Taller de política club de Lectura sobre el llibre d'



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 La clase media no se define sólo por su nivel de ingresos, ni por sus conocimientos técnicos y científicos ni por su nivel educativo determinado, o por su posición, sino por su función social, que no es otra que la de operar como mecanismo estabilizador y cohesivo que protege al sistema de las disfunciones provenientes tanto de la ausencia de normativas como de su exceso”. Esteban Hernández (El fin de las clases medias, Clave Intelectual, 2014).
Hay algo peor que las mentiras: las medias verdades. Sostener como hizo el jueves el presidente del Gobierno ante los grandes empresarios que la “crisis en muchos aspectos es historia del pasado”, resulta una manipulación de la realidad. Porque la crisis no se supera porque el PIB crezca un 2% en 2015 o se creen puestos de trabajo de ínfima calidad. El Gobierno tiene que asumir -y lo hará antes o después- que su forma de rescatar a España de una crisis que está lejos de ser historia ha consistido en la destrucción de las clases medias españolas mediante una devaluación brutal de las rentas salariales, de capital y del valor de los activos. Según datos de la Unión Europea que el Ejecutivo no ha discutido, conocidos en junio pasado, la renta por habitante en España ha retrocedido dieciséis años.
El empobrecimiento de los segmentos centrales de la sociedad española se ha producido en aplicación de una política fiscal que ha detraído más de 30.000 millones a los contribuyentes sin reducir de manera significativa ni la elusión de impuestos ni la economía sumergida ni la delictiva. La carga fiscal la han soportado las clases medias (IRPF e IVA); la devaluación salarial y de activos la han sufrido las clases medias (las mareas verde y blanca son y fueron de profesionales y funcionarios) y la corrupción, como consecuencia de lo anterior, la padecen de manera especial las clases medias porque atenta contra su sistema de valores que eran los que estabilizaban el sistema político e introducían elementos de cohesión social.
Una bolsa enorme de jóvenes en la treintena sin expectativas laborales y otra, igualmente grande, de cincuentonesvíctimas de los expedientes de regulación de empleo, muy alejados aún de la jubilación, es el resultado de un modelo de gestión de la crisis que se dice superada a costa de las imprescindibles clases medias. Podía haberse optado -como se prometió- por hacer transparente lo opaco y reducir las dimensiones elefantiásicas de las Administraciones Públicas, así como cancelar el enorme gasto político de las llamadas elites extractivas. No se ha querido hacer así, sino aplicando fórmulas tradicionales que para resultar aparentemente exitosas han obligado a que España retrocediese tres lustros en términos de riqueza.
El destrozo social que ha causado esta política -la proletarización de las clases medias-, en coincidencia con la deslegitimación del sistema por la corrupción sistémica (es sistémica además de endógena) ha sido un precio destructivo del pacto social que desde la transición hasta hace muy poco años se selló entre los partidos políticos -con el PSOE en la izquierda y con el PP en la derecha- y las clases medias que fueron las que cincelaron, pese al modelo de representación proporcional corregido, el bipartidismo que ya parece en trance de desaparición.
La recesión demográfica en España y las expectativas de las nuevas generaciones situadas más allá de nuestras fronteras son circunstancias adicionales que conforman una grave crisis social e institucional que explica fenómenos políticos transversales y alimenta la desafección a la política. Como ha declarado el filósofo Javier Gomá -nada sospechoso de veleidades anárquicas- la crisis “ha hecho bajar un escalón a toda la clase media y esto ha generado una gran angustia colectiva que ha provocado que se cuestiones incluso el modelo construido durante la transición”. Y Thomas Piketty, el afamado economista que ha denunciado la desigualdad, ha afirmado rotundamente que “la reducción de la clase media es un riesgo para la economía y una amenaza para la democracia”.
La inquietud de analistas y pensadores sobre este efecto destructivo del modelo de remonte de la crisis está justificada en razones empíricas. Cuando las clases medias se destruyen y carecen de horizonte tras décadas de trabajo honrado, contribución fiscal cívica, esfuerzo educacional para sus hijos y mantenimiento de un sano esquema de valores personales, familiares y colectivos, aparece el populismo, sea de izquierdas o de derechas. Y el populismo siempre ofrece lo mismo: seguridad a cambio de libertad; socialización en vez de mérito y emprendimiento; cerrazón en vez de apertura.
Pues bien: Rajoy y su Gobierno, el Partido Popular, con un análisis mediocre de la realidad, han conseguido que aumente el PIB y se reduzca el paro con un empleo que genera pobres afiliados a la seguridad social, pero el precio que España está pagando es destructivo de su sistema político y de convivencia. Porque esas políticas burocráticas, anacrónicas e insolidarias han creado más riqueza en quienes ya la tenían, han mantenido, con recortes, a los más desfavorecidos con las prestaciones sociales y la intervención solidaria del tercer sector, pero han esquilmado a los espacios sociales centrales, medios, que abjuran de su compromiso estabilizador y cohesivo. Esa es la razón por la que el sistema tiende a la implosión. Y esa sería una buena razón para que el Gobierno y el PP no se atrevieran a perpetrar el descaro de lanzar las campanas al vuelo. Porque esas campanas están anunciando un fin de régimen, un fin de época. En la que nadie puede sustraerse al vértigo que provoca.

David BECERRA, “La clase media arderá” a La Marea (4-01-15)

http://www.lamarea.com/2015/01/04/la-clase-media-ardera/
Decía Franco que el mejor monumento que había construido no era el Valle de los Caídos, sino la clase media; José Luis Arrese, su ministro de Vivienda, puso la primera piedra del monumento con aquella frase que terminó definiendo a la clase media: “Queremos un país de propietarios, no de proletarios”. Esta conversión de los proletarios en propietarios perseguía la desactivación política de la clase trabajadora que, en una posición más acomodada, renuncia a luchar.
Pero, ¿qué es la clase media? En términos objetivos, la clase media no existe. Sancho Panza decía que “dos linajes hay en el mundo que son el tener y no tener”; o lo que es lo mismo, si el escudero de don Quijote hubiera leído a Marx (cosa improbable por la época), que la sociedad se divide entre quien posee los medios de producción y quien no posee nada más que su fuerza de trabajo. El capitalismo, en su funcionamiento objetivo, no da lugar a matices. Así es si lo analizamos en su objetividad, pero hay que tener en cuenta también las condiciones subjetivas, que es lo que retrata Esteban Hernández en su ensayo El fin de la clase media. Se conciben como clase media aquellos trabajadores, a veces cualificados y de profesión liberal, que experimentan un desclasamiento hacia arriba como consecuencia de su acceso al consumo: con mayor poder adquisitivo que sus iguales se distinguen en una forma de vida más holgada, en un momento histórico en que el capitalismo permite una mayor distribución de los excedentes del capital. La clase media, en esta coyuntura, escribe su relato triunfal: con el trabajo y el esfuerzo es posible mejorar nuestras condiciones de vida, como se trasluce de las distintas entrevistas que realiza Hernández en su libro.
Sin embargo, desde que el capitalismo entró en crisis y circulan menos excedentes, la clase media ha compuesto otro relato: el de la pérdida. Desde su posición acomodaticia, observa cómo de pronto su mundo se desmorona. La clase media se precariza, su poder adquisitivo mengua y su acceso al consumo desciende. Para sobrevivir a la nueva coyuntura, tiene que reinventarse, nos dice El fin de la clase media con un tono tan apocalíptico como apologético, asumiendo que no queda otra salida que la adaptación a los nuevos tiempos –y el relato de la pérdida se sustituye por el relato de la supervivencia–. Pero existe la posibilidad de construir otra narrativa que no pase por asumir la derrota. Porque cuando la clase media deja de diferenciarse del proletariado que rehuía, vuelve a bajar a las plazas. La clase media, cuando deja de serlo, encuentra motivos por los que luchar.
Es el fin de la clase media, nos dice Hernández. Habrá que ver si su fin es el comienzo de algo. Cuando la clase media se sume a la lucha, empiece a cuestionar sus propios relatos y analice el papel funcional que ha representado en un sistema que ahora la expulsa –“la clase media garantiza la continuidad y la estabilidad del sistema”, escribe Hernández–, entonces sucederá lo que vaticinan los versos de Antonio Orihuela: “El día que queramos luchar contra nosotros mismos / ese día / la clase media /arderá”.

Javier OTAZU, “¿Se acabó la clase media?” a Deia (27-01-15)

http://www.deia.com/2015/01/27/opinion/tribuna-abierta/se-acabo-la-clase-media
UNO de los economistas más influyentes del mundo, Tyler Cowen, ha escrito el libro ‘Se acabó la clase media’. En el mismo, expone que a medio plazo la población de nuestro planeta se compondrá en un 15% de personas con una vida cómoda y estimulante y que el 85% restante se quedará estancado con una situación descendiente de manera que su mayor aspiración será sobrevivir.
En España, Esteban Hernández ha escrito un libro titulado El fin de la clase media donde expone las mismas ideas. Incluso usa un tono más pesimista, en el que argumenta que van existiendo cada vez más personas que generan un producto marginal cero, es decir, que ya no les contratan ni cobrando un sueldo inferior al anterior. ¿Tienen razón estos pensadores? ¿Podemos pensar que la clase media está en fase de decadencia?
Para contestar a estas preguntas, podemos valorar las tres tendencias que ve imparables Juan Martínez Barea en su interesante libro El mundo que viene. Así, la primera vendría dada por la hiperconectividad. Muchas personas viven enganchadas a la red en todo lugar, en todo momento y en cualquier tipo de plataforma. La segunda tendencia es la aceleración tecnológica, que avanza exponencialmente. Pensemos, simplemente, en nuestros teléfonos móviles. Lo único que queda de eso es el nombre: en realidad son pequeños ordenadores. Los impresionantes avances tecnológicos han hecho que hayan bajado las ventas de dispositivos como las cámaras fotográficas o los GPS. Muchos de ellos ya tienen incluso traductores, de manera que permiten hablar con una persona en otro idioma ya que el móvil traduce la frase al idioma que deseemos. Y eso sin olvidar todo lo que permite el móvil en términos de aplicaciones. Por último, la tercera tendencia es la irrupción de 4.000 millones de nuevos ciudadanos, en especial, aquellos que habitan los BRICS (Brasil, Rusia, India o China) sin olvidar potencias en ciernes como México, Corea del Sur, Indonesia o Sudáfrica.
¿Qué ventajas tiene todo ello? La geografía ya no es tan importante a nivel de servicios, ya que se pueden ofrecer a partir de la red, con lo cual la competencia global es feroz. Como consecuencia de ello, los precios bajan hasta llegar a la denominada ley del precio único, de forma que no se pueden bajar más los mismos. Esto ocurre en los llamados mercados de competencia perfecta: en ellos, hay infinitos consumidores y productores, los bienes son homogéneos (los productos son de la misma calidad), hay información perfecta (en Internet llegan a existir incluso comparadores de comparadores de precios) y no existen costes de transacción. Todo ello pasa en el mercado de servicios en Internet. Todo ello es positivo a nivel de consumidor.
¿Qué desventajas tiene? De nuevo, principalmente dos. Primero, que puede ocurrir que el ganador se quede con todo el mercado. Cuando todos aquellos que buscan trabajo se apuntan a una red social particular, nadie va a buscar trabajo en otra red, a no ser que sea algo muy específico. Segundo, que es difícil diferenciarse en la red, es decir, encontrar un hueco donde una persona pueda generar su propio mercado.
¿Y qué podemos pensar de todo ello dentro del mercado de trabajo? Una forma de verlo es pensar al revés, es decir, meditar acerca de nuestros gustos como consumidores. Así, tendemos a gastarnos mucho dinero en lo que más nos gusta, mientras que gastamos lo justo para lo demás, de manera que como solo lo vemos necesario compramos productos de marca blanca. Esto implica, a nivel personal, que tendrán buenos puestos de trabajo aquellos que puedan ofrecer al mercado productos de alto valor añadido y que en consecuencia estén muy preparados para ello y que tendrán (o no tendrán) puestos tan buenos de trabajo aquellos que se dediquen a actividades de bajo valor añadido. Respecto al tema de la educación, es cierto que por desgracia muchos titulados no encuentran trabajo. Pero es que la proporción de paro está disparada en las personas sin educación. Tiene lógica. Un titulado en Medicina puede trabajar de médico o de cualquier otra cosa. Alguien que no está titulado solo puede trabajar en cualquier otra cosa.
Vivimos en lo que uno de los pensadores de referencia mundial, Buyng Chul Han, considera la sociedad de la competencia. Es necesario competir brutalmente para no quedarse fuera del mercado. A su modo de ver, antiguamente vivíamos en la sociedad del cansancio, de forma que nos dedicábamos a trabajar en una fábrica y luego nos íbamos a casa a descansar. Eso es pasado. Ahora “en alguna parte del mundo hay alguien entrenándose mientras tú no lo haces. Cuando corras con él te ganará” (T. Fleming).
Si queremos evitar la pérdida de la clase media, tenemos mucho que hacer. Debemos potenciar la capacidad de innovar y competir de las personas. Debemos hacer reformas para que las personas puedan dar lo mejor de sí mismas. Debemos saber la posición que deseamos ocupar en el mundo como país, región o personas posicionándonos, de una vez, estratégicamente. Debemos ubicarnos pensando quiénes somos y quiénes queremos ser. ¿Estamos preparados?


Altres llibres i articles sobre les classes mitjanes
Llibres
Tyler COWEN. Se acabó la clase media. Cómo prosperar en un medio digital Antoni Bosch editor. Barcelona, 2014

Cap.1. El trabajo y los salarios en iMundo

http://www.antonibosch.com/system/downloads/590/original/EC-COWEN_Cap1.pdf?1411465596

Entrevista a Tyler COWEN a El País (10-08-14)

http://economia.elpais.com/economia/2014/08/08/actualidad/1407498820_136178.html

Blog de Tyler COWEN, “Marginal Revolution”

http://marginalrevolution.com/
Massimo GAGGI y Edoardo NARDUZZI. El fin de la clase media. Lengua de Trapo. Madrid, 2006

Presentació editorial

Comentari de Ferran SÁEZ , “Una simulació cara” a l'Avui (12-08-2008)
Dominique GOUX et Eric MAURIN. Les nouvelles classes moyennes. La République des Idées. Paris, 2012

Diàleg entre Eric Maurin i Laurent Wauquiez a Le Nouvel Observateur (2-02-2012): “L'enjeu des classes moyennes”

Recensió del llibre

Articles
Francis FUKUYAMA, “The Future of History. Can Liberal Democracy Survive the Decline of the Middle Class?” ,publicat a Foreign Affairs (january/february 2012)
Xavier MARTÍNEZ CELORRIO, “Educación y movilidad social en España”, capítol del Informe España 2012. Una interpretación de su realidad social. Fundación Encuentro. Madrid, 2012

http://www.academia.edu/2286809/Educación_y_movilidad_social_en_España
Andrés ORTEGA, “El declive de las clases medias” a El País (1-07-12)

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/07/01/actualidad/1341168597_563026.html

Sobre les classes mitjanes al Taller de Política
Club de Lectura sobre el llibre de Marina SUBIRATS, “Barcelona, de la necessitat a la llibertat. Les classes socials al tombant del segle XXI” (L'Avenç. Barcelona, 2012)

http://tallerdepolitica.org/2012/03/barcelona-de-la-necessitat-a-la-llibertat/
Són rellevants les classes socials a la Catalunya d'avui?

D'un debat entorn del llibre de Marina Subirats (2 de maig de 2012)
Marina Subirats en la primera part del seu llibre descriu l'evolució social positiva de la metròpolis de Barcelona des de la transició democràtica fins a mitjans de la primera dècada del segle XXI. Una evolució positiva, en tant que el progrés econòmic ha anat acompanyat d'un procés afavoridor de la cohesió social i d’una relativa disminució de les desigualtats, i que permet concloure s'ha produït el salt d'una societat atenallada per la necessitat a una societat més lliure i oberta, on les persones troben moltes més possibilitats de desenvolupar els seus projectes de vida.
Aquesta evolució no pot entendre's sense el canvi polític democràtic que ha proporcionat el marc institucional favorable a una accio pública orientada a satisfer el benestar de la ciutadania. Així, Barcelona i el conjunt de Catalunya han acumulat en tres dècades un capital públic en forma de serveis educatius, sanitaris i socials, complementat en molts casos per la iniciativa privada i social, que configuren el nostre model d'Estat/Societat del benestar.
Aquest capital públic avui és qüestionat des de determinades posicions polítiques com si fos un excés d'una societat malbaratadora, regida per un individualisme desenfrenat, que hauria estat estimulat per uns poders públics poc responsables, quan no directament demagògics. Però no sembla el més adient convertir el debat necessari sobre l’eficiència i sostenibilitat del model de societat de benestar en un debat moralista que busca més la culpabilització dels ciutadans que la recerca de noves vies per superar la política única basada en la cantarella de que “no hi ha més alternativa”.
Ara bé, l’evolució positiva de la societat catalana que refllecteix l’Enquesta Metropolitana ha estat el fruit de l'agregació de milions de conductes individuals o bé és el resultat d'una acció col·lectiva articulada? I, en el cas d'acceptar la segona hipòtesi, quin ha estat el marc d'aquesta articulació? Quins han estat els protagonistes determinants de l'evolució social?
Marina Subirats defensa -contracorrent- el paper de les classes socials, definides bàsicament per la posició que ocupen els individus en el procés productiu. Però no es tracta d'una defensa dogmàtica, derivada d'una posició ideològica, ni proposa un model determinista, sinó un model probabilístic, sorgit del creuament de desenes de variables contingudes en l'Enquesta de Condicions i Vida i Hàbits de la Població de Catalunya (un total de 200), que proporcionen informació des del nivell d'estudis i hàbits culturals al treball productiu, passant pels recursos econòmics, l'entorn, l'origen geogràfic, el consum, les formes de relació o les expectatives, entre d'altres.
És només després de l'aplicació d'aquest model d'anàlisi, que Marina Subirats proporciona un retrat de les classes socials que articulen la societat catalana: tres classes (corporativa, mitjana i treballadora) amb les seves corresponents capes socials. Una classe mitjana en la que es distingeixen quatre grups socials: els empresaris amb assalariats; els empresaris sense assalariats i autònoms; la nova classe mitjana; els joves de classe mitjana. I una classe treballadora conformada pel grup de treballadors joves i adults, pel grup de treballadors grans i, finalment, pel grup dels immigrants.
A partir d'aquesta tipologia, Marina Subirats rebutja la idea que estem en una extensa societat de classes mitjanes, malgrat que la percepció subjectiva de la identitat social tendeix a repetir aquest clixé. Aquesta dualitat social no ha impedit però que en el nostre passat recent s'hagi produït una convergència d'interessos entre les classes mitjanes i treballadores que ha estat en la base de la positiva transformació econòmica, social i política de la societat catalana.
Avui, però, l'impacte de la crisi està afeblint perillosament aquesta convergència d'interessos. L'Enquesta de la Regió Metropolitana detecta entre 1990 i 2006 una disminució de la classe mitjana a la ciutat de Barcelona i a la segona corona metropolitana, no del tot compensada pel seu creixement a la primera corona, símptoma, en tot cas, d'un anivellament social del conjunt de la Regió Metropolitana.
No sembla aventurat preveure que amb la crisi s'estigui produïnt un afebliment de les classes mitjanes, dels petits empresaris i autònoms, de les classes professionals i dels seus fills que no tenen les expectatives de futur que van gaudir els seus pares. Simultàniament, la condició de les classes treballadores empitjora, amb l'impacte de l'atur, del deteriorament dels serveis i les prestacions socials que es tradueixen en un increment de les desigualtats, tot revertint la tendència acumulada fins a mitjans de la primera dècada del segle XXI.
Arribats a aquest punt sona la veu d'alarma perquè una evolució social regressiva pot amenaçar tard o d'hora l'estabilitat democràtica. Sembla raonable pensar que tota acció política de futur ha d'estar orientada a restablir l'equació que vincula estabilitat democràtica i equilibri social, des de la convicció que la democràcia és un requisit del creixement i no la seva resultant. D'aquí la importància de tornar a trobar un model que combini creixement i igualtat, i de crear les condicions per refer l'aliança social entre classes mitjanes i classes treballadores. Perquè sinó, l'alternativa a aquesta opció és el creixement del populisme en el caldo de cultiu d'una societat desarticulada.
No es tracta, però, d'una operació fàcil perquè ha de superar importants obstacles, del que n'és un dels més rellevants la ruptura cultural entre les noves classes mitjanes i les classes treballadores. Les primeres més inserides en la dinàmica de la globalització i orientades a objectius modernitzadors i reformistes; les altres aculades a posicions defensives davant de la lògica globalitzadora i necessitades d'una protecció que sovint no troben en els partits d'esquerra. Un exemple d'aquesta tensió es pot veure en directe en la lògica subjacent en el procés electoral francès en curs, on el Front National s'ha erigit en defensor d'unes classes populars que es senten desprotegides i abandonades pels seus referents polítics tradicionals.


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