Taller de escritura creativa [La Vida es Sueño] 29/06/15 terror



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Los últimos años

En el mundo anglosajón

Señala Rafael Llopis que la época que él denomina neoterrorífica, datable en el primer tercio del siglo XX (Lovecraft y similares), «en la que el muerto deja paso a entes arcaicos, espíritus de la naturaleza, dioses antiguos que reclaman su poder y amenazan con destruir la mente con grandes dosis de pavor sagrado, fascinación y mysterium tremendum, [...] termina por desembocar en la ciencia-ficción, en cuyo seno sigue evolucionando». Y finalmente, tras diversas vicisitudes, «los cuentos de terror sangriendo y macabro, de vísceras y monstruos sádicos, constituyen una degradación de la línea evolutiva del cuento de miedo (infraterrorífica)».44 Por otra parte, a partir de los años 70 del siglo XX, se registran dos fenómenos significativos. En primer lugar, el terror literario muestra una acusada inclinación a la novela larga en detrimento del cuento. Además, se ha generalizado la llamada «banalización del terror», según advierte el historiador de este género S. T. Joshi, citando al editor estadounidense Stefan Dziemianowicz. Esta tendencia está muy relacionada con el gore (véase cine gore) y se aprecia aun más notoriamente en el medio televisivo.45

Entre los más conocidos autores contemporáneos, en su mayoría norteamericanos, hay que mencionar a Robert Aickman (“Las espadas”), T. E. D. Klein (“Los hijos del reino”), Dan Simmons (“El río Estigia fluye corriente arriba”), Ramsey Campbell (“La camada”), Peter Straub (“La esposa del general”), Dean Koontz (“Terra Phobia”), Theodore Sturgeon (“Segmento brillante”), los clásicos Richard Matheson (“A través de los canales”) y Ray Bradbury (“Y la roca gritó”), el joven (en los 80) y rompedor Clive Barker (“Terror”) y el omnipresente e irregular Stephen King (“La niebla”). Casi todos estos autores han cultivado con acierto la ciencia-ficción, especialmente Bradbury y Matheson.

El motivo era evidente, pero al principio la mente de Randy se negó a aceptarlo... Era demasiado imposible, demasiado demencialmente grotesco. Mientras miraba, algo tiraba del pie de Deke en el espacio entre dos de las tablas que formaban la superficie de la balsa acuática. Entonces vio el brillo opaco de la cosa negra, más allá del talón y los dedos del pie derecho sutilmente deformado de Deke; un brillo opaco en el que se movían giratorios y malévolos colores. La cosa se había apoderado del pie. («¡Mi pie!», gritó Deke, como para confirmar esta deducción elemental. «¡Mi pie, oh, mi pie, mi PIEEE!»).

“La balsa”, de Stephen King46

Aquí puede mencionarse además a dos importantes escritoras de dicha nacionalidad: la ya fallecida Shirley Jackson (“El hermoso desconocido”) y Joyce Carol Oates (“El rey del bingo”).



En castellano

Según Rafael Llopis, que sigue en esto al cubano Rogelio Llopis, «la literatura fantástica hispanoamericana, en primer lugar, no es gótica; es además sumamente ecléctica; pretende, por último, ampliar la percepción de la realidad. [...] incluye el humor, la sátira, el surrealismo, el realismo, el onirismo, y también lo terrorífico, lo cual recuerda mucho al concepto de le fantastique».47 La influencia de la literatura fantástica anglosajona se observa, sin embargo, muy señaladamente en la obra de los argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, a partir de las primeras décadas del siglo XX. Aunque el subgénero de cuento gótico o de terror no fue el más desarrollado por estos autores y por sus continuadores (Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock...), sí lo es el llamado cuento fantástico, que normalmente trata de recrear un proceso de extrañamiento operado en la vida cotidiana, mostrándose un punto de vista de la realidad poco corriente, a menudo con visos de terror a partir de esta situación.



Por tal motivo, en la obra de Borges y Bioy se rinde culto a los por ellos considerados maestros de la narrativa breve: Edgar Allan Poe, R. L. Stevenson, G. K. Chesterton, Lord Dunsany, Nathaniel Hawthorne, Henry James, lo que se advierte en las colecciones que editaron en los años 50, en Buenos Aires, que incluyen a éstos y otros muchos autores ingleses y estadounidenses de terror, del género policial y de misterio.



El argentino Julio Cortázar.

De habla hispana, cabe mentar como auténticos especialistas en el cuento de miedo, a tres continuadores de Edgar Allan Poe en castellano, el peruano Clemente Palma (1872-1946, colección Cuentos malévolos), el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937: “El síncope blanco”) y el argentino Julio Cortázar (1914-1984): “Casa tomada”, “Todos los fuegos el fuego”, “La noche boca arriba”...

