Textos Introdutórios Obras Léon Denis o gênio Celta e o Mundo Invisível



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Introducción

En medio de la crisis que sufrimos, el pensamiento se inquieta y se interroga; pesquisa las causas profundas del mal que alcanza a todas las formas de nuestra vida social, política, económica y moral.

Las corrientes de ideas, de sentimientos y de intereses chocan entre sí violentamente, y de sus choques resulta un estado de perturbación, de confusión y de desorden que paraliza toda iniciativa y se traduce en una incapacidad de hallar el remedio.

Parece que Francia ha perdido la consciencia de sí misma, de su origen, de su genio y de su función en el mundo.

Mientras otras razas, esencialmente realistas, buscan un objetivo, tanto más preciso y mejor determinado cuanto más material, Francia siempre ha titubeado, en el curso de la Historia, entre dos concepciones opuestas. Y así se explica el carácter intermitente de su acción.

Algunas veces se dice céltica, y entonces apela a ese espíritu de libertad, de rectitud y de justicia que caracteriza el alma de la Galia. Es a la intervención de ésta, al despertar de su genio, a lo que es preciso atribuir la institución de las comunas de la Edad Media y la obra de la Revolución. Otras veces se cree latina, y entonces reaparecen todas las formas de opresión monárquica o teocrática, la centralización burocrática y administrativa, imitada de los romanos, con las habilidades, los subterfugios de su política y de sus vicios, la corrupción de los pueblos envejecidos.

Añadid, con independencia de esas concepciones, la indiferencia de las masas, su ignorancia respecto de las tradiciones, la pérdida de todo ideal. A las alternancias de esas dos corrientes es a lo que hay que atribuir la vacilación del pensamiento francés, los desniveles, los bruscos cambios repentinos de su acción a través de la Historia.

Para reencontrar la unidad moral, su propia consciencia, el sentido profundo de su papel y de su destino, es decir, todo cuanto hace fuertes a las naciones, bastaría a Francia eliminar las teorías equivocadas, los sofismas con los cuales ha venido falseando su juicio y oscureciendo su camino, y volver a su propia naturaleza, a sus orígenes étnicos, a su genio primitivo, en una palabra, a la tradición céltica, enriquecida con el trabajo y el progreso de los siglos.

Francia es céltica y no hay duda posible sobre ese punto. Nuestros más eminentes historiadores lo certifican, y con ellos numerosos escritores y pensadores, entre los cuales los dos Thierry, Henri Martin, J. Michelet, Edgar Quinet, Jean Reynaud, Renan, Emile Faguet, y otros muchos. Si nosotros somos latinos, dicen, por la educación y por la cultura, somos celtas por la sangre, por la raza.

D’Arbois de Jubainville siempre nos repetía, tanto en sus cursos en el Colegio de Francia, como en sus libros: “Hay un 90% de sangre galo en las venas de los franceses”. En efecto, si consultamos la Historia, veremos que, tras la caída del imperio, los romanos, en masa, pasaron los Alpes y permanecieron muy poco en la Galia. Las invasiones germánicas pasaron como trombas de agua sobre nuestro país; solamente los francos, los visigodos y los borgoñeses permanecieron durante mucho tiempo y se fundieron con los elementos autóctonos. Aparte de eso, los francos eran en número de treinta y ocho mil, mientras que la Galia contaba cerca de cincuenta millones de habitantes.

Se puede cuestionar cómo una vasta tierra ha podido ser conquistada con tan pocos medios. Esa cuestión, Ed. Haraucourt, de la Academia Francesa, nos la explica en un artículo sustancial, publicado en la revista La Lumière, de 15 de enero de 1926, de que trataremos más adelante.

Todos aquellos que han guardado en el corazón el recuerdo de nuestros orígenes desean evocar las glorias y los reveses de esta raza inquieta y dada a la aventura, que es la nuestra, en vez de recordar las desgracias y las experiencias que le atrajeron tantas simpatías. A todas esas páginas célebres, escritas sobre ese asunto, yo no habría soñado añadir lo que quiera que fuese, si no tuviera un elemento nuevo que ofrecer al lector para elucidar el problema de nuestros orígenes, es decir, la colaboración del mundo invisible.

En efecto, por el estímulo del espíritu de Allan Kardec es por lo que he llevado a cabo este trabajo, en el cual se hallarán una serie de mensajes que él nos dictó, por incorporación, en condiciones que excluyen cualquier fraude.

En el transcurso de esas charlas, los espíritus, libertos de la vida terrestre, nos han traído sus consejos y sus preceptos.

Como se verá en sus mensajes, Allan Kardec vivió en la Galia en el tiempo de la independencia, y fue un druida. El dolmen que por su voluntad se eleva sobre su tumba en el Cementerio Père-Lachaise, tiene allí un sentido preciso. La Doctrina Espírita, que el gran iniciador condensó y resumió en sus obras por medio de las comunicaciones de espíritus, obtenidas en todos los lugares del globo, coincide, en sus líneas generales, con el Druidismo y constituye un retorno a nuestras verdaderas tradiciones étnicas, amplificadas por el progreso del pensamiento y de la ciencia y confirmadas por las voces el Espacio. Esa revelación marca una de las fases más altas de la evolución humana, una era fecunda de penetración de lo invisible en lo visible, la participación de dos mundos en una obra grandiosa de educación moral y de refundición social.

Desde ese punto de vista, sus consecuencias son incalculables. Ella ofrece al conocimiento un campo de estudios ilimitado sobre la vida universal. Por el encadenamiento de nuestras existencias sucesivas y por la solidaridad que las religa, ella hace más rigurosa la noción de los deberes y de las responsabilidades. Muestra que la justicia no es una palabra vana y que el orden y la armonía reinan en el cosmos.

¿A qué debo atribuir este gran favor de haber sido ayudado, inspirado, dirigido por los espíritus de los grandes celtistas del espacio?

Por lo que me dijo Allan Kardec, viví en el oeste de la Galia mis tres primeras existencias humanas y siempre he conservado las impresiones de los primeros tiempos. En la vida actual, a los 18 años leí El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec, y tuve la intuición irresistible de la verdad. Parecía escuchar voces lejanas o anteriores que me hablaban de mil cosas olvidadas. Todo un pasado resucitaba con una intensidad casi dolorosa. Y todo cuanto he visto, observado, aprendido, desde entonces, ha sido tan solo para confirmar esa impresión primera.

