Teologia II cristologia y soteriologia cngo. Lic. Marcelo Mateo


La presentación "desde arriba" común a los Sinópti­cos



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1. La presentación "desde arriba" común a los Sinópti­cos

- Los Sinópticos coinciden en ofrecer una presentación de Jesús por parte del Padre en las dos teofanías del bau­tismo y de la transfiguración. En el bautismo una voz celes­te proclama la filiación divina de Jesús, dirigiéndose ya a Éste, ya a los testigos presentes. En la transfiguración, la declaración es hecha directamente a los discípulos.

- ¿De quién es la voz? Según una costumbre hebrea a Dios no se lo nombra; pero no cabe duda que en estos relatos esa voz es la suya. Estamos, pues, ante una teofanía con declaración perso­nal del Padre. Nos hallamos más allá del profetismo, porque aquí es Dios mismo quien toma la palabra. Esto significa que la escatolo­gía comienza a realizarse. Por ello Mc inicia su Evangelio con el anuncio de la llegada del tiempo definitivo: "En aquellos días". Inmediatamente después viene la escena del bautismo.

- En la designación de la identidad de Jesús se dan cita tres figuras proféticas: la del Rey Mesiánico (Sal 2,7), la del Siervo (Is 42,1) y la de Isaac (Gen 22,2.12.16). Re­uniendo las tres, se obtiene una síntesis que indica cuánto supera el misterio de Jesús a sus figuras tipológicas. La noción de Hijo corrige a la de Siervo y la supera. "En ti me he complacido" substituye la frase sálmica "Yo te he engendra­do hoy", puesto que no se trata de una generación que tenga lugar ese día, como en el caso de la entroni­zación de un rey. El recuerdo de Isaac, "hijo predilecto", confirma que no se trata de una simple filiación adoptiva. La relación entre Jesús y Dios es análoga a la existente entre Isaac y Abra­ham, natural y única47.

- De esta manera, los evangelistas han querido mostrar al Padre presentando personalmente a su Hijo a la humanidad. Así, Mt, Mc y Lc manifiestan que desde el principio la vida de Jesús es el don que el Padre hace de su Hijo al mundo. El período histórico que se inaugura tiene su punto de partida en Dios. La cristología es, en primer lugar, teología.


2. Marcos: Evangelio del Misterio

- Desde el comienzo del Evangelio, confiesa Mc la filia­ción de Jesús (1,1). Se trata de una fe en la filiación trascendente, pues la cita de los oráculos proféticos en los versículos que si­guen aplica a Jesús lo que había sido dicho de Dios. El autor se complace en destacar los aspectos humanos y los sentimientos de Jesús. Pero, a través de ellos, presenta el misterio de su Perso­na.


a. Los aspectos humanos

- Nadie como Mc insiste en las actitudes y sentimientos humanos de Jesús (3,5), hasta el punto de escandalizar a los lectores afirmando aquello que los otros evangelistas prefi­rieron omitir. Mc no duda en descri­bir la ira de Jesús ante la increduli­dad de los hombres y nos invita a descubrir el misterio allí escondido: su ira es una expresión humana de la ira divina. Lo mismo puede decirse de su pena y tristeza compasiva.



- Sólo Mc afirma que Jesús ha abrazado a los niños que le fueron presentados48. Así Mc destaca el amor de Jesús por los pequeños y su predilección por los inválidos.

- Asimismo, es el único que, con ocasión del episodio del joven rico, nos informa que "Jesús, fijando en él su mirada, lo amó" (10,21). Se trata de un amor tan manifiesto que impresionó a los testigos. El amor humano de Jesús es así revela­ción del amor divino que se halla en el origen de la llamada.

- Sólo Mc dice, con expresión algo cruda, que Jesús "hizo los doce". Aunque las traducciones suavicen el término, el verbo "hacer" retrotrae al "hacer" divino de la creación. Se indicaría así la nueva creación que da origen a la Igle­sia. Asimismo, el nuevo nombre dado a Pedro estaría en esta línea creacio­nal.

- La respuesta "Yo soy", dada por Jesús al sumo sacer­dote, es la expresión típica de un hombre que se da a cono­cer. Sin embargo, deja entrever el misterio del Nombre divino (Ex 3,14) o del "Yo soy" pronunciado por YHWH en oca­siones solem­nes49.

- La muerte es, ciertamente, la máxima expresión de la fragilidad humana. Pero en el caso de Jesús se vuelve la cúspide de la Revelación (15,39). Mientras que para Mt la expresión del centurión se debe al terremoto (27,54), para Mc ella afirma la filiación divina de Jesús, revelada en el momento de la máxima impo­tencia, en el momento antidivino por antonoma­sia.


b. El misterio de la Persona

- El misterio de la Persona de Jesús se debe a la manifesta­ción de lo divino en lo humano.

- Elemento esencial es el asombro de los discípulos, incapa­ces de comprender el misterio (4,41). Sin embargo, éste les es comunicado (4,11). Mientras Mt y Lc hablan de "los misterios", Mc prefiere el singular, de significado más profundo: no se trata sólo de los misterios del Reino de Dios, sino del Misterio único, que no sólo se da a conocer sino que se hace presente de manera absoluta en la Persona de Jesús.

- Mc, por lo tanto, no trata la fe en la divinidad de Jesús de modo menos completo que el Evangelio de Jn. Pero lo que Mc ha comprendido mejor es que Dios sólo se revela como misterio y que Cristo lo ha manifestado precisamente así.



- Por otra parte, ha percibido que en Jesús no hay oposición entre lo divino y lo humano. El no vacila, como Mt, en suprimir ciertos pasajes aparentemente poco dignos de la grandeza de Jesús50. Mc no duda en decir todo, porque todo lo humano es portador del Misterio de Dios y capaz de revelarlo. De allí la sencillez y profundidad de su Evange­lio.
3. Mateo: Evangelio del Reino

a. Mt quiere reconocer en Jesús al rey mesiánico y así lo presenta desde el comienzo del Evangelio: "Hijo de Da­vid". El título retorna varias veces en el libro51. A su vez alude a la trascen­dencia total de la Persona de Cristo, subrayada por su concepción virginal y su potencia, superior a la de David (22,45).

La misma trascendencia es destacada por la insistencia en el Nombre y en su imposición: Jesús, YHWH salva, no sólo indica que por Jesús Dios salvará al pueblo, sino también que el mismo Jesús salvará a la nación. La cita del Emmanuel (1,23) refuerza el sentido de trascendencia.

Además, si Jesús realiza el juicio universal (25,24-40), esto significa que tiene rasgos divinos (porque sólo a Dios corres­ponde el juicio).

b. La trascendencia divina del Mesías se expresa, sobre todo, en el poder que detenta sobre el Reino de los Cielos. El es instaurador y Señor del mismo. Aunque el Señor supremo es siempre el Padre, es verdad que Este ha preparado el banquete para las boda de su Hijo (22,2). Por tanto, el Hijo celebra las bodas de Dios con su pueblo y comunica al Nuevo Israel su amor.

Jesús se comporta también como legislador soberano, porque promulga una ley que completa y corrige a la antigua, superándola totalmente. Esto llena de asombro porque sólo Dios está por encima de la ley. Jesús, pues, reivindica para sí, con audacia extrema, la autoridad divina.

Tal autoridad llega al culmen con la creación de la Iglesia, la cual se sustituye al primer Israel, que era obra de Dios.

El final del Evangelio concluye con una afirma­ción tajante de Jesús Resucitado sobre su soberanía (28,18) y su poder, que es comunicado a los discípulos para que conti­núen la misión univer­sal. En este cometido, El garantiza la alianza con su pre­sencia constante, semejante a la que YHWH había prome­tido a su pueblo: "Sabed que yo estoy con voso­tros"... Por ello, ante sus discípulos, El ocupará de modo definitivo el puesto de Dios.

c. Para Mt, pues, la consideración del Reino conduce a admi­tir la divinidad de Jesús. Porque sólo Dios puede esta­blecerlo con soberanía de fundador y legislador. Y esta se nos ha manifes­tado en Cris­to. La idea hebrea de que Dios en perso­na es el único que puede instaurar el Reino se realiza así de manera insospe­chada: en vez de un "mesianismo sin mesías" se verifica uno en el que el rey mesiáni­co es hombre y Dios a la vez.
4. Lucas: el Evangelio del Señor y del Espíritu

a. LLamando a Jesús "Señor", Lc refleja la costumbre de la comunidad primitiva. Es prácticamente el único de los Sinóp­ti­cos que da a Jesús ese título en su vida terrena52. De esa manera, le atri­bu­ye ya desde entonces la sobera­nía divina que se manifes­ta­rá plenamente cuando la Pascua.

