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La incapacidad del capitalismo global



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La incapacidad del capitalismo global

También en la izquierda perciben cómo este deslizamiento de las capas medias ha tomado cuerpo político. César Rendueles, el autor de Sociofobia (ed. Capitán Swing) afirmaba en una reciente entrevista que tenemos “por una parte a las élites globalizadas, cuya patria es Suiza y viven en hoteles, hablan en inglés, van a colegios de élite; y por otra a los trabajadores precarios, que han sabido adaptarse más o menos, migran de un continente a otro… Y en medio ha quedado a la deriva una gran masa de población, que sigue aferrada a una cosa completamente insostenible para el capitalismo global que son las promesas de desarrollo, de vida estable, de trabajo seguro”.

Para Rendueles, por incómodo que sea para una izquierda que continúa pensando en términos de proletariado y que ha apostado por las minorías en los últimos tiempos (ecologismo, inmigración, activismo de género), es evidente que está aconteciendo “el cambio sociológico más importante: la incapacidad del capitalismo global contemporáneo de gestionar esa enorme masa de personas que han quedado completamente perdidas”.



Hay que acabar con la lucha de clases”

Ese será sin duda el centro del tablero político próximo. Lo es ya, y lo será más aún en los tiempos que vienen. Se puede pensar, como Zarzalejos, que esta implosión causará un shock, pero que puede ser reconducida, o como Rendueles, que la incapacidad del capitalismo actual para gestionar el estrato mayoritario de la población occidental es muy elevada, pero en uno y en otro caso parece evidente que las capas medias empobrecidas serán la clave del futuro político.

Algo así debe pensar también Albert Rivera, que el pasado fin de semana, en el acto de puesta de largo en Madrid de Movimiento Ciudadano, insistió en que quería acabar con el concepto de lucha (de clases, de rojos y azules, de la periferia contra el centro) y que el objetivo era promover una gran clase media. Incluso Pedro Sánchez ha insistido reiteradamente en este punto (“Reivindico la centralidad y la defensa de la clase media”), sabedor de que en nuestra sociedad ese cheque sí rinde beneficios.

Sin embargo, hay una diferencia enorme entre la clase que describen Zarzalejos o Rendueles, y aquella de la que hablan Rivera y Pedro Sánchez. La primera es una capa social empobrecida y decepcionada, construida a partir de la promesa de una vida estable, de que el futuro sería mejor que el presente y de que los hijos vivirían mejor que sus padres. En esencia, la clase media significaba que el sistema garantizaba que aquellos que cumplían las normas, hacían su parte y trabajaban duro, tendrían recompensa. Eso es lo que se ha desvanecido, y eso es lo que los partidos mayoritarios se niegan a reconocer, dirigiéndose a una masa social que ya no existe, en gran medida porque ellos han contribuido a que así sea. Este es el punto de partida del nuevo desencanto. Construir una iniciativa política ganadora en 2015 pasa por asentarse en este terreno y darle una solución y, hasta la fecha, sólo Podemos ha sido capaz de apoyarse en el terreno de las expectativas rotas. Nadie les planta cara en este campo, porque eso supondría construir una alternativa ilusionante, y es justo lo que no saben, o no pueden, proponer los partidos dominantes.

Negando la realidad

Las formaciones del bipartidismo siguen empecinadas en borrar este hecho, peleando entre sí por el cada vez menor espacio político que les queda. El PSOE sueña con un Renzi español, o al menos con un Manuel Valls, y trata de hacer guiños a la izquierda al mismo tiempo que insiste en las mismas propuestas económicas que están hundiendo a la clase media. El PSOE, sabedor de que por el lado zurdo tiene poco que hacer, ha decidido buscar al votante de centro, pero no se ha dado cuenta de que el centro está ya en un lugar muy distinto del de hace una década. Rivera sí tiene opciones de construir una alternativa, pero presentarse en sociedad con gente old school como Manuel Conthe o Joaquín Leguina lanza un mensaje débil, el de que todo es más de lo mismo.

