Segunda parte



Descargar 0.56 Mb.
Página9/19
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.56 Mb.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   19

b) El ciclo romano
Roma nace en el momento en que se manifiestan un poco por todas partes, en las antiguas civilizaciones tradicionales, la crisis de la que ya hemos hablado. Y si se hace abstracción del Sacro Imperio Romano, que corresponde, en amplia medida, a una recuperación de la antigua idea romana, Roma aparece como la última gran reacción contra esta crisis, el intento ‑victorioso durante todo un ciclo‑ por escapar a las fuerzas de la decadencia ya activas en las civilizaciones mediterráneas y organizar un conjunto de pueblos, realizando, bajo la forma más sólida y grandiosa, lo que el poder de Alejandro Magno no pudo conseguir más que durante un breve período
No puede comprenderse el significado de Roma, si no se percibe primeramente la diferencia que separa la línea central de su desarrollo de las tradiciones propias a la mayor parte de los pueblos de Italia entre los que Roma nació y se afirmó.
Tal como se ha señalado, se pretende que la Italia pre‑romana estuvo habitada por etruscos, sabinos, oscos, sabelios, volscos, samitas y, en el sur, por fenicios, sículos, sacanios, inmigrados griegos, siríacos, etc. y he aquí como de golpe, sin que se sepa como ni porqué, estalla una lucha contra casi todas estas poblaciones, contra sus cultos, sus concepciones del derecho, sus pretensiones de poder político y aparece un nuevo principio que tiene la fuerza de sujetarlo todo, de transformar profundamente lo antiguo, testimoniando una voluntad de expansión provista del mismo carácter ineluctable que las grandes fuerzas de las cosas. El origen de este principio no se plantea nunca, o, si se habla, se alude a él en un plano empírico accesorio, lo que es aun peor que no ignorarlo por completo, de forma quienes prefieren detenerse ante el "milagro" romano como ante un hecho a admirar, antes que a explicar, toman la actitud más sabia. Tras la grandeza de Roma vemos, por el contrario, por nuestra parte, las fuerzas del ciclo ario‑occidental y heroico y tras su decadencia, vemos la alteración de estas mismas fuerzas. Es evidente que, en un mundo a partir de ahora mezclado y ya alejado de los orígenes, es preciso esencialmente referirse a una idea supra‑histórica, susceptible sin embargo, de ejercer, en la historia una acción formadora. En este sentido puede hablarse de la presencia, en Roma, de un elemento ario y de su lucha contra las potencias del Sur. La investigación no puede tomar como base el simple hecho racial y étnico. Es cierto que en Italia, antes de las migraciones célticas y del ciclo etrusco, aparecieron núcleos derivados directamente de la raza boreal‑occidental que se opusieron a razas aborígenes y a ramificaciones crepusculares de la civilización paleo‑ mediterránea de origen atlántico, con el mismo significado que la aparición de los dorios y aqueos en Grecia. Subsisten huellas de estos núcleos, sobre todo en materia de símbolos (por ejemplo en los descubrimientos de Val Camonica) relacionados manifiestamente con el ciclo hiperbóreo y la "civilización del reno" y del "hacha" (27). Es probable, además, que los antiguos latinos, en el sentido estricto del término, representaron una veta viviente o un resurgimiento de estos núcleos, que se habían mezclado, bajo formas diversas, con otras poblaciones itálicas. Pero, a parte de esto, hay que hacer, sobre todo referencia, al plano de la "raza del espíritu". El tipo de la civilización romana y del hombre romano pueden valer como un testimonio de la presencia y la potencia, en esta civilización, de la fuerza misma que estuvo en el centro de los ciclos heroico‑uranios de origen nórdico‑occidental. Contra más dudosa es la homogeneidad racial de la Roma de los orígenes, tanto más tangible es la acción formadora que esta fuerza ejerció de manera decisiva y profunda sobre la material al cual se aplicó, asimilándolo, elevándolo y diferenciándolo de lo que perteneció a un mundo diferente.
Son numerosos los elementos que atestiguan una relación entre las civilizaciones itálicas entre las cuales nació Roma y lo que se conservó de estas civilizaciones en la primera romanidad de una parte, y de otra, las variantes telúricas, afrodíticas y demetríacas de las civilizaciones telúrico‑meridionales (28).