b. Lc considera esta soberanía de un modo menos externo e institucional que Mt: "El Reino de Dios está dentro de vosotros" (17,21). Lo que se verifica en los discípulos acontece de manera plena en Jesús: El está animado por el Espíritu Santo; el ejerci­cio de su potencia divina provie­ne de la acción interna del mismo y llega al interior de las perso­nas. Además, el Espíritu no es una fuerza ocasionalmente venida sobre el Señor. Está ya presente en los orígenes de su existencia. Su inter­vención en la concepción misma indica ya la filiación divina (1,26-39).

Se explica, entonces, que sólo Lc consigne la autoaplicación que Jesús hace del oráculo isaiano: "El Espíri­tu del Señor está sobre mí"... (4,18). De allí en más, toda la misión pública aconte­ce bajo la inspiración permanente del Aquél. En ese mismo Espíritu Jesús se percibe como Hijo de Dios y, por ello, exulta (11,25).

La presencia del Espíritu explica, también, esa fuerza miste­riosa que emana de Jesús (6,19; 8,46) y su actuación de profeta, esto es, de hombre investido por el Espíritu (7,16­.39; 24,19).



El Espíritu Santo domina, por fin, en el desenlace pascual. Porque murien­do, Jesús entrega al Padre el Espíritu (23,46) y, resucitan­do, lo recupera para comunicarlo sin límites a la Igle­sia53.

Al presentarnos, pues, a Jesús, Lc se halla bajo la influen­cia de la experiencia de la Iglesia primitiva, en la que Jesús se revela como el Señor que derrama el Espíritu. Incluso más, el Autor ha visto en el Evangelio una prefigu­ración de la historia de la Iglesia54.

5. Juan: el Evangelio del Verbo y del Hijo
a. Evangelio del Verbo

El prólogo de Jn es una intensa confesión en la divini­dad de Jesús. Para Jn sólo se puede explicar el origen de Jesús desde la eternidad. Su cristología es "de arriba" por antonomasia.

Desde el principio la divinidad se afirma bajo un doble aspecto: por una parte, eternamente el Verbo era "hacia Dios", esto es, una relación íntima con el Padre; por otra, el Verbo "era Dios", en el sentido de que su ser era divi­no. Substancialmente está ya aquí la distinción personal y la unidad esencial de las Personas divinas.

En el corazón del poema aparece el escándalo de la Encarna­ción (1,14). Hay aquí también dos afirmaciones. La primera se refiere a la naturaleza: hacerse carne es para el Verbo llegar a ser lo más opuesto a El, debilidad y fragili­dad extremas55. La segunda apunta a las relaciones personales que el Verbo establece con los hombres, habitando entre ellos.

Finalmente, se considera toda la obra de Jesús desde la perspectiva de la Palabra hecha carne. Así, aquélla consiste fundamentalmente en la revelación definitiva de la gloria, en la mostración del Padre "a quien nadie vio jamás" (1,14-18).


b. Evangelio del Hijo

El Evangelio de Juan, más aún que Evangelio del Verbo, lo es del Hijo. Del Verbo solamente habla el prólogo, del Hijo, en cambio, todo el Evangelio. Incluso, ya el mismo prólogo culmina con la afirmación de que Jesús es el Hijo Unigénito del Padre.

Jesús, Hijo de Dios, es para Juan el objeto central de la fe (20,31; 1Jn 4,15). Y si Juan prefiere esta confesión de Jesús como Hijo de Dios a la de Señor (que fue la primera de la Iglesia), esto se debe a que ha fijado su atención en la posición personal de Jesús en la divinidad. El título "Se­ñor" podía indicarla en sentido genérico, suscitando el proble­ma de la relación de Jesús con el único Dios profesado por Israel (Dt 6,5ss). La realidad de Hijo de Dios, en cam­bio, pertenece de modo exclusivo y personal a Cristo.

Así, por una parte afirma la total unidad del Hijo con el Padre56, salvando, por otra, que el Hijo sea un sujeto perso­nal distin­to de Aquél.

En esta línea, al describir el acto de la Encarnación, Jn no se limita a decir que el Verbo se hizo carne, sino que lo muestra como una misión del Hijo por el Padre, en la que Este revela su más profunda esencia, el amor57. Queda claro que lo que el Padre entrega (hasta la muerte) es lo más amado para El, el Hijo Unigé­ni­to.

c. Evangelio de la Encarnación

Aunque su cristología sea intensamente "desde arri­ba", Juan no contempla sólo al Verbo sino también a la carne.

Ya de entrada muestra como la generación divina y eterna del Hijo se manifiesta, se traduce, en una generación virginal (1,13).

Luego, en la vida pública, recuerda Juan más que los otros evangelistas, los aspectos profundamente humanos de Jesús, su cansancio (4,6), su sed (4,7; 19,28), su turbación (12,27), su conmoción frente a la traición (13,21), sus afectos (20,2; 11,5.­36).

Desde su propia óptica, Juan afirma que lo divino y lo humano no se oponen. La revelaación del Verbo Eterno e Hijo Unigénito acontece en una minúscula existencia humana.
E. Conclusiones
1. Unidad de la cristología primitiva

La fe de la primitiva comunidad se ha expresado de varios modos y cada autor presenta su propia visión de Jesús. Pero tal diversidad no impide una unidad fundamen­tal. Las primitivas cristologías no son sino ramificaciones de una cristología esen­cial. Su fondo común es la fe en la divinidad de Jesús.

En esta fe se verifica un desarrollo porque la Iglesia fue profundizando su conocimiento del Señor. Primero afirmó la divini­dad en la resurrección (kerygma primitivo). Luego la descubrió ya en los orígenes terrenos de Jesús (Lc y Mt). Por fin, reconoció que esta divinidad era anterior a la vida humana de Cristo, que se remontaba a la eternidad de Dios.

Las orientaciones cristológicas de los evangelistas, más que oponerse unas a otras, se completan mutuamente.

De todos modos, la divinidad de Jesús siempre permanece como misterio y se manifiesta, ya en su actuación terrena, ya en la actuación interior del Señor glorificado que obra por el Espíritu.
2. El punto de partida

Elegir como punto de partida el solo hecho de que Cristo sea hombre sería apartarse de la fe de la primera Iglesia. En esa fe jamás hubo un período de adopcionismo en el que Jesús haya sido considerado como un simple hombre, posteriormente divinizado.

Al contrario, la comunidad ha reconocido el poder divino, ejercitado por Cristo glorioso cuando en Pentecostés derramaba el Espíritu de Dios, y ha atribuido un carácter divino a su Persona llamándole "Kyrios".

Las expresiones de esta fe no se formaron por opiniones de personalidades aisladas, como Pablo y Juan, sino que aparecen desde el principio, en las radicales fórmulas de la liturgia comunitaria, particularmente en los grandes himnos cristológicos.

Así, la comunidad creyó siempre en un hombre que era el Señor, es decir, Dios. Al respecto, es iluminante la fórmula inicial de Mc: "Principio del evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios".
III. El testimonio de Jesús sobre sí mismo
Las palabras y acciones de Jesús, aún habiéndonos llegado por el testimonio de la comunidad primitiva, no pueden considerarse como puramente subjetivas. A través de ese testimonio podemos nosotros alcanzar el Misterio mismo del Señor.

Por ello la exégesis moderna se ha preocupado por distinguir mejor lo que es propio de Jesús y lo que es enfoque o exposición de las particulares teologías. Así, los intérpretes han tratado de identificar la "ipsissima vox" y los "ipsissima verba" de Jesús, es decir, aquellas palabras que han sido pronun­ciadas por El tal como están referidas. Junto a éstas, además, aparecen párrafos en los cuales, aun advirtiéndose el influ­jo de la transmisión, se percibe una fidelidad esencial a lo que Jesús ha querido decir.

