Textos Introdutórios Obras Léon Denis o gênio Celta e o Mundo Invisível



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Textos Introductorios
Obra
Léon Denis
EL GENIO CELTA Y EL MUNDO INVISIBLE
Extraído del libro de Henri Regnault – La Muerte No Existe

(Basado en las Obras de León Denis)


Traducción de Teresa

“El Genio Celta y el Mundo Invisible” no es una obra para ser leída por principiantes, sino que los que ya conocen los libros de Léon Denis piensan, sin duda, como yo, que ese trabajo es la apoteosis del pensamiento del Maestro.

Esa obra apareció a finales de junio de 1927 y fue concluida antes de la muerte de Léon Denis, cuyo último pensamiento fue para ese libro.

El 12 de abril de 1927, antes de morir, él expresaba así su tristeza: - “Qué pena que mi libro no haya aparecido”.

Le preguntó a la religiosa que venía a asistirlo con inyecciones dos veces al día:

- ¿De qué región es usted?

- No tenemos país, contestó ella.

Como él insistiese, ella respondió:

- Soy del Departamento de Loira.

- Eso me alegra, le dijo él, es uno de los antiguos santuarios celtas, una región de grandes bosques, de florestas. Y, volviéndose para Gastón Luce, añadió:

- Mire, Luce, mi libro viene en el momento oportuno. Él ha venido de lo Alto. (123)

(123) Ver “Revue Spirite”, mayo, 1927.

En ese libro, Léon Denis, una vez más reconoce que su obra es debida, principalmente, a la colaboración de sus amigos invisibles.

“Por inspiración del Espíritu de Allan Kardec, escribe él, he realizado ese trabajo. En él encontraréis la serie de los mensajes que dictó a los médiums por incorporación, en condiciones que eliminan cualquier mistificación. Durante las conversaciones, Espíritus liberados de la vida terrestre nos han dado sus consejos y sus enseñanzas.”

Ese libro fue bien recibido por la crítica.

En “La France Active”, de enero de 1928, Nonce Casa-nova escribió:

“Es un libro emocionante, que se impondrá a la burla sacrílega de los profanos, el que, por el Espíritu de Allan Kardec, más frecuentemente, nos inicia en los principios que los Druidas ya indicaban a la incredulidad de los hombres: la unidad de Dios, la Sobrevivencia del ser bajo la forma fluídica, la evolución por la escala infinita de los mundos y la pluralidad de las existencias.

¿Cuál es nuestro rumbo en el camino de la vida? Tengo la impresión de que el velo que aún nos oculta las ondas espiritualistas, como hace algunos años nos encubría las ondas hertzianas, no tardará en desvendarse.

“Un viento vendrá de los cuatro rincones del mundo y disipará las sombras”, dijo el Eclesiastés.

Y ese libro reconforta nuestras impaciencias. Es sencillo, de prestigiosa simplicidad, con palabras de apóstol, y nos pone en contacto con las luces secretas, hace reavivarse nuestras almas para siempre, y nos hace penetrar más allá, en la comunión universal”.

En “Psychica”, Pierre Borderieux expresa su opinión:

“Entre aquellos cuya desaparición sería triste para el espíritu de las nuevas generaciones, colocaría a Léon Denis en primer lugar.

El autor de ‘Después de la Muerte’ tiene derecho a ser particularmente eximido entre los numerosos espiritualistas de su época, porque él representa un ser raro en todos los tiempos: el Creyente total, sin hipocresía ni fanatismo, que ha encontrado su camino y sabe en frases armoniosas afirmarlo, sin condenar a quienes no comparten su manera de pensar.

Léon Denis, espírita, se había beneficiado de lo que he dado en llamar ‘favor del Estado’. Él había asistido a muchos experimentos que no convencerían hoy a un enemigo del psiquismo, pero que, por su clareza, habían lanzado en ese cerebro sólido y bien formado aquella certidumbre que Gabriel Delanne gustaría de ofrecer, aunque fuese por suposición, a los burlones del espiritualismo moderno.

Léon Denis fue un apóstol.

Es preciso llevar 30 años en contacto con los medios donde se trata con lo desconocido para saber, como yo y como otros, el bien inmenso que hizo este autor en el dominio espiritual y moral, apoyándose en comunicaciones de mesas y en escrita directa, para defender, sin otra pasión que la Fe, ideas ya combatidas, no solo por la fría ciencia hostil, sino por aquellos que, pasajeros del mismo barco, diferían en opinión sobre la marcha a seguir y sobre la tierra a descubrir.

Con Édouard Schuré, cuya influencia recibió, Léon Denis defendió en el último libro el pensamiento celta. Pensamiento oscuro para quienes no sienten cantar la voz de los ancestros, incomprensible para el extranjero, como puede ser para nosotros, pese a los laudables esfuerzos, el pensamiento oriental.