El culto de la diosa, que Grecia debe sobre todo a su componente pelasga, constituyó verosímilmente la característica predominante de los sículos y los sabinos (29). La principal divinidad sabina era la diosa ctónica Fortuna, que reapareció bajo las formas de Horta, Feronia, Vesuna, Heruntas, Hora, Hera, y Junon, Venus, Ceres, Bona Dea, Demeter, y que no son, en el fondo, más que reencarnaciones del mismo principio divino (30). Es un hecho que los calendarios romanos más antiguos eran de carácter lunar y que los primeros mitos romanos eran muy ricos en figuras femeninas: Mater Matuta, Luna, Diana, la Egeria, etc. y que en las tradiciones relativas, especialmente, a Marte‑Hércules y Flora, a Hércules y Larentia, a Numa y a la Egeria, circula el tema arcaico de la dependencia de lo masculino respecto a lo femenino. Estos mitos se refieren sin embargo a tradiciones pre-romanas, como la leyenda de Tanaquila, de origen etrusco, donde aparece el tipo de mujer real asiático‑mediterránea, que Roma purificará luego de sus rasgos afrodíticos y transformándola en símbolo de todas las virtudes de las matronas (31). Pero semejantes transformaciones, que se impusieron a la romanidad en relación a lo que era incompatible con su espíritu, no impiden distinguir, bajo el estrato más reciente del mito, una capa más antigua, perteneciente a una civilización opuesta a la romana (32). Este estrato se revela especialmente a través de algunas particularidades de la Roma antigua, tal como la sucesión real por vía femenina o el papel jugado por las mujeres en el ascenso al trono, especialmente cuando se trata de dinastías extranjeras o de reyes con nombres plebeyos. Es característico que Servio Tulio, quien llegó al poder gracias a una mujer; erigiéndose luego en defensor de la libertad plebeya, habría sido, según la leyenda, un bastardo concebido en una fiesta orgiástica de esclavos, fiestas relacionadas precisamente, en Roma, con divinidades de tipo meridional (Saturno ctónico, Venus y Flora) que celebraban el retorno de los hombres a la ley de la igualdad universal y de la promiscuidad, propia de la Gran Madre de la vida.
Los etruscos y, en una amplia medida, los sabinos, presentan huellas de matriarcado. Al igual que en Creta, las inscripciones indican a menudo la filiación con el nombre de la madre y no el del padre (33) y, en todo caso, la mujer es especialmente honrada y goza de una autoridad, importancia y libertad particulares (34). Numerosos son las ciudades de Italia que tenían a mujeres por epónimos. La coexistencia del rito de la inhumación y de la incineración forma parte de numerosos signos que delatan la presencia de dos estratos superpuestos, correspondientes, probablemente, a una concepción urania y a otra concepción demetríaca del post‑mortem: estratos mezclados, pero que, sin embargo, no se confunden (35). El carácter sagrado y la autoridad de las matronas ‑matronarum sanctitas, mater princepts familiae‑ que se conservaron en Roma, no son, hablando con propiedad, romanas, sino que evidencian más bien la componente pre‑romana, ginecocrática, que está, sin embargo, subordinada, en la nueva civilización, al puro derecho paterno, y remitida a su lugar exacto. En otros casos, se constata, por el contrario, un proceso opuesto: el Saturno‑Cronos romano, aun conservando algunos de sus rasgos originales, aparece, de otra parte, como un demonio telúrico, esposo de Oís, la tierra. La misma precisión podría aplicarse a Marte y a los diversos aspectos, a menudo contradictorios, del culto de Hércules. Según toda probabilidad,Vesta es una transposición femenina, debida igualmente a la influencia meridional, de la divinidad del fuego, que tuvo siempre, entre los arios, un carácter masculino y uranio: transposición que termina finalmente asociando esta divinidad a Bona Dea, adorada como diosa de la Tierra (36) y celebrada secretamente de noche, con prohibición a todo hombre de asistir a este culto e incluso de pronunciar el nombre de la diosa (37). La tradición atribuye a un rey no romano, al sabino Tito Tatio, la introducción en Roma de los más importantes cultos telúricos, como los de Ops y Flora, Rea y Juno curis, de Luna, Cronos ctónico, Diana ctónica y de Vulcano e incluso el de los Lares (38), al igual que los "Libros Sibilinos", de origen asiático‑meridional, solidarios de la parte plebeya de la religión romana y la introducción de la Gran Madre y de demás grandes divinidades del ciclo ctónico tal como Dis Pater, Flora, Saturno y la triada Ceres‑Liber‑Liera.
