Sentimientos



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SENTIMIENTOS SUPERIORES

En los tiempos actuales se multiplican los estudios psicológicos sobre la afectividad y la sensibilidad interior del hombre. Si en tiempos pasados se le identificaba en cierto sentido con la sensibilidad animal, en los actuales estudios se hace una diferencia notable entre los afectos impulsivos y biológicos de la la naturaleza animal y los rasgos específicamente humanos, que no se reducen a bi0logía o a neurología depurada y sutilmente organizada.
Se dan cuenta los antropólogos, los sociólogos y también los psicólogos de que no basta explicar la inteligencia y la voluntad para entender al hombre.  Resulta necesario conocer todo el entramado afectivo que late en su intimidad. Para valorar adecuadamente las tendencias y la actitudes, los intereses y los atractivos, los gustos y los desagrados. Es preciso acudir a su conducta y a su realidad entera.
En los tiempos más recientes se ha impuesto en la Psicología una revalorización de la afectividad como facultad específica y superior del hombre.  Los modernos psicólogos de la personalidad, como G. Allport (1897-1963) o K. Rogers (1902-1980), hacen de la afectividad la energía más representativa del hombre interior, en el mismo orden de importancia de los valo­res y de las ideas, de las motivaciones y de las opciones.


    La afectividad es, junto con la inteligencia y con la voluntad, una facultad superior, constitutiva de la personalidad y ordenadora de la conducta. Sus frutos son los senti­mientos, que constituyen reacciones globales ante las situaciones, disposiciones y realizaciones, que son captadas por el sujeto a través de las otras facultades.



    Y sus rasgos se convierten en un entramado de fuerzas internas en torno a los intereses y a las actitudes que se manifiestan en las emociones y en las pasiones.



1 Sentimientos superiores
   Las emociones y las pasiones son riquezas basadas en las estructuras orgánicas del ser vivo, sobre todo del sistema nervioso y del sistema endocrino. Pero el hombre, animal racional con grandes cualidades y facultades superiores al no racional, cuenta también con otros senti­mientos.


     Los sentimientos superiores son las capacidades afectivas que, a la luz de la inteligencia y con la fuerza de la voluntad, producen situaciones de agrado y de desagrado, de satisfacción o insatisfacción, ante objetos suprasensoriales.



     La afectividad humana puede producir situaciones de atractivo o de repulsión cuando valores, motivos, situaciones, personas y objetos se presentan ante la inteligencia y ante la voluntad.



     Sólo el ser racional puede experimentar estos sentimientos elevados, porque sólo él puede poseer capacidades para configurarlos y asimilarlos. El animal inferior no es capaz de tener honor, piedad, admiración, orden, fidelidad, heroísmo, resignación, emulación, etc.


   
  1.1. Tipos superiores


     Es tradicional clasificar los sentimien­tos superiores en tres áreas o niveles de presencia y de influencia.  Son la ética, la estética y la trascendente o espiritual.
   1.1.1. Sentimientos éticos.
   Son aquellos que inclinan a cumplir con agrado los propios deberes, no sólo legales, sino también morales. Ellos se organizan, no en relación a la ley (jurídicos), sino ante la conciencia (metajurídicos).  El agradecimiento, por ejemplo es un sentimiento ético que está más allá de la norma positiva. Sin embargo, la satisfacción de cumplir con la ley es un sentimiento jurídico.
   1.1.2. Sentimientos estéticos
    Son los que nos producen atractivo, agrado o sorpresa, ante lo que consideramos bello, incluso maravilloso o sublime. El animal no puede descubrir la belleza de un paisaje de una escultura o de un jardín.

     Por el contrario, el hombre es capaz de diferenciar la belleza o la fealdad de un pintura, la armonía o la desproporción de un edificio, la elegancia o la inoportunidad de un adorno.


   1.1.3. Sentimientos trascenden­tes
   Son espirituales las impresiones que nos unen profun­damente con lo que está más allá de los sentidos. Entre los trascendentes unos son más intelectuales, como la reacción ante los descubrimientos de la ciencia.


   Otros son más morales, como los vínculos profundos con los padres. Y algunos, entre los que están los religiosos, son más espirituales, pues nos unen con el Ser Supremo, objeto de nuestras creencias.



    La grandeza espiritual y moral del hombre está vinculada estrechamente con los sentimientos superiores que poseemos y que sólo los seres racionales podemos cultivar y organizar.



1.2. Influencia de los sentimientos
La afectividad es rasgo que pedagó­gica y ascéticamente fue infravalorado en las corrientes clásicas de psicología antigua. En la literatura ascética se la miraba como una debilidad hu­mana y se reser­vaba para la inteligencia y la volun­tad la cate­goría de facultades fuertes. En la moderna psicolo­gía, sobre todo personalista y humanis­ta, se valora como rasgo básico.
   En la medida en que nuestra conciencia es depositaria de esos sentimientos superiores, podemos construir nuestra espiritualidad. Cuando todo en nosotros se reduce a sensaciones o intereses visibles e inmediatos, nos alejamos de la grandeza radical del hombre.


   La naturaleza humana está dotada de gran capacidad afectiva. El aceptar los sentimientos y saber integrarlos en el conjunto de todas las riquezas humanas es un don natural al que todo hombre debe aspirar. Las riquezas que vienen del exterior se hacen personales por su asimilación interior. Es la condición del progreso humano.

Han cobra­do importancia pedagógica en las corrientes psicológicas de los tiempos presentes, sobre todo a medida que se revalori­zaron las dimensiones emotivas como dinamis­mos de conducta. El personalismo filosófico (M. Mounier y Luis Lavelle) y sobre todo el psicológi­co (Gordon Allport y Karl Rogers) han contribuido poderosamente a resaltar su importancia pedagógica. En Etica y en Eclesiología, el personalismo de muchos teólogos y moralistas ha convertido el tema de las actitudes en prioritario. En consecuencia en la educación se ha resaltado su importancia y la necesidad de su cultivo.

El estudio de las actitudes académicas y de las fuentes íntimas de donde proce­den es decisivo para entender al hombre entero, y de forma particular al que se halla en proceso de formación y no se rige preferentemente por juicios de valor o por opciones de la voluntad madura