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Capítulo III El País de Gales. Escocia. La obra de los bardos



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Capítulo III

El País de Gales. Escocia. La obra de los bardos


Era una tierra importante, austera e imponente la del País de Gales, antes de que la industria la hubiese cubierto de chimeneas de factorías, perforado por innumerables bocas de minas y oscurecido su cielo con espesa humareda. Hoy todavía pueden notarse los residuos de la acción de las fuerzas subterráneas que han esculpido sus colinas, alterado sus montañas, como la de Snowdon, ese monte sagrado que domina toda la región, sobrepasa los mil metros de altura y cuyo origen volcánico es evidente.

En todo lugar, magmas de lavas y basalto se alternan con rocas y terrenos eruptivos, formando estratos en desorden que la Geología designa con el nombre de “cambrianas”, nombre primitivo de la región.

En el relieve de sus montañas, Gales del Norte reúne la gracia de los valles y la abundancia de los torrentes.

Escocia también ha conocido y conservado restos de manifestaciones de esa potencia que levantó cumbres abruptas. Fue ella la que levantó esas murallas de granito, de basalto, de lava, que bordean el canal caledoniano y se prolongan hasta la costa de Irlanda bajo la forma de columnata inmensa, conocida con el nombre de “Calzada de los Gigantes”.

Aparte de eso, Escocia tiene la poesía, la belleza triste y severa de sus lagos, de sus pantanales y de sus altiplanos solitarios, sembrados de urces róseos y de musgos de todos los colores.

La parte norte está encrespada de picos, siempre envueltos en neblina, pero tan imponentes cuando se tiñen de púrpura, en el crepúsculo, o de los rayos blanquecinos de la Luna.

Añádanse las penínsulas escarpadas que se prolongan a lo lejos en el mar, los promontorios incesantemente batidos por las olas, y se tendrá una idea de esa naturaleza formidable donde se ramifica la cadena maestra que sirve de columna vertebral a la Gran Bretaña.

Una larga guirnalda de islas contienen las llamadas “Tierras Altas” de Escocia, y una de ellas, Staffa, posee la célebre cueva de Fingal, semejante a un templo, donde cada día la marea creciente ejecuta su cantiga quejumbrosa. La raza dócil y fuerte que se adaptó a esos países parece haber bebido en ellos, en su naturaleza grandiosa, las cualidades varoniles que la distinguen y, principalmente, toda esa voluntad firme que mantiene, a través de los tiempos de probaciones y pese a todo, la esperanza de un renacimiento y de una vida eterna.

La causa de ese fenómeno nos es revelada por el espíritu de Allan Kardec en uno de los mensajes que publicamos más adelante. Él proviene de la corriente céltica que, desde los tiempos primitivos, se ha extendido por el nordeste de Europa, impregnando profundamente su suelo, desde donde su magnetismo ha alcanzado a los habitantes y, poco a poco, a las generaciones que allí se sucedieron.xiii

En efecto, es preciso notar que los ingleses y los sajones provenientes del este poseen un carácter muy diferente, más positivo y práctico, menos inclinado hacia lo ideal. Si, por excepción, se encuentran entre ellos naturalezas más idealistas, es raro que éstas no se liguen por vínculos anteriores a algún origen celta. Tales son, por ejemplo, Conan Doyle, Bernard Shaw y tantos otros, que, por más ingleses que sean por la cultura y por la lengua, no dejan de provenir de un tronco irlandés.

Pese a las largas, eternas persecuciones, los anglosajones nunca han conseguido domar el sentimiento nacional, el carácter étnico de los galeses y los escoceses. Muy lejos de asimilarlos, ellos han sido, eso sí, asimilados por los anglo-sajones, cada vez que han entrado en contacto permanente. Es así que los operarios ingleses, atraídos al País de Gales por la industria de la minería, adoptaron rápidamente las costumbres e incluso la lengua de ese país.

Gracias a su energía persistente, el Principado de Gales ha sabido guardar su autonomía administrativa, al igual que las grandes franquías para sus escuelas, colegios y universidades, e incluso para su iglesia nacional. Ha conservado su lengua y su literatura, de tal modo que la ciudad de Cardiff y el condado de Glamorgan se han convertido en los focos más intensos de la propaganda céltica, donde se imprimen y se publican todas las obras de los bardos antiguos y modernos.

De allí partió la primera señal del movimiento pancéltico que reúne, todos los años, a delegados venidos de todos los puntos del horizonte para confraternizar en un mismo espíritu y en un mismo corazón.

Si la fuerza vital de un pueblo es su alma, su fe en la justicia inmanente y en un Más Allá compensador, se puede decir que los galeses están de tal suerte impregnados por ella que su convicción recae sobre todo su estado moral y social. En efecto, se nota allí una cosa bastante rara en Francia: que los tribunales frecuentemente no entran en función por no haber acusados ni culpables que juzgar.

El alcoholismo, ese flagelo de los países célticos, allí va en disminución también. Esto mismo se encuentra en Escocia, en menor grado.
* * *

Los galeses, en general, creían firmemente en el mundo de los espíritus y en sus manifestaciones. Presentan a veces nombres y formas muy fantasiosas para eso. Sus relatos dejan un gran margen a la imaginación. Con todo, del conjunto de los hechos relatados, se deduce una serie de testimonios que no sabríamos rehusar.

Por ejemplo, en lo que se refiere a los “espíritus golpeadores de la mina”, esos seres invisibles que, por sus golpes sordos, prolongados, repetidos, alientan a los mineros y dirigen sus pesquisas en dirección a los mejores filones; he aquí el informe redactado, sobre ese asunto, por el ingeniero Merris, hombre muy estimado por su saber y probidad, publicado en la revista Gentleman’s Magazine:xiv

“Quienes no conocen las artes y las ciencias o el poder secreto de la naturaleza se burlarán de nosotros, mineros de Cardigan, que creemos en la existencia de los “golpeadores”. Éstos son una especie de genios buenos, pero inaprensibles, que no se ven pero se oyen, y que parecen trabajar en las minas, es decir, que el “golpeador” es el representante o el precursor del trabajo en las minas, como los sueños lo son de ciertos accidentes que ocurren.

Cuando fue descubierta la mina de Esgair y Myn, los “golpeadores” trabajaron en ella activamente, noche y día, y un gran número de personas los oyeron. Pero después del descubrimiento de la gran mina, ya no se les volvió a oír. Cuando empecé a explotar las minas de Elwyn-Elwyd, los “golpeadores” actuaron tan fuertemente, durante cierto tiempo, que asustaron a los jóvenes operarios. Cuando removíamos los estratos de rocas, antes de llegar al mineral, era cuando los ruidos se hacían más fuertes; éstos cesaron cuando llegamos al mineral.

Sin duda nuestras aserciones serán discutidas. Afirmo, con todo, que los hechos son reales, aunque no pueda ni pretenda explicarlos. Los escépticos pueden sonreír; en cuanto a nosotros, los mineros, continuaremos alegrándonos y agradeciendo a los “golpeadores”, o mejor, a Dios, que nos envía sus consejos.”

