Teología Pastoral Fundamental



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INTRODUCCIÓN

Una de las grandes tareas que tenemos como miembros de la Iglesia es cumplir la misión encomendada por Cristo a sus apóstoles “Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura” (Mc 16,15). Sin embargo nos encontramos que en el momento concreto de realizar dicha encomienda no es tan fácil como parece. Es por eso que surge la necesidad de parte de la Iglesia de analizar la acción pastoral de Nuestro Señor Jesucristo así como la de los apóstoles y de la Iglesia en su recorrido por los diferentes momentos. El estudio de esta materia nos ayudará a reconocer que no ha sido fácil realizar dicha acción, pero que en todos los tiempos se ha hecho el esfuerzo por responder a la situación concreta de la realidad.

No olvidemos que lo importante no es acumular elementos teóricos sino que estos fundamentos nos ayuden a realizar de una mejor manera nuestra labor pastoral.

“El Señor te bendiga y te proteja”

Pbro. Fco. Javier Albores Teco

CAPITULO I

LA TEOLOGÍA PASTORAL
Vamos a iniciar aclarando qué entendemos por pastoral. <
> es una palabra cuyo significado ha variado continuamente en el correr de los últimos dos siglos ampliando cada vez más su radio de acción, y así su materia se ha referido primero al trabajo de los pastores, después a las tareas intraeclesiales, por último al diálogo con el mundo y al compromiso por el cambio de sus estructuras.
Delimitemos el término para utilizarlo correctamente dentro del vocabulario teológico. Esto es, comencemos esta materia deslindando los contornos para saber a ciencia cierta de qué hablamos y a qué nos referimos cuando la titulamos con el nombre de <>.



  1. UN PRIMER ACERCAMIENTO

El empleo lingüístico de la palabra <


> tiene una primera relación que es la de la práctica y la acción en la vida de la Iglesia.
Podemos hacer una primera aproximación al término y decir que comúnmente lo empleamos para referirnos a lo práctico en la Iglesia, al trabajo que se realiza concretamente dentro de ella. En este caso, serían campos distintos de la pastoral las diferentes acciones eclesiales. Mientras la teología dogmática eclesiológica estudiaría el ser de la Iglesia, el terreno de la teología pastoral estaría en la acción, en la tarea que en ella se desarrolla cada día.
Una segunda posibilidad es que muchas veces entendemos la pastoral en su contraposición a lo doctrinal. Algo muy distinto es, en nuestro lenguaje, lo doctrinal y lo pastoral; y hemos señalado para lo doctrinal el ámbito de lo académico reducido a un determinado número de personas y para lo pastoral es el ámbito de las acciones abarcadas por la vida eclesial con una visión mucho más amplia.
No podemos, por tanto, hablar de pastoral olvidándonos del ser de la Iglesia o de lo doctrinal. Es más, no puede haber una práctica seria y consecuente que no tenga a la reflexión como uno de los elementos componentes de su proceso. Toda acción pastoral, toda acción eclesial consecuente con el ser de la Iglesia, ha de tener un momento primero reflexivo que, situado en el interior de la misma acción, la fundamenta y la hace necesaria. Desde él, la acción adquiere identidad y se sitúa en la globalidad del obrar eclesial.


  1. TRES ESTRATOS EN LA PASTORAL

Cuando hablamos de pastoral, estamos empleando, por consiguiente, un término plurivalente que, de alguna manera, conviene deslindar y aclarar. En concreto, usamos la palabra en tres estratos o niveles sucesivos que van a dar origen a distintos tratamientos. Son estos:




  1. La pastoral fundamental

Un primer nivel reflexivo sobre la acción pastoral de la Iglesia es el que se pregunta por la misma acción en sí misma considerada.


En un terreno previo a cada una de las acciones concretas, la Iglesia puede y debe preguntarse qué hace y de qué manera se manifiesta en la acción su propio ser.
Este primer nivel de comprensión de la acción pastoral está fuertemente influenciado por la conciencia del mismo ser eclesial. La reflexión pastoral es deudora directa de la teología eclesiológica no por ser una conclusión de su tratamiento, sino por ser su manifestación epifánica. En este nivel no podemos hablar de teología pastoral prescindiendo de sus raíces eclesiológicas, de la misma manera que podemos decir que una eclesiología que no exige una acción pastoral es, en sí misma, reductora.
Es natural porque a grandes rasgos podemos decir que, mientras la eclesiología estudia el ser de la Iglesia, la pastoral estudia el obrar, y ambos están perfectamente trabados. Por eso, el estudio de la eclesiología y de la teología pastoral han tenido una historia paralela. La pastoral no es una mera consecuencia operativa de la eclesiología dogmática, sino que están en interconexión profunda.
El estudio de la acción pastoral en sí misma considerada implica también el conocimiento global de los agentes de pastoral para distinguir con claridad quién es quién en la acción y qué acciones en concreto corresponden a cada uno de los agentes.


  1. La pastoral especial

En este segundo nivel ya no se trata de contemplar la acción en sí misma y de hacer una teoría sobre la acción, sino del contraste entre lo que es la acción pastoral en sí y su realización histórica en cada una de las estructuras y acciones pastorales concretas.


Contemplamos la acción de la Iglesia en el hoy de la historia con un objetivo muy determinado: la proyección de una acción nueva que responda con más autenticidad lo que la acción pastoral debe ser.
Los contenidos de la pastoral especial, que son las estructuras y las acciones pastorales tal y como hoy están presentes en la Iglesia, deben ser tratados con una metodología que incluya tres apartados claramente delimitados:
El análisis fenomenológico y valorativo de las realidades eclesiales pastorales. Este análisis ha de llevar consigo un conocimiento de la historia de la estructura en sí para poder valorar también su carácter temporal y su respuesta a exigencias concretas de evangelización.
El uso de otras ciencias (que en aquí llamamos ciencias auxiliares) para el conocimiento de la realidad es necesario en la teología pastoral, pero, a la vez, es relativo, ya que no podemos identificar un análisis y un conocimiento realizado por la ciencias auxiliares con el método, los objetivos o las conclusiones de la teología pastoral. Pueden formar parte de su camino metodológico, pero nunca suplantarlo. Están al servicio del análisis teológico.
El análisis y la valoración teológicos incluyen el uso de la teología dogmática, especialmente de la eclesiología, para identificar la acción de la Iglesia en el conjunto de la mediación de la salvación y la gracia, para ponerla en relación con la misión evangelizadora, para encontrar en ella la forma sacramental de la acción de Dios.
La proyección de una situación nueva de la acción eclesial. La cual, partiendo de la situación analizada, aproxime más la realidad a su modelo. El análisis de la teología pastoral tiende a la transformación y al cambio de las estructuras para que en ellas se encarne mejor la esencia misma de la Iglesia y de su acción.
Se trata de hacer realidad concreta lo reflexivamente abordado para que la acción de la Iglesia sea en verdad acción eclesial y supere los impedimentos y las dificultades que una historia y una concreción determinadas han unido a esa misma acción.
La tensión entre el ser y el deber ser está en la base de esta proyección pastoral.
La teología pastoral ha de encontrar después, en el tercer nivel, la programación pastoral como complemento de la proyección y como puente necesario entre los teólogos pastoralistas y los agentes pastorales.
La descripción de unos imperativos de acción. De la distancia entre la situación dada y la deseada, entre el ser y el deber ser, surgen los medios que posibilitan el paso. Estos medios son los imperativos de acción.
A la teología pastoral no le corresponde poner en práctica unas acciones determinadas o unos objetivos operativos, sino trazar las grandes líneas de acción en las que se tienen que encarnar acciones posteriores. Se trata fundamentalmente de salvar la distancia entre lo dado y lo proyectado por medio de exigencias básicas en las que han de encontrar su razón de ser las acciones pastorales.


  1. La pastoral aplicada

Pasamos del terreno de lo reflexivo a lo operativo, de la universalidad a la concreción, del pensamiento a la acción. Su campo ya no está en el interior de los estudios teológicos, sino en la vida concreta de la Iglesia.


En la normalidad de nuestro lenguaje, el término pastoral se identifica con este nivel en multitud de ocasiones y es porque en él se realiza la acción y porque él existe la reflexión teológica previa.
Los agentes de la pastoral aplicada no son los teólogos pastoralistas, pero su ministerio y su función en la vida de la Iglesia son también necesarios. Del mismo modo que la reflexión pastoral encuentra su destino en la planificación y realizaciones pastorales, los teólogos pastoralistas hacen un servicio a la edificación concreta de la Iglesia que se realiza en cada una de sus programaciones.
El agente de teología pastoral es, entonces, el responsable de hacer operativo lo que antes ha sido reflexivo y hacer casuística lo que ha sido universalmente tratado.


  1. ESPECIFICIDAD DE LA TEOLOGÍA PASTORAL

Desde lo dicho anteriormente, tenemos que afirmar que la teología pastoral tiene:

Un ámbito: los estudios teológicos;

Una referencia próxima: la concepción eclesiológica;

Una referencia última: la fe de la Iglesia;

Un objeto: la acción de la Iglesia;

Dos campos: la acción en sí misma considerada o en sus realizaciones históricas concretas;

Un método: el análisis valorador de la situación concreta eclesial para, desde la proyección de una situación nueva, trazar los imperativos básicos de la acción;

Una ayuda: las ciencias auxiliares que, con su carácter interdisciplinar, ayudan al conocimiento de la realidad;

Una finalidad próxima: iluminar la práctica eclesial concreta y darle las pautas para su identificación;

Una finalidad última: servir a la misión eclesial.
Tenemos que afirmar que la teología pastoral cumple una función necesaria en la teología y que no es cubierta por ninguna de las demás disciplinas teológicas.

CAPÍTULO II

LA PASTORAL EN LA TERMINOLOGÍA BÍBLICA
Es necesario que al menos brevemente acudamos a los fundamentos bíblicos del término pastoral y de la primera acción de la Iglesia y que los sistematicemos para encontrar los orígenes de nuestro tratamiento y rastrear las características normativas que siempre han de enmarcarlo.
La idea y la realidad del pastoreo están profundamente arraigadas en la cultura de Israel. Su origen nómada, su alusión continua a la época peregrinante y los avatares de una historia en la que la movilidad de sus agentes caracterizó su propio ser hicieron que la figura del pastor en su doble vertiente de jefe y compañero adquiriera importancia como referencia religiosa en su comprensión de Dios y en su misma autocomprensión de pueblo. Dios y aquellos que actúan en su nombre reciben el nombre de pastores, mientras que el pueblo se caracteriza por ser el rebaño que sigue sus pasos por la senda de la alianza.


  1. EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, TRES SON LAS CARACTERÍSTICAS QUE APARECEN EN ESA DOBLE REFERENCIA.

Más que definición de Dios, el nombre de pastor sirve para ilustrar la historia de Israel desde el amor que Dios le ha tenido.


El mismo acto de constitución del pueblo en el éxodo es ya concebido en Israel desde la terminología pastoril. La acción de sacar al pueblo de la esclavitud y su condición por el desierto es comprendida desde la imagen del rebaño y de las ovejas (Sal 78,52). Esta acción comprende el haber escuchado sus súplicas viendo su situación (Ex 3,7), el haberlo liberado de la tierra de esclavitud (Dt 5,6) y el haber guiado posteriormente con bondad al pueblo que había salvado (Ex 15,13).
La constitución del pueblo ha convertido a Israel en propiedad personal, reino de sacerdotes, nación santa (Ex 19,5-6). El cuidado de Dios con su propiedad es continuamente expresado también en términos pastoriles: la guía continua, la protección en cada momento, la liberación de los enemigos y la misma entrega y repartición de la tierra se leen en esta clave (Sal 78,53-55). En algunas ocasiones, ese cuidado está expresado en términos de ternura: <> (Is 40,11).
La acción de Dios encentra una respuesta en el pueblo que se confiesa tanto personalmente (Sal 23,1-6) como colectivamente (Sal 100,3) rebaño que llama pastor a su Señor.
La oración que Israel le dirige también está expresada en términos pastoriles: la que confiesa, la que suplica y la que reconoce las propias culpas. Es más, la salida de la situación angustiosa es vista como acción del Dios pastor a quien se le pide el cuidado nuevo y continuo. También tanto en las situaciones personales (Sal 119,176) como en las colectivas (Sal 80,2), el pecado y la reconciliación son iluminados por la relación oveja-pastor.
Esta acción benevolente de Dios con su pueblo expresada en términos pastoriles no se agota en un pasado del que se hace memoria, sino que ilumina un presente por el que se pide y asegura un futuro basado en el amor mostrado en el reconocimiento de la propia historia. Así, la vuelta del exilio es contemplada como nueva reunión de las ovejas dispersas y como nueva conducción a la tierra de los antepasados (Is 49,1-26; Zac 10,8-10) y la restauración soñada por los profetas es identificada con la vuelta de las ovejas al aprisco, del rebaño a sus pastizales (Miq 2,12). Sión será el lugar donde el resto del rebaño disperso se congregará nuevamente (Miq 4,6-7).
El nombre de pastor es también designación para los servidores de Dios que están a la cabeza del pueblo. Dios pastorea a su pueblo, a su rebaño, por medio de pastores elegidos por él para que realicen su tarea. Así, por analogía con la acción divina y como mediación de dicha acción, el nombre de pastor es aplicado al hombre que está a la cabeza del pueblo.
Desde lo dicho, está claro que el primer pastor y el prototipo de lo que ha de ser un pastor en Israel es Moisés. <> (Sal 77,21). Después de Moisés, Josué es elegido para que no quede la comunidad como rebaño sin pastor (Núm 27,17). Más tarde, llegado el tiempo de la instauración de la monarquía, David es también elegido para apacentar al pueblo (2 Sam 5,2).
El pastoreo de los hombres siempre es evaluado por la fidelidad al pastoreo de Dios. En este sentido, la Biblia siempre habla de los buenos y de los malos pastores. El prototipo, en tiempos proféticos, del buen pastoreo es David que, siendo pastor, cambió su rebaño por el del Señor y lo apacentó bien (Sal 78,70-72), mientras que la infidelidad de muchos pastores a la tarea encomendada ha sido manifiesta en la historia de Israel. Las más duras recriminaciones bíblicas han sido para los pastores que, en vez de la tarea encomendada, se han valido de su misión en beneficio propio (Ez 34; Zac 11,4-7). La suerte del rebaño está en parte unida a la suerte del pastor, cuya herida supone la dispersión de las ovejas (Zac 13,7).
El nombre de pastor es reservado de un modo especial para la situación que ha de venir. Los tiempos mesiánicos anunciados por los profetas se mueven en la misma terminología y aplican el tema pastoril al anuncio de la salvación futura. Como en otras ocasiones u en otros temas de la historia de Israel, el pasado es la garantía u la certeza de lo que va a venir.
La infidelidad de los pastores de Israel pone en cuestión el mismo pastoreo y la fidelidad de Dios. Por eso, la reacción de Dios ante la mala gestión de los pastores infieles es la de ponerse a sí mismo al frente del rebaño (Ez 34, 10-16), anunciando nuevos tiempos para su pueblo.
La restauración del pueblo está unida a un <> (Jer 3,15). El resto de Israel tendrá buenos pastores (Jer 23,3-4).
Entre todos los textos bíblicos del antiguo Testamento, destaca la profecía de Ezequiel en la que, juntos a la recriminación de los pastores infieles y a la certeza del pastoreo salvífico de Dios, se promete un nuevo pastor (Ez 34,23-31) caracterizado por los atributos del pastoreo y de la fidelidad de David, en el que se significa de un modo especial la capacidad de unir a los pueblos. La terminología de la alianza es empleada de nuevo para ilustrar la situación esperada, esta vez en clave pastoril: Dios será su pastor y el pueblo será su rebaño.
En conclusión, podemos decir que la acción salvadora de Dios para su pueblo ha sido presentada en Israel en términos pastorales y que esta acción se ha desarrollado a través de mediaciones humanas no siempre fieles a lo encomendado. Dado que la fidelidad de Dios está por encima de la respuesta humana, su pastoreo exige una novedad en el comportamiento de sus pastores que exprese en radicalidad la acción de Dios. Esta situación nueva se identifica con los tiempos mesiánicos.


  1. EN EL NUEVO TESTAMENTO

Cristo aparece interpretando su historia y su misión desde el ámbito religioso-cultural de su pueblo y comprendiendo también desde la terminología pastoril su propia obra. Los textos del Antiguo Testamento que hemos repetido sirven de marco de referencia para comprender la autoconciencia de Jesús y para hablar de su tarea como la del pastor esperado. Tres afirmaciones básicas pueden resumir sus palabras en torno al tema:


La situación del pueblo que él encuentra es la del rebaño sin pastor (Mt 9,36; Mc 6,34). El pueblo qua ha sido comprendido como rebaño está en una situación que mueve a compasión al mismo Jesús, que actúa para sacarlo de ese estado. Más tarde, los escritos apostólicos confesarán que, gracias a su acción, las ovejas descarriadas han vuelto al pastor (1 Pe 2,25).
El mismo se presenta como el buen pastor anunciado por los profetas para la época mesiánica.
La terminología joánica del buen pastor está adornada de imágenes y de ideas que lo ilustran: la única puerta del redil a diferencia de otros que han venido antes, el que conoce y es conocido, el que camina delante de su rebaño y hace posible el seguimiento, el que hace vivir, y, sobre todo y de manera especial, el que da la vida por su rebaño (Jn 10,1-18). Las palabras puestas en la boca de Jesús son la contraposición clara a la recriminación de Ezequiel para los pastores infieles.
Junto a la proclamación de Jesús como buen pastor, se introduce la novedad del universalismo para su rebaño. Las ovejas que no son del redil judío también le pertenecen y van a ser congregadas al rebaño que él conduce para que haya un solo rebaño y un solo pastor (JN 10,16).
La fe posterior en Jesús como el Cristo lo ha confesado como <> (Heb 13,20).
Eligió y llamó pastores.
Aunque es verdad que la terminología pastoril no es abundante a la hora de denominar a los discípulos, sí es cierto que la elección en libertad de los que quiso para que le acompañaran y para enviarlos (Mc 3,1-19) y la permanencia de este grupo a su lado durante su vida está remarcada en los evangelios hasta que, después de la Pascua, son enviados a continuar su obra contando con su nueva presencia (Mt 28,18-20). La misión de Cristo comprendida como la del pastor ha sido encomendada a los que vivieron con él.
Lo que implícitamente hemos dicho del grupo, está claramente explicitado en el caso de Pedro. El Jesús postpascual le encomienda la tarea de apacentar sus ovejas y sus corderos después de una triple confesión de amor (Jn 21,15-17).
El pastoreo de Jesús se une así al pastoreo de los que él envía y, por eso, puede ser llamado el príncipe de los pastores que dará a su vuelta la corona a los pastores fieles (1 Pe 5,4).
En resumen, una de las claves de la autoconciencia de Jesús está en la misión del pastor anunciado y esperado por el Antiguo Testamento cuya tarea es la de la fidelidad al Padre para hacer posible su obra, para ser auténtico mediador. Por eso, la acción de Jesús ha sido llamada acción pastoral y la acción posterior de su Iglesia ha llevado el mismo nombre, de la misma manera que han sido pastores aquellos que la sustentaban.
CAPITULO III

HISTORIA DE LA TEOLOGÍA PASTORAL


  1. LA PRAXIS DE JESÚS

Según la exégesis actual, los evangelios no son documentos o relatos biográficos de Jesús sino testimonios o confesiones de fe nacidas de la experiencia pascual de las primeras comunidades. Podemos afirmar que son también relatos de la praxis prepascual y pascual llevada a cabo por Jesús, a quien Dios ha hecho Señor y Cristo. (Hech 2, 36).




  1. Cristología y acción pastoral

La fe se expresa de acuerdo a las imágenes que se dan de Jesucristo. Las imágenes, representaciones y vivencias que poseemos de Jesús o de Cristo, depende originariamente de la educación Cristiana familiar, catequesis parroquial, formación religiosa.


Señalamos dos concepciones Cristológicas significativas: las que subyacen en la acción pastoral de acuerdo a diferentes soteriologías y las que posee el pueblo cristiano fruto de la iconografía, catequesis y predicación o consecuencia de la misma acción pastoral.


  1. Imágenes de Jesús en la acción pastoral.

La acción pastoral desarrollada después de la segunda guerra mundial se ha manifestado básicamente de una doble manera, como pastoral de Cristiandad de talante conservador o como pastoral misionera de corte progresista. Ambas pastorales se corresponden con dos modos de entender, a su vez, la Cristología: de tipo descendente o desde arriba, de línea mas conservadora, y de tipo ascendente o desde abajo, de línea más aperturista.




  1. Cristologías pastorales deductivas

Las Cristologías descendentes o deductivas de talante ontológico y dogmático o de fundamento metafísico han dado lugar a una eclesiología cerrada o a una Iglesia centrada en su problemática interna. Cristo se entiende como el logos o verbo encarnado. El punto de arranque es la divinidad de Jesús. Los evangelios no son considerados primordialmente relatos sino pruebas del sistema doctrinal. Las cristologías descendentes han sido influidas por determinadas maneras de llevar a cabo la acción pastoral.


En primer lugar, lo más característico e irrenunciable de Jesús de Nazaret, que es la cruz, se ha convertido frecuentemente en justificación de la resignación. Precisamente en el s. XIX cuando emergen los movimientos sociales de emancipación, se inculca en la Iglesia una imagen de Jesús obediente y resignado, sometido a los decretos del Padre. Toda rebeldía contra la explotación, reivindicación social o crítica de los poderes establecidos, es sinónimo de pecado. Al cristiano le toca obedecer y llevar la cruz.
En segundo lugar, la cruz ha justificado toda clase de sufrimientos, tanto naturales como los indebidos o injustos. El cristiano, a imitación de Cristo debe padecer.
En tercer lugar, la imagen de Jesús, bajo el titulo de Cristo Rey, ha servido para justificar el poder de diversos regímenes políticos, conservadores o incluso dictatoriales cuando el catolicismo era religión de estado. Por el contrario, también ha sido entendido, Jesús de Nazaret como el revolucionario que instaura el Reino de un modo violento. Jesús ha servido como justificación de guerras, cruzadas y guerrillas.


  1. Cristologías pastorales genéticas

Las cristologías ascendentes o inductivas tienen en cuenta el proceso genético que siguieron los apóstoles desde el Jesús de Nazaret hasta el Cristo resucitado. Tienen talante socio-político, se fundamentan en una teología positiva, en una exégesis renovada de la Biblia y en un aprecio de la evolución de la historia y de los problemas de la sociedad. Cristo se entiende desde el Padre y desde el Reino. El punto de arranque es la humanidad de Jesús o el Jesús histórico. “Desde los que están abajo”, denominadas latinoamericanas o de la liberación. Relacionan la memoria de Jesús crucificado con la crucifixión actual del pueblo y el mensaje evangélico liberador con la situación de cautiverio.


También las cristologías ascendentes han sido influidas por el quehacer pastoral y han influido en el mismo. Frente a una función conservadora de la figura de Jesús en la pastoral de cristiandad, ha surgido una función liberadora del Salvador en la pastoral misionera o evangelizadora, al poner el acento de la Cristología en estos puntos: 1) el reino de Dios o reino de los pobres, a cuyo servicio está Jesús; 2)el Dios del reino, a quien se dirige Jesús como “Abba”, que es padre de todos; 3) la muerte violenta de Jesús, consecuencia de su tenor de vida, que le posibilita morir por nuestros pecados.


  1. Imágenes de Jesús en el pueblo Cristiano.




  1. Un Jesús deducido de los evangelios literalmente entendidos

Hasta los umbrales del vaticano II el pueblo católico apenas conoció la Biblia, cuyas ediciones se divulgaron en las décadas de los cuarenta y cincuenta, sin una adecuada catequesis. Los evangelios han sido entendidos por el pueblo, y en gran medida los entiende, como relatos históricos que narran los hechos tal como sucedieron o como meras biografías de Jesús. Atraen poderosamente los milagros, que se aceptan al pie de la letra.


Jesús es para el pueblo “El Señor de los milagros”.


  1. Un Jesús que en el fondo es sólo Dios

El pueblo católico se dirige a Cristo como a Dios. Los ojos de Jesús son ojos de Dios; Dios ve y actúa a través de Cristo, que no es del todo hombre como nosotros. Su humanidad es mera apariencia. Este modo de pensar fue propio de los docetas (o doketas) del s. II, es decir, de los aparentistas, quienes creían en la mera apariencia humana de Jesús como Dios.

Jesús es para el pueblo el Dios omnipotente y Omnisciente.


  1. Un Jesús que padece para darnos ejemplo

A partir del s. XI se propagan rápidamente en las iglesias románicas las tallas de Cristo del tamaño natural, en madera o en bronce. Junto al triunfo de Cristo, manifestado en la serenidad de su rostro y en el sosiego de todo su cuerpo, aparece el sufrimiento del crucificado con rostro adolorido y ojos entornados, imagen del “varón de dolores”. Es el Dios sufriente de los campesinos pobres, de los enfermos desamparados y de los esclavos sometidos. Es modelo de paciencia, resignación y obediencia. A menudo, los sufrimientos se interpretan como castigo de Dios o voluntad divina y como consecuencia del pecado original, al ser todos hijos de padres desobedientes.


Jesús es para el pueblo el Nazareno, el crucificado.


  1. Un Salvador que expía los pecados y nos da el cielo

Para el pueblo católico, el mundo equivale a valle de lágrimas o a desastre que termina con la muerte, a partir de la cual hay salvación. Jesús nos abrió las puertas del cielo al perdonarnos como Dios. Su ejemplo es válido para arrepentirse y no pecar, comportarse de acuerdo a los mandamientos, frecuentar los sacramentos, alcanzar una buena muerte y entrar en el cielo. En el fondo, la vida es ocasión de hacer méritos y de vivir en gracia.


Jesús es para el pueblo el Salvador de nuestros pecados.


  1. Modelos de Jesús en su praxis pastoral

Para comprender la praxis de Jesús, examinemos en primer lugar los modelos de su comportamiento pastoral relatados por los evangelios, teniendo en cuenta al mismo tiempo algunos datos sobre la situación del judaísmo en tiempos de Jesús.


Jesús es objeto de fe como resucitado. Al aplicarle varios títulos esenciales que ya aparecen en los evangelios y que han sido acuñados litúrgica y dogmáticamente -Cristo, Mesías, Señor, Salvador, Hijo de Dios-, tenemos el peligro de considerar accesorio el contorno histórico de Jesús de Nazaret. También podemos caer en la tentación opuesta: reducir nuestra consideración pastoral al Jesús histórico, olvidando el acontecimiento de la Pascua.


  1. Jesús no fue <> del templo

La ley religiosa Judía o la Torah fueron custodiada o interpretada en primer lugar por los sacerdotes; después lo sería también por los escribas. El sumo sacerdote, custodio de la ley y del templo, presidía el sanedrín y el culto. Su dignidad era tan elevada como su nivel económico, a causa de los ingresos que producía el templo. En tiempos de Jesús por apetencia del cargo, el sumo sacerdote se hallaba sometido al dominador romano. Su puesto era acaparado por cuatro familias de neta orientación saducea. Para ayudar a llevar a cabo su función estaban los jefes de los sacerdotes, familiares o amigos suyos, encargados del culto, del mantenimiento del templo y de la tesorería. Los sacerdotes se ocupaban de los sacrificios. Al ser unos 7,000. Se dividían en turnos semanales, salvo en las tres grandes festividades y peregrinaciones, en las que intervenían todos. Fuera de algunas semanas de ocupación sacerdotal, el resto del tiempo lo dedicaban a otros oficios. El sacerdocio era hereditario.


A lo largo de su vida pública, Jesús tuvo poco contacto con los sacerdotes, salvo en los momentos de la pasión. Ironizó las preocupaciones sacerdotales en la parábola del buen samaritano (Lc 10,31), y atacó el lugar de los sacrificios en la escena denominada de la <
> del templo, hecho que se encuentra en los tres sinópticos (Mc 11, 15-19; Mt 21, 12-17; Lc 19,45-48) y en Juan (2,13-22). La expulsión de los mercaderes produjo asombro por la autoridad que mostro Jesús. Puso en tela de juicio el templo, al menos como lugar de sacrificios cruentos. Frente a la afirmación religiosa de que Dios está presente en el templo, Jesús enseña que Dios está en todas partes, pero de una manera privilegiada en la comunidad nueva de los discípulos Mt 18,20) y en la caridad de los pobres (Mt 25, 40). Jesús oró en el campo y en las montañas. Para él no hay separación entre el espacio sagrado y el religioso, ya que todo es santo porque todo es creación de Dios.
Solo la carta a los Hebreos, aplica a Cristo el titulo de “sacerdote” o “sumo sacerdote” con una doble condición: Jesús no pertenece a la estirpe sacerdotal judía, ya que fue seglar (7,13-14), ni su culto es ritualista, sino “en espíritu y en verdad” (Jn 4 23,24); ya que “se ofreció asi mismo” en bien de la humanidad (5,7-10). Jesús cumple la doble condición del ministerio sacerdotal: trasmitir a los hombres la palabra de Dios y presentar a Dios los sacrificios de los hombres, que se resumen en la entrega de la vida propia al servicio de los hermanos. En resumen, Jesús es sumo sacerdote porque se hizo semejante a los que sufren, llego a la muerte por amor de la justicia y se entregó con fidelidad a Dios.
Como consecuencia podemos deducir que la confianza del cristiano no debe ponerse en las instituciones ni en las ritualidades, sino en la Cruz de Cristo como en la revelación del amor de Dios y reconciliación de la humanidad. El fasto de las ceremonias es inservible; lo esencial es Cristo, el único sacerdote. Dios no quiere el sufrimiento sino el amor, no desea la muerte sino la vida. La liturgia cristiana no se reduce a un ritual cristiano en el templo.


  1. Jesús no fue <> de la ley

En tiempos de Jesús, escribas o doctores de la ley eran intérpretes de la ley, encargados de explicarla y actualizarla, de acuerdo a los nuevos tiempos o a los problemas planteados. Eran una mezcla de teólogos y juristas. Al creer que se había terminado el tiempo de los profetas, los escribas se consideraban sus herederos hasta que apareciese el profeta mesiánico de los últimos tiempos. Por esta razón, dar el titulo de profeta a Juan Bautista o a Jesús equivalía al reconocimiento de la llegada de los últimos tiempos. Recordemos que el judaísmo se hizo rabínico después de la destrucción del templo del año 70 y de la separación del sacerdocio ritual.


Para ser escriba se necesitaban estudios largos y precisos, con objeto de conocer la ley de las tradiciones orales. Se lograba el titulo hacia la edad de los 40 años. Los escribas llevaban vestidos especiales, ocupaban la presidencia en cualquier reunión y eran saludados, honrados y apreciados por el pueblo. Su presencia era indispensable en diferentes consejos y tribunales, e incluso en el sanedrín. La mayoría eran de tendencia farisea caracterizada por su pureza ritual. Como guías espirituales del pueblo, su cometido consistía en promover la fe en Dios y ayudar a cumplir su voluntad mediante las reglas de pureza ritual. De este modo el pueblo podía sentirse cerca de Dios sin la necesidad imperiosa del templo y de sus costosos sacrificios. Por esta causa, cuando después de la catástrofe del año 70 desaparecen el templo y el sacerdocio, los escribas y rabinos se convierten en los jefes religiosos del judaísmo.
Según X. Léon-Dufour, Jesús aparece como un rabino; enseña en las sinagogas, reúne discípulos y los educa en el estilo de las escuelas. Los evangelios afirman que Jesús <> a sus discípulos y a la gente. Sin embargo no es un escriba más aunque algunos le dirigieron la palabra con el titulo respetuoso de rabbí (que equivalía a decir hoy señor), puesto que le <>. Jesús no se limita a enseñar en las sinagogas sino que instruye en cualquier parte. Jesús enseñó de acuerdo a la tradición sapiencial judía por medio de parábolas, sentencias, construcciones y controversias.
Jesús no hizo la carrera de escriba ni fue considerado por sus contemporáneos como tal. Fue un maestro que no enseñaba <> sino con <> (Mc 1,22; Mt 7,29). Su autoridad deriva de si mismo, no de la “tradición de los padres”. Los evangelios señalan la distancia entre Jesús y la ley judía. Según Marcos, hay una distancia total, para Mateo, Jesús es la nueva Torá, Lucas presenta a Jesús como primera autoridad. La ley, que era de institución divina para los judíos, consistía en la recopilación de multitud de preceptos, decretos, mandatos y estatutos que daban sentido a la conciencia del pueblo, a sus prácticas, conductas y creencia. Se consideraba legislación de Moisés.
<>. Declara que la ley es insuficiente. No cambia, pues, Jesús unas leyes por otras sino que proclama la libertad de nuevo mandamiento de la caridad, visto por sus discípulos como <> (Jn 13,14).


  1. Jesús fue <
    > del reino

Según Ch. Perrot, <>. Según el judaísmo sinagogal, el profeta estaba poseído por el espíritu de Dios.


Jesús es denominado profeta solamente en los evangelios, nunca en el resto del NT. Es aceptado como profeta por la opinión popular (Mc 6,15; Mt 21,11-46; Lc 7,16; 24,19; Jn 4,19; 6,14; 7,40). Aunque los discípulos no lo denominan profeta con total claridad, las palabras y gestos de Jesús tienen un marcado acento profético. De hecho fue detenido y condenado como falso profeta. Jesús no es un profeta nacionalista, ni se inscribe en la línea apocalíptica. Es profeta escatológico, rechazado y perseguido, que proclama la venida del reinado de Dios. En resumen, <>.


  1. Dimensiones de la praxis de Jesús




  1. Jesús y el reinado de Dios

En continuidad con el mensaje escatológico del Bautista, Jesús es el profeta del reinado inminente de Dios. Los exegetas coinciden en afirmar que el centro del mensaje y de la actividad de Jesús es la inmediata cercanía o llegada del reinado de Dios, junto a la conversión que Dios exige. <
La mayoría de los exégetas tiende a traducir el término griego basileia por reinado (acción de reinar) en lugar de reino (territorio), ya que de ese modo se expresa mejor su sentido dinámico. La expresión <> aparece con frecuencia en los sinópticos (61 veces) y muy escasamente en Juan (Jn 3, 3.5) o en los escritos de Pablo, que son ya Cristológicos. Esto indica un desplazamiento del reinado de Dios predicado por Jesús a Jesús salvador predicado por la comunidad cristiana.
Para conocer en que consiste el reinado de Dios proclamado por Jesús es necesario tener en cuenta el sentido que tenia dicha expresión en las tradiciones judías anteriores a Jesús. La idea de Dios como rey es antigua en el pueblo judío, incluso anterior a la aparición de la realeza en el s. XI antes de Cristo. Los judíos esperaban que Dios vendría a reinar en persona para implantar de verdad la justicia. En tiempos de Jesús, el reinado de Dios incluía, por un lado, la libertad política frente a la opresión romana; por otro la justicia social, la paz y el bienestar; finalmente la fidelidad de Dios.
En resumen, la clave para comprender el reinado de Dios se cifra en la justicia real de Dios, no en el sentido romano de dar a cada uno lo suyo según las leyes (favorecedoras a menudo del rico) sino como defensa de oprimidos, pobres, marginados e ignorantes. Los protagonistas del reinado de Dios son los pobres, los que sufren, los sometidos, los perseguidos. Jesús los llama <> o <> (Mt 5, 1-11; Lc 6,20-23).
El reinado de Dios proclamado por Jesús, por una parte está presente. Lo dice Jesús “esta a nuestro alcance” (Lc 17,21) o “en medio de vosotros”, no dentro o “en vuestro interior” a modo espiritual, sino en la realidad humana, corporal y material. Por otra parte tiene dicho reinado dimensión futura. Aparecerá plenamente cuando se termine el mundo pecador (Lc 17, 26-30), cesen los sufrimientos, y sea superada la muerte (Lc 20,36). Esto significa que el reinado de Dios es escatológico: es de aquí y de allá.
Finalmente, al ser el reino de Dios el supremo valor, <>. El arrepentimiento predicado por Jesús como condición de la llegada del reinado no es cambio de mente o de ideas sino de realización de un modo de vida evangélico. Es conversión o cambio de nuestro propio yo (de sus omnipotencias y narcisismos), de nuestras relaciones con nuestro prójimos (demasiado interesadas o dominadoras), de nuestras estructuras sociales y políticas (reducidas a poder y privilegios) y del mundo de la naturaleza (alterada por la explotación).

Para comprender el sentido del reinado de Dios según Jesús, es necesario interpretar correctamente las parábolas del Reino, ya que constituyen el punto central de la predicación de Jesús de Nazaret.




  1. Jesús y sus discípulos

Para llevar acabo la tarea de anticipar la llegada del reinado de Dios, Jesús <> a doce discípulos, a quienes <> (Lc 6,13) para una doble tarea: formar fraternidad con Él (comunidad de mesa) y misionar en su nombre (predicación y expulsión de demonios) (Mc 3,13-18; Lc 6,12-16). Los apóstoles (enviados o misioneros) constituyen el primer grupo entresacado de Israel institucional. De acuerdo a la aritmología religiosa de herencia babilónica, el numero zodiacal doce era perfecto; según Lucas apóstoles son únicamente los doce. Según Pablo, el concepto de apóstol es más amplio; apóstoles son los testigos de la resurrección, llamados por Dios en Jesucristo para una misión total que incluye a los gentiles. En sentido lato, afirma X. Léon-Dufour, apóstoles son: <>.


El segundo grupo esta constituido por setenta discípulos; en algunas versiones son setenta y dos. Tanto setenta como setenta y dos son numero que indican plenitud y perfección. Los discípulos son no israelitas o marginados (Lc 10,1), entre los que se encuentran <> (Lc 8,2-3). Están representados todos ellos por Leví (Lc 5,27-32); proceden de la <> o del judaísmo periférico.
La comunidad <
> de discípulos que formo Jesús es modelo fundamental del nuevo pueblo de Dios o lugar teológico del que se origina la Iglesia. En primer lugar se origina por una llamada de Jesús. Al escoger a sus discípulos, les da una gran libertad de las reglas tradicionales, les corrige en sus ambiciones y les revela su relación con Dios como Padre y con el reino universal de la justicia con el privilegio de los pobres y marginados. A su vez, los elegidos reconocen a Jesús como Señor (creyentes), se agrupan en torno al maestro, lo siguen y comparten su destino (seguidores) y cambian de vida o de escalas de valores: amor fraterno, actitud sin doblez, reparto de bienes, servicio, etc. (están convertidos).
En segundo lugar la condición de ingreso se basa en el seguimiento (Mc 1,16-20; Mt 4,18-22; Lc 5,1-11). El ingreso en el grupo de los discípulos de Jesús no es fácil, dadas las exigencias radicales que entraña: dejar familia y profesión y renunciar a posesiones o patrimonio. Lo que Jesús recomienda es la disponibilidad absoluta para proclamar el Reino, que lleva consigo el sufrimiento y la cruz. La carta magna o constitución de la nueva comunidad se define por las bienaventuranzas. Discípulo no es sinónimo de alumno sino de seguidor, a saber, el creyente que se convierte y se adhiere a la persona de Jesús hasta la entrega de la vida por amor. El joven rico del evangelio tipifica la figura contraria a la del discípulo (Mc 10,17).
En tercer lugar, los discípulos que siguen a Jesús forman grupo o comunidad. DE hecho son llamados de dos en dos. Se trata de constituir de nuevo el pueblo de Dios, en cuyo interior está el Espíritu. Finalmente, los discípulos de Jesús actúan como el maestro en un mundo lleno de injusticias que pretenden liberar.


  1. Jesús y Dios

Las cristologías recientes coinciden en afirmar que la enseñanza y la obra de Jesús de Nazaret se centran en dos realidades fundamentales expresada con los términos reinado de Dios, causa de todo su proyecto, y Abbá o Padre (Mc 14,36). Así como el reinado de Dios no se entiende sin Dios, el Dios cristiano es ininteligible sin el Reino.


Jesús actúa con conciencia de ser de Dios, a quien llama Padre, y tiene experiencia de Dios porque experimenta el reino. Jesús tuvo una conciencia profunda de filiación, a saber, su conciencia termina en Dios como padre. Todo lo que es y tiene Jesús procede de Dios y a Dios se dirige.


  1. La praxis de Jesús a través de sus acciones

Según Marcos, las gentes afirman de Jesús categóricamente: << ¡Que bien lo hace todo!>> (Mc 7,37). Los hechos relatan que Jesús de Nazaret <


> (Hch 10,38): curó enfermos, expulsó demonios, impartió el perdón y se sentó a la mesa de pobres, pescadores y discípulos. Nos detendremos en tres acciones principales de Jesús: los milagros, el perdón y la comunidad de mesa, que al mismo tiempo son signos el reinado de Dios y de la salvación.


  1. Los milagros

Jesús realizó diversas acciones a favor de enfermos o endemoniados, atribuidas por sus enemigos al diablo y por sus discípulos a Dios. Son los milagros de Jesús, a saber, acciones benéficas, gestos de liberación, donaciones gratuitas y muestras de legitimación. El término griego thauma, (correspondiente a milagro) no aparece en los evangelios. Para designar aquellos hechos admirable de Jesús se emplean las palabras <>, <> o simplemente <>.


Los 34 milagros narrados por los evangelistas suscitan hoy diversas acciones. La primera es de aceptación. Tanto en el mundo antiguo como en el ámbito actual de la gente sencilla se cree con facilidad en la intervención milagrosa de Dios.
La segunda reacción es de rechazo. No se admite el milagro como hecho extraordinario que rompe o altera las leyes conocidas por la naturaleza. Es un producto de sugestión colectiva. Incluso algunos creyentes piensan, dice Schillebeeckx <el milagro, milagro de un amor y de un perdón inmerecidos; eso es lo que habrían querido mostrar tales leyendas de milagros>>. San Pablo no alude nunca a los milagros de Jesús.
La tercera postura se caracteriza por una nueva valoración. Por falta de conocimiento adecuado, un género literario evangélico, como el de los milagros, se saca de su contexto o del horizonte interpretativo propio de los evangelistas y se los desnaturaliza. En resumen, el milagro es signo mediador de la fe y obra extraordinaria que señala la vinculación de Jesús con el Padre en la obra de la nueva creación.


  1. El perdón

El reinado de Dios llega a los pobres con la justicia y a los pecadores con la misericordia. En tiempos de Jesús, el judaísmo consideraba pecadores a dos tipos de personas: los que <> y <> (jugadores de juegos de azar, usureros, recaudadores de impuestos, publicanos y pastores), o tenían oficios que <> (prostitutas). Mateo resume el mundo judío de los pecadores con dos palabras: “recaudadores y prostitutas” (Mt 21,31). El calificativo judío de pecador se fundaba más en una visión sociológica que en un juicio espiritual. El pecador era un marginado de la sociedad por su propia culpa.
Jesús predicaba la Buena Nueva a un mundo en pecado, no por la negación de Dios (los fariseos y saduceos creían en Dios), sino por el rechazo del reino de Dios. El reino de Dios llega cuando el pecador descubre la misericordia y el perdón de Dios. Dicho de otro modo el pecado es perdonado con la aceptación de la venida del Reino.


  1. La comunidad de mesa

Entre los judíos la comida compartida era sinónimo de comunidad entre los hermanos y con Dios, pero también indicaba separación o exclusión de pecadores debido a las reglas de la no contaminación. Para Jesús, la comida es lugar esencial de unión. Por eso compara el reinado de Dios a una mesa compartida o a un banquete de bodas. La praxis de Jesús se muestra asimismo en el hecho frecuente de compartir la mesa con los discípulos (fraternidad), con los pobres (justicia) y con los pecadores (misericordia). Precisamente el último gesto de Jesús fue un banquete de despedida, en el que <


>, actuando como anfitrión. En contraste con Juan <> Jesús, <>, tachado de <> (Mt 11,18). En varios pasajes del evangelio se dice que Jesús se sentó a la mesa de pecadores, acto prohibido en el judaísmo.
Hay otras comidas en las que Jesús es anfitrión, como ocurre con el relato de la multiplicación de los panes, narrada por los cuatro evangelistas (Mt 14, 14-21; Lc 9, 11b-17; Mc 8,1-9 y par.; Jn 6,1-15).
Finalmente los evangelios de Lucas (24, 28-31) y Juan (21, 12-13) relatan comidas del Señor resucitado con sus discípulos, en el camino de Emaús o a la orilla del mar. En definitiva la koinonia cristiana es comunión en el <> (1 Co 10,16-17) y servicio de ayuda mutua o comunión de hermanos.


  1. Niveles de la praxis de Jesús

Jesús lega a sus discípulos los principios básicos de una práctica alternativa, crítica con respecto al sistema, que es la práctica del Reino y base de una vida común en Ecclesia.


H. Echegaray y C. Bravo descubren en la práctica de Jesús tres niveles: económico, político y social, que se corresponden, según F. Belo, con tres gestos: de las manos, de los pies y de los ojos. A su vez M. Clévenot, en continuidad con F. Belo, llama caridad a la práctica económica de las manos, esperanza a la práctica política de los pies y fe a la práctica ideológica de los ojos y de los oídos.
a) Caridad o práctica de las manos (nivel económico)
Jesús curo a enfermos y repartió el pan a hambrientos, es decir, ayudó al pueblo en sus necesidades materiales básicas. Este primer nivel de práctica mesiánica <>. Frente a la acumulación individual o familiar, Jesús propone la donación, el reparto comunitario y la comunión con el pobre. Jesús educa a sus discípulos en actitud de donación con un amor universal (Lc 6, 27-38). Esta práctica de amor económico tiene un nombre en la tradición mesiánica: la caridad.


  1. Esperanza o práctica de los pies (nivel político)

El segundo nivel hace referencia a los pies, es decir, al camino de esperanza que recorren los seguidores de Jesús, que son sus discípulos. Este segundo nivel “se expresa –dice H. Echegaray- a través de una manera de realizar la autoridad como diaconía de masas, como servicio implicando una igualdad fundamental entre todos los hombres y como poder verdadero, es decir, basado en la justicia y equidad”. Lo contrario de esta práctica es el poder y el dominio. Jesús propone a sus discípulos que no actúen <> que dominan e imponen sino que sean servidores y den vida (Mc 10, 42-46) ya que todos son entre sí <




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