Significado, uso y comunicacióN: las investigaciones filosoficas de L. Wittgenstein



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UNIDAD 17

SIGNIFICADO, USO Y COMUNICACIÓN: LAS INVESTIGACIONES FILOSOFICAS DE L. WITTGENSTEIN




Índice temático
Introducción

Nombrar y jugar

Vivir el lenguaje

El imperio de las reglas

Sobre la observancia de reglas lingüísticas: N. Chomsky vs. L. Wittgenstein‑S.Kripke

Gramática y filosofía



Introducción



Como es ampliamente reconocido, la influencia de la obra de L. Wittgenstein en la filosofía del siglo XX ha sido enorme, especialmente en el mundo anglosajón. La trascendencia de esa obra es tal, que abarca en realidad todas las escuelas y disciplinas filosóficas, desde la filosofía de la lógica y las matemáticas a la teoría del conocimiento y a la metafísica. Incluso se puede calibrar esa influencia en términos de su importancia en la constitución de nuevas disciplinas - o renovación de antiguas -, como la filosofía de la mente o la psicología filosófica. Así sucedió con la teoría filosófica del lenguaje que, a impulsos de sus ideas en su segundo periodo filosófico - lo que se conoce como WII o segundo Wittgenstein-, fue a contribuir decisivamente al replanteamiento del concepto de lenguaje, replanteamiento ajeno en principio a las tradiciones propiamente lingüísticas, pero que posteriormente ha influido en ellas.
Sin embargo, a pesar de que se suele dividir la evolución filosófica de Wittgenstein en periodos, lo primero que es preciso señalar es el carácter global de sus ideas filosóficas. Ni en su segundo periodo, ni en el primero, Wittgenstein estaba interesado en una teoría propiamente lingüística, si se entiende por tal una teoría cuya función fuera describir un presunto sistema de símbolos utilizados en la comunicación humana. Su orientación era estrictamente filosófica: la teoría del lenguaje habría de contribuir a una explicación o solución de problemas referentes a nuestra relación con el mundo. En este sentido es preciso subrayar la esencial continuidad del enfoque metodológico de la filosofía wittgensteniana: cualquier instrumento de análisis o teoría sustantiva fue considerado por él en la medida en que podía aportar claridad a la elucidación del problema central de la fundamentación de nuestro conocimiento del mundo y de nuestras acciones, un problema definido en sus términos modernos esenciales por I. Kant. Así, la teoría figurativa del Tractatus constituyó, al mismo tiempo, una respuesta al problema de las condiciones necesarias de la representación lingüística de la realidad - de cualquier representación simbólica en general - y una elucidación de la lógica interna del lenguaje natural. Igualmente en su teoría posterior, las reflexiones filosóficas de Wittgenstein tendrán un pie puesto en la filosofía del lenguaje y el otro en diferentes disciplinas filosóficas, como la teoría del conocimiento, la ética o la filosofía de la mente.
Así pues, la aportación de L. Wittgenstein a la filosofía del lenguaje, y la filosofía en general, hay que juzgarla desde esta perspectiva: su objetivo no fue puramente lingüístico, sino `exterior' a la teoría del lenguaje, como sucede, por otra parte, con la obra de N. Chomsky, una de las más interesantes del siglo XX, desde el punto de vista lingüístico. Por tanto, la contribución de Wittgenstein, especialmente en sus detalles, sólo puede ser cabalmente comprendida cuando se capta su incardinación filosófica, su marco conceptual propio.

Todo esto no quiere decir, sin embargo, que la evolución de las teorías del lenguaje de L. Wittgenstein no pueda exponerse y apreciarse en virtud de sus propiedades intrínsecas. Es más, seguramente uno de los mayores logros de la filosofía de Wittgenstein, al menos uno de los más duraderos, sea el de haber enseñado a considerar el lenguaje humano bajo un nuevo prisma, como una realidad social y comunicativa en vez de un puro sistema de representación del mundo y de nuestro conocimiento de él.

A pesar de las complejidades que presenta el análisis de las obras de Wittgenstein en el periodo intermedio entre el Tractatus y las Investigaciones filosóficas, la evolución de su pensamiento se puede narrar de una forma muy general como el abandono de dos ideas características del Tractatus:

1) En primer lugar, la progresiva insatisfacción acerca del diagnóstico y tratamiento de los problemas filosóficos. La idea sobre esos problemas (heredada de G. Frege y B. Russell, y compartida por los miembros del Círculo de Viena) es la de que tienen su origen en la imperfección del lenguaje natural, siendo el remedio adecuado un análisis lógico que ponga de relieve, en una lenguaje preciso, inequívoco y construido, la auténtica forma lógica del pensamiento.


2) En segundo lugar, el progresivo abandono de la idea de que cualquier simbolismo, y en particular el lenguaje natural, debe su virtualidad semiótica a su capacidad representadora, reproductora de una realidad simbolizada. Con esta idea, Wittgenstein abandonará asimismo la idea de que la lógica es una condición posibilitadora de la representación y la médula espinal de las relaciones entre la realidad, el pensamiento y el lenguaje.

Ninguna evolución en el pensamiento es repentina, y la de Wittgenstein, que había de suponer un salto fuera de la tradición filosófica, lo fue aún menos. Las nuevas ideas que iba a exponer en las Investigaciones se fueron abriendo paso poco a poco, quizás desde mediados los años veinte hasta su regreso a Cambridge en 1937. Esa evolución está reflejada en las observaciones recogidas en un artículo publicado en 1929, en algunas obras publicadas póstumamente (Philosophische Bemerkungen y Philosophische Grammatik) y en los Cuadernos azul y marrón. El primer paso en esa evolución fue la revisión del concepto de representación o pintura propuesto en el Tractatus, revisión que le conduciría a una concepción diferente sobre la función del lenguaje humano. En el Tractatus, el concepto de representación es sumamente concreto y unívoco: toda representación se define por su forma de representación y su relación pictórica; dadas éstas y conocido el método de proyección, podemos determinar unívocamente lo representado. Así, si conocemos la forma lógica de una proposición, podemos determinar el hecho representado sin lugar a error. Sin embargo, ya en (1929) Wittgenstein expresó dudas acerca de la univocidad de esa relación. No sólo en el sentido de que el conocimiento del método de proyección no asegure un único resultado, sino también en el sentido de que resulta dudoso que los diferentes modos de proyección conserven una estructura común, una forma lógica. Es más, el método de proyección que se emplee en cada ocasión no es comprensible a menos que se den por sabidas ciertas reglas o convenciones de la representación. Si se ha de concebir el lenguaje natural como una representación de la realidad, resulta cada vez más patente que ese lenguaje no dispone de un único método de proyección, sino que las diferentes convenciones (T. 4.002) tácitas movilizadas en su uso determinan una heterogeneidad de métodos de proyección. La conclusión inevitable entonces es que la forma lógica del lenguaje ya no muestra de forma unívoca la de la realidad.


Así pues, las ideas de Wittgenstein fueron modificándose lentamente a lo largo de los años veinte y treinta. Fueron adquiriendo una nueva orientación en las obras intermedias ya mencionadas, perfilándose y profundizándose hasta alcanzar una expresión definitiva en lo que se considera su otra gran aportación a la filosofía del siglo XX, las Investigaciones filosóficas.
Nombrar y jugar
En el Tractatus Wittgenstein distinguía únicamente dos relaciones semánticas, la nominación y la descripción figurativa. La primera era propia de las expresiones nominales y la segunda de las proposiciones. A medida que progresó su desconfianza en lo expuesto en el Tractatus acerca de la relación pictórica, Wittgenstein fue abandonando la idea de que éstas son las dos únicas funciones semióticas de los signos lingüísticos. En efecto, que una expresión nominal denomine realmente un objeto (en el seno de una proposición) no depende de la propia naturaleza del nombre, sino de factores externos a sus propiedades estrictamente lingüísticas. Para decirlo en términos wittgenstenianos, que un nombre denomine efectivamente un objeto depende de su aplicación como nombre, y ésta no está en una relación interna con el nombre, sino que es externa a él, puesto que depende de que efectivamente tal nombre sea utilizado en una ocasión concreta, con el propósito de nombrar un objeto. El supuesto de que los nombres refieren a objetos independientemente de los propósitos de su utilización, y de que éste es un hecho básico en el proceso de aprendizaje del lenguaje, es el primero de los cuestionados por Wittgenstein en las Investigaciones. Con ello, Wittgenstein no sólo criticó tesis por él mantenidas en el Tractatus, sino también toda una tradición filosófica occidental, representada por el texto de Agustín de Hipona que cita, pero que se remonta al menos hasta Platón. De acuerdo con esta tradición, los signos significan porque están en lugar de aquello que designan; su significación consiste en sustituir realidades; comprenderlos equivale a advertir que están lugar de esas realidades. La nueva teoría del lenguaje que Wittgenstein esbozó en las Investigaciones consiste pues en la propuesta de un nuevo modo de entender lo que es la significación de un signo y su comprensión.

La estrategia seguida por Wittgenstein fue la siguiente: a) imaginar un conjunto de circunstancias comunicativas para las que fuera verdadera la imagen tradicional, la concepción nominativa del lenguaje; b) demostrar que el uso nominativo del lenguaje en esas circunstancias está intrínsecamente unido a ellas, esto es, que sólo adquiere sentido en el seno de la situación descrita; c) mostrar que este hecho, la conexión entre lenguaje y situaciones concretas, no sólo es lo que da sentido a la función lingüística nominativa, sino también a cualquier función lingüística, de hecho tantas como (tipos de) situaciones imaginables en que se pueda o deba utilizar el lenguaje. El propósito tras esta estrategia expositiva y argumentativa era claro: demostrar que lo que el Tractatus y la tradición lingüística consideraban esencial en el lenguaje no lo es en realidad; que constituye una extrapolación abusiva de un juego semántico muy simple, el de nombrar objetos:


"#2 Ese concepto filosófico del significado reside en una imagen primitiva del modo y manera en que funciona el lenguaje. Pero también puede decirse que es la imagen de un lenguaje más primitivo que el nuestro.

#3.....Esto debe decirse en muchos casos en que surge la cuestión: Es esta representación apropiada o inapropiada? La respuesta es entonces: Sí, apropiada, pero sólo para este dominio estrictamente circunscrito, no para la totalidad de lo que pretendemos representar". Investigaciones (I.F.):
El juego nominativo no tiene un carácter paradigmático, ni es esencial a la comunicación lingüística: está al mismo nivel que otras formas de utilizar el lenguaje para la comunicación.

Por otro lado, tampoco el juego nominativo es esencial para el aprendizaje lingüístico, ni siquiera primario:



"#26. Se piensa que aprender el lenguaje consiste en dar nombres a objetos, a saber: a seres humanos, formas colores, dolores, estados de ánimo, números, etc. Como se dijo: nombrar es algo similar a fijar un rótulo en una cosa. Se puede llamar a esa una preparación para el uso de una palabra ¿Pero para qué es una preparación?". I.F.
De hecho, la imagen tradicional de lo que es aprender un lenguaje implica una circularidad. En efecto, si concebimos que el aprendizaje consiste en pensar (decirse) que ciertas palabras se corresponden con objetos, el propio aprendizaje supone ya una forma de lenguaje, siquiera muy primitivo. Para aprender el lenguaje, el niño ya de ha de dominar alguno.
La imagen alternativa que presenta Wittgesntein no excluye el empleo de los juegos elementales como el de la denominación, pero subraya el aspecto social de tales juegos. Lo esencial es que el niño aprende a nombrar como una forma de comportamiento en un entorno social que le proporciona aprobación o reprobación. En este sentido, practicar o dominar tales juegos elementales no es en principio diferente de la adquisición de otros hábitos o técnicas que se aprenden en el mismo lecho social. Nombrar no es distinto de otros tipos de acciones no verbales que requieran el adiestramiento social. Cuando el niño aprende a nombrar un objeto no está aprendiendo en realidad lo que es la denominación. Eso sucederá después, cuando vaya adquiriendo conciencia de la heterogeneidad de los fines para los cuales se puede emplear el lenguaje. Lo que está aprendiendo es una forma (correcta, recompensada) de comportarse respecto a los objetos:
"#6 ... Los niños son educados para realizar estas acciones, para usar con ellas estas palabras y para reaccionar así a las palabras de los demás." I.F.
Esa forma de comportarse puede crear nexos asociativos; por ejemplo, puede evocar la imagen de lo denominado. Pero es una idea fundamental de las Investigaciones que aprender el significado del nombre no consiste en evocar las correspondientes imágenes o cualquier otro fenómeno mental concomitante. Aprender el significado de una palabra consiste en aprender una forma de conducta que, en diferentes individuos, puede estar asociada a diferentes representaciones o procesos psicológicos. Pero la referencia a hechos psicológicos no puede constituir una explicación de la homogeneidad necesaria para que se produzca la comunicación. Aunque sólo sea en este primer punto, es fácil advertir en qué medida se separó la teoría semiótica de las Investigaciones de la tradición y, a decir verdad, de buena parte de las actuales teorías semánticas. Tanto en el caso del racionalismo como del empirismo clásicos, los fenómenos mentales (ideas, impresiones...) desempeñaban un papel esencial en la explicación de los fenómenos semióticos. Concebidos de una u otra forma, los enunciados (los juicios) eran la expresión de pensamientos, esto es, de representaciones mentales de la realidad. Esas entidades psicológicas eran el elemento al que se apelaba cuando se quería explicar el sentido y la comprensión del lenguaje, como en la teoría semiótica de J. Locke (v. Unidad 4). La comunicación era concebida como el proceso mediante el cual se hacían llegar las representaciones mentales de un hablante a un auditorio, que a su vez trasmitía las suyas. Ese proceso telemental como columna vertebral de la comunicación es lo que las Investigaciones pusieron en cuestión, proporcionando un conjunto de tesis diferentes que provocaron un vuelco en nuestras concepciones tradicionales sobre el lenguaje.
La clave de la nueva concepción de Wittgenstein es precisamente la noción general de juego y, en particular, la de juego lingüístico o juego de lenguaje. La noción general de juego desempeñará el papel de polo con el que contrastar las actividades lingüísticas. En las Investigaciones, Wittgenstein se empeñó en un minucioso análisis de las propiedades que comparten los juegos y las actividades lingüísticas; proyectó ciertas propiedades de ésas en el comportamiento lingüístico, tratando de penetrar en su lógica interna. Se podría decir que Wittgenstein utilizó esa noción, y las nociones relacionadas con ella, como una metáfora radical para entender la comunicación lingüística, si no fuera porque en muchas ocasiones tal comparación o proyección es concebida y expuesta en una forma excesivamente literal.
Hay que tener en cuenta, además, que Wittgenstein empleó la expresión `juego de lenguaje' con acepciones ligeramente diferentes, ya fuera para designar modelos simplificados de comportamiento lingüístico, como ciertos sistemas de comunicación inventados por él, ya fuera para indicar actividades lingüísticas reales, descritas con especificación de las circunstancias en que se producen:

"#7 Podemos también imaginarnos que todo el proceso del uso de palabras en (2) [el juego nominativo] es uno de esos juegos por medio de los cuales aprenden los niños su lengua materna. Llamaré a estos juegos "juegos de lenguaje" y hablaré a veces de un lenguaje primitivo como un juego de lenguaje.

Y los procesos de nombrar las piedras y repetir las palabras dichas podrían llamarse también juegos de lenguaje. Piensa en muchos usos que se hacen de las palabras en juegos de corro.

Llamaré también "juego de lenguaje" al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido".


Ello es así porque la noción de juego no sólo tiene un aspecto metodológicamente descriptivo (nos sirve para describir situaciones), sino también una dimensión heurística: como los modelos simplificados de otros ámbitos de la ciencia, nos permite captar con claridad los mecanismos esenciales de los fenómenos que estamos tratando de explicar.

Cuando se utiliza la noción de juego para entender nuestro lenguaje, lo primero que viene a la mente es la multiplicidad de clases de juegos. ¿Sucede lo mismo con nuestro lenguaje ? Wittgenstein pensó que así era, que ése es uno de los rasgos en que son similares los juegos y el lenguaje humano: son internamente heterogéneos:


"# 23 ¿Pero cuántos géneros de oraciones hay? ¿Acaso aserción, pregunta y orden? - Hay innumerables géneros: innumerables géneros diferentes de empleo de todo lo que llamamos `signos', `palabras', `oraciones'. Y esta multiplicidad no es algo fijo, dado de una vez por todas, sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, nacen y otros envejecen y se olvidan".
Este es otro de los puntos en que Wittgenstein rechazó explícitamente las tesis del Tractatus y de la tradición: desde Platón a G. Frege la denominación es la función semántica paradigmática, la que establece la conexión esencial entre el lenguaje y la realidad. Sin embargo, de acuerdo con las Investigaciones, la nominación es un juego de lenguaje más, a la par con otros que se puedan imaginar o describir. Decir que cualquier expresión nombra algo, afirmación a la que se podría atribuir cierta capacidad explicativa, no es una aseveración que tenga mucho contenido. Wittgenstein la comparó con la afirmación de que toda herramienta sirve para modificar algo, introduciendo otra de sus metáforas preferidas en este periodo de su pensamiento:
"#11 Piensa en las herramientas de una caja de herramientas: hay un martillo, unas tenazas, una sierra, un destornillador, una regla, un tarro de cola, cola, clavos y tornillos - Tan diversas como las funciones de esos objetos son las funciones de las palabras".
Captar el papel significativo de una expresión no equivale a ser consciente de algo tan abstracto como su virtualidad denominativa: supone el conocimiento concreto de su función en un juego de lenguaje, o en varios. Puede que esa función sea efectivamente la de nombrar un objeto, pero ése es un juego entre los muchos en que se puede emplear la expresión. Wittgenstein criticó en las Investigaciones la concepción mágica de la denominación, una concepción que concibe la conexión establecida entre la palabra y la realidad como un vínculo secreto y esencial:
"#38 ...Si no se quiere provocar confusión, es mejor que no se diga en absoluto que estas palabras [`esto', `eso'] nombran algo. Y, curiosamente, se ha dicho una vez de la palabra `esto' que es el nombre genuino. De modo que todo lo demás que llamamos `nombres' lo son sólo en un sentido inexacto, aproximativo.

Esta extraña concepción proviene de una tendencia a sublimar la lógica de nuestro lenguaje...



Esto está conectado con la concepción del nombrar como un proceso oculto, por así decirlo. Nombrar aparece como una extraña conexión de una palabra con un objeto...".
En particular sus críticas estaban dirigidas contra la idea de que existen expresiones lógicamente simples y básicas en todo lenguaje, que establecen una relación directa e inefable con la realidad: la teoría de los nombres lógicamente propios de B. Russell es una de esas concepciones, pero también todas las teorías neoempiristas o neopositivistas que pensaban que existía una forma básica de enunciados que se refieren a nuestra experiencia inmediata, a la cual habría de poder reducirse otros más complejos (los lenguajes fisicalistas o fenomenalistas de B. Russell y R. Carnap). Para el Wittgenstein de las Investigaciones, la falsa concepción del lenguaje básico es fruto de la forma peculiar de equivocarse los filósofos. La confusión filosófica consiste generalmente en extraer una expresión (o conjunto de ellas) del juego de lenguaje en el que tienen su propio sentido, y extrapolarlas a otro ámbito distinto, con pretensiones de generalidad o esencialidad:
"#38 Pues los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje hace fiesta. Y ahí podemos figurarnos ciertamente que nombrar es algún acto mental notable, casi un bautismo de un objeto. Y podemos también decirle la palabra `esto' al objeto, dirigirle la palabra - un extraño uso de esta palabra que probablemente ocurra sólo al filosofar".
Esta ilegítima búsqueda de generalidad es el velo que impide ver la esencial complejidad y heterogeneidad del lenguaje, que no es sino una consecuencia de la heterogeneidad y complejidad de las formas en que vivimos.
Vivir el lenguaje
La noción de juego de lenguaje en las Investigaciones es correlativa con la de forma de vida. De hecho están tan inextricablemente unidas que es imposible explicar una sin recurrir a la otra:
"#19 Puede imaginarse fácilmente un lenguaje que conste sólo de órdenes y partes de batalla - O un lenguaje que conste sólo de preguntas y de expresiones de afirmación y de negación. E innumerables otros - E imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida."
Para empezar, tanto los juegos de lenguaje como las formas de vida que Wittgenstein pone como ejemplos tienen una función metodológica. Están traidos a colación en la medida en que ilustran mecanismos y conexiones que se dan en las situaciones reales de comunicación, en general mucho más complejas. Por muy simples que parezcan, cumplen una misión fundamental en la concepción wittgensteniana: hacen ver en una forma muy esquematizada la complejidad de nuestros usos lingüísticos y la estrecha conexión que tienen éstos con nuestras acciones sociales:
"# 130 Nuestros claros y simples juegos de lenguaje no son estudios preparatorios para una futura reglamentación del lenguaje[...] Los juegos del lenguaje están más bien ahí como objetos de comparación que deben arrojar luz sobre las condiciones de nuestro lenguaje por vía de semejanza y desemejanza"
No quiere esto decir que pongan de relieve ninguna `esencia' o lógica interna del lenguaje, general a todos los usos lingüísticos. Nada más contrario ni que más repugne a Wittgenstein en esta etapa que el ansia de generalidad. Los juegos de lenguaje mencionados no son sino una muestra de la inabarcabilidad de las formas en que utilizamos realmente el lenguaje. Ponen de relieve ante todo que, cuando preguntamos por el significado de una expresión, es inútil que demos vueltas tratando de encontrar una realidad (un objeto, un hecho) a que corresponda la expresión. Luchar contra esa imagen, la de que existe un reino de objetos no lingüísticos y otro de expresiones lingüísticas, y que la significación consiste en la relación entre ambos ámbitos, es uno de los principales propósitos de las Investigaciones. La declaración emblemática de la concepción que allí expone Wittgenstein es que el significado no es una cosa, sino un uso:
"#43 Para una gran clase de casos de utilización de la palabra `significado' - aunque no para todos los casos de su utilización - puede explicarse esta palabra así: el significado de una palabra es su uso en el lenguaje".
La noción de uso lingüístico ha recibido múltiples y matizadas interpretaciones, pero lo que es claro es que no es ningún objeto. Un ejemplo de Wittgestein aclara suficientemente este punto (en Investigaciones, #31). Supongamos que alguien quiere explicar el significado de una determinada pieza en el juego de ajedrez. Para ello, señala la pieza y dice `éste es el rey' . ¿Ha expresado (explicado, definido) con ello el significado de la pieza? ¿Consiste ese significado en representar un rey (abstracto, genérico)? Evidentemente, no. Aunque se dé por supuesto que el interlocutor conoce un buen número de cosas (por ejemplo, que se trata de la pieza de un juego, no de una figurita de un belén), la pretendida explicación no es tal. Es preciso que se haga mención de cuál es la función de la pieza en el juego, esto es, que se describa su papel en el juego, sus movimientos, su relación con las demás fichas, etc. Sólo entonces se habrá producido una explicación: cuando se haya descrito de forma suficiente la actividad (el juego) de que forma parte. Lo mismo sucede con las expresiones lingüísticas: una explicación de su significado también implica una descripción de actividades humanas, una especificación de su función en una determinada forma de vida. La explicación del significado de `jaque!' no puede consistir en señalar una determinada posición de las fichas de ajedrez en el tablero, ni mucho menos indicar un estado mental de quien profiere la expresión; tal expresión tiene sentido sólo cuando aclaramos cuál es su papel dentro del juego, el del ajedrez, por ejemplo.



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