Sigmund freud



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Tema 13

SIGMUND FREUD 

TEXTO 1

“El  psicoanálisis  basa  sus  afirmaciones  en un cierto número de hechos de  los  que haré  ahora  una selección:



              Sabemos a lo que nos referimos cuando decimos que a uno “se le ocurren” algunas ideas, pensamientos que aparecen súbitamente en la conciencia sin que percibamos los pasos que llevaron a ellos, aunque también han  debido  ser  actos  psíquicos. Puede incluso suceder que lleguemos por este camino a  la  solución de  un problema  intelectual difícil que antes, durante algún tiempo, se había burlado de nuestros esfuerzos. Todo complicado  proceso  de  selección, rechazo y decisión que ha ocupado el intervalo se ha hallado fuera de la conciencia. No es ninguna nueva teoría decir que eran inconscientes y tal vez también continuaron siéndolo.

               En  segundo  lugar,  tomaré un  sencillo  ejemplo para representar  una  clase  inmensamente  grande  de fenómenos. El presidente de una corporación pública (la Asamblea de los diputados del parlamento de Austria) en  una  ocasión  abrió  una sesión con las siguientes palabras: “Me doy cuenta de que se  halla  presente  un número  suficiente  de diputados, y por tanto, declaro la sesión terminada”. Fue un desliz verbal,  porque  no hay  duda de que lo que quería decir era “abierta”. ¨¿ Por qué entonces dijo lo contrario?  Esperamos que se nos dirá   que  fue  un  error accidental, un fracaso al realizar una intención, como puede  suceder  fácilmente  por diversas  razones: no tenía ningún significado, y en cualquier caso los contrarios se sustituyen unos a  otros  con  facilidad.  Pero  si tenemos en cuenta la situación en que ocurrió el desliz verbal, nos  inclinaremos  a preferir  otras explicaciones. Muchas de las anteriores sesiones de la Asamblea habían sido  desagradablemente tortuosas  y  no  habían  realizado nada, de modo que resultaba natural que el  presidente  pensara  en  aquel momento  al hacer su manifestación pública: “ ­ Si la sesión, que está  en sus comienzos, se hubiera acabado..! ­ Me  gustaría  más  levantarla que abrirla!” Cuando empezó a hablar, probablemente no se daba  cuenta  de  este deseo-  no  era  consciente para él -; pero se encontraba ciertamente presente y pudo manifestarse,  contra  la voluntad  del que hablaba, en su aparente equivocación. Un solo ejemplo no puede permitirnos decidir entre dos explicaciones  diferentes. Pero ¿ qué diríamos si todas las equivocaciones verbales pudieran ser explicadas  de la  misma  forma y del mismo modo, y también las equivocaciones escritas, todo error al leer o al oír y  todas las  acciones equivocadas? ¿ qué diríamos si en todos estos ejemplos fuera posible demostrar la presencia de un acto  psíquico  - un  pensamiento, un deseo, una intención - que explicaría la aparente equivocación y  que  era inconsciente  en  el momento en que se realizó, aunque haya podido ser previamente consciente? Si  esto  fuera así,  no  sería  ya  realmente  posible  seguir  negando el hecho de  que  existen  actos  psíquicos  que  son  inconscientes  y que incluso a veces son activos  mientras son inconscientes, e incluso en este caso pueden  a veces influir considerablemente en las intenciones conscientes (...). En  tercer  lugar,  finalmente,  es  posible,  en  el  caso  de  personas  en  estado  hipnótico,  probar  experimentalmente  que existen cosas como los actos psíquicos inconscientes y que la concienciación no es  una condición  indispensable  para  la actividad psíquica (...). Esto es, más o menos, lo que  ocurre:  El  médico entra  en  la sala del hospital, apoya su paraguas en el rincón, hipnotiza a uno de los pacientes y  le  dice: “Ahora  me  voy.  Cuando vuelva, usted saldrá a mi encuentro con mi paraguas abierto y lo mantendrá   sobre  mi cabeza.”  Entonces  el médico y sus ayudantes abandonan la sala. En cuanto vuelven, el paciente que ya no  se halla  hipnotizado,  lleva  a  cabo las instrucciones que exactamente se le dieron mientras  estaba  en  estado hipnótico.  El  médico  le  pregunta:  “¿ Qué  está  usted haciendo? ¿Qué  significa  esto?”  El  paciente  queda   claramente  confundido. Hace alguna observación inoportuna, como: “Sólo pensé, doctor, que, como llueve afuera, usted abriría su paraguas en la sala antes de salir.” Es evidente que la explicación es inadecuada y hecha en  el  apuro del momento para ofrecer algún motivo de su conducta sin sentido. Para nosotros los espectadores es evidente  que  ignora  su real motivo. Sin embargo nosotros sabemos cuál es porque estábamos presentes  en  el momento de la sugestión. La  cuestión de la relación del consciente con lo psíquico puede ser considerada ahora como  establecida: la conciencia es sólo una cualidad de lo que es psíquico, pero una cualidad inconstante (...).    El  psicoanálisis  ha  aceptado  el concepto de lo inconsciente, lo ha tomado en serio y le  ha  dado  un contenido  nuevo. Con sus investigaciones ha llegado a un conocimiento de las características de lo  psíquico inconsciente  que hasta ahora eran insospechadas y ha descubierto algunas leyes que lo gobiernan. Pero nada de esto  implica que la conciencia haya perdido su importancia para nosotros. Continúa siendo la luz que  ilumina nuestro  camino y nos lleva a través de la oscuridad de la vida mental. Como consecuencia del carácter especial de  nuestros  descubrimientos,  nuestro trabajo científico en psicología consistirá  en traducir  los  procesos inconscientes en procesos conscientes, llenando así las lagunas de la percepción consciente.”

S.Freud. “Lo inconsciente” (1915)

 TEXTO 2

“El  nódulo del sistema Inc. está constituido por representaciones de pulsiones que aspiran a derivar  su carga.  Estas  mociones pulsionales se hallan coordinadas entre sí y coexisten entre sí sin influir unas  sobre  otras  ni  tampoco contradecirse. En este sistema no hay negación ni duda alguna, ni tampoco grado ninguno  de seguridad.  Los  procesos  del  sistema  Inc.  se hallan fuera del tiempo;  esto  es,  no  aparecen  ordenados cronológicamente,  no  sufren modificación alguna por el transcurso del tiempo y carecen de toda relación  con    él.  Carecen  también  de  toda relación con la realidad. Se hallan sometidos al principio  del  placer  y  su destino depende exclusivamente de su fuerza.”

S.Freud. “Lo inconsciente” (1915)

TEXTO 3

“Si  consideramos la vida anímica desde el punto de vista biológico, se nos muestra la “pulsión” como  un  concepto  límite  entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos  procedentes  del  interior del cuerpo que arriban al alma y como una magnitud de exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático.

Podemos  discutir  ahora algunos términos utilizados en relación con el concepto de pulsión, tales  como perentoriedad, fin, objeto y fuente de la pulsión.

 Por  perentoriedad  de una pulsión se entiende su factor motor, esto es, la suma de fuerza o la  cantidad   de  exigencia  de trabajo que representa. Este carácter perentorio es una cualidad general de las pulsiones  e incluso constituye la esencia de las mismas.

 El  fin  de  una pulsión es siempre la satisfacción, que sólo puede ser alcanzada por  la  supresión  del estado  de excitación de la fuente de la pulsión. Pero aun cuando el fin último de toda pulsión es invariable, puede  haber  diversos  caminos que conduzcan a él, de manera que para cada pulsión  pueden  existir  diversos fines propios susceptibles de ser combinados o sustituidos entre sí.

 El  objeto  de  la  pulsión  es  aquel en el cual o por medio del  cual  puede  la  pulsión  alcanzar  su satisfacción.  Es lo más variable de la pulsión; no se halla enlazado a ella originariamente, sino  subordinado a  ella  a  consecuencia de su adecuación al logro de la satisfacción. No es necesariamente algo  exterior  al  sujeto,  sino  que  puede  ser una parte cualquiera de su propio cuerpo y es  susceptible  de  ser  sustituido indefinidamente  por  otro  durante  la  vida  de la pulsión. Este  desplazamiento  de  la  pulsión  desempeña  importantísimas  funciones.  Cuando una pulsión aparece ligada de un modo especialmente íntimo y  estrecho  al  objeto,  hablamos de una fijación de dicha pulsión. Esta fijación tiene efecto con gran frecuencia en períodos muy  temprano  del  desarrollo  de  las pulsiones y pone fin a la movilidad de la pulsión  de  que  se  trate, oponiéndose intensamente a su separación del objeto.

 Por  fuente  de la pulsión se entiende aquel proceso somático que se desarrolla en un órgano o una  parte del cuerpo, y es representado en la vida anímica por la pulsión.”

S.Freud. “Las pulsiones y sus destinos”(1915)

 TEXTO 4

Otro  de los destinos de una pulsión puede ser el de tropezar con resistencias que aspiren a despojarlo de  su  eficacia.  En circunstancias cuya investigación nos proponemos emprender pasa la pulsión al estado de represión.  Si     se  tratara  del  efecto de un estímulo exterior, el medio de defensa más adecuado contra él sería  la  fuga.  Pero     tratándose  de la pulsión, la fuga resulta ineficaz, pues el yo no pude huir de sí mismo.(...) No es fácil  deducir teóricamente  la posibilidad de una represión. ¨¿Por qué ha de sucumbir a tal destino una pulsión? Para ello  habría     de  ser  condición indispensable que la consecución del fin de la pulsión produjese displacer en lugar  de  placer, caso  difícilmente  imaginable,  pues  la satisfacción de una pulsión produce siempre placer.  Habremos,  pues,  de     suponer  que  existe  cierto  proceso  por el cual el placer producto de  la  satisfacción  queda  transformado  en displacer.(...)          Ateniéndonos  ahora  a  la  experiencia  clínica que la práctica psicoanalítica  nos  ofrece,  vemos  que  la     satisfacción  de  la  pulsión reprimida sería posible y paciente en sí, pero inconciliable con otros  principios  y     aspiraciones.  Despertaría,  pues, placer en un lugar y displacer en otro. Por tanto, ser  condición  indispensable     de  la  represión  el  que  el  motivo de displacer adquiera un poder superior  al  del  placer  producido  por  la     satisfacción.(...)          El  psicoanálisis  nos revela que el representante de la pulsión se desarrolla más libre y ampliamente  cuando     ha  sido sustraído, por la represión, a la influencia consciente. Crece entonces, por así decirlo, en la  oscuridad     y  encuentra  formas extremas de expresión.(...) Cuando tales ramificaciones se han distanciado suficientemente  del     representante  reprimido,  bien por deformación, bien por el número de miembros interpolados, encuentran  ya  libre     acceso  a  la  conciencia. En el ejercicio de la técnica psicoanalítica invitamos al paciente a  producir  aquellas     ramificaciones  de  lo reprimido que por su distancia o deformación pueden eludir la censura de lo  consciente.  Al     obrar  así  observamos que el paciente puede tener una serie de ocurrencias, hasta que en su discurso tropieza  con     un  pensamiento en el cual la relación con lo reprimido actúa ya tan intensamente, que el sujeto tiene que  repetir     su  tentativa de represión.  También los síntomas neuróticos tienen que haber cumplido la condición antes indicada,     pues  son  ramificaciones  de lo reprimido, que consiguen, por fin, con tales productos, el prohibido acceso  a  la     conciencia.”  

S.Freud. “La represión” (1915).

TEXTO 5

“Un  proverbio  advierte la imposibilidad de servir a la vez a dos señores. El pobre yo se ve aún más  apurado:    sirve  a  tres  severos  amos y se esfuerza en conciliar sus exigencias y sus mandatos.  Tales  exigencias  difieren    siempre,  y  a  veces parecen inconciliables; nada, pues, tiene de extraño que el yo fracase en su tarea.  Sus  tres    amos  son el mundo exterior, el  ello  y el  super-yo. Si consideramos los esfuerzos del  yo  para complacerlos al  mismo    tiempo  o, mejor dicho, para obedecerlos simultáneamente, no lamentaremos ya haberlo personificado y presentado como    un  ser  aparte.  Se  siente  asediado por tres lados y amenazado por tres peligros a los que  en  caso  de  agobio, reacciona  con  el desarrollo de  angustia. Por su procedencia de las experiencias del sistema de la percepción  está    destinado  a  representar  las  exigencias del mundo exterior, pero quiere también ser un fiel  servidor  del  ello,    permanecer  en  armonía  con él, recomendarse a él como objeto y atraer a sí    su libido. En su  empeño  de  mediación    entre  el  ello y la realidad se ve obligado muchas veces a revestir los mandatos inconscientes del ello, a  esfumar    los  conflictos del ello con la realidad, a fingir, con insinceridad diplomática, una atención a la realidad, afán en    aquellos  casos  en los que el ello ha permanecido rígido e inflexible. Por otra parte, es  minuciosamente  vigilado    por  el rígido super-yo, que le impone determinadas  normas de conducta , sin atender a las dificultades por parte  del    ello  y del mundo exterior y le castiga, en caso de infracción, con los sentimientos de inferioridad y culpabilidad.    De  este modo, dirigido por el ello, observado por el super-yo, rechazado por la realidad, el yo lucha por llevar  a    cabo  su  misión económica, la de establecer una armonía entre las fuerzas y los influjos que actúan en él  y  sobre    él,  y  comprendemos por qué, a veces, no podemos menos de exclamar: “¡Qué difícil es la vida!”. Cuando el yo  tiene que  reconocer su debilidad, se anega en angustia, angustia real ante el mundo exterior, angustia de conciencia ante el super-yo y angustia neurótica ante las fuerzas de las pasiones en el ello.”



S.Freud. “La disección de la personalidad psíquica”. (1933)

TEXTO 6

“El  complejo de Edipo va designándose cada vez más claramente como el fenómeno central del temprano período sexual infantil.  Luego  sucumbe  a la represión y es seguido por el período de latencia. Pero no hemos  visto  aún  claramente cuáles  son  las causas que provocan su fin. El análisis parece atribuirlo a las decepciones dolorosas sufridas  por  el sujeto.  La niña que se cree objeto preferente del amor de su padre, recibe un día una dura corrección por parte de éste y  se ve expulsada de su feliz paraíso. El niño  que considera su madre como propiedad exclusiva suya, la ve orientar  de repente  su  cariño  y  sus  cuidados hacia un nuevo hermanito. Debemos profundizar  nuestra  reflexión  acerca  de  la importancia  de  estas  influencias  , ya que es necesario que experiencias perturbadoras de este  tipo  que  actúan  en oposición  al contenido  del complejo, son inevitables. Pero también en aquellos casos en los que  no  acaecen  sucesos especiales  como  los  citados  en calidad de ejemplos, la ausencia de la satisfacción  deseada  acaba  por  apartar  al infantil  enamorado  de su inclinación sin esperanza. El complejo de Edipo sucumbiría así a su propio fracaso,  resultado de su imposibilidad interna.(...) Nuestra  penetración  ha sido aguzada recientemente por la observación de que el desarrollo sexual del  niño  avanza hasta  una  fase  en  que  los  genitales se han adjudicado ya el papel directivo. Pero este  genital  es  tan  sólo  el masculino,  o  más  exactamente aún el pene; el genital femenino permanece aún desconocido. Esta fase fálica que  es  al mismo  tiempo  la  del  complejo  de  Edipo, no continúa  desarrollándose  hasta  constituir  una  organización  genital  definitiva,  sino  que desaparece y es sustituida por el período de latencia. Pero su desaparición se desarrolla  de  un modo típico y apoyándose en sucesos regularmente emergentes.

     Cuando  el  sujeto  infantil de sexo masculino ha concentrado su interés sobre sus genitales lo revela  con  manejos manuales  y  no  tarda en advertir que los mayores no están conformes con aquella conducta. Más o menos precisa,  más  o menos  brutal, surge la amenaza de privarle de aquella parte tan estimada de su cuerpo. Esta amenaza de castración parte casi  siempre de alguna de las mujeres que rodean habitualmente al niño, las cuales intentan muchas veces robustecer  su autoridad  asegurando  que el castigo será llevado a cabo por el médico o por el padre. En algunos casos llevan  a  cabo por  sí  mismas  una  atenuación simbólica de su amenaza anunciando no ya la mutilación del órgano  genital,  pasivo  en realidad, sino de la mano, activamente pecadora.(...) 

   Habremos  de afirmar ahora que la organización genital fálica del niño sucumbe a esta amenaza de castración, aunque no  inmediatamente , y sin que a ella se agreguen otras influencias, pues el niño no presta al principio a la amenaza fe ni  obediencia alguna. El psicoanálisis ha concedido recientemente un gran valor a dos clases de experiencias que no son ahorradas  a  ningún  niño y por las cuales, se sugiere, habría de estar preparado a la pérdida de partes de  su  cuerpo altamente  estimadas:  la  pérdida, temporal primero y luego definitiva, del pecho materno y  la  expulsión  diariamente necesaria  del contenido intestinal. Pero no se advierte que estas experiencias entren en juego con motivo de la amenaza de  castración. Sólo después de haber hecho otra nueva comienza el niño a contar con la posibilidad de una castración, y aun entonces muy vacilantemente, contra su voluntad y procurando aminorar el alcance de su propia observación.

     Esta  observación,  que  rompe por fin la incredulidad del niño, es su descubrimiento de los  genitales  femeninos. Siempre  se  le  presenta alguna ocasión de contemplar la región genital de un niña y convencerse de la falta  de  aquel órgano,  del  que  tan orgulloso está, en un ser tan semejante a él. De este modo se hace ya  posible  representarse  la pérdida de su propio pene, y la amenaza de castración comienza entonces a surtir sus efectos.

     Por  nuestra parte no debemos ser tan cortos de vista como los familiares y guardadores del niño, que le  amenazan con  la castración, y desconocer como ellos que la vida sexual del niño no se reduce por esta época exclusivamente a  la masturbación.  Aparece  también  visiblemente en su actitud con respecto a los padres, determinada por  el  complejo  de Edipo.  La masturbación no es más que la descarga genital de la excitación sexual correspondiente al complejo y debe  a esta  relación su  significación  para  todas  las  épocas posteriores. El  complejo  de  Edipo  ofrecía  al  niño  dos posibilidades  de  satisfacción,  un activa y otra pasiva. Podía situarse en actitud masculina en el lugar del  padre  y tratar  como él a su madre, actitud que hacía ver pronto en el padre un estorbo, o querer sustituir a la madre y dejarse amar  por el padre, resultando entonces superflua la madre. El niño no tiene sino una idea muy vaga de aquello en lo que puede  consistir  la  satisfacción  amorosa,  pero sus sensaciones orgánicas le imponen la convicción de  que  el  pene desempeña  en  ella  algún  papel. No ha tenido ocasión tampoco para dudar de que la mujer posea  también  un  pene.  La aceptación  de la posibilidad de castración y el descubrimiento de que la mujer aparece castrada, puso, pues, fin a  las dos  posibilidades  de satisfacción relacionadas con el complejo de Edipo. Ambas traían consigo la pérdida del pene:  la una  masculina, como castigo; la otra, femenina, como premisa. Si la satisfacción amorosa basada en el complejo de Edipo ha  de costar la pérdida del pene, surgirá un conflicto entre el interés narcisista por esta parte del cuerpo y la carga libidinosa  de  los objetos parentales. En este conflicto vence normalmente el primer poder y el Yo del niño se  aparta del complejo de Edipo.

    Ya  he  indicado  en  otro  lugar  cómo se desarrolla este proceso. Las cargas  del  objeto  quedan  abandonadas  y sustituidas  por identificaciones. La autoridad del padre o de los padres introyectada en el Yo constituye el nódulo  del  Super-yo,  que  toma del padre su rigor,  perpetúa su prohibición del incesto y garantiza así al Yo contra el retorno  de las  cargas  del  objeto  libidinosas.  Las  tendencias   libidinosas   quedan  en  parte  desexualizadas  y  sublimadas transformándose  en tendencias sentimentales. Este proceso ha salvado por una parte los genitales, apartando de ellos  la amenaza  de  castración;  pero, por otra los ha paralizado, despojándolos de su función. Con él empieza  el  período  de latencia que interrumpe la evolución sexual del niño.(...)

    La  anatomía  es el destino podríamos decir glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la niña se  comporta  al principio  exactamente como un pene, pero cuando la sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un  niño encuentra  pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad. Durante algún tiempo  se consuela  con  la esperanza de que crecer  con ella, iniciándose en este punto el complejo de masculinidad de la  mujer. La  niña  no  considera  su falta de pene como un carácter sexual, sino que la explica suponiendo que  en  un  principio poseía  un  pene  igual  al que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración. No  parece  extender  esta conclusión  a  las  demás  mujeres, a las mayores, sino que las atribuye, de completo acuerdo con  la  fase  fálica,  un genital  masculino  completo. Resulta, pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración como un  hecho consumado, mientras que el niño teme la posibilidad de su cumplimiento.



     Con  la exclusión del miedo a la castración desaparece también un poderoso motivo de la formación del Superyó y  de la  interrupción de la organización genital infantil. Estas formaciones parecen ser más que en el niño, consecuencias de la  educación, de la intimidación exterior que amenaza con la pérdida del cariño de los educadores. El complejo de Edipo en  la niña es mucho más unívoco que en el niño y según mi experiencia, va muy pocas veces más allá  de la sustitución de la  madre  y  la  actitud femenina con respecto al padre. La renuncia al pene no es soportada  sin  la  tentativa  de una compensación.  La niña pasa -podríamos decir siguiendo una ecuación simbólica- de la idea de pene a la idea de niño.  Su complejo  de Edipo culmina en el deseo, retenido durante mucho tiempo, de recibir del padre, como regalo, un niño, tener de  él un hijo. Experimentamos la impresión de que el complejo de Edipo es abandonado luego lentamente porque este deseo no  llega  jamás  a cumplirse. Los dos deseos, el de poseer un pene y el de tener un hijo, perduran  en  lo  inconsciente intensamente cargados y ayudan a preparar a la criatura femenina para su ulterior papel sexual.

S.Freud. “El final del complejo de Edipo.”(1930)

 


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