El mexicano Carlos Fuentes ha dedicado varias obras al género (“Aura”, Cumpleaños”, Inquieta compañía). Otro mexicano, el gran cuentista Juan Rulfo (1918-1986), pionero del realismo mágico, es considerado a veces escritor de terror, aparte de por su novela de espectros Pedro Páramo, por relatos breves como “Luvina” o “Talpa”. También han contribuido al género a lo largo del siglo XX los argentinos Leopoldo Lugones (“La loba”) y Santiago Dabove (“Ser polvo”), el cubano Virgilio Piñera (“La carne”), el uruguayo Felisberto Hernández (colección La casa inundada), el venezolano Salvador Garmendia (“Claves”) y el mexicano Juan José Arreola (“La migala”), entre otros.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne.

“La noche boca arriba”, de Julio Cortázar48

En España, aparte del ya mencionado Bécquer, a lo largo de los siglos XIX y XX, escribieron cuentos de miedo, entre otros, autores destacados como Agustín Pérez Zaragoza (colección Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas), Emilia Pardo Bazán (“La resucitada”), Pedro Antonio de Alarcón (“La mujer alta”), Wenceslao Fernández Flórez (“El claro en el bosque”), Pío Baroja (“Médium”), Miguel de Unamuno (“El que se enterró”) y Noel Clarasó (“Más allá de la muerte”). Y más modernamente: Emilio Carrere (“La casa de la cruz”), Juan Perucho (colección Aparicions i fantasmes), Alfonso Sastre (colección Las noches lúgubres), Juan Benet (“Catálisis”), Leopoldo María Panero (“El lugar del hijo”), José María Merino (“Los libros vacíos”), Javier Marías (“No más amores”), Luis Mateo Díez (“Los males menores”), Cristina Fernández Cubas (“El ángulo del horror”), Pilar Pedraza (“Anfiteatro”), José María Latorre (“La noche de Cagliostro”), Gregorio Morales (“El devorador de sombras”), Ángel Olgoso (“Los demonios del lugar”).

Otros autores españoles se encuentran inscritos en la Asociación Española de Escritores de Terror, “Nocte”, la cual agrupa a más de treinta miembros. En la Historia natural de los cuentos de miedo, se asignan varios rasgos distintivos a la actual literatura de terror en España, algunos de los cuales pueden observarse asimismo en Hispanoamérica: falta de una tradición vernácula; confusión con "lo fantástico"; resabios de la antigua censura, prejuicios y subestimación por motivos culturales y religiosos; políticas académicas y editoriales poco positivas, etc.49

Oí un coche. Luego, otra vez los lejanos ladridos de Cabala. Abrí precipitadamente la bolsa, tomé el cadáver y lo coloqué en la cuna. Estaba más amoratado aún, frío y marchito como una reliquia antigua. Corrí a la bay window y miré a la calle. Todo permanecía en su habitual inmovilidad, aterido, como una ciudad dormida en un recodo del tiempo. Era un trozo olvidado del mundo, un lugar inmerso en devastada soledad, lo que se ofrecía a mis ojos.

“El devorador de sombras”, de Gregorio Morales50



Publicaciones en castellano

Las editoriales en castellano nunca han parecido muy dispuestas a fomentar el género entre las nuevas generaciones de escritores. No obstante, concretamente en España, desde los años 60 del siglo XX, no han dejado de aparecer antologías de relatos macabros procedentes de poderosos sellos editoriales anglosajones, prefiriéndose la importación del material a la creación vernácula. Tenemos así las múltiples ediciones en rústica de Editorial Bruguera (Las mejores historias insólitas, Las mejores historias de ultratumba, Las mejores historias de fantasmas...), a cargo de compiladores de prestigio en la materia como Kurt Singer, Forrest J. Ackerman o A. van Hageland, así como las numerosas ediciones a cargo de las editoriales, alguna de ellas ya desaparecida, Minotauro, Grijalbo, Molino, Acervo, Ultramar, Géminis, Fontamara, Versal, Uve, Siruela, Vértice, etc.

De Alianza Editorial contamos con las cuidadas selecciones de Rafael Llopis antes citadas, traducidas por él mismo con la ayuda del traductor y gran especialista Francisco Torres Oliver (Premio Nacional de Traducción), quien desarrolló desde entonces, por su cuenta, una intensa y brillante labor en este campo. Editorial Edhasa publicó en 1989 la canónica Historias de fantasmas de la literatura inglesa, de Cox y Gilbert. Ed. Martínez Roca había sacado en 1977 la también excelente Relatos maestros de terror y misterio, editada por Agustí Bartra. Esta misma editorial, en los años 80 y 90, ofertó nutridas selecciones de revistas norteamericanas de importancia, como Twilight Zone (Dimensión Desconocida), que suponen un amplio muestrario de las últimas y eclécticas tendencias. Más recientemente, de la especializada Editorial Valdemar, junto a otros muchos títulos, Felices pesadillas, en dos generosos volúmenes, y han surgido iniciativas nuevas como las protagonizadas por las editoriales Jaguar, Saco de Huesos, Factoría de Ideas, Salto de Página, Páginas de Espuma, La Biblioteca de Babel, etc.

Hitos del género

Tomando como referencia los títulos que se acaban de citar, podría aventurarse una lista selecta de cuentos de terror, en orden a la especial atención que han recibido tradicionalmente por parte de antologistas y críticos:

El gato negro”, “La caída de la casa Usher”, “El barril de amontillado”, “El corazón delator”, de Edgar Allan Poe. “El horror de Dunwich”, “La sombra sobre Innsmouth”, de Lovecraft. “El Horla”, de Maupassant. “Un terror sagrado”, “La ventana tapiada”, de Ambrose Bierce. “El rincón alegre”, de Henry James. *“El enemigo”, de Chejov. “Té verde”, de Sheridan Le Fanu. “El armario”, de Thomas Mann. “La pata de mono”, de W. W. Jacobs. “Silba y acudiré”, de M. R. James. “El guardavías”, de Dickens. “Las ratas del cementerio”, de Henry Kuttner. *“Una rosa para Emily”, de Faulkner. *“Luvina”, de Juan Rulfo. *“El médico rural”, de Kafka. *“Las hermanas”, de Joyce. “El fumador de pipa”, de Martin Armstrong. “El burlado”, de Jack London. “Vinum Sabbati” ( o “El polvo blanco”), “El gran dios Pan”, de Arthur Machen. “Janet, la del cuello torcido”, de Stevenson. “El Wendigo”, de Algernon Blackwood. “La casa del juez”, de Bram Stoker. “Casa tomada”, de Julio Cortázar. “La balsa”, de Stephen King.

(*Antologados como cuentos de misterio y terror por Agustí Bartra en la citada colección.51 )



La lista puede ampliarse indefinidamente:

Ligeia”, “Berenice”, “El retrato oval”, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar” de Edgar Allan Poe. “El ser en el umbral”, “El que susurra en la oscuridad”, “La sombra fuera del tiempo”, “La llamada de Cthulhu”, “Las ratas en las paredes”, “El Sabueso”, de Lovecraft. “La noche”, de Maupassant. “La renta espectral”, de Henry James. “Schalken el pintor”, “El fantasma de la señora Crowl”, de Sheridan Le Fanu. “El conde Magnus”, “El maleficio de las runas”, “Panorama desde la colina”, “Mr. Humphreys y su herencia”, “El diario de Mr. Poynter”, “Los sitiales de la catedral de Barchester”, “El grabado”, de M. R. James. “El pueblo blanco”, “El sello negro”, “La pirámide resplandeciente”, “N”, de Arthur Machen. “Olalla”, “El ladrón de cadáveres”, de Stevenson. “Los sauces”, “Antiguas brujerías”, “Descenso a Egipto”, de Algernon Blackwood. “La habitación de la torre”, de E. F. Benson. “El hijo”, “El espectro”, “El almohadón de plumas”, “La gallina degollada”, de Horacio Quiroga. “Circe”, “Cartas de mamá”, “La noche boca arriba”, “Las babas del diablo”, de Julio Cortázar. “Crouch End”, “Soy la puerta”, “A veces vuelven”, de Stephen King. “La novia”, de M. P. Shiel. “La trama celeste”, “En memoria de Paulina”, de Adolfo Bioy Casares. “La puerta en el muro”, de H. G. Wells. “¿Qué es esto?”, de Fitz James O'Brien. “La nave abandonada”, “La nave de piedra”, de William Hope Hodgson. “El vampiro”, de John William Polidori, “El osito de felpa del profesor”, de Theodore Sturgeon. “Los veraneantes”, de Shirley Jackson. “El joven Goodman Brown”, “La hija de Rappaccini”, de Nathaniel Hawthorne. “John Barrington Cowles”, de Arthur Conan Doyle. “La marca de la bestia”, “La extraña cabalgada de Morrowbie Jukes”, de Rudyard Kipling. “El beso”, de Gustavo Adolfo Bécquer. “La araña”, de H. H. Ewers. “Porque la sangre es vida” de F. Marion Crawford. “Vera”, de Villiers de L´Isle-Adam. “La familia del vurdalak”, de Alekséi Nikoláyevich Tolstói. “Hijo del alma”, de Emilia Pardo Bazán. “El jardín del Montarto”, “Era una presencia muerta”, de Noel Clarasó. “El grano de la granada”, de Edith Wharton. “El olor”, de P. McGrath. “Ovando”, de J. Kincaid. “Mirad allí arriba”, de H. Russell Wakefield. “El patio”, “La tercera expedición”, “Los hombres de la Tierra”, de Ray Bradbury. “Lord Mountdrago”, de William Somerset Maugham. “Bethmoora”, “La oficina de cambio de males”, de Lord Dunsany. “De profundis”, de Walter de la Mare. “Los perros de Tíndalos”, de Frank Belknap Long. “La reina muerta”, de R. Coover. “El papel amarillo”, de Charlotte P. Gilman. “El valle de lo perdido”, de Robert E. Howard. “El escultor de gárgolas”, “El final de la historia”, de Clark Ashton Smith. “Voces quedas en Passenham”, de T. H. White. “Los cicerones”, de Robert Aickman. “Fullcircle”, de John Buchan. “Et in sempiternum pereant”, de Charles Williams. “El monje negro”, de Antón Chéjov...

http://paginasdeagua.blogspot.com.es/2010/02/el-genero-de-terror-en-la-literatura.html



http://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_de_terror


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