Segunda parte


a) Ciclo americano ‑ Ciclo mediterráneo oriental



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a) Ciclo americano ‑ Ciclo mediterráneo oriental
Una metafísica de la historia de las principales civilizaciones antiguas no tiene cabida entrar en el marco de esta obra. Nos limitaremos a esclarecer algunos de sus aspectos y significados más característicos, para facilitar un hilo conductor a quien quiera emprender, por su cuenta, una investigación sobre alguno de ellos.
Por otra parte, nuestro horizonte deberá restringirse pronto solo a Occidente. Fuera de aquí, en efecto, la mayor parte de las civilizaciones conservaron, de una forma u otra, hasta una época relativamente reciente, un carácter "sagrado" y "tradicional", en el sentido amplio del término, englobando todas las variedades ya descritas y reuniéndolas en una misma oposición al ciclo "humanista" de la última edad. No perdieron este carácter más que bajo el efecto desintegrador de los pueblos occidentales llegados a las formas últimas de decadencia. Es pues esencialmente a Occidente hacia donde conviene atraer la atención si se desea seguir los procesos que jugaron un papel decisivo en la génesis del mundo moderno.
Las huellas de la espiritualidad nórdico‑solar se vuelven a encontrar sobre todo durante los tiempos históricos en el área de la civilización aria. Dado el abuso que se ha hecho en algunos medios contemporáneos, el término "ario" debe ser empleado sin embargo, con ciertas reservas: no debe corresponder, en efecto, a un concepto únicamente biológico o étnico (sería más adecuado entonces, hablar de raza boreal, o nórdico‑atlántica, según los casos), sino sobre todo al concepto de una raza del espíritu, cuya relación con la raza del cuerpo ha variado mucho según las civilizaciones. Desde el punto de vista del espíritu, "ario" equivale, más o menos, a "heroico": bajo la forma de una herencia oscurecida, subsiste el lazo con los orígenes, pero el elemento decisivo es la tensión hacia la liberación interior y la reintegración en una forma activa y combativa. El hecho que en India la palabra ârya sea sinónimo de dvîja, es decir de "nacido dos veces" o "regenerado", aclara perfectamente este punto (1).

Respecto al área propia de la civilización aria, es interesante referir el testimonio del Aitareya‑brâhamana. Según este texto, la lucha de los devas, divinidades luminosas, y los asuras, enemigos de los héroes divinos, tiene lugar en las cuatro regiones del espacio. La región donde los devas triunfaron y que, por esta razón, recibió el nombre de "región invencible" ‑sâ‑esha dig aparâjita‑ habría estado situada entre el Norte y el Este, lo que corresponde precisamente a la dirección de la emigración nórdico‑atlántica (2). Por el contrario, el Sur, en la India, es considerado como la región de los demonios, de las fuerzas enemigas de los dioses y de los aryas, y en el rito de los tres fuegos, el "fuego meridional" es aquel que está destinado a alejar estas fuerzas (3). En el área occidental, se puede hacer referencia a los llamados pueblos "del hacha", que, en general, se relacionan con la cultura megalítica de los dólmenes. La residencia original de estas razas permanece, sobre el plano de las investigaciones profanas, envuelta en el misterio y otro tanto ocurre con las primeras razas netamente superiores al hombre de Neanderthal, razas que han podido ser llamadas, como ya hemos dicho, los "Helenos del paleolítico". Existe una relación entre la aparición de los pueblos del hacha del neolítico y la expansión de los pueblos indo‑europeos ("arios") más recientes en Europa. Se admite generalmente que están en el origen de las formas político‑estáticas y guerreras que se opusieron a las de una cultura de tipo demetríaco, pacífico, comunitario y sacerdotal y a menudo, se superpusieron a ellas (3a).
Ciertamente, las civilizaciones arias no fueron las únicas en presentar, hasta los tiempos históricos, huellas de la tradición primordial. Pero seguir de cerca el juego de los dos temas opuestos del Sur y del Norte, en relación al tema étnico, nos llevaría muy lejos sobre un terreno excesivamente movedizo.
En lo que respecta a la América precolombina, es preciso, en todo caso, considerar inicialmente el substrato arcaico de un ciclo de civilización telúrico‑meridional relacionado con el ciclo de la Atlántida. Engloba a las civilizaciones mayas, así como a la de Tihuanaco, de los Pueblo y otros estratos o centros menores. Sus características son bastante parecidas a las de las huellas prehistóricas que se encuentran en una especie de cinturón meridional que, del Mediterráneo pelasgo, se extiende hasta los vestigios de la civilización pre-aria de Mohenjodaro (India) y de la China pre‑dinástica.
Esta civilización presenta un carácter esencialmente demetríaco‑ sacerdotal. Junto a una fuerte componente telúrica, se constata a menudo la supervivencia de los símbolos solares, alterados y debilitados, de forma que sería imposible encontrar elementos que aludieran al principio de la virilidad espiritual y de la superioridad olímpica. Esto es igualmente cierto para la civilización de los mayas, en primer plano de la cual se encuentran figuras de sacerdotes y divinidades que revisten las insígneas de la soberanía suprema y de la realeza. La figura maya bien conocida del Codex Dresdensis es, a este respecto, característica: se ve a la divinidad, Kukulkalkan, revestida con las insígneas de la realeza, y, frente a ella, un sacerdote arrodillado que realiza sobre él mismo un sacrificio sangriento de mortificación. El principio demetríaco conduce así a una forma de tipo "religioso", donde los ayunos y las maceraciones marcan la caida del hombre en relación a su dignidad primordial. Si, como parece, los mayas constituyeron un imperio llamado "el reino de la Gran Serpiente" (Nachan, símbolo maya tan frecuente como significativo), este imperio tuvo un carácter pacífico, en absoluto guerrero, ni heroico. Las ciencias sacerdotales se desarrollaron ampliamente, pero una vez alcanzado un alto grado de opulencia, degeneró progresivamente en una civilización de tipo hedonista y afrodítico. Parece que es de los mayas de quienes extrae su originen el tipo del dios Quelzalcoatl, dios solar de la Atlántida, desvirilizado precisamente en un culto pacífico, de contemplación y mortificación. La tradición quiere que en un momento dado, Quetzalcoatl haya abandonado sus pueblos y se haya retirado a la región Atlántica, de donde había venido.
Esto corresponde verosímilmente al descenso de las razas del tronco Nahua, los toltecas y, en fin, los aztecas, quienes tomaron la delantera sobre los mayas y su civilización crepuscular y crearon nuevos Estados. Estas razas son las que conservaron más netamente el recuerdo de Tula y Aztlan, es decir, de la región nórdico‑atlántica, entrando verosímilmente en un ciclo de tipo "heroico". Su última creación fue el antiguo imperio mejicano, cuya capital, según la leyenda, fue construida en el lugar donde apareció un Aguila estrangulando a una Serpiente. Se puede decir lo mismo de estos linajes Incas, enviados como dominadores por el "Sol", que crearon el imperio peruano imponiéndose a razas de civilización muy inferior y a cultos animistas y ctónicos (4) que subsistían aun en los estratos populares. Muy interesante es, a este respecto, una leyenda relativa a la raza de lo gigantes de Tihuanaco ‑cuyo cielo no conocía más que la Luna ciclo lunar con su contrapartida titánica‑ raza que mata al profeta del Sol y que es así mismo exterminada y petrificada durante la siguiente aparición del astro rey, que se puede hacer corresponder con la venida de los Incas. De forma general, son numerosos las leyendas relativas a razas blancas americanas, de dominadores de "lo alto", creadores de civilizaciones (5). Igualmente característico, en Méjico, la dualidad de un calendario solar opuesto a un calendario lunar parece pertenecer al estrato más antiguo de la civilización aborigen y estar relacionado sobre todo con la casta sacerdotal, así como la dualidad de un régimen aristocrático‑hereditario de propiedad al cual se opone un régimen plebeyo‑comunista; y finalmente, el contraste entre el culto de divinidades netamente guerreras, Uitzilpochtli y Tezcatlipoca, y las supervivencias del culto de Quetzalcoatl, puede interpretarse de la misma manera. En los mitos más antiguos de estas civilizaciones se encuentra ‑al igual que en los Eddas‑ el tema de la lucha contra los gigantes y el de una última generación, golpeada por la catástrofe de las aguas, generación en el origen de la cual se encuentra, como se ha recordado, una mujer‑serpiente generadora de "parejas". Tal como se presenta durante la invasión española, la civilización guerrera de estas razas atestigua sin embargo una degeneración característica en el sentido de un dionisismo especial, siniestro, que se podría llamar el frenesí de la sangre. El tema de la guerra sagrada y de la muerte heroica como sacrificio inmortalizante (temas que entre los Aztecas no tuvieron menos importancia que entre las razas nórdicas europeas o entre los árabes) se mezcla aquí con una especie de frenesí de sacrificios humanos, en una sombría y feroz exaltación destructora de la vida para conservar el contacto con lo divino, incluso bajo la forma de masacres colectivas de tal amplitud que no se encuentra nada similar en ninguna otra civilización conocida. Aquí, como en el Imperio de los Incas, otros factores de degeneración, al mismo tiempo que conflictos políticos interiores facilitaron el hundimiento de estas civilizaciones ‑que tuvieron indudablemente un pasado glorioso y solar‑ ante algunas bandas de aventureros europeos. Las posibilidades vitales internas de estos ciclos debían estar agotadas desde hacía tiempo, de ahí que no se haya podido constatar ninguna supervivencia ni resurgimiento del espíritu antiguo durante los tiempos que siguieron a la conquista.
Fragmentos residuales de la antigua herencia subsistieron durante más tiempo, en el espíritu y en la raza, en algunas ramas de la América septentrional. Aquí también, el elemento heroico está en ocasiones alterado, sobre todo en el sentido de crueldad y dureza. Se puede, sin embargo, de forma general, compartir la opinión del autor que ha hablado, a este respecto, de una "figura humana singularmente completa: su dignidad, su generosidad y su heroísmo ‑esencias de una belleza que tiene, al mismo tiempo algo del águila y del sol‑ imponen el respeto y hacen presentir una espiritualidad sin las cuales estas virtudes aparecerán ininteligibles y como desprovistas de razones suficientes" (6).
Una situación de este tipo se reencuentra por lo demás en Europa, durante el neolítico tardío: algunas razas guerreras pudieron, a este respecto, parecer semi‑bárbaras frente a las sociedades de tipo demetríaco‑sacerdotal que derribaron, dominaron o absorbieron. En realidad, a pesar de cierta involución, huellas de la acción formadora del ciclo precedente de la espiritualidad nórdica, permanecen visibles en tales razas. Y esto, como veremos, vale igualmente para sus epígonos, es decir para muchos pueblos nórdicos del período de las invasiones.
En lo que concierne a China, nos contentaremos con recordar un hecho bastante significativo: el ritual conserva las huellas de una antigua transmisión dinástica por línea femenina (7), a la cual se opone ciertamente el espíritu de la concepción cosmocrática ulterior, según la cual el Emperador encarna indiscutiblemente la función solar del macho y del "polo" frente al conjunto de fuerzas no solo del demos sino también del mundo, al igual que encarna el espíritu del derecho paterno de la China histórica que fue uno de los más rigurosos. Los vestigios recientemente descubiertos (Smith) de una civilización de un tipo cercano a la maya, con caracteres de escritura lineales, ‑que sería un estrato subterráneo insospechado, más arcaico aun que la tan antigua civilización china misma‑ pueden igualmente hacer pensar en una fase demetríaco‑atlante (8), que por vías hoy imposibles de precisar, sucedió a un ciclo solar que no siempre pudo hacer desaparecer todas las huellas de la primera. En efecto, encontramos ecos de algunas concepciones metafísicas que delatan influencias residuales de la idea ginecocrática arcaica: asimilación del "Cielo" a una mujer o a una madre, generadora primordial de toda vida; frecuente afirmación de una primacía de la izquierda sobre la derecha y oposición entre las nociones lunar y solar del calendario; enfin, el carácter telúrico del culto popular de los demonios, el ritual chamánico con sus formas desordenadas y frenéticas, el ejercicio de una magia que fue, en el origen, la prerrogativa exclusiva de las mujeres, en oposición con la severidad tan desprovista de misticismo y casi olímpica de la religión oficial china, patricia e imperial (9).
Etnicamente, en el área extremo‑oriental, se constata el reencuentro de dos corrientes opuestas: una procedente de Occidente, con caracteres propios de los pueblos uralo‑altaicos (donde se encuentra, a su vez, una componente aria), la otra referida al área sub‑oriental y austral. Los períodos en que preponderaron los elementos de la primera corriente coinciden con los de la grandeza de China; a esta corriente correspondió la orientación hacia la guerra y la conquista, que tomó enseguida un relieve particular, en el seno de una mezcla análoga, en el ciclo nipón.
Se podría ciertamente, gracias a investigaciones convenientemente orientadas, aclarar muchos otros datos de este tipo. En la China antigua, el símbolo "polar" de la centralidad jugó un papel eminente; a él se refiere la concepción del "Imperio Medio", subrayada por elementos geográficos locales, así como la idea del "justo medio" y del "equilibrio" que aparecen con frecuencia, y éticamente están en el origen de una concepción especial ‑esclarecida y ritual‑ de la vida. Aquí, como en la antigua Roma, los representantes del poder revestían al mismo tiempo un carácter religioso: el tipo "sacerdotal" no apareció más que en un período tardío y en relación con cultos exógenos. La base de la sabiduría tradicional china, el Y‑king, se relaciona, por otra parte, con la figura del rey Fo‑hi. Igualmente, no es a sacerdotes o a "sabios", sino a príncipes, a quienes se atribuyen los principales comentarios de este texto. Las enseñanzas que contienen ‑y que, a su vez, según el mismo Fo‑hi, se refieren a un pasado muy lejano y difícil de determinar‑ servirán de fundamento común a dos doctrinas más recientes que, al concernir a dos dominios diferentes, parecen, a primera vista, no tener entre ellas puntos de contacto: el taoísmo y el confucianismo (10). Estas dos doctrinas tuvieron efectivamente el sentido de un enderezamiento en un período de crisis latente y de desintegración y sirvieron para vivificar, respectivamente, el elemento metafísico (con desarrollos iniciáticos y esotéricos) y el elemento ético‑ritual. Fue así como una continuidad tradicional regular pudo ser conservada en China, bajo formas particularmente estables, hasta en una época relativamente reciente.
Esto es igualmente cierto, incluso en amplia medida, en Japón. Su forma de tradición nacional, el shintoismo, atestigua una influencia que ha rectificado y elevado un complejo cultural parcialmente relacionado con un estrato primitivo (nada de particular puede deducirse, sin embargo, de la presencia del grupo étnico blanco aislado de los Aino). Durante los tiempos históricos, la idea imperial se encuentra en el centro del shintoismo y la tradición imperial se identifica con la tradición divina: "según la orden recibida, desciendo del cielo", dice, en el Ko‑gi‑ki, el jefe de la dinastía. En un comentario del príncipe Hakabon Itoé se dice que "el trono sagrado fue creado cuando la Tierra se separó del Cielo [es decir, cuando desapareció la unidad primordial entre lo terrestre y lo divino, unidad de la cual la tradición china ha conservado huellas características; por ejemplo, el ideograma chino "naturaleza" y "cielo" son frecuentemente sinónimos]. El soberano desciende del Cielo. Es divino y sagrado". El principio "solar" le es igualmente atribuido, pero interfiere, de forma difícil de aclarar, con el principio femenino, pues se le atribuyo descender de la diosa Amaterasu Omikami. Sobre tal base el acto de gobernar y dominar forma un todo con el culto; el término "matsurigoto" significa tanto gobierno como "ejercicio de las cosas religiosas" y en el marco del shintoismo el lealismo, la fidelidad incondicional al soberano, "ciû‑ghi", reviste pues un significado religioso y constituye el fundamento de toda ética: cualquier acción reprobable, baja o delictiva es concebida no como la transgresión de una norma abstracta más o menos anodina y "social", sino como una traición, una deslealtad y una ignominia: no hay "culpables" sino más bien "traidores", seres sin honor.
Estos valores generales toman un relieve particular en la nobleza guerrera de los bushis o samurais y en su ética, el bushido. La orientación de la Tradición, en el Japón, es esencialmente activa, es decir, guerrera, pero con la contrapartida de una formulación interior. La ética del samurai tiene un carácter tan guerrero como ascético, con aspectos sagrados y rituales. Se asemeja, de forma notable, a la del Medievo caballeresco y feudal europeo. Fuera del shintoismo, el Zen, que es una forma esotérica del budismo, ha jugado un papel en la formación del samurai, pero también en la formación tradicional de la vida japonesa en general, comprendidas las artes y el artesanado (la existencia de sectas que han cultivado el budismo en sus formas más recientes, desnudas y religiosas, llegando hasta la forma devocional del amidismo, no han modificado de forma notable la orientación preponderante del espíritu nipón). Al margen del bushido, conviene recordar igualmente la idea tradicional de la muerte sacrificial guerrera, que se ha mantenido hasta los kamikazes, los pilotos‑suicida de la segunda guerra mundial.
El Japón ha facilitado, hasta ayer, un ejemplo, único en su género, de coexistencia entre una orientación tradicional y la aceptación, sobre el plano material, de las estructuras de la civilización técnica moderna. Con la segunda guerra mundial, la continuidad milenaria se ha roto, el equilibrio ha resultado alterado y el último Estado del mundo donde se reconocía aún el principio de la realeza solar y del puro derecho divino, ha desaparecido. El destino de la "edad oscura", la ley en virtud de la cual el potencial técnico e industrial, la potencia material organizada tiene un carácter determinante en el enfrentamiento entre las fuerzas mundiales, ha sellado también el fin de esta tradición, con el resultado de la última guerra.
En lo que respecta a Egipto, pueden extraerse algunos datos sobre la historia primordial de su civilización, através de sus mitos, más allá de los significados metafísicos. La tradición relativa a una dinastía antiquísima de "muertos divinos" que se confundían con los llamados "discípulos del Antiguo Horus" ‑Shemsu Heru‑ marcados por el hieroglifo de Osiris, señor de la "tierra sagrada de Occidente", y que habría venido precisamente de Occidente (11) puede corresponder al recuerdo de un estrato primordial, civilizador y dominador, atlante. Es preciso señalar que, conforme al título atribuido a los reyes divinos, Horus es un dios hecho de oro, como Apolo, es decir relacionado con la tradición primordial. Hemos señalado igualmente el simbolismo de los "dos", dos hermanos rivales ‑Osiris y Seth‑ y su lucha. Algunos datos de la tradición egipcia permiten pensar que este simbolismo comportó una contrapartida étnica y que la lucha de los dos hermanos corresponde a la de dos estratos representantes cada uno del espíritu simbolizado respectivamente por uno u otro dios (12). La muerte de Osiris, asesinado por Seth, pudo, además del sentido "sacrificial" ya explicado en la primera parte de este libro, expresar sobre el plano histórico, una crisis con la cual se cierra la primera era, llamada era de los "dioses" (13); la resurrección de Osiris en Horus podría quizás significar una restauración acaecida durante la segunda era egipcia, que los griegos llamaron , y que podría así corresponder a una de las formas del ciclo "heroico" del que habla Hesiodo. Esta segunda era se cierra, según la tradición, con Manes; el título de Horus aha, Horus combatiente, dado a este rey, confirma, de forma característica, la verosimilitud de esta hipótesis.
Sin embargo, la crisis, superada una primera vez por Egipto, se reprodujo, más tarde, acarreando efectos disolventes. Se encuentran indicios de esto en la democratización del concepto de inmortalidad, que apareció ya hacia el fin del Antiguo Imperio (VI Dinastía) así como en la alteración del carácter de centralidad espiritual, de "trascendencia inmanente" del soberano, que tiende a convertirse en un simple "representante" del dios. Ulteriormente, junto al tema solar, el tema telúrico‑lunar, ligado a la figura de Isis "Madre de todas las cosas, dueña de los elementos, nacida en el origen de los siglos", gana terreno (14). A este respecto, la leyenda según la cual, Isis, concebida como una encantadora, quiere volverse "dueña del mundo y convertirse en una diosa parecida al Sol (Ra) en el cielo y en la tierra", es extremadamente significativa. Con tal fin, Isis tiende una emboscada al mismo Ra cuando éste se establecía sobre el "trono de los dos horizontes": consigue que una serpiente lo muerda y que el dios envenenado consienta que su nombre pase a ella (15).
Es así como se desplaza hacia una civilización de la Madre. Osiris, de dios solar, se convierte en dios lunar, dios de las aguas en sentido fálico y dios del vino, es decir del elemento dionisíaco, mientras que con el advenimiento de Isis, Horus se reduce a un simple símbolo del mundo caduco (16). El pathos de la "muerte y de la resurrección" de Osiris adquiere ya tintes místicos y evasionistas en neta antítesis con la solaridad distante de Ra y del "Horus antiguo" del culto aristocrático. Frecuentemente es una mujer divina ‑de la que Isis es precisamente el arquetipo‑ quien debe servir de mediadora para la resurrección, la vida inmortal; sobre todo son figuras de reinas quienes aportan el loto del renacimiento y la "llave de la vida". Y esto se refleja en la ética y en las costumbres, en este preponderancia isíaca de la mujer y de la reina, que Heródoto y Diodoro han mencionado a propósito de la sociedad egipcia y que se expresa de una forma típica en la dinastía de las "adoradoras Divinas" del período nubio (17).
Paralelamente, y de una forma significativa, el centro se desplaza, pasa del símbolo real al símbolo sacerdotal. Hacia la XXI dinastía, lo sacerdotes egipcios, en lugar de ambicionar permanecer al servicio del rey divino, tienden a convertirse ellos mismos en soberanos y la dinastía tebaida de los sacerdotes reales se forma en detrimento de los faraones. Como manifestación característica de la luz del Sur, una teocracia sacerdotal reemplaza a la realeza divina de los orígenes (18). A partir de este momento, los dioses son cada vez menos presencias encarnadas: se convierten en seres trascendentes cuya influencia activa depende esencialmente a partir de ahora, de la mediación del sacerdote. El estadio mágico‑solar declina y le sucede el estadio "religioso": la plegaria en lugar del mando, el deseo y el sentimiento, en lugar de la identificación y de la técnica necesaria.
Mientras que el antiguo evocador egipcio podía decir: "Soy Amon que fecunda a su Madre. Soy el gran poseedor de la potencia, el Señor de la Espada. No os enfrentéis a mi ‑ ¡soy Seth! ‑ No me toquéis ‑ ¡soy Horus!", mientras que se podía decir a propósito del hombre osirificado: "Surgido como un dios viviente" ‑ "Soy el Unico, mi ser es el ser de todos los dioses, en la eternidad" ‑ "Si [el resucitado] quiere que muráis, o dioses, moriréis; si quiere que viváis, viviréis" ‑ "Tu mandas a los dioses", en los últimos tiempos de la civilización egipcia el énfasis es situado, por el contrario, en el pathos místico y en la imploración: "Tu eres Amon, el Señor de los Silenciosos, que acude a la llamada de los pobres. Yo grito hacia tí en mi tormento... ¡En verdad tu eres el salvador!" (19). El ciclo solar egipcio se encamina así hacia la decadencia bajo el signo de la Madre. Según los historiadores griegos, los principales cultos de tipo demetríaco‑ctónico habría llegado a los pelasgos y luego a los helenos desde Egipto (20). En definitiva será, en tanto que civilización isíaca, eco de una sabiduría sobre todo "lunar" (como la pitagórica), serán en tanto que fermento de descomposición afrodífica y de agitado misticismo popular, promiscuo y evasionista, que el Egipto de los últimos tiempos, participará en el dinamismo de la civilización mediterránea. Los misterios de Isis y de Serapis y la hetaira real, Cleopatra, serán todo lo que finalmente podrán oponer a las fuerzas de la romanidad.
Si de Egipto se pasa a Caldea y a Asiria, se encuentra, bajo una forma distinta, y ya en una época lejana, el tema de las civilizaciones del Sur, con sus materializaciones y sus alteraciones. En el substrato más antiguo de estos pueblos, constituido por el elemento sumerio, aparece ya el tema característico de una madre celeste primordial situada por encima de las diversas divinidades manifestadas, y también de un "hijo" engendrado sin padre. Este hijo tiene tanto los rasgos de un héroe, como de un "dios", pero, sobre todo, está sometido a la ley de la muerte y la resurrección (21). En la cultura hitita tardía, la diosa domina al dios, termina por absorber los atributos del mismo dios de la guerra y se presenta como una diosa amazónica; al lado de sacerdotes eunucos, se encuentran sacerdotisas armadas de la Gran Diosa. En Caldea, no se encuentra prácticamente ninguna huella de la idea de realeza divina: abstracción hecha de cierta influencia ejercida por la tradición egipcia, los reyes caldeos, incluso cuando revistieron un carácter sacerdotal, no se consideraron más que como "vicarios" ‑patesi‑ de la divinidad, pastores elegidos para gobernar el rebaño humano, pero no como seres de una naturaleza divina (22). Se daba, sobre todo, el título de rey a la divinidad de la ciudad que, en esta civilización, era llamado "mi Señor" o "mi dueña". El rey humano recibía del dios la ciudad como feudo, y era hecho príncipe, en tanto que su representante. Su título de "en" es sobre todo sacerdotal: es el sacerdote, el pastor, en el sentido de vicario (23). La casta sacerdotal aparece como una casta distinta y, en el fondo, es ella quien prepondera (24). Característica es la humillación anual del rey en Babel cuando depone ante el dios las enseñas regias, se viste de esclavo, implora confesando sus "pecados" y es azotado por el sacerdote representante de la divinidad, hasta las lágrimas. Los reyes babilonios aparecen frecuentemente "hechos" por la "Madre" ‑Isthar‑Mami‑ en el Codice de Hammurabi este rey recibe precisamente de la diosa su corona y su cetro y a ella el rey Asurbanipal le dice: "De tí imploro el don de la vida". La fórmula "Reina omnipotente, protectora misericordiosa, fuera de tí, no hay refugio" aparece como una confesión típica del alma babilonia, en razón del pathos del que rodea ya a lo sagrado (25).
La ciencia caldea misma, que representa el aspecto más elevado de este ciclo de civilización, pertenece, en amplia medida al tipo demetríaco‑lunar. Es una ciencia de los astros que ‑a diferencia de la ciencia egipcia‑ está más orientada hacia los planetas que hacia las estrellas fijas, hacia la luna mas que hacia el sol (para el babilonio, la noche era más santa que el día: Sin, dios de la Luna, prima sobre Jamash, dios del Sol). Es una ciencia que reposa, en realidad, sobre una concepción fatalista, sobre la idea del todo‑poder de una ley o "armonía"; una ciencia poco sensible al plano de la verdadera trascendencia, y que no supera, en suma, el límite naturalista y anti-heroico en el dominio del espíritu.
En cuanto a la civilización asiria, ulteriormente nacida del mismo estrato, aparece sobre todo marcada por las características de los ciclos titánicos y afrodíticos. Al mismo tiempo que surgen razas y divinidades viriles de tipo violento, brutalmente sensual, cruel y belicoso, se afirma una espiritualidad que culmina en representaciones afrodíticas del tipo de las Grandes Madres, a las cuales los primeros terminan por subordinarse. El intento de Gilgamesh de aparecer como el héroe solar que desprecia a la Diosa y se esfuerza en conquistar solo el árbol de la vida, fracasa: el don de la "eterna juventud" que había conseguido obtener alcanzando ‑gracias por otra parte a la intervención de una mujer, la "Virgen de los Mares"‑ la tierra simbólica donde reina el héroe superviviente de la humanidad divina pre‑diluviana, Utnapishtim‑Atrachasis el Lejano, y que quería llamar a los hombres "para que prueben la vida inmortal", ese don le es de nuevo robado por una serpiente (26). Y esto podría ser elevado, quizás, a símbolo de la incapacidad de una raza guerrera materializada por alcanzar el plano trascendente en el que habría podido transformarse en una raza de "héroes", capaz de acoger y conservar realmente el "don de la vida" y de recuperar la tradición primordial. Por otra parte, igual que la noción asirio‑caldea del tiempo es lunar, en oposición a la noción solar egipcia, así en tales civilizaciones aparecen huellas de ginecocracia de tipo afrodítico. A título de ejemplo particularmente característico se puede citar al afeminado Sardanapalo y a Semíramis, la cual, casi por reflejo de las relaciones propias a la pareja divina formada por Isthar y Ninip‑Ador, fue la soberana efectiva del reino de Nino. También sobre el plano de las costumbres parece que en tales razas, inicialmente la mujer hubiera tenido un papel preponderante; si el hombre tomó ulteriormente la delantera, (27) hay que ver en ello, analógicamente, el signo de un movimiento más amplio, pero con el sentido de una involución ulterior más que de una resurrección. El reemplazo de los caldeos por los asirios corresponde en efecto, en diversos aspectos, al tránsito de un estado demétrico a un estado "titánico", tránsito particularmente aparente en la forma en que la ferocidad asiria sucedió a la sacerdotalidad astrológico‑lunar caldea. Es muy significativo que la leyenda establezca una relación entre Nemrod, ‑al cual se atribuye la fundación de Nínive y del Imperio asirio‑ y los Nephelin y otros tipos de "gigantes" pre-diluvianos, que, por su violencia, habrían terminado por "corromper las vías de la carne sobre la tierra".


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