Temas básicos de Creatividad


Sociedades inteligentes y sociedades estúpidas



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Sociedades inteligentes y sociedades estúpidas


La gran creación de la inteligencia sólo la he tratado como facultad personal. Puede vivir en régimen privado o en régimen público, pero sin salir de su ámbito individual. En el primer caso, su actividad se funda en evidencias privadas, se guía por valores privados y emprende metas también privadas. En el segundo, busca evidencias universales, se guía por valores objetivos, y emprende metas compartidas. En amos casos estoy hablando de una inteligencia individual. Un pensador eremítico, puede buscar en su soledad verdades universales, usando públicamente su inteligencia, aunque esté solo. Ahora voy a hablar de la inteligencia social, la que emerge de los grupos, asociaciones o sociedades, la que nos permite hablar de sociedades inteligentes y sociedades estúpidas.

¿Qué entiendo por inteligencia social, comunitaria, compartida, etc.? No la inteligencia que se ocupa de las relaciones sociales, sino de la inteligencia que surge de ellas. Es una inteligencia conversacional. Cuando dos personas hablan, cada una aporta sus saberes, su capacidad, su brillantez, pero la conversación no es la suma de ambas. La interacción las aumenta o las deprime. La inteligencia social es un fenómeno emergente. Los especialistas en, management anglosajones acuñaron hace años un concepto brillante –organizaciones que aprenden, learning organizations– que con el tiempo se ha revelado muy útil. Los japoneses prefieren hablar de organizaciones que crean conocimiento. Hay empresas inteligentes y empresas estúpidas. Aquellas gestionan bien la información, detectan con rapidez los problemas, son capaces de resolverlos rápida y eficazmente, fomentan la creatividad y alcanzan sus metas –crear valor corporativo– al mismo tiempo que ayudan a que todos los implicados –los stakeholders– logren las suyas. Las estúpidas pasan a engrosar el cementerio empresarial.

Uan organización inteligente es la que permite desarrollar y aprovechar los talentos individuales mediante una interacción estimulante y fructífera. Comienza a hablarse de “capital intelectual” como de uno de los grandes activos económicos. Las agrupaciones inteligentes captan mejor la información, es decir, se ajustan mejor a la realidad, perciben antes los problemas, inventan soluciones eficaces y las ponen en práctica.

Los lenguajes, como las culturas, son creaciones colectivas. Una necesidad universal y ubicua –comunicarse– conduce a la invención de modos cada vez más eficientes de hacerlo, que son aceptados y afinados por la comunidad. La inteligencia social es una tupida red de interacciones entre sujetos inteligentes. Cada uno aporta sus capacidades y saberes, y resulta enriquecido o empobrecido por su relación con los demás.

Nadie puede introducir una palabra en el lenguaje. A lo sumo puede inventar un término y proponer su uso, pero que se generalice depende de los demás. La interacción de sujetos inteligentes produce un tipo nuevo de inteligencia –la inteligencia comunitaria o social– que produce sus propias creaciones: el lenguaje, las morales, las costumbres, las instituciones. La sociedad, con sus ventajas y exigencias, con sus complejidades y riesgos, ha ido modelando, ampliando, cultivando el cerebro y el corazón humanos. El lenguaje y la libertad son creaciones sociales.

El hombre solitario no puede sobrevivir. Buscando, pues, su felicidad privada el ser humano se integra en el espacio público, y esto tiene trascendentales consecuencias. La primera es que debe coordinar sus metas, sus aspiraciones, sus conductas, con las metas aspiraciones y conductas de los demás. Esta interacción continua es el fundamento de la inteligencia social, de la que depende el capital intelectual de una sociedad, sus recursos. No puede ser una mera agregación, sino que es forzosamente un sistema de comunicación interminable, donde todos influyen sobre todos, para bien o para mal. Los sistemas de interacción pública también determinan la inteligencia social. Por último, un mal gobierno puede despeñar a una sociedad por el abismo de la estupidez, lo cual es siempre trágico, porque pagan inocentes las demandas del poderoso.

La felicidad privada consiste en la armoniosa realización de las dos grandes motivaciones humanas: el bienestar y la ampliación de posibilidades. Pues bien, Para ambas cosas pedimos ayuda a la ciudad, y la ciudad fracasa si no nos las proporciona. Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas.

Arnold Washton escribe: “El hecho de que estemos buscando esas gratificaciones a través de la adicción nos revela algo sobre el contexto social en que esto está ocurriendo: colectivamente, se recurre a los elementos alteradores del estado de ánimo para satisfacer necesidades reales y legítimas que o son adecuadamente satisfechas dentro de la trama social, económica y espiritual de nuestra cultura”. Es una mezcla de “mentalidad de arreglo rápido” y de “sentimiento de impotencia”. Annie Gottlieb escribe: “Es el legado más agridulce que le dejaron las drogas a nuestra generación: el deseo de ‘sobrevolar’ por encima de una vida llena de altibajos. A quienes tomaban un atajo hasta el mundo de la magia, les ha costado mucho aprender a tener paciencia, perseverancia y disciplina, a tolerar el exilio en el mundo común y corriente”.

No es verdad que la mayoría tenga siempre la razón ni que el pueblo no se equivoque nunca. Una sociedad resentida o envidiosa o fanática o racista puede equivocarse colectivamente y, por el contrario, un hombre solo puede tener razón frente al mundo entero. Por eso, al hablar de éxito o fracaso, de la inteligencia colectiva necesitamos apelar a algún criterio de evaluación: Debemos conceder a la inteligencia social la máxima jerarquía cuando proponga formas de vida que un sujeto ilustrado y virtuoso, en pleno uso público de su inteligencia, tras aprovechar críticamente la información disponible, considera buenas.

La imparcialidad, la objetividad, el estudio minucioso de las circunstancias, la capacidad, son virtudes, es decir, hábitos que perfeccionan el juicio. Pero al final el último juez ha de ser una persona. Porque la complejidad social impide que una inteligencia aislada pueda manejar toda la información necesaria. Las experiencias personales, la variedad de las circunstancias, la comprobación práctica de la eficacia de las propuestas teóricas, son indispensables para una justa solución de los problemas.

Los fracasos de la sociedad, como los del individuo, pueden ser cognoscitivos, afectivos y operativos:

Fracasos cognoscitivos. La inteligencia fracasa cognoscitivamente cuando mantiene creencias blindadas. Los prejuicios, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo son fenómenos sociales antes que personales. Lutero señala: “No se debe obedecer a los príncipes cuando exigen sumisión a errores supersticiosos, del mismo modo que tampoco se debe pedir su ayuda para defender la palabra de Dios”. Todos los sucesos bélicoreligiosos son ejemplos de fracasos de la inteligencia, encerrada en un fanatismo que, incapaz de aprender de la experiencia, repite una y otra vez las mismas brutalidades. Lo mismo ocurre con la diferencia radical de los seres humanos, la radical separación de castas, la discriminación por razón de género o de raza.

La glorificación de la libertad es una creación de Occidente. Otras culturas consideran más importantes otros valores como la paz, la concordia, la obediencia a la ley. En Occidente podría enunciarse así: Sólo es libre la acción espontánea. Es difícil negarse a esta evidencia que, sin embargo, encierra una contradicción insostenible. Afirma una idea de libertad que anula la libertad. Si el comportamiento no es espontáneo es coaccionado. El superego, la educción, las normas, el qué dirán o la moral del grupo dirigen y anulan la libertad. El sujeto, por lo tanto, no es libre. Pero ocurre que si actúa espontáneamente, tampoco lo es, porque la espontaneidad es una mera pulsión.



Fracasos afectivos. Las sociedades fomentan estilos afectivos diferentes, por ello hay culturas pacíficas y culturas belicosas, culturas egoístas y culturas solidarias. Los estilos afectivos sociales condicionan la vida del individuo, ampliándola o disminuyéndola. El odio, la agresividad, la envidia, la impotencia, la soberbia, extravían a las sociedades.

Las sociedades puedes encanallarse cuando se encierran en un hedonismo complaciente, y carecen de tres sentimientos básicos: compasión, respeto y admiración. Compadecer es sentirse afectado por el dolor de los demás, y es la base del comportamiento moral. Considerar la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesca corrupción afectiva. Respeto es el sentimiento adecuado ante lo valioso. Se trata de un sentimiento activo, que se prolonga en una acción de cuidado, protección y ayuda. Es, sobre todo, el sentimiento que capta y aprecia la dignidad del ser humano. La admiración es la valoración de la excelencia. Un igualitarismo mal entendido nos impide apreciar a los demás. “Nadie es más que nadie” es una afirmación estúpida por degradante. No es lo mismo el hombre que ayuda a los demás que el hombre que los tortura.



Fracasos operativos. La inteligencia social puede equivocarse en las metas, por ejemplo, cuando crea mitologías a las que sacrifica los derechos individuales, la felicidad del ciudadano. Las sociedades pueden proponerse metas contradictorias. Un fracaso en los sistemas ejecutivos puede darse por exceso o por defecto. El exceso es la tiranía, que en ocasiones es aceptada gustosamente por la sociedad, lo que supone un fracaso de la inteligencia. El miedo impulsa a esa abdicación de la libertad. El defecto es la anarquía, cuando quiebran todos los sistemas de control. Suele llevar a la tiranía por compensación.

La inteligencia culmina en la resolución de los problemas prácticos, en especial de los que se refieren a la felicidad personal y a la dignidad de la convivencia humana ha planteado siempre problemas enconados. El valor de la vida, la propiedad de los bienes y su distribución, la sexualidad, la familia y la educación de los hijos, la organización del poder político, el trato a los débiles, ancianos o enfermos, el comportamiento con los extranjeros y la relación con los dioses han sido, son y probablemente serán los fundamentales.

La inteligencia comunitaria, después de recorres muchos laberintos, denomina “justicia” a la mejor solución de conflictos, pero una cosa es terminar un problema y otra resolverlo. Un problema sólo se resuelve termina dejando a salvo los valores para la convivencia.

El mundo de la inteligencia personal es la felicidad. El triunfo de la inteligencia social es la justicia. Ambas están unidas por parentescos casi olvidados. Hans Kelsen lo desribe con claridad: “La búsqueda de la justicia es la eterna búsqueda de la felicidad humana. Es una felicidad que el hombre no puede encontrar por sí mismo, y por ello la busca en la sociedad. La justicia es la felicidad social, garantizada por el orden social”. Son inteligentes las sociedades justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad –privada o pública–, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia.

Una condición de la justicia es elegir bien el marco al que adjudica mayor jerarquía. El relativismo extremo arma una trampa social. Se ha extendido la idea de que es un síntoma de progresismo político, y que la equivalencia de todas las opiniones es el fundamento de la democracia, creencia absolutamente imbécil y contradictoria. Si todas las opiniones valen lo mismo, las creencias de los antidemócratas valen lo mismo que las de los demócratas. Estamos apresados por la historia de la moral occidental. Hemos puesto como valor supremo la autonomía personal, lo que debilita el poder de las normas universales, una de las cuales es el valor de la autonomía personal. El arroyo ciega la fuente de la que procede.

La inteligencia social ha descubierto el valor de la libertad de conciencia, con lo que convierte a la propia conciencia en máximo tribunal del comportamiento. Esto es verdadero y disparatado, según se mire. Lo único que este derecho protege es la personal búsqueda de la verdad. La protege, ciertamente, pero también la exige. La libertad de conciencia sólo adquiere su legitimidad total cuando esa conciencia se compromete a buscar la verdad, a escuchar argumentos ajenos, atender razones, y rendirse valientemente a la evidencia, aunque vaya en su contra. Sin esta contrapartida, el derecho a la libertad de conciencia puede convertirse en protector de la obstinación y el fanatismo, grandes derrotas de la inteligencia. El uso público de la inteligencia se propone salir del mundo de las evidencias privadas, donde puede emboscarse el capricho, la obcecación, o el egoísmo, para buscar el mundo de las evidencias universalizables que pueden compartir todos los seres humanos.

Las creencias privadas son legítimas mientras no afecten a otras personas: En ese caso, deben someterse a las evidencias universales. Solemos decir que la verdad es la concordancia entre un pensamiento y la realidad, pero esta afirmación tan clara deja muchas cosas en la sombra. El primer principio de una teoría del conocimiento es: “Lo que veo, lo veo”. Por desgracia, ese inexpugnable principio tiene que completarse con otro que le baja los humos: “Toda evidencia puede ser tachada por una evidencia más fuerte”.

Prefiero definir verdad como la manifestación evidente de un objeto. Le acompaña la certeza subjetiva, y puede expresarse en un “juicio verdadero”. Lo que llamamos verdad científica no es más que la teoría mejor corroborada en un momento dado. Por el rango de su corroboración tenemos que distinguir las verdades privadas, las verdades privadas colectivas y la verdades universales.



Verdades privadas son aquellas que pos u objeto, por la experiencia en que se fundan, por la imposibilidad de universalizar la evidencia, quedan reducidas al mundo de una persona. Es privada también una verdad científica antes de que haya sido demostrada. Son verdades biográficas, no verdades reales, es decir, intersubjetivas [opiniones]. La vida va confirmando o rebatiendo una parte importante de nuestras verdades privadas. Desde fuera del sujeto dichas verdades pueden no tener sentido, pero no pueden rebatirse. Lo demás sólo podemos decir que el estado de verificación de esta verdad es privado, y que desde el exterior sólo podemos considerarla como presunta verdad, mientras no entre es colisión con alguna verdad más fuerte.

Verdades privadas colectivas. Con esta expresión contradictoria designo las verdades privadas, es decir, que no pueden universalizarse, pero que son compartidas por una comunidad. Son verdades comunes, participadas, pero sólo por el grupo, cuyo consenso fortalece las particulares. La comunidad como corroboración social es uno de los grandes mecanismos que aseguran las certezas, porque producen un espejismo de verdad intersubjetiva. Son también un eficaz mecanismo para hacer naufragar las inteligencia social.

Verdades universales, itersubjetivas, son aquellas evidencias suficientemente corroboradas, al alcance teórico de todas las personas, y sometidas a rigurosos criterios de verificación, metódicamente precisados por la ciencia a lo largo de la historia, que permiten alcanzar una garantía que va más allá del mero consenso subjetivo. En todo lo que afecta a las relaciones entre seres humanos, o a asuntos que impliquen a otra persona, una verdad privada –sea individual o colectiva– es de rango inferior a una verdad universal, en caso de que entren en conflicto. La justicia la bondad inteligente y poco sensiblera aparece inequívocamente como la gran creación de la inteligencia. La maldad es el definitivo fracaso.

La inteligencia fracasada para dos terrible hijas: la desdicha evitable y la maldad, son nuestras dos grandes derrotas, cada cual con copiosas genealogías que he inventado: fanatismo, insensibilidad, desamor, violencia, rapacidad, odio, afán de poder, miedo.

Los conceptos tienen vida propia, como ya vio Hegel. Nacen, crecen, se reproducen y a veces mueren. Urden conspiraciones por su cuenta. Acaban generando un subterráneo campo de fuerzas que dirige nuestra acción desde las sombras. La idea de que sólo pueden ser creadores los desgraciados tiene un envés evidente, donde se lee que la felicidad es embrutecedora, vulgar, burguesa. Y lo mismo habría que decir de la bondad, que se contempla como la sumisión rutinaria, cobarde y boba a una norma. Triunfa la idea de que la felicidad es embrutecedora y el mal es creador.

Por debajo de todas las pamplinas de la creación morbosa hay una teoría equivocada, que identifica la felicidad con el placer. Stuart Mill ya advirtió una cosa obvia: “El cerdo aspira a una felicidad de cerdo”. Ésta no es una felicidad humana, a no ser que el hombre no se haya previamente degradado. La felicidad humana es la armoniosa satisfacción de dos grandes aspiraciones: el bienestar y la creación. Son anhelos contradictorios con frecuencia, preferimos elegir uno de los factores, antes que mantener un débil equilibrio.

El ser humano está hecho para el egoísmo y para el altruismo, para el juego y el rigor, para el placer y la grandeza, para la soledad y la compañía. Tiene un dinamismo centrípeto y un dinamismo centrífugo. Armonizar esos elementos contradictorios exige un gran alarde de la inteligencia. Para designarlo quiero recuperar una palabra de riquísima y universal tradición: sabiduría. Sabiduría es la inteligencia habilitada para la felicidad privada y para la felicidad política, es decir, para la justicia. Sabio no es quien sabe muchas cosas, sino quien actúa sabiamente. Es un modo elegido de ser, un trabajado proyecto de personalidad, el talento para hacer las preguntas adecuadas y buscar las buenas respuestas. Es la poética del vivir.

La inteligencia triunfante es, pues, la que inventa lo valioso en nuestra vida privada o pública. La Psicología contemporánea pretende recuperar cuerdamente el concepto griego de areté. La Psicología evolutiva debe prolongarse en una Psicología evaluativa. Una capacidad se convierte en areté cuando alcanza la excelencia. Los humanos alcanzan su areté básica en la sabiduría, que es la inteligencia aplicada a la creación de una vida buena. Es un modo de ser expansivo, que integra la inteligencia del individuo y la inteligencia del ciudadano. La inteligencia es un caudal poderoso y, contra viento y marea, triunfará, a menos que la especie humana se degrade, abandonándose a una felicidad de cerdo, a una claudicación. Confío en una inteligencia resuelta, inventiva, cuidadosa, poética, ingeniosa, intensa y estimulante.



1Es el pensamiento vertical de DeBono.

2Ver proceso de aprendizaje de Bert Juch.

3Ver control del reforzamiento externo de Julián Rotter.

4 Ver proceso de aprendizaje de Bert Juch y modelo psicoeducativo de Miguel Rosado.

5Ver pensamiento vertical de Edward DeBono, la dirección de pensamiento en Norman Maier y la estructura padre del Análisis Transaccional en Eric Berne.

6Ver el efecto Rosental o la “hipótesis que se autocumple”.

7Ver el Rubicón en el proceso de aprendizaje de Bert Juch.





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