Sugerencias Guadalupanas



Descargar 387.5 Kb.
Página1/10
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño387.5 Kb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

Leandro Chitarroni



Sugerencias Guadalupanas

para meditaciones, charlas u homilías

Prólogo de Monseñor Diego Monroy Ponce

Vicario General y Episcopal de Guadalupe

y Rector del Santuario

Leandro Chitarroni

Enero del año 2005 después del parto de la Virgen


Chitarroni, Leandro Horacio

Sugerencias Guadalupanas: para meditaciones, charlas u homilías / Leandro Horacio; con prólogo de: Diego Monroy Ponce. – 1a.ed. - Buenos Aires: el autor, 2005.

108 p.; 22x15 cm.
ISBN 987-43-8732-7
1. Nuestra Señora de Guadalupe-Enseñanzas. I. Monroy Ponce, Diego, prolog. II. Título

CDD 242.6


Primera edición, enero de 2005
Nada obsta a la Fe y a la Moral católicas para su publicación

Pbro. Dr. José C. Caamaño


Puede imprimirse

S.E.R. Mons. Héctor S. Cardelli, Obispo de la Diócesis de San Nicolás

San Nicolás, 3 de enero de 2005

ISBN 987-43-8732-7

Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723
Corrección: Mons. Dr. José L. Guerrero Rosado y Dra. Ana M. Rodríguez Francia

Diseño: Lic. María del Mar Chitarroni y Pbro. Dr. Leandro H. Chitarroni

Foto de tapa: Lic. Ricardo Galindo

Pbro. Dr. Leandro H. Chitarroni, Nación 33, (2900) San Nicolás, Bs. As., Argentina


«¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre?

¿No estás bajo mi sombra y resguardo?

¿No soy la fuente de tu alegría?

¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?

¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»

versículo 119 Nican mopohua

Con mucha gratitud

a Nuestra Madre de Guadalupe,

a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

y a los más pobres.

Con gran admiración

a José Luis Guerrero Rosado,

a José Carlos Caamaño y a José Luis Aramburu.

Padres y amigos que Dios me regaló.

Índice

Fuentes sobre el acontecimiento guadalupano y el Nican mopohua 94

Informes 94

Tesis 94

Revistas 94

Bibliografía 95

Fuentes sobre educación, literatura e historia de México 102

Revistas 102

Bibliografía 102





Prólogo

Al momento de las apariciones de María Santísima de Guadalupe, diciembre de 1531, las características culturales de españoles e indios en México hacían humanamente imposible la comprensión, y aun la comunicación, de unos para con otros, y precisamente en el punto que más les importaba a unos y otros comunicarse: en el de la religión. Ambos pueblos daban a esto un nivel de absoluta prioridad en sus vidas, y ambos estaban absolutamente convencidos de estar en lo cierto y de que el otro estaba en un craso error, y tanto que la muerte no era algo remoto, pues ambos estaban decididos a inflingirla o a sufrirla antes que cambiar.

Los indios amaban como nadie su cultura, de la que era parte inseparable su religión, y ese era el mismo caso de los misioneros españoles, quienes por eso no podían plantearles el Cristianismo sino como absolutamente incompatible con su tradición y su pasado:

«...si queréis contemplar,
si queréis admirar
su reino, su riqueza,
del Dador de la vida,
lo que aquí en la tierra se guarda
y si queréis ir allá,
si allá queréis entrar en el cielo,
donde reside
el Dador de la vida, Jesucristo,
mucho a vosotros os hace falta
que aborrezcáis,
despreciéis,
no queráis bien,
escupáis
a aquellos a los que habéis andado teniendo por dioses,
a aquellos que considerabáis como dioses,
porque en verdad no son dioses,
porque ellos sólo se burlan de la gente...»1

La inevitable respuesta india era que «...en lo que toca a nuestros dioses antes moriremos que dexar su seruicio y adoración...»2. Ellos estaban dispuestísimos a mejorar su religión, pero a cambiarla, jamás.



En esas circunstancias imposibles, el 9 de diciembre de 1531, llega una maestra, que en sólo cuatro días, con pocas palabras y pocas acciones, logra lo imposible: que unos y otros la acepten, acepten su enseñanza y se acepten unos a otros, y esto sin engañar, confutar o refutar a ninguno, sino manifestando a ambos su amor incondicional, culminado en la entrega de su Hijo, y manejando con habilidad portentosa los valores y conocimientos de los dos.

El P. Leandro Horacio Chitarroni de Rosa, Doctor en Educación por la Universidad Católica de Santa Fe, Argentina, dedicó su Tesis al aspecto pedagógico del Acontecimiento Guadalupano, que por obvio había pasado para nosotros inadvertido: el de la Virgen Santísima como pedagoga, como maestra experta en enseñar y formar a discípulos casi imposibles.

Su Tesis: “El Modelo Pedagógico de Nuestra Señora de Guadalupe en el Nican Mopohua” es una seria obra académica, que le mereció del Tribunal los mayores elogios, redactada con solidez y seriedad científica, pero ahora nos brinda eso mismo en un lenguaje más llano y con énfasis en sugerirnos lo que de ahí podemos desprender para nuestro propio aprovechamiento espiritual, tanto propio como ajeno, en meditaciones personales, charlas, homilías, en forma breve pero densa, que permite profundizar o ampliar indefinidamente cuanto gustemos.

No queda sino agradecer al P. Leandro su esfuerzo y su generosidad en compartírnoslo, así como recomendar a todos su lectura.

Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

México (D. F.), septiembre de 2004

Mons. Diego Monroy Ponce

Vicario General y Episcopal de Guadalupe Rector del Santuario

Introducción

Sobre todo por el pedido de dos personas muy queridas, surgió esta obra que nace luego de mucha gestación. Por la solicitud de Monseñor Juan Aranguren Uciega, Canónigo y Sacristán Mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, y del Licenciado Ricardo Galindo, encargado del sitio de internet de la misma Basílica. A ellos y a muchos otros, que la Virgencita me regaló conocer en su casita del Tepeyac, nunca podré agradecer lo suficiente toda su generosidad para conmigo.

El interés inicial estaba referido a sólo proponer algunas sugerencias para homilías guadalupanas. Con el correr del trabajo y del tiempo, en el diálogo con numerosas personas, nos dimos cuenta de que el contenido de dichas sugerencias, también puede abonar la oración personal y las charlas de cualquier persona que tenga interés en dejarse animar hoy por San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, amando, rezando y difundiendo el acontecimiento siempre actual suscitado por Nuestra Señora de Guadalupe desde 1531.

El contenido de los distintas meditaciones propuestas, en ocasiones distribuido en diversos subtítulos, puede enriquecer una o varias de las mismas. Haciendo lectura y oración de ese contenido, poco a poco se pueden ir interrelacionando y fecundando mutuamente muchas de ellas. Y así con estas sugerencias, quiera Dios, cada uno podrá ir armando otras nuevas y aún mejores, vinculando lo guadalupano no sólo entre sí, sino también y sobre todo, con la propia existencia personal y comunitaria. Que hoy, tal vez con más urgencia que nunca, está llamada a concretarse buscando un mundo mejor, menos intolerante y sombrío, sin excluidos de ninguna especie, algo a lo que nos desafía y nos puede ayudar mucho la Amada Niña Celestial.

Antes de la serie de sugerencias, presentamos el texto completo del Nican mopohua3, obra literaria que es considerada la más autorizada descripción en escritura fonética de la intervención de la Virgen María en México, entre los días 9 y 12 de diciembre de 1531. Su narrativa presenta los hechos fundantes y trascendentes del acontecimiento guadalupano ocurridos en dichos días, como así también sus consecuencias inmediatas. Consecuencias que sabemos se prolongan hasta nuestros días, a través de diversas manifestaciones y expresiones de devoción y religiosidad popular.

A continuación, inspiradas en la interpretación profunda del Nican mopohua, hacemos las sugerencias guadalupanas. Ellas, que esperamos poder complementar con otras a publicar en el futuro, se refieren sucesivamente a la misma persona y proceder de Nuestra Señora de Guadalupe, de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y de Fray Juan de Zumárraga y, finalmente, algunas se centran en cada una de las cuatro apariciones de la Virgencita al indio santo del Tepeyac.

Dichas sugerencias terminan con una serie de breves ideas, en afirmación o interrogación, que nos iluminan en la búsqueda de apropiaciones, propósitos o respuestas vitales concretas, que nos podremos plantear al ir recorriendo esta obra. Esas ideas, culminadas en puntos suspensivos, no agotan su tema y se constituyen así en unas guías abiertas de aterrizajes personales y comunitarios, que ojalá alimenten decisiones que nos ayuden a encarnar con creciente fidelidad en lo cotidiano nuestro ser guadalupano. Con rostros y corazones cada vez más sabios y afirmados en el bien4, al orientarnos en el redescubrimiento de las enseñanzas de su acontecimiento originario, y en su aprovechamiento para vivir más cristiana y lúcidamente las novedades de nuestro presente histórico.

Recomendamos para un mayor fecundidad de este material, una previa y completa lectura del Nican mopohua, como así también la relectura de los versículos del mismo que tengan que ver con cada una de las sugerencias, al utilizar el contenido de cada una de ellas para meditaciones, charlas u homilías.



El Nican Mopohua

Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, Nuestra Reina, allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe5.

Primero se hizo ver de un indito, su nombre Juan Diego; y después se apareció su Preciosa Imagen delante del reciente Obispo Don Fray Juan de Zumárraga.

  1. Diez años después de conquistada la ciudad de México, cuando ya estaban depuestas las flechas, los escudos, cuando por todas partes había paz en los pueblos,

  2. así como brotó, ya verdece, ya abre su corola la fe, el conocimiento de Aquél por quien se vive: el verdadero Dios.

  3. En aquella sazón, el año 1531 a los pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un indito, un pobre hombre del pueblo,

  4. su nombre era Juan Diego, según se dice, vecino de Cuauhtitlán,

  5. y en las cosas de Dios, en todo pertenecía a Tlatilolco.

  6. Era sábado, muy de madrugada, venía en pos de Dios y de sus mandatos.

  7. Y al llegar cerca del cerrito llamado Tepeyac ya amanecía.

  8. Oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos; al cesar sus voces, como que les respondía el cerro, sobremanera suaves, deleitosos, sus cantos sobrepujaban al del coyototl y del Tzinitzcan y al de otros pájaros finos.

  9. Se detuvo a ver Juan Diego. Se dijo: ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños?

  10. ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial?

  11. Hacia allá estaba viendo arriba del cerrillo, del lado de donde sale el sol, de donde procedía el precioso canto celestial.

  12. Y cuando cesó de pronto el canto, cuando dejó de oírse, entonces oyó que lo llamaban, de arriba del cerrito, le decían: "JUANITO, JUAN DIEGUITO".

  13. Luego se atrevió a ir a donde lo llamaban; ninguna turbación pasaba en su corazón ni ninguna cosa lo alteraba, antes bien se sentía alegre y contento por todo extremo; fué a subir al cerrillo para ir a ver de dónde lo llamaban.

  14. Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo, cuando lo vió una Doncella que allí estaba de pie,

  15. lo llamó para que fuera cerca de Ella.

  16. Y cuando llegó frente a Ella mucho admiró en qué manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza:

  17. Su vestido relucía como el sol, como que reverberaba,

  18. Y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos;

  19. el resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca - todo lo más bello- parecía;

  20. la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoiris en la niebla.

  21. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro.

  22. En su presencia se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía y estimaba mucho.

  23. Le dijo: "Escucha hijo mío el menor, juanito. ¿A dónde te diriges?”

  24. Y él le contestó: "Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor, nuestros Sacerdotes".

  25. En seguida, con esto dialoga con él, le descubre su preciosa voluntad;

  26. le dice: “Sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la Perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada.

  27. En donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto:

  28. Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación:

  29. Porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva,

  30. tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno,

  31. y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí,

  32. porque ahí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.

  33. Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.

  34. Y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré.

  35. que por ello te enriqueceré, te glorificaré.

  36. y mucho de allí merecerás con que yo te retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a solicitar el asunto al que te envío.

  37. ya has oído, hijo mío el menor, mi aliento, mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte”.

