Tema 1: introducción a la perspectiva psicosocial. Construcción social de la realidad, vida cotidiana y conocimiento de sentido comúN



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TEMA 1: INTRODUCCIÓN A LA PERSPECTIVA PSICOSOCIAL. CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD, VIDA COTIDIANA Y CONOCIMIENTO DE SENTIDO COMÚN
1. “LA SOCIEDAD COMO INTERACCIÓN SIMBÓLICA” H. Blumer (2968)
Blumer, es el principal exponente viviente del interaccionismo simbólico, interpreta en este artículo la manera en que este enfoque considera el comportamiento humano y el cambio social organizados a diferencia de los enfoques de la organización y la estructura social actualmente en boga.

El término de interacción simbólica se refiere al carácter peculiar y distintivo de la interacción que tiene lugar entre seres humanos. Los seres humanos interpretan o definen las acciones de los demás en lugar de reaccionar simplemente a ellas. Su respuesta no se refiere de manera directa a las acciones de los otros, sino que se basa en el significado que atribuyen a tales acciones. De esta manera, la interacción humana es medida por el uso de símbolos, por la interpretación, o por la averiguación del significado de las acciones de los otros. Esta mediación es equivalente a insertar un proceso de interpretación entre el estímulo y la respuesta en el comportamiento humano.

Sólo Mead, a su juicio, ha intentado llevar hasta el final el analisis de lo que el acto de interpretación implica para una comprensión del ser humano, la acción humana y la asociación humana. El rasgo clave en su análisis era que el ser humano tiene un “sí mismo”. Al declarar eso pensaba en que el ser humano puede ser el objeto de sus propias acciones, puede actuar hacia sí mismo como podría actuar hacia otros. Por ejemplo cuando uno se enoja consigo mismo o sabe que no debería hacer esto o aquello, cuando se fija a sí mismo objetivos, en todos estos casos se observa que el ser humano puede actuar con referencia a sí mismo.

Esta capacidad de uno para obrar con respecto a sí mismo es el mecanismo fundamental con el cual el hombre enfrenta y maneja su mundo. Permite al sujeto indicarse a sí mismo cosas que están a su alrededor y así guiar sus acciones por lo que observa. Este mecanismo para hacerse indicaciones así mismo, es el mecanismo que está en la base del interpretar las acciones de los otros. Interpretar las acciones de otro es señalarse a uno mismo que la acción tiene tal o cual significado o carácter.

La importancia fundamental de la significación de hacerse indicaciones a uno mismo reside en dos puntos:
1) indicar algo es sacarlo de su contexto, hacer de él un objeto. Un objeto (es decir, cualquier cosa que un individuo se indique a sí mismo) es diferente de un estímulo; en lugar de tener un carácter intrínseco que actúa sobre el individuo, su carácter o significado es algo que el individuo le otorga. El objeto es un producto de la disposición del sujeto a actuar, y no un estímulo antecedente que evoca al acto.

Con “interpretación” quiere decir que el individuo, en cualquiera de sus incontables actos, se designa a si mismo diferentes objetos, les da significado, juzga la conveniencia de los mismos para su acción y toma decisiones sobre la base de ese juicio. Es actuar sobre la base de símbolos.


2) implica que su acción es construida a través de este proceso de autoindicación en lugar de ser una descarga. Cualquiera sea la acción que se encuentre realizando, el individuo humano procede señalándose a sí mismo los elementos divergentes que deben ser tenido en cuenta en el curso de su acción. Tiene que observar lo que quiere hacer y como va a hacerlo. El individuo humano arma y guía su acción tomando nota de diferentes cosas e interpretando su significación para su acción ulterior. No hay ningún caso de acción consiente del cual esto no sea cierto. La auto-indicación en un proceso comunicativo en movimiento en el cual el individuo nota cosas, las estima, les da un significado y se decide a actuar sobre la base de ese significado. El proceso de autoindicación por medio del cual se forma la acción humana no puede ser explicado por factores que preceden al acto. Este proceso de autoindecación existe por sí mismo y debe ser aceptado y estudiado como tal. Es a través de este proceso como el ser humano construye su acción conciente.

Esta formación de la acción siempre tiene lugar en un contexto social. La acción de grupo toma la forma de un acomodamiento conjunto de líneas de acción individuales. Cada individuo pone su acción con la de los otros averiguando el significado de sus actos. Logra esto tomando “el rol” de los otros. Busca averiguar la intención de los actos de los otros y forma su acción en base a ello.

