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Capítulo VIII Palingenesia: preexistencias y vidas sucesivas. La ley de las reencarnaciones



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Capítulo VIII

Palingenesia: preexistencias y vidas sucesivas.
La ley de las reencarnaciones


En su enseñanza los druidas no separaban la noción de inmortalidad de la noción de las vidas sucesivas del alma. En efecto, entre las grandes leyes que regulan la evolución de los seres, ninguna es más importante, ni más necesario para el hombre su conocimiento – después de la sobrevivencia del alma en su envoltorio fluídico – que la ley de las reencarnaciones.

La claridad que proyecta sobre el camino de la vida disipa las sombras, las contradicciones aparentes y revela el sentido profundo de la existencia. Ella lleva el orden y la armonía en lugar del desorden y de la confusión.

¿Cómo se explica que esa gran ley, que en realidad debería ser la base y el cimiento de todas las doctrinas espiritualistas, sea aún ignorada por la mayoría de los hombres de nuestro tiempo? ¿No es ella la esencia de la tradición céltica inscrita en lo más profundo del alma de nuestra raza y consignada en las Tríadas y en los cantos bárdicos?

El Cristo, en sus dos encarnaciones conocidas, la de la India y la de Judea,xlviii bajo esos nombres casi idénticos, Krishna y Cristo, ¿no enseñaba esa misma doctrina tanto en el Evangelio como en el Bhagavad-Gitaxlix

Toda la antigüedad fue iluminada por radiaciones de esa misma ley por las enseñanzas de Pitágoras, de Platón y los de la escuela de Alejandría.

En los primeros tiempos del Cristianismo (véase mi libro El Problema del Ser y del Destino), hombres como Orígenes, San Clemente y casi todos los padres griegos la profesaron mucho, y en siglo IV San Jerónimo, secretario del Papa Dámaso y autor de la Vulgata, en su controversia con Vigilentius, el galo, debía aún reconocer que esa era la creencia de la mayoría de los cristianos de su tiempo.

Pero el velo arrojado después por las Iglesias sobre esa gran luz, se ha convertido en una oscuridad para todo lo relativo al problema del destino humano. Limitando en el círculo estrecho de una vida única el tránsito del alma sobre la Tierra, ¿no desearía Roma solo adaptar su enseñanza a la comprensión medieval, es decir, al grado de cultura de los pueblos aún bárbaros? ¿O habría ella, entonces, soñado con asegurar su imperio mediante la concepción de una vida que terminase en un paraíso o infierno eternos, cuyas llaves afirmaba detentar? Ambos puntos de vista parecen admisibles.

Tales conceptos generaron consecuencias funestas tanto para el genio civilizador como para el espíritu religioso de los occidentales, que ellas deformaron en su principio y en su propia existencia. Como el fin verdadero de la vida, es decir, el perfeccionamiento del alma, su educación, su preparación para los grados más altos de la escala de ascensión, hubiese quedado casi anulado en la mayoría de los casos, el plan general de la vida ha quedado alterado.

Entre los creyentes, la preocupación constante por la salvación personal, el temor a los castigos sin fin, han paralizado la iniciativa, han extinguido toda independencia del espíritu, han debilitado su libre albedrío. Entre los demás, la imposibilidad de conciliar con la justicia de Dios, en el círculo de una vida única, la variedad infinita de las condiciones, de las actitudes y de los caracteres humanos, ha dado origen al escepticismo, al materialismo y a la negación de todo ideal elevado. Podemos en este momento constatar a nuestro alrededor los frutos amargos de ese estado de cosas.

¡Como sorprendernos, tras tantos siglos de error y de olvido, de que se haya hecho la noche en los cerebros más dotados! ¿No hemos visto a filósofos eminentes, cuyas obras, sistemas maravillosamente combinados, se han vuelto estériles porque les faltaba la noción esencial, la llave de oro de todos los problemas: la ley de la evolución a través de los renacimientos?


* * *
El ser, decían los druidas, se eleva del abismo de la vida y asciende mediante etapas innumerables hacia la perfección. Él se encarna en el seno de las humanidades, en los mundos de la materia, que son las muchas estaciones de su larga peregrinación. Esa doctrina queda confirmada, en muchos puntos, por todas las religiones y por las más importantes filosofías antiguas. En las Tríadas se lee, según la traducción de Ed. Williams, del original galés:

19 – Tres condiciones indispensables para llegar a la plenitud de la ciencia: transmigrar en el “Abred” (la Tierra), transmigrar en el “Gwynfyd” (el Cielo) y recordar todas las cosas pasadas hasta en el “Annoufn” (el Abismo).

25 – Por tres cosas el hombre cae bajo la necesidad del “Abred” (o de la transmigración): por ausencia del esfuerzo en dirección al conocimiento, por desinterés hacia el bien y por la afición al mal. A consecuencia de esas cosas él baja al “Abred” hasta su análogo y recomienza el curso de sus transmigraciones.

26 – Las tres fuerzas (fundamentos) de la ciencia: la transmigración completa para todas las situaciones de los seres; el recuerdo de cada transmigración y de sus incidentes; el poder de pasar nuevamente, cuando se desee, por un estado cualquiera a la vista de la experiencia y del juicio. Y eso será obtenido en el círculo de “Gwynfyd”.

Los cantos bárdicos no son menos afirmativos. Citaremos tan solo el más célebre, el de Taliesin, que data del siglo IV de nuestra era, según la traducción gaélica del Barddas, cad. Goddeu:

“Existiendo desde remota antigüedad en el seno de vastos océanos, no soy nacido de un padre y de una madre, sino de formas elementales de la naturaleza, de las ramas del abedul, del fruto de los frutos, de las flores de la montaña. He tocado la noche, he adormecido en la aurora; he sido pez en el lago, águila en las cumbres, lince en el bosque. Después, elegido por el “Gwion” (espíritu divino), por el sabio de los sabios, he adquirido la inmortalidad. Ha pasado mucho tiempo desde que fui pastor. Durante mucho tiempo anduve por la tierra antes de ser hábil en la ciencia. En fin, he brillado entre los jefes superiores; vestido de hábitos sagrados, he portado el cáliz de los sacrificios. He vivido en cien mundos, me he agitado en cien círculos.”

Subrayamos, de paso, la analogía notable que aparece en ese documento que viene de remotas eras y los recientes descubrimientos de la ciencia sobre las propiedades vitales del agua del mar. El texto nos dice: “Existiendo en el seno de vastos océanos, nací de formas elementales de la naturaleza”. Sobre este tema se debe leer en la Revue de Biologie Appliquée, de 1926, los experimentos llevados a cabo en el laboratorio del Colegio de Francia por los Dres. Hallion y Carrion, estableciendo que la vida animal surgió en el mar y sus primeros representantes tuvieron la forma de células aisladas. Consultar igualmente la reciente obra del Dr. Quinton titulada L’eau de la Mer, Milieu Organique (El Agua del Mar, Medio Orgánico) que dice: “El reino animal es enteramente de origen acuático, probablemente de origen marino.”

¿No hay, en el citado documento, una serie de testimonios que concluyen a favor de la alta inspiración y del valor de las doctrinas célticas, ya que enseñaban, hace 1500 años o más, eso que nuestros sabios solo ahora acaban de descubrir?

La literatura céltica relata numerosos casos de reencarnación. D’Arbois de Jubanville, que durante largo tiempo ocupó la cátedra de Celtismo en el Colegio de Francia, ha podido escribir a propósito de las tradiciones irlandesas:l

“La fe en esa metamorfosis universal de los hombres es lo que ha inspirado la creencia en las metamorfosis de Tüan Mac Cairill y de Taliesin. Estos no son los únicos personajes cuya alma hubiese, en Irlanda, revestido sucesivamente dos cuerpos de hombre y que hubiesen nacido muchas veces. Mongan, el rey de Ulster, al comienzo del siglo VI, era idéntico al célebre Find, muerto dos siglos antes del nacimiento de Mongan: el alma del ilustre fallecido había vuelto del país de los muertos, para animar, en este mundo, a un nuevo cuerpo.

Así, la sobrevivencia del alma al cuerpo y la posibilidad de que el alma de un muerto tuviese nuevamente un cuerpo en este mundo, son creencias célticas.
* * *
Hace algún tiempo, los espíritus de los antepasados, juzgando que había llegado el momento de las grandes renovaciones, proyectan con más intensidad radiaciones de sus pensamientos hacia el suelo de Francia. He aquí lo que nos dictó el espíritu Allan Kardec el 25 de noviembre de 1925, por incorporación:

“Desearíamos inspirar a nuestros hombres políticos con el espíritu de la tradición céltica, de probidad, a fin de que los hombres jóvenes puedan llegar a regenerar nuestro país. Vemos claramente los pensamientos entrelazados, como si formasen una mezcla multicolor. Las pasiones dificultan la formación de pensamientos elevados. El materialismo es inherente a una generación que no ha disfrutado, en su vida anterior, más que placeres viles y que, en el astral, ha permanecido en las esferas de la más grosera densidad. Ha vuelto a la vida con los apetitos mal satisfechos.

Pensé que debía infiltrar en mi conciencia profunda el destello de la fe ardiente, de luz pura, que me ha sido legada por mi existencia céltica, para intentar derramar, sobre ciertos hombres, un rayo de luz inspiradora.

Como en el espacio tenemos la facilidad de rememorar nuestras vidas, cuando estamos en una esfera de densidad media nos agrupamos espiritualmente, del mismo modo que en nuestra vida terrestre las pasiones y las aspiraciones se agrupan según sus afinidades. Los grandes filósofos de la antigüedad, los iniciados de las ancestrales religiones nos ayudan, cuando están de vuelta al espacio. Los ascetas, los budistas, son agentes poderosos para ayudar a disgregar la materia que pesa sobre los seres carnales de vuestras regiones. Sabéis que algunos entre ellos tenían un poder de irradiación muy grande.

Los druidas dejaron en el alma de las generaciones primitivas que habitaron vuestro suelo, una centella que ha permanecido latente en lo profundo de cada conciencia. Esto hace que toda esperanza no esté perdida para reavivar una llama que dormita en algunos de vosotros.

Tenemos como misión agrupar a los verdaderos celtas que son la propia esencia de Francia. Puedo hablar de ello, puesto que viví en la Bretaña, fui druida en Huelgoat. Más tarde, por una gracia insigne, sentí las fuerzas emanadas del círculo superior, y mi fe se ha vuelto viva y fuerte, y ella me ha seguido en mis existencias ulteriores, hasta aquella en que me habéis conocido.

¡Fui recompensado, visto que las instituciones sostuvieron de modo suficiente la pequeña llama interior y, acordándome de las leyes de la vida universal, consideré un deber diseminar la Doctrina que conocéis, la cual estaba inscrita en el fondo de mi superespíritu!”

Ese mensaje nos demuestra que el Espiritismo moderno, en realidad, no es más que un despertar del genio céltico que dormitaba desde hacía siglos, que reaparece en todo su esplendor, bajo formas apropiadas a las necesidades de la evolución humana.

Por cierto, él se muestra en muchos puntos semejante al Cristianismo esotérico, porque las grandes verdades emanan todas de una fuente única, para difundirse en matices diversos según los tiempos y los medios, como los rayos de luz del prisma.
* * *
Tras cierto tiempo de permanencia y reposo en el Espacio, el alma, dicen los espíritus, debe renacer en la condición humana. Ella lleva consigo toda la herencia del pasado, buena o mala, y vuelve para adquirir nuevos poderes, nuevos méritos que habrán de facilitar su ascensión, su marcha hacia delante. Y así, de renacimiento en renacimiento, el espíritu progresa, se eleva, asciende en dirección a ese ideal de perfección que es el objetivo de toda la evolución universal.

La Tierra es un mundo de pruebas y de reparación, donde las almas se preparan para una vida más elevada. No hay iniciación sin pruebas, ni reparación sin dolor. Ellas, solas, pueden purificar un alma, hacerla sagrada, digna de penetrar en los mundos felices. Esos mundos, o sistemas de mundos, están dispuestos en el Universo en planos o grados sucesivos. Las condiciones de vida en esos planos son tanto más perfectas y armónicas cuanto más acentuada sea la evolución de los seres que los pueblan. Nadie se eleva a un grado superior a no ser cuando ha adquirido, en la fase precedente, las perfecciones inherentes a ese medio.

Ahora bien, la variedad casi infinita y la desigualdad de las condiciones de existencia sobre la Tierra no permiten creer que en ella sea posible adquirir las cualidades necesarias en el transcurso de una única vida. Es preciso, para la gran mayoría de los hombres, una sucesión de vidas bien vividas, para realizar ese estado de sutileza fluídica y de madurez moral que les permitirá penetrar en las sociedades más avanzadas.

De ello resulta que, si todas las almas terrestres fuesen indistintamente llamadas a renacer en el seno de las sociedades superiores, éstas quedarían contaminadas y el plan general de evolución se vería alterado, enteramente falseado.

Esto ha quedado confirmado por los testimonios de innumerables parientes y amigos muertos con quienes me ha sido permitido tener relación en el transcurso de mi larga vida.

Se nos hace la objeción de que esto no ocurre en todas partes. En Inglaterra y en América del Norte se dice que ciertos espíritus dudan y niegan la necesidad de renacimientos en la Tierra. Esa contradicción aparente es el principal argumento de los adversarios del Espiritismo kardecista.

Si examinamos la cuestión detenidamente, hay algo que aparece ya de entrada: es que todos esos espíritus, opuestos a la idea de la reencarnación, pertenecieron en el mundo al culto protestante. Se sabe que esa forma de Cristianismo da a sus adeptos una educación religiosa muy rigurosa e intensa, una fe robusta cuyas tendencias y puntos de vista se prolongan con tenacidad en la vida del Más Allá.

El Protestantismo enseña que con la muerte el alma es juzgada de modo definitivo y confinada para toda la eternidad en el paraíso o en el infierno.

El protestante no ora por las almas de los muertos, la suerte de éstos es irrevocable. Doctrina rígida, que elimina para el alma culpable toda posibilidad de reparación y retira a Dios el prestigio sublime de la misericordia y del perdón. Con ella no hay medio alguno de volver a la Tierra.

El Catolicismo, al menos, mediante la noción del purgatorio, abre una salida a la redención posible, y ciertos sacerdotes ven en esa teoría un eventual acercamiento al Espiritismo, si la Iglesia algún día llegase a atenuar su intransigencia y reconociese que el purgatorio, ese lugar de reparación, es la propia Tierra, a través del proceso de los renacimientos.

Se puede entonces explicar, por los prejuicios dogmáticos inveterados, la oposición a la ley de las reencarnaciones por parte de ciertos espíritus en los medios protestantes.

No obstante, se dirá, ya que todo pasado está escrito en nosotros, en nuestra conciencia profunda, tal como demuestran las experiencias de exteriorización – siendo la muerte la exteriorización completa y persistente - ¿cómo pueden esos espíritus equivocarse sobre la naturaleza de ese pasado y la forma de su futuro?

Sí, sin duda todo el pasado está escrito en nosotros, como en un libro, en los recónditos ocultos de la memoria subconsciente. Pero del mismo modo que para leer un libro es preciso en primer lugar abrirlo, después querer y saber leerlo, para explorar las profundidades del ser es necesario un acto de la voluntad. Ese es el proceso por el cual el hipnotizador obtiene del paciente la reconstitución de sus vidas pasadas. ¿No ocurre con nosotros mismos ser obligados a hacer un esfuerzo mental, repetido y prolongado, para volver a fijar, en la vida actual, los recuerdos adormecidos?

Muchos imaginan que la muerte es como un velo que se destruye y que una viva luz enseguida aparece sobre todos los problemas que le conciernen. Grave error, ya que es lentamente, gracias a todo un trabajo interior, por observaciones, por comparaciones repetidas, como el alma del muerto se libera, poco a poco, de las rutinas, de los prejuicios de las falsas nociones que la educación terrestre ha acumulado sobre ella. Con todo, para eso, todavía se necesita la asistencia y el concurso de espíritus más adelantados.

Pero como dice Allan Kardec, el espíritu, en su retorno al espacio, busca los grupos de almas en vibración armónica con sus propios modos de ver y con sus sentimientos; él se asocia a la vida espiritual y, desde entonces, confinado en ese medioambiente particular, puede persistir mucho tiempo en los errores y costumbres comunes.

Todos los espíritas conocen ese estado del alma que se revela en las comunicaciones del más allá y desean, a veces, pruebas originales de identidad que no carecen de interés y de provecho, desde el punto de vista de la demostración de la sobrevivencia.

Durante mis experimentos he encontrado, a veces, espíritus de esa naturaleza, que no se acordaban de haber vivido muchas veces en nuestra Tierra y que negaban, de buen grado, el principio de las existencias sucesivas. Yo los invité entonces a escudriñar en el interior más recóndito de sus subconscientes y a buscar trazas de sus vidas anteriores. En las reuniones siguientes ellos venían a declararme que habían encontrado esos vestigios y podían retomar el hilo de sus últimos renacimientos. He podido observar que esos espíritus eran, por lo regular, de orden inferior. Sus antecedentes, poco importantes, se reunían en varias existencias de pasión, violencia, desorden, fuentes de amargos disgustos en el más allá.

No tengo en mente comparar a esos espíritus atrasados con aquellos de origen anglosajón, que he mencionado antes. Aquellos poseen, quizá, riquezas ocultas, intelectuales y morales cuya importancia ignoran. Yo exhorto a nuestros amigos de ultramar a fin de que lleven a cabo unas pesquisas metódicas, un análisis profundo de sus facultades y de sus recuerdos. La secuencia de sus existencias terrestres entonces se reconstituirá, y llegaremos así a la unidad de puntos de vista susceptible de dar a la doctrina de las vidas sucesivas toda su autoridad, toda su amplitud. Para ello bastará poner en acción esta palanca incomparable: ¡la voluntad!

Notemos, por cierto, que desde hace cincuenta años la creencia en la pluralidad de las vidas del alma en la Tierra no ha cesado de progresar en los Estados Unidos y en Inglaterra. Si hace treinta años contaba con algunos representantes aislados, ahora, con la propia advertencia de los espíritas ingleses, cerca de la mitad de ellos admite el retorno posible, a veces necesario, del alma a la Tierra.

He aquí, a propósito, la opinión de dos representantes, los más autorizados y los más ilustres, del pensamiento espiritualista británico, formulada en obras recientes.

El prof. Sir William Barrett, de la Universidad de Dublín, escribió en su libro En el Umbral de lo Invisible, páginas 214 y 215:

“Se oponía a la idea de reencarnación el olvido total de nuestras existencias pasadas, pero esto puede ser tan solo un eclipse temporal. Es posible que el recuerdo de nuestras vidas anteriores nos retorne, poco a poco, durante nuestros progresos espirituales, a medida en que alcanzamos una vida más amplia, con una consciencia más extensa.”

Y añade una cita del Sr. Massey, afirmativa y explicativa, sobre la reencarnación en la Tierra:

“El motivo de la reencarnación tiene su fuente en la atracción que ejerce nuestro mundo. Lo que nos ha traído aquí una vez nos reconducirá sin duda otras veces, mientras la causa que nos impulsa no haya cambiado. Solo la regeneración, es decir, la renovación de nuestra naturaleza, es lo que nos exonera de la reencarnación.”

En sus estudios sobre los múltiples aspectos de la personalidad humana, Sir Barrett también decía:

“Los casos de invasión psíquica hacen comprensibles las reencarnaciones carnales.”

Por su parte, Oliver Lodge, rector de la Universidad de Birmingham, escribió en su obra Evolución Biológica y Espiritual del Hombre:

“Se puede admitir, en ciertos casos, la posibilidad de las encarnaciones, no solamente de una sucesión de individuos ordinarios, sino también de verdaderos grandes hombres.”

Él creía en la reencarnación fragmentaria, que le parecía aplicable al caso de Cristo.

En cambio Stainton Moses, con el seudónimo de Oxon, profesor de la Universidad de Oxford, quien fue uno de los propugnadores más estimados de la idea espírita en su país, escribía en sus Enseñanzas Espiritualistas los siguientes renglones, obtenidos por su propia mediumnidad:

“El niño (el ser humano) no puede obtener el amor y la ciencia a no ser por la educación adquirida en una nueva vida terrestre. Una experiencia tal es necesaria, y numerosos espíritus eligen un retorno a la Tierra a fin de alcanzar lo que les falta.”

Friedrich Myers, en su obra magistral La Personalidad Humana, capítulo X, expresa la misma opinión y dice:

“La doctrina de la reencarnación no contiene nada que sea contrario a la mejor razón y a los más elevados instintos del hombre.”

Y vuelve a tratar sobre la evolución gradual (de las almas) en numerosas etapas “a las cuales es imposible señalar un límite”.

En cuanto a América del Norte, podríamos citar varias obras editadas en ese país, que demuestran que la idea de la reencarnación también sigue su camino y que los mensajes de los espíritus que afirman los renacimientos terrestres son cada vez más frecuentes, como se puede observar en la mayoría de las revistas espiritualistas de lengua inglesa. El mismo movimiento de opinión resalta de la acogida dada a la traducción de mi libro El Problema del Ser y del Destino, hecha por la Sra. Wilcox, bajo el título Life and Destiny, editado en Londres y en Nueva York.

Es evidente que esa gran verdad ha sido apagada durante mucho tiempo por el trabajo lento y oculto de los siglos, porque cada vez que la afirmamos, nos enfrentamos a objeciones que denotan un completo olvido.

Con todo, no se debe perder de vista que esa doctrina permanece activa en Oriente. En el momento actual, desde las Indias hasta el Japón, ochocientos millones de asiáticos conocen y aceptan la ley de los renacimientos. Brahmanistas, budistas, sintoístas, adoptan esa misma creencia, lo cual les asegura una cierta superioridad de puntos de vista. El Corán, en sus primeras “suras”, también afirma que es posible la reencarnación, en la Tierra, de muchos seguidores del profeta (Mahoma).

Y sin pesquisar a fondo, entre nosotros mismos y en nuestros días, sería larga la lista de hombres ilustres que han aceptado esa creencia, desde Víctor Hugo, Charles Bonnet, Pierre Leroux, Jean Reynaud, hasta Mazzini y Flammarion. La mayoría de ellos no ha tenido necesidad de demostraciones experimentales. El uso de su razón, liberada de las rutinas de la escuela y de los sofismas, y el panorama de la vida, desarrollándose a su alrededor, les han sido suficientes para discernir esas leyes. Han quedado seducidos por la belleza y la grandeza de esta evolución que hace del hombre el autor de sus propios destinos. El alma, pensaban ellos, construye su futuro por medio de vidas renacientes; ella desarrolla sus facultades y su consciencia a través del trabajo, la probación, el dolor, cincel divino que le comunica sus bellas formas. Ella se depura, se eleva, se deja penetrar por los esplendores de la naturaleza, se inicia en sus leyes y participa, en la medida de su potencia creciente, en el orden y en la armonía universal.

Para esos precursores, como para nosotros, los espíritas, esta revelación, ya sea intuitiva o proveniente de lo Alto, ha disipado como una neblina las hipótesis fantasiosas y las negaciones estériles. La vida y la muerte han mudado su situación: ésta no es más que la transición necesaria entre las dos formas alternativas de nuestra existencia: visible e invisible. La vida es la conquista de las riquezas imperecederas del alma, de las fuerzas radiantes y de las cualidades morales que asegurarán su situación en el más allá y le prepararán las mejores reencarnaciones en la Tierra y en otros mundos. Así, el pesimismo sombrío se desvanece para dar lugar a la confianza, a la alegría de vivir en la tarea bien cumplida, a la satisfacción del deber bien realizado, con las perspectivas de un futuro sin límites y la ascensión gradual y radiosa de círculos en círculos, de esferas en esferas, en dirección al foco divino.

Ahora bien, aquello que tantas religiones han enseñado y todavía enseñan, y que tantos pensadores antiguos y modernos han discernido por medio de la reflexión profunda, el Espiritismo acaba de demostrarlo por la experiencia. Él tiene para sí no solo el testimonio universal del mundo de los espíritus, que se levanta de todos los puntos del globo y sobre el cual hablaremos más adelante, sino que ha reunido un conjunto de hechos comprobantes, de los cuales citaremos algunos.

Notemos inicialmente que en un ser suficientemente evolucionado, cuando el estado normal de la conciencia y el estado subconsciente están en equilibrio, es decir, alcanzan una estabilidad perfecta, cuando ese ser se desliga de los ambientes materiales es capaz de acordarse de las vidas anteriores y percibir, en intuiciones profundas, suscitadas por los espíritus desencarnados, la forma de sus vidas pasadas.

De ahí los recuerdos de ciertos hombres célebres, el reconocimiento de los lugares donde habían vivido. Por ejemplo, el caso de Lamartine, en su viaje al oriente, el de Mery por la India y la Florida, y de tantos otros casos análogos que podríamos recordar.

Mencionemos los testimonios publicados li por ciertas revistas inglesas relativos a niños hindúes que, en su período de crecimiento, durante el cual la incorporación del alma aún no es completa, han conservado el uso de la memoria subconsciente y el recuerdo de sus vidas pasadas.

Casos análogos no son raros en Occidente, pero no se les presta demasiada atención, pues se considera siempre, sin razón, que las narraciones infantiles son imaginarias.

A veces me piden que dé los motivos por los cuales creo en mis vidas anteriores y las pruebas personales que poseo. Para ello me basta recogerme y, en las horas de calma y de silencio, interrogar los estratos profundos de mi memoria, para encontrar ahí algunos vestigios de mi pasado. Si yo me dedico a un análisis severo y riguroso de mi carácter, de mis gustos, de mis facultades, reconstituyo la secuencia de causas y efectos que han dado lugar a la formación de mi personalidad, el “yo” consciente a través de los tiempos.

El detalle de los acontecimientos me ha sido comunicado por mis guías, por cuanto mi clarividencia no alcanza a tanto. Es precisamente ese riguroso examen interior lo que sirve de verificación y control, porque en él encuentro la confirmación y la prueba de la exactitud de las revelaciones hechas, comprensivas de los nombres, las fechas, las identidades recogidas en mis pesquisas bibliográficas.

Con ese método de estudio, lo que no se puede obtener en el estado de vigilia se puede provocar por la exteriorización completa del “yo” en el estado hipnótico; es lo que, frecuentemente, he podido realizar con mi excelente médium, la Sra. Forget. Bajo la influencia magnética del guía, ella reconstituía sus personalidades anteriores con actitudes, lenguaje y un conjunto de detalles que le hubiera sido imposible imaginar.

Es preciso notar, con todo, que los resultados obtenidos, por su naturaleza íntima, no pueden interesar ni convencer más que a los experimentadores. Pero raros son los hombres de nuestro tiempo que se disponen a llevar a cabo estos estudios. Su vida es toda exterior e ignoran los recursos ocultos en el alma. Existe ahí toda una psicología misteriosa que es preciso explorar con extremada prudencia, y que reserva a los investigadores avisados grandes sorpresas.

Los experimentos llevados a cabo por Albert de Rochas, administrador de la Escuela Politécnica de París, relatados en su libro Las Vidas Sucesivas, han sido contestados; no obstante, no habría razón para rechazarlos en su totalidad, porque, si en ciertos casos la superstición era evidente, en otros presentaban un aspecto real de sinceridad. Así parece el caso de Joséphine, la muchacha de Voiron (Isère) que, adormecida por De Rochas, se encontraba en su personalidad anterior de Claude Bourdon, habitante otrora de una aldea del Departamento de Ain, donde Joséphine nunca había estado. Allí se encontró la partida de nacimiento de Claude en el registro de la parroquia. Este hecho fue enriquecido con muchos detalles curiosos que constituyen, en su conjunto, buenos elementos de autenticidad.

Puede añadirse a este caso el de Mayo, muchacha de Aix-en-Provence, que, transformándose en sus personalidades de otros tiempos, revivía las escenas trágicas de sus vidas. Por ejemplo, el estado de gravidez y la asfixia por inmersión fueron constatados por el Dr. Bertrand, alcalde de Aix, convencido de que esas circunstancias no podían ser simuladas por una persona de 18 años. ¿Habrá que contemplar en este caso, como suponen algunos, la revelación de una ley fisiológica poco conocida, una correlación de lo físico y lo mental que abre el camino a un nuevo orden de investigaciones, a descubrimientos biológicos de alta importancia? Sea como fuere, esos casos vienen a confirmar nuestras aserciones a propósito del poder del pensamiento sobre los fluidos y sobre la propia materia concreta.

Un fenómeno más complejo todavía, por la variedad de formas que envuelve, es la reencarnación, en la misma familia, de la pequeña Alexandrine, hija del Dr. Samona, de Palermo, que volvió una segunda vez tras una muerte prematura. Se encuentran en este caso todas las particularidades morales y físicas muy características de la vida precedente. Alexandrine cuenta muchos recuerdos de esa existencia, por ejemplo una excursión a Montreal, en la cual encontró sacerdotes griegos vestidos de rojo, lo cual es poco común en Sicilia.

Este segundo nacimiento, anunciado antes por manifestaciones de los espíritus, aunque considerado por los parientes como imposible por causas patológicas, ocurrió en la fecha fijada. Estos datos se apoyan en una serie de declaraciones de testigos y amigos que relataron todas las fases de ese fenómeno.

Hoy (1927) Alexandrine tiene 13 años, escribió Grabriel Delanne en su última obra Documentos para el estudio de la Reencarnación,lii y se puede acompañar, a través de esa muchacha, todo el desarrollo de las primicias adelantadas por los espíritus.

No podemos enumerar aquí todos los casos de reencarnación anunciados de antemano, todos los fenómenos de recuerdos de vidas anteriores, en niños y adultos, y los casos relativos a la regresión hipnótica de recuerdos.

Pero con independencia de los episodios de orden experimental, a nuestro alrededor, cuántas anomalías no quedan explicadas por la noción de las anterioridades; en muchas fisonomías podríamos leer la demostración de ello. Esas mujeres de cuerpos pesados, de gestos masculinos, esos hombres de maneras afeminadas, que todos conocemos, ¿no se trata de los espíritus que han cambiado de sexo al reencarnarse? En medio del pueblo, a pesar de la ley de la herencia, todas esas inteligencias, esos talentos, incluso ese genio, que surgiesen entre familias, de preferencias materiales y groseras, ¿no son manifestación de trabajos y aptitudes anteriores? El mismo problema es el relativo a esos temperamentos delicados y finos, provenientes de personas rudas y no evolucionadas.

Por el contrario, entre ciertos anarquistas, fomentadores de huelgas, ávidos de subversión y de desorden, ¿no se reconocen a los antiguos burgueses egoístas, condenados a renacer entre aquellos a quienes explotaban otrora y a quienes un indefinido instinto hace su nueva situación insoportable? Y cuántos otros contrastes, extravagancias inexplicables en apariencia, se esclarecen por la ley de los renacimientos. Se puede reconocer a César en Napoleón, a Virgilio en Lamartine, a Vercingétorix en el general Desaix. Ciertos espíritus añaden, además: a Pompeo en Mussolini.

Hay individualidades que reaparecen en el transcurso de los siglos, de tal modo que es posible reconocerlas por la originalidad de los caracteres que se forman con la nitidez de una efigie, como el perfil de una medalla antigua.

Pero no insistamos, puesto que estas comparaciones podrían ser fuente de muchos abusos. Debido a esa hipertrofia del “yo”, que es una enfermedad tan extendida, mucha gente estaría tentada a ver en sí la reencarnación de alguna celebridad de los tiempos antiguos.

A cada renacimiento, recae el velo de la carne sobre la memoria subconsciente, el cúmulo de recuerdos se sumerge en las profundidades del ser. Solo hay excepción para ciertos casos de niños y personas evolucionadas que pueden exteriorizar sus facultades psíquicas, como hemos visto anteriormente. Sin embargo, para la generalidad de los humanos, el olvido de las vidas anteriores es norma y, quizá un beneficio de la naturaleza, porque en los mundos inferiores y atrasados, como este en que habitamos, el panorama de las vidas primarias está lejos de ser reconfortante para las almas, muy entremezcladas de angustias, de impresiones dolorosas y humillantes, de pesares superfluos, cuya intensidad paralizaría siempre nuestra acción y debilitaría nuestra iniciativa, puesto que aquí volvemos para rescatar y para evolucionar. El detalle de los acontecimientos se hace inútil y lo que importa es conocer la gran ley que religa todas nuestras existencias y las hace solidarias unas con otras.

Esa concepción palingenésica nos parece ofrecer el remedio indispensable para el estado de espíritu de muchos de nuestros contemporáneos. En efecto, una brisa de pesimismo sopla en ciertos momentos sobre nuestro país. Incluso se llega a dudar del futuro de Francia, de la posibilidad de que vuelva a levantarse, sembrando así el desánimo entre las almas. Ese pesimismo es el fruto mórbido del escepticismo materialista que corroe, desde hace un siglo, la sociedad contemporánea. Nuestra literatura es, en parte, la responsable por ello.

Se escribe mucho en nuestra época, pero entre los autores, la mayoría no siente que sea un honor temible hablar a las masas ignorantes e impresionables. Esos escritores no parecen conocer este vasto mundo invisible que nos envuelve y que nos domina, ni tampoco esas inmensas reservas de fuerzas y de almas que, a través de la reencarnación, vienen incesantemente a alimentar, entretejer y renovar las corrientes de la vida humana. He aquí por qué ese estudio de la reencarnación se impone, pues sin ella no se puede resolver ninguno de los problemas relativos a la vida y a la evolución de los seres y de las sociedades.

Según los elementos que la reencarnación nos proporciona, el nivel moral se baja o se eleva. Cuando ella trae sobre nuestro globo los contingentes de los mundos inferiores, la perturbación se acentúa y la humanidad parece retroceder. Sin embargo, también, mediante la reencarnación, en los momentos de angustia, individuos poderosos pueden surgir para dirigir por caminos más seguros los pasos vacilantes de la caravana en marcha.

Esto es lo que ocurre en este momento en nuestro país. Los espíritus evolucionados y otros, de orden elevado, vienen a tomar lugar aquí, por medio de renacimientos, con finalidad de regeneración. Ese movimiento va a continuar, dicen nuestros instructores invisibles, y en veinte años se podrá asistir a una obra de reedificación de los pueblos occidentales, y de Francia en particular.

No se debe desesperar. Los pronósticos sombríos, los juicios pesimistas, los temores y las alarmas son provenientes de una concepción insuficiente de la existencia, a la cual una ciencia rutinaria impone los límites reducidos de nuestra corta duración y de nuestro pequeño globo, mientras que, en la realidad, la vida posee recursos infinitos, puesto que se desarrolla en el seno de los espacios desde donde ella inspira, estimula y fecunda la vida terrestre.

Si nuestra literatura, nuestra filosofía y nuestra política continúan inspirándose en las reglas de una ciencia limitada y envejecida; si una comprensión general de la vida evolutiva y de sus leyes no viene a penetrar, impregnar, transformar el alma humana, habrá menos esperanza de ver cambiar la situación moral y social de nuestro país. Es, sobre todo, la noción de una única vida lo que ha alterado todo, ha oscurecido todo y ha vuelto incomprensible la evolución del ser y de la justicia de Dios.

Si la vida terrestre fuese también restricta, nuestros estudios y progresos estarían perdidos, para el individuo y para la humanidad, mientras que por la reencarnación todo se perpetúa y todo se renueva. Nosotros trabajamos para todos y, por consiguiente, trabajamos para nosotros mismos. Así, nada se pierde, los individuos y las generaciones son solidarios entre sí, solidarios a través de los siglos.


* * *

Por lo que ha quedado expuesto, se puede verificar que todas las grandes corrientes del pensamiento antiguo, filosófico y religioso, relativas a los altos destinos del alma, tras seculares vicisitudes se renuevan, se sintetizan y se funden en el espiritualismo moderno bajo la forma de la ley de la evolución a través de las vidas renacientes.

Todas las grandes religiones de Oriente, incluso el Cristianismo esotérico, la filosofía de Platón, y los principios de la escuela de Alejandría, en él se encuentran, para reunir allí la tradición sagrada de Occidente, incluyendo las de nuestros antepasados, los celtas.

Una gran obra se lleva a cabo por encima de nuestras cabezas, cuya importancia no podemos calcular, pero cuyos efectos van a repercutir en el transcurso de los siglos. Esta obra de síntesis que representa la fe elevada, la fe superior de la humanidad en marcha, no se podía realizar en el seno de las religiones actuales, sino tan solo fuera de ellas y por la ciencia.

El Catolicismo ha perdido de vista su misión salvadora y regeneradora. Debido a interpretaciones ilusorias ha desnaturalizado la doctrina pura de Cristo, sobre todo en lo que se refiere al futuro del hombre y a la justicia de Dios. Con todo, entre sus adeptos es donde más fácilmente se difunde la noción de pluralidad de existencias. Ya se ha verificado que el purgatorio, bastante mal definido por la Iglesia, podría muy bien conciliarse con el rescate de las faltas del pasado por medio de las vidas de probaciones.

El Protestantismo, por su parte, suprimiendo la noción de purgatorio, había cerrado toda salida para el principio de las vidas renacientes.

¿No es algo doloroso, incluso pavoroso, bajo ciertos puntos de vista, la constatación de que, tras tantos siglos de civilización, todavía pese la incertidumbre sobre el problema del destino humano?

La luz que brillaba desde los primeros tiempos de nuestra historia se había desvanecido. Parecía que el hombre, alejándose de la naturaleza y de sus orígenes, iba a penetrar en la noche. Y solo hoy, gracias al trabajo de algunos pensadores ardientes, los primeros resplandores de una nueva aurora vienen a rozar el alma céltica adormecida.

Para todos aquellos que han considerado la variedad y la desigualdad de las condiciones humanas, ya sea desde el punto de vista de las diferentes razas, de culturas, de civilización, ya en lo que se refiere a la duración de la existencia, el enigma de la vida se hacía indescifrable, pero he aquí que por la sucesión de las existencias del alma todo se encadena y se armoniza en una lógica rigurosa.

El terrible problema del dolor también ahí encuentra su solución, y se explica mejor el que ciertas personas conozcan el sufrimiento desde la cuna y lo soporten hasta el sepulcro.

Todas esas vidas obscuras, atormentadas, dolorosas, son crisoles donde el alma se deshace de sus impurezas, donde la hiel se consume, donde las pasiones del mal, gracias a una alquimia divina, se transforman poco a poco en pasiones del bien.

Sin duda, el progreso no siempre es sensible, y el alma frecuentemente se rebela ante el sufrimiento, pero cuando el tiempo de la probación ha pasado, se constata que ésta no ha sido estéril y que el alma se ha beneficiado.

Del mismo modo el problema del mal, que en su conjunto es uno de los aspectos de la misma cuestión. Ese problema, que ha provocado tantas discusiones estériles, había sido fácilmente resuelto por los druidas: Dios da al hombre una parte de libertad proporcional a su grado de evolución, y la libertad humana ha generado el mal. La primera Tríada enuncia entre las tres unidades primitivas “el punto de libertad donde se equilibran todas las oposiciones.”

Dios no hubiera podido suprimir el mal sin suprimir la libertad, lo cual habría falseado enteramente la ley de evolución, y con ella el principio vital, la propia razón del Universo. El libre albedrío solo asegura el juego libre de la iniciativa, de la voluntad de donde resultan los méritos necesarios para adquirir los bienes espirituales, objetivo supremo de la evolución. El ser humano debe adquirir, por sus esfuerzos en el correr de los tiempos, la sabiduría, la ciencia, el talento, y por ellos la felicidad, la ventura, es decir, todo cuanto conduce a la grandeza y a la belleza de la vida, pues no se aprecia realmente, no se ama sino lo que se adquiere por sí mismo.

Si el mal parece dominar sobre la Tierra, es porque ella forma un grado inferior en la escala de los mundos y por ser la mayoría de sus habitantes espíritus jóvenes, aún ignorantes, inclinados a las pasiones. Pero a medida que se evoluciona en la gran escala cósmica, el mal disminuye poco a poco, después se disipa, y el bien se realiza en virtud de la ley general de la evolución.

Nosotros vamos a exponer esa ley, sus reglas y su finalidad, por medio de las Tríadas, bajo su forma concisa, en la parte que se refiere al “Abred”, el círculo de las transmigraciones, y al “Gwynfyd”, el círculo de las vidas celestes. Las Tríadas de 1 a 14, reproducidas en el capítulo VII, y las que siguen, de 15 a 45, forman el complemento.liii

Las Tríadas que faltan figuran en los puntos esenciales de esta obra, donde encuentran su aplicación.

Abred”:

15 – Tres especies de necesidades en el “Abred”: la menor de toda la vida, y de ahí el comienzo; la sustancia de cada cosa, y de ahí el crecimiento, que no puede operarse en otro estado; la formación de cada cosa de la muerte, y de ahí la debilidad de la vida.

16 – Tres cosas que no se pueden ejecutar a no ser por la justicia de Dios: todo sufrir en “Abred”, porque sin eso no se puede adquirir una ciencia completa en ninguna cosa; obtener una parte del amor de Dios; ser victorioso, por el poder de Dios, en el cumplimiento de lo que es más justo y misericordioso.

17 – Tres causas principales de la necesidad de “Abred”: recoger la sustancia de toda cosa; recoger el conocimiento de toda cosa; recoger la fuerza moral para triunfar de toda adversidad y del principio de destrucción y para privarse del mal. Y sin ellas, en el trayecto de cada estado de vida, no hay ni vida, ni forma que pueda alcanzar la plenitud.

20 – Tres necesidades de “Abred”: la ausencia de reglas, pues no puede ser de otro modo; la liberación por la muerte, ante el mal y la corrupción; el aditamento de la vida y del bien, por el despojamiento del mal, liberándose de la muerte. Y todo ello por el amor de Dios concerniente a toda cosa.

21 - Tres medios de Dios en el “Abred” para triunfar sobre el mal y sobre el principio de la destrucción, escapando ante ellos en el “Gwynfyd”: la necesidad, el olvido, la muerte.

22 – Tres primeras cosas, simultáneamente creadas: el hombre, la libertad, la luz.

23 – Tres necesidades del hombre: sufrir, renovarse (progresar), elegir. Y, por el poder que esta última confiere, no se puede conocer a las otras dos antes de haberlas vencido.

24 – Tres alternativas del hombre: “Abred” y Gwynfyd”, necesidad y libertad, mal y bien; estando todas las cosas en equilibrio y teniendo el hombre el poder de vincularse a uno o a otro, según su voluntad.

26 – Por tres cosas se cae en el “Abred”, necesariamente, si bien, por otra parte, se esté ligado a lo que es bueno: por el orgullo a lo largo del “Annoufn”; por la falsedad, a lo largo del “Gabien”; por la crueldad, a lo largo del “Kenmil”, y se retorna de nuevo a la humanidad, como antes.

27 – Tres causas justificativas del estado de humanidad: adquirir inicialmente la ciencia, el amor y la fuerza moral, antes de que sobrevenga la muerte. Y esto no puede hacerse más que por la libertad y por la elección, no antes, pues, del estado de humanidad. Esas tres cosas se llaman las tres victorias.

28 – Tres victorias sobre el mal y sobre el espíritu malo: ciencia, amor, poder; porque la verdad, la voluntad y la potencia realizan, mediante la unión de su fuerza, todo cuanto desean; comienzan en el estado de la humanidad y perduran para siempre.

29 – Tres privilegios del estado de la humanidad: el equilibrio del mal y del bien, y de ahí la comparación; la libertad de elección, y de ahí el juzgamiento y la preferencia; el comienzo del poder que deriva del juzgamiento y de la elección, y éstos son necesarios antes de cumplir lo que quiera que sea.

Gwynfyd”:

30 – Tres diferencias necesarias entre el hombre, cualquier criatura y Dios: el comienzo del hombre, que no sabría encontrar a Dios; las renovaciones (progreso) necesarias del hombre en el círculo de “Gwynfyd”, visto que éste no puede soportar la eternidad del “Ceugant”, mientras que Dios soporta todo estado con felicidad.

31 – Tres formas supremas del estado de “Gwynfyd”: sin mal, sin necesidad, sin fin.

32 – Tres restituciones del círculo de “Gwynfyd”: el genio primitivo; el amor primitivo; la memoria primitiva, puesto que sin ellos no hay felicidad.

33 – Tres diferencias entre todo viviente y los demás vivientes: el genio, la memoria, el conocimiento, es decir, que los tres sean plenos en cada uno y no pueden ser comunes con ningún otro viviente, cada cual en su medida, y no puede haber dos plenitudes en cosa alguna.

34 – Tres dones de Dios a todo viviente: la plenitud de su raza; la consciencia de su humanidad; el desprendimiento de su genio primitivo en relación a todo otro genio, y es ahí donde cada uno difiere de los demás.

35 – Por la comprensión de tres cosas se disminuyen el mal y la muerte, y se triunfa: de su naturaleza; de su causa; de su acción. Y ellas se encuentran en el “Gwynfyd”.

36 – Tres fundamentos de la ciencia: la renovación del tránsito de cada estado de vida; el recuerdo de cada transmigración y de sus incidentes; el poder de atravesar cada estado de vida, para experiencia y juzgamiento, y esto se halla en el círculo de “Gwynfyd”.

37 – Tres distinciones de todo viviente en el círculo de “Gwynfyd”: la inclinación (o vocación); la posesión (o privilegio) y el genio; dos vivientes no pueden ser primitivamente semejantes en nada, porque cada uno está pleno de aquello que lo distingue y nada está pleno sin que esté en su entera medida.

38 – Tres cosas imposibles, excepto para Dios: soportar la eternidad del “Ceugant”; participar bajo toda condición sin renovarse; mejorar y renovar toda cosa sin hacerlo con pérdidas (a su costa).

39 – Tres cosas que jamás desaparecerán a causa de la necesidad de su potencia: la forma del ser; la sustancia del ser; el valor del ser, pues, por la liberación del mal, ellas existirán eternamente, ya sean vivas o inanimadas, en los diversos estados de lo bello y del bien en el círculo de “Gwynfyd”.

40 – Tres bienes supremos que resultan de las renovaciones de la condición humana en el “Gwynfyd”: la instrucción; la belleza; el reposo, por su ineptitud para soportar el “Ceugant” y su eternidad.

41 – Tres cosas en crecimiento: el fuego o la luz; la inteligencia (o la consciencia) o la verdad; el alma o la vida. Ellas triunfan sobre todo y de ahí el final del “Abred”.

42 – Tres cosas en mengua: la oscuridad; la mentira; la muerte.

43 – Tres cosas se refuerzan día a día, visto que la mayor suma de esfuerzos va, sin cesar, hacia ellas: el amor; la ciencia; la plena justicia.

44 – Tres cosas se amortiguan cada día, porque la mayor suma de esfuerzos va contra ellas: el odio; la deslealtad; la ignorancia.

45 – Tres plenitudes de la felicidad del “Gwynfyd”: participar en toda cualidad con una perfección principal; poseer toda especie de genio con un genio preeminente; abrazar a todos los seres con un mismo amor y con un amor de primera calidad, conocer el amor de Dios, y en esto consiste la plenitud del cielo y del “Gwynfyd”.liv

Se observa que esas Tríadas, por su forma concisa y su sentido profundo, constituyen una obra original y poderosa, que no puede ser considerada como invención de pensadores aislados, antes bien como la expresión sintética del genio de toda una raza. Ellas se religan a verdades de orden eterno, y quizá fuese necesaria la incubación de siglos para comprender todo su alcance. Ellas surgieron de la sombra en un momento histórico en que el ideal se afloja, para restituir a nuestro país su fe en sí mismo, la confianza en su destino, y así convertirse en instrumento de una civilización más elevada, más noble y más digna.


* * *

La ley de las reencarnaciones, ese retorno de las almas a la Tierra, suscita objeciones a que es necesario responder, temores que es preciso disipar. Entre aquellos que interrogan, unos temen no reencontrar, en el más allá, a los seres que habían amado aquí en la Tierra. Se preguntan si, en virtud de esa ley, seremos separados de los miembros actuales de nuestras familias y obligados a continuar aisladamente nuestra lenta y penosa evolución. Otros están aterrados por la perspectiva de retomar la tarea terrestre, tras una vida laboriosa sembrada de probaciones y males. Apresurémonos a tranquilizarlos.

La reencarnación es rápida y la estancia del espíritu en el espacio es de corta duración tan solo en el caso de niños muertos a corta edad. Habiendo malogrado su tentativa de reaparecer en el escenario terrestre, casi siempre por causas fisiológicas debidas a la madre, esa tentativa será renovada en el mismo medio siempre que se presenten las condiciones favorables. De no ser así, el espíritu se reencarnará en las cercanías de ese medio, es decir, entre parientes o amigos, de manera a permanecer en relación con aquellos que él había elegido, en virtud de una atracción resultante de vínculos anteriores, de fuerzas afectivas que constituyen cierta afinidad fluídica.

Los espíritus forman familias numerosas cuyos miembros continúan siéndolo a través de sus múltiples reencarnaciones. Mientras unos prosiguen sobre el plano material su educación y su evolución, otros permanecen en el Espacio a fin de protegerlos, en la medida de sus posibilidades, sostenerlos, inspirarlos, esperarlos para recibirlos al término de la vida terrestre. Más tarde, éstos aquí renacerán para la vida humana y, a su vez, de protectores se convertirán en protegidos. La duración de la estancia en el Espacio es muy variable y, según el grado de evolución, puede durar muchos siglos o solamente algunas decenas de años, para los espíritus ambiciosos de progreso.

Hay siempre correlación entre la vida terrestre y la del Espacio. La familia visible está siempre ligada a la familia invisible, incluso sin su conocimiento. Los afectos, los sentimientos provenientes de los vínculos establecidos en el transcurso de las vidas sucesivas, se transmiten de un plano al otro con mayor intensidad cuanto más sutil sea el estado vibratorio de los seres que componen esas familias.

La unión perfecta que reina en ciertas familias se explica por las numerosas vidas en común. Sus miembros fueron aproximados nuevamente por una atracción espiritual, una adaptación del pensamiento idéntico, de gustos y de aspiraciones del mismo orden, y ello en grados diversos.

Es fácil reconocer en una familia a aquél que en ella se encarna excepcionalmente y por primera vez, ya sea para perfeccionarse allí intelectual y moralmente, en contacto con seres más evolucionados, o bien, por el contrario, para servir de ejemplo, de modelo, de entrenador de espíritus atrasados y, al mismo tiempo, para ayudarlos a soportar las probaciones que el destino les reserva, lo cual convierte la misión en tarea meritoria. En ciertos casos el contraste es tan notable entre los caracteres, la manera de pensar y de proceder es tan sorprendente, que los no iniciados llegan a proferir este juicio: “¡Aquel no es de la familia, se puede creer que el ama de cría lo ha cambiado!”

Desde la vida en el espacio, entre ciertos espíritus se asumen los compromisos de reencarnarse en los mismos ambientes y ahí proseguir una común evolución. Otras almas evolucionadas aceptan la función penosa de bajar en hogares materiales para disipar en ellos, por sus irradiaciones, los elementos groseros que dominan tales ambientes, y este acto de abnegación será para ellas un nuevo motivo de progreso.

Algunas personas nos interrogan sobre las diferencias de razas y sus relaciones con la evolución. Los espíritus dicen sobre esta cuestión que cada región del globo atrae del Espacio los fluidos en armonía con los efluvios que se desprenden del suelo. De ello resulta que los espíritus que renacen en esas regiones tendrán gustos y aspiraciones diferentes. Por ejemplo, los africanos recibirán los fluidos propios para desarrollar su vitalidad física, porque su espíritu tiene necesidad de sentirse en un envoltorio sólido.

Entre orientales, los japoneses, por ejemplo, la evolución terrestre es más completa, los cuerpos son pequeños, la sensibilidad desarrollada, la percepción del más allá es más nítida. El misticismo está presente. El periespíritu del japonés es de gran sutileza, vibrará más fuertemente que el del senegalés.

Entre los occidentales, en general, la evolución no ha sido uniforme. Ha variado según los países. Los montañeses y los marítimos, bajo formas más rudas, guardaron cierto fondo de idealismo o espíritu religioso. Ahí están los dos tipos humanos cuyas aspiraciones se relacionan más directamente con el mundo superior, porque comulgan con la Naturaleza.

No es de extrañar si un espíritu, en su corta evolución, experimenta a veces la necesidad de cambiar de medio para adquirir cualidades o conocimientos que todavía le faltan. Pero esos mismos seres, volviendo al espacio, encuentran pronto allí los elementos espirituales de que se habían alejado durante cierto tiempo, y cuyos recuerdos habían guardado. Y durante el sueño el ser encarnado se acerca a sus amigos del Espacio y vuelve a ver, en algunos instantes, su vida pasada; pero al despertar esa impresión se borra, porque podría perturbar y reducir su libre albedrío.

Si bien él se aleja durante cierto tiempo de su familia terrestre, no abandona nunca a su familia espiritual y, cuando la familia humana evoluciona y alcanza un plano fluídico superior, se producirá la acción inversa, y será él quien a su vez atraerá en el espacio al espíritu menos avanzado. La ley de evolución del ser a través de sus vidas renacientes es admirable, pero la inteligencia humana no puede entrever más que su pálido reflejo.

Las enseñanzas contenidas en estas páginas no son obra de la imaginación. Emanan de mensajes espirituales obtenidos por todos los procedimientos mediúmnicos y han sido recogidos en todos los países. Hasta aquí, no teníamos, sobre las condiciones de vida en el Más Allá, más que hipótesis humanas, ya fuesen filosóficas o religiosas. Hoy, los que viven esa vida la describen para nosotros, y hablan sobre las leyes de la reencarnación. En efecto, ¿qué son ciertas excepciones señaladas entre los anglosajones, y cuyo número se reduce cada día en presencia de la enorme cantidad de documentos, de testimonios concordantes recogidos desde América del Sur a las Indias y el Japón?

Ya no se trata, como en el pasado, de un pensador aislado, o incluso un grupo de pensadores, que viene a indicar a la humanidad la ruta que le parece verdadera; es un mundo invisible, entero, que se conmueve, y se esfuerza para sacar al pensamiento humano de sus rutinas, de sus errores, y le revela, como en el tiempo de los druidas, la ley divina de la evolución. Son los propios parientes y amigos muertos quienes nos exponen su situación, buena o mala, y la consecuencia de sus actos en el transcurso de charlas ricas en pruebas de identidad.

Tengo en mi poder siete grandes volúmenes de comunicaciones, recibidas en el grupo que durante largo tiempo he dirigido, que responden a todas las cuestiones que la inquietud humana presenta a la sabiduría de los invisibles.

Los espíritus guías nos instruían por medio de diversos médiums, que por lo regular no se conocían entre sí, y sobre todo por mujeres poco letradas, llenas de prejuicios católicos y poco inclinadas a la doctrina de las encarnaciones. Ahora bien, todos cuantos han consultado esos archivos han quedado sorprendidos por la belleza del estilo, y asimismo por la profundidad de las ideas expuestas.

Quizá esos mensajes un día lleguen a publicarse. Entonces se verá que en mis obras no estoy inspirado solamente por mí, sino sobre todo por aquellos que están al otro lado de la vida. Se reconocerá, en la variedad de las formas, una gran unidad de principios y una perfecta analogía con las enseñanzas obtenidas de los espíritus guías, en todos los medios, donde Allan Kardec se inspiró para delinear las grandes reglas de su doctrina.

Tras la guerra (1ª Guerra Mundial, 1914-1918), nuestros instructores continuaron manifestándose por diferentes médiums. Por medio de entidades diversas, la personalidad de cada uno de ellos se afianzó por su carácter propio, por una originalidad tallada, en una palabra, de modo a evitar toda posibilidad de simulación. Se puede seguir anualmente, en la Revue Spirite, la quintaesencia de las enseñanzas que se nos han dado sobre cuestiones siempre sustanciales y elevadas.

Después, próximo al congreso (Espírita) de 1925, fue el gran iniciador (Allan Kardec) quien ha venido a certificarnos de su concurso y a esclarecernos con sus consejos. Hoy aún es él, Allan Kardec, quien nos anima a publicar este estudio sobre la reencarnación.


* * *
Hasta ahora no hemos insistido mucho sobre el principal argumento que se evoca contra la doctrina de las preexistencias, es decir, el olvido de las vidas anteriores. Ese argumento ha sido refutado detalladamente en casi todas las obras que hemos escrito.lv Ese olvido, como hemos visto, no es tan general como se pretende, y si la mayoría de los hombres se dedicase a un estudio atento de su propia psicología, encontraría, fácilmente, los vestigios de sus vidas pasadas.

Así, como demuestra el Sr. Bergson en su bello libro La Evolución Creadora, este argumento no es concluyente. A partir de la vida actual, y sobre todo en el estado de sonambulismo, opuesto al estado normal, se producen eclipses de memoria que hacen comprensible la desaparición de los recuerdos lejanos. Todos los espíritus saben que ese olvido de nuestro pasado es transitorio y accidental.

Aunque el espíritu esté poco evolucionado, el recuerdo integral se reconstituirá en el más allá, e incluso en el transcurso de esta existencia, durante el sueño.

En ese estado de desprendimiento, él podrá retomar el encadenado de las causas y efectos que forman la trama de su destino. Es solamente en el período de la lucha material cuando el recuerdo se borra, precisamente para dejarnos la plenitud de nuestro libre albedrío, indispensable para salvar las dificultades, las pruebas terrestres, a fin de recoger todos sus frutos.

En suma, el olvido de las vidas pasadas ha de ser considerado como un beneficio para la mayoría de las almas humanas en punto no muy elevado de evolución. El recuerdo sería, frecuentemente, inseparable de revelaciones humillantes y de pesares dolorosos como quemaduras. En vez de hipnotizarnos en un pasado malo, es el futuro lo que debe constituir el objetivo de nuestros esfuerzos y el impulso de nuestras facultades.

¿No dice el proverbio que al poner la mano en el arado no se debe mirar atrás? En efecto, para trazar bien derecho el surco, es decir, para afrontar el combate de la vida y proseguir en él con alguna ventaja, es preciso no estar obsedido por el cortejo de los malos recuerdos.

Es tan solo más tarde, en la vida del espacio, y sobre todo en los planos superiores de la evolución, cuando el alma humana, liberta del yugo de la carne y libre de la pesada cobertura de la materia que limita sus percepciones, puede abarcar sin desfallecimiento, sin vértigo, el vasto panorama de sus vidas planetarias. Para entonces ya ha adquirido la madurez necesaria para discernir, por su propia razón y saber, el vínculo que las religa a todas, los resultados recogidos, y extraer las enseñanzas que éstos comportan. Es lo que dice la Tríada 19:

19 – Hay tres necesidades antes de llegar a la plenitud de la ciencia: atravesar el “Abred”, atravesar el “Gwynfyd y acordarse de todas las cosas hasta en el “Annoufn”.

Tal es el juzgamiento particular, el inventario de nuestra alma evolucionada, que al comienzo de sus existencias pasa en revista la larga secuencia de sus etapas a través de los mundos. Con su sensibilidad aumentada, su experiencia, su sabiduría, su razón engrandecida, ella juzga todas las cosas desde arriba. Y en sus recuerdos, según su naturaleza, encuentra las causas de la alegría o del sufrimiento. Su conciencia purificada escruta las menores marcas de su memoria profunda. Convertida en árbitro infalible, se pronuncia sin apelación, aprueba o condena y, a veces, a título de reparación y bajo inspiración divina, decide e impone los renacimientos en los mundos de la materia y del dolor. Es lo que expresa la Tríada 18:

18 – Tres calamidades primitivas del “Abred”: la necesidad, el olvido y la muerte.


* * *
Terminado este capítulo, insistiremos aún sobre la importancia del movimiento espiritualista actual, que, en realidad, es un despertar de las tradiciones de nuestra raza céltica. Para que su vida sea plena, entera y fecunda, todo hombre debe comprender su sentido profundo y discernir su objetivo, porque, ya sea por reflexión, o bien por una especie de instinto, la idea que de ella se hace es la que domina toda su vida, inspira sus actos y los orienta hacia objetivos inferiores o elevados.

Resulta que esta noción esencial debería formar parte de toda educación humana, pero ni la escuela, ni la Iglesia nos dan, sobre este asunto capital, informaciones nítidas y precisas. De ahí, en gran parte, la perturbación moral y la confusión de ideas que reinan en nuestra sociedad.

Si conociésemos toda la regla soberana de los seres y de las cosas, la ley y la consecuencia de los actos y su repercusión sobre el destino; si supiésemos que siempre se cosecha lo que se ha sembrado, las reformas sociales serían más fáciles y la faz del mundo sería rápidamente transformada. Pero la mayoría de los hombres, absortos en sus tareas, en sus preocupaciones materiales, privados del ocio necesario para cultivar su inteligencia y su corazón, recorren la vida como si pasasen por entre la neblina. La muerte no es a sus ojos más que un espantajo, cuyo pensamiento importuno apartan con pavor. Y así es como, cuando vienen los días de pruebas, si el viento sopla con tempestad, enseguida se encuentran desamparados.

Eso es lo que pasa en nuestra época. Para sacar al hombre de las pesadas influencias que lo oprimen, serían precisos acontecimientos importantes, crisis dolorosas que, mostrándole el carácter precario, inestable de la vida en la Tierra, debían abatir su orgullo, obligarlo a situar más lejos sus atenciones y a fijar más alto sus objetivos. Sería provecho para la humanidad si los tiempos de prueba, que nuestra civilización atraviesa actualmente, esclareciesen sus taras y sus vicios y le enseñasen a curarlos.

¿No es una coincidencia notable que, al mismo tiempo en que las creencias religiosas se apagan cada vez más, en que el materialismo derrama ante nuestros ojos sus efectos destructivos, una revelación de lo Alto se difunde por el globo por miles de voces, ofreciendo una doctrina, una enseñanza racional y consoladora a todos los interesados de buena fe?

El Espiritismo es el mayor y más solemne movimiento del pensamiento que se ha producido desde la aparición del Cristianismo. No solo por el conjunto de sus fenómenos nos trae la prueba de la sobrevivencia, sino que, desde el punto de vista filosófico, sus consecuencias son más grandiosas. Con él el horizonte se aclara, el objetivo de la vida se hace preciso, la concepción del Universo y de sus leyes aumenta, el pesimismo sombrío se desvanece para dar lugar a la confianza, a la fe en destinos mejores.

El Espiritismo puede entonces revolucionar todos los dominios del pensamiento y del conocimiento. En los ambientes estrechos donde se hallaban confinados, él abre grandes puertas a lo desconocido y a lo inexplorado. Mediante el estudio del ser en su “yo” profundo, en este mundo cerrado donde se acumulan tantas impresiones y recuerdos, el Espiritismo crea una Psicología nueva, mucho más amplia y variada que la Psicología clásica.

Hasta ahora tan solo conocemos la parte más grosera, la más superficial de nuestro ser. El Espiritismo nos lo muestra como un reservorio de fuerzas escondidas, de facultades en estado germinativo que cada uno de nosotros está llamado a valorar, a desarrollar a través de los tiempos. Por los métodos hipnóticos o magnéticos será posible llegar hasta los orígenes del ser, reconstituyendo la secuencia de las existencias y de los recuerdos, la serie de causas y efectos que son como la trama de nuestra propia historia. Aprenderemos que el propio ser crea su personalidad y su consciencia en el transcurso de una evolución que lo conduce, vida tras vida, hacia planos mejores. Y así se afianza nuestra libertad, que se engrandece con nuestra elevación y fija las causas determinantes de nuestro destino, feliz o infeliz, según nuestros merecimientos. Desde entonces, ya no más esos debates estériles a que hemos asistido desde hace largo tiempo, provenientes de la insuficiencia de puntos de vista y del campo muy limitado de nuestras observaciones, en esta vida pasajera y sobre este mundo mísero, ínfima parcela del Todopoderoso.

En otras palabras, el ser nos aparece bajo aspectos más nobles y más bellos, llevando consigo todo el secreto de su grandeza futura y de su potencia radiante. Con la cultura de esa ciencia, día vendrá en que todo hombre podrá leer claramente, en sí mismo, la regla soberana de su vida y de su futuro. Y de ello resultarán las grandes consecuencias sociales. La noción de los deberes y de las responsabilidades se hará más precisa. En lugar de las dudas, incertidumbres y pesimismo actuales, la esperanza se originará del conocimiento de nuestra naturaleza imperecedera y de nuestros destinos infinitos.

Se puede decir entonces que la obra del Espiritismo es doble: en el plano terrestre tiende a reunir y a fundir en un sistema grandioso todas las formas, hasta ahora discordantes, y frecuentemente contradictorias, del pensamiento y de la ciencia. En un plano más amplio, él une lo visible a lo invisible, esas dos formas de vida que en realidad se penetran y se completan desde el principio de las cosas. Con ese objetivo demuestra que nuestro mundo y el Más Allá no son separados, sino que están el uno en el otro, constituyendo así un todo armónico.






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