Léon Denis era poeta y religioso. Si hizo del Celtismo una resurrección religiosa, en el Espiritismo no olvidó que, pese a la helenización y a la influencia de Roma, el espíritu de la independencia ha quedado tan vivo como otrora en las producciones del espíritu y del corazón de los descendientes de los celtas.

Como Allan Kardec, Léon Denis, orador y escritor, creyó discernir por revelación que había vivido entre los celtas, que opusieron el bosque profundo a las embestidas de los bárbaros o de las legiones de un imperio ya decadente. Él tuvo, por las fuerzas que dominaron nuestra historia, enseñanzas cuyo origen es indudable, ante la belleza de la expresión.

Y él consideró un deber transcribir esas voces y esas enseñanzas. Lo hizo con la fe de los Confesores que, entre los dientes de las fieras, podían gritar como él, ante la burla o el sofisma: - ‘Yo creo, yo sé, yo estoy en lo cierto’.

Es preciso leer esa última obra de un gran creyente y no pararse en afirmaciones que parecen un poco ingenuas, es preciso leer con atención.

Quizás haga sonreír, pero será imposible no admirarle la fe profunda.

Quizás un día, en el momento crítico en que sentimos desligarse las ataduras de la Tierra, el escéptico irá a buscar en el fondo de su biblioteca dos obras muy olvidadas por los jóvenes: ‘Dios en la Naturaleza’, de Flammarion y ‘Después de la Muerte’, de Léon Denis.”

Según pienso, Borderieux exagera, pensando que “Después de la Muerte” está olvidada por los jóvenes. No lo creo, porque esa obra ha sido muy reeditada, alcanzando los 550 mil ejemplares, traducida a 14 idiomas. (124)

(124) Nota da Editora: Nótese el volumen de la publicación y la amplia traducción de esta obra para la época.

Según lo que he podido muchas veces constatar, los nuevos adeptos del Espiritismo encuentran en “Después de la Muerte” argumentos suficientes para aceptar la realidad de nuestra Doctrina.

Después, he de añadir, numerosos son los propagadores que harán lo necesario para que los hombres no olviden la obra de aquel cuyo paso por nuestro planeta ha sido fuente de tantos beneficios.

En la “Revista Espírita” de enero de 1927 Léon Denis escribió:

“La cuestión céltica está en el aire y, también, me parece, ha llegado la hora de hablar del trabajo que preparo desde hace mucho tiempo”.

Antes de estudiar el último libro del Patriarca del Espiritismo, conviene que recordemos lo que es Celtismo. Abriendo el Larousse, leemos:

“CELTAS – Pueblo de raza indogermánica, cuyas grandes migraciones se remontan a los tiempos prehistóricos; ese pueblo cubría inicialmente la Europa central, después fue expulsado a Galia, España e Islas Británicas, siendo absorbido por los romanos. Las invasiones celtas llegaron hasta el Asia Menor.

Fue en la Bretaña, en el País de Gales y en Irlanda donde el tipo y la lengua céltica mejor se han conservado.

CÉLTICA – Parte de la Galia antigua, comprendida entre el Sena y el Garona.”

En la “Histoire du Costume Masculin Français” (125), Paul Louis de Giafferi recuerda que César dividía la Galia en tres partes, siendo la tercera habitada por aquellos que, en su idioma, se llamaban Celtas y en latín Galli (galo).



(125) Nota del Traductor: “Historia Del Traje Masculino Francés”.

Por consiguiente, celtas y galos son dos términos sinónimos; estudiando el Celtismo, no se hace más que buscar qué fue exactamente la Galia.

Estudiando la obra de Léon Denis, leyendo sus diferentes libros, se podía prever la publicación del “Genio Celta”. El gran apóstol del Espiritismo tuvo pues, en todos sus actos, una unidad de pensamiento notable.

Ya en su primer libro “Después de la Muerte” había un capítulo entero sobre la Galia y de él extraje algunos renglones: (126)



(126) “Después de la Muerte”, Léon Denis, 32° millar, pág. 61. (Edición francesa)

“La Galia conoció la gran doctrina y la poseyó bajo una forma original y potente, sabiendo extraer de ella consecuencias que no observaron otros países. Hay tres unidades primitivas, decían los Druidas: Dios, la Luz y la Libertad.

Mientras la India ya estaba organizada en castas inamovibles, con límites infranqueables, las instituciones galas tenían por bases la igualdad de todos, la comunión de bienes y el derecho electoral.

Ninguno de los demás pueblos de Europa tuvo, en el mismo grado que nuestro linaje, el sentimiento profundo de la inmortalidad, de la justicia y de la libertad.

Es con veneración como debemos estudiar las tendencias filosóficas de la Galia, porque ella es nuestra gran Madre y encontramos en ella, fuertemente marcadas, todas las cualidades y también todos los defectos de nuestra raza.”

Nada, por cierto, es más digno de atención y de respeto que la doctrina de los Druidas, que no eran bárbaros, como erróneamente se ha creído durante siglos.