Porque nuestro punto de vista es el de la encarnación y para ver como en Jesús se ha cumplido y superado lo anuncia­do en el AT, analizaremos los testimonios siguiendo el mismo esquema empleado para ver la Encarnación en la Antigua Alianza.
A. Encarnación de la Alianza
1. La alianza

La estructura de alianza que caracteriza la relación entre Dios y su pueblo asume un nuevo significado: la única vez que Jesús habla de alianza en los Evangelios es para identificarse con ella. Esto acontece en la conversión del vino, cuya formulación podría traducirse así: "Esta es mi sangre, la alianza" (Mc 14,24; Mt 26,28). El "yo" de Jesús se ha introducido en la antigua fórmula de la primera alianza (Ex 24,8), personalizándola absolutamente. La alianza es, desde ahora, una Persona.

Pablo y Lucas agregan a la alianza la calificación de "nue­va", mostrando la preocupación de los cristianos por distinguir la alianza de Cristo de la anterior judaica. Pero posiblemente Jesús haya hablado sólo de "la" alianza. Por encima de su aparente indeterminación, este giro expresa más adecuadamente el valor de la alianza personificada por Cristo. Es la única alianza real, que reduce a meras figuras todos los pactos anteriores.

Este modo de expresarse indica, también, la conciencia que Jesús tiene de su misión, de estar realizando definiti­vamente lo que había sido prometido a lo largo de los si­glos.

Asimismo, Jesús se presenta como algo más que el "Me­diador de la Alianza" (Heb 9,15; 8,6), categoría más com­prensible, quizás, a la mentalidad de su pueblo.

La identificación de la alianza con una persona no es, sin embargo, una novedad absoluta. Ya el AT presentaba un caso misterioso: el Siervo de YHWH58. Pero también esta figura es superada por Cristo, ya que Él no afirma haber sido formado o puesto como alianza. Él simple­mente "la es".

Por otra parte, Jesús dice que es la alianza sin aña­dirle "del pueblo". Esto es importantísimo porque muestra como Jesús personifica a ambas partes, a Dios y a la humani­dad, sin reducirse a una sola.



Vemos así una doble ampliación de la alianza. Hay una amplia­ción vertical, por la cual Jesús en persona es la "Alianza de Dios"59. Pero aparece, además una ampliación horizontal, ya que la alianza no se limita al pueblo de Israel sino que envuelve a "la multitud"60.

La doble ampliación manifiesta la plenitud de la Encar­nación. Hasta Jesús hubo hombres que representaban la alian­za del pueblo con Dios. Con Jesús, en cambio, acontece la alianza total de Dios con la humanidad y de ésta con Aquél.


2. El Esposo

Con mayor frecuencia se presenta Jesús como el Esposo que realiza la alianza matrimonial entre Dios y su pueblo, ya anuncia­da en el AT.



La afirmación más explícita es la respuesta a los discípulos del Bautista sobre el ayuno61. Este ya había presentado a Jesús como el Esposo62. Así vemos que Jesús remite los discípulos de Juan a lo que su mismo maestro ya les había enseñado.

En consecuencia, la conducta de los discípulos de Jesús -el hecho de no ayunar- se explica por el hecho de ser El el Esposo. Hay aquí mucho más que una parábola o una compara­ción. Jesús manifiesta rotundamente quién es El y su futura ausencia que entristecerá a los amigos.



Por otra parte, Jesús compara a menudo el Reino de Dios con un banquete preparado por un rey para las bodas de su hijo63, a unas muchachas que salen al encuentro del no­vio64, a unos cria­dos que esperan a su señor que ha ido a una boda65. El Reino, por tanto, debe ser recibido y aga­sa­jado como un esposo.

En esta perspectiva debe considerarse, también, su presencia en las bodas de Caná. Ni siquiera se menciona la presencia de los esposos reales. En el centro de las nupcias está Jesús, el Esposo Mesiánico, trayendo el gozo y la plenitud escatológicas (vino).



Sorprende, además, que Jesús hable del Esposo de manera absoluta, sin mencionar jamás a la esposa. Tal modo de hablar resulta más inesperado si se lo compara con el AT, donde el Dios-Esposo siempre está en referencia a Israel-espo­sa. Asimismo, contrasta con el NT en el cual Cristo-Esposo dirá siempre referen­cia a la Iglesia-Esposa66. Por tanto, el título de Esposo sin mención de la esposa orienta hacia un significado más pleno. Sugiere que la unión matrimonial toda acontece en la persona de Jesús. Hay aquí un equivalente de la Alianza.

Se repiten, pues, los rasgos característicos de la personifi­cación de la alianza: indicación vertical (Jesús en cuanto Esposo representa a Dios), extensión horizontal (todos reemplazan a Israel) y valor del sacrificio (el Esposo será arrebatado a los amigos y vendrán los días de tristeza y ayuno; los discípulos quedarán asociados a la pasión del Esposo).



Tal presentación es más profunda que la del AT. La realidad supera la figura. En la antigua alianza, la ausen­cia del esposo era signo de la ira divina67. En la Nueva Alianza, en cambio, la ausencia del Esposo se vuelve señal de un amor más grande, que toma el camino del sacrificio.

De tal modo Jesús completa la revelación de Dios mos­trando un nuevo rostro del Esposo divino.


B. Encarnación de la filiación divina
Las relaciones de paternidad y filiación, que habían caracte­rizado ya la Alianza de YHWH con su pueblo, adquieren en Jesús una nueva forma.
1. La invocación "Abba"

Aunque el término aparezca una sola vez en Mc 14,36, se ha demostrado que en todas sus oraciones Jesús ha invocado al Padre con ese nombre68.

El término "Abba" nunca había entrado en el lenguaje religioso hebreo, siendo completamente inusual llamar a Dios de esa manera. La costumbre de Jesús es, pues, una novedad absoluta.

"Abba" era la forma con la que los judíos -niños o adul­tos- nombraban al propio padre. Era un término fami­liar, equivalente a nuestro "papá". Por el respeto debido a la trascendencia de Dios, se entiende que jamás se lo hayan aplicado.

Incluso, el uso de Jesús ha impresionado de tal forma a los discípulos hasta el punto de que Marcos lo ha transcrip­to literal­mente, sin poner en su lugar la traducción griega.

Sin duda, la expresión ha tenido en la oración de Jesús un matiz inolvidable, que el término griego "padre" no podía traducir. Y, sin ser parte de un discurso de revelación, revelaba más sobre Dios y sobre Jesús que muchos discursos. Porque, en la oración, Jesús podía ciertamente expresarse con más liber­tad en sus estados de ánimo más profundos.

"Abba" significa ante todo que Jesús tiene relaciones con Dios análogas a las de un hijo con su propio padre. Expresa una fami­liaridad e intimidad totales. Además, si Dios es Padre de Jesús de manera única, se sigue también que Este será Hijo de Dios de modo único. A partir de aquí se desa­rrolla la convicción que culminará con la definición del Hijo con­subs­tancial al Padre en el Concilio de Nicea.

Notemos, por otra parte, que "Abba" no expresa la pater­ni­dad y filiación divinas independientemente de la Encarna­ción. Jesús no sólo es Hijo en cuanto Dios, desde toda la eterni­dad, sino también en cuanto hombre, viviendo la filia­ción divina en una experiencia humana.

Al analizar la imagen de la paternidad-filiación en el AT, distinguíamos una relación vertical, una extensión hori­zontal y una conexión con el sacrificio. Lo mismo sucede aquí, dentro de una novedad absoluta. Así, la relación verti­cal nace de atribuir a Dios el apela­tivo de "papá", el cual sitúa a quien lo pronuncia en el nivel divino de Hijo. En su conciencia humana Jesús experi­menta el ser Hijo de Dios de una manera única. La extensión horizontal se verifi­ca por el hecho de que la comunidad cristiana comenzó a llamar a Dios de la misma manera (Gal 4,6; Rom 8,15-17). Este uso no considera a los cristianos en una condición igual a la de Cristo, porque es en Su nombre, y no en el propio, que pueden llamar a Dios "Abba". Jesús mismo está en el origen de esta exten­sión, puesto que la oración que enseñó a sus discípulos comienza con la invocación "Padre". Sin embargo, jamás identifica El su relación con Dios con la de los discípulos (Jn 20,17). La conexión con el sacrificio queda, por fin, sugerida al poner el Evangelio el voca­blo "Abba" sólo en la escena de Getse­maní. Pareciera que en esa hora oscura y dramática Jesús pronunció la palabra de un modo más impresionante, puesto que toda su conciencia filial se veía comprometida69. Además, el sacrificio será el acto filial por antonomasia de Jesús, su obediencia incondicional de Hijo hasta la muerte.



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