Los rasgos precedentes son los esenciales en el análisis de Mead de las bases de la interacción simbólica y presuponen lo siguiente:


  • la sociedad humana está hecha de individuos que tienen sí mismo (se hacen indicaciones a sí mismos),

  • la acción individual es una construcción y no una descarga, siendo construida por el individuo a través de la observación y la interpretación de los rasgos de las situaciones en las que actúa;

  • la acción grupal o colectiva consiste en la alineación de las acciones individuales, producida por los individuos al interpretar las acciones de los otros.

Las concepciones sociológicas discrepan con las premisas de la interacción simbólica ya que suponen que los seres humanos son organismos con algún tipo de organización, que responden a fuerzas que obran sobre ellos, el comportamiento que tenga como miembro de una sociedad sería el resultado de estas fuerzas (valores, norma social, cultura, etc.) sobre ellos. Se niega que la personas tienen sí mismos y que actúan mediante autoindicación. No consideran las acciones sociales como construidas por una interpretación.

En concordancia con ello, tales concepciones sociológicas no consideran las acciones sociales de los individuos en la sociedad como construidas por ellos a través de un proceso de interpretación. La acción es tratada en cambio, como un producto de factores que operan sobre y a través de los individuos.

Estas observaciones sugieren otra importante línea de divergencia entre las concepciones sociológicas en general y la posición de la interacción simbólica. Estos dos conjuntos difieren en cuanto al lugar en que sitúan a la acción social. En la perspectiva de la interacción simbólica, la acción social es situada en los individuos actuantes que adaptan mutuamente sus perspectivas líneas de acción a través de un proceso de interpretación; la acción de grupo es la acción colectiva de tales individuos. En oposición, las posiciones sociológicas generalmente ubican a la acción social en la acción de la sociedad en alguna unidad de la sociedad, consideran la acción del grupo como la expresión de un sistema, en un estado de equilibrio o tendencia a él ignorando la visión de la vida como constituida por acciones que hacen frente a las situaciones de su vida.

La sociedad humana debe ser vista como compuesta por individuos actuantes, y la vida de la sociedad como constituida por sus acciones. Las unidades actuantes pueden ser individuos separados, colectividades cuyos miembros actúan juntos en una empresa común, u organizaciones que actúan a favor de los individuos a los que representa. No hay ninguna actividad empíricamente observable que no surja de una unidad actuante.

Una condición primaria para que actúe la unidad actuante es que la acción tiene lugar con respecto a una situación. Una segunda condición es que la acción es formada a través de la interpretación de la situación. La unidad actuante tiene que necesariamente identificar las cosas que tiene que tomar en consideración (tareas, oportunidades, obstáculos, exigencias, medios) tiene que estimarlas y tomar decisiones sobre la base de esa estimación. La vida de grupo consiste en unidades actuantes que desarrollan actos para hacer frente a las situaciones en que se hallan colocadas.

Por lo común, las situaciones que los individuos encuentran en una sociedad son definidas de la misma manera. A través de la interacción previa desarrollan comprensiones y definiciones comunes con respecto a la manera de actuar frente a determinadas situaciones. Estas definiciones comunes permiten a la gente obrar de manera semejante.

Para comprender el comportamiento de las unidades actuantes hay que aprehender el proceso de interpretación a través del cual ellas construyen sus acciones y eso se logra adoptando el rol de esa unidad actuante. No puede lograrse permaneciendo apartado, en estado “objetivo”, es caer en subjetivismo con propias conjeturas.

En general los sociólogos no estudian la sociedad como unidades actuantes, sino que tienden a verla en términos de estructura u organización y a tratar a la acción social como expresión de tal estructura. Así, categorías estructurales como normas y valores son usadas tanto para analizar la sociedad como para dar cuenta de la acción social que tiene lugar en su interior. Estudian la organización en términos de funciones, como búsqueda de equilibrio o identificando las fuerzas que operan sobre ella para producir cambios.

La interacción simbólica reconoce la presencia de la organización en la sociedad humana pero de manera diferente: primero, como el marco dentro del cual la acción social tiene lugar y no el determinante de esa acción. Y segundo, que los cambios en ella son el producto de la actividad de unidades actuantes y no de “fuerzas” que no tienen en cuenta tales unidades actuantes.

Los individuos no están determinados por la cultura, la estructura social o cosas por el estilo. Si bien estos establecen condiciones para su acción, no la determinan. Los individuos actúan en base a situaciones, no con respecto a la cultura. La organización social entra en juego sólo en la medida en que da forma a las situaciones en las que actúan los individuos, y en la medida en que proporciona conjuntos de símbolos establecidos que los individuos usan en la interpretación de sus situaciones. Si bien estas dos formas de influencia de la organización social son importantes, debe tenerse presente que el elemento más importante al que se enfrenta son las acciones de otras unidades actuantes.

Los sociólogos ignoran el rol del comportamiento interpretativo de las unidades actuantes al estudiar los cambios de las sociedades o bien consideran al comportamiento interpretativo como determinado por el factor de cambio. Cualquier línea de cambio social, puesto que implica cambio en la acción humana, pasa necesariamente por la mediación de la interpretación por parte de los individuos envueltos en el cambio, el cambio aparece en la forma de situaciones nuevas en las que los individuos tienen que construir formas nuevas de acción.

Las interpretaciones de las situaciones nuevas no están predeterminadas por las condiciones antecedentes a las situaciones, sino que dependen de lo que se forma el comportamiento. Es fácil que se produzcan variaciones en la interpretación si unidades actuantes diferentes recortan en la situación objetos diferentes, o dan un peso diferente a los objetos que se observan, o agrupan los objetos según pautas diferentes. Sería prudente reconocer a los seres humanos como personas que construyen la acción individual y colectiva a través de una interpretación de las situaciones con que se enfrentan.


2. LA CONSTRUCCION SOCIA DE LA REALIDAD (2928) Berger & Luckmann
Introducción

Nuestra tesis fundamental es que la realidad se construye socialmente y que la sociología del conocimiento debe analizar los procesos por los cuales esto se produce. Definimos la realidad como una cualidad propia de los fenómenos que reconocemos como independientes de nuestra propia volición (no podemos hacerlos desaparecer) y definimos el conocimiento como la certidumbre de que los fenómenos son reales y de que poseen características específicas.

Las acumulaciones específicas de “realidad” y “conocimiento” pertenecen a contextos sociales específicos y estas relaciones tendrían que incluirse en el análisis sociológico adecuado de dichos contextos. Así, pues, la necesidad de una “sociología del conocimiento” esta dada por las diferencias observables entre sociedades, en razón de lo que en ellas se da por establecido como “conocimiento”. Además de esto, sin embargo, una disciplina digna de ese nombre debe ocuparse de los modos generales por los cuales las “realidades” se dan por “conocidas” en las sociedades humanas. Una sociología del conocimiento deberá tratar no sólo las variaciones empíricas del “conocimiento” en las sociedades humanas, sino también los procesos por los que cualquier cuerpo de “conocimiento” llega a quedar establecido como “realidad”.

La sociología del conocimiento deberá ocuparse de todo lo que una sociedad considera como conocimiento sin detenerse en su validez o no.

La sociología del conocimiento se ocupa del análisis de la construcción social de la realidad.
Se han dado diferentes definiciones sobre la naturaleza y alcance de de la sociología del conocimiento, no obstante, ha existido acuerdo general en cuanto a que se ocupa de la relación entre el pensamiento humano y el contexto social en el que se origina.

Los antecedentes intelectuales de la sociología del conocimiento son tres corrientes del pensamiento alemán:



  • Marxista: tomó su proposición básica de que la conciencia del hombre está determinada por su ser social y conceptos como los de ideología (ideas que sirven para armar intereses sociales), falsa conciencia (pensamiento alejado del verdadero ser social del que piensa), infraestructura y superestructura como actividades humanas. Lo que a Marx le interesaba era que el pensamiento humano se funda en la actividad humana (el trabajo) y en las relaciones sociales provocadas por dicha actividad.

  • Nietzscheana: su anti-idealismo vio al pensamiento humano como instrumento de lucha por la supervivencia y el poder. La Sociología del conocimiento representa una aplicación de lo que Nietzsche denominó “el arte de la desconfianza”.

  • Historicista: Dilthey fue un precursor inmediato de la Sociología del conocimiento con la relatividad de todas las perspectivas sobre el acontecer humano, de la historicidad del pensamiento humano. La insistencia historicista en cuanto a que ninguna situación histórica podía entenderse salvo en sus propios términos, pudo traducirse fácilmente en un énfasis sobre la situación social del pensamiento. La sociología del conocimiento heredó de esta corriente el acentuado interés por la historia y el empleo de un método esencialmente histórico. Scheler analizó la manera cómo el conocimiento humano es ordenado por la sociedad. Esta ordenación se toma como una manera natural de contemplar el mundo. Mannheim tuvo alcances más vastos, la sociedad no sólo determina el aspecto sino también el contenido de la ideación humana. Se preocupaba por la ideología.

Excluimos de la sociología del conocimiento los problemas epistemológicos y metodológicos que ocuparon a sus creadores y la consideramos parte de la disciplina empírica del hombre.

La sociología del conocimiento se ha ocupado de la historia de las ideas, de lo teórico, cuando debe ocuparse de la construcción social de la realidad. Su tema central debe ser el conocimiento del sentido común, el de la vida cotidiana. Nuestra visión de la naturaleza de la realidad social debe mucho a Durkheim aunque hemos modificado la teoría de él sobre la sociedad mediante la introducción de una perspectiva dialéctica derivada de Marx y un énfasis en la constitución de la realidad social por medio de significados subjetivos derivados de Weber. Nuestros supuestos están influidos en gran medida por H. Mead y sus desarrollos debidos a la escuela simbólico interaccionista de la sociología norteamericana.


I. Los fundamentos del conocimiento de la vida cotidiana

Nuestro propósito en esta obra es un análisis sociológico de la realidad de la vida cotidiana, más exactamente, del conocimiento que orienta la conducta en la vida cotidiana. Debemos empezar por clarificar esa realidad tal como se ofrece al sentido común de quienes compone ordinariamente la sociedad.

Si queremos entender la realidad de la vida cotidiana, debemos tener en cuenta carácter intrínseco antes de proceder al análisis sociológico propiamente dicho. La vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada por los hombres y que para ellos tiene el significado subjetivo de un modo coherente.

Antes de emprender nuestra tarea principal debemos, por lo tanto, tratar de clarificar los fundamentos del conocimiento en la vida cotidiana, a saber, las objetivaciones de los procesos (y significados) subjetivos por medio de los cuales se construye el mundo intersubjetivo del sentido común.

El método que consideramos más conveniente para clarificar los fundamentos de la vida cotidiana es el del analisis fenomenológico, método puramente descriptivo y, como tal, “empírico”, pero no “científico”, que así consideramos la naturaleza de las ciencias empíricas

La conciencia es siempre intencional, siempre apunta o se dirige a objetos. Objetos diferentes aparecen ante la conciencia como constructivos de las diferentes esferas de la realidad.

Entre las múltiples realidades existe unas que se presenta como la realidad por excelencia. Es la realidad de la vida cotidiana. Su ubicación privilegiada le da derecho a que se llame la suprema realidad. La tensión de la conciencia llega a su apogeo en la vida cotidiana, es decir, esta se impone sobre la conciencia de manera masiva, urgente, e intensa en el más alto grado. Es imposible ignorar y aún más difícil atenuar su presencia imperiosa.

Aprehendo la realidad de la vida cotidiana como una realidad ordenada. Sus fenómenos se presentan dispuestos de antemano en pautas que parecen independientes de mi aprehensión de ellos mismos y que se les impone. La realidad de la vida cotidiana se presenta ya objetivada, o sea, constituida por un orden de objetos que han sido designados como objetos antes de que yo apareciese en escena. El lenguaje usado en la vida cotidiana me proporciona continuamente las objetivaciones indispensables y dispone el orden dentro del cual éstas adquieren sentido y dentro del cual la vida cotidiana tiene significado para mi.

La realidad de la vida cotidiana se organiza alrededor del “aquí” de mi cuerpo y el “ahora” de mi presente. Experimento la vida cotidiana en grados diferentes de proximidad y alejamiento, tanto espacial como temporal. Se me presenta, además, como un mundo intersubjetivo, que comparto con otros continuamente, con una correspondencia entre mis significados y los suyos. La realidad de la vida cotidiana se da por establecida como realidad sin requerir verificaciones adicionales.

La vida cotidiana se divide en dos tipos de sectores, unos que se aprehenden por rutina y otros que me presentan problemas de diversas clases.

El sector no problemático puede ser interrumpido por uno problemático y en este caso la realidad de la vida cotidiana busca integrar este último dentro de lo no problemático. El conocimiento del sentido común contiene una diversidad de instrucciones acerca de cómo proceder para esto.

Comparadas con la realidad de la vida cotidiana, otras realidades aparecen como zonas limitadas de significado, se caracterizan por desviar la atención de la vida cotidiana y producen un cambio en la tensión de la conciencia. Pero la suprema realidad las envuelve y la conciencia regresa a ella siempre. Ejemplos de estas zonas son los juegos, las artes, la religión.

El mundo de la vida cotidiana se estructura tanto en el espacio como en el tiempo. La vida cotidiana presenta una estructura temporal coercitiva, continua y limitada. Es coercitiva porque no puedo invertir a mi voluntad las secuencias que ella impone. (Ej. no puedo ejercer la psicología si antes no obtuve el título). La estructura temporal de la vida cotidiana se impone sobre mi biografía en conjunto.

Toda mi existencia está ordenada continuamente por su tiempo. Tanto mi organismo como mi sociedad me imponen ciertas secuencias de hechos que entrañan una espera.


II. Interacción social en la vida cotidiana

La realidad de la vida cotidiana es algo que comparto con otros.

La experiencia más importante que tengo de los otros se da en la situación “cara a cara” que es el prototipo de la interacción social (y del que derivan los demás casos) en la cual mi presente y el del otro gravitan continuamente. En la situación cara a cara tengo experiencia directa del otro, de sus actos y atributos. Es un intercambio de expresividad, la subjetividad del otro me es accesible en un máximo de síntomas, el otro es más real para mi que yo mismo porque tengo de él una disponibilidad continua y pre-reflexiva que no tengo de mí.

Las relaciones con el otro son sumamente flexibles porque es muy difícil que se puedan imponer pautas rígidas a la interacción “cara a cara”. Estas pautas serán constantemente modificadas por la enorme variedad y sutileza del intercambio de significados subjetivos que se produce.

Yo aprehendo al otro por medio de esquemas tipificadores aún en la interacción “cara a cara”, si bien estos esquemas son más “vulnerables” a su interferencia que otras formas “más remotas” de interacción. Aunque resulte comparativamente difícil imponer pautas rígidas a la interacción “cara a cara”, ésta ya aparece pautada desde el principio si se presenta dentro de las rutinas de la vida cotidiana. La realidad de la vida cotidiana contiene esquemas tipificadores en cuyos términos, los otros son aprehendidos y tratados en encuentros “cara a cara” y dichos esquemas afectan nuestra interacción. Además son recíprocos, ya que el otro también me aprehende de manera tipificada, y se vuelven “anónimos” a medida que se alejan de esta interacción ya que en ella se llenan constantemente de síntomas referentes a un ser humano particular.

La realidad social de la vida cotidiana es aprehendida en un continuum de tipificaciones que se vuelven progresivamente anónimas a medida que se alejan del “aquí y ahora” de la situación “cara a cara”. En un polo del continnum están esos con quienes me trato a menudo e interactúo intensamente en situaciones “cara a cara”, mi “circulo intimo”. En el otro polo hay abstracciones sumamente anónimas, que por su misma naturaleza nunca pueden ser accesibles en la interacción “cara a cara”. La estructura social es la suma total de estas tipificaciones y de las pautas recurrentes de interacción establecidas por intermedio de ellas. En este carácter la estructura social es un elemento esencial de la realidad de la vida cotidiana.


III. El lenguaje y el conocimiento en la vida cotidiana

La expresividad humana es capaz de objetivarse, o sea, se manifiesta en productos de la actividad humana, que están tanto al alcance de sus productores como de los otros hombres, por ser elementos de un mundo común. Dichas objetivaciones sirven como índices más o menos duraderos de los procesos subjetivos de quienes los producen, lo que permite que su disponibilidad se extienda más allá de la situación “cara a cara” en la que pueden aprehenderse directamente. Por ej, el arma qua objeto en el mundo real sigue expresando una intención general de cometer violencia que cualquiera que conozca un arma puede reconocer. El arma es pues, tanto un producto humano como una objetivación de la subjetividad humana.

La realidad de la vida cotidiana no sólo está llena de objetivaciones sino que es posible únicamente por ellas. Un caso especial de objetivación es la significación, o sea, la producción humana de signos. Un signo se distingue de otras objetivaciones por su intención explícita de servir como indicio de significados subjetivos. Todas las objetivaciones son susceptibles de usarse como signos aun cuando no se produjeron con esa intención. Los signos son objetivaciones ya que son accesibles objetivamente más allá del aquí y ahora, poseen separabilidad.

El lenguaje, que podemos definir como un sistema de signos vocales, es el sistema de signos más importante de la sociedad humana. Su fundamento descansa, por supuesto, en la capacidad intrínseca de expresividad vocal que posee el organismo humano; pero es imposible intentar hablar de lenguaje hasta que las expresiones vocales estén en condiciones de separarse del “aquí y ahora” inmediatos de los estados subjetivos. Las objetivaciones comunes de la vida cotidiana se sustentan primariamente por la significación lingüística. La vida cotidiana es, por sobre todo, vida con el lenguaje que comparto con mis semejantes y por medio de él. Por lo tanto, la comprensión del lenguaje es esencial para cualquier compresión de la realidad de la vida cotidiana.

En la situación cara a cara el lenguaje posee una cualidad inherente de reciprocidad que lo distingue de cualquier otro sistema de signos. Esto posibilita el acceso continuo, sincronizado y recíproco a nuestras dos subjetividades en la cercanía intersubjetiva de la situación “cara a cara” de manera tal que ningún otro sistemas de signo puede repetir. El lenguaje hace “más real” mi subjetividad, no sólo para mi interlocutor, sino también para mi mismo.

Como sistemas de signo, el lenguaje posee la cualidad de la objetividad . El lenguaje se me presenta como una facticidad externa a mi mismo y su efecto sobre mi es coercitivo. El lenguaje me obliga a adaptarme a sus pautas; debo tomar en cuenta las normas aceptadas en el habla correcta. El lenguaje me proporciona una posibilidad ya hecha para continuas objetivaciones que necesita mi experiencia para desenvolverse. Tiene una expansividad tan flexible como para permitirme objetivar una gran variedad de experiencias que me salen al paso en el curso de mi vida. El lenguaje también tipifica las experiencias, permitiéndome incluirlas en categorías amplias en cuyos términos adquieren significado para mi y para mis semejantes. A las vez que las tipifica también las vuelve anónimas, porque por principio la experiencia tipificada puede ser repetida por cualquiera que entre dentro de la categoría en cuestión.

Debido a su capacidad de trascender el “aquí y ahora”, el lenguaje tiende puentes entre diferentes zonas dentro de la realidad de la vida cotidiana y las integra en un todo significativo. Las trascendencias tiene dimensiones espaciales, temporales y sociales. Aun hablando con migo mismo, en el pensamiento solitario, se me puede presentar un mundo entero por medio de la objetivación lingüística.

El lenguaje, además, es capaz de trascender por completo la realidad de la vida cotidiana. Puede referirse a experiencias que corresponden a experiencias limitadas de significado, y abarcar zonas aisladas de la realidad (ej puedo interpretar un sueño integrándolo lingüísticamente dentro del orden de la vida cotidiana).

Cualquier tema significativo que de esta manera cruce de una esfera de la realidad a otra puede definirse como un símbolo, y el modo lingüístico por el cual se alcanza esta trascendencia puede denominarse lenguaje simbólico.

La acumulación de experiencias que se van dando en la vida cotidiana forman el acopio social del conocimiento que se trasmite entre generaciones. Mi interacción con los otros resulta afectada constantemente por nuestra participación común en ese acopio social de conocimiento que abarca el conocimiento de mi situación y sus límites. Por ej se que soy pobre, por lo tanto no pretendo vivir en un barrio elegante.

Mi participación en el cúmulo social de conocimiento ubica a los individuos en la sociedad. Gran parte de ese cúmulo consiste en recetas para resolver problemas de ruina. Me proporciona también esquemas tipificadores para las rutinas. Se me presenta como un todo integrado.

Mi conocimiento de la vida se estructura en términos de relevancias, algunas de las cuales se determinan por mis propios intereses pragmáticos inmediatos, y otras por mi situación general dentro de la sociedad. Mis estructuras de relevancia se entrecruzan con las de otros en muchos puntos, como resultado de lo cual tenemos cosas interesantes que decirnos. Un elemento importante de la vida cotidiana lo constituye es de las estructuras de relevancia de los otros. El propio cúmulo social ya me ofrece hechas a medida las estructuras básicas de relevancias que conciernen a la vida cotidiana.

Por último conviene agregar que en la vida cotidiana el conocimiento se distribuye socialmente, diferentes individuos lo poseen en grados diferentes.




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