Los fenómenos de encantamiento no son raros en el País de Gales. Se cita de buen grado tal casa o tal castillo que los han conocido y soportado. El Sr. Le Goffic, en su viaje a Cardiff como delegado bretón a la gran Asamblea solemne de 1899, recogió una gran serie de relatos de ese género, que publicó en su libro L’Âme Bretonne (El Alma Bretona).

La mayoría de esos relatos nos parecen muy marcados por la superstición. Creemos, por tanto, que debemos indicar un testimonio serio, el de Lady Herbert, ilustre patriota galesa, descendiente de los antiguos reyes “kymris”, que recibía a la delegación en su castillo de Llanover. El Sr. Le Goffic cita la conversación que sobre ese asunto sostuvo con esa gran dama:

“El ejemplo viene de lo Alto. ¿No se dice en Inglaterra que la propia reina tiene su fantasma que ronda los apartamentos de Windsor? Y ese fantasma, vestido de negro, no es otro más que la gran Elizabeth.

El lugarteniente Glynn, de guardia en la biblioteca, percibió cómo el fantasma penetró en el cuarto contiguo. Pues bien, ese cuarto no tenía salida, pero había tenido una, otrora, durante la vida de Elizabeth, cerrada más tarde. El lugarteniente corrió detrás del fantasma y llegó justo a tiempo de verlo introducirse en la pared. El hecho se reprodujo diversas veces y el temor fue tan grande en Windsor que fue preciso redoblar la guardia de la noche.

Windsor tiene su dama negra, mi castillo de Cold Brooks tiene su dama blanca. Vos preguntáis ¿qué sentido tienen esas apariciones? Pues bien, como nos explica la Iglesia, son almas en sufrimiento que piden piedad a los vivos olvidadizos. Los otros espectros tienen la función de avisadores. Es el caso, creo, de la dama negra de Windsor: su presencia anuncia siempre algún acontecimiento grave, una guerra o catástrofe próxima.

Los avisos, o como decís en la Bretaña, los “intersignos”, revisten todas las formas. Algunas veces esas formas son especiales para ciertas familias. Los Grey de Ruthwen son avisados de la muerte de sus miembros por la aparición de un carruaje con cuatro caballos negros.

La familia Airl, cuando a uno de sus miembros se le acerca la hora de la muerte, oye un redoble de tambor. En una cena, estando presente uno de esos Airl, alguien le preguntó como pasatiempo: “¿Cuál es, entonces, el ‘intersigno’ de tu familia?” – “El tambor”. Y como para refrendarlo, un redoble, sordo y velado, sonó a lo lejos. Lord Airl palideció; tras cierto tiempo, un mensajero vino a anunciar que uno de los miembros de su familia había muerto.

Los Mac-Gwenlyne, descendientes del célebre clan de ese nombre, poseen hace siglos, en el norte de Escocia, el viejo solar de Fairdhu: una gran bóveda curvada le da acceso, y se cree que la piedra que sirve de base para esa bóveda empieza a temblar cuando un Mac-Gwenlyne va a morir...” xv

Los casos de castillos y lugares encantados son tan numerosos en Escocia que dejamos de citarlos todos. Se sabe que ese país es la tierra clásica de los videntes, de los fantasmas y de los espíritus familiares. El aspecto melancólico de sus regiones, cubiertas de neblina, y de sus ruinas, se presta a las visiones y a las evocaciones.

Aún en nuestros días, ¿no se apareció la sombra de María Estuardo a Lady Caithness, Duquesa de Pomar, en la capilla real de Holyrood, donde se alinean las tumbas de los reyes de Escocia? En su suntuosa casa de la Calle Brémontier, en París, en días de reuniones psíquicas, la duquesa se complacía en contarnos su plática nocturna con la infortunada reina.xvi


* * *

La Isla de Man nos ofrece también un bello ejemplo de resurgimiento céltico. Ella posee un parlamento autónomo, una sociedad preservadora de la lengua Manx, periódicos, servicios religiosos Manx, escuelas, etc.

En cuanto al Cornualles inglés, su dialecto, el córnico, tampoco está extinguido como se pretende, pues un cierto número de familias todavía lo hablan. Así escribió Le Goffic:

“El cornuallés, como el bretón de Francia, al cual se asemeja tan extrañamente, ha permanecido en comunicación permanente con el Más Allá. Él vive, como un bretón, en una especie de familiaridad dolorosa con los espíritus de los muertos, consultándolos, oyéndolos y comprendiéndolos.”

El País de Gales está considerado como el más antiguo y más importante foco o escuela de Bardismo. He aquí lo que escribió Jean Reynaud sobre esa cuestión en la bella obra L’Esprit de la Gaule, página 310:

“Se puede decir que los druidas, convirtiéndose al Cristianismo, no se han extinguido totalmente en el País de Gales, como en nuestra Bretaña y en otros países de sangre gala. Ellos tuvieron enseguida una sociedad sólidamente constituida, dedicada principalmente, en apariencia, al culto de la poesía nacional, pero que bajo el manto poético, ha conservado con fidelidad la herencia intelectual de la antigua Galia: es la Sociedad Bárdica del País de Gales, que se ha mantenido como sociedad ora secreta, ora legalizada, desde la conquista normanda, y tras haber, primitivamente, transmitido por vía oral su doctrina, como imitación de la práctica de los druidas, ha decidido, durante la Edad Media, confiar secretamente a la escrita las partes más esenciales de esa herencia.”

En realidad, el bardo es un poeta, un orador inspirado. Puede comparársele a los profetas de oriente, a esos grandes predestinados sobre los cuales pasa el soplo de lo invisible.

En nuestra época el título de bardo ha perdido su prestigio, debido al abuso, pero si volvemos al sentido primitivo del término, notaremos la presencia de importantes personajes como Taliesin, Aneirin, Llywarch-Hen, etc. Después de tantos siglos, sus acentos varoniles al afirmar su patriotismo y su fe, todavía hacen vibrar las almas célticas.

No hay que ver en la obra de los antiguos bardos un simple ejercicio del pensamiento, un juego del espíritu o una música de palabras. Sus versos y cantos constituyen un comentario y un desarrollo de las Tríadas, una enseñanza, un arte que abre perspectivas inmensas para los destinos del alma, elevándola a Dios. Ella confiere a sus intérpretes una especie de aureola y de apostolado.

Esa enseñanza representa un enorme adelanto sobre los tiempos futuros. Tomemos, por ejemplo Le Chant du Monde (El Canto del Mundo), de Taliesin (según Barddas, cad. Goddeu, un libro celta). Dice este bardo:

“Gran viajero es el mundo; mientras se desliza sin reposo, permanece siempre en su camino, ¡y qué admirable es la forma de ese camino para que el mundo nunca salga de él!”
Él describe así el camino del globo a través del espacio, mucho antes de los descubrimientos de Galileo que pusieron fin al antiguo prejuicio bíblico de la inmovilidad de la Tierra.

Sean cuales fueren las constataciones que se levanten sobre la fecha exacta de esas obras, no hay duda de que son bastante anteriores a la ciencia de la Edad Media; lo mismo ocurre con el conjunto de las Tríadas que afirman la naturaleza espiritual del ser humano, la evolución del alma por vidas sucesivas mediante renacimientos, verdad que la ciencia actual comienza poco a poco a entrever.

Esos inspirados también eran videntes. Sus facultades psíquicas les permitían investigar el futuro y ahí leer las vicisitudes, los reveses, las pruebas dolorosas que aguardaban a los pueblos celtas. Pero sabían que el ideal grabado en ellos no podía perecer. Sabían que el sufrimiento templa las almas y que, más tarde, esos pueblos restituirían a las civilizaciones, pervertidas por los excesos del materialismo, el concepto elevado que constituye todo el valor de la vida e indica al hombre el camino recto y seguro.

Los grandes antepasados volvieron más de una vez sobre la Tierra, ya en Inglaterra, ya en Francia, en nuevos cuerpos. Tuvieron nombres ilustres que podríamos citar, pero se ha abusado tanto de esos nombres célebres que preferimos dejar a los investigadores la preocupación de reconocerlos entre aquellos que han llevado bien alta, a través de los siglos, la antorcha del arte poético y del pensamiento radiante.



Capítulo IV

La Bretaña francesa. Remembranzas druídicas


Nuestra Bretaña siempre ha sido muy descrita, lo cual dispensa que yo me detenga en evocar sus paisajes. Tierra de granito, con sus bosques extensos, sus regiones inmensas, sus costas recortadas que las olas desgastan sin cesar, la Armórica fue durante largo tiempo, en la Galia, el refugio de los druidas, la ciudadela del Celtismo independiente. Más tarde penetró allí el Cristianismo, pero al igual que los estratos geológicos se superponen sin destruirse, así el fondo primitivo ha persistido bajo el apoyo al culto nuevo. La tradición étnica reapareció en mil formas bajo los velos de una religión importada de oriente.

Pues bien, en esa tierra de elección, en las épocas más diversas y bajo las formas más variadas, siempre se desarrolla el mismo pensamiento importante y solemne.

Desde las piedras megalíticas de Carnac, menhires y dólmenes, hasta los osarios y calvarios, iglesias góticas y campanarios de nuestros días, es siempre el mismo símbolo de inmortalidad que se afirma, la misma aspiración de quien pasa para quien queda, en una palabra, del alma humana hasta lo infinito.

Más que en cualquier otra parte de la antigua Galia, la Bretaña ha conservado la firme creencia en el Más Allá, en su vida invisible, en la presencia y en las manifestaciones de los muertos. Si el escepticismo y el espíritu crítico han existido en ciertas ciudades, el interior y las islas han guardado el sentimiento de una intensa espiritualidad. Cuando el rumor del océano surge con estruendo golpeando los pliegues de la costa, cuando el viento pasa aullando sobre la región, agitando las ginestas y los ramajes, el alma bretona, en el fondo de las chozas, cree oír la voz de los muertos llorando sobre su pasado.

En la época en que recorría, como turista, los campos de Finisterre, tomé como guía a un hombre de la región, que me sirvió de intérprete, pues yo no conocía perfectamente el dialecto usado en ese paraje distante. Pues bien, un día, llegando a Kergreven, entré en un camino excavado, rodeado de robles enanos, que era tenido por el más corto, según el mapa del estado-mayor que yo llevaba siempre conmigo. Pero mi guía me detuvo de pronto y me dijo, con cierto pavor, que desde hacía dos años ya no se pasaba por ese camino, que debíamos dar un gran rodeo. Tuve muchas dificultades para obtener de él las explicaciones claras, pero al fin, acabó por confesarme que un zapatero de Lampaul se había ahorcado en ese camino y su espíritu asustaba aún a los transeúntes, y por eso ya no se utilizaba esa ruta.

No lo tuve en consideración y le rogué que me indicase el árbol del suicida; lo hizo persignándose vigorosamente y con gestos de inquietud.

El Sr. Le Braz, en su libro La Légende de la Mort Chez les Bretons Armoricains, cita el caso de un enterrador que, habiendo violado, por orden del Cura de Penvéman, la sepultura de un muerto antes del plazo legal, recibió la visita nocturna y las censuras del espíritu del muerto, que solo cesó de asustarlo con el beneficio de oraciones pronunciadas en su intención. Pese a esa reparación, el Cura murió algunos días más tarde, y la opinión pública atribuyó la causa de la muerte a la venganza del difunto.

Otro caso anotado por el mismo autor: Marie Gouriou, de la villa de Min-Guenn, cerca de Paimpol, se acostó una noche, tras haber colocado cerca de su lecho la cuna en que dormía su hijo. Habiéndola despertado los llantos de la criatura durante la noche, ella vio su cuarto iluminado por una luz extraña y a un hombre inclinado sobre el niño, acunándolo suavemente, cantando, en voz baja, un estribillo de marinero.

Ella reconoció a su marido, partido hacía un mes para la faena de pesca en Islandia, y notó que de sus ropas se escurría agua de mar.

“¡Cómo! – Exclamó ella - ¿ya estás de vuelta? Ten cuidado, vas a mojar al niño… Espera, voy a levantarme para encender el fuego”. Pero la luz se desvaneció y cuando ella encendió el fuego, verificó que su marido había desaparecido.

No lo volvió a ver. El primer navío que regresó de Islandia comunicó que el barco en que él andaba embarcado había naufragado, con pérdida de cuerpos y bienes, la misma noche en que Gouriou apareció inclinado sobre la cuna de su hijo.

Se han encontrado en las diferentes obras del Sr. Le Braz, profesor de la Facultad de Letras de Rennes, varios fenómenos del mismo orden. He aquí cómo se expresa sobre ese asunto en el prefacio del libro precitado:

“La distinción entre lo natural y lo sobrenatural no existe para los bretones. Los vivos y los muertos son, del mismo modo, habitantes del mundo y viven en perpetua relación los unos con los otros. Ya no se asustan al oír el susurrar de las almas en los juncos, tal como oyen a los pájaros canoros que cantan, en los vallados, sus llamamientos de amor”.

Es verdad que las narraciones de ese género son muy comunes en la Bretaña, pero es preciso añadir que muchas veces la imaginación popular mezcla las creaciones fantásticas con el mundo real de los espíritus. Son las almas de los muertos y también de los duendes, Korigans, Folliked, etc., las que frecuentan las moradas de los hombres y también las llanuras, playas y bosques, de tal manera que, a veces, es muy difícil saber dónde está la verdad en esas narraciones que se intercambian, en los saraos, al amor de la lumbre.

No es solamente en la expresión de los modos de ver y de los sentimientos populares, mezclados de verdades e ilusiones, donde se debe pesquisar el pensamiento principal de la Bretaña. Es, sobre todo, en las obras de sus escritores, de sus poetas y de sus bardos. Él vibra en sus cantos, él agita, palpita en esas páginas escritas.

En efecto, bajo la variedad de los caracteres, de los talentos y de las diferencias de puntos de vista se encuentra el mismo fondo común, el respeto a una tradición que se perpetúa, de tiempo en tiempo, y que es común a la propia alma de la raza.

