Sudario de estrellas



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SUDARIO DE ESTRELLAS
Gregory Benford

Para mi padre, James Alton Benford

GIRO

¿Conocerse a sí mismo? Si me conociera a mí mismo saldría huyendo.”



GOETHE
No sigas a los líderes; vigila los parquímetros.”

Subterranean Homesick Blues BOB DYLAN

PRIMERA PARTE
Hay que empezar por el fondo del agujero. ¿Cuánto tiempo llevaba actuando igual que un autómata, pasando los días uno detrás de otro como si fueran cuentas de un collar konchu? No lo sé. El caso es que llevábamos mucho tiempo en el apartamento.
Y entonces ocurrió algo, más o menos a la una de la madrugada.
Yo seguía trabajando, a diferencia de muchos. En la oscuridad de los pasillos nadie se fijaría en el cráter de rebordes rojos parecido a un ojo que tenía en cada codo y en los hombros. ¿Y a quién le importaría? Ese año la gente ya estaba demasiado encerrada en sí misma como para fruncir el ceño ante lo que en el pasado había sido un crimen.
La cintura era mi límite: nada de conexiones en las caderas, las rodillas o los tobillos. Demasiadas conexiones y tu cuerpo se negará a reponer los tejidos, ni aunque lo sometas a los tratamientos especiales. Trabajaba en nuestro tablero de simulación, conectado a máquinas lejanas, con visiones de sitios distantes percibidas a través de mis sistemas ópticos. Estaba sumergido en el convulso movimiento de una cadena de montaje, arrojando aromáticas pellas de tierra hacia un lado con mi brazo derecho mientras que el izquierdo introducía tajadas organiformes en fluidos de cimentación ultrarrápidos. Mis ojos iban y venían por el diagrama de la rejilla. Cada centro nervioso controlaba una conexión de la red de montaje, procesando el mineral hasta convertirlo en la impersonal sustancia prefabricada con que se revestían las paredes de las casas. Mis conexiones me unían a las máquinas. Era un ordenador neurológico pagado por horas de trabajo. Los edificios se construían a media Tierra de distancia. Dirigía el trabajo mediante un satélite de comunicaciones.
Estoy seguro de que eso asustaba a los chicos. Ahí estaba su papá, clavado al tablero igual que un zombie, temblando, moviéndose convulsivamente y farfullando durante la mayor parte de la mañana. Y, por fin, acababa aflojando mis músculos y me quedaba quieto, con los ojos clavados en la nada, aturdido, habiendo trabajado lo suficiente para pagar nuestras pequeñas comodidades extra.
Su madre siempre les convencía para que se fueran a ver la pantalla y me dejaran en paz. Pero esta mañana...
—Papi, ¿por qué tenemos que ver siempre esas antiguallas?—preguntó Romana, alzando la cabeza y contemplándome con la orgullosa dignidad de una reina.
—¿Hum?
(Aún estaba aturdido)
—En todo este bloque ya no hay ninguna pantalla en la que puedas ver el canal de la Escuela.
—Hum.
—Y es aburrido—añadió Chark con un temblor de su aguda vocecita—. Todo el mundo sabe que si no estás conectado no aprendes lo bastante de prisa.
—Acabaremos siendo renes—dijo Romana.
—¿Renes?
—Renegados, Ling—dijo Angela desde el recinto de la cocina—. Es el nuevo argot.
—¿Ver el canal escolar te convierte en un renegado?
—Bueno. en realidad.... quiere decir que no sigues la moda. Que estás anticuado, ¿entiendes?
—Hum.
Angela entró en la sala, limpiándose las manos con una toalla, y me miró con los labios levemente apretados. Supe lo que iba a ocurrir.
—Ling, ¿no crees que tienen parte de razón?
—No.
Aparté la mirada. Chark bajó el volumen de la pantalla y los tres se quedaron muy quietos, mirándome con atención. Al parecer, tenían ganas de pelea.
—Papi...
—Ling, si hubieras visto a ese consejero del Centro... Conectarse es necesario. Tú mismo estuviste allí. Tú. ..
—Sí . Estuve allí. Pero vosotros, no.
Romana, que tiene nueve años, intentó razonar conmigo.
—La Asamblea dice que conectarse ayuda a la defensa común...
—No sirve de nada—dije—. Es inútil. Y peligroso. Además...
Me callé. No conseguiría hacerme entender. Sus rostros ya estaban endureciéndose, negándose a prestarme atención. No podía contarles la verdad sobre lo que había ocurrido allí afuera. La verdad estaba enterrada en los bancos de datos de alguna parte, inaccesible para todo aquel que no tuviera un código de entrada de alta prioridad. Algún vestigio del entrenamiento de la Flota me impidió hablar. Eso, y una curiosa incapacidad para concentrar mi mente en esa parte del pasado, un deseo de olvidarlo y apartarme de él.
Angela fue la primera en romper el silencio. El temblor de su voz, como si estuviera a punto de quebrarse, me hizo comprender que llevaba mucho tiempo guardándose aquellas palabras.
—¿Por qué les dices esa clase de cosas? Ellos..., si intentas fingir que lo ocurrido allí afuera encierra alguna especie de gran misterio todavía te respetarán menos. No eras más que un capitán de Lanzadera. Un simple convoy rutinario que debía recoger a los supervivientes de la colonia de Regeln después de que fuera atacada por los Quarn...
—Ajá.
—Y ni tan siquiera conseguiste salvar a muchos.
—Pasó algo. De veras.
Me puse en pie torpemente y fui hacia un armarito, pensando en servirme una copa, y cuando extendí el brazo para no perder el equilibrio mi mano se posó sobre un objeto guardado allí. La Memoria de las Lenguas de Fuego... Sentí el frío peso del bloque de cincuenta centímetros: sólido, tranquilizador. Tenerla allí era una grave violación de los reglamentos de la Flota. No estaba al día pero eso no importaba. Podían hacerme un juicio de guerra y hasta podían acabar ejecutándome, y todo por haber conservado mi Memoria de Comandante... Pero cuando llegó el momento de devolverla, durante las ceremonias oficiales de licenciamiento, la sustituí por una Memoria en blanco. ¿Por qué lo hice? ¿Para conservar un recuerdo, un último símbolo que me uniera a mi pasado como oficial de la Flota?
Los niños estaban callados como muertos. Ni tan siquiera se dedicaban a balancear un pie con esa crispada energía nerviosa tan típica de ellos, como hacen cuando tienen la sensación de que los adultos se han olvidado de su presencia y quizá estén a punto de iniciar una discusión. Tanto Angela como yo nos dimos cuenta de ello al mismo tiempo; los niños se habían convertido en nuestros canales de comunicación.
—De acuerdo. Ya hablaremos de eso más tarde—dije.
Los niños protestaron un poco pero se fueron a ver la pantalla. Angela se marchó al dormitorio. “Otra sesión de malas caras”, pensé con amargura. Otra muesca en un matrimonio que iba erosionándose poco a poco.
Hablaríamos. Oh, sí, hablaríamos y hablaríamos... Hubo un tiempo en el que yo era un hombre de acción. Ahora no era más que una parodia de mí mismo, alguien que no paraba de hablar y farfullar. Había perdido la capacidad de actuar, y las acusaciones y quejas de Angela estarían cargadas de veneno. Pero aun así sería incapaz de protegerme de ellas. Quizá ni tan siquiera desease hacerlo.
Me senté. La verdad es que llevaba mucho tiempo sin pensar en Regeln. Todo aquello había quedado enterrado, convertido en un pasado evanescente y un tanto borroso. Intenté enfrentarme a los acontecimientos a medida que iban produciéndose, nadar por entre la embestida de las olas..., pero acabé quedando varado en esta orilla desolada. Para esperar.
Y, mientras esperaba, para renacer de entre los muertos.
Se suponía que debíamos actuar con rapidez. La misión era bastante arriesgada: tenía que llevar mi nave hasta el interior del sistema de Regeln, dejarme caer hacia el planeta y recoger lo que quedara de él antes de que volvieran los Quarn.
La tripulación no estaba demasiado contenta. La Flota ya había perdido muchas naves. Un mes antes nos sacaron de nuestra ruta habitual y equiparon nuestras naves con la suficiente cantidad de equipo extra (torretas defensivas, sobre todo), para hacer que el convoy, aunque por poco, pudiera entrar a formar parte del escalón inferior de las naves de guerra.
Pero los hombres necesitan más tiempo para adaptarse a los cambios. Casi todos seguían estando muy nerviosos e irritables. Se habían convertido bruscamente en orakus: eran guerreros. No les gustaba (y a mí tampoco), pero no podíamos hacer nada al respecto. Esto era una emergencia.
Hice que saliéramos de la órbita a toda velocidad, con lo que las naves se llenaron de ese olor acre y cálido que desprende el metal de un arma cuando la utilizas. Eso les animó un poco. Pero las tareas de mantenimiento no tienen nada de especial, las horas se iban haciendo cada vez más largas y pronto tuvieron tiempo más que suficiente para pensar, ponerse nerviosos y dudar. Dentro de unos cuantos días los resultados empezarían a filtrarse por los anillos de confesión: ansiedad, sensaciones de exclusión, pérdida de fase...
—Ya avisé a la Flota de lo que pasaría—le dije a Tonji, mi Primer Oficial—. Nuestros hombres están acostumbrados a lo tradicional. No saben aceptar un cambio de papeles tan repentino...
Solté la tablilla que contenía el informe-Memoria del día y vi como caía lentamente debido a la poca gravedad.
Tonji parpadeó sin perder la calma.
—Creo que todo eso no es más que una reacción normal ante los peligros de la misión. Ninguno de nosotros se enroló pensando en esto. Nuestros hombres no son de los que quieren ganar medallas..., no coleccionan bronce, tal y como dice el argot de la Flota. Déles tiempo.
—¿Tiempo? ¿Y de dónde voy a sacarlo? Sólo nos faltan unas semanas para llegar a Regeln. Estamos hablando de un grupo bastante numeroso esparcido por todo el convoy... Tendremos que actuar con rapidez.
Tensó los labios de forma inconsciente, un gesto que probablemente asociaba con el actuar de prisa y hacerse el duro.
—Será difícil, cierto. Pero supongo que se da cuenta de que no tenemos dónde escoger, ¿verdad?
Me pareció que en su voz había un leve tonillo desafiante mezclado con su habitual condescendencia. Esperé unos segundos y decidí fingir que no me había dado cuenta de ello.
—Está bien, habrá que aumentar la frecuencia del Sabal. Dígale a todos los oficiales que ellos también deben asistir.
—Señor, ¿está seguro de que será suficiente con eso?
—¡Pues claro que no estoy seguro! No tengo todas las respuestas en el bolsillo. Este convoy se ha pasado años enteros dedicado a misiones de lanzadera.
—Pero se nos ha reclasificado...
—Poner una etiqueta adhesiva encima de un navío no cambia a los hombres que hay dentro. Los tripulantes no saben qué hacer. El grupo carece de confianza en sí mismo porque todos perciben esa incertidumbre colectiva. Nadie sabe qué nos espera en Regeln. Si un tripulante no se preocupara por ello..., bueno, la verdad es que no sería humano.
Mis ojos fueron hacia el otro extremo del pequeño camarote. Mi altar kensdai... Sabía que estaba perdiendo el control de mí mismo con demasiada frecuencia y no lograba llevar la conversación por el camino deseado. Concentré mi atención en su solidez y en el oscuro acabado de la madera que enmarcaba el altar, sintiendo como mi ser se fundía con su familiaridad. Concentrarse, dejar que el centro fluya hacia la periferia...
Tonji me lanzó una mirada algo dubitativa.
—Los Quarn no lograron apoderarse de Regeln. Ésa es la razón de que vayamos allí.
—Volverán. La colonia fue capaz de rechazarles, pero sufrieron muchas pérdidas. Ya han pasado veinticuatro días desde que los Quarn se marcharon. Y ya ha oído las señales de la superficie, ¿no? Son las únicas que lograron pasar después de que destruyeran su conexión con el satélite. El grupo de códigos era correcto, pero la potencia de la señal se hallaba muy debilitada y no tardó en desaparecer. Quien las envió estaba trabajando en malas condiciones, no comprendía el equipo o ambas cosas a la vez.
—La Flota no cree que sea una trampa, ¿verdad?
Los rasgos de Tonji, que la luz difusa de mi camarote volvía tan amarillentos como los de un mongol, cobraron una expresión fría y distante.
—No lo saben. Y yo tampoco lo sé. Pero necesitamos información sobre las tácticas y el equipo de los Quarn. Algunos afirman que son una raza de ermitaños individualistas..., pero han logrado cooperar para enfrentarse a nosotros. Queremos averiguar cómo lo han conseguido.
—Los primeros incidentes.
—No fueron más que eso..., incidentes. La Flota nunca logró sacar una información lo bastante coherente de las cintas conservadas, y si no tienen un mínimo de datos con que trabajar no pueden hacer nada. No hubo supervivientes.
—Pero esta vez los colonos lograron rechazar un ataque en toda regla.
—Sí. Puede que Regeln nos dé los datos que necesitamos.