La fuerte componente pre-aria, egeo‑pelasga y en parte "atlántica" reconocible incluso desde el punto de vista étnico y filológico entre los pueblos que Roma encuentra en Italia, es por otra parte, un hecho comprobado, y la relación de estos pueblos con el núcleo romano original es absolutamente idéntico al que existe, en Grecia, entre los pelasgos y los estratos aqueos y dorios. Según cierta tradición, los pelasgos, dispersados, pasaron frecuentemente como esclavos a otros pueblos; en Lucania y el Brutium constituyeron la mayor parte de los brutios, sometidos a sabelios y samitas. Es significativo que estos brutios se aliaron con los cartagineses, en lucha contra Roma, en el curso de uno de los episodios más importantes de las luchas del Norte contra el Sur; por ello fueron condenados a trabajos serviles. En India, tal como hemos visto, la aristocracia de los aryas se opone, en tanto que estrato ario dominador, a la casta servil aborigen. Se puede ver en Roma, con mucha verosimilitud, algo similar, en la oposición entre los patricios y los plebeyos y ‑según una afortunada expresión (39)‑ considerar a los plebeyos como los "Pelasgos de Roma". Innumerables ejemplos muestras que la plebe romana se reclama principalmente del principio materno, femenino y material, mientras que el patriciado extrae del derecho paterno su dignidad superior. Es por esta parte femenina y material que la plebe entra en el Estado: consigue finalmente participar en el jus Quiritum, pero no en los atributos políticos y jurídicos ligados al carisma superior propio al patricio, al patrem ciere posse que se refiere a los ancestros divinos, divi parentes, que solo el patriciado posee, y no la plebe, considerado como compuesto por los que no son más que "hijos de la Tierra" (40).
Incluso sin querer establecer una relación étnica directa entre pelasgos y etruscos (41), estos últimos ‑de los que algunos estarían interesados en hacer a Roma, en varios aspectos, su deudora‑ presentan los rasgos de una civilización telúrica y, como máximo, lunar‑sacerdotal, que nada podría identificar con la línea central y el espíritu de la romanidad. Es cierto que los etruscos (como, por lo demás, los asirios y caldeos) conocieron, más allá del mundo telúrico de la fertilidad y de las Madres de la naturaleza, un mundo uranio de divinidades masculinas, cuyo señor era Tinia. Sin embargo, estas divinidades ‑dii consentes‑ son muy diferentes de las divinidades olímpicas: no poseen ninguna soberanía real, son como sombras sobre las cuales reina un poder oculto innombrable que pesa sobre todo y pliega todo bajo las mismas leyes: la de los dii supereriores et involuti. Así el uranismo etrusco, a través de este tema fatalista, es decir, naturalista, delata, al igual que la concepción pelasga de Zeus engendrado y sometido a la Estigia, el espíritu del Sur. Se sabe, en efecto, que según este, todos los seres, incluso los seres divinos, están subordinados a un principio que, al igual que el seno de la tierra, tiene horror a la luz y ejerce un derecho soberano sobre todos los que nacen a una vida contingente. Así reaparece la sombra de esta Isis que advierte: "Nadie podrá disolver lo que ella ha erigido en ley" (42) y de estas divinidades femeninas helénicas, criaturas de la Noche y del Erebo, encarnando el destino y la soberanía de la ley natural, mientras que el aspecto demoníaco y la brujería ‑que representaron, tal como hemos visto, un papel no despreciable en el culto etrusco, bajo formas que contaminan los temas y los símbolos mismos (43)‑ atestigua la influencia que ejercía en esta civilización el elemento pre-ario, incluso bajo sus aspectos más bajos.
En realidad, tal como aparece en el tiempo de Roma, el etrusco tiene pocos rasgos comunes con el tipo heroico‑solar. No supo lanzar sobre el mundo más que una mirada triste y sombría; además del terror hacia la ultra‑tumba, pesaba sobre él el sentimiento de un destino y de una expiación que llegaba incluso hasta hacerle predecir el fin de su propia nación (44). La unión del tema del héroe con el de la muerte se encuentra en él de forma característica: el hombre goza con un frenesí voluptuoso de la vida que huye vacilante entre los éxtasis en los que afloran las fuerzas inferiores que siente por todas partes (45). Los jefes sacerdotales de los clanes etruscos ‑los lucumones‑ se consideraban a sí mismos como hijos de la Tierra, y es a un demonio telúrico, Tages (46), que la tradición atribuye el origen de la "Disciplina etrusca" o aruspicia, una de estas ciencias cuyos libros "producían miedo y horror" a los que penetraban en ellos y que, en el fondo, incluso bajo su aspecto más elevado, pertenecen al tipo de ciencia fatalista‑lunar de la sacerdotalidad caldea, pasada luego a los hititas y con la cual la ciencia de los arúspices delata evidentes analogías, incluso desde el punto de vista técnico de algunos de sus procedimientos (47).
El hecho que Roma pudiera integrar una parte de estos elementos y que junto a la ciencia augural privilegio de los patricios, creó un espacio a los arúspices etruscos y no desdeñó consultarlos, este hecho ‑incluso si no se tiene el cuenta el sentido diferente que las mismas cosas pueden tener cuando son integrados en el marco de una civilización diferente‑ revela un compromiso y una antítesis que permanecen frecuentemente latentes en el seno de la romanidad, pero que se manifestaron, sin embargo, en un cierto número de episodios. En realidad, la revuelta contra los Tarquinos fue una revuelta de la Roma aristocrática contra la componente etrusca. La expulsión de esta dinastía era celebrada todos los años en Roma mediante una fiesta que recuerda aquella otra mediante la cual los iranios celebraban la Magofonía, es decir, la masacre de los sacerdotes medas que habían usurpado la realeza tras la muerte de Cambises (48).
El romano, aun temiéndolo, tuvo siempre desconfianza por el arúspice, considerado casi como enemigo oculto de Roma. Entre los numerosos episodios característicos, a este respecto, se puede citar el de los arúspices que, por odio a Roma, quieren que la estatua de Horacio Cloro sea enterrada. Pero, a pesar suyo, es situada en el lugar más elevado y, contrariamente a sus predicciones, se produjeron acontecimientos favorables para Roma. Acusados de traición, los arúspices fueron ejecutados.

Sobre este fondo de poblaciones itálicas originales, ligadas al espíritu de las antiguas civilizaciones meridionales, Roma se diferencia pues manifestando una nueva influencia que les es irreductible. Pero esta influencia no pudo desarrollarse más que a través de una lucha áspera, interior y exterior, a través de una serie de reacciones, adaptaciones y transformaciones. En Roma se encarna la idea de la virilidad dominadora. Se manifiesta en la doctrina del Estado, de la auctoritas y del Imperium. El Estado, situado bajo el signo de las divinidades olímpicas (en particular del Júpiter capitolino, distanciado, soberano, sin genealogía, sin filiación y sin mitos naturalistas), no está separado, en el origen, de este "misterio" iniciático de la realeza ‑adytum et inicia regis‑ que fue declarado inaccesible para el hombre ordinario (49). El imperium es concebido en sentido específico y no hegemónico y territorial, de poder, fuerza mística y temible de mando, poseído no solo por los jefes políticos (en quien conserva su carácter intangible a pesar del carácter frecuentemente irregular e ilegítimo de las técnicas de acceso al poder) (50), sino también por el patricio y por el jefe de familia. Tal es la espiritualidad que reflejan el símbolo ario romano del fuego, la severidad del derecho paterno y, en general, un derecho que Vico pudo calificar en rigor de "heroico". En un dominio más exterior, inspiraba la ética romana del honor y de la fidelidad, tan intensamente vivida que caracterizó, según Tito Livio, al pueblo romano, mientras que el bárbaro se distinguía, por el contrario, por la ausencia de fides, por una subordinación a las contingencias de la "fortuna" (51). Lo que además es característico entre el romano de los orígenes, es una percepción de lo sobrenatural como numen ‑es decir, como poder‑ antes que como deus, donde es preciso ver la contrapartida de una actitud espiritual específica. No menos características son la ausencia de pathos, de lirismo y de misticismo respecto a lo divino, la exactitud del rito necesario y necesitante, la claridad de la mirada. Temas que corresponden a los del primer período védico, chino e iranio así como al ritual olímpico aqueo, por el hecho que se refieren a una actitud viril y mágica (52). La religión romana típica desconfía siempre de los abandonos del alma y de los impulsos devocionales, y refrena, en ocasiones por la fuerza, todo lo que aleja de esta dignidad grave que conviene a las relaciones de un civis romanus con un dios (53). Aunque el elemento etrusco intentaba ejercer su empresa sobre los estratos plebeyos, difundiendo el pathos de representaciones temibles del más allá, Roma, en su mejor momento, permanece fiel a la visión heroica, similar a la que conoció originalmente Hélade: tuvo sus héroes divinizados, o Semones, pero conoció también héroes mortales impasibles, a quienes el ultra‑tumba no inspiraba ni esperanza ni temor, nada que pueda alterar una conducta severa fundada sobre el deber, la fides, el heroísmo, el orden y la dominación. A este respecto, el favor concedido por los romanos al epicureismo de Lucrecio es significativo, pues la explicación mediante causas naturales tiende igualmente a destruir el terror de la muerte y el miedo ante los dioses, a liberar la vida, a facilitarle la calma y la seguridad. Incluso en doctrinas de este tipo subsistía sin embargo una concepción de los dioses conforme al ideal olímpico: esencias impasibles y distanciadas que aparecen como un modelo de perfección para el Sabio.
Si, en relación a otros pueblos, tales como los griegos e incluso los etruscos, los romanos, en el origen, tenían casi una imagen de "bárbaros", tal falta de "cultura" oculta ‑como en algunas poblaciones germánicas del período de las invasiones‑ una fuerza más original, que actuaba según un estilo de vida en relación al cual toda cultura de tipo ciudadano presenta rasgos problemáticos sino incluso de decadencia y corrupción. Es así como el primer testimonio griego que se dispone en relación a Roma es el de un embajador que visitó el Senado romano, donde pensaba encontrar una reunión de bárbaros, pero afirmó haber estado "ante una asamblea de reyes" (54). Desde los orígenes, a través de vías invisibles, aparecieron en Roma signos secretos de "tradicionalidad", tales como el "signo del centro", la piedra negra de Rómulo situada a la entrada de la "vía sacra"; o como el doce fatídico y solitario, que corresponde al número de halcones que aseguraron a Rómulo el derecho de dar su nombre a la nueva ciudad, el número de líctores y de vergas del fascio, donde se vuelve a encontrar en el hacha el símbolo incluso de los conquistadores hiperbóreos, en el número asignado por Numa a los ancilia, pignora imperii y a los altares del culto arcaico de Jano; tales como el águila que, consagrada a Júpiter, dios del cielo luminoso y al mismo tiempo insígnea de las legiones es también uno de los símbolos arios de la "gloria" inmortalizante, razón por la cual se pensaba que era bajo la forma de un águila como el alma de los Césares se liberaba del cuerpo para pasar a la inmortalidad solar (55); o como el sacrificio del caballo, que correspondía al ashvamedha de los arios de la India y muchos otros elementos de una tradición universal. A pesar de esto, será la epopeya, la historia misma de Roma, más que las teorías, las religiones o las formas de culto, quien expresará el "mito" más verdadero de Roma, y hablará de la forma más inmediata, a través de una serie de grandes símbolos esculpidos por el poder en el sustancia misma de la historia, de la lucha espiritual que forjó el destino y la grandeza de Roma. Cada fase de desarrollo de Roma se presenta en realidad como una victoria del espíritu heroico ario. Con ocasión de las mayores tensiones históricas y militares este espíritu brilló con el estallido más vivo, aun cuando Roma se encontraba ya alterada, especialmente a causa de influencias exógenas y del fermento plebeyo.
Desde los orígenes, algunos elementos del mito ocultan un sentido profundo e indican al mismo tiempo las dos fuerzas que están en lucha en Roma. Tal es el caso de la tradición según la cual Saturno‑Cronos, dios regio del ciclo de oro primordial, habría creado Saturnia, considerada tanto como ciudad que como fortaleza, situada en el lugar donde Roma debía nacer, y habría sido considerado igualmente como una fuerza latente ‑latente deus‑ presente en el Latium (56). En lo que respecta a la leyenda del nacimiento de Roma, el tema de la pareja de antagonistas se anuncia ya con Numitor y Amulio, pareciendo incorporar éste el principio violento en su intento de usurpación en relación a Numitor, que corresponde, por su parte, en amplia medida, al principio real y sacro. La dualidad se vuelve a encontrar en la pareja Rómulo‑Remo. Se trata ante todo, aquí, de un tema característico de los ciclos heroicos; los gemelos habrían sido engendrados por una mujer, una virgen guardiana del fuego sagrado, a la cual se une un dios guerrero, Marte. Se trata, en segundo lugar, del tema histórico‑metafísico de los "Salvados de las aguas". En tercer lugar la higuera Ruminal, bajo la cual los gemelos se refugian, corresponde ‑en la antigua lengua latina ruminus, referido a Júpiter, designaba su cualidad de "alimentador"‑ al símbolo general del Arbol de la vida y al alimento sobrenatural que procura. Pero los gemelos son también alimentados por la Loba. Ya hemos indicado el doble sentido del simbolismo del Lobo: no solo en el mundo clásico, sino también en el céltico y nórdico, la idea del Lobo y la de la luz se encuentran a menudo asociados, si bien el Lobo está relacionado con el Apolo hiperbóreo mismo, por otra parte, el Lobo expresa también un fuerza salvaje, algo elemental y desencadenado; hemos visto que en la mitología nórdica la "edad del Lobo" es la de las fuerzas elementales en revuelta.