En “Después de la Muerte” se aprende cuáles son las creencias de los Celtas, se tiene noción del Druidismo y ya se familiariza con las palabras “annoufn”, “abred”, gwynfyd”, “ceugant”, que se encuentran leyendo “El Genio Celta y el Mundo Invisible”.

“Los Druidas, nos dice Léon Denis, enseñaban la unidad de Dios. Según las Tríadas, el alma se forma en el seno del abismo, (annoufn). Ella ahí reviste los aspectos rudimentarios de la vida y solo adquiere la consciencia y la libertad después de haber estado sujeta, durante largo tiempo, a los bajos instintos”.

He aquí lo que dice el canto del bardo Taliesin, célebre en toda la Galia:

“Existiendo desde toda la antigüedad en el seno de los vastos océanos, no soy nacido de un padre y de una madre, sino de las formas elementales de la Naturaleza, de las ramas, de las plantas, del fruto de los bosques, de las flores de las montañas.

Jugué en la noche, dormí en la aurora. Fui víbora en el lago, águila en las cumbres, lobo en la floresta. Después, marcado por Gvoyon (espíritu divino), por el sabio de los sabios, he adquirido la inmortalidad. Mucho tiempo ha pasado ya desde que yo era pastor. Anduve mucho tiempo errante por la Tierra, antes de hacerme hábil en la ciencia.

En fin, brillé entre los jefes superiores. Revestido de los hábitos sagrados, porté el cáliz de los sacrificios. Viví en cien mundos y me moví en cien círculos.”

“El alma, en su inmenso curso, decían los Druidas, recorre tres círculos, que corresponden a los tres estados sucesivos. En “annoufn”, sufre el yugo de la materia; es el período animal. Después, penetra en “abred”, círculo de las migraciones que pueblan los mundos de expiación y pruebas; la Tierra es uno de esos mundos.

El alma se encarna muchas veces en su superficie. A costa de una lucha incesante, ella se libra de las influencias corporales y deja el ciclo de las encarnaciones para alcanzar “gwynfyd”, círculo de los mundos felices o de felicidad.

Allí se le abren los horizontes encantadores de la espiritualidad.

Más alto aún se hallan las profundidades de “ceugant”, círculo del Infinito, que encierra todo lo demás y solo pertenece a Dios. Lejos de aproximarse al panteísmo, como la mayor parte de las doctrinas orientales, el Druidismo se aleja por una concepción bien diferente de la Divinidad”.

En “El Problema del Ser y del Destino” Léon Denis nos muestra que los Druidas conocían la finalidad de nuestra evolución:

“Cada uno de nosotros posee ese genio particular que los Druidas llaman “l’aven”, es decir, la aptitud primordial de todo ser para realizar una de las formas especiales del pensamiento divino.

Dios ha puesto en el fondo del alma los gérmenes de las facultades poderosas y variadas; con todo, una de las formas de su genio está llamada a desarrollarse por encima de todas las otras, mediante un trabajo constante, hasta llevarla a su punto máximo.

Esas formas son innumerables. Son los aspectos múltiples de la inteligencia, de la sabiduría y de la belleza eternas: la música, la poesía, la elocuencia, el don de la invención, la previsión del futuro y de las cosas ocultas, la ciencia o la fuerza, la bondad, el don de la educación, el poder de curar, etc.”

Estudiando el libre albedrío, el apóstol del Espiritismo no olvida indicarnos que:

“La noción de libertad había sido formulada por los Druidas desde los primeros tiempos de nuestra historia”. Ella está expresada en estos términos en “Las Tríadas”: - Hay tres unidades primitivas: Dios, la Luz y la Libertad”.

Las Tríadas son un resumen de la síntesis de los Druidas; es como el Evangelio para la religión católica.

Se podría observar que la enseñanza de los Druidas se transmitía oralmente, como las enseñanzas de Cristo.

“Durante cerca de medio siglo después de la muerte de Jesús, la tradición cristiana, oral y viva, es como el agua corriente de la que puede servirse cada cual.

Ella está divulgada por la predicación, por la enseñanza de los apóstoles, hombres sencillos, iletrados, a excepción de Pablo, versado en letras.

Solo entre los años 60 y 80 aparecieron los primeros relatos escritos.” (127)

(127) “Cristianismo y Espiritismo”, Léon Denis, 12° millar, pág. 26 (Edición francesa)

En “Juana de Arco, Médium”, encontramos igualmente numerosos pasajes en los cuales Léon Denis se ocupa del Celtismo; cuando describe el campo loreno, no olvida recordar que:

“Toda la región es plena de recuerdos célticos; nuestros antepasados habían erigido allí un altar de piedra. Esas fuentes sagradas, esas sombras austeras fueron testigo de las ceremonias del culto druídico. El alma de la Galia vive y palpita en esos lugares. Sin duda ella hablaba al corazón de Juana, como todavía hoy habla al corazón de los patriotas y de los creyentes esclarecidos. (128)

(128) “Juana de Arco, Médium”, Léon Denis, 5° millar, pág. 22. (Edición francesa)

Para Léon Denis, el coraje manifestado por Juana de Arco, su intrepidez, su heroísmo, su resignación frente a los sufrimientos, evocan obligadamente las reminiscencias de la manera de ser de nuestros ancestros que temían tan poco a la muerte, que combatían con el rostro descubierto y el cuerpo semidesnudo; sabiendo hasta qué punto nuestros despojos mortales tienen poca importancia, dejaban en el campo de batalla los cuerpos de los que habían cesado de vivir.

En “El Mundo Invisible y la Guerra”, Léon Denis habla, igualmente, del Celtismo; muestra lo que es el Día de Difuntos (129) en la trinchera, en 1916, a un joven soldado que, espírita y médium, medita largamente.

(129) Es curioso recordar que se debe a los galos un día cada año de conmemoración para los muertos. En “Después de la Muerte”, Léon Denis escribe: “La conmemoración de los muertos es de origen gala. El 1º de noviembre se conmemoraba la fiesta de los espíritus, no en los cementerios – los galos no homenajeaban a los cadáveres – sino en casa, donde los bardos y los creyentes evocaban las almas de los muertos. Nuestros ancestros poblaban los bosques y las llanuras con espíritus errantes. Los Duz y los Korrigans eran almas en busca de una nueva encarnación”.

“La noche se extiende sobre la llanura. Entre las nubes, las estrellas proyectan sobre la Tierra sus rayos trémulos, como pruebas de amor, como testimonios de la solidaridad inmensa que liga a todos los seres y todos los mundos. Con la paz, la confianza y la esperanza bajan a su corazón. Ciertamente él sabrá cumplir su deber. Él se bate para defender su patria invadida y por ella sabrá soportar todas las privaciones, todas las fatigas; sin embargo, la violencia de la guerra no ahogará en él el sentimiento superior del orden y de la armonía universales”.

Como para los celtas, sus antepasados, los cadáveres tendidos sobre el suelo no son más que envoltorios inútiles que la tierra se apresura a recibir en su seno maternal.

En las profundidades de cada uno de nosotros subsiste un principio imperecedero contra el cual todos los furores del odio, todos los asaltos de la fuerza bruta nada pueden.

Es de ahí, de ese santuario íntimo, de donde renacerá, tras la tempestad, la aspiración humana por justicia, piedad y bondad”. (130)

(130) “El Mundo Invisible y la Guerra”, Léon Denis, pág. 59. (Edición francesa)

Mientras tanto, en 1926, (131) en la trinchera, un joven soldado meditaba; médium, recibía comunicaciones de sus amigos del Más Allá.



(131) Nota da Editora: Aunque en el original conste 1926, la guerra a que se refiere el autor es la Gran Guerra que ocurrió de 1914 a 1918.

Estudiando el libro “Cristianismo y Espiritismo”, refuté los argumentos de la crítica de la obra de Léon Denis, hecha en “Études”, por el Rev. Padre Lucien Roure.

Recordamos que el religioso acusaba a Léon de haber plagiado totalmente “Los Grandes Iniciados”. Es evidentemente un error, no obstante hay entre los dos espiritualistas, Léon Denis y Edouard Schure, una gran semejanza: ambos son defensores ardorosos del Celtismo.

En “Grandes Légendes de France”, mi eminente amigo Édouard Schuré narra las leyendas de la Bretaña y muestra el potencial del genio celta.

“El alma céltica es el alma interior profunda de Francia. De ella nacen los impulsos elementales como las altas inspiraciones del pueblo francés.

Impresionable, vibrante, impetuosa, ella corre a los extremos y tiene necesidad de ser dominada para encontrar su equilibrio.

Entregada al instinto, ella será la cólera, la rebelión, la anarquía; conducida a su esencia superior, se llamará: intuición, simpatía, humanidad.

Druidesa apasionada o vidente sublime, el alma céltica es en nuestra historia la gloriosa vencida, que siempre sobrevive en sus derrotas. La gran adormecida que siempre resucita de sus sueños seculares.

Aplastada por el genio latino, oprimida por el poder francés, cribada de ironía por el espíritu galo, la antigua profetisa ya no surge de su espesa floresta.

Ella reaparece siempre joven, y coronada con ramas verdes.

Los más profundos letargos anuncian sus más brillantes despertamientos, porque el alma es la parte divina, el lar inspirador del hombre. Y, como los hombres, los pueblos tienen un alma. Si ésta se oscurece y se extingue, el pueblo degenera y muere; si se enciende y brilla con toda su luz, completará su misión en el mundo.

Ahora bien, para que un hombre o un pueblo culmine toda su misión es preciso que su alma alcance la plenitud de su consciencia, la entera posesión de sí misma.” (132)



(132) “Le Réve d'une Vie”, Edouard Schuré, pág. 298.

En “La Druidesse”, Edouard Schuré estudia el despertar del alma céltica.

