Ser o no ser un felpudo



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Ser o no ser... un felpudo


Nos han enseñado, que negarse a ofrecer ayuda a los demás significa ser egoístas. Que anteponer las necesidades de quienes nos rodean a las nuestras, nos convierte en "mejores, más buenas, y generosas personas".

Hemos aprendido, a renunciar a lo que realmente pensamos y sentimos en ocasiones para no dañar ni faltar al respeto a nuestros semejantesLas personas que se convierten en felpudos, permiten que los demás los utilicen de manera continuada. Pero con el tiempo, las personas "generosas" (que ofrecen su tiempo, su casa, su dinero, su ayuda, que se presentan ante cualquier emergencia o imprevisto), dejan de ser valoradas, y obtienen a cambio una simple sonrisa o un amable "gracias".

Ser generoso, comprensivo, o bondadoso, son cualidades admirables, siempre que sepamos respetar ciertos límites. Y el límite está en el respeto hacia uno mismo. Debemos respetarnos, primero a nosotros mismos para valorar a los demás. Nuestro hogar, tiempo, dinero, espacio, tiene un valor exactamente igual al de cualquier otro. 



No es cuestión de egoísmo, sino  de valorar con equilibrio  nuestro respeto y el respeto ajeno. Tal vez debamos enseñar a los demás a tratarnos de la misma manera que nosotros les tratamos a ellos. Sin tolerar abusos, ni tener tanta dependencia de las opiniones ajenas. Tratemos de no ser marionetas y aprendamos a decir NO. No podemos hacer multitud de cosas , solo por quedar bien.

Comenzar por practicar a diario con pequeños gestos, (negándote a demandas incomodas, no tolerando chantajes emocionales) etc., hará que ganemos confianza y valor en nuestra persona y alcancemos a corto plazo, una personalidad digna, que evite que se aprovechen o beneficien de nosotros. Hay dos maneras de vivir su vida: una como si nada es un milagro, la otra es como si todo es un milagro.                                                                                                                                                                                                                                                                     Albert Einstein




La importancia de la Psiconeuroeducación


Un gran número de pretendientes se disputaban a una princesa. Cada uno trata de cautivarla con una maravilla. Uno le muestra una lluvia de estrellas; otro, un vuelo majestuoso, pero la princesa nunca deja ver gesto alguno. Hasta que uno extrae de su capa un par de anteojos, ella se los pone, sonríe y le brinda su mano. Es que la princesa no se emocionaba ante las maravillas ofrecidas… por que era  miope; no podía verlas.

Cuento de Pablo Amster

Este cuento ilustra metafóricamente, algo que nos ocurre a la mayoría de las personas, la imposibilidad de acceder y disfrutar de los nuevos conocimientos derivados de las ciencias, que podrían ser considerados esenciales para nuestro desarrollo como seres humanos: Las neurociencias



El conocimiento neurocientífico puede darnos una visión objetiva de nuestra propia mente, así como de la mente de nuestro semejantes.

Esto nos permite una observación más acertada de ambas mentes (la propia y la ajena) y a través de ello, alcanzar un estado emocional más neutral, lograr una mejor comprensión de nosotros mismos y de los otros, desarrollando mayor tolerancia a las diferencias que dividen a las personas.

La mayoría de estas diferencias parecen irreconciliables, pero son producto de la incomprensión de lo que significa Ser Humano.

Ser humano implica conocer la poderosa dominación que los instintos evolutivos pro-supervivencia tienen sobre nosotros, y saber la imperiosa necesidad de cultivarnos y entrenarnos, a lo largo de toda nuestra existencia, para desarrollar el máximo control posible sobre ellos.

El no comprender que nuestra unidad cerebro-mente cabalga sobre estas dos realidades, ha sido un obstáculo para que pudiéramos salir de esta prisión invisible pero tangible.



Para conseguir vencer esta dificultad, consideramos que la psiconeuroeducación es una herramienta válida ya que, al igual que a la princesa del cuento, sólo nos faltan unos lentes que nos permitan ver el real origen de nuestros problemas.

Las personas basan su ‘conducta racional’ en esquemas mentales, que no son más que ejemplos hipotéticos de acción, obtenidos a partir de las experiencias pasadas en sus vidas, sean reales o imaginadas. Los seres humanos, para resolver los problemas de la vida diaria, nos basamos, entonces, más en conjeturas aprendidas, con una fuerte carga emocional, que en los reales principios de la lógica formal.

Muy a menudo, nuestros comportamientos están determinados por elementos aparentemente secundarios e insignificantes, creadores de auténticas trampas mentales en las que caemos con suma frecuencia y facilidad. Estos módulos mentales se activan, tanto por la forma en que nos planteamos el problema, como por la percepción del riesgo que se corre. De las investigaciones en este campo, ha nacido la psicología de la incertidumbre, una disciplina que explica los aspectos más oscuros y desconocidos de las tomas de decisiones humanas.

Si bien la mayoría de los individuos que conforman la sociedad moderna, creen actuar siempre de un modo racional, la realidad es que, cuando se profundiza un poco en el origen de sus acciones, se ve con toda claridad que estas no lo son en absoluto.

Veamos dos ejemplos que contribuyen a confirmar esta afirmación:

Un general está acorralado por un ejército enemigo y es informado por uno de sus subalternos de que si no huyen cuanto antes caerán en una emboscada en la que probablemente fallezcan toda su tropa compuesta de 1.200 soldados.

El general tiene dos opciones a su disposición. Si toma la primera, 400 soldados se salvarán con seguridad, si toma la segunda, hay un tercio de posibilidad de que se salven todos y dos tercios de que no se salve ninguno. ¿Cuál es el camino que elegiría Ud. si fuera el general, primera o la segunda opción?.

Ahora veamos otra situación parecida. Otro general, que dispone de igual número de fuerzas, pasa por una experiencia similar. Debe elegir entre dos rutas de huída y si escoge la primera ruta, sabe que morirán unos 800 soldados, pero si toma por el segundo camino, hay un tercio de posibilidades de que no muera ninguno y dos tercios de que mueran los 1.200 soldados. ¿Qué  criterio, piensa usted, debería seleccionar según la lógica?



Cuando se plantearon estas dos preguntas a muchas personas, se observó que en el primer problema, la mayoría de los encuestados eligió la primera opción, que permitía salvar 400 vidas. Pero con respecto al segundo problema, la mayoría eligió la segunda opción, pues consideraron que es mejor jugarse a la suerte la vida de 1.200, antes de aceptar una pérdida segura de 800 personas.

Fue muy sorprendente, ya que se trataba del mismo problema, expresado de dos formas diferentes y eso hizo que las mismas personas llegaran a dos conclusiones opuestas. La crucial diferencia que condujo a conseguir este resultado, fue que el primer problema había sido planteado en términos de vidas salvadas y el segundo, en vidas perdidas.



Esto demuestra que incluso, ante situaciones que nos permiten hacer uso de un cálculo frío y lógico, las conclusiones a las que llegamos están fuertemente influidas por las palabras que se utilizan para plantear el problema, pues éstas nunca son emocionalmente neutras, e inconscientemente, guiarán nuestros razonamientos lógicos por los senderos invisibles que ellas seleccionan.



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