Añadid entre los grandes escritores como Chateaubriand, Lamennais, Renan, Brizeux y algún otro, el tormento de los grandes problemas, la ansiedad de los enigmas del destino, la aspiración hacia lo infinito y lo absoluto. Ellos llevan consigo, sobre su cabeza, el signo augusto de todos aquellos que han procurado escrutar el misterio de la vida universal.

A continuación de los grandes autores que hemos citado, los bardos ocupan un lugar todavía más honroso, porque su raza no está extinguida en la región de la Bretaña, donde aún se encuentran ejemplos notables. Sin duda, ellos no pretenden igualar a los bardos antiguos por su talento o por su genio, pero se inspiran en su ideal; ellos tienen los mismos motivos: el patriotismo y la fe. Esa fe, es verdad, parece más católica que céltica, pero bajo sus opiniones religiosas vivaces, la chispa céltica adormece y bastaría una demanda, un recuerdo, para reanimarla.

En el curso de mis frecuentes viajes a la Bretaña, en mis conversaciones con la gente del pueblo, artistas, burgueses, he podido notar que la noción de las vidas anteriores subsistía en el fondo de las inteligencias, de modo semi-velado. Y no podría ser de otra forma entre los bardos modernos, que representan una elite intelectual. Ellos no están exclusivamente inclinados hacia el pasado, sino que se complacen también en contemplar el futuro.

Ellos sueñan para la Bretaña una autonomía semejante a la que disfruta el País de Gales, con su lengua, su literatura, sus periódicos. ¡Ellos sueñan con una familia fuerte, de costumbres más puras, basadas en la tradición! Sueñan una unión estrecha con los países de allende el mar de origen céltico, aliados en el sentimiento de un destino común.

Conservan, en lo más íntimo del corazón, una confianza inalterable en los destinos de la raza, en el triunfo del Celtismo y de sus principios superiores: libertad, justicia y progreso.

Esto es lo que les lleva a creer en una misión sagrada, en una función social regeneradora. Eso es lo que comunica a sus estrofas esos valores que hacen, a veces, vibrar el alma popular. ¿Será suficiente su verbo inflamado para sacudir la indiferencia y galvanizar a las multitudes? No, ciertamente, porque para ello es preciso el poderoso auxilio del más allá, el concurso activo del mundo invisible.

Notemos que ese movimiento de opinión a favor del regionalismo no es especial para los bardos. Los intelectuales de todas las clases, de todos los partidos, se asocian. Reclaman esa descentralización prometida por la Revolución (Francesa) que todavía no se ha llevado a cabo. En la Bretaña el patriotismo local no es exclusivo; respetando los lazos que la unen estrechamente a Francia, ella quiere un puesto especial para la pequeña patria en la grande y el mantenimiento de la lengua céltica, que es como el “paladio” de la raza bretona.

El movimiento pancéltico no tiene, en la Bretaña, el carácter separatista de que le han acusado ciertos críticos. Es una lástima que en el Congreso de Quimper, en 1924, una ínfima minoría de congresistas haya concebido esa vaga idea. La divisa general era: “¡Primero franceses, después bretones!” xvii

El objetivo de los dirigentes es el de regenerar la raza mediante un idealismo elevado, hecho al mismo tiempo de un Cristianismo depurado y de un retorno a las tradiciones célticas, en todo cuanto éstas tienen de más noble y grande. En ese sentido todos los celtistas de Francia y de otros lugares simpatizan con ese movimiento.

La obra de los bardos bretones presenta eclipses y desigualdades; a veces se confina en la penumbra de la “gwerz” y de las gwerzioù” – cantos populares que los oscuros improvisadores van a divulgar, de aldea en aldea, de procesión en procesión – pero a veces también ella rompe en estrofas vibrantes, por la voz de este bardo ciego: Yann-ar-Gwenn, quien en 1792, en las calles y plazas de Quimper, reavivaba la llama de los entusiasmos patrióticos entre los más indiferentes.xviii

Hablemos de un contemporáneo, de Quellien, que se decía irónicamente “el último de los bardos” y cuya viva imaginación, inagotable, divertía los cafés literarios y las salas de redacción de París. Tras haber creado los denominados “almuerzos célticos”, que reunían todos los años a los bretones letrados de la capital, de los cuales Renan fue el ornamento más bello, Quellien murió aplastado por un auto, dejando una obra densa, de la cual dos piezas de teatro, ritmadas en el dialecto del país de Tréguier, llamadas “Annaïk” y “Perrinaïk”, esperaba representar en su querida Bretaña.

Cosa extraña, Quellien parecía haber previsto su fin trágico, pues escribió en el prefacio de su Bretagne Armoricaine: “Tengo el presentimiento de que las tempestades de la vida me llevarán antes de tiempo.” Algunos han visto, en esa muerte accidental, una punición por haber desencaminado el Bardismo en los cabarets de la colina de Montmartre.

El Sr. H. de la Villemarqué publicó, en 1903, una recopilación considerable de poemas y cantos populares de la Baja Bretaña, que fue objeto de contestaciones y críticas interminables; ahí se encuentran, sin embargo, cosas muy interesantes, de bellos ritmos y sugerentes evocaciones, en otras palabras, la expresión de las alegrías y dolores de un pueblo entero.

No es mi intención recordar aquí las polémicas ardientes, originadas a propósito de fraudes literarios atribuidos a ciertos escritores celtistas, y menos aún tomar parte en ellas. Esos debates y discusiones ponen de manifiesto todo el prejuicio y el fanatismo que los intereses políticos o religiosos pueden poner en juego para ahogar una gran idea que los perjudica.

Poco importa para nuestro asunto, por ejemplo, que la epopeya del Rey Arturo y los romances de la Tabla Redonda hayan sido adornados por la imaginación. Poco importa, asimismo, que los manuscritos de los poemas de Ossián sean obra del abogado Macpherson o que los Señores Luzel y De la Villemarqué hayan recompuesto y ampliado los cantos populares de la Bretaña.

Nuestro objetivo es otro muy diferente. No se trata, para nosotros, de hacer una crítica literaria, sino de mostrar toda la belleza y la grandeza de la doctrina de los druidas, que se ha venido empequeñeciendo a voluntad. Para ello basta elevarnos por encima de las contestaciones, más alto que las rivalidades de las escuelas, a fin de ligarnos a los testimonios de los historiadores imparciales que vivieron en la propia época de los druidas y los conocieron mejor. Es lo que haremos al desarrollar los capítulos siguientes.