En “Le Rêve d’une Vie”, indica que desde los 20 años tuvo la ambición de personificar el alma céltica. Numerosos son los escritores que han juzgado necesario estudiar apasionadamente la cuestión céltica.

Con la “Velléda des Martyrs” Chateaubriand despertó el Celtismo en la literatura francesa.

Entre las obras que han exaltado el celtismo, citaremos tan solo:

“Barzaz-Breiz”, de La Villemarqué.

“La Poésie des Races Celtiques”, por Ernest Renan.

“La Mythologie, la Littérature, Époque Celtiques”, por Arbois de Jubainville.

“L'Histoire des Gaulois”, por Emile Jullian.

“Le Manuel des Antiquités Celtiques”, por Dottin.

“L'Âme Bretonne”, por Charles Le Goffic.

“Au Pays des Pardons”, por Anatole Le Braz.

“L'Esprit de la Gaule”, por Jean Reynand.

“Philosophie Gauloise”, por Gatien Arnoult.

“El Celtismo, escribió Jacques Reboul, en “Sous le Chêne Celtique”, es simplemente la Francia en su más alto potencial, la Francia más allá de la Historia.”

Escribiendo “El Genio Celta y el Mundo Invisible”, Léon Denis tenía por objetivo elucidar el problema de los orígenes de Francia, demostrar que existe una coincidencia muy grande entre el Espiritismo y el Druidismo.

Él quería llevar a todos los franceses a reflexionar sobre su origen y a darse cuenta de sus deberes para permitir a nuestro país salir de los problemas de la guerra de 1914-18.

Para comprender bien el objetivo de Léon Denis, es preciso leer uno de sus artículos, publicado por la “Revista Espírita” de enero de 1927. Voy a resumirlo y comentarlo.

Él recuerda que, desde hace una decena de años, Francia atraviesa una de las mayores crisis de su historia; a causa de la lucha que tuvo que sostener, derramó su sangre y su oro.

Nuestro País sufre con rivalidades entre partidos del interior y de fuera, amenazado no solo por la envidia de los que están celosos de su prestigio moral en el mundo entero, sino además por el odio de aquellos que, justamente castigados, parecían querer preparar una revancha.

Francia está también en el punto de mira del egoísmo de ciertos pueblos que, tras haber combatido a su lado, buscan ahora sus intereses particulares, sin ocuparse del interés general del mundo.

Hay, pues, necesidad absoluta de luchar contra ese estado de cosas, lo cual se puede hacer, especialmente, instituyendo una enseñanza popular mejor que la enseñanza materialista, que en las jóvenes generaciones crea seres sin escrúpulos, egoístas, para quienes el odio y la envidia son moneda corriente. Esto es tan verdadero que la criminalidad de los jóvenes aumenta de forma inquietante. El 23 de febrero de 1928 “Le Journal” anunciaba el apresamiento, en París, de una banda llamada “bolsillos rotos”, cuyo jefe tiene tan solo 14 años.

Esto hace temblar. Si se diese otra educación a los niños, si les hiciesen conocer las cosas útiles, enseñándoles la finalidad de su venida a la Tierra, por qué tendrán que sufrir probaciones, ciertamente se podría leer en los periódicos otra cosa y no la relación de los crímenes o de los suicidios de los jóvenes.

No obstante los desórdenes morales de nuestra época, Léon Denis nos aconseja mantener la confianza, pues en medio de las presentes dificultades, la voz grave de los antiguos celtas se hará oír.

Algunos podrán discutir si es útil desenterrar del polvo de los siglos viejas creencias que, según ellos, ya no corresponden a los fines de nuestra época incrédula.

Podremos contestarles que eso es indispensable, que su doctrina es tan rica cuanto la del Druidismo, que nuestros ancestros galos ya conocían el medio de comunicarse con lo Invisible. Gracias a esas manifestaciones, ellos tenían la certidumbre de que la muerte no es más que una apariencia y que la evolución de los seres continúa después de la muerte del cuerpo físico.

Por lo demás, se debe a su creencia el hecho de que, entre todos los pueblos, el celta sea el que mejor ha aceptado la enseñanza del Cristianismo primitivo. Estaban realmente preparados para ese conocimiento debido a sus propias aspiraciones.

Naturalmente se trata del verdadero Cristianismo, enseñado por los padres que conocieron a Jesús y no del Catolicismo, en el cual las enseñanzas del Cristo han sido poco a poco deformadas.

Léon Denis muestra que las instituciones de los galos eran republicanas, democráticas y que en ellas es donde ha de buscarse la fuente de las aspiraciones igualitarias y liberales del pueblo francés. Léon Denis termina así su artículo:

“Vivimos en tiempos de sanción y de liquidación, en períodos en que los acontecimientos de la Historia se acumulan con dificultades de todas clases. Es una especie de encrucijada, donde las consecuencias del pasado se yerguen y se chocan.

Los pueblos han vivido durante mucho tiempo sin la preocupación de las leyes superiores y sin ningún propósito austero de vida.

Las privaciones, los sufrimientos, son el rescate del pasado. Es preciso reparar, remediar. Es el purgatorio soñado por la Iglesia, pero colocado al lado del Cielo, porque él existe a nuestro alrededor, en los estrechos campos de nuestras reflexiones, de nuestras observaciones y demuestra la existencia de una justicia inmanente de la cual podemos libremente dudar, pero que es preciso aceptar inexorablemente.

La impresión que se destaca, para nosotros, de los hechos acumulados, es la de un mundo en gestación, en cuyo seno se elaboran, lenta y dolorosamente, los elementos de una consciencia, de una fe y de una nueva civilización.

En medio de la confusión de las ideas y de las fuerzas en lucha, mal distinguimos los rasgos de la nueva obra que se prepara, pero en la cual, si buscamos indagar, constataremos que el espiritualismo, bajo sus diversas formas, gana terreno poco a poco, y que el materialismo retrocede.

Las masas sienten, confusamente, la existencia de las fuerzas y del mundo invisible. Ellas tienen la intuición vaga de que la vida no se limita al restricto campo que le trazan los horizontes terrestres, y en el fondo de las almas, despierta una aspiración hacia cualquier cosa mejor y más elevada.

Es preciso, pues, dirigir las aspiraciones de todos hacia una posibilidad de felicidad general. Es preciso buscar los medios de dar, realmente, a todas las criaturas la misma oportunidad de bienestar y de felicidad, en el curso de su existencia.

Daré sobre este asunto algunas indicaciones, en el capítulo de este libro: “El Espiritismo en la Vida Social”.

“El Genio Celta y el Mundo Invisible” comporta tres partes: en la primera, Léon Denis estudia los países celtas. Buscando, inicialmente, su origen, nos muestra que los países celtas son: Irlanda, el País de Gales, Escocia, la Bretaña, la Auvernia, Lorena y los Vosgos.

La segunda parte es un estudio más profundo del Druidismo. Se ve allí que la reencarnación era admitida por los Druidas, que su religión revelaba “un sentido profundo del mundo invisible y de las cosas divinas”.

Con su habitual franqueza, Léon Denis no oculta una grave dificultad: la del sacrificio humano practicado por los celtas.

“Con todo, escribe él (133), una sombra se extiende sobre el Druidismo. La Historia nos muestra sacrificios humanos que se llevaban a cabo bajo los grandes robles; la sangre corría bajo las mesas de piedra. Reside ahí, quizá, el error capital, el lado imperfecto de ese culto, tan grande desde otros puntos de vista”.

(133) Ídem, pág. 196.

No olvidemos, sin embargo, que todas las religiones en sus orígenes, todos los cultos primitivos, se mojaron en sangre.

Es preciso recordar asimismo los suplicios y las hogueras de la Inquisición, todas esas inmolaciones que no son únicamente atentados contra la vida, sino, además, ultrajes a la conciencia.

¿No son más odiosos esos sacrificios que los de los Druidas, en los cuales solo figuraban criminales o víctimas voluntarias?

Es preciso recordar que los Druidas eran, al mismo tiempo, magistrados y ejecutores de la justicia. Los condenados a muerte, los sacrificados, eran ofrendas en holocausto a Aquel que era para ellos la fuente de justicia.

Era un acto sagrado y, para hacerlo más solemne, para permitir al condenado entrar en sí mismo y prepararse para el arrepentimiento, dejaban transcurrir siempre un intervalo de cinco años entre la sentencia y la ejecución.

¿No eran esas ceremonias expiatorias más dignas que las ejecuciones de nuestros días, en las cuales contemplamos a un pueblo que se dice civilizado pasar las noches alrededor de los cadalsos, atraído por el aparato de un espectáculo hediondo y de impresiones malsanas?

Los sacrificios voluntarios entre los galos también se revestían de un carácter religioso. Sus sentimientos profundos sobre la inmortalidad los hacían fáciles para nuestros antepasados. El hombre se ofrecía como una hostia viva por la familia, por la Patria, por la salvación de todos.

No obstante, todos esos sacrificios han caído en desuso y se han vuelto raros en tiempos de Vercingétorix. Se contentaban, en lugar de llevarlos a la muerte, con extraer algunas gotas de sangre de los fieles, tendidos sobre las piedras de los dólmenes”.

La tercera parte de “El Genio Celta y el Mundo Invisible” comporta un estudio del mundo invisible.

Tras haber indicado a sus lectores que es preciso comprender la experimentación espírita, Léon Denis presenta mensajes debidos a Juana de Arco, Allan Kardec y Michelet.

Algunos, quizá, se verán tentados a reprochar a Léon Denis el haber así aceptado la firma de grandes nombres; con todo, el célebre espírita estaba al corriente de todas las objeciones hechas contra el Espiritismo y si, en su última obra, no vaciló en publicar un ciento de páginas de mensajes mediúmnicos, diciendo qué personalidades los habían enviado, ello fue después de reflexionar maduramente y de haber adquirido las pruebas de identidad de los espíritus comunicantes.

