Teorías del aprendizaje


CAPÍTULO VI. Familia y Envejecimiento



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CAPÍTULO VI. Familia y Envejecimiento

Mtra. Teresa Herrera Simón

Facultad de Psicología

Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas

Cuba
Una vez fui famoso, siempre andaba viajando, aquí tengo una foto actuando. Me recordaron tiempos de sueños e ilusiones, perdonen a este viejo, perdonen” (Silvio Rodríguez, s/f citado por Cassaus & Nogueras, 2002).

Visión panorámica del capítulo


El envejecimiento es un proceso inherente a todo lo vivo; sin embargo, dentro de la cultura occidental se ha significado como algo negativo que debe ser evitado a toda costa. Esto ha llevado a una ausencia de discurso acerca del tema, que ha tenido como consecuencia que, a pesar de que somos una sociedad donde los adultos mayores ocupan un por ciento importante de la misma, existan carencias de políticas públicas destinadas a preparar a las familias y a los individuos para manejar efectivamente su propio envejecimiento.

En este capítulo se define primero qué es el envejecimiento y se presentan datos que ilustran el proceso de envejecimiento de la población en nuestro país y a nivel mundial. Se discute si es posible el desarrollo en la vejez y el papel que juega la familia como favorecedora del mismo.

Por último se aborda el tema de la comunicación de la familia con el adulto mayor y se termina haciendo una serie de reflexiones acerca del papel de la misma como favorecedora del desarrollo del adulto mayor.

¿Qué es el envejecimiento?

Con un lirismo clásico, el cantautor cubano Silvio Rodríguez nos conduce al estado melancólico en que se posan nuestras vidas de vez en cuando, sobre todo cuando se llega a la llamada adultez mayor, tercera edad o vejez, y es que esta etapa de la vida se caracteriza por cambios que generalmente no son aceptados, ni siquiera por las personas que los experimentan (García &Veloso, 2005).

Por supuesto, como tendencia, las demás generaciones no comprenden al adulto mayor con su historia, porque lo miran desde su propia perspectiva y eso muchas veces genera segregación, aislamiento, vivencias de soledad y desamparo para las personas que arriban a la vejez. Para comprender y convivir con las personas de la tercera edad es necesario poseer una visión objetiva de lo que ocurre durante el proceso de envejecimiento.

La preocupación por el envejecimiento no es nada nuevo, pues desde la época de la comunidad primitiva comenzó a preocupar a los hombres el misterio de la vida y la muerte, de la juventud y la vejez y se trató de encontrar una correlación entre el período de crecimiento y la duración de la vida. En la civilización moderna, como en otras ya desaparecidas, ha existido gran interés por la longevidad. Pero, ¿conocemos qué es envejecer?

El desconocimiento que aún persiste acerca del envejecimiento ha obligado a plantear una serie de líneas investigativas para contribuir a aclarar este problema que se ha convertido en uno de los más candentes de las ciencias modernas.

El envejecimiento es un fenómeno inherente a todos los seres vivos y se produce a lo largo de todo el ciclo vital. Según Craig (2001) desde el punto de vista biológico el envejecimiento empieza al nacer.

En la Enciclopedia de Psicopedagogía (2000) se plantea que el envejecimiento es el proceso que, tras el crecimiento y la edad adulta, conduce a la vejez o tercera etapa vital y se agrega que el gran problema es la falta de investigaciones realizadas en este campo.

Según el informe del Fondo de la Población Mundial (FPM, 1999): En nuestro mundo lleno de diversidad y constante cambio, el envejecimiento es una de las pocas características que nos definen y nos unifican a todos. Estamos envejeciendo y esto debe celebrarse, tenga usted 25 ó 65, 10 ó 20, igualmente está envejeciendo” (p. 2).


El envejecimiento según el FPM (1999) es el “proceso fisiológico que comienza con la concepción y ocasiona cambios característicos de la especie durante todo el ciclo vital, esos cambios producen una limitación a la adaptabilidad del organismo en relación con el medio. El ritmo de esos cambios se produce en los distintos órganos de un mismo individuo o en distintos individuos de forma desigual” (p. 3).

Es cierto que la vejez está asociada a la edad, pero no es igual a ésta y, además, no existe una edad concreta en la que se comienza a ser viejo. En realidad decimos que una persona está envejeciendo cuando aparecen en ella ciertas características físicas (canas, arrugas, lentitud), psicológicas (falta de motivación por ciertas actividades, decrecimiento de energía vital) y sociales (aislamiento o poca participación, pérdida de roles).

Como se puede apreciar no es sólo el indicador cronológico asociado a la edad el que define al envejecimiento; hoy podemos hablar de indicadores biológicos, cronológicos, fisiológicos, sociales y psicológicos, lo que permite enfocar el envejecimiento como un fenómeno individual. Las personas envejecen de distintas maneras en función de su individualidad, de su subjetividad, condicionadas por un conjunto de factores biológicos, psicológicos y sociales.

Hoy en el lenguaje científico se habla de diferentes tipos de vejez. Según Fernández (2002) se puede señalar que existen: Una vejez normal, una vejez patológica y una vejez exitosa o competente. La primera es la más difícil de definir, pues se valora en base a un conjunto de parámetros abstractos que se manifiestan en la media de funcionamiento de la población de la tercera edad.

La vejez patológica es más fácil de definir, pues es aquella que cursa con algún tipo de enfermedad, en este sentido es preciso aclarar que si bien con la edad aumenta el riesgo de enfermar, la vejez no es sinónimo de enfermedad. El riesgo de enfermar en la vejez tiene que ver más con los estilos de vida que con la edad en sí.

Por su parte la vejez competente o exitosa se puede definir como aquella que transcurre con una baja posibilidad de enfermar y de discapacidad asociada; un alto funcionamiento cognitivo, físico y funcional, poder asertivo, compromiso y participación social.

Generalmente en nuestras sociedades se ha estigmatizado a la vejez desde posiciones nada positivas, mientras que se venera a la juventud. Sin embargo, hoy esas percepciones están cambiando y ya se comienza a hablar de vejez como etapa evolutiva de desarrollo.

Es objetivo nuestro y de todos aquellos que de alguna manera se interesan por el fenómeno del envejecimiento, asumirlo como una nueva etapa de la vida en la que los cambios pueden mantener la integridad de la personalidad e incluso promover el desarrollo y el éxito personal.



Aspectos demográficos actuales del envejecimiento

El envejecimiento es un fenómeno que se produce de forma paulatina y que ocurre en todos los países. En América Latina se ha definido como uno de los principales problemas demográficos. Estudios recientes confirman que estos cambios, para América Latina y el Caribe, se desarrollarán a mucha más velocidad que en el resto de las regiones y se caracterizarán por una rápida urbanización, fuerte tendencia a la disminución de la fertilidad y un aumento de la esperanza de vida al nacer.

En México la tendencia al envejecimiento poblacional es notable, en este sentido el Consejo Nacional de Población (CONAPO, 2001) estima que a finales de 2006 México tendrá una población de 108 millones de habitantes -habrá 1.94 millones de nacimientos- y la tasa de natalidad será de 18.1 nacimientos por cada mil habitantes. Destaca en su informe que durante las próximas décadas el país ‘se encaminará rápidamente’ a un crecimiento cada vez más reducido y a un perfil envejecido.

De acuerdo con proyecciones del CONAPO (2001), los nuevos mexicanos y mexicanas tendrán una esperanza de vida de 75.7 años (73.2 para los hombres y 78.1 para las mujeres) y la tasa de crecimiento total del país en el próximo año es de uno por ciento.

Como se puede apreciar un dato importante es el crecimiento alarmante de la cantidad de mexicanos de la tercera edad. CONAPO (2001) señala que este grupo aumentará de 6.8% en 2000 a 28% en 2050, pues asegura que durante las próximas décadas la población del país entrará de lleno y completará la última fase de la transición demográfica.

Señala además que la tasa de crecimiento natural descenderá de 1.36 en 2006, a 1.25 por ciento en 2010 y a 0.66 por ciento en 2030, en tanto que hacia mediados de siglo, por primera vez desde la culminación de la Revolución Mexicana, se prevé el inicio de un ciclo de crecimiento demográfico negativo o fluctuante a tasas muy bajas (CONAPO, 2001).

Los cambios en la fecundidad y la mortalidad que se producirán durante los siguientes 30 años, puntualiza en su informe, implicarán profundas transformaciones en la distribución por edades de la población; en ese periodo se acentuará el tránsito de una población joven a otra entrada en años, lo que se traducirá en un incremento significativo de su edad promedio, que pasará de casi 27 años en 2000 a más de 42.6 años en 2050 (CONAPO, 2001).

El CONAPO (2001) precisa que las transformaciones en el tamaño y la estructura por edades de la población también dejarán sentir sus efectos en la formación de un amplio espectro de demandas y necesidades sociales, las cuales resulta necesario prever con antelación para hacer frente a los nuevos desafíos con oportunidad, equidad y eficiencia. Así por ejemplo, lo ejemplifica en la demanda educativa, "la cual es cada vez más intensa y se trasladará en las próximas décadas a los niveles medio superior y superior, y será necesario ampliar la cobertura y calidad de estos servicios, incluidos los servicios educativos para los adultos mayores” (p. 8).

Por ello, subraya, que a mediano y largo plazos el envejecimiento demográfico, con los cambios asociados en las pautas de morbilidad y mortalidad, exigirá una significativa re evaluación de las políticas educativas y sanitarias y de los recursos que a ellas se designen y demandará profundas reformas en las estrategias, alcances, funcionamiento y organización del sector salud.

Otro ejemplo que ilustra este fenómeno en América Latina es el caso de Cuba, país con un 14% de población envejecida y una esperanza de vida de 76.6 años, lo cual la sitúa entre los países más envejecidos de Latinoamérica seguida por Barbados. En Cuba la tasa anual de crecimiento en el grupo de mayores de 65 años es de un 24%, lo que contrasta con el grupo de menores de 15, cuyo crecimiento es solo de 1.6% anual (Benítez, 1996).

Cuba está clasificada según el grado de envejecimiento en el grupo III. Según datos estadísticos en Cuba hay, en la actualidad, 79 personas de 60 años por cada 100 personas de 0-14 años y 24 personas de 60 años por cada 100 de 15 a 59 (Benítez, 1996).

El incremento del promedio de vida implica que una persona al jubilarse tiene por delante alrededor de 20 años más de vida aproximadamente, por eso es importante hablar no sólo de esperanza de vida, sino de calidad de vida en la vejez. Lo importante ahora no es vivir más años, sino vivirlos bien y para ello es necesario garantizar mejoras en las condiciones de vida, en los servicios de salud y educación para que la vejez sea una etapa feliz y productiva.

Hoy sabemos que es posible un buen envejecer, aunque todavía existan prejuicios y tabúes en este sentido. Envejecer bien consiste en aprender nuevos roles, hacer frente a nuevas situaciones, para lograr el ajuste social y la adecuada integración del hombre con su ambiente.
¿Es posible el desarrollo en la vejez? ¿Cómo lograrlo?

Es posible, pues el desarrollo humano dura mientras dura la vida, también la vejez puede ser fuente de crecimiento personal, aprendizaje y desarrollo; sin embargo, aún existen prejuicios y estereotipos sobre la vejez que resultan una limitante en la asunción de esta concepción de desarrollo, pues aunque todas las edades son portadoras de opiniones sociales, sin dudas la etapa del envejecimiento ha estado y aún está influenciada por la cultura social donde se desenvuelve el adulto mayor.

Hasta hoy la cultura, de una u otra forma tiende a estimular percepciones negativas sobre la vejez. Con mucha frecuencia encontramos personas que atribuyen a la edad cualquier condición negativa de funcionamiento sexual, cognitivo o de integración social. De esta manera es lógico que predomine una visión negativa y pesimista asociada al envejecimiento. Esta visión negativa puede encontrarse tanto a nivel social, como dentro del propio grupo de los adultos mayores e incluso dentro de las propias familias.

Así por ejemplo podemos escuchar opiniones en la población como:



  1. “Está bastante bien para su edad”.

  2. “El abuelo sólo puede hacer los mandados”.

  3. “¿Qué se habrá creído ese viejo? ¿Que es un jovencito?

U otras expresiones de los propios adultos mayores como:

  1. Ante una enfermedad cualquiera: “Soy un viejo y tengo que soportar estos achaques mientras viva”.

  2. Ante la sugerencia de hacer ejercicios o ir a la Universidad de Adulto Mayor: “Que va, yo soy muy viejo, de qué me sirve si ya me queda poco de vida”.

  3. Ante la sugerencia del médico de dejar de fumar: “Total, para lo que me queda de vida, no voy a dejar lo único que me da placer”

A esto se suman una serie de creencias que pueden influir en la conducta de los adultos mayores, que muchas veces limitan su comportamiento por “El qué dirán”, “Mi familia no va a aceptar eso…” y otras.

Un primer paso para envejecer bien sería la disminución y/o eliminación de las falsas concepciones y tabúes sobre la vejez, porque está claro que la concepción que se tenga sobre la vejez va a definir las actitudes, expectativas, comportamientos y estilos de vida que van a asumir las personas mayores y los que le rodean. Es importante que el adulto mayor pueda disfrutar del apoyo familiar y social, a la vez que se convierta en transmisor de valores y de todo el caudal de experiencia acumulada.

Todos los cambios que se producen asociados a la edad pueden ser convertidos en fuente de desarrollo personal, si se saben aprovechar los espacios y las condiciones que permiten resolver los problemas y mantener niveles físicos, psicológicos y sociales adecuados.

Dentro de las determinantes que condicionan el desarrollo en la adultez mayor se encuentran las condiciones individuales del sujeto, la familia y las condiciones socioculturales.

Es importante que el adulto mayor reconozca sus potencialidades, lo que permitirá una percepción más positiva de la etapa por la que transita, una mayor aceptación de sí mismo y de los coetáneos; que satisfaga sus necesidades de comunicación y transmisión de la experiencia acumulada, lo que se logrará con el apoyo de la familia, los compañeros y amigos y las posibilidades que ofrecen los espacios educativos.

Distintos estudiosos del fenómeno del envejecimiento, entre los que se encuentra Fernández (2002), se han ocupado de analizar los principales mecanismos que actúan en las personas para lograr o no un envejecimiento exitoso, dentro de estos se han mencionado los siguientes: normalización, selección, optimización y compensación (Ver figura 7).



Figura 7. Mecanismos que contribuyen a un envejecimiento exitoso


La normalización se refiere a que, si las personas envejecen como han vivido, es importante que se mantengan las condiciones en que el sujeto se siente a gusto (su casa, sus entretenimientos, sus costumbres). En esta etapa los cambios drásticos de forma de vida pueden ser perjudiciales, pero no prohibidos, siempre que el adulto mayor los acepte.

La selección implica que si durante la vida hemos elegido aquello que nos gusta o nos conviene (pareja, profesión, amigos) también durante la vejez la persona debe conservar ese derecho, en consonancia con su salud, sus facultades y su entorno. Está claro que debe elegir aquello que mejore su bienestar y salud y no aquello que sea nocivo, para ello debe pedir apoyo y orientación.

La optimización se refiere a que el adulto mayor debe tratar de mantener un máximo desarrollo de sus potencialidades. Pasear, estudiar, hacer ejercicio, bailar, crear, ayudar a los demás, son formas que contribuyen al propio desarrollo y al crecimiento como ser humano.

Por último la compensación, pues no se puede negar que con el envejecimiento ocurren declives en los procesos y funciones vitales. Por eso si la persona sufre algún déficit auditivo, visual, motor o de cualquier otra índole es importante tratar de compensar la disfunción. Los mecanismos de compensación pueden ir desde el uso de aditamentos como: lentes, audífonos, bastón, hasta la rehabilitación de un déficit intelectual mediante el entrenamiento y el aprendizaje de estrategias cognitivas y metacognitivas.

Entiéndase por estrategias metacognitivas aquellas dirigidas al desarrollo de la capacidad para reflexionar sobre los propios procesos o desarrollar metaconocimientos. Los metaconocimientos y la conciencia metacognitiva incluyen como objeto tres grandes campos relacionados con la eficiencia del sistema cognitivo y el aprendizaje: los conocimientos sobre la propia persona y su sistema cognitivo, sobre las tareas del aprendizaje y sobre las posibles estrategias a desplegar para mejorar el rendimiento en función de determinados fines y la capacidad para regular el propio proceso de aprendizaje y desarrollo.

No olvidemos que los seres humanos somos eminentemente sociales y la desvinculación del entorno social, en cualquiera de los períodos de la vida, tiene consecuencias negativas. Además las personas mayores que han recorrido un camino más largo, han aprendido durante más tiempo a vivir con los demás, han luchado más tiempo por alguien o por algo y han estado vinculadas durante largo tiempo a su entorno. Es lógico entonces que el aislamiento, la soledad o el desinterés provoquen daños en su salud y su bienestar.

Con frecuencia, los cambios que se van produciendo a lo largo de la vida van cambiando el papel que desempeñan las personas en la sociedad y las van apartando de las responsabilidades que se habían tenido durante mucho tiempo, esto puede generar sentimientos de enajenación, de soledad y abandono. ¡Pero lo cierto es que el mundo sigue estando ahí, les pertenece a todos por igual y necesita de todos sus habitantes, para el mundo los adultos mayores siguen siendo importantes, ¡no importa la edad!

Sin embargo, aún siendo tan importantes, la frecuencia y la satisfacción con respecto a los contactos sociales parecen ir disminuyendo, lenta pero continuadamente para muchas personas, hasta hacerse notable sobre todo a partir de los 80 años. Esto adquiere más importancia aún si tenemos en cuenta la fuerte relación que existe entre salud, edad y apoyo social. En este sentido se han realizado importantes estudios que han probado la estrecha relación que existe entre apoyo social y salud en la vejez.



La familia como fuente de apoyo social y determinante del desarrollo del adulto mayor

Las reflexiones anteriores nos llevan a considerar el importante papel de la familia en el proceso de envejecer, como fuente de apoyo social y afectivo imprescindible para la persona que atraviesa esta etapa del ciclo vital.

Las redes de apoyo son importantes para los adultos mayores, tanto para disminuir la morbilidad como la mortalidad. Esto se explica porque las redes de apoyo pueden contribuir al mantenimiento de estilos de vida más sanos y a la disminución del estrés, con sus consecuencias derivadas. Así por ejemplo, los adultos mayores con redes de apoyo más amplias suelen padecer menos de infarto del miocardio que los sujetos que viven aislados (Fernández, 2002).

También se ha demostrado que las medidas de apoyo social percibido, tales como satisfacción marital y frecuencia de contacto con amigos y parientes se asocian con el bienestar, la felicidad y la satisfacción de vida en las personas mayores.

Se ha visto que aún existe una sub utilización de las redes de apoyo formal o de los servicios que brindan estas redes, a veces por desconocimiento y otras por desconfianza de los usuarios; aparecen temores a ser asignados a "asilos" o casas para ancianos.

Por estas razones continúa siendo la familia la que debe cubrir las principales necesidades tanto económicas como emocionales de los adultos mayores y se incluye también a los vecinos como parte de la red de apoyo informal con que cuenta el anciano.

Para los propios adultos mayores es muy importante no sentir que son una carga para su familia, por eso la participación en soluciones económicas o de cualquier tipo son generalmente vivenciadas como aporte a la familia, por lo que es necesario que estas contribuciones, por pequeñas que sean, sean vistas como un indicador de creatividad y activismo en la etapa y así se le haga saber al adulto mayor.

Existen ejemplos en la literatura que ilustran el penoso proceso por el que transitan muchos adultos mayores que a pesar de haber dedicado toda su vida a la familia, al final de sus días experimentan el desamparo al sentirse relegados o abandonados por sus seres queridos, tal es el caso de la protagonista de la novela Los Gololvey, del escritor ruso Stalnikov Chedrin.

“…Por fin se sentó y se echó a llorar (…). Era una desesperación amarga y total, unida a una obstinación impotente. Y la vejez y los achaques y el abandono, todo parecía llamar a la muerte como la única salida apaciguadora; pero al mismo tiempo (…) los recuerdos del pasado le aguijoneaban y le ataban a la tierra (…). Una angustia mortal se había adueñado de todo su ser (…). ¡Toda su vida, en nombre de la familia, se había impuesto privaciones, se había mutilado toda su existencia y ahora, bruscamente, se daba cuenta de que no tenía familia!” (Chedrin, 1975, p.135).

Con esta descripción impresionante y conmovedora el autor nos presenta esta cara amarga de la vejez. Para la protagonista de la novela, como para muchos ancianos, esta etapa de la vida significa desolación y abandono, sobre todo de la familia a la que dedicaron lo mejor de su existencia.

En muchos países, sobre todo del mundo desarrollado, donde el egoísmo y el interés por los bienes materiales son los ‘valores’ predominantes, es muy común que los hijos abandonen tempranamente el hogar, que las relaciones familiares se vuelvan cada vez más frías y distantes y que los adultos mayores, al final de su días, se encuentren viviendo solos o teniendo como única compañía a un perro. En países como Alemania, España y muchos otros, esto es cada vez más frecuente.

Por suerte en alguna regiones de América Latina se vive una situación bien diferente, ya sea por idiosincrasia, por necesidad de convivencia o por otras razones, las relaciones familiares suelen mantenerse a lo largo de todo el ciclo vital de la familia, aún cuando el apoyo que se le brinde a los mayores no sea siempre el ideal.

Orosa (2001) señala que en muchas familias, sobre todo en América Latina la mayoría de los ancianos se encuentran en condiciones de convivencia familiar, por este motivo es necesario considerar esta convivencia como un factor condicionante de crecimiento personal en la etapa, pero el hecho de que la mayoría de los adultos mayores vivan en familia, no significa que sean felices, acompañados o realizados, pues aún existen necesidades comunicativas, de atención y de ayuda mutua.

La familia como red social primaria es esencial en cualquier etapa de la vida, es el primer recurso y el último refugio. La familia como grupo de intermediación entre el individuo y la sociedad, constituye un determinante importante para el análisis de la vejez desde una perspectiva de desarrollo, por eso la familia con adultos mayores se enfrenta al desafío de encontrar estrategias que permitan vivenciar la última etapa del ciclo vital como un nuevo momento de desarrollo y despliegue de potencialidades de sus mayores.

La familia es un grupo social y cuando en la misma viven adultos mayores, pueden ocurrir eventos importantes que pueden afectar a todos sus miembros: la viudez, el rol del abuelo, el papel de los cuidadores del anciano y del anciano como cuidador, la jubilación, y la muerte.

En relación al papel del adulto mayor en la familia resulta importante hacer algunas reflexiones: En primer lugar que la familia es el medio idóneo donde el adulto mayor puede transmitir su experiencia y sabiduría acumulada en su vida laboral y social. Para que se logre este objetivo la familia debe ser comprensiva y tolerante cuando el mayor reclama espacios para ejercer su autoridad, sus lugares de acción y continuidad, pero a su vez el propio adulto mayor debe comprender lo beneficioso de compartir planes y proyectos entre todos los miembros de la familia.

Orosa (2001) señala que en muchos lugares, como parte de la cultura Iberoamericana, emerge el rol de abuelo para la tercera edad. El adulto mayor continúa siendo un recurso de familia, aun cuando no conviva ni sea el proveedor principal de economía.

Para el adulto mayor el rol de abuelo viene a suplir la carencia de otros roles que habitualmente desempeñaba mientras estaba ocupado, ya sea en la crianza de sus propios hijos o en una ocupación productiva; por lo general para los adultos resulta gratificante el intercambio con los nietos, quienes también se benefician al recibir afecto y toda una serie de influencias positivas, como son los conocimientos, la experiencia y los valores que les transmiten sus abuelos.

El momento de la jubilación laboral marca un cambio en las relaciones de la familia, es por eso que como los mayores, estructuren su jubilación y su entrada a la vejez, así será el funcionamiento, armonía, y respeto de límites familiares.

Puede aparecer el anciano sobrecargado de tareas domésticas o por el contrario totalmente aislado. Por otra parte, puede ser respetado el lugar del anciano como individuo dentro del núcleo familiar o por el contrario ser invadido su lugar de intimidad psicológica, y hasta el espacio físico que antes le pertenecía.

Al hombre jubilado le es más difícil reencontrarse en el hogar, y en muchas ocasiones aparecen vivencias de soledad y de pérdida de lugar. A la mujer jubilada acostumbrada a su rol doméstico, le es más fácil adaptarse a la nueva situación, aún cuando esto es relativo y está en dependencia de las características de personalidad, de la individualidad.

Dentro de las relaciones familiares se destaca la importancia de la pareja para el adulto mayor, que deviene en autoayuda y sentimientos de seguridad, frente a los sentimientos de soledad y desamparo; al igual que en otras etapas la vida en pareja, durante está edad hace que los adultos mayores sean menos propensos a padecer depresión y otros trastornos psicológicos (Valdés et. al., 2007).



Comunicación, familia y adultez mayor

Está claro que las relaciones sociales tienen una importancia vital a lo largo de toda la vida de las personas, incluidos los adultos mayores. Dentro de estas relaciones sociales la comunicación ocupa un lugar primordial.

Es bien sabido el papel que desempeña en la vida del individuo la necesidad de comunicación con sus semejantes (necesidad que se presenta incluso en el hombre primitivo), la necesidad de la enorme riqueza que constituye otro hombre; la esencia del hombre se manifiesta en la comunicación material y espiritual, directa e indirecta.

Al decir de Fernández (2002), del conjunto de las habilidades interpersonales (sociales), la comunicación es la habilidad más básica. Por poner un ejemplo: La comunicación sería como el cimiento de un edificio, el que lo sostiene, si éste no se construye bien, el edificio puede derrumbarse, lo mismo ocurre con las relaciones interpersonales cuando la comunicación no es adecuada.

Para los adultos mayores la comunicación tiene una importancia extraordinaria, pues es en las relaciones y la comunicación con su familia, amigos y coetáneos donde puede encontrar el apoyo social tan necesario para su salud física y su bienestar emocional.

La comunicación con la familia ocupa un lugar importante para el adulto mayor, sin olvidar la relación con los coetáneos, que puede ser tan o más enriquecedora que cualquier otra relación.

En todas las etapas de la vida es normal que surjan conflictos en las relaciones interpersonales, en la tercera edad estos conflictos pueden estar asociados a las contradicciones intergeneracionales (padre hijo en la relación con la crianza de los nietos, abuelo nieto, por la presencia de prejuicios y estereotipos sobre un grupo etario, etc.).

Está claro que a la luz de la percepción de cada generación, su punto de vista es el adecuado y es precisamente aquí donde podemos encontrar la principal contradicción intergeneracional (en términos de convivencia). En medio de este conflicto no podemos olvidar que el adulto mayor es quien más tiempo ha vivido, por lo que es quien más arraigadas tiene sus costumbres, hábitos e ideología, por ello está más lejos de las modernas concepciones del joven, de ahí expresiones como: ‘abuelo eres un anticuado’, ‘eso que haces pasó de moda’, ‘tu tiempo ya pasó’.

Si de asumir algo se trata, es precisamente la contradicción lo que hay que asumir, contradicción que surge de las diferencias. La comunicación es precisamente el arte de la conjugación de las diferencias, las diferencias justifican y generan la comunicación.

El hecho de que sea normal que surjan problemas no quiere decir que no se puedan solucionar y muchas veces evitar, y en ello le corresponde un papel importante al adulto mayor, por su experiencia (sabiduría) lo que lo convierte en un sujeto pleno de potencialidades para manejar y solucionar los conflictos.

Lo anterior no quiere decir que deba tolerar o aceptar todas las diferencias, ni tampoco ser intolerante o intransigente, sino de buscar el equilibrio para que los conflictos se puedan resolver con ventajas para todos.

Hemos señalado la importancia de la familia, los amigos y compañeros para el adulto mayor como fuente de apoyo material y emocional, pero no es menos cierto que el adulto mayor también es necesario y muchas veces imprescindible en el seno de la familia y la sociedad. Su identidad única e irrepetible, su vasta experiencia, el tiempo con el que ahora cuenta, su sabiduría y capacidad de comprender, de reflexionar, son cualidades de las que sólo aquellos que han vivido más años pueden hacer gala.

En los países latinoamericanos, donde las condiciones socioeconómicas favorecen la convivencia de varias generaciones bajo un mismo techo, la presencia del adulto mayor se convierte en una necesidad para todos los miembros de la familia porque se pueden delegar en ellos responsabilidades y funciones que a veces los más jóvenes no están en condiciones de cumplir con éxito, como es el rol de madre o padre, sino porque todos tienen la oportunidad de contar con una figura que ha vivido una larga historia y que tiene mucho que contar y enseñar.

Los más pequeños de la casa por ejemplo, ven en los abuelos a aquella persona entrañable que tiene tiempo para mimarlos, jugar con ellos, contarles cuentos y cantarles canciones, para brindarle su afecto.

Los adolescentes y jóvenes, aunque son generalmente los más difíciles en su manejo educativo por las características propias de la edad, no son ni mucho menos inaccesibles para los abuelos, pues los abuelos suelen comprenderlos y escucharlos mejor que sus padres, comprender sus manías, arrogancias, caprichos y malestares ya que el adulto mayor sabe distinguir entre lo importante y lo que no lo es y puede contribuir a relajar tensiones, a suavizar puntos de vista y evitar o atenuar los conflictos entre padres e hijos.

Los hijos, aunque adultos, también necesitan del adulto mayor, pues es sin dudas quien mejor los conoce y quien mejor los puede aconsejar. Hasta los adultos mayores se necesitan entre sí, necesitan compañía y apoyo para hacer más llevaderas sus condiciones de vida y de salud, sobre todo si éstas son desfavorables.

Cerca del adulto mayor hay una serie de problemas en los que puede ayudar, por eso sus familiares, vecinos y amigos lo necesitan. Cada miembro de la familia puede y debe contribuir a mantener la relación entre los más viejos y los más jóvenes, a facilitar y favorecer los contactos para que no se diluyan los entramados de una red tan importante en la vida de cualquier ser humano.

El adulto mayor debe tener conciencia de que cuenta con medios de comunicación extraordinarios que le permiten ponerse en contacto con cualquier parte del mundo; hacer contacto con sus familiares, conocidos y hasta con aquellos que nunca ha visto personalmente y debe estar consciente de que sus opiniones, sus criterios, su experiencia y su actividad para difundir inquietudes y para recabar ayuda son muy importantes.

Las redes de apoyo formal también propician espacios de intercambio que pueden contribuir al bienestar, realización y desarrollo personal; se trata pues de aprovechar todas las oportunidades para sentirse mejor, para ser feliz y hacer felices a los demás. Es importante recordar que cualquier posibilidad de mejora en las relaciones familiares, tanto en calidad como cantidad, pasa primero por el conocimiento de lo que hacemos y lo que aún necesitamos.

La comunicación adecuada y asertiva no es un paradigma para predicar. La comunicación y las buenas relaciones sociales se cultivan en el quehacer diario, en la conciencia de que es posible evitar y resolver los conflictos de la mejor manera posible y con la confianza en la capacidad infinita del ser humano de amar y ser amado.



Reflexiones finales

Para finalizar el capítulo realizaremos algunas reflexiones que pueden contribuir a esclarecer el importante papel de la familia en el afrontamiento al proceso de envejecimiento de sus miembros, así como el importantísimo rol de los propios adultos mayores en el seno de la familia.

Los seres humanos forman tres grandes batallones y de ellos depende la gran riqueza del mundo. El primero, es el batallón de los más jóvenes que aprenden; el segundo, es el de las personas de edad madura que prosiguen y perfeccionan los logros del pasado. El tercero lo forman quienes aprendieron primero, hicieron su propia contribución para mantener y mejorar las conquistas del pasado y que ahora son libres de cumplir, si así lo desean, con sus obligaciones individuales para con un pequeño grupo o con la sociedad entera; estas tres generaciones (la de los jóvenes, la de los adultos medios y la de los adultos mayores) generalmente conviven o se relacionan en el interior del entramado familiar.

Recordemos que la vejez puede significar la máxima realización de las potencialidades vitales, la culminación del desarrollo de la personalidad y de la propia individualidad y la etapa propicia para el logro de un ser más profundo y auténtico y de una mayor paz interior y armonía con los demás, pero para ello es importante que a las personas mayores se les reconozca su valor y su papel en la sociedad y en el seno de la familia.

Si bien los adultos más jóvenes pueden obtener la mayor satisfacción de los logros y avances en el trabajo, el desarrollo personal y otras áreas, los más viejos pueden sentirse satisfechos sencillamente conservando su funcionamiento o haciendo un balance de lo logrado en la vida, por eso a la familia y la sociedad le corresponde reflexionar junto a sus adultos mayores sobre aspectos como: ¿Cuántas cosas han logrado estos adultos mayores en sus vidas que han proporcionado sentimientos de bienestar y satisfacción a los demás ya sí mismos? ¿Cuánto han aportado a la sociedad, a la familia y su desarrollo? ¿Cuánto aun les queda por hacer en beneficio propio y de los demás?

Indiscutiblemente se hace vital que la reincorporación del adulto mayor como ente activo en la sociedad y en el seno de la familia se convierta en uno de los lemas de vanguardia en la lucha por un mundo donde la calidad de vida del hombre alcance niveles cada vez más altos para todos por igual, sin importar color de la piel, sexo, procedencia social o edad.




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