Terapia de crisis



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Sexo y testigo

En relación al máximo vínculo posible que es el acto sexual (pues uno entra dentro del espacio corporal del otro) observamos que es un acto que queda fuera de la cultura y pertenece al campo de lo subjetivo, porque nunca es pública, es decir, nunca tiene un testigo, que es quien inaugura la objetivación de los vínculos, el tercero es el que culturaliza el diálogo de dos personas de las cuales ninguna puede percibir realmente la relación pues cada una es un término de ella.



EL ESQUEMA EN CRUZ

El esquema en cruz es un recurso gráfico por el que se representa en un diagrama la relación entre tiempo y cul­tura: la temporalidad en el eje horizontal, la cultura en el eje vertical y en el centro el presente, que es la síntesis del yo como esquema de salud (la identidad) y el vacío de la fragmentación como esquema de psicopatología. El diagra­ma sirve para visualizar las relaciones que tienen entre sí las cinco estructuras de personalidad básicas y los cinco cuadros psicopatológicos más importantes. Las primeras se determinan de acuerdo con nuestro planteo recorriendo el tiempo de ayer a mañana pasando por el presente gracias al sostén de las funciones de vínculo y de estructura. Y en el mismo cuando enferman, se pro­ducen los cuadros psicopatológicos de depresión, pa­ranoia, esquizofrenia, histeria y neurosis obse­siva. Este esquema luego va cobrando mayor comple­jidad con las relaciones en detalle del proceso de la enfer­medad, y permite ganar en economía de pensamiento, pues se trata de un esquema conceptual y de diagnóstico, que opera organizando la sintomatología del paciente. De acuer­do con la fórmula más sintética, la cruz expresa: "Puedo saltar del pasado al futuro sostenido por vínculos y estruc­tura, que son familia y trabajo”. De este modo se sintetizan los cuatro extremos de la cruz; en el centro se ubica el vértice del núcleo del yo: el yo sano, como síntesis de las dos oposiciones vínculo­ estructura y pasado‑futuro. Y el yo enfermo, como el fra­caso de esa síntesis, que tiene como consecuencia la frag­mentación. En este caso en el lugar del ser hay un agujero, un vacío, desapareció toda la cruz (pues ella sostenía el yo).


LAS DOS DIMENSIONES DEL YO (ESPACIO Y TIEMPO)

En el esquema en cruz podemos considerar al eje ver­tical como el eje del espacio (o de la cultura) pues en él están ubicados los dos diálogos reales del yo, con las per­sonas y con el campo, ambos en la dimensión de lo concreto, de la realidad material, en el área de la energía.

El otro es el eje del tiempo (o de la subjetividad), con los otros dos diálogos del yo, estos imaginarios, con el yo­ sido y el yo por ser, es decir con su pasado y su futuro. Estos diálogos son internos del yo, en lo simbólico, es decir en el área de la información. De modo que los dos ejes podrían llamarse del Espacio (energía) y del Tiempo (información). Aquí vemos que estas dos dimensiones per­pendiculares entre sí (espacio y tiempo) nos ayudan a se­parar más claramente las dos funciones del yo en relación a ser y existir, esto es considerando que primeramente el núcleo del yo debe discriminarse del no‑yo (el entorno que lo rodea) y luego, y no menos importante que esto, es ase­gurar su continuidad a través de las transformaciones de lo real. Vemos así que se es en el espacio y se existe en el tiempo. Este segundo eje, el horizontal, es privativo del hombre, sólo él se autopercibe existiendo, el animal sólo es en cada instante a través de una conciencia puntual, no puede acceder a lo simbólico, al mundo de la información, diríamos que sólo vive en el espacio, en el presente (en el eje vertical).

La propuesta de la teoría temporal del psiquismo es re­pensar todas las funciones del psiquismo respecto a que aseguren esto, a pesar de que los vínculos (amor‑odio) ponen en peligro la discriminación del yo por los mecanismos de identificación‑proyección, y que las transformaciones de la realidad (y de la propia biología, el creci­miento) ponen en peligro la continuidad de la autoper­cepción.