Por lo demás, previendo la objeción, el Maestro escribió: (134)

(134) Ídem, pág. 251.

“Ya hemos publicado una serie de los mensajes dictados mediante incorporación mediúmnica por los grandes y generosos Espíritus que desean colaborar en nuestra obra”.

La autenticidad de tales documentos reside no solo en ellos mismos, por el hecho de que sobrepasan en mucho el alcance de la inteligencia humana, sino además en las pruebas de identidad que a ellos se ligan.

Así, en el curso de nuestras conversaciones con el Espíritu de Allan Kardec, éste entró en detalles precisos sobre su sucesión y las discusiones surgidas sobre ese tema entre dos familias espíritas, con particularidades que el médium no podía en absoluto conocer, por ser entonces una pequeña criatura descendiente de padres ignorantes del Espiritismo.

Esos detalles estaban borrados de mi propia memoria y solo he podido reconstituirlos tras laboriosas búsquedas de informaciones.

En cuanto a su valor científico y moral, veremos que los temas tratados en esos mensajes alcanzan el más alto grado de la comprensión humana actual. La sobrepasan incluso, en ciertos casos, pero nos permiten, en cambio, entrever la génesis de la vida universal.

Considerando esa obra, desde su punto de vista, los autores nos dicen que se podrá encontrar en ella una orientación nueva que, desde el grado de evolución a que hemos llegado, solo es compatible “con la fase de comprensión y resistencia del cerebro humano”.

Recordamos, con todo, a los que lo hayan olvidado, que a menudo los Espíritus sufren grandes dificultades para expresarse a través de un organismo, de un cerebro extraño, nociones e ideas poco familiares a este último. Es precisamente el caso en que se encuentran nuestro médium y la cuestión celta.”

Se dice, añade Léon Denis, que Allan Kardec se habría reencarnado en Le Havre, desde 1897; “él habría, por entonces, llegado al trigésimo año de su nueva existencia terrestre, admitiéndose que un espíritu de valor haya esperado tan largo tiempo para revelarse a través de obras o de acciones adecuadas. Por cierto, Allan Kardec no se comunicó tan solo en Tours, sino que asimismo lo hizo en otros varios Centros Espíritas de Francia y Bélgica”.

Aunque Allan Kardec se hubiese realmente reencarnado, esto no tendría importancia.

En febrero de 1928, en una conferencia de propaganda que yo impartía en Douai, alguien creyó impresionarme mucho diciéndome:

- “Tú no puedes lograr hacernos comprender todo eso, pues pretendes poder estar en comunicación con los muertos. Me gustaría admitirlo, pero dices además que los Espíritus, después de su muerte, deberán reencarnarse”.

Si yo perdí a mi padre y si él retoma otro cuerpo veinticinco años más tarde, ¿no podrá, pues, nunca más manifestarse?

Esa objeción no era tan embarazosa como podría parecer. En la primera parte de mi charla había, en efecto, demostrado que el alma de la criatura existe y puede manifestar esa existencia con ayuda de las diversas mediumnidades y, entonces, respondí: (135)



(135) Ver, a propósito, Gabriel Delanne - “Apariciones Materializadas de Vivos”, “El Alma es Inmortal”. Ahí se constatará que seres humanos vivos, situados en un lugar con su cuerpo físico, han podido manifestar la realidad de su cuerpo psíquico, ya por la escritura, por la incorporación, por la materialización o por la aparición. Incluso han sido fotografiados fantasmas de vivos.

Ver, también, a “Revista Espírita” de junio de 1928, en el artículo de Gabriel Gobron sobre manifestación de vivos.

- “Si un Espíritu deja el Más Allá para reencarnarse en la Tierra, eso no le impediría manifestarse, pues el alma de los hombres puede algunas veces dejar el cuerpo físico”.

En el momento en que el alma está desligada del cuerpo físico y puede así manifestar su presencia, dos casos pueden producirse: o bien el alma se manifiesta, acordándose de que está encarnada, o bien asume su capacidad completa y le es posible retornar a una de sus existencias anteriores.

Por tanto, incluso en el caso de una prueba absoluta de que esos seres están actualmente reencarnados, eso no impediría que, en el curso de esa reencarnación, su Espíritu pudiese manifestarse y tomar, momentáneamente, no la apariencia de lo que es, sino la de lo que fue otrora.”

Esto comprueba muy bien – incluso aunque alguien pudiese probar que Allan Kardec está reencarnado – que nosotros tenemos derecho a dar a las afirmaciones de Léon Denis todo el crédito que merecen y a creer que los mensajes dados en la tercera parte de su libro “El Genio Celta y el Mundo Invisible” son realmente mensajes de Allan Kardec, Jules Michelet, el Espíritu Azul y Kasuli.