Es cierto que la leyenda de Merlín, el Encantador podría llamar nuestra atención, porque tales pensadores eminentes la consideran el poema en el cual se reflejan con más brillantez las cualidades y los defectos del alma céltica. Con todo, un examen atento de todo lo escrito sobre ese asunto nos ha demostrado que la parte de ficción allí es considerable y preferimos dejarle a nuestro amigo Gastón Luce, poeta inspirado que preparó sobre ese tema un drama lírico de gran elevación, el cuidado de hacerle realzar todo su interés. Nosotros nos limitaremos a reproducir estas líneas del célebre escritor Edouard Schuré, extraídas de su libro Las Grandes Leyendas de Francia (Les Grandes Légendes de France) en las cuales resume “la larga, la heroica lucha de los celtas contra el extranjero”:

“Arturo se convierte, para toda la Edad Media, en el tipo del caballero perfecto. Una revancha en que no habían pensado los bretones, pero no menos gloriosa y fecunda. En cuanto a Merlín, personifica el genio poético y profético de la raza, y si ha quedado incomprendido en la Edad Media, como también en los tiempos modernos, es debido, primero, a que la importancia del profeta sobrepasa en mucho a la del héroe; después, porque la leyenda de Merlín y todo el Bardismo se confinan a un orden de hechos psíquicos en los cuales el espíritu moderno solo ahora comienza a penetrar.”



* * *
Cuando, bajo la inspiración de mi guía, exploro los estratos más profundos de mi memoria para reconstituir el encadenamiento de mis vidas pasadas, si me remonto a mis orígenes, allí reencuentro, no sin emoción, los vestigios de mis tres primeras existencias vividas en la Tierra, al oeste de la Galia independiente.

En el recuerdo, vuelvo a contemplar esa Naturaleza aún virgen, semi salvaje, toda impregnada de misterio y de poesía, a la cual el hombre, pese a su intención de embellecer, solamente ha conseguido mutilar y despojar. Vuelvo a contemplar esos grandes promontorios, batidos por las tempestades, que se elevan ante los horizontes infinitos del mar y del cielo. Creo escuchar aún esas grandes voces del océano, a veces quejumbrosas, a veces amenazadoras, y el susurro del oleaje que va a morir en el fondo de las ensenadas solitarias, dibujando sobre la playa su orla de espuma. El vaivén de la ola ¿no sería la imagen del pensamiento humano, siempre inquieto, siempre tembloroso y agitado?

Vuelvo a extender la mirada por el bosque profundo, todo lleno de murmullos de una vida invisible; el bosque encantado por los espíritus de los antepasados que embrujan los santuarios donde se llevan a cabo los sacrificios y los ritos sagrados. Ese bosque céltico era tan vasto que serían precisos meses enteros para atravesarlo; tan espeso, tan cerrado, que en verano el tiempo se hacía oscuro en pleno mediodía, bajo sus verdes bóvedas, imponentes como naves de catedral.

Todo celta guarda en el corazón el amor ardiente, imperecedero, por el bosque. Éste es para él un símbolo de fuerza y de vida inmortal. Tras el final del invierno ¿no renace él en la primavera, tal como el alma, tras un tiempo de reposo, vuelve a la Tierra para manifestar los poderes de la vida que están en ella?

En este punto, como en otros muchos, la enseñanza de los druidas se inspiró en los espectáculos de la naturaleza. En el estudio de sus leyes, encontraron ellos una fuente abundante de lecciones siempre vivas y expresivas, siempre al alcance de los hombres, que proporcionaban una base sólida, una fuerza incomparable a sus convicciones. De ahí que no hubiese duda ni vacilación alguna, puesto que ellos entendían a la naturaleza como una emanación de la voluntad divina. Y es por hallarse alejado de ella y por haber pasado por alto sus leyes, que desde entonces el hombre ha caído en el escepticismo y en la negación. Pero entonces una fe nueva y pura brotaba de las almas, como la fuente límpida emerge del suelo bajo la ramada de los grandes bosques. Espíritu impetuoso y ardiente, de ella me impregné hasta tal punto que, pese a las vicisitudes de numerosas existencias, todavía guardo de ella una profunda impresión.

Me gustaba penetrar en los círculos de piedra (crómlechs) donde se evocaban los espíritus de los muertos. Escuchaba, con ansia, las lecciones de los druidas, que nos entretenían con las narraciones de las luchas del alma en el “Abred”, para conquistar la ciencia y la sabiduría, y su plenitud de vida en el “Gwynfyd”, para posesión de la virtud, del genio y del amor. Bajo la indicación del Maestro, yo me aplicaba a aprender y recitar los innumerables versos que constituían la enseñanza sagrada.

Con la repetición de tales experimentos, he logrado dar a mi memoria la destreza y la duración que han hecho de ella el precioso instrumento de estudio y de trabajo que me ha seguido en todas mis vidas ulteriores.

En el curso de mi vida actual yo quería volver a contemplar los paisajes imponentes que, en aquellos lejanos tiempos, con ayuda de mis primeras existencias terrestres, me habían impresionado tan fuertemente.

Seguí, punto por punto, los cortes de la costa bretona y los restos de los grandes promontorios que las embestidas de la tempestad han reducido, de siglo en siglo. En esa lucha gigantesca, el océano lleva las de ganar y el continente retrocede.

El hombre, en su impotencia, se resigna, pero ¡de qué modo se venga en el bosque!

En lugar de los santuarios druídicos, ambientes augustos y sagrados, no se ven más que urces informes sin encanto ni belleza. Yo quería recorrer Brocelianda, el bosque encantado donde Merlín y Viviane abrigaban su pasión y sus sueños; encontré solamente un bosque devastado por el hacha, con sus grandes superficies desnudas, semejantes a manchas leprosas sobre un suelo empobrecido. La fuente de Barantón, de aguas mágicas, es ahora una cloaca donde se agitan batracios indefinidos.

Los mismos nombres han sido cambiados, Brocelianda se ha convertido en el bosque de Paimpont, propiedad del obispo de Nantes, quien ha procedido a talas frecuentes. Y lo mismo ha sucedido por dondequiera que se extendía el bosque céltico. ¿Dónde están esas bóvedas de verde que costosamente atravesaban los rayos de sol para lanzarse sobre los musgos y los helechos?

Pero cuando la Tierra haya perdido su adorno y se vuelva calva y desnuda, cuando las aguas pluviales rolen en torrentes devastadores, ¿a dónde volverá el hombre sus ojos para disfrutar del espectáculo del Universo? ¿No ha declarado uno de nuestros eminentes políticos que las luces del cielo han sido extinguidas? Pero no, Viviane xix está muerta y las estrellas brillan todavía en el seno de las noches profundas. ¡Ellas nos hablan del poder, de la sabiduría, de la bondad del Creador! ¡Ellas serán siempre un símbolo de eterna esperanza para la humanidad!

Capítulo V

La Auvernia. Vercingétorix, Gergovia y Alesia


Como una ciudadela que corona algunas cumbres con sus torres y baluartes, la Auvernia eleva la cadena de sus montañas sobre las llanuras y los valles de Francia Central. Desde los altiplanos y los contrafuertes bajan y rolan los torrentes, los arroyos que se convertirán, más adelante, en grandes ríos, cuyas cuencas, que desaguan en tres mares, dan a la Galia ese aspecto regular, esa forma predestinada que parece, como decía Estrabón, la obra de un dios.

El país de los auverneses era, para sus habitantes, como una tierra sagrada. Los genios invisibles rondaban sus bosques y sus montañas. De su suelo brotaban en abundancia las aguas termales, los vapores benéficos, manifestación de un poder subterráneo que inspiraba, en esos pueblos primitivos, una especie de temor religioso.