Respecto ahora al concepto de identidad proponemos que ésta sólo se asegura en la suma de ser y existir, sólo puede hablarse de identidad cuando un yo discriminado se percibe dentro de una historia, dicho de otra forma la per­sona debe constituirse simultáneamente en las dos dimen­siones: espacio y tiempo, o sea como energía y como infor­mación lo cual no es otra cosa que la vieja distinción entre cuerpo (energía) y mente (información).

Por lo anterior podríamos considerar dos grupos bási­cos de defensas respecto a asegurar la identidad: defensas de la discriminación del yo y defensas de la continuidad:


DISCRIMINACION: está en relación con ser y se cons­tituye por oposición al no yo, es decir al mundo, que según nuestro esquema es la suma de los vínculos y el campo (sim­bólico y material). La mirada del otro me define y también lo hace el entorno donde vivo.

Por ejemplo los tabúes de tocar de las sociedades ecoló­gicas están en relación a separarse, discriminarse de perso­nas y lugares.


CONTINUIDAD: está en relación con existir y se con­figura cuando ese presente que se está viviendo es un esla­bón en una cadena histórica como un pasaje de ayer a ma­ñana. El presente (lo real) se opone a lo imaginario. En este caso los tabúes de hacer (las prohibiciones) protegen de realizar actos que discontinúen la realidad.

Pero finalmente debemos tener en cuenta que alguien es a través de su historia, de modo que las dos defensas de la identidad son en lo más profundo una sola y sólo es conveniente separarlas para comprender cierta patología y por razones de mejor distinción didáctica.

Ahora podemos decir que la trama cultural consiste en someter la energía a la información, el acto al símbolo, en síntesis hacer que el espacio sea atravesado por el tiempo.

Pero no debemos perder de vista que a su vez el tiempo es simplemente la información de estados pasados del espa­cio, de modo que cada dimensión define la otra, el análisis de sólo una de ellas es posible por una disección conceptual.

En todo el mundo animal la exploración del medio y la interacción con otros de la misma especie, son necesidades básicas, y podemos decir que la búsqueda de COMIDA­HABITAT (energía y protección) y la actividad SEXO‑AGRESION (reproducción y competencia) son las dos in­teracciones con el mundo circundante que mantienen vivo al individuo. Estas necesidades las compartimos con los animales. Pero en el hombre se agrega una necesidad más, que nos permitió el salto cualitativo a los humanos y que es la ca­pacidad de autopercibirse dentro de una historia singular, que es su destino, su identidad. Gran parte de lo que hace­mos en la vida es para asegurar esa singularidad, esa dis­criminación, que además para constituirse, debe ser vista (aceptada por los otros). Por eso el terapeuta debe ayudar al paciente a rescatar su singularidad.

La historicidad del yo, o sea la identidad, es una supo­sición puesta en peligro por la mirada de los otros que me pueden definir de distinto modo, y por las transformaciones del mundo real que me colocan en un campo desconocido. Por esto la continuidad del yo no es algo "natural”, asegu­rado, sino que es el resultado de una continua lucha contra la entropía (tendencia desorganizadora del devenir). Esta es una lucha colectiva pues entre todos hemos creado las tramas objetivadas de continuidad (las reglas de lectura y operación de la realidad, es decir la cultura).


NUCLEO DEL YO Y YO SOCIAL

Presentaremos ahora la propuesta de considerar dos partes en la constitución del yo, para facilitar conceptual­mente esta doble pertenencia al tiempo y al espacio de la persona. Llamaremos núcleo del yo ‑es el núcleo de identi­dad que permanece relativamente estable a través del proce­so de la vida aquel último testigo interno de nosotros mis­mos que permite organizar el diálogo interno. Este es un elemento de estabilización del yo, que reorganiza la ho­meostasis interna, es el yo en el tiempo.

Proponemos el concepto de yo social a la presentación, de la persona para los otros, es el yo de la acción, diríamos la máscara del yo y tiene que ver con el rol social de la persona, con la persona definida por la mirada de los otros, es el yo en el espacio.

Uno (el núcleo del yo) está constituido desde adentro, desde lo histórico, es el argumento de vida de la persona y tiene relación con la autonomía y el otro está definido desde afuera (en el espacio) y tiene relación con la dependencia, con la adaptación social (estos dos conceptos tienen estre­cha relación con el yo verdadero y el falso yo de Donald Winnicott).

En relación con la discriminación del yo podemos se­ñalar dos sentimientos que en determinadas personas ac­túan como primitivos núcleos del yo, y son el orgullo y la rebeldía (también podemos analizar el egoísmo, el asco y otros). El que acepta todo (se humilla) para no quedar solo entra en un círculo vicioso, donde cada vez lo necesita más al otro, pues el orgullo, el poder estar "ofendido" es un centro de autonomía yoica, pues es siempre desde "alguien" que nos podemos ofender (tal vez por eso se dice "el honor es lo último que se pierde").

También la rebeldía es constitutiva del núcleo yoico, pues para quien haya sido muy manipulado, cosificado en una posición de sobreadaptación forzada, la rebeldía es la única posibilidad de sentirse discriminado, pues sólo desde alguien se puede desobedecer, alguien existe al oponerse. (Esto explica el conocido negativismo del esquizofrénico).



LA IDENTIDAD

Integración

El proceso de individuación es una tarea de integración. Es necesario armar una historia con lo que me pasó, yo voy a ser la suma de lo que hice, pero debo elegir el sentido en que voy a "leer" mi vida. Se trata de algo así como el hallazgo de una clave de mi historia.

Un día nos damos cuenta de que estamos metidos den­tro de una vida y que no podemos salir de ella. Debemos cumplirla, también inventarla y encontrarle un sentido y para ello la única posibilidad es conocer y aceptar "todos los que yo fui", desde "el que soy ahora" y elegir un "yo que quiero ser" para hacer que mi presente sea atravesado por una historia.

En su lucha por permanecer discriminado el núcleo del yo debe enfrentar a dos formidables enemigos: el tiempo y el amor; el tiempo por su capacidad transformadora, y el amor por su juego de identificaciones, pues para amar hay que saber primero quién se es; de lo contrario se corre el peligro de quedar mezclado con el otro (por eso el orgasmo, máxima entrega mutua, es vivido a veces como muy peligro­so). En cambio, es interesante observar que el odio (el amor "dado vuelta") no representa el mismo peligro, pues el que yo odio es el que está separado de mí, es el que yo rechazo.

En esta línea de análisis, la moral sexual (virginidad, castidad, etc.) constituiría la defensa de núcleos yoicos dé­biles que temen que su intimidad, depositada en zonas ín­timas del cuerpo, se confunda en el vínculo tan estrecho que es el compromiso sexual. En el "casto agudo" existe por debajo una estructura narcisística‑esquizoide que pro­tege su identidad cerrada y precaria.
Terapia y lucidez

A esta altura de la exposición creo conveniente distin­guir nuestra concepción terapéutica de otras. Nosotros op­tamos por ayudar al paciente a recorrer el difícil camino a una razonable lucidez en el enfrentamiento con el proble­ma que plantea la existencia, en lugar de ayudarlo a cons­truir un sistema de seguridad. No nos parece mal que exis­tan las muletas y los "papás ortopédicos". Sabemos que a veces es la única posibilidad de resolver la secuela irreme­diable de una infancia llena de vacío, pero también pensa­mos que es indeseable convertirnos en papás, policías u oráculos; preferimos ser parteros, ayudar a que alguien se encuentre y tenga su "lugar al sol" sin que dependa de la generosidad del personaje o la doctrina protectora. Pero tampoco ignoramos que a veces "la mano viene mal" y se hace necesario convertirse en papás o mamás de huérfanos irremediables, policías restrictivos de acting peligrosos u oráculos que vuelvan menos desesperante el déficit de in­formación. Pero el desempeño de estos roles sólo debe constituir un momento de la tarea terapéutica.


Regresión integrativa

La tarea terapéutica debe realizarse en dos sentidos, ha­cia atrás y hacia adelante. Primero consideraremos la re­gresión psicológica que permite el reencuentro con "los otros" que fuimos, en especial, aquel niño que quedó solo allá atrás. (Más adelante analizaremos el concepto de niño fantasma). A esta regresión, que no es neurótica, pues no está al servicio de la negación del momento presente sino al de la exploración de nuestro pasado, la llamaremos re­gresión integrativa y debe favorecerse en el proceso tera­péutico.


Progresión planificadora

En el otro sentido, hacia adelante, la integración de la historia toma otro carácter, el de proponer sucesos posibles, el de planificar, el de suponerse otro que es el que viene más adelante en la sucesión de personajes que debemos re­correr; a esta tarea le daremos el nombre de progresión planificadora. Siempre estamos trabajando para "ese otro”, a él lo convertimos en padre cuando embarazamos a una mujer, a él también, ya más viejo, le damos mañana un sueldo cuando aportamos hoy a la caja de jubilaciones. Esta progresión llega a ser patológica cuando "aquél que vamos a ser" nos explota. Se trata del caso de los que viven an­ticipándose, pensando en el día de mañana, pero como nunca se detienen, siempre están trabajando para un fan­tasma al que jamás llegan y por último terminan por en­tregar todo lo que en su vida no dieron al yo real, a un cadáver, el último de los fantasmas que pueden imaginar (son los que viven como mendigos dejando grandes for­tunas).

La patología de la regresión, en cambio, consiste en quedar atrapado atrás, en el personaje de don Fulgencio (“el hombre que no tuvo infancia").

EL DIALOGO INTERNO

Estar sano no es ser "normal" (adaptado) sino no tener secretos para consigo mismo. También esto coincide con la concepción freudiana de salud, pues ésta consiste en hacer conciente lo inconciente. La psicoterapia ha estado rela­cionada siempre con la individuación, que es también un tema fundamental de la filosofía. Por eso Sócrates, los maes­tros del budismo zen o Ingmar Bergman tienen en común que ayudan a que pueda realizarse el diálogo interno y, fi­nalmente, a que la persona se discrimine como alguien con destino único. Por este motivo la neurosis y mucho más todavía la psicosis tienen relación con la traición a sí mis­mo. A algunos niños (futuros neuróticos) les es necesario representar a "otro" para que los adultos los quieran y los protejan. Eric Berne analiza esto con toda precisión en su teoría del guión propuesto por los padres y Ronald Laing estudió el caso extremo de individuos que sólo se definen por la mirada que los demás les dirigen, al punto que si no se los mira, sienten que no existen, en cuyo caso no hay ningún diálogo interno que les permita un mínimo de au­tonomía.

Este diálogo interno se extiende por el tiempo, y la acep­tación de la vida como proceso despierta muchas resisten­cias, pues vuelve imposible la negación del principio y el fin. En nuestra cultura tecnológica el tiempo está organi­zado hacia el futuro, siempre hacia adelante, hacia el pro­greso y, por tanto, la pregunta que se plantea es dónde es­taré yo cuando me muera. Pero de acuerdo con la filosofía oriental (la hindú en particular), el tiempo tiene dos puntas hundidas en el misterio y la pregunta que se formula es dónde estaba yo antes de nacer. En las representaciones iconográficas de Buda el ombligo cobra suma importancia, pues se relaciona con el origen de la vida.

El melancólico y el paranoide pueden estar más fácil­mente solos, pues nunca lo están totalmente. Su enferme­dad los protege de esto: al primero, ella lo abandonó y está unido por el reproche (o la culpa); y al otro, él lo persigue y ese control le sirve de vínculo. En cambio el esquizoide, que está montado en el centro del tiempo (el vértice de la cruz), sólo puede evitar esto disociándose en dos partes iguales que deben dialogar entre sí sin los argumentos del reproche‑culpa o de la evitación‑ataque. Por eso para el esquizoide es más difícil estar solo, en su diálogo no está el fantasma del otro (a través de la culpa o el ataque).

La muerte rodeado de amigos y con una obra o familia hecha, no es la muerte; la muerte temida es la soledad total y la confusión (en realidad, es la vivencia de muerte). De todos modos la muerte verdadera, que es la propia desapa­rición, nos es muy ajena, pues nunca nos sucedió. La teme­mos, pues va a ser la "primera vez" que nos morimos y lo que se teme realmente es lo desconocido.
ELABORACION CREADORA

Pero el centro de la cruz es también el lugar de la creación, pues para que surja síntesis se debe atravesar la fragmentación. La creación consiste en ver lo que todavía no existe y poder hacerlo existir para los demás. Entre una poesía y un delirio la diferencia consiste en que la primera permite que los demás entiendan la locura, la tris­teza y el temor de un autor. En suma, si supera la subje­tividad, la locura compartida se llama arte.

Esta relación entre el vacío fértil y la síntesis creadora está contenida en lo esencial del pensamiento zen. Según éste, cuando se llega al fondo de ese vacío de conciencia, tan laboriosamente buscado, se produce la revelación, el satori.

Aunque similares en algo esencial, el del loco y el del artista son dos destinos opuestos en cuanto a su capacidad de construir cultura como explicación compartida. Los dos viajan a la subjetividad (la regresión filogenética), pero sólo el artista vuelve a encontrarse con los demás, aumentando la complejidad de esa trama vincular que es el espacio transicional de la cultura.

Lo mismo sucede en el caso de toda creación. En este sentido resulta interesante mi experiencia personal con lo que el lector tiene entre manos. Hasta el momento de es­cribir esta teoría sobre la salud y la enfermedad que se presenta en este libro, sólo existía en mi subjetividad, sólo yo, durante los tres últimos años, era testigo de lo que veía. Hasta no escribirlo no se lo podía distinguir de un delirio, en el sentido de que mi pensar distinto me dejaba solo. No era todavía una hipótesis científica, pues no había llegado a ser una explicación compartida y no tenía certeza de que se tratara de lucidez o de delirio (o si había descubierto América o sólo la pólvora). Pero ahora que lo comunico siento el alivio de compartirlo con los demás. Y el camino fue en especial angustiante porque se trataba justamente de una nueva manera de concebir el tiempo y por lo tanto la locura y la disolución de la conciencia. Y finalmente también la reparación.

Ahora ya me siento acompañado porque seguramente y, debido al tema, también se empieza a angustiar el lector, al que le pasé la peste. Pero no había otro remedio, espe­cialmente si se pretende trabajar curando la peste psicoló­gica, la locura.



PSICOPATOLOGIA
Lo que sigue es el resultado de repensar toda la psico­patología desde la temporalidad, en lugar de suponerla cen­trada en la sexualidad. Pensamos que en los trastornos psi­cológicos intervienen ambos factores: transformación y lí­bido y, por tanto son válidas simultáneamente las dos pers­pectivas. Seria algo así como ver un mismo objeto desde lugares distintos. De todos modos en el capítulo siguiente haremos un extenso análisis comparativo entre la teoría de crisis y el psicoanálisis en el que se verá cuáles son sus puntos de coincidencia y cuáles son aquéllos en que ambos difieren. Nuestro modelo se originó en el pensamiento freu­diano, pero llegó luego a una explicación distinta de la en­fermedad y por tanto, también del proceso terapéutico.

Para definir qué es la enfermedad psicológica, es nece­sario definir qué es la conciencia. Es para nosotros ese sentimiento difícil de asir, de autopercibir, pero inmediata­mente captable como la experiencia inmediata de "estar vivo”, tener el sentimiento de existir. Esto se relaciona con la percepción de un pasaje, de un movimiento.

Todo el fenómeno de la vida orgánica es una lucha por el intercambio de energía con el medio; organismo que se paraliza, muere. La vida es, un fenómeno anti entrópico, es decir, una pelea contra la homogenización (la paralización del intercambio).

Esto se aplica al intercambio no sólo de energía, sino también de información (el campo simbólico). Por esto con­cluimos que la enfermedad más grave del psiquismo es la detención de la corriente de conciencia, la desorganización de la prospectiva, del sentimiento de ir al encuentro del instante siguiente.


EL BROTE ESQUIZOFRÉNICO

Para quienes trabajaron con pacientes que padecían un brote esquizofrénico, esta descripción de la desorganización resulta familiar. Consideramos que la "vivencia del fin del mundo" del sujeto esquizofrénico constituye la crisis más grave y más típica. Es esta la más terrible experiencia hu­mana de paralización, consecuencia de la fragmentación de lo histórico que se convierte en espacial, es decir, al collar de lo histórico se le ha roto el hilo y todas las piezas se desparraman en un conjunto incoherente.

Esto se ve con claridad en los cuadros que pintan los esquizofrénicos en los que todo se mezcla y se fragmenta. Consideramos que lo que hoy se llama esquizofrenia es la enfermedad mental esencial, la más arcaica de las pertur­baciones. Y en la sociedad tecnológica urbana es la más común, pues la propuesta de vida va en dirección de un sistema de realidad fragmentada, es decir, una esquizofre­nización.

LA ENFERMEDAD BASICA

Nosotros proponemos que a consecuencia de la hipóte­sis de la conciencia puntual lo reprimido es fundamental­mente la vivencia de disolución del yo, de muerte, que no necesita ser real para ser efectiva; basta que nos conecte­mos con la vorágine de posibilidades del futuro inmediato o con la paralización del tiempo en las discontinuidades graves del proceso de vivir (muertes, separaciones) para que resbalemos de este mundo racional, compartido y esta­bilizado gracias al lenguaje, y caigamos en la seriación caó­tica de imágenes y sensaciones del mundo subjetivo: ese allí­ adentro de nuestros últimos secretos y temores intraducti­bles e incomunicables donde siempre quedamos solos y confusos.

El psicoanálisis freudiano propone como lo reprimido la sexualidad, pero nosotros pensamos que como la sexua­lidad, aún la patológica, depende del vínculo yo‑tú, ya está asegurada la evitación de ese otro vértice de disolución, don­de al no haber más tú, no hay tampoco más yo. Por esto pensamos que en la teoría freudiana, la represión del ello por el yo ya es un diálogo, aunque interno, pero que igual defiende de la homogenización (ese vacío) que describía­mos como lo más profundo y aterrador del psiquismo. De modo que lo que el psicoanálisis considera el trauma bá­sico es para nosotros, en lo más profundo, una defensa con­tra la vivencia de soledad infinita o de no‑existencia, que lleva a ese sentimiento de desaparición del sí mismo (que Winnicott llama la vivencia abismal, lo impensable y que estudió en los bebés abandonados, de madres autistas).

En síntesis, lo que proponemos es que hay una pato­genia última que está por debajo y es más arcaica que el trauma básico freudiano, la represión de la sexualidad (es­pecialmente del incesto). Ella es la posibilidad de desapa­rición del último reducto del yo, de esa porción de nosotros con la que íntimamente nos autopercibimos, y que llamamos el núcleo del yo (el sí mismo). Esto llevaría a la desapari­ción del último testigo de nosotros mismos, la disolución de nuestro último y más íntimo diálogo. Por esto las crisis son más probables y catastróficas en subculturas con defen­sas obsesivas (como por ejemplo, la clase media), que nie­gan el tiempo y la finitud, que en las subculturas con más aceptación del ciclo vital vida‑muerte (como en la clase rural, la cultura criolla).

De acuerdo con este modelo para pensar el sufrimiento psicológico se considera, y lo decimos una vez más, que la desorganización de la temporalidad, la fragmentación caóti­ca del yo, el sentimiento de vacío, es la enfermedad básica. Esto en apariencia se opone a la teoría de Pichón Riviere, según la cual la depresión es la enfermedad básica. Cuando hace ya varios años, le propuse a Pichón la esquizofreniza­ción, la fragmentación del yo como punto básico, Pichón sintetizó ambas propuestas diciéndome: “Tené en cuenta que lo que produce más tristeza es la pérdida de uno mismo".

Esta observación de Pichón Riviere me sirvió de estimulo para concentrarme en un eje de melancolía‑esquizofrenia, que en el punto más agudo de perturbación se unen en un solo cuadro de pérdida del sí mismo por fragmentación. Podemos darle el nombre de eje de la enfermedad, que en el momento de mayor agudeza se traslada al centro, al lugar de la disolución del yo.

Al definir sólo el centro (la fragmentación del yo) co­mo enfermedad, a los cuatro extremos de la cruz los con­sideramos defensas del vértice: quedarse atrás (depresión), adelantarse (paranoia‑fobia), simular (histeria) o repetir (neurosis obsesiva). Luego y en un área aparte nos referi­mos a la instrumentalidad sin historia (adicciones, hipo­condría y psicopatía).




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