Temas básicos de Creatividad


El fracaso de la voluntad



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El fracaso de la voluntad


El sujeto fracasa por muchas causas. Adquiere creencias tóxicas, encapsuladas, blindadas contra la crítica, contra los argumentos, contra la experiencia, que le vuelven incapaz de aprender nada. También puede elaborar estilos afectivos que dificultan dramáticamente su instalación en la realidad, porque le proporcionan una evaluación equivocada de los que sucede, suscitan deseos destructivos y hacen el futuro intransitable como en la desesperanza o el presente insufrible como en la depresión. El campo de la comunicación personal, de las relaciones afectivas, produce copiosa cosecha de derrotas. Parsimoniosamente se va configurando una etiología del fracaso, un repertorio de sus causas.

Ahora voy a estudiar los fracasos de yo ejecutivo, los problemas que tradicionalmente se relacionan con la voluntad, concepto expulsado de la psicología y que ahora debemos recuperar, pero renovado. La “vieja voluntad” era una facultad innata. La “nueva voluntad” son cuatro habilidades aprendidas: inhibir el impulso, deliberar, decidir, mantener el esfuerzo. Cuando una de esas habilidades no se aprende o se aprende mal, surgen problemas de conducta.

La voluntad es la motivación inteligentemente dirigida. A nuestra conciencia llegan múltiples incitaciones, deseo poderosos y, con frecuencia, contradictorios. Lo que llamo “yo ejecutivo” se encarga de introducir cierto orden en estas voces discordantes. La “nueva voluntad” es eficaz pero humilde. Los deseos que emergen en la conciencia proceden de la inteligencia computacional, que es una fuente permanente de ocurrencias. Al yo ejecutivo no se le ocurre nada; cuando está dormido, todas las ocurrencias pasan a la acción. No hay mediación entre el deseo y la acción. Pero cuando está en su puesto, el yo ejecutivo registra conscientemente las ocurrencias del y computacional y las evalúa para ver si puede dejarlas pasar. Para cumplir esta misión necesita procedimientos para controlar el tráfico y criterios de evaluación.

Ante esas ocurrencias –que aparecen a miles– el yo ejecutivo las compara con su tabla de evaluación y las bloquea o les permite seguir adelante. Esto es lo que llamamos “decisión”. Con frecuencia, la decisión no zanja el asunto, sino que debe prolongarse con un proyecto de acción. En este caso, la inteligencia computacional tendrá que seguir produciendo ocurrencias para alcanzar la meta. El yo ejecutivo se encargará de seleccionarlas. Esa es su gran función.

Henri Poincaré sentencia: “Inventar consiste en no construir combinaciones inútiles, sino en construir sólo las que pueden ser útiles, que no son más que una ínfima minoría. Inventar es discernir, es elegir.”

Los rasgos básicos del yo ejecutivo son siempre iguales: no se le ocurre nada, tiene un criterio de evaluación, y sólo puede realizar tres acciones:2



  1. Deja seguir la ocurrencia.

  2. Bloquea definitivamente la ocurrencia.

  3. La devuelve al yo computacional para que la mejore, la complete o la anule definitivamente.

En el caso de la creación, el autor selecciona sus ocurrencias de acuerdo con su propio criterio, con su gusto estético. Si éste es malo, la obra también lo será. Lo mismo ocurre en la vida común. Si uno se equivoca en el criterio, si no es capaz de bloquear la acción o si la inteligencia computacional no le hace caso, el yo ejecutivo, la voluntad, fracasa.

Voy a hacer una tipología apresurada de los fracasos de la voluntad en su función controladora. Es un cortejo nutrido: las deficiencias de deseo, la esclavitud de la voluntad (adicción o miedo), la impulsividad, la procastinación, la indecisión, la rutina, la inconstancia y la obcecación.



  1. Las deficiencias del deseo. Ya he dicho que la voluntad es la motivación dirigida por la inteligencia. Si no hay impulso alguno, si no existe el deseo, falta la materia de la voluntad, como sucede en las grandes depresiones.