El Puy de Dôme, que domina toda la región por su alto porte, era el altar gigantesco desde donde elevaban los druidas sus oraciones al cielo, el templo natural del dios Teutatés, o mejor, del espíritu protector que simboliza la fuerza y la bravura de los auverneses.

El panorama de los montes despierta en el alma una impresión casi tan viva como las noches cuajadas de estrellas. Esa impresión no se expresa en palabras, sino generalmente, en una contemplación silenciosa, una admiración tanto más viva cuanto más profundo se tenga en el alma el sentido de la armonía y la belleza. Aún se aumenta más en la Auvernia por las marcas que ha dejado la acción del fuego central, que en su esfuerzo por alcanzar la superficie ha alterado los estratos terrestres. Si desde lo alto del Puy de Dôme se observa la larga cadena de cráteres que se suceden de norte a sur, en línea recta, y se reconstituye, con la imaginación, el período de actividad de todos esos volcanes, cuando expelían ríos de lava, cuyos rastros todavía se pueden seguir a lo largo de muchas leguas, que los naturales de la región llaman “Cheires”, se tiene la visión grandiosa del dinamismo que sacudía el globo en los tiempos cuaternarios.

El suelo de la Auvernia, tanto en la región de los montes Dôme como en la de los montes Dore y Cantal, es agrietado, acribillado de cráteres extinguidos, invadidos más tarde por las aguas. El más notable es el lago Pavin, corte vasto y profundo de paredes de basalto, al que corona un círculo de bosques. Por la brecha donde desaguaban otrora las lavas, hoy se expanden las aguas límpidas del arroyo La Couze.

Por el camino que rodea el lago, a través del bosque umbrío, se llega al altiplano elevado que domina muchos cráteres, entre otros el de Moncineire, o montaña de las cenizas. Ese es uno de los sitios más maravillosos de nuestra región. La naturaleza salvaje de las primitivas eras de la Tierra se revela allí todavía bajo el cambiante efecto de las aguas y los bosques. Por las emanaciones sulfurosas y por los lodos termales que se hallan en algunos puntos de la Auvernia, se puede considerar que la actividad subterránea no ha cesado por entero, y que siempre puede ser posible un despertar de esas fuerzas plutonianas.

El contacto de esa naturaleza agreste había comunicado a las poblaciones primitivas esas cualidades rudas y fuertes que caracterizan a casi todos los montañeses.

Si el sentimiento que tenían los galos respecto de su origen común, de su parentesco de raza, si la unidad moral y religiosa que resultaba, mudase en unidad política, los auverneses habrían sido los primeros en aprovecharla. ¿No era su provincia el núcleo activo y, al mismo tiempo, la principal fuerza material de la Galia?

El Puy de Dôme era el mayor santuario. Hacia allí convergían peregrinos de todas partes. Gergovia era el lugar más importante, y Vichy, situado entonces en región auvernesa, atraía, únicamente por la virtud de sus aguas, a multitud de enfermos y heridos.

El Rey Bituit había movilizado a doscientos mil combatientes contra los romanos y la caballería auvernesa estaba considerada como la mejor de todas. Pero Bituit fue vencido y el imperio auvernés se eclipsó durante cierto tiempo. Mientras tanto, vastos grupos políticos se formaban en otros lugares: la Federación Armoricana, en el oeste; la Federación Belga, en el norte de Marne. La de Auvernia se reconstituyó, incorporando a todos los pueblos de las Cévennes. Pero la rivalidad celosa de los eduenos lo comprometió todo. Recurrieron al César, cuyas legiones penetraron, poco a poco, en la Galia, y establecieron alianza con él. La influencia del pérfido procónsul aumentó rápidamente y pronto se convirtió en una amenaza para la independencia gala.

Es entonces cuando aparece la grande y noble figura de Vercingétorix (72-46 a.C.). Educado por los druidas, en su educación adquirió esas raras cualidades, esa elevación de carácter, que lo distinguieron. La muerte cruel de su padre Celtil, quemado vivo por sentencia del Senado por haber aspirado a la corona, arrojó una sombra sobre su juventud y contribuyó a hacerlo, desde muy temprana edad, circunspecto, meditativo y soñador. Experimentó, según se dice, la sensación del mundo invisible, esas intuiciones inexpresables que son, quizá, reminiscencias de recuerdos anteriores, formando un conjunto de cosas enterradas en la subconsciencia profunda, que tienden a revivir, a expandirse a plena luz.

Camille Jullian, tan reservado en esas materias, no vacila al enseñarnos que Vercingétorix, enviado muy pronto a la escuela de los druidas, vivía en la respetuosa familiaridad de esos sacerdotes. Con éstos aprende que hay un alma inmortal y que la muerte es un simple cambio de estado. Ellos le enseñan que el mundo es una cosa inmensa y que la humanidad se extiende a lo lejos, fuera de las tierras paternales y de los caminos de la caza o de la guerra. Así el joven imaginaba, poco a poco, la grandeza del mundo, la eternidad del alma y la unidad del nombre galo.

Todo en Vercingétorix lo predisponía a la jefatura; su cuerpo alto y soberbio, dice Camille Jullian, lo indicaba para la admiración de las multitudes. Tenía la superioridad física e intelectual que da a la voluntad una seguridad nueva, y los auverneses podían preguntarse si Luern o Bituit, los jefes todavía célebres de la Galia triunfante, no habían vuelto bajo la forma juvenil del último de sus sucesores.

Instruido y amado por los bardos, se convirtió en uno de ellos. Él sabía expresarse en versos y emplear en sus discursos esa actitud arrebatadora que impresiona siempre a los celtas. Sobre esto recordemos la siguiente cita de Mommsen, el gran historiador alemán, que demuestra que nuestros antepasados no eran tan bárbaros como se pretendía: “El mundo céltico se liga más estrechamente al espíritu moderno que al pensamiento grecorromano.” xx

Y el Sr. Camille Jullian insiste sobre esa cuestión:

“Vercingétorix no por eso era cerrado y hostil a la civilización grecolatina. Él tomó prestados muchos principios de la guerra científica y aceptó cierta supremacía intelectual de los dos grandes pueblos vecinos.”


* * *
En una obra reciente llamada L’Initiation de Vercingétorix,xxi el Sr. André Lebey nos proporcionó detalles muy interesantes sobre la educación religiosa y política del joven jefe auvernés. Inicialmente nos presenta muchas escenas vivas y coloridas en las cuales los nobles llamados “collares de oro”, responsables por la muerte trágica de Celtil, se entregan a ese género de intrigas que echó a perder a la Galia, mirando con odio celoso el progreso del joven varón y temiendo represalias. Después, fue el viaje de Vercingétorix, quien atravesó las vastas soledades silvestres que separan las tribus, visitando el bosque sagrado de los carnutos, donde participa en la gran ceremonia anual, presidida por el archidruida y por la gran sacerdotisa de la Isla de Sein; y su visita a Carnac, donde cumple otros ritos. Allí, en las horas del crepúsculo, escucha los cantos del bardo afirmando el Dios supremo:

“Yo creo en un Dios único, eterno, que no se conoce, que nunca se conocerá, indudablemente. Yo creo en aquel que es, en aquel que será, puesto que es lo mismo, en aquel que se revela y ha existido siempre, puesto que es el mismo todavía. El camino que conduce a su incógnita comienza en el sacrificio voluntario.”

Bajo la dirección de un druida, guía tutelar y familiar, va a obtener en los santuarios los conocimientos de esa gran doctrina, de la cual D. Martin pudo decir que “no fue tomada prestada de ningún otro pueblo”. Sin duda, en sus relatos es preciso tener en cuenta la fantasía, pero los principales acontecimientos reposan en una base histórica. Lo que hay de más notable en esa obra son las páginas consagradas a la conversación solemne y secreta de los dos druidas sobre la playa bretona, frente a las islas sagradas. Uno de ellos, Divitiac, es admirador y aliado de los romanos; el otro, Macarven, preceptor de Vercingétorix, solo tiene en vista el futuro y la grandeza de la Galia, el desarrollo de su genio libre, independiente de toda injerencia extranjera.

Divitiac había vuelto de un viaje a la ciudad Eterna deslumbrado por la gloria política y el esplendor monumental de Roma. Sueña con una alianza que considera necesaria para completar el poderío de la Galia y asegurar su función en el mundo.

Macarven recuerda a su interlocutor la corrupción, el escepticismo de los romanos, su rapacidad, su sed de dominación y, sobre todo, la astucia y los ardides a que están acostumbrados. Confiando en la religión y en la práctica que ama, él deposita toda su esperanza en una Galia independiente. Dijo a Divitiac:

“Mi fe es más clarividente que la tuya. Para vencer completamente, sería mejor que ella extinguiese las armas manuales, ¡en nombre de su superioridad! El triunfo pasajero de la materia sobre el espíritu no puede anular la vida del espíritu; la consagra todavía más y la hace resucitar eternamente por encima de la victoria momentánea del enemigo. Por el contrario, aceptando, incluso por astucia, al conquistador que la domina, ella se humilla poco a poco, ella se entrega. La derrota noble valdría más por su resistencia legítima que la victoria brutal del número y de la fuerza, únicamente. Yo solo confío en el camino perpetuo, obstinado, de la conciencia. Porque es recto, superior, decisivo; entre todos los otros recovecos, él sigue más allá. Dejarlo, abdicar de él, es perderse, quizá morir, y de una muerte de la cual no hay levantarse. Esa muerte lo engulle todo, es tan pesada que arrastra el alma aplastada bajo el peso de su nulidad.” (P. 163).

Prosiguiendo su viaje, Vercingétorix va a consultar a las druidesas de la Isla de Sein.

“Has venido – le dicen – a interrogarnos sobre el enigma de los mundos. Nosotras y nuestros sacerdotes te respondemos. Has llegado, como nosotros, al conocimiento de la migración de las almas y de las leyes de la vida universal. Ahora una nueva tarea te será impuesta; es preciso, en adelante, pensar en Roma. Si todo lo que has visto del imperio galo te ha hecho amarlo, si estás ligado a nuestra religión, fuerte y dulce, natural y divina, en la cual el mal inevitable de la vida se esclarece y se rescata mediante el sacrificio y después llega a lo verdaderamente sublime mediante el culto equilibrado del espíritu; si tú te das cuenta de que en la ciudad fría, sobre la cual vigila el Capitolio, pese a la dulzura del clima y a la belleza de los montes Apeninos, tú, vencido, regresarás para morir en el aire saludable de la Gergovia, la lección viva del Puy majestuoso, la profundidad calmante de sus bosques, ¡entonces prepárate desde ahora! Prepárate para salvar a tu país y su religión, única en el mundo, a tu nación de aguas claras, de corazones beligerantes, pero buenos y cálidos. Cree en mí, cree en mis hermanas, cree en nuestros sacerdotes; esta virtud particular a nuestro suelo, donde la raza céltica llega a su más justa expansión, no existe en otra parte.”

Más tarde, la gran druidesa conduce al jefe auvernés sobre el promontorio que domina el mar de terror, frente a la isla sagrada. En ese tumulto del oleaje, que imprime a sus palabras una especie de solemnidad fatídica, ella le lanzó estas palabras en tono imperioso:

“Elegido por todos, tú serás el rey y nos perteneces. Bajo este gladio centelleante, por encima del abismo, símbolo de la voluntad, más allá de todas las agitaciones humanas, jura dedicar todos los minutos de tu vida, tu muerte, todo lo que compone tu cuerpo perecedero, y asimismo todo cuanto prepara a tu alma inmortal, al cumplimiento de la liberación.

Tú estás aquí, en el fin del mundo. ¡Si tu juramento es sincero, los dioses que velan en torno a nosotros y en las islas, en los confines del santuario de todos los santuarios, te atenderán!” xxii

Y en el viento y la tempestad, bajo el estrépito de las olas ruidosas, bajo el gladio ensangrentado, ¡Vercingétorix juró!


* * *
En el año 53 a.C. fue cuando, dolorosamente afectado por la situación de la Galia, Vercingétorix toma la resolución de consagrarse a la salvación de su nación. César había derrotado por separado a los eburones, a los trévires, a los senones, después regresó a Italia, dejando sus diez legiones dispersas por el norte y el este. Aprovechando las circunstancias, Vercingétorix, en pleno invierno, recorrió las tribus preparando una sublevación general y, mediante su elocuencia varonil, reavivó los ardores patrióticos y levantó los ánimos abatidos.

Una asamblea solemne de todos los jefes galos tuvo lugar en el bosque sagrado de los carnutos. Allí, bajo las banderas de las tribus, reunidas en grupos, los jefes hicieron juramento de unirse contra los romanos y proclamaron a Vercingétorix jefe supremo. Ellos soñaban con una patria colectiva, con una Galia grande, libre y federada, realización de esa fraternidad céltica, concebida por los druidas. Vercingétorix intentó introducir más orden y método en la organización militar y en los movimientos de la armada gala. Mostró tanta habilidad y precisión que recibió este poco común elogio por parte de su enemigo: “Fue tan activo como severo en su comando.” xxiii

Podría preguntarse dónde ese gran jefe auvernés, todavía joven, había adquirido sus aptitudes y su conocimiento. Parece que la función que se debe atribuir al mundo invisible en la historia empieza a salir de los dominios exclusivos de las religiones para penetrar poco a poco en la ciencia. Esta función, el Sr. Camille Jullian la reconoce, o mejor, la discierne en la vida de su héroe, y la relaciona con otros ejemplos célebres: los de Sartorio y Mario, que tuvieron sus profetisas, tal como Civilis tuvo a Velleda. “Vercingétorix dijo que tuvo a su alrededor agentes que lo ponían en relación con el cielo.” xxiv

Pero el terrible procónsul, al ser informado de la sublevación de la Galia, dejó rápidamente Ravena y, tras un rápido viaje, realizó un acto tenido como imposible en pleno invierno. Atravesó las Cévennes por veredas abruptas, con 30 centímetros de nieve, y embistió con su pequeña armada sobre el país auvernés, obligando así a Vercingétorix a encaminar sus fuerzas hacia el sur y a liberar las legiones rodeadas. Tras ese desvío estratégico, César bajó por el valle del Loira y reunió, a toda prisa, la parte principal de las legiones, a fin de ser capaz de enfrentarse a los acontecimientos.