Tonji asintió, sonriendo, y se marchó después de las ceremonias adecuadas. Estaba seguro de que sus fuentes particulares ya le habrían revelado la mayor parte de cuanto le había dicho, pero daba la impresión de que deseaba oírme narrar los detalles, como si quisiera saborearlos mejor... ¿Por qué? No era muy difícil de adivinar: cuanto mejor fuera la misión y más precisos los informes, más brillaría la estrella del señor Tonji. Una guerra (la primera en tres siglos y la primera que se libraba en el espacio profundo), siempre sirve para despejar las escalinatas que llevan a la cumbre y permite que un joven oficial deje de estar obligado a abrirse paso lentamente por las entrañas de la jerarquía.
Alargué la mano, pulsé el código para la carta estelar de las inmediaciones de Regeln y la estudié.
Los Quarn llevaban décadas siendo un insecto que zumbaba justo allí donde no llegaban nuestros sentidos. Algunos contactos fugaces, rumores, historias... Y, de repente, la guerra.
¿Cómo ocurrió? Seguridad no se tomaba la molestia de revelar tales secretos a los humildes Capitanes de convoy..., probablemente sólo había unos cuantos centenares de hombres que lo supieran. Pero justo antes de la guerra se difundió un boletín cautelosamente redactado en el que se hablaba de ciertas negociaciones celebradas en los mundos natales de los Quarn. Aun así, no hubo contactos cara a cara. El Consejo había intentado establecer contacto comunal con algún segmento de la sociedad Quarn. Era algo que ya había funcionado antes, con la Falange y con Angras.
Entre los círculos intelectuales que yo conocía (que, de todas formas, no eran gran cosa), ése era el dogma sagrado. El sentimiento comunitario era el pegamento que mantenía la cohesión de una cultura. Si se le daba el tiempo suficiente y una Fase correcta, hasta podía acabar uniendo a sociedades totalmente distintas entre sí. En dos casos ya había sucedido.
Y, además, tejía nuestro universo, un mundo de suaves disonancias que se iban convirtiendo en armonías, como las delicadas tonalidades de acuarelas confundiéndose entre sí.
Para los Quarn éramos como una salvaje y extraña pincelada de color violeta. Aquellos ermitaños ofrecían poco y aceptaban menos. Para ellos la intimidad lo abarcaba todo; aún no teníamos ninguna idea clara sobre cuál era su apariencia física. Sus reuniones con nosotros habían sido cosa de unos pocos negociadores.
Ésa era la situación en que se había encontrado el Consejo. Quizá hubiéramos ignorado un tabú, quizá hubiésemos cometido un pequeño error. Quizá... Al parecer el error había sido demasiado grande y los Quarn no pudieron ignorarlo; así que atacaron las fronteras de la comunidad humana. Regeln fue uno de sus primeros blancos.
—Primera llamada para el Sabal—dijo la voz de Tonji desde el tablero—. Me pidió que se lo recordara, señor.
Resultaba bastante irónico que Tonji, con todos sus antepasados ciudadanos del Viejo Nipón, tuviera que estar convocando un juego de Sabal dirigido por mí, un mestizo caucasiano..., y yo tenía la seguridad de que esa ironía no le pasaba totalmente inadvertida. Mi madre era polinesia, y mi padre, un espécimen realmente raro: uno de los últimos norteamericanos de pura cepa, un descendiente de los pocos que sobrevivieron a la Guerra de los Disturbios. Eso hacía que mi posición en el sistema de castas fuera muy baja, inferior incluso a la de los australianos. Durante mi adolescencia aún resultaba socialmente permisible llamarnos of kaipan, un término cuyo significado era más o menos análogo al que había tenido la palabra “negro” en los primeros tiempos de la República Norteamericana. Supongo que en las Islas Exteriores los Edictos deben seguir ignorados pero, dada mi posición profesional, que la palabra llegara a mis oídos equivaldría a una grave ruptura del protocolo. Aun así, la había visto en más de una ocasión, articulada silenciosamente por los labios del tripulante que acababa de recibir un castigo o en los de un oficial que no podía olvidar el color de mi piel. Pero nunca la había oído pronunciar en voz alta. Lancé un suspiro y me puse en pie, deseando tener a un congénere a bordo para no verme obligado a soportar momentos de soledad tan completa como éste. Pero los hombres como yo eran bastante raros en la Flota, y en la Tierra casi se habían extinguido.
Saqué mi túnica para el Sabal del estuche y admiré su delicado colorido durante unos momentos antes de ponérmela. Los sutiles matices rojos y violeta hacían que el ojo se posara en ellos y le gastaban jugarretas. La túnica estaba hecha de poliéster sin hilos ni borras que se usaba para todos los uniformes de la Flota porque no desprendía partículas que pudieran ensuciar la atmósfera de las naves, pero tanto su textura como la profundidad de sus colores revelaban que durante su confección se habían hecho los máximos esfuerzos posibles para distinguirla del uniforme corriente. La túnica era una parte del espectáculo, igual que los movimientos y los cánticos. Mientras me vestía llevé a cabo los pases rituales cada vez que la casualidad hacía que mis manos pasaran diagonalmente sobre mi cuerpo: los pases tenían como objetivo provocar una sensación de paz, y de unidad mental. Los vagos temores que había dejado infiltrarse en mis pensamientos también estarían presentes en las mentes de la tripulación. Los murmullos que resonaban en nuestra sala de asambleas bajaron de tono en cuanto aparecí. Les saludé, ocupé mi puesto en el hexágono de los hombres y me senté con el torso bien erguido para empezar los ejercicios abdominales. Respiré lenta y profundamente, e hice pases con las manos. Cuando llegué al final del último arco el poder ya estaba conmigo y al exhalar el aire me sentí caer hacia el foco, proyectándome hacia el exterior: kodakani.
Hice que las bolas del juego se movieran más lentamente, captando el estado anímico del hexágono. Las bolas y las cuentas atrapaban la luz con su cadencia, proyectando reflejos rojos y azules en las paredes al ir subiendo y bajando. Aquella danza familiar nos calmó y pusimos las piernas en la contraposición, disponiéndonos a meditar.
Mi canturreo fue esfumándose lentamente, absorbido por la acústica especial de la sala. Empecé el Juego.
El primer movimiento tuvo lugar al otro extremo del hexágono y corrió a cargo de un tripulante que movía nerviosamente sus hojas del Sabal. Escogió un pasaje de la Búsqueda y lo presentó como obertura. Era un comienzo bastante complejo: el Mensajero es una de las figuras más sutiles, tanto en su carácter como en su misión. El juego siguió desarrollándose. Los otros jugadores fueron leyendo sus citas usando las hojas, incorporándolas a la estructura del Juego y delineando los contornos de nuestro propio problema.
Y así fue como el Mensajero Real bajó de las colinas y buscó ayuda en el pueblo, pues se hallaba hambriento, cansado y sediento. La naturaleza de su Misión le exigía transmitir su opinión de los habitantes de la aldea, sus costumbres, honestidad y capacidad para ser justos (no sólo con el mensajero, sino con ellos mismos), y hacerla llegar al Presemo Real; Y, según se dice, al mismo Cielo después que a él. Fue de casa en casa, llevando consigo los artículos para el trueque...
La mayor parte de entradas ya habían sido hechas, y el laberinto del problema establecido se hallaba teñido por corrientes subterráneas de miedo y angustia. Y, haciendo pasar lentamente esas corrientes por entre mis dedos, di comienzo a la segunda fase del Sabal: proponer una solución. Los jugadores empezaron la nueva ronda.
Ésta es la esencia del Juego:
Hay dos jugadores. Sólo puedes escoger entre dos opciones..., digamos que el rojo y el negro. No puedes ver al otro jugador y lo único que sabes de él es qué decisiones va tomando.
Si los dos escogéis el rojo, cada uno gana un punto. Si ambos escogéis el negro, perdéis un punto. Pero si tú escoges el rojo y tu oponente (compañero de tripulación; pareja; un miembro de tu raza que comparte el planeta contigo) escoge el negro, él gana dos puntos y tú pierdes dos.
Quien coopera en espíritu, quien percibe la Totalidad..., ése es el que gana.
El Sabal es infinitamente más complicado pero contiene los mismos elementos que mi descripción. Los problemas planteados por los hombres se hallaban oscurecidos por sutiles y casi imperceptibles corrientes de angustia e inseguridad.
Pero la dirección del Juego ya había vuelto a mis manos. Contemplé la solución que iba formándose alrededor del hexágono. Me alegré cada vez que podía comprobar que los espíritus se iban armonizando. Di muestras de un leve disgusto cuando alguien intentaba crear una divergencia. Rechacé los intentos de conseguir ganancias particulares. Y me sentí más cerca de mis hombres.
—Liberaos de todos los lazos—canté—, y dadle el descanso a los diez mil problemas. El camino está cerca, pero lo buscamos lejos.
El nuevo estado anímico fue difundiéndose con lentitud y la incertidumbre seguía siendo el componente básico, pero el ritmo de la repetición hizo que acabáramos llegando a un compromiso. La ansiedad empezó a quedar sumergida por otras emociones más positivas. Las imágenes conflictivas se fueron debilitando.
Sentí como el nuevo estado anímico llegaba a su máximo de fuerza y lo aproveché, entonando un alegre cántico de unidad y haciendo que el Juego llegara a su fin. Impuse el lento parpadeo fantasmagórico de las cuentas y las bolas, manipulando los controles ópticos hasta dejarnos sumidos en la oscuridad. Y luego, el silencio.
El fuego que arde, la marmita de hierro que canta en el hogar, una rama de pino rozando el tejado, el gotear del agua.
El hexágono se rompió y abandonamos la sala, reconciliados los unos con los otros.
El Juego de nuestra nave insignia se contaba entre los mejores que habíamos hecho, pero no bastaría para sostenernos durante todo el curso de la misión. Ordené que todas las naves practicaran el Sabal con la máxima frecuencia posible, esperando que eso nos mantendría en la Fase correcta. No tenía tiempo de asistir a todos los Juegos, pues estábamos acercándonos al momento de entrar en el sistema y aún quedaban bastantes detalles por resolver.
Durante la hora anterior al Salto me aseguré de visitar hasta el último rincón de la nave para que todos pudieran ver cómo me movía confiadamente entre ellos. El número de naves perdidas en los Saltos es bastante reducido, pero está aumentando de forma muy peligrosa y todo el mundo lo sabía.
Fui al puente central para observar el proceso, aunque era prácticamente automático. Los especialistas y tripulantes iban y venían rápidamente bajo la débil claridad rojiza que imitaba el anochecer: el Salto tendría lugar a las 22 horas y nos ateníamos al ciclo diurno. Quince minutos antes de que los ordenadores recibieran la instrucción final di la orden de seguir adelante, como era tradicional. Puro formalismo... En teoría la sincronización podía ser detenida en la última fracción de segundo. Pero, de hacerlo, los requisitos necesarios para calcular el tiempo bastarían para que el Salto se retrasara semanas enteras. Las máquinas eran la clave.
Y con razón. Convertir toda una nave en taquiones en un nanosegundo es un proceso inconcebiblemente complicado. Los hombres inventaron el proceso, cierto, pero jamás podrían controlarlo sin la coordinación impersonal e impecable de los sistemas microelectrónicos.
En teoría era muy sencillo. Los hombres que se movían diligentemente a mi alrededor sobre el puente central estaban preparando el convoy para que se desplazara más de prisa que la luz. De la misma forma que una simetría fundamental del universo hacía que el protón tuviera una partícula gemela opuesta en todo a ella, desde la carga eléctrica hasta la helicidad (el antiprotón), había un estado posible para cada partícula llamado el taquión.
La velocidad de la luz, c, es el límite máximo de todas las velocidades en nuestro universo, pero en el universo de los taquiones c es un límite inferior. Para nosotros una partícula cuya energía cinética sea cero está inmóvil; carece de velocidad. Un taquión sin energía es como una imagen en el espejo: se mueve con una velocidad infinita. A medida que su energía aumenta su velocidad va cayendo en relación a nosotros, y cuando la energía se vuelve infinita viaja a velocidad c.
Mientras permaneciera en su mitad del universo el hombre jamás podría superar la velocidad de la luz. Era una limitación fundamental, tan irrevocable como el principio especial de la relatividad.
Por lo tanto, tuvo que aprender a salir de esa mitad del universo. Si haces que una partícula pase a su estado taquiónico, eso le permite moverse con una velocidad casi infinita y haciendo que luego regrese al espacio real, consigues una forma efectiva de viajar más de prisa que la luz. El estudio del famoso problema de la sección eficaz del taquión (cómo conseguir esa conversión para luego devolverlos al espacio real), ocupó a las mejores mentes de la humanidad durante más de cincuenta años. También engendró la increíble complejidad de la microelectrónica, porque sólo con unos componentes que, literalmente, operaban en la escala de las dimensiones atómicas, se podían producir las ondas electromagnéticas coherentes y de complicadísima modulación capaces de regular la sección eficaz de Salto del taquión.
Sonreí para mí mismo, bañado por la luz rojiza. Eso sí había sido un auténtico triunfo. Ocurrió unas décadas antes de que el Viejo Nipón alcanzara la hegemonía, e hizo posible una comunicación casi instantánea con la primera colonia de Alfa Centauro. Las partículas pueden ser utilizadas para producir ondas electromagnéticas, y las ondas llevan señales.
Pero no hombres. Aumentar considerablemente la sección eficaz de Salto de una sola partícula era una cosa, pero conseguirlo con el inimaginable número de átomos que componen un hombre o una nave era algo muy distinto.
Fue Okawa quien halló la respuesta, y siempre me he preguntado por qué el impulsor de Salto no lleva su nombre. Quizá no supiera caerle bien a la gente, pese a toda su inteligencia... Okawa razonaba por analogías, y la analogía que utilizó fue el láser.
En el láser el problema se limita a producir un estado coherente: conseguir que todos los átomos excitados del sólido emitan un fotón al mismo tiempo. Ese mismo problema también se daba en el viaje a velocidades hiperlumínicas. Si todas las partículas de una nave no pasaban al estado de taquiones en el mismo instante, tendrían velocidades muy distintas y la nave acabaría haciéndose pedazos. El gran logro de Okawa fue descubrir una técnica capaz de hacer que todos los átomos de una nave entraran simultáneamente en “estados taquiónicos excitados reales”. Durante ese estado de excitación las secciones eficaces taquiónicas eran bastante grandes pero, además, los estados podían ser producidos en el mismo instante, con lo que todas las partículas podían saltar a la vez, de una forma coherente.
Contemplé los rostros serios y competentes que me rodeaban. Faltaba algo más de un minuto para el Salto. La tensión era claramente visible en sus rasgos, aunque algunos intentaban ocultarla. El proceso no era perfecto, y lo sabían.
La Flota nunca hablaba oficialmente de ello, pero el equipo microelectrónico se había ido deteriorando lentamente a lo largo de los años. Las técnicas se iban perdiendo poco a poco. Cada vez había menos mecánicos capaces. Teníamos que arreglárnoslas con remiendos y apaños. Todo era parte del lento declive sufrido por nuestra sociedad durante el último medio siglo. Sí, era casi lógico.
Pero aquellos hombres se jugaban la vida confiando en el equipo que dirigía el Salto, y sabían que podía fallar.
El eco metálico de las campanillas resonó por los pasillos acolchados anunciando la proximidad del Salto. Sentí la presencia de los hombres que ocupaban las otras cubiertas, tumbados sobre sus tatamhs, esperando en lo que ya casi era una impenetrable oscuridad...
Una cuenta atrás levemente audible, un segundo de tensión. Cerré los ojos durante el último instante.
Un arco cegador se encendió más allá de mis párpados, revelándome el trazado de los vasos sanguíneos, y oí el oscuro susurro del vacío. Un pozo se abrió bajo mis pies. La sensación de caer...
Después los fluorescentes volvieron a zumbar y todo era normal: la tensión se había esfumado, los hombres sonreían. Habíamos logrado pasar.
Una nueva estrella ardía ante nosotros, como haciéndonos señas.
Miré hacia la pantalla delantera y vi el halo de gas que envolvía la estrella de Regeln. Dada nuestra velocidad actual lo habríamos cruzado en el espacio de un día y empezaríamos a caer en el pozo de potenciales que llevaba directamente hacia el sol. No había mucho tiempo: Teníamos que acercarnos a toda velocidad, atravesando el aro de plasma que rodeaba la estrella de Regeln para ocultar nuestra llegada. Si nos presentábamos con ese disco al rojo blanco a nuestra popa tendríamos una buena posibilidad de escapar a cualquier sistema detector que estuviera aguardándonos.
Regeln es como cualquier mundo capaz de albergar vida: a veces resulta infinitamente variado; otras, monótonamente aburrido, y los contrastes se hallan por dondequiera que mires, tan abundantes que acaban haciéndose indescriptibles. Contiene cinturones de jungla, franjas de arrugadas montañas grises, ríos que se retuercen como serpientes y gélidos desiertos azulados. La calina de la atmósfera vibra con el zumbar de los insectos, el paso suave de los herbívoros y el seco chasquido de los colmillos chocando unos con otros. Y hay vientos que ensordecen, océanos que ríen, y tranquilidad junto a la violencia. Es como cualquier mundo capaz de justificar que el hombre pierda el tiempo con él.
Pero su corteza no contiene la suficiente cantidad de elementos pesados que permitan construir una estación de Salto o una base de atraque, por lo que acabó cayendo bajo el control de la facción de la Flota que se limita a colonizar. No tardaron en ocupar el planeta, trayendo xenobiólogos encargados de llevar a cabo toda la rutinaria cohorte de milagros que hicieron respirable la atmósfera.
El momento de bajar nos pilló con sólo los rudimentos de una red defensiva. No había tiempo suficiente para entrenar a los hombres y no teníamos el equipo suficiente. Entramos en el sistema de Regeln y hubo por lo menos cien momentos en que deseé tener mejores aparatos de vigilancia puntual.
Pero no vimos ninguna nave Quarn, y ningún proyectil despegó del planeta para venir a nuestro encuentro. Tonji quería abandonar el cielo tan pronto como fuera físicamente posible, aunque eso sería bastante caro en términos de masa reactiva. Me negué a ello y coloqué las naves en una órbita “gajo de naranja” que nos permitiría echar un vistazo antes de bajar, pero descubrimos que no había nada digno de ser visto.
Nuestra base estaba cerrada a cal y canto. No había vehículos moviéndose por las carreteras, y ni tan siquiera disponían de robots para la vigilancia. Tenía planos con las defensas de la base (planos donde estaban indicados hasta los agujeros de los periscopios), pero cuando los inspeccionamos no vimos señal alguna de que tuvieran las compuertas abiertas. Nubes azuladas se deslizaban lentamente sobre las granjas y los campos de cereales, pero no había nada que se moviera.
No había tiempo para pensar, enviar sondas o jugar al gato y al ratón. Tenía un robot vigilando el perímetro del sistema, donde la radiación de la estrella no podría enmascarar la antorcha de una nave Quarn al aproximarse, pero tampoco podía fiarme totalmente de él.
—Botes listos, señor—dijo Tonji.
Llamé a Matsuda por el tablero y le nombré comandante temporal de convoy en órbita.
—Tonji va a venir conmigo. Si los Quarn aparecen...
—Sí, señor, desplegaré las naves para interceptar su...
—No hará nada de eso . Dénos una hora para volver.
—Pero, señor...
—Si no lo conseguimos, váyase. No se quede rondando por aquí. Estas naves valen más que nosotros.
Tonji sonrió. Corté la conexión con Matsuda. El trayecto de bajada fue suave y lento; el bote había sido construido pensando en viajeros no acostumbrados al espacio y estaba hecho para tratarlos con delicadeza. Yo llevaba conmigo la Memoria Lengua de Fuego. El cielo de Regeln desfilaba por las ventanillas, una mezcla cremosa de azules y rosas que hacía pensar en un cóctel tropical inventado por un lunático. Nos posamos en el suelo de Regeln.
Las tropas de choque habían acabado con las defensas exteriores desactivándolas y deteniéndose en el perímetro de las Lenguas de Fuego. Llevaba la Memoria dentro de su estuche: según las ordenanzas, yo era el único oficial que podía manejarla. La Memoria servía para descifrar las pautas de las Lenguas de Fuego de toda la Flota, permitiendo que una tripulación pasara por entre las minas antipersonales sembradas alrededor de cada base de la Flota.
Mi piloto estaba algo nervioso; nos posamos con cierta brusquedad rebotando en el suelo. Salí por la escotilla antes de que hubieran calzado las ruedas y un teniente vino hacia mí a paso de carga. Conectamos la Memoria a los detectores electromagnéticos, purgamos las señales dispersas y formamos a los hombres en una fila.
Discos cristalinos flotaban en el aire, haciéndonos guiños. Mis oídos captaron un suave ruido de percusión: los sensores nos estaban examinando. Seguí el diagrama tridimensional, usando los impulsores para saltar por encima de los puntos indicados.
El aire chisporroteó a nuestro alrededor, atravesado por haces de fuego.
Los hombres empezaron a murmurar, asustados. Chispazos anaranjados iluminaban el cielo.
Seguí avanzando, ensanchando el pasillo con cada nuevo nódulo del despliegue que iba dejando desactivado.
Oí un siseo a mi espalda.
Un hombre gritó.
Seguí adelante. Las Lenguas de Fuego alertadas eran todavía más peligrosas.
Uno, dos..., los últimos nódulos temblaron y se evaporaron: un punto del espacio que se llenaba de ondulaciones rojas, verdes y azules y que desaparecía.
Todos los perímetros de las Lenguas de Fuego son iguales por lo que cada Capitán de la Flota tiene acceso a todas las bases, pero un defecto de la memoria férrica cancelará el código y matará al portador. Guardé la Memoria dentro de su funda, sintiendo un gran alivio.
—¿Quién ha sido?
—Un cabo—murmuró Tonji—. Perdió el control.
—¿Y usted... ?
—Una Lengua le quemo la pierna.
—Oh.
La ley le autorizaba a ejecutarle por haberse salido de la formación estando en un campo minado con Lenguas de Fuego. Estaba seguro de que Tonji le habría matado, pero las Lenguas se encargaron de hacerlo por él. Ni las unidades curativas pueden vérselas con un paciente al que le falta una pierna.
Un hombre vino corriendo hacia nosotros.
—Hemos perforado y las conexiones están en su sitio, señor —se apresuró a decirme, haciendo el saludo reglamentario.
—Vuélelo—dije yo.
Nos agazapamos detrás de una loma situada a cien metros de la entrada. Me pegué a la tierra. Tenía un olor extraño, como agridulce, y, por primera vez, tuve la sensación de estar en un planeta desconocido.
La detonación resonó en nuestros oídos con el seco chasquido de un hueso al romperse. Una lluvia de tierra y cascotes cayó sobre nosotros. Me puse en pie y fui hacia la nube de polvo que flotaba en el aire, acompañado por unos cuantos hombres Media puerta seguía en su sitio: una buena prueba de que el diseñador del refugio sabía hacer su trabajo.
Tres exploradores con luces cruzaron el umbral. Volvieron pasados unos minutos.
—Los primeros niveles de pasillos están desiertos —dijo uno de ellos—. Necesitamos más hombres dentro para mantener una conexión de comunicaciones.
El siguiente grupo iba capitaneado por Tonji. Tuvimos que meter dentro a la mayoría de los tripulantes antes de que encontraran algo. Entré en la base, acompañado Por tres centinelas: llevábamos lámparas de fósforo. Las luces de los pasillos no funcionaban: todos los cables y conexiones de los fósforos habían sido cortados.
Vi un grupo de hombres al final de un pasillo del segundo nivel. Parecían nerviosos y sus voces rebotaban sobre las superficies de cemento esmaltado, creando un sinfín de ecos.
—¿Ha encontrado algo, señor Tonji?—pregunté.
Se volvió apartándose del Umbral: había hablado con un hombre cuyo uniforme estaba manchado de tierra. Parecía preocupado.
—Creo que sí, señor. Según los mapas de la base esta puerta lleva a un gran auditorio. Pero a unos cuantos metros del umbral..., bueno, eche una mirada.
Crucé el umbral y me detuve Unos peldaños más adelante las paredes acolchadas del corredor desaparecían para ser sustituidas por una masa de algo (tierra, básicamente, con fragmentos de mobiliario, mamparas, cascotes y objetos imposibles de identificar), que llegaba hasta el techo.
Me volví hacia Tonji, lanzándole una mirada interrogativa.
—Ahí debería haber una rampa de bajada. Todo el auditorio está igual: hemos inspeccionado los pisos corredores adyacentes están bloqueadi
—¿De dónde ha salido todo eso?
—Los niveles que rodean el audit

vestimiento de las paredes ha desapa

roca y arcilla sobre el que fue construid~

portar montones de tierra y cascotes y 1


Me lanzó una mirada de soslayo.
—¿Qué es eso?
Moví la mano, señalando una depresión empotrada en la masa de tierra grisácea, a
—Un agujero. Un túnel, evidenten

fombra hasta que Nahran se dio Cuenl

hombre del uniforme sucio.
—Así que se metió por el túnel... ¿~
Tonji se pellizcó los labios con el ín~

uñas impecablemente cuidadas.


—Un hombre. Nahran dice que e~

Pero no he conseguido que dijera nada

Parece que el hombre del túnel se encu

damos sacarle a rastras por este agujero


—¿Y eso es todo? ¿Sólo un hombre'
—Ahí dentro podría haber monton~

dos procedentes de varios agujeros par~

masa que obstruye las entradas del audi

neles. Hemos visto la entrada de unos

superior.
Examiné mi reloj.
—¿Vamos?
Tonji dio media vuelta y fue hacia la
—No, señor Tonji. Por aquí.
Durante un segundo no me creyó y l1

tar la misma expresión vidriosa e impersd


—Señor, ¿quiere que los dos nos meta
—Así es. No hay más remedio, si es

suficientes para tomar una decisión.


Asintió lentamente con la cabeza. I'll

ocupándonos de los detalles y preparand

Intenté hablar con Nahran mientras se qlJi

un jersey. No pudo contarme gran cosa


blar, y daba la impresión de estar ligera~

afectado mucho.


—Sígame, señor Tonji, y no se aparte ~
Vaciamos nuestros bolsillos; estaba clt

siado estrecho para admitir ningún tipo d

cargó de llevar la luz. Trepé por el pequeño

óvalo oscuro. Contemplé la masa de tierra y cascotes gris pizarra que obstruía la entrada; era enorme.


Agité la mano con una falsa jovialidad y empecé a meter las piernas por el agujero.
Y entré en la pesadilla.
Sentí el roce en mis muslos y luego en mis hombros a medida que la gravedad tiraba lentamente de mí. Mantuve los brazos por encima de mi cabeza, muy juntos. No había espacio suficiente para que los tuviese a los lados.
Las grietas pasaban ante mis ojos. Barro reluciente. Guijarros.
Un instante después mis pies tocaron algo sólido, lo arañaron y acabaron posándose allí. Tanteé el terreno con mis botas, y por un instante pensé que había llegado a un callejón sin salida. Pero había otro agujero. situado más al lado. Retorcí lentamente el cuerpo y logré hundirme en él hasta las rodillas. Me arañé las manos con las piedras.
Miré hacia arriba. Sólo había cinco metros hasta la entrada del agujero, pero tuve la impresión de que había necesitado mucho tiempo para llegar hasta aquí. Vi como Tonji bajaba lentamente hacia mí, con la luz por encima de su cabeza.
Logré acabar de meterme por el angosto conducto lateral, gruñendo: ya estaba empezando a odiar el olor a tierra apisonada y basuras. Un instante después me encontré tumbado sobre mi espalda, y tuve que hundir los talones en el suelo y empujar las paredes con las palmas de las manos para seguir avanzando.
El techo del túnel rozaba mi rostro. Me hallaba sumido en la más absoluta negrura. Sentí el peso asfixiante de toda aquella tierra aplastándome. Mi aliento quedaba atrapado delante de mi rostro y sólo podía oír el eco amplificado de mis propios jadeos.
—¿Tonji?
Como única respuesta, oí un grito ahogado.
Una lengua de luz lamió las paredes del túnel ante mí. Vi una larga roca empotrada en uno de sus costados. El auditorio contaba con un esqueleto de piedra que sostenía el peso de la tierra apisonada.
Llegué a un espacio algo más amplio y pude darme la vuelta para entrar por el siguiente agujero con la cabeza por delante. La abertura inicial era bastante espaciosa, pero no tardó en volverse más angosta. Sentí un líquido viscoso rezumando por entre mis dedos. Las paredes del túnel estaban cada vez más próximas. Parte de la arcilla se había convertido en barro.
Seguí avanzando y empecé a notar que los brazos y las piernas se me iban quedando helados. Moví los omoplatos y tiré de mi cuerpo usando los dedos. El avance resultaba algo más fácil gracias a que el pasadizo estaba levemente inclinado hacia adelante, pero el barro se pegaba a mi cuerpo como si intentara retenerme.
Me pregunté cómo era posible que alguien hubiera entrado aquí. Por no hablar de salir...
“Pero nosotros sabemos por qué estamos aquí, ¿verdad, Ling? ¿Tu anhelo de someterte a pruebas difíciles? ¿De estar en el centro de la acción? Los capitanes siempre se quedan en la retaguardia, Ling...”
Cada nuevo avance hacía que mi pecho chocara con las paredes del túnel, despellejándome y dejándome sin aliento. Seguir adelante empezaba a parecer casi imposible.
Tonji gritó algo. Le respondí con otro grito. Mis palabras quedaron amortiguadas por la pared. Me pregunté si habría logrado oír algo. Sentía las protuberancias de la pared en mis manos. Las fui utilizando para saber cuál era el ritmo de mi avance.
El progreso podía medirse en centímetros, y luego incluso en menos que eso. Mis antebrazos empezaron a entumecerse. No tendría que haber bajado hasta aquí. Qué estupidez, qué estupidez. Pero quería saber...
Un dedo tocó la pared y no encontró nada. Busqué a tientas, con mucha cautela, y descubrí un ensanchamiento del túnel. Y, en ese mismo instante, un roce surgió de la noche que tenía delante, el sonido de algo siendo arrastrado por encima de un suelo de piedra. Estaba alejándose.
Me agarré a la abertura, tiré de ella... y logré pasar. Rodé sobre mí mismo, pegándome a la pared. Los destellos de la luz que llevaba Tonji me mostraron una pequeña estancia rectangular.
Estaba vacía. En la otra pared había una hilera de orificios sumidos en la penumbra.
Tonji emergió del pasaje, con su aliento convertido en una nubecilla claramente visible dado lo fría que estaba la atmósfera allí. Su lámpara fue como un lanzazo amarillo clavándose en mis ojos, aunque la intensidad del rayo estaba reducida al mínimo.
Descubrí que podía ponerme de rodillas sin golpearme la cabeza en el techo. Estiré las piernas para aliviar los calambres. Me las froté para restaurar la circulación. Miré a mi alrededor, con cautela.
—Aquí no hay nada—murmuró Tonji con voz enronquecida.
—Quizá. Ilumine esos agujeros.
Paseó el haz luminoso por la pared de enfrente.
Un chillido.
Una cabeza cubierta de sucios cabellos se escondió en el agujero de arriba.
Fui hacia él, a cuatro patas, pero me detuve en seguida. El suelo que había debajo de los agujeros estaba cubierto de excrementos y basura. Tonji tragó saliva y puso cara de asco.
Pasados unos instantes volví a avanzar. Mi bota tropezó con una lata de conservas vacía. Apenas si podía ver el rostro del hombre, tan metido estaba en su agujero.
—Salga . ¿Qué ocurre?
El hombre intentó meterse aún más adentro. Fui hacia él. Dejó escapar un gemido, empezó a gritar y se tapó el rostro, queriendo protegerse de la luz.
—No quiere contestar—dijo Tonji.
—Supongo que no ...
Me detuve y examiné unos cuantos agujeros más. El olor a rancio de esta parte del pequeño recinto resultaba casi insoportable. Cuando estaba en el túnel no lo había notado gracias a la corriente de aire frío que nacía en uno de los agujeros de la pared. Hacía que la atmósfera de la estancia no entrara en el túnel que habíamos utilizado.
—Alumbre aquí arriba—dije.
Una mano humana asomaba de uno de los agujeros.
La abertura estaba medio taponada con trapos y palos para intentar que el olor no saliera del agujero.
Había otros agujeros con la entrada a medio tapar. Algunos tenían la entrada repleta de comida, la mayor parte ya consumida.
—¿Podemos... volver?—preguntó Tonji.
No le hice caso. Fui hacia una de las aberturas de mayor tamaño. Aire pegajoso y húmedo... El silencio vacío del agujero me permitió oír los débiles ecos del llanto gimoteante que llegaba de más adentro. Los llantos y gimoteos se mezclaban hasta crear una especie de gemido hueco cargado de desesperación.
—Acerque más la linterna.
—Señor, creo que la atmósfera se está enfriando...
Vaciló durante un instante y acabó viniendo hacia mí, con el cuerpo encogido.
El hombre del agujero no paraba de gimotear. Apreté los músculos de la mandíbula en un gesto involuntario de repugnancia y, haciendo un gran esfuerzo de voluntad, metí el brazo por el agujero y le toqué. El hombre se apartó de mí, metiéndose aún más adentro, sollozando de miedo.
Su brazo seguía cubierto por un jirón de manga..., la tela azul claro de la Flota. Me volví hacia el túnel que acabábamos de utilizar y traté de calcular lo difícil que sería cruzarlo tirando de un hombre si éste no colaboraba. La lámpara de fósforo le arrancó un arco iris a un hilillo de líquido aceitoso.
—No creo que podamos averiguar nada más—dije.
El frío estaba volviendo a agarrotarme los nervios, pero Tonji no paraba de sudar. Sus ojos se movían velozmente de un lado para otro, como si esperase un ataque. El silencio resultaba asfixiante. Tuve la impresión de que podía oír con más claridad los sollozos convulsivos que resonaban en el interior del agujero.
Le hice una seña a Tonji. Volvimos a meternos en el túnel. Avancé tan de prisa como pude, con Tonji casi pegado a mis talones.
El peso muerto de la tierra nos oprimía con la rigidez de sus mandíbulas. Intenté percibir alguna señal de las paredes, algo que me permitiera medir hasta dónde nos habíamos internado, pero no tardé en hacerme un lío. Mis dedos arañaban los fragmentos de roca.
Necesité un instante más para darme cuenta de que el aire olía aún peor que antes. Me raspaba la garganta, y no podía conseguir suficiente oxígeno. Mi pecho estaba atrapado en la tenaza del túnel y mis pulmones jamás lograrían llenarse.
Dejé de retorcer mi cuerpo para subir por la leve pendiente del túnel y traté de oír algún sonido procedente de los hombres situados ante el acceso. Nada. El largo pasillo del túnel me asfixiaba. Di comienzo a una interminable serie de giros y empujones, avanzando rítmicamente hacia adelante contra la implacable mano de la gravedad y el roce de los muros.
La lámpara de Tonji proyectaba tenues huellas luminosas sobre las paredes. Me di cuenta de lo lisas que eran. ¿Cuántas personas las habían rozado con sus cuerpos? ¿Cuánta gente había aquí abajo?
Y, Dios santo, ¿por qué?
El túnel empezó a estrecharse. Logré meterme por un orificio dejando salir todo el aliento de mis pulmones y empujándome con los tacones. El trayecto de ida no había parecido tan difícil.
La gravilla me mordió el muslo.
Mis botas resbalaban sobre el fango viscoso.
Un espacio abierto alivió temporalmente la opresión que sufríamos y, más allá, vi como las paredes volvían a acercarse. Seguí avanzando usando toda la fuerza de mis músculos para reptar sobre la tierra y el fango. Un parpadeo luminoso se reflejó en mi hombro. Vi que el túnel se hacía todavía más angosto.
Imposible. Una mano inmensa me estaba apretando quitándome la vida, y mi mente se debatía frenéticamente queriendo hallar una salida. El aire era casi irrespirable. Tanteé con la mano y el esfuerzo me hizo lanzar un gruñido. Las paredes estaban cada vez más cerca la una de la otra. Supe que no podría pasar.
Mi mano tocó algo, pero el frío la había entumecido tanto que no pude saber qué era.
—Luz—logré murmurar.
Oí como Tonji daba media vuelta, respirando agitadamente, y un instante después el haz luminoso aumentó de potencia.
Era el pie de un hombre.
Retrocedí. Durante unos segundos fui incapaz de pensar. Una oleada de terror inundó mi mente.
—Atrás—jadeé—. No podemos seguir por aquí.
—Vinimos... por... aquí.
—No.
De repente, el aire se había vuelto demasiado espeso para respirarlo. Empecé a deslizarme hacia atrás.
—¡Siga!
Tonji me golpeó las botas con la mano que tenia libre.
—Retroceda, señor Tonji.
Se quedó inmóvil y la tierra pareció pegarse a mi cuerpo, rodeándome por todas partes. No era más que barro. Un derrumbamiento y...
Unos instantes después le oí retroceder.
Había estado conteniendo el aliento desde que mi mano tocó aquel pie humano. Empecé a retroceder y lo dejé escapar. Aquel hombre no llevaba mucho tiempo allí, pero había sido suficiente. La atmósfera apestaba.
Me di cuenta de que estaba sudando, a pesar del frío. Me pregunté si nos habríamos metido por el túnel correcto. Quizá íbamos hacia el interior de aquel montículo de tierra, en vez de hacia fuera.
¿Cuánto tiempo podría seguir respirando aquella atmósfera? Tonji no podría aguantar mucho más, lo sabía. ¿Y si habíamos doblado por donde no debíamos, con lo que iríamos en dirección equivocada...? Estar atrapado entre las paredes del túnel hacía que la idea resultara espantosa.
Tenía las costillas en carne viva. Cada vez que me movía notaba un agudo pinchazo de dolor. Sentía el peso de la tierra rodeándome por todas partes. Seguí retrocediendo con mucha lentitud, intentando recobrar la calma. Estaba moviéndome igual que un autómata.
Unos instantes después alargué la mano y encontré el vacío. Me detuve, pero Tonji siguió avanzando como si no se hubiera dado cuenta de nada. Le oí alejarse y parpadeé contemplando el agujero que se abría a mi izquierda, sin comprender nada, intentando pensar.
—¡Espere! ¡Es por aquí!
No sé cómo pero tanto él como yo habíamos pasado por delante del agujero sin verlo. Aquella atmósfera asfixiante debía de habernos aturdido hasta tal punto que no éramos capaces de fijarnos en nada sin hacer un esfuerzo consciente.
Di media vuelta y logré meterme por el agujero. Tonji ya estaba de regreso. El haz amarillento de la lámpara cayó sobre mí con una intensidad tan dolorosa como un mordisco. Le oí gemir algo, pero no pude entenderle.
El túnel se fue ensanchando poco a poco y vi luces delante de nosotros.
La salida.
Estábamos a salvo. Sí.
Un instante después pude ponerme de pie. Había llegado al pozo vertical. Un hombre me arrojó una cuerda. Mis manos resbalaron varias veces por ella cuando empezaron a izarme.
Me quedé inmóvil junto a la boca del pozo durante unos minutos,
parpadeando y jadeando, con el cuerpo embotado por la fatiga. Los hombres se habían apelotonado a nuestro alrededor y les contemplé igual que si fuéramos desconocidos. Acabé escogiendo a un teniente.
—Jobstranikan..., hágale bajar.
Jobstranikan tenía cierto entrenamiento como psicoterapeuta. Obviamente, era un trabajo para él.
Un intercambio de órdenes. Los hombres se dispersaron. Me puse en pie y me cambié de uniforme. Un mensajero estaba esperando ante el umbral, arrugando la nariz ante aquella pestilencia que mi olfato ya había dejado de notar.
—Señor, según los informes de los niveles inferiores hay más agujeros parecidos a ése. Al parecer también hay gente dentro de ellos. El centro de coordinación sigue intacto y se encuentra cinco niveles más abajo. Creo que ya han conseguido encontrar algunas cintas y están listos para pasarlas.
Me volví hacia Tonji.
—Intente sacar a ese hombre del agujero. No me importa cómo lo haga, pero no pierda el tiempo. Estaré en el centro.
El trayecto por los dos niveles siguientes fue como un viaje turístico a través del infierno. El olor a excrementos y basura era terrible, incluso con el sistema de ventilación funcionando al máximo de su capacidad. Las luces de arco que habíamos traído con nosotros arrojaban crecientes lunares distorsionados blancos y azul claro sobre paredes en las que se veían las manchas de sangre, comida y excrementos.
Los niveles inferiores resonaban con el eco de los gimoteos que llegaban de sus escondrijos. Algunos túneles habían sido excavados en plena pared, pero la mayor parte de los orificios se hundían en montículos tan monstruosos como el de arriba. No era nuestra presencia lo que les había hecho ocultarse; sus madrigueras estaban rodeadas por montones de basura. Llevaban semanas allí dentro.
Jobstranikan se reunió con nosotros justo antes de que llegáramos al centro.
—Es difícil, señor—me dijo—. Es igual que en las leyendas..., el país de la locura, donde reinan los monstruos y los diablos
Las leyendas de la Guerra de los Disturbios, recordé. Una época
—¿Qué les ha pasado?
—De todo. Al principio creí que temían cualquier cosa que pudieran percibir: Iuz, movimiento, ruidos... Pero no creo que sea del todo cierto. No paran de gritarse los unos a los otros, aunque sus chillidos sean incomprensibles. No se dejan tocar. Si lo intentamos se ponen a aullar y se resisten.
—Y Tonji, ¿ha logrado sacar a alguno?
—El único sistema es dejarles inconscientes. Uno de sus hombres se llevó un mordisco bastante grave cuando intentaron sacar a ese tipo del agujero por la fuerza. Sacar a los demás..., bueno, será bastante difícil.
Un centinela montaba guardia ante la puerta del centro. El pasillo estaba repleto de muebles destrozados y fragmentos de equipo electrónico, pero el interior del centro seguía intacto.
—La compuerta electrónica estaba cerrada y con el código puesto, señor—me explicó el oficial encargado de la operación una vez que entramos—. Usamos las trazadoras y la abrimos. Alguien debió darse cuenta de lo que estaba pasando y se aseguró de que nadie pudiera entrar aquí antes de que llegáramos.
Fui hacia el tablero principal. Los técnicos estaban trabajando a toda prisa en el banco central del ordenador, localizando las lecturas que necesitaríamos. Le hice una seña a Danker, indicándole que ya podía marcharse, y me volví hacia el oficial.
—¿Tiene algún resultado preliminar? ¿Hay algún registro oral que hable del ataque Quarn?
—Aún no tenemos ningún dato oral. Tenemos unas imágenes de radar.—Colocó un cilindro en el proyector incorporado al tablero—. Lo he preparado para que empiece mostrando la primera incursión dentro del sistema.
El fulgor de las luces de fósforo fue disminuyendo. La rejilla verdosa de un sensor apareció en la pantalla y se hizo más nítida. Las posiciones relativas de los demás planetas del sistema de Regeln estaban indicadas mediante parpadeos púrpura (la mayor parte eran masas de roca fría), y un puntito rojizo se movía en el perímetro de la pantalla: los Quarn.
—Al parecer tardaron bastante en llegar.—La velocidad de proyección se aceleró. Más puntos se unieron al primero para formar una especie de cuña. Una línea azul se desprendió del centro de la pantalla y salió disparada hacia el exterior del perímetro, encogiéndose hasta convertirse en un punto: una acción defensiva desde Regeln—. Por lo que parece dispararon todos los cohetes de que disponían. Los Quarn sufrieron unas cuantas bajas, pero lograron maniobrar esquivando la mayoría de proyectiles. Me temo que los lanzaron demasiado pronto, y cuando nuestros buceadores llegaron a la distancia adecuada sus reservas de combustible no pudieron vérselas con una larga serie de maniobras evasivas.
Los puntos rojos empezaron a moverse erráticamente en lo que parecía la veloz pantomima de una danza, con los puntos azules de los defensores como compañeros de baile. La distancia que había entre ellos nunca llegó a ser lo bastante corta para permitir el uso de las cargas nucleares y, finalmente, los puntos azules se fueron quedando rezagados. Cuando su masa de reacción se agotó desaparecieron con un último parpadeo.
—Ya no tenían más defensas, dejando aparte las naves atmosféricas. Esta colonia no fue concebida para librar una guerra. Pero ocurrió algo bastante extraño.
Las naves Quarn se dirigieron hacia el centro de la pantalla, sin apresurarse. Un pequeño proyectil se desprendió de ellas, entró en órbita alrededor de Regeln y desapareció.
—El satélite de conexión. Acabaron con él y luego...
—Y luego se marcharon—dije yo, sin darle tiempo para completar la frase.
Los puntos rojos estaban alejándose de Regeln. Su velocidad fue aumentando poco a poco, se reagruparon y unos minutos después ya no eran visibles en la pantalla. La pantalla se oscureció.
—Eso es cuanto tenemos. Este registro cubre unos ocho días. No podemos tener la seguridad de que alguien estuviera presente para ver la última parte, ya que el mecanismo de grabación es automático. Se detuvo cuando se le acabó la película. Esta sala pudo quedar herméticamente cerrada en cualquier instante posterior al lanzamiento de sus proyectiles.
—Nada de esto explica lo que pasó aquí. Los Quarn no llegaron a Regeln, pero la base está llena de lunáticos. Algo hizo que los Quarn detuvieran su ataque y se marcharan...—Mis ojos recorrieron las hileras de consolas. La atmósfera estaba empezando a cargarse de tensión. Aquella vieja sensación de estar haciendo lo adecuado y saber cuál era tu posición se hacía cada vez más escurridiza—. Trate de encontrar todos los registros que pueda y, de ser posible, duplique las cintas—le ordené, intentando no dejarme dominar por aquella tensión.
El oficial me saludó y volví a los pasillos acompañado por unos centinelas. Hice una anotación mental para recordarme que debíamos conseguir equipos de respiración lo más pronto posible y, mientras tanto, traté de contener el aliento al máximo entre jadeo y jadeo.
La ruta por la que volvimos era distinta, pero no menos horrible. Aquí había cuerpos yaciendo entre los escombros y desperdicios, y la mayor parte se hallaba en un estado de putrefacción bastante avanzado. La atmósfera estancada y casi irrespirable de los pasillos hizo que dos de mis hombres vomitaran. Seguimos avanzando tan de prisa como podíamos, evitando las puertas a medio abrir de las que brotaba el débil gimoteo de los locos. La mayor parte de los cadáveres que vimos habían sido apuñalados, golpeados o tirados en cualquier rincón a la espera de la muerte. Había un número considerable de mujeres. En cualquier prueba de fuerza serían las primeras en perecer, y no se las había tratado con ninguna consideración especial.
Cuando llegamos al perímetro establecido por Tonji la atmósfera se hizo algo más respirable. Equipos de trabajo iban y venían por los pasillos, rociando las paredes con una solución jabonosa.
—Los drenajes y los conductos de agua siguen funcionando, así que he decidido utilizarlos—dijo Tonji. Parecía haberse recobrado de la experiencia sufrida en el túnel—. Estamos sellando los sitios donde vivían, siempre que resulta posible. Eso hará que podamos mantener limpia gran parte de la base.
Jobstranikan emergió de una puerta que habíamos forzado hacía apenas unos minutos.
—¿Alguna idea nueva?—le pregunté .
—Me temo que todavía no.
Meneó la cabeza, y los largos rizos de mongol que cubrían su nuca chocaron los unos con los otros. Llevaba la cabellera arreglada al estilo semitribal, como la mayor parte de mis oficiales. Tenía el cabello de un negro opaco, como los soldados del Kahu y el Patriarca, y las trencillas de la nuca estaban hechas con tiras de cuero multicolor. Aquel estilo de peinado era tan viejo como las grandes llanuras del Asia central.
—No consigo entenderlo. Creo que al principio lucharon entre ellos, pues los cadáveres que hemos encontrado deben ser de hace unas cuantas semanas, como mínimo... Después se metieron en esos hoyos y se alimentaron con las reservas de comida que habían ido acumulando. Pero no quieren salir de los agujeros. Todos los que he visto sólo parecen desear una cosa: encogerse en un sitio lo más pequeño posible y quedarse allí. Hemos encontrado gente metida en armarios, en conductos de ventilación, incluso...
—Una señal, señor.
Habíamos establecido una conexión temporal. Me entregó el receptor y me puse el accesorio amortiguador en la cabeza. Si era lo que me imaginaba, no quería que nadie se enterara antes de que hubiera decidido contárselo.
Era Matsuda.
—Nuestro robot capta naves extrasolares aproximándose. La trayectoria preliminar indica que se dirigen hacia la órbita de Regeln.
Dejé escapar el aire, muy despacio. La verdad es que casi lo había estado esperando.
—¿Cuál es su doppler?
Unos instantes de silencio, y luego:
—No es lo bastante elevado para indicar una deceleración después de un salto estelar. Pero los datos del espectroscopio indican que sus antorchas funcionan a plena potencia. No pueden llevar mucho tiempo acelerando.
—En otras palabras, es el mismo grupo de naves que atacó la base de Regeln..., o, mejor dicho, que no llegó a atacarla. ¿De cuánto tiempo disponemos?
—Señor, las lecturas dicen que pueden quedarse allí abajo durante unas cinco horas sin que ello implique más que un cinco por ciento de riesgos para el convoy. ¿Podrá sacarles en ese tiempo?
—Ya lo veremos—dije, y volví a reunirme con Tonji.
Era imposible. Utilizamos la totalidad de nuestras lanzaderas y botes y logramos salvar a unas tres mil personas, una pequeña parte de la población de la colonia. No tuvimos tiempo suficiente para recorrer más que una fracción del refugio y sus túneles.
Nos marchamos de Regeln con el tiempo justo y un interceptor Quarn estuvo a punto de alcanzarnos. Un haz de fusión amarillento nos persiguió mientras nos alejábamos. Jamás supimos qué hicieron con los demás supervivientes de Regeln.
Tras unos cuantos intentos que no tuvieron éxito decidí que lo mejor sería olvidar nuestros esfuerzos para entrar en comunicación con los lunáticos a los que habíamos dispersado por las naves. Jobstranikan quería someterles a tratamiento químico, pero los médicos ya estaban desbordados cuidando sus heridas, infecciones y los abundantes casos de desnutrición.
Una vez estuvimos fuera del sistema los Quarn no intentaron seguirnos. Me pareció bastante extraño, y así se lo dije a Tonji.
—No tiene sentido—dijo él—. No sabemos mucho sobre sus impulsores, pero creo que tenían una buena probabilidad de atraparnos. Como mínimo, valía la pena intentarlo... Si tiendes una trampa, ¿por que no emplearla a fondo?
—Quizá no sea esa clase de trampa—dije yo.
Tonji frunció el ceño.
—¿Quiere decir que quizá estén esperándonos en algún otro punto posterior de nuestra trayectoria? Ya hemos salido del radio de acción de los detectores Quarn y estamos a punto de Saltar. Una vez lo hayamos hecho, jamás conseguirán localizarnos.
—No, no me refiero a eso. Es sólo que...
Sí, tenía ciertas ideas al respecto, pero estaban a medio formar.
Aun así, me preocupaban. Y los resultados obtenidos por el departamento de inteligencia que me trajo Tonji no aliviaron mis temores.
—El ordenador ha terminado de analizar los datos del radar de la colonia—me dijo—. Dejando aparte lo que ocurrió en la colonia, las máquinas opinan que las tácticas usadas por los Quarn no son demasiado buenas. Mire.
Conectó la pantalla que había sobre mi escritorio y la pauta de puntos rojos y azules esparcidos por una parrilla verde tridimensional empezó a repetirse.
—Fíjese en esta etapa, poco después del contacto inicial.
Los puntos azules bailaban sin cesar, ejecutando un complicado ballet de pasos que se oponían y se agrupaban incesantemente. Los puntos rojos que representaban las naves Quarn se movían de una forma torpe e insegura.
—Los Quarn poseían la superioridad balística y más maniobrabilidad. Pero fíjese en cómo esquivaban los proyectiles lanzados por Regeln.
Los puntos rojos retrocedían, moviéndose en formaciones de creciente lunar que apenas si lograban evitar las fintas y embestidas de los puntos azules. El creciente lunar se formaba y volvía a deshacerse. Una vez, y otra... Los Quarn estaban utilizando la misma táctica, confiando en su potencia numérica y esperando que ésta conseguiría hacerles superar el ataque de Regeln. No soy ningún especialista en táctica, pero me di cuenta de que estaban desperdiciando tanto su tiempo como la energía de sus naves.
—Siguieron haciendo lo mismo hasta que los interceptores agotaron toda su masa de reacción. Si el número de proyectiles interceptores hubiera sido igual al de las naves Quarn, la batalla no habría durado ni dos minutos.
Apagué la pantalla.
—¿Y qué quiere decir eso?
Tonji agitó un dedo en el aire.
—Quiere decir que acabaremos con ellos. Durante este último año han tenido la suerte de atacar planetas fronterizos que no eran emplazamientos militares de primera categoría. No hemos podido averiguar cuáles eran sus técnicas de combate porque los Quarn no dejaron que hubiera supervivientes. ¡Pero estas tácticas parecen ejemplos de manual! Si esto es lo mejor que pueden hacer, nuestras flotas les barrerán nada más enfrentarse a ellos.
Puede que su entusiasmo fuera algo excesivo, pero estaba en lo cierto. Nuestras defensas se basaban en el principio de la Flota, con capas interconectadas de directorios tácticos, escuadras de cien naves y escalones de mando. La estructura final era muy parecida a la de los ejércitos acuáticos de la vieja historia terrestre. Y, en esos términos, los Quarn eran lamentablemente inferiores a nosotros.
Aquellas noticias deberían hacer calmado mi inquietud; pero en vez de esfumarse la inquietud siguió creciendo. Empecé a darme cuenta de que los tripulantes se trataban groseramente los unos a los otros, vi señales de preocupación en el rostro de los oficiales... Algo estaba alterando nuestro estado anímico. Naturalmente, las molestias ocasionadas por tener que atender a los colonos podían explicar parte de todo aquello: los colonos seguían estando muy alterados y había que mantenerlos inmovilizados para impedir que destruyeran el mobiliario de sus camarotes. Querían utilizarlo para construir el mismo tipo de ratoneras dentro de las que les habíamos encontrado.
Pero eso no era todo. Algunos tripulantes empezaron a saltarse las comidas: se quedaban en sus camarotes y no hablaban con los demás. La nave se convirtió en un lugar silencioso y cargado de tensión. Ordené una inmediata reanudación de los Juegos.
Nos faltó poco para conseguirlo.
El Sabal fue precedido por un murmullo de charla y nerviosismo, en vez de la firme calma que acompaña a la autocontemplación, pero los rituales del comienzo sirvieron para calmar ese nerviosismo. Creí detectar una onda física de relajación que recorrió todo el hexágono igual que una ola. Los músculos dejaron de estar envarados, las mentes se despejaron y nos sentimos más cerca los unos de los otros.
Lo normal en un Juego es elegir un tema que empiece con una reafirmación de las virtudes de la comunidad, las ponga a prueba y acabe volviendo a la configuración inicial, la posición del reposo. Pensaba que íbamos a tener ciertas dificultades, pero no creía que fueran lo bastante graves como para hacer necesario un cambio en la estructura del juego. Al principio todo fue bien y sin tropiezos..., hasta que llegamos al primer punto de resolución.
Uno de los tripulantes de la cubierta inferior, que había estado en las cavernas del refugio desde el primer momento, fue escogido por el azar del juego para informar sobre la decisión. Vaciló, contempló su carta y sus cuentas como si se sintiera culpable de algo y acabó hablando. Ofreció una gama de elecciones que favorecían a unos cuantos y perjudicaban a la mayoría.
La atmósfera de la sala se hizo más agobiante, como si un cable invisible acabara de tensarse.
Sentí que el grupo se hallaba a punto de perder el equilibrio. Los hombres se esforzaban por recuperar el sentido de la armonía e intentaban decidir cómo jugar en cuanto les llegara el turno. El Sabal no excluye la posibilidad de que algún jugador haga un mal movimiento, claro está, pero dada la situación actual un mal resultado podía ser peligroso.
Repetí el ritual de confirmación con la esperanza de que serviría para calmar a los tripulantes (y a mí mismo), pero el siguiente jugador escogió el aislamiento y la retirada. Ningún beneficio para el individuo, pero el grupo tampoco se beneficiaba y el efecto global era malo. El miedo empezó a extenderse de un jugador a otro recorriendo el hexágono.
Las jugadas se sucedían rápidamente. Algunos intentaron reforzar el mensaje y sus configuraciones beneficiaban al grupo, pero fueron superados en número por las configuraciones negativas y el Juego empezó a desintegrarse.
Usé el cántico. Tranquilidad, distanciamiento. Las palabras resonaban en el aire. Interpenetrando, interconvirtiendo... El mosquito se lanzaba contra la barra de hierro.
Mi red les mantuvo a raya durante un tiempo gracias al respeto inspirado por mi posición, pero una rápida sucesión de jugadas acabó superándola. Y después llegó la oleada. Una docena de jugadas, y todas mostraban una aguda pérdida de Fase. El tema no era lo beneficioso, sino el apartarse del grupo, y eso hacía que el fracaso del juego fuera terriblemente grave. El aislamiento y la retirada son golpes dirigidos contra la mismísima estructura social.
Tomé el control del Juego, poniendo punto final a un subargumento que amenazaba con colocarlos en una situación aún peor. Entoné una moraleja, una que había aprendido años antes y que había esperado no verme obligado a emplear nunca. La moraleja hacía referencia a la resolución del Juego y recalcaba lo importante que era haberse enfrentado a una prueba difícil, sin entrar en el problema de si habíamos logrado superarla o no. Estaba claro que el juego había sido un fracaso, pero no podía hacer nada más.
El hexágono se rompió y los hombres empezaron a hablar entre ellos, al borde del pánico. Salieron de la estancia, dándose codazos y empujones, y se dispersaron nada más llegar a los pasillos. Algunos me lanzaron rápidas miradas de soslayo y apartaron los ojos en seguida. Un instante después el único sonido audible era el siseo del sistema de ventilación y el ya lejano golpeteo de las botas sobre la cubierta.
Tonji seguía allí. Parecía perplejo.
—¿Qué cree que significa todo esto?—le pregunté.
—Probablemente nada, sólo que esta misión ha sido demasiado dura para nosotros. En cuanto aterricemos todo irá bien.
—No lo creo. Nuestros Juegos anteriores dieron buen resultado, pero éste se hizo pedazos antes de que hubiéramos llegado a la mitad. El cambio es demasiado brusco.
—Entonces, ¿a qué se debe?
—Es algo relacionado con la misión. Algo... ¿Qué porcentaje de la tripulación tiene contactos regulares con los supervivientes de Regeln?
—Teniendo en cuenta los turnos de asistencia médica y enfermería actuales, un sesenta por ciento, más o menos. Cada hombre que puede abandonar su puesto durante más de una hora tiene que ayudar a limpiarles y darles de comer, o trabajar con los equipos de psicólogos que intentan averiguar en qué consiste su problema.
—Por lo tanto, la mayor parte de los hombres siguen viéndoles aunque ya no estemos en Regeln.
—Sí, pero no podemos evitarlo. Nuestras órdenes eran traer de vuelta al mayor número de supervivientes posible, y eso estamos haciendo.
—Naturalmente.—Moví la mano en un gesto de irritación—. Pero estoy seguro de que el Juego de esta noche ha fracasado por culpa de esos supervivientes. Habernos convertido en un convoy militar ha hecho que los tripulantes soportaran una considerable tensión psicológica, pero eso ya estaba previsto y nuestra planificación lo tomó en cuenta. No explica lo que está ocurriendo.
Tonji me miró.
—Entonces, ¿cuál es la causa?
—No lo sé.—La pregunta me había irritado porque sí lo sabía (aunque fuera de una forma vaga, como una especie de presentimiento), y el que me lo hubiera preguntado daba aún más fuerza a mis temores—. Es algo relacionado con el Sabal... Con eso y con la forma en que están estructuradas nuestras naves... Qué diablos, no, con toda nuestra estructura social. Valoramos la cooperación y la Fase. Enseñamos que la felicidad de un hombre depende del bienestar del grupo, y que ambas cosas son inseparables. Hemos difundido esa filosofía incluso en nuestros contactos con los alienígenas, hasta conocer a los Quarn. Intentamos aproximarnos a seres que son básicamente diferentes de nosotros.
—Ésa es la forma en que debe estructurarse toda sociedad avanzada. Cualquier otra solución acaba por ocasionar un suicidio a escala racial.
—Claro, claro. Pero al parecer los Quarn no encajan en ese molde. Tienen algo distinto. Pasan sus vidas en soledad y supongo que si viven en ciudades es sólo por razones económicas. La mayor parte de lo que sabemos acerca de ellos se basa en hipótesis y conjeturas, ya que no les gusta entrar en contacto con otros, ni tan siquiera con los miembros de su propia raza. Tuvimos que averiguar esos datos poco a poco, fragmento a fragmento...
Tonji extendió los brazos con las palmas hacia arriba.
—Ése es el objetivo de esta misión. Los supervivientes de Regeln quizá puedan revelarnos más datos sobre los Quarn. Necesitamos tener una idea de cómo piensan.
—No creo que esos locos vayan a servirnos de nada. Ya están poniendo en peligro la seguridad del convoy...
—¿Poniendo en peligro... ? ¿De qué forma?
—Disturbios, motines..., no lo sé. Lo único que puedo decir es que cuando empezamos este juego la tripulación se encontraba bastante mal, pero aún se podía llegar a ellos. Aún eran capaces de comunicarse.
—Sí, pero...
—La tensión fue en aumento durante el Juego. No hemos asistido a ninguna exposición de lo que pensaban. Los temores que sentían pasaron de unos a otros, acumulándose... Pude sentirlo en todos los subargumentos que formaban parte del Juego. No sé qué es, pero alguna faceta de nuestro comportamiento debe aumentar el desequilibrio contagiado por los supervivientes de Regeln, y el Juego sólo sirve para agravar sus efectos, para concentrarlos
—Pero durante el Juego duplicamos nuestra sociedad, nuestra forma de vivir. Si eso agrava el desequilibrio.

