Tecnica q-sort



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TECNICA Q-SORT

http://www.ugr.es/~fcalopez/transpa6.htm

Tema 6

 

6.1.- Introducción



 

Evaluar la personalidad implica intentar reunir muchas clases de información sobre un individuo para entender las diversas partes de la personalidad o la personalidad en su conjunto. Cuando hablamos de evaluación de la personalidad, nos vienen a la mente dos preguntas esenciales:

- ¿qué evaluar, qué es susceptible de medir?

- ¿para qué evaluar?

 

La primera pregunta se ha contestado de formas diferentes desde diferentes modelos y teorías de la personalidad: rasgos, cogniciones, motivos, etc. Es obvio que existen muchas técnicas que tratan, de una forma más o menos afortunada, medir la personalidad. La mayoría de los procedimientos de evaluación de la personalidad utilizados hasta el momento sólo cubren aspectos parciales de la misma, pero no su totalidad, aunque algunos se atribuyen este objetivo.



 

Con respecto a la segunda pregunta, el objetivo de la evaluación, se supone que la información obtenida se empleará para realizar una predicción o decisión con algún tipo de consecuencia.

 

Muchas de las pruebas de evaluación utilizadas para la evaluación de la personalidad no son instrumentos de medida tan exactos como los empleados por las ciencias naturales, e incluso algunos ni siquiera miden en el sentido cuantitativo del término.



 

Las pruebas varían extraordinariamente en función de la objetividad de sus descripciones o mediciones. Una prueba se considera objetiva cuando todos y cada uno de los observadores conceden idéntico valor a un comportamiento dado, mientras que será subjetiva si existe variabilidad entre dos o más observadores al evaluar una misma conducta. En general, puede afirmarse que cuanto más compleja sea la conducta observada más difícil es lograr la objetividad y el riesgo de subjetividad se incrementa, como es el caso de la personalidad, donde además, en mayor o menor grado, siempre se trata de algo inferido, sin posibilidad de observación directa.

 

 

6.2.- Qué evaluar



 

6.2.1.- Tipos de datos

 

Como hemos ido viendo, existen una amplia gama de datos sobre personalidad. Las medidas de personalidad pueden incluir cuestionarios, evaluaciones, respuestas a tests experimentales, preferencias y medidas psicológicas. Resulta útil agrupar este conjunto de medidas diversas en categorías. Block (1993), distingue entre 4 categorías de medidas de personalidad:



 

- DATOS L: Consisten en datos de registro de vida o historia vital. Se refieren a aspectos de la vida del individuo que, por ser observables, pueden ser contrastados de forma externa a él. Aunque esta información puede proporcionarla el propio individuo, debe ser confirmada por otras fuentes externas a él. Los expedientes académicos y de penales o los historiales clínicos, son ejemplos de este tipo de datos. Cuando se llevan unos registros precisos, estos datos pueden ser bastante objetivos y aportar mucha información sobre la persona.

 

- DATOS O: Son los datos de observadores que consisten en juicios u opiniones de personas allegados al evaluado, como padres, profesores, cónyuges, profesores o compañeros. Tienen la ventaja de poder asignar una puntuación global a datos diversos, también permiten la comparación entre edades. Sin embargo son bastante subjetivos y, a veces, presentan problemas de acuerdo entre los evaluadores. Es cierto, que los juicios pueden promediarse para obtener una puntuación razonable. Sin embargo, siempre conllevan un elemento de subjetividad; y cuando existe desacuerdo entre los evaluadores, un juicio promediado puede ser una medida altamente cuestionable de la característica de la personalidad que es de interés. Hay dos tipos de medidas para evaluar este tipo de datos: listas de comprobación y escalas de calificación.



 

- DATOS T: Son los datos experimentales o de laboratorio. Se refieren a las observaciones directas de una persona haciendo algo en una situación de prueba. Suelen utilizarse para comprobar una hipótesis sobre el funcionamiento de la personalidad, y no tanto para resaltar las diferencias individuales. Estos datos proceden de las pruebas objetivas de evaluación. En muchos sentidos representan el ideal objetivo y experimental. Por ejemplo serían las medidas fisiológicas para el estrés.

 

- DATOS S: son los datos más utilizados en personalidad, las medidas de autoinforme. En líneas generales, consisten en los juicios y/o informaciones que proporcionan las personas sobre sí mismos, su personalidad y /o su comportamiento. Estos datos se pueden obtener a partir de tres tipos de técnicas de evaluación: técnicas psicométricas, técnicas proyectivas y técnicas subjetivas, técnicas, por otra parte, bastante diversas entre sí tanto en lo que respecta a características, como en cuanto a lenfoque teórico y de investigación de los que parten.

 

Es importante reconocer que existen diferentes tipos de datos que el investigador de la personalidad puede obtener y que cada tipo de datos puede ser más o menos idóneo para propósitos distintos. Aunque los investigadores de la personalidad suelen decantarse por uno u otro tipo de datos, y hay épocas en las que se aboga por uno y otro tipo de datos, es posible emplear más de un tipo de datos en una sola investigación o en un extenso programa de investigación.



 

 

6.2.2.- Unidades de análisis

 

Con respecto a las unidades de análisis se defienden dos ideas fundamentales:



 

(a) Se abandonan posturas reduccionistas. El planteamiento es que la complejidad de la personalidad humana no puede capturarse a través de propuestas de un solo nivel, sino que exige considerar múltiples niveles de análisis.

 

(b) Tan importante como identificar las unidades de análisis es estudiar sus patrones de relación.



 

Dentro de este contexto, la investigación se ha centrado en cuatro niveles: los rasgos, las unidades motivacionales, las unidades cognitivas y la persona como unidad de análisis.

 

Rasgos disposicionales:

 

El objetivo del enfoque actual de los rasgos es identificar, de entre el amplio universo de los rasgos de personalidad, aquellas dimensiones que representan los elementos básicos y universales de la estructura de la personalidad, o lo que se ha señalado como descubrir "los grandes". Hay, además, otras dos ideas fundamentales: el mejor lugar donde buscar estos elementos estructurales es el lenguaje y, la mejor forma de hacerlo es a través del análisis factorial de los descriptores del rasgo -sobre todo sustantivos y adjetivos-. Es cierto que diferentes propuestas han "cortado el pastel" de formas ligeramente diferentes -de tres a siete factores- , pero en la actualidad, la taxonomía más influyente y representativa es la de los "cinco grandes" -Big Five o Modelo de los cinco factores-, y dentro de ella, la versión que está siendo más respaldada es la segunda propuesta de Costa y McCrae, el modelo NEO-PI-R (Costa y McCrae, 1992a; 1992b; 1997). Este modelo propone una estructura pentafactorial con cinco rasgos: Neuroticismo, Extraversión, Apertura a la Experiencia, Amabilidad y Responsabilidad.



 

En resumen, es una visión válida y necesaria de la personalidad humana, pero claramente reduccionista. El modelo carece de una estructura explicativa subyacente.

 

Unidades motivacionales

 

Las unidades motivacionales nos hablan de lo que la gente quiere conseguir o quiere evitar en cada momento, y de las estrategias que utiliza para ello; no se trata de lo que el individuo "tiene" sino de lo que "hace" o "trata de hacer". Dentro de este contexto, la idea más generalizada es la de que la experiencia humana se organiza alrededor de metas.



 

Unidades cognitivas

 

En la actualidad, el interés prioritario a este nivel es analizar unidades concretas como los esquemas, las creencias, etc. De especial interés es abordar las diferencias individuales a este nivel, y cómo estas diferencias pueden relacionarse con el funcionamiento adaptado y desadaptado.



 

El interés por la persona completa y el "self" o sí mismo

 

Por último, el estudio del self o sí mismo, es una de las áreas que mayor atención está recibiendo en la actualidad. Este hecho, podría estar relacionado, como en otros casos, con fenómenos socioculturales e históricos. Se han señalado, entre otros referentes, el auge del individualismo contemporáneo, es decir, la primacía que ha adquirido el individuo sobre la sociedad en la reciente historia occidental. Una de las consecuencias de la reincorporación del self como objetivo fundamental de estudio, ha sido centrar, nuevamente, la atención de los psicólogos de la personalidad en el estudio de la persona.



 

Dentro de este contexto puede incluirse la propuesta que plantea McAdams sobre "las narrativas de las historias de vida" (1985; 1988; 1994; 1995; 1996). Para McAdams, estas "narraciones son nuestras identidades". Una historia de vida es "una narrativa internalizada y desarrollada del self que incorpora el pasado reconstruido, el presente percibido y el futuro anticipado". De acuerdo con McAdams, las historias que la gente crea sobre sus vidas son la clave para comprender la personalidad. No obstante, el principal desafío es documentar, de manera científica, las semejanzas y las diferencias entre los numerosos tipos de historias que la gente construye para dar unidad y propósito a sus vidas.

