Sin Remedio



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Sin Remedio

Antonio Caballero


El autor
Detesta escribir por la mañana porque se siente bajo de forma. Dice que piensa mal, escribe mal, lee mal y hace todo mal.

Recorta comentarios o noticias de los periódicos y guarda papelitos que le han de servir de ideas para sus artículos, pero generalmente nada de lo archivado aparece... por el desorden en que se mantiene.

La primera frase, el primer párrafo, son su mayor dolor de cabeza, pero una vez logrados... la columna va saliendo por sí sola, sin que al sentarse haya tenido la idea plena, la estructura completa del trabajo.

Lo que le inquieta de su artículo periodístico es que tenga claridad absoluta, evitar toda confusión o ambigüedad, que sea contundente, hecho que también forma parte de la claridad.

Encuentra ideal escribir sobre una mesa grande y bien iluminada, pero no le importa estar sentado en medio del bullicio de la redacción de un periódico.
Presentación
El antihéroe de la novela «Sin remedio», de Antonio Caballero, Ignacio Escobar, un indolente poeta de cuna aristocrática que vive de los fajos de billetes nuevos que su madre de 73 años le da cada vez que la visita (cuando se le agotan), empieza invocando a Rimbaud con una equivocaeión garrafal. Unas páginas después, al recurrir a la enciclopedia, como hace todo el tiempo, se da cuenta de que Rimbaud no murió a los 31 años ‑la edad que él tiene ahora y que lo abochorna‑ sino a los 38, de gangrena, en un hospital de Marsella, y 19 años después de haber escrito el primer gran poema moderno.

Se basa, pues, Escobar en una anécdota oída o mal digerida en la lectura, que principia a revelar, aparte de su ignorancia, que la lección poética de Rimbaud no lo ha afectado en nada. Escobar tampoco sabe que hay por lo menos media docena de grandes poetas que murieron antes de llegar a su edad.

Es un personaje detestable, fatuo, bilioso, pedante, esquizofrénico, libresco, narcisista, escatológico, cobarde... y masoquista. Le encanta registrar todas las cosas desagradables que le dicen las mujeres que se pegan a él como moscas. Su poesía es un frío y culterano ejercicio retórico, fabricado con ayuda de diccionarios de rimas. Como poeta Escobar está en Babia. Tampoco es político. Desprecia a los poetas comprometidos y una de las mayores ironías voluntarias del libro, que leí en un manuscrito lleno de tachones y con muy pocos añadidos, es un verso de su «Opus magnum», que escribe en su apartamento totalmente saqueado por los ladrones, un largo poema puro de fenomenal frialdad, que se convierte cuando llega a manos del coronel Aureliano Buendía, jefe de la policía secreta, en una consigna revolucionaria que a la postre significca su muerte a manos de los sicarios de la tiranía.

Escobar es el personaje en el que el brillante periodista ha escogido encarnar gran parte de su personalidad. Es en cierta manera un libro autobiográfico, pero no en el sentido en que la vida del personaje de la novela coincida en los hechos con la del autor. Habrá mujeres y hombres que se sientan pintados y ridiculizados por Caballero, pero pueden estar tranquilos; el libro nada tiene que ver ni con las personas de carne y hueso ni con la ciudad y el país que pretende describir.

No tiene nada que ver porque no hay distancia entre el autor y su autocaricatura. Y este es el fracaso fundamental de un libro en partes muy cómico pero con pasajes de insoportable pedantería, con páginas rellenas de repeticiones y listas de palabras y poemas, que demuestran el virtuosismo literario del escritor, pero que no revelan sino que soslayan los problemas que se propone denunciar: la injusticia, la mediocridad y, ante todo, la retórica colombiana.

Este hombre, al que le parecen carencias esenciales el mal olor, la suciedad, los teléfonos dañados, la escasez de taxis, no es el hombre que puede cambiar, por obra y gracia de su distorsionada visión de las cosas, la imagen real de un país y un pueblo. No estamos ante Jorge Zalamea o inclusive ante el Daniel Samper de sus vitriólicos cuentos secretos, pero sí en la misma vena caricaturesca que ha esquematizado Botero en la pintura. «Sin remedio» es la visión de un poeta chapineruno de delicado olfato que se molesta con las fritangas y la grasa de los churros. Es un Juan Gustavo Cobo de la prosa, otro ejemplar de esa escuela rola, que de golpe se puede tomar el mundo a punta de flojona quejumbrosidad, pero no de realismo, ni de conocimiento, ni de pasión auténtica.


Es tal vez un libro más mamagallista que cualquier libro escrito por un costeño, pero no recuerdo a ningún costeño escritor que no conozca la diferencia entre el mamagallismo y la realidad. Lo que es fundamental para hacer a un novelista. Un escritor en el que uno puede ver cómo pasaron o son las cosas en su totalidad, algo que uno no obtiene leyendo a los historiadores, los ideólogos o los cultores de la palabra, como Escobar.

Todo en la novela está visto a través de su lente deformante. En las últimas cincuenta páginas matan a dos poetas el domingo en que se disputaron la Presidencia Alfonso López Michelsen y Alvaro Gómez. Primero, en la calle 19, al poeta comprometido con el que Escobar se trabó a golpes y creyó haberlo matado en el baño de un cabaret, y luego a Escobar, tres días después. Pero antes, el mismo domingo de elecciones, secuestran y asesinan a don Foción Urdaneta de Brigard, tío de Escobar, y motivo por el que el gobierno esa noche declara el toque de queda.

En Colombia a los poetas no los matan, son tal vez los únicos que no vale la pena eliminar. Los conformistas mueren de viejos y en olor de alabanzas, y los rebeldes de hambre. Y sólo corren el riesgo de que los aplaste una buseta o les caiga encima un ladrillo, no como la antigua Colección Básica de Colcultura. No los asesinan y mucho menos en día de elecciones, cuando precisamente no pasa nada.

Pero miremos a Escobar más de cerca. Es un personaje que muestra en cada página su naturaleza doble. Sus pensamientos, la corriente poética que lo invade en todo momento es mucho más rica que lo que expresa o reproduce en los diálogos, como aquel, en la cama con Henna, una voraz bailarina de ballet que va en busca de su amiga Fina, la amante que acaba de abandonar a Escobar por su egoísmo, se acuesta con él tres o cuatro veces en un día, y luego se aparece con dos maletas y se instala.

Esto piensa Escobar, saciado de sexo, un mes después: «Cómo explicarle, Henna, para que entienda: mi organismo necesita un mínimo vital de 14 horas de absoluto reposo. Y, además, cómo decírselo: cuando duermo por lo menos no veo el ojo velludo de su vientre insaciable que me acecha, anémona carnívora que agita filamentos en el fondo del mar, que me arroja al sexo a cada paso, húmedo y negro, rosado de mucosas palpitantes, media luna dentada que se ajusta a mi miembro como las fauces de la trampa a la pata del oso...». Y esto es lo que escribe que dijo al mismo tiempo o un instante después de haber pensado la significativa retahíla: «Henna, uno no puede hacer el amor sin parar, de día y de noche. Los dinosaurios, sin ir más lejos, se extinguieron del todo porque no hacían más que eso. Está probado. Es un hecho científico».

«Pero hacer el amor es lo más lindo que hay», dice Henna. Y él piensa: Eso es tan subjetivo, con Fina, en otra época, nos despertábamos en medio de la noche y hacíamos el amor de repente, abrazados el uno al otro, como náufragos. Pero dice esto: «Eso es tan relativo... fíjese en los monjes budistas: no hacen el amor, y sublimarlo es el primer escalón hacia el Nirvana. Y fíjese en los padres de la Iglesia: no hacer el amor y ofrecérselo a Dios es el primer escalón hacia la santidad». ¡El Nirvana! ¡Los dinosaurios! ¡El intelectual entra en acción, amo impotente de la historia y del mundo!


¿Y la ciudad? Parece un perenne 9 de abril. Un viaje al mercado para llenar su nevera de libidinoso hombre de libros sin hembra, se presta para una buñuelesca escena en la que a una señora un raponero le roba un zarcillo, circunstancia que aprovecha otra dama para llevarse un jamón de su carrito de mercado. Un mendigo sin manos se lleva media docena de latas de melocotones en almíbar, perdiendo en la fuga su certificado de leproso. Un celador aprovecha para robarse una lata de galletas, que se mete bajo la ruana. Todo esto viene después de que Escobar, en la puerta de su edificio, presencia cómo una señora coge a golpes con sus zapatos de punta los testículos de un ladrón caído en el asfalto. Escobar se burla de los poetas comprometidos y de la poesía en general, pero cuando un grupo guerrillero maoísta lo conmina a escribir para el pueblo, emprende un poema épico, «La Bogoteida», del que caben citar estos versos y el comentario que los acompaña:
«Ciudad arriñonada que se extiende,

de norte a sur quemando la pradera,

devorando el paisaje: cual se tiende

negra morcilla en verde ensaladera...».
Pero ese no era el tono épico: arriñonada, ensaladera. «Imágenes grotescas y prosaicas. ¿Pero qué puede ser más prosaico y grotesco que la ciudad de Bogotá? Una ciudad renegrida, reblandecida, informe, pululante de gente, como una gruesa morcilla purpúrea cubierta de insectos, bruñida de grasa, goteante, rellena de sabe Dios qué porquerías, sí: de sangre putrefacta. Ciudad hedionda a manteca recocinada de fritangas de esquina, manando humores turbios, rezumando coágulos de podredumbre sobre el espejo verde y tierno de la sabana, envenenándola».

Abundan pasajes como este que recuerdan a Céline y son la obvia visión escatológica de un hombre obsesionado por el hecho de orinar y que continuamente revela una solapada y violenta misoginia.

Las mejores partes del libro son las que tratan sobre la familia de Escobar, «que se confunde con la historia del país». Sobre todo las delirantes reuniones presididas por la madre, doña Leonorcita ‑Escobar se preocupa si su tensión baja heredada de ella es lo que hace indiferente y por lo tanto cínico‑ en las que participan, además del tío Foción, los infaltables aduladores de la anciana, monseñor Boterito Jaramillo, con su cáncer en la lengua ‑en el ano tal vez habría sido más apropiado, dadas sus inclinaciones sexuales‑, el sirvientero Ernestico Espinosa ‑que termina de amante de Henna‑ y Ricardito Patiño, autor de un soneto al Partenón y perfumado ejemplar de la poesía oficial ‑los comprometidos son todos mantecos.

Este libro amargo, chistoso en muchas partes, bien escrito, dará mucho de qué hablar por su terrorismo verbal, pero no es la novela bogotana ‑la capital todavía espera a su novelista‑ y ni siquiera es una buena novela. La parte literaria es verbosa, los diálogos sosos y repetitivos y no siempre divertidos. Es un libro que hubiera sido mucho más fuerte con menos palabras, es decir, un libro que cae en lo que más critica, en la retórica. Y el odio que destila, a veces es sólo un asco pequeño burgués. Estamos ante un émulo de Vargas Vila... y ante una novela fallida que se desinfla bajo su propio peso a medida que avanza su lectura.


Escobar es simplemente otro «hombre‑libro» latinoamericano, un Oblomov criollo que nada quiere hacer, un nihilista cuya cultura llena de huecos lo lleva a deformar la realidad, a favor de una visión amarillista y expresionista de la vida, pero ni siquiera él merece la muerte por equivocación que le depara el sanguinario coronel Buendía, un desigual duelo de generosas y justas proyecciones literarias que tal vez redime la novela para muchos. Ojalá que así sea y que yo me equivoque, que esto no sea una desigual ensalada localista, de difícil comprensión para los extraños y tal vez irritante para los nativos, que el autor condena en su totalidad a un infierno vulgar y maloliente. El público, como siempre, ¡tiene la palabra!

Nicolás Suescún

«Sin remedio» relata la paradójica trayectoria de un hombre de treinta y un años, vástago de una de esas familias rectoras de los destinos del país, que cree ‑partiendo de una equivocación‑ que Rimbaud a la misma edad ya había muerto en un hospital en Marsella. El, Ignacio Escobar, también quiere ser escritor, quiere perpetuarse en las letras rápidamente, pero se debate entre su madre ‑una mujer viuda rodeada de calanchines de toda naturaleza‑, el sexo de sus amigas y conocidas ‑no puede ver unas faldas porque se arrastra tras ellas‑ y sus amigos ‑pequeño‑burgueses radicalizados‑ como él los llama.

Contada con un verismo brutal, termina por dejar a un lado el lenguaje literario ‑tal vez nunca lo tuvo‑ y opta por el descarnado y procaz de la vida cotidiana, el lenguaje degradado de quien redujo su expresión a unos cuantos calificativos, a unas pocas expresiones vulgares, a mínimas fórmulas de un lenguaje artrítico de izquierda. Y este lenguaje va creando paulatinamente un ambiente enrarecido, denso, en el que se mueven todos los personajes con bastante fluidez. Un lenguaje pobre, que termina negándose a sí mismo en su miseria, como ocurre con cada uno de los protagonistas, incluido el mismo Ignacio Escobar.

Historia lineal, sin sobresaltos de ninguna naturaleza, Caballero renuncia también a la elaboración literaria pues ésta se sucede día a día, agobiados todos los personajes, pero especialmente Escobar, por las mismas angustias, idénticos sinsabores y frustraciones similares.

Solitario incomprendido, el protagonista se perfila, a medida que avanza la narración, en un consolador de mujeres, en un confesor, un paño de lágrimas, cuya retribución es la seducción. «Cuénteme», así se inician todos esos episodios que aparecen varias veces en una repetición incesante de un mismo acontecer, de una misma circunstancia, donde apenas se altera un poco el escenario, pero los personajes son los mismos. Porque, además desde un comienzo se puede prever cada uno de esos episodios. Y en ese sentido, la novela pierde un poco de fuerza e interés, pues a semejanza de ciertos géneros literarios, los episodios intermedios son fácilmente predecibles. Al menos en lo que concierne a las relaciones íntimas del protagonista. No ocurre, sin embargo, lo mismo con los derroteros que asumirá la trayectoria de Escobar que va deslizándose, paulatinamente, hacia un corredor sin salida.

Pero esta historia es aprovechada por el autor para presentar un retrato esperpéntico de Bogotá, de Santa Fe gris y lluviosa que se disuelve en su propia mezquindad. En varias oportunidades Escobar se pregunta si no es posible que exista un mundo sin Bogotá, pero la terca realidad se niega a retirarse, se empecina en estar ahí y servir de escenario y, a veces, de protagonista de los acontecimientos relatados.

Indudablemente una atmósfera como la retratada por estas páginas se encuentra a diario en esta lúgubre ciudad y son muchos, muchísimos ‑tal vez‑ los habitantes que pueden verse en esos espejos que Antonio Caballero pone ante los lectores.

Parece ser, entonces, que, ante el empecinamiento de ciertos autores, una corriente se abre camino en nuestro mínimo escenario literario: escribir no acerca de un personaje de ficción, resultado de un elaborado proceso creativo, sino de una figura extraída del acontecer diario, con el cual ‑seguramente‑ se ha compartido mucho, y endilgarle a este unos cuantos vicios, algunos parientes y amigos, varios acontecimientos, y hacer de eso un libro. Y si la vida no puede consistir en eso, «en fabricar pedazos de poemas de pedazos de vida», seguramente la literatura tampoco.

Conrado Zuluaga




A Alexandra
Conozco tus hechos

y sé que tienes nombre de vivo

pero estás muerto.

Apocalipsis, 3, 1.
I
A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Desde la madrugada de sus treinta y un años Escobar contempló la revelación, parada en el alféizar como un pájaro: a los treinta y un años Rimbaud estaba muerto. Increíble. Fina seguía durmiendo junto a él, como si no se diera cuenta de la gravedad de la cosa. Le tapó las naríces con dos dedos. Fina gimió, se revolvió en las sábanas; y después, con un ronquido, empezó a respirar tranquilamente por la boca. Las mujeres no entienden.

Afuera cantaron los primeros pájaros, se oyó el ruido del primer motor, que es siempre el de una motocicleta. Es la hora de morir. Sentado sobre el coxis, con la nuca apoyada en el filo del espaldar de la cama y los ojos mirando el techo sin molduras, Escobar se esforzó por no pensar en nada. Que el universo lo absorbiera dulcemente, sin ruido. Que cuando Fina al fin sn despertara hallara apenas un charquito de humedad entre las sábanas revueltas. Pensó que ya nunca más sería el mismo que se esforzaba ahora por no pensar en nada; pensó Que nunca más sería el mismo que ahora pensaba que nunca más sería el mismo. Pe ro afuera crecían los ruidos de la vida. Sintió en su bajo vientre una punzada de advertencia: las ganas de orinar. La vida. Ah, levantarse. Tampoco esta vez moriremos.

Vio asomar una raja delgada de sol por sobre el filo hir suto de los cerros, como un ascua. E1 sol entero se alzó de un solo golpe, globuloso, rosado oscuro en la neblina, y más arriba el cielo era ya azul, azul añil, tal vez: ¿cuál es el azul añil? Y más arriba todavía, de un azul más profundo, tal vez azul cobalto. Como todos los días, probablemente. Aunque esas no eran horas de despertarse a ver todos los dias. Nada garantizaba que el sol saliera así todos los días. No era posible. Decidió brindarle un poema, como un acto de fé.
Sol puntual, sol igual,

sol fatal

lento sol caracol

sol de Colombia.

sol de Col‑

ombia.
Y era un lánguido sol lleno de eles, de dia que promete lluvia. Quiso despertar a Fina para rccitarle su poema. Pero ya había pasado el entusiasmo.

Quieto en la cama vio el lento ensombrecerse del día, las agrias nubes grises crecer sobre los cerros, el trazado plomizo de las primeras gotas de la lluvia, pesadas como piedras. Tal vez hubiera sido preferible estar muerto. No soportar el mismo día una vez y otra vez, el mismo sol, la misma lluvia, el tedio hasta los mismos bordes: la vida que va panndo y va volviendo en redondo. Y si se acaba la vida, faltan las reencarnaciones. E1 previsible despertar de Fina, el jugo de naranja, el desayuno.

Cada día pasaban menos cosas, y cosas más iguales, como si sólo sucedieran recuerdos. Al despertarse cada día tenía siempre la boca llena de un sabor áspero de hierro, la garganta atascada como un caño oxidado de sulfatos. ¿Se oxidan los sulfatos? ¿Se sulfatan los óxidos? Pasaba días enteros durmiendo, soñando vagos sueños, sueños de sorda angustia, persecuciones lentas y repetidas por patios de cemento encharcados de lluvia. Fina lo despertaba, le daba de comer, lo dejaba dormir, lo olvidaba en su sueño: a veces insistía en darle vitaminas, como si fuera eso. Había dejado de sentir, de esperar, de hacer planes, de pensar cosas complicadas, con incógnitas. A veces todavía ‑pero era por inercia‑ se le seguía viniendo a la cabeza algún poema: un poema bobísimo, como la bobería misma de componer un poema. La forma debe reflejar el contenido. Sí, pero para qué. Sí, pero ah... Como si su organismo por costumbre, fuera poniendo huevos sin querer: un breve esfnerzo, un hipo, y una cosa redonda nueda ahí abandonada ‑asonante, consonante, infecunda. A los treinta y un años Rimbaud estaba muerto, por lo menos. Se sentía resecado, reblandecido, enfriado, moribundo, y rodeado de cosas terriblemente muertas. Y así, días. Semanas. Algo en él le decía que aquello iba a durar toda la vida. Y nada le decía cuánto iba a durar la vida.

‑Mi amor, oye: ‑diio Escobar sin moverse. Y recitó:


Desde antes de nacer

(parece que fue ayer)

estoy muer‑

to.
Fina lo miró con irritación.

‑ Es un poema que acabo de pensar‑ se disculpó Escobar.

‑¿Hoy tampoeo te piensas levantar?

‑ Hoy tampoeo. Pero me afeitaré, probablemente.

‑ Me muero de la rabia de verte todo el día durmiendo como un cerdo.

‑Tú tienes un trabajo, niña. Y clases de ballet, de karate, no sé.

‑ Sal de la cama. Voy a tenderta.

‑ La mujer hacendosa es como el rayo.

‑ No pongas los ojos en blanco.

‑ No estoy poniendo los ojos en blanco.

‑ Estás poniendo los ojos en blanco. Lo sabes perfectamente.

Fina tendió la cama, puso sábanas limpias. Escobar se metió de nuevo entre las sábanas frías, rompió la geometría de sus dobleces, inició nuevos pliegues, arrugas incipientes que al cabo de la Inañana se habrían convertido en nudos tibios. Sin mirarlo, Fina recogió bolsas y talegos, carteras, cigarrillos, zapatillas. Salió. La puerta del apartamento se cerró de un golpe.

‑¡Tráeme hierba! ‑gritó Escobar.

Pero no hubo sino un silencio sin respuestas, vibrátil, casi dominical.

‑ Tráeme hierba, mi amor: es mi cumpleaños ‑dijo, en voz alta todavía, sabiendo que era inútil.

Cuando uno está tendido bocarriba, y si pone las yemas de los dedos en cierto sitio del vientre, se diría que se oye pasar el tiempo. Escobar lo oyó pasar un rato largo. Sería bueno ir al baño antes de que volviera el sueño, antes de la primera siesta matinal. Retazos de imágenes, fosforescencias en la negrura tibia de los párpados cerrados, nubarrones negros y duros que sn dejaban caer con una especie de graznido, un crepitar de fondo de pitos y motores, el golpear de la lluvia en la ventana: la mañana habitual. Y el llamado insistente de la vejiga, como un tamborileo. Se levantó con un suspiro. Empezó a caminar hacia el baño, mirando fascinado el juego de vaivén de los tendones bajo la piel de sus pies descalzos. Apoyaba el talón primero, sin verlo, sin sentirlo, y luego toda la planta, sintiendo la blandura de la alfombra en el arco del pie, y por último los dedos se pegaban unánimes al piso, como ventosas rosadas, y los tendones, que tal vez eran más bien huesos metacarpianos, estiraban la piel y la hacían blanquear sobre el gris pardo de la alfombra; pero ya venía el otro pie de más atrás, lanzaba sus propios dedos unánimes contra el piso, sus metacarpos, sus metatarsos: la monotonía terrible de la naturaleza. Orinó con unción. De niño era capaz de enviar el chorro a cuatro metros. Y ahora ya no. He vivido.

Leyó por cuarta vez, quizás por quinta vez: jabón de crema con Eucerit (sustancia afín a la piel) que limpia y cuida la piel de todo el cuerpo, dejándola delicadamente suave. A los treinta y un años Rimbaud no sóló estaba muerto, sino que había renunciado por completo a la literatura, esa falacia: crema afín a la piel. Halló otro texto: nueva fórmula de componentes activos que proporcionan humedad y la incorporan a la piel. Verificó: no había nin gún error: eran dos textos diferentes, dos productos distintos, dos frascos. Y otro más: crema renovadora. Y otro, en francés: lait de beauté. Qué poca variedad ofrece la literatura.

Sacó de la biblioteca el tomo de la R y se derrumbó en el sofá con los ojos cerrados. El lomo frío de la enciclopedia le pesaba en el vientre. Dejó escapar un ay muy quedo y largo ‑un aaaaayaaaaayaaaaaaaaayyy sin fuerzas, sin ganas, que le salía del alma. Dios mío, deben de ser apenas las nueve de la mañana. "Rimbaud, Arthur. 1854‑ 1891. Poeta francés de la escue‑". No es posible. De cincuenta y cuatro a sesenta son seis, a noventa y uno treinta y uno, y seis treinta y siete. Menos treinta y uno, seis: todavía me quedan seis años. No es posible. Hizo la cuenta restando 1954 de 1891. Lo mismo: treinta y siete. A los treinta y siete años de su edad, Rimbaud Arthur cedió a la gangrena en un hospital de Marsella. Seis años todavía: no hay error en las cuentas. ¿Pero por qué Rimbaud? En fin, las cosas son así. Tiene que haber algún poeta que haya muerto más joven. Algún efebo inglés. Pero pensar, buscar...

Se bañó, se afeitó. Las once apenas. Se bañó nuevamente. Se embadurnó de crema con Eucerit. Resultó no ser tan afín a la piel como el texto prometía, y tuvo que volver a bañarse. Las doce, nada más. Habían pasado sólo tres horas de los miles de horas que caben en seis años: ejércitos de horas alineadas, pacientes, esperando su turno, horas que hay que matar una por una a medida que asoman la cabeza; que se ven venir una tras otra desde la curva gris del horizonte, como olas; que llegan a estrellarse por fin con un planazo contra la grava de la playa cuando ya asoman otras más, más lejos, una detrás de otra. Horas que van reproduciéndose sin que se sepa cuándo, preñada cada una de muchos miles de horas idénticas a ella. Escobar se miró largamente en el espejo. Media hora, tal vez. Señor, dentro de seis años estaré completamente calvo.

Crema renovadora para cabcllos secos y maltratados. Les devuelve su brillo, su suavidad y su flexibilidad naturales, prometía la etiqueta. Pero rechazó los auxilios de la ciencia. La una, tal vez la una y cuarto; con rnucha suerte, y media. Desnudo todavía, salió del baño.

A la una y media de la tarde las cosas se congelan en una gran quietud universal Que remeda la rigidez de la muerte: inmóviles, bañadas por una luz también inerte. Cerrando el ojo izquierdo se las ve más doradas, y cerrando el derecho, más azules. Tonos fríos y calientes: todo está ya nombrado, todo ha sido ya dicho, y todo se repite. Todas las cosas están entonces unidas entre sí, comunicadas por una red compleja de corrientes subterráneas, torrentes silenciosos de la linfa incolora de la cual todas las cosas están hechas. En resumen ‑se dijo Escobar‑ todas las cosas acaban siendo cosas; sólo cosas, ta1 vez intercambiables. Da lo mismo, quizás es lo mismo, orinar que mirar por la ventana. Fue a orinar otra vez. Miró por la ventana. Pennsó orinar por la ventana, pero no le quedaba ya con qué. Era exactamente lo mismo: la misma transparencia un poco turbia. Todas las cosas son una sola cosa.

‑ Me pregunto si no habré descubierto el secreto esencial del Universo‑ dijo en voz alta. E1 silencio chupó el sonido de su voz. Ya no estaba seguro de haber hablado en voz alta, ni recordaba tampoco los pasos minuciosos de su proceso reflexivo. E1 ser, la nada, la esencia, la conciencia. Tema para un poema metafísico. La esencia de un poema es el poema. Y eso senvía también para el primer verso del poema, o inclusive para todo el poema: un pocma es un poema es un poema. Pero todo está ya dicho, pero es que todo está ya dicho, pero es que todos los poemas son poemas son poemas. La palabra poema empezaba a sonarle cremosa, untuosa, con un olor de agente activo, de Eucerit, más bien dulzón. Poema, poema, poema. Se le quedaban grumos de poema pegados al paladar, en el fondo de la encía, a donde no llegaba la punta de la lengua, espesos y biancuzcos; con una consistencia espumosa de nata. Se metió en ia cama, cubrió la cabeza con las sábanas, y en la penumbra tibia empezó a llamar a su madre con voz queda.
Lo despertó con un peso de angustia el repiquetear taladrante del teléfono. Ahuecada, lejana, la voz entristecida de su madre.

‑ Mijo.


‑ Mamá.

‑ No me llamas nunca.

‑ Hace un rato te llamé. No contestó nadie.

‑ Estaba hablando con Ernestico Espinosa.

‑Siempre estás hablando con Ernestico Espinosa, mamá. ¿De qué hablan?

‑ Ernestico es magnífico cardiólogo.

¿Qué era lo de su madre? nHipertensión? nInfratensión, si así se llama lo contrario?

‑ nCómo sigue tu tensión?

‑ Igual.

‑ Ah.


‑ No vienes nunca, mijo.

Tembló de sólo pensarlo. Una cosa es llamar a la madre en el trance severo de la muerte, y otra muy diferente visitarla. E1 informe saquito de huesos perfumado y pintado, arrebujado en chales en el hondo sillón, junto a la chimenea siempre encendida. La alta onda gris petrificada del cabello, el haz de tendones de la garganta aprisionado por seis vueltas de collares de pèrlas. n.as sirvientas almidonada y crujientes. I.ns tíos bebiendo whiskies pálidos, las tías empecinadas en el té. Ernestico Espinosa, con perfil ondulado y perfumado de cardiólogo, de perla en la corbata. Monseñor Boterito Jaramillo, con su sotana de botones morados, perdidos en el cuello bajo su doble juego de papadas. Ricardito Patiño, poeta de salones, eructando su whisky con dulzura tras una larga mano desmayada, veteada de pecas grises, rojas, violetas. Las bandejas de plata de muffins y tostadas, el fulgor apagado de los frascos tallados de cristal, llenos de whisky y brandy. El fulgor obstinado de los marcos de plata con fotos desvaídas de difuntos: su abuelo don Foción, cinchado en su uniforme de general de la guerra; su padre con el dedo meñique estirado apoyado en la punta de una mesa, de frac, cuando era joven, cuando estaba vivo, cuando cra plenipotenciario en Asunción; su hermano 1~ocioncito con su sonrisa sepia de seis años y sus rizos de oro, arrebatado al cielo en la flor de la infancia.

‑Estás ahí?

‑Sí, mamá.

‑Dónde estás?

‑ Aquí, mamá, en mi casa. Me estás llamando tú.

‑ Claro. Como tú nunca llamas.

‑ Hace un rato llamé.

‑ Pero no vienes nunca.

‑ ¿Y tu tensión? ¿Igual?

‑ Baj ísima. Ernestico Espinosa me dice que nunca ha visto una tensión tan baja.

En la voz de doña Leonor vibraba un desproporcionado orgullo.

‑Ah...

‑ Es que claro: yo aquí sola en este caserón...



‑ nSola? nSola, mamá? "Nadie nadie la cuidabn / sino Andrés y Juan y Gil / y ocho criados y dos pajes / de librea y corbatín".

‑ No te burles, mijo. E1 servicio está imposible. Les da uno la mano y le arrancan el codo. Es que en esta casa hace falta un hombre. "Ln voz del hombre es como el rayo", decía siempre tu papá, el pobre.

‑ Sí, mamá.

‑ nPor qué no te vienes a vivir acá? Para no estar tan sola. Tu cama está ahí, intacta, como cuando te fuiste. Y la de Focioncito.

Escobar apartó el auricular y puso cara de mártir. Para nadie, el aire. ¿Qué hora podría ser? Las dos, quizá. Las tres, calculó por la densa oscuridad del cielo hinchado de lluvia. Dejó que su mamá hablara un rato sola en la otra punta del teléfòno. Arrepentido, volvió a escuchar. Dóña Leonor hablaba todavía de nocioncito, arrebatado al cielo en la flor de la infaneia.

‑ Mamá, por favor. Focioneito está muerto.

‑ Yo sn, mijo. Eso es lo malo. Si no, no estaría sola, tú lo sabes.

‑ Mamá, tú no estás sola.

‑ lgnacio, no te permito que vuelvas a decir que las sirvientas son compañía.

‑ lVo, mamá. Pero allá se la pasa todo el mundo. Tío Foción, tía Clemencita, tío Pablo, tía Memé‑.

‑ Tu tía Clnunencita está acabada.

‑ Bueno, mnmá, pero tíos y tías, primos, primas, sobrinos, sobrinas, tu amigo Ricardito, Ernestico Espinosa que va a tomarte la tensión todos los días, monseñor Boterito Iaramillo que va todas las tardes a tomarse tu coñae, tu amiga Lulucita Pineda.

‑ Lulucita ya casi ni respira, mijo, la pobre. Parkinson. Ernestico nu le da ni medio año. Y monseñor Botero Jarámillo tiene cáncer en la lengua.

‑ Sí, mamá, eso le pasa a todo el mundo.

Se quedaron callados los dos un rato.

‑ Mijo.


‑ Mamá.

‑¿Qué haces?

‑ Nada. Estaba durmiendo. Me despertaste.

‑ Mijo ¿no piensas hacer nunca nada?

‑ No. Sí. No sé. Estoy escribiendo un poema.

‑¿E1 mismo?

‑ Sí, mamá, el mismo.

‑¿Cuándo lo vas a publicar?

‑ No sé. Cuando lo acabe.

‑¿Y cuándo lo piensas acabar?

‑ No sé.

‑ Mijo.


‑ Mamá.

‑ Te vas a alcoholizar, mijo. Como Ricardito.

‑Mamá, por favor!

‑ No veo por qué te exaltas, Ignacio. A tu edad, Ricardito había publicado ya ni sé cuántos libros de poesía. Me acuerdo de uno que me dedicó a mí que se llamaba Ritos, Rimas, Restos, Ramos... 





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