Esta dualidad latente en el principio que alimenta a los gemelos, corresponde, en el fondo, a la dualidad de Rómulo‑Remo, similar a la dualidad de Osiris‑Seth, o a Caín‑Abel, etc. (57). Mientras que, en efecto, Rómulo, trazando los límites de la ciudad, da a este acto el sentido de un rito sagrado y de un principio simbólico de orden, límite y ley, Remo, por el contrario, ultraja esta delimitación y, por ello, es muerto. Tal es el primer episodio, que preludia una lucha dramática, lucha interior y exterior, espiritual y social, en parte conocida, en parte encerrada en símbolos mudos: el preludio del intento romano de hacer resurgir una tradición universal de tipo heroico en el mundo mediterráneo.
Ya la historia mítica del período de los reyes indica el antagonismo existente entre un principio heroico‑guerrero y aristocrático y el elemento correspondiente a los plebeyos, los "pelasgos de Roma", de la misma forma que a la componente lunar‑sacerdotal y, étnicamente, etrusco‑sabina, antagonismo que se expresa incluso en términos de geografía mística con el Palatino y el Aventino.
Desde el Palatino Rómulo percibió el símbolo de los doce halcones que le conferían primacía sobre Remo, que, por su parte, se encontraba en el monte Aventino. Tras la muerte de Remo, la dualidad parece renacer, bajo la forma de un compromiso entre Rómulo y Tatio, rey de los Sabinos, que practicaba un culto de preponderancia telúrico‑lunar. Y a la muerte de Rómulo estalla la lucha entre los albanos (estrato guerrero de tipo nórdico) y los sabinos. Según la antigua tradición itálica, sobre el Palatino Hércules habría encontrado al buen rey Evandro (que elevará, significativamente, sobre el mismo Palatino, un templo a la Victoria) después de haber matado a Caco, hijo del dios pelasgo del fuego ctónico, y elevado en su caverna, situada en el Aventino, un altar al dios olímpico (58). Este Hércules, en tanto que "Hércules triunfal" enemigo de Bona Dea, será altamente significativo ‑al igual que Júpiter, Marte y más tarde Apolo en tanto que "Apolo salvador"‑ del tema de la espiritualidad uránico‑viril romana en general, y será celebrado en ritos en los cuales se excluía a las mujeres (59). Por lo demás, el Aventino, el monte de Caco abatido, de Remo muerto, es también el monte de la Diosa, donde se alza el principal templo de Diana‑Luna, la gran diosa de la noche, templo fundado por Servio Tulio, el rey de nombre plebeyo y amigo de la plebe. Este, en revuelta contra el patriciado sacro, se retira al Aventino; allí se celebrarán, en honor de Servio, las fiestas de los esclavos; es allí donde se crean otros cultos femeninos como los de bona Dea, Carmenta, y en el 392 el de Juno‑Regina ‑aportado por la Veies vencida y que en el origen los romanos no apreciaban en absoluto‑ o de los cultos telúrico‑viriles, como el de Fauno.
A los reyes legendarios de Roma corresponde una serie de episodios de la lucha entre los dos principios. Tras Rómulo, transformado en "Héroe" bajo el nombre de Quirino ‑el "dios invencible" del que el mismo César se considera casi como una reencarnación (60)‑ reaparece, en la persona de Numa, el tipo lunar del sacerdote real etrusco‑pelasgo, dirigido por el principio femenino (la Egeria) y con el se anuncia la escisión entre el poder real y el poder sacerdotal (61). En Tulio Hostilio, por el contrario, se constatan los signos de una reacción del principio viril propiamente romano, opuesto al principio etrusco‑sacerdotal. Aparece, sobre todo, como el tipo de


Compartir con tus amigos:
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad