos, para la salvación del justo, el castigo del malo y el restablecimiento de la virtud.”

lSegún Le Cycle Mythologique Irlandais et la Mythologie Celtique. Ver también Annales de Tigernach, de Whitley Stokes, con casos de reencarnación, y el Cours de Littérature Celtique, de d’Arbois de Jubainville.

liVer encuesta ordenada por el Marajá de Bhartpur, confiada al Dr. Rao Bahadur que la llevó a cabo con una perfecta consciencia científica; la revista Kàlpaka publicó cuatro casos circunstanciados y detallados de recuerdos de vidas pasadas en niños. Ver Revue de Métapsychique de París, julio y agosto, 1924.

liiEditado en portugués, por la FEB, bajo el título La Reencarnación. (N.T.)

liiiCompárese con la Revue Spirite, abril de 1858, Edicel, 1ª edición. (N.T.)

livTraducción del gaélico, por Llevelyn Sion.

lvDespués de la Muerte, Cristianismo y Espiritismo y El Problema del Ser y del Destino.

lviEn sus escritos, Cicerón alaba la ciencia profunda de Divitiac, el único druida que fue a Roma.

lviiCitado por Jean Reynaud en L’Esprit de la Gaule.

lviiiEdición Gabalda, París, y Edición Lecoffre, 1911, París, 410 páginas.

lixVer sobre ese asunto los testimonios de Tácito, Diodoro de Sicilia, Pomponius Méla, Estrabón, Aristóteles, etc., citados por Jean Reynaud en su obra L’Esprit de la Gaule. (*)

(*) Ver también la obra magistral de J. Markale, La Femme Celte. (N.T.)

lxBarzaz-Breiz, Chants Populaires de la Bretagne, Editor Perrin.

lxiVer El Problema del Ser y del Destino, capítulo XIV.

lxiiVer mi libro En lo Invisible, Espiritismo y Mediumnidad.

lxiiiVer En lo Invisible, Espiritismo y Mediumnidad, cap. XXIII.

lxivVer, de este autor, Le Mystère en Pleine Lumière, p. 21, obra póstuma, Librería Plon.

lxvEste libro fue escrito en 1927. (N.T.)

lxviDe Armórica, parte la antigua Galia, hoy Bretaña. (N.T.)

lxviiSería Jiddu Krishnamurti (1895-1986), filósofo y escritor hindú. (N.T.)

lxviiiDebe tratarse de un error de transmisión mediúmnica, visto que el calor es una energía calorífica y, por tanto, formada de ondas. (N.T.)

lxixDebe tratarse de los rayos cósmicos, radiación penetrante que provoca la ionización del aire. Están formados de iones de hidrógeno y helio. (N.T.)

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