Taller de política club de Lectura sobre el llibre d'


La opción de último recurso



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La opción de último recurso
Las crisis no sólo provocan sentimiento de inestabilidad. Cuando las cosas se ponen feas, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos, extrayendo de la nada un valor extra con el que plantar cara a un entorno tan amenazante. La presión no sólo paraliza, también consigue que muchas personas se activen con una energía impensada. Ese ha sido el caso de aquellos que habiendo perdido el empleo (o habiendo abandonado un puesto de trabajo que no les satisfacía) decidieron jugárselo todo y montar su propia empresa. Impelidos por la crisis a dar una respuesta, eligieron aquello que conjugaba una cierta autonomía personal con una salida a los malos momentos. Ser el propio jefe no sonaba mal…
Poner en marcha un negocio (incluso cuando sólo consista en hacer negocio de sí mismo convirtiéndose en autónomo) es una situación muy exigente. Como me explicaJuan, un consultor en paro prolongado, el impulso primero es el de buscar un trabajo por cuenta ajena, y no sólo porque la crisis contribuya a retraer un poco más el impulso emprendedor. Para muchos profesionales, los trabajos que de verdad interesan sólo pueden encontrarse dentro de una gran empresa, y raramente la prestación de servicios como autónomo se convierte en otra cosa que en subempleo que conlleva muchas horas de trabajo y un salario incierto. Y si la opción es montar un negocio, tampoco el panorama parece muy propicio. En el pasado, me dice Juan, bastaba con encontrar un local en una buena zona, identificar las necesidades de ese área de población y dedicarle mucho esfuerzo. Desde las tiendas de ropa hasta las panaderías, pasando por quioscos de prensa o ferreterías, los pequeños negocios se montaban pensando en dar servicio a espacios acotados en los que se acababa por conocer a la mayor parte de los clientes. Pero hoy ese tipo de empresa está desapareciendo y tampoco han surgido oportunidades de negocio claras que faciliten el futuro a los pequeños emprendedores. Y como tercer elemento, tampoco la mentalidad general suele ser muy favorable a llevar a cabo iniciativas arriesgadas y absorbentes. Como me cuenta Juanun negocio propio conlleva dedicarle prácticamente todas las horas del día, y él ha decidido que quiere algo de tiempo para dedicarlo a sus aficiones
Que, a pesar de estos inconvenientes, haya muchas personas que se decidan a dar el paso es algo que nos muestra a las claras, señala José Luis González Pernía, investigador de la Universidad de Deusto, la carga de ansiedad que está detrás de la decisión. “El incremento de la actividad emprendedora suele provenir de personas que han agotado ya las prestaciones por desempleo, que no encuentran alternativa laboral y que deciden lanzarse a la acción motivadas por una cierta desesperación”. Es una opción de último recurso, en la que el objetivo final no es tanto montar una empresa como conseguir una fuente de ingresos. Eso explica también la escasa duración de esta clase de negocios, apunta González Pernía, ya que es usual que si se encuentra otra alternativa laboral se cierre la empresa. Además, al estar motivada la creación del negocio por la necesidad, es más que probable que no  ofrezca al mercado ninguna diferencia y que, por tanto, no cuente con una ventaja competitiva real.
El valor y la intrepidez, por tanto, no garantizan un buen resultado. La carga de ilusión y de esperanza que se ponen en el inicio del proyecto se convierten rápidamente en angustia cuando los primeros resultados hacen sospechar que se regresará a las listas del paro, pero ahora después de haber agotado los ahorros. El número de emprendedores entrampados en la que podría haber sido una buena solución es creciente, precisamente porque montar un negocio en los peores momentos de la crisis y sometidos a una situación de necesidad no es la mejor elección. 
Estas experiencias están volviendo a la sociedad mucho más retraída. Y no sólo porque se piense, al ver fracasos ajenos, que es mejor no meterse en problemas, sino porque está aumentando el número de gente que, como Juan, mira el negocio más como un sacrificio en el que se ahogan sus aspiraciones vitales que como un espacio en el que conseguir no sólo unos ingresos para vivir, sino una experiencia que nos realice. Pero, al mismo tiempo, no podemos decir que la frustración sea el sentimiento dominante, porque también ha habido un número menor pero interesante de emprendedores que han salido adelante, y a los que atravesar estos malos momentos les ha dado la autoestima suficiente como para acometer nuevos proyectos cuando la ocasión se les presente.
Cómo se rompe una sociedad
Esta mezcla de ilusiones, sentimientos y expectativas que afectan a la clase media dista mucho de recomponerse en una serie identificable de ideas y creencias que nos den una identidad clara. Más al contrario, si existe un signo que distinga nuestra época es la coexistencia de movimientos contradictorios y ambiguos cuya lectura dista mucho de resultar sencilla. Este momento, me dice José Félix Tezanos, catedrático de sociología y experto en el estudio de clases sociales, presenta características complejas que lo hacen duro de vivir y apasionante para estudiar. “Esta crisis está transformando de una manera profunda nuestros valores. Todos los sistemas cuentan con un modelo de motivaciones y de recompensas a través de los cuales se implica a sus integrantes. Si ese sistema no funciona, los lazos que unen a la sociedad comienzan a romperse”. Y ese es el instante en que nos hallamos, ya que todos los elementos que nos otorgaban un sentido de la comunidad están partiéndose en pedazos. El mejor ejemplo, señala Tezanos, aparece en esa percepción extendida de que el contrato social básico no se está cumpliendo. Desde luego, se da de forma muy evidente en esos trabajadores de más de 40 años que son rechazados por las empresas por el simple hecho de su edad pero también en personas de la tercera edad que ven cómo el capital acumulado durante la madurez ha de ser destinado a la supervivencia de sus hijos o nietos, o en jóvenes que ven sus expectativas de futuro balancearse con los vaivenes de la prima de riesgo. Algo se ha roto, y no parece que su arreglo sea rápido ni fácil. 
Una señal evidente de este deslizamiento hacia la pérdida de cohesión es la relación con las figuras de autoridad, a las que cada vez se cuestiona más. El caso máximo es el de los políticos, cuya credibilidad es escasísima. Pero eso no ha llevado, como era previsible, a un giro social hacia posiciones extremistas, ni tampoco ha provocado que surjan partidos radicales que canalicen la frustración, sino que “ha generado un descreimiento muy acentuado. No pensamos ni de lejos en que quienes están al frente de la sociedad, vayan a solucionar nada”, asegura Julián Santamaría, catedrático de ciencia política de la Universidad Complutense de Madrid. 
El problema de estas actitudes no es tanto que provoquen desafección, sino que generan una sociedad sin valores, anómica. Y de ahí a buscar soluciones puramente individuales sólo hay un paso. O dicho de otro modo, insiste Tezanos, de ahí a entender que estamos en una selva en la que todo está permitido para sobrevivir sólo hay un paso. El problema es de grandes dimensiones, porque la clase media era precisamente el estrato social que estabiliza las sociedades. Para pervivir, ha necesitado tomar como propios, al menos en tanto discurso, una serie de valores relacionados con la honestidad, la ética, el esfuerzo y el trabajo bien hecho que después irradiaban hacia el resto de la sociedad. Era una parte de la población poco dada a extremismos, que apostaba por las soluciones dialogadas y por el sentido común. Dicho de otro modo, si la anomia se extiende por el sustrato social que debía prestar fijeza a todo un sistema, será muy complicado que éste puede mantenerse sin graves tensiones.
Cierto es que no estamos aún en un escenario de descomposición social a lo América Latina, pero tampoco podemos estar seguros de que no sea ese el destino que nos espera. Como señala Carlos Fernández, “tenemos una sensación de colapso, de que las cosas no funcionan, de que estamos sujetos a realidades que no dominamos, que hace difícil predecir hacia dónde va a tirar el modelo. Vivimos en la incertidumbre, y de una manera muy desnuda. No sabemos hacia dónde van las cosas. Nos estamos adentrando en lo desconocido”. 





Altres pistes
Entrevistes a Esteban Hernández
Entrevista a Esteban HERNÁNDEZ a Diagonal Global (19-12-14)

https://www.diagonalperiodico.net/global/25053-la-clase-media-era-cortafuegos-frente-tendencias-fuertes-cambio.html
¿Nos encontramos ante el fin de la clase media?

Si seguimos por este camino, que es lo previsible,la clase media no sólo tendrá mucho menos integrantes, sino que se convertirá en socialmente irrelevante, por su escasez. Si nos fijamos sólo en términos económicos, es evidente que la clase media está fragilizándose en número y en recursos, pero todavía persiste una suerte de conciencia de clase media que hace que la gente se autoperciba como parte de ese estrato. En concreto, el 72% de los españoles afirmaba en julio de este año ser de clase media, lo cual es irreal si reparásemos únicamente en sus recursos materiales. Pero la gente continúa buscando estabilidad y continuidad en sus vidas, aspira a que las vidas de sus hijos sean mejores que las suyas, cree en la efectividad última de las normas (piensa que a la larga es mejor comportarse correctamente que tener comportamientos ilegales o inmorales), piensa que la democracia es un buen sistema y que basta con cambiar de políticos para que las cosas funcionen cuando se han torcido, y demás ideas que constituyeron el centro de nuestra sociedad en las últimas décadas. Es cierto que el espejo de la realidad no le devuelve una imagen acorde a su visión, pero todavía piensa que esto tiene remedio. Esta contradicción entre aquello en lo que cree, y aquello que espera, y lo que ve a su alrededor todos los días es la mejor definición de ser de clase media hoy.
¿Cuál fue la función de la clase media en la segunda mitad del siglo XX?

A  través de los ejemplos de la América de Ford y de la de Parsons, vemos como esas capas intermedias son las encargadas de asentar el sistema productivo y la misma organización social a partir de la oferta de nuevos elementos de legitimidad: cuentan con mejores salarios, mayores comodidades en la vida cotidiana, y mayor capacidad de autorrealización. Todos estos elementos, y alguno más, fueron ampliamente difundidos por medios y creaciones culturales conformando un imaginario muy útil, por ejemplo, para combatir el comunismo, pero también para incentivar la demanda interna en el consumo y la paz social en lo político. En ese contexto, la clase media era el cortafuegos frente a las tendencias de cambio fuertes, tanto desde la izquierda como desde la derecha, y también la que participaba más activamente en el sistema, votando, pagando impuestos, incluso desinteresándose políticamente a menudo, porque confiaba en él.

Señalas que “las capas sociales que surgieron del Estado de bienestar se han convertido en el problema número para el capitalismo”. ¿Por qué?

En primer lugar, porque el capitalismo lo ha decidido así. No se trata de que la clase media, dada la mala situación que está viviendo tras años de crisis, se haya vuelto antisistema, sino que es el capitalismo el que percibe personas, actitudes y valores de clase media como obsoletos y muy costosos, y por tanto como inconvenientes para los tiempos próximos. No es la clase media contra el capitalismo, lo que podrá o no ocurrir, sino que es el capitalismo contra la clase media. Y ha ocurrido porque hemos cambiado de sistema conservando el rótulo. Vivimos en un mundo muy distinto del que tuvo lugar hasta los 70 del siglo pasado, y diferente del que vivíamos hace 15 años, pero nos seguimos manejando con los conceptos que utilizábamos para analizar esos momentos. En las clases medias se reflejan muy bien esos cambios.
¿Qué explica el repliegue a lo familiar y a lo afectivo? ¿Por qué dices que buscamos en la vida sentimental la solidez que nos falta en la profesional?

Hasta ahora, y quizá los tiempos puedan estar cambiando, lo social y lo político ha interesado poco a los españoles, más allá de la ocasional participación en las elecciones. La mayoría de la gente se preocupa por su trabajo, y por aquello que está en su entorno cercano, pareja, hijos, familia, amigos, y es de ahí de donde extrae las mayores satisfacciones o insatisfacciones de su vida. Lo peculiar es que este alejamiento de lo político parecía proporcional a esa importancia de lo íntimo, en gran medida, porque al descreer de los representantes y de su acción, y al entender la política como un punto viciado, la gente regresaba a lugares donde había algo de verdad y de autenticidad, pero también en los que podía intervenir, en los que su presencia contaba. Esto se retrató muy bien en la música: el indie tuvo que ver con un repliegue sobre sí mismo, sobre las pasiones, los deseos ardientes y la vida interior intensa del artista y de quienes le escuchaban, mientras otros estilos, como 'la americana', nos hablaban de la vida cotidiana, de las relaciones entre personas, de las verdades de sentido común. Pero ambos se replegaron hacia lo personal precisamente porque entendían que político y lo social eran, por así decir, impuros y en última instancia, inútiles. Pero esta tendencia también tenía que ver con otro aspecto, a menudo olvidado: en la medida en que nos percibíamos con muy poca capacidad de acción para cambiar las cosas, tendíamos a volver la mirada hacia terrenos en los que sí podíamos recoger el fruto de  nuestras acciones. Cuanto más impotentes políticamente éramos, más mirábamos al interés personal o a la vida afectiva.
Tu libro, además, se puede leer como una especie de historia del rock y también del cine. ¿Qué te ha llevado a estudiar estos dos fenómenos?