Mientras, el PP está haciendo lo que mejor sabe hacer, decir que todo va bien y que el año que viene se habrán arreglado las cosas, mientras carga contra Podemos con toda la artillería, al tiempo que insinúa que el PSOE será el mejor aliado del partido de Pablo Iglesias si se tercia. Sin duda, el voto del miedo va a ser rentable para la formación del bipartidismo que llegue en primer lugar a la recta final de las generales (y catastrófico para la otra), pero utilizar esa táctica sólo funciona a corto plazo porque no elimina la cuestión de fondo. Tenemos problemas sistémicos, no electorales.

La clase media se ha convertido en un problema para el bipartidismo, como apunta Zarzalejos y probablemente para el capitalismo contemporáneo, como bien subraya Rendueles. Hay quienes creen que es posible recomponer la situación a partir de la crítica a los competidores, pero está claro que se necesita algo más profundo que fuegos artificiales de cara a los comicios. Algo se ha roto, y eso nos conduce inevitablemente a un nuevo escenario político. No hay más que mirar a Europa para ser conscientes.
Debats
Video del debat sobre “El fin de la clase media” amb Imma AGUILAR, Íñigo ERREJÓN i Rafa RUBIO (29-09-14)

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-09-29/inigo-errejon-habra-cambio-de-sistema-politico-y-de-partidos-pero-se-estabilizara_215102/
Comentaris sobre el llibre
Gabriel ALBIAC, “De un mundo que se extingue” a Leer (11-11-14)

http://revistaleer.com/2014/11/de-un-mundo-que-se-extingue/
Que un libro alcance a dibu­jar el plano com­pleto del mundo en el cual nace y del cual da cuenta, es un pequeño mila­gro. Sucede a veces. Y no siem­pre es fácil per­ci­bir la enti­dad de lo que pone en juego. Por­que en esa enti­dad somos noso­tros mis­mos el envite. Y el pre­sente no es casi nunca dema­siado agra­da­ble de contemplar.
Este­ban Her­nán­dez acaba de publi­car El fin de la clase media. Es uno de esos libros ante los cua­les el lec­tor siente el desa­so­siego de haber sabido siem­pre que era así. Y de no haberse atre­vido a decirlo, hasta que el autor se lo ha impuesto con una lógica clara, irre­fu­ta­ble. La cons­tan­cia de que un fin de época se ha pro­du­cido ya, que es irre­ver­si­ble y que no tene­mos ni la más remota idea de lo que va a seguir ahora se deduce de las casi cua­tro­cien­tas pági­nas de este estu­dio con una pul­cri­tud argu­men­ta­tiva que asusta. Y con esa angus­tia mate­má­tica que sólo pone la frial­dad minu­ciosa en el aná­li­sis. “No empecé a escri­bir este libro para demos­trar una tesis, sino para tra­tar de enten­der una reali­dad esquiva”, arranca Este­ban Her­nán­dez. Y esa apuesta ini­cial atra­viesa todo su libro. Y le da una dimen­sión de rigor inte­lec­tual –y tam­bién esté­tico– poco común en nues­tra ensa­yís­tica: la de aquel que se juega la vida en lo que escribe.
No, no habla de la cri­sis. No habla de cri­sis. Las cri­sis son el meca­nismo regu­la­to­rio de las socie­da­des capi­ta­lis­tas desde que exis­ten. Nada cie­rran. Son aque­llas vál­vu­las de segu­ri­dad que Marx ha des­crito inme­jo­ra­ble­mente en el libro III del Capi­talLo de ahora, nos dice Este­ban Her­nán­dez, no se ajusta a la metá­fora cíclica. No es un momento más o menos largo de onda a la baja, al cual seguirá, como siem­pre, la redis­tri­bu­ción de capi­tal sobre la cual se ini­cie un nuevo ciclo de ascenso.Lo de ahora es algo que cie­rra el período his­tó­rico abierto por la revo­lu­ción indus­trial, con una nueva revo­lu­ción tec­no­ló­gica tras la cual nada del mundo que hemos vivido en los tres últi­mos siglos ser­virá ya para nada. No, como des­me­nuza el arran­que de este El fin de la clase media, “no está­ba­mos pre­pa­ra­dos para esto”.
El pre­sente es un muro, sobre todo, para aquel sec­tor de asa­la­ria­dos que, a lo largo del siglo pasado con­fi­gu­ra­ron el área pri­vi­le­giada de la pro­duc­ción capi­ta­lista en los paí­ses desa­rro­lla­dos: los posee­do­res de sabe­res y maes­trías gene­ra­dos en el sagrado recinto de las uni­ver­si­da­des. A ésos ha barrido del mer­cado ya la cri­sis. Para esos no hay hori­zonte alguno de retorno. La revo­lu­ción tec­no­ló­gica los hace masi­va­mente exce­den­ta­rios. Para siem­pre. Viven el tiempo de su extin­ción sin espe­ranza. Son cul­tos. Hablan de cine, de música. Algu­nos hasta saben leer. Y están muer­tos. “No es nada infre­cuente encon­trar en entor­nos urba­nos per­so­nas de 40 años que se ven obli­ga­das a vivir en la pre­ca­rie­dad, en esa inde­fi­ni­ción que sólo creía­mos pro­pia de las eda­des más jóve­nes, ni tam­poco trein­ta­ñe­ros que han lle­gado muy alto en su tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal, ni vidas esta­bles a los 30 y soli­ta­rias a los cin­cuenta”, anota Her­nán­dez al socaire de su con­ver­sa­ción con el músico Pat­ter­son Hood. Es el ros­tro de un mundo “que dista mucho de ser per­ci­bido como desea­ble para gran parte de sus individuos”.
No, las cla­ses medias no atra­vie­san un mal momento. Des­a­pa­re­cen. Ya. Queda un mundo abierto a los pata­nes con inge­nio. Esta­ban Her­nán­dez, al albur de la estu­penda pelí­cula de La red social, la estu­penda pelí­cula de David Fin­cher, con­tra­pone magis­tral­mente la reac­ción poé­tica de un Fran­cis Scott Fitz­ge­rald a la del mul­ti­mi­llo­na­rio imbé­cil que con­cibe ese juego infan­til a la medida de las men­tes infan­ti­les que com­po­nen nues­tro mundo ya al que lla­man Face­book: “Si Gatsby enten­día que ser millo­na­rio era la única vía de acceso al objeto de su pasión, el des­pe­chado Mark Zucker­berg de la fic­ción, que deseaba inten­sa­mente ser admi­tido en las socie­da­des de élite de su uni­ver­si­dad, enten­día que ser rico y famoso era la puerta de entrada al reco­no­ci­miento: si tenía éxito, esa mujer que le había recha­zado ten­dría que ren­dirse a sus pies, y esos millo­na­rios que se reían de él se verían obli­ga­dos a abrirle las puer­tas de los clu­bes”. No hay genio en Zucker­berg. Ni poe­sía. Sólo efi­ca­cia en el éxito. Lo que jamás tuvo Gatsby. Por­que la poe­sía está siem­pre hora­dada por una angus­tia de muerte que es la que guiará a Scott Fitz­ge­rald a una auto­des­truc­ción que no es dis­tin­gui­ble de su belleza lite­ra­ria. Y a Zucker­berg al esplen­dor bolsísitico.
Her­nán­dez va tejiendo su libro con hilos de cine, rock and roll, psi­coa­ná­li­sis, lite­ra­tura… Y recon­forta dar con una voz que con­si­gue tren­zar eso en un aná­li­sis de blin­daje impe­ne­tra­ble. Que apunta a una deses­pe­rada apuesta por la liber­tad. Esa extraña cosa de la cual nos es ya tan difí­cil hablar aun en metá­fo­ras. “Cada vez se nos hace más patente que nos aden­tra­mos en lo des­co­no­cido, por lo que deman­da­mos un nuevo manual de ins­truc­cio­nes”, acaba este réquiem por las cla­ses medias de Este­ban Her­nán­dez. Pero no hay manual para eso. Y acaba nues­tro mundo.


Bernabé SARABIA, “El fin de la clase media” a El Cultural (21-11-14)

http://www.elcultural.es/revista/letras/El-fin-de-la-clase-media/35524
Ya en la introducción Esteban Hernández (Madrid, 1965), periodista en diversos medios, fija su estatus social. Pertenece a la clase media, “como casi todos los europeos”. Manejando datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de julio de 2014, señala que el 72% de los españoles se sitúa en una escala de pobre a rico en la zona intermedia.
Pese a que la gran mayoría de la población se ubique en la clase media, ésta es una noción, como se señala aquí, trufada de ambigüedad. Por un lado, entiende las clases sociales como realidades sociológicas y, por otro, las representa de un modo muy tosco, espacialmente. El locus de la clase media sería el de aquellos que no tienen mucho poder, riqueza, fama o prestigio. Sin embargo, las clases medias han sido señaladas desde Aristóteles como las más virtuosas e idóneas para gobernar los asuntos de la polis.

En las democracias occidentales se ha subrayado la importancia de los valores de la clase media frente al poder o las propiedades de la clase alta. La preocupación por el desarrollo del individuo, la capacidad de diferir las gratificaciones y la búsqueda del éxito profesional han sido características atribuidas a su cultura de clase. Tal como señala con acierto Esteban Hernández, “más allá de un nivel económico determinado, lo que hasta ahora la ha caracterizado es su mentalidad. Los padres de clase media educaban a sus hijos para que no cruzasen la calle si el semáforo estaba en rojo”.




Así estaban las cosas, un centro sociológico espeso, amplio y moral, hasta la llegada de la crisis y del cambio de época. 
La tendencia a la desigualdad se acentúa: más ricos, menos clase media y más pobres. En su muy citado El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 2014), Thomas Piketty vincula la expansión de la clase media a la movilidad social y a la innovación requeridas para reconstruir la Europa devastada por las dos guerras mundiales. Antes de la I Guerra Mundial el 10% de la población europea se quedaba con el 90% de la riqueza generada.


Apoyado, por un lado, en sus múltiples contactos y entrevistas y, por otro, en una abundante bibliografía de carácter sociológico, económico y musical, Esteban Hernández va desplegando un fondo, a modo de croma, sobre el que dibuja su visión de una clase media que se diluye en un proceso de cambio y acoso. 
Ni ricos ni izquierda entienden la importancia de ese zócalo social capaz de sostener las mejores décadas del Estado de Bienestar.

El recorrido histórico y teórico que va fijando el contenido de estas páginas está muy bien trabado. Desde Karl Marx, el héroe copernicano de las teorías de la estratificación, pasamos a Max Weber, la otra gran figura intelectual. Dos modelos de estratificación social sobre los que Parsons pondrá la impronta del funcionalismo. F. W. Taylor y H. Ford como fuentes de lo que después se ha denominado taylorismo y fordismo, vectores inicialmente destinados a racionalizar la producción industrial, completan una rica visión histórica de la evolución del papel social del trabajo. Por el rico mosaico que presenta Hernández desfilan también el mundillo musical y el psicoanalítico. Charlie Parker y lo hipster, Elvis Presley y el rock and roll, los Sex Pistols y el punk van urbanizando junto con Freud, Lacan o Foucault un territorio cuya frontera actual deja al lector con una intensa preocupación.




Las cosas se ponen mal, y la resignación se transforma en indignación. En este contexto nacen tanto el 15-M, Podemos o el Partido X como los brujos del 
big data,los analistas cuantitativos o los matemáticos sin alma del sistema financiero. La percepción pesimista de estas páginas coincide, en buena medida, con la denunciada por Piketty. El 70% de la riqueza en Estados Unidos va al 10% de la población y los millonarios aumentan cada año un 8% su fortuna mientras la riqueza media sólo crece el 1%. 

Joaquín ESTEFANÍA, “La clase media ya no es la burguesía” a Babelia (20-11-14)

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/20/babelia/1416489741_282230.html

Se inaugura una fábrica textil y sólo emplea a un trabajador y a un perro: al trabajador para que dé de comer al perro y al perro para que mantenga al trabajador alejado de la maquinaria. Este chiste, que contiene una exageración, figura en uno de los libros que se comentan, y sirve para dar idea de la gigantesca reestructuración que se ha producido en el aparato productivo del capitalismo en los últimos tiempos. Las fábricas textiles fueron, en los siglos pasado y antepasado, uno de los centros de trabajo más intensivos en mano de obra. En ellas, como en el resto de las industrias y de los servicios, se ha ido generando una reestructuración consistente en reducir el factor trabajo y aumentar el capital tecnológico para estimular la productividad de las empresas. Los despidos se han acentuado por la crisis económica, pero ya estaban presentes en la vida económica bastante antes. En muchos casos, los trabajadores despedidos o no han vuelto a encontrar empleo jamás o han sido reabsorbidos en puestos peor pagados y a un ritmo mucho menor de lo que acontecía después de las recesiones: no se recuperan los antiguos puestos de trabajo pese a que lo peor de la crisis pase y los beneficios empresariales se multipliquen.
Esta es una de las explicaciones del debilitamiento actual de las clases medias, que aparecen en el panorama social hace poco tiempo, y que empiezan a desaparecer en algunos lugares cuando ni siquiera han llegado a otras partes del mundo. Si el proletariado se consideró durante algún tiempo una clase potencialmente revolucionaria, numéricamente mayoritaria y con tendencia a poner en entredicho el orden constituido, la clase media interpretó un papel "contrarrevolucionario", sin alterar los equilibrios de la sociedad capitalista. Los cambios estructurales (de sociedades industriales a sociedades de servicios, de sociedades autárquicas a sociedades abiertas…) modificaron ese papel, y conforme avanzaba el siglo XX la clase media devino en muchas zonas del planeta en la clase numéricamente fundamental en el cuerpo electoral, en el objeto de deseo de los partidos políticos, en la fuerza capaz de determinar la agenda política y en el verdadero motor de la mayoría de las reformas que se adoptan.
La Gran Recesión iniciada en 2007, con sus secuelas de empobrecimiento, desigualdad y mortandad de centenares de miles de empresas, ha variado el estatus de esas clases medias. El Banco Mundial ha puesto en circulación el concepto de clases vulnerables, unas clases móviles compuestas por aquellos que una vez consiguieron dar el salto desde las capas bajas a las medias o a las medias-bajas y que como consecuencia de la movilidad descendente pueden volver a la pobreza o a lo hondo del pozo. Los sociólogos han vinculado el papel de los consumidores al de las clases sociales y han hablado de la ryanair society, una sociedad masificada de rentas medias y bajas, a la que las industrias y los servicios de bajo coste garantizan el acceso a bienes y servicios, en otro tiempo reservados a las clases más acomodadas (clase alta y burguesía). En ella también hay una clase proletarizada o con escaso poder adquisitivo (Robert Castel habla de los desafiliados), los nuevos ricos (que son los nuevos invisibles porque se ocultan para no ser objeto de la indignación), y las clases medias que pierden renta y seguridad. Esta es la era que ha puesto fin a las expectativas crecientes (en muchos lugares los hijos vivirán peor que sus predecesores) y el final también de la seguridad ocupacional.
En el interior de la crisis económica que dura ya más de un septenio (es la más larga desde la Gran Depresión, que sólo terminó con una guerra mundial) la clase media es la clase del desencanto y la indignación porque su futuro se muestra oscuro. El mundo tejido de vida estable y trayectorias laborales sostenidas o ascendentes se está desvaneciendo, cada vez se tienen menos recursos y menos oportunidades y sus esperanzas de mejorar son tan escasas como su confianza en el sistema. Se prescinde de los profesionales con trayectoria y se sustituyen por otros de menor coste, por lo que disminuyen las exigencias respecto a los estándares de calidad de las prestaciones. Ello supone, en definitiva, la ruptura de un pacto social implícitamente aceptado, según el cual quien cumplía las reglas del juego conseguía la estabilidad; si uno trabajaba duro y cumplía su parte, la vida le iba a ir bien. La clase media creía que una buena formación intelectual abría puertas, y que la honradez y el trabajo eran las mejores cartas de presentación. Esto se acabó.
Explica Esteban Hernández en su libro El fin de la clase media que sin estas transformaciones que están construyendo una clase peculiar formada por personas que pertenecen a las capas medias en cuanto a formación, mentalidad y atributos, pero que se encuentran con condiciones vitales propias de los estratos más bajos, no se pueden entender fenómenos como el Frente Nacional en Francia, UKIP en Reino Unido, Syriza en Grecia, el Movimiento 5 Estrellas en Italia o Podemos en España. Aumentan las evidencias de que los cambios más profundos (políticos, económicos, sociológicos, ideológicos…) de la Gran Recesión sólo están empezando a hacerse notar. Entre ellos, una estratificación social que puede definir un mundo en el que entre el 10% y el 15% de los ciudadanos será rico y gozará de un buen nivel de vida, mientras gran parte del resto tendrá sus salarios prácticamente estancados o incluso descendentes en términos monetarios. Algunos analistas entienden que esta polarización supondrá el final de la sociedad liberal o, más ampliamente, el final de la democracia.

Justo BARRANCO, “El regreso del taylorismo” a La Vanguardia (23-11-14)

http://www.lavanguardia.com/20141123/54419597929/el-regreso-del-taylorismo-justo-barranco.html

La clase media tal y como la conocimos en el siglo XX estaba compuesta por hombres conservadores respecto del sistema y progresistas respecto de la posibilidad de mejora individual. No se definía tanto por su nivel de ingresos o sus conocimientos técnicos y científicos como por su función social: ser un mecanismo estabilizador y cohesivo frente a los extremos. Siendo la parte central del sistema, la clase media se sentía parte activa tanto de la política como de la empresa, eran trabajadores y ciudadanos concienciados. Y esperaban empleos de por vida, mejoras paulatinas en su nivel económico y un futuro mejor para sus hijos, recuerda Esteban Hernández en El fin de la clase media.


Una clase que, recuerda, le debía no poco a las ideas de Henry Ford. Antes que él Taylor había creado una estructura de control científico del trabajo que no sólo diseñaba las tareas a realizar sino también su cantidad, el tiempo y la forma. Nada quedaba para la autonomía del trabajador. Ni los tiempos muertos. Pero el sistema no funcionaba: en 1913, en las fábricas Ford para 15.000 puestos de trabajo se contrataron a 53.000 personas. Así que Ford instauró un salario elevado, de cinco dólares al día, en 1914. Quería asegurar la continuidad y estabilidad de la producción.


Las ideas de Ford transformarían el mundo venidero porque pusieron en práctica una solución que permitía gozar de legitimidad y paz a cambio de un salario mayor y mejores condiciones de vida, lo que rompía con las condiciones del pasado. Y además esa misma operación era una gran fuente de beneficios al dotar a las grandes masas de recursos y tiempo. Las ideas de Ford encontrarían su máxima expresión en Roosevelt y el Estado de bienestar europeo.


Bajo esas premisas la clase media se constituiría como un pilar fundamental. Sin embargo, en los últimos años se encuentra vapuleada y desorientada en un mundo en el que, recuerda el autor, en vez de la estabilidad y la permanencia son la reinvención, la energía y el deseo las fuerzas motrices. Una sociedad donde cambio y velocidad son las palabras clave y en la que el trabajo estable, las relaciones estables y los lazos comunitarios se desvanecen, y no importa ya quiénes somos sino quiénes queremos ser. En los negocios el líder debe hacer que dejemos de tener miedo a abandonar las seguridades estructurales, personales e identitarias del pasado. Y la figura de referencia en el mundo psicológico es, claro, el coach, cuya tarea es empujarnos a través de las transformaciones hacia una mejor versión de nosotros mismos.

Una clase que interiorizaba las normas ahora se siente continuamente insuficiente. sometida a una presión constante hecha de horarios saturados, ausencia de separación entre tiempo laboral y descanso y creciente sensación de ser evaluado de continuo. 


En ese mundo sin referencias es frecuente, dice el autor, que terminemos volviendo la mirada hacia las figuras de autoridad como soporte último. No tanto a una figura carismática como a la que defiende un corpus de valores. Y hoy por hoy la resistencia de la clase media parece pasar por la colaboración y la empatía, por aspirar a un mundo horizontal construido a través de acuerdos y consensos, inclusivo, sacando todo el partido a las promesas de transparencia, conexión y relación del mundo actual.


Pero por ahora lo único que encuentra es, paradójicamente, un nuevo taylorismo del siglo XXI, aplicado ahora a profesionales y expertos, de los cuáles, como con los artesanos, también se codifican y sistematizan sus acciones, sean médicos o periodistas, para que cualquiera pueda llevarlas a cabo con instrucciones. Las escalas intermedias desaparecen y, en un giro final, incluso los políticos y los directivos han acabado vigilados por financieros que les obligan a una dieta muy restringida que apenas les deja elecciones posibles y que, buscando eliminar riesgos, produce desastres como los de los últimos años. En un momento de enorme incertidumbre, curiosamente, el futuro se parece demasiado al pasado.






Sergio ANDRÉS, “Drive By-Truckers o la metáfora de 'El fin de la clase media' de Esteban Hernández” a Los Restos del Concierto (28-11-14)

http://www.losrestosdelconcierto.com/?p=4667

Sé que habrá gente que diga que me he equivocado de espacio. Que este libro no tendría que aparecer en un blog como losrestosdelconcierto.com. Pero no, El fin de la clase media es uno de esos libros que se expande sobre la realidad social y trata de mostrar una mirada integral, y lo consigue. Y en ese punto es donde tiene cabida la música, a la que me referiré más adelante. Esteban Hernández es un periodista de El Confidencial y ha escrito uno de los libros más interesantes y estimulantes acerca de la crisis que yo haya leído. Hernández se ha armado de un amplio marco teórico para explicar dialécticamente, desde lo general a lo particular y de lo particular a lo general, la crisis sistémica en la que nos encontramos, y de la que el fin de la clase media es uno de sus máximos exponentes. Y es que la clase media, ese extraño constructo que fue el agente legitimador del capitalismo moderno ha sido desinstitucionalizado y por la vía rápida. Uno de los grandes aciertos de Hernández, y son muchos los que aparecen en su libro, es el papel como medio y fin de la clase media. No podemos entender el sistema en el que nos integramos sin la clase media y menos todavía su colapso sin la desintegración de ésta.
Hernández parte de numerosas teorías en un ejercicio de interdisciplinaridad, en el que el protagonismo se lo lleva la Sociología, pero también hay espacio para la Psicología, la Economía, etc. Seguramente hay teorías que podrían haberse apuntado en este fantástico libro, partiendo de clásicos como Weber hasta otros aspectos de la Sociología Crítica, sin olvidar al omnipresente Bauman y su modernidad líquida o a los análisis de clases sociales de Goldthorpe. Seguramente que parte de la Academia mirará con recelo una obra como la que nos ocupa, pero no es menos cierto que Hernández acierta de pleno en sus elecciones teóricas. Por ejemplo, puede que Parsons y su funcionalismo estructural hace tiempo que fuese superado, pero no es menos cierto que nuestro mundo bebe de muchas de las legitimaciones que este gran sociólogo norteamericano permitió. Volver a Taylor y Ford no es descabellado para lanzar el inicio de este camino, ni mucho menos a las teorías psicológicas que analizan las pulsiones e impulsos de los individuos.
El fin de la clase media nos cuenta la función de este grupo social, mayoritario en dos sentidos: por el contingente de población que dice pertenecer a ella y por los que buscan hacerlo. La clase media ha sido la aspiración, la promesa, de las sociedades occidentales, la cual se ha trasladado al resto. La clase media era el impulso que el capitalismo necesitaba para avanzar y consolidarse. Con una democracia y un Estado de Bienestar amortiguando otros procesos, la clase media tuvo tiempo de crecer y aspirar a más. Esteban describe esta evolución, en un mundo que tendía al individualismo y el consumismo inevitables e indisociables.
Como sujeto histórico, la clase media olvidó pronto sus orígenes de clase trabajadora y agrícola (y es que la movilidad social casi siempre es hacia arriba). Hernández acierta a mostrarnos las contradicciones y paradojas de un sistema que se aceleran en las últimas dos décadas. Lo que se postula por un lado (creatividad, innovación, libertad, etc.) queda constreñido en un sistema que realmente lo penaliza, las promesas de la red y de las TIC son papel mojado. La ‘jaula de hierro’ de Weber se quedaría corta para explicar este mundo. De esta forma, la clase media se convierte en una promesa, pero una promesa procrastinada, un deseo y un anhelo que cada vez se aleja más, y que se transforma en una quimera en la postmodernidad. El discurso de la clase media y el relato de la clase media son tan disonantes que parece mentira que no nos demos cuenta. Hernández nos pone un espejo en el que mirarnos, y ahí vemos la diferencia entre relato y discurso. Además, Hernández aporta elementos de la cultura y de lo simbólico, en el que la música popular, con el inevitable ascenso del rock and roll, se convierte en un indicador poderoso.
Y aquí llega otro de los aciertos de Hernández. Con un argumentario también trazado con entrevistas cualitativas, tan importantes y necesarias, tan olvidadas por la dictadura de lo cuantitativo (de lo predecible, de lo racional, del cálculo y lo medible), en el que Hernández aborda numerosos profesionales de esos ámbitos de la clase media, hace una comparación brillante entre la situación de la clase media y la de la mayoría de los músicos: gente que van tirando, que aguantan como pueden, que se encuentran en la precariedad, pero que siguen pensando que su destino es el del vivir plenamente de la música o conseguir ser ese profesional que el sistema le ha dicho que va a ser, cuando la realidad es otra. Sí, es uno de los momentos más atractivos de este libro, en el que brillan con luz propia los apartados en los que aparecen Patterson Hood y sus Drive-By Truckers, el “americana” (una interesante interpretación de su repercusión y su vinculación con valores sólidos) y el inconmensurable Fernando Pardo (Sex Museum, Los Coronas, Corizonas), entre otros. Esteban también hace algo muy inteligente como es analizar un proceso macrosocial a través de lo micro, en este caso la música y los músicos, pero también otras profesiones, artísticas o no. Todos nos hemos convertido en músicos que grabamos discos como podemos, que seguimos nuestro camino como supervivientes. La cuestión es cómo nos enfrentemos a esta disonancia, que supone frustración y la aparición de viejas y nuevas situaciones que ya estamos vislumbrando: alineamiento, nihilismo, depresión, estrés…Promesas incumplidas que adquieren un cariz estructural en un mundo en el que la calidad, valor supremo del discurso de la clase media, ha perdido el sentido. Importante también para algo tan central como es la construcción de las subjetividades, un aspecto transversal en toda la obra.
Dicho todo esto, Esteban no se muestra pesimista, al contrario. Aborda una nueva perspectiva, una realidad a la que tenemos que adaptarnos, y esa resistencia al cambio es la que está lastrando en gran medida a la clase media. De forma diferente a lo que preconizan otros discursos, Esteban analiza cómo salir de este embrollo a partir de aprovechar las oportunidades de una realidad más diversa e interconectada. Pero para eso hace falta que la clase media cuenta con la capacidad crítica que al poco de nacer perdió y se produzca un empoderamiento. Algo de esto se aprecia en la aparición de fenómenos como Podemos, y sólo hay que analizar el perfil sociológico de sus fundadores y dirigentes.
El fin de la clase media es una obra imprescindible para comprender lo que ha ocurrido, lo que está pasando, y lo que está por venir. Hay mucha frustración, e irá en aumento porque las reglas han cambiado. Estamos jugando una partida con normas antiguas, y eso es la realidad. Las recetas del pasado no sirven, y esto no hace referencia a la democracia, una democracia que debemos actualizar. Al final, tanto camino recorrido para acabar volviendo al punto de partida, el taylorismo. Esperemos que no nos ocurra como a Drive By-Truckers, gran banda de rock americano que firmaron su última gran obra en 2008, el excepcional Brighter than Creation’s Dark, que suena mientras escribo estas líneas. Desde entonces, los Drive By-Truckers han perdido fuelle, no han llegado a la altura de otros coetáneos y grupos anteriores como Wilco, My Morning Jacket, Ryan Adams y compañía, o han sido superados por bandas y artistas más jóvenes. A la clase media le ha pasado eso pero a lo bestia, deslumbrada por su discurso que esconde un relato muy diferente. Cuando la clase media se ha dado cuenta, se ha encontrado de nuevo siendo clase trabajadora y encima precarizada. Habrá que ver cuánto tiempo necesita para perder la promesa.
José Antonio ZARZALEJOS, “Un precio destructivo” a El Confidencial (13-12-14)

http://paralalibertad.org/un-precio-destructivo/



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