El desgano, el desánimo, el cansancio son fenómenos de enorme complejidad. Hay apatías orgánicas y apatías aprendidas. Una peculiar deficiencia del deseo es su volubilidad. Considero un déficit la veleidad por la misma razón que me parece un defecto la incapacidad de fijar la atención. La acción y el conocimiento precisan de una cierta estabilidad del deseo o de la concentración. La justa, porque de lo contrario se transforman en obstinación o en obcecación.

El deseo es una llamada a la acción, por eso otra de sus deficiencias aparece cuando existe el deseo pero no va seguido del impulso. Muchas personas se consideran frustradas por no haber conseguido satisfacer un deseo que nunca intentaron, es decir, que nunca se articuló en un proyecto. En la abulia se experimentan deseos, pero no pueden pasar a la acción.



  1. La esclavitud de la voluntad. Aparece cuando las posibilidades de elección son limitadas drásticamente por elementos fisiológicos o psicológicos. Las adicciones y algunas emociones, como el miedo, sirven de ejemplo. Algunos de ellos ejercen tal influencia que crean el espejismo de que sin ellos no se puede sobrevivir. Es un caso de la patología del “libre arbitrio”.

Si como sospecho, las creencias que tenemos acerca de nuestra capacidad para ser libres es un componente de nuestra capacidad de serlo, me temo que el ámbito de las adicciones puede crecer indefinidamente, ya que cunde la idea de que estamos determinados por múltiples influencias: genéticas, psicológicas, económicas, sociales.3

  1. La impulsividad. Es la falta de control de lo impulsos. Mientras que en la abulia desaparece la capacidad de iniciar la acción, en la impulsividad se carece de la posibilidad de inhibirla.

Este asunto es de gran relevancia personal y social, la impulsividad es un factor que aumenta la probabilidad de comportamientos delictivos, antisociales y criminales. Conviene distinguir tres fenómenos diferentes: impulsividad, compulsión y automatismo.

En la conducta impulsiva hay motivación, idea directriz, conciencia lúcida, pero falta deliberación. Se pasa directamente del acto. La acción es involuntaria, violenta, súbita, imperiosa, explosiva, incoercible. Puede producir actos violentos contra las personas y las cosas. La impulsividad es un rasgo de temperamento, es decir, de aquellas propensiones con que el niño nace, que se pueden fomentar o amortiguar. Se manifiesta por los siguientes síntomas: actúa antes de pensar, cambia con excesiva frecuencia de una actividad a otra, tiene dificultades para organizarse en el trabajo, necesita supervisión constantemente, con frecuencia levanta mucho a voz, le cuesta guardar turno en situaciones de grupo. El yo computacional ha tomado la iniciativa.

Las compulsiones se diferencian de la impulsividad porque son acciones reflexivas y van acompañadas de luchas internas. Fumar es una compulsión. En muchas ocasiones los sujetos se sienten impelidos a realizar actos que consideran absurdos. Tratan de oponer resistencia a esa conducta que les parece estúpida, pero después de los fracasos repetidos acaban por someterse.

La idea obsesiva es reconocida como ajena a la personalidad pero procedente de uno mismo. La inteligencia computacional funciona con independencia del yo consciente. Las tentativas para desechar los pensamientos que no son bienvenidos pueden conducir a una terrible lucha interna, que angustia al sujeto.

Estas compulsiones son anormales dentro de personalidades normales. Son ocurrencias que emergen de la inteligencia computacional, del conjunto de mecanismos mentales que escapan a nuestra conciencia.

Por último, en los automatismos no hay idea consciente, son involuntarios, son conciencia reflexiva ni discernimiento. Los tics, por ejemplo. En todos los casos mencionados –impulsividad, compulsión y automatismo– los impulsos que proceden de la inteligencia computacional toman el control.



  1. La procastinación (tomada del inglés) significa “dejar algo para mañana”. En castellano tenemos dos palabras vecinas: “postergar”, que significa “dejar algo para hacerlo más tarde o después de otra cosa a la que en el orden normal precedería” y “diferir”, que significa “no hace algo en el momento en que se había pensado, sino dejarlo para más tarde”. Son dos significados muy semejantes, pero no sinónimos de ella. La procastinación no es un simple aplazamiento, ni es negarse a hacer una cosa. Es, sin duda, desidia, pero acompañada de complejas tácticas dilatorias. El procastinador toma la firme decisión de hacer una cosa mañana, decisión que volverá a ser aplazada con la misma resolución al día siguiente. Tiene una gran fuerza de voluntad para actuar en el futuro, pero una débil voluntad para el presente.

Hay otro asunto que facilita dejar las cosas para otro momento. Tiene que ver con la percepción del tiempo. Los postergadores suelen pensar que hacer algo va a ocupar más tiempo de lo que en realidad ocupa, que no vale la pena iniciar una cosa si no se la va a terminar de un tirón, y que poco tiempo es ningún tiempo.

  1. La indecisión4. La decisión es un corte, una separación, un salto. Después de la deliberación, tengo que elegir una cosa u otra. Este caso supone, para muchas personas, un obstáculo casi insalvable. Decimos que ellas son indecisas.

La indecisión suele derivar de un estilo afectivo acobardado, que teme equivocarse o que teme la novedad. Prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer y si le obligan a decidir, le condenan a un infierno.

  1. La rutina. Los hábitos son mecanismos aprendidos que automatizan ciertas conductas de tal moso que nos permiten realizarlas con mayor facilidad, perfección, y sin necesidad de que prestemos atención. Son indispensables para toda actuación eficiente. Sin embargo, lo hábitos pueden liberarnos, pero también pueden esclavizarnos. Por eso deben ser sometidos a una vigilancia superior. Intentar resolver un problema de manera rutinaria sólo sirve cuando los problemas son muy elementales. El mecanismo puede dispararse automáticamente e intentar someter a su acción cualquier conflicto, en lugar de acomodarse él al conflicto.

  2. La inconstancia y la obcecación. Algunas decisiones son puntuales, pero otras nos comprometen a proyectos largos, en cuya realización hay que vencer obstáculos, y que por lo tanto exigen una renovación de la decisión, una persistencia en el empeño. Un fracaso de la inteligencia es cesar en el esfuerzo antes de tiempo. Eso es la inconstancia, la dificultad para soportar el esfuerzo o para aplazar la recompensa.

La inconstancia es un fracaso, pero también puede serlo su contrario, la obcecación o la tozudez. No hay nada más voluntarioso que el demente o el fanático, la fuerza de voluntad en abstracto no es ni buena ni mala. Lo bueno es una voluntad inteligente que sepa cuándo hay que perseverar y cuándo hay que desistir.

Quienes han realizado un sacrificio (de dinero, tiempo o esfuerzo) para hacer algo tienden a continuar haciéndolo a pesar de que les suponga más pérdida que ganancias5. La tozudez puede ser un gran peligro, por eso, hablar de la “fuerza de voluntad” elogiosamente resulta equívoco. Prefiero hablar del buen uso o del uso fracasado de la voluntad, del uso inteligente o del uso estúpido.

Los fracasos de la voluntad proceden siempre de una toma indebida de poder. Módulos cognitivos o afectivos, rutinas conductuales, se imponen a un yo ejecutivo que carece, por una parte, de la suficiente energía y, por otra, de la flexibilidad adecuada, siendo a veces demasiado rígido y a veces demasiado laxo.

Una persona incapaz de controlar sus ocurrencias no puede ser muy inteligente, pero tampoco lo será la persona que se obstine en una idea fija o en una meta estúpida. Una acción fracasa cuando adopta un canon de medida equivocado, un mal criterio de evaluación. En ocasiones tenemos que elegir entre dos criterios que pueden oponerse. Lo que podemos considerar un éxito privado puede considerarse un fracaso desde el punto de vista de la inteligencia social.





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