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LA MUERTE,COMO SERA..? COMO ES MORIRSE ? :

SOLO PARA AUDACES...QUE QUIEREN CONOCER EL FINAL DE LA PELICULA ANTES...


COMO SERA MORIRSE (Exclusivo)-LA MUERTE SEGUN WIKIPEDIA-LA MUERTE BIOLOGICA,SEGUN UN CIENTIFICO-LA MUERTE, EL VIAJE ASTRAL SIN RETORNO-EL DIAGNOSTICO DE MUERTE,LEGALMENTE-
COMIENZO DE LOS SIGNOS DE MUERTE-DESCOMPOSICIÓN DEL CUERPO HUMANO-LA MUERTE SEGUN MEDICINA FORENSE-VOCABULARIO FORENSE-QUE ENCUENTRA UN FORENSE ?-INTRODUCCION A MEDICINA FORENSE-LAS 26 ETAPAS DE LA MUERTE (CSI ACELERADO)-COMO SERA LA DESCOMPOSICION ?-ENTOMOLOGÍA FORENSE CADAVERICA Y CASOS-EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE-TANATOLOGIA-EL MIEDOA LA MUERTE-LA MUERTE Y EL ALMA-INVESTIGACIONES SOBRE LA MUERTE-EL MISTERIO DE LA MUERTE (ZERION) EVIDENCIAS DE SUPERVIVENCIA DEL ALMA A LA MUERTE-EL VATICANO ANALIZA FOTO DEL ALMA HUMANA-LA MUERTE-PREGUNTA CON RESPUESTA (F.R)-LA MUERTE-PREGUNTA CON RESPUESTA (F.R)-MUERTE, ESOTERISMO Y REENCARNACIÓN 

COMO SERA MORIRSE ! :

Tras el desenlace inevitable de la muerte, aparece ante nuestra expectativa la tremenda interrogación de qué será de nosotros y de nuestra conciencia. ¿Desaparecerá nuestro «yo» diluído entre los restos del cadáver, o regresaremos algún día haciendo realidad la esperanza de la reencarnación? Existe aún otra posibilidad; tal vez el espíritu continúe viviendo, conociendo y sintiendo, gozando y padeciendo de otra naturaleza, distinta a la actual pero tan real como ella.

Intentemos partir de un hecho objetivo. La muerte forma parte de la vida, es el último acto, la conclusión, el fin. La verdad es que uno empieza a morirse en el mismo momento en que nace, quizás incluso antes:
En el mismo instante de ser concebido. Y lo hacemos al compás de un reloj inexorable en el que nunca podemos saber qué hora de nuestra vida es. Nacer y morir son los momentos cumbres de nuestra existencia, el principio y el final. Lo demás -la vida considerada en sí misma- poca importancia tendría si no fuera porque la sentimos, disfrutamos y sufrimos; es decir, porque tenemos conciencia de estar vivos. Si nos planteamos que la vida solamente conduce a la muerte, nuestro paso por el mundo y por la Historia no tiene sentido, es un espantoso absurdo.

REFLEXION ANTE EL MOMENTO SUPREMO :

Si no terminamos nuestros días de forma violenta, al final nos encontraremos en una fría sala de hospital clasificados por el
personal competente como «enfermo terminales», aguardan simplemente -sabiéndolo o no- que nuestra muerte llegue. Lo más seguro es que todos los que nos rodeen entonces lo sabrán antes que nosotros, y probablemente comenzarán a mirarnos como difuntos antes de que efectivamente lo seamos. Contestarán con evasivas a nuestras preguntas; evitarán mirarnos de frente; intentarán disimular y parecer tranquilos. Tal vez nos resistamos a morir y defendamos con las últimas fuerzas nuestro pequeño reducto de esperanza creyendo y esforzándonos por convencer a los demás de que el diagnóstico clínico que nos condena está equivocado, de que no puede ser, de que no merecemos eso.

Todo será inútil: la muerte llegará, claro, de improviso y la viviremos en la más absoluta de las soledades; porque nos morimos solos, lo mismo que nacemos solos, aunque en el instante del suceso nos hallemos acompañados de los seres más queridos. Nadie nos va a acompañar en el paso de esa frontera imprecisa que conduce a lo desconocido. Estarán con nosotros, pero solamente para decirnos adiós. Aceptémoslo:

nacemos solos y morimos solos. De lo primero no nos damos cuenta, pero de nuestra soledad ante la muerte sí. Y ello no debe extrañarnos, porque estamos solos durante toda la vida. Lo que nos acompaña -objetos, personas, lugares...- es accidental, no se une a nosotros de una manera total e íntima, no llega a formar parte de nuestro ser. La familia a la que amamos es ésta, éste nuestro trabajo, éste el ambiente en que nos desenvolvemos, nuestro pueblo, nuestros amigos. Pero no necesariamente: podían haber sido otros, entre los que igualmente nos encontraríamos solos. La auténtica biografía es la soledad, de eso no hay duda.

Dejando al margen, si es posible, los apasionamientos, la vida se reduce a pura lógica. Es un ciclo que se abre con la composición de un nuevo ser -Usted mismo, o yo- que se forma a base de sustancias diversas y se cierra con la descomposición o separación de las mismas cuando el cadáver se corrompe. Química y poco más. «Polvo eres y en polvo te has de convertir' El resto es casi mera ilusión que sólo cobra valor en la conciencia de cada uno.

No obstante, vivimos como si la muerte no existiera. A lo sumo, la admitimos en los demás, y eso porque la estamos contemplando a diario en quienes se mueren a nuestro alrededor y van desapareciendo del panorama que compartíamos con ellos. No podemos negar la muerte; pero no queremos pensar en ella. Nos resistimos a aceptarla, porque su afirmación negaría los valores superfluos de las cosas que nos interesan y a las que nos aferramos como náufragos; aunque sabemos que está acechando y nos golpeará certeramente cuando ella decida.

Las religiones proponen una solución de emergencia para soslayar la angustia que produce la inminencia de la muerte: la otra vida, un «más allá» donde la conciencia seguirá existiendo y gozando o sufriendo según el difunto haya merecido con su trayectoria vital. Es preferible admitir que uno puede estar penando eternamente a estar convencido de que tras la muerte no existe nada que no sea el vacío absoluto. No nos repugna tanto saber que nuestro cuerpo desaparecerá integrándose en la tierra de la que surgió, como el hecho de que también pueda desaparecer con él la conciencia. No poder darnos cuenta de nada: no ver, no sentir, no desear, no recordar -y todo ello eternamente- es algo que nos resistimos a admitir con todas nuestras fuerzas. No queremos ni pensarlo.

Como el tema es desagradable, no se han planteado encuestas serias (y, si se ha hecho, no se han difundido) encaminadas a conocer cuáles son las inquietudes que sentimos los seres humanos ante la muerte; pero puede asegurar- se que lo más difícil de aceptar es que la vida siga para los demás, que el mundo continúe girando sin que estemos ya en él. Y, sin embargo, es un hecho: sin nosotros todo seguirá igual; no se notará nuestra ausencia, tan insignificantes
La creencia en la trascendencia de la muerte da lugar en las culturas primitivas a un tipo de magia que se traduce en un culto y unos ritos. El terror que inspira la desaparición del cuerpo mediante la putrefacción y la esperanza en una vida de ultratumba se transforma en símbolos capaces de someter y dominar las fuerzas de la destrucción, Actualmente, muchos pueblos aborígenes en las zonas amazónicas plasman ese culto mágico rindiendo veneración a calaveras decoradas y pintadas, como la que aparece en la fotografía. El objeto de culto, impregnado por el ritual de adoración, toma vida por sí mismo, siendo capaz así de colaborar con las esperanzas de sus adoradores.

somos,Como una mota de arena en el desierto. Si tuviéramos conciencia de nuestra pequeñez, nos atormentaríamos menos. Lo que pasa es que para cada uno de nosotros el Universo entero parece girar en torno al eje de nuestra existencia. Y de nada sirve filosofar: en milenios de historia del pensamiento la filosofía no ha sido capaz de resolver nada. Como todo lo humano, es un intento inútil.


Estamos ante la muerte desde que nacemos. Sabemos que tendrá un fin la materia que compone nuestros cuerpos, y conocemos cómo la enfermedad y la vejez progresiva van minando las fuerzas que nos mantienen vivos hasta que la medicina se queda sin recursos. Pero, ¿qué sucederá en nuestra conciencia?; y, sobre todo, ¿qué encontraremos después? Si es que encontramos algo... Cada uno de nosotros hallará las respuestas muy pronto, porque el reloj no se detiene. Será -quién lo duda- una experiencia tremenda: la emoción más fuerte que la vida pueda depararnos.

LA RESPUESTA ESTA EN LA VIDA

La búsqueda de una solución capaz de disipar las incógnitas y hacer desaparecer los temores que la muerte inspira -empeño que ha ocupado al hombre desde su aparición sobre la faz del planeta- ha dado lugar al desarrollo de una serie de concepciones escatológicas del asunto que, al final, se han reducido a solamente dos, que son las que vertebran realmente las más importantes corrientes filosóficas y religiosas de Oriente y Occidente: la doctrina reencarnacionista y la creencia en el espíritu inmortal de los cristianos. A ellas habremos de añadir las más recientes tendencias científicas, que proponen una solución menos grata, porque definen la muerte como el fin absoluto del hombre, tanto en lo que se refiere al cuerpo físico, como a la mente, que queda limitada a una función cere bral y cesa cuando la masa encefálica se corrompe y disuelve. Para algunos hombres de ciencia, la única forma de supervivencia es el recuerdo que los demás guarden de nosotros tras nuestra desaparición. En cualquier caso, lo que parece obligado es intentar una explicación y un sentido a la muerte a partir de la misma vida. Veamos cómo.

Lo que distingue a un ser vivo de otro inerte es el hecho de que, por unidad de volumen, encierra una información infinitamente mayor y posee además la capacidad de responder ante el medio y de engendrar copias muy parecidas a sí mismo. En un miligramo extraído del vientre de una hormiga hay más información que en la totalidad de la masa de la Luna. Dicha información hace posible desarrollar la misma vida, defenderla y multiplicarla; y ello no sólo en el caso de los seres humanos y los vertebrados, sino también en los vegetales y hasta en el más insignificante de los virus. Esta observación ha llevado a los hombres de ciencia hasta el análisis de las últimas consecuencias en el campo de la Biología. Cuando en 1828 Wóhler (químico alemán) obtuvo sistemáticamente la urea, los investigadores de la vida se sintieron profundamente impresionados. Hasta entonces era fácil distinguir los compuestos químicos inorgánicos de los orgánicos. Los primeros podían obtenerse por medio de sencillas técnicas de laboratorio; pero los llamados «orgánicos», no. La gran revolución en el mundo de la Biología y la Química había comenzado.

Poco después se descubrió que los virus, tan ínfimos que ni siquiera podían observarse con el microscopio de lentes ópticas, podían ser conservados en forma cristalina, como si se tratara de polvo de bicarbonato, en el interior de un frasco cilíndrico, y volvían a la actividad cuando en traban en contacto con tejidos humanos, destruyendo células y reproduciéndose con toda normalidad. Se había llegado hasta el umbral mismo de la vida, porque se había aislado una en-tidad que se comportaba como un mineral en determinadas ocasiones, pero que, luego, en un medio idóneo -sangre o protoplasma orgánico- se comportaba como un ser vivo cualquiera. La vida y la muerte unidas; tanto que parecían ser la misma realidad. Analizando estos especímenes virales era lógico pensar que el secreto de la vida quedaría desvelado, y con él llegaría también la respuesta al angustioso interrogante sobre la muerte. Cuando pudieron sustituirse las lentes de vidrio por poderosos imanes capaces de desviar los haces electrónicos, pudo resolverse la incógnita acerca de la estructura de estos corpusculos.