Este libro puede entonces ser considerado, en gran parte, una colaboración de ese Más Allá, hacia donde regresaré pronto. A todos aquellos que lo leyeren, pueda este libro llevar una irradiación de nuestro pensamiento y de nuestra fe común, un rayo de lo Alto que fortifica las consciencias, consuela las aflicciones y eleva las almas hacia esta fuente eterna de toda verdad, de toda sabiduría y de todo amor, que es Dios.

PRIMERA PARTE
Los países célticos

CAPÍTULO I

Origen de los celtas. Guerra de los

galios. Decadencia y caída. Larga

noche; el despertar. El movimiento pancéltico.
En los primeros albores de la Historia, encontramos a los celtas establecidos en buena parte de Europa. ¿De dónde vinieron? ¿Cuál fue su lugar de origen? Ciertos historiadores colocan la cuna de su raza en las montañas de Taurus, en el centro de Asia Menor, en las cercanías de los caldeos. Cuando la población aumentó, ellos habrían transpuesto el Pont-Euxin (en el Mar Negro) y penetrado hasta la parte central de Europa. Pero, en nuestros días, esa teoría parece haber caído en desuso, y lo mismo ha ocurrido con la hipótesis de los arrianos.

Camille Jullian, del Colegio de Francia, en su obra más reciente, la Histoire de la Gaule, se contenta con fijar entre 600 y 800 a.C. la llegada a la Galia de los “Kymris”, la rama más moderna de los celtas. Se cree que venían de la desembocadura del Río Elba y de las costas de Jutlandia, ahuyentados por los maremotos, que les obligaron a emigrar en dirección al sur.

Llegados a la Galia encontraron una rama más antigua de los celtas, los gaélicos, que allí se encontraban establecidos desde hacía mucho tiempo y que eran de estatura menor, generalmente morenos, mientras que los “kymris” eran altos y rubios. Esas diferencias son aún apreciables en la Armórica, donde las costas del océano, en el Morbihan, están pobladas de hombres pequeños y morenos, mezclados con elementos extranjeros, atlantes o vascos, que se fundieron con las poblaciones primitivas. En las Costas del Norte (Côtes-du-Nord) o en la Mancha los habitantes eran de estatura más alta, y a ellos se juntaron los celtas bretones expulsados de la gran isla por las invasiones de los anglosajones.

Las consideraciones de C. Jullian se ven confirmadas por el parentesco entre las lenguas célticas y las germánicas, semejantes en su estructura, sonidos guturales, abuso de letras duras como K, W, etc.

En medio de las corrientes migratorias que se cruzan y entrecruzan en la noche de la prehistoria, la Ciencia encuentra un proceso más seguro en los estudios lingüísticos para reconstruir la filiación de las razas humanas.i

Daremos tan solo un resumen de la historia de los galos. Se sabe que nuestros antepasados, durante siglos, llenaron el mundo con el ruido de sus armas. Ávidos de aventuras, de glorias y combates, no podían resignarse a una vida apagada y tranquila e iban a la muerte como a una fiesta, tal era su certidumbre sobre el más allá.

Son conocidas sus numerosas incursiones en Italia, en España, en Alemania e incluso en el Oriente. Los galos invadían regiones vecinas y, por la ley de choque del retorno, sufrieron invasiones y fueron reducidos a la impotencia.

El alma de la Galia se halla en las instituciones druídicas y bárdicas. Los druidas no eran solamente los sacerdotes, sino además los filósofos, los sabios, los educadores de la juventud. Los ovates presidían las ceremonias del culto y los bardos se consagraban a la poesía y a la música.

Más adelante expondremos lo que era la obra y el verdadero carácter del Druidismo.

Al comienzo de nuestra era, los romanos ya habían penetrado en la Galia, escalado el valle del Rhône y, tras haber ocupado Lyón, avanzaron hasta el corazón del país.

Los galos resistieron con energía e infligieron, a veces, rudos reveses a sus enemigos; sin embargo, estaban divididos y a menudo no ofrecían más que resistencias locales. Su coraje, llevada a la temeridad, y su desprecio por las astucias guerreras y por la muerte se convertían en una desventaja para ellos.

Combatían en desorden, desnudos hasta la cintura, con armas mal preparadas, contra adversarios cubiertos de hierro, astutos y desleales, fuertemente disciplinados y considerablemente pertrechados para aquella época.

Vercingétorix, el gran jefe arverno, sostenido por el poderío de los druidas, logró, cierta vez, sublevar a toda la Galia contra el César, y una grandiosa lucha tuvo lugar.ii Educado por los bardos, Vercingétorix tenía en parte las cualidades que se imponen a la admiración de los hombres y los llevan a la obediencia y al respeto. Su amor por la Galia aumentaba con el progreso creciente de los ejércitos romanos.

¡Qué diferencia entre Vercingétorix y César! El héroe galo, lleno de fe en la potencia invisible que gobierna los mundos, sostenido por su creencia en las vidas futuras, tenía por norma de conducta el deber, por ideal la grandeza y la libertad de su país.

César, profundamente escéptico, solo creía en la fortuna. Todo en ese hombre era astucia y cálculo; intensa sed de dominación lo devoraba. Tras una vida de excesos, acribillado por las deudas, vino a la Galia buscando en la guerra los medios para elevar su crédito. Codiciaba preferentemente las ciudades ricas y, tras haberlas entregado al pillaje, se veían largos convoyes encaminarse a Italia, llevando el oro galo a los acreedores de César.

Es necesario recordar que, en nombre del patriotismo, César perjuró, negó las libertades romanas y oprimió a su país. Ciertamente no negaremos el genio político y militar de César, pero debemos, honrando a la verdad, recordar que ese genio estaba marcado por vicios vergonzosos.

¡Y es en los escritos de ese enemigo de la Galia donde siempre se va a buscar la verdad histórica! Es en sus Comentarios, escritos bajo la inspiración del odio, con la evidente intención de realzarse ante los ojos de sus conciudadanos, donde se estudia la historia de la guerra de las Galias. Sin embargo, dos autores romanos, Pollion y Suetonio, confiesan que esa obra está llena de inexactitudes, de errores voluntarios.

En resumen, los galos, ardientes, entusiastas, impresionables, se habían beneficiado de la corriente céltica, de esa gran corriente, vehículo de altas inspiraciones, que desde los primeros tiempos había influenciado todo el nordeste de Europa. Ellos estaban impregnados de los efluvios magnéticos del suelo, de esos elementos que, en todas las regiones de la Tierra, caracterizan y diferencian las razas humanas.iii

Pero su ardor juvenil, su pasión por las armas y por los combates los habían llevado muy lejos, y las perturbaciones causadas al orden y a la marcha regular de las cosas retornaron pesadamente sobre ellos, en virtud de esa ley soberana que devuelve a los individuos, como a los pueblos, todas las consecuencias de las obras que han ejecutado. Porque todo lo que hacemos pesa sobre nosotros, a través de los tiempos, en forma de lluvias o de rayos, de alegrías o de dolores, y el dolor no es el agente menos eficaz de la educación de las almas y de la evolución de las sociedades.
* * *
El Druidismo se aplicaba, sobre todo, a desarrollar la personalidad humana, en vista de la evolución que le está destinada. Cultivaba las cualidades activas, el espíritu de iniciativa, la energía, el coraje; todo cuanto permite afrontar las probaciones, la adversidad, la muerte, con inflexible seguridad. Esa enseñanza desarrollaba al más alto grado entre los hombres, el sentimiento del derecho, de la independencia y de la libertad. En compensación, era censurado por haber desatendido en demasía las cualidades pasivas y los sentimientos afectivos. Los galos eran iguales y libres, pero no tenían suficiente consciencia de esa fraternidad universal que asegura la unidad de un gran país y constituye su salvaguarda en momentos de peligro.

El Druidismo tenía necesidad de ese complemento que le proporcionó el Cristianismo de Jesús. Hablamos del Cristianismo primitivo, aún no alterado por la acción del tiempo, y que en los primeros siglos presentaba tanta analogía con las creencias célticas por cuanto reconocía la unidad de Dios, la sucesión de las vidas del alma y la pluralidad de los mundos (véase nuestra obra Cristianismo y Espiritismo). He aquí por qué los celtas lo adoptaron con tanta presteza, debido a que estaban mejor preparados por sus propias aspiraciones.

Todavía en el siglo IV se puede advertir, por la controversia de San Jerónimo con el galo Vigilancius, de San Bertrán de Comminges, que la gran mayoría de los cristianos de esa época admitía la pluralidad de las existencias del alma.

Convencidos en su interior de la idea de estar animados por un principio imperecedero, todos iguales en sus orígenes y sus destinos, nuestros padres no podían soportar ninguna opresión. Sus instituciones políticas y sociales también eran eminentemente republicanas y democráticas. Y en ellas es donde hay que investigar la fuente de esas aspiraciones igualitarias, liberales, que son una de las caras de nuestro carácter nacional.

Todos los galos tomaban parte en la elección del Senado, que tenía la misión de establecer las leyes. Cada república elegía sus jefes temporales, civiles y militares. Nuestros antepasados no conocían las diferencias de casta. Hacían derivar los derechos de los hombres de su propia naturaleza, de su inmortalidad que los hacía iguales en principio. Ellos no hubieran soportado que un guerrero, que incluso un héroe, tomase el poder y se impusiese al pueblo. Las leyes galas declaraban que una nación siempre está por encima de un hombre.

En el momento en que César entró en la Galia, gracias a la acción de los druidas y del pueblo de las ciudades, la unidad nacional se preparaba. Si la paz hubiese permitido el cumplimiento de esos grandes proyectos, las repúblicas galas, unidas por lazos federativos, como los cantones suizos o los Estados Unidos de América, podrían formar, en esas remotas eras, una poderosa nación.

Sin embargo, las disensiones y las rivalidades de los jefes lo comprometieron todo. Cierta aristocracia se iba formando, poco a poco, en las tribus. Gracias a sus riquezas, ciertos jefes galos supieron rodearse de séquitos de numerosos criados y partidarios, con cuya ayuda influían en las elecciones y perturbaban el orden público.

Los partidos quedaron constituidos; para triunfar sobre sus rivales, algunos recibían apoyo desde el extranjero, de ahí la disgregación de la Galia y después su esclavización.

Frecuentemente salta a nuestros ojos que, a cambio de su independencia perdida, la Galia obtuvo grandes ventajas con el dominio romano. Sí, sin duda Roma aportó a nuestros antepasados ciertos progresos materiales e intelectuales. Con su apoyo se abrieron carreteras, se levantaron monumentos y se construyeron grandes ciudades. Pero todo eso, que probablemente con el correr del tiempo sería igualmente formado sin Roma, no sustituyó la libertad perdida.

Cuando la guerra terminó, habían muerto dos millones de galos en los campos de batalla.

Roma impuso un tributo anual de 40 millones de sestercios, y la Galia, agotada en hombres y dinero, reposó agonizante bajo el hacha de los lictores.iv

Más tarde, con las nuevas generaciones, cuando la Galia curó sus heridas sangrientas, el astro de Roma empezó a apagarse. Entonces, desde lo profundo de los bosques y pantanos de Alemania, lo mismo que lobos hambrientos, los francos acudieron corriendo a la carroña.

¿Quiénes eran, en realidad, esos francos que dieron su nombre a la Galia? Eran los bárbaros, como ese Ariovisto, que se jactaba de haber permanecido catorce años sin dormir bajo techo.

Los francos formaban una tribu de raza germánica y eran unos treinta y ocho mil. Pero en vez de comunicar a la Galia su barbarie, se fundieron con ella. Por tanto, los galos no hicieron más que cambiar de opresores. Los francos repartieron la tierra e implantaron entre nosotros el feudalismo.

Esos reyes holgazanes y crueles, esos nobles señores de la Edad Media, duques, condes y barones, eran, en su mayoría, francos o burgundios,v y sus rudos instintos hacían recordar su origen.

Si el dominio romano, que duró cuatro siglos, trajo a la Galia algunos beneficios, por otra parte, su administración rapiñadora fue su ruina, destruyendo toda su fuerza de resistencia.

Es lo que Ed. Haraucourt, de la Academia Francesa, nos explica en un artículo, del cual citamos los siguientes renglones, publicados en una de nuestras grandes revistas.vi

“Es por culpa de ellos (los romanos), y no por los bárbaros, que la Galia está muerta. Está muerta por su organización interior, que fue una desorganización sistemática; pereció desgastada por el funcionarismo y por el impuesto, debilitada por las leyes que erosionaban su riqueza, suprimían su trabajo y arruinaban su producción. Los invasores vinieron enseguida, para rematar la obra de los legisladores.”

Cuando se afirma que nuestros antepasados fueron romanos o francos, debemos protestar con toda nuestra alma. Todas las grandes y nobles facetas del carácter nacional, las hemos heredado de los galos. La generosidad, la simpatía por los débiles y los oprimidos nos vienen de ellos. Esa fuerza que nos hace luchar y sufrir por las causas justas, sin esperanza de compensación, ese desinterés que nos lleva a sostener en sus reivindicaciones a los pueblos dominados, esas tendencias que en términos iguales no se encuentran en ningún otro pueblo, todo esto nos viene de nuestros padres heroicos. Pese a la larga ocupación romana, pese a la invasión de los bárbaros del Norte, nuestro carácter nacional todavía está impregnado del viejo espíritu céltico.

El genio de la Galia vigila siempre nuestro país.



* * *

Durante la larga noche de la Edad Media, el ideal céltico aparentemente quedó olvidado, pero ha subsistido adormecido en la conciencia popular. Los druidas y los bardos, expulsados de la tierra de las Galias, fueron para la isla de Bretaña. En Francia, los nobles y los señores se dividieron en partidos rivales y se consumieron en luchas internas. El pueblo pobre de las ciudades y de los campos, entregado a una pesada tarea, fue absorbido por las preocupaciones materiales, padeciendo hambre y miseria.

Habiendo el Cristianismo penetrado en la Galia, suavizó hasta cierto punto esos males. Representó beneficio y progreso; la religión de Jesús se adaptó bien a la debilidad humana. Si la ley del amor y del sacrificio, que ella traía, hubiese hallado su aplicación, podía ser suficiente para la salvación de las almas y para la redención de la humanidad.

Con la finalidad del perfeccionamiento moral, la religión cristiana reprimía la voluntad, la pasión, el deseo, todo lo que constituye el “yo”, el centro de la personalidad. La doctrina céltica, por el contrario, se aplicaba a dar al ser todo su poder de irradiación, inspirándose en esa ley de evolución que no tiene límites, en la cual la ascensión del alma es infinita. El alma cristiana aspira al reposo, a la bienaventuranza en el seno de Dios, pero el alma céltica se interesa por desarrollar sus poderes internos, a fin de participar, en creciente medida, de círculos en círculos, de la vida y de la obra universal.

El alma cristiana es más amante, el alma céltica es más viril. Una busca ganar el cielo por la práctica de las virtudes, por la abnegación y por la renuncia; la otra quiere conquistar el “Gwynfyd”, poniendo en acción las fuerzas que duermen en ella. Pero ambas tienen sed de lo infinito, de la eternidad, de lo absoluto. Al alma céltica se añaden el sentido de lo invisible, la certidumbre del más allá y el culto fervoroso a la Naturaleza.

Esas dos almas, con todo, muchas veces coexisten, o mejor, se superponen en los mismos seres. Ese es el caso en muchos de nuestros compatriotas; en ellos esas dos almas todavía se ignoran, pero habrán de fundirse un día.

¿Será preciso recordar que la doctrina del Cristo ha perdido, en varios puntos, su sentido primitivo? Francia se halló ante una enseñanza teológica que había restringido todas las cosas, reduciendo las proporciones de la vida a una única existencia terrestre, muy desigual según los individuos, para fijarlos a continuación en una inmovilidad eterna. Las perspectivas del infierno hicieron la muerte más temible. Hicieron de Dios un juez cruel que, habiendo creado un hombre imperfecto, lo punía por esa imperfección sin reparación posible. Y de ahí el progreso del ateísmo, del materialismo, que con el tiempo han hecho de Francia una nación, aunque en mayoría céltica, desprovista de fuerza moral, de esa fe robusta y esclarecida que hacía fácil el deber, soportable la prueba y atribuye a la vida un fin práctico de evolución y de perfeccionamiento.

El yugo feudal y teocrático durante largo tiempo ha pesado sobre Francia; después, llegó el momento en que ella retomó su libertad de pensar y de creer. Entonces, se quiso pasar por el cribo toda la obra de los siglos y, sin verificar lo que era bueno y bello, so pretexto de la crítica y del análisis, se hizo un trabajo férreo de disgregación. En determinado momento, nada más se veía en el dominio del pensamiento, a no ser escombros; de lo que había constituido la grandeza del pasado nada ha quedado en pie, y solo restaba el polvo de las ideas.

Escritores de mérito y pensadores concienzudos se han aplicado mucho, en sus obras, a hacer resaltar el valor y el prestigio del Druidismo, pero el fruto de sus trabajos no ha penetrado en las capas profundas de la nación. Hasta hemos tenido el asombro de ver a universitarios, miembros distinguidos de la enseñanza, alinearse con los teólogos para denigrar, para desfigurar las creencias de nuestros antepasados. El trabajo secular de destrucción ha sido tan completo, la noche ha caído tan profunda sobre sus concepciones, que raros se han vuelto aquellos que de él todavía experimentan la potencia y la belleza.

Quedar desprovista de nociones precisas sobre la vida y la muerte, en conformidad con las leyes de la Naturaleza y las intuiciones profundas de la consciencia, sería una gran causa de debilidad y, por tanto, una infelicidad para Francia. Durante siglos ella ha olvidado sus tradiciones nacionales, ha perdido de vista el genio de su raza, como además las revelaciones dadas a sus antepasados para dirigir su escalada hacia un fin elevado.

Esa revelación afirmaba que el principio de la vida en el hombre es indestructible, que las fuerzas, las energías que se agitan en nosotros no pueden quedar condenadas a la inacción, que la personalidad humana está llamada a desarrollarse, a través del tiempo y del espacio, para adquirir las cualidades, las potencias nuevas que le permitirán desempeñar un papel siempre más importante en el Universo.

He aquí que la revelación se repite y se renueva. Como en los tiempos célticos, el mundo invisible interviene. Desde hace casi un siglo la voz de los espíritus se hace oír en todos los lugares de la Tierra. Ella demuestra que, de un modo general, nuestros padres no estaban equivocados. Sus creencias están confirmadas por las enseñanzas de ultratumba en todo cuanto se relaciona con la vida futura, la evolución, la justicia divina, en otras palabras, por el conjunto de las reglas y leyes que rigen la vida universal.

Gracias a esa luz, el infinito está abierto para nosotros hasta sus profundidades íntimas. En vez de un paraíso beato y de un infierno ridículo, hemos entrevisto el inmenso séquito de los mundos, que son las estaciones que el alma recorre en su larga peregrinación, en su ascensión hacia Dios, construyendo y poseyendo en sí misma su felicidad y su grandeza por los méritos adquiridos.

En lugar de la fantasía o del arbitrio, en todas partes despunta el orden, la sabiduría y la armonía.

Para las generaciones que se elevan y buscan un ideal susceptible de sustituir a las pesadas teorías escolásticas, afirmamos: examinad con nosotros esas dos fuentes que forman una sola, confundiéndose en su identidad; examinad las fuentes puras donde nuestros antepasados atemperaron sus pensamientos y su alma. ¡Allí obtendréis la fuerza moral, las cualidades varoniles y el ideal elevado, sin los cuales Francia quedaría entregada a una decadencia irremediable, a la ruina y a la muerte!
* * *
Durante siglos los celtas ocuparon en el occidente de Europa la misma situación. Expulsados del continente por grupos germánicos, y de las Islas Británicas por las invasiones anglosajonas, habían perdido su unidad, pero no su fe en el futuro.

La Galia se convirtió en la Francia, y en ella no se hablaba ya su lengua original, no siendo en la Península Armoricana. En cuanto a las islas, los celtas se repartieron en cuatro pueblos o grupos diferentes, separados por el brazo de mar o por los grandes estuarios, que son: Irlanda, la Alta Escocia, el País de Gales y Cornualles.

¡Qué fuerza moral, qué voluntad perseverante no habrá necesitado esa raza céltica para mantener su lengua, sus tradiciones, su propio carácter! La historia de las persecuciones sufridas por Irlanda, durante diez siglos, es impresionante. El uso del idioma gaélico fue prohibido y cada niño que pronunciase una única palabra en la escuela, era castigado con azotes.

Y, con todo, Irlanda, por su tenacidad, ha triunfado frente a la opresión inglesa. Hoy Irlanda ha reconstituido su lengua primitiva. Es el único país donde sus acentos resuenan como lengua oficial. Los celtas insulares y nosotros (los franceses) no tenemos el mismo verbo, pero sí el mismo pensamiento; sin hablar, nos comprendemos siempre.

En la Bretaña Francesa la persecución fue moral y religiosa en mayor grado. Todos los emblemas del Druidismo, todos los nombres sagrados de los antiguos celtas han sido sustituidos por símbolos católicos y por nombres de santos.

Los menores recuerdos del culto ancestral han sido minuciosamente expurgados. En los tiempos modernos se debe a los galeses el mérito de haber provocado el despertar del alma céltica, es decir, de haber impulsado una corriente de opinión que, reagrupando las partes diseminadas de la raza, restableció el contacto entre ellas.

El movimiento pancéltico, que tiende a hacer converger hacia un fin común los recursos y fuerzas de los cinco grupos célticos, nació en el País de Gales en el año de 1850. Se desarrolló rápidamente y sus consecuencias prometen ser vastas y profundas.

En los últimos cincuenta años, pese a la 1ª Guerra Mundial, la situación de los celtas ha cambiado bastante. Irlanda ha reconquistado su independencia; el Principado de Gales y la Isla de Man gozan de plena autonomía; Escocia trabaja eficazmente para obtener la suya; la Bretaña Francesa es la única que ha permanecido estacionaria.

El primer objetivo a alcanzar era la salvaguarda de las lenguas célticas, garantía de una raza entera. Irlanda lo ha conseguido; los otros dialectos retomaron, también, fuerza y vigor en sus ambientes respectivos. Los profesores que los enseñan están subvencionados por la Liga Céltica. Ésta ha suscitado una unidad de impulso, inicialmente literario y artístico, pero convertido después, poco a poco, en filosófico y religioso.

En 1570 una asamblea solemne llamada “Eisteddfod”, fue presidida por William Herbert, Conde de Pembroke, el gran patrono de la literatura galesa, el mismo que fundó la célebre biblioteca de neogalés del castillo de Raglan, destruida más tarde por Cromwell. En otra reunión, llevada a cabo en Bowpyr en el año de 1681, bajo la dirección de Sir Richard Basset, los miembros del congreso procedieron a una revisión completa de los antiguos textos bárdicos Leyes y Tríadas.

Las asambleas solemnes se llevan a cabo regularmente desde 1819. El “Gorsedd” que las prepara, las organiza, y cuya dirección asume, es una institución libre, cuyos miembros son reclutados en todas las clases de la sociedad.vii Fue, al comienzo, una corte de justicia mantenida por los druidas. A pesar de eclipses temporales y de persecuciones, esa institución se ha mantenido a través de los siglos y todavía es ella la que preside el movimiento general pancéltico.

En el siglo pasado ese movimiento aumentó y las asambleas solemnes de Abergavenny, de Caermarthen, reunían a numerosos representantes de las cinco grandes familias célticas. Lamartine envió su adhesión en forma de un poema; he aquí su primera estrofa:

Y nosotros decimos: ¡Oh! ¡Hijos de los mismos parajes!

Nosotros somos una parte del viejo gladio vencedor;

Mirad nuestros ojos, cabellos y rostros;

¿Nos reconoceréis por el aspecto del corazón?

Más tarde vino el Congreso de Saint-Brieuc, reunido por convocatoria de Henri Martin, de H. de la Villemarqué y de un comité de celtistas famosos. Otras delegaciones célticas atravesaron la Mancha para confraternizar con los bretones franceses.

En compensación, el Congreso de Cardiff recibió la visita de 21 de nuestros compatriotas. En 1897 delegados galos fueron enviados a Dublín para participar en la restauración del “Feis Céoil”. En el ayuntamiento de Dublín, bajo la presidencia del alcalde, Sir James Henderson, Lord Castletown, descendiente de antiguos reyes celtas, dijo estas palabras:

“La Liga Pancéltica, que ha tomado la iniciativa en el Congreso, se propone, únicamente, reunir a representantes celtas de todas las partes del mundo para manifestar a todos su deseo de preservar su nacionalidad y de cooperar para guardar y desarrollar los tesoros de la lengua, de la literatura y del arte que les han legado sus antepasados comunes.”

Asociaciones célticas se fundaron en Francia; la enseñanza superior incluyó la historia y la literatura céltica. Cátedras especiales fueron creadas en la Sorbona, en el Colegio de Francia, en 1870, en Rennes y en Poitiers.

La Revue Celtique fue publicada en París, y no se ha extinguido hasta el momento, estando bajo la dirección principal de Gaidoz y de d’Arbois de Jubainville.

Tras la publicación de las obras célebres de Henri Martin, Jean Reynaud y A. Thierry, un marino ilustre, el almirante Réveillère, pudo escribir:

“Está en el orden de los acontecimientos que los celtas, un día u otro, se agrupen según sus afinidades y formen federaciones para la defensa de sus fronteras naturales y la propagación de sus principios. Es preciso que el Panceltismo se convierta en una religión, una fe… La obra de nuestra época es doble: primero, la renovación de la fe cristiana injertada sobre la doctrina céltica de la trasmigración de las almas, única doctrina capaz de satisfacer la inteligencia mediante la creencia en el perfeccionamiento indefinido del alma humana en una serie de vidas sucesivas; segundo, la restauración de la patria céltica y la reunión en un único cuerpo de sus miembros, hoy separados.”

A menudo Francia envió a esas asambleas a ilustres representantes. Allí comparecieron, sucesivamente, los señores Henri Martin, Luzel, H. de la Villemarqué, de Blois, de Boisrouvray, Rio de Francheville y, más recientemente, Le Braz, Le Goffic, etc. En todos los lugares las delegaciones francesas han sido recibidas con grandes honores y hospedadas en castillos o en ricas casas burguesas. Cuando desfilaban por las calles de las antiguas ciudades galesas o en la entrada de las Asambleas, precedidas por sus tocadores de gaita de fuelle, tocando el aria nacional galesa “Marcha de los hombres de Harlech”, las multitudes les ovacionaban. Por tanto, ¡qué contraste con las delegaciones escocesas, compuestas por personas de alta estatura, con sus poderosas gaitas de fuelle, y cómo, junto a ellas, nuestras gaitas de fuelle eran de flaca apariencia!

A propósito de esa “Marcha de los hombres de Harlech”, el Sr. Le Goffic recuerda un hecho histórico muy conmovedor. En la batalla de Saint-Cast, cuando la armada inglesa desembarcaba en las costas de la Bretaña, una compañía de fusileros galeses avanzó al encuentro de los hombres del Duque de Aiguillon, que defendían el suelo nacional. De las filas de esos hombres se elevó un canto en el cual los galeses reconocieron el himno céltico y, de inmediato, se detuvieron indecisos, admirados. El oficial inglés que los comandaba los interpeló rudamente, diciendo:

- ¿Tenéis miedo?

- No – respondieron – pero por el aria que esa gente canta, reconocemos que son hombres de nuestra raza. Nosotros también somos bretones.viii

La música celta, de una melancolía penetrante, es rica y variada; sus himnos, sus melodías, sus cantos populares son muy antiguos y el Sr. Le Goffic fue llevado a creer que los grandes compositores alemanes se inspiraron en esas músicas. Es cierto que Haendel vivió durante mucho tiempo en Inglaterra y conoció las melodías populares galesas y escocesas. Ciertos fragmentos de Haydn y de Mozart se asemejan, muy cercanamente, a las arias antiguas que datan de dos o tres siglos atrás.

Esas Asambleas, por su ceremonial, podían parecer anticuadas y suscitar burlas por parte de ciertos críticos ignorantes, pero he aquí lo que escribió sobre eso un testigo ocular:ix

“Cuantos hayan visto, en el círculo de piedras sagradas, levantarse al archidruida, un viejo encanecido y alto, con pectoral de oro macizo, con la cabeza ceñida de hojas de roble bronceado, y hayan oído su oración hacia la multitud, inclinada y descubierta, la oración solemne del Gorsedd; cuantos hayan prestado atención especialmente a la emoción religiosa de esa gente y al enorme suspiro que la sacudía, cuando el heraldo desenrollaba la lista fúnebre de los bardos muertos, y después al entusiasmo que se elevaba y todo lo iluminaba – cuando ese mismo heraldo entonaba el aria nacional galesa “La tierra de los antepasados”, repetida al unísono por un formidable coro de veinte mil voces – esos ya no se burlaron del espectáculo y comprendieron la magia poderosa, la fascinación misteriosa que sigue ejerciendo sobre el alma impresionable de los galeses.”

Desde la Gran Guerra (la primera), la propaganda céltica ha tomado un nuevo impulso. La Liga Céltica Irlandesa ha organizado fiestas, reuniones solemnes periódicas, inicialmente en Dublín, después en cada una de las ciudades de Irlanda.

En el País de Gales, muchas Asambleas solemnes se han llevado a cabo. La de 1923 fue presidida por el archidruida de Gales, ayudado por un archidruida australiano y otro de Nueva Zelanda.

Esos detalles nos demuestran que el movimiento céltico se propagó hasta las antípodas. En todos los lugares las multitudes célticas se comportan con pasión en esas Asambleas, donde se celebran torneos de poesía, de música e improvisaciones oratorias. ¡Y, por esas manifestaciones, se renuevan y se aseguran, sin cesar, la vitalidad de la raza, su voluntad de permanecer unida en un pensamiento supremo e importante, unida en un ideal común!

Así se realiza el sueño céltico previsto por los bardos.

A través de las duras vicisitudes de su historia, la raza céltica siempre ha afirmado su voluntad de vivir, su fe inquebrantable en sí misma y en su futuro; y eso principalmente en los momentos en que todo parecía perdido. Pero su obra es puramente pacífica. Lo que se agita en el fondo de su alma no es una necesidad de poderío material, sino tan solo el sentimiento de su noble origen y de sus derechos.

Así dijo Lord Castletown:

“La idea céltica es una idea de concordia y de fraternidad, y eso está escrito en todos los lugares, en las leyendas y en los dogmas filosóficos de la raza.”

Todos los iniciados saben que el Celtismo renovador llevará a Europa este complemento de la ciencia y de la religión que le falta, es decir, un conocimiento mayor del mundo invisible, de la vida universal y de sus leyes. Está ahí, en efecto, el único medio de atenuar el declive de las razas blancas, orientando su evolución en dirección a un objetivo más elevado y de mejores destinos.

Capítulo II

Irlanda

La historia de Irlanda, a través de los siglos, ha sido un largo martirologio. Las persecuciones sufridas han obligado a la mitad de la población a expatriarse, en busca de tierras distantes, dejando la isla reverdeciente, tan querida para los corazones célticos. En menos de un siglo la población ha menguado de ocho a cuatro millones de habitantes. Y desde esa época se encuentran los celtas en todas las partes del mundo.

Esa isla es con todo, tal como hemos visto, el único país donde la lengua céltica se ha revestido de un carácter y de una forma oficial. Rica, maleable, variada en sus expresiones, esa lengua ha dado origen a una literatura rica, en la cual se refleja toda el alma irlandesa, móvil, impresionable, sensible hasta el exceso y apasionada por todas las grandes causas.

Frecuenté, durante cierto tiempo, en el Colegio de Francia, el curso de Literatura Céltica, de d’Arbois de Jubainville. Había entre nosotros muchos irlandeses que oían con avidez la narración de las proezas de su héroe nacional, Couhoulainn. Seguimos el texto gaélico en un libro alemán, porque no había traducción francesa, y esta penuria – preciso es reconocerlo, para nuestra vergüenza – no se encuentra tan solo en este tipo de estudios.

El profesor nos enseñaba que los manuscritos en lengua gaélica datan del siglo V, y al enumerar todos aquellos que fueron publicados hasta el siglo XV, se verifica que ellos representan materia para mil volúmenes.

De esa voluminosa obra brotan dos grandes fuentes de inspiración, que los escritores irlandeses siempre consultan. Inicialmente, son las Epopeyas Primitivas, recopilación de acontecimientos históricos relativos a la lucha, larga y conmovedora, de los insulares contra los sajones invasores y opresores. De ahí sacaban los combatientes de la última guerra de la independencia los ejemplos y el recuerdo que inflamaban su coraje y sostenían su entusiasmo patriótico.

Después, es la Historia Legendaria de los Bardos y las Tríadas, que en el orden filosófico y religioso son como una especie de Biblia para el mundo céltico y cuya paternidad es común a Irlanda y al País de Gales. No quedó fijada por escrito a no ser en el siglo VIII, o al menos no se tienen manuscritos más antiguos. Pero está establecido que esos cantos y esas Tríadas eran transmitidos oralmente, hace muchos siglos, y que su origen se pierde en la noche de los tiempos. Se sabe que la enseñanza esotérica de los druidas estaba reservada únicamente a los iniciados y que no se podía transcribir, a no ser en forma de una escritura en vegetal, simbólica, cuyo secreto solamente era comunicado a los adeptos.

Tan solo con la extinción del poder de los druidas y la persecución a los bardos, se pensó en recoger esa enseñanza y darle publicidad.


* * *
Se encuentran señales de esas altas inspiraciones en toda la obra literaria de Irlanda, junto al culto ardiente de la Naturaleza, que es una de las formas del genio céltico. Su rica poesía refleja el encanto penetrante de esa isla reverdeciente con sus bosques profundos, sus lagos sombríos, sus horizontes brumosos y costas abruptas, recortadas, donde las olas arrojan sus eternos lamentos.

Por todas partes pairan enjambres de almas: duendes, gnomos, genios tutelares o malhechores, entre los cuales se mezclan las almas de los muertos, los espíritus, cuyo fluido material, pasiones, odios y amores los encadenan a la Tierra, haciéndoles andar errantes, aguardando una nueva reencarnación, visto que, en este punto, los textos son formales: Irlanda creía en la pluralidad de las vidas humanas.

En todas las épocas, y quizá más que en ningún otro país, Irlanda ha tenido la intuición, el sentido íntimo y profundo de la vida invisible, del mundo oculto, de ese océano de fuerzas y de vida, poblado de multitudes innumerables, cuya influencia se extiende sobre nosotros y, según nuestras disposiciones psíquicas nos protege o nos atormenta, nos entristece o nos arrebata.

Y eso porque en la historia de Irlanda, como en la de Escocia, los hechiceros ejercen una gran función. Los propios santos poseen poderes misteriosos que podrían compararse al magnetismo y al don de la mediumnidad. Para convencerse de esto se pueden leer las biografías de S. Patricio y de S. Columbano, patronos de la isla.

Dos figuras notables y nobles se destacan en la multitud de poetas y escritores irlandeses contemporáneos. Porque es una verdadera multitud a la que un sutil escritor, S. Téry pasa revista, en su concienzudo y cautivador estudio sobre el movimiento literario de Irlanda.x

De esas dos grandes figuras, una es la de W.B. Yeats (1865- 1939 – Premio Nobel en 1923), considerado como el cabeza del renacimiento de las letras irlandesas y el mayor poeta de la lengua inglesa en nuestro tiempo. “Penetrado de influencias gaélicas, él obtiene su inspiración en las antiguas fuentes nacionales, expresa el alma nostálgica y apasionada de Irlanda.”

Habiendo entrado en la intimidad del gran poeta, S. Téry lo define de un modo original:

“Yeats y su esposa, como tantos irlandeses, son adeptos a las ciencias ocultas. Esas personas se relacionan con espíritus y fantasmas como si se conociesen de antiguo. Ellos se dedican, curiosamente, a los abismos de lo desconocido, se mueven encantados en medio de fenómenos misteriosos de los que nosotros nos apartamos, porque huimos de aquello que no comprendemos. Su musa, porque es celta, gusta de envolverse en velos. Toda la obra de Yeats está llena de un vago misticismo; tiene cierta inclinación inspirada en la teosofía y en las ciencias ocultas.”

Otro escritor de mucho talento también ejerce una influencia no menos importante sobre su país – George Russel (1867-1935) – considerado como la “conciencia de Irlanda”, a quien S. Téry nos presenta en estos términos:

“Teniendo por ascendencia una personalidad magnética, una vida pura, un alma perfecta, Russel reunió en torno a sí todo lo que había de inteligente y de noble en Irlanda, multiplicó la inspiración de todos y les comunicó su llama.

El misticismo de Yeats es más poético, instintivo; el de Russel, consciente, reflexivo. De las vagas aspiraciones sentimentales de la raza celta ante lo desconocido, ante el misterio del mundo, Russel hizo una filosofía, un principio de acción.

Él también es un adepto a las ciencias ocultas, pero cada vez que lo interrogan sobre sus relaciones con lo invisible se muestra lleno de discreción. Cuando lo presionan, dice solamente: “Lo que yo sé es poca cosa; he descubierto que la consciencia puede existir fuera del cuerpo, que es posible, a veces, ver entidades que están muy lejos, que se puede incluso hablar con ellas a cientos de kilómetros: ya han hablado conmigo de esa manera. Sé, por experiencia, que los seres sin cuerpos físicos pueden actuar sobre nosotros profundamente. Uno de ellos me arrojó fluidos vitales y, mientras esto duró, me parecía estar siendo azotado con electricidad. Estoy convencido de acordarme de las vidas pasadas, y he hablado con amigos que se acuerdan igualmente: incluso hemos hablado, juntos, de los lugares donde habíamos vivido. También he visto seres elementales y los he observado juntamente con aquello que fueron mis compañeros de descubrimiento...” xi

La obra de Russel es rica en fugas hacia lo infinito y el Más Allá. Así es como escribe en el encabezamiento de su primer libro, Para la Patria:

“Yo sé que soy un espíritu y que partí otrora del “yo” ancestral para tareas aún no acabadas, pero siempre repletas de la nostalgia del país natal.” – Y afirma de las vidas sucesivas “que son varias etapas que conducen a la sabiduría, a la purificación en la esencia divina.”

Aparte de estos dos escritores, Yeats y G. Russel, justamente célebres, podríamos añadir un gran número de otros menos conocidos, visto que la literatura de Irlanda es una de las más ricas de Europa, por variedad y por el valor de las obras que la componen. Ella expresa con una sensibilidad encantadora, al mismo tiempo que con gran fuerza, las aspiraciones, los sueños, las alegrías y las angustias del alma céltica.

A través de la historia dramática de esa isla, que ha sabido, por sus propios medios y sin ningún auxilio externo, reconquistar su independencia, reencontramos, bajo la pluma de sus escritores, este mismo sabor de los misterios del Más Allá, del sentido encubierto de las cosas, de ese sentimiento profundo de lo oculto que caracteriza a esa raza.

Bajo los velos del Cristianismo aparece el alma primitiva de los antiguos celtas. Ella vibra en la poesía gaélica como en las cuerdas del arpa de Ossián. El mundo invisible es, para sus bardos, una realidad viva, y si se les ocurre, algunas veces, atribuirle nombres y formas fantasiosas, no por eso reconocen menos, bajo sus aspectos diversos e inconstantes, la sobrevivencia y la inmortalidad del alma humana.

Por tanto, en nuestros días, el sentimiento de lo oculto ha tomado, en Irlanda, matices más nítidos y más precisos. Se ha revestido de una forma experimental, tornándose una ciencia, un método que tiene sus reglas y sus leyes. En ese país, como en todo el occidente, los fenómenos del Más Allá son ahora observados, estudiados por técnicos conocedores de los procedimientos de laboratorio, que continúan esos experimentos con riguroso espíritu de control y atención escrupulosa.

Los resultados obtenidos por el profesor Crawford, de Belfast, con la Srta. Goligher tuvieron gran repercusión. Pero la obra más importante sobre esos fenómenos es, ciertamente, la de Sir William Barrett, profesor de la Universidad de Dublín, miembro de la Academia Real de Ciencias, uno de los fundadores de la “Sociedad de Pesquisas Psíquicas de Londres”, de la cual fue presidente honorario. Su libro En el Umbral de lo Invisible,xii traducido al francés (y al portugués), publicado en 1923, es uno de los más notables que se hayan escrito sobre ese vasto tema. Él resume, de forma clara y con una gran profundidad de miras, los frutos de medio siglo de observaciones y experimentos.

Recomendamos su lectura y de él nos limitaremos a citar las bellas conclusiones:

“El cambio más radical del pensamiento, desde la era cristiana, será, probablemente, la aceptación por la ciencia de la inmanencia del mundo espiritual. La fe dejará de estar en duda al esforzarse en concebir la vida de lo invisible, la muerte se despojará del terror que inspira a los propios corazones cristianos, los milagros parecerán tan solo reliquias supersticiosas de un tiempo bárbaro. Por el contrario, si, como creo, la telepatía es indiscutible, si los seres de la Creación se impresionan recíprocamente sin la voz ni la palabra, el Espíritu Infinito, cuya sombra nos cubre, será sin duda revelado, en el correr de los siglos, a los corazones humanos capaces de entenderlo.

A algunas almas privilegiadas les han sido dadas la intuición, la clarividencia, la palabra inspirada, pero todos nosotros, a veces, percibimos una voz dentro de nosotros mismos, débil eco de esa vida más amplia que la humanidad expresa lenta pero seguramente a medida que los siglos pasan. Aun para aquellos que estudiarán esos fenómenos tan solo bajo el punto de vista científico, el lucro será inmenso, haciéndoles más evidente la solidaridad humana, la inmanencia de lo invisible, la soberanía del pensamiento y del espíritu, en otras palabras, la unidad trascendental y la continuidad de la vida.

No estamos separados del Cosmos ni perdidos en él: la luz de los soles y de las estrellas nos alcanza, la fuerza misteriosa de la gravitación une las diferentes partes del Universo en un todo orgánico; la más pequeña molécula y la más distante trayectoria están sujetas al mismo medio. Pero por encima y más allá de esos vínculos materiales, está la solidaridad del espíritu. Del mismo modo que la significación esencial y la unidad de un panal de miel no están en la cera de los alvéolos, sino en la vida y en el propósito de sus constructoras, así el verdadero sentido de la naturaleza no está en el mundo material, sino en el espíritu que le da su interpretación, que da soporte y une, que va más allá y crea el mundo fenoménico por el cual cada uno de nosotros pasa un instante.”




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