—Exactamente—dije yo, desesperado—. Exactamente.


Decidí que lo mejor sería esperar a la mañana siguiente. Tenía la esperanza de que el sueño serviría para aflojar un poco el nudo de mis temores y preocupaciones. Mientras desayunaba en mi camarote, a solas, volví a pensar en aquella conversación y traté de comprender adónde llevaba mi lógica.
Sentí un agudo retortijón en el estómago, una punzada que me agarrotó las entrañas haciendo que el arroz y la sopa de pescado se convirtieran en plomo.
¿Cómo es posible que un hombre salga de sí mismo y comprenda las reacciones de unos alienígenas que no se le parecen en nada? Estaba intentando hallar la clave del enigma de Regeln, tenía todos los elementos del misterio ante mí y, sin embargo...
Algo empezó a tomar forma en mi mente. Dejé que mis sentidos se fundieran con la nave, sintiendo los delicados ritmos de la vida, buscando, percibiendo... lo otro. Sí, ahí había algo que no estaba antes, algo extraño. Y, con una nueva certidumbre, supe qué era.
Cogí mi taza de té y empecé a concentrarme en la silueta del altar kendai. La oscura caoba de que estaba hecho me tranquilizaba. La energía y la decisión irradiaron del centro de mi cuerpo, fluyendo hacia el exterior. Mi mano sostenía la taza de té.
Y, de repente, la dejó caer al suelo.
Estábamos a punto de Saltar. Tenía que impedirlo.
Había olvidado que Tonji era el oficial encargado del puente durante el Salto. Estaba haciendo comprobaciones de rutina bajo la luz verde oscuro del turno de mañana. Los hombres se movían expertamente a su alrededor, hablando en voz baja.
—Saludos, señor—dijo Tonji—. Hemos llegado al punto en que debe dar permiso para el Salto.
Entonces ya era tarde..., mucho más tarde de lo que había pensado. Clavé la mirada en su rostro.
—Permiso denegado, señor Tonji. Haga los preparativos para una transmisión subespacial.
Sentí como el silencio se apoderaba del puente.
—Señor, ¿puedo preguntarle cuál va a ser el contenido de esa transmisión?
—Una petición para desviar el rumbo de este convoy. Quiero que la expedición sea sometida a un período de descontaminación hasta comprender todo lo sucedido.
Tonji no se movió.
—Señor, falta muy poco para Saltar.
—Es una orden, señor Tonji.
—Señor, si tuviera la bondad de explicarme sus razonamientos, quizá...
Me volví hacia el tablero del turno de mañana. El número de bajas por enfermedad era muy elevado, y la mayor parte de los nombres iban acompañados por peticiones para que se les permitiera quedarse en sus camarotes. Todos los departamentos andaban escasos de personal. Sí, encajaba. Dentro de unos cuantos días no podríamos seguir controlando las naves.
—Mire—le dije con impaciencia—, los Quarn les hicieron algo. Tal vez fuera cosa de un agente secreto, un virus introducido de contrabando... No sé en qué consiste, pero esos colonos han sufrido la peor clase de trauma psicológico que nadie haya visto jamás.
—¿Un agente secreto? ¿Un ser humano?
—Es algo que ya ha ocurrido antes, ¿no? A veces por idealismo, a veces por pura codicia... Pero lo importante es que cuando captamos a las naves Quarn en nuestras pantallas no llevaron a cabo ningún tipo de maniobra para proyectar imágenes falsas o despistar a nuestros sensores. Nos ofrecieron un clásico problema balístico, y lo único que debíamos hacer era salir de Regeln con el tiempo suficiente para dejarles atrás. Querían que escapáramos.
—Pero fíjese en sus maniobras durante el primer ataque contra Regeln, el que hizo que toda nuestra gente se escondiera bajo tierra... No necesitamos más pruebas que ésa. En el terreno de las tácticas militares son como nidos. Su forma de actuar con nosotros... resulta ridículamente sencilla, cierto, pero lo más probable es que no sepan hacerlo mejor.
—No lo creo. No si los Quarn tienen la mitad de inteligencia que parecen tener según el resto de nuestros datos... Su primer ataque consiguió que todos los colonos se ocultaran bajo tierra... Estupendo. Hizo que toda la población de Regeln se concentrara en un solo sitio, en el refugio..., allí donde las técnicas de los Quarn, sean las que sean, podían empezar a actuar sobre ellos. Lo que parecía un error no era más que una finta.
—No creo que...
—Piense. Concebir tácticas sofisticadas y saber utilizarlas es una adaptación cultural bastante especializada. Por lo que sabemos, quizá no resulte muy útil en el tipo de guerra interestelar en el que acabamos de meternos... El hecho de que los Quarn no posean esa clase de tácticas no quiere decir que sean inferiores a nosotros. Probablemente quiera decir todo lo contrario. Regeln era una trampa.
—Si lo era, logramos escapar de ella—replicó Tonji con voz seca.
La máscara del mongol volvió a ocultar sus rasgos.
—No, señor Tonji, no logramos escapar. Estamos sirviendo de medio de transporte a lo que los Quarn quieren introducir en nuestros mundos natales..., los supervivientes de Regeln.
—Pero ¿por qué?
—Ya conoce la analogía que utilizamos en el Juego. La humanidad se ha convertido por fin en un organismo. La interdependencia... Las complejidades de la civilización nos obligan a confiar los unos en los otros.
Mi propia voz me resultaba extraña. Débil, cansada, con algo que casi parecía desesperación...
—Naturalmente—dijo Tonji con impaciencia—. Siga.
—¿Se le ha ocurrido pensar que si admite que la sociedad es como un organismo, admite la posibilidad de las enfermedades contagiosas?
—Está jugando con las palabras.
Torcí el gesto y seguí hablando.
—Los supervivientes. .. Al parecer son una muestra de humanidad lo bastante grande como para producir los efectos requeridos. Un tripulante promedio pasa varias horas al día con ellos, y la exposición continua es suficiente.
—Entonces, ¿cuál es la razón de que usted no se encuentre afectado? Y yo... Y los hombres que no figuran en la lista de bajas. .., ¿por qué no han contraído esa enfermedad suya?
—Diferencias menores de personalidad. Y hay algo más... Lo he comprobado. Algunos de ellos nacieron en las Islas Exteriores, como yo. Somos distintos. No crecimos con el Juego. Lo aprendimos más tarde, en el continente. Quizá eso debilite sus efectos.
Tonji meneó la cabeza.
—Sí, los colonos están enfermos, cierto, pero...
—Es algo que ataca la mente, Tonji. Algo irracional... Señor Tonji, somos producto de nuestros antepasados y esos antepasados conocían terrores que no podemos comprender. Recuerde, lo que hemos encontrado en Regeln es una nueva psicosis, una combinación. Miedo a la luz, al calor, a las alturas, a los espacios abiertos... Ese último componente es el que parece más fuerte: la agorafobia. Los Quarn han creado un horror de primera clase especialmente concebido para nosotros, y este convoy va a ser su portador.
—¿Un agente portador para una enfermedad mental?—preguntó Tonji con voz despectiva.
—Sí. Pero se trata de un desorden mental como nunca habíamos visto antes. Una amalgama de los terrores fundamentales del hombre... Una sociedad colectiva tiene la fuerza de una soga, porque cada hebra tira en el mismo sentido. Pero, y por la misma razón, también tiene sus debilidades.
Los hombres nos observaban en silencio. Podía oír el tenue zumbido de las unidades de observación y control. La piel de Tonji relucía con una débil claridad verdosa y sus negros ojos me contemplaban con una opaca frialdad.
—La llevamos con nosotros, Tonji. Los supervivientes están creando una especie de vibración en nosotros, un efecto de resonancia idéntico al que los Quarn crearon en ellos. Los Quarn nos atacan usando nuestras debilidades. Son ermitaños, y pueden comprendernos con mucha más claridad que nosotros mismos. Nuestra interdependencia, el Juego, todo lo demás..., sirve para contagiar la enfermedad.
Me di cuenta de que mis dedos apretaban convulsivamente la consola que tenía al lado. Tonji seguía inmóvil.
—Suspenda el Salto, señor Tonji. Y haga los preparativos para la transmisión.
Le hizo una seña a un ayudante. La cuenta atrás para el Salto se detuvo. Tonji siguió inmóvil durante un par de segundos, mirándome fijamente. Después dio un paso hacia atrás, se puso en posición de firmes y me saludó. Cuando habló lo hizo con voz tranquila y mesurada.
—Señor, es mi deber informarle de que en cuanto haya terminado su transmisión tendré que redactar un Informe Sobre Oficiales. Invoco el artículo veintisiete.
Me quedé inmóvil, paralizado.
El artículo veintisiete dice que el primer oficial puede añadir su propio mensaje al mensaje del Comandante en cuanto éste sea transmitido. Cuando crea que el Comandante no es capaz de seguir desempeñando sus funciones...
—Se equivoca, señor Tonji—dije, hablando muy despacio—. Llevar esos supervivientes (y, a esta alturas, a la mayor parte de la tripulación), a un puerto de gran tamaño causará más daños de los que usted o yo podemos imaginar.
—He estado observándole, señor. Creo que no es capaz de tomar una decisión racional sobre este asunto.
—¡Piense, maldita sea! ¿Qué otra explicación puede haber para lo que le está sucediendo a esta nave? Ya ha visto esas cintas. ¿Cree que las briznas de información que contienen justifican correr el riesgo de entregarlas? ¿Cree que alguien será capaz de sacarle una frase coherente a esos lunáticos que transportamos?
Meneó la cabeza, sin responderme.
Percibí el oscuro vacío que nos separaba. Tonji era un hombre del oriente, y yo representaba a los muertos y los agonizantes. En las historias escritas por ellos, los ideales de mis antepasados eran calificados como una anomalía pasajera, una alternativa fracasada a la cultura comunitaria centrada en el grupo.
Quizá tuvieran razón. Pero en Regeln habíamos encontrado algo muy extraño, algo que yo sabía serían incapaces de comprender. Quizá los norteamericanos sí hubieran podido entenderlo. O los europeos... Pero ya no existían.
Tendría que haberme imaginado que esa pérdida de Fase experimentada por todos nosotros tomaría formas distintas. Tonji había escogido la ambición antes que el deber y la seguridad de la nave. Si la Flota decidía apoyarle conseguiría un buen ascenso. Y yo no podía hacer nada: estaba atado por las reglas y los precedentes. Si trataba de silenciar a Tonji sólo conseguiría empeorar mi posición ante la Flota. Utilizar el artículo veintisiete significaba entrar en una rígida maquinaria de procedimientos legales. Nada de cuanto pudiera hacer serviría para detenerla.
—¡Señor Tonji! Se da cuenta de que cuando todo esto llegue a su fin la carrera de uno de los dos habrá terminado para siempre, ¿verdad?
Se volvió, me miró y, por un segundo, un breve destello de expectación iluminó su rostro. Debía de llevar mucho tiempo odiándome.
—Sí, ya he pensado en ello. Y creo que sé quién verá terminada su carrera...
No terminó la frase en voz alta. Se limitó a articularla, por lo que sólo pude ver el movimiento de sus labios.
—... ofkapan.
Tonji tenía razón. La Flota quería estudiar a los supervivientes. No tenían ganas de escuchar a un comandante de convoy lleno de sospechas y teorías. Y Tonji, siendo mongol, gozaba de buenas conexiones políticas.
Pasamos una semana en el espacio real, aguardando la decisión, y acabamos Saltando. Mi juicio fue muy breve.

—¿Todavía no has ido a dar tu paseo?—me preguntó Angela.


Su voz me sobresaltó, aunque había conseguido no enterarme del ruido que hacían los niños sentados ante su pantalla. Angela estaba de pie en el umbral de nuestro dormitorio, y sus rasgos de un suave color amarillo aún mostraban huellas de la tensión que sentía. Ya estaba bastante acostumbrado a ver esas arruguitas. Aparecían con mucha frecuencia, el dibujo de una telaraña superpuesto como una sombra sutil a esa cara que tanto conocía. Angela tenía un rostro firme pero delicado, y junto a las comisuras de sus labios había unas leves arrugas causadas por el gesto de sonreír que desmentían el leve inclinarse hacia abajo de los labios; una inclinación que parecía sugerir un mohín desaprobatorio que siempre conseguía pillarme por sorpresa en momentos de una especial solemnidad y que, a veces, lograba provocarme una carcajada. El rostro de una persona decidida y segura de sí misma... Después de todo había sido esposa del Capitán de una nave estelar, y había sabido manejar hábilmente nuestra vida social, caminando sobre esa escurridiza cuerda floja que esperaba a los Isleños cuando entraban en la Flota, ayudándome y dándome su apoyo en formas que iban mucho más allá de la palabra tranquilizadora o la ternura de un abrazo. Aún era una mujer hermosa, capaz de hacer que los hombres se volvieran a mirarla..., o podría serlo, si viviese fuera de estas Ranuras.
—Yo..., creo que se me olvidó. ¿Quieres venir conmigo?
Asintió.
Me puse en pie. Recordar Regeln y lo ocurrido después, volver a vivir toda aquella experiencia, me había dejado sumido en una especie de embotamiento.
Apagué las luces del pasillo antes de cruzar el umbral de nuestro apartamento. Nos cogimos de la mano en un gesto automático. No por amor, sino por seguridad. Puse la palma de mi mano derecha sobre la pared y empezamos a movernos, poco a poco, centímetro a centímetro. Sentí una oleada de terror pero intenté no dejarme vencer por él.
La voz de Angela era un murmullo ronco en la oscuridad.
—No veo por qué te molesta tanto el que Romana y Chark se conecten.—Sus palabras rebotaron en el cemento esmaltado que se alzaba a nuestro alrededor. ofreciéndonos su protección—. Todos estamos metidos en la guerra y cualquier tipo de aprendizaje especial...
—Ling, si no se conectan cada vez irán quedándose más distanciados. Sus compañeros de juegos les dejarán atrás...
—¿Qué compañeros de juegos? —Mi voz subió bruscamente de tono y se hizo más áspera—. Los niños ya no juegan. Jugar requiere espacio. Requiere...
No acabé la frase. Para jugar hacía falta algo que nuestros niños habían perdido.
Doblamos una esquina. Tropecé con alguien. Una mujer, enroscada en el suelo, rodeándose el cuerpo con los brazos: tenía espasmos. Por su forma de respirar, ronca y entrecortada, supuse que había sufrido un ataque y no podía continuar. Pasamos junto a ella. Seguimos adelante.
—Ling.., juegan, pero no como lo hacíamos nosotros. Tienen sus propios juegos. Nuevos juegos... Tienes que aceptar el mundo tal y como es.
—¿Aceptar el que todos vivamos apelotonados? ¿Aceptar el miedo que te oprime cada vez que sales de tu casa? ¿Aceptar el hecho de que una quinta parte de la población vive en las Ranuras? Y que la mayor parte de las Ranuras son peores que éstas, mucho peores... ¿Aceptar que debemos seguir trabajando, aunque tengamos un nudo apretándonos las entrañas? Hasta que llegue el momento en que seamos incapaces de seguir haciendo ni tan siquiera eso, y entonces nos enviarán a una madriguera para ratas, y viviremos en habitaciones asquerosas tan pequeñas como armarios, igual que...
Logré no completar la frase. Igual que en Regeln. Sus dedos apretaron convulsivamente mi mano. Estaba llorando.
—¡Ya sabes que no hay forma de impedirlo! Estamos en una..., una etapa de la evolución. La evolución de la sociedad... Es necesario, hay que aislarse. Nadie dice que estemos condenados a perecer, Ling. Son imaginaciones tuyas. Después podremos conseguir una Fase mayor. Todo el mundo dice que...
—Y mientras tanto los Quarn nos quitan un sistema detrás de otro. Ya han cortado las comunicaciones con muchas bases. No podemos reunir el número de hombres suficiente para detenerles.—Dejé escapar un bufido despectivo—. Si tenemos suerte, quizá se encarguen de acabar con nuestras mentiras antes de que todo esto haya terminado.
—Eso es una locura—replicó ella con voz gélida. Ya no lloraba—. Hay señales de mejora, las noticias lo dicen. El avance de la..., de la enfermedad se está haciendo más lento.
Para los casos que la contrajeron a través de tres o cuatro intermediarios después de la llegada de los supervivientes de Regeln, sí. Su exposición inicial fue más débil.
—Eso no es más que una teoría. No puedes saberlo con seguridad.
—Hum.
Torcí el gesto, protegido por la negrura de tinta en que estaba sumido el vestíbulo.
—Es como todas tus otras ideas, el no dejar que Chark y Romana se conecten...
—Querrás decir el no permitir que la Flota y el gobierno alteren sus mentes en uno de sus planes desesperados para aumentar el esfuerzo de guerra. Sí, dejemos que Chark tenga una conexión frontal y gracias a eso no estará interesado en nada salvo... ¿el diseño de las recámaras de una antorcha, por ejemplo? De esa forma, sólo será feliz cuando esté diseñando recámaras. Una “carrera permanente”, así es como lo llaman. Pues tienes razón, no pienso permitirlo. Nuestros hijos necesitan hasta su última reserva de equilibrio mental para seguir con vida, para vivir siendo una raza derrotada... No tengo intención de robarles esas reservas.
Sentí como la frustración la hacía temblar. Pasamos junto a la débil claridad amarilla de las lámparas de fósforo que iluminaban los apartamentos del nivel inferior, las Ranuras construidas a toda prisa por un gobierno acosado para albergar a los casos más graves. Oímos los gemidos que brotaban de los pequeños orificios donde criaturas que habían sido seres humanos se enroscaban formando apretadas bolas de miembros, intentando aislarse desesperadamente de la luz, los sonidos y toda la espantosa enormidad del espacio abierto. El terror a lo que no tenía límites. A los horizontes...
Angela dejó de temblar. Volvió a hundirse en su silencio glacial, y se apartó hasta que sólo las yemas de sus dedos siguieron en contacto con mi mano para no perder el sentido de la orientación. Los paseos ya no parecían hacerle ningún bien. Supongo que su valor terapéutico tenía un límite. Desde el principio insistí en que debíamos salir de nuestro apartamento durante todo el tiempo que nos fuera posible. Y la verdad es que no nos encontrábamos tan mal como muchos otros que habían contraído la enfermedad después que nosotros. Quizá hubiéramos logrado llegar a una especie de meseta o situación estable. En mi interior había algo que luchaba contra la opresión de los miedos y, a veces, hasta tenía la impresión de que los intercambios de palabras ásperas entre Angela y yo parecían ayudarnos, como si nos calmaran. No lograba creer que Angela estuviera totalmente convencida de esas consignas que repetía como si fuese un loro. Yo le había transmitido algo más que la Plaga. Un acuerdo tácito hacía que nos aferráramos a los espacios de nuestro apartamento y su fuerza también alcanzaba a Chark y Romana, obligándoles a vivir allí. A veces los niños iban de una habitación a otra y en sus rostros se insinuaba una especie de terror paralizante, una máscara de miedo..., pero les obligábamos a seguir allí. Pequeñas victorias. Las tablas pueden convertirse en triunfos.
Aun así, el mundo no me parecía real. Estaba lleno de mil horrores escurridizos y astutos..., el interruptor de una lámpara cerrado por descuido, una ventana insospechada abriéndose en una pared que no me era familiar.
En los confines de nuestro Imperio, lamentablemente encogido, la Flota jugaba a la guerra usando los únicos juguetes que conocía (naves, proyectiles, haces de partículas), mientras que su enemigo (¿y a qué debía parecerse para ser tan sabio?) luchaba con las únicas armas definitivas existentes en un combate interracial: nuestras debilidades.
Los hombres que llegaron a las estrellas se acurrucaban en las Ranuras adonde les habían llevado horrores heredados de los primeros anfibios. La Tierra ya no me parecía mi hogar. Llevaba mucho tiempo sin asomarme al exterior, sin ver las estrellas como lentejuelas de la aterciopelada capa del cielo...
Ahora mi vida se limitaba a pasillos sumidos en la oscuridad, a lugares repletos de personas cuyos rostros odiaba porque eran también el mío.
Esperar..., esperar... Los días se hacían cada vez más insoportables y asfixiantes.
Tenía muchas ganas de ver llegar a los Quarn y darles la bienvenida.




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