 

 

6.3.- Cómo evaluar



 

6.3.1.- Clasificación de las técnicas de evaluación

 

 

A)    TÉCNICAS PSICOMÉTRICAS

 

Son instrumentos de evaluación que se elaboran a través de sofisticados procedimientos estadísticos. El material está rigurosamente estandarizado, que han sido tipificados en sus tres fases fundamentales: aplicación, corrección (manual y últimamente también mediante ordenador) e interpretación. La interpretación es cuantitativa y se realiza mediante la comparación con un grupo normativo. Pueden ser considerados como los test prototípicos y abarcan los cuestionarios, inventarios y escalas de personalidad(García Merita, 1989; Pelechano, 2000; Ruiz Caballero, 2003).

 

Pueden presentar distintos formatos, pero en general, constan de un conjunto de elementos estructurados verbales referentes a características personales, opiniones, actitudes, deseos, sentimientos, y/o comportamientos (Craik, 1986; Matesanz, 1997). Desde una perspectiva teórica y metodológica han sido desarrollados a partir de la teoría de los rasgos y el enfoque de investigación correlacional, utilizando estrategias factoriales –por ejemplo, EPI, EPQ o 16PF-, empíricas –como el MMPI o el CPI- o teórico-racionales –tal es el caso de la Escala de Deseabilidad Social de Marlowe- para su construcción (Mayer y Sutton, 1996; Pervin, 1986).





Este tipo de instrumentos han sido los más utilizados, pero también los más cuestionados. Sus ventajas fundamentales son su facilidad y rapidez de aplicación (pueden aplicarse de forma colectiva a grupos amplios de individuos). Entre sus inconvenientes hay que destacar tres. Primero, que las personas pueden distorsionar deliberadamente la información o contestar según determinadas tendencias de respuesta. Segundo, puesto que este tipo de instrumentos suponen una evaluación verbal acerca de contenidos verbales, las puntuaciones deben tomarse como indicadores de respuestas verbales y no como indicadores de conducta motora sin utilizar otros criterios externos que lo confirmen. Tercero, la sensibilidad hacia la dimensión cultural de la personalidad está llevando a preguntarse por la generalizabilidad y equivalencia de las medidas obtenidas con estos instrumentos en distintas culturas (Matesanz, 1997; Mayer y Sutton, 1996; Pelechano, 2000).

 

 



B)    TÉCNICAS PROYECTIVAS

 

Constituyen también uno de los procedimientos más tradicionales en la evaluación de la personalidad. Son pruebas enmascaradas y normalmente no estructuradas, aunque hay diferencias entre ellas en el grado de estructuración que conllevan. Consisten en la presentación de una serie de estímulos ambiguos con instrucciones para que los sujetos interpreten, asocien, dibujen o cuenten una historia acerca de tales estímulos. El propósito es proporcionar una visión de la personalidad global e idiosincrásica, identificando especialmente los aspectos inconscientes de los individuos que se supone que estos “proyectan” en sus respuestas al material de prueba (Pelechano, 2000; Pervin, 1986; Ruiz Caballero, 2003).



 

Este tipo de técnicas empezaron a utilizarse a partir de la aparición de la técnica de asociación de palabras de Jung y del psicodiagnóstico Rorschach, en la fase de preidentidad de la disciplina. Hacia la década de los 40 su uso se hizo frecuente, en un intento de ofrecer una evaluación alternativa a las técnicas psicométricas para resolver la gran cantidad de problemas psicológicos producidos durante y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. En las décadas posteriores, el empleo de estas técnicas fue paulatinamente en declive en los estudios científicos de la personalidad, aunque en los últimos tiempos estamos asistiendo a una revitalización de su uso, sobre todo para evaluar los aspectos motivacionales de la personalidad (Craik, 1986).

 

Metodológicamente, este tipo de pruebas se sitúan en un marco clínico de investigación, requiriendo del juicio clínico, cualitativo, para la integración de datos y la evaluación final. Han sido construidas fundamentalmente a partir de estrategias teórico-racionales, derivando en la mayor parte de los casos de la teoría psicodinámica de la personalidad. Posiblemente por este motivo la evolución de estos procedimientos de evaluación ha ido parejo con la suerte de aquellos modelos. Entre las técnicas más conocidas podemos destacar: el Rorschach, el T.A.T. y los test gráficos (como el test del árbol o el test de la familia) (Mayer y Sutton, 1996; Ruiz Caballero, 2003).



 

Su característica más positiva es que pueden generar gran cantidad de respuestas y datos personales sin que el sujeto tenga conocimiento de cuál es el verdadero objetivo de la prueba, con lo que la posibilidad de falseamiento de la respuesta es mucho menor. Sus principales desventajas hasta el momento siguen siendo las dudas sobre su fiabilidad y validez, así como su vinculación interpretativa con la teoría psicodinámica (Pelechano, 2000). No obstante, parece que en aquellos casos en los que se han creado sistemas de aplicación, categorización e interpretación más objetivos estas pruebas han mostrado una cierta utilidad.



 

C)    TÉCNICAS SUBJETIVAS



Comprenden todos aquellos instrumentos cuyo material es poco estructurado y estandarizado, cuya corrección es bastante flexible en función de los objetivos y cuyo análisis de resultados puede hacerse a través de procedimientos cualitativos y/o cuantitativos (Pervin, 1986). La fuente de datos suele ser el propio sujeto, puesto que el objetivo que se persigue con estas técnicas es obtener datos sobre las percepciones y vivencias que el sujeto posee de sí mismo y/o de las diversas circunstancias ambientales, aunque en ocasiones también pueden ser otras personas las que califican (en este caso estaríamos hablando de datos O: juicios de personas allegadas al evaluado). Normalmente, lo interesante es conocer las percepciones de un sujeto sin necesidad de compararlo con otras personas; no obstante, también se pueden utilizar desde puntos de vista comparativos, como de hecho ocurre en muchas investigaciones recientes (Ruiz Caballero, 2003). Aunque se han utilizado a lo largo de toda la historia de la disciplina (sobre todo hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial), hemos presenciado su revitalización a partir de los años 80, probablemente debido en parte a la búsqueda de distintas unidades teóricas y metodológicas que se está produciendo en nuestra disciplina en las últimas décadas (por ejemplo, recientemente se están publicando muchos trabajos con datos procedentes de clasificaciones Q, con el propósito de identificar distintos tipos de personalidad, detectar patrones de coherencia en los estudios longitudinales y describir la conducta de los individuos en interacciones sociales). Como consecuencia de esto, cada vez es más demandada la complementariedad entre estas técnicas y los cuestionarios de personalidad dentro del ámbito de la disciplina (Craik, 1986).

 

Derivan en su mayor parte de enfoques fenomenológicos y cognitivos (de las teorías social-cognitivas de la personalidad) a nivel teórico, así como del enfoque clínico (y también el experimental desde las teorías social-cognitivas) a nivel metodológico, y evalúan una amplia gama de procesos. Con respecto a las estrategias seguidas en la elaboración de estas técnicas, éstas han sido bien racionales teóricas, como por ejemplo la técnica de rejilla de Kelly, la Técnica Q de Stephenson o el Diferencial Semántico de Osgood, bien racionales de "sentido común", como por ejemplo la entrevista, los autoinformes, la autoobservación y los listados de adjetivos (Fernández Ballesteros, 1992).

En esta categoría pueden incluirse también otras modalidades menos clásicas, como los sistemas de evaluación de las unidades motivacionales idiográficas de la personalidad (por ejemplo: proyectos personales, afanes personales...), los inventarios autobiográficos y los documentos personales (Peñate y Matud, 1997).

 

La principal ventaja de estas técnicas en conjunto es su “accesibilidad directa a las mismas” por parte del sujeto y que, en muchos de los casos, nos permiten obtener una visión global del individuo. Por otra parte, sus principales problemas son: falta de un modelo teórico integrador en algunas de ellas y/o dificultades con el fundamento científico de los modelos en otras, problemas de representatividad muestral de las cuestiones y documentos aportados respecto a la vida del sujeto individual, problemas de engaño y autoengaño de los sujetos, deformación de los recuerdos, posibilidad de dar distintas interpretaciones al material y gran consumo de tiempo personal (Pelechano, 2000).

 

 

D)    LISTA DE COMPROBACIÓN Y ESCALAS DE CALIFICACIÓN



 

La lista de comprobación consiste en una lista de palabras o frases que describen algunas características personales de la persona que tiene que ser evaluada. El calificador indica con una marca los ítem que son pertinentes o descriptivos de la persona a evaluar.

 

La escala de calificación es un conjunto de ítem que presenta al menos dos opciones, aunque es más frecuente su empleo como una escala de intervalos en función de su frecuencia, duración o una escala numérica para expresar el grado de adecuación de la persona respecto a un ítem (Pelechano, 2000). En general, la técnica consiste en que los observadores registren sus observaciones o juicios acerca de la conducta de otra persona, de un modo prefijado y ordenado. Los elementos pueden ser frases o adjetivos, y las categorías de respuesta pueden referirse a frecuencia de realización de conductas, grado de adecuación a la persona que se evalúa, etc. Desde los primeros momentos de constitución de la disciplina se han empleado juicios de observadores. También Allport y Cattell han sido dos de los principales impulsores de este tipo de instrumentos, aunque puede decirse que adquirieron especial difusión con el auge de los estudios psicoléxicos y, particularmente, con los “cinco grandes” y sus interpretaciones como rasgos de la personalidad. Desde una perspectiva teórica y metodológica han sido desarrollados a partir de teorías defensoras del rasgo y el enfoque de investigación correlacional respectivamente.



 

Aunque los datos que se obtienen con estos instrumentos están también basados en opiniones o juicios subjetivos (en este caso de los observadores), su ventaja con respecto a los autoinformes es que la información que se obtiene sobre las características de personalidad de los individuos está basada en el comportamiento habitual de estos en su contexto natural, y no únicamente en una serie de indicadores verbales. En cuanto a los inconvenientes, el problema fundamental gira en torno a la falta de acuerdo entre los observadores, bien porque no tienen la misma comprensión de los ítem que deben evaluar, la misma motivación para la observación y el registro y/o la misma precisión descriptiva, entre otros aspectos que podrían influir (Funder 2001a; Pervin, 1998; Pelechano, 2000). En la última década se han realizado muchos estudios sobre el acuerdo entre evaluadores y sobre la capacidad predictiva de las calificaciones (Funder, 1999). Los resultados han mostrado que la validez de los juicios depende del grado de conocimiento del evaluado, los rasgos a juzgar y el tipo de persona a evaluar.



 

 

E) TÉCNICAS OBJETIVAS



 

Son aquellos procedimientos de evaluación muy estructurados, en los que los sujetos deben realizar una tarea en condiciones controladas, con o sin participación de aparatos, sin que el individuo conozca cuál es la respuesta correcta y sin que pueda modificar su respuesta en una determinada dirección (Fernández Ballesteros y Calero, 1992; Hernández López, 2000; Pelechano, 2000; Pervin, 1986; Ruiz Caballero, 2003). Aquí se incluyen técnicas como la observación participante y no participante (normalmente, a partir de códigos o categorías de registro), las técnicas psicofisiológicas y las pruebas objetivas propiamente dichas (aparatos cuyo cometido es evaluar procesos cognitivos –como atención, percepción y memoria- y/o motores –como coordinación bimanual y oculomotriz-). Este tipo de instrumentos ha sido estimulado fundamentalmente por el conductismo y no ha sido tan utilizado en las perspectivas más tradicionales de la personalidad (aunque Eysenck y Cattell sí que las utilizaron. Este último en concreto, desarrolló un gran número de pruebas objetivas para replicar la estructura de personalidad que había obtenido con otros datos). La mayor parte de estas técnicas han sido elaboradas fundamentalmente a partir de los principios del conductismo, el cognitivismo, las teorías interaccionistas y, en menor medida, los enfoques psicobiológicos de la personalidad. Se apoyan en el enfoque experimental de la personalidad (Pervin, 1986).

 

Las medidas psicofisiológicas, en concreto, no se han utilizado solamente para desarrollar y probar teorías biológicas de la personalidad. También se han empleado como datos alternativos a los autoinformes, especialmente cuando se sospecha que éstos pueden tener un valor dudoso. Recientemente, también están alcanzando protagonismo las técnicas de neuroimagen, que permiten observar la actividad de distintas regiones cerebrales. Este tipo de técnicas, junto con medidas electroencefalográficas, se están usando en la investigación sobre asimetrías cerebrales y estilos afectivos (Davidson, 1999, 2000) y sobre personalidades psicopáticas (Raine, 2000). Finalmente, las determinaciones neuroquímicas, inmunológicas y genéticas también están pasando a formar parte de los datos que nos brindan las investigaciones sobre personalidad, sobre todo en el contexto de los rasgos y en el de la salud.

Las ventajas más importantes de estos procedimientos son las siguientes: 1) son más objetivos y pueden ser replicados con mayor facilidad, 2) se ven menos afectados por la motivación del sujeto, 3) son menos vulnerables que otros instrumentos a tendencias de respuesta como falsificación y deseabilidad social y 4) permiten recoger información sobre la personalidad que aparece incidentalmente como parte de la situación de laboratorio. En cuanto a sus desventajas fundamentales, éstas se relacionan con la validez externa –representan un muestreo muy limitado de la conducta de la persona que a veces es dudosamente generalizable al contexto natural-, con el coste de material, tiempo y esfuerzo para su aplicación y, en ocasiones, con las dudas sobre los criterios de bondad de los instrumentos (Hernández López, 2000; Matesanz, 1997; Ozer, 1999; Pelechano, 2000; Ruiz Caballero, 2003).

 

 

 





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