  38. E inmediatamente en su presencia se postró; le dijo: "Señora mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; por ahora de Tí me aparto, yo, tu pobre indito".

  39. Luego vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino a encontrar la calzada, viene derecho a México.

  40. Cuando vino a llegar al interior de la ciudad, luego fué derecho al Palacio del Obispo, que muy recientemente había llegado, Gobernante Sacerdote; su nombre era D. Fray Juan de Zumárraga, Sacerdote de San Francisco.

  41. En cuanto llegó, luego hace el intento de verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes, que vayan a decírselo;

  42. después de pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó el Señor Obispo que entrara.

  43. Y en cuanto entró, luego ante él se arrodilló, se postró, luego ya le descubre, le cuenta el precioso aliento, la preciosa palabra de la Reina del Cielo, su mensaje, y también le dice todo lo que admiró, lo que vió, lo que oyó.

  44. Y habiendo escuchado toda su narración, su mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto,

  45. le respondió, le dijo: "Hijo mío, otra vez vendrás, aún con calma te oiré, bien aún desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad, tu deseo".

  46. Salió; venía triste, porque no se realizó de inmediato su encargo.

  47. Luego se volvió, al terminar el día, luego de allá se vino derecho a la cumbre del cerrillo,

  48. y tuvo la dicha de encontrar a la Reina del Cielo: allí cabalmente donde la primera vez se le apareció, lo estaba esperando.

  49. Y en cuanto la vió, ante Ella se postró, se arrojó por tierra, le dijo:

  50. "Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra, aunque difícilmente entré a donde es el lugar del Gobernante Sacerdote, lo ví, ante él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste.

  51. Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por cierto.

  52. Me dijo: "Otra vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aún desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad.

  53. Bien en ello miré, según me respondió, que piensa que tu casa que quieres que te hagan aquí, tal vez yo nada más lo invento, o que tal vez no es de tus labios;

  54. mucho te suplico, Señora mía, Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean.

  55. Porque en verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mí detenerme allá a donde me envías, Virgencita mía, Hija mía menor, Señora Niña;

  56. Por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro, tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía".

  57. Le respondió la perfecta Virgen, digna de honra y veneración:

  58. Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargué que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad;

  59. pero es muy necesario que tú, personalmente vayas, ruegues que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.

  60. y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo.

  61. y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido.

  62. y bien, de nuevo dile de que modo yo, personalmente, la Siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando”.

  63. Juan Diego, por su parte, le respondió, le dijo: "Señora mía, Reina, Muchachita mía, que no angustie yo con pena tu rostro, tu corazón; con todo gusto iré a poner por obra tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni estimo por molesto el camino.

  64. Iré a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré oído, y si fuere oído quizás no seré creído.

  65. Mañana en la tarde, cuando se meta el sol, vendré a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me responda el Gobernante Sacerdote.

  66. Ya me despido de Tí respetuosamente, Hija mía la más pequeña, Jovencita, Señora, Niña mía, descansa otro poquito”.

  67. Y luego se fué él a su casa a descansar.

  68. Al día siguiente, Domingo, bien todavía en la nochecilla, todo aún estaba oscuro, de allá salió, de su casa, se vino derecho a Tlatilolco, vino a saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en lista; luego para ver al Señor Obispo.

  69. Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado: se había oído Misa y se había nombrado lista y se había dispersado la multitud.

  70. Y Juan Diego luego fué al palacio del Señor Obispo.

  71. Y en cuanto llegó hizo toda la lucha por verlo, y con mucho trabajo y otra vez lo vió;

  72. a sus pies se hincó, lloró, se puso triste al hablarle, al descubrirle la palabra, el aliento de la Reina del Cielo,

  73. que ojalá fuera creída la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen, de hacerle, de erigirle su casita sagrada, en donde había dicho, la quería.

  74. Y el Gobernante Obispo muchísimas cosas le preguntó, le investigó, para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella; todo absolutamente se lo contó al Señor Obispo.

  75. Y aunque todo absolutamente se lo declaró, y en cada cosa vió, admiró que aparecía con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen, la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro Salvador Nuestro Señor Jesucristo,

  76. sin embargo, no luego se realizó.

  77. Dijo que no sólo por su palabra, su petición se haría, se realizaría lo que él pedía,

  78. que era muy necesaria alguna otra señal para poder ser creído cómo a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona.

  79. Tan pronto como lo oyó Juan Diego, le dijo al Obispo:

  80. "Señor Gobernante, considera cuál sería la señal que pides, porque luego iré a pedírsela a la Reina del Cielo que me envió".

  81. Y habiendo visto el Obispo que ratificaba, que en nada vacilaba ni dudaba, luego lo despacha.

  82. Y en cuanto se viene, luego les manda a algunos de los de su casa en los que tenía absoluta confianza, que lo vinieran siguiendo, que bien lo observaran a dónde iba, a quién veía, con quién hablaba.

  83. Y así se hizo. Y Juan Diego luego se vino derecho. Siguió la calzada,

  84. y los que lo seguían, donde sale la barranca cerca del Tepeyac, en el puente de madera lo vinieron a perder. Y aunque por todas partes buscaron, ya por ninguna lo vieron.

  85. Y así se volvieron. No sólo porque con ello se fastidiaron grandemente, sino también porque les impidió su intento, los hizo enojar.

  86. Así le fueron a contar al Señor Obispo, le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron cómo nomás le contaba mentiras, que nada más inventaba lo que venía a decirle, o que sólo soñaba o imaginaba lo que le decía, lo que le pedía.

  87. Y bien así lo determinaron que si otra vez venía, regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente lo castigarían, para que ya no volviera a decir mentiras ni a alborotar a la gente.

  88. Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del Señor Obispo;

  89. la que, oída por la Señora, le dijo:

  90. Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido;

  91. con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de tí sospechará;

  92. Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido;

  93. Ea, vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.

  94. Y al día siguiente, Lunes, cuando debía llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió.

  95. Porque cuando fué a llegar a su casa, a un su tío, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad, y estaba muy grave.

  96. Aún fué a llamarle al médico, aún hizo por él, pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.

  97. Y cuando anocheció, le rogó su tío que cuando aún fuera de madrugada, cuando aún estuviera oscuro, saliera a llamar a Tlatilolco algún Sacerdote para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo,

  98. porque estaba seguro de que ya era el tiempo, ya el lugar de morir, porque ya no se levantaría, ya no se curaría.

  99. Y el Martes, siendo todavía mucho muy de noche, de allá vino a salir, de su casa, Juan Diego, a llamar el Sacerdote a Tlatilolco,

  100. y cuando ya acertó a llegar al lado del cerrito terminación de la sierra, al pie, donde sale el camino, de la parte en que el sol se mete, en donde antes él saliera, dijo:

  101. "Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea esta Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al gobernante eclesiástico como me lo mandó;

  102. que primero nos deje nuestra tribulación; que antes yo llame de prisa al Sacerdote religioso; mi tío no hace más que aguardarlo".

  103. Enseguida le dió la vuelta al cerro, subió por en medio y de ahí atravesando, hacia la parte oriental fue a salir, para rápido ir a llegar a México para que no lo detuviera la Reina del Cielo.

  104. Piensa que por donde dió la vuelta no lo podrá ver la que perfectamente a todas partes está mirando.

  105. La vió cómo vino a bajar de sobre el cerro, y que de allí lo había estado mirando, de donde antes lo veía.

  106. Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro, le vino a atajar los pasos; le dijo:

  107. ¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?”.

  108. Y él, ¿tal vez un poco apenado, o quizá se avergonzó?, ¿o tal vez de ello se espantó, se puso temeroso?

  109. En su presencia se postró, la saludó, le dijo:

  110. "Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?

  111. Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón; te hago saber, Muchachita mía, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío.

  112. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella.

  113. Y ahora iré de prisa a tu casita de México, a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros Sacerdotes, para que vaya a confesarlo y a prepararlo,

  114. porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos a esperar el trabajo de nuestra muerte.

  115. Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí otra vez volveré para ir a llevar tu aliento, tu palabra, Señora, Jovencita mía.

  116. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa".

  117. En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:

  118. Escucha, ponlo en tu corazón hijo mío el menor, que no es nada lo que espanto, lo que te afligió que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva.

  119. ¿No estoy aquí, yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

  120. Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno”.

  121. (Y luego en aquél mismo momento sanó su tío, como después se supo.)

  122. Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra, el amable aliento de la Reina del Cielo, muchísimo con ello se consoló, bien con ello se apaciguó su corazón,

  123. y le suplicó que inmediatamente la mandara a ver al Gobernante Obispo, a llevarle algo de señal, de comprobación, para que creyera.

  124. Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrillo, en donde antes la veía;

  125. Le dijo: “Sube, hijo mío el menor a la cumbre del cerrillo, a donde me viste y te dí órdenes;

  126. allí verás que hay variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas; luego baja aquí; tráelas aquí, a mi presencia”.

  127. Y Juan Diego luego subió al cerrillo,

  128. y cuando llegó a la cumbre, mucho admiró cuantas había, florecidas, abiertas sus corolas, flores las más variadas, bellas y hermosas, cuando todavía no era su tiempo;

  129. porque de veras que en aquella sazón arreciaba el hielo;

  130. estaban difundiendo un olor suavísimo; como perlas preciosas, como llenas de rocío nocturno.

  131. Luego comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de su tilma.

  132. Por cierto que en la cumbre del cerrito no era lugar en que se dieran ningunas flores, sólo abundan los riscos, abrojos, espinas; nopales, mezquites,

  133. y si acaso algunas hierbecillas se solían dar, entonces era el mes de Diciembre, en que todo lo come, lo destruye el hielo.

  134. Y en seguida vino a bajar, vino a traerla a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar,

  135. y cuando las vió, con sus venerables manos las tomó;

  136. luego otra vez se las vino a poner todas juntas en el hueco de su ayate, le dijo:

  137. Mi hijito menor, éstas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo;

  138. de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad.

  139. Y tú... tu que eres mi mensajero... en tí absolutamente se deposita la confianza,

  140. y mucho te mando con rigor que nada más a solas, en la presencia del Obispo, extiendas tu ayate, y le enseñes lo que llevas.

  141. Y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y cada cosa que viste y admiraste,

  142. para que puedas convencer al Gobernante Sacerdote, para que luego ponga lo que está de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido”.

  143. Y en cuanto le dió su mandato la Celestial Reina, vino a tomar la calzada, viene derecho a México, ya viene contento.

  144. Ya así viene sosegado su corazón, porque vendrá a salir bien, lo llevará perfectamente.

  145. Mucho viene cuidando lo que está en el hueco de su vestidura, no vaya a ser que algo tire;

  146. viene disfrutando el aroma de las diversas preciosas flores.

  147. Cuando vino a llegar al Palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote Gobernante,

  148. y les suplicó que le dijeran cómo deseaba verlo, pero ninguno quiso; fingían que no le entendían, o tal vez porque aún estaba muy oscuro;

  149. o tal vez porque ya lo conocían que nomás los molestaba, los importunaba,

  150. y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo fueron siguiendo.

  151. Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.

  152. Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado, y como que algo traía, lo llevaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué traía y desengañarse.

  153. Y cuando vió Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo aporrearían, un poquito les vino a mostrar que eran flores.

  154. Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores y que no era tiempo entonces de que se dieran, las admiraron mucho, lo frescas que estaban, lo abiertas que tenían sus corolas, lo bien que olían, lo bien que parecían.

  155. Y quisieron coger y sacar unas cuantas;

  156. tres veces sucedió que se atrevieron a cogerlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo,

  157. porque cuando hacían del intento ya no podían ver las flores, sino que, a modo de pintadas, o bordadas, o cosidas en la tilma las veían.

  158. Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que habían visto,

  159. cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo.

  160. El Gobernante Obispo, en cuanto lo oyó, dió en la cuenta de que aquello era la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba el hombrecito.

  161. En seguida dió orden de que pasara a verlo.

  162. Y habiendo entrado en su presencia se postró, como ya antes lo había hecho.

  163. Y de nuevo le contó lo que había visto, admirado, y su mensaje.

  164. Le dijo: "Señor mío, Gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste;

  165. así fuí a decirle a la Señora mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que pedías una prueba para poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada, en donde te la pedía que la levantaras;

  166. y también le dije que te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su voluntad, como me lo encargaste.

  167. Y escuchó bien tu aliento, tu palabra, y recibió con agrado tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga, se verifique su amada voluntad.

  168. Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra vez viniera a verte;

  169. y le pedí la prueba para ser creído, según había dicho que me la daría, e inmediatamente lo cumplió.

  170. Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas rosas de Castilla.

  171. Y cuando las fuí a cortar, se las fuí a llevar allá abajo;

  172. y con sus santas manos las tomó,

  173. de nuevo en el hueco de mi ayate las vino a colocar,

  174. para que te las viniera a traer, para que a tí personalmente te las diera.

  175. Aunque bien sabía yo que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo hay abundancia de riscos, abrojos, huizaches, nopales, mezquites, no por ello dudé, no por ello vacilé.

  176. Cuando fuí a llegar a la cumbre del cerrito miré que ya era el paraíso.

  177. Allí estaban ya perfectas todas las diversas flores preciosas, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas, de modo que luego las fuí a cortar;

  178. y me dijo que de su parte te las diera, ya que ya así yo probaría, que vieras la señal que le pedías para realizar su amada voluntad,

  179. y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje,

  180. aquí las tienes; hazme favor de recibirlas".

  181. Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores.

  182. Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas,

  183. luego allí se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura en que ahora está,

  184. en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.

  185. Y en cuanto la vió el Obispo Gobernante y todos los que allí estaban, se arrodillaron, mucho la admiraron,

  186. se pusieron de pie para verla, se entristecieron, se afligieron, suspenso el corazón, el pensamiento...

  187. Y el Obispo Gobernante con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón por no luego haber realizado su voluntad, su venerable aliento, su venerable palabra.

  188. Y cuando se puso de pie, desató el cuello de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de Juan Diego

  189. en la que se apareció, en donde se convirtió en señal de la Reina Celestial.

  190. Y luego la llevó; allá la fue a colocar a su oratorio.

  191. Y todavía allí pasó un día Juan Diego en la Casa del Obispo, aún lo detuvo.

  192. Y al día siguiente le dijo: "Anda, vamos a que muestres dónde es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan su templo”.

  193. De inmediato se convidó gente para hacerlo, levantarlo.

  194. Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde había mandado la Señora del Cielo que se erigiera su casita sagrada, luego pidió permiso:

  195. quería ir a su casa para ir a ver a su tío Juan Bernardino, que estaba muy grave cuando lo dejó para ir a llamar a un sacerdote a Tlatilolco para que lo confesara y lo dispusiera, de quien le había dicho la Reina del Cielo que ya había sanado.

  196. Pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa.

  197. Y al llegar vieron a su tío que ya estaba sano, absolutamente nada le dolía.

  198. Y él, por su parte, mucho admiró la forma en que su sobrino era acompañado y muy honrado;

  199. le preguntó a su sobrino por qué así sucedía, el que mucho le honraran;

  200. Y él dijo cómo cuando lo dejó para ir a llamarle un sacerdote para que lo confesara, lo dispusiera, allá en el Tepeyac se le apareció la Señora del Cielo;

  201. y lo mandó a México a ver al Gobernante Obispo, para que allí le hiciera una casa en el Tepeyac.

  202. Le dijo que no se afligiera, que ya su tío estaba contento, y con ello mucho se consoló.

  203. Le dijo su tío que era cierto, que en aquel preciso momento lo sanó,

  204. y la vió exactamente en la misma forma en que se le había aparecido a su sobrino,

  205. y le dijo cómo a él también lo había enviado a México a ver al Obispo;

  206. y que también, cuando fuera a verlo, que todo absolutamente le descubriera, le platicara lo que había visto

  207. y la manera maravillosa en que lo había sanado.

  208. Y que bien así la llamaría, bien así se nombraría: La Perfecta Virgen Santa María de Guadalupe, su Amada Imagen.

  209. Y luego trajeron a Juan Bernardino a la presencia del Gobernante Obispo, lo trajeron a hablar con él, a dar testimonio,

  210. y junto con su sobrino Juan Diego, los hospedó en su casa el Obispo unos cuantos días,

  211. en tanto que se levantó la casita sagrada de la Niña Reina allá en el Tepeyac, donde se hizo ver de Juan Diego.

  212. Y el Señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la amada Imagen de la Amada Niña Celestial.

  213. La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en donde estaba para que todos la vieran, la admiraran, su amada Imagen.

  214. Y absolutamente toda esta Ciudad, sin faltar nadie, se estremeció cuando vino a ver, a admirar su preciosa Imagen.

  215. Venían a reconocer su carácter divino.

  216. Venían a presentarle sus plegarias.

  217. Muchos admiraron en qué milagrosa manera se había aparecido,

  218. puesto que absolutamente ningún hombre de la tierra pintó su amada Imagen.



Sugerencias para

meditaciones, charlas u homilías

Nuestra Señora de Guadalupe

Madre de Dios y de los hombres

Nuestra Señora de Guadalupe se manifiesta amable con indios y españoles. Todo su ser y proceder, es al mismo tiempo que sorprendente, muy benévolo y respetuoso tanto de la teología de los últimos como de la religión de los primeros6.

Ella, que hace percibir a los demás que su persona establece una presencia divina y divinizante, muestra que a la vez que es cristiana, conoce y hace propia la cultura india7.

Es más, desde el inicio del acontecimiento y en todo momento, Nuestra Señora de Guadalupe se conduce y Juan Diego la identificará y la tratará como a una mujer noble de la sociedad india8.

La palabra “Cihuapilli” que se utiliza repetidamente para designarla «... significa simultáneamenteniña’, ‘muchachita’, ‘hija’, y tambiénDama’, ‘Noble Señora’, ‘Reina...»9.

En concordancia, Ella, que le habla utilizando sobre todo el náhuatl noble o tecpillatoli, dice de sí misma: «...‘In nicenquizca cemicac Ichpochtli Sancta María’= ‘Yo (soy) la perfectamente siempre virgen Santa María’, ‘In inatzin in huel nelli Teotl Dios’, literalmente: La venerable Madre del muy verdadero Dios «Dios»...»10, lo que equivalía a expresarle que era la Madre de su Dios de siempre, que les traía a Aquél que siempre habían venerado a través de otros: al arraigadísimo Dios de ellos y de los cristianos11.

En conexión con esto revela, que además de ser Madre de Dios es al mismo tiempo su creatura; tanto, que incluso Ella misma se somete al obispo como autoridad que representa a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, en la tierra12.

Le expresa también a Juan Diego y con toda claridad, que es madre compasiva de él y de todos los hombres13. En ambos casos, tanto al anunciar su maternidad divina como la humana, emplea un modo que enaltece a sus hijos, dando a entender que para Ella es una dicha y un privilegio el hecho de serlo, y que por eso se siente honrada y agradecida14.

Su nombre, Guadalupe, coincidente con el de la imagen de la Virgen patrona «...de un celebérrimo santuario mariano en Extremadura...»15; es otro aspecto, que expresa que Ella es madre de todos los hombres: pues la Señora del Tepeyac, que se exhibe asumiendo lo mejor del ser de los mexicanos y españoles, se identifica con un título árabe, Wadi al Lub o río de grava negra16.

Algunos piensan, en disidencia con lo afirmado en el Nican mopohua, que si bien dicho título se generalizó rápidamente, no sería el nombre que Ella enseñó a Juan Bernardino17. Sostienen que fue otro, indio, «...que quizá nunca sepamos, y que los españoles pudieron corromper en ‘Guadalupe’...»18. En todo caso y si así fuera, conjetura que no compartimos, nos parece realmente importante y providencial el nombre Guadalupe. Pues uno exclusivamente náhuatl o español, podría haber llegado a ser excluyente de uno u otro pueblo y, por lo tanto, inadecuado para designar a una Señora que se identifica con ambos y a un acontecimiento, suscitado por Ella, caracterizado por ser amorosamente incluyente.





Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad