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Capítulo VI La Lorena y los Vosgos. Juana de Arco, alma céltica



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Capítulo VI

La Lorena y los Vosgos. Juana de Arco, alma céltica


¿Por qué estas páginas sobre la Lorena? – preguntan. Esta región, apartada de todos los grandes focos célticos, ¿puede entonces figurar en su secuencia? Sí, ciertamente, porque la Lorena siempre ha sido baluarte de defensa del mundo céltico contra los germanos.

Por lo demás, nótese que hay una laguna en casi todas las obras similares. Se habla mucho de la Bretaña y se pasa en silencio sobre las otras regiones célticas. Ahora bien, para facilitar en Francia el despertar del alma céltica, reconducirla a sus tradiciones, poner de manifiesto la altivez de sus orígenes, es preciso recordar su ascendencia sobre otras provincias interesadas y desembarazarlas, así, de esa influencia latina que, desde hace muchos siglos, disimula su propia individualidad.

La Lorena ha sido, constantemente, el camino para las invasiones de los pueblos provenientes del norte atraídos por los efluvios de las regiones cálidas o templadas. Desde los primeros tiempos de nuestra historia, larga sería la lista de las hordas extranjeras que han pisado su suelo y devastado sus campos. Toda mi infancia fue arrullada por el relato de las depredaciones causadas por los ejércitos enemigos. A su aproximación, los habitantes de las aldeas, llevando lo que tenían de más precioso, huían a toda prisa a los confines de los bosques donde levantaban sus chozas. Igualmente, mientras que en el centro y en el oeste, las granjas y las viviendas están diseminadas aquí y allí, según las necesidades de la cultura, es notable ver en el este las poblaciones agrupadas en grandes villas; las casas aisladas allí son raras. De todos esos flujos y reflujos de ejércitos, de esos sitios y choques violentos, la Lorena ha sufrido más que cualquier otra provincia francesa. Esto motivó un patriotismo ardiente que persiste a través de los siglos.

La cadena de los Vosgos se eleva como una muralla, de la cual el Reno parece ser el foso. La llanura de Alsacia está entremezclada de elementos galos y germánicos, pero por todas partes dominan los recuerdos célticos. Lo mismo ocurre en otros varios puntos de la Lorena.

Como puesto avanzado, cubriendo la línea de los montes, el Odilienberg eleva bien alto por encima de esa llanura su campo atrincherado, formado de bloques ciclópeos, enorme recinto que podía servir de refugio y de defensa a una tribu entera, con todos sus recursos en cereales, raciones y animales.

Sobre dos elevaciones, ocupadas hoy día por dos capillas, se hallaban los templos de Hesus y Bellena. El Donon, como el Puy de Dôme, era una montaña consagrada a los dioses, y sobre casi todas las cumbres de los Vosgos se hallan vestigios de altares druídicos.

Yo he recorrido, frecuentemente, esas crestas y esos altiplanos encrespados de robles, de hayas y de negros abetos entre los peñascos de arenisco rojizo y de ruinas de viejos burgos, posados como nidos de águilas sobre las altas cumbres.

¿A qué época se remonta el vasto sistema de defensa que, bajo el nombre de “muro pagano”, abarca las alturas de Sainte-Odile, la Bloss y el Menelstein? Evidentemente, a la época de las primeras invasiones germánicas, y su finalidad era la de detenerlas o retrasarlas. Eses atrincheramientos pertenecían, por tanto, al período céltico.

Maurice Barrès escribía sobre eso:

“En esa montaña, desde el siglo IV o III a.C., los celtas habían construido el ‘muro pagano’. En esa cumbre se encuentran los restos de un ‘oppidum’ galo (fortaleza) y probablemente un colegio sacerdotal druídico.” xxvii

Edouard Schuré escribió, a su vez:

“Los ‘tumuli’ (montones de piedras, especie de túmulos) hallados en el recinto, los menhires puestos sobre los flancos, los dólmenes y las piedras de sacrificio que se diseminan por las montañas y valles de los alrededores, los nombres de ciertas localidades, todo demuestra que la montaña Sainte-Odile fue, en los tiempos célticos, la sede de un gran culto.” xxviii

Ese autor, por tanto, considera ese prodigioso conjunto de ruinas como restos de uno de los mayores santuarios de la Galia. Él coloca sobre el promontorio de Landsberg el “Templo del Sol”, frecuentado por los druidas. Desde ese punto el panorama es inmenso, extendiéndose hacia atrás sobre los vastos bosques y valles encajados que cubren las vertientes de los Vosgos; y en la dirección opuesta, sobre toda la llanura de la Alsacia. A lo lejos, se despliega la cinta plateada del Rin; finalmente, en el horizonte, por encima de las aristas sombrías de la Floresta Negra, la vista se extiende hasta las cumbres de los Alpes, deslumbrante, bajo su corona de ventisqueros.

Se puede notar, como hemos hecho a propósito de la Bretaña, que la mayor parte de los grandes santuarios cristianos han sido adaptados, podría decirse injertados sobre cultos anteriores.

En los terrenos consagrados por los druidas durante siglos, se construyó, más tarde, el Monasterio de Sainte-Odile, patrona de la Alsacia.

Pese al cambio de religión, hace ya dos mil años, largas colas de peregrinos se encaminaban a la “Montaña del Sol”, a fin de buscar allí socorro moral. Bajo nombres y fórmulas variadas, su fe y sus oraciones los atraían a ella, y en ella acumulaban esas fuerzas psíquicas, cuya potencia y extensión la ciencia apenas comienza a medir. Ellos creaban así un ambiente fluídico y magnético que permitía al mundo invisible aproximarse nuevamente al mundo terrestre y actuar sobre él. De ahí esas manifestaciones y principalmente esas curas maravillosas que se han producido en los lugares sagrados de todos los tiempos, de todos los países y de todas las religiones.

En el seno de esos sitios grandiosos, el pensamiento se eleva con más fuerza, comulga con más intensidad con el Más Allá superior, porque Dios está en todas partes donde la naturaleza habla al corazón del hombre.

Cuando un temblor recorre la masa del verde y hace ondular las altas copas de los grandes árboles del bosque, cuando la voz de los torrentes y de las cataratas se eleva desde lo profundo de los valles, el alma iniciada comprende mejor la belleza eterna, la suprema armonía de las cosas, y vibra al unísono con la vida universal. Es lo que sentí no solo sobre las alturas de Sainte-Odile, sino además sobre la mayor parte de las cumbres de los Vosgos, y, notablemente, sobre el Hohneck, desde donde la vista abarca toda la llanura hasta el Rin, hasta los Alpes lejanos.

Día vendrá en que los hombres, alejándose de las viejas fórmulas religiosas, se unirán en pensamiento común de adoración y de amor. Como en el tiempo de los druidas, la naturaleza retornará al templo augusto; será entonces la religión del espíritu, consciente de sí mismo y de su destino, que es el de progresar de vidas en vidas, de mundos en mundos, hacia el foco eterno de toda luz, de toda sabiduría, de toda verdad. Y así será fundada la unidad religiosa de la Tierra y del espacio, de dos humanidades, la visible y la invisible.
* * *

Los altos valles de la Meurthe, de la Mosela y de la Vologne poseen todavía numerosos monumentos megalíticos: menhires y dólmenes.

Según Charton, el altar hallado en Lamerey, los “tumulus” xxix de Bouzemont, de Dommartin-les-Ramiremont, de Martigny son antigüedades célticas.xxx El valle de Arjol, los alrededores de Darney recuerdan cosas del mismo tipo. La montaña de los Deux-Jumeaux presenta, sobre el Piton Nord, cavidades circulares y características en que los druidas recogían directamente las aguas pluviales, que consideraban las más puras para la celebración de sus ritos religiosos. Sobre el Piton Sud, el Grand-Jumeau, se pueden notar los vestigios de un “oppidum” (fortaleza de los galos).

Personalmente he podido observar en la Lorena muchas de esas rocas dispuestas en forma de altares, con cavidades circulares, especie de pilas de agua bendita druídicas, particularmente en Grand-Rougimont, en el valle de la Haute Vezouse. Igualmente en la montaña, cerca de Épinal, llamada “Cabeza del Pequeño Cubo” por ese motivo. Una excavación semejante, llamada “Caldero de las Hadas” se encuentra en la montaña de Répy, entre Raon-l’Étape y Étival.

Cerca de Saint-Dié hay otros vestigios célticos, incluso en el bosque de los Molières, distante de todo camino. Sobre la cresta del monte de Ormont se pueden seguir las marcas de alineaciones de piedras erectas.

Más cerca de Nancy se conoce la fortaleza de Sainte-Geneviève; la de Champigneulles, en el bosque de la Fourasse, y, sobre todo, la importante obra, más arriba de Ludres, llamada falsamente “campo romano”, la cual es céltica, de la Edad del Hierro. Las excavaciones practicadas en esos lugares han dado resultados significativos, conservados en el Museo de Lorena. ¡En cuanto a los otros vestigios célticos, por ignorancia son considerados galo-romanos!

A esos recuerdos, frecuentemente profanos, preferimos los viejos altares en pleno bosque donde los romanos nunca entraban, quedándose en las ciudades y en los grandes valles abiertos a las rutas comerciales. Yo admiro los peñascos antiguos en el bosque profundo donde nosotros, los celtas, nos sentimos más en nuestra casa.

Los megalitos, se nota, son numerosos en Lorena como en todo el resto de la Galia. Los menhires o piedras verticales, los dólmenes o mesas de piedra, los “cromlechs” o círculos de piedra, se encuentran ahí frecuentemente, siempre en estado rústico, pudiendo darles correctamente el título de piedras vírgenes.

Si la sencillez de las formas y la ausencia completa de estética podían considerarse como indicios de una antigüedad remota, se puede hacer remontar el origen de los megalitos a las primeras edades de la Historia.

Con todo, observamos que los celtas aún hacían uso de ellos durante nuestra era, aunque mostrasen un arte refinado en la fabricación de armas, joyas, vestuario, etc. Había entonces ahí, en esa sencillez deseada, una intención profunda, un sentimiento religioso, que Jean Reynaud, profesor de la Universidad de París, nos explica en estos términos en su bello libro L’Esprit de la Gaule:

“No se puede hallar otro origen para esta arquitectura primitiva a no ser en el respeto supersticioso de que debían sentirse penetrados los hombres primitivos en relación con la majestad de la Tierra. Ellos debían temer, de modo natural, cometer un sacrilegio si se aventuraban a modificar la figura de esos bloques de formas inexplicables… Esa arquitectura simboliza la época en que el hombre ya quiere erigir monumentos y aún no se atreve a someter a los ultrajes del martillo la faz augusta de la Tierra.”

Las costas de la Mosela y los “altos del Meuse”, es decir, las dos cadenas de colinas que rodean esos ríos, estaban en su mayoría coronadas de fortalezas y aún de monumentos consagrados a los dioses y diosas locales: Teutatés, Taran, Belen, Rosmerta, Serona, diosa de las aguas, que no eran, en realidad, más que genios tutelares, espíritus protectores de las tribus. Todos esos vestigios provienen de dos grandes tribus célticas: los Médiomatriques, que tenían por capital a Metz (Divorentum) y los Leuques, cuyo principal centro era Toul.xxxi

Los Médiomatriques habían enviado a seis mil hombres para levantar el bloqueo de Alesia, mientras que los Leuques, aliados de los Trévires, resistían frente a los germanos.

San Jerónimo decía, en el siglo IV, que la lengua céltica era todavía usada en Verdun y en Toul, donde estorbó al progreso del Cristianismo.



* * *
Volvamos a la vertiente lorena de los Vosgos. Es preciso haber frecuentado durante largo tiempo esas regiones, visitado esos lagos, esos torrentes, esas cataratas, todo cuanto alegra o hace variar a cada paso el paisaje, para comprender y sentir el encanto penetrante, la dulce magia que se forma en esa región y predispone el alma al recogimiento y al devaneo.

Me gustaba charlar con los leñadores y los carboneros del bosque de Vosgos y he constatado que se reencuentra entre ellos todo cuanto caracteriza la raza céltica, la elevada estatura, la alegría, la hospitalidad, el amor a la independencia.

Bismarck decía de los lorenos, después de 1871: “Esos elementos son muy indigestos”. Esto me recuerda una discusión que tuve en Schlucht, con alemanes, al día siguiente a la anexión de la Alsacia a su imperio. Como la disputa se inflamó y yo era el único francés, me sorprendió mucho ver, de pronto, salir del bosque hombres de alta estatura, con las mejillas negras. Eran los carboneros lorenos, que habían escuchado todo y venían, en el momento oportuno, a prestarme ayuda.

Pero es sobre todo el valle del Meuse lo que hace volver mis recuerdos y afectos. Mi ciudad natal, el lugar de mi último nacimiento, está separada de Vaucouleurs por un bosque; mis excursiones a Domremy y a sus alrededores son incontables. Una atracción poderosa me reconduce a ella. La colina de Bermont, con sus bosques densos, sus fuentes sagradas, la vieja capilla donde iba siempre Juana de Arco a orar, ha conservado todo su encanto poético. El bosque Chenu está más devastado, pero la fuente de Groseilliers siempre hace oír su dulce murmullo. La suntuosa basílica moderna, pese a su ostentación, no oculta la humilde iglesia de la villa donde Juana fue bautizada.

Sobre todo el valle planea una atmósfera de misticismo que impresiona el alma pensativa y recoleta. Los espíritus fluctúan en el aire, inspirando a los escritores más refractarios; así es como Maurice Barrès, que no siempre ha sido delicado para con los espíritas, pero tan buen loreno por su corazón, escribía lo siguiente:

“En Juana vemos actuar, sin su conocimiento, las viejas fantasías célticas. El Paganismo rodea y asedia a esta santa cristiana. La doncella honra a los santos, pero instintivamente, prefiere a aquellos que abrigan, bajo sus invocaciones, las fuentes encantadas.

Las diversas potencias religiosas esparcidas por ese valle del Meuse, al mismo tiempo céltico, latino y católico, Juana las acoge y las armoniza; debería ella morir por efecto de su nobleza natural… Las fuentes druídicas, las ruinas latinas y las viejas iglesias romanas forman un concierto. Toda esa naturaleza apartada despierta en nosotros el amor de una causa perdida en la cual Juana es el tipo ideal. Mientras tengamos un corazón céltico y cristiano, no cesaremos de amar a esa hada que hemos convertido en una santa.” xxxii

Merlín, el encantador, ¿había profetizado su venida, tal como se asegura? Es posible que sí, pero esto ha sido muy contestado y no insistiremos sobre ese particular. Lo cierto es que “ella fue anunciada, deseada, esperada, prevista, desde la esencia de una raza que siempre ha puesto su esperanza y su fe en la mirada inspirada de las vírgenes”.xxxiii

Y Maurice Barrès llega a atribuir a las influencias célticas que iluminan la infancia de Juana una de las causas de su condenación.

Tal como a Juana, a mí me gustaba visitar los bosques, las fuentes sagradas, los árboles seculares en torno a los cuales se desarrollaba el “círculo de las hadas”. Pero ¿quiénes eran esas hadas de que se trata un poco por todas partes en la Lorena? Sin duda, una vaga y lejana evocación de las druidesas de vestidos blancos, celebrando su culto bajo los rayos plateados de la Luna.

Edouard Schuré, en su bello libro Les Grandes Légendes de France, escribió:

“Las druidesas eran llamadas también hadas, es decir, seres semi-divinos, capaces de revelar el futuro...xxxiv

El origen de los druidas se remonta a la noche de los tiempos, a la aurora de la raza blanca. Las druidesas son quizá más antiguas todavía, si nos basamos en Aristóteles, quien atribuyó el culto de Apolo de Delos a sacerdotisas hiperbóreas. Las druidesas fueron en principio las inspiradas libres, las pitonisas del bosque. Los druidas se sirvieron de ellas, inicialmente, como pacientes sensibles, aptas para la clarividencia, la adivinación. Con el tiempo ellas se emanciparon, formaron colegios femeninos y, aunque sometidas jerárquicamente a la autoridad de los druidas, actuaban por impulso propio.”

De ahí resultó cierto abuso de poder, particularmente en lo que se refiere a los sacrificios humanos, pero Edouard Schure considera esa cuestión desde plano superior y añade:

“La acción es el origen de todo. La idea de la vidente, de la visión espiritual del alma que ve y posee el mundo interior, superior a la realidad visible, domina toda la leyenda y en ella arroja rayos de luz.”

Juana de Arco era, entonces, por excelencia, un alma céltica, una imagen de esos seres predestinados, desde la aurora de la Historia, a las formas más elevadas del sacerdocio femenino y de la adivinación. ¿No estaba ella en posesión de las más altas facultades psíquicas: visión, audición, presentimientos, premoniciones? Ya en los interrogatorios de los examinadores y de los jueces, ya en las discusiones de los consejos o incluso en el tumulto de los combates, ella siempre tuvo la intuición de lo que debía decir y hacer.xxxv

Todo eso en una joven sin instrucción, que no había cumplido los veinte años. ¡Y qué escena en ese terrible drama! Se trata de la salvación de Francia, de saber si será inglesa. Pero, tal como nos dirá Juana más adelante, ella era “el modesto instrumento vibratorio que recibía inspiración del mundo invisible”.

Sí, ciertamente, ella era agente del mundo invisible, misionera celeste. Cuando los hombres aprendan a conocer la vida que reina sobre las esferas superiores y en los espacios etéreos, sabrán que Dios ha creado una clase de espíritus angélicos y puros, a quienes Él reserva misiones dolorosas, misiones de abnegación y sacrificio, por la salvación de los pueblos y la rehabilitación de la humanidad. El Cristo, Juana de Arco y otros, pertenecen a este orden de espíritus. Cuando bajan a los mundos materiales se encarnan siempre en las clases más humildes, para en ellas dar el ejemplo de la sencillez, del trabajo y del desinterés. Hubo una excepción para Buda, nacido en cuna de oro, el cual más tarde abandonó su palacio y su esposa, para adentrarse en la selva. Mahoma también, al comienzo, era un oscuro conductor de camellos.

Todos esos misioneros son fáciles de reconocer por los poderosos efluvios que de ellos se emanan y que impresionan a las multitudes. Parece como si tuviesen un rayo divino sobre sus frentes y en sus corazones. Era el caso de Juana de Arco, según el testimonio del ciudadano de Orleáns que decía: “Es una alegría verla y oírla.” xxxvi

Aún ahora, cuando le place a veces visitarnos, el espíritu de Juana se anuncia en nuestras reuniones por una viva radiación luminosa. Ella se aparece al vidente en trance, bajo una forma en cuyo esplendor es difícil fijar la vista directamente. Fue en esas condiciones como dictó, por incorporación, en una Nochebuena, el siguiente mensaje:

“¡Amigos, la Lorena os saluda! Deseo que esta fiesta de Navidad sea en vuestros corazones el símbolo de la dulzura, del amor, de la esperanza. Mis atribuciones en el espacio no me permiten bajar frecuentemente hasta vosotros. Yo os debía estas pocas palabras, porque os profeso gran afecto. He venido aquí a trabajar con vosotros; he pensado y orado con vosotros.

Deseo que Dios bendiga vuestra obra y que ella haga bien a los franceses y francesas enamorados del Celtismo y del recuerdo de la raza. ¡Esta raza francesa inviolable en su esencia, siempre impregnada por la chispa divina, no puede perecer! Es por los buenos escritos como os haréis amar.

Unamos el pensamiento de Dios a la Francia, para que Él envíe sus volutas de amor, a fin de regenerar a nuestros hermanos y hermanas que todo lo ignoran acerca de Dios. Vos deseáis asociar la pastora de Lorena a vuestra obra. Durante toda mi vida terrestre fui impregnada por la chispa céltica. Ella mantuvo en mí la llama del ideal patriótico, como también el germen de la fe transmitida por el primer druida. Yo los sentía bajo la forma de una vitalidad particular, hecha del culto de la tradición y del reflejo de las leyes inmutables, retiradas de las fuentes de la vida universal.

Yo fui el modesto instrumento vibratorio que recibía la inspiración de Dios. De esa tierra Lorena, a la que amáis, yo llevé, a través de Francia, las radiaciones ligadas entre sí por los siglos, y para mí fue un honor poder unir las almas perdidas y las voluntades vacilantes.

Si vuestro corazón os impone hablar de la Lorena, de sus emanaciones célticas, decid que Juana, la pobre pastora de Domremy, fue el dócil instrumento que oía las voces de los espíritus predilectos, prueba de que el rayo céltico no estaba extinto sobre el suelo de Francia.

El amor de Dios, el amor al país y al prójimo son las esencias, las más suaves, las más luminosas, transmitidas por el rayo recibido, otrora, por los druidas. Éste se extendía y se desparramaba desde la Bretaña hasta la Lorena, irradiándose desde allí de oeste a este.

Si os da alegría escribir este capítulo, se debe a que os ha sido inspirado por vuestros buenos guías y por vuestro corazón. Juana agradece que lo hagáis. A cambio ella rogará a Dios que sostenga, en el alma de aquellos que leerán vuestra obra, el culto de la fe en Dios Todopoderoso y bueno, el amor de la patria, del suelo que recibe los efluvios celestes, lo cual da al corazón la dulce alegría de amar en la confortación y en la esperanza.”

Segunda Parte

El Druidismo

Capítulo VII

Síntesis de los druidas.
Las Tríadas; objeciones y comentarios


De las profundidades de los tiempos, la síntesis de los druidas se presenta como uno de los más altos pináculos que el pensamiento filosófico puede alcanzar. Aunque enseñada de modo secreto, ella se traducía bien claramente en los propósitos y en los actos de los iniciados galos y, sobre todo, en los cantos bárdicos, para suscitar entre los autores griegos y latinos sentimientos de admiración y respeto.

En efecto, ¿no escribió Aristóteles en su libro Magikos que “la filosofía nació con los celtas y que antes de ser conocida en Grecia fue cultivada entre los galos, por aquellos que se llamaban druidas y semnoteos”? Este término, entre los griegos, significaba “adoradores de Dios”.

Diodoro de Sicilia decía que había, entre los galos, filósofos y teólogos “considerados dignos de los mayores honores”. Étienne de Bizancio, Suidas y Sotion confieren igualmente a los druidas el título de filósofos.

Diógenes Laertes y Polyhistor sostenían que la filosofía había existido fuera de Grecia antes de aparecer en sus escuelas, y citaban como prueba a los druidas, que procedían como si fuesen predecesores de los filósofos propiamente dichos.

Lucano llega a afirmar que los druidas eran los únicos que conocían la verdadera naturaleza de los dioses.

Al tratar de las analogías que existen entre la filosofía de los druidas y la escuela de Pitágoras, Jean Reynaud así se expresa: “No solo la antigüedad no duda en aproximar los druidas a la escuela de Pitágoras, sino que también ella los incorpora completamente.” xxxvii

Jámblico, en su obra Vida de Pitágoras, nos enseña que el filósofo era instruido entre los celtas. Polyhistor, que es una de las mayores autoridades históricas sobre pueblos antiguos, informa en su libro Símbolos que Pitágoras había entrado en contacto con los druidas y los brahmanes. San clemente, que nos transmitió la opinión de ese historiador, lo aceptaba así sin dificultad, tanto que lo encontraba justificado por la semejanza de las doctrinas druida y pitagórica. Valerio Máximo declara que “los galos con sus calzas (calzones) pensaban lo mismo que el filósofo Pitágoras con su manta”.

En el primer lugar de la lista de los autores latinos encontramos al propio César, este gran enemigo de nuestra raza. Pese a su evidente intención de realzarse a ojos de la posteridad, y a pesar del espíritu de difamación que lo inspiraba, ¿no fue él quien, en sus Comentarios de la Guerra de las Galias,xxxviii afirmó que los druidas enseñaban mucho de las cosas del Universo y de sus leyes, sobre las formas, las dimensiones de la Tierra y el movimiento de los astros, sobre el destino de las almas y sus renacimientos en otros cuerpos humanos?

Horacio, Florus y otros muchos escritores, se sabe que testimoniaron la alta ciencia y la filosofía de los druidas, la profundidad de sus enseñanzas. Recordamos también las opiniones de los escritores cristianos de aquellos tiempos: Cirilo, Clemente de Alejandría, Orígenes y ciertos sacerdotes de la Iglesia distinguen, con cuidado, a los druidas de las “multitudes de los idólatras” y les atribuyen también la cualidad de filósofos. Por todos esos motivos, las Tríadas, que son un resumen de la síntesis de los druidas, nos aparecen como un monumento digno de toda nuestra atención y no como una obra imaginaria, como la consideran tantos críticos superficiales.

El Druidismo, como todas las grandes doctrinas, presentaba dos facetas, dos aspectos. Uno, exterior, lleno de figuras, imágenes y símbolos, era la religión popular al alcance de las multitudes. La otra, profunda y oculta, era la doctrina reveladora de las altas verdades y de las leyes superiores, reservada a aquellos cuyo grado de evolución los hacía aptos para comprender y apreciar su belleza. Así, esa doctrina se religa a las otras grandes revelaciones, budista y cristiana, todas provenientes, en esencia, de una misma fuente única y grandiosa.xxxix

En los países célticos no se la transcribía en lengua vulgar, porque esto la haría conocida por todos; sin embargo, los druidas empleaban una escritura simbólica vegetal, llamada escritura “ogham”, cuya solución solamente los iniciados poseían. Hay vestigios de ello en Irlanda y en el País de Gales.

La enseñanza era principalmente oral, transmitida de boca en boca, bajo la forma de estrofas, en versos innumerables, y fue más tarde popularizada por los bardos que eran iniciados.

En la época en que las Tríadas tomaron forma escrita, el Cristianismo había penetrado en la Galia. Es posible, como suponen ciertos críticos, que su redacción haya sufrido la influencia de éste en algunos puntos. En su conjunto, esa obra-prima no oculta su originalidad potente, principalmente en la relación que ofrece del progreso vital, desde el fondo del abismo, “Annoufn”, hasta las alturas sublimes del “Gwynfyd”.

El Cristianismo enmudeció sobre esa evolución de los seres inferiores, especialmente en lo que se refiere a la vida rudimentaria en todos los grados inferiores al hombre, y eso es una laguna enorme en la explicación de las leyes de la vida.xl

Se censura que las Tríadas no hayan sido traducidas y publicadas en francés, a no ser durante el último siglo. Esto nada prueba en contra de su antigüedad y demuestra solamente la indiferencia de los franceses en lo que atañe a nuestros reales orígenes, pues no es verdad que seamos latinos. Comprendemos que exista pasión, entre nosotros, por la magnífica floración de la literatura y el arte greco-latino, que mucho ha contribuido a suavizar la aspereza de los celtas, sin alterarlos. Reconocemos la parte, grande y legítima, que les pertenece en la constitución de nuestro idioma, a pesar de que éste contiene aún muchos elementos célticos. Pero esas no son razones para negar a nuestros antepasados, que eran mejores que los griegos y los romanos y sabían más sobre lo que se refiere a lo más esencial que pueda conocerse aquí abajo: las altas leyes espirituales y los verdaderos destinos del ser.

Mientras se da la merecida importancia a las tradiciones griegas y latinas, se puede uno pasmar de la incuria universitaria en cuanto a los textos célticos. En los cursos que hemos seguido en el colegio de Francia y en la Sorbona, los señores d’Arbois de Jubainville y Gaidoz se quejaban amargamente de la necesidad de acompañar sus explicaciones en libros alemanes, reproduciendo el original celta, por no haber obras francesas, mientras que hay traducciones inglesas de las Tríadas y de cantos bárdicos desde hace más de mil años.xli La penuria de documentos bien pudiera ser una penuria de iniciativa y de buena voluntad.

Las Tríadas, por su profunda originalidad, por su contraste chocante con todas las formas de Paganismo, traen en sí mismas su garantía de autenticidad. Se deplora siempre, con razón, la destrucción de la biblioteca de Alejandría, quemada por orden del califa Omar, y la pérdida de tantos documentos preciosos relativos a la antigüedad oriental. Pero ¿porqué los críticos pasan en silencio un evento paralelo, como es la destrucción, por orden de Cromwell, de la biblioteca Céltica, fundada por el Conde de Pembroke, en el castillo de Rhaglan (País de Gales), tan rica en manuscritos relacionados con la época bárdica?

En cuanto a las analogías constatadas entre la doctrina de los druidas, la de los brahmanes y la pitagórica, la explicación que a ellas se da por los viajes de Pitágoras a las Galias y a la India nos parece poco verosímil en aquellas épocas distantes, cuando los desplazamientos presentaban tantas dificultades. Es más simple, más lógico, atribuir esas semejanzas a revelaciones idénticas que provienen del mundo invisible.

De hecho, Pitágoras tenía su médium, Théoclea, a quien desposó en la vejez. Los druidas tenían sus videntes, sus profetisas y recibían inspiraciones, como afirma Allan Kardec.xlii Por su parte, los brahmanes conocían todos los medios de comunicarse con los Pitris (espíritus).

Los dos mundos, visible e invisible, siempre se han correspondido, y en esa época de fe ardiente y de pensamiento meditado, en los santuarios de la naturaleza, la comunión era más fácil, más intensa y más profunda. Es solo en la Edad Media cuando la Inquisición, el fanatismo católico, armando las hogueras y condenando al fuego, so pretexto de hechicería, a los médiums y videntes, ha roto el lazo entre los dos mundos. Éste se ha vuelto a formar en nuestros días, y sabemos, por nosotros mismos, qué grandes enseñanzas pueden venir de las esferas superiores para la humanidad.

Uno de los caracteres distintivos del Druidismo se encuentra en su conocimiento anticipado y profundo de ese mundo invisible, así como de las fuerzas ocultas de la naturaleza, de esas potencias secretas por las cuales se revela el dinamismo divino. Todo el conocimiento que tenemos actualmente, gracias a los espíritus, de las grandes corrientes de ondas que recorren el Universo y son como arterias de la vida universal, corrientes de donde derivan las fuerzas fluídicas y magnéticas, los druidas lo obtenían de las mismas fuentes, reservando su uso al campo psíquico.

Nuestra débil ciencia empieza a descubrir su importancia y aplicaciones para fines industriales, sin prever las consecuencias mórbidas y los efectos destructivos que pueden acarrearnos en manos de una humanidad muy poco evolucionada.

Un conocimiento más preciso del ser, de su naturaleza y de su destino se correlacionaba con esas concepciones de orden general. Según las Tríadas, hay tres fases o círculos de vida: en el “Annoufn”, o círculo de la necesidad: el ser comienza bajo la forma más simple; en el “Abred” se desarrolla, vida tras vida, en el seno de la humanidad y adquiere la consciencia y el libre albedrío; finalmente, en el “Gwynfyd”, disfruta de la plenitud de la existencia y de todos sus atributos; liberto de las formas materiales y de la muerte, evoluciona hacia la perfección superior y alcanza el círculo de la felicidad.

Las Tríadas 12, 13 y 14 así se expresan:

12 – Tres círculos de vida:

el círculo de “Ceugant”, en el cual no hay nadie a no ser Dios, ni vivo ni muerto, y nadie, a no ser Dios, que pueda atravesarlo;

el círculo de “Abred” (el de las transmigraciones), en el cual cada estado germina de la muerte y el hombre lo atraviesa en el presente;

el círculo de “Gwynfyd”, en el cual cada estado germina de la vida y el hombre a él viajará en el cielo.

13 – Tres estados de los vivos:

el estado de la necesidad en el “Annoufn” (abismo o profundidad oscura);

el estado de libertad en la humanidad;

el estado de amor, o el “Gwynfyd”, en el cielo.

14 – Tres necesidades de toda existencia en la vida:

El comienzo en el “Annoufn”;

La travesía del “Abred”;

La plenitud en el “Gwynfyd”.

Y sin esas tres necesidades nadie puede existir, excepto Dios.

Los nacimientos no son, entonces, un efecto de la casualidad, sino formas de la gran ley de la evolución. La vida actual es para cada ser la resultante de sus vidas anteriores y la preparación de sus vidas futuras; él recoge los frutos buenos o malos del pasado y, según sus méritos o sus deméritos, sube o baja en la vía de la ascensión. Su destino está siempre en armonía con su valor moral y su grado de progreso.

Renan, en sus artículos sobre la poesía céltica, en la Revue des Deux Mondes, resalta la distinción que se debe hacer entre las dos doctrinas, céltica y romana. Según los druidas, el ser individual posee en sí mismo su principio de independencia y de libertad, su genio propio, sus fuerzas evolutivas. En el Catolicismo es sobre todo por la gracia, es decir, por un favor de lo Alto, como el ser se perfecciona y se eleva.

Pero esas doctrinas no son inconciliables, porque el celta conoce el estrecho vínculo que le une al mundo invisible y a los seres que lo pueblan. De ahí que, para él, el culto a los espíritus de los antepasados y, por extensión, el sentimiento de una solidaridad que lo religa a la inmensa cadena de la vida que se desarrolla desde las profundidades del “Annoufn”, el abismo, hasta las prestigiosas alturas del “Gwynfyd”.

La doctrina céltica se dirige sobre todo a las almas valientes que se esfuerzan en escalar las altas cumbres, a todos cuantos ven en la vida una lucha constante contra los instintos inferiores, consideran la prueba como una purificación y evolucionan en dirección a la luz, en dirección a la suprema belleza.

El Cristianismo es el espíritu benévolo que se inclina sobre el sufrimiento humano, es la Providencia que consuela, sostiene, rehabilita, es la mano tutelar que guía a la oveja descarriada y la devuelve al aprisco. Ambas doctrinas se completan entre sí y se armonizan para formar un arca de perfección.

Todo cuanto viene de Dios es perfecto, he aquí por qué las tres grandes revelaciones – la oriental, la cristiana y la céltica – son idénticas en su fuente; con todo, se difunden, se diferencian y a veces se desnaturalizan por obra de los hombres.xliii

Lo que impresiona entre los seguidores del Druidismo es su fe profunda, su confianza absoluta en un futuro sin límites. Por encima de las contingencias humanas, más alto que nuestro libre albedrío, fuente al mismo tiempo de nuestra miseria y de nuestra grandeza, ellos creen, ellos saben que una ley de sabiduría y de armonía reina en el mundo y que, finalmente, el Bien triunfará sobre el Mal. Eso es lo que expresan las Tríadas 43 y 44:

43 – Tres cosas se refuerzan día a día, puesto que la mayor suma de esfuerzos va, sin cesar, hacia ellas: el amor, la ciencia, la plena justicia.

44 – Tres cosas se debilitan cada día, porque la mayor suma de esfuerzos va contra ellas: el odio, la deslealtad, la ignorancia.xliv

De esta certeza provenían, para nuestros antepasados, esa firmeza en las probaciones, ese coraje en los combates, que los convertía en legendarios y les hacía marchar hacia el peligro y la muerte como para una fiesta.

Esas cualidades varoniles de nuestra raza están muy debilitadas actualmente, bajo las fuerzas deletéreas y persistentes del materialismo. Se ha observado, no obstante, su reaparición en las horas memorables de las guerras del Marne y del Verdún. El nuevo espiritualismo viene a reanimarlas en nuestras almas, en la medida compatible con nuestro grado de civilización.



* * *
Es posible notar, desde hace mucho tiempo, que el movimiento del pensamiento y de la ciencia, los descubrimientos astronómicos y todo cuanto se liga a la física del globo terrestre viene a confirmar la concepción céltica sobre el Universo y sobre Dios.

Los cantos bárdicos de Taliesin sobre los mundos y la evolución de la vida, que datan del siglo V, los testimonios de los autores antiguos sobre la ciencia profunda de los druidas, son dignos de fe. Las Tríadas, en tiempos más remotos, tras haber anunciado y previsto las conquistas futuras de la ciencia, abrieron otros horizontes, que la ciencia a duras penas presiente y vacila en abordar.

A medida en que el conocimiento del Universo se extiende, la idea de Dios se engrandece y las concepciones teológicas de la Edad Media se ensombrecen. Al mismo tiempo, la noción de la fuerza y del pensamiento soberano se hace más imponente y más bella; aumenta hasta lo infinito y lo absoluto.

Aquí aparece una dificultad contra la cual han chocado todas las filosofías espiritualistas. Nosotros no podemos, dicen, conocer el Ser en sí, sino únicamente por las relaciones que tenemos con él. Ahora bien, ¿qué relación puede existir entre el hombre finito y relativo y el Ser infinito y absoluto? ¿No hay aquí una contradicción?

Este escollo, que ninguna filosofía moderna ha podido evitar, los druidas lo habían esquivado desde el principio, y nos parece encontrar, en esa circunstancia, la manifestación de una intervención sobrehumana. En efecto, la Tríada nº 46 así se expresa:

46 – Tres necesidades de Dios, ser infinito en sí mismo, ser finito en relación a los seres finitos, estar en relación con cada estado de existencias en el círculo de “Gwynfyd”.

Sobre este último punto tenemos los medios de control suficientes.

Todos los espíritus elevados, que se han comunicado en nuestras reuniones de estudio, han afirmado que ellos perciben las radiaciones del pensamiento y de la fuerza divina.

Los más puros – en pequeño número – perciben la luz del foco divino y las poderosas armonías que se forman. Ellos reciben las órdenes, las instrucciones, y tienen lazos con las misiones a cumplir, las tareas a realizar. Incluso es posible ir más lejos y decir que, sobre el plano terrestre, los hombres más evolucionados sienten las radiaciones divinas, ya no directamente, pero sí como reflejo que viene a esclarecer su conciencia.

En resumen, Dios es la causa suprema, la fuente eterna de la vida. Es su pensamiento y su voluntad lo que mueve el Universo; ellos proyectan sin cesar, a través del espacio, las ondas de moléculas, los haces de destellos vitales que las grandes corrientes de ondas transportan y distribuyen sobre el mundo. Desde ahí esas centellas de vida se elevan a través del ciclo inmenso del tiempo en dirección a la fuente suprema, revistiendo las formas rudimentarias de la naturaleza.

Al llegar al estado humano, ellas deberán adquirir, por su trabajo y su esfuerzo, todos los atributos divinos: consciencia, sabiduría, amor, participando cada vez más de la vida, de la obra eterna en un crecimiento gradual de irradiación, potencia y felicidad.

Para hacer perfecta y completa la concepción druídica bastaría añadirle la noción de solidaridad de los seres por la paternidad de Dios, la comunión universal en la cual cada uno trabaja por la evolución de todos en la sucesión de las vidas, desde lo infinitamente pequeño hasta las alturas divinas, hasta la posesión de los atributos que constituyen la perfección.

Pero es, por excelencia, una doctrina de evolución, de progreso y de libertad. En lugar de la visión de una inmovilidad beata y estéril, es una vida de actividad, de desarrollo de las facultades y de las cualidades morales. Es la felicidad de darse a todos y de educar a los demás educándose a sí mismo.

El ser evolucionado es más feliz al dar que al recibir, y por ahí podemos comprender la felicidad de Dios al esparcir su propia sustancia sobre su obra, en beneficio de sus criaturas y en la medida de los esfuerzos y méritos de éstas.

La idea capital del Druidismo es, por lo tanto, la idea de Dios, único, eterno, infinito. La primera Tríada es formal, y la noción de Dios se desarrolla en las Tríadas siguientes:

1 – Hay tres unidades primitivas, y de cada una no debería existir más que una: un Dios; una verdad y un punto de libertad, es decir, el punto donde se halla el equilibrio de toda oposición;

2 – Tres cosas proceden de tres unidades primitivas: toda vida, todo bien y todo poder;

3 – Dios es necesariamente tres cosas, a saber: la mayor parte de la vida, la mayor parte de la ciencia y la mayor parte del poder, y no debería tener más que una gran parte de cada cosa;

4 – Tres cosas que Dios no puede dejar de ser: lo que debe constituir el bien perfecto, lo que debe querer el bien perfecto y lo que debe cumplir el bien perfecto;

5 – Tres garantías de lo que Dios hace y hará: su poder infinito, su sabiduría infinita y su amor infinito; porque nada hay que no pueda hacerse, que no pueda convertirse en verdad y que no pueda ser querido por esos atributos;

6 – Tres fines principales de la obra de Dios, como creador de todas las cosas: reducir el mal, reforzar el bien, esclarecer toda diferencia, de tal suerte que se pueda saber lo que debe ser, o por el contrario, lo que no debe ser;

7 – Tres cosas que Dios no puede dejar de cumplir: lo que hay de más ventajoso, lo que hay de más necesario y lo que hay de más bello para cada cosa;

8 – Tres poderes de la vida: no poder ser mejor por la concepción divina y en esto está la perfección de toda cosa;

9 – Tres cosas prevalecerán necesariamente: el supremo poder, la suprema inteligencia y el supremo amor de Dios;

10 – Las tres grandezas de Dios: vida perfecta, ciencia perfecta y poder perfecto;

11 – Tres causas originales de los seres vivos: el amor divino conforme a la suprema inteligencia, la sabiduría suprema por el conocimiento perfecto de todos los medios y el poder divino conforme a la suprema voluntad, el amor y la sabiduría de Dios.

Cuando se añade que los judíos fueron en el mundo los primeros en afirmar la unidad de Dios, se olvida completamente que los druidas la habían enseñado mucho antes que ellos. Pero mientras que la Biblia nos presenta a un Dios antropomórfico, es decir, semejante al hombre por ciertas imperfecciones, el Dios de los druidas está en el punto elevado por encima de las miserias humanas.

He aquí cómo se expresa Jean Reynaud en su obra magistral L’Esprit de la Gaule, página 45:

“En lo relativo al conocimiento de Dios, la Galia se eleva, en realidad, por sí misma, no habiendo tenido jamás necesidad de recurrir a otros en cuanto a la esencia y al fundamento de la vida. En vez de ser obligada a venir a injertarse sobre cepa viva, como dice San Pablo a los gentiles, ella era por sí misma una cepa viva.
* * *
En resumen, decíamos, la doctrina de los druidas se asienta en tres principios fundamentales: la eternidad de Dios, la perpetuidad del Universo y la inmortalidad de las almas. A sus ojos, el Universo era el campo vasto donde se desarrolla el destino de los seres. La pluralidad de los mundos era el complemento necesario de la sucesión de las vidas, escala de la ascensión que se eleva hasta Dios.

Una de las cosas que más inquietaban a los autores antiguos era el saber de los druidas en materia de Astronomía. El contraste era profundo, en ese punto, respecto de la mayoría de las doctrinas de oriente. Sobre ese conocimiento hay muchos testimonios. El propio César nos informaba en sus Comentarios (de las guerras Gálicas) que los druidas enseñaban mucho sobre las cosas relativas a la forma y a la dimensión de la Tierra, a la grandeza y a las disposiciones de las diversas partes del cielo y al movimiento de los astros. Hecateo, Plutarco y otros dicen que, desde las Islas Británicas, los druidas observaban cuidadosamente las montañas y los volcanes de la Luna y todo el relieve de ese pequeño globo.

Fue en la Galia, dice Jean Reynaud, donde se imaginó hacer de los astros sede de la resurrección. El paraíso, en vez de reducirse a una concepción mística, formaba una realidad sensible, ofrecida de modo continuo como espectáculo a los ojos de los hombres.xlv

En cuanto a la perpetuidad del Universo, ésta se deduce de este pasaje de Estrabón: “Los druidas enseñaban que el alma está libre de la muerte, como también el mundo.” La inmortalidad resultaba de la idea de que la grandeza inherente al individuo está por encima de todas las fuerzas materiales.

“Todo cuanto depende del mundo perece: las instituciones, los monumentos, los imperios, pero en medio de todos eses objetos precarios está un ser que no es de este mundo a no ser pasajeramente y que, siendo superior por su inmortalidad a las realidades perecederas en cuyo seno se desarrolló, se eleva hasta el cielo con una sublimidad a que la Tierra, pese a su magnificencia, no se aproxima.”

Cuando se compara la tradición céltica, tal como se expresa en los cantos bárdicos, con las teorías de la Edad Media antes de Galileo, nos sorprende la ciencia profunda de nuestros antepasados; recordemos solamente el Canto del Mundo, de Taliesin, que data del siglo IV de nuestra era.xlvi

“Preguntaré a los bardos, y ¿por qué los bardos dejarían de responderme? Les preguntaré qué es lo que sostiene el mundo, visto que, sin soporte, el mundo no se cae. Pero ¿qué podría servirle de soporte? ¡Gran viajero es el mundo! Mientras se desliza, sin reposo, permanece siempre en su vía, ¡y cuán admirable es la forma de esa vía para que el mundo no se aparte de ella jamás!”

“Aún en nuestros días – concluye Jean Reynaud – la Astronomía clásica se limita a estudiar el mecanismo material del Universo y se encuentra bastante alejada todavía de la verdad moral, incapaz que es de vivificar el movimiento de los astros por la circulación de las existencias; ella se pierde en la multiplicidad de las estrellas como en una vana poesía.” xlvii






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