Terapia de crisis



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Alfredo Moffatt

PSICOTERAPIA EXISTENCIAL

PPSICOTERAPIA EXISTENCIALL

Alfredo Moffatt
INTRODUCCIÓN
Este libro es el resultado de años de investigación sobre las terapias en el momento agudo de la perturbación mental, en el momento de la crisis. Esto dio lugar a ver toda la psicopatología desde otra perspectiva, que fue la desorganización de la temporalidad, en vez de la represión de la sexualidad como etiología básica de la enfermedad. Una concepción más centrada en los trastornos de la identidad que en los trastornos vinculares.

Tal vez este planteo etiológico dependa estrechamente de nuestra actual perspectiva cultural que nace en una sociedad de masas con un acelerado proceso de cambio, debido al geométrico crecimiento tecnológico. Contexto social en donde resulta más difícil la integración yoica, la identidad, que resolver los trastornos del vínculo sexual, tema que constituía un foco de perturbaciones en la sociedad victoriana de principios de siglo. Podríamos decir que el modelo teórico está construido tomando como cuadro básico la esquizofrenia y no la histeria.

Este modelo teórico que presentamos, como también las técnicas terapéuticas tienen corno campo más específico el momento de crisis pero también son eficientes en los tratamientos de corta y mediana duración. Quedan fuera de su campo las neurosis y psicosis estabilizadas que funcionalizaron socialmente sus síntomas.

La hipótesis básica de esta manera de pensar el psiquismo partió de la observación clínica de una larga conquista del hombre, que adquirió la capacidad de construir secuencias, es decir, poder imaginarse dentro de una sucesión imaginaria de presentes que le sostienen ese presente implacable en donde siempre se encuentra y que constituye en todo momento un salto entre lo que fue y lo que será.

La capacidad de anticipar, de imaginar lo futuro le permitió al hombre separarse definitivamente de los animales, pues estos siguieron encerrados en su presente inmediato, una percepción sin historia las crisis agudas (neuróticas y psicóticas) que nos llevó a proponer como punto de partida la suposición de que la conciencia es puntual, y que la vivencia de continuidad yoica es resultado de, sin posibilidad de autopercibirse, de organizar una identidad en el tiempo.

Toda la cultura la suponemos al servicio de asegurar la continuidad del yo en el tiempo y esto es lo que trataremos de demostrar en este libro.

Si aceptamos esta hipótesis básica, vemos que la conti­nuidad del psiquismo (su identidad) no es un hecho dado “natural", sino que es resultado de una construcción imagi­naria humana, a esa construcción la llamamos el tiempo.

Esto nos lleva finalmente al nudo central de la teoría, que es que el punto más profundo (el vértice) de la enfermedad mental es consecuencia de la pérdida, de la destrucción de esta trama de sostén de la continuidad yoica y debido a esto la persona se fragmenta, se disuelve su vivencia de existir. Descubre que el tiempo objetivo no existe. Queda en un vacío paralizado, el cual es tan insoportable que sale de él a través de una restitución neurótica o psicótica (según la gravedad de la fragmentación), que no será otra cosa que una nueva trama de continuidad, una nueva cultura (su de­lirio o su neurosis) pero que esta vez no es compartida por Ios demás, sino que es subjetiva, que arma un yo, pero un yo encerrado, soIo.

De este encierro lo rescatará su terapeuta (si la tarea es exitosa) que lo ayudará a reingresar a los supuestos culturales compartidos, la trama de continuidad que nos permite a todos nosotros enfrentar la discontinuidad de la concien­cia y organizar proyectos de vida. Los vínculos y el campo simbólicos nos permiten leer una realidad perceptual que de otro modo sería una seriación caótica, de hechos sin lec­tura posible.

A lo largo de todo el libro veremos que la tarea del tera­peuta es devolver al paciente la capacidad de concebir su­cesiones, de organizar una historia con un sentido, utilizando para ello todos los hechos que le ocurrieron en su vivir.

Sintetizando nuestra propuesta de salud, enfermedad y terapia, diremos que vivir es un juego difícil, pues es resol­ver la paradoja siguiente: uno debe cambiar siendo el mis­mo. En ese proceso se debe atravesar el tiempo, crecer, transformarse en otros (las etapas evolutivas) y, al mismo tiempo, integrar todos los yo que fuimos pero en función del yo que deseamos ser.

En la perturbación del existir que llamamos las crisis (el momento agudo de la enfermedad) se presenta la impo­sibilidad del paciente de autopercibirse como el mismo que era, la nueva situación lo colocó fuera de su historia, está alienado, etimológicamente, extranjero para sí. El suceder de su vida se paralizó, la percepción no consigue leer la reali­dad (no hay figura‑fondo) y el futuro está vacío. Esta es una vivencia de máxima angustia, la persona se encuentra des‑esperada (no espera más), se desestructuró la lectura prospectiva de su acción. Y ya dijimos que si no hay un "testigo reintegrador" (un terapeuta) que lo ayude a rees­tructurar su proyecto vital dentro de la cultura, corre el peligro de una reconstrucción subjetiva de los sistemas de estabilización del yo en el tiempo y entrará a la neurosis o la psicosis según lo inaguantable de su vivencia de disolución yoica y sus recursos defensivos aprendidos en la infancia.

Los antecedentes teóricos más importantes que permi­tieron estructurar esta concepción del enfermar, están ordenados en una línea donde el psicoanálisis Freudiano es el punto de origen, luego enriquecido por la teoría gestáltica de Fritz Perls respecto al presente de la conciencia y también la concepción de núcleos y continuidad yoica de Donald Winnicott. Además fue esencial el referente teórico existencialista, que como fenomenología del hombre impregna nuestro modelo de conciencia.

Respecto a las nuevas técnicas de interacción grupal he­mos incorporado maniobras terapéuticas de la escuela ame­ricana, básicamente a través de Jay Haley.

También Eric Berne nos permitió poder comprender las historias y mitos familiares. Pero la característica más im­portante para dar una idea de la inserción de este modelo en el campo actual, fue la actitud de utilizar herramientas conceptuales y técnicas de diversas escuelas, todas estas coherentizadas por nuestro modelo de psiquismo desde la tem­poralidad.

La elaboración grupal de este modelo de pensar la en­fermedad y la terapia fue posible por la tarea asistencial en instituciones de Argentina, Estados Unidos y Brasil y tam­bién por los cursos y laboratorios dados por el autor en los últimos años, los laboratorios psicodramáticos en co‑terapia con la Licenciada Laura Jitric. Esto permitió la discusión y complejización del esquema inicial con el aporte de los alum­nos desde distintas perspectivas teóricas.

El esquema teórico sufrió varias modificaciones a me­dida que los conceptos usuales no explicaban los trastornos agudos y eran necesarios otros supuestos operativos para una psicoterapia intensiva en los tratamientos de corta y mediana duración. Fue necesario replantear todos los con­ceptos psicopatológicos desde el momento en que las defensas­ del yo fueron reinterpretadas como defensas respecto a otra situación temida por el yo: la disolución yoica. En esta tarea de coherentizar el modelo teórico fue esencial la co­laboración de Laura Jitric, quien fue la interlocutora que me permitió encontrar esquemas para enfrentar este ansió­geno tema de la temporalidad. También fue responsabilidad suya la revisión y corrección del manuscrito final.

De todos modos este primer informe sobre una nueva línea de pensamiento y operación en el terreno de la enfermedad mental no pensamos que esté completo sino que transmite un esquema para ser usado como instrumento de trabajo en el análisis y la reparación del dolor psicológico, praxis donde se confrontará, desarrollará y complejizará. Lo que pretendemos es plantear uno de los esquemas posi­bles en respuesta a las nuevas e inéditas características de este mundo anómico, fracturado y en cambio acelerado que nos toca vivir y además operar en él como psicoterapeutas.

Finalmente deseo agradecer a los maestros y compañe­ros de tareas de los que seguramente tomé ideas originales para desarrollar esta propuesta, como Enrique Pichón Ri­vière, Rubén Masera, Angel Fiasché, Eduardo Pavlovsky, Ri­cardo Grimson, César Janello, y muchos otros con los que compartí momentos de búsqueda y creatividad.


LA CRISIS

La crisis se manifiesta por la invasión de una experien­cia de paralización de la continuidad del proceso de vida. De pronto nos sentimos confusos y solos, el futuro nos aparece vacío y el presente congelado. Si la intensidad de la perturbación, sea una crisis de crecimiento (evo­lutiva) o la consecuencia de un cambio imprevisto (traumá­tica), aumenta, comenzamos a percibirnos como "otro", es decir, tenemos una experiencia de despersonalización.

Esto provoca una discontinuidad en la percepción de nuestra vida como una historia coherente, organizada como sucesión en la que cada una de las etapas es consecuen­cia de la anterior. Por lo demás, todos tenemos experien­cias de las crisis psicológicas, pues forman parte del reco­rrido por diversas etapas llamado vivir, o más exactamente ­existir.

Para que una situación produzca una crisis, más impor­tante que el nivel de traumatismo sufrido por el paciente es lo inesperado de la nueva situación que se le exige vivir, la que sentirá como "irreal" y experimentará fuera de lo que está sucediendo. Diríamos que sólo es real lo que se es­pera, lo que fue concebible antes como posibilidad en la fantasía de futuro. Por eso se dice que esto o lo otro no estaba previsto (pre‑visto), esto es, no estaba visto de an­temano y cuando las circunstancias nos colocan dentro de un personaje que nunca habíamos anticipado, el de huérfa­no, viudo, adulto… puede sobrevenir el descon­cierto, la crisis.

La expresión orgánica de este proceso de desorganiza­ción de la personalidad es a veces la angustia vivida corporalmen­te, que se acompaña de trastornos cardio‑respiratorios, aho­gos y la sensación de tener "nudos" en el estómago y la garganta, además de un estado general de hipercontracción muscular. Todo el cuerpo está tenso, como preparado para enfrentar un peligro; se trata del estado de stress o sensa­ción de agotamiento corporal que padece la persona en cri­sis. Todo esto se sintetiza en la palabra desesperado, des-­esperado, la persona desesperada es la que ya no espera nada, la que tiene un futuro vacío por delante.

Lo que enferma, pues, en el estado de crisis es el pro­ceso de existir, la historia se descontinúa y, por tanto, el yo no puede percibirse como sucesión inteligible y se fractura sin atinar a concebir su nueva situación (a codificarla) y sin saber cómo actuar, pues las estrategias con que con­taba ya no se adaptan a las nuevas circunstancias.



HIPOTESIS BASICA. LA CONCIENCIA PUNTUAL

La observación clínica de las crisis y también otros aná­lisis que iremos desarrollando más adelante en relación al psiquismo nos llevaron a proponer una suposición teórica de la cual deducimos todo nuestro modelo de psiquismo y es la hipótesis básica de que la conciencia sólo tiene exis­tencia puntual, instante por instante es distinta y la sensa­ción de continuidad del psiquismo, del yo, es el resultado de una construcción imaginaria, creada por el hombre a través de su evolución, que es la trama cultural.

Por lo tanto consideramos que la perturbación mental no es otra cosa que la pérdida de esta construcción ima­ginaria en la persona que llamamos perturbada.

Nosotros consideramos que todo proceso de deterioro de la trama cultural tiene dos momentos perfectamente dis­criminados: en un primer momento la crisis (momento agudo inestable) que es el darse cuenta de la inexistencia del tiempo como cualidad objetiva, se desarma la construcción cultural y se tiene la vivencia de vacío. En un segundo momento el cuadro psicopatológico (estabilizado) que para salir de la vivencia insoportable de disolución yoica el pa­ciente construye. Este es el delirio que como una nueva tra­ma cultural le vuelve a sostener la continuidad yoica, pero esta nueva explicación no es compartida, es subjetiva, lo defiende del caos perceptual pero también lo aísla totalmente.

Evidentemente los animales no enfrentan estos proble­mas, pues sus estrategias de sobrevivencia están codificadas genéticamente, pero el hombre primero acumuló recuerdos y, por tanto, luego percibió una seriación que lo condujo a otra conquista mucho más peligrosa: la capacidad de anti­cipar, de imaginar el futuro; y es peligrosa porque tiene dos filos: me permite proyectos, que son estructuras muy complejas, pero, al mismo tiempo, posibilita la previsión de mi desaparición y mi muerte. Los animales, que sólo viven el presente, evitan ambas cosas, la civilización y la angustia. Sólo sufren cuando el cuchillo está a la vista, pero no lo prevén, no lo imaginan como nosotros los humanos.

Respecto al cuerpo que es nuestra dimensión en el es­pacio, la diferencia con la dimensión imaginaria, la concien­cia, es que ésta es siempre puntual, discontinua, en cada instante sucesivo es distinta y el cuerpo en cambio tiene ase­gurada su continuidad por las leyes fisico‑químicas. Es de­cir el cuerpo continúa por sí mismo, en cambio a la mente es necesario hacerla existir, hacerla continuar.

Es necesario distinguir las crisis evolutivas de las crisis traumáticas. Las primeras son las que se producen al arri­bo de nuevas etapas previstas; las segundas son consecuen­cia de un accidente inesperado.

Para recorrer una vida debemos atravesar muchas cri­sis. Nosotros proponemos ocho, con la edad a que aproxi­madamente se dan, a saber: el parto, el destete (al año), el ingreso a la escuela, la pubertad (a los 12 años), la separación de la familia de origen (la exogamia, a los 20 años), la cri­sis de la mitad de la vida (a los 40 años), la jubilación (a los 60 años), y por último la decrepitud y la muerte. De todas estas transiciones, las más importantes desde el punto de vista de las situaciones de emergencia psicológicas a que dan lugar, son la exogamia, la separación del hogar parenteral (que a veces se produce con mucho atraso cronológico) y la crisis de la mitad de la vida, que son el pasaje a la adultez y a la maduración respectiva­mente.

También al enfermar se atraviesa una crisis (de todas ellas el brote esquizofrénico es el más grave). Y, finalmen­te, incluso en el proceso de curación se pasa por otra cri­sis y es la metamorfosis que produce (o más correctamente, asiste) el terapeuta. Pichón Riviere decía: "A la enferme­dad se entra y se sale con lágrimas".

La intervención de urgencia o de crisis se basa jus­tamente en que el período más plástico de una enferme­dad psicológica (sea ella neurótica o psicótica) es la crisis de comienzo, pues aún no hay sino confusión y soledad; no se ha estructurado todavía el delirio protector (o el me­canismo neurótico) que, a la vez que protege al enfermo de la desorganización psicológica, lo aísla de los demás y lo cronifica en su rol de enfermo.


EL PROCESO DE VIVIR

El lugar del trastorno mental es el espacio de lo imagi­nario. Es este el lugar de lo que "no está", del peligro que, inexistente en el presente, se alucina; y también de la tris­teza por la ausencia de alguien o algo que "ya no está". Es el espacio de los fantasmas, de lo que ya sucedió o va a su­ceder (que nos retienen o nos esperan). Lo imaginario se constituye porque lo percibido cambia, la realidad se trans­forma, lo que estaba ahí desaparece. Para que mi vincula­ción con lo que sucedió se mantenga, debo imaginarlo, sus­tituirlo con una imagen interna. Como esto sucede de con­tinuo, va acumulándose un stock de imágenes internas que llamamos memoria.

Esto nos muestra la ecuación que liga el vínculo (de amor o de odio) con la transformación del mundo real, esto es la acción del tiempo o sencillamente el tiempo. Lo imaginario depende de la acción del tiempo sobre el objeto deseado o temido. En otras palabras, cuando desaparece lo que amo u odio, aparece el fantasma: Amor + Tiem­po = Fantasma, que sólo será recuerdo si se acepta el proceso de pérdida, si no, será delirio al no aceptar la transfor­mación que me impone la temporalidad. En cierto modo, podemos ya ver de qué manera se relacionan (se complementan) la teoría sexual freudiana y esta teoría de la tem­poralidad: Vínculo (sexo) + Pérdida (tiempo) = Neurosis.

De modo que es igualmente posible adoptar el punto de vista de la sexualidad o el de la temporalidad para centrar la configuración de una psicología o una psicopatología que dé cuenta de la enfermedad. La primera se concentrará sobre todo en los vínculos entre el yo y el otro; la segunda, en la constitución de la identidad, en la vinculación del yo con los yo que hemos sido y los que estamos por ser. La hipótesis fundamental de nuestro modelo de estructura psí­quica se basa en el supuesto de la conciencia puntual, esto es, que sólo existen presentes discontinuos y que el hombre hizo el verdadero salto cualitativo en su evolución respecto de los animales cuando concibió la anticipación (imaginó los presentes que vendrán) y de este modo pudo constituir su­cesiones de presentes percibidas como una seriación conti­nua. Por tanto comenzó a planificarse a sí mismo y a per­cibirse en movimiento hacia adelante.

La percepción del tiempo es una construcción cultural, en el proceso de la vida, las diapositivas (discontinuas) se transformaron en película cinematográfica, en la que hay ilusión de movimiento. Esto nos permite definir con exacti­tud cómo concebimos el trastorno mental: como la vuelta a la diapositiva, es decir, a esa discontinuidad original que había sido superada por el adiestramiento en percibir se­cuencias, al que los padres (representantes de la cultura) habían sometido al bebé y al niño. En el impacto de la enfermedad desaparece así esa construcción mental, ese arti­ficio imaginario llamado tiempo. No es infrecuente en la experiencia clínica toparnos con pacientes que se lamentan de tener la sensación de que el tiempo se ha paralizado, in­cluso diremos que este síntoma es definitorio de la crisis.

Dicho de otro modo, la locura es la experiencia de la paralización del tiempo, de la imposibilidad de armar sis­temas de continuidad del yo. De éstos, dos son los funda­mentales, los vínculos y las estructuras, que permiten saltar el vacío del presente. Estos sistemas de sostén, lo vínculos y las estructuras, dependen de la posibilidad de constituir percepciones organizadas en figura‑fondo. La figura es aque­llo cuya discriminación escogemos por sobre lo que, olvida­do, queda como fondo. El vínculo se constituye en relación con el deseo o el miedo que centra la percepción (se escoge un objeto), y la estructura es lo que hace posible la confi­guración en figura‑fondo (la gestalt). Cada una de estas dos funciones (la de vincularse y la de estructurar) depende de la otra. 0 aún puede decirse que ambas son el mismo hecho visto desde dos ángulos diferentes. Es la relación del yo con el tú (el vínculo) en el mundo (la estructura).

Estas dos funciones permiten que se inaugure un diá­logo entre el núcleo del yo y los objetos amados u odiados. La historia de este largo diálogo imaginario, vuelto real en cada uno de los momentos presentes, es el objeto de es­tudio en que centramos nuestra perspectiva y para el cual proponemos una terapia de reparación de esa historia, que sostiene el proceso de existir, diríamos una terapia de la identidad.

Volviendo a la ecuación básica, que nosotros llamamos “la ecuación de la ausencia”, Amor + Muerte = Locu­ra (cuando muere lo que amamos, y no podemos aceptarlo, no tenemos otra opción que alucinarlo). También en este caso se presenta el tiempo como elemento clave, pues éste es el término con que se señala la sucesión de transforma­ciones de una realidad en continuo cambio y, por tanto, él es quien nos quita lo que amamos. Para decirlo con una metáfora: el tiempo ladrón fabrica fantasmas. En esto coin­cidimos con la teoría freudiana, según la cual la pérdida (la frustración) exige simbolización, que es la representación de lo ausente, de lo imaginario.



LOCURA Y SOCIEDAD

Cada cultura determina sus criterios de salud. De ma­nera tal que no hay enfermedad fuera de una cultura dada. Por tanto una misma conducta puede considerarse loca en una sociedad o circunstancia social y funcional en otra. Por ejemplo, el canibalismo es definido como algo patológico, pero en las condiciones extremas de sobrevivencia, como ocu­rrió con los sobrevivientes del accidente aéreo de los Andes, fue definido como una conducta adaptativa.

En relación al lugar en que se instala la locura, que es en lo imaginario (pues es la representación del acto y no el acto el que enferma), diremos que no sólo por imaginar se está loco. Es necesario además que se cumpla otra condición: que quien imagina, lo haga solo, quede fuera de todo grupo y decodifique el caos de la realidad de acuerdo con un código subjetivo que nadie comparte. Y ese código será su delirio o su neurosis. Al ver cosas que nadie más ve se dificulta su relación con los demás que, aunque no estemos del todo sanos, al menos compartimos un delirio. Y cuando alguien hace algo, sabemos qué nos está proponiendo. Ante la dificultad de predecir la conducta de una persona cuyo pensamiento está trastornado (respecto a la expectativa so­cial), el grupo debe resolver la disfuncionalidad. A esta tarea se la llama "tratamiento" psiquiátrico o tratamiento psicoló­gico si la desviación de la norma es menor.

IDEOLOGIAS TERAPEUTICAS

La tarea de reintegrar a alguien al juego social (que, en determinadas épocas, él mismo suele ser totalmente enfermo: el nazismo, por ejemplo), puede adoptar tres formas:

a) las terapias represivas (electroshocks, hospicios) con las que se consigue que el paciente abandone el síntoma porque el te­mor al tratamiento es mayor que el que experimenta frente a sus fantasmas internos; b) las terapias adaptativas, en las que el psicoterapeuta norma desde el sistema vigente y c) las terapias elaborativas, por las que se ayuda al paciente a que se elija y llegue a ser él mismo.

(Quizá en la Argentina Pichón Riviere sea el máximo representante de la terapia co­mo contribución al crecimiento y el desarrollo de la perso­nalidad).

Esta clasificación de las ideologías terapéuticas tiene por objeto la clara ubicación de cómo concebimos la tarea en que consiste la terapia, a saber, lograr que alguien cuyo des­arrollo está amputado, pueda llevar una vida más plena en relación con el proyecto que elija. Una vez más recurriendo a una metáfora, diremos que el terapeuta no es el padre de la criatura (la curación), sino sólo el partero que asiste al nuevo nacimiento.

MODELO TEORICO Y TECNICO

Antes de entrar a exponer en extenso el desarrollo de la teoría de crisis, intentaremos dar una idea preliminar acerca del modelo conceptual e instrumental para la resolución de las situaciones críticas a que recurrimos. Nuestro esquema de abordaje es especialmente indicado para las urgencias psi­cológicas, pero también constituye un nuevo planteo de psico­terapia destinado al mundo actual, la sociedad de masas con el proceso de esquizofrenización que impone, es decir, la so­ciedad fragmentadora de las funciones psicológicas, la que no reprime tanto el sexo como la identidad. El modelo tiene un nivel teórico que propone una perspectiva distinta de la enfermedad y la cura, y un nivel técnico que propone manio­bras para ayudar al paciente en el traslado de la enfermedad a la salud.

La nueva perspectiva consiste en re‑ver todos los trastor­nos mentales desde el tiempo y no desde el sexo como origen de la patogenia. Se entiende que al referirnos al tiempo de­signamos al proceso de cambio continuo de la realidad que, al transformarse de manera irreversible, hace difícil la con­servación de la mismidad, del sentimiento de ser uno el mismo a pesar del cambio, especialmente si en el transcurso del proceso de la vida debemos ser (estamos obligados) dis­tintas personas sólo ligadas por un núcleo yoico constituido en la infancia a veces en condiciones difíciles y confusas. De­bemos ser un bebé, un niño, un adulto, etcétera; y en cada uno de esos períodos nos autopercibimos desde el bebé, el niño o el adulto. Lo cual plantea un interrogante: ¿con qué elementos sostenemos la autopercepción de un sistema psí­quico en continuo cambio? Esto es equivalente al problema del relativismo en la física einsteniana, según el cual el sis­tema de coordenadas también se mueve. ¿Cómo medir en este caso? Desde un sistema externo estable. En el caso del psiquismo, este sistema externo a la subjetividad es la cul­tura, esto es, el conjunto de explicaciones compartidas que organizan la sucesión azarosa de la realidad y permiten coor­dinar las conductas grupales. También los vínculos que per­miten la identificación amorosa y el testimonio que de mí da la mirada del otro son elementos que rescatan de la subjeti­vidad caótica y atemporal. La capacidad de establecer víncu­los emocionales y de compartir estructuras (la libido y la pa­labra) son las dos funciones con las que se constituye ese sistema de referencia que nos permite sobrevivir a los cam­bios autopercibiéndonos como los mismos a través del tiempo.

Con todo esto estamos comenzando a dar una idea acer­ca del objeto que debe estudiarse y repararse: más que de un aparato psíquico que tiene sus secretos en el pasado, se trata de una historia que está sucediendo en la actualidad, un proceso que, centrado en el presente, constituye un salto entre dos espacios que el mismo salto define: lo que sucedió y lo que sucederá, el pasado y el futuro. Es este un salto en el vacío que no resulta tan fácil a veces, especialmente en las crisis, y que exige estructuras de sostén, de continui­dad, en ocasiones bastante complejas y a veces rígidas, cuan­do nos sostenemos con síntomas.

El acaecer del proceso de vida tiene fracturas, las lla­madas etapas de la vida, algunas de tránsito suave, como el fin de una carrera, o un cambio de trabajo; otras, traumá­ticas, como los accidentes, enfermedades, o la muerte re­pentina de uno de los padres. En este caso el yo debe reestructurarse, lo que produce mucha angustia, pues una parte tiene que disolverse mientras otra se crea. La teoría de crisis considera estas fracturas partes normales del proceso de crecimiento e individuación. Por eso en el proceso tera­péutico es necesario que se elaboren como los eslabones de una cadena y no como un accidente indeseable que debe am­putarse por medio de psicofármacos, el castigo, o la adapta­ción obediente a las normas.

A partir de la hipótesis básica de que la enfermedad es la fractura de la continuidad histórica, podemos deducir todo un esquema de pensamiento que procura un modelo para concebir y resolver las crisis.

Lo que actualmente se reprime no es tanto la sexuali­dad, como lo propone el psicoanálisis, sino lo que más bien se dificulta es la continuidad de esta sucesión, de este conti­nuo pasaje.

Nosotros proponemos que los mecanismos de defensa son modos de evitar el vacío en el presente y no tanto evitar la culpa por los deseos sexuales reprimidos. Lo más temido según nuestra concepción es el vacío de la percepción y no el incesto. Se advierte, sin embargo, que la teoría de crisis no está en contradicción con el psicoanálisis; simplemente reformula la enfermedad desde otro ángulo, el del tiempo. Incluso puede decirse que ambos son complementarios, que se trata de la misma ecuación teniendo en cuenta el otro factor.

Para terminar esta breve introducción a la teoría de crisis, adelantaremos que la filosofía de la realidad en que se basa esta propuesta de la salud y la enfermedad es el existencialismo. Pero se trata de un existencialismo que tie­ne que ver muy poco con lo que se llama psicoanálisis exis­tencial, que no es sino la propuesta freudiana con un barniz posterior del Da Sein existencial.

Proponer una terapia que esté organizada prospectiva­mente puede provocar, suponemos, muchas resistencias, pues el futuro es el espacio de lo desconocido, también de lo te­mido y, básicamente, es el lugar del tiempo donde está es­perándonos nuestra muerte, nuestra desaparición. Se con­sidera más seguro buscar el problema hacia atrás, en el espacio de lo ya sucedido. Las terapias arqueológicas cen­tran en el pasado la búsqueda del misterio. Pero esto es como caminar por un bosque temido avanzando de espal­das, mirando hacia el camino ya recorrido. Proponer darse vuelta causará angustia, pero pensamos, especialmente en épocas de bruscos cambios, que va a ser lo más convenien­te. Sin embargo, la inversión de la mirada que proponemos es muy sutil en la práctica, pues el futuro es un reflejo del pasado, está constituido con fragmentos del pasado que, por otra parte, es la única información que poseemos en cada momento del total de nuestro proceso vital.




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