La convicción de que los procesos que veíamos en el mundo cultural, y especialmente en esos dos terrenos, anticipaban lo que después vendría socialmente. En los 60 fue muy evidente, porque del entorno cultural surgió una revolución en las costumbres que iría encajándose en la sociedad años después, pero también porque muchas de las prácticas del sector dieron forma a la visión y la organización que las empresas de mayores dimensiones implantaron a partir de los 80, como bien recogen Boltanski y Chiapello en 'El nuevo espíritu del capitalismo'. Por tanto, la cultura (la música y el cine) eran campos fecundos para analizar los discursos que ahora están emitiéndose, y para intentar adivinar a su través lo que nos espera socialmente a corto plazo.
Analizas también las novedades que introdujo en este escenario el punk o el hip hop. ¿Cuáles fueron? ¿Cómo las percibió la clase media?

Fueron muchas y a menudo contradictorias. El punk, por ejemplo, significó una revitalización muy potente de las pequeñas unidades de producción, y agitó en buena medida las conciencias de quienes lo escuchaban, pero también fue uno de los pilares favoritos del entorno conservador que sustentaba a Margaret Thatcher para convencer a la población inglesa de que la sociedad iba por el peor camino y que hacían falta enormes reformas. Sid Vicious fue el personaje favorito de Thatcher. En el hip hop ocurre algo parecido, porque además de esa vitalidad, y de la posibilidad expresiva de los guetos, también arrastra una glorificación de valores puramente neoliberales, lo que es evidente en artistas con Kanye West o Jay Z y en movimientos como el gangsta rap, que por otra parte sirvieron para promover políticas securitarias muy intensas.
¿Qué elementos debería recoger una propuesta cultural contrahegemónica?

Habitualmente, suele contemplarse una propuesta cultural contrahegemónica desde la simple construcción de contenidos politizados, que inciten de una forma directa a la conciencia social. Lo que me parece mala idea, desde el punto de vista táctico, e ineficiente desde el punto de vista de su arraigo social. Cualquier creación cultural atraviesa por tres momentos: el de su producción, el de los procesos que la hacen visible y el de su distribución, cómo llega al destinatario final. Dado que el primer movimiento de los actores hegemónicos es estructural, la primera acción de resistencia debería funcionar en ese mismo plano, estableciendo mecanismos de producción, visibilidad y distribución que sean efectivos en un terreno que no les deja espacio. La producción de contenidos que nadie conoce no es contrahegemónica, es perder el tiempo. En segundo término creo que los contenidos directamente políticos son ineficaces. La cultura es cuestión de narrativas, de movilización de emociones y de construcción de sentido, y eso no se hace con canciones de dos minutos que dicen acaba con los políticos o pelea contra la policía. Funcionan bien en determinados ámbitos, que se sienten satisfechos con la difusión de la indignación, pero sólo funcionan en esos espacios, que son minoritarios y autorreferentes.
Al lado de estas formas de resistencia, ¿han surgido nuevas formas de autoridad y de liderazgo?

En realidad, no tanto. Desde el punto de vista empresarial es muy obvio que ha habido grandes cambios en las formas de organización y que, por tanto, han surgido nuevos tipos de liderazgo, pero si rasgas bajo su imagen, te encuentras con formas de dominación nuevas y con una dirección mucho más impositiva y menos colaborativa. La posibilidad de utilizar instrumentos para medir la productividad y la rentabilidad (poco precisos en términos cualitativos, pero que sí pueden establecer cuotas y porcentajes con facilidad), trasladan el control al propio trabajador o al productor por cuenta propia. El emprendedor de sí mismo o el generador de valor añadido, que es el modo de trabajo más frecuente hoy, lo es por su capacidad de autocontrolarse y de dirigirse donde le pide el mercado. El líder, en esos contextos, propicia esa aparente descentralización que no es más que la puesta en manos de cada cual de la capacidad de reajustarse. En la política, por su parte, las necesidades organizacionales continúan, por unos motivos u otros, priorizando estructuras fuertes en lugar de débiles.
¿Podemos ha comprendido que nos encontramos ante el fin de la clase media? Afirmas, además, que “Podemos ha jugado para la política española el mismo papel que la innovación disruptiva para cualquier sector mercantil”. ¿Por qué? ¿Esa función no la podían cumplir partidos como el Partido X?