Mejor dicho, poco importa que no quieran admitirlo; seremos obligados a reconocer que tales comunicaciones son la emanación de un pensamiento noble, bello y justo.

“El Genio Celta y el Mundo Invisible” contienen consejos muy juiciosos y, si pudiésemos seguirlos, llegaríamos a ser santos. Por lo demás, el Espiritismo tiende realmente a permitir a sus adeptos cierto progreso desde el punto de vista moral.

Procuremos, pues, difundirlo y así prepararemos para nosotros un futuro mejor y trabajaremos por la renovación de nuestra raza. Sería necesaria, principalmente, una educación espírita para los niños.

En una actividad bastante diferente del Espiritismo, me ocupo, desde 1927, de una encuesta en las municipalidades de Francia para conocer los progresos de la higiene en nuestro país.

El alcalde de Libourne me escribía que, deseando hacer a su municipio más próspero, no había vacilado en pedir grandes sacrificios para tener escuelas modernas.

Los niños, antes de las clases, son obligados a lavarse las manos y a cepillarse los dientes. Naturalmente cada uno tiene sus objetos personales en un pequeño cobertizo, y así, se enseña a esos niños la necesidad de la limpieza, cosa que no olvidarán durante toda su vida.

Sería preciso generalizar el ejemplo de Libourne, desde el punto de vista de la higiene corporal. En lo que atañe a la higiene moral, sería necesario enseñar el Espiritismo, no solo a los adultos como también a los niños.

Durante mis viajes de propaganda, suelo muchas veces hablar a espíritas sobre la instrucción de sus hijos y, a veces me contestan que no se debe hablar de esas cuestiones con los jóvenes. Según mi punto de vista, eso es un error.

No olvidemos nunca: “el responsable de la educación de los niños, es capaz de cambiar la faz del mundo”, como muy justamente escribió Leibnitz.

Por tanto, si queremos transformar lo que hay de equivocado en nuestro país y en nuestro mundo, debemos enseñar el Espiritismo a los niños.

En las horas de angustia, en los minutos de lucha, pensemos en la vida de Léon Denis y en su obra. Hallaremos así el coraje para saber vivir bien, principalmente para vivir según nuestras teorías, para dar ejemplo, para aplicar la enseñanza espírita y recordar las palabras de Séneca:



“No hay hombres que más daño hagan al género humano, que los que viven de modo contrario a como enseñan a otros que se debe vivir”.
FIN

www.autoresespiritasclassicos.com
Léon Denis
El Genio Céltico

y el Mundo Invisible



Léon Denis, a la edad de 50 años
Conforme a la edición de 1927

Unión Espiritualista Francesa y Francófona
Traducido del original al portugués por: Joana

Traducido del portugués al español por: Teresa
Web espírita:

http://ideiaespirita.blogspot.com/index.html

Resumen del contenido

Este fue el último trabajo de Léon Denis, uno de los grandes apóstoles del Espiritismo, que tuvo la misión de divulgar y engrandecer la Filosofía Espírita.

En esta obra el autor presenta un minucioso estudio sobre los países célticos, el origen de los pueblos celtas y la estrecha relación existente entre su religión – el Druidismo – y los fundamentos de la filosofía espírita.

Aparte de una importante documentación histórica, Léon Denis nos presenta la ascendencia espiritual que concurrió a la formación filosófica y moral de los franceses, descendientes directos de los pueblos celtas.

En el contenido de la obra colaboraron importantes Espíritus que vivieron en suelo francés, como Allan Kardec, Jules Michelet y Jehanne de Domremy (Juana de Arco).

_ _ _ _ _


“El pasado nunca muere completamente para el hombre.

El hombre puede olvidarlo totalmente, pero ese pasado

permanecerá siempre registrado en su interior. Porque tal como

él es el mismo en cada época, él es simultáneamente

el producto y el resumen de todas las épocas anteriores.”
Fustel de Coulanges – La Ciudad Antigua.

_ _ _ _ _




Sumario


Introducción 24

Capítulo II Irlanda 45

Capítulo III El País de Gales. Escocia. La obra de los bardos 52

Capítulo IV La Bretaña francesa. Remembranzas druídicas 61

Capítulo V La Auvernia. Vercingétorix, Gergovia y Alesia 71

Capítulo VI La Lorena y los Vosgos. Juana de Arco, alma céltica 82

Segunda Parte El Druidismo 94

Capítulo VII Síntesis de los druidas. Las Tríadas; objeciones y comentarios 94

Capítulo VIII Palingenesia: preexistencias y vidas sucesivas. La ley de las reencarnaciones 107

Capítulo IX La religión de los celtas, el culto, los sacrificios, la idea de la muerte 141

Capítulo X Consideraciones políticas y sociales. El papel de la mujer. La influencia céltica. Las artes. Libertad y libre albedrío 155

Tercera Parte El mundo invisible 163

Capítulo XI La experimentación espírita 163

Capítulo XII Resumen y conclusión 175

Capítulo XIII Mensajes de los invisibles 180






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