¿No sorprende encontrar, a dieciocho siglos de distancia, acontecimientos análogos en esa otra existencia del mismo hombre de genio que fue sucesivamente Julio César y Napoleón Bonaparte? El paso de las Cévennes no tendría por complemento el del Grand Saint Bernard, y el 18 brumario xxv no recuerda el paso del Rubicón?

Algunos meses más tarde, el sitio de Bourges por los romanos, heroicamente sostenido por sus habitantes, mostró toda la utilidad de las reformas de Vercingétorix.

Para devastar el área de la armada romana, los bituriges ponen fuego, bajo orden suya, a veinte de sus villas. César sube nuevamente hasta la Auvernia con sus legiones y ataca la Gergovia, foco de la independencia gala; es repelido, forzado a dejar su campo y a batirse en retirada durante la noche.

El general romano, que no tenía caballería, no vaciló en mandar venir de allende el Reno, para alistarse, huestes de caballeros germánicos semi-salvajes. Y así fue como, tras haber proclamado muchas veces, altisonantemente, que él no venía a la Galia más que para defenderla contra los germanos, él mismo fue quien abrió el camino a las invasiones. En la batalla de Dijon, los pesados escuadrones germánicos rompieron la caballería gala y Vercingétorix, reducido a su única infantería, tuvo que refugiarse en la Alesia.

Finalmente, viene el sitio memorable de esa villa por los romanos, los trabajos gigantescos de las legiones para sitiar el lugar y la llegada de la armada de socorro, es decir, casi toda la Galia en armas. Esta armada fue lenta en reunirse, los jefes se juntaron al comienzo en Bibracte, formando un consejo general, a fin de discutir los planes de Vercingétorix. Si entre ellos había hombres entregados sin excepción a causa de la libertad de la Galia, también los había ambiciosos, de doble cara, como los dos jóvenes eduenos Viridomar y Eporédorix, ambos decididos a favorecer, en secreto, los designios del César.
En una horrible lucha de tres días, el impulso furioso de los auverneses desbarata las líneas romanas, pero la traición de los eduenos aniquila sus esfuerzos y la armada gala se dispersa, abandonando los defensores de Alesia a su propia suerte.

Vercingétorix, vencido, podría huir, pero prefirió ofrecerse como víctima expiatoria a fin de preservar la vida de sus compañeros de armas. El César, estando asentado en un tribunal, en medio de sus oficiales, ve las puertas de Alesia abrirse. Un jinete de alta estatura, cubierto con una magnífica armadura, aparece al galope, describe tres círculos con su caballo alrededor del tribunal y, con aire altivo y grave, arroja su espada a los pies del procónsul. Era el jefe auvernés, que se entregaba a su enemigo. Los romanos, impresionados, se apartaron con respeto, pero el César, demostrando la bajeza de su carácter, lo postra con injurias, lo encadena, lo manda a Roma y lo arroja en la cárcel Mamertina, calabozo oscuro, con una única entrada, a través de la bóveda. Tras seis años de horrenda prisión, fue sacado de allí para figurar como triunfo del César, y de ahí fue entregado al verdugo (46 a.C.)

Un día, en el correr de los tiempos, esos dos hombres se encuentran sirviendo a la misma causa, bajo el mismo estandarte. César se llamó entonces Napoleón Bonaparte y Vercingétorix fue el general Desaix. En Marengo, cuando la batalla parecía perdida para los franceses, Desaix llegó en el momento oportuno, con su división, para salvar a su antiguo enemigo, ¡y esta fue toda su venganza!

Edouard Schuré escribió respecto de Desaix,xxvi tras recordar sus grandes hazañas:

“Él fue la modestia en la fuerza, la energía en la abnegación. Buscaba siempre el segundo lugar, y en él se conducía como si fuese el primero. Batido mortalmente en Marengo, en esta gran batalla que ganó para el primer cónsul, y temiendo que su muerte desmoralizase a los suyos, dijo simplemente a quienes lo dominaban: “No les digáis nada a ellos”.

En esos detalles históricos ¿no se encuentra una confirmación de lo que nos han dicho nuestros instructores del espacio acerca de la identidad de esos dos personajes, Vercingétorix y Desaix, animados por el mismo espíritu en el correr de los siglos? Así ha sido con César y Napoleón y con otros muchos casos semejantes.

¡Si la mirada del hombre pudiese escudriñar el pasado y reconstituir el eslabón que une sus vidas sucesivas, muchas sorpresas le estarían reservadas, pero los malos recuerdos y las angustias vendrían también a mezclarse con las dificultades de la vida presente y a agravarlas! He aquí por qué le es otorgado el olvido durante el paso por el vado, es decir, durante la estancia terrestre. Pero durante el desprendimiento corporal, en las horas del sueño y, sobre todo, después de la muerte, el espíritu evolucionado retoma el encadenamiento de sus existencias pasadas, y en la ley de causas y efectos, en vez de vidas aisladas, incoherentes, sin precedentes y sin secuencia, contempla el conjunto lógico y armonioso de su destino.
* * *

Así como visité a pie, con sentimiento de respeto, el santuario céltico de la Bretaña, creo mi deber hacer la peregrinación por la Gergovia y la Alesia. Escalé las escarpas de la Acrópolis auvernesa y más tarde subí la inclinación suave que, desde la estación de Laumes, conduce a la Alise. Una neblina fría y penetrante envolvía la llanura, mientras en el horizonte el disco rojizo del Sol parecía esforzarse en horadar la cerrazón.

Recorriendo las calles de la villa, percibí, con sorpresa, una estatua ecuestre con esta inscripción: “A Juana de Arco, la Bourgogne”. ¿Es este, entonces, un monumento expiatorio? Continuando mi ascenso, alcancé el altiplano donde se eleva la estatua gigantesca del gran antepasado. Allí, solitario, estuve pensativo durante mucho tiempo, meditando tristemente en cuánto es necesario – luchas, sangre, lágrimas – para asegurar la evolución humana.

La figura grandiosa y noble de Vercingétorix se liberta de la sombra de los tiempos como un ejemplo sublime de sacrificio y abnegación. Él creía en la patria gala, en su futuro, en su grandeza, y por esa patria luchó, sufrió y murió. Le fue recordado, en la hora suprema, el juramento pronunciado ante el cielo, en el promontorio bretón, en el seno del oleaje furioso.

Al ofrecerse en holocausto para salvar a sus compañeros de armas, él se inspiró también en aquello que le habían enseñado los druidas: es por el olvido de sí mismo, por la inmolación del “yo” en provecho de los demás, como se alcanza el “Gwynfyd”.

Para recuerdo de esos héroes, Gergovia y Alesia se han convertido, para siempre, en los lugares sagrados donde el alma céltica prefiere recogerse para meditar y orar.





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