No sé si Podemos lo ha entendido, creo que le falta una comprensión mayor del fenómeno y una mejor manera de acercarse a él. Pero lo que puede decirse es que esa clase media en declive sí ha comprendido a Podemos, hasta el punto de que buena parte de su voto viene de ese estrato social. Lo cual es importante políticamente porque va a ser además la fuerza social dominante en Europa, como estamos notando ya de una manera muy evidente en Europa del Sur, y quien mejor conecte con ese estrato más fácil tendrá gobernar.

Y no, el Partido X no podía cumplir esa función. Ésa es una equivocación muy frecuente, en particular en el mundo activista. Podemos ha cumplido el mismo papel que la innovación disruptiva porque ha conseguido tomar una idea en embrión y minoritaria, y llevarla a lo más alto, que es hoy lo difícil. Cualquiera puede montar un partido político, y cualquiera puede tener buenas ideas, pero lo definitivo no es esa aportación (que viene del mundo de la producción) sino la capacidad de visibilizarla y de distribuirla. En eso Podemos ha sido una formación muy brillante, porque ha sabido entender los tiempos. En lugar de hacer lo de siempre, trabajar en el ámbito de la base, de los movimientos sociales, y luego esperar que eso tomase forma, operaron al revés, tomando una idea, haciéndola visible y popular, y después asentándola a través de la tarea activista. El Partido X se quedó anclado en el pasado, y operó con las ideas que llevan a mucha gente que monta sus negocios a la ruina. Creyó que con una buena idea, con grandes dosis de innovación y con nuevos medios podía llegar muy lejos, cuando esa parte es menos relevante hoy. Tener una buena idea está muy bien, pero si nadie la conoce no sirve de nada. 

Entrevista a Esteban HERNÁNDEZ a MDCTV (22-10-14)

https://www.youtube.com/watch?v=pPhZ5-r1SFc
Entrevista a Esteban HERNÁNDEZ a Periodista Digital (26-11-14)

http://www.periodistadigital.com/ocio-y-cultura/libros/2014/11/26/esteban-hernandez-clase-media-desaparicion-politicos-sociedad-podemos.shtml
Audio de l'entrevista a Esteban HERNÁNDEZ a Barriupedia (10-12-14)

http://www.ivoox.com/barriupedia-el-fin-clase-media-esteban-audios-mp3_rf_3838124_1.html
Alguns articles d'Esteban Hernández
Esteban HERNÁNDEZ, “El problema con la clase media” a La Marea (3-11-14)

http://www.lamarea.com/2014/11/03/el-problema-con-la-clase-media/
En una intervención en el Congreso de jóvenes pensadores celebrado en el CENDEAC, César Rendueles hizo explícito algo evidente pero apenas tenido en cuenta, como es que la clase media es uno de los dos puntos ciegos (el otro es el estado) de la teoría marxista. Y bien puede decirse que este olvido, general entre la izquierda, se produce por no ser lo suficientemente marxistas y tomar los conceptos como algo cristalizado en una expresión esencial y no como algo que se va desplegando de formas muy diversas según las épocas. Malentender esto, obviando cómo la funcionalidad social de las capas medias se ha transformado radicalmente en las últimas décadas, nos arroja a seguir utilizando mecanismos teóricos que nos fueron útiles hace tres décadas pero que hoy no están operativos.

La clase media es claramente uno de ellos: no se trata de una capa social formada por un conjunto de profesionales que viven en urbanizaciones residenciales valladas y que se definen por ser racistas, clasistas y sexistas, ni tampoco la compone esa burguesía moralista siempre cercana al fascismo y ni siquiera son ya, como diría Bourdieu, la parte dominada de la clase dominante.



La clase media es hoy algo mucho más amplio, precisamente porque no tiene sólo que ver con los recursos materiales, sino que también incluye la autopercepción (una encuesta del CIS de julio de 2014 afirmaba que el 72% de los españoles se define de clase media, a pesar de que la realidad contradiga ampliamente esta percepción) y con un conjunto de valores, ligados a la estabilidad, la linealidad y el deseo de un futuro mejor. Es una clase social con poca cohesión, que debe lidiar con diversas contradicciones, que en cada época y en cada contexto las ha resuelto de una manera, y que precisamente por el lugar nuclear que ocupa, contribuye a estabilizar o a agitar una sociedad de una forma claramente perceptible. El mismo auge de Podemos nace en ese espacio: no han sido las masas obreras las que han tomado las calles, sino un montón de personas de clase media, entre los que había muchos estudiantes universitarios y muchos funcionarios, gente que había votado a partidos institucionales y gente a la que activó el descontento, la que ha provocado su éxito.

Se trata de una clase importante políticamente desde dos puntos de vista. En primer lugar, desde el estratégico, porque no hablamos de personas resentidas por haber perdido muchos de sus recursos y gran parte de su futuro, sino de un estrato social que se ha convertido en claramente disfuncional para un capitalismo que está tratando de acabar con él; los valores en que se sostiene de continuidad y estabilidad, pero también de defensa de las normas, son una piedra importante que el capitalismo del siglo XXI necesita remover. En segundo lugar, desde el social, porque es un potente foco de resistencia frente a un capitalismo decididamente antipuritano, como suele subrayar Santiago Alba, que odia todo tipo de anclajes y límites y que está tratando de asentar un mundo fluido, volátil y vitalmente frágil.

En este contexto, en lugar de analizar qué le ocurre a la mayoría de la gente, buena parte de la izquierda ha puesto sus esperanzas en una clase obrera inexistente hoy en España (no somos Gran Bretaña, donde esa cultura aún permanece) y que tendría su expresión más reciente en el mundo chav. Pero éstos son una apuesta dudosa, porque pueden acoger sin problema esa crítica que se hacía a las viejas clases medias, que estaban muy contentas con el sistema pero insatisfechas con su posición dentro de él. De modo que quizá sea mejor reparar en la realidad y apoyarse políticamente en una mayoría que está viviendo contradicciones poderosas y que puede ofrecer instrumentos de resistencia. Máxime cuando la energía política que han puesto en marcha a través del descontento puede canalizarse de maneras muy diferentes, y desde luego no liberadoras”.


Esteban HERNÁNDEZ, “El problema de la clase media: por qué nadie planta cara a Podemos” a El Confidencial (16-12-14)

http://www.caffereggio.net/2014/12/16/el-problema-de-la-clase-media-por-que-nadie-planta-cara-podemos-de-esteban-hernandez-en-el-confidencial/
El sistema tiende a la implosión. Llega un cambio de época, que reconfigurará el mapa político y acabará con el bipartidismo. La conclusión expuesta por José Antonio Zarzalejos elpasado fin de semana, que debería ser evidente para cualquier observador político con un mínimo de sentido común, está sorprendentemente ausente de los análisis de los partidos principales, e incluso del de algunos emergentes, como es el caso de Ciudadanos, que tampoco han reparado suficientemente en el momento crucial que estamos viviendo.

La tesis de Zarzalejos es que “la proletarización de las clases medias que han causado las políticas del PP, unida a la deslegitimación del sistema por la corrupción sistémica (es sistémica además de endógena)” ha acabado con la base de estabilidad del sistema, unas capas medias que cincelaron el bipartidismo. Una vez perdida esta base, parece que la mecha de la deslegitimación no podrá ser apagada. Nos aproximamos a “un fin de régimen, a un fin de época”, aun cuando los actores principales insistan que la obra sigue representándose y que atraerá a más público en breve.

Pero no es sólo la idea de Zarzalejos. En otro espacio del espectro político, Joaquín Estefanía insistía el pasado jueves en el IE Business School en otra cuestión obvia, pero que está pasando desapercibida. Las clases medias, en la medida en que buscaban estabilidad y continuidad, eran el sector social contrarrevolucionario por excelencia. Su función consistía en asentar el sistema, lo cual implicaba contener a ambos extremos y llevarnos lejos de tentaciones filofascistas o filocomunistas. Ese fue su papel durante décadas, pero no es el actual, apunta Estefanía, que ve en estas clases medias empobrecidas la evidente y extendida semilla del cambio. Podemos es hijo de esa tendencia, de unas capas que, hartas de ser defraudadas, optan por lo diferente en lugar de seguir apostando por lo mismo.



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