Teología Pastoral Fundamental



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> jerárquicamente estructurada al servicio de la mediación salvífica. De aquí la exigencia de poner de manifiesto la igualdad y la común dignidad y, junto, la estructura jerárquica, la unidad y la distinción entre el sacerdocio común y aquel jerárquico-ministerial, (LG 32).
Esto por una visión llena e integral de Iglesia y porque cada uno cumpla la misión de salvación según el puesto que tiene en el pueblo de Dios, poniendo todos los carismas recibidos a tal objetivo;

- Es la Iglesia <> y <


>, no fuera o delante del mundo: es encarnación, sal y levadura; Iglesia de la solidaridad y que comparte.

- Es Iglesia todo misionera; su enunciado es aquel de <> de todos los hombres y de todos los pueblos, para testimoniar a todos el amor misericordioso y salvífico de Dios.

- Se siente <>, en camino con la historia de los otros hombres y aunque todavía no llega, está en constante tensión entre la comunidad actual y la comunidad escatológica; Iglesia de la esperanza, de la espera cuidadosa y vigilante, Iglesia de la continua conversión.

- Es Iglesia <>; que sabe reconocer en María, la virgen Madre, la figura de su propia realización en el ministerio salvífico de fe, esperanza y caridad a favor de la salvación de la humanidad (LG 8).

No es difícil comprender la importancia práctica de estas cuestiones, es un llamado a revisar seriamente nuestra acción pastoral.


  1. EL PRINCIPIO ANTROPOLÓGICO

El principio antropológico en la pastoral no es marginal o, simplemente de método, el principio contenido es el de la salvación cristiana, que como Iglesia estamos llamados a servir.


La perspectiva es la de una antropología cristiana en toda su originalidad, la fecundidad y la unidad:
<> (GS 22).

La revelación bíblica-teológica sobre la revelación, sobre la encarnación y sobre la naturaleza sacramental de la Iglesia, hace una luz muy buena en su carácter de <> (<


>). De esto se desprende en la tarea pastoral de una doble lealtad e inseparables: <>.
No es casualidad que se ha vuelto cada vez más a profundizar en la íntima relación entre evangelización y promoción humana (EN 31-39).
Es más bien necesario considerar el hombre muy concreto, sin detenerse en simples definiciones filosóficas o afirmación de principios, de lo contrario, es probable que quebranten el respeto por el hombre y la lealtad a ella. No es suficiente, como a veces sucede, limitar al hombre a su realidad meta histórica, esencial, abstracta y considerarlo como un medio. También se define al hombre como fenoménico así como lo definió Pablo VI: <>
Este criterio Antropológico requiere:
- Una pastoral atenta a las personas en las situaciones concretas de la vida (y por lo tanto dividida). Dios no siempre recurre a una raza humana, sino a las personas reales dentro de un pueblo y en determinadas situaciones históricas. El encuentro entre Dios y el hombre en la Biblia no conoce abstracciones, aunque se presenta y se refiere a la
. La acción pastoral que está destinada a toda una comunidad y siempre favorece una respuesta personal que para el conjunto de una comunidad, tiende a estimular la respuesta personal, la sensibilización y la participación de cada uno a la propuesta y la oferta de salvación de Dios.
- Una pastoral atenta al hombre en sus relaciones pastorales concretas y múltiples (y comunitarios).

La dimensión personalista de la pastoral se convierte en el fundamento de su dimensión comunitaria, tanto en el sentido activo como pasivo.


- Una pastoral atenta al hombre en su medio ambiente y la cultura (y por lo tanto la inculturación.)

No se trata de un problema fácil. Se necesita un conocimiento serio y profundo para captar la luz de la fe, los aspectos positivos o negativos, los aspectos de cada cultura o subcultura, líneas de tendencia, las lenguas diferentes...




  • Una pastoral atenta a la cotidianidad de la existencia, que tiene en cuenta las situaciones de la vida que está determinado por factores que representan la experiencia concreta de la vida cotidiana: factores en el mundo del trabajo, de la familia y los amigos del barrio, los valores difundidos por los medios de comunicación, etc.

En una palabra, se requiere una pastoral inductiva que ponga la palabra de Dios en una incesante confrontación y diálogo con la palabra del hombre y su problema, para insertarse en el tejido vivo de las nuevas situaciones en las que se encuentra continuamente la humanidad.


Para comprender en todo su alcance el criterio antropológico en la atención pastoral es importante tener en cuenta el rostro humano de Dios es el rostro divino del hombre.
a) El rostro humano de Dios
La perspectiva es aquella de la encarnación-redención y no sólo el de la creación.
Con la encarnación sin embargo, se da otra forma de presencia divina, que asume de manera indescriptible la situación de la vida humana con la infinita condescendencia del cual habla el Vaticano II en la Dei Verbum. Por desgracia a propósito de la encarnación también es posible refugiarse en un esencialismo que excluye a Jesucristo de entre las situaciones de la vida en la que cada persona se mueve.
Sin embargo el concilio vaticano recuerda que <
> (GS 42).
Juan Pablo II en Redemptor hominis recoge y desarrolla este aspecto, lo que es un punto clave de toda la actividad pastoral de la Iglesia invitando a concretizarlo: Aquí está la entrada del hombre en toda su verdad en su plena dimensión. No solo trata del hombre abstracto, sino real, concreto, histórico. (RH 13-14).
Por lo tanto, todos podemos decir que Jesucristo es el camino de la iglesia, y que el hombre es el camino primero y fundamental para la Iglesia.



  1. El rostro divino del hombre

Juan Pablo II señala que hay un hombre en su única realidad humana irrepetible, que mantiene intacta la imagen y semejanza de Dios mismo... Así como el hombre querido por Dios como Piscina para niños ha sido elegido por él y llamado, destinado a la gracia y la gloria: esto es realmente todo hombre, el hombre lo más concreto, como real y este es el hombre en la plenitud del misterio de la que se ha convertido en partícipe en Jesucristo... (RH 13).


Un rostro divino del hombre que puede verse desde diferentes perspectivas, todas complementarias:

- En el plano metafísico como viva , Estructurado esencialmente en la participación en la divinidad;

- En el fenómeno de la influencia gravitatoria, como la aspiración a la trascendencia;

- En la experiencia como un buscador de Dios, a tientas, que está en la textura espesa y misteriosa de la vida cotidiana.

- Sobre el plano teológico: Si recordamos que a través del rostro de cada persona, -especialmente cuando las lágrimas y el sufrimiento que son más transparente- podemos y debemos reconocer el rostro del Padre creador, de esta manera nuestro humanismo se hace cristianismo, nuestro cristianismo centrado en Dios.


  1. EL PRINCIPIO HISTÓRICO-SALVÍFICO

De la misma manera que la revelación, la autocomunicación y la convivencia de Dios se realiza con el pueblo real e histórico, con todas las consecuencias que esto comporta, el quehacer pascual se realiza también en el interior de la historia y en el interior de la vida cotidiana. Es, pues, un hecho sincrónico, pero también diacrónico y dinámico.


El olvido de este criterio conduce al peligro del dualismo y al peligro de la confusión. En ambos casos dejaríamos de lado el criterio teocéntrico y el criterio Cristocéntrico.
El dualismo es la realización de la pastoral al margen de la vida cotidiana y al margen de la historia, a la manera de una acción paralela. Esto conduce a una doble vida –la vida cotidiana y la vida religiosa- que a la larga se convierte en esquizofrenia. Normalmente se dejará a un lado la vida religiosa.
La confusión es la realización de la pastoral en una perspectiva puramente inmanente, diluyendo la trascendencia. Así como el dualismo conduce a la esquizofrenia religiosa, la confusión conduce a la pérdida de la identidad.
En el caso del dualismo falla el criterio de la mediación de Jesucristo. En la confusión falla el criterio teocéntrico. El criterio histórico pretende asegurar un diálogo profundo entre la historia de la humanidad y la historia de la salvación, de una manera permanente y actuante.
El Concilio Vaticano II y el Pacen in Terris de Juan XXIII nos ha ayudado a considerar la historia humana y la historia de la salvación, no como historias paralelas, sino de una manera integral.
La historia es la tierra de concreto en el que Dios está presente y se encuentra al hombre que sugiere su comunión de la salvación. La historia es también la tierra donde la comunidad cristiana está llamada a vivir la fe propia en el Señor resucitado, para anunciar y para servir al proyecto del Reino: Ir por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura ... He aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo ... No es para que usted pueda saber los tiempos o las razones, que el Padre ha fijado con su elección, pero tiene la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra>> (Mc 16,15-20; Mt 28,18-20).
Es suficiente releer el párrafo noveno de la Constitución sobre la Iglesia en el Concilio Vaticano II para captar la grandeza del plan de Dios que está explicita en la historia humana y para comprender cómo la Iglesia está destinada a extenderse a todas las regiones de su entrada en la historia humana y de todos, pero lo trasciende los tiempos y las fronteras de las naciones. (LG 9).
La historia humana, su evolución y a pesar de todas sus apariencias de contradicción y de involuciones, persigue realizar el plan de Dios. Persigue lograr el encuentro de todos los hombres con la salvación de Dios en Cristo.
Así es la historia de la salvación, se inserta en la historia humana y con ella, trata de discernir en los acontecimientos, en las demandas y aspiraciones, que tiene parte, junto con otros hombres de nuestros tiempos, que son los verdaderos signos de la presencia o del designio de Dios (GS 11).
Y es en Cristo, Centro y al final de la historia humana, en el plan de la salvación ofrecida por él, que las personas realizan su vocación suprema y su historia de la humanidad. La Palabra de Dios, por quien todo fue creado, se hizo carne y habitó en tierra a los hombres, entró en la historia del mundo como un hombre perfecto, de esta y recapitula en sí mismo (GS 38).
Por eso, la Iglesia cree que Cristo muerto y resucitado por todos, es el nombre que está sobre todo nombre y por el cual el hombre. La Iglesia sabe que el fundamento último es Cristo, que es ayer, hoy y siempre. La Iglesia cree que finalmente se encuentra en su Señor y Maestro la clave, el centro y el fin del hombre y de toda la historia humana (GS 10).
Importantes, por cierto, es el título de la misma Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II: Iglesia y no el mundo, no en frente o al lado de la iglesia del mundo, pero la Iglesia en el mundo en este momento. No es una Iglesia, por tanto, que vive su propia historia paralela a la del mundo sino de la Iglesia, y dentro de la humanidad (GS 10) y se da cuenta que el objetivo de la larga marcha de la humanidad es Cristo a sí mismo (GS 45).
Para cumplir su misión y su proyecto de servicio de la salvación, la Iglesia está llamada a leer los signos de la presencia y acción de Dios en la historia de hoy, que está examinando los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (GS 4).
La entrada no es una tarea fácil, ya que la fe establece los criterios para conocer estos signos: el discernimiento entre en juego entre los valores positivos y negativos.
En esta perspectiva, es importante tomar nota de los elementos positivos que existen en el mundo, los logros continuos, indicador de la fuerza de la salvación inherentes a ciertos acontecimientos, pero, en conjunto, dado el entrelazamiento del bien y del mal y el pecado siempre presente, es necesario superar todos los logros y avanzar hacia el pleno cumplimiento del camino histórico. (GS 49).
VII. EL PRINCIPIO ESCATOLÓGICO
El principio de la historia de la salvación es inseparable del principio escatológico.
En su Servicio para el plan de salvación, en cualquier tiempo la historia, la Iglesia a través de su acción es entre el ya y no comenzado todavía: en Jesucristo y su misterio, los creyentes están viviendo ahora, como en embriones, la última realidad de la historia de la salvación. Se pondrá de manifiesto y ser perfecto en la parusía, cuando Cristo vendrá con poder a juzgar a los vivos y a los muertos, para celebrar la historia y entregar el reino al Padre. Entonces los cielos nuevos y tierra nueva. Para unir a todas las cosas en Cristo, que será todo en todos.
En esta vida larga de la historia, la unión de Dios y el hombre en Cristo es sólo el germen inicial, no exenta de riesgos y dificultades, pero en la historia final, será perfecto, estable y definitivo.
De esta visión escatológica se desprende una amplia pastoral con una dinámica y una perspectiva escatológica, un ministerio de esperanza y un compromiso diario, nunca rendirse o desanimarse, sin confundir los medios con el propósito de distinguir entre lo que es la base y para lo que es secundario.


CAPITULO VII

LA MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL CONTEXTO ACTUAL
Los criterios que acabamos de ver nos van a ayudar a entender la misión que tenemos como Iglesia en el momento actual. Es por eso necesario que aprendamos a ver la realidad con un sentido crítico, pero todavía más que eso que aprendamos a verla con un corazón compasivo y humilde, sabiéndonos que somos parte de esa realidad, y sobre todo tomar en cuenta que los criterios de la pastoral nos ayudan una acción pastoral integradora.
Tenemos que poner la mirada en alguien que es el que nos va a dar la clave: Cristo. Tenemos que volver la mirada a Cristo porque de Él nos vino la misión, el Papa Juan Pablo II de feliz memoria lo repitió y lo hemos insistido; la misión no hay que inventarla, sino rediseñarla, qué énfasis hay que darle en el ahora de nuestra realidad.
La misión de la Iglesia es única y siempre la misma, la que Cristo le asignó, Él es quien nos dio la misión y en una sola palabra la definimos: Evangelizar. Existe una relación inseparable entre la misión de Cristo y su Iglesia, y por ende entre la misión de ambos. Ya hemos visto en capítulos anteriores la misión de Cristo y como la Iglesia ha ido respondiendo a esta misma misión a través de los siglos. Y nos dimos cuenta como la misión de anunciar el Reino Jesús la llevó a cabo a través de toda su persona, con la fuerza y el poder del Espíritu Santo.
Bajo el poder y la fuerza del Espíritu Jesús nos transmite la buena noticia del Reino a través de todo lo que hace, dice y es, desde su condición de Profeta, Sacerdote r Rey, en total comunión con su Padre y con el Espíritu Santo. No vino como francotirador, vino porque su Padre lo mandó y vino bien equipado con la fuerza del Espíritu. El referente es Jesús y desde ahí entenderemos este fondo trinitario y necesario. Jesús actuó porque el Padre lo mandó, y no actuó con sus fuerzas humanas sino con la fuerza del Espíritu Santo.
Jesús tiene una triple dimensión que en el forma una misma unidad: sacerdote, profeta y rey, pero no separadamente. El Jesús total en esas dimensiones de su ser expresa con su palabra y con sus hechos y realiza la misión que su Padre le confió.
En su calidad de profeta Jesús anuncia el Reino de Dios, es decir, su reinado definitivo en el mundo. Denuncia todo lo que se opone u obstaculiza dicho reinado.
La misión, el gran kerigma, la gran buena noticia que Jesús lanzó para tocar los corazones fue: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios; arrepentíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Con este grito inició formalmente su vida pública; el Reino de Dios ha llegado. Jesús no solo se quedó ahí, Jesús explicó también que era el Reino, fue el gran catequista de todos los tiempos, realizó su catequesis, la explicación detallada de qué es el Reino, cómo se llega al Reino, qué exigencias tiene ese Reino, etc. De muchas maneras y con parábolas Jesús explicó el Reino de Dios: “Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un Reino, el Reino de Dios; tan importante que, en relación a Él, todo se convierte en lo demás, que es dado por añadidura (EN 8). DE cara a la gran misión del Reino todo se convierte en lo demás.
Jesús es un Rey Pastor Servidor, para Jesús reinar es servir, y no un servicio que humilla, que lastima, es un servicio que dignifica, que engrandece, que gusta. Jesús lo expresó en estos fragmentos del evangelio: “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lc 22,27), “…el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir…” (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-15).
“Cristo llevó a cabo esa proclamación del Reino de Dios, mediante la predicación infatigable” (EN 11). Pero Él realiza también esta proclamación de la salvación por medio de innumerables signos: enfermos curados, agua convertida en vino, pan multiplicado, muertos que vuelven a la vida” (EN 12). Jesús se convierte en un gran promotor de aquellos signos que hacen presente que lo que dice de palabra están realmente sucediendo.
Jesús es sacerdote. No un sacerdote cualquiera, es el Sacerdote, el Sumo y Eterno Sacerdote. Su sacerdocio no consistió en ofrecer sacrificios para pedir perdón por pecados de los hombres y los suyos una y otra vez; Cristo es el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos, pero su sacerdocio no es ritual sino existencial, en el sentido de que no sacrificó animales, sino que se sacrificó Él. Jesús hizo de toda su vida una ofrenda agradable al Padre desde su concepción hasta su subida al Cielo. San Pablo hará una remembranza de esto: hagan de su vida una ofrenda agradable a Dios, que este es el culto que a Jesús le agrada.
La misión de la Iglesia es darle continuidad a la misión de Cristo que es la misión de su Padre. “La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (EN 1). “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14). La Iglesia “permanece como un signo opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo, de su partida y de su permanencia. Ella lo prolonga y lo continúa” (EN 15). Para ser evangelizadora, 22la Iglesia debe evangelizarse a sí misma”, “a través de una conversión y una renovación constantes” (EN 15).
Cristo mismo es la norma y el mismo es el programa de la evangelización (cf. NMI 29). La pastoral es mucho más que acciones, ella se traduce, por eso habrá que confrontar si nuestras acciones nos llevan a esto. “El misterio de Cristo es el fundamento absoluto de toda nuestra acción pastoral” (NMI 15). Como entonces necesitamos volver la mirada a Jesús una y otra vez, para ver y entender, el criterio para juzgar y norma para actuar, en el cumplimiento de la misión de la Iglesia. La Iglesia lleva a cabo la misión de evangelizar a través de su ministerio pastoral, que no se limita a acciones. La Iglesia que piensa es también la pastoral, reflexionar, abrir el corazón y la mente orante a Cristo es también pastoral, no solo las acciones.
La Pastoral es: el gran servicio que la Iglesia toda realiza bajo el impulso del Espíritu Santo, con miras a actualizar la acción evangelizadora de Jesús, en orden a la autoedificación de ella misma y la extensión del Reino de Dios en el mundo. El núcleo básico del ministerio eclesial lo constituyen las dimensiones fundamentales de la pastoral: dimensión profética, litúrgica y social (diakonal), realizada todas ellas en un ambiente de comunión (koinonia), la comunión que Cristo vivió con su Padre. Tenemos que vivir el ambiente de comunión necesario para poder prolongar la misión de Cristo. Así como veíamos, Cristo con sus tres grandes dimensiones se expresa también en su Iglesia en sus pastorales: social, profética, litúrgica, teniendo como columna vertebral la comunión.


  1. LA DIMENSIÓN PROFÉTICA

Es la fe que se proclama, la fe que yo comparto, la fe que va encaminada a despertar la fe en otros para, a su vez, despertar o profundizar la fe. En ella se hace presente a Cristo Profeta. Entre sus tareas destacan el kerigma o primer anuncio, la catequesis, la predicación y la reflexión teológica.




  1. LA DIMENSIÓN LITÚRGICA

La fe que se celebra, el gozo de vivir a Cristo, y que significa a Cristo que se sigue ofreciendo al Padre, que actualiza esta entrega a Cristo total a su padre y que se va expresando de manera especial en la Eucaristía pero también en todos los sacramentos y en las expresiones de nuestro pueblo (religiosidad popular). A través de ella la Iglesia hace presente a Cristo Sacerdote, que sigue entregándose al Padre por la salvación del mundo se conmemora y se continúa de manera especial en la celebración Eucarística. Dice san Pablo: “Así que, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, consagrada y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer” (Rm 12,1).




  1. LA DIMENSIÓN DIACONAL (PASTORAL SOCIAL)

Es la fe que se expresa en el servicio a los demás, es un servicio en el amor que se hace vida al otro, es la pasión por la vida, el respeto por la dignidad humana, la solidaridad universal, entre sus múltiples posibilidades hay una gama enorme de cómo significar el Reinado de Dios en el mundo (cuidado de enfermos, promoción de derechos humanos, los pobres…). La fe que se traduce en el testimonio y promoción de los valores del Reino: Vida, verdad, justicia, libertad, paz, unidad, amor. Entre sus múltiples posibilidades se encuentran: la atención a los más pobres, el cuidado de los enfermos y encarcelados, la defensa y promoción de los derechos humanos. Una Iglesia comprometida con el Reino debe ser una Iglesia radicalmente comprometida con las grandes causas de la humanidad. Ante tan dramática realidad actual, la Iglesia, si quiere ser fiel a su misión evangélica, necesita asumir con máxima radicalidad su papel de abogada de la libertad, de la justicia, de la dignidad y de la solidaridad humanas y hacer suyo el clamor de los pobres y enfrentar con radicalismo las injusticias inicuas del actual (des) “orden mundial”.




  1. LA DIMENSIÓN DE LA COMUNIÓN

La koinonía es la expresión del testimonio de la vivencia de la cari­dad entre hermanos que se sirven mutuamente y, al mismo tiempo, es soporte ins­titucional de la pastoral de servicio. Tan importante como el servicio es el modo de realizarlo, obligatoriamente siempre de forma evangélica. El fundamento de la co­munión está en la Trinidad, ideal de vida de toda la comunidad eclesial, comunidad de amor según los Hechos de los Apóstoles. Su horizonte es la utopía del Reino de Dios, toda la humanidad reunida en el banquete de la fraternidad, junto al Padre común. La eucaristía es su expresión por excelencia, de donde brota y culmina el ser y el hacer de la Iglesia. Se trata de la comunión de diferencias y diversidades en torna a la misma fe, a la comunión eucarística, a la vivencia de la fraternidad, a la comunión de bienes, a la comunión inter-eclesial, a la apostolicidad de la Iglesia, a la comunión con la creación y con toda la humanidad. El lugar de la realización de la comunión es la Iglesia local, donde se hace presente toda la Iglesia, aunque no la Iglesia toda. Como "Iglesia de Iglesias", la comunión eclesial hacer ver en el mundo el misterio de la Trinidad, el mejor modelo de comunidad.


La comunidad eclesial debe estarse preguntando siempre ¿Cuál es y cómo debo cumplir mi misión de evangelizar aquí y ahora? ¿Qué respuesta debemos dar, en nombre de Dios, a las necesidades, insatisfacciones, preguntas, inquietudes, esperanzas, etc., de los hombres y mujeres de nuestro tiempo?
Un camino para descubrir cómo la Iglesia debe entender y vivir su misión en cada momento histórico es hacer una lectura creyente de los signos de los tiempos que le permita escuchar las interpelaciones de Dios en los desafíos de la historia. Es absolutamente necesario “…auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina”, no sólo para percibir, entender y expresar mejor la verdad revelada (cf. GS 44b).



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