Temas básicos de Creatividad



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Los lenguajes fracasados


El lenguaje, gran sistema de comunicación y entendimiento, se ha convertido en letal arma de destrucción. Los lenguajes fracasados envenenan la vida de muchas personas. El asunto es grave, porque nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística y nuestro hábitat también lo es. Con la aparición de la palabra se duplicó el mundo, más aún, se duplicó también la inteligencia humana que se convirtió en dialogante consigo misma. Nos pasamos la vida hablando con los demás, pero también hablándonos. Nos hacemos peguntas, nos recriminamos, nos contamos nuestra propia historia, nos damos órdenes.

El lenguaje es uno de los sistemas transversales que sirven para unificar los módulos de nuestra inteligencia. Sus funciones integradoras son múltiples. Es la gran herramienta de la inteligencia ejecutiva. Vuelve consciente lo que sucede en la inteligencia computacional, nos permite buscar en la memoria, hacer planes, darnos órdenes a nosotros mismos. Miller, Galanter y Pribram señalan que “Los planes voluntarios más elaborados implican una exploración autoconsciente del lenguaje. El habla interior constituye el material del que está hecha nuestra voluntad”. Hay dos funciones lingüísticas esenciales: transmitir información e influir en la conducta, mediante peticiones, preguntas, ruegos, órdenes, amenazas, seducciones. Estas dos funciones se realizan no sólo hacia el exterior, sino también hacia el interior.

Los estudios de Sperry permitieron constatar que la información que llegaba a un hemisferio era desconocida por el otro. La inteligencia computacional se había dividido, y cada una de sus mitades, cada uno de los hemisferios, tomaba decisiones o procesaba la información por su cuenta. Pero, ¿cuál dirigía el comportamiento voluntario?¿En cuál de ellas residía la inteligencia ejecutiva? Pues en la que tenía su sede en el hemisferio izquierdo, es decir, el lingüístico. El lenguaje nos permite hacernos conscientes y adueñarnos en parte del mecanismo cimarrón de nuestra inteligencia computacional, que trabaja sin cesar fuera del alcance de nuestra conciencia.

Sin la ayuda del habla, nuestra subjetividad permanece inarticulada, empastada y borrosa. Necesitamos analizar nuestros propios sentimientos aprovechando los recursos que el lenguaje nos proporciona. Gracias a él podemos fijar la atención de nuestra propia vida consciente. Es el órgano de la reflexión. Pero hay dos fracasos de esta lingüística subjetiva. Uno por defecto y otro por exceso. La ausencia de análisis introspectivo produce inteligencias impulsivas, toscas, imprevisibles, pero el exceso de análisis, la rumia continuada, es paralizante. El punto justo lo determina la acción. Es adecuado el nivel de introspección que mejora nuestro ajuste a la realidad. En nuestro interior nos transmitimos información y también nos damos órdenes y hacemos preguntas. Da la impresión de que el lenguaje no sirve sólo para comunicarnos con los demás, sino para comunicarnos con nosotros mismos. Aprendemos a manejar nuestra propia inteligencia en sociedad, mediante el lenguaje, y así seguimos haciéndolo toda la vida.

Todo esto nos fuerza a admitir que la mente “individual” es en realidad “social”, en su génesis y en su funcionamiento. El lenguaje interior se origina por introyección del habla comunicativa, y de ella retiene sus propiedades. Los signos, en su carácter externo, son instrumentos objetivos de la relación con otros. Un signo proferido es ante todo un instrumento para influir psicológicamente en la conducta, tanto si se trata de la conducta del otro como de la propia.

Aquí puede aparecer otro tipo de fracaso de mi habla interior. El primero era de la incapacidad de volver consciente lo que soy. Ahora me preocupan los mecanismos lingüísticos, cuya rigidez puede convertirlos en suicidas o asesinos. En la rumia una preocupación produce frases que se repiten una y otra vez, en un círculo tóxico que agota sin avanzar. En la noria mental de la preocupación –y no digamos de la noria parológica de la obsesión–, el discurso se hace circular, se estanca.

Nuestro hablar no es único ni uniforme. Dentro de cada uno puede habitar la discordia o la pluralidad. Esas voces tiende a engallarse, a proclamar su independencia, adquiriendo una realidad que va más allá de las palabras. A veces consiguen tal autonomía. Que el sujeto olvida que son creaciones de la mente.

En las personas normales surge una voz que suele tener una autonomía igualmente poderosa. La voz de la conciencia. Kant hablaba de esa asombrosa facultad de la conciencia moral, a la que describe como una relación autorreferente:. “Pone al hombre por testigo contra o a favor de sí mismo.” Somos a la vez jueces e imputados, y si el código que utiliza el juez es equivocado, si esa voz imperativa, que por otra parte es necesaria, está equivocada, por laxitud o por dureza, el fracaso del lenguaje va a ser profundo y doloroso. El lenguaje interior fracasa cuando no es capaz de dirigir la conducta, o cuando se somete a módulos expresivos –originados por creencias, sentimientos, presiones sociales– rígidos, encapsulados.

Normalmente vivimos y paralelamente al vivir comentamos con nosotros mismos lo que vivimos. Esta crónica depende fundamentalmente del estado de ánimo y de la actitud, que son grandes productores de significados. Algunos de estos comentarios pueden intervenir en la conversación explícita mediante una conversación sumergida, apostilladora, que duplica el diálogo de tal manera que se intercalan dos personas que hablan y dos que monologan a escondidas, con lo que el entendimiento se hace imposible.

La ocultación es un fracaso y nos introduce en un tipo de situación –la amorosa– que me interesa especialmente. Se supone que en ella la comunicación debería ser más fácil, pero en realidad es origen de la incomunicaciones más dolorosas. Voy a hablar de cuatro fracasos: el silencio, la sumisión al automatismo del discurso, el malentendido y la sumisión a la mecánica del género.



  1. El primer fracaso del lenguaje es su ausencia. Dije antes que el silencia puede ser antesala de la serenidad, pero ahora me estoy refiriendo a la ausencia de lenguaje. Con el silencio sucede lo mismo que con la soledad. Puede considerarse un logro, y puede considerarse una carencia cuando se necesita o se espera una compañía o una palabra, y no aparecen.

Las ocurrencias proceden del campo del deseo, Las parejas taciturnas suelen volverse locuaces cuando les acomete un deseo. El de hacer daño, por ejemplo. La furia y el rencor son elocuentes. O también cuando, en sociedad, se desea causar buena impresión.

Hay sentimientos que bloquean el lenguaje. El aburrimiento es uno de ellos. También el miedo. John Gottman se ha dedicado a estudiar las causas de los fracasos matrimoniales, señalando cuatro etapas en el deterioro de la comunicación conyugal: las críticas, el desprecio, la actitud defensiva y la actitud evasiva. Estas dos últimas son silenciosas.



  1. El segundo fracaso es entregarse al automatismo de un discurso. Con mucha frecuencia, una conversación adquiere un sesgo que no se había previsto, que no se quería, pero que desencadena una dinámica implacable, que convierte a los hablantes en contendientes, y les lleva a donde no habían pensado ni querido llegar.

La intervención está pidiendo una respuesta, que va a depender del estado de ánimo de la otra persona o de una actitud más general, cuidadosa o harta, y desencadena en un proceso no meditado, que desemboca en consecuencias con frecuencia no queridas.

  1. El tercer fracaso se debe a los malentendidos. Es la equivocación hermenuéutica. El fenómeno de la comunicación, de la transferencia de información, ha sido oscurecido por una metáfora. Hablamos del “contenido” de una frase. Esto nos hace pensar que al hablar entregamos al oyente un paquetito con lo que queremos decirle. Esto es falso y peligroso. El habla es ante todo un sistema de inducciones y seducciones. Las metáforas de la asimilación de conocimientos o de informaciones es una vez más falsa.

También es confundente la metáfora de “los canales de comunicación”, que sugieren la idea de un trasvase de información. No suceden así las cosas. Lo que hago al hablar o al escribir es presionar para que el oyente realice unas operaciones a mitad de camino entre la inferencia y la adivinación y produzca un significado parecido al que yo deseo suscitar. El que habla suministra una serie de pistas o de indicios –más o menos precisos– para que el oyente reconstruya la intención originaria.

La equivocación hermenuéutica la describe muy bien Aarón Beck: “Aunque las parejas piensen que hablan el mismo lenguaje, lo que dicen y lo que sus compañeros oyen suelen ser cosas muy diferentes.” El origen de muchos malentendidos está en la ignorancia de un hecho fundamental: interpretamos lo que oímos. No hay una transmisión pura y simple de un significado.



  1. El cuarto fracaso lo producen los mecanismos de género. Entre hombres y mujeres de nuestra cultura hay distintas expectativas respecto a la conversación, lo que suele producir desajustes graves en las parejas. Leslie Brody y Judith Hall afirman que la mayor prontitud con que las niñas desarrollan las habilidades verbales las hace más diestras en la articulación de sus sentimientos y más expertas en el empleo de las palabras; los chicos no suelen recibir ninguna educación que les ayude a verbalizar sus afectos, cuelen mostrar una total inconsistencia con respecto a los estados emocionales, tanto propios como ajenos.

A los chicos se les educa para la autosuficiencia y a las chicas para mantener una red de relaciones. Las diferencias culturales imponen también mecanismos lingüísticos que dificultan la conversación.

El lenguaje fracasa cuando, siendo un medio de entendimiento, lleva a la incomprensión. La dinámica se hace estúpida porque se vuelve rígida, mecaniza los sistemas de utilización, expresión e interpretación lingüística. Una vez más la inteligencia fracasa cuando:



  1. La inteligencia computacional adquiere malos hábitos (creencias distorsiónantes, mecanismos ineficaces, sentimientos tóxicos).

  2. La inteligencia ejecutiva adopta malos criterios o, malos proyectos (comprender a otra persona es un proyecto).

  3. La inteligencia ejecutiva es incapaz de dirigir la inteligencia computacional.



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