El microscopio electrónico demostró que el bacteriófago, por ejemplo, está compuesto por proteína y una hélice interna, más una estructura arrollada de ácido desoxirribonucleico (DNA). Con el descubrimiento de esta última sustancia se había llegado a la frontera misma de la vida. El DNA es como una cinta perforada que codifica la información, tan compleja y cuantiosa, característica de los seres vivos, y a la que ya nos hemos referido. Desde su oculto refugio en la cabeza de un espermatozoide, o en una neurona, o en una célula epitelial, dirige la fabricación de los cientos de miles de sustancias que integran la delicada trama del pétalo de una orquídea o la compleja estructura propia del cuerpo humano.

Los mártires manifestaban ante el hecho de su tortura y muerte un comportamiento ejemplar: el dolor y el miedo a lo desconocido daba paso a una esperanza de felicidad que sorprende y emociona.
Los lugares de enterramiento han sido siempre sagrados, incluso en las etapas históricas más primitivas, dando a entender con ello que la muerte es un hecho trascendente, un tránsito.

No se ajusta a la realidad establecer en la vida las etapas consecutivas de juventud, madurez y vejez. La muerte comienza su trabajo desde el mismo momento en que nacemos.

Las más recientes investigaciones COSMOLOGICAS realizadas con la ayuda de potentísimos telescopios revelan que existe un orden en la configuración de estrellas y cúmulo estelares: partículas de un Universo en plena expansión, que se alejan ente sí a velocidades de escalofrío.

Este Universo en expansión entraña también una acumulación de información, mucho menos rica -ya lo hemos afirmado- que la que distingue a los seres vivos, infinitamente menos rica. Con el transcurso de milenios, los átomos más complicados se transmutarán en hidrógeno simple -así lo han asegurado los cosmólogos- y las estrellas se trocarán en polvo. La expanSión tuvo su comienzo hace quince mil millones de años a partir de un núcleo primigenio, el llamado «huevo cósmico», que contenía toda la materia existente y que explotó como una horrísona bomba. Las galaxias resultantes van degenerando día a día, la información existente en origen va degradándose paulatinamente y el desorden -lo que los científicos denominan entropía-, se va enseñoreando de los espacios galácticos; es decir, el Universo se muere. Al final de los tiempos, toda la materia existente se habrá convertido en radiación.


Y esto es lo curioso.

En un Universo que camina hacia su extinción de manera inexorable, se produce el sorprendente fenómeno: los seres vivos evolucionan sin cesar como especies hacia organismos superiores. Negantropía, es el nombre científico de este proceso. Obviamente, cuando llegue la muerte térmica del Universo, los seres vivos desaparecerán también. Negantropía y entropía, con ser tan opuestas, no podrán evitar el mismo final: la nada.

Ni los biólogos han podido esclarecer cómo surge el DNA, ni los cosmólogos cómo surgió el «huevo cósmico» primigenio. Pero de igual manera que el Universo camina inexorablemente hacia su extinción, los seres vivos, desde el mismo momento de nacer, nos vemos abocados a la muerte; y la vemos, la comprobamos continuamente a nuestro alrededor y, fatalmente, tenemos la certeza de que la vamos a sufrir. Todo es, por lo tanto, cuestión de información. Cuando ésta se acumula en gran cantidad y en un reducidísimo volumen de materia, surge el ser vivo, más evolucionado cuanto más cantidad de información posea.
Sin embargo, es éste un planteamiento netamente materialista de la cuestión. Los vitalistas, por el contrario, opinan que en el hombre existe algo que trasciende a la materia y que se con- creta en la conciencia de sus actos, algo que hay que situar en un plano superior: el espiritu.

Situémonos de nuevo ante el hecho fatal de la muerte, pero no entendiendo el término en su acepción abstracta y generalizada, y por ende filosófica, sino considerándola como acontecimiento trascendente que nos va a afectar de manera individual; porque cada uno de nosotros va a ser el protagonista único de su propio final. Las actitudes que adoptemos ante ella dependerán de los rasgos mentales personales y de los contextos cultural y religioso en que nos hallemos inmersos.

A través de análisis y de encuestas se ha puesto de manifiesto que los individuos que comparten cualquier fe religiosa sienten mayor temor y ansiedad ante la muerte que los no creyentes. Pero en ambos casos, y con igual intensidad, espanta admitir que nuestro cuerpo va a descomponerse; y ese terror cristaliza en la negación a admitir que con la corrupción desaparezca también nuestra individualidad, que dejemos de ser. Repugna que puedan desaparecer nuestros pensamientos, los sentimientos y recuerdos, nuestras emociones. En resumen, nos resistimos a que en el polvo cadavérico -ya lo dijimos- desaparezca también nuestra conciencia.

Si la mente es incapaz de superar estos temores, el miedo a la muerte se convierte fácilmente en miedo a los muertos, pudiendo aparecer incluso un desequilibrio mental conocido como «tanatofobia», muy frecuente en Occidente, que convierte al paciente en víctima de su propio temor y le llega a producir alteraciones psicosomáticas graves, que requieren tratamiento y cuya solución no es en modo alguno fácil.

También es frecuente encontrar personas afectadas por el temor, mejor sería decir pánico, a ser enterradas vivas: piezas de museo pueden ser considerados algunos artefactos ideados en los últimos años del siglo XIX y los primeros del xx, que tenían la misión de hacer posible el rescate de los supuestos difuntos en el caso de que efectivamente no lo fueran y tomaran conciencia de su situación de enterrados, hallándose ya dentro de un ataúd sellado e incluso a varios metros de profundidad en el silencioso recinto de un cementerio.

Sin duda, todos habremos oído alguna vez historias acerca de difuntos que han vuelto a la vida dentro de sus nichos, llenando de gritos horribles de venganza el silencio de los cementerios mientras arañaban y golpeaban el interior de sus féretros en un vano intento de escapar. La literatura romántica, que gustaba de las premoniciones de muerte pueden recibirse de las más diversas maneras, incluso como visiones alucinatorias.

La ilustración reproduce una de estas visiones por parte de un soldado, poco antes de entrar en combate.

Si todavía, en a actualidad, resulta difícil para la ciencia determinar en qué momento exacto se produce el fallecimiento, imaginemos lo que sucedía hace años Los médicos recurrían a distintos procedimientos para asegurarse de que el difunto lo era efectivamente, Son recursos de museo, algunos de ellos ya clásicos en la historia de la medicina, Verdaderos recuerdos románticos que hacían aumentar la tensión del drama al que asistía la familia, Revivamos un par de ejemplos,

LA MUERTE COMO FIN Y COMO PRINCIPIO

METODOS PARA CONSTATAR EL DECESO EN EL PASADO :

Uno de estos métodos consistía en escribir sobre papel filtro. con una solución de subacetato de plomo transparente. la frase «Estoy muerto», y acercar aquél a la nariz del difunto.

Las emanaciones sulfurosas del cadáver, reaccionando con el compuesto de plomo, hacían oscurecer las letras; y todos los presentes podían leer perfectamente la respuesta.

Más utilizado fue el espejito. el cual se empañaba ligeramente en el caso de que al supuesto difunto le quedara un resto de aliento, señal de que respiraba todavía.

Se cuenta que la agonía de Goethe fue especialmente dramática. En sus últimos momentos, ya privado de la vista, gritó: Luz, más luz!

Alguna historia  conocida ,de un supuesto revivido,ante los presentes; y no sólo se incorporaba en el lecho, sino que incluso pronunciaba palabras que sonaban ya a ultratumba exigiendo a sus deudos y amigos que cesasen en sus rezos porque su condena al castigo eterno era ya un hecho sin posible solución. Cuentan los testigos que, mientras el suceso insólito tenía lugar, la estancia se llenaba de un olor a azufre.

La casuística fue alentada en muchos casos por absurdos predicadores que pretendían inculcar en los creyentes la convicción de que una trayectoria vital llena de pecado era inadmisible a los ojos de la divinidad, y no podía alcanzar el perdón; sobre todo si el pecador había muerto en pecado mortal, es decir, sin los últimos auxilios espirituales. Muchos cuadros neuróticos tuvieron su origen en tan irresponsable actitud clerical; pero lo cierto es que hubo muchos casos en que los muertos volvieron a la vida dentro de sus ataúdes, o fuera; aparentemente algunas veces -la mayoría, se supone-, porque sus actos se limitaron a simples convulsiones debidas a la expansión de los gases de la putrefacción; en otras ocasiones porque habían sido considerados difuntos por error, ya que su muerte había sido sólo aparente.

Estos casos alentaron la superstición popular, y se hablaba en voz baja de exhumaciones durante las que se había constatado que el cadáver había intentado romper con sus uñas y a patadas la estructura de la caja. Las uñas aparecían partidas y ensangrentadas; los tobillos, fracturados; el cuerpo, en posturas convulsas, y el interior del ataúd mostraba fehacientemente los destrozos logrados por aquel pobre hombre aterrorizado que, reanimado tras ser enterrado, y siendo consciente de su situación, quiso con todas las fuerzas que le quedaban salir de allí. Inútilmente. Cuando los que escuchaban el relato tomaban conciencia del horror, sentían erizársele la piel.

Los precarios diagnósticos de fallecimiento

De estos temas morbosos, es rica en relatos de tal tipo. Otras veces, el muerto resucitaba durante el velatorio, entre el espanto de todos los que antiguamente se realizaban, y a los que nos referiremos más adelante, fueron los causantes de estos errores; que existieron en verdad, pero que no fueron tantos. La medicina era todavía incapaz de distinguir la muerte real de la aparente.

Suele presentarse ésta en los casos en que el fallecimiento -supuesto, por los síntomas- se ha producido por asfixia en los ahogados, por electrocución, ahorcamiento, por intoxicaciones debidas a gases de los braseros, emanaciones en las bodegas, óxido de carbono, o por síncope de anestesia durante el curso de una intervención quirúrgica. El considerado muerto entra, por alguna de las causas antes mencionadas, en estado cataléptico, y sus contracciones cardíacas son casi imperceptibles, dando lugar a un pulso tan débil que casi no existe y, por ello, es muy difícil de notar. En el paciente queda un resto de vida, una especie de rescoldo. Hace años, ante un caso así, médicos y familiares quedaban convencidos de que lo que tenían delante era un cadáver. Episodios hubo tan macabramente jocosos que hacen sonreír

si se goza de sentido del humor. Sírvanos de ejemplo uno, que es clásico en este tipo de crónicas y que sucedió en Marsella, a comienzos del presente siglo: una familia se hallaba velando el cadáver del esposo y padre, al parecer
fallecido por una accidental pérdida del conocimiento, ahogado, mientras se hallaba en la bañera; de improviso,se incorporó, miró sorprendido a todos y, dándose cuenta de lo que estaba pasando, cayó de nuevo hacia atrás, esta vez muerto de verdad.
Del susto.

Para muchos resulta igualmente insoportable la idea de que su cuerpo resulte mutilado o irreversiblemente deteriorado. Va implícita en ese temor la convicción -o, por lo menos, la esperanza- de que el cuerpo resucite alguna vez, no se sabe cuando, con el mismo aspecto que cuando estaba vivo y sano, en plena juventud y facultades. Dominados por esta idea se horrorizan ante la sola mención de la autopsia y sufren náuseas acordándose de los descuartizamientos y prácticas antropofágicas. La mutilación o desfiguración del cuerpo amenazaría la convicción del renacimiento a la vida eterna. La irracionalidad de este pensamiento, cuando se imita sólo al desmembramiento en el momento de la muerte. se pone de manifiesto si consideramos que, cono podremos comprobar más adelante, inevitablemente los cadáveres sufren un proceso de descomposición química que, en sus efectos, equivale a otros tipos de aniquilación de la integridad corpórea.

Frente a estos temerosos a los que nos hemos referido se advierte, también la existencia de personas equilibradas, que exhiben una gran estabilidad emocional y no se sienten consternadas ante la idea de la muerte y sus consecuencias. En un caso extremo, para muchos niños la muerte de una persona querida de su entorno no supone otra cosa que un viaje a un lugar desconocido en las alturas -el cielo-, del que fácilmente podrá regresar o a donde él podrá ir a visitarla; en ningún caso, la desaparición. Luego, pasada ya la barrera de los cinco o seis años el niño comienza a forjarse otra idea distinta y más siniestra, va ya dando forma a una idea de la muerte que primeramente identifica con símbolos prácticamente universales y lógicos -una calavera o un esqueleto- y que paulatinamente va contemplando de modo más real hasta desembocar en la misma angustia e idénticos temores que los adultos. Con el uso pleno de razón, la muerte equivale al fin de la vida.

Pero tampoco resultan infrecuentes los casos de creyentes con arraigadísima fe y de ascetas que ven llegar el momento del óbito con serenidad, aceptando el significado que el hecho tiene en el aspecto físico y tal vez también convencidos de una trascendencia, de un paso hacia otra vida a la que ya estaban destinados desde el mismo momento de nacer.

También los suicidas que actúan con plena conciencia, dentro de lo que ello es posible, superan el temor a la muerte con algo que para ellos en el momento determinado de dar cumplimiento a su macabra decisión cobra un valor superior: huir de una situación personal que les tortura, o dar la vida por una bella causa que lo merezca. Este sería el caso de los pilotos suicidas japoneses -kamikazes--, uno de los cuales dejó escritas estas palabras poco antes de subir a un avión cargado de explosivos que minutos más tarde estrelló contra el casco de un navío norteamericano: «Mi vida concluirá en las próximas horas. Al fin llegará para mí la felicidad. La muerte y yo esperamos con serenidad el momento sublime. Ha sido verdaderamente duro el entrenamiento, y las prácticas fueron rigurosas y monótonas; pero todo lo acepto con alegría sa biendo que voy a morir por una bella causa, mi emperador y mi patria...»

La muerte es una frontera física entre el reino de los vivos y un mundo desconocido, al que se accede tras el envejeci - miento y la agonía. Es un hecho universal- mente conocido y natural, pero no aceptado por la razón humana.

CADA CUAL ANTE SU FIN

También por una bella causa morían los mártires -por defender y propagar una fe de la que estaban profundamente convencidos-; y los cruzados, que iban al combate con la santa miSión de vencer a los infieles y rescatar los santos lugares; y los musulmanes lanzados a una guerra santa por la doctrina de Mahoma. Todos lo hacían con absoluta decisión, sin miedo, alegremente, superando incluso el dolor que la muerte violenta les producía. Sin duda se encontraban bajo los efectos de estados alterados de conciencia, capaces de producir cambios anímicos tan importantes que incluso llegaban a bloquear los centros del dolor. Esto parece contradecir la afirmación de que el miedo a la muerte en realidad enmascara una aversión hacia el sufrimiento físico que muchas veces aparece asociada a los instantes postreros. Y es verdad ese rechazo; pero también lo es que el temor a morir es algo distinto y muchísimo más profundo, porque tiene su origen en la conciencia y lleva implícita la incógnita de una posible supervivencia en el más allá.

ENTRE NACER Y MORIR,ENVEJECER

todo si lo comparamos con los miles de millones de años que puede durar una estrella. La Naturaleza parece que nos mantiene vivos justamente el tiempo necesario para que podamos reproducirnos y dejar a nuestros vástagos ya crecidos y en situación de perpetuar la vida también ellos. Esa es en el mundo nuestra misión; y la existencia no nos regala años, actuando con una economía estricta.

Durante nuestro ciclo vital, las células que componen nuestros tejidos se reproducen dividiéndose entre sí y desarrollándose de nuevo hasta una nueva replicación. Sabemos que las células y sustancias que constituyen nuestro cuerpo se van sustituyendo sin cesar por réplicas exactas de sí mismas. No todas, porque las neuronas -células que componen el cerebro y que son capaces de organizar, procesar y hacer actuar a nuestras funciones mentales- son las únicas que no son sustituidas, sino que persisten durante toda la etapa vital. Salvo ellas, las demás van degenerando y muriendo en períodos variables, siendo reemplazadas por sus descendientes. Pero los procesos de multiplicación tienen un límite corto, distinto para cada tipo de células: cumplido el número de veces que la Biología impone, no se regeneran más. La condena a muerte de nuestro cuerpo está dictada.

Hemos afirmado que las células, en su renovación constante mientras estamos vivos, se van reproduciendo y degenerando. Cada célula nueva es una réplica de la anterior, pero ha perdido parte de su potencial reproductor, ha degenerado. Esa degeneración, perceptible sólo en el transcurso de muchos cambios celulares, es el envejecimiento, un proceso muy suavemente progresivo, lento...

Algunos tejidos y órganos de nuestro cuerpo envejecen antes que otros. Con el paso de los años -y eso lo vemos todos los días en nuestro entorno y en nosotros mismos- el vigor muscular disminuye, la capacidad genésica se atrofia, aparece con frecuencia la arteriosclerosis, el cabello se torna gris, la piel pierde tersura, las piezas dentales dejan de hallarse firmes en sus alveolos. Y, paralelamente, nuestra memoria se muestra incapaz de retener las vivencias con la facilidad que antes lo hacía. Las defensas orgánicas, que han mantenido y preservado la salud de las agresiones externas, se debilitan también paulatinamente, acrecentando con ello el riesgo de enfermedad. Las neuronas, que mueren cada vez en mayor número, van incapacitando al cerebro para el desarrollo de todas sus complejas funciones vitales. Ya se presiente la muerte.

Si no hemos sufrido antes un trauma irreparable por causa de accidente, nuestro organismo, progresivamente envejecido, ha de llegar al colapso final. Los agentes productores del mismo -bacterias, virus, células cancerosas y sustan También en tiempos pasados se diagnosticó la muerte baséndose en los efectos de la descomposición de la sangre, que comienza inmediatamente despues de haberse producido el óbito, El método resulta ciertamente repugnante, pero


Una vez repleta la sanguijuela, por presión de los dedos, se expulsa la sangre a un recipiente con agua. Si es fluída y de color rosado, la persona que se diagnostica está viva.

EL MOMENTO DE LA MUERTE

En verdad, sólo sabemos de la muerte que es el final del ciclo vital que nos ha correspondido vivir. Un ínfimo intervalo, sobre Las sustancias tóxicas, entre otros- no encuentran ya defensas que se les opongan con la suficiente energía para detenerlos y alteran gravemente nuestros mecanismos biológicos, destruyen la actividad celular, inhiben la formación de enzimas vitales y modifican la estructura química de hormonas y los procesos proteicos que son imprescindibles para vivir. Se establece una cadena de sucesos orgánicos, irreversibles, que acaban con la destrucción de la máquina de la vida, y uno de cuyos ejemplos podría ser éste: el fibrinógeno contenido en la sangre se transforma en fibrina por la acción de cualquier toxina; se forma un trombo o madeja filamentosa que tapona una arteria de las que riegan el cerebro; las neuronas del encéfalo, carentes de oxígeno y alimento, se mueren, y la lesión provoca el disturbio de nuestras funciones sensoriales, musculares y mentales, si la zona afectada es vital. La muerte entonces da comienzo a su fatal trabajo.

La sangre, al coagularse, aumenta de consistencia y cambia de color, Para analizarla a simple vista, se requerían los servicios de algunas sanguijuelas que succionaran el líquido y tal a través de la piel del difunto.


Pero, si la sangre es viscosa y fluye con dificultad. forman do coágulos, es de color oscuro y no se mezcla con el agua, no hay duda: estamos ante un cadáver.

No es raro que en las horas, o en los días, que anteceden al fin los enfermos sientan una sensación de placidez y se hallen libres de dolor, molestias y ansiedad. William Hunter, que fue anatomista y médico, comentó poco antes de morir: «Si tuviera fuerzas suficientes para ello tomaría la pluma y escribiría cuán dulce y agradable es la muerte».

Sabemos -incluso probablemente lo habremos contemplado- que muchos enfermos parecen experimentar una sorprendente mejoría en los últimos momentos; su mente se muestra especialmente lúcida y hasta manifiestan una extraña euforia. Es como el canto del cisne. Poco después se produce el colapso funcional: la respiración se entorpece, el corazón comienza a latir sin ritmo y aceleradamente, la piel del rostro se vuelve pálida y el brillo de los ojos se apaga. Seguidamente aparece sobre el cutis un tinte ciánotico, el frío invade manos y pies y la vista se nubia cubierta por una densa oscuridad («jLuz, más luz!», exclamaba Goethe en su agonía). Aunque de forma muy atenuada, el moribundo
conserva todavía una cierta capacidad auditiva; mueve sus labios en un vano intento de comunicarse con los demás, pero ni el más leve susurro sale de su garganta.

En ocasiones, el enfermo entra en un estado de coma, en el cual se pierde la conciencia. No capta su sensibilidad estímulo alguno. Toda la vida que retiene se reduce a la persistencia de la circulación sanguínea y a una débil respiración, de ritmo irregular, que apenas logra empañar la superficie de un espejo junto a su nariz. Es un estado de muerte aparente tan próximo a la muerte real como el estado de un moribundo que acaba de sufrir un gravísimo accidente.


Instantes antes de morir -se dice- recordamos toda nuestra vida, nítida pero velozmente, como si se tratara de una cinta cinematográfica kilométrica de la que no falta ninguna secuencia. Si no fuera porque existe un orden en la sucesión de escenas, el fenómeno podría describir- se como un disparo de la memoria en que se almacenan las vivencias, debido a la acción de un desconocido mecanismo en el cerebro. Leamos con atención el relato proporcionado al investigador Jordán Peña por la víctima de un accidente gravísimo:

«Sentí como un fuerte golpe en la nuca y al instante perdí el conocimiento. Mi coche había chocado frontalmente con otro vehículo. Ibamos a 1 20 kilómetros por hora aproximadamente, y pude observar cómo los vidrios saltaban atomizados por una lluvia que me cegó. Luego una fuerte opresión pectoral y esa terrible sacudida en la nuca. Cuando desperté, observé horrorizado que las llamas me envolvían por todas partes. No podía moverme en absoluto, aprisionado por lo que me parecían gigantescas moles de piedra o cemento. Un intenso dolor me atenazaba la cabeza... De pronto desapareció el terrible dolor y me encontré jugando en un jardín con niños que yo recordé al instante: eran amigos de mi infancia. Me solacé reviviendo aquellas escenas del pasado lejano. Como protagonista de una película, iba cambiando de escenario cuando me cansaba del anterior. Me veía minado por mis abuelos, o evocando el día de mi primera comunión, o discutiendo con mi profesor aquel día que mevalió uno de los castigos más duros... En sólo diez o doce segundos, que fue el tiempo que yo calculo tardaron en rescatarme de las llamas, había revivido en mi memoria muchos años enteros de mi existencia.»

¿Qué es lo que sucede en el cerebro en los instantes inmediatos a la muerte para que se abran de par en par las compuertas de la memoria, permitiéndonos visualizar imágenes, oír palabras y sentir contactos que impresionaron nuestro cerebro hace muchos años? No hay manera de explicar los mecanismos de este fenómeno, por ahora. A lo más que llegan los investigadores y parapsicólogos es a constatar los hechos con la esperanza de que algún día llegue la solución.

LA EXPLOSION DE LA MEMORIA

En los suicidas. la muerte es deseada y buscada. El temor a lo desconocido desaparece ante la necesidad imperiosa de abandonar una situación vital insostenible.

VISIONES Y PRESENTIMIENTOS DE LA MUERTE:

Se han analizado casos, referidos de manera especial y casi exclusiva a enfermos cardíacos, en que éstos intuyen la proximidad de su final, lo que podría explicarse considerando que, antes de que se produzca el accidente -la angina de pecho o el infarto-, ya se han desarrollado en el organismo determinadas anomalías bioquímicas y funcionales que son las que realmente dan la alerta, aunque de una manera inconsciente. Pero la premonición resulta ms difícilmente explicable cuando el sujeto que la experimenta goza de una excelente salud. El citado Jordán Peña recogió el testimonio escrito que Domingo L. había anotado en su diario íntimo: «Había estado leyendo una obra sobre las costumbres de los esquimales, esta noche. Ningún capítulo de los leídos aludía a nada que tuviera relación con la muerte. Y, cuando ya el cansancio me rindió, me dispuse a dormir: apagué la luz y acomodé mi cabeza en la almohada. No habían transcurrido unos minutos, cuando me incorporé asustado. Una idea aparecía fija en mi mente: iba a morir, no me quedaban más de dos días de vida, a lo sumo».
Aquella misma madrugada Domingo L. escribió esas líneas en su diario; pero veinticuatro horas después volvió a tomar la pluma y relató:

«Las brumas de mi mente se disipan. Mi pesimismo de ayer me parece fruto de una depresión accidental. ¿Por qué habría de fallecer ahora que todo me sonríe...?>' La euforia resultó una ilusión, porque unas horas después una trombosis le provocaría el óbito.

Da la impresión -y así lo admiten médicos y psicólogos de mente abierta- de que en el cerebro humano existen numerosos detectores del funcionamiento de todos y cada uno de nuestros órganos y funciones, que van captando hasta las más insignificantes anomalías, antes de que las mismas se desarrollen y afecten con mayor intensidad e interfieran de forma definitiva en las funciones vitales.

Estos sensores, perfectamente coordinados, informan de lo que va a suceder. Es como si el inconsciente comunicara su diagnóstico al Yo consciente, dando lugar así a que surja ese impulso revelador del final que se aproxima.


De todas maneras, conviene que situemos la cuestión en su justo punto. No siempre se cumplen las premoniciones de muerte; es más, se cumplen muy pocas veces. Son innumerables las personas que experimentaron sobresaltos de esa naturaleza, en forma de horribles sueños y visiones acerca de una muerte próxima violenta y, no obstante, siguen viviendo tras superar la etapa de temores infundados.

Mas no siempre se producen las visiones durante el sueño; aunque ciertamente son más raras, hay también visiones de carácter alucinatono, durante las cuales la persona que las sufre se halla despierta y contempla escenas alusivas a su fallecimiento. La visión es tan perfecta, con tal riqueza de detalles, relieves y colores que es-


panta, y con razón: uno mismo presenciando con absoluta realidad su propia muerte; y con la convicción de que, si lo intenta, podrá incluso tocar con las manos su propio cadáver.

Algunas de estas alucinaciones se hallan profundamente arraigadas en las creencias populares que se transmiten por tradición e imponen unos modos e incluso una escenografía peculiar, una especie de ropaje. Sucede esto, por ejemplo, con la visión de la denominada Santa Compaña

en tierras de Galicia: una siniestra procesión que recorre los bosques umbríos, portando sus miembros hachones encendidos que rodean un féretro dentro del cual se halla el cadáver de la persona que tiene la fatalidad de toparse con ella. Poco después, inexorablemente, el protagonista de la visión muere, convirtiendo en realidad la alucinación.

A veces se producen curiosas transmutaciones de la identidad. Así, una variante andaluza -posiblemente debida a la influencia sarracena que allí fue especialmente intensa- convierte la siniestra procesión de almas en pena en un conjunto de pollitos que siguen a su madre gallina. Quien se encuentre con ellos por algún sendero de los campos, morirá al poco tiempo y se convertirá en pollito. De esta manera, la gallina cuenta con más prole a medida que se van sucediendo los encuentros. Pocos son los lugareños que se atreven a recorrer los atajos que conducen desde Pampaneira a Bubión, en el corazón de La Alpujarra granadina, que es el lugar donde desde tiempo inmemorial habita tan insólito grupo gallináceo.

Aún es posible, escudriñando en los archivos de los investigadores, encontrar otros tipos de premoniciones acerca de la propia muerte, que se traducen en golpes y otros fenómenos acústicos, voces incluso, atribuidas a espíritus de seres queridos ya fallecidos o a santos de especial devoción. Y también otras manifestaciones físicas imposibles de explicar por el azar. A éstas habría que achacar lo que presenció el escritor francés Roger Lebrun unos días antes de su muerte: vio deslizarse sobre su mesilla de noche un viejo reloj despertador que, al caer al suelo, se rompió; su esfera de porcenala fracturada retenía entre sus añicos las manecillas horarias indicando la una y veinte minutos de la madrugada. Exactamente la hora en que se produjo su fallecimiento dos días más tarde.

MORIRSE ES UN PROCESO LENTO :

Bien. Presintiéndolo o no, situémonos en el trance de que esTamos a punto de abandonar este mundo. No lo haremos en un instante, sino a través de un proceso destructor de nuestro cuerpo y, por ende, de nuestra actividad, que lleva su tiempo. No puede admitirse ya la creencia contraria. Comienza uno a morirse cuando empiezan a fallar ciertos mecanismos orgánicos, y el drama concluye con la putrefacción del cadáver, del que solamente resistirán los huesos. Entre el comienzo y el fin, la Parca trabaja, con experiencia y constancia, sabiendo a la perfección qué es lo que tiene que hacer.

Pero si consideramos -y nada se opone a que lo hagamos- que con nuestro cuerpo físico coexiste una entidad adimensional (es decir, no material), a la que podemos llamar «alma» o espíritu, o energía vital, tal vez sí exista ese instante supremo en que ello se separe de nuestro cerebro y huya del edificio vivo que está a punto de desplomarse. El alma y la vida no son la misma cosa, como iremos comprobando a lo largo de ésta y de sucesivas monografías.


Hasta no hace mucho tiempo se estimaba que una persona había fallecido cuando sus pulmones y su corazón dejaban de desempeñar sus funciones. Si el enfermo no respiraba y su pulso no latía, el médico diagnosticaba la muerte y el drama concluía con los llantos de la familia y los lamentos de los deudos y amigos.

Antes, algunas pruebas consideradas inequívocas entonces y que hoy provocan la sonrisa de los tanatólogos: se auscultaba con insistencia al agonizante con el fonendoscopio entre el silencio total de los presentes con la vaga esperanza de oír los ecos de las contracciones cardíacas; se le colocaba un espejito junto a la boca y nariz, para ver si el aliento, por débil que fuera, lo empañaba; o se prendían sanguijuelas que succionaran la sangre, porque presionando a estos repugnantes animales después de haberlos desprendido, ante la contemplación de áquella, el diagnóstico podía ratificarse. Si la sangre era fluída y roja, el enfermo aún estaba vivo; pero si aparecía púrpura o negruzca y densa la muerte era un hecho. Lo cual en muchos casos resultó una práctica disparatada. Más de un «cadáver» así diagnosticado se levantó y salió corriendo del depósito mortuorio, o murió de desesperación golpeando y arañando el interior del sarcófago.

A los rudimentarios métodos galenos seguían los procedimientos legales. A la casa del difunto llegaba con aires de cierta solemnidad el agente judicial encargado del caso y, situándose a los pies del presunto fallecido, pronunciaba en voz alta su nombre. Más tarde redactaba al juez un informe en los siguientes términos: «Señoría: después de llamar consecutivamente por tres veces al muerto, y no habiendo obtenido por parte 'deste' contestación a mis requerimientos, puede asegurarse que efectivamente está muerto»; y se quedaba tan tranquilo.

COMIENZA EL DESENLACE :

La vida es una compleja urdimbre de funciones. Cada órgano desarrolla su actividad específica, influyendo en los otros y siendo a su vez influído. Por ello es muy difícil, y sobre todo muy arriesgado para los investigadores, determinar cuál es el responsable, con el cese de su actividad, de la muerte en conjunto del ser vivo. El corazón, por ejemplo, en condiciones favorables, puede seguir funcionando hasta casi dos horas después de que se haya interrumpido el flujo sanguíneo; los pulmones, casi una hora, al igual que los riñones; el hígado, treinta minutos, mientras el cerebro sólo persiste en su actividad durante ocho o nueve. El cabello, por el contrario, sigue creciendo en algunos cadáveres, lo mismo que las uñas; y en el interior de los huesos que conforman el esqueleto puede detectar- se actividad celular cinco años después de haberse producido la muerte del individuo a quien sirvió de soporte.

Seguidamente, se produce la fermentación y los tejidos se convierten en una masa viscosa. Atacan los insectos.

Tras el voraz banquete, del cadáver sólo queda el esqueleto que, con el paso del tiempo, se convertirá en polvo.

Pero de lo que no hay duda es de que nuestro sistema nervioso central (SNC) es una especie de sofisticadísimo ordenador que regula toda la actividad vital: rige nuestros voluntarios movimientos, provoca y mantiene el ritmo de los involuntarios -la respiración, por ejemplo-, con- trola la producción de las hormonas, fija la temperatura del cuerpo y dirige nuestras reacciones defensivas contra los peligros internos y externos, y es a la vez base de nuestras emociones, almacén de recuerdos perfectamente archivados y receptáculo de las sensaciones que llegan hasta él con el auxilio de los órganos sensoriales, lo que supone una magnífica comunicación con el mundo que nos rodea. Y, además de todo eso, el cerebro es capaz de resolver difíciles problemas de matemáticas y de crear ideas elaboradas en su misma entidad.

Cuando la actividad de este complejísimo y sorprendente sistema se interrumpe o, digámoslo de otra manera, cuando esta urdimbre de redes nerviosas muere, quizá ello no provoque la muerte de otros tejidos, que seguirán en actividad, pero podemos estar seguro que lo que quede vivo no es ya un ser humano. La entidad hombre habrá desaparecido cuando el encéfalo se destruya; la vida que reste en el cuerpo será como la de los vegetales.

Cuando el riego sanguíneo se interrumpe en el cerebro durante más de tres o cuatro minutos a lo sumo, se pierde la conciencia y ya es imposible recuperarla. Aunque el afectado quede vivo, la porción de tejido cerebral destruída no puede ser regenerada, porque las células que conforman el cerebro son muy sensibles a la falta de oxígeno y alimentos que transporta la sangre y no tienen tampoco la facultad de renovar- se, como sucede con las del resto de los tejidos. Tras un lance como el descrito, puede que el enfermo recupere el ritmo cardíaco y su respiración se normalice, puede incluso que reaparezca en su aspecto la lozanía de antes; pero ni responderá cuando le llamemos ni gozará de los estímulos que sus sentidos intenten transmitirle. Es el síndrome apálico, que denominan los médicos, irreversible y que ha planteado problemas de orden filosófico entre la vida humana y animal o vegetal y en torno a las causas últimas de la muerte.

El encefalógrafo muestra con toda claridad que la emisión de campos electromagnéticos de las neuronas ha sido perturbada o aniquilada. Sobre las bandas de papel, las líneas de los sensores lo ponen de manifiesto. Los trazados son irregulares y ondulantes cuando la vida humana se desarrolla normalmente, y ofrecen diferencias según el sujeto analizado se halle durmiendo plácidamente, o sueñe, o viva una situación de angustia o se encuentre feliz. Pero cuando aparece el estado agónico, las ondas presentan un perfil característico demostrativo de la situación crítica.

El lento proceso de la muerte de fenómenos encaminados a millones de veces repetidos, certeza de que el óbito se ha producido,es inexorable y presenta la destrucción del cadáver, rigurosamente ordenados, el producido y la situación es


siempre la misma secuencia Son como fotogramas, primero de los cuales es la irreversible.

Cuando llega la muerte, la respuesta del electroencefalógrafo se traduce en líneas planas, Poco después, por autodigestión. las paredes del y estómago e intestinos se reblandecen y la temperatura del cuerpo desciende. intervienen los microorganismos.(FAUNA CADAVERICA)

Tras la corrupción o autodestrucción del cadáver, entran en acción los microorganismos y se produce la fermentación a una temperatura de cuarenta grados. El cuerpo se reblandece y los gases rompen la piel formando burbujas espumosas y pestilentes. Ese es el momento en que acuden, como a toque de campana, los insectos necrófagos, hambrientos e insaciables.
Llegan de todas partes, unos andando, otros impulsados por sus alas, otros lanzados, surcando el aire como balas. Nadie sabe dónde estaban esperando, pero acuden en manadas a disfrutar con el gran festín. Tras su acción, los huesos del esqueleto lucirán en toda su macabra desnudez. Contemplemos algunos de estos insectos devoradores de cadáveres.




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