Tesis doctoral


- Variables sociodemográficas y agresión infantil: clase social, edad y sexo



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2.4.- Variables sociodemográficas y agresión infantil: clase social, edad y sexo

Dentro de conjunto de lo que denominamos variables sociodemográficas, tres han sido las variables ampliamente investigadas: la edad, el sexo y la clase social. De forma resumida, recogemos los principales hallazgos de la investigación resultante entre estas variables respecto de la agresión.


2.4.1.- Clase social

En líneas generales, las clases sociales deprimidas acumulan factores de riesgo que producen un incremento de las conductas violentas y agresivas. El nivel socioeconómico condiciona el logro escolar, las interacciones verbales entre padres e hijos, las expectativas de los padres sobre el éxito de sus hijos, el estado de salud, las actitudes de los profesores, las relaciones afectivas positivas, los eventos estresantes vividos, así como las estrategias de disciplina y control (McLoyd, 1991). En las familias de clases desfavorecidas, se ha constatado menor supervisión escolar, mayor exposición a programas televisivos, menor acceso a actividades culturales y de ocio, mayor frecuencia de violencia doméstica, mayor presencia de estilos educativos autoritarios o permisivos, mayor desestructuración familiar, mayores problemas de salud mental en los padres y menor posibilidad de detección de los problemas y tratamiento de los mismos (Evans, 2004; McLoyd, 1998; O'Connor, Deater-Deckard, Fulker, Rutter, & Plomin, 1998; Simons, Johnson, Beaman, & Conger, 1993). De todos estos datos, cabría concluir que, si bien, la clase social baja no es en sí misma una variable explicativa de los problemas infantiles en general, ni de la agresión, en particular, la gran cantidad de factores de riesgo vinculados a las familias desfavorecidas es el mecanismo explicativo de la incidencia de la agresión en esta clase social (Guerra, Huesmann, Tolan, Van Acker, & Eron, 1995; Harrist, Pettit, Dodge, & Bates, 1994).


2.4.2.- Edad

El estudio del curso de la agresión, anteriormente expuesto, ha mostrado que el desarrollo de la agresión a lo largo de los años no es unívoca y se ajusta a diferentes trayectorias (Brame, et al., 2001). Los trabajos que han estudiado la conducta agresiva en relación con la edad han mostrado que la agresión en todas sus formas muestra un claro incremento a medida que los sujetos crecen (Caprara & Pastorelli, 1993; Haapasalo & Tremblay, 1994; Pastorelli, Barbaranelli, Cermak, Rozsa, & Caprara, 1997; Smith, Cowie, Olafsson, Liefooghe, Almeida, Araki, del Barrio, Costabile, Dekleva, Houndoumadi, Kim, Olaffson, Ortega, Pain, Pateraki, Schafer, Singer, Smorti, Toda, Tomasson, & Wenxin, 2002), destacando dos momentos de especial relevancia a lo largo del desarrollo y sobre los que debiéramos extremar nuestra atención: alrededor de los 17 meses, edad en la que se produce un aumento significativo en la frecuencia de la conducta agresiva (Tremblay, et al., 1999), y en la adolescencia temprana, a los 12-13 años (Loeber & Stouthamer-Loeber, 1998). Si analizamos extensos intervalos de edad, la agresión física disminuye porque tiende a sustituirse por formas de agresión más socializada, como la agresión verbal o indirecta. Esto hace que, especialmente desde los primeros años de vida hasta los años escolares, la agresión física disminuya en un primer momento, como consecuencia del control inicial de los adultos, aunque luego se incremente hasta la adolescencia.


2.4.3.- Sexo

La mayor parte de los trabajos que han estudiado las diferencias por sexo en agresión hallan que los varones muestran mayores niveles de agresión que las mujeres, especialmente, cuando se trata de agresión física (Caprara & Pastorelli, 1993; del Barrio, Moreno, & López, 2001; Mestre, Samper, & Frías, 2002; Pastorelli et al., 1997). Cuando las diferencias por sexo, se estudian con niños menores de tres años, las manifestaciones en agresión parecen ser muy cercanas o equiparables entre niños y niñas (Gunnar, Porter, Wolf, & Rigatuso, 1995; Keenan & Shaw, 1997; Moffitt, Robins, & Caspi, 2001; Prior, Smart, Sanson, & Oberklaid, 1993). Sin embargo, hay algunas investigaciones que apuntan algunas diferencias en la reactividad de niños varones de 6 meses ante situaciones de frustración frente a niñas de la misma edad (Gunnar, et al., 1995). En lo que a la agresión física se refiere, algunos trabajos han mostrado que las diferencias de sexo se inician hacia los 3 años. Crick, Casas y Mosher (1997) encontraron que los profesores informaban de más agresión en los niños varones de 3 a 6 años que en las niñas. Datos similares fueron los hallados por Kingston y Prior (1995) quienes mostraron que las madres informaban de más agresión en los niños varones de 3 y 8 años. Cuando se han evaluado otras conductas exteriorizadas, próximas a la conducta agresiva, los niños varones también han presentado mayores problemas que las niñas. Por ejemplo, Stanger, Anhenbach y Verhulot (1997) informaron que las escalas de delincuencia en el CBC eran mayores en los niños que en las niñas desde los 4 años hasta los 18. Moffit et al. (2001) usaron datos de Dunedin Study, e identificaron dos grupos de individuos antisociales desde los 5 hasta los 18 años. Las diferencias de sexo eran especialmente pronunciadas en las conductas más problemáticas desde los 5 años. Los chicos tenían un nueve por ciento más de problemas de conducta que las chicas.

En un trabajo reciente de metanálisis, en el que se revisan 148 estudios sobre las diferencias de sexo en niños y adolescentes (Card, Stucky, Sawalani, & Little, 2008), los resultados muestran que los varones son más agresivos que las mujeres, fundamentalmente en agresión directa. Cuando se analiza la agresión indirecta, las diferencias llegan a reducirse aunque siguen siendo mayores en los varones. No obstante, tanto la agresión directa como indirecta mostraban altas correlaciones, especialmente entre los varones. Lo que indica que los varones utilizan las diferentes vías de agresión para infringir daño y las mujeres utilizan más las vías indirectas. La agresión directa se relacionó con problemas exteriorizados y con relaciones deficientes entre los compañeros; mientras que la agresión indirecta, con problemas interiorizados y una alta conducta prosocial.

En conclusión, los varones muestran mayores niveles de conductas exteriorizadas, en general, y de agresión, en particular, que las niñas. Aunque estas diferencias tienden a equipararse entre niños y niñas cuando se trata de manifestaciones agresivas indirectas, los varones tienden a ser más agresivos en cualquier forma de conducta agresiva. Estas diferencias parecen manifestarse claramente desde el tercer año de